Title: Los mirones

Author: Miguel de Cervantes

Language: Spanish

Year of First Publication: Circa 1585

Edition: Adolfo de Castro, Madrid, 1874

License: Public Domain

Last revision: June 28, 2020

Los mirones


Miguel de Cervantes

Index

Index


Los mirones

 



ENTREMÉS DE LOS MIRONES.


- LICENCIADO MIRABEL.

- DON DIEGO.

- DON FRANCISCO.

- Primer mirón, FONSECA.

- Segundo mirón, CAMACHO.

- Tercer mirón, VOZMEDIANO

- Cuarto mirón, ROBLES.

- Quinto mirón, ZORRILLA.


Salen el Licenciado Mirabel, Don Diego y Don Francisco.


DON DIEGO.
Señor licenciado Mirabel, si vuesa merced me quiere bien vuelva á contar á Don Francisco, por vida mia, lo que me acaba de decir de esa su cofradía. Apercibíos á oír una de las donosas invenciones que habéis oido en vuestra vida.

DON FRANCISCO.
Ea, señor licenciado, no me la haga desear, que tal como buena debe de ser, pues que á Don Diego, que tiene tan buen gusto, le ha caido tan en gracia.

LICENCIADO.
En suma, señores, es una niñería inventada para entretenimiento por no sé cuantos estudiantes, mis discípulos, que el otro dia, tratando de qué pasatiempo echarian mano para pasar con gusto algunos ratos de aqueste Carnaval, dieron en que por estos dias se fundase una cofradía que llaman de los Mirones, cuyo instituto fuese éste: que repartidos, como frailes, por barrios de la ciudad, de dos en dos, vayan á lo disimulado mirando con atención todas las ocasiones ó sucesos que tienen más del gustoso y del extravagante. Y cada tarde, á estas horas, viene cargado cada par, de cuantas baratijas ó basura ha recogido en el barrio que le cupo; y refiriéndomelo á mí, que á fuerza de brazos han querido que sea su prioste, á ellos les sirve de pasatiempo el notarlo, y á mí poco menos que á ellos el oirlo. Y acordamos que se llmasen Mirones los cofrades, porque van desojados por las calles mirando lo que pasa, para traer que contar y que reir.

DON DIEGO.
Don Francisco, ¿no os parece agraciada invención, sin perjuicio de nadie y con entretenimiento y áun con provecho de los que fueren desta cofradía: porque con ir advertidos y mirones, van cultivando los ingenios y adquiriendo experiencias de todo lo que ven, para hacerse prudentes?.

DON FRANCISCO.
Teneis mucha razón, que es traza en que sólo pudieran dar estudiantes; y lo que ellos no hicieren no lo harán los diablos del infierno.

LICENCIADO.
Así es; pero no todos, que á muchos que han pretendido ser cofrades, no hemos querido admitirlos, porque no basta ser mirón, sino también admiron ó admirador de las cosas que se ven. ¡Cuántos jumentos ó caballos pasean por las calles de Sevilla con los ojos abiertos, siendo Mirones de todo lo que pasa, que preguntados qué han visto, ó qué han ponderado en lo que han visto, no darán razón dello! Lo mismo sucede á muchos hombres que pasan por lo que ven, con el mismo descuido que un caballo.

DON FRANCISCO.
¡Cuántos conozco yo destos! Infinitos, que sólo parece que nacieron en el mundo para gusanos de seda: duermen lo más de la vida, comen y beben el resto, y al fin muérense dentro del capullo.

LICENCIADO.
Por esto nuestros cofrades son muy pocos; pero la nata de todos estos estudios. Y en descubriendo en alguno poco ingenio en reparar y ponderar lo que ve, al punto se le da carta de horro y le borramos de nuestra cofradía.

DON DIEGO.
Y cuando á la tarde se retiran, lindas cosas deben traer advertidas!

LICENCIADO.
Sevilla es una Nínive, es otra Babilonia: de lo que rueda por esas calles, si hay quien lo note, cada hora puede hacerse una corónica. Ya se va haciendo hora de recogerse á desbuchar algún par de Mirones. Esténse vuesas mercedes aquí, y oirán maravillas si se detienen un rato. Perecieran de risa si se hallaran ayer á estas horas en este mismo lugar, porque entre otra infinidad de baratijas que trajieron notadas, un estudiante Mirón, de agraciadísimo gusto, dijo que, habiéndole cabido el barrio de Santa María la Blanca, en cuya placetilla suele juntarse infinidad de negros y de negras, se fue disimuladamente arrimando adonde via que estaban algunos en buena conversación; y oyó que, al cabo de muchos cumplimientos que pasaron entre unos cuantos negros (porque ellos son, no solamente con los blancos sino consigo mismos, cortesísimos y llenos de ceremonias), preguntó uno con su media lengua á otro: — «Vuesa merced me diga, ¿es verdad que su amo le ha vendido?» — «Sí, señor; vendido me há,» dijo el otro. — «¿En cuánto, por vida mia, vendió á vuesa merced?» — «En ciento y veinte ducados.» El otro, cabeceando y mirándole desde los pies a la cabeza, dijo con gran ponderación: — «Mucho es, por vida mia! No vale tanto vuesa merced, ni con buen rato: ochenta ducados vale vuesa merced; y no una blanca más.»

DON FRANCISCO.
Lindo á fe de hidalgo fué el negro apreciador. Por eso sólo valia mil ducados. Y es lo bueno que el otro negro apreciado no se enojaria ni lo tendria por agravio.

LICENCIADO.
Bueno es eso! Antes quedó muy contento; y fué contando que su amo se habia deshecho dél porque, habiéndose casado contra su voluntad con una negra del barrio, queriendo concertar que cada sábado fuese á dormir con su mujer, le había preguntado cuántos sábados tenía cada semana; y respondiéndole el amo que uno sólo, había él replicado que si quería que en cada semana hubiese tres sábados al menos, él se contentaría; mas que si le daba sólo uno, se iria al juez de la Iglesia que le hiciese justicia. El amo, mohíno desto, le vendió al amo de la negra por lo que quiso darle.

DON DIEGO.
Donoso anduvo el negro, por vida de quien soy. Son todos extravagantes y graciosos en cuanto piensan y dicen.


 

(Entran dos cofrades, en hábito de estudiantes; y habiendo saludado y hecho su cortesía al Licenciado y á los dos caballeros, diceles el Licenciado:)


LICENCIADO.
Sean muy bien venidos, señores Mirones, ¿Qué barrio les ha cabido?

PRIMER MIRON.
El de Santa Catalina con sus alrededores.

LICENCIADO.
¿Y ha sido buena la cosecha?

SEGUNDO MIRON.
Razonable: nunca peor.

LICENCIADO.
Ea, pues, reyes mios, registren lo que hayan recogido, para que den lugar á los que fueren viniendo.


(Aquí hacen algunos cumplimientos entre los dos sobre cual ha de comenzar: y al fin dice el primero:)


PRIMER MIRON.
En lo que más nos hemos entretenido esta mañana, es en verse dar la batalla dos regatonas ó placeras de las que allí venden, sobre que una dellas habia llamado á un aldeano, que estaba en la tienda de la otra regateando sobre unas berengenas. Trabáronse de aquí como dos sierpes, y dijéronse de lo bueno y bien cernido; y luego la una con un hace de rábanos, y la otra con una banqueta de tres piés en que estaba sentada, se acometieron como dos onzas; y á mia sobre tuya, se dieron tantas en ancho como en largo, hasta que entrando gente de por medio, las pusieron en paz; y de puro molidas como alheña, jarleando se retiraron á sus tiendas. Pero lo mas gracioso fué, que apenas habia pasado esta guerrilla, cuando la una llamó á un ciego y le pidió, poniéndole un cuarto en la mano, que le rezase la pasión; y apenas hubo el ciego llegado á aquello de Saca Pilatos al Onipotente, cuando la buena vendedora lloraba como una criatura, de pura compasión.

DON DIEGO.
Y es el donaire, que mientras lloraba con los ojos, estaria robando con las manos y engañando á los mismos despenseros, que son los sucesores de Júdas.

SEGUNDO MIRON.
Pues oigan vuesas mercedes, que falta lo mejor.

PRIMER MIRON.
Una freidera, que estaba pared y medio, no pudo sufrir tanta devoción, habiendo sido testigo de la pendencia pasada; y dijo entre dientes, que no debiera: — «¡Gentil hipocresía! ¡Acabada de deshonrarse con la otra, llora en oyendo que nombran á Pilatos!» No lo dijo tan bajo que la placera no lo oyese. Y en oyéndolo, salta como una leona, de la tienda; y poniéndose delante della, díjole á gritos, de una en cien mil desvergüenzas. Y al quererle la otra responder, no quiso darle lugar; sino, volviéndole las ancas, arregazóse las faldas y descubriendo el trasero de par en par, díjole dos ó tres veces: — «Habla con ése, bellaca.» La freidera, que se halló con una sartén puesta al fuego, llena de aceite hirviendo para freir unos albures, cogióla en las manos, y respondióle: — «Sí, borracha; con ese hablaré, que es harto más limpio y mejor que no sois vos.» Y al mismo tiempo envasóle en toda aquella caraza del gran Turco cuanto aceite tenía la sartén. La vendedera, dando cien mil alaridos, no halló charco de agua ni de lodo en aquel suelo por donde no se revolcase, buscando algún refrigerio contra el ardor de las nalgas en que se estaba abrasando. La freidera se retrajo luego al momento á Santa Catalina por miedo de la justicia; á la otra, que estaba ya como muerta, la llevaron en brazos al hospital del Cardenal, donde tendrá bien que curar por hartos dias. La risa y chacota de la gente fué infinita, en medio desta desgracia. Yo al menos estuve muy cerca de ahogarme, según lo que reí.

LICENCIADO.
Ella pagó lo que debia. Ahí me las den todas

DON DIEGO.
Para mi son más gustosas sus riñas, que ver un juego de cañas.

DON FRANCISCO.
Pues yo pajas: par Dios, si voy al lado de un Duque, le deje por oirlas, y me pare hasta que se hayan acabado de mesar. Eu Baeza me sucedió lo que diré. Hallándome yo presente, y yendo á caballo y de camino, una mañana, para pasar á Jaén á un negocio que me importaba harto, dejé la jornada de aquel dia sólo por ver el fin de una pendencia que, al pasar por la plaza, vi trabada entre una mulata y una moza de harto buena cara y no mal vestida. Y fué el caso, que llegando á la plaza una carga de guindas, se juntó cuanta gente de bien estaba por allí; y cada uno, á mia sobre tuya, pedia quién dos, quién cuatro libras de guindas. Entre los demás se había llegado con un lenzuelo en la mano esta moza, que dije de buen talle, para comprar como los demás. Estaba tras ella una mulata, y sobre su cabeza tendía el brazo con una cesta en la mano, dando voces que le echase el hombre de las guindas, no sé qué tantas libras dellas, para Don Juan, su señor. La mujer le rogó algunas veces que no le diese en los hombros con la cesta, y que se fuese poco á poco; hasta que, de enfadada, viendo que proseguía con su priesa, le dijo, que no debiera: — «Teneos allá enhoramala y besadme vos y vuestro señor donde no me da el sol.» No lo dijo á sorda, porque en el mismo instante la mulata, que era rolliza, soltando la cesta de la mano, se abrazó con la moza y dió con ella en el suelo boca abajo; y, altas las faldas y descubierto el trasero, á vista de cuantos estaban en la plaza, le dió en él de uno en cien besos, teniéndola muy recio para que todos de espacio fuesen testigos del espectáculo presente. Y mientras la besaba, decíale á voces : - «Mirad cómo os obedezco, ¿queréis que os bese más ó en otra parte ?» Soltóla al fin, más muerta que viva de vergüenza, porque la risa de todos y los motes que cada uno decía, bien puede imaginarse cuáles debieron ser. Ella despues que volvió en sí daba llorando mil gritos: — «¡Justicia de Dios! Perra mulata, el señor Corregidor sabrá esta maldad, y te bará abrir á azotes!» Yo, que la vi caminar con mil mucbacbos detrás y aún con mil hombres, á casa del Corregidor, apeóme en el aire y doy la cabalgadura á un criado; y con mis botas y espuelas, como estaba, voyme enpos della, por no perder tales toros. Entró dando alaridos, contó su desventura, de la manera que pudo; oyóla el Corregidor muy mesurado, que era gran socarron y muy discreto, que todos conocemos, porque nació y está en Sevilla. Consolóla, deteniendo la risa cuanto pudo, y prometióle que haria justicia. Yo, que era amigo suyo, volvíle á contar el caso á solas, desternillándónos de risa. Fuése á su juzgado de ahí á poco, y manda á un alguacil que le trajese la mulata. Pareció muy desenvuelta y alegre. Preguntóle el suceso, y ella con suma brevedad dijo desta manera: — «Señor, aquella buena mujer me mandó que la besase en donde no le daba el sol. Yo, como soy esclava y he de hacer lo que me mandan, no pude dejar de obedecerla.» El Corregidor no pudo disimular la risa; díjole que se fuese á su rasa, y otro dia no fuese tan obediente. Quedamonos todos riendo y celebrando la respuesta de la mulata; y yo, aunque perdí la jornada de aquel dia, la di por bien empleada á trueco de haber gozado tan gracioso disparate.

DON DIEGO.
Tan bueno es ese y mejor que el sartenazo de la otra.

LICENCIADO.
Díganos ahora el señor Galindo en qué ha empleado su vista, que gusto le dio Dios para emplearla.

SEGUNDO MIRON.
De allí nos escurrimos paso á paso á la plazuela que está á las espaldas de Santa Catalina, donde hay una imagen de la Virgen, que llaman de las Ánimas, donde se suelen juntar seis ó siete, y aún ocho ciegos tal vez, y todos tienen que hacer lo más del dia, según la devocion que tiene toda Sevilla a aquella imagen. Estando allí parados, vimos venir á gran priesa dos ciegos, el uno enfrente, del otro; y como no se vieron, embistiéronse ambos, y dieronse una gentil testarada. Acudió cada uno á guarecer su frente con las manos, diciendo el uno dellos :— «¡Válame Dios, señor! Parece que no ve. ¿Por qué no mira lo que hace?» -El otro le dió la misma queja, diciendo: — «¿No tiene ojos en la cara? Débelos de tener en el colodrillo, ¿No mira cómo viene?» — Riéronse todos de ver que cada uno pensó que él solo era ciego; y ellos de ahí á poco rieron más que todos cuando cayeron en la cuenta de que ambos eran privados de la vista: que ciegos son ordinariamente advertidos y gente de donaire.

LICENCIADO.
¿No dije yo que el señor Camacho con su buen gusto, había de haber recogido algo de bueno? Pase adelante si hubo más.

SEGUNDO MIRON.
Tomaron sus puestos estos dos ciegos con los demás, que ya tenían los suyos; y mientras los unos rezaban, y los otros pedían que les mandasen rezar, advertimos que tres de los que estaban más juntos, estando desocupados, se acercaban á hablar entre si. Vínonos gana de escucharlos, porque de ordinario son sus conversaciones donosísimas. Pusímonos juntos, y oímos que el uno dellos contaba á los compañeros la causa de su ceguera. — «Unas viruelas, decía, siendo yo niño de año y medio, me contaba mi madre, que sea en gloria, que me habían quitado la vista de los ojos. Y ¡qué ojos! como dos estrellas juraba que eran.» — Acudió el otro ciego, diciendo: - «Un gran corrimiento me cegó. Mandóme mi agüela, en una noche de invierno, que tomase la alcuza y trajese medio cuartillo de aceite, de la tienda. Al ir fui muy alegre, cantando el romance Mira, Zayde, que te aviso que entonces dábamos en él, como en real de enemigos, los muchachos; y yo, que tenía un tiple como una chirimía, hundía la ciudad á voces. Compré mi aceite en la tienda; y á la vuelta, del sereno ó yo no sé lo que fué, no via palmo de tierra. Cargóme un humor terrible sobre los ojos; llegué llorando á mi casa; mi madre, por ahorrar de dotor, trató con una vecina vieja, que decia sabía de ensalmos, qué me pondría para atajar el corrimiento; hizo la vieja un emplasto. Esta, por la mañana, me lo puso; y apenas eran las tres de la tarde, cuando cada ojo se me puso arrugado como una ciruela pasa. Quedéme hasta hoy á buenas noches.» — El tercer ciego, dando de hombros y sonriéndose un poco, dijo : - «Pardios, compadres, yo di tanto á la bomba, siendo mozuelo de veinte años, con ocasión de que un tio mió era padre de La Casa, que poco á poco se me fué la vista adelgazando, hasta que al fin me dejó á escuras.» Entonces los otros dos compañeros ciegos, refregándose las manos y meneando las cabezas, dijo el uno lamiéndose los labios : — «Ese sí, cuerpo de Cristo, es cegar, que lo demás es burlería.» — Y el otro: — «Diera yo otros dos ojos más de los que no tengo, por haberlos perdido en esa guerra».

LICENCIADO.
¡Qué azotes en todos esos tres ciegos! Al tercero porque cegó de ese mal, y á los otros dos porque deseaban cegar de él. Los más dellos tienen de ordinario tan ruin vista interior como la exterior.

DON DIEGO.
Deben todos tener envidia al ciego de Lazarillo de Tórmes, y hacer honra de parecerle en las malicias y en la ruindad de las costumbres.

DON FRANCISCO.
Aquestos cieguecitos tienen al diablo en la barriga si dan en disolutos. Todos creo que conocemos á Briones, el ciego zurdo que está siempre rezando á la puerta de la Capilla de los Reyes. Casóse este verano pasado con una hija de una tendera de verdura, gordísima, que está en la Costanilla, á quien por mal nombre llaman  la Melona. No hubo acabado de tomarles las manos el Cura la tarde de la boda, cuando el ciego dió priesa que se queria ir á la cama. La suegra y los demás convidados decíanle, para ponerle en razón : — «Señor Briones, advierta que no son ahora más de las dos de la tarde; aguarde á que anochezca.» — «Señores, respondía el ciego , ya ha anochecido; para mi no hay dia que valga, para mí todo es noche. No me cansen, que yo me he de ir á la cama.» — Hubiérase salido con ello, si una desgracia que sucedió ai mismo tiempo que él daba en esta porfía, no hubiera quitádole la gana. No la cuento, aunque es harto donosa, por no ser la más limpia del mundo.

DON DIEGO.
Don Francisco, contadla por vida mia, que no es tansucia como eso; y el señor Licenciado y estos señores estudiantes personas son de palacio, y no hayais miedo que se les caiga la cara de vergüenza. Estén vuesas mercedes atentos, y quéjense de mi si no gustaren de oirla.

LICENCIADO.
Por mí, señor Don Francisco, cuente vuesa merced lo que quisiere, que no tengo los tragaderos tan angostos que de cualquiera cosa cobre hipo.

DON FRANCISCO.
Pues que vuesas mercedes gustan dello, contarélo con perdón de sus tocas honradas, de la misma manera que el Briones nos lo ha contado muchas veces á Don Diego y á mí, con harto buena gracia. Mientras estaba el ciego conquistando que se queria ir á acostar porque para él ya era noche, comenzó á sorber con las narices... — «Aquí huele mal, señores; ¿qué es aquesto? Demándeselo Dios y caramente á quien es causa deste mal olor.» La novia entonces dijo, plegando los labios con mucho mirlamiento; — «Yo fuí, que me pií.» El ciego, cuando oyo esto, soltando a toda furia la mano de la novia, que tenía asida para llevarla a acostar, púsose en pié hecho un tigre, pidiendo á toda priesa que se le diese su bordon, porque se queria ir y dar con él, ántes de irse, cuatro palos á la bellaca de su suegra, por haber criado una hija tan gran puerca. Todos eran á trabajar por aplacarle. La pobre novia, que pensó que habia dicho una muy gran discrecion, lloraba hilo á hilo viendo cuan mal le habia salido. Su madre, en lugar de consolarla, sacábale los ojos con los dedos: — «Cochina, deshonrabuenos, merdellona, ¿dónde tenias el juicio cuando tal porquería te salió por esa boca de horno? Sí, que aquí donde estoy, cien veces me ha sucedido otro tanto en una rueda de amigos; pero he sabido disimularlo, de manera que á cualquiera de las otras se ha atribuido antes que á mí.» El ciego por otra parte no habia sosegarle; hacía torerías, y repetía mil veces; — «Yo fui, que me pií. ¡Oh hi de puta, puerca! Váciase más que una vaca; y dice muy repulgarda: —Yo fui, que me pií. —Yo fui, que me cagué, ¡cuerpo de diez! era lo que la sucia había de decir. ¡Oh! reniego del diablo; y no hubiera esto acontecido dos ó tres horas antes, que primero me hubiera ahorcado de una viga que dado la mano á tan gran puerca.» Echando el ciego estos tacos, y no queriendo ninguno darle el bordón que pedia, por miedo de que se fuese, arrojóse, sin ver lo que hacía, a la puerta del negro aposentillo, y por una escalerilla de palo que bajaba hasta la puerta de la calle fué el pobre ciego rodando sin que hubiese quien le pudiese socorrer. Bajaron luego todos; y medio muerto trajéronle á la cama, que tanto habia deseado, de adonde en más de mes y medio no pudo levantarse; y hasta hoy le han quedado reliquias de la caída, andando renco de una pierna que trae medio arrastrando.

DON DIEGO.
Yo siempre que le veo le digo, cayéndome de risa: — «Señor Briones, hé aquí dos cuartos y réceme la pasion del dia de su boda.» Hácese un poco de rogar; pero al fin me la cuenta agraciadísimamente. Y, entre otras cosas, me acuerdo que un dia me dijo con mil sales: — «Señor Don Diego, por la muerte que Dios pasó, que aquella misma mañana de la boda fué imposible que la novia no se hubiese almorzado en la tienda de su madre una cuartilla de rábanos entera, con hojas y todo, según la hedentina que salió de su cuerpo.»

LICENCIADO.
Mañana, en aquel dia, iré á la Iglesia Mayor por sólo ver á Briones. No he oido en mi vida más agraciado disparate.


(Aquí entran otros dos cofrades, tercero y cuarto Mirón.)


Ya me espantaba yo de que el señor Vozmediano y el señor Robles tardasen tanto en tomar puesto. Veamos las mercancías que nos traen de su navegación. Saque las suyas á luz el señor Vozmediano, y luego el señor Robles descogerá las suyas.

TERCER MIRON.
Yo, señor, vengo asombrado de lo que hoy hemos visto y oido mi camarada y yo. Ambas las manos no me bastan para las cruces que me he hecho. Íbamos por la Cerragería hacia la Iglesia Mayor (que fue el barrio que vuesa merced nos señaló), y al cabo de la calle estaba un frenero a la puerta de su tienda limando un freno de la brida; y el vestido con que estaba trabajando en una obra tan baja, no era menos que unos calzones y ropilla de terciopelado, medias de seda y ligas con rapacejos, y una valona con puntas. Quedámonos atónitos mirándolo; y para más enterarnos de que en realidad de verdad era frenero y no visión la que víamos, nos llegamos á él; y con achaque de preguntar lo que podria costamos un bocado para un potro que nos mandaban comprar de nuestra tierra, nos estuvimos mirándole un gran rato, alabando á Dios de que para un oficio, que de razón pedia un mandil, delante, de badana y un vestidillo viejo de picote, llegase la disolución del tiempo que hoy corre, á tal extremo que un oficial tan baladí estuviese vestido, mientras estaba trabajando con una lima en la mano, como pudiera estarlo un caballero principal el dia de su boda.

LICENCIADO.
Ése es uno de los abusos vergonzosos que se ha introducido en este pedazo de siglo en que vivimos. La poca de seda que se cogia en Granada ó en Murcia, y cuando más en Valencia, era sobrada muy pocos años há para lo que en España se gastaba. Hoy fuera de ésta, no basta toda la China ni las provincias de Italia á dar seda á la mano, según se ha hecho comun. Y es ésto tan diferente de lo que pasaba en tiempo de nuestros visabuelos, que una condesa de Haro, fundadora ó aumentadora de la gran casa del Condestable de Castilla, cuenta su historia que si la visitaba un gran señor y le pedia que dejase ver á dos hijas casaderas que la condesa tenía, salia primero la una sola al estrado con una saya de terciopelo verde liso, y habiendo estado un ratico, se volvia á entrar; y se vestia la otra la misma saya verde para salir á la visita.

DON FRANCISCO.
Ni más ni menos es eso que no haber casi en Sevilla mujer ordinaria de oficial que tenga cuatro blancas, que no ande por las calles con un manto de lustre, que cuesta diez ducados; y muchos dellos con puntas, que cuestan dos y tres.

DON DIEGO.
No me ha espantado tanto eso, cuanto ver que esas mismas mujeres traen esos mantos en el riñon del invierno, cuando se hielan los pájaros, y cuando los hombres forramos los ferreruelos de paños con felpas y bayetas, y áun nos parece poco abrigo. Deben ser ellas más calientes; y por lo menos son más animosas, pues no reparan, en los mayores aprietos de fiestas ó jubileos, de entrarse con esos mantos de soplillo, á riesgo de que se rasguen, y áun de sacarlos hechos tiras, como les acontece muchas veces.

CUARTO MIRON.
Oigan, pues, vuesas mercedes más: lo que oimos, despues que vimos. Esto contadlo, Vozmediano.

TERCER MIRON.
Dejamos la tienda del frenero; y entrando por la calle de la Sierpe, santiguándonos de lo que habíamos visto, encontramos con un amigo mio, mercader que tiene tienda de sedas en la Alcaicería. Contámosle asombrados lo que nos acababa de pasar. Rióse y díjonos; — «¿Pues deso se maravillan? Aparéjense á maravillarse mucho más, de lo que ahora les diré. No há diez dias ó doce, que un sábado por la tarde entró por la Alcaicería un ganapán con su madeja de cuerda echada al hombro, vestido de un cordellate basto, en el traje ordinario con que suelen andar los ganapanes. Llegóse á mí tienda, y preguntóme si tenia unas medias de seda carmesí. Respondíle que no; pero que de otros colores las tenía. Replicóme muy sesgo que tenia medias de todos los demas colores, y que de aquel sólo le faltaban, y deseaba comprarlas. Quedéme asombrado sospechando que se debía burlar; y con otros, á cuyas tiendas acudió basta hallar sus medias coloradas, dí y tomé sobre la fanfarronería del negro ganapán, y concerté con no sé cuántos que el dia siguiente, que era domingo, anduviésemos todos sobre aviso, y encontrarlo y averiguar si hablaba de veras ó burlaba. Muy pocas horas fueron menester para salir desta duda, porque el domingo, en la tarde, yéndonos paseando hácia San Diego, vimos de espaldas á un hombron con unas medias de seda carmesí en unas piernas, con unas pantorrillazas que no cupieran aquí. Estaba con otros dos de su talle comprando un poco de turrón. Yo, en viendo las medias, dije al punto: — «Que me maten si éste no es nuestro ganapan; porque unas mediaa coloradas con ligas de tafetán amarillo y rapacejos de plata en piernas semejantes, sólo un ganapan podia traerlas.» — Dicho y hecho: llegámonos más cerca, mirámosle la cara, y reconocimos al punto, que era él. Llevaba un calzon y jubon de raso azul, acuchillado y forrado en tafetán carmesí, porque dijese con las medias, con tres pasamanos anchos de oro falso, á lo que yo imagino; un coletazo de ante, con los mismos franjones de oro, espada y daga de ganchos plateada, un sombrero de ala con cairel y cordon de plata, y un ferreruelo de mezcla con tres fajas de raso azul. Dejónos como atónitos una extrañeza tan grande. Yo dije al que iba conmigo: — «Para que éste se vista de esta suerte, ¿ qué maravilla que por rodar una tinaja, ó por pasar de un barrio á otro un cofre medio vacío, en menos de un cuarto de hora, quiera dos reales por lo menos?» — Todo esto nos dijo el mercader, á quien se puede creer seguramente, como á testigo de vista, porque há dias que le conozco, y afirmo que es hombre muy honrado.

LICENCIADO.
Bonísimo es todo esto para los Duques de Medina Sidonia, que tienen hoy en los archivos de su casa una carta del rey D. Enrique, en que ruega á un Conde de Niebla, antecesor destos señores, que se vaya á hallar en unas fiestas que se hacian en la córte; y encárgale, para que sean más solemnes, que lleve su jubon de puntas y collar. No eran más que unas muestras angostas de terciopelo ó brocado en el cuello y boca-mangas de un jubon, y lo demas era de lienzo ó de mitán. Y ésta era gala tan notable, que se guardaba en una casa tan grande, para una fiesta tan recia como aquesta en que un Rey pide que se saque este jubon para honrarla.

DON DIEGO.
Señor Licenciado, es tan cierto eso, que he oido decir que hasta hoy se guarda en la casa de Medina, como reliquia, aquese mismo jubón.

LICENCIADO.
Hacen muy bien en guardarle; y áun se habia de sacar en procesión por España, y en especial por Sevilla, algunas veces al año, como fiscal y acusador de nuestras demasías.

TERCER MIRON.
Vuesa merced, señor Licenciado, no se pudra; y si quiere que se le pase la mohina, oiga á mi compañero el señor Robles lo que despues desto vimos.

CUARTO MIRON.
Si vuesa merced gusta como yo de lo que vi esta mañana, este sobre aviso, porque temo ha de mearse de risa. Vimos esta mañana á una vieja de más de sesenta y tantos años, con una cara de un mono, rubia y arrebolada y cargada de dijes; y novia, que es lo peor. Diz que es muy rica. Despues de haber enterrado tres maridos, era el postrero boticario. Dejó un mozo rollizo que le servia en la botica; pagóse la vieja dél, porque debia de conocer bien los botes. Y á la mia fe, á pocos dias de viuda, díjose por el barrio que con la mucha conversación habían venido en conocimiento de si mismos: con que obligaron á un cura del Sagrario, hombre celoso y resoluto, á que les amenazase que avisaría al Provisor, si no se dividian. La vieja, como cuerda, viendo que estaba ya medio casada en el envés, resolvióse en acabar de casarse en haz y en paz de la Santa Madre Iglesia. ¿Quieren vuesas mercedes ver qué tal era la novia? que habiendo ya dado el sí liberalísimamente, se volvió el Cura que les tomaba las manos, en el umbral del Sagrario, y preguntóle al desposado si la queria por mujer; y antes que el mozo respondiese, díjole medio entre dientes guiñando á la novia: — «Señor Lorenzana (que este era el nombre del novio), mire bien lo que hace por ser hoy novio, no diga despues toda su vida que no vió.» — Con todo esto, como en el casamiento le iba al mozo no menos que la comida, dijo sí. Y no lo hubo sacado por la boca, cuando el Cura le preguntó medio asombrado: — «¿Y dícelo de veras? Allá lo verá: su alma en su palma.» — Aquí la vieja no pudo más disimular; y vuelta al Cura, le dijo: — «Señor Licenciado, vuesa merced infierna su alma, poniendo estorbos al Sacramento del matrimonio. Ginés de Lorenzana lo tiene ya mirado demasiado de bien. ¿De qué sirve turbarle la conciencia?» — El Cura, de socarrón ó de sencillo, le dijo muy á lo manso: — «Señora Luisa de Hoyos, yo no lo he dicho á mal hacer, sino que como soy cura de almas, cumplo una de las siete obras de misericordia, que es dar consejo al que no sabe.» — En esto ya se habian juntado más de doscientas personas, entre hombres y mujeres; y cuando se acabó la velación pasaban de quinientas, dándose de enviones las unas á las otras para acercarse más á verla. Entre otras, una mozuela de harto buena gracia, poniéndosele delante, dió una grande risada por mano de pecados. Aquí la vieja perdió piés, y díjole hecha una sierpe, de coraje «¿Qué mira la mondana? También yo fui moza como ella, y mi zancajo valia más que su cara.» — «¿Y áun agora?» respondió la mozuela.- «Y áun agora debe ser harto más limpio que la suya, y de mejor parecer.»

DON DIEGO.
Eso que dijo esa vieja, de que también fué moza como esotra, no lo quiero creer, ni lo creeré jamas. No es posible, señor Licenciado, digan lo que dijeren, que una vieja desmolada pudo ser niña. Póngame á mí delante un poco de hierba ó de barro, de que se hace el vidrio cada dia, y junto á él pónganme un vaso de Venecia; y díganme : «Esto se hace desto», y no lo extrañaré. Muéstrenme en una mano unos como granicos de mostaza que es la simiente de la seda, y en otra un poco de raso ó de terciopelo; y díganme lo mismo : «Esto se hace desto»; que no se me hará tan cuesta arriba el creerlo, como si me dicen que una vieja pudo ser niña en algún tiempo.

DON FRANCISCO.
A mí poco me va en averiguar si fueron niñas ó no las viejas. Lo que yo tengo por cosa averiguada es que las niñas han de venir á ser viejas. Encima del corazón me hago cruces siempré que este pensamiento me viene á la memoria, porque no hay niña hermosa tan agraciada en mis ojos ni tan cortada á mi gusto, que el sólo imaginarla que ha de ser vieja algún dia, al punto sea para mí un cántaro de agua que me hiele. Has de ser vieja: pues tengo asco de tí, por más niña que seas.

LICENCIADO.
Tema es ésta que hemos tomado los hombres, no solamente con las viejas, sino á hecho con todas las mujeres, diciendo mal dellas á mia sobre tuya. De socarrones pienso que lo hacemos, las más veces por encubrir lo bien que las queremos. Un hereje llegó á decir, en tiempo de San Agustín, que la mujer no fué criada á imagen y semejanza de Dios, como el hombre; y otro hereje pasó más adelante, hasta decir quedas mujeres no fueron redimidas con la sangre de Cristo, sino los hombres solamente.

DON FRANCISCO.
Pienso yo que cuando dijeron esos herejes un disparate y mentira semejante, se les debió de venir á la memoria alguna vieja podrida, porque sin duda la vejez hace en cualquiera mujer tan grande estrago que da ocasion á pensar si anduvo el diablo por allí, ó si es posible quee de las manos de Dios saliese á luz un tan abominable humaracho.

DON DIEGO.
Yo al menos, si quiero purgar hígados y redaños de una vez, no he menester más que enjuagarme los ojos en ayunas con la catadura de una vieja. Más efecto hará en mí esta unción, que dos onzas de escamonea ó de ruibarbo preparado.

DON FRANCISCO.
A un mi amigo le oí decir una vez que quisiera ser Dios por una hora, ó que le diera sus veces, para torcelles las rabadillas como á gatos á cuantas viejas tiene el mundo, en comenzando á caducar ó á desmoronarse una mujer. Vení acá, madre: vos sólo servis de embarazar. Alto, a la sepultura; torcelle la cabeza. Maldita sea de Dios la que me habia de quedar.

DON DIEGO.
No sé en qué reino de la India he oido decir que en todas plegarias y procesiones que hacen los de aquel reino á sus dioses, en sus necesidades, no permiten que se hallen las viejas, ni que les pidan socorro; porque, por el mismo caso, les parece que lo han de hacer al revés. Por de tan buen gusto los tienen.

LICENCIADO.
En el reino de Biengo pasa eso; y no son solas las viejas las que excluyen de todas sus provincias, sino generalmente á todas las mujeres. Pero, Señores, sea lo que fuere, vamos poco á poco, que hemos, si Dios fuere servido, de venir á ser viejos algún dia, y habrá quien nos escupa á la cara como agora la escupimos nosotros á las viejas.

DON FRANCISCO.
Eso no, señor Licenciado: por vida de cuanto más quiero en esta vida, que si me pasase por la imaginación que viejo habia de ser como una vieja, antes que allá llegase, me habia de echar dentro de un pozo, de cabeza.

DON DIEGO.
No habia yo menester hacer esa diligencia, que sólo el imaginarlo me causaria tan gran melancolía, que ella sola me bastaria á enterrar mil dias antes que me viniesen las canas. ¿Qué tiene que ver el destrozo que en alma y cuerpo causa la edad en una vieja, con el que causa en un viejo? Los viejos tienen años, pero no ascos. Si no, presento á las mismas mujeres por testigos. ¡Cuántos viejos hay limpios, aseados y de buena conversación, que es alegría verlos y tratarlos! Ahí está un tio de Don Francisco, que tiene setenta y cuatro años: sus dientes blancos y buenos, hace mal á un caballo, celebra un buen dicho y sábelo decir. Pués apostemos; y á quien me diere una vieja que llegue á setenta años y no fuere asquerosa, boquituerta, llena de babas, la boca y los ojos de arrope y de lagañas, y las entendederas calzadas al revés, sin que ate ni desate en cuánto hablare, quiero yo darle ambas orejas.

LICENCIADO.
No todos los viejos de la edad de su tio de vuesa merced, estarán tan enteros ni serán en su trato tan apreciables y despiertos.

DON FRANCISCO.
Hartos conozco yo, en Sevilla, que sólo tienen de viejos los años y la prudencia. Si no, traslado á mi vecino Benito de Chinchilla. Bien lo conoce Don Diego: llega casi á ochenta años; y no hay hombre en lo mejor de su edad que sea más agradable ni de mejor conversación. Yo me le suelo llevar algunas veces en coche, por sólo pasar bien una tarde. Este jueves pasado nos apeamos del coche, junto á la puerta del Osario, para hacer un poco de ejercicio. Y habiendo el buen yiejo cáminado un gran rato con el denuedo que yo, me dijo que nos sentásemos un poco; y con bonísima gracia, despues de baber descansado, me comenzó á decir estas razones: — «Ora, señor Don Francisco, enséñeme vuesa merced, pues me quiere bien, cón quiénes , cómo y de qué he de tratar en esta edad: porque juro á San Pedro que he perdido la esgrima en esta parte. Si soy en mi trato viejo, como lo soy en los años, huyen de mi como del diablo; y si soy mozo, búrlanse de mi. Si trato con mozos, me llaman viejo verde; si con viejos, andamos siempre en porfías; y no soy señor de decir por entretenimiento una mentira que no me la saquen á la cara. Algunos ratos pienso en esto, y casi me voy á amohinar. Pero consuéleme luego con ver que estos duelos se recompensan con los bienes que por otra parte me ha acarreado la vejez; porque despues que me voy metiendo á viejo, veo más, puedo más, mando más, orino más alto, y me siento mejor.» Yo entonces, como há muchos dias que conozco el buen gusto del hombre, entendí luego que tenian misterio estas palabras, por tretas; y roguéle que me declarase estas cinco comodidades, de que gozaba despues de entrado en edad. — «Yo se lo diré á vuesa merced (respondió el viejo). Veo más , porque antes si via un hombre, no via más que á un hombre solo; pero agora, si no es que me pongo los antojos, me parece que veo tres ó cuatro. Puedo más, porque antes saltaba de un caballo, dejando la silla en su lugar; pero agora me la traigo tras mí todas las veces que me apeo. Mando más, por que antes con una voz sola mandaba yo una cosa y se hacia, y agora es menester que la mande seis veces para que venga á hacerse. Orino más alto, porque antes apenas me orinaba en los tobillos, y agora me orino en las rodillas. Y al fin me siento mejor, porque de mejor gana estoy sentado que en pié, como agora lo ve vuesa merced, que he deseado sentarme.» Reímonos un rato de la declaración; y dando y tomando en otras cosas, parte de burlas y parte de veras, pasé la tarde con él apacibilísimamente.

LICENCIADO.
Confieso que debe ser pieza de rey el buen Chinchilla, y que holgara yo harto de tratarle. Y no se puede negar sino que el seso y las fuerzas, á una mano, caducan en los hombres más tarde que en las mujeres. Pero volviendo á nuestra boda, señor Robles, ¿qué más pasó con la novia, cuando salió del Sagrario?

CUARTO MIRON.
Aguardábala un coche que habla pedido prestado á un vecino suyo. Y al ir á entrar en él estaba un poco de lodo; y para pasarle sin ensuciarse, puso una mano delante y otra atras, levantando la saya á un mismo tiempo diciendo: — «¡Válgame Dios, qué sucio está todo esto!» — «¡Y cómo si está sucio (dijo al momento una mujer): con cien mil muladares!» Reímonos todos de la malicia; y fuéronse los novios á su casa.

DON FRANCISCO.
Esa verdad que dijo esa vieja, de milagro es una de cuatro verdades que, sin echar de ver en ello, dicen muy á menudo las mujeres. Otra es, queriendo encarecer lo que les duele la cabeza:— «(Loca estoy: fuera me tiene de juicio este dolor;» y es sin duda el evangelio de San Marcos, aunque no le doliera la cabeza. La tercera verdad es reñir con su marido una mujer sobre que vino á comer tarde, ó por otra niñería que no importa dos pajas, y en sentándose á la mesa, pónese rostrituerta sin querer probar bocado; y si le dice el marido : — «(Comed por vida mia, señora,» —responderá con hocico: — «Ya estoy harta; no tengo gana de comer;» — y es la misma verdad, porque se había almorzado un torrezno y una escudilla abahada de sopas de la olla. La última verdad es tan verdad como las otras tres juntas: irse han marido y mujer reñidos á la cama; á la mañana, viendo que está ella despierta, dirále él:— «Doña Inés, volveos acá por vida mia;» —y responderle ha ella con mucha gravedad: — «Sí, por cierto: no estaba agora pensando en otra cosa;» — y es al pié de la letra, que sin quitar ni poner estaba pensando en lo mismo que su marido le dijo.

LICENCIADO.
Pues note vuesa merced que, como dijo al principio, esas cuatro verdades suelen decir las mujeres no echando de ver en que las dicen; que si las tuvieran por verdades, no las sacaran por la boca.

DON FRANCISCO.
No me descontenta la ponderacionciea, señor Licenciado. ¿Vuésa merced es el que defendía las viejas poco há, y agora quiere que todas abarrisco no comuniquen verdad en cuanto dicen? Pues la faltilla es como quiera.

LICENCIADO.
Son encarecimientos con que los hombres, medio burlando, nos vengamos de los agravios que ellas nos hacen por momento. Así, señor Robles, ¿en esa boda hubo más que lo que vuesa merced nos ha referido hasta agora?

CUARTO MIRON.
No hubo más que esto, dejándolos ir; volvimos á entrar en el Sagrario, para oir misa. Y mientras estábamos oyéndola, hincadas las rodillas, entraron no sé qué tantas mujeres por la Iglesia; y poniéndose una tras de mí, sentí que me tiró del ferreruelo. Volví á ver lo que quería, y díjome muy quedito: — «Señor, quítese de delante, que me estorba»; y yo la respondí, al mismo tono: Señora, quítese de detrás, que me impide».

LICENCIADO.
Bobería es esa muy ordinaria en las mujeres; pero en verdad que entre los hombres son ordinarias también algunas boberías tan materiales como esa, en que caemos por horas sin reparar en ellas. Casi siempre que sentimos algún mal olor, ¿no andamos á buscarle con las narices? — «Mal huele aquí», cuando nos debíamos de tapar á piedra y lodo; si no, dígalo Briones, el ciego de la boda, de quien hablamos poco há.

DON FRANCISCO.
Tiene vuesa merced razón, que hay boberías vinculadas á nuestro trato ordinario; y de puro comunes, de todos recibidas, no nos reimos de todas, oyéndolas los unos de los otros. Llamamos á una puerta; preguntannos de dentro:— «¿Quién es?» —y respondemos: — «Si es,» — en todo nuestro juicio; que es lo mismo que volver á llamar segunda vez á la puerta.

DON DIEGO.
Yo diré otra tan buena y tan común como esas. Caerá de lo alto; y alzamos luego los ojos, y preguntando: — «¿Quién echa tierra de arriba?» -y habíamos de bajarlos, porque no nos cayese encima dellos.

LICENCIADO.
Ninguna de aquesas boterías es tan buena ni tan perjudicial como otra, introducida y recibida por toda la gente principal, sin reparar nadie en ella. Hace S. M. merced á un caballero, de un hábito de Santiago ó de Alcántara; y al punto, todos los deudos y amigos, á mia sobre tuya le dan mil parabienes ó por escrito ó de palabra, como si ya tuviese el hábito en los pecbos; y queda por hacer lo mas esencial y peligroso, de que vemos que muchos centenares salen descalabrados. Es lo mismo que dar a una mujer, que está en los dolores del parto, el parabién del hijo, que áun no ba nacido ni sabemos si saldrá á luz vivo ó muerto.


(Entra solo y turbado el QUINTO MIRON, Vicente Zorrilla.)


QUINTO MIRON.
Á solas quisiera hablar con vuesa merced, señor Licenciado, sobre un negocio que importa.

LICENCIADO.
¿Qué secreto puede haber, señor Vicente Zorrilla, que no se puede fiar destos señores? Pero, ante todas cosas, dígame cómo se viene sólo. ¿No le cupo hoy por compañero Quiñones?

QUINTO MIRON.
Eso es á lo que vengo: á darle á vuesa merced cuenta de una desgracia por que nos dividimos.

LICENCIADO.
Habrán reñido los dos: el otro es grande y mal acondicionado, y el señor Zorrilla como el puño. A buen seguro que Quiñones haya tenido la culpa de que se hayan apartado.

QUINTO MIRON.
No hay tal, Señor, ni por imaginación. Agora lo oirá vuesa merced. Cúponos á los dos, nunca ella nos cupiera, la collación de Omnium Sanctorum. Yo hice la resistencia que pude por no ir á este barrio, como que me decía el corazón: No vayas á la Feria, que te has de arrepentir; —pero Quiñones la escogió de su mano, y puso piés en pared que habíamos de ir allá. Y la causa de que trataba este arado, era que andaba picado el pobre mozo de una mozuela, hija de un boticario, que vive junto á una esquina al dar la vuelta para el convento de Belén. Yo no sabia este misterio; hasta que él mismo, habiendo dado conmigo dos ó tres vueltas por la calle, me dijo claramente que prestase paciencia, porque él habia de entretenerse por allí, hasta que ella le viese ó se asomase á la ventana. Con esto, yo, que no queria cansarme, determiné de aguardarle sentándome en un poyo de una casa que está frontero de la botica. Él, cuando se hubo hartado de dar vueltas calle arriba y calle abajo, arrimóse en pié á la misma esquina de casa del boticario. Caia sobre ella una azotea; y entre unas macetas estaba en el mismo pretil una calabaza romana, tamaña casi como una botija perulera. Mirábala yo de hito en hito, maravillándome della, cuando vi que un hombre rubio, ni sé si padre, si hermano de la moza, alzó con ambas manos la calabaza, que, como dije, estaba sobre el pretil del azotea, y poniéndose en el cantillo mismo, dejóla caer á plomo desde arriba; y al punto se retiró, para que no le viesen. La calabaza debia de estar podrida por debajo, con la humedad del pretil; porque, cayendo perpendicularmente sobre la cabeza de Quiñones, que estaba en la misma esquina, se la encajó hasta los hombros como si fuera un morrión. Yo, á todo esto, ni sé si estaba despierto ó si soñaba; porque ni reparé en lo que el hombre del azotea pretendía, cuando tomó la calabaza en las manos, ni casi eché de ver lo que á mi compañero le habia sucedido; hasta que viéndole bregando y dando saltos de acá para acullá, para arrojar de la cabeza la negra calabaza, caída la capa por el suelo y dando unos bufidos de becerro, como debajo dé una tumba, salí pidiendo socorro á los que pasaban por la calle, que ya se habían juntado no sé cuántos. Pero no habiendo visto lo que yo, mirábanle y no le socorrían, asombrados de ver aquella figura, y por ventura pensando que era algún humaracho destos dias; hasta que, en fin, á mis voces fuimos todos á sacarle de aquel capacete la cabeza, Pero esto no fue tan presto, que en quitándosela no se cayese amortecido. Y sin duda, si tarda este socorro un credo, el hombre se ahoga dentro de aquella calabaza; porque mientras estuvo dentro della no fué posible respirar. Y así, cuando le hubimos limpiado de las pepitas y babas que le tenian embarrado todo el rostro, vimos que estaba con los ojos saltados y el color moreteado, como si hubieran dádole garrote. Volvió en sí; y llevámosle en brazos á casa de un Bermudez, barbero, amigo de vuesa merced, que está allí junto. Acostámosle sobre una cama, medio muerto. Con todo eso me conoció al cabo de un rato; y lo primero que me dijo fué que avisase a vúesa merced como quedaba muy malo; pero él ni sabe dé qué, ni lo que le ha sucedido, ni lo sabrá jamás, si yo no se lo cuento.

LICENCIADO.
El caso por una parte es bien ridículo; pero por otra es bien para llorar, porque era cosa muy fácil costarle la vida.

QUINTO MIRON.
Véale vuesa merced; y por ventura no sera el daño tan grande, ó al menos se aliviará con su vista.

LICENCIADO.
¡Y cómo si le veré! Luego al punto. ¿Quiere venir conmigo alguno?

DON FRANCISCO.
Todos irémos, y yo el primero de todos, tanto por consolar al enfermo como por ver la calabaza.

QUINTO MIRON.
Esa no verán mas vuesas mercedes, porque á estas horas no ha quedado pelo ni hueso della.

DON DIEGO.
¿Pues qué se hizo della?

QUINTO MIRON.
Es cuento largo: despues de visitar al enfermo se lo diré á vuesas mercedes. Y á fe que es tan notable como el que acaban de oir; aunque en verdad que hago mal en dilatarlo, porque han de encontrar vuesas mercedes mucha gente que estará todavía por allí, y cada uno lo contara de su manera; y será bien que lleven vuesas mercedes sabida la verdad.

LICENCIADO.
Cuéntelo brevemente, por su vida, porque no perdamos tiempo.

QUINTO MIRON.
Cuando salí de casa del barbero para venir acá, hallé que se hablan juntado en remolino más de cincuenta personas delante de la botica: hombres, mujeres y muchachos, puestos todos en rueda, y en medio la calabaza en el suelo, mirándola con asombro. Llegué á escuchar lo que decían; y oí que un viejo carpintero, vecino del boticario, decia á voces: — «Señores mios, este mozuelo galancete ha muchos dias que escandaliza estos barrios: yo sé bien sus intentos y la ruin intención con que rondaba esta calle. Dios milagrosamente le ha enviado este castigo del cielo.» No hubo menester oir más que esto un fraile bacinilla, muy gran alharaquiento, que todos conocemos; cuando, abrazándose con la calabaza, se subió sobre un pino que estaba tendido en la calle, y comenzó á dar mil gritos : - «Cristianos, no es esta, calabaza como las otras calabazas. Dios de su mano la ha enviado para castigo deste pecador. Miradla como reliquia, y temblad de los juicios divinos. De aquí me quiero ir derecho á casa de un platero devoto de mi Orden, que me guarnezca esta gloriosa calabaza, para colgarla delante del altar mayor de mi convento, junto a la lámpara de plata. Pueblo cristiano, todos me den sus limosnas para ayuda á guarnecer esta reliquia». No hubo mentado «reliquia», esta segunda vez, cuando una vieja salió de través, diciendo á voces: «¡Ay, padre de mi alma, déme tantica de esta reliquia de calabaza, por las entrañas de Dios, que me dará la vida para sanar de mis achaques!». Tras la vieja llegaron otra infinidad de mujeres; y tras ellas gran multitud de muchachos y de pícaros, y áun de hombres de capa negra; y por tener parte en la bendita calabaza, unos sobre otros dan con nuestro fraile en el suelo, y en un momento á puñadas arrebató cada uno della lo que pudo, sin que quedase della ni un pedacico tamaño. Fué mucho que no ahogasen al fraile los que cayeron sobre él. Pero salió á cabo de rato, pateado, lleno de lodo el hábito y la cara; y sin la bacinilla, que con la imagen y con todo el dinero que había en ella, no pareció viva ni muerta.

LICENCIADO.
¿Pues cómo, señor Vicente? ¿Eso quería dejar para, despues? En mi conciencia que es lo mejor de la historia. Vamos, Señores, antes que sea más tarde; pero quede aquí alguno que entretenga á los demás cofrades como fueren viniendo, y les diga que luego daré la vuelta. Señor Robles, por hacerme merced quédese vuesa merced.

CUARTO MIRON.
Sí quedaré por cierto, por mandármelo vuesa merced; pero también mande vuesa merced que Vicente Zorrilla quede aquí, para que yo no esté solo, y para que despues me guie á ver al enfermo; que no se la casa del barbero adonde dice que está.

LICENCIADO.
Señor Vicente, amigos viejos son: quédense juntos mas no se den matraca como suelen y suceda lo que el otro dia me dicen que sucedió.

CUARTO MIRON.
Ven acá, Vicentillo, abora que estamos sólos. ¿Oiste lo que dijo el Licenciado? Bien sé por qué lo dijo. Basta que te andas preciando de que me diste una matraca el otro dia con que me quedé hecho una mona; pues, mico, ¿no te meto yo en un zapato todas las veces que quiero?

QUINTO MIRON.
¡Gran hazaña por cierto, meterme en un zapato de los suyos! Si cabemos dentro otros catorce como yo.

CUARTO MIRON.
He aquí su tema ordinaria: dar tras mis piés. Téngolos grandes, ¿qué quieres? Creciéronme de un enojo.

QUINTO MIRON.
¿No más que grandes, señor Robles? Pues en verdad que si fueran de comer, pudieran dar abasto a un rastro entero, en un sábado. No son grandes, sino grandísimos. Si no, dígalo su zapatero, que el otro dia, cuando le pidió vuesa merced que le hiciese una horma, pues que no eran de provecho las que tenía en la tienda, me dijo, en volviendo vuesa merced la cabeza, cayéndose de risa: —«Hágale el diablo la horma: ha menester para ella un pino de Sigura.»

CUARTO MIRON.
Basta, que le entretienen unos pies; hágame sobre ellos una copla como la que hizo el otro dia sobre la nariz de Rebolledo.

QUINTO MIRON.
Hágasela vuesa merced, que tiene en casa piés para hacer un cancionero tan alto.

CUARTO MIRON.
Chisguirivis, ¿qué está mirándome á los piés?

QUINTO MIRON.
¿Sabe lo que estaba pensando, señor Robles? Que es el hombre de más fuerzas que hay en España.

CUARTO MIRON.
Títere, ¿en qué lo echa de ver?

QUINTO MIRON.
¿En qué? En que con una pierna sola alza ese pié, que si lo suelta de la pierna no bastarían á menearle catorce yuntas de bueyes.

CUARTO MIRON.
Vete de ahí, merdosillo, que en cuanto dices no tienes pies ni cabeza.

QUINTO MIRON.
Eso no se podrá decir de vuesa merced con verdad, que aunque le falta cabeza, tiene piés para cien mil pepitorias.— ¡Ay! ¿Qué ruido es aqueste? Que me maten si no es aquella dancilla de los niños que se imponia antes de ayer en casa del Veinte y cuatro, mi vecino.

CUARTO MIRON.
Ella es sin duda, y tú no entrarás en ella.

QUINTO MIRON.
Agora lo verá.


(Díce esto quitándose la capa y andando en la danza.)


FIN DEL ENTREMÉS DE LOS MIRONES.