Title: La conquista de Jerusalén por Godofre de Bullón

Author: Miguel de Cervantes

Language: Spanish

Year of First Publication: Circa 1600

Edition: Manuscrito (13) 1058632, fols. 246-268. Biblioteca Real, Cámara de Seguridad II/460

License: Public Domain

Last revision: June 28, 2020

La conquista de Jerusalén por Godofre de Bullón


Miguel de Cervantes

Index

Index


Jornada Primera

 



La conquista de Jerusalén por Godofre de Bullón



Figuras siguientes:

GODOFRE DE BULLÓN,   capitán general.

BOEMUNDO,   príncipe de Calabria.

TANCREDO,   príncipe.

PEDRO,   ermitaño.

[REIMUNDO,   conde de Tolosa.]

FABRICIO,   soldado.

CHARLES,   soldado.

Cuatro soldados de acompañamiento.

JERUSALÉN,   en figura de dueña.

SOLINDA,   cristiana cautiva.

LUSTAQUIO,   su esposo, cautivo.

ANSELMO,   cautivo.

TEODORO,   cautivo.

ENRIQUE [DE] VOLTERRA,   cristiano.

EL TRABAJO,   que es un viejo.

LA ESPERANZA.

EL CONTENTO.

LA LIBERTAD.

CLORINDA,   mora.

ERMINIA,   mora.

ALZARDO,   su ayo.

ARGANTE,   moro.

ALADINO,   rey de Jerusalén.

JALDELIO,   embajador de Egito.

[MARSENIO,   nigromante].

[ARGENTE,   eunuco, ayo de Clorinda].

[Dos moros].






Primera jornada

 

Sale JERUSALÉN, en hábito de vieja anciana, con unas cadenas arrastrando de los pies, y el TRABAJO, que ha de ser un viejo anciano junto a ella, que la lleva puesto un yugo sobre los hombros.


 

JERUSALÉN

¿Que nunca has de dejar mi compañía,

enfadoso Trabajo? ¿No te cansas?

¿Por qué movido de la pena mía

esa tu esquiva condición no amansas?

Parece que en crecerme el agonía

te alegras, regocijas y descansas.

Deje por un momento mi cansada

cerviz tu yugo y mano tan pesada.

¿Qué pretendes? ¿Qué quieres? ¿A qué estremo

piensas llegar con mi dolor estraño?

Pues ni más mal ni desventura temo,

tanto se estiende de mi angustia el daño.

Llega, llégate abajo, aquel supremo

punto con que se acabe un mal tamaño:

abre los senos de la madre Tierra

y allí mi vida y tu furor encierra.


TRABAJO

Con las mesmas palabras te respondo

con las cuales el Santo Yeremías

lloró sobre ti mesma y de lo hondo

del pecho dio a luz sus profecías.

El cumplimiento de ellas no te ascondo,

pues sabes su verdad ha muchos días;

mas quiérote decir que siempre dura

y durará tu amarga desventura.

Bien podré preguntarte en qué manera

sola te sientas, oh ciudad famosa,

cual viuda triste hecha ya heredera:

la reina de provincias venturosa,

llorando lloras en la noche fiera,

sin ser de tus amigos con piadosa

ayuda consolada en tus mancillas,

y tus lágrimas riegan tus mejillas;

lloran las calles de Sión que miran

ya la soledad, cuán pocos llegan

[a] tus puertas destruidas, y suspiran

tus sacerdotes que su bien le niegan;

las rosadas colores se retiran

del rostro de tus vírgenes que entregan

el ánimo al temor, y en esta priesa

tú de amargo dolor eres opresa.

Jerusalén, pecaste, a cuya causa

eres hecha inconstante y varïable,

y en tus loores había[n] puesto pausa

cuantos te dieron título loable;

de tu inominia su burlar se causa,

y se causa también que en miserable

llanto deshecha, hacia atrás revuelvas

y que a acordarte de su fin no vuelvas.


JERUSALÉN

Vosotros que pasáis por la carrera,

ved si hay otro dolor igual al mío:

vendimiado me han ya con mano fiera,

cual lo dijo el Señor en quien confío;

díjolo el día de su ira, que era

también de su furor y su desvío,

envïando a mis huesos desde el cielo

fuego, y puso a mis red[es] en el suelo.

