Title: Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados

Author: Miguel de Cervantes

Language: Spanish

Year of First Publication: 1615

Edition: Viuda de Alonso Martín, Madrid, 1615

License: Public Domain

Last revision: June 28, 2020

Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados


Miguel de Cervantes

Index

Index


  

COMEDIAS:

El gallardo español.

La casa de los celos.

Los baños de Argel.

El rufián dichoso.

La gran sultana.

El laberinto de amor.

La entre[te]nida.

Pedro de Urdemalas.

 

ENTREMESES:

El juez de los divorcios.

El rufián viudo.

[La] elección de los alcaldes de Daganzo.

La guarda cuidadosa.

El vizcaíno fingido.

El retablo de las maravillas.

La cueva de Salamanca.

El viejo celoso.

 



SUMA DEL PRIVILEGIO

 

Tiene privilegio Miguel de Cervantes Saavedra por diez años para imprimir estas Ocho comedias y entremeses. Su fecha del dicho privilegio en Valladolid, a venticinco días del mes de julio de mil y seiscientos y quince años. Pasó ante Hernando de Vallejo, escribano de Cámara.

  

SUMA DE LA TASA

 

Este libro de las Ocho comedias y entremeses, de Miguel de Cervantes Saavedra, está tasado por los señores del Consejo a cuatro maravedís cada pliego; que el dicho libro tiene sesenta y seis pliegos, que, a razón de cuatro maravedís, monta docientos y sesenta y cuatro maravedís. Su data en Madrid, a ventidós días del mes de setiembre de mil y seiscientos y quince años, ante Hernando de Vallejo, escribano de Cámara.

 

 

FE DE LAS ERRATAS

 

Estas Comedias, compuestas por Miguel de Cervantes Saavedra, corresponden con su original. Dada en Madrid, a 13 de setiembre de 1615 años. 

El Licenciado Murcia de la Llana.

 

 

APROBACIÓN

 

Por mandado y comisión del señor doctor Cetina, Vicario General en esta Corte, he visto el libro de Comedias y entremeses de Miguel de Cervantes no representadas, y no hallo en él cosa contra nuestra santa fe católica y buenas costumbres; antes, muchas entretenidas y de gusto. Éste es mi parecer, salvo, etc. En Madrid, 3 de Julio [de] 1615.

El Maestro Joseph de Valdivielso.

 

 

PRÓLOGO AL LECTOR

 

No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes, y de tal manera las subtilizaron y atildaron, que, a mi parecer, vinieron a quedar en punto de toda perfección.

Tratóse también de quién fue el primero que en España las sacó de mantillas, y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia; yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio ba[t]ihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ninguno le ha llevado ventaja; y, aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito de prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad.

En el tiempo deste célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que saliese o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre excelente y famoso le enterraron en la iglesia mayor de Córdoba (donde murió), entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López.

Sucedió a Lope de Rueda, Navarro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer la figura de un rufián cobarde; éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles; sacó la música, que antes cantaba detrás de la manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza, y hizo que todos representasen a cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos o otras figuras que pidiesen mudanza de rostro; inventó tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto no llegó al sublime punto en que está agora.

Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse; La destruición de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas. Tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su juridición a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias proprias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, o oído decir, por lo menos, que se han representado; y si algunos, que hay muchos, han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él sólo.

Pero no por esto, pues no lo concede Dios todo a todos, dejen de tenerse en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope; estímense las trazas artificiosas en todo estremo del licenciado Miguel Sánchez, la gravedad del doctor Mira de Mescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e inumerables conceptos del canónigo Tá- rraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro, la agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que agora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza, y las que prometen Las fullerías de amor, de Gaspar de Ávila, que todos éstos y otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope.

Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y, pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía; y así, las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada; y, si va a decir la verdad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo, y dije entre mí: ``O yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho; sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos''. Torné a pasar los ojos por mis comedias, y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor a la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en la estampa como aquí te las ofrece. Él me las pagó razonablemente; yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del mundo, o, a lo menos, razonables; tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se emiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no tienen necedades patentes y descubiertas, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo, y que el lenguaje de los entremeses es proprio de las figuras que en ellos se introducen, y que, para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia que estoy componiendo, y la intitulo El engaño a los ojos, que, si no me engaño, le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud y a mí paciencia.

 

 

DEDICATORIA

 

Al Conde de Lemos

Ahora se agoste o no el jardín de mi corto ingenio, que los frutos que él ofreciere, en cualquiera sazón que sea, han de ser de V. E., a quien ofrezco el destas Comedias y entremeses, no tan desabridos, a mi parecer, que no puedan dar algún gusto; y si alguna cosa llevan razonable, es que no van manoseados ni han salido al teatro, merced a los farsantes, que, de puro discretos, no se ocupan sino en obras grandes y de graves autores, puesto que tal vez se engañan. Don Quijote de la Mancha queda calzadas las espuelas en su Segunda parte para ir a besar los pies a V.E. Creo que llegará quejoso, porque en Tarragona le han asendereado y malparado, aunque, por sí o por no, lleva información hecha de que no es él el contenido en aquella historia, sino otro supuesto, que quiso ser él y no acertó a serlo. Luego irá el gran Persiles, y luego Las semanas del jardín, y luego la segunda parte de La Galatea, si tanta carga pueden llevar mis ancianos hombros; y luego y siempre irán las muestras del deseo que tengo de servir a V. E. como a mi verdadero señor y firme y verdadero amparo, cuya persona, &c.

Criado de V. Excelencia:

Miguel de Cervantes Saavedra.

 

  

LOS NOMBRES DESTAS COMEDIAS SON LOS SIGUIENTES:

 

El gallardo español.

La casa de los celos.

Los baños de Argel.

El rufián dichoso.

La gran sultana.

El laberinto de amor.

La entre[te]nida.

Pedro de Urdemalas.

 

ENTREMESES:

 

El juez de los divorcios.

El rufián viudo.

[La] elección de los alcaldes de Daganzo.

La guarda cuidadosa.

El vizcaíno fingido.

El retablo de las maravillas.

La cueva de Salamanca.

El viejo celoso.





Comedia famosa del gallardo español

 

Hablan en esta primera jornada las personas siguientes:


ARLAXA, mora.

ALIMUZEL, moro.

DON ALONSO DE CÓRDOBA, conde de Alcaudete, general de Orán.

DON FERNANDO DE SAAVEDRA.

GUZMÁN, capitán.

FRATÍN, ingeniero.

UN SOLDADO.

CEBRIÁN, moro, criado de ALIMUZEL.

NACOR, moro.

DON MARTÍN DE CÓRDOBA.

UNO, con una petición.

BUITRAGO, soldado.

UN PAJECILLO.

OROPESA, cautivo.

ROBLEDO, alférez.



JORNADA PRIMERA

Salen ARLAXA, mora, y ALIMUZEL, moro.


ARLAXA

Es el caso, Alimuzel,

que, a no traerme el cristiano,

te será el Amor tirano,

y yo te seré crüel.

Quiérole preso y rendido,

aunque sano y sin cautela.


ALIMUZEL

¿Posible es que te desvela

deseo tan mal nacido?

Conténtate que le mate,

si no pudiere rendille;

que detener al herille

el brazo, será dislate.

Partiréme a Orán al punto,

y desafiaré al cristiano,

y haré por traerle sano,

pues no le quieres difunto.

Pero, si acaso el rigor

de la cólera me incita

y su muerte solicita,

¿tengo de perder tu amor?

¿Está tan puesto en razón

Marte, desnuda la espada,

que la tenga nivelada

al peso de tu afición?


ARLAXA

Alimuzel, yo confieso

que tienes razón en parte;

que, en las hazañas de Marte,

hay muy pocas sin exceso,

el cual se suele templar

con la cordura y valor.

Yo he puesto precio en mi amor:

mira si le puedes dar.

Quiero ver la bizarría

deste que con miedo nombro,

deste espanto, deste asombro

de toda la Berbería;

deste Fernando valiente,

ensalzador de su crisma

y coco de la morisma,

que nombrar su nombre siente;

deste Atlante de su España,

su don Manuel el gallardo

por una y otra hazaña.

Quiero de cerca miralle,

pero rendido a mis pies.


ALIMUZEL

Haz cuenta que ya lo ves,

puesto que dé en ayudalle

todo el cielo.


ARLAXA

Pues, ¿qué esperas?


ALIMUZEL

Espero a ver si te burlas;

aunque para mí tus burlas

siempre han sido puras veras.

Comedido, como amante,

soy, y sólo sé decirte

que el deseo de servirte

me hace ser arrogante.

Puedes de mí prometerte

imposibles sobrehumanos,

mil prisioneros cristianos

que vengan a obedecerte.


ARLAXA

Tráeme solamente al fuerte

don Fernando Saavedra,

que con él veré que medra

y se mejora mi suerte;

y aun la tuya, pues te doy

palabra que he de ser tuya,

como el hecho se concluya

a mi gusto.


ALIMUZEL

Quizá hoy

oirán los muros de Orán

mi voz en el desafío,

y aun de los cielos confío,

que luz y vida nos dan,

que han de acudir a mi intento

con suceso venturoso.


ARLAXA

Parte, Alimuzel famoso.


ALIMUZEL

Fuerzas de tu mandamiento

me llevan tan alentado,

que acabaré con valor

el imposible mayor

que se hubiere imaginado.


ARLAXA

Ve en paz, que de aquesta guerra

la vitoria te adivino.


Entrase ARLAXA.


ALIMUZEL

¡Queda en paz, rostro divino,

ángel que mora en la tierra,

bizarra sobre los hombres

que a guerra a Marte provoca[n],

a quien de excelencias tocan

mil títulos y renombres;

en estremo poderosa

de dar tormento y placer,

yelo que nos hace arder

en viva llama amorosa!

Que[da] en paz, que, sin tu sol,

ya camino en noche escura;

resucite mi ventura 95

la muerte deste español.

Mas, ¡ay, que no he de matalle,

sino prendelle y no más!

¿Quién tal deseo jamás

vio, ni pudo imaginalle?


Entrase ALIMUZEL.

Salen DON ALONSO DE CORDOBA, conde de Alcaudete, general de Orán;DON FERNANDO DE SAAVEDRA; GUZMAN, capitán; FRATIN, ingeniero.


FRATIN

Hase de alzar, señor, esta cortina

a peso de aquel cubo, que responde

a éste que descubre la marina.

De la silla esta parte no se esconde;

mas, ¿qué aprovecha, si no está en defensa,

ni Almarza a nuestro intento corresponde?


D. ALONSO

El cerco es cierto, y más cierta la ofensa,

si ya no son cortinas y muralla

de vuestros brazos la virtud inmensa.

Donde el deseo de la fama se halla,

las defensas se estiman en un cero,

y a campo abierto salta a la batalla.

Venga, pues, la morisma, que yo espero

en Dios y en vuestras manos vencedoras

que volverá el león manso cordero.

Los Argos, centinelas veladoras,

miren al mar y miren a la tierra

en las del día y las nocturnas horas.

No hay disculpa al descuido que en la guerra

se hace, por pequeño que parezca,

que pierde mucho quien en poco yerra;

y si aviniere que el cabello ofrezca

la ligera ocasión, ha de tomarse,

antes que a espaldas vueltas desparezca:

que, en la guerra, el perderse o el ganarse

suele estar en un punto, que, si pasa,

vendrá el de estar quejoso y no vengarse.

En su pajiza, pobre y débil casa

se defiende el pastor del sol ardiente

que el campo agosta y la montaña abrasa.

Quiero inferir que puede ser valiente

detrás de un muro un corazón medroso,

cuando a sus lados que le animan siente.


Entra un SOLDADO.


SOLDADO Señor, con ademán bravo y airoso,

picando un alazán, un moro viene

y a la ciudad se acerca presuroso.

Bien es verdad que a veces se detiene

y mira a todas partes, recatado,

como quien miedo y osadía tiene.

Adarga blanca trae, y alfanje al lado,

lanza con bandereta de seguro,

y el bonete con plumas adornado.

Puedes, si gustas, verle desde el muro.


D. ALONSO

Bien de aquí se descubre; ya le veo.

Si es embajada, yo le doy seguro.


D. FERNANDO

Antes es desafío, a lo que creo.


Entra ALIMUZEL, a caballo, con lanza y adarga.


ALIMUZEL

Escuchadme, los de Orán,

caballeros y soldados,

que firmáis con nuestra sangre

vuestros hechos señalados.

Alimuzel soy, un moro

de aquellos que son llamados

galanes de Melïona,

tan valientes como hidalgos.

No me trae aquí Mahoma

a averiguar en el campo

si su secta es buena o mala,

que El tiene deso cuidado.

Tráeme otro dios más brioso,

que es tan soberbio y tan manso,

que ya parece cordero,

y ya león irritado.

Y este dios, que así me impele,

es de una mora vasallo,

que es reina de la hermosura,

de quien soy humilde esclavo.

No quiero decir que hiendo,

que destrozo, parto o rajo;

que animoso, y no arrogante,

es el buen enamorado.

Amo, en fin, y he dicho mucho

en sólo decir que amo,

para daros a entender

que puedo estimarme en algo.

Pero, sea yo quien fuere,

basta que me muestro armado

ante estos soberbios muros,

de tantos buenos guardados;

que si no es señal de loco,

será indicio de que he dado

palabra que he de cumplilla

o quedar muerto en el campo.

Y así, a ti te desafío,

don Fernando el fuerte, el bravo,

tan infamia de los moros

cuanto prez de los cristianos.

Bien se verá en lo que he dicho

que, aunque haya otros Fernandos,

es aquel de Saavedra

a quien a batalla llamo.

Tu fama, que no se encierra

en límites, ha llegado

a los oídos de Arlaxa,

de la belleza milagro.

Quiere verte; mas no muerto,

sino preso, y hame dado

el asumpto de prenderte:

mira si es pequeño el cargo.

Yo prometí de hacello,

porque el que está enamorado,

los más arduos imposibles

facilita y hace llano.

Y, para darte ocasión

de que salgas mano a mano

a verte conmigo agora,

destas cosas te hago cargo:

que peleas desde lejos,

que el arcabuz es tu amparo,

que en comunidad aguijas

y a solas te vas de espacio;

que eres Ulises nocturno,

no Telamón al sol claro;

que nunca mides tu espada

con otra, a fuer de hidalgo.

Si no sales, verdad digo;

si sales, quedará llano,

ya vencido o vencedor,

que tu fama no habla en vano.

Aquí, junto a Canastel,

solo te estaré esperando

hasta que mañana el sol

llegue al Poniente su carro.

Del que fuere vencedor

ha de ser el otro esclavo:

premio rico y premio honesto.

Ven, que espero, don Fernando.


Vase.


D. ALONSO

Don Fernando, ¿qué os parece?


D. FERNANDO

Que es el moro comedido

y valiente, y que merece

ser de Amor favorecido

en el trance que se ofrece.


D. ALONSO

Luego, ¿pensáis de salir?


D. FERNANDO

Bien se puede esto inferir

de su demanda y mi celo,

pues ya se sabe que suelo

a lo que es honra acudir.

Déme vuestra señoría

licencia, que es bien que salga

antes que se pase el día.


D. ALONSO

No es posible que ahora os valga

vuestra noble valentía.

No quiero que allá salgáis,

porque hallaréis, si miráis

a la soldadesca ley,

que obligado a vuestro rey

mucho más que a vos estáis.

En la guerra, usanza es vieja,

y aun ley casi principal

a toda razón aneja,

que por causa general

la particular se deja.

Porque no es suyo el soldado

que está en presidio encerrado

sino de aquél que le encierra,

y no ha de hacer otra guerra

sino a la que se ha obligado.

En ningún modo sois vuestro,

sino del rey, y en su nombre

sois mío, según lo muestro;

y yo no aventuro un hombre

que es de la guerra maestro

por la simple niñería

de una amorosa porfía;

don Fernando, esto es verdad.


D. FERNANDO

¡De estraña reguridad

usa vuestra señoría

conmigo! ¿Qué dirá el moro?


D. ALONSO

Diga lo que él más quisiere;

que yo guardo aquí el decoro

que la guerra pide y quiere;

y della ninguno ignoro.


D. FERNANDO

Respóndasele, a lo menos,

y sepa que por tus buenos

respetos allá no salgo.


GUZMAN

No os tendrá por esto el galgo,

señor don Fernando, en menos.


D. ALONSO

Lleve el capitán Guzmán

la respuesta.


GUZMAN

Sí haré,

y, ¡voto a tal!, si me dan

licencia, que yo le dé

al morico ganapán

tal rato, que quede frío

de amor con el desafío.


D. ALONSO

Respondedle cortésmente

con el término prudente

que de vuestro ingenio fío.


Vanse DON ALONSO y FRATIN.


GUZMAN

¿Queréis que, en vez de respuesta,

os le dé una mano tal,

que se concluya la fiesta?


D. FERNANDO

Que me estará a mí muy mal

eso, es cosa manifiesta.

Sólo a mí me desafía,

y gran mengua me sería

que otro por mí pelease.

Mas si el moro me esperase

allí siquiera otro día,

yo le saldré a responder,

a pesar de todo el mundo

que lo quiera defender.


GUZMAN

¿En qué os fundáis?


D. FERNANDO

Yo me fundo

en esto que pienso hacer:

el lunes soy yo de ronda,

y, cuando la noche esconda

la luz con su manto escuro,

arrojaréme del muro

a la cava.


GUZMAN

Está muy honda

y podríais peligrar.


D. FERNANDO

Póneme en los pies el brío

mil alas para volar.

Todo aquesto de vos fío.


GUZMAN

Ya sabéis que sé callar.

Dejadme salir primero,

porque de mi industria espero

que saldréis bien deste hecho.


D. FERNANDO

Sois amigo de provecho.


GUZMAN

Sí, porque soy verdadero.


Vanse, y salen ALIMUZEL y CEBRIAN, su criado, que en arábigo quiere decir `lacayo o mozo de caballos'.


ALIMUZEL

Atale allí, Cebrián,

al tronco de aquella palma;

repose el fuerte alazán

mientras reposa mi alma

los cuidados que le dan.

Aquí a solas daré al llanto

las riendas, o al pensar santo

en las memorias de Arlaxa,

en tanto que al campo baja

aquél que se estima en tanto.

 

Baja la cabeza CEBRIAN y vase.


 ¡Venturoso tú, cristiano,

que puedes a tus despojos

añadir el más que humano,

que es querer verte los ojos

del cielo que adoro en vano!

Y más que pena recibo

desto que en el alma escribo

con celoso desconcierto:

que a mí me quieren ver muerto

y a ti te quieren ver vivo.

Pero yo no haré locura

semejante; que, si venzo,

o por fuerza o por ventura,

daré a mis glorias comienzo,

dándote aquí sepultura.

Mas, si te hago morir,

¿cómo podré yo cumplir

lo que Arlaxa me ha mandado?

¡Oh triste y dudoso estado,

insufrible de sufrir!

Parleras aves, que al viento

esparcís quejas de amor,

¿qué haré en el mal que siento?

¿Daré la rienda al rigor,

o al cortés comedimiento?

Mas démosla al sueño agora;

perdonadme, hermosa mora,

si aplico sin tu licencia

este alivio a la dolencia

que en mi alma triste mora.


Echase a dormir, y sale al instante NACOR, moro, con un turbante verde.


[NACOR]

Mahoma, ya que el Amor

en mis dichas no consiente,

muéstrame tú tu favor:

mira que soy tu pariente,

el infelice Nacor.

Jarife soy de tu casta,

y no me respeta el asta

de Amor que blande en mi pecho,

un blanco a sus tiros hecho,

do todas sus flechas gasta.

Y más, y no sé qué es esto,

que, con ser enamorado,

soy de tan bajo supuesto,

que no hay conejo acosado

más cobarde ni más presto.

Desto será buen testigo

el ver aquí mi enemigo

dormido, y no osar tocalle,

deseando de matalle

por venganza y por castigo.

Que esté celoso y con miedo,

por Alá, que es cosa nueva.

¿Llegaré, o estarme he quedo?

¿Cortaré en segura prueba

este gordïano enredo?

Que si éste quito delante,

podrá ser que vuelva amante

el pecho de Arlaxa ingrato.

Muérome porque no mato;

oso y tiemblo en un instante.


Entra el capitán GUZMAN, con espada y rodela


GUZMAN

¿Eres tú el desafiador

de don Fernando, por dicha?


NACOR

No tengo yo ese valor;

que el corazón con desdicha

es morada del temor.

Aquél es que está allí echado;

moro tan afortunado,

que Arlaxa le manda y mira.


GUZMAN

Paréceme que suspira.


NACOR

Sí hará, que está enamorado.


GUZMAN

¡Alimuzel!


ALIMUZEL

¿Quién me llama?


GUZMAN

Mal acudirás, durmiendo,

al servicio de tu dama.


ALIMUZEL

En el sueño va adquiriendo

fuerzas la amorosa llama,

porque en él se representan

visiones que me atormentan,

obligaciones que guarde,

miedos que me hacen cobarde

y celos que más me alientan.

Mirándote estoy, y veo

cuán propio es de la mujer

tener estraño deseo.

Cosas hay en ti que ver,

no que admirar.


GUZMAN

Yo lo creo;

pero, ¿por qué dices eso?


ALIMUZEL

Don Fernando, yo confieso

que tu buen talle y buen brío

llega y se aventaja al mío,

pero no en muy grande exceso;

y si no es por el gran nombre

que entre la morisma tienes

de ser en las armas hombre,

ninguna cosa contienes

que enamores ni que asombre;

y yo no sé por qué Arlaxa

tanto se angustia y trabaja

por verte, y vivo, que es más.


GUZMAN

Engañado, moro, estás:

tu vano discurso ataja,

que yo no soy don Fernando.


ALIMUZEL

Pues, ¿quién eres?


GUZMAN

Un su amigo

y embajador.


ALIMUZEL

Dime cuándo

espera verse conmigo,

porque le estoy aguardando.


GUZMAN

Has de saber, moro diestro,

que el sabio general nuestro

que salga no le consiente.


ALIMUZEL

Pues, ¿por qué?


GUZMAN

Porque es prudente

y en la guerra gran maestro.

Teme el cerco que se espera,

y no quiere aventurar

en empresa tan ligera

una espada que en cortar

es entre muchas primera.

Pero dice don Fernando

que le estés aquí aguardando

hasta el lunes, que él te jura

salir en la noche escura,

aunque rompa cualquier bando.

Si aquesto no te contenta,

y quieres probar la suerte

con menos daño y afrenta,

tu brazo gallardo y fuerte

con éste, que es flaco, tienta,

y a tu mora llevarás,

si me vences, quizá más

que en llevar a don Fernando.


ALIMUZEL

No estoy en eso pensando;

muy descaminado vas.

No eres tú por quien me envía

Arlaxa, y, aunque te prenda,

no saldré con mi porfía. 

Haz que don Fernando entienda

que le aguardaré ese día

que pide, y si le venciere,

y entonces tu gusto fuere

probarme en el marcial juego,

mi voluntad hará luego

lo que la tuya quisiere;

que ya sabes que no es dado

dejar la empresa primera

por la segunda al soldado.

 

GUZMAN

Es verdad.


ALIMUZEL

Desa manera

bien quedaré desculpado.


GUZMAN

Dices muy bien.


ALIMUZEL

Sí, bien digo.

Vuélvete, y dile a tu amigo

que le espero y que no tarde.


GUZMAN

Tu Mahoma, Alí, te guarde.


ALIMUZEL

Tu Cristo vaya contigo.


Vase GUZMAN.


Nacor, ¿qué es esto? ¿A qué vienes?


NACOR

A ver cómo en esta empresa

tan peligrosa te avienes;

y por Alá que me pesa

de ver que en punto la tienes,

que el de tu muerte está a punto.


ALIMUZEL

¿En qué modo?


NACOR

En que barrunto

que, si de noche peleas,

sobre ti no es mucho veas

todo un ejército junto.

Esto de no estar en mano

de don Fernando el salir,

tenlo por ligero y vano;

que se suele prevenir

con astucias el cristiano.

De noche quieren cogerte,

porque al matarte o prenderte,

aun el sol no sea testigo.

No creas a tu enemigo;

Alí, procura volverte,

que bien disculpado irás

con Arlaxa, pues has hecho

lo que es posible, y aun más.


ALIMUZEL

Consejos de sabio pecho

son, Nacor, los que me das;

pero no puedo admitillos,

ni menos con gusto oíllos;

que tiene el Amor echados

a mis oídos, candados;

a los pies y alma, grillos.


NACOR

Para mejor ocasión

te guarda, porque es cordura

prevenir a la intención

del que a su salvo procura

su gloria y tu perdición.

Ven, que a Arlaxa daré cuenta

de modo que diga y sienta

que eres vencedor osado,

pues si no sale el llamado,

en sí se queda la afrenta.

Cuanto más, que, cuando venga

el cerco desta ciudad,

que ya no hay quien le detenga,

podrás, a tu voluntad,

hacer lo que más convenga;

que entonces saldrá el cristiano,

si es arrogante y lozano,

al campo abierto, sin duda.


ALIMUZEL

Bien es, Nacor, que yo acuda

a tu consejo, que es sano.

Ven y vamos, pues podré,

en este cerco que dices,

cumplir lo que aquí falté;

mas mira que me autorices

con Arlaxa.


NACOR

Sí haré.

[Aparte] Sentirá Arlaxa la mengua

que tanto al cristiano amengua,

haciéndole della alarde;

vos quedaréis por cobarde,

o mal me andará la lengua.

 

Vanse. Salen DON ALONSO DE CORDOBA, general de Orán, conde de Alcaudete, y su hermano, DON MARTIN DE CORDOBA, y DON FERNANDO DE SAAVEDRA.


CONDE

Señor don Martín, conviene

que vuesa merced acuda

a Mazalquivir, que tiene

necesidad de la ayuda

que vuestro esfuerzo contiene;

que allí acudirá primero

el enemigo ligero.

Mas, que venzáis no lo dudo;

que el cobarde está desnudo,

aunque se vista de acero.

En su muchedumbre estriba

aquesta mora canalla,

que así se nos muestra esquiva;

mas, cuando defensa halla,

se humilla, prostra y derriba.

Sus gustos, sus algazaras,

si bien en ello reparas,

son el canto del medroso;

calla el león animoso

entre las balas y jaras.


DON MARTIN

Por mi caudillo y mi hermano

te obedezco, y haré cuanto

fuere, señor, en mi mano;

que ni de gritos me espanto,

ni de tumulto pagano.

Dame, señor, municiones,

que en el trance que me pones

pienso, si no faltan ellas,

poner sobre las estrellas

los españoles blasones.

 

Entra UNO con una petición.


UNO

Señor, dame licencia que te lea

aquesta petición.


CONDE

Lee en buen hora.


UNO

Doña Isabel de Avellaneda, en nombre

de todas las mujeres desta tierra,

dice que llegó ayer a su noticia

que, por temor del cerco que se espera,

quieres que quede la cuidad vacía

de gente inútil, enviando a España

las mujeres, los viejos y los niños:

resolución prudente, aunque medrosa.

Y apelan desto a ti, de ti, diciendo

que ellas se ofrecen de acudir al muro,

ya con tierra o fajina, o ya con lienzos

bañados en vinagre, con que limpien

el sudor de los fieros combatientes

que asistan al rigor de los asaltos;

que tomarán la sangre a los heridos;

que las más pequeñuelas harán hilas,

dando la mano al lienzo y voz al cielo;

con tiernas virginales rogativas,

pidiendo a Dios misericordia, en tanto

que los robustos brazos de sus padres

defiendan sus murallas y sus vidas;

que los niños darán de buena gana

para enviar a España con los viejos,

pues no pueden servir de cosa alguna;

mas ellas, que por útiles se tienen,

no irán de ningún modo, porque piensan,

por Dios, y por su ley y por su patria,

morir sirviendo a Dios, y en la muerte,

cuando el hado les fuere inexorable,

dar el último vale a sus maridos,

o ya cerrar los ojos a sus padres

con tristes y cristianos sentimientos.

En fin, serán, señor, de más provecho

que daño, por lo cual te ruegan todas

que revoques, señor, lo que ordenaste,

en cuanto toca a las mujeres sólo,

que en ello harás a Dios servicio grande,

merced a ellas y favor inmenso.

Esto la petición, señor, contiene.


CONDE

Nunca tal me pasó por pensamiento;

nunca tanto el temor se ha apoderado

de mí, que hiciese prevención tan triste.

Por respuesta llevad que yo agradezco

y admito su gallardo ofrecimiento,

y que de su valor tendrá la fama

cuidado de escribirle y de grabarle

en láminas de bronce, porque viva

siglos eternos. Y esto les respondo,

y andad con Dios.


UNO

Por cierto que han mostrado

de espartanas valor, de argivas brío.


Entra el capitán GUZMAN.


CONDE

Pues, capitán Guzmán, ¿qué dice el moro?


GUZMAN

Ya se fue malcontento.


D. FERNANDO

[Aparte] ¿Es ido cierto?


GUZMAN

[Aparte] Aguardándote está, porque es valiente

y discreto además en lo que muestra.


D. FERNANDO

[Aparte] Saldré, sin duda.


GUZMAN

[Aparte] No sé si lo aciertas,

que está muy cerca el cerco.


D. FERNANDO

[Aparte] Si le venzo,

presto me volveré; si soy vencido,

poca falta haré, pues poco valgo.


CONDE

¡Bravo parece el moro!


GUZMAN

Bravo, cierto,

y muy enamorado y comedido.


Entra a esta sazón BUITRAGO, un soldado, con la espada sin vaina, oleada con un orillo, tiros de soga; finalmente, muy malparado. Trae una tablilla con demanda de las ánimas de purgatorio, y pide para ellas. Y esto de pedir para las ánimas es cuento verdadero, que yo lo vi, y la razón porque pedía se dice adelante.


BUITRAGO

Denme para las ánimas, señores,

pues saben que me importa.


CONDE

¡Oh buen Buitrago!

¿Cuánto ha caído hoy?


BUITRAGO

Hasta tres cuartos.


D. MARTIN

¿Dellos, qué habéis comprado?


BUITRAGO

Casi nada:

una asadura sola y cien sardinas.


D. MARTIN

Harto habrá para hoy.


BUITRAGO

¡Por Santo Nuflo,

que apenas hay para que masque un diente!


D. MARTIN

Comeréis hoy conmigo.


BUITRAGO

Dese modo,

habrá para almorzar en lo comprado.


D. MARTIN

¿Y la ración?


BUITRAGO

¿Qué? ¿La ración? Ya asiste

a un lado del estómago, y no ocupa

cuanto una casa de ajedrez pequeña.


D. FERNANDO

¡Gran comedor!


GUZMAN

Tan grande, que le ha dado

el conde esta demanda porque pueda

sustentarse con ella.


BUITRAGO

¿Qué aprovecha?

Que, como saben todos que no hay ánima

a quien haga decir sólo un responso,

si me dan medio cuarto, es por milagro;

y así, pienso pedir para mi cuerpo,

y no para las ánimas.


D. MARTIN

Sería

gran discreción.


BUITRAGO

¡Oh, pese a mi linaje!,

¿No sabe todo el mundo que, si como

por seis, que suelo pelear por siete?

¡Cuerpo de Dios conmigo! Denme ripio

suficiente a la boca, y denme moros

a las manos a pares y a millares:

verán quién es Buitrago y si merece

comer por diez, pues que pelea por veinte.


CONDE Tiene razón Buitrago; mas agora,

si llega el cerco, mostrará sus bríos,

y haré yo que le den siete raciones

con tal que cese la demanda.


BUITRAGO

Cese,

que entonces no habrá lengua, y habrá manos;

no hay pedir, sino dar; no hay sacar almas,

del purgatorio entonces, sino espiches,

para meter en el infierno muchas

de la mora canalla que se espera.


Un PAJECILLO diga:

  

[PAJECILLO]

¡Daca el alma, Buitrago, daca el alma!


BUITRAGO

¡Hijo de puta, y puto; y miente, y calle!

¿No sabe el cornudillo, sea quien fuere,

que, aunque tenga cien cuerpos y cien almas

para dar por mi rey, no daré una

si me la piden dese modo infame?


D. MARTIN

Otra vez, Cereceda.


PAJECILLO

¡Daca el alma!


BUITRAGO

¡Por vida de...!


CONDE

Buitrago, con paciencia:

no la deis vos, por más que os la demanden.


BUITRAGO

¡Que tenga atrevimiento un pajecillo

de pedirme a mí el alma! ¡Voto a Cristo,

que, a no estar aquí el conde, don hediondo,

que os sacara la vuestra a puntillazos,

aunque me lo impidiera el mismo diablo

por prenda suya!


CONDE

No haya más, Buitrago;

guardad vuestra alma, y dadnos vuestras manos,

que serán menester, yo os lo prometo.


BUITRAGO

Denme para las ánimas agora,

que todo se andará.


D. MARTIN

Tomad.


BUITRAGO

¡Oh invicto

don Martín, generoso! Por mi diestra,

que he de ser tu soldado, si, por dicha,

vas a Mazalquivir, como se ha dicho.


D. MARTIN

Seréis mi camarada y compañero.


BUITRAGO

¡Vive Dios, que eres bravo caballero!


Vanse, y sale ARLAXA y OROPESA, su cautivo.


ARLAXA

¡Mucho tarda Alimuzel!

Cristiano, no sé qué sea.


OROPESA

Fuiste, señora, con él

otra segunda Medea,

famosa por ser cruel.

A una empresa le enviaste

que parece que mostraste

que te era en odio su vida.


ARLAXA

Yo fui parte en su partida,

tú el todo, pues la causaste.

Las alabanzas estrañas

que aplicaste a aquel Fernando,

contándome sus hazañas,

se me fueron estampando

en medio de las entrañas;

y de allí nació un deseo

no lascivo, torpe o feo,

aunque vano por curioso,

de ver a un hombre famoso

más de los que siempre veo.

Más que discreta, curiosa,

ordené que Alimuzel

fuese a la empresa dudosa;

no por mostrarme con él

ingrata ni rigurosa.

Y muéstrame su tardanza

que me engañó la esperanza,

y que es premio merecido

del deseo mal nacido

tenelle quien no le alcanza.

Yo tengo un alma bizarra

y varonil, de tal suerte,

que gusto del que desgarra

y más allá de la muerte

tira atrevido la barra.

Huélgome de ver a un hombre

de tal valor y tal nombre,

que con los dientes tarace,

con las manos despedace

y con los ojos asombre.


OROPESA

Pues si viene Alimuzel,

y a don Fernando trae preso,

no verás, señora, en él

ninguna cosa en exceso

de las que te he dicho dél.

Tendrásme por hablador,

y será más el valor

de Alimuzel conocido,

pues la fama del vencido

se pasa en el vencedor.

Pero si acaso da el cielo

a don Fernando vitoria,

cierto está tu desconsuelo,

pues su fama en tu memoria

alzará más alto el vuelo,

y de no poderle ver,

vendrá el deseo a crecer

de velle.


ARLAXA

Tienes razón:

parienta es la confusión

del discurso de mujer.


Entran ALIMUZEL y NACOR.


ALIMUZEL

Dadle la mano, señora,

o los pies a aqueste esclavo,

que con el alma os adora.


ARLAXA

¿Cómo en corazón tan bravo

tanta humildad, señor, mora?

Alzaos, no estéis dese modo.


ALIMUZEL

A tu gusto me acomodo.


ARLAXA

¿Sois vencido, o vencedor?


ALIMUZEL

Todo lo dirá Nacor,

que se halló presente a todo.


NACOR

No quiso el desafiado

acudir al desafío,

aunque bien se ha disculpado.


ARLAXA

¿Ese es soldado de brío,

tan temido y alabado?

¿Cómo pudo dar disculpa

buena de tan fea culpa?


NACOR

Su general le detuvo,

que él ninguna culpa tuvo,

aunque Alimuzel le culpa;

que él saliera al campo abierto,

a esperarle un día más,

según quedó en el concierto.


ALIMUZEL

Nacor, endiablado estás;

no sé cómo no te he muerto.


NACOR

Mal haces de amenazarme,

ni, soberbio, ocasión darme

para que contigo rife,

pues sabes que soy jarife,

y que pecas en tocarme.


ARLAXA

Paso, mi señor valiente,

que entiendo deste contraste,

sin que ninguno le cuente,

que ni él salió, ni esperaste.


NACOR

Es así.


ALIMUZEL

¡Un jarife miente!

¡Por Alá, que es gran maldad!


NACOR

¿No se muestra la verdad

en que te vienes sin él?


ALIMUZEL

¿Pude yo verme con él,

encerrado en la ciudad?

¿No sabes lo que pasó,

y la embajada que trajo

quien por él me respondió?


NACOR

Sé que a esperar se redujo

el trance, y más no sé yo.


ALIMUZEL

¿Por consejo no me diste

que me volviese?


NACOR

Hiciste

mal; yo bien, porque pensaba

que a un cobarde aconsejaba.


ALIMUZEL

¡El diablo se me reviste!

¡Incita a hacerte pedazos!


NACOR

Jarife soy; no me toques

con los dientes ni los brazos,

ni a que te dé me provoques

duros y fuertes abrazos;

que ya sabes que Mahoma

por suya la causa toma

del jarife, y le defiende,

y al soberbio que le ofende

a sus pies le humilla y doma.


Entran dos MOROS y traen cautivo a DON FERNANDO, en cuerpo y sin espada.


ALIMUZEL

¿Qué es aquesto?


PRIMER [MORO]

A este cristiano

cautivó tu escuadra ayer

junto a Orán.


D. FERNANDO

¡Miente el villano!

Yo me entregué, sin poner

pies a huir ni a espada mano.

Si no quisiera entregarme,

no pudieran cautivarme

tres escuadras, ni aun trecientas.


ALIMUZEL

Estás cautivo y revientas

de bravo.


D. FERNANDO

Puedo alabarme.


ARLAXA

¿Quién eres?


D. FERNANDO

Soy un soldado

que me he venido a entregar

a vuestra prisión de grado,

por no poder tolerar

ser valiente y mal pagado.


ARLAXA

Luego, ¿quieres ser cautivo?


D. FERNANDO

De serlo gusto recibo;

dadme patrón que me mande.


ARLAXA

¡Qué disparate tan grande!


D. FERNANDO

Yo de disparates vivo.


OROPESA

Este es don Fernando, cierto,

el que yo tanto alabé,

y ni viene preso o muerto,

ni cómo viene no sé,

ni atino su desconcierto.

El callar será acertado,

hasta hablalle en apartado,

que me admira su venida.


ALIMUZEL

¿Seréis, Arlaxa, servida

de que os sirva este soldado?

Que si ayer fue el primer día

que salió de Orán, dirá

si hice lo que debía;

que yo entiendo que sabrá

mi valor o cobardía.

Dime: ¿oíste un desafío

que hizo un moro vacío

de ventura y de fe lleno?


D. FERNANDO

Y fue tenido por bueno,

bien criado y de gran brío.

El retado no salió,

que lo estorbó el general

por cierta ley que halló;

pero después, por su mal,

que vino al campo sé yo,

pensando de hallar allí

al valeroso Alí,

porque salimos los dos:

él a combatir con vos,

yo para venir aquí,

que ya os conozco en el talle.


ALIMUZEL

Pues esto es verdad, señora,

bien será que Nacor calle.


OROPESA

¡Oh! Si llegase la hora

en que pudiese hablalle,

¡qué de cosas le diría!


[NACOR]

¿No se vee tu cobardía,

si el cristiano salió a verte,

y tú quisiste volverte

sin esperar más de un día?


ALIMUZEL

Si tú no hicieras alarde

de tu ingenio caviloso,

yo volviera nunca o tarde.


NACOR

Consejos de religioso

presto los toma el cobarde.


ALIMUZEL

Arlaxa, yo volveré,

y a tu presencia traeré,

o muerto o preso, al cristiano.


NACOR

Ya tu vuelta será en vano.


ARLAXA

No le quiero, déjale;

que, pues a la voz primera

no saltó de la muralla

y empuñó la espada fiera,

la fama que en él se halla

no debe ser verdadera;

y así, ya no quiero velle,

aunque, si puedes traelle

sin tu daño, darme has gusto.


D. FERNANDO

Es don Fernando robusto

y habrá que hacer en prendelle.

Conózcole como a mí,

y sé que es de condición

que sabrá volver por sí,

y aun buscará la ocasión

para responder a Alí.


ARLAXA

¿Es valiente?


D. FERNANDO

Como yo.


ARLAXA

¿De buen rostro?


D. FERNANDO

Aqueso no,

porque me parece mucho.


ALIMUZEL

¡Todo esto con rabia escucho!


ARLAXA

¿Tiene amor?


D. FERNANDO

Ya le dejó.


ARLAXA

¿Luego túvole?


D. FERNANDO

Sí creo.


ARLAXA

¿Será mudable?


D. FERNANDO

No es fuerza

que sea eterno un deseo.


ARLAXA

¿Tiene brío?


D. FERNANDO

Y tiene fuerza.


ARLAXA

¿Es galán?


D. FERNANDO

De buen aseo.


ARLAXA

¿Raja y hiende?


D. FERNANDO

Tronca y parte.


ARLAXA

¿Es diestro?


D. FERNANDO

Como otro Marte.


ARLAXA

¿Atrevido?


D. FERNANDO

Es un león.


ARLAXA

Partes todas éstas son,

cristiano, para adorarle,

a ser moro.


ALIMUZEL

Calla, Arlaxa,

pues tienes aquí delante

quien por tu gusto trabaja.


ARLAXA

Gusto yo de un arrogante

que bravea, hiende y raja.

Vuelve, Alí, por el cristiano;

que te doy mi fe y mi mano,

si le traes, de ser tu esposa.


D. FERNANDO

Tú le mandas una cosa

donde ha de sudar en vano.


NACOR

¡Soberbios sois los cristianos!


D. FERNANDO

Eslo, al menos, quien se alaba.


ALIMUZEL

Aquí hay quien con ufano[s]

bríos quitará la clava

a Hércules de las manos;

aquí hay quien, a pesar

de quien lo quiera estorbar,

Arlaxa, hará lo que mandas.


D. FERNANDO

A veces se mandan mandas

que nunca se piensan dar,

y a las veces las promete

quien no las quiere cumplir

ni puede.


NACOR

¿Quién te mete

a ti en eso?


D. FERNANDO

Sé decir

que en parte a mí me compete;

que es don Fernando mi amigo,

y soy cierto y buen testigo

del mucho valor que encierra.


ALIMUZEL

Traen los casos de la guerra

diversos fines consigo.

El valiente y fanfarrón

tal vez se ha visto vencido

del flaco de corazón;

que Alá da ayuda al partido

que defiende la razón.


D. FERNANDO

Pues, ¿qué razón lleva en éste

Alí?


OROPESA

Tú harás que te cueste

la vida tu lengua necia.


ALIMUZEL

Si al que ama el Amor precia,

su santo favor me preste;

que, sin razón y con él,

a don Fernando el valiente

vencerá el flaco Muzel.


ARLAXA

¡Qué plática impertinente!


ALIMUZEL

¡Qué corazón tan crüel!


ARLAXA

Quede el cristiano conmigo;

Alá vaya, Alí, contigo

y con Nacor.


NACOR

El te guarde.


ARLAXA

Volvedme a ver esta tarde.


Entranse todos, sino DON FERNANDO y OROPESA.


OROPESA

¡Hola, soldado! ¿A quién digo?

¿Qué noramala, señor,

os ha traído a este puesto

tan contrario a vuestro honor?


D. FERNANDO

En buena te diré presto

de mi fortuna el rigor:

«No quiso el general mío

que saliese al desafío

que me hizo aqueste moro.

Yo, por guardar el decoro

que corresponde a mi brío,

me descolgué por el muro,

y, cuando pensé hallar

lo que aun agora procuro,

un escuadrón vino a dar

conmigo, estando seguro.

Era la noche cerrada,

y, como vi defraudada

mi esperanza tan del todo,

con el tiempo me acomodo.

Mentí; rendiles la espada;

díjeles que mi intención

era venir a ponerme

de grado en su sujeción,

y que quisiesen traerme

a reconocer patrón.

Dijéronme que este Alí

era su señor, y así,

vine sin fuerza y forzado.»

De todo cuenta te he dado;

no hay más que saber de mí.

Calla mi nombre, que veo

que aquesta mora hermosa

tiene de verme deseo.


OROPESA

De tu fama valerosa

que está enamorada creo.

No te des a conocer,

que deseos de mujer

se mudan a cada paso.


D. FERNANDO

Vuelve Muzel; habla paso.


OROPESA.

No sé qué pueda querer.


Entra ALIMUZEL.


ALIMUZEL

Oropesa, escucha y calla,

y guárdame aquel secreto

que en tu discreción se halla,

que a tu bondad le prometo

con la mía de premialla.

Yo te daré libertad,

y a ti, si tu voluntad

fuere de volverte a Orán,

mis designios te darán

honrosa comodidad.

Sólo os pido, en cambio desto,

que me descubráis un modo

tan honroso y tan compuesto

que en las partes y en el todo

eche de hidalguía el resto,

el cual me vaya mostrando

en qué parte, cómo o cuándo,

ya en el campo o estacada,

pueda yo medir mi espada

con la del bravo Fernando.

Quizá está en su vencimiento,

como Arlaxa significa,

de mi bien el cumplimiento,

si ya mi esperanza rica

no la empobrece su intento;

que debe de ser doblado,

pues de lo que me ha mandado

todo se puede temer,

y no hay bien que venga a ser

seguro en el desdichado.


D. FERNANDO

Yo te daré a tu enemigo

a toda tu voluntad,

como estoy aquí contigo,

sin usar de deslealtad,

que nunca albergó conmigo.


ALIMUZEL

No es enemigo el cristiano;

contrario, sí; que el lozano

deseo de Arlaxa bella

presta para esta querella

la voz, el intento y mano.


D. FERNANDO

Presto te pondré con él,

y fía aquesto de mí,

comedido Alimuzel;

y aun pienso hacer por ti

lo que un amigo fiel,

porque la ley que divide

nuestra amistad no me impide

de mostrar hidalgo el pecho;

antes, con lo que es bien hecho

se acomoda, ajusta y mide.

Ve en paz, que yo pensaré

el tiempo que más convenga

para hacer lo que haré.


ALIMUZEL

Mahoma sobre ti venga,

y lo que puede te dé.


Vase.


D. FERNANDO

¡Gentil carga!


OROPESA

Y gentil presa.


D. FERNANDO

¿Pesa mucho?


OROPESA

Poco pesa,

que está en fuego convertida.


D. FERNANDO

Mira que importa la vida

tener secreto, Oropesa.


Vanse, y salen riñendo el capitán GUZMAN con el alférez ROBLEDO.


GUZMAN

Señor alférez Robledo,

póngase luego entredicho

a esa plática.


ROBLEDO

No puedo;

que, lo que sin miedo he dicho,

no lo desdigo por miedo.

O él se fue a renegar,

o hizo mal en dejar

su presidio en tiempos tales.


GUZMAN

De los hombres principales

no se debe así hablar.

El renegar no es posible,

y si en ello os afirmáis,

mentís.


Meten mano.

   

ROBLEDO

¡Oh trance terrible!


GUZMAN

Agora sí que os halláis

en más dudoso imposible

si queréis satisfaceros.


Entra el conde de Alcaudete y DON MARTIN DE CORDOBA, acompañados.


CONDE

¡Paso! ¡Teneos, caballeros!

¿Por qué ha sido la pendencia?


GUZMAN

¡Más agudo es de conciencia

este hidalgo que de aceros!

Ha afirmado que se es ido

a renegar don Fernando,

y, ¡vive Dios!, que ha mentido,

y mentirá cada y cuando

lo diga.


CONDE

¡Descomedido!

Llévenle luego a una torre.


GUZMAN

Ni me afrenta ni me corre

este agravio, porque nace

de la justicia que hace

al que su amigo socorre.


CONDE

Vaya el alférez, también,

y mientras que el cerco pasa

hagan treguas.


ROBLEDO

Hazme un bien:

que sea la torre mi casa.


D. MARTIN

Sí, porque juntos no estén.


Llevan al alférez.


UNO

Señor, la guarda ha descubierto agora

un bajel por la banda de Poniente.


D. MARTIN

¿Qué vela trae?


UNO

Entiendo que latina.


CONDE

Vamos a recebirle a la marina.



 Fin de la primera jornada




SEGUNDA JORNADA


Los que hablan en ella son:

 

ARLAXA.

DON FERNANDO.

OROPESA.

NACOR.

VOZMEDIANO, anciano.

DOÑA MARGARITA, doncella, en hábito de hombre.

BUITRAGO.

DON MARTÍN.

EL CONDE.

GUZMÁN, el capitán.

ALIMUZEL.

BAIRÁN, renegado.

UN MORO.


Salen ARLAXA, DON FERNANDO, y OROPESA.


ARLAXA

¿Cómo te llamas, cristiano,

que tu nombre aún no he sabido?


D. FERNANDO

Es mi nombre Juan Lozano;

nombre que es bien conocido

por el distrito africano.


ARLAXA

Nunca le he oído decir.


D. FERNANDO

Pues él suele competir

con el del bravo Fernando.


ARLAXA

¡Mucho te vas alabando!


D. FERNANDO

Alábome sin mentir.


ARLAXA

Pues, ¿qué hazañas has tú hecho?


D. FERNANDO

He hecho las mismas que él,

con el mismo esfuerzo y pecho,

y ya me he visto con él

en más de un marcial estrecho.


ARLAXA

¿Es tu amigo?


D. FERNANDO

Es otro yo.


ARLAXA

¿Por ventura, di, salió

a combatir con mi moro?


D. FERNANDO

Siempre de bravo el decoro

en todo trance guardó.


ARLAXA

Dese modo, Alí es cobarde.


D. FERNANDO

Eso no; que pudo ser

salir don Fernando tarde,

cuando no pudiese hacer

Alí de su esfuerzo alarde.

Y imagino que este moro

jarife, no con decoro

de amigo, a Muzel da culpa.


ARLAXA

De su esfuerzo y de su culpa

toda la verdad ignoro.


D. FERNANDO

Haz cuenta que te trae preso

a Fernando tu Muzel;

¿qué piensas hacer por eso?


ARLAXA

Estimaré mucho en él

de su esfuerzo el grande exceso.

Tendré en menos al cristiano,

cuyo nombre sobrehumano

me incita y mueve el deseo

de velle.


OROPESA

Pues yo le veo

en sólo ver a Lozano.


ARLAXA

¿Que tanto se le parece?


OROPESA

Yo no sé qué diferencia

entre los dos se me ofrece;

ésta es su misma presencia,

y el brazo que le engrandece.


ARLAXA

¿Qué hazañas ha hecho ese hombre

para alcanzar tan gran nombre

como tiene?


OROPESA

Escucha una

de su esfuerzo y su fortuna,

que podrá ser que te asombre:

«Dio fondo en una caleta

de Argel una galeota,

casi de Orán cinco millas,

poblada de turcos toda.

Dieron las guardas aviso

al general, y, con tropa

de hasta trecientos soldados,

se fue a requerir la costa.

Estaba el bajel tan junto

de tierra, que se le antoja

dar sobre él: ved qué batalla

tan nueva y tan peligrosa.

Dispararon los soldados

con priesa una vez y otra;

tanto, que dejan los turcos

casi la cubierta sola.

No hay ganchos para acercar

a tierra la galeota,

pero el bravo don Fernando

ligero a la mar se arroja.

Ase recio de gúmena,

que ya el turco apriesa corta,

porque no le dan lugar

de que el áncora recoja.

Tiró hacia sí con tal fuerza,

que, cual si fuera una góndola,

hizo que el bajel besase

el arena con la popa.

Salió a tierra y della un salto

dio al bajel, cosa espantosa,

que piensa el turco que el cielo

cristianos llueve, y se asombra.

Reconocido su miedo,

don Fernando, con voz ronca

de la cólera y trabajo,

grita: "¡Vitoria, vitoria!"

La voz da al viento, y la mano

a la espada vitoriosa,

con que matando y hiriendo

corrió de la popa a proa.»

El solo rindió el bajel;

mira, Arlaxa, si ésta es obra

para que la fama diga

los bienes que dél pregona.

Probado han bien sus aceros

los lindos de Melïona,

los elches de Tremecén

y los leventes de Bona.

Cien moros ha muerto en tra[n]ces,

siete en estacada sola,

docientos sirven al remo,

ciento tiene en las mazmorras.

Es muy humilde en la paz,

y en la guerra no hay persona

que le iguale, ya cristiana,

o ya que sirva a Mahoma.


ARLAXA

¡Oh, qué famoso español!


OROPESA

Hércules, Héctor, Roldán

se hicieron en su crisol.


ARLAXA

Mejor no le ha visto Orán.


OROPESA

Ni tal no le ha visto el sol.


Entra NACOR.


ARLAXA

Aqueste Nacor me enfada;

no me dejéis sola.


OROPESA

Honrada

te le muestra y comedida.


D. FERNANDO

Da a sus razones salida:

que espere, y no espere en nada.


NACOR

Hermosa Arlaxa, yo estoy

resuelto en traerte preso

al cristiano: y así, voy

a Orán luego.


ARLAXA

Buen suceso

y agüero espero y te doy,

porque irás en gracia mía,

y en verte tomó alegría

desusada el corazón.


NACOR

Tienes, Arlaxa, razón;

que yo la tendré algún día

de rogarte que me quieras.


ARLAXA

Déjate agora de burlas,

pues partes a tantas veras.


D. FERNANDO

Hará Nacor, si no burlas,

sus palabras verdaderas;

que amante favorecido

es un león atrevido,

y romperá, por su dama,

por la muerte y por la llama

del fuego más encendido.


OROPESA

Concluyeras tú esta empresa

harto mejor que no él.


D. FERNANDO

Calla y escucha, Oropesa.


NACOR

Ya en este caso, Muzel

por vencido se confiesa,

pues no hace diligencia

por traer a tu presencia

el que yo te traeré presto.


ARLAXA

Pártete, Nacor, con esto,

que gusto y te doy licencia.


NACOR

Dame las manos, señora,

por el favor con que animas

al alma que más te adora.


ARLAXA

En poco, Nacor, te estimas,

pues te humillas tanto agora.

Eres jarife; levanta,

que verte a mis pies me espanta.

¿Qué dirá desto Mahoma?


NACOR

Estos rendimientos toma

él por cosa buena y santa.

Queda en paz.


Vase NACOR.


ARLAXA

Vayas con ella,

que con el fin deste trance

le tendrá el de tu querella.


D. FERNANDO

¡Echado ha el moro buen lance!


OROPESA

Ella es falsa cuanto es bella.


ARLAXA

Venid, que habemos de ir

los tres a ver combatir

a mis amantes valientes.


OROPESA

Si nos vieren ir las gentes,

tarde nos verán venir.


Vanse y sale VOZMEDIANO, anciano, y DOÑA MARGARITA, en hábito de hombre.


VOZMEDIANO

¿Priesa por llegar a Orán,

y priesa por salir dél?

¡Muy bien nuestras cosas van!


MARGARITA

Préciase Amor de cruel,

y tras uno da otro afán.


VOZMEDIANO

Ya os he dicho, Margarita,

que su daño solicita

quien camina tras un ciego.


MARGARITA

Ayo y señor, yo no niego

que esa razón es bendita;

pero, ¿qué puedo hacer,

si he echado la capa al toro

y no la puedo coger?


VOZMEDIANO

Menos te la podrá un moro,

si bien lo miras, volver.


MARGARITA

¿Que sea moro don Fernando?


VOZMEDIANO

Así lo van pregonando

los niños por la ciudad.


MARGARITA

¡Que haya hecho tal maldad!

¡De cólera estoy rabiando!

No lo creo, Vozmediano.


VOZMEDIANO

Haces bien; pero yo veo

que ni moro ni cristiano

parece.


MARGARITA

Verle deseo.


VOZMEDIANO

Siempre tu deseo es vano.


MARGARITA

Quiérelo así mi ventura,

pero no será tan dura

que no dé fin a mis penas

con darme en estas arenas

berberisca sepultura.


VOZMEDIANO

No dirás, señora, al menos,

que no te he dado consejos

de bondad y de honor llenos.


MARGARITA

Los prudentes y los viejos

siempre dan consejos buenos:

pero no vee su bondad

la loca y temprana edad,

que en sí misma se embaraza,

ni cosa prudente traza

fuera de su voluntad.


Entra BUITRAGO con la demanda.


BUITRAGO

Vuestras mercedes me den

para las ánimas luego,

que les estará muy bien.


MARGARITA

Si ellas arden en mi fuego.


VOZMEDIANO

Pasito, Anastasio, ten:

no digas alguna cosa

malsonante, aunque curiosa.


MARGARITA

Váyase, señor soldado,

que no tenemos trocado.


BUITRAGO

¡La respuesta está donosa!

Denme, ¡pese a mis pecados!

([Aparte] ¡Siempre yo de aquesta guisa

medro con almidonados!)

Denme, que vengo deprisa,

y ellos están muy pausados.

¡Oh, qué novatos que están

de lo que se usa en Orán

en esto de las demandas!

Descoja sus manos blandas

y dé limosna, galán.

¿Qué me mira? Acabe ya:

eche mano, y no a la espada

que su tiempo se vendrá.


VOZMEDIANO

La limosna que es rogada

más fácilmente se da

que la que se pide a fuerza.


BUITRAGO

Usase en aquesta fuerza

de Orán pedirse deste arte;

que son las almas de Marte,

y piden siempre con fuerza.

Nadie muere aquí en el lecho,

a almidones y almendradas,

a pistos y purgas hecho;

aquí se muere a estocadas

y a balazos roto el pecho.

Bajan las almas feroces,

tan furibundas y atroces,

que piden que acá se pida

para su pena afligida

a cuchilladas y a voces.

En fin: las almas de Orán,

que tienen comedimiento,

aunque en purgatorio están,

dicen que vuelva en sustento

la limosma que me dan.

A la parte voy con ellas,

remediando sus querellas

a fuerza de avemarías,

y mis hambrientas porfías

con lo que me dan para ellas.


VOZMEDIANO

Hermano, yo no os entiendo,

y no hay limosma que os dar.


BUITRAGO

¡De gana me voy riendo!

¿Y adónde se vino a hallar

el parentesco tremendo?

¿Hace burla en ver el traje,

entre pícaro y salvaje?

Pues sepa que este sayal

tiene encubierto algún al

que puede honrar un linaje.

El conde es éste, ¡qué pieza!;

que, cuando me da, le dan

mil vaguidos de cabeza.

Pobretas almas de Orán,

que estáis en vuestra estrecheza,

rogad a Dios que me den,

porque si yo como bien,

rezaré más de un rosario,

y os haré un aniversario

por siempre jamás. Amén.


Entra el conde, DON MARTIN, el capitán GUZMAN y NACOR.


NACOR

Digo, señor, que entregaré sin duda

la presa que he contado fácilmente

en el silencio de la noche muda

con muy poquito número de gente;

y, porque al hecho la verdad acuda,

las manos a un cordel daré obediente;

dejaréme llevar, siendo yo guía

que os muestre el aduar antes del día.

Y sólo quiero desta rica presa,

por quien mi industria y mi traición trabaja,

un cuerpo que a mi alma tiene presa:

quiero a la bella sin igual Arlaxa.

Por ella tengo tan infame empresa

por ilustre, por grande, y no por baja:

que, por reinar y por amor no hay culpa

que no tenga perdón y halle disculpa.

No siento ni descubro otro camino,

para ser posesor de aquesta mora,

que hacer este amoroso desatino,

puesto que en él crueldad y traición mora.

Amola por la fuerza del destino

y, aunque mi alma su beldad adora,

quiérola cautivar para soltalla,

por si puedo moverla o obligalla.


CONDE

No estamos en sazón que nos permita

sacar de Orán un mínimo soldado;

que el cerco que se espera solicita

que ponga en otras cosas mi cuidado.


NACOR

La vitoria en la palma traigo escrita;

en breves horas te daré acabado,

sin peligro, el negocio que he propuesto;

si presto vamos, volveremos presto.


CONDE

Esta tarde os daré, Nacor, respuesta;

esperad hasta entonces.


NACOR

Soy contento.


Vase NACOR.


D. MARTIN

Empresa rica y sin peligro es ésta,

si cierta fuese.


GUZMAN

Yo por tal la cuento:

hace la lengua al alma manifiesta.

Declarado ha Nacor su pensamiento

con tal demonstración, con tal afecto,

que, si vamos, el saco me prometo.


D. MARTIN

Cubre el traidor sus malas intenciones

con rostro grave y ademán sincero,

y adorna su traición con las razones

de que se precia un pecho verdadero.

De un Sinón aprendieron mil Sinones,

y así, el que es general, al blando o fiero

razonar del contrario no se rinde,

sin que primero la intención deslinde.


CONDE

Hermano, así se hará; no tengáis miedo

que yo me arroje o precipite en nada.

¿Hicistes ya las treguas con Robledo,

y queda ante escribano confirmada?


D. MARTIN

Gran cólera tenéis, Guzmán.


GUZMAN

No puedo

tenerla en la ocasión más enfrenada.


CONDE

Podréis darle la rienda entre enemigos,

y es prudencia cogerla con amigos.

Pues, Buitrago, ¿qué hacemos?


BUITRAGO

Aquí asisto,

procurando sacar de aqueste esparto

jugo de algún plus ultra, y no le he visto

siquiera de una tarja ni de un cuarto.

Así guardan la ley de Jesucristo

aquéstos como yo cuando estoy harto,

que no me acuerdo si hay cielo ni tierra;

sólo a mi vientre acudo y a la guerra.


MARGARITA

Pide limosna en modo este soldado,

que parece que grita o que reniega,

y yo estoy en España acostumbrado

a darla a quien por Dios la pide y ruega.


BUITRAGO

Quiérosela pedir arrodillado;

veré si la concede o si la niega.


VOZMEDIANO

Ni tanto, ni tan poco.


BUITRAGO

Soy cristiano.


MARGARITA

¿Ya no le han dicho que no hay blanca, hermano?


BUITRAGO

¿Hermano? ¡Lleve el diablo el parentesco

y el ladrón que le halló la vez primera!

Descosa, pese al mundo, ese grigüesco,

desgarre esa olorosa faltriquera.

De aquestas pinturitas a lo fresco,

¿qué se puede esperar?


VOZMEDIANO

Esa es manera

de hacer sacar la espada y no el dinero.


CONDE

¡Paso, Buitrago!


MARGARITA

¡A fe de caballero!


D. MARTIN

No os enfadéis, galán, que deste modo

se pide la limosna en esta tierra;

todo es aquí braveza, es aquí todo

rigor y duros términos de guerra.


BUITRAGO

Y yo, que a lo de Marte me acomodo,

y a lo de Dios es Cristo, doy por tierra

con todo el bodegón, si con floreos

responden a mis gustos y deseos.


D. MARTIN

En fin, ¿que aqueste galán

es de Jerez?


VOZMEDIANO

Y de nombre,

de los buenos que allí están,

y hijo, señor, de un hombre

que en Francia fue capitán.

Quedó rico y con hacienda;

dejómele a mí por prenda

mi hermana, que fue su madre,

y yo quise que del padre

siguiese la honrada senda.

Supe el cerco que se espera,

y con su gusto le truje,

que sin él no le trajera,

y a esta dura le reduje

de su vida placentera;

que, en los grados de alabanza,

aunque pervierta la usanza

el adulador liviano,

no alcanza un gran cortesano

lo que un buen soldado alcanza.


CONDE

Así es verdad, y agradezco

venida de tales dos,

y a servírosla me ofrezco.


BUITRAGO

¡Que no me darán por Dios

lo que por mí no merezco!

¡Voto a Cristóbal del Pino,

que si una vez me amohíno,

que han de ver quién es Callejas!

Busquen alivio a sus quejas,

almas, por otro camino.

Buscaréle yo también

para mi hambre insolente,

o me den, o no me den; 1495

que nunca muere un valiente

de hambre.


D. MARTIN

Dices muy bien.


BUITRAGO

No digo sino muy mal.

¿Es eso por escusarse

de no sacar un real?


CONDE

Vamos, que ya de enojarse

Buitrago nos da señal,

y no quiero que lo esté.


Vanse el conde y DON MARTIN.


BUITRAGO

Con aqueso comeré.

¡No fuera yo motilón,

o mozo de bodegón,

y no soldado!


MARGARITA

¿Por qué?


BUITRAGO

Yo me entiendo, so galán;

vaya y guarde su dinero.

¡Adiós, mi señor Guzmán!


GUZMAN

No, no; convidaros quiero;

¡por vida del capitán!,

venid, Buitrago, conmigo.


BUITRAGO

En seguirte sé que sigo

a un Alejandro y a un Marte.


Vanse el capitán y BUITRAGO.


MARGARITA

Señor, llégate a esta parte,

que tengo que hablar contigo.

Resuelta estoy.


VOZMEDIANO

En tu daño.


MARGARITA

No me atajes; déjame

relatar mi mal estraño.


VOZMEDIANO

¿Ya no sabes que lo sé,

por mi mal más ha de un año?


MARGARITA

Dime, señor: ¿tú no sientes

que con nuevos acidentes

cada día amor me embiste?


VOZMEDIANO

Y sé que no los resiste

tu alma, pues los consientes.


MARGARITA

Déjate de aconsejarme,

y dame ayuda, si quieres;

que lo demás es matarme.


VOZMEDIANO

Por quien soy y por quien eres,

siempre te oiré sin cansarme,

y siempre te ayudaré,

porque a ello me obligué

cuando de venir contigo

como ayo y como amigo

te di la palabra y fe.

Di, en fin, ¿qué piensas hacer?


MARGARITA

Yo, por soldado a esta empresa,

con estraño parecer,

pues procuraré ser presa,

puesto que vaya a prender.

Procuraré ser cautiva;

que de la dura y esquiva

tormenta que siente el alma,

el sosiego, gusto y palma,

en disparates estriba.

Sabré [ser] cautiva de quien

me cautivó sin sabello,

pensando de hacerme bien;

daré al moro perro el cuello

porque a mi alma me den.

Que no es posible sea moro

quien guardó tanto el decoro

de cristiano caballero;

y si fuere esclavo, quiero

dar por él mil montes de oro.

De que los halle no dude

nadie: que el cielo al deseo

del aflicto siempre acude.


VOZMEDIANO

El gran Dios dese deseo

impertinente te mude.


MARGARITA

¿Habrá más de rescatarme,

dando tiempo al informarme

de lo que voy a saber?

Que en el mal de irme a perder

consiste el bien de ganarme.

Venid, señor Vozmediano;

negociaréis mi salida

con el escuadrón cristiano.


VOZMEDIANO

¿Dónde quieres ir, perdida?


MARGARITA

Aconsejarme es en vano.


VOZMEDIANO

Yo haré con su señoría

que se oponga a tu partida.


MARGARITA

Si esto me impedís, señor,

haré otro yerro mayor,

con que lloréis más de un día.

Echada está ya la suerte;

yo he de seguir mi destino,

aunque me lleve a la muerte.


VOZMEDIANO

Del amor el desatino

cualquier bien en mal convierte.

¡En mal punto me encargué

de ti! ¡En mal punto dejé

la patria por tus antojos! 1585


MARGARITA

Tal vez, tras nubes de enojos,

de esperanza el sol se vee.


Vanse, y salen ARLAXA, ALIMUZEL, OROPESA y DON FERNANDO.


ARLAXA

¿Adónde está Alimuzel?

Oropesa, ¿dó te has ido?

Y mi Lozano, ¿qué es dél?

¡Cielo, escucha mi gemido;

no te me muestres cruel!


ALIMUZEL

Bella Arlaxa, aquí me tienes.


ARLAXA

Amigo, a buen tiempo vienes.


OROPESA

¿Qué es lo que mandas, señora?


ARLAXA

Vengas, amigo, en buen hora.

Lozano, ¿en qué te detienes?


D. FERNANDO

Aquí estoy, señora mía.

¿Qué me mandas? Dilo, acaba.


ARLAXA

¡Desdichada dicha mía!


ALIMUZEL

¿Qué has, Arlaxa?


ARLAXA

Yo soñaba

que esta noche, al alba fría,

daban sobre este aduar

cristianos, y, a mi pesar,

Nacor me llevaba presa,

y desperté con la presa

del asalto y del gritar;

y he venido a socorrerme

de vosotros con el miedo

que el sueño pudo ponerme,

y, aunque os veo, apenas puedo

sosegarme ni valerme.

Tengo a Nacor por traidor,

y no me deja el temor

fiar de vuestra lealtad.


ALIMUZEL

No son los sueños verdad;

no tengas miedo, mi amor;

y si lo son, juzga y piensa

que a tu lado hallarás

quien no consienta tu ofensa.


ARLAXA

Contra el hado es por demás

que valga humana defensa.


D. FERNANDO

No te congojes, señora,

que si llegare la hora

de verte en aquese aprieto,

librarte dél te prometo

por el Dios que mi alma adora.

Si no quedase cristiano

en Orán, y aquí viniese

tan arrojado y ufano

que la vitoria tuviese

tan cierta como en la mano,

será esta mía bastante

para que el más arrogante

vuelva humilde y sin despojos. 

Tiemple aquesto tus enojos,

no pase el miedo adelante,

que haré más de lo que digo;

y de que prometo poco,

mis obras serán testigo. 


OROPESA

O está don Fernando loco,

o es ya de Cristo enemigo.

Pelear contra cristianos

promete. Venid, hermanos,

que yo, con mejor conciencia, 

pasaré la diligencia

a los pies, y no a las manos.


D. FERNANDO

Alí, dame tú una espada

y un turbante, con que pueda

la cabeza estar guardada. 


OROPESA

Señora, ¿dónde se queda

tu condición arrojada?

Agora verás hender,

herir, matar y romper.

Deja venir al cristiano.


ARLAXA

Es accidental y vano

tal deseo en la mujer,

y fácilmente se trueca;

y, antes que la espada, agora

tomaría ver la rueca.


ALIMUZEL

El que te ofende, señora,

contra todo el mundo peca.

Ven, cristiano, a tomar armas.


OROPESA

Mira contra quién te armas,

Lozano.


D. FERNANDO

¡Calla, Oropesa!


OROPESA

En armarte a tal empresa,

de tu valor te desarmas.


Entranse todos. Salen NACOR, atadas las manos atrás con un cordel, y tráenle BUITRAGO, el capitán GUZMAN, MARGARITA y otros soldados con sus arcabuces.


NACOR

Valeroso Guzmán, éste es, sin duda,

el vendido aduar, el paraíso

do está la gloria que mi alma busca.

Con la caballería, como es uso,

le puedes coronar a la redonda,

porque apenas se escape un solo moro.


GUZMAN

No tengo tanta gente para tanto.


NACOR

Cerca, pues, por lo menos, esta parte,

que responde derecha a una montaña

que está cerca de aquí, donde, sin duda,

harán designio de acogerse cuantos

sobresaltados fueren esta noche.


GUZMAN

Dices muy bien.


NACOR

Pues manda que me suelten,

porque vaya a buscar el grande premio

que pide la amorosa traición mía.


BUITRAGO

Eso no, ¡vive Dios!, hasta que vea

cómo se entabla el juego, ¡so Mahoma!

Estése atraillado como galgo,

porque hasta ver las liebres no le suelto.


NACOR

Señor Guzmán, agravio se me hace.


GUZMAN

Buitrago, suéltale, y a Dios; y embiste.

  

BUITRAGO

Contra mi voluntad le suelto. Vaya.


NACOR

Venid, que yo pondré la gente en orden,

de modo que no haya algún desorden.


Vanse, y queda sola MARGARITA.


MARGARITA

¡Pobre de mí! ¿Dónde quedo?

¿Adónde me trae la suerte,

confusa y llena de miedo?

¿Qué cosa haré con que acierte,

si ninguna cosa puedo?

¡Oh amoroso desvarío,

que ciegas el albedrío

y la razón tienes presa!

¿Qué sacaré desta empresa,

de quién temo y de quién fío?

Soy mariposa inocente

que, despreciando el sosiego,

simple y presurosamente

me voy entregando al fuego

de la llama más ardiente.

Estos pasos son testigos

que huyo de los amigos,

y, llena de ceguedad,

de mi propria voluntad

me entrego a los enemigos.


Suena dentro: «¡Arma, arma! ¡Santiago, cierra, cierra España, España!»

Salga al teatro NACOR, abrazado con ARLAXA, y, a su encuentro, BUITRAGO.


BUITRAGO

¡Por aqueste portillo se desagua

el aduar! ¡Soldados, aquí, amigos!

¡Tente, perro cargado; tente, galgo!


NACOR

Amigo soy, señor.


BUITRAGO

¡No es éste tiempo

para estas amistades! ¡Tente, perro!


NACOR

¡Muerto soy, por Alá!


BUITRAGO

¡Por San Benito,

que he pasado a Nacor de parte a parte,

y que ésta debe ser su amada ingrata!


ARLAXA

Cristiano, yo me rindo; no ensangrientes

tu espada en mujeril sangre mezquina.

Llévame do quisieres.


Sale ALI.


ALIMUZEL

La voz oigo

de Arlaxa bella, que socorro pide.

¡Ah perro, suelta!


BUITRAGO

¡Suéltala tú, podenco sin provecho!

¿No hay quien me ayude aquí?


ARLAXA

Mientras pelean

aquestos dos, podrá ser escaparme,

si acaso acierto de tomar la parte

que lleva a la montaña.


MARGARITA

Si me guías,

seré tu esclavo, tu defensa y guarda

hasta ponerte en ella. Ven, señora.

 

Vase ARLAXA y MARGARITA.

Sale DON FERNANDO y GUZMAN.


BUITRAGO

¡Animas de purgatorio,

favorecedme, señoras,

que mi peligro es notorio,

si ya no estáis a estas horas

durmiendo en el dormitorio!

De vuestro divino aliento

con mayor fuerza me siento.

¡Perro, el huir no te cale!

¡Ahora verán si vale

Buitrago por más de ciento!


Entrase ALI, y BUITRAGO tras él.


GUZMAN

¡O eres diablo, o no eres hombre!

¿Quién te dio tal fuerza, perro?


D. FERNANDO

No os admire ni os asombre,

Guzmán, que haga este yerro

quien respeta vuestro nombre.


GUZMAN

¿Sois, a dicha, don Fernando?


D. FERNANDO

El mismo que estáis mirando,

aunque no me veis, amigo.


GUZMAN

¿Sois ya de Cristo enemigo?


D. FERNANDO

Ni de veras, ni burlando.


GUZMAN

Pues, ¿cómo sacas la espada

contra El?


D. FERNANDO

Vendrá sazón

más llana y acomodada,

en que te dé relación

de mi pretensión honrada.

Cristiano soy, no lo dudes.


GUZMAN

¿Por qué a defender acudes

este aduar?


D. FERNANDO

Porque encierra

la paz que causa esta guerra,

la salud de mis saludes.

Dos prendas has de dejar,

y carga, amigo, con todo

cuanto hay en este aduar.


GUZMAN

A tu gusto me acomodo,

no quiero más preguntar;

pero, porque no se diga

que tengo contigo liga,

tú, pues bastas, lo defiende.


Vase GUZMAN, y vuelve BUITRAGO y ALIMUZEL.


BUITRAGO

En vano, moro, pretende

tu miedo que no te siga,

que tengo para ofenderte

dos manos y dos mil almas,

que a mis pies han de ponerte.


D. FERNANDO

Otros despojos y palmas

puedes, amigo, ofrecerte,

que éste no.


ALIMUZEL

Deja, Lozano,

que este valiente cristiano

en grande aprieto me ha puesto.


D. FERNANDO

Ve tú a socorrer el resto,

y éste déjale en mi mano,

que yo daré cuenta dél.


ARLAXA, dentro.


ARLAXA

¡Lozano, que voy cautiva!

¡Que voy cautiva, Muzel!


ALIMUZEL

¡Fortuna, a mi suerte esquiva,

cielo envidioso y cruel,

ejecutad vuestra rabia

en mi vida, si os agravia;

dejad libre la de aquélla,

que os podéis honrar con ella

por hermosa, honesta y sabia!


Sale ARLAXA, defendiéndola MARGARITA del capitán GUZMAN y de otros tres soldados.


D. FERNANDO

¡Todos sois pocos soldados!


GUZMAN

Esta es la mora en quien tiene

don Fernando sus cuidados;

dejársela me conviene.


Vase.


BUITRAGO

Aquí hay moros encantados

o cristianos fementidos,

que ha llegado a mis oídos,

creo, el nombre de Lozano.


D. FERNANDO

Vuestro trabajo es en vano,

cristianos mal advertidos,

que esta mora no ha de ir presa;

entrad en el aduar,

y hallaréis más rica presa.


BUITRAGO

¡Désta irás a señalar,

perro, el tanto de tu fuesa!


ALIMUZEL

¡Muerto soy; Alá me ayude!


ARLAXA

¡Acude, Lozano, acude,

que han muerto a tu grande amigo!


Cae ALI dentro, y éntrase ARLAXA tras él.


D. FERNANDO

Vengaréle en su enemigo,

aunque de intención me mude.

¡No te retires, aguarda!


BUITRAGO

¿Yo retirar? ¡Bueno es eso!

Si tuviera una alabarda,

le partiera hasta el güeso.

¡Oh, cómo el perro se guarda!


D. FERNANDO

Este que va a dar el pago

de tus bravatas, Buitrago,

mejor cristiano es que tú.


BUITRAGO

¡Que te valga Bercebú,

y a mí Dios y Santiago!

Di quién eres, que, sonando

el eco, me trae con miedo

la habla de don Fernando.


D. FERNANDO

El mismo soy.


BUITRAGO

¡Oh Robledo,

verdadero y memorando,

y cuánta verdad dijiste!

Sin razón le desmentiste,

Guzmán atrevido y fuerte.

Yo quiero huir de la muerte

que en esas manos asiste.


D. FERNANDO

¿Cómo, di, tú no peleas,

te retiras o te vas,

antes que tu prisión veas?


MARGARITA

¡Estraños consejos das

a quien la muerte deseas!

Mas no puedo retirarme

ni pelear, y he de darme

de cansado a moras manos,

que se van ya los cristianos,

y tú no querrás dejarme.


Dentro, diga GUZMAN:


[GUZMAN]

¡Al retirar, cristianos! ¡Toca, Robles! ¡

A retirar, a retirar, amigos!

No se quede ninguno, y los cansados

a las ancas los suban los jinetes,

y en la mitad del escuadrón recojan

la presa. ¡Al retirar, que viene el día!


D. FERNANDO

Yo te pondré en las ancas de un caballo

de los tuyos, amigo; no desmayes.


MARGARITA

Mayor merced me harás si aquí me dejas.


D. FERNANDO

¿Quieres quedar cautivo por tu gusto?


MARGARITA

Quizá mi libertad consiste en eso.


D. FERNANDO

¿Hay otros don Fernandos en el mundo?

Demos lugar que los cristianos pasen;

retiraos a esta parte.


MARGARITA

Yo no puedo.


D. FERNANDO

Dadme la mano, pues.


MARGARITA

De buena gana.


D. FERNANDO

¡Jesús, y qué desmayo!


MARGARITA

Gentilhombre,

¿lleváisme a los cristianos, o a los moros?


D. FERNANDO

A los moros os llevo.


MARGARITA

No querría

que fuésedes cristiano y me engañásedes.


D. FERNANDO

Cristiano soy; pero, ¡por Dios!, que os llevo

a entregar a los moros.


MARGARITA

¡Dios lo haga!


D. FERNANDO

De novedades anda el mundo lleno.

¿Estáis herido acaso?


MARGARITA

No estoy bueno.

 

Vanse.

Sale OROPESA, cargado de despojos.


OROPESA

No, sino estaos atenido

a los consejos de un loco,

enamorado y perdido.

Mucho llevo en esto poco;

voy libre y enriquecido.

Ya en mi libertad contemplo

un nuevo y estraño ejemplo

de los casos de fortuna,

y adornarán la coluna

mis cadenas de algún templo.


Salen el conde y DON MARTIN y BAIRAN, el renegado.


BAIRAN

Digo, señor, que la venida es cierta,

y que este mar verás y esta ribera,

él de bajeles lleno, ella cubierta

de gente inumerable y vocinglera.

De Barbarroja el hijo se concierta

con Alabez y el Cuco, de manera

que en su favor más moros dan y ofrecen

que en clara noche estrellas se parecen.

Los turcos son seis mil, y los leventes

siete mil, toda gente vencedora;

veinte y seis las galeras, suficientes

a traer municiones de hora en hora.

Andan en pareceres diferentes

sobre cuál destas plazas se mejora

en fortaleza y sitio, y creo se ordena

de dar a San Miguel la buena estrena.

Esto es, señor, lo que hay del campo moro,

y en Argel el armada queda a punto,

y Azán, el rey, guardando su decoro,

que es diligente, la traerá aquí al punto.


CONDE

De sus designios poco o nada ignoro,

mas, por tu relación cuerda, barrunto

que a San Miguel el bárbaro amenaza,

como más flaca, aunque importante plaza.

Pero, puesto le tengo en tal reparo,

tales soldados dentro dél he puesto,

que al bárbaro el ganarle será caro,

muy más que en su designio trae propuesto.

Idos a reposar, mi amigo caro,

y el agradecimiento y paga desto

esperadla de mí, con la ventaja

que aquel merece que cual vos trabaja.


Vase BAIRAN.


¿No tarda ya Guzmán?


D. MARTIN

Las centinelas

le han descubierto ya.


CONDE

Venga en buen hora.


D. MARTIN

Su premio habrá Nacor de sus cautelas

cobrado, su adorada ingrata mora.

¡Amor, como otro Marte nos desvelas;

furia y rigor en tus entrañas mora;

hasta las religiosas almas dañas,

y fundas en traiciones tus hazañas!


Entra el capitán GUZMAN, OROPESA, BUITRAGO, VOZMEDIANO y otros soldados.


GUZMAN

Tus manos pido, y de las mías toma,

o, por mejor decir, de tus soldados,

amorosos despojos de Mahoma.

Volvemos, como fuimos, alentados,

mejorados en honra y buena fama,

y en ropa y en esclavos mejorados.

Nacor no trae a su hermosa dama;

que Buitrago apagó con fuerte acero

del moro infame la amorosa llama.


BUITRAGO

Paséle, por la fe de caballero,

por entrambas ijadas, ignorando

que fuese el que el aviso dio primero;

y si no lo estorbara don Fernando,

diera con más de dos patas arriba,

que con él se me fueron escapando.


CONDE

¿Que, en fin, se volvió moro?


OROPESA

No se escriba,

se diga o piense tal de quien su intento

en ser honrado y valeroso estriba.

Yo sé de don Fernando el pensamiento,

y sé que presto volverá a servirte

con las veras que ofrece su ardimiento.


GUZMAN

Que él es cristiano sé, señor, decirte;

que él se nombró conmigo combatiendo.


D. MARTIN

¿Y procuraba, por ventura, herirte?


GUZMAN

Con tiento pareció que iba esgrimiendo,

y palabras me dijo en el combate

por quien fui sus designios conociendo.


D. MARTIN

Deste caso, señores, no se trate;

ya, por lo menos, ha caído en culpa,

y no hay disculpa a tanto disparate.


CONDE

Salió sin mi licencia: ya le culpa,

y más el escalar de la muralla,

insulto que jamás tendrá disculpa.


GUZMAN

Precipitóle honor: vistió la malla

por conservar su crédito famoso;

huyóle el moro; fue a buscar batalla.


D. MARTIN

¡Por cierto, oh buen Guzmán, que estáis donoso!

Pues, ¿cómo no se ha vuelto, o cómo muestra

contra cristianos ánimo brioso?


OROPESA

El dará presto de su intento muestra,

sacando, en gloria de la ley cristiana,

a luz la fuerza de su honrada diestra.


CONDE

Venid; repartiré de buena gana

lo que deste despojo a todos toca;

que el gusto crece lo que así se gana.


Vanse, y queda BUITRAGO y VOZMEDIANO.


VOZMEDIANO

¡Válgame Dios, si se quedó la loca,

si se quedó la sin ventura y triste,

que así su suerte y su valor apoca!

Dime, señor, si por ventura viste

aquel soldado que partió conmigo

cuando a la empresa do has venido fuiste;

aquel bisoño manicorto, digo,

que no te quiso dar limosna un día,

y habrá hasta seis que vino aquí conmigo.


BUITRAGO

¿No es aquel del entono y bizarría,

de las plumas volantes y del rizo,

que me habló con remoques y acedías?


VOZMEDIANO

Aquese mismo.


BUITRAGO

No sé qué se hizo.


Vase.


VOZMEDIANO

¿Adónde estarás agora,

moza por tus pies llevada

do toda miseria mora,

de mandar a ser mandada,

esclava de ser señora?

¿Que es posible que un deseo

incite a tal devaneo?

Y éste es, en fin, de tal ser,

que no lo puedo creer,

y con los ojos lo veo.

 

[Vase]

Sale ARLAXA, DON FERNANDO y MARGARITA.


D. FERNANDO

Para ser mozo y galán

y al parecer bien nacido,

muchos desmayos os dan:

señal de que habéis comido

mucha liebre y poco pan.

Quien se rinde a su enemigo,

en sí presenta testigo

de que es cobarde.


MARGARITA

Es verdad,

pero trae mi poca edad

grande disculpa consigo.

El que mis cuitas no siente,

hará de mi miedo alarde,

pero yo sé claramente

que hice más en ser cobarde

que no hiciera en ser valiente.

¡Desdichada de la vida

a términos reducida

que busca con ceguedad

en la prisión libertad

y a lo imposible salida!


ARLAXA

¿Qué sabes si este soldado,

cual tú, tiene aquella queja

de valiente mal pagado?


D. FERNANDO

Fácil conocer se deja

que le aflige otro cuidado;

que sus años, cual él muestra,

no habrán podido dar muestra,

por ser pocos, de los hechos

que, por ser mal satisfechos,

muestran voluntad siniestra.

Y el ofrecerle caballo

para que volviese a Orán,

y el no querer acetallo,

unas sospechas me dan

que por su honra las callo.

Quizá la vida le enfada

soldadesca y desgarrada,

y como el vicio le doma,

viene tras la de Mahoma,

que es más ancha y regalada.


MARGARITA

En mi edad, aunque está en flor,

he alcanzado y conocido

que no hay mal de tal rigor

que llegue al verse ofendido,

el que es honrado, en su honor.

Y más si culpa no tiene;

que cuando la infamia viene

a quien la busca y procura,

es menor la desventura

que la deshonra contiene.

Y así, me será forzoso

para huir la infamia y mengua

de mal cristiano y medroso,

que os descubra aquí mi lengua

lo que apenas pensar oso.

Si gustáis de estarme atentos,

veréis que paran los vientos

su veloz curso a escucharme,

y veréis que fue el quedarme

honra de mis pensamientos.


Entra ALIMUZEL.


ALIMUZEL

El remedio que aplicaste,

bella Arlaxa, de tu mano,

fue tal, que en él te mostraste

ser un ángel soberano

que a la vida me tornaste.

Conságrotela dos veces:

una porque la mereces,

y la otra te consagro

por el estraño milagro

con que tu fama engrandeces.


ARLAXA

Sosiégate y no me alabes,

que el médico ha sido Alá

de tus heridas tan graves.

Comienza, cristiano, ya

la historia que alegre acabes.


MARGARITA

Sí haré; más tú verás,

en el cuento que me oirás,

que no dan los duros hados

a principios desdichados

alegres fines jamás.

«Nací en un lugar famoso,

de los mejores de España,

de padres que fueron ricos

y de antigua y noble casta;

los cuales, como prudentes,

apenas mi edad temprana

dio muestras de entendimiento,

cuando me encierran y guardan

en un santo monesterio

de la virgen Santa Clara;

¡que soy mujer sin ventura,

que soy mujer desdichada!»


ARLAXA

¡Santo Alá! ¿Qué es lo que dices?


MARGARITA

¿Desto poquito te espantas?

Ten silencio, hermosa mora,

hasta el fin de mis desgracias;

que, aunque ellas jamás le tengan,

yo me animaré a contallas,

si es posible, en breve espacio

y con sucintas palabras. «

No me encerraron mis padres

sino para la crianza,

y fue su intención que fuese,

no monja, sino casada.

Faltáronme antes de tiempo;

que la inexorable Parca

cortó el hilo de sus vidas

para añadirle a mis ansias.

Quedé con sólo un hermano,

de condición tan bizarra,

que parece que en él solo

hizo asiento la arrogancia.

Llegó la edad de casarme;

hiciéronle mil demandas

de mí; no acudió a ninguna,

fundándose en leves causas;

y, entre los que me pidieron,

fue uno que con la espada

satisfizo a la respuesta,

según se la dieron mala.»

 

Suenan dentro a tambores.


ALIMUZEL

Escucha, que oigo clarines,

oigo trompetas y cajas;

algún escuadrón es éste

de turcos que hacia Orán marcha.


Entra UNO.


MORO

Si lo que dejó el cristiano

no quieres, hermosa Arlaxa,

no lo acaben de talar

diez escuadrones que pasan,

ven, señora, a defenderlo;

que con tu presencia, Arlaxa,

pararás al sol su curso

y suspenderás las armas.


ALIMUZEL

Bien dice, señora; vamos,

que lugar habrá mañana

para oír si aquesta historia

en fin triste o alegre acaba.


ARLAXA

Vamos, pues; y vos, hermosa

y lastimada cristiana,

no os pene si a vuestras penas

el oíllas se dilata.


Vanse ARLAXA y ALI tras ella, y MARGARITA a lo último, y DON FERNANDO, tras ella, y dicen antes:


MARGARITA

Como no tengo, señora,

ningún alivio en contarlas,

tengo a ventura el estorbo

que de tal silencio es causa.


D. FERNANDO

¡Válgame Dios, qué sospechas

me van encendiendo el alma!

Muchas cosas imagino,

y todas me sobresaltan.

Desesperado esperando

he de estar hasta mañana,

o hasta el punto que el fin sepa

de la historia comenzada.



Fin de la segunda jornada




TERCERA JORNADA


Los que hablan en ella son:


ARLAXA.

MARGARITA.

VOZMEDIANO.

DON FERNANDO DE SAAVEDRA.

GUZMÁN.

BUITRAGO.

EL CONDE DE ALCAUDETE.

DON MARTÍN.

DON JUAN DE VALDERRAMA.

ALIMUZEL.

ROAMA, moro.

AZÁN, rey de Argel.

EL [REY] DEL CUCO.

EL [REY] DE ALABEZ.

Y acompañamiento.



Salen los REYES DEL CUCO y ALABEZ, DON FERNANDO, de moro; ALIMUZEL, ARLAXA y MARGARITA.


CUCO

Hermosísima Arlaxa: tu belleza

puede volver del mesmo Marte airado

en mansedumbre su mayor braveza,

y dar leyes al mundo alborotado.


ALABEZ

Puedes, con tu estremada gentileza,

suspender los estremos del cuidado

que amor pone en el alma que cautiva,

y hacer que en gloria sosegada viva.


CUCO

Puede la luz desos serenos ojos 

prestarla al sol, y hacerle más hermoso;

puede colmar el carro de despojos

del dios antojadizo y riguroso.


ALABEZ

Puede templar la ira, los enojos 

del amante olvidado y del celoso;

puedes, en fin, parar, sin duda alguna,

el curso volador de la Fortuna.


ARLAXA

Nace de vuestra rara cortesía

la sin par que me dais dulce alabanza,

porque no llega la bajeza mía

adonde su pequeña parte alcanza.

Tendré por felicísimo este día,

pues en él toma fuerzas mi esperanza

de ver mis aduares mejorados,

viendo a sus robadores castigados.

Cien canastos de pan blanco apurado,

con treinta orzas de miel aún no tocada,

y del menudo y más gordo ganado

casi os ofrezco entera una manada;

dulce lebeni en zaques encerrado, 

agrio yagurt. Y todo aquesto es nada

si mi deseo no tomáis en cuenta,

que en su virtud la dádiva se aumenta.


CUCO

Admitimos tu oferta, y prometemos 

de vengarte de aquel que te ha ofendido;

que, en fe de haberte visto, bien podemos 

mostrar el corazón algo atrevido.


ALABEZ

Arlaxa, queda en paz, porque tenemos 

el tiempo limitado y encogido.


ARLAXA

Viváis alegres siglos y infinitos,

reyes del Cuco y Alabez invitos.


Vanse los REYES.


Vuelve a seguir tu comenzada historia,

cristiana, sin que dejes cosa alguna

que puedas reducir a la memoria

de tu adversa o tu próspera fortuna.


MARGARITA

Pasadas penas en presente gloria

el contarlas la lengua no repugna;

mas si el mal está en ser que se padece,

al contarle, la lengua se enmudece.

«Quedé, si mal no me acuerdo,

en una mala respuesta

que dio mi bizarro hermano

a un caballero de prendas,

el cual, por satisfacerse,

muy malherido le deja.

Ausentóse y fuese a Italia,

según después tuve nuevas.

Tardó mi hermano en sanar 

mucho tiempo, y no se acuerda

en mucho más de su hermana,

como si ya muerta fuera.

Vi que volaban los tiempos,

y que encerraban las rejas el cuerpo,

mas no el deseo,

que es libre y muy mal se encierra.

Vi que mi hermano aspiraba,

codicioso de mi hacienda,

a dejarme entre paredes,

medio viva y medio muerta.

Quise casarme yo misma;

mas no supe en qué manera 

ni con quién; que pocos años

en pocos casos aciertan.

Dejóme un viejo mi padre,

hidalgo y de intención buena,

con el cual me aconsejase

en mis burlas y en mis veras.

Comuniquéle mi intento;

respondióme que él quisiera 

que el caballero que tuvo 

con mi hermano la pendencia,

fuera aquel que me alcanzara

por su legítima prenda,

porque eran tales las suyas,

que por estremo se cuentan.

Pintómele tan galán,

tan gallardo en paz y en guerra,

que en relación vi a un Adonis,

y a otro Marte vi en la Tierra.

Dijo que su discreción

igualaba con sus fuerzas,

puesto que valiente y sabio

pocas veces se conciertan.

Estaba yo a sus loores

tan descuidada y atenta,

que tomó el pincel la fama,

y en el alma las asienta;

y amor, que por los oídos

pocas veces dicen que entra,

se entró entonces hasta el alma

con blanda y honrada fuerza;

y fue de tanta eficacia

la relación verdadera,

que adoré lo que los ojos

no vieron ni ver esperan;

que, rendida a la inclemencia

de un antojo honrado y simple,

mudé traje y mudé tierra.

A mi sabio consejero 

fuerzo a que conmigo venga;

que ánimo determinado,

de imposibles no hace cuenta.»


ARLAXA

No te suspendas; prosigue 

tu bien comenzado cuento,

que ninguna cosa siento en él

que a gusto no obligue, 

y aun a pesar.


D. FERNANDO

[Aparte] Y es de modo,

según que voy discurriendo,

que al alma va suspendiendo

con la parte y con el todo.


MARGARITA

«Enamorada de oídas 

del caballero que dije,

me salí del monesterio,

y en traje de hombre vestíme.

Dejé el hermano y la patria,

y, entre alegre y entre triste,

con mi consejero anciano

a la bella Italia vine.

De la mitad de mi alma,

para que yo más le estime,

supe allí que en estacada 

venció a tres, y quedó libre,

y que la parlera fama,

que más de lo que oye dice,

le trujo a encerrar a Orán,

que espera el cerco terrible.

En alas de mi deseo,

desde Nápoles partíme;

llegué a Orán, facilitando 

cualquier dudoso imposible,

y, apenas pisé su arena,

cuando alborotada fuime

a saber, sin preguntallo,

de quien me tiene tan triste.

Dél supe, y pluguiera al cielo,

que consuela a los que aflige,

que nunca yo lo supiera.»


D. FERNANDO

Di presto lo que supiste.


MARGARITA

«Supe que a volverse moro,

cosa, a pensarla, imposible,

dejó los muros de Orán,

y que en vuestra secta vive.

Yo, por no vivir muriendo

entre sospechas tan tristes,

a trueco de ser cautiva,

todo el hecho saber quise;

y así, arrojada y ansiosa,

entre los cristianos vine,

de quien fue Nacor la guía,

que los trujo a lo que vistes.

Ya me quedé, y soy cautiva,

y ya os pregunto si vistes

a este cristiano que busco,

o a este moro que acogistes.

Llamábase don Fernando 

de Saavedra, de insignes 

costumbres y claro nombre,

como su fama lo dice.

Por él y por mi rescate,

si dél sabéis, se apercibe 

mi lengua a ofreceros tanto,

que pase de lo posible.»

Esta es mi historia, señores;

nunca alegre, siempre triste;

si os he cansado en contalla,

lo que me mandastes hice.


ARLAXA

Cristiana, de tu dolor

casi siento la mitad;

que tal vez curiosidad 

fatiga como el amor.

Y al que te enciende en la llama

de amor con tantos estremos,

como tú, le conocemos 

solamente por la fama.


ALIMUZEL

¿Debajo de cuál estrella 

ese cristiano ha nacido, 

que aun de quien no es conocido

los deseos atropella?

Ese amigo por quien lloras,

 y en quien pones tus tesoros,

las vidas quita a los moros,

y las almas a las moras.


D. FERNANDO

Que no es moro está en razón;

que no muda un bien nacido,

por más que se vea ofendido,

por otra su religión.

Puede ser que a ese español,

que agora tanto se encubre,

alguna causa le encubre,

como alguna nube al sol. 

Mas dime: ¿quién te asegura 

que, después de haberle visto,

quede en tu pecho bienquisto?

Que engendra amor la hermosura,

y si él carece della,

como imagino y aun creo,

faltando causa, el deseo

faltará, faltando en ella.


MARGARITA

La fama de su cordura

y valor es la que ha hecho

la herida dentro del pecho:

no del rostro la hermosura;

que ésa es prenda que la quita

el tiempo breve y ligero,

flor que se muestra en enero,

que a la sombra se marchita.

Ansí que, aunque en él hallase

no el rostro y la lozanía

que pinté en mi fantasía,

no hay pensar que no le amase.


D. FERNANDO

Con esa seguridad,

presto me ofrezco mostrarte

al que puede asegurarte

el gusto y la libertad.

Muda ese traje indecente,

que en parte tu ser desdora,

y vístete en el de mora,

que la ocasión lo consiente;

y con Arlaxa y Muzel los

muros de Orán veremos,

donde, sin duda, hallaremos 

tu piadoso o tu cruel;

que no es posible dejar 

de hallarse en aquesta guerra,

si no le ha hundido la tierra

o le ha sorbido la mar.

Alimuzel, no te tardes;

ven, y mira que es razón;

que en semejante ocasión

no es bien parecer cobarde.


ALIMUZEL

Haz cuenta que a punto estoy.


ARLAXA

A mí nada me detiene.


MARGARITA

Ya veis si a mí me conviene seguiros.


D. FERNANDO

Pues pase hoy;

y mañana, cuando dan 

las aves el alborada,

demos a nuestra jornada

principio y al fin de Orán. 

¿Queda así?


ALIMUZEL

No hay que dudar.


ARLAXA

¿Cómo te llamas, señora?


MARGARITA

Margarita; mar do mora[n]

gustos que me han de amargar.


ARLAXA

Ven, que el amor favorece 

siempre a honestos pensamientos.


D. FERNANDO

¡Qué atropellados contentos 

la ventura aquí me ofrece!


Entranse todos.

Sale BUITRAGO, solo, a la muralla.


[BUITRAGO.]

¡ Arma, arma, señor, con toda priesa!;

porque en el charco azul columbro y veo 

pintados leños de una armada gruesa

hacer un medio círculo y rodeo;

el viento el remo impele, el lienzo atesa;

el mar tranquilo ayuda a su deseo.

Arma, pues, que en un vuelo se avecina,

y viene a tomar tierra a la marina.


A la muralla, el CONDE y GUZMAN.


CONDE

Turcos cubren el mar, moros la tierra;

don Fernando de Cárcamo al momento 

a San Miguel defienda, y a la guerra

se dé principio con furor sangriento.

Mi hermano, que en Almarza ya se encierra,

mostrará de quién es el bravo intento; 

que este perro, que nunca otra vez ladre,

es el que en Mostagán mordió a su padre.


GUZMAN

Mal puedes defenderle la ribera.


CONDE

No hay para qué, si todo el campo cubre 

del Cuco y Alabez la gente fiera,

tanta, que hace horizonte lo que encubre,

y los que van poblando la ladera

de aquel cerro empinado que descubre 

y mira esento nuestros prados secos,

son los moros de Fez y de Marruecos.

Coronen las murallas los soldados,

y reitérese el arma en toda parte;

estén los artilleros alistados,

y usen certeros de su industria y arte;

los a cosas diversas diputados 

acudan a su oficio, y dese a Marte 

el que a Venus se daba, y haga cosas

que sean increíbles de espantosas.


Entrese de la muralla el CONDE y GUZMAN.


BUITRAGO

Animas, si queréis que al ejercicio

vuelva de mis plegarias y rosario,

pedid que me haga el cielo beneficio

que siquiera no falte el ordinario;

que, aunque de Marte el trabajoso oficio

en mi estómago pide estraordinario,

con diez hogazas que me envíe, sienta 

que a seis bravos soldados alimenta.


Entranse, y suenan chirimías y cajas.

Entra AZAN BAJA y BAIRAN con el REY DEL CUCO y EL ALABEZ.


BAIRAN

Don Francisco, el hermano del valiente

don Juan, que naufragó en la Herradura,

apercibe gran número de gente,

y socorrer a esta ciudad procura.

Don Alvaro Bazán, otro excelente 

caballero famoso y de ventura,

tiene cuatro galeras a su cargo,

y éste ha de ser de tu designio embargo.


AZAN

Su arena piso ya; de Orán colijo 

no aquella lozanía que dijiste:

sólo por tocar arma ya me aflijo,

y ver quién será aquel que me resiste.


ALABEZ

Quien al padre venció vencerá al hijo.

No hay que esperar, ¡oh grande Azán!, embiste;

que el tiempo que te tardas, ése quitas 

a tus vitorias raras e infinitas.


Entren a esta sazón ARLAXA y MARGARITA, en hábito de moro;

DON FERNANDO como moro, y ALIMUZEL.


CUCO

Tienes presente, ¡oh rey Azán!, la gloria 

de la Africa y la flor de Berbería;

un ángel es que anuncia tu vitoria, 

que el cielo, donde él vive, te le envía.


AZAN

Tendré yo para siempre en la memoria

esta merced, ¡oh gran señora mía!,

bella y sin par Arlaxa, en cuanto el cielo 

pudo de bien comunicar al suelo.

¿Qué buscas entre el áspero ruïdo 

del cóncavo metal, que, el aire hiriendo,

no ha de llevar a tu sabroso oído 

de Apolo el son, mas el de Marte horrendo?


ARLAXA

El tantarán del atabal herido,

el bullicio de guerra y el estruendo 

de gruesa y disparada artillería

es para mí suave melodía.

Cuanto más, que yo vengo a ser testigo

de tus raras hazañas y excelentes,

y a servirte estos dos truje conmigo,

que cuanto son gallardos son valientes.


AZAN

De agradecer tanta merced me obligo

cuando corran los tiempos diferentes 

de aquéstos, porque el fruto de la guerra

en la paz felicísima se encierra.


Entra ROAMA, moro, con un cristiano galán atadas las manos.


ROAMA

El bergantín que de la Vez se llama

cautivaron anoche tus fragatas;

y éste, que es un don Juan de Valderrama, 

venía en él.


AZAN

¿Por qué no le desatas?


Como entra el cautivo, se cubre MARGARITA el rostro con un velo.


ALABEZ

¿Cómo sabes su nombre tú, Roama?


ROAMA

El me lo ha dicho así.


AZAN

Pues mal le tratas;

si es caballero, suéltale las manos.


D. JUAN

¿Qué es lo que veo, cielos soberanos?


Mira a DON FERNANDO.


AZAN

¿De qué tierra eres, cristiano?


D. JUAN

De Jerez de la Frontera.


AZAN

¿Eres hidalgo o villano?


ALABEZ

Vestir de aquella manera los villanos

no es muy llano.


D. JUAN

Caballero soy.


AZAN

 ¿Y rico?


D. JUAN

Eso no; pues que me aplico 

a ser soldado, señal

que de bienes me va mal; 

y esto os juro y certifico.


ALABEZ

De cristianos juramentos 

está preñada la tierra,

lleno el mar, densos los vientos.


AZAN

¿Y venías...?


D. JUAN 

A la guerra.


AZAN

¡Honrados son tus intentos!


MARGARITA

¡Este es mi hermano, señora!


ARLAXA

Disimula como mora, y cúbrete el rostro más.


CUCO

¡Buena guerra agora harás!


D. JUAN

¿Y cómo la hago agora?


AZAN

¿Qué nuevas hay en España?


D. JUAN

No más de la desta guerra,

y que ya estás en campaña.


AZAN

Dirán que mi intento yerra

en emprender tal hazaña;

el socorro aprestarán,

el mundo amenazarán,

y, estándole amenazando,

llegarán a tiempo cuando

yo esté en sosiego en Orán.

Preséntote este cristiano,

Arlaxa, como en indicio

de lo que en servirte gano;

y acepta el primer servicio

que recibes de mi mano;

que otros pienso de hacerte

con que mejores la suerte

de tu aduar saqueado.


ARLAXA

Tenga el grande Alá cuidado,

grande Azán, de engrandecerte.


AZAN

Vamos, que Marte nos llama

a ejercitar el rigor

que enciende tu ardiente llama.


ARLAXA

Mahoma te dé favor

que aumente tu buena fama.

Ven, cristiano, y darme has cuenta

de quién eres.


Entranse todos, excepto DON JUAN y DON FERNANDO.


D. JUAN

¡No consienta

el cielo que éste sea aquel

que, enamorado y crüel,

pudo hacerme honrada afrenta!


D. FERNANDO

Escucha, cristiano, espera.


D. JUAN

Ya espero, ya escucho, y veo

lo que nunca ver quisiera,

si me pinta aquí el deseo

esta visión verdadera.


D. FERNANDO

¿Qué murmuras entre dientes?


D. JUAN

¿Qué me quieres?


D. FERNANDO

Que me cuentes

quién eres.


D. JUAN

Pues, ¿qué te importa?


D. FERNANDO

Hacer tu desgracia corta.


D. JUAN

[Aparte] ¡Podrá ser que me la aumentes!

Muestran que no es opinión

los sobresaltos que paso,

mas cosa puesta en razón,

que, sin duda, hace caso

tal vez la imaginación,

pues pienso que estoy mirando

el rostro de don Fernando,

su habla, su talle y brío;

pero que esto es desvarío

su traje me va mostrando.


D. FERNANDO

¿Todo ha de ser murmurar,

cristiano?


D. JUAN

Perdona, moro,

que no me dejan guardar

el cortesano decoro

las ansias de mi pesar.

Y más, que tú me enmudeces;

porque tanto te pareces

a un cristiano, que me admiro,

que le veo si te miro,

y él mismo en ti mismo ofreces.


D. FERNANDO

En Orán hay un cristiano

que dicen que me parece

como esta mano a esta mano,

y que si acaso se ofrece

vestir hábito africano,

ningún moro hay que le vea

que no diga que yo sea,

y juzgue con evidencia

que sólo nos diferencia

su vestido y mi librea.

No le he visto y voy trazando

verle, que verle deseo,

ya en paz, o ya peleando.


D. JUAN

¿Cómo se llama?


D. FERNANDO

Yo creo

que se llama don Fernando,

y tiene por sobrenombre

Saavedra.


D. JUAN

Ese es el hombre

por quien con mil males lucho.


D. FERNANDO

Desa manera, no es mucho

que mi presencia te asombre.


Entra ROAMA, el moro.


ROAMA

Arlaxa y Fátima están

esperándote, cautivo.


D. FERNANDO

Ve en paz; que, rendido Orán,

si el otro yo queda vivo,

tendrá remedio tu afán.


D. JUAN

Estimo tu buen deseo;

mas, con todo aquesto, creo...;

pero no, no creo nada;

que es cosa desvariada

dar crédito a lo que veo.


Entrase DON JUAN y ROAMA.


D. FERNANDO

Entre sospechas y antojos,

y en gran confusión metido,

va don Juan lleno de enojos,

pues le estorba este vestido

no dar crédito a sus ojos.

No se puede persuadir

que yo pudiese venir

a ser moro y renegar;

y así, se deja llevar

de lo que quise fingir.

Su confesión está llana,

y más lo estará si mira

y si conoce a su hermana;

que entonces no habrá mentira

que no se tenga por vana.

Pregunto: ¿en qué ha de parar

este mi disimular,

y este vestirme de moro?

En que guardaré el decoro

con que más me pueda honrar.


Entrase. Tócase arma; salen a la muralla el CONDE y GUZMAN, y al teatro, AZAN, el CUCO y ALABEZ.


CONDE

Veinte asaltos creo que son

los que han dado a San Miguel,

y éste, según es crüel,

me muestra su perdición.

No podrá más don Fernando 

de Cárcamo.


GUZMAN

No, sin duda;

mas, si no se le da ayuda,

su fin le está amenazando.

Fuerza que no se socorre,

haz cuenta que está rendida.


AZAN

San Miguel va de vencida,

que gran morisma allá corre.


Suena mucha vocería de "¡Li, li, li!" y atambores; sale ROAMA.


ROAMA

San Miguel se ha entrado ya,

y, sobre el muro español,

son tus medias lunas sol,

el más bello que hizo Alá.

Fuéronse a Mazalquivir

algunos que se escaparon.


AZAN

Algún tanto dilataron

esos perros el vivir.


ALABEZ

Desta huida no se arguye

el refrán que el vulgo trata,

que es hacer puente de plata

al enemigo que huye.


CUCO

Hoy de aquel gran capilludo

las memorias quedarán

enterradas con Orán,

pues tú puedes más que él pudo.


AZAN

¡Valeroso don Martín,

que te precias de otro Marte,

espera, que voy a darte,

a tu usanza, un San Martín!


Entranse todos.

Salen ARLAXA y MARGARITA, cubierto el rostro con un velo, y DON JUAN, como cautivo.


D. JUAN

Ayer me entró por la vista

cruda rabia a los sentidos,

y hoy me entra por los oídos,

sin haber quien la resista.

Ayer la suerte inhumana,

a quien mil veces maldigo,

me hizo ver mi enemigo,

y hoy me hace oír mi hermana.

Quítate el velo, señora,

y sacarme has de una duda

por quien tiembla el alma y suda.


MARGARITA

¿Otra vez? No puedo agora.


D. JUAN

¡Ay Dios, que la voz es ésta

de mi buscada enemiga!


MARGARITA

Si el oírme te fatiga,

jamás te daré respuesta.


D. JUAN

No me tengas más suspenso;

descúbrete, que me das,

mientra que cubierta estás,

un dolor que llega a inmenso.


ARLAXA

Fátima, por vida mía,

que te descubras; veremos

por qué hace estos estremos

este cristiano.


MARGARITA

Sí haría,

si no me importase mucho

encubrirme desta suerte.


D. JUAN

Los ecos son de mi muerte

los que en esta voz escucho.


ARLAXA

Descúbrete, no te asombres;

que has de saber, si lo ignoras,

que nunca para las moras

los cristianos fueron hombres.

Ya no es nadie el que es esclavo;

no tienes que recelarte.

  

MARGARITA

Yo daré, por contentarte,

con mis designios al cabo.


ARLAXA

[Aparte] Que te conozca, no importa;

cuanto más, que has de negallo


MARGARITA

[Aparte] Dudosa en todo me hallo.


ARLAXA

[Aparte] Ten ánimo, no seas corta.


MARGARITA

Descúbrome; vesme aquí,

cristiano; mírame bien.


D. JUAN

¡Oh, el mismo rostro de quien

aquí me tiene sin mí!

¡Oh hembra la más liviana

que el sol ha visto jamás!

¡Oh hermana de Satanás

primero que no mi hermana!

Por ejemplos más de dos

he visto puesto en efeto

que, en perdiéndose el respeto

al mundo, se pierde a Dios.


ARLAXA

¿Qué dices, perro?


D. JUAN

Que es ésta 

mi hermana.


ARLAXA

¿Fátima?


D. JUAN

Sí.


ARLAXA

¡En mi vida vi ni oí

tan linda y graciosa fiesta!

¡Tuya mi hermana! ¿Estás loco?

Mírala bien.


D. JUAN

Ya la miro.


ARLAXA

¿Qué dices, pues?


D. JUAN

Que me admiro,

y en el juicio me apoco.

Por dicha, ¿hace Mahoma

milagros?


ARLAXA

Mil a montones.


D. JUAN

¿Y hace transformaciones?


ARLAXA

Cuando voluntad le toma.


D. JUAN

¿Y suele muda[r], tal vez,

en mora alguna cristiana?


ARLAXA

Sí.


D. JUAN

Pues aquésta es mi hermana,

y la tuya está en Jerez.


ARLAXA

¡Roama, Roama, ven!


Entra ROAMA.


ROAMA

Señora; ¿qué es lo que mandas?


ARLAXA

Que pongas las carnes blandas

a este perro.


ROAMA

Está bien.


Vuélvese.


ARLAXA

Con un corbacho procura

sacarle de la intención

una cierta discreción

que da indicios de locura.


MARGARITA

De cualquiera maleficio,

Arlaxa, que al hombre culpa,

le viene a sobrar disculpa

en la falta del juïcio.

No le castigues ansí

por cosa que es tan liviana.


D. JUAN

¡Juro a Dios que eres mi hermana,

o el diablo está hablando en ti!


Suena dentro asalto.


ARLAXA

¿No oyes, Fátima, que dan

asalto a Mazalquivir,

que hasta aquí se hace sentir

en el conflito en que están?

Deja a ese perro, y acude,

por si lo podremos ver.


Entranse ARLAXA y MARGARITA.


MARGARITA

Siempre te he de obedecer.


D. JUAN

¡Y quieren que desto dude!

Por ser grande la distancia

que hay de mi hermana a ser mora,

imagino que en mí mora

gran cantidad de ignorancia.

Estraño es el devaneo

con quien vengo a contender,

pues no me deja creer

lo que con los ojos veo.


Entrase. 

Salen a la muralla DON MARTIN, el capitán GUZMAN y BUITRAGO con una mochila a las espaldas y una bota de vino, comiendo un pedazo de pan.


D. MARTIN

¡Gente soberbia y crüel,

a quien ayuda la suerte,

no penséis que es éste el fuerte

tan flaco de San Miguel!

¡Bravo Guzmán, gran Buitrago,

hoy ha de ser vuestro día!


BUITRAGO

(Bebe) Déjeme vueseñoría

que me esfuerce con un trago.

¡Echenme destos alanos

agora de dos en dos,

porque yo les juro a Dios

que han de ver si tengo manos!


Salen al teatro AZAN, el CUCO, el ALABEZ, DON FERNANDO y otros moros con escalas.


AZAN

Al embestir no se tarde;

porque quiero estar presente,

para honrar al que es valiente

y dar infamia al cobarde.

Muzel, una escala toma,

y muéstranos que te dan,

como a melionés galán,

manos las del gran Mahoma.

¡Ea; al embestir, amigos;

amigos, al embestir;

que hoy será Mazalquivir

sepultura de enemigos!


Embisten; anda la grita; lleva MUZEL una escala; sube por ella, y otro moro por otra; deciende al moro BUITRAGO, y DON FERNANDO ase a MUZEL y derríbale; pelea con otros, y mátalos. Todos han de caer dentro del vestuario.

Desde un cabo mira AZAN, el CUCO y el ALABEZ lo que pasa.


D. FERNANDO

Ya no es tiempo de aguardar

a designios prevenidos,

viendo que están oprimidos

los que yo debo ayudar.

¡Baja, Muzel!


ALIMUZEL

¿Por ventura,

quiéresme quitar la gloria

desta ganada vitoria?


D. FERNANDO

Aún más mi intento procura.


ALIMUZEL

¡Que me derribas! ¡Espera,

que ya abajo a castigarte!


D. FERNANDO

Aunque bajase el dios Marte

acá de su quinta esfera,

no le estimaré en un higo.

¡Oh, cómo que trepa el galgo!


Derriba al otro que sube.


ALIMUZEL

Poco puedo y poco valgo

con este amigo enemigo.

¿Por qué contra mí, Lozano,

esgrimes el fuerte acero?


Riñen los dos.


D. FERNANDO

Porque soy cristiano, y quiero

mostrarte que soy cristiano.


D. MARTIN

¡Disparen la artillería!

¡Aquí, Buitrago y Guzmán!

¡Robledo, venga alquitrán!

¡Arrojad esa alcancía!

¡Allí, que se sube aquél!


D. FERNANDO

Donde yo estoy, este muro

estará siempre seguro;

y, aunque le pese a Muzel,

este perro vendrá al suelo.


Derriba a otro.


AZAN

¿Quién es aquél que derriba

a cuantos suben arriba?


CUCO

Que es renegado recelo;

pero yo lo veré presto,

y le haré que se arrepienta.


AZAN

A un rey no toca esa afrenta.


Vase el del CUCO contra DON FERNANDO.


CUCO

Mahoma se sirve en esto.


GUZMAN

Buitrago, el que nos defiende

es, sin duda, don Fernando.


BUITRAGO

Aqueso estaba pensando,

porque a los moros ofende.


CUCO

¡Renegado, perro, aguarda!


D. FERNANDO

¡Rey del Cuco, perro, aguardo!


CUCO

¿Cómo en tu muerte me tardo?


D. FERNANDO

Pues la tuya ya se tarda. 

Alimuzel, désta vas,

y tú, rey, irás de aquésta.

¡Concluyóse ya esta fiesta!


CUCO

¡Muy mal herido me has!


ALIMUZEL

¡Muerto me has, moro fingido

y cristiano mal cristiano!


Caen dentro del vestuario.


D. FERNANDO

Tengo pesada la mano

y alborotado el sentido;

Dios sabe si a mí me pesa.

Gran don Martín valeroso,

haz que deciendan al foso

y recojan esta presa.


GUZMAN

Don Fernando, señor, es,

que viene a hacer recompensa

de la cometida ofensa:

diez ha herido, y muerto a tres;

y el rey del Cuco es aquél

que yace casi difunto.


D. MARTIN

Pues socorrámosle al punto.


GUZMAN

Y el otro es Alimuzel.


D. MARTIN

Vayan por la casamata

al foso, y retírenlos.


BUITRAGO

Vamos por ellos los dos.


Quítase del muro GUZMAN y BUITRAGO.


AZAN

Ya no es la empresa barata,

pues me cuesta un rey, y tantos

que en veinte asaltos han muerto.

¿Alboroto, y en el puerto

(¿qué podrá ser?) de los Santos?


Suena todo. 


Campanas en la ciudad

suenan, señal de alegrías,

y tocan las chirimías;

aquésta es gran novedad.

Vamos a ver lo que es esto,

y toquen a recoger.


ALABEZ

No sé lo que pueda ser.


AZAN

Pues yo lo sabré bien presto.


Entranse. Salen BUITRAGO y GUZMAN.


GUZMAN

Al retirar, don Fernando,

que en gran peligro estás puesto.


D. FERNANDO

No lo pienso hacer tan presto.


BUITRAGO

Pues, ¿cuándo?


D. FERNANDO

Menos sé cuándo.

Yo, que escalé estas murallas,

aunque no para huir dellas,

he de morir al pie dellas,

y con la vida amparallas.

Conozco lo que me culpa,

y, aunque a la muerte me entregue,

haré la disculpa llegue

adonde llegó la culpa.


BUITRAGO

Yo sé muy poco, y diría,

y está muy puesto en razón,

que la desesperación

no puede ser valentía.


GUZMAN

Menos riesgo está en ponerte

del conde a la voluntad

que hacer la temeridad

donde está cierto el perderte.

Procúrate retirar,

pues es cosa conocida

que al mal de perder la vida

no hay mal que pueda llegar.

En efecto: has de ir por fuerza,

si ya no quieres de grado.


D. FERNANDO

De vuestra fuerza me agrado,

pues más obliga que fuerza.

Retirad aquesos dos

del foso, que es gente ilustre.


BUITRAGO

Locura fuera de lustre

el quedarte, ¡juro a Dios!


Entranse todos.

Salen AZAN, ARLAXA, MARGARITA, DON JUAN, ROAMA, que trae preso a VOZMEDIANO.


ROAMA

Este, pasando de Orán

a Mazalquivir, fue preso.


AZAN

Este nos dirá el suceso

y por qué alegres están.


VOZMEDIANO

Porque les entró un socorro,

que por él, ¡oh gran señor!,

a la hambre y al temor

han dado carta de horro.

Un don Alvaro Bazán,

terror de naciones fieras,

a pesar de tus galeras,

ha dado socorro a Orán.

En la cantidad es poco,

y en el valor sobrehumano.


D. JUAN

Si aquéste no es Vozmediano,

concluyo con que estoy loco.


VOZMEDIANO

¡Suerte airada, por quien vivo

en pena casi infinita!

Aquélla, ¿no es Margarita,

y su hermano aquel cautivo?


AZAN

¿Hay nuevas de otro socorro,

cristiano?


VOZMEDIANO

Dicen que sí.


D. JUAN

De haber dudado hasta aquí

ya me avergüenzo y me corro.

¿No os llamáis vos Vozmediano?


VOZMEDIANO

No, señor.


D. JUAN

¿Qué me decís?


VOZMEDIANO

Que no.


D. JUAN

¡Por Dios, que mentís!


VOZMEDIANO

Estoy preso y soy cristiano,

y así, no os respondo nada.


D. JUAN

¿Aquélla no es Margarita,

viejo ruin?


VOZMEDIANO

Es infinita

vuestra necedad pensada.

Pedro Alvarez es mi nombre:

ved si os habéis engañado.


D. JUAN

El seso tengo turbado;

no hay cosa que no me asombre.

Que si éste no es Vozmediano

y no es Margarita aquélla,

y el que causó mi querella

no es el otro mal cristiano,

tampoco soy yo don Juan,

sino algún hombre encantado.


Entra un MORO.


MORO ¿Cómo estás tan sosegado,

valeroso y fuerte Azán?

Si tardas un momento, no habrá fusta,

galera ni bajel de cuantos tienes

en este mar que no sea miserable

presa del español, que a remo y vela

viene a embestirte. Rey Azán, ¿qué aguardas?


AZAN

Todo moro se salve, que los turcos

solos se han de embarcar. ¡Adiós, amigos!


Vase.


ARLAXA

Fátima, no me dejes; ven conmigo,

que tiempo habrá donde a tu gusto acudas.


MARGARITA

No te puedo faltar; guía, señora.


Entranse las dos.


D. JUAN

Solos quedamos, hombre, y sólo quiero

que me digas quién eres; que yo pienso

que eres un Vozmediano de mi tierra.


VOZMEDIANO

No es este tiempo para tantas largas;

la libertad tenemos en las manos;

dejalla de cobrar será locura.

Pedro Alvarez me llamo por agora.


Entrase.


D.JUAN

¿Cómo podré dejarte, hermana o mora?


Entrase. Salen a la muralla DON MARTIN, GUZMAN, DON FERNANDO y BUITRAGO.


DON MARTIN

¡Oh, que se embarca el perro y que se escapa!

Dobla la punta, general invicto,

y embístele.


GUZMAN

Por más que lo procura,

no es posible alcanzarle.


D. FERNANDO

¡A orza, a orza,

con la vela hasta el tope! ¡Oh, que se escapa!

De Canastel el cabo dobla, y vase.


D. MARTIN

Los perros de la tierra, en remolinos

confusos, con el miedo a las espaldas,

huyen y dejan la campaña libre.


BUITRAGO

Toda la artillería se han dejado.


GUZMAN

Las proas endereza nuestra Armada 

al puerto, y ya de Orán el conde insigne 

ha salido también.


D. MARTIN

A la marina,

que el bravo don Francisco de Mendoza

no tardará en llegar.


Entrase DON MARTIN y BUITRAGO.


D. FERNANDO

Amigo, escucha:

¿no ves aquel montón que va huyendo

de moros por la falda del ribazo?


GUZMAN

Muy bien. ¿Por qué lo dices?


D. FERNANDO

Allí creo

que va desta alma la mitad.


GUZMAN

¿Va Arlaxa?


D.FERNANDO

Arlaxa va.


GUZMAN

¡Mahoma la acompañe!


D. FERNANDO

Ven, que con ella va la que me lleva

el alma, y me conviene detenellas;

sígueme, que has de hacer por mí otras cosas

que me importan la honra.


GUZMAN

Yo te sigo;

que hasta la aras he de serte amigo.


Entranse. Sale, como que se desembarca, DON FRANCISCO DE MENDOZA; recíbenle el CONDE y DON MARTIN, BUITRAGO y otros.


CONDE

Sea vuesa señoría bien venido,

cuanto ha sido el deseo

que de verle estas fuerzas han tenido.


D. FRANCISCO

El cielo, a lo que creo,

en mi mucha tardanza ha sido parte,

porque viese esta tierra más de un Marte;

que de aquestas murallas las rüinas

muestran que aquí hubo brazos

de fuerzas que llegaron a divinas.


BUITRAGO

Rompen por embarazos

imposibles los hartos y valientes,

y esto saben mis brazos y mis dientes.


D. MARTIN

¡Paso, Buitrago!


BUITRAGO

Yo, señor, bien puedo

hablar, pues soy soldado

tal, que a la hambre sola tengo miedo.

Ya el cerco es acabado.


D. MARTIN

No es para aquí, Buitrago, aqueso. ¡Paso!


BUITRAGO

Nadie sabe la hambre que yo paso.


CONDE

Cincuenta y siete asaltos reforzados

dieron los turcos fieros

a estos terrones por el suelo echados.


BUITRAGO

Cincuenta y siete aceros

tajantes respondieron a sus bríos,

todos en peso destos brazos míos.

Corté y tajé más de una turca estambre.


CONDE

¡Buitrago, basta agora!


BUITRAGO

Bastará, a no morirme yo de hambre.


D. FRANCISCO

En vuestro pecho mora,

famoso don Martín, la valentía.


BUITRAGO

Y en el mío la hambre y sed se cría.


Entra el capitán GUZMAN y lee un billete a DON FRANCISCO; y, en leyéndole, dice:


D. FRANCISCO

Haráse lo que pide don Fernando;

que todo lo merece

lo que dél va la fama publicando.

Coyuntura se ofrece

donde alegre y seguro venir puede.


GUZMAN

Tu gran valor al que es mayor excede.


Entrase GUZMAN.


D. FRANCISCO

Pido, en albricias deste buen suceso,

señor conde, una cosa

que por algo atrevida la confieso,

mas no dificultosa.


CONDE

¿Qué me puede mandar vueseñoría

que no haga por deuda o cortesía?


D. FRANCISCO

De don Fernando Saavedra pido

perdón, porque su culpa

con su fogoso corazón la mido,

y él dará su disculpa.


CONDE

Muy mal la podrá dar; pero, con todo,

señor, a vuestro gusto me acomodo.


Entran DON FERNANDO y ALIMUZEL, con una banda, como que está herido; ARLAXA, MARGARITA, DON JUAN y VOZMEDIANO.


D. FERNANDO

Si confesar el delito,

con claro arrepentimiento,

mitiga en parte la ira

del juez que es sabio y recto,

yo, arrepentido, aunque tarde,

el mal que hice confieso,

sin dar más disculpa dél

que un honrado pensamiento.

A la voz del desafío

deste moro corrí ciego,

sin echar de ver los bandos,

que al más bravo ponen freno.

Pero no es éste lugar

para alargarme en el cuento

de mi estraña y rara historia,

que dejo para otro tiempo.


CONDE

Agradecedlo al padrino

que habéis tenido, que creo

que allí llegará la pena

do llegó el delito vuestro.

Pero, ¿qué moras son éstas?,

¿y qué cautivos? ¿Qué es esto?


D. FERNANDO

Todo lo sabrás después,

y por agora te ruego

que me des, señor, licencia,

para hablar sólo un momento

y acomodar muchas causas

de quien verás los efectos.


CONDE

Hablad lo que os diere gusto,

que del vuestro le tendremos;

que siempre vuestras palabras

responden a vuestros hechos.


D. FERNANDO

Yo soy, Arlaxa, el cristiano,

y entiende que ya no miento,

don Fernando, el de la fama,

que te enamoró el deseo.

La palabra que le diste

a Alimuzel tenga efecto,

que él hará entrego de mí,

pues yo en sus manos me entrego.

Y vos, don Juan valeroso,

cuyo honrado y noble intento

os trujo a tal confusión

que os turbó el conocimiento,

perdonad a vuestra hermana,

que el romper del monesterio

redundará en su alabanza,

señor, si vos gustáis dello.

Sin dote será mi esposa;

que nunca falta el dinero

donde los gustos se miden

y se estrechan los deseos.

En esta mora en el traje

a vuestra hermana os ofrezco,

y a mi esposa, si ella quiere.


MARGARITA

Yo sí quiero.


D. FERNANDO

Yo sí quiero.


D. JUAN

¿No es aquéste Vozmediano?


VOZMEDIANO

El mismo.


D. JUAN

¡Gracias al cielo

que, tras de tantos nublados,

claro el sol y alegre veo!

No es este famoso día

de venganzas, y no tengo

corazón a quien no ablande

tal sumisión y tal ruego.

Yo perdono a Margarita,

y por esposa os la entrego,

Alejandro de mi hacienda,

pues la mitad os ofrezco.


ARLAXA

Y yo la mano a Muzel;

que, aunque mora, valor tengo

para cumplir mi palabra;

cuanto más, que lo deseo.


CONDE

Tan alegre destas cosas

estoy, cuanto estoy suspenso,

porque dellas veo el fin,

y no imagino el comienzo.


D. FERNANDO

¿Ya no te he dicho, señor,

que te lo diré a su tiempo?


Entra UNO.


UNO

En este punto espiró

el buen alférez Robledo.


GUZMAN

Dios le perdone, y mil gracias

doy al piadoso cielo,

que me quitó de los hombros

tan pesado sobrehueso.

Quien quiere tener la vida

rendida a cualquier encuentro,

y no tener gusto en ella

ni velando ni durmiendo,

afrente a algún bien nacido,

y verá presente luego

el rostro que el temor tiene,

la sospechas y el recelo.


BUITRAGO

Quien quisiere se le quite

todo temor, todo miedo,

tenga hambre, y verá como

cesa todo en no comiendo.


DON MARTIN

Yo añadiré las raciones,

Buitrago.


BUITRAGO

¡Hágate el cielo

vencedor nunca vencido

por casi siglos eternos!


CONDE

Entremos en la ciudad, 

señor don Francisco.


D. FRANCISCO

Entremos,

porque a la vuelta me llaman

estos favorables vientos,

y quiero deste principio

entender estos sucesos,

porque, en ser de don Fernando,

gustaré de que sean buenos.


BUITRAGO

Tóquense las chirimías

y serán, si bien comemos,

dulces y alegres las fiestas.


GUZMAN

¿Y si no?


BUITRAGO

Renegaremos.


UNO

¡Buitrago, daca el alma!


BUITRAGO

¡Hijo de puta! ¿Tenemos

más almas que dar, bellaco?


UNO

¡Daca el alma!


BUITRAGO

¡Por San Pedro,

que si os asgo, hi de poltrón,

que habéis de saber si tengo

alma que daros!


GUZMAN

Buitrago, 

no haya más, que llega el tiempo

de dar fin a esta comedia,

cuyo principal intento

ha sido mezclar verdades

con fabulosos intentos.



  Fin desta comedia  



Comedia famosa de la casa de los celos y selvas de Ardenia

 

Los que hablan en ella son:


REINALDOS.

MALGESÍ.

ROLDÁN.

GALALÓN.

EMPERADOR CARLOMAGNO.

ANGÉLICA.

BERNARDO DEL CARPIO.

UNA DUEÑA.

UN ESCUDERO.

ARGALIA.

ESPÍRITU DE MERLÍN.

MARFISA.

LAUSO, pastor.

CORINTO, pastor.

RÚSTICO, pastor.

CLORI, pastora.

EL TEMOR.

LA CURIOSIDAD.

LA DESESPERACIÓN.

LOS CELOS.

LA DIOSA VENUS.

CUPIDO.

MALA FAMA.

BUENA FAMA.

FERRAGUTO.

CASTILLA.






JORNADA PRIMERA


Entra REINALDOS y MALGESÍ


REINALDOS

Sin duda que el ser pobre es causa desto;

pues, ¡vive Dios!, que pueden estas manos

echar a todas horas todo el resto

con bárbaros, franceses y paganos.

¿A mí, Roldán, a mí se ha de hacer esto?

Levántate a los cielos soberanos,

el confalón que tienes de la Iglesia.

O reniego, o descreo...


MALGESÍ

¡Oh, hermano!


REINALDOS

¡Oh, pesia...!


MALGESÍ

Mira que suenan mallesas razones.


REINALDOS

Nunca las pasa mi intención del techo.


MALGESÍ

Pues, ¿por qué a pronunciallas te dispones?


REINALDOS

¡Rabio de enojo y muero de despecho!


MALGESÍ

Pónesme en confusión.


REINALDOS

Y tú me pones...

¡Déjame, que revienta de ira el pecho!


MALGESÍ

¡Por Dios!, que has de decirme en este instante

con quién las has.


REINALDOS

Con el señor de Aglante.

Con aquese bastardo, malnacido,

arrogante, hablador, antojadizo,

más de soberbia que de honor vestido.


MALGESÍ

¿No me dirás, Reinaldos, qué te hizo?


REINALDOS

¿Que a tanto desprecio he yo venido,

que así ose atrevérseme un mestizo?

Pues ¡juro a fe que, aunque le valga Roma,

que le mate, y le guise, y me le coma!

En un balcón estaba de palacio,

y con él Galalón junto a su lado;

yo entraba por el patio, muy de espacio,

cual suelo, de mí mismo acompañado;

los dos miraron mi bohemio lacio

y no de perlas mi capelo ornado;

tomáronse a reír, y a lo que creo,

la risa fue de ver mi pobre arreo.

Subí, como con alas, la escalera,

de rabia lleno y de temor vacío;

no los hallé donde los vi, y quisiera

ejecutar en mí mi furia y brío.

Entráronse allá dentro, y, si no fuera

porque debo respeto al señor mío,

en su presencia le sacara el alma,

pequeña a tanta injuria, y débil palma.

De aquel traidor de Galalón no hago

cuenta ninguna, que es cobarde y necio;

de Roldán, sí, y en ira me deshago,

pues me conoce, y no me tiene en precio.

Pero presto tendrán los dos el pago,

pagando con sus vidas mi desprecio,

aunque lo estorbe...


MALGESÍ

¿No ves que desatinas?


REINALDOS

Con aquesas palabras más me indinas.


MALGESÍ

Roldán es éste, vesle aquí que sale,

y con él Galalón.


REINALDOS

Hazte a una parte,

que quiero ver lo que este infame vale,

que es tenido en el mundo por un Marte.


(Entra ROLDÁN y GALALÓN)


¡Agora, sí, burlón, que no te cale

en la estancia de Carlos retirarte,

ni a ti forjar traiciones y mentiras

para volver pacíficas mis iras!


GALALÓN

Vuélvome, porque es éste un atrevido

y el decir y hacer pone en un punto.


[Vase.]


REINALDOS

¡Bien os habéis de mi ademán reído

los dos, a fe!


ROLDÁN

¡Que está loco barrunto!


REINALDOS

¿Dónde está aquel cobarde?


MALGESÍ

Ya se ha ido.


REINALDOS

Tuvo temor de no quedar difunto

si un soplo le alcanzara de mi boca.


ROLDÁN

¡A risa su arrogancia me provoca!

¿Con quién las has, Reinaldos?


REINALDOS

¿Yo? Contigo.


ROLDÁN

¿Conmigo? Pues, ¿por qué?


REINALDOS

Ya tú lo sabes.


ROLDÁN

No sé más de que siempre fui tu amigo,

pues de mi voluntad tienes las llaves.


REINALDOS

Tu risa ha sido deso buen testigo;

no hay para qué tan sin porqué te alabes.

Dime: ¿puede, por dicha, la pobreza

quitar lo que nos da naturaleza?

Que yo trujera con anillos de oro

adornadas mis manos y trujera

con pompa, a modo de real decoro,

mi persona compuesta; ¿adondequiera

rindiera yo con esto al fuerte moro

o al gallardo español, que nos espera?

No; que no dan costosos atavíos

fuerza a los brazos y a los pechos bríos.

Mi persona desnuda, y esta espada,

y este indomable pecho que conoces,

ancha se harán adondequiera entrada,

como en la seca mies agudas hoces.

Mi fuerza conocida y estimada

está por todo el orbe dando voces,

diciendo quién yo soy; y así, tu burla

contra toda razón de mí se burla.

Y, porque veas que en razón me fundo,

mete mano a la espada y haz la prueba:

verás que en nada no te soy segundo,

ni es para mí el probarte cosa nueva.

¿Que de nuevo te ríes, pese al mundo?


ROLDÁN

¿Qué endiablado furor, primo, te lleva

a romper nuestras paces, o qué risa

así el aviso tuyo desavisa?


MALGESÍ

Dice que dél hiciste burla cuando

entraba por el patio de palacio,

su poco fausto y soledad mirando,

y su bohemio, por antiguo, lacio.

Pensólo, y, su estrecheza contemplando,

y creyendo la burla, en poco espacio

la escalera subió; y, si allí os hallara,

en llanto vuestra risa se tornara.


ROLDÁN

Hiciera mal, porque por Dios os juro

que no me pasó tal por pensamiento;

y desto puede estar cierto y seguro,

pues yo lo digo y más con juramento.

Al pilar de la Iglesia, al fuerte muro,

al amparo de Francia y al aliento

de los pechos valientes, ¿quién osara,

aunque en ello la vida le importara?

Esta disculpa baste, ¡oh primo amado!,

para templar vuestra no vista furia;

que no es costumbre de mi pecho honrado

hacer a nadie semejante injuria.

Y más a vos, que solo habéis ganado

más oro que tendrá y tiene Liguria,

si es que la honra vale más que el oro

que en Tíbar cierne el mal vestido moro.

Dadme esa mano, ¡oh primo!, porque, en uno

estas dos que imagino sin iguales,

no siento yo que habrá valor alguno

que de su puerta llegue a los umbrales.


(Vuelve GALALÓN con el EMPERADOR CARLOMAGNO.)


EMPERADOR

¿Que así comenzó a hablar el importuno,

y descubrió en el modo indicios tales,

que presto de la lengua desmandada

pasaría la cólera a la espada?


GALALÓN

No los pongas en paz, porque es prudencia,

y en materia de estado esto se advierte,

tener a tales dos en diferencia,

que son ministros de tu vida y muerte;

que, habiendo entre dos grandes competencia

y entre dos consejeros, de tal suerte

el uno y otro a sus contrarios temen,

que es fuerza que en virtud ambos se estremen,

por temor de las ciertas parlerías

que te podrá decir aquél de aquéste;

y no desprecies las razones mías,

si no quieres que caro no te cueste.


EMPERADOR

No están de aquel talante que decías.

Di: ¿Roldán no es aquél? ¿Reinaldos, éste?

En paz están, y asidos de la mano.


GALALÓN

Señores, ¿no habéis visto a Carlomano?


ROLDÁN

¡Oh grande emperador!


EMPERADOR

¡Oh amados primos!

¿Habéis tenido algún enojo acaso?


ROLDÁN

Sin padrinos los dos nos avenimos

cuando torcemos de amistad el paso.

Muchas veces confieso que reñimos,

mas ninguna de veras.


GALALÓN

A hablar paso

Reinaldos y sin cólera, no hiciera

que nuestro emperador aquí viniera;

que yo le truje imaginando, cierto,

que estábades los dos ya en gran batalla.


MALGESÍ

Holgáraste que el uno fuera muerto,

y aun los dos; que este intento en ti se halla.


EMPERADOR

Tu temor ha salido en todo incierto.

De lo que a mí me place, es que la malla

y los aceros destos dos varones

requieren más honrosas ocasiones.


ROLDÁN

Reinaldos, no le tengas ojeriza

a Galalón, que a fe que es nuestro amigo.


MALGESÍ

¡Así le viese yo hecho ceniza,

o de la suerte que en mi mente digo!

Éste es el soplo que aquel fuego atiza

y enciende, por quien siempre es enemigo

nuestro buen rey de nuestro buen linaje.


REINALDOS

¡Cuán sin aliento viene aqueste paje!


PAJE

Señor, si quieres ver una ventura,

que en la vida se ha visto semejante,

ponte a ese corredor: que te aseguro

que es aventicio hermoso y elegante.


REINALDOS

¡Donoso ha estado el paje!


PAJE

Yo lo juro

por vida de mi padre. Trae delante

una diosa del cielo dos salvajes

que sirven de escuderos y de pajes;

una que debe ser su bisabuela

viene detrás sobre una mula puesta.

Digo que es cosa de admirar. Mas hela

do asoma: ved si viene bien compuesta.


MALGESÍ

¿Si viene con mistura de cautela

tan grande novedad?


EMPERADOR

Poco te cuesta

saberlo si tu libro traes a mano.


MALGESÍ

Aquí le tengo, y el saberlo es llano.


(Apártase MALGESÍ a un lado del teatro, saca un libro pequeño, pónese a leer en él, y luego sale una figura de demonio por lo hueco del teatro y pónese al lado de MALGESÍ; y han de haber comenzado a entrar por el patio ANGÉLICA la bella, sobre un palafrén, embozada y la más ricamente vestida que ser pudiere; traen la rienda dos salvajes, vestidos de yedra o de cáñamo teñido de verde; detrás viene una dueña sobre una mula con gualdrapa: trae delante de sí un rico cofrecil o y a una perril a de falda; en dando una vuelta al patio, la apean los salvajes, y va donde está el EMPERADOR, el cual, como la vee, dice:)


EMPERADOR

Digo que trae gallarda compostura

y que es gallardo el traje y peregrino,

y que si llega al brío la hermosura,

que pasa de lo humano a lo divino.


MALGESÍ

¿Aventura es aquésta? Es desventura.


EMPERADOR

¿Qué dices, Malgesí?


MALGESÍ

No determino

aún bien lo que es.


EMPERADOR

Pues mira más atento.


MALGESÍ

Ya procuro cumplir tu mandamiento.


EMPERADOR

Salid a la escalera a recebilla,

y traed a la dama a mi presencia.


REINALDOS

Cierto que es ésta estraña maravilla.


MALGESÍ

Cierto que no yerra aquí mi ciencia.


EMPERADOR

¿Qué es eso, Malgesí?


MALGESÍ

Darás a oílla

gratos oídos, pero no creencia;

que esta dama que ves... Aún no sé el resto;

escúchala, que yo lo sabré presto.


(Entra en el teatro ANGÉLICA con los salvajes y la DUEÑA, acompañada de REINALDOS, ROLDÁN y GALALÓN; viene ANGÉLICA embozada.)


ANGÉLICA

Prospere el alto cielo,

poderoso señor, tu real estado,

y seas en el suelo

por uno y otro siglo prolongado

de tan rara ventura,

que del tiempo mudable esté segura.

Puesto que tu presciencia

de un sí cortés me tiene asegurada,

no osaré sin licencia

decirte, ¡oh gran señor!, una embajada,

que aumentará la fama

que a tanto prez y a tanto honor te llama.


EMPERADOR

Decid lo que os pluguiere.


ANGÉLICA

Hizo verdad tu sí mi pensamiento.

Presta a lo que dijere,

sagrado emperador, oído atento,

y préstenmele aquéllos

a quien la gola señaló sus cuellos.

Soy única heredera

del gran rey Galafrón, cuyo ancho imperio

deste mar la ribera,

ni aun casi la mitad del hemisferio,

sus límites describe;

que en otros mares y otros cielos vive.

A su grandeza iguala

su saber, en el cual tuvo noticia

ser mi ventura mala,

si así como el estado real codicia,

a varón me entregase

que en sangre y en grandeza me igualase.

Halló por cierto y llano

que el que venciese en singular batalla

a un mi pequeño hermano

que viste honrosa, aunque temprana malla,

éste, cierto, sería

bien de su reino y la ventura mía.

Por provincias diversas

he venido con él, donde he tenido

ya prósperas, ya adversas

venturas, y a la fin me he conducido

a este reino de Francia,

donde tengo por cierta mi ganancia.

De Ardenia en las umbrosas

selvas queda mi hermano, allí esperando

quien, ya por codiciosas

prendas, o esta belleza deseando,


(Desembózase.)


su fuerte brazo pruebe;

y es lo que he de decir lo que hacer debe.

Quien fuere derribado

del golpe de la lanza, ha de ser preso,

porque le está vedado

poner mano a la espada; y es expreso

del rey este mandato,

o, por mejor decir, concierto y pacto.

Y si tocare el suelo

mi hermano, quedará quien le venciere

levantado a mi cielo,

o noble sea, o sea el que se fuere,

y no de otra manera.


MALGESÍ

¡Qué bien que lo relata la hechicera!


ANGÉLICA

¡Ea, pues, caballeros!,

quien reinos apetece y gentileza,

aprestad los aceros,

que a poco precio venden la belleza

que veis, venid en vuelo.


ROLDÁN

¡Por Dios, que encanta!


REINALDOS

Admira, ¡vive el cielo!


ANGÉLICA

Ya te he dicho mi intento.

Conviéneme que dé la vuelta luego.


(Éntrase la SOMBRA.)


EMPERADOR

Deteneos un momento,

si es que puede con vos mi mando o ruego,

porque seáis servida

según vuestra grandeza conocida.


ANGÉLICA

Lo imposible me pides;

dame licencia y queda en paz.


EMPERADOR

Pues veo

que a tu gusto te mides,

en buen hora te vuelve, y el deseo

de servirte recibe.


MALGESÍ

¡El mismo engaño en esta falsa vive!


(Vase ANGÉLICA y su compañía.)


REINALDOS

¿Para qué vas tras ella,

Roldán?


ROLDÁN

Son escusadas tus demandas.


REINALDOS

Yo solo he de ir con ella.


ROLDÁN

¡Qué impertinente y qué soberbio andas!


REINALDOS

¡Detente, no la sigas!


ROLDÁN

Reinaldos, bueno está; no me persigas.


MALGESÍ

Deténlos, no los dejes;

haz, señor, que se prenda aquel a maga.


REINALDOS

Como de aquí te alejes,

daréte de tu intento justa paga.


EMPERADOR

¿Qué desvergüenza es ésta?


MALGESÍ

Manda prender aquella deshonesta,

que será, a lo que veo,

la ruina de Francia en cierto modo.


ROLDÁN

Cumpliré mi deseo

a tu pesar, y aun al del mundo todo.


REINALDOS

Camina, pues, y guarte.


EMPERADOR

Acaba, Malgesí, de declararte.


MALGESÍ

Ésta que has visto es hija

del Galafrón, cual dijo; mas su intento,

que el cielo le corrija,

es diferente del fingido cuento,

porque su padre ordena

tener tus Doce Pares en cadena;

y, si los prende, piensa

venir sobre tu reino y conquistalle;

y trázase esta ofensa

con enviar su hijo y adornalle

con una hermosa lanza,

con que de todos la vitoria alcanza.

La lanza es encantada,

y tiene tal virtud, que, aquel que toca,

le atierra, y es dorada;

por eso pide aquella infame y loca

que la espada no prueben

los que a la empresa con valor se atreven.

Por añagaza pone

aquella incomparable hermosura,

que el corazón dispone

aun de la más cobarde criatura

para que el hecho intente,

do, aunque se pierda, nunca se arrepiente.

Serán tus Doce Pares

presos si no lo estorbas, señor mío,

y otros muchos millares

de los tuyos que tienen fuerza y brío

para mayores cosas.


EMPERADOR

Las que has contado son bien espantosas;

mas no sé remediallas,

y es porque no las creo. A ti te queda

creellas y estorballas.


MALGESÍ

Haré cuanto mi industria y ciencia pueda.


GALALÓN

No son muy verdaderos,

a decirte verdad, tus consejeros.


(Éntrase el EMPERADOR y GALALÓN.)


MALGESÍ

Mi hermano va enojado

con Roldán; estorbar quiero su daño.

En laberinto he entrado

que apenas saldré dél. ¡Oh ciego engaño,

oh fuerza poderosa

de la mujer que es, sobre falsa, hermosa!


(Éntrase MALGESÍ, y entra BERNARDO DEL CARPIO, armado, y tráele la celada un VIZCAÍNO,  su escudero, con botas y fieltro y su espada.)


BERNARDO

Aquí, fuera de camino,

podré reposar un poco.


VIZCAÍNO

Señor sabio, que estás loco,

tino vuelves desatino.

Vizcaíno que escudero

llevas contigo, te avisa

camines no tanta prisa,

paso lleves de arriero.

Tierra buscas, tierra dejas,

tanta parece hazaña,

pues, metiendo en tierra estraña,

por Dios, de propria te alejas.

Bien que en España hay que hacer;

moros tienes en fronteras,

tambores, pitos, banderas

hay allá; ya puedes ver.


BERNARDO

¿Ya no te he dicho el intento

que a esta tierra me ha traído?


VIZCAÍNO

Curioso mucho atrevido

goza nunca pensamiento.

Bien podrás, bien podrás,

dejar mala tanto hazaña;

a las de guerra y España

llama.


BERNARDO

Ya te entiendo, Blas.


VIZCAÍNO

Bien es que sepas de yo

buenos que consejos doy;

que, por Juan Gaicoa, soy

vizcaíno; burro, no.

Señor, mira, si es que ver

poder quieres del francés,

camino aqueste no es

derecho; puedes volver.


BERNARDO

Dicen que estas selvas son

donde se hallan de contino,

por cualquier senda o camino,

venturas de admiración,

y que en la mitad o al fin,

o al principio, o no sé dónde,

entre unos bosques se esconde

el gran padrón de Merlín,

aquel grande encantador,

que fue su padre el demonio.


VIZCAÍNO

Echado está testimonio,

y levántanle, señor.


BERNARDO

Hele de buscar y hallar,

si mil veces rodease

estas selvas.


VIZCAÍNO

Tiempo vase;

duerme, o vuelve a caminar.


BERNARDO

Vuelve, y ve si Ferraguto

viene, que se quedó atrás,

y a do quedo le dirás.


VIZCAÍNO

Escudero siempre puto.


BERNARDO

Dura y detestable guerra,

por sólo aquesto eres buena:

que en pluma vuelves la arena,

y en blanda cama la tierra.

Tú ofreces, doquier que estás,

anchos y estendidos lechos,

si no es que hay campos estrechos

por donde los pasos das.

Eres un cierto beleño

que, entre cuidados y enojos,

ofreces siempre a los ojos

blando, aunque forzoso sueño.

Eres de su calidad,

según muestra la experiencia,

madre de la diligencia,

madrastra de ociosidad.

Venid acá vos, cimera,

rica y estremada pieza,

y, pues sois de la cabeza,

servidme de cabecera,

que ya el sueño de rondón

va ocupando mis sentidos.

¡Bien dicen que los dormidos

imagen de muerte son!


(Échase a dormir BERNARDO junto al padrón de MERLÍN, que ha de ser un mármol jaspeado, que se pueda abrir y cerrar, y a este instante parece encima de la montaña el mancebo ARGALIA, hermano de ANGÉLICA la bella, armado y con una lanza dorada.)


ARGALIA

Mucha tierra se descubre

de encima desta montaña:

de aquesta parte es campaña,

de estotra el bosque la cubre;

allí el camino blanquea,

y hasta París va derecho.

¡Si mi hermana hubiese hecho

el gran caso que desea!

Mas, si no me miente acaso

la vista, aquélla es, sin duda,

que el camino trueca y muda,

y hacia aquí endereza el paso.

Los palafrenes envía

por el camino real.

En cuanto hace, no hace mal;

recebirla es cortesía.


(Éntrase ARGALIA y sale ANGÉLICA con los salvajes y la DUEÑA.)


ANGÉLICA

Cierto que es ésta la senda,

o no acierto bien las señas,

y a la vuelta destas peñas

sin duda está nuestra tienda.


DUEÑA

¿Cuándo, señora, veremos

el fin de nuestros caminos?

¿Cuándo destos desatinos

a buen acuerdo saldremos?

¿Cuándo me veré, ¡ay de mí!,

con mi almohadilla, sentada

en estrado y descansada,

como algún tiempo me vi?

¿Cuándo dejaré de andar,

cuando el sol salga o tramonte,

deste monte en aquel monte,

de un lugar a otro lugar?

¿Cuándo de mis redomillas

veré los blancos afeites,

las unturas, los aceites,

las adobadas pasillas?

¿Cuándo me daré un buen rato

en reposo y sin sospecha?

Que traigo esta cara hecha

una suela de zapato.

Los crudos aires de Francia

me tienen de aqueste modo.


ANGÉLICA

Calla, que bien se hará todo.


DUEÑA

No te arriendo la ganancia;

que según yo vi el denuedo

de aquellos dos paladines,

de tus caminos y fines

esperar buen fin no puedo.


ANGÉLICA

No atinas con la verdad;

calla, que mi hermano viene.


(Entra ARGALIA.)


ARGALIA

¡Oh rico archivo, do tiene

sus tesoros la beldad!

¿Cómo vienes, y en qué modo

has salido con tu intento?


ANGÉLICA

Midióse a mi pensamiento

la ventura casi en todo.

Vámonos al pabellón,

que allí, de espacio y sentada,

contaré de mi embajada

el principio y conclusión.


ARGALIA

Bien dices, hermana; ven,

que bien cerca de aquí está.


DUEÑA

La triste que cual yo va,

yo sé que no va muy bien;

que de la madre me aprieta

un gran dolor en verdad.

Todo aquesto es frialdad

deste andar a la jineta.


(Éntranse todos, sino es BERNARDO, que aún duerme; suene música de flautas tristes; despierta BERNARDO, ábrese el padrón, pare una figura de muerto, y dice:)


ESPÍRITU

Valeroso español, cuyo alto intento

de tu patria y amigos te destierra,

vuelve a tu amado padre el pensamiento,

a quien larga prisión y escura encierra.

A tal hazaña es gran razón que atento

estés, y no en buscar inútil guerra

por tan remotas partes y escusadas,

adonde son las dichas desdichadas.

Tiempo vendrá que del francés valiente,

al margen de los montes Pireneos,

bajes la altiva y generosa frente

y goces de honrosísimos trofeos.

Sigue de tu ventura la corriente,

que iguala al gran valor de tus deseos;

verás como te sube tu fortuna

sobre la faz convexa de la luna.

Por ti tu patria se verá en sosiego,

libre de ajeno mando y señorío;

tú serás agua al encendido fuego

que arde en el pecho que de casto es frío.

Deja estas selvas, do caminas ciego,

llevado de un curioso desvarío.

Vuelve, vuelve, Bernardo, a do te llama

un inmortal renombre y clara fama.

De Merlín el espíritu encantado

soy, que aquí yago en esta selva obscura,

del cielo para bien y mal guardado,

aunque en mis males siempre se conjura;

y no seré deste lugar llevado

a la negra región do el llanto dura,

hasta que crucen estas selvas fieras

muchas y cristianísimas banderas.

Mil cosas se me quedan por contarte,

que otra vez te diré, porque ahora importa

detrás de aquestas ramas ocultarte,

donde será tu estada breve y corta.

A dos, que cada cual por sí es un Marte,

pondrás en paz, o mostrarás que corta

tu espada. Y, sin hablar, haz lo que digo,

y entiende que te soy y seré amigo.


(Ciérrase el padrón, éntrase en él BERNARDO sin hablar palabra, y luego sale REINALDOS.)


REINALDOS

En vano mis pasos muevo

pues, entre estas flores tantas

no hay señales de las plantas

que por guía y norte llevo.

Que si aquí hubieran pisado,

claro estaba que este suelo

fuera un traslado del cielo,

de varias lumbres pintado.

¿Qué flor tocará la bella

planta, a mí tan dulce y cara,

que luego no se tornara,

o ya en sol, o en clara estrella?

Lejos estoy del camino

que a do está mi cielo guía,

pues este suelo no envía,

o luz clara, o olor divino.

Mas ya no tendré pereza

en buscar este sol bello,

pues me han de guiar a vello

ya su luz, ya su belleza.

Pero, ¿qué es esto, que el sueño

así me acosa y aprieta?

¡Oh fuerza libre, sujeta

a fuerzas de tan vil dueño!

Aquí me habré de acostar,

al pie deste risco yerto,

haciendo imagen de un muerto,

pues estoy para espirar.


(Recuéstase REINALDOS, pone el escudo por cabecera, y entra luego ROLDÁN embrazado de el suyo.)


ROLDÁN

¡Tantas vueltas sin provecho!

¿Dónde, ¡oh sol!, te tramontaste

después que tu luz dejaste

en lo mejor de mi pecho?

Descúbrete, sol hermoso,

que voy buscando tu lumbre

por el llano y por la cumbre,

desalentado y ansioso.

¡Oh, Angélica, luz divina

de mi humana ceguedad,

norte cuya claridad

a nuevo ser me encamina!

¿Cuándo te verán mis ojos,

o cuándo, si no he de verte,

vendrá la espantosa muerte

a triunfar de mis despojos?

Mas, ¿quién es este holgazán

que duerme con tal remanso?

No hay quien no viva en descanso

sino el mísero Roldán.

¿Qué es esto? Reinaldos es

el que yace aquí dormido.

¡Oh primo, al mundo nacido

para grillos de mis pies,

para esposas de mis manos,

para infierno de mis glorias,

para opuesto a mis vitorias,

para hacer mis triunfos vanos,

para acíbar de mi gusto!

Mas yo haré que no lo seas:

sin que el mundo ni tú veas

que paso el término justo,

quitarte quiero la vida.

Mas, ¡ay, Roldán! ¿Cómo es esto?

¿Ansí os arrojáis tan presto

a ser traidor y homicida?

¿Qué decís, mal pensamiento?

¿Decísme que es mi rival,

y que consiste en su mal

todo el bien de mi tormento?

Sí decís; mas yo sé, al fin,

que el que es buen enamorado

tiene más de pecho honrado

que de traidor y de ruin.

Yo fui Roldán sin amor,

y seré Roldán con él,

en todo tiempo fïel,

pues en todo busco honor.

Duerme, pues, primo, en sazón;

que arrimo te sea mi escudo;

que, aunque amor vencerme pudo,

no me vence la traición.

El tuyo quiero tomar,

porque adviertas, si despiertas,

que amistades que son ciertas

nadie las puede turbar.


(Échase ROLDÁN junto a REINALDOS y pone a su cabecera el escudo de REINALDOS, y luego despierta REINALDOS.)


REINALDOS

¡Angélica! ¡Oh estraña vista!

¿No es Roldán este que veo,

y el que del bien que deseo

procura hacer la conquista?

Él es; pero, ¿quién me puso

su escudo para mi arrimo?

Tu cortés bondad, ¡oh primo!,

sin duda que esto dispuso.

Bien me pudieras matar,

pues durmiendo me hallaste,

por quitar aquel contraste

que en mi vida has de hallar;

empero tu cortesía

más que amor pudo en tu pecho,

por la costumbre que has hecho

de hacer actos de hidalguía.

Mas, ¿si fue por menosprecio

el dejarme con la vida?

No, por ser cosa sabida

que yo soy hombre de precio;

y tú mismo lo has probado

una y otra vez y ciento.

No atino cuál pensamiento

tenga por más acertado:

si me deja de arrogante,

o si fue por amistad;

que tal vez la deslealtad

vive en el celoso amante.

¡Oh! Si aquéste me dejase

señero en mi pretensión,

con el alma y corazón,

¡vive Dios!, que le adorase;

pero si no, no imagines,

primo, que por tu bondad

dejará mi voluntad

de seguir sus dulces fines.

Y de aquesta intención mía

no me debes de culpar,

porque el amor y el reinar

nunca admiten compañía.

Seguramente a mi lado

pudiste echarte a dormir,

pues no se puede herir

un hombre que es encantado;

y así, la ocasión quitaste

que tu sueño me ofrecía,

para usar la cortesía

de que tú conmigo usaste.

Pero, despierto, veremos

tu intención a dó se inclina;

y si donde yo camina,

pondré medio en sus estremos.

Irá el parentesco afuera,

la cortesía a una parte,

si bajase el mismo Marte

a impedirlo de su esfera.

¡Ah, Roldán! ¡Roldán, despierta!,

que es gran descuido el que tienes,

y más si, por dicha, vienes

donde mi sospecha acierta.

Toma tu escudo, y el mío

me vuelve. ¡Despierta agora!


[ROLDÁN]

[Soñando.]

¡Ay, Angélica, señora

de mi vida y mi albedrío!

¿A dó se esconde tu faz

que todo mi bien encierra?


REINALDOS

Declarada es nuestra guerra,

y perdida nuestra paz.

¡Roldán, acaba, levanta;

destroquemos los escudos!


ROLDÁN

[Soñando.]

¡Con qué dulces, ciegos nudos

me añudaste la garganta;

la voluntad decir quiero,

y el alma que te entregué!


REINALDOS

¡Si no despiertas, a fe

que te despierte este acero,

y aun te mate, pues me matas,

ahora duermas, ahora veles!

Estos intentos crueles

nacen de entrañas ingratas.

Estoy por dejar de ser

quien soy. ¡Acudid al punto,

respetos, que está difunto

mi acertado proceder!

¡Ansias que me consumís,

sospechas que me cansáis,

recelos que me acabáis,

celos que me pervertís!


(ROLDÁN despierta.)


ROLDÁN

Reinaldos, ¿qué quies hacer?


REINALDOS

¡Deshacerme, o deshacerte!


ROLDÁN

¿Quieres, primo, darme muerte?


REINALDOS

Tu vida está en mi querer.


ROLDÁN

¿Cómo en mi querer?


REINALDOS

Dirélo:

no más de en querer decirme

si vienes a perseguirme

en la busca de mi cielo;

si es tu venida a buscar

a Angélica. ¿No me entiendes?


ROLDÁN

¿De saber lo que pretendes...?


REINALDOS

¡Acabarte, o acabar!


ROLDÁN

¿Tanto el vivir te embaraza,

que tras tu muerte caminas?


REINALDOS

Profeta falso, adivinas

el mal que así te amenaza.


ROLDÁN

Contigo las cortesías

siempre fueron por demás.


REINALDOS

Dame mi escudo, y verás

como siempre desvarías.

Si a París no te vuelves,

verás también en un punto

tu culpa y castigo junto.


ROLDÁN

¡Fácilmente te resuelves!

Ni a París he de volver,

ni a Angélica he de dejar.

Mira qué quieres.


REINALDOS

Cortar

tu insolente proceder.

¡Desharéte entre mis brazos,

aunque seas encantado!


ROLDÁN

¡Eres villano atestado,

y quieres luchar a brazos!


REINALDOS

¡Mientes! Y ven con la espada,

que, aunque seas de diamante,

verás, infame arrogante,

mi verdad averiguada!


(Vanse a herir con las espadas; salen del hueco del teatro llamas de fuego, que no los deja llegar.)


ROLDÁN

Bien sé que anda por aquí,

temeroso de tu muerte,

mas no ha de poder valerte,

tu hechicero Malgesí;

que pasaré de Aqueronte

la barca por castigarte.


REINALDOS

Yo pondré por alcanzarte

un monte sobre otro monte;

arrojaréme en el fuego,

como ves que aquí lo hago.


ROLDÁN

No te deja dar tu pago

tu hermano.


REINALDOS

¡Pues dél reniego!


(Dice el espíritu de MERLÍN:)


ESPÍRITU

Fuerte Bernardo, sal fuera,

y a los dos en paz pondrás.


(Sale BERNARDO.)


BERNARDO

¡Caballeros, no haya más!

¡Guerreros fuertes, afuera!


REINALDOS

¿Hate el cielo aquí llovido?

¿Qué quieres, o qué nos mandas?


BERNARDO

Son tan justas mis demandas,

que he de ser obedecido.

Y es que dejéis la dudosa

lid de tan esquivo trance.


REINALDOS

Tú has echado muy buen lance,

y la demanda es donosa.

¿Eres español, a dicha?


BERNARDO

Por dicha, soy español.


REINALDOS

Vete, porque sólo el sol

ha de ver nuestra desdicha;

que no queremos testigos

más que el sol en la lid nuestra.


BERNARDO

No me he de ir sin que la diestra

os deis de buenos amigos.


ROLDÁN

¡Pesado estás!


BERNARDO

Más pesados

estáis los dos, si advertís.


REINALDOS

Español, ¿cómo no os is?


BERNARDO

Por corteses o rogados,

vuestra quistión, por ahora,

no ha de pasar adelante.


ROLDÁN

Yo soy el señor de Aglante.


REINALDOS

Yo, Reinaldos.


BERNARDO

Sea en buen hora;

que ser quien sois os obliga

a conceder con mi ruego.


ROLDÁN

Esa razón no la niego.


REINALDOS

Este español me atosiga;

que siempre aquesta nación

fue arrogante y porfiada.


ROLDÁN

Señor, pues que no os va nada,

no impidáis nuestra quistión;

dejadnos llevar al fin

nuestro deseo, que es justo.


BERNARDO

Aquése fuera mi gusto,

a serlo así el de Merlín.


ROLDÁN

¡Oh cuerpo de San Dionís,

con el español marrano!


BERNARDO

¡Mientes, infame villano!


REINALDOS

A plomo cayó el mentís.

¡Afuera, Roldán, no más!


ROLDÁN

¡Deja, que me abraso en ira!

¿Qué es esto? ¿Quién me retira?

¿El pie de Roldán atrás?

¿Roldán el pie atrás? ¿Qué es esto?

¡Ni huyo, ni me retiro!


REINALDOS

De Merlín es este tiro.


BERNARDO

Pues yo haré que huyáis presto.


(Vase retirando ROLDÁN hacia atrás, y sube por la montaña como por fuerza de oculta virtud.)


REINALDOS

¡Por cierto, a gentiles manos

te ha traído tu fortuna!


BERNARDO

Manos, yo no veo ninguna;

pies, sí, ligeros y sanos,

y que os importa tenellos

para huir de mi presencia.


REINALDOS

¡Sin igual es tu insolencia!


(Sube BERNARDO por la peña arriba, siguiendo a ROLDÁN, y va tras él REINALDOS. Sale MARFISA, armada ricamente; trae por timbre una ave Fénix y una águila blanca pintada en el escudo, y, mirando subir a los tres de la montaña, con las espadas desnudas y que se acaban de desparecer, dice:)


MARFISA

¿Si se combaten aquéllos?

Si hacen, ponerlos quiero

en paz, si fuere posible.

¡Oh, qué montaña terrible!

Subir por ella no espero,

ni podré a caballo ir,

aunque le vuelva a tomar;

mas, con todo, he de probar

el trabajo del subir.

Bien se queda en la espesura

mi caballo hasta que vuelva;

nunca falta en esta selva

o buena o mala ventura.


(Sube MARFISA por la montaña, y vuelven a salir al teatro, riñendo, ROLDÁN, BERNARDO y REINALDOS.)


ROLDÁN

No sé yo cómo sea

que contra ti no tengo alguna saña,

ni puedo en tal pelea

mover la espada. ¡Cosa es ésta estraña!


BERNARDO

La razón que me ayuda

pone tus fuerzas y tu esfuerzo en duda.


REINALDOS

De Merlín es el hecho,

que no hay razón que valga con su encanto;

que, aunque fuera su pecho

león en furia y en dureza un canto,

si hechiceros no hubiera,

nunca mi primo atrás el pie volviera.


(Entra ANGÉLICA, llorando, y con ella el VIZCAÍNO, escudero de BERNARDO.)


VIZCAÍNO

¡Pardiós, echóte al río!

¡Tienes Granada, bravo Ferraguto!


ANGÉLICA

¡Ay, triste hermano mío!


ROLDÁN

¿Por qué ese cielo al suelo da tributo

de lágrimas tan bellas,

si el mismo cielo se le debe a ellas?


ANGÉLICA

Un español ha muerto

a mi querido hermano; y es un moro

que no guardó el concierto

debido a la milicia y su decoro,

y arrojóle en un río.


ROLDÁN

¿Quién es el moro?


BERNARDO

Es un amigo mío.


ROLDÁN

¿Amigo tuyo? ¡Oh perro,

tú llevarás de su maldad la pena!


REINALDOS

Roldán, no hagas tal yerro;

deja a mí el castigo.


ANGÉLICA

Aquí se ordena

mi muerte, y más desdicha

si de los dos me coge alguno, a dicha.

A esta selva escura

quiero entregar ya mis ligeras plantas,

mi guarda y mi ventura.


BERNARDO

¿Cómo, Reinaldos, di, no te adelantas

a herirme con tu primo?

Por la honra, la vida en poco estimo.


(Sale MARFISA, poniendo paz y poniendo mano a la espada; éntrase huyendo ANGÉLICA.)


MARFISA

¿Qué es esto? ¡Afuera, afuera;

afuera, cabal eros!, que os lo pide

quien mandarlo pudiera;

que, si no es que mi luz la vista impide,

mirando esta divisa,

veréis que soy la sin igual Marfisa.


VIZCAÍNO

La puta, la doncella,

se es ida.


ROLDÁN

¡Oh nunca vista desventura!;

forzoso he de ir tras ella.


REINALDOS

Yo sí; tú no.


ROLDÁN

¡Notable es tu locura!


REINALDOS

No muevas de aquí el paso.


ROLDÁN

No hago yo de tus locuras caso.


REINALDOS

¡Por Dios que, si te mueves,

que te haga pedazos al instante!


ROLDÁN

¿Que a estorbarme te atreves,

fanfarrón, pordiosero y arrogante?

¿Cómo te estás tan quedo?

¡Que no me tenga este cobarde miedo!


(Éntrase ROLDÁN.)


VIZCAÍNO

Señor, déjale vaya;

que pues no por allí, que por la senda

quedan arraz, en playa

poned a la dama.


MARFISA

¿Por qué fue la contienda?


BERNARDO

Por celos sé que ha sido.

Dime: ¿Ferraguto quedó herido?


VIZCAÍNO

Bueno, puto, y qué sano.


BERNARDO

¿Con quién tuvo batalla?


VIZCAÍNO

¿Ya no oíste?

Batal a con hermano

de bel a huidora, y pobre, y muerto, y triste,

de moro enojo, brío

teniendo, dio con él todo en el río,

y queda aquí aguardando

espaldas de montaña.


MARFISA

Iréte acompañando,

que quiero saber más de tu hazaña;

que descubro en ti muestras

que muestran que eres más de lo que muestras.

Y advierte que contigo

llevas a la sin par sola Marfisa,

que, en señas y testigo

que es única en el mundo, la divisa

trae de aquel a ave nueva

que en el fuego la vida se renueva.


BERNARDO

Haréte compañía

subas al cielo o bajes al abismo.


MARFISA

Tan grande cortesía

no puede parecer sino a ti mismo,

y, usando deste gusto,

yo he de seguir el tuyo, que es muy justo.



JORNADA SEGUNDA


Sale LAUSO, pastor,

por una parte de la montaña,

con su guitarra, y CORINTO,

por la otra, con otra.


LAUSO

¡Ah Corinto, Corinto!


CORINTO

¿Quién me llama?


LAUSO

Lauso, tu amigo.


CORINTO

¿Adónde estás?


LAUSO

¿No miras?


CORINTO

árbol te encubre, alguna rama,

o estás en el lugar donde suspiras

cuando Clori te muestra el rostro airado,

y en solitaria parte te retiras.

Baja, si quieres, Lauso, al verde prado,

en tanto que de Febo la carrera

declina desta cumbre al otro lado.

Cantaremos de Clori lisonjera,

al pie de un verde sauce o murto umbroso,

que pasa el pensamiento en ser ligera.


LAUSO

Ya abajo; pero no a buscar reposo,

sino a cumplir lo que amistad me obliga

y a pasar a la sombra el sol fogoso;

que en tanto que la dulce mi enemiga

se esté fortalecida en su dureza

no hay mal que huya ni placer que siga.


(Bajan los dos de la montaña.)


CORINTO

Pesado contrapeso es la pobreza

para volar de amor, ¡oh Lauso!, al cielo,

aunque tengas cien alas de firmeza.

No hay amor que se abata ya al señuelo

de un ingenio sutil, de un tierno pecho,

de un raro proceder, de un casto celo.

Granjería común amor se ha hecho,

y dél hay feria franca dondequiera,

do cada cual atiende a su provecho.


LAUSO

¡Oh Clori, para mí serpiente fiera

por mi estrecheza, aunque paloma mansa

para un alma de piedra verdadera!

¿Que es posible, cruel, que no te cansa

de Rústico el ingenio, que es de robre,

y que el tuyo estimado en él descansa?


CORINTO

Vuélvese el oro más cendrado en cobre,

y el ingenio más claro en tonta ciencia,

si le toca o le tiene el hombre pobre,

y desto es buen testigo la esperiencia.

Pero escucha; que cantan en la sierra,

y aun es la voz bien para dalle audiencia.


(Canta CLORI en la montaña, y sale cogiendo flores.)


[CLORI]

Derramastes el agua, la niña,

y no dijistes: «¡Agua va!»

La justicia os prenderá.


LAUSO

De aquella que el placer de mí destierra

es el suave y regalado acento,

y aun quien sus gustos el amor encierra.


CORINTO

Escuchémosla, pues.


LAUSO

Ya estoy atento.


CLORI

Derramástesla a deshora,

y fue con tan poca cuenta,

que mojastes con afrenta

al que os sirve y os adora.

Pero llegada la hora

donde el daño se sabrá,

la justicia os prenderá.


LAUSO

Bien es que la ayudemos:

acuerda con el mío tu instrumento.


CORINTO

Yo creo que está bien; mas, ¿qué diremos?


LAUSO

Su mismo villancico, trastrocado,

cual tú sabrás hacer.


CORINTO

Los dos le haremos.


(Canta CORINTO.)


CORINTO

Cautivástesme el alma, la niña,

y tenéisla siempre allá;

el Amor me vengará.

Vuestros ojos salteadores,

sin ser de nadie impedidos,

se entraron por mis sentidos,

y se hicieron salteadores;

lleváronme los mejores,

y tenéislos siempre allá;

el Amor me vengará.


LAUSO

Así, Clori gentil, te ofrezca el prado,

en mitad del invierno, flores bellas,

y cuando el campo esté más agostado;

y que siempre te halles al cogellas

con el júbilo alegre que nos muestra

la voz con que se ahuyentan mis querellas;

que esa rara beldad, que nos adiestra

a conocer al Hacedor del cielo,

en este sitio haga alegre muestra.

Volverás paraíso aqueste suelo,

y este calor que nos abrasa, ardiente,

en aura blanda y regalado yelo.


CLORI

Porque no es tu demanda impertinente,

cual otras veces suele, haré tu gusto,

que es en todo del mío diferente.


CORINTO

Dime, Clori gentil, ¿dó está el robusto,

el bronce, el robre, el mármol, leño o tronco

que así a tu gusto le ha venido al justo?

Por aquel, digo, desarmado y bronco,

calzado de la frente y de pies ancho,

corto de zancas y de pecho ronco,

cuyo dios es el estendido pancho,

y a do tiene la crápula su estancia,

él tiene siempre su manida y rancho.


CLORI

Con él tengo, Corinto, más ganancia

que contigo, con Lauso y con Riselo,

que vendéis discreción con arrogancia.

Rústica el alma, y rústico es el velo

que al alma cubre, y Rústico es el nombre

del pastor que me tiene por su cielo.

Mas, por rústico que es, en fin es hombre

que de sus manos llueve plata y oro,

Júpiter nuevo, y con mejor renombre.

Él guarda de mis gustos el decoro,

ora le envíe al blanco cita frío

o al tostado, engañoso libio moro.

Tiene por justa ley el gusto mío,

y el levantado cuello humilde inclina

al yugo que le pone mi albedrío.

No tiene el rico Oriente otra tal mina

como es la que yo saco de sus manos,

ora cruel me muestre, ora benigna.

Quédense los pastores cortesanos

con la melifluidad de sus razones

y dichos, aunque agudos, siempre vanos.

No se sustenta el cuerpo de intenciones,

ni de conceptos trasnochados hace

sus muchas y forzosas provisiones.

El rústico, si es rico, satisface

aun a los ojos del entendimiento

y el más sabio, si es pobre, en nada aplace.

Dirán Corinto y Lauso que yo miento,

y muestra la esperiencia lo contrario,

y Rústico lo sabe, y yo lo siento.


LAUSO

Es gusto de mujeres ordinario,

en lo que es opinión, tener la parte

que más descubra ser su ingenio vario.

Quisiera dese error, Clori, sacarte;

mas ya estás pertinaz en tu locura,

y en vano será agora predicarte.


CORINTO

Así, pastora, goces tu hermosura,

que me dejes hacer una esperiencia;

quizá te hará volver a tu locura.

Verás, pastora, al vivo la inocencia

de Rústico, el pastor, por quien nos dejas.


CLORI

¿Para qué es el pedirme a mí licencia?


LAUSO

Paréceme que llega a mis orejas

de Rústico la voz.


CORINTO

Él es, sin duda,

que a sestear recoge sus ovejas.


(RÚSTICO parece por la montaña.)


RÚSTICO

Mirad si se cayó en aquella azuda

una oveja, pastores; corred luego,

y cada cual a su remedio acuda.

Dejad, mal hora, del herrón el juego.

Aguija, Coridón. ¡Oh, cómo corre!

¡Quién quitara a Damón de su sosiego!

Llegó; ya se arrojó; ya la socorre

y la saca en los brazos medio muerta,

y parece que un río de ambos corre.

Esta noche tú, ¡hola!, está alerta,

no venga, como hizo en la pasada,

el lobo que la cabra dejó muerta.

Tú acudirás, Cloanto, a la majada

del valle de la Enceña, y darás orden

que estén todos aquí de madrugada.

¡Oh Compo! Tú harás que se concorden

en el pasto Corbato con Francenio;

que me da pesadumbre su desorden.


CLORI

¡Mirad si tiene Rústico el ingenio

para mandar acomodado y presto!


RÚSTICO

Tú acude a las colmenas, buen Partenio.

Llévese de las vacas todo el resto

al padrón de Merlín, y de las cabras

al monte o soto de ciprés funesto.


CLORI

¿Parécenos de pobre las palabras

que dice?


CORINTO

Pues aquí, en esta espesura,

te has de esconder, y mira que no abras

la boca, porque importa a la aventura

que queremos probar de nuestro intento,

por ver si es suya o nuestra la locura.


CLORI

Yo enmudezco y me escondo, y vuestro cuento

sea, si puede ser, breve y ligero;

que, si es pesado y grande, da tormento.


(Escóndese CLORI.)


LAUSO

Corinto, ¿qué has de hacer?


CORINTO

Estáme atento.

Rústico amigo, al llano abaja; aguija,

que es cosa que te importa; corre, corre.


RÚSTICO

Ya voy, Corinto amigo; espera, espera

mientras que cuento un centenar de bueyes,

y tres hatos de ovejas, y otros cinco

de cabras desde encima deste pico

do estoy sentado. ¿No me ves?


CORINTO

¡Acaba!

¿Haces burla de mí?


RÚSTICO

Por Dios, no hago;

mas yo lo dejo todo por servirte.

Vesme aquí: ¿qué me mandas?


CORINTO

Que me ayudes

a alcanzar deste ramo un papagayo

que viene del camino de las Indias,

y esta noche hizo venta en aquel hueco

deste árbol, y alcanzalle me conviene.


RÚSTICO

¿Qué llamas papagayo? ¿Es un pintado,

que al barquero da voces y a la barca,

y se llama real por fantasía?


CORINTO

Desa ralea es éste; pero entiendo

que es bachiller y sabe muchas lenguas,

principal la que llaman bergamasca.


RÚSTICO

¿Pues qué se ha de hacer para alcanzalle?


CORINTO

Conviene que te pongas desta suerte.

Daca este brazo, y lígale tú, Lauso,

y átale bien, que yo le ataré estotro.


RÚSTICO

¿Pues yo no estaré quedo sin atarme?


CORINTO

Si te meneas, espantarse ha el pájaro;

y así, conviene que aun los pies te atemos.


RÚSTICO

Atad cuanto quisiéredes; que, a trueco

de tener esta joya entre mis manos,

para que luego esté en las de mi Clori,

dejaré que me atéis dentro de un saco.

Ya bien atado estoy. ¿Qué falta agora?


CORINTO

Que yo me suba encima de tus hombros,

y que Lauso, pasito y con silencio,

me ayude a levantar las verdes hojas

que cubren, según pienso, el dulce nido.


RÚSTICO

Sube, pues. ¿A qué esperas?


CORINTO

Ten paciencia;

que no soy tan pesado como piensas.


RÚSTICO

¡Vive Dios, que me brumas las costillas!

¿Has llegado a la cumbre?


CORINTO

Ya estoy cerca.


RÚSTICO

Avisa a Lauso que las ramas mueva

pasito, no se vaya el pajarote.


LAUSO

No se nos puede ir, que ya le he visto.


RÚSTICO

Pregúntale, Corinto, lo que suelen

preguntar a los otros papagayos,

por ver si entiende bien nuestro lenguaje.


CORINTO

¿Cómo estás, loro, di? «¿Cómo? Cautivo».


RÚSTICO

¡Hi de puta, qué pieza! Di otra cosa.


CORINTO

«¡Daca la barca, hao; daca la barca!»


RÚSTICO

Y aqueso, ¿quién lo dijo?


CORINTO

El papagayo.


RÚSTICO

¡Oh Clori, qué presente que te hago!


CORINTO

«¡Clori, Clori, Clori, Clori, Clori!»


RÚSTICO

¿Es todavía el papagayo aquése?


CORINTO

Pues, ¿quién había de ser?


RÚSTICO

¿Hasle ya asido?


CORINTO

Dentro en mi caperuza está ya preso.


RÚSTICO

Deciende, pues, y véndemele, amigo,

que te daré por él cuatro novillos

que aún no ha llegado el yugo a sus cervices,

no más de porque dél mi Clori goce.


LAUSO

No se dará por treinta mil florines.


RÚSTICO

¡Ah, por amor de Dios, yo daré ciento!

Desatadme de aquí, porque a mi gusto

le vea y le contemple.


CORINTO

Es ceremonia

que en semejantes cazas suele usarse,

que tan sola una mano se desate

del que las dos tuviere y pies atados;

con ésta suelta, puedes blandamente

alzar mi caperuza venturosa,

que tal tesoro encubre. Despabila

los ojos para ver belleza tanta.

Pasito, no le ahajes. Mas espera,

que está la mano sucia; con saliva

te la puedes limpiar.


RÚSTICO

Ya está bien limpia.


CORINTO

Agora sí. ¡Dichoso aquel que llega

a descubrir tan codiciosa prenda!


RÚSTICO

¡Donosa está la burla! Di, Corinto:

¿es ése el papagayo?


CORINTO

Éste es el pico;

las alas, éstas; éstas, las orejas

del asno de mi Rústico y amigo.


RÚSTICO

¡Desátenme, que a fe que yo me vengue!


(Sale CLORI.)


CLORI

¡Ah simple, ah simple!


RÚSTICO

¿Y haslo visto, Clori?

Por ti la burla siento, y no por otrie.


CLORI

Calla, que para aquello que me sirves,

más sabes que trecientos Salomones.

Di que se vista Lauso desta burla,

o que compre Corinto algún tributo,

o me envíe mañana una patena

y unos ricos corales, como espero

que podrás y querrás, con tu simpleza,

enviármelos luego.


RÚSTICO

¿Y cómo, Clori?

Y aun dos sartas de perlas hermosísimas.


CLORI

¿Compárase con esto algún soneto,

Lauso? Y dime, Corinto: ¿habrá sonada,

aunque se cante a tres ni aun a trecientos,

que a la patena y sartas se compare?


LAUSO

Eres mujer y sigues tu costumbre.


CLORI

Sigo lo que es razón.


LAUSO

Será milagro

hallarla en las mujeres.


CLORI

¿Qué razones

puede decir la lengua que se mueve

guiada del desdén y de los celos?

Tú eres la causa.


(Entra ANGÉLICA, alborotada.)


ANGÉLICA

¡Socorredme, cielos,

si en vuestros pechos mora

misericordia alguna!

Hermosa y agradable compañía:

en mí os ofrece agora

el cielo y la fortuna,

sujeto igual a vuestra cortesía;

que, la desdicha mía

sabida, me asegura

que podrá enterneceros

y al remedio moveros,

si es que le tiene tanta desventura.


CLORI

Señora, di: ¿qué tienes?


ANGÉLICA

Sin tasa males, y ningunos bienes.

Pero no estoy en tiempo

en que pueda contaros

de mi dolor la parte más pequeña;

ni vuestro pasatiempo

será bien estorbaros

contando el mal que ablandará esta peña.

¿No hay por aquí una breña

donde me esconda, amigos?


LAUSO

Luego, ¿quies esconderte?

¿Quién podrá aquí ofenderte?


ANGÉLICA

Persíguenme dos bravos enemigos.


CORINTO

¿No somos tres nosotros?


ANGÉLICA

Ni aun a tres mil no temerán los otros.

Llevadme a vuestras chozas,

mudadme este vestido;

amigos, escondedme.


LAUSO

No te espantes.

¿Para qué te alborozas,

si has a parte venido

do se estiman en poco los gigantes?

Montalbanes y Aglantes

se tienen aquí en nada;

porque, ¡por Dios!, si quiero,

que los compre a dinero.


ANGÉLICA

¡Hoy acaba mi vida su jornada!


CORINTO

¿Quieres que te escondamos?


RÚSTICO

¿Dice que sí?


LAUSO

Pues, ¡sus!, ¿en qué tardamos?

Ven; mudarás de traje

y de lugar y todo.


ANGÉLICA

De mis contrarios casi veo la sombra.


CORINTO

Parece de linaje,

y su habla y su modo

a mí me admira.


RÚSTICO

Pues a mí me asombra.


(Éntrase ANGÉLICA y LAUSO.)


¿Sabéis cómo se nombra?


CORINTO

Pues, ¿cómo he de sabello?


RÚSTICO

Busca algún nuevo ensayo.


CORINTO

Buscaré un papagayo

que me lo diga.


CLORI

Ganarás en ello.


CORINTO

Ganarás tú patenas.


CLORI

Siempre tus burlas para mí son buenas.


(Éntranse todos, y sale REINALDOS.)


REINALDOS

¿Eres Dafne, por ventura,

que de Apolo va huyendo,

o eres Juno, que procura

librarse del monstruo horrendo

cerrada en la nube obscura?

¡Oh selvas de encantos llenas,

do jamás se ha visto apenas

cosa en su ser verdadero,

contar de vosotras quiero

aun las menudas arenas!

Quizá esta fiera homicida,

que cual sombra desparece

porque padezca mi vida,

adonde menos se ofrece

la tendrá amor escondida.

De nuevo vuelvan mis plantas

a buscar entre estas plantas

a la bella fugitiva.

¡Dura ocasión, que yo viva

muriendo de muertes tantas!


(Crujidos de cadenas, ayes y suspiros dentro.)


¡Válgame Dios! ¿Qué ruido

es este que suena estraño?

¿Estoy despierto, o dormido?

¿Engáñome o no me engaño?

Otra vez llega al oído.

De entre estas hojas entiendo

que sale el horrible estruendo.

Mas, ¡ay!, ¿qué boca espantosa,

terrible y estraña cosa,

es aquesta que estoy viendo?

Mientras más vomitas llamas,

boca horrenda o cueva oscura,

más me incitas y me inflamas.

A ver si en esta aventura

para algún buen fin me llamas.


(Descúbrese la boca de la sierpe.)


Acógeme allá en tu centro,

porque por tus fuegos entro

a tu estómago de azufre.


(MALGESÍ, vestido como diré; sale por la boca de la sierpe.) 


MALGESÍ

¿Adónde aquesto se sufre?


REINALDOS

¡Éste sí que es mal encuentro!

¿Quién eres?


MALGESÍ

Soy el Horror,

portero de aquesta puerta,

adonde vive el temor

y la sospecha más cierta

que engendra el cielo de amor.

Soy ministro de los duelos,

embajador de los celos,

que habitan en esta cueva.


REINALDOS

Pues adonde están me lleva.


MALGESÍ

Espera, y avisarélos.

Mas primero has de mirar

las guardas que puestas tiene

en este triste lugar,

y esto es lo que te conviene.


REINALDOS

Comiénzalas a mostrar;

que, aunque me muestras cifrados

en ellas los condenados

rostros que encierra el abismo,

seré en este trance el mismo

que he sido en los regalados.


(Suena dentro música triste, como la pasada del padrón; sale el TEMOR, vestido como diré: con una tunicela parda, ceñida con culebras.)


MALGESÍ

Esta figura que ves

es el Temor sospechoso,

que engendra ajeno interés,

impertinente curioso,

que mira siempre al través;

y así, el mezquino se admira

de cada cosa que mira,

ora sea mala o buena;

la verdad le causa pena,

y tiembla con la mentira.


(Sale la SOSPECHA, con una tunicela de varias colores.)


Ésta es la infame Sospecha,

de los Celos muy parienta,

toda de contrarios hecha,

siempre de saber sedienta

lo que menos le aprovecha.

Aquí nace, y muere allí,

y torna a nacer aquí;

tiene mil padres a un punto:

éste, vivo; aquél, difunto,

y ella vive y muere así.


(Sale CURIOSIDAD.)


La vana Curiosidad

es ésta que ves presente,

hija de la Liviandad,

con cien ojos en la frente,

y los más con ceguedad.

Es en todo entremetida,

y susténtale la vida

estar contino despierta,

y hace la guarda a una puerta

de muy difícil salida.


(Con una soga a la garganta y una daga desenvainada en la mano, sale la DESESPERACIÓN, como diré.)


Es la Desesperación

esta espantosa figura,

sobre todas cuantas son,

y, aunque es mala su hechura,

es peor su condición.

Ésta sigue las pisadas

de los Celos, desdichadas,

y anda tan junto con ellos,

que desde aquí puedes vellos

si cesan las llamaradas.


(Suena la música triste, y salen los CELOS, como diré, con una tunicela azul, pintada en el a sierpes y lagartos, con una cabel era blanca, negra y azul.)


Mas veslos, salen: advierte

que cuanto con ellos miras

amenazan triste suerte,

ciertos y luengos pesares

y, al fin, desdichada muerte.

Todos sus secuaces son,

puestos en comparación,

de sus males una sombra

que, puesto que nos asombra,

no desmaya al corazón.

Toca su mano y verás

en el estado que quedas,

diferente del que estás;

y tal quedes, que no puedas

ni quieras ya querer más.


(Tocan los CELOS la mano a REINALDOS.)


REINALDOS 

¡Celos, que se me abrasa el pecho

y se cela! ¡En duro estrecho

me pone el señor de Aglante!

¡Celos, quitáosme delante:

basta el mal que me habéis hecho!


MALGESÍ

¿Cómo que con la invención

de quien yo tanto fié

no se cela el corazón

de mi primo? Yo no sé

la causa ni la razón.


(Dice de dentro MERLÍN.)


MERLÍN

Malgesí, ¡cuán poco sabes!

Mas yo haré que no te alabes

de tu invención, aunque estraña.

Pártete desta montaña

antes que la vida acabes.


MALGESÍ

Ya te conozco, Merlín;

pero yo veré si puedo

ver de mi deseo el fin,

porque no me pone miedo

desa tu voz el retín.


MERLÍN

A tu primo entre esa yerba

pondrás, que a mí se reserva

y a mi fuente su salud;

que hasta agora su virtud

el cielo en ella conserva.


MALGESÍ

Volveos por do venistes,

figuras feas y tristes,

que mi primo quedará

adonde esperar podrá

el remedio que no distes.


(Éntranse las sombras.)


Y yo, en tanto, buscaré

medio para remedialle,

y creo que lo hallaré.


(Desvía de allí a REINALDOS.)


MERLÍN

Calla y procura dejalle,

Malgesí.


MALGESÍ

Así lo haré.


(Éntrase MALGESÍ.)

(Parece a este instante el carro [de] fuego, de los leones de la montaña, y en él la diosa VENUS.)


VENUS

De Adonis la compañía

dejo casi de mi grado

por seguir la fantasía

deste espíritu encantado

que en apremiarme porfía.

Espérame hasta que vuelva,

mi Adonis, y amor resuelva

tu brío, que no le alabo;

mira que es el puerco bravo

de la Calidonia selva.

Pero, ¿qué puedo hacer

sin mi hijo en este trance,

donde tanto es menester?

Merlín ha errado este lance;

que a veces yerra el saber.

Mas yo le quiero llamar,

que a las veces suele estar

mezclado entre los pastores,

y entonces son los amores

para mirar y admirar.

Hijo mío, ¿dónde estáis?

Si acaso la voz oís,

y como a madre me amáis,

decid: ¿cómo no venís?,

que si venís, ya tardáis.

Mas los músicos acentos

que van rompiendo los vientos

su venida manifiestan.

¡Oh hijo, y cuánto que cuestan

aun tus fingidos contentos!


(Suena música de chirimías; sale la nube, y en ella el dios CUPIDO, vestido y con alas, flecha y arco desarmado.)


AMOR

¿Qué quieres, madre querida,

que con tal priesa me llamas?


VENUS

Está en peligro una vida,

ardiendo en tus vivas llamas,

y en un yelo consumida.

Los celos, que en opinión

están que tus hijos son,

ciego y simple desvarío,

le tienen el pecho frío

y abrasado el corazón.

Conviene que te resuelvas

en su bien, y que le vuelvas

en su antigua libertad.


AMOR

Remedio a su enfermedad

ha de hallar en estas selvas.

Por tiempo hallará una fuente,

cuyo corriente templado

apaga mi fuego ardiente,

y mi pena enamorada

vuelve en desdén insolente.

Beberá Reinaldos della,

y de Angélica la bella,

la hermosura que así quiere,

si agora por vella muere,

ha de morir por no vella.

Levanta, guerrero invicto,

y tiende otra vez el paso

cerca de aqueste distrito,

que en él hallarás acaso

medio a tu mal infinito.

Aunque has de pasar primero

trances que callarlos quiero,

pues decillos no conviene.


REINALDOS

Aquel que celos no tiene,

no tiene amor verdadero.


(Éntrase REINALDOS.)


VENUS

Ya aqueste negocio es hecho.

¿No me dirás, hijo amado,

si es invención de provecho

andar en traje no usado

y el arco roto y deshecho?

¿Quién te le rompió? ¿Y quién pudo

cubrir tu cuerpo desnudo,

que su libertad mostraba?

¿Quién te ha quitado el aljaba

y la venda? Di; ¿estás mudo?


AMOR

Has de saber, madre mía,

que en la corte donde he estado

no hay amor sin granjería,

y el interés se ha usurpado

mi reino y mi monarquía.

Yo, viendo que mi poder

poco me podía valer,

usé de astucia, y vestíme,

y con él entremetíme,

y todo fue menester.

Quité a mis alas el pelo,

y en su lugar me dispuse,

a volar con terciopelo;

y, al instante que lo puse,

sentí aligerar mi vuelo.

Del carcaj hice bolsón,

y del dorado arpón

de cada flecha, un escudo,

y con esto, y no ir desnudo,

alcancé mi pretensión.

Hallé entradas en los pechos

que a la vista parecían

de acero o de mármol hechos;

pero luego se rendían

al golpe de mis provechos.

No valen en nuestros días

las antiguas bizarrías

de Heros ni de Leandros,

y valen dos Alejandros

más que docientos Macías.


(Entra RÚSTICO.)


RÚSTICO

Lauso, acude; y tú, Corinto,

acude, que, a lo que creo,

otro papagayo veo,

o si no, pájaro pinto.

Acude, Clori, y verás

la verdad de lo que digo;

y trae a esotra contigo,

y más, si quisieres más.


AMOR

Yo sé bien que estos pastores

nos han de dar un buen rato.


(Entra LAUSO, CORINTO y CLORI, y ANGÉLICA, como pastora.)


LAUSO

¿Tú no miras, insensato,

que aquél es el dios de amor[es]?


RÚSTICO

Como con alas le vi,

entendí que era alcotán.


CORINTO

¡Quítate de aquí, pausán!


RÚSTICO

¿Pues yo qué te hago aquí?


CORINTO

No te me pongas delante,

que quiero hacer reverencia

a este niño.


RÚSTICO

¡Qué inocencia!

¿Niño es éste?


CORINTO

Y es gigante.


RÚSTICO

Niñazo le llamo yo,

pues ya le apunta el bigote.

No os burléis con el cogote.

¡Mal haya quien me vistió!


AMOR

No quiero que me hagáis,

buena gente, sacrificio,

y téngoos en gran servicio

la voluntad que mostráis;

y en pago quiero deciros

la ventura que os espera.


VENUS

Harás, hijo, de manera

que den vado a sus suspiros.


AMOR

Tú, Lauso, jamás serás

desechado ni admitido;

tú, Corinto, da al olvido

tu pretensión desde hoy más;

Rústico, mientras tuviere

riquezas, tendrá contento:

mudará cada momento

Clori el bien que poseyere;

la pastora disfrazada

suplicará a quien la ruega.

Y, esto dicho, el fin se llega

de dar fin a esta jornada.


LAUSO

En tanto, Amor, que te vas,

porque algún contento goces,

de nuestras rústicas voces

el rústico acento oirás.

Corinto y Clori, ayudadme;

cantaréis lo que diré.


CLORI

¿Qué hemos de cantar?


CORINTO

No sé.


LAUSO

Diréis después, y escuchadme.

Venga norabuena

Cupido a nuestras selvas,

norabuena venga.

Sea bienvenido

médico tan grave,

que así curar sabe

de desdén y olvido;

hémosle entendido,

y lo que él ordena

sea norabuena.

Quedan estas peñas

ricas de ventura,

pues tanta hermosura

hoy en ella enseñas.

Brotarán sus breñas

néctar dondequiera.

¡Norabuena [sea]!


(Mientras cantan, se va el carro de VENUS, y CUPIDO en él; y suenen las chirimías, y luego dice LAUSO:)


LAUSO

Vamos a nuestras cabañas

a hacer nuevas alegrías,

pues vemos en nuestros días

tan ricas estas montañas;

y si aquello que desea

cada cual no ha sucedido,

pues el Amor lo ha querido,

decid: «¡Norabuena sea!»


(Todos: «¡Norabuena sea, sea norabuena!», y éntranse, y sale BERNARDO y su ESCUDERO.)


BERNARDO

¿Cómo no viene Marfisa?


ESCUDERO

Detrás quedó de aquel monte.


BERNARDO

Pues sobre ese risco ponte,

y mira si se divisa.


ESCUDERO

Ella dijo que al momento

tras nosotros se vendría.


BERNARDO

¡Estraña es su bizarría!


ESCUDERO

Y su valor, según siento.


BERNARDO

A lo menos su arrogancia,

pues la lleva sin parar

a sola desafiar

los Doce Pares de Francia;

y tengo de acompañalla,

que ya se lo he prometido.


ESCUDERO

En negocio te has metido

harto estraño.


BERNARDO

¡Simple, calla!;

que siempre es mi intención

buscar y ver aventuras.

En París están seguras,

si se traba esta quistión.

Y veré dó llegar puede

el valor de aquesta dama.


ESCUDERO

Llegará donde su fama

que a las mejores excede.


BERNARDO

¿Que se nos fue Ferraguto?


ESCUDERO

Siempre, en cuanto hacía aquel moro,

le vi guardar un decoro

arrojado y resoluto.

Después que mató a Argalia,

y en el río le arrojó,

al momento se partió.


BERNARDO

Tiene loca fantasía.

Mas dime: ¿no es el que asoma

aquel gallardo francés

de la pendencia?


ESCUDERO

Sí es,

y es confaloner de Roma.


BERNARDO

¿No es Roldán?


ESCUDERO

Roldán es, cierto.


BERNARDO

Agora quiero proballo,

pues nadie podrá estorballo

en este solo desierto.

¡Qué pensativo que viene!

¿No parece que algo busca?


ESCUDERO

Todo el sentido le ofusca

amor que en el pecho tiene.


BERNARDO

¿Cómo lo sabes?


ESCUDERO

¿No viste

que la pendencia dejó,

y tras la dama corrió,

que allí se mostró tan triste?


BERNARDO

¡Ah Roldán, Roldán!


ROLDÁN

¿Quién llama?


BERNARDO

Deciende acá y lo verás.


ROLDÁN

¡Oh Angélica!, ¿dónde estás?


ESCUDERO

¿Ves si le abrasa su llama?


ROLDÁN

¿Qué me quieres, caballero?


BERNARDO

¿No me conoces?


ROLDÁN

No, cierto.


ESCUDERO

Bien en lo que digo acierto:

él es de amor prisionero.

Haré yo una buena apuesta

que está puesto en tal abismo,

que no sabe de sí mismo.


BERNARDO

¿Hay cosa que iguale a ésta?

¿Que no me conoces?


ROLDÁN

No.


BERNARDO

Pues yo te conozco a ti.

¿No eres Roldán?


ROLDÁN

Creo que sí.


ESCUDERO

Mirad si lo digo yo.

En «creo» pone si es él;

¡cuál le tiene Amor esquivo!


BERNARDO

El estar tan pensativo

nos muestra su mal crüel.

¡Ah, Roldán, señor, señor!


ROLDÁN

¿Habláis conmigo, por dicha?


BERNARDO

¡Ésta si que es gran desdicha!


ESCUDERO

Como desdicha de amor.

¡Estraño embelesamiento!


ROLDÁN

¡Oh Angélica dulce y cara!

¿Adónde escondes la cara,

que es gloria de mi tormento?

El corazón se me quema,

¡oh Angélica, mi reposo!


ESCUDERO

Deste sermón amoroso,

esta Angélica es el tema.

Parece que está en ser

que puedes desafialle.


BERNARDO

Quisiera yo remedialle

si lo pudiera hacer.


(Parece ANGÉLICA, y va tras ella ROLDÁN; pónese en la tramoya y desparece, y a la vuelta parece la MALA FAMA, vestida como diré, con una tunicela negra, una trompeta negra en la mano, y alas negras y cabellera negra.)


ROLDÁN

¿No es aquél mi cielo, cielos?

Él es, pero ya se encubre;

pues, cuando él se me descubre

es porque me cubran duelos.

Tras ti voy, nueva Atalanta;

que, si quiere socorrerme

amor, puede aquí ponerme

mil alas en cada planta.

Mi sol, ¿dó te transmontaste,

y qué sombra te sucede?

Mas, bien es que en noche quede

el que de tu luz privaste.


BERNARDO

De aventuras están llenas

estas selvas, según veo.


ESCUDERO

Viendo estoy lo que no creo.


BERNARDO

¡Calla!


ESCUDERO

No respiro apenas.


MALA FAMA

Detén el paso, senador romano,

y aun la intención pudieras detenella,

si tras sí, en vuelo presuroso y vano,

no la llevara Angélica la bella.

¿Mas tu consejo y proceder liviano

así la entregas, que cebado en ella

quieres que quede, ¡oh grave desventura!,

tu clara fama para siempre obscura?

La Mala Fama soy, que tiene cuenta

con las torpezas de excelentes hombres

para entregallas a perpetua afrenta,

y a viva muerte sus subidos nombres.

Mi mano en este libro negro asienta,

borrando la altivez de sus renombres,

los hechos malos que en el tiempo hicieron

cuando de amor la vana ley siguieron.

Aquí está el grande Alcides, no cortando

de la hidra lernea las cabezas,

sino a los pies de Deyanira hilando,

con mujeriles paños y ternezas.

Está el rey Salomón; mas no juzgando

las diferencias faltas de certezas,

sino dando ocasión por mil razones

que esté su salvación en opiniones.

Uno de aquel famoso triunvirato

aquí le tengo escrito y señalado,

cuando, a su patria y a su honor ingrato,

cegó en la luz del rostro delicado.

En mitad de la pompa y aparato

del bélico furor, de miedo armado,

los ojos vuelve y ánimo a la nueva

Angélica egipciana que le lleva.

Es infinito el número que encierran

aquestas negras hojas de los hechos

de aquellos que su nombre y fama atierran,

porque amor sujetó sus duros pechos;

y si tú quieres ser de los que yerran,

aunque están los renglones tan estrechos,

ancho lugar haré para que escriba

tu nombre, y en infamia eterna viva.


(Vuélvese la tramoya.)


ROLDÁN

Yo mudaré parecer,

a pesar de lo que quiero.


BERNARDO

¿Conocéisme, caballero?


ROLDÁN

Pues, ¿no os he de conocer?

[Bi]en sé que sois español

y que Bernardo os llamáis.


BERNARDO

¡Gracias a Dios que miráis

ya sin nublados el sol!


ROLDÁN

¿Habéis estado presente

al caso de admiración?


BERNARDO

Sí he estado.


ROLDÁN

¿Y no es gran razón

que yo vuelva diferente,

siendo una joya la honra

que no se puede estimar?


BERNARDO

Verdad es; mas por amar

no se adquiere la deshonra.


ROLDÁN

No hay amador que no haga

mil disparates, si es fino;

mas, ya que he cobrado el tino,

y sanado de mi llaga,

mis pasos caminarán

por diferente sendero.


(Entra MARFISA.)


MARFISA

Bernardo, ¿no es el guerrero

éste a quien llaman Roldán?


BERNARDO

Él es. Mas, ¿por qué lo dices?


MARFISA

Porque su fama me fuerza

a probar con él mi fuerza,

porque tú la solenices

y veas qué compañero

te ha dado en mí la fortuna.


ROLDÁN

¡No hay, cual Angélica, alguna

en todo nuestro hemisfero!


ESCUDERO

¡Por Dios, que se ha vuelto al tema!


ROLDÁN

Falsa fue aquella visión,

y de nuevo el corazón

parece que se me quema.


(Aparece otra vez ANGÉLICA, y huye a la tramoya, y vuélvese, y parece la BUENA FAMA, vestida de blanco, con una corona en la cabeza, alas pintadas de varias colores y una trompeta.)


¿Has tornado a amanecer,

sol mío? Pues ya te sigo.


ESCUDERO

Poco ha durado el amigo

en su honroso parecer.


MARFISA

Bernardo, ¿qué es lo que veo?


BERNARDO

Calla y escucha, y verás

misterios.


ESCUDERO

No digas más,

que quiere hablar, según creo.


BUENA FAMA

Pues temor de la infamia no ha podido

tus deseos volver a mejor parte,

vuélvalos el amor de ser tenido,

en todo el orbe por segundo Marte.

En este libro de oro está esculpido,

como en mármol o en bronce, en esta parte,

tu nombre y el de aquellos esforzados

que dieron a las armas sus cuidados.

Aquí, con inmortal, alto trofeo,

notado tengo en la verdad que sigo,

aquel gran caballero Macabeo,

guía del pueblo que de Dios fue amigo.

Casi a su lado el nombre escrito veo

de aquel batallador que fue enemigo

de la pereza infame, del que, en suma,

puso en igual balanza, lanza y pluma.

Tengo otros mil que no puedo contarte,

porque el tiempo y lugar no lo concede,

y porque yo le tenga de avisarte

lo que mi voz con mis escritos puede.

Della verás, y dellos levantarte

sobre el altura que aun al cielo excede,

si dejas de seguir del niño ciego

la blandura y regalo y dulce fuego.

Huye, Roldán, de Angélica, y advierte

que, en seguir la belleza que te inflama,

la vida pierdes y granjeas la muerte,

perdiendo a mí, que soy la Buena Fama.

Deben estas razones convencerte,

pues Marte a nombre sin igual te llama,

Amor a un abatido. En paz te queda,

y lo que te deseo te suceda.


(Vuélvese la tramoya.)


ROLDÁN

Bien sé que de Malgesí

son todas estas visiones.


BERNARDO

Pues dime: ¿a qué te dispones?


MARFISA

De espanto no estoy en mí.

Mal dije; de admiración,

que espanto jamás le tuve.


ROLDÁN

Corto de manos anduve

con una y otra visión;

si pedazos las hiciera,

no me dejaran confuso;

mas volverán, que es su uso

asaltarme dondequiera.

Respondiendo, pues, Bernardo,

a lo que me preguntaste,

digo que no hay mar que baste

templar el fuego en que ardo.

Y quedaos en paz los dos,

porque ir de aquí me conviene.


MARFISA

¡Estremado brío tiene!


BERNARDO

Dios vaya, Roldán, con vos.


MARFISA

Vilo, y no puedo creello:

tal es lo que visto habemos.


BERNARDO

Por el camino podremos

hacer discurso sobre ello.


ESCUDERO

En fin, ¿vamos a París?


BERNARDO

¿Ya no te he dicho que sí?


MARFISA

Yo, a lo menos.


ESCUDERO

Por allí

hay camino, si advertís.


BERNARDO

Los caballos, ¿dónde están?


ESCUDERO

Aquí junto.


BERNARDO

Ve por ellos.


ESCUDERO

Allá subiréis en ellos.


MARFISA

¡Pensativo iba Roldán!



JORNADA TERCERA


Salen LAUSO y CORINTO, pastores.


LAUSO

En el silencio de la noche, cuando

ocupa el dulce sueño a los mortales,

la pobre cuenta de mis ricos males

estoy al cielo y a mi Clori dando.

Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando,

por las rosadas puertas orientales,

con gemidos y acentos desiguales

voy la antigua querella renovando.

Y cuando el sol de su estrellado asiento

derechos rayos a la tierra envía,

el llanto crece, y doblo los gemidos.

Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,

y siempre hallo en mi mortal porfía

al cielo sordo, a Clori sin oídos.


CORINTO

¿Para qué tantas endechas?

Lauso amigo, déjalas,

pues mientras más dices, más

siempre menos te aprovechas.

Yo tengo el corazón negro

por Clori y por sus desdenes;

mas, pues no me vienen bienes,

ya con los males me alegro.

Clori y la nueva pastora,

ajenas de nuestros males,

con voces claras e iguales,

venían cantando agora.

Al encuentro les salgamos

y ayudemos su canticio;

que tanto llorar es vicio,

si bien lo consideramos.


LAUSO

¿Viene Rústico con ellas?


CORINTO

No se les quita del lado.


LAUSO

¡Ah pastor afortunado!

Ni quiero oíllas, ni vellas.


CORINTO

Eso ya no puede ser,

que veslas, vienen allí;

canta por amor de mí.


LAUSO

Procúralas de entender.


(Entra CLORI, cantando, y RÚSTICO con el as, y ANGÉLICA.)


CLORI

¡Bien haya quien hizo

cadenitas, cadenas;

bien haya quien hizo

cadenas de amor!

¡Bien haya el acero

de que se formaron,

y los que inventaron

amor verdadero!

¡Bien haya el dinero

de metal mejor;

bien haