Title: Las semanas del jardín: Diálogo entre Cillenia y Selanio sobre la vida en el campo

Author: Miguel de Cervantes

Language: Spanish

Year of First Publication: Circa 1585

Edition: Manuscrito 59-6-5 de la Biblioteca Colombina

License: Public Domain

Last revision: June 30, 2020

Las semanas del jardín: Diálogo entre Cillenia y Selanio sobre la vida en el campo


Miguel de Cervantes

Index

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Diálogo entre Cillenia y Selanio sobre la vida en el campo

 


Acerca del presente texto


Las semanas del jardín es una obra perdida de Miguel de Cervantes, mencionada por éste en abril de 1616, en su dedicatoria al Conde de Lemos en la obra Los trabajos de Persiles y Sigismunda, escrita poco antes de su muerte.

Es muy posible que el Diálogo entre Cilenia y Selanio sobre la vida del campo, publicado por primera vez en 1874, haya pertenecido a esta obra. Diferentes estudiosos y cervantistas concluyen que hay poderosas razones para atribuir a Cervantes la autoría del diálogo y también para considerar que formaba parte de Las semanas del jardín.

El autor utiliza una conversación formal y estilizada entre dos personajes para dar a conocer una serie de ideas en torno al tema de la vida urbana y rural y los correspondientes argumentos en pro y en contra de cada una. En esta obra, Cilenia es la defensora de la vida en la ciudad, mientras que Selanio hace la apología de la vida campestre. Al final del diálogo, Cilenia invita a Selanio a tratar del aspecto positivo de la vida urbana, tras la evocación de la vida del campo, y le propone volver otro día, a lo cual accede su interlocutor.

Anunciada por su autor en su último texto conocido, escrito pocos días antes de su muerte, esta obra cervantina perdida ha quedado en la literatura española como un título mítico.



Diálogo entre Cillenia y Selanio sobre la vida en el campo.


SELANIO.― Con grandísimo deseo he vivido, discreta y hermosa señora mía, de saber cómo os habéis hallado con la Verdad y lo que d’ella os ha parecido. Que pues de oídas la teníades tanta afición, de creer es que habrá hecho en vos diferente operación la vista, trato y comunicación que con ella habéis tenido, y que os habrá movido a compasión y lástima ver la persecución que de todo el mundo ha tenido y cuán desfavorecida y mal tratada se ha la pobre Verdad visto, sin hallar cabida ni acoximiento en nadie. Pero con todo esto se podrá gloriar de que al fin halló lo que buscava, tiniendo conocimiento de vos y aposento en vuestra alma y coraçón, de donde nunca salió cosa que no fuese digna dél y de la generosidad de vuestro ánimo y pecho, dichoso por cierto por mil razones, y principalmente por la presente de merecer tener encerrado en él el dichoso tesoro que por su mucha bondad no ha podido sufrir la malicia umana consigo. Y no sé cuál más dichosa, la Verdad o vos: ella por tener tal aposento o vos por tener tal huéspeda. Y mal digo, que sí sé que mucho más lo es ella en teneros por posada que no vos en tenerla por huéspeda. <Y es la razón> porque la Verdad es tan bien contentadiza y afable, que de quien quiera <que la busque> que se dexa hallar, y por esto no se puede tener en tanto que se tenga por bien acomodada con quien con el buen zelo que vos la busca y desea. Pero puede tener y estimar la Verdad en mucho que la busque y meta dentro en su coraçón y cuerpo quien, como vos, le tiene entapizado de hermosura, honestidad, discreción y donaire, mansedumbre, templanza, caridad y misericordia, y a donde todas las virtudes en sumo grado resplandezen con tanto estremo cuanto os estremó Dios entre todas las demás para que fuésedes verdadero depósito y archivo de todo lo bueno del mundo y exemplar y dechado de donde pueden sacar muestra y lavores los que quisieren seguir el camino derecho de la virtud como trasunto fiel d’ella. Y así con razón os digo que puede sin comparación tenerse por más felize la Verdad en haberos hallado a vos, que vos en haber topado con ella.

CILLENIA.― Un poco más blanda la mano, señor Selanio, no me deis ocasión que pueda dezirse de vos que se empieza a echar de ver que habéis echado la Verdad de vuestra casa y compañía. Y mirad que es tan grande que se estiende a mucho, aunque parezca imposible, y que no porque yo la tenga en mi pecho esenzialmente no la podéis vos tener en el vuestro, por exercicio, y todos los que quisieren aprovecharse d’ella y de su virtud. Por vuestra vida que vais con tiento en este caso, que, como conozco el poco caudal mío, os ponéis a muy conocido riesgo de perder conmigo, y aun con los demás, el crédito que tenéis de verdadero.

SELANIO.― El verdadero perderle sería, discreta señora mía, callar lo que a bozes publican vuestras palabras y obras, que lo que yo digo pongo por testigo a la misma Verdad que tenéis dentro de vos que os certifique lo que de mí sabe, pues no puede mentir. Pero dexando esto que sé al cierto que no puedo ganar con vos más de lo que quisiéredes que gane, os suplico me respondáis a lo que os pregunte.

CILLENIA.― Paréceme a mí que de suyo está respondida una cosa tan clara. Y si no, dezidme vos si lo que con mucho cuidado largo tiempo viniésedes andado a buscar, estando muy de veras enamorado d’ello de oídas y por relación, donde y cuando no pensávades ni podíades imaginar, y al tiempo que más desconfiado estávades, lo viniésedes a hallar y poder tener en vuestra misma casa y aposento, ¿no recibiríades tan nuevo y crecido contentamiento que con dificultad podría vuestra capacidad y juizio gozarle del todo?

SELANIO.― Sí, por cierto, señora mía, cuando le tuviera tan entero como el vuestro. Mas estoy tan lexos <de hallar este> bien, y le he visto tan pocas vezes por mi casa, que no osaría ni podría <afirmar el> contento que me daría, ni lo que me turaría, porque si entre tanto mal y tan poca esperança de bien le viese en mi aposento, no tengo duda sino que mi poca capacidad no podría sustentarse con tanto bien y pienso que me ahogaría y sería necesario, como a los que han pasado larga y peligrosa enfermedad y d’ella quedan flacos y debilitados los estómagos que les van dando poco a poco el alimento, porque la mucha cuantidad no les ahogue el calor natural y se mueran, irme a mí dando a adarmes el bien, paladeándome con él y abituando mi estómago a manxar tan nuevo para él, no me le dando de golpe porque no me acabe.

CILLENIA.― Pues entended, señor Selanio, que casi de la misma manera me ha sucedido a mí. Y digo de la misma manera en cuanto a tener tan crezido contentamiento y gusto de ver la Verdad en mi compañía, en tiempo que tan lexos entendí que estava d’ella, como se puede creer de quien la deseava tan entrañablemente ver en la tierra y presente, habiendo sido su aficionadísima cuando la imaginava en el cielo. Lo que d’ella me ha parecido es lo que se puede creer, sabiendo quién es y hixa de quién es. La operación y efeto que en mí ha hecho es dexarme escandalizada y espantada, como a vos os dexó, de ver el engaño en que hasta aquí había bivido, teniendo por gente senzilla, verdadera y casi santa a quien dentro de sí encerrava tan inormes fraudes y engaños como la Verdad descubre. Y sobre todo me ha dexado con doblada y más verdadera afición a sus cosas haber visto su virtud, su sinzeridad y limpieza y verdadera senzillez de su trato, y con fe cierta que los que no siguen sus pisadas es por estar faltos del conocimiento de sus obras, ni haber gustado de la dulçura de su conversación. Y hame hecho grandísima lástima la narración de sus persecuciones y malos tratamientos que el mundo y los que en él biven la han hecho, habiendo baxado del cielo para guiarlos a ellos allá, sin consideración de quien es.

SELANIO.― Por eso, bien discreta y hermosa Cillenia, que la servirán las persecuciones y calamidades que ha padecido para estimar en más la felicidad en que con vuestra compañía se halla. Y tanto más le será agradable su descanso cuanto mayor ha sido su desventura, tomándole muy grande las vezes que con vos se pusiere en pláticas <de referir> sus trabaxos, estando desengolfada y en puerto tan seguro y con certidumbre de tener en vos las espaldas seguras. Y pues quien la enbió al mundo os crió a vos para que os compadeciésedes de sus desastres y descomodidades que él la ha causado, y para que estiméis, deseéis y procuréis conservar su compañía, la Verdad goze de tan buena ocasión muchos años en paz y felizidad. Y vos, por me hazer merced, me dezid cómo os habéis hallado en el campo, que se puede sospechar que ha sido bien y agradable el entretenimiento que en él habéis tenido, pues tanto tiempo habéis dexado el poblado desierto que podríamos llorar los que en él y en esta cibdad bivimos con Geremías, y dezir: “¡Cómo está sola esta cibdad, llena de pueblo, y se ha hecho como biuda la que era señora de las gentes!”. Porque las que en ella biven, que reciben calidad y ser con la nobleza y calidad de vuestra persona, faltándoles su lustre, luz y resplandor, que lo puede ser de toda la tierra, quedan en tierra estéril y desierta y sin su claro y provechoso cielo, y mientras más acompañados de pueblo, más solos de contentamiento y regalo.

CILLENIA.― Creído tenía, señor Selanio, que la comunicación con la Verdad y el tiempo os había quitado de la fantasía esos términos y encarecimientos poéticos que el afición os hazía dezir de mí. Y todavía me parece que turan.

SELANIO.― Como la Verdad, el tiempo ni el movimiento de los cielos no han quitado el conocimiento del bien, sino antes, con el mismo, descubierto mayores y más suficientes causas con que puedan conocerse los subidos y perfetísimos quilates de vuestro valor y merecimiento, no solamente pueden quitarme de la fantasía lo que siempre tuve en ella, mas antes ha sido confirmarme y asentar con más profundas y arraigadas raízes en el alma lo que desde el punto que os conocí se imprimió en ella. Porque como las perficiones que el autor de la naturaleza y ella misma pusieron en vos tan a manos llenas hallaron mi alma dispuesta como blanda cera, recibió la impresión en ella con tanta fuerza que es imposible biviendo, ni después de muerto, borrarse; porque como inmortal conservará eternamente el caráter que recibió para no poder borrarle. Ansí que, señora mía, quedando en esta parte vuestro pensamiento confundido, y cierta de que no se puede acabar en mí lo que fuere cumplimiento, en cuanto mis flacas fuezas alcançaren de vuestro servicio y gusto, podréis responderme a lo que os dixe de <cómo os habéis> hallado con la vida del campo, que deve de ser bien, por lo que digo.

CILLENIA.― Si tenéis de mí, señor Selanio, la satisfazión que yo tengo de vuestro amor y buena voluntad, por el mismo caso que he estado ausente, donde no pueda gozar de vuestra compañía que tan agradable es para mí, os podríades tener por respondido y entender que me habré hallado mal, y que ningún entretenimiento puedo haber tenido que como vos dezís me sea dulce, antes amargo como la hiel. Y si vos queréis, con Geremías, llorar la cibdad sola llena de pueblo, ¿qué os parece, o con qué lágrimas, aunque fuesen irremediables como las con que llorava Ana a su hixo Tobías, qué podría yo llorar en el despoblado desierto de todo bien, a donde faltava quien pudiera hazerle sabrosa y dar gusto a sus asperezas acompañando su soledad? Espezialmente, señor Selanio, que nunca yo he tenido por buena la bivienda del campo y siempre me ha parecido mexor sin comparación la de la cibdad. Y si es verdad, como realmente lo es, que la sabrosa y discreta compañía de un amigo, tal como vos, y de tan dulce y regalada conversación, haze la vida solitaria pasadera, la misma fuerza del vocablo nos da claro a entender que, siendo pasadera, no puede ser del todo buena, y si esta misma compañía se puede tener en poblado, con diferente sentimiento y en mexores ocasiones se gozará d'ella. Y aunque yo tengo esta opinión, y es casi común entre la mayor parte de las mugeres, y que la tengo de sustentar con todas mis fuerzas porque nunca fui tan amiga ni suxeta, a mi parecer que no me huelgo y deseo oír el de quien puede darle mexor. Y satisfaziéndome seguirle en lo posible, holgaré que vos me digáis las causas y razones que vos halláis para elegir y tener por mexor la vida solitaria y no la civil y cortesana, como est’ otro día, en la conversación de la huerta, nos distes a entender que no sola mente a mí, mas a las damas que allí se hallaron les pareció novedad en un hombre cortesano y criado toda la vida en la corte como vos.

SELANIO.― Es tan conforme a mi naturaleza y al gusto y contento de mi alma, discreta y hermosa Cillenia, conformarme en todas las cosas con vuestra voluntad y acertado parecer, que por el mismo caso que vos os habéis declarado en favor de la vida cortesana, me hallaré mudo y atada la lengua para saber ni poder dezir cosa en contrario. Pero por esta misma conformidad, y también por ver que tenéis o mostráis gusto de saber las <...> que yo hallo y me mueven para estimar la vida del campo y solitaria, será puerta para sacar a luz mis razones. Y si no lo fueren ni satisfizieren a vuestro claro entendimiento, como no son leyes de Dios ni del rey, que pueden obligarnos a la guarda y cumplimiento d’ellas, sino opiniones y muy varias, podéis seguir la que más os agradare. Y tras esto holgaré que vos justifiquéis la vuestra, no por mí, que solo quererlo vos trae justificación consigo sin mirar más de que es vuestra, sino para los demás y para que descubráis parte de vuestro discreto y claro juizio, y porque para venir al punto de lo que mandáis se vayan acortando enbites y se dé más presto en él por la diversidad de vidas solitarias y de campo que hay, me dezid de cuál os parece y mandáis que se trate.

CILLENIA.― No me parece que estáis bien en lo que es mi intento, ni es tan poco el plazer que recibo de oír vuestras agradables razones, más dulces para mis oídos que las que un poeta dezía salían de la boca del viexo Néstor, que las compara al divino néctar y ambrosía que comen y beven los dioses, que quiero que acortéis enbites. Antes, para que tengáis más espacioso campo donde se estienda vuestro buen entendimiento, ha de quedar a vuestro alvedrío el tratar las alabanças de la vida del campo que más os cuadre. Y primero que deis en el punto de vuestro intento podréis proponer de las de más, así del campo como de poblado, ya que no en particular, porque no sea proceder en infinito, de los intentos de algunos en general, para que dexándolos de aprovar, eche yo más claramente de ver vuestro intento, que conforme a lo que dél entendiese proseguiré yo con el mío, si el tiempo nos diere lugar, y diré lo que me mueve a tener por mexor la vida cortesana y civil.

SELANIO.― Quien tiene sacrificada la voluntad y el alma, hermosísima y discreta señora mía, al cumplimiento de la vuestra, no puede hazer contradición ni poner inconviniente ni escusa a nada de lo que mandardes. Antes yo, como el obediente Isac, llevaré al monte la leña para que se haga el sacrificio, y con ella, después de encendido el fuego de mi coraçón y con los carvones encendidos en que se convirtiere, purificar mis labios para más pura y senzillamente hazer y dezir lo que mandáis. Y aunque lo que aora mandáis tiene dificultad, por ser tan varias las voluntades y diferentes los gustos de los hombres y tirar cada uno por su camino guiados de su inclinación, con tan contrarios intentos unos de otros, refiriendo primero las trazas y desinios que mucha parte de la gente lleva, para de todos ellos elegir el que más me cuadrare para poder bivir vida quieta y sosegada, os procuraré luego dezir, con la <brevedad> que pudiere y la materia diere lugar, para no cansaros, el que a mi parecer es más a propósito para con mayor y más segura tranquillidad gozar de vida sosegada y quieta. Para lo cual digo, mi señora, que hay unos a quien su natural inclina a ir y venir rodeando el mundo, no descansando en ninguna parte, llenos de ansia y congoxa por saber y escudriñar los puertos de mar, costas e islas, a donde piensan hallar las conchas que dentro de sí crían y encierran las perlas, sin perdonar temples ni destemples, ni inclemencias de cielo y suelo. Otros, que habiendo con inmensos peligros, naufraxios y trabaxos navegado la mar y rodeado mucha parte de la madre tierra, la descubren y abren las entranias hasta topar en ellas los minerales de plata y oro que en sus cóncavas venas cría, sin rehusar para conseguir su fin ningún género de trabaxo, corporal ni espiritual, ni tiniendo por hallarlo en nada aventurar la honra, que se deve estimar más que la vida, abatiéndose a cosas indignas de su profesión. ¡O maldita y mil vezes maldita y abominable esta insaciable y violenta hambre de oro! ¡De cuántos males es causa! ¡Qué de ruinas y desastres acarrea, y cuán caro se compra el gusto que trae consigo! ¡Cuánto llanto les ha causado y de qué muertes, sangre y destruición ha sido causa! Por este endiablado y pestilencial monstruo se buelve muchas vezes el amistad y amor en odio y aborrecimiento temerario. Por él se quebrantan las que habían de ser fes inviolables y los xuramentos y pleito omenaxes obligatorios de cumplir a los cavalleros. Por esta maldita y descomulgada codicia, no una sino mil vezes se corrompe y tuerce la justicia. Esta siembra zizaña y discordia entre padres y hixos y hermanos, y la tiende en las populosas cibdades sin perdonar las umildes chozas y cavañas de los pastores. Esta haze y ha hecho que haya quien corrompa las justas y santas leyes y que muchas vezes mande y govierne el necio hinchado y sobervio, y se ha estendido a tantos que ha torzido y sacado del camino de la virtud, lástima lamentable y grande, a los reyes. Y para concluir con todo lo que d’ella se puede dezir, digo lo que el apóstol: que la codicia es raíz de todos los males, a la cual quien la sigue erraron en la fe. ¡Pero qué furor satírico ha movido mi lengua y engolfádola en piélago tan profundo! Para no quedar en él anegado quiero, si pudiere, anudar el hilo de la tela que iva texiendo. Y digo, mi señora, que hay otro género de gente cuyo vano umor e inclinación los lleva a procurar cargos y oficios de govierno d' estados y administración de justicia, sin tener respeto a si tienen suerte, entendimiento y capazidad para hazerlo o no, y al mal y desabrimiento que debaxo de aquella capa de auturidad y mando está encubierto. Otros hay que ni duermen ni comen, y andan envelesados tras la vana privança de los príncipes y señores con una hambre canina de alcançarla, llenos de cuidados y miedos de perderla si la alcanzan, haziendo mil reverencias y sumisiones, bolviéndose de más colores que un camaleón al gusto y voluntad de los señores. Otros hay que a fuerza de braços y a costa de mucho cuidado, estudio y trabaxo, procuran alcanzar opinión de cortesanos pláticos, graciosos y discretos, y sabe Dios y aun muchos de los hombres, si les llegan un poco al cabo y se apura el fundamento de su saber, si le hallarán colgado en el aire, sin columna ni cimiento sobre que estribe más que la vana opinión de quien los tiene por privados. Otros hay cuyo entretenimiento y conversación es tratar de las estrellas, contándolas y haziendo creer que saben cuántas hay en el cielo y qué efetos hazen y produzen en la tierra, cuáles son fixas y cuáles son móbiles, y cuántos palmos hay del cielo al suelo y del un cielo al otro. Y persuaden a los hombres que crean lo que dizen de las cosas por venir y que aprueven sus palabras y obras como dichas de más que hombre, por que haze demostración tal o tal astro o planeta, no considerando que el que los puso en el cielo y las pisa y mide con sus pies altera como es servido sus indicaciones; y si estos tales hierran o no, sus mismas obras dan testimonio que, en general, son falsas y mentirosas. Otros hay que con ipocresías fingidas se quieren hazer estimar por virtuosos, caritativos y santos, y que les da grandes aldavadas el deseo de la virtud y que todos la sigan, y con este fingimiento y apariencia abren mayor puerta a sus vicios, yendo caminando en lo secreto por ellos adelante, con mayor seguridad y más ocasión de no salir d'ellos. Otros hay, mi señora, cuyo fin y blanco endereçan a la inmortalidad y a eternizar su fama, y con heroico valor procurando engrandecer y levantar su nombre y dexar a su posteridad memoria de sus hazañas: unos por la milicia y exercicios militares, poniendo sus personas y vidas a evidentes peligros e inumerables trabaxos; otros por las letras y estudio d’ellas, tan válidas en esta era. Y aunque tocan los unos y los otros en ambición, es loable y de estimar los que la tienen, pues procede de tener ánimo y valor para no contentarse con pocas cosas. Hay otros a quien se puede tener con razón manzilla, a quien metidos y atormentados en amorosos tormentos llama el mundo ciegos y guiados de ciego, que tienen lo amargo por dulce, el mal por bien, el trabaxo por descanso, hasta que viniendo a caer en la cuenta se hallan unidos con nonada, el tiempo perdido, la juventud acabada y cargados con la cansada vexez, inútiles e impertinentes; solo les queda arrepentimiento inútil y la penitencia de sus pecados. Pero hay, mi señora Cillenia, otros que quieren dorar y cubrir, como píldoras  con oro, sus vicios con la virtud que les es más vezina y aparente, echándose encima vestidos de cordero sobre coraçón, obras y palabras de lobo. Y el que tiene enbidia, que le roe como carcoma las entrañas y con ella reprueva y abomina de las buenas y virtuosas obras del otro, nos quiere persuadir a que creamos que es deseo de bondad y que su maligno parecer se tenga por zelo virtuoso, siendo una punta endiablada de quererse aventaxar de todos por este encubierto camino. Otros, que de su natural son tristes y melancólicos, y con esto desabridos, mal acondicionados, ásperos e intratables, os dizen que es auturidad y término perseverante y grave. Otros que son avillanados y tiesos, que no les sacarán de sus propósitos frailes descalços, ni mudarán su pertinazia y dureza ningunas buenas razones, profesan ser hombres constantes y no mudables y varios, siendo estos tales los que comúnmente se llaman tercos y villanos. Otros, al contrario destos, que son fáziles, sin valor ninguno, que cualquier viento los lleva, cuyo oficio es adular, dezir lisonxas y, como dizen, andar rascando las agrias, quieren que les cuadre y se les dé nombre de afables, corteses y agradables, y que se les quede confirmado y aprovado, siendo una gente con cuyo trato se corrompe y destruye más la república que de los sueltamente malos, porque destos huimos y con los otros comunicamos. Otros hay que son truhanes, chocarreros y habladores, cuyo oficio es, como dixo un poeta, andar imitando al asno, que <quieren ser> tenidos y reputados por pláticos, graciosos y elocuentes, fundando todo su saber en donaires maliciosos y perxudiciales, ofensivos en sumo grado a los oídos de los discretos. Y el otro, que con su demasiada codicia se buelve un rico avariento, que no echara un real de su casa si pensase con él ganar el cielo, quiere que le tenga y canonize el mundo por templado y recoxido, grande allegador para sus hixos, y que no quiere verse abatido con andar buscando prestado; y se dexará andar desnudo y que lo anden su muger y hixos si no lo adquieren por su industria o se lo hurtan, como muchas vezes sucede. El otro, que sin término ni razón es sobervio, inconsiderado y arrogante, le llama el vulgo fuerte, valiente, de ánimo invencible. Y al que es malicioso, lleno de enganio y cautelas, que no dize palabra que no tiene dos sentidos, también le llaman sabio y muy bien entendido. Y el otro, que es en su conversación libre, suzio y no sufrible ni tratable entre gente onesta y de lustre, le tienen por gracioso, desenfadado y desenbuelto. Y está tan estragado el mundo que realmente le tienen por tal y se solenizan con risa sus desvergüenzas, canonizándolas por agudezas y discreciones. Y lo peor de todo es que al necio, sin término ni razón de hombre, que le parece que no nació más de para comer y dormir, sin poder tener dél buena esperança, le llaman bueno, siendo depósito de buena necedad. Pero, ¿qué desvarío y desatino es el mío, o qué mal spíritu mueve mi lengua para tan libremente reprovar y condenar faltas agenas y no mirar la viga que está dentro en mi ojo, que me haze no echar de ver las muchas mías? El que más entre todos los referidos se levanta y, si se puede juzgar, es venturoso no metiendo la mano ni alargando la lengua a los hombres dedicados al servicio y culto divino (que destos y de la perfeción de su vida y ventura no puedo, devo ni quiero tratar, sino de lo que es de las texas abaxo), digo, señora mía, que al que se puede llamar venturoso y tener enbidia a su estado y tranquillidad de su ánimo es al hombre que dándose a la moral filosofía y biviendo como cristiano filósofo se contenta con lo que da la naturaleza y tiene conocimiento de las causas por sus efetos. Y de tal suerte está prevenido que ningún caso que le suceda, próspero ni adverso, le altera, admira ni espanta, tiniendo las cosas por venir como presentes y las presentes como pasadas, porque tiene conocimiento de sí mismo y, cumpliendo por lo menos con la ley natural, quiere para los otros lo que para sí. Mas al que en mi opinión, discreta Cillenia, yo tuviera enbidia y tuviera por sumamente felize, es aquel cuyas descuidadas plantas pisan sin sobresalto ni congoxa la verde yerva de los prados y pasean las frescas riberas de los corrientes ríos, si llega a tener conocimiento de su estado y levanta el ánimo y espíritu a considerar la tranquilidad de lo que posee. Y exercitado en rústico y silvestre exercicio no tiene cuenta ni le desasosiegan los tráfagos, bullicios y negociaciones de las cibdades, ni respeta a nadie por temor, ni le tiene a las olas y fortunas del poblado, ni se halla obligado a la pesada carga del cumplimiento, que tanto muele a quien no cae en la cuenta de su pesadumbre. Antes, libre destas cosas, suelto y desembaraçado, con el arco en la mano, la vallesta al hombro y el aljava y carcax al cuello, y el çurrón con la pobre y sabrosa comida al lado, cruza y atraviesa los montes, valles y setos, sin que le impidan los ríos ni aspereza de montañas a seguir y perseguir la caza, sustentando su cavaña, de la que cada día mata, recreando y regozixando su ánimo con esparzir por el aire, al son de su rabel o mal compuesta çampoña, sus rústicas cantilenas, tomando sabor y gusto de mirar las silvestres luchas de los toros y de los roncos bramidos que van donde los venzidos, y del manso rumiar de las mansas ovexas y el descuido con que pacen la verde y menuda yerva, y del recatado sueño de los mastines que las guardan y defienden de los dañosos lobos. Huélgase de ver los retoços y sueltas y ligeras cabriolas de los cabritillos, y las madres encaramadas en las enzinas. Conténtase con cubrir su fuerte, sano y bien exercitado cuerpo con las pieles de sus ganados, y echarse debaxo de los frondosos árboles. Satisfaze a la hambre y necesidad corporal con las silvestres frutas que d’ellos coxe, sembrando la yerva que tiene por mesa de las vellotas, castañas y nuezes que con sus brazos <...>, con que queda más satisfecho y contento que los príncipes y señores con la diversidad de viandas que sirven en sus curiosas mesas, porque come con hambre y tiene siempre consigo la salsa de sant Bernardo. Y no le falta tampoco la blanca y sabrosa leche con que remoxa el duro pan que truxo del aldea. Beve con apetito y gana el agua limpia, fresca y pura que corre por las pizarrosas gargantas y arenosos arroyos, bevida con el vaso de Diógenes, que le da mayor satisfación y gusto que la que en los poblados se beve en los de oro y plata curiosa y ricamente labrados, sin tener más apetito ni deseo que lo que tiene presente, ni darle otra cosa cuidado más que llevar su ganado al pasto más cercano y que sabe es más fértil y abundante, y buscar lugar fresco y de arboledas donde sestear en verano, con agua para abrevar su manada, y solanas reparadas de los elados vientos para el invierno. Y adonde tiene sabida y conocida esta comodidad, tiende todos sus miembros en la yerva adonde acuden los convezinos pastores y ganaderos de la comarca, y en pastoriles y amorosas contiendas y saludables exercicios pasan dulcemente el día, sin que en ellos reine tristeza ni tenga entrada disgusto, ni cómo se llama ni qué efeto haze la desabrida melancolía. Travan entre sí amorosas cuestiones, aprovando cada uno o reprovando lo que el otro propone conforme a sus intentos y a los pensamientos que tienen. Compiten sobre la hermosura y gracia de sus amigas, unas vezes llamándolas afables, otras enemigas y crueles, según que d’ellas son favorecidos. Y vienen a parar sus renzillas en texer, de las más perfetas flores, guirnaldas que llevarlas con que las dexan satisfechas de su puro y senzillo amor. Y cuando en estos y otros exercicios entre ellos usados han gastado con sabor el día, dan la buelta a sus cavañas, llevando por delante sus satisfechas manadas, donde tendidos en blando heno no echan menos las ricas y abrigadas cortinas ni los toldados aposentos, sirviéndoles de lo uno y de lo otro el cóncavo convés del cielo y los verdes y hoxosos árboles. Allí duermen a sueño suelto, con quietud y sosiego, sin que los desvele el curioso trato de los reales palacios, ni el acompañamiento de los que goviernan el mundo, ni lo que ha de comer el día siguiente, ni le da cuidado el buscar con qué sustentar la vanidad que el mundo usa. No busca ni le da pena que tengan fino temple los arneses, ni que pese o <sea liviano el xaco> de malla, ni teme los dudosos peligrosos e inciertos <sucesos de la guerra>, ni si se anegó y dio al través el navío que viene de las Indias con su hazienda, ni si se alça y quiebra el mercader que se la tiene, ni que han de topar ladrones domésticos o estraños con su enterrado tesoro. No le aprietan ni congoxan las rebueltas de las cibdades; ni por odio, amor ni interés se inclina a los vandos que hay en ellas, ni le trae desatinado y ciego la pasión y ambición de los cibdadanos, ni los embustes y enredos con que solicitan cátedras y oficios en la república. No le induze codicia a desear cargos ni dignidades, ni promesas de privados le hazen seguir sus pasos y caminos, tiniendo por ley las vanas palabras que dizen, ni tiene millones de descomodidades que el bivir en las cibdades trae consigo. Antes, con coraçón alegre y contento y con el ánimo quieto, se levanta por la mañana y, sacudiendo de los miembros la pereza y cada credo mexorando su estado, se buelve a los usados exercicios, gozando del aljofarado rocío que le ofrecen los verdes prados y, en tiempo devido, variedad de flores con que recrea los sentidos. Y entretenido en coxer las más hermosas haze d’ellas guirnalda para sí, si le da gusto y tiene ocasión de traerla, o para su amiga si la tiene. Es para él entretenimiento gustoso ver crecer y menguar el río en su tiempo, y de oír cantar las zigarras y grillos en el suyo. Tiene por suave y acordada música el sordo murmurio de las abexas que andan entre las flores, coxiendo d’ellas sustancia con que labran la miel en sus colmenas. Tienen por felicidad mirar con la gana con que la vid se va enredando en el álamo, y la presa que la yedra haze en el alto ciprés hasta ocupar lo más empinado de su altura. Recreanles la vista la pintada variedad de paxarillos, y el oído la dulce armonía que con sus arpadas lenguas tienen en los árboles y cerros donde tienen fabricados sus artificiosos nidos de donde, concertados, se van respondiendo y conbidando los unos a los otros. Esles de particular entretenimiento y gusto ver en los frescos e intricados setos cruzar las vandadas de los conexos y en los prados las medrosas liebres. Esta vida alegre, quieta y sosegada era, discreta y hermosa señora mía, general en todo el mundo en aquella Edad de Oro en que los poetas dizen que governava Saturno, en cuyo tiempo <ni los hom>bres trafagavan la tierra ni navegavan el mar, porque cada uno <se contentava> con bivir y morir donde nacía, sin procurar ser más que su padre, contentándose con lo que dél eredavan y gastándolo como él lo gastó. No travaxavan en hazer para su defensa arneses ni armas defensivas, ni para ofender arcabuzes ni espadas, ni se aprovechavan del azero y hierro más de para hazer instrumentos con que cultivar la tierra. Pluguiera a Dios, hermosa señora mía, que yo tuviera esta vida ufana, tranquilla y quieta, y sin gloria ni nombre biviera entre la rústica gente, adonde no me fuera nada inportuno y el variar de las cosas referidas apartara de mí todo fastidio. Y cuando me cansara el valle, fuérame a la sierra, y cuando la sierra a lo llano, a los bosques y montañas. Cuando el andar me cansara, sentárame en la ribera de algún claro río o arroyo, y con el murmurar de su corriente y con el ruido del movimiento qu’el aire haze, sacudiendo las hojas de los árboles, se recreara mi afligido espíritu. Y con la dulçura destas cosas suspendiera algún tiempo mis males. Con lo cual, arrebatado de causa en causa, llegara hasta contemplar la suma alteza de la universal y principal, que es el sumo hazedor de todo lo criado, y con cuán soberana magestad y grandeza lo crió y que con tan maravilloso orden y concierto lo rixe y govierna, ordenando y dividiendo los tiempos y dando movimiento a los cielos, para que con él, acercándose y alexándose, el Sol influya virtud en la tierra para criar, sazonar y madurar los frutos d’ella con que se sustenta la umana generación y todas las especies de animales, a quien ordenó sirviese todo. Y destas consideraciones viniera, mi señora, a sacar algún rastro, luz y conocimiento de la fragilidad y miseria de la vida presente con que descansara mi alma, viendo que la salida d’ella había de ser principio de descanso. Y mientras que mis ojos gozaran de la pura luz del sol y los vitales spíritus, respirando, enbiaran aire al coraçón, todo mi estudio y cuidado pusiera en engrandecer y levantar, conforme a la rudeza de mi ingenio, a la dulce y amada señora y enemiga mía, sin que cosa alguna bastara a apartarme deste oficio. Que si conforme a la voluntad y deseo se alargara el caudal, bien se puede de mí con verdad creer que la levantara sobre las estrellas, dexando eternizado su ser y nombre conforme a su mucho valer y merecimiento. Que si me concediese <... el cielo>, que aunque fuese en una cueva me viese en su compañía, <aquel verdaderamente> sería para mí dichoso y felize estado, y gozar siempre de su vista sin miedo y sobresalto de perderla. Y el que a mi pobre juizio es más dispuesto para tener vida tranquila y sosegada, apartada de las tempestades y tumultos de las cibdades, es, mi señora, la que os he dicho con la mayor claridad que mis mal limadas razones han sabido daros a entender. No me pongáis culpa sino os satisfizieren, pues no puede dar peras el olmo ni nadie más de lo que tiene. Y aunque con mi opinión vaya errado, por no tener entendido lo que fuere mexor, estoy dispuesto a cumplir lo que me mandáredes, aunque pierda la vida, y deseoso de que fuera más temprano para de vuestra dulce boca oír las razones que contra lo por mí propuesto tenéis en favor de la vida de corte y cibdades.

CILLENIA.― Déosla Dios tan larga y contenta, señor Selanio, como yo lo quedo con haber oído vuestros discretos discursos, en que habéis mostrado la luz de vuestro entendimiento. Pero para deziros verdad, no me satisfazen tanto vuestras buenas razones, aunque lo son, que no me estoy pertinaz en mis opiniones, como lo pienso mostrar cuando en buen hora bolváis acá otro día, que por ser tarde y este se nos acaba, no quiero dezir más de que vais en ora buena y Dios en vuestra compañía.

SELANIO.― Él guarde tanta hermosura y discreción como la vuestra y me dexe tener ventura en algo, que aun hasta en esto me falta, que parece que para que no pueda gozar este contento se apresura más el sol en su carrera que suele. Si del todo no se me acaba, tomaré otro día la tarde más temprano.