Mas ya, Señor, ¡[con] cuántas ciertas pruebas

son ya cumplidas estas profecías!

¿Por qué mi angustia y mi dolor renuevas

haciendo eternas las pasiones mías?

Mira, buen Dios, que si adelante llevas

el quitarme mis justas alegrías,

que dirá el que no sabe ansí regirse

que con eso no vale arrepentirse.

Tú dijiste, si acaso me olvidare:

«De ti, Jerusalén, de ti se olvide

mi diestra», y así es bien que tu ira pare,

pues siempre con razón tu azote mide;

si yo otra vez, oh buen Señor, pecare,

de tu favor y gracia me despide.


TRABAJO

Vana es la contrición que poco dura

cuando con el obrar no se asegura.

Viénele a tu maldad justo castigo

y aun tienes mayor pena merecida,

pues con malicia y furia de enemigo

diste la muerte a quien te dio la vida.

Será de esta verdad cierto testigo

este sagrado monte, do ofendida

fue la divina Majestad del cielo,

cubierto de mortal corpóreo velo.


JERUSALÉN

Desde aquel punto que la vida muerta

se vio, y la muerte muerta por la muerte,

de en par en par a mi dolor la puerta

abrió la corta inexorable suerte.

Pero ya veo mi salud abierta

[de] otra que en gloria mi af[l]ición convierte:

ya engendran en mi pecho el cuento nuevo

el estruendo de Marte y son de Febo.

 

(Suenan a este punto trompetas y atambores y chirimías.)


TRABAJO

¿Qué insólito acidente es el que siento

de gusto y regocijo en mi sentido?

¿De cuándo acá en mi pecho es el contento

por un mínimo espacio consentido?

¿El Trabajo no soy? ¿No es el tormento

el que conmigo está contino unido?

Pues, ¿qué quiere conmigo el alegría

si no puede tomar mi compañía?

 

(Sale la ESPERANZA, con una tunicela puesta y un ramo de oliva en la mano, y dice:)


ESPERANZA

¡Jerusalén, Jerusalén, cuitada,

conviértete al Señor con puro celo

si quieres ver con dulce fin llegada

la hora de tu gusto y tu consuelo!

En tu arrepentimiento está encerrada

cuanta ventura puede darte el cielo,

mas ya el alto Señor, que el cielo ha hecho,

está de tus gemidos satisfecho.

Y porque el yugo del Trabajo insano

no te canse y aflija y dé más pena,

el alma del segundo papa Urbano

de intenciones divinas tiene llena.

Este santo varón tomó la mano

para limar tu grillo y tu cadena,

y en Claramonte la francesa gente

llenó de furia santa y brío ardiente.

Representóle tus miserias tantas

y tus santas iglesias derribadas,

con las reliquias de los santos santas

de las bárbaras manos profanadas;

puestas al filo agudo las gargantas

de aquellos que con voces levantadas

del agua santa aprueban del bautismo

y no el circuncidar del paganismo.

Díjoles que mirasen que así estaba

el sepulcro santísimo de Cristo,

y que con pies sacrílegos le hollaba

el pueblo infame en mil errores visto.

Esto les dijo, y luego se mostraba

el más cobarde tan brioso y listo

para seguir la declarada empresa,

que al arma grita cada cual apriesa.

El Pontífice santo abrió el tesoro

tan rico de la Iglesia y concedióles

mayores bienes que de plata y oro;

y con nuevas razones animóles,

y el pecho atado con igual decoro

con coloradas cruces señalóles,

y los que de esta impresa son soldados

les quedará por nombre «los Cruzados».

Los cuales, siendo su cabeza y guía

Godofre de Bullón, varón prudente,

ya son pasados de la Romanía

y a ti vuelven el paso diligente.

Queda Antioquía de temor vacía,

rendida al brío desta ilustre gente:

en fin, a las espaldas no le queda

ciudad contraria, que dañarlos pueda.

Presto verás del alto Boemundo

las ínclitas hazañas valerosas,

y del conde Virgilio, gran Reimundo,

no menos muchas que valientes cosas.

Verás también que no tiene segundo

el latino Reinaldos, que en honrosas

y cristianas impresas se señala,

de modo que al francés famoso iguala.

Verás la estraña fuerza y el denuedo,

el valor, el donaire y cortesía,

del rayo de la guerra, gran Tancredo,

cifra de toda humana valentía,

un corazón do nunca cupo miedo,

una dulce amorosa fantasía,

que el ciego amor en medio de la guerra

hace tres tiros y ninguno yerra.

Oirás de un ermitaño las razones,

en quien se muestra espíritu del cielo,

con que las da a los flacos corazones

y hace venir al tardo agüelo.

Este ajuntó cristianos escuadrones,

y fue el primero que con santo celo

puso en plática y obra esta venida,

que ha de cobrar tu libertad perdida.

Ansí que puedes ya regocijarte,

Jerusalén, y hacer júbilo y fiesta

y del pesado yugo descargarte

que tanto te fatiga y te molesta.

JERUSALÉN

¿Con qué podré, señora, yo pagarte

nueva que tantas lágrimas me cuesta

si no es con darte cuanto puedo y valgo?

Que si algo soy, por ti sólo soy algo,

que sola tú, Esperanza, has sustentado

mi flaca, débil, temerosa fuerza.

Animada de ti, siempre he mostrado

ánimo y rostro al mal que así me fuerza.

Y este enfadoso yugo tan pesado

que a más cargarme y fatigar se esfuerza

mil veces en tus hombros yo le he puesto

por hacer su rigor menos molesto.

¡Quítale ya, Trabajo!

TRABAJO

No es posible.


JERUSALÉN

Pues, dime, ¿hasta cuándo?


TRABAJO

Hasta que vea

lo que aquesta te ha dicho tan visible

que la verdad me haga que lo crea.


JERUSALÉN

¡Oh, cómo tienes condición terrible!


ESPERANZA

Pues, aunque más terrible y duro sea,

presto te ha de dejar.


TRABAJO

Harélo cuando

esté el contento y gusto de su bando.


ESPERANZA

Ya viene y viene envuelto en sus rumores

del cristiano escuadrón. Ya, ya se acerca;

ya las trompetas suenan y atambores,

ya descubren tu santa y alta cerca.

Desecha, oh ciudad santa, los temores

y el continuo dolor que a tu alma cerca,

y al ejército amigo no contrastes

y en tu dureza sus aceros gastes.

Muéstrale tus murallas sin defensa

o, a lo menos, la parte menos fuerte,

pues el hacerte en este trance ofensa

es librarte del yugo y de la muerte.

En esto solo estudia, en esto piensa,

que son los medios por do espero verte,

después de destruida y saqueada,

con triunfo y nueva gloria renovada.

Da lugar, por agora, a que se aloje

el cristiano escuadrón ante tus muros

y está suspensa y mira cuál recoge

los suyos donde estén de ti seguros.

Y si pudieres, su altivez encoge,

y a los encuentros reiterados, duros,

de las cristianas máquinas de guerra

muéstrate frágil y arenosa tierra.


JERUSALÉN

Haré lo que me mandas, pues me importa.

ESPERANZA

¡Apártate, Trabajo!


TRABAJO

No aprovecha.


JERUSALÉN

¡Cuál me tienen tus manos ya deshecha!


ESPERANZA

Consuélate, que ya tu pena es harta.

 

(Vanse, y salen GODOFRE DE BULLÓN y BOEMUNDO y PEDRO, ermitaño, REIMUNDO y TANCREDO y soldados, lo más que pudieren, y todos los que pudieren armados con sus ballestas; trairán todos en el lado izquierdo una cruz como aquella de Montesa. Han de salir con sus banderas, que sean dos o tres, y escritas con letras grandes estas palabras: «SIC VULT DEUS», y en otra: «SIL BOLE INDIO», y entrarán en orden al son de los atambores, y dan un paseo al teatro.)

 

GODOFRE

Pues que la tierra santa ya pisamos,

término y fin del áspero camino

y principio del triunfo que esperamos,

con puro afecto y corazón benigno,

todos con humildad pongan la boca

donde puso sus pies el Rey divino.

 

(Arrodíllanse todos y besan la tierra.)


REIMUNDO

¡Dichoso, oh tierra, el labio que te toca,

o dichosos los ojos que te han visto

con tal deseo que su bien provoca!


BOEMUNDO

¡Oh, sepulcro santísimo de Cristo!

¿Cuándo por bien, por medio desta gente

se hará, aunque indigna, el deseado aquisto?


PEDRO

Alzad, amigos, la inclinada frente,

mirad la tierra y la ciudad dichosa,

cabeza y gloria del rosado Oriente.

Aquella torre que allí veis hermosa,

la torre de David, cierto, se llama;

estotra es la de Antonio, bien famosa.

Aquel alto edeficio, que encarama

sus chapiteles hasta el alto cielo,

tan celebrado templo de la Fama,

es el templo famoso que, con celo

santo, que el hijo de David discreto

con tanta casta levantó del suelo,

y después muchas veces por decreto

del alto Dios, que en él se veneraba,

se ha visto destruido y en aprieto.

Este es el monte de Sión, do estaba

llorando el gran profeta Jeremías

el daño que a su pueblo amenazaba.

Aquel es el Calvario do a los días

de su aflición dio fin el verbo eterno

y [a] los de nuestras tristes agonías.

Aquel lugar que desde aquí discierno,

es el castillo de Betania, adonde

Cristo dejó espantado el mismo infierno,

pues del cóncavo escuro, do se esconde,

el ánima de Lázaro difunto

a una palabra de Jesús responde

y cobra gracia y vida todo junto;

que nunca Dios sanó cuerpo doliente

que no sanase el alma al mismo punto.

Este aro que veis es el torrente

que llama de los cedros la Escritura,

sabroso al gusto, manso en la corriente;

Getsemanís aquel de sangre pura

los santos miembros de Jesús sudaron

hasta bañar la estéril tierra y dura.

Es éste el mismo suelo que pisaron

los santísimos pies de Cristo acaso

y aquí su estampa y señal dejaron.

Besémosle otra vez, oh campo raso,

donde con Lucifer entró en batalla

 

(Besan otra vez el suelo.)


el Rey divino con humano paso.


GODOFRE

¡Oh, soldados de Cristo, en quien se halla

alta virtud cristiana y un cuidado

de con raras hazañas aumentalla!

El punto felicísimo es llegado,

con inmensas fatigas adquirido

y con estraño ay nuestro deseado,

donde ha de ser a dulce fin venido

aquel cabal justísimo deseo

del cielo en vuestras almas infundido.

No es menester, a lo que entiendo y creo,

animaros al trance riguroso

con promesas de palmas y trofeo.

Yo sé que cada cual al fin honroso

pondrá los ojos y alzará las manos

con brazo diestro y paso presuroso.

Que aquel intento que os movió, cristianos,

a dejar, con la patria regalada,

quién hijos, quién mujer, quién padre y hermanos,

dará brío al valor, filo a la espada

vuestra, para quitar al Aladino

esta santa ciudad tiranizada.

No se pierda el trabajo del camino,

tan de enemigos nuestros contrastado,

agora que está el premio tan vecino.

Haced seguro el prado al lastimado,

contricto peregrino, que a ver viene

el lugar do Jesús fue sepultado.

Para esta impresa haré lo que conviene,

pues soy general vuestro, y por agora

conviene que vuestro brío se refrene,

que yo os diré cuándo será la hora

de dar asalto a la ciudad, y en tanto

nuestro campo se aloje a su mejora.


BOEMUNDO

Dices muy bien, señor, porque el quebranto

de nuestra gente un poco se rehaga,

que la tiene cansada el marchar tanto.


GODOFRE

Del modo que conviene así se haga.

 

(Vanse, y salen TEODORO y ANSELMO, cautivos cristianos, que están en Jerusalén. Salen vestidos de anjeo negro, y el uno sale espantado y el otro tras él.)


ANSELMO

¿Por qué de aquesta suerte

mueves ligero el paso, Teodoro?


TEODORO

Por huir de la muerte

que el pueblo infame moro

al tímido cristiano

apareja con fiera y cruda mano.


ANSELMO

Pues dime, ¿por qué causa?

TEODORO

¿Tan ignorante estás del mal estraño

que nuestros males causa,

cuando de nuestro daño

y libertad perdida

era, cual vemos, la salud venida?


ANSELMO

¿Vuélvese, por ventura,

nuestro cristiano ejército a su tierra?


TEODORO

No, que otra desventura

nos consume y atierra,

la cual verás, si puedo

mover la lengua que la turba el miedo.

Retírate a esta parte,

do no seamos vistos de ninguno,

que en breve he de contarte

el mal fiero, importuno,

que en medio del contento

nuestra esperanza parte por el viento.

¿Conoces a Marsenio?

ANSELMO

¿No es aquel renegado y nigromante

de tan mágico ingenio

que hace en un instante

turbar los elementos,

andar los montes y parar los vientos?


TEODORO

Aquése mismo digo.

ANSELMO

Pues bien, ¿qué hay?


TEODORO

¿No sabes lo que hizo

en el rey enemigo?


ANSELMO

Sé que le satisfizo

con un consejo estraño

que le dio.


TEODORO

Pues de ahí nos vino el daño.

Díjole que importaba

tomar la imagen de la Virgen pura

que en nuestro templo estaba,

y con estraña cura

guardarla en su mezquita.

Hízolo así con intención maldita,

diciendo que entre tanto

que en su poder la imagen estaría,

ni pérdida o quebranto

a la ciudad vendría,

y que sería en vano

llegado aquel ejército cristiano.

Creyóle el rey, y toma

la santa hermosa imagen y bendita,

y adonde su Mahoma

se adora en la mezquita,

tan guardada la puso

que sosegó su espírito confuso.

Llegó en este conmedio

el ejército bravo ante este muro

para nuestro remedio,

y luego a su conjuro

acudió el renegado,

mas no le han en nada aprovechado.

Dicen que es causa de esto

que la sagrada imagen no parece,

que algún sutil y presto

cristiano la robó y que empece

tanto la falta de ella

que el mago ignora qué hacer sin ella.

Por esto en ira ardiente

se abrasa el rey, y con furor insano

manda ciego, inclemente,

que no quede cristiano

con vida si no damos

la imagen o el ladrón que no hallamos.


ANSELMO

Pues, ¿quién pudo hurtalla?

TEODORO

El cielo, que es ladrón santo y benigno,

que quiso trasladalla

a otro lugar más digno,

que no la inmunda aljama

donde el infierno su maldad derrama.


ANSELMO

Pues, ¿qué remedio agora?

TEODORO

Huir la furia del tirano fiero

por ver si se mejora.


ANSELMO

Pues yo contigo quiero

esconderme, si quieres.


TEODORO

Pues no hagas más de lo que hacerme vieres.

 

(Vanse, y sale ALADINO, Rey de Jerusalén, y MARSENIO, encantador, y otros dos moros.)


REY

No quede de la pérfida canalla

uno con vida. Mueran todos luego,

si por ventura entre ellos no se halla

el fiero turbador de mi sosiego.

¿La imagen ascondéis? ¿No queréis dalla?

Pues yo os entregaré todos al fuego.

Cristianos perros, perros enemigos,

¿confiados estáis en los amigos?

¿A dicha veis esta ciudad vacía

de aparato de guerra [y] turcos bravos?

¿En quién yo temor cobarde vía?

Infame gente, tímidos esclavos,

¿no hay en esta ciudad famosa mía

navajas, garfios, cuerdas, cruces, clavos?

¿No hay verdugos en ella? ¿Qué se espera?

¡Muera esta gente luego! ¡Muera, muera!


MARSENIO

Mueran, señor, si tardan por ventura

de darnos el retablo que han hurtado,

con el cual, si se vuelve, se asigura

no sólo esta ciudad pero tu estado.

REY

¡Dad a vuestros puñales sepultura

en el cuerpo robusto o delicado

de cualquiera cristiano! ¡Acabad luego!

¡Dadlos al lazo, al hierro, al palo, al fuego!

 

(Sale SOLINDA, doncella cristiana, honestamente aderezada, y luego de allí a un poco entra tras de ella un cristiano de los de Jerusalén, y párase a escuchar lo que pasa entre ella y el REY: llámase LUSTAQUIO.)


SOLINDA

Tiempla, rey, la furia insana,

que yo te daré en la mano

a aquel robador cristiano

de la imagen soberana.

Manda que cese la furia

de tus ministros, señor,

y guarda todo el rigor

para el que hizo la injuria.

 

(Llégase LUSTAQUIO al rey y dice:)


LUSTAQUIO

Haz envainar las espadas

que con rencor tan siniestro

en daño del pueblo nuestro

han sido desenvainadas.


REY

¿Qué decís, cristiana?

SOLINDA

Digo

que no mueran los cristianos

pues que te daré en las manos

el que merece el castigo.


REY

Yo revoco la sentencia.

Haced que no mueran más.


MARSENIO

Yo creo que en balde das

esas muestras de clemencia.

 

(Vase uno de los moros a cumplir el mandamiento del REY.)


REY

Dime, pues, ¿quién se atrevió

a acometer tal maldad?


SOLINDA

Pues he de decir verdad,

el atrevido fui yo.

Yo soy quien la imagen bella

robé de tu aljama.


REY

Baste;

pero ya que la robaste,

dime, cristiana, ¿qué es de ella?


SOLINDA

Cuando me atreví a roballa,

y al peligro me dispuse,

en mi corazón propuse

de nunca jamás tornalla.

Y porque amenaza o ruego

no torciese mi intención,

con seguro corazón

di la imagen santa al fuego.

Y fue bien que se abrasase

en el fuego aquel retablo

antes que en poder del diablo

y en el tuyo se entregase.

Así que ya es por demás

poner aquí tu cuidado,

que si el ladrón has hallado

el hurto no le hallarás.


MARSENIO

¿Hase visto tal maldad?

¿Hay igual atrevimiento?

¿Dónde está tu sufrimiento?

¿Dónde tu severidad?

Alto, señor, di, ¿qué haces?

¿cómo con la sangre y vida

de esta cristiana perdida

tu agravio no satisfaces?

¿Hacen torcer tu decoro

los bellos ojos que miras,

o arrójante al pecho viras

sus luengos cabellos de oro?

¡Muera esta perra, señor!

REY

¡Muera, y entréguese al fuego!

¡Muera digo, muera luego!


SOLINDA

Que «viva» dirás mejor,

que no me mata la muerte

por tal ocasión venida,

antes a esta corta vida

en eterna la convierte.

¡No aprietes!

MORO

¿Ya te lastimo?


SOLINDA

No, mas no haré defensa,

porque esta muerte y ofensa

por vida y honra la estimo.


LUSTAQUIO

Justicia, Rey, no permitas

que de mi hazaña notoria

otro me quite la gloria

que tú mesmo no me quitas.

Los lazos y muerte injusta

que esta doncella se aplica

míos son, cual testifica

mi confisión cierta y justa.

Si ella por su altivo brío

quiere al mundo eternizarse,

busque otro modo de honrarse,

déjeme a mí lo que es mío.

Con más verdaderas cosas

busque dar fama a su nombre,

que mal se alcanza renombre

con hazañas mentirosas.


REY

¿Qué quieres, cristiano?

LUSTAQUIO

Quiero

que entiendas, alto señor,

que yo soy el robador

de la imagen verdadero.

¿Cómo pudo esta doncella,

sin compañía y sin maña,

acometer tal hazaña?

Yo sí que salí con ella;

si no, pregúntale el modo

que tuvo para tal hecho

y quedarás satisfecho

de que burla y miente en todo.

Yo soy el que la robé.

REY

¿Y adónde está?


LUSTAQUIO

Dila luego...


REY

Dime a quién.


LUSTAQUIO

... Señor, al fuego.


REY

Pues, perro traidor, ¿por qué?


LUSTAQUIO

Por estorbar los intentos

de Marsenio.


REY

Antes, traidor,

multiplicaste el rigor

mío y de vuestros tormentos.


SOLINDA

Di, mancebo, ¿desvarías

o piensas que en esta suerte

no podrán sufrir la muerte

las débiles fuerzas mías?

Pues sal de aquesa dubda

porque yo te sé decir

que para haber de morir

no quiero ninguna ayuda.

Sin culpa no te condenes,

que ya yo tomé esta carga.

Goza tu vida más larga

y por la mía no penes.

Descubro el blanco a do tiras

y sé que no das en él,

aunque con justo nivel

y santa intención lo miras.


MARSENIO

Estos se burlan de ti,

señor, y de tus cuidados.


REY

Ellos serán los burlados.

Llevaldos luego de aquí,

y juntos los abrasad,

pues que juntos se condenan

ya, si aquí se me refrenan

de decirme la verdad.


LUSTAQUIO

La verdad he declarado.

SOLINDA

Mejor la declaré yo.


LUSTAQUIO

Eso no.


SOLINDA

Mas eso no.


LUSTAQUIO

Yo la hurté.


SOLINDA

Haste engañado.


REY

Yo también me engañaré

en daros la pena al justo.


LUSTAQUIO

Si a mí me la das es justo.


SOLINDA

¡A mí, a mí, que la hurté!


REY

En dubda, abrásanse entrambos.

Llevaldos, y tú, Marsenio,

ven y despierta el ingenio

para el trance que esperamos.

 

(Vanse el REY y MARSENIO, y queda el otro moro y ata las manos a LUSTAQUIO atrás con el cordel que está atada SOLINDA.)

 

LUSTAQUIO

No penséis siento el rigor

de esta cuerda, oh gente cruda,

que más me aprieta y añuda

el fuerte brazo de amor.

No pensé yo que éste fuera,

Solinda, el que nos juntara,

sino que amor ordenara

lazadas de otra manera.

Días ha, Solinda bella,

que te vi y te adoré.


SOLINDA

Días ha que yo no sé

tu nombre ni tu querella.


LUSTAQUIO

Tu honestidad se oponía

a todo mi atrevimiento,

y con sólo el pensamiento

mis ansias te descubría.

En el tiempo y en mi fee,

tan ajena de mudanza,

mi ventura y esperanza

con santo intento fundé;

mas, agora, con esquiva

mano, la Fortuna brava

mi ventura menoscaba

y mi esperanza derriba;

mas, pues que quiso mi suerte

que fueses de mí seguida

con solo el alma en la vida,

con alma y cuerpo en la muerte,

contento y alegre muero,

y soy bien afortunado

sólo por morir al lado

de la vida que más quiero.


SOLINDA

Mancebo de altos intentos,

tiempo es ya que a mejor vía

revuelvas la fantasía

y amorosos pensamientos.

Pon otro amor en tu alma,

no de las cosas del suelo,

mas de aquellas que en el cielo

pueden darte triunfo y palma.

De ellas serás entendido

aunque no muevas la lengua,

y no te tendrán a mengua

habellas tarde querido.

A la belleza del cielo

mira, eterna y duradera,

adonde el premio se espera

del justo y cristiano celo;

y a mi caduca belleza

no mires en este trance,

que ya la va dando alcance

muerte con su ligereza.

Y en este aviso te pago

todo aquello que te debo,

y a tu amor, con otro nuevo

y más cabal, satisfago.


LUSTAQUIO

Solinda, sola en el mundo

en valor y en hermosura,

si quieres que en la ventura

yo no tenga otro segundo,

y que este trance dudoso

no me sea tan terrible,

rescíbeme, si es pusible,

gloria mía, por tu esposo.

Mira que en esto no irás

contra mi casta intención,

pues que el tiempo y la ocasión

hacen que no pida más.


SOLINDA

¡Fácil cosa, duro aprieto,

grande amor, intento sano!

Dime, mancebo, ¿cuál mano

te daré para este efeto

si a entrambas el lazo liga?


LUSTAQUIO

Di que sí, que tanto importa.


SOLINDA

Sí, digo.


LUSTAQUIO

Ventura corta,

áspera y larga fatiga,

a un mesmo tiempo acabáis

pena y gloria todo junto.


MORO

¿Estáis en tan triste punto

y desposorios tratáis?

Caminad, caminad luego

do acabará con rigor

vuestra vida y vuestro amor,

que un fuego saca otro fuego.

¡Vamos!


LUSTAQUIO

Dejadme llegar,

señor, es por cortesía.


MORO

Pues, di, ¿qué quieres?


LUSTAQUIO

Querría

a mi esposa...


MORO

¿Qué?


LUSTAQUIO

... Abrazar.


MORO

No hay para qué. Caminemos

fuera de Jerusalén.


LUSTAQUIO

Solinda, del mal y bien,

igual gracia al cielo demos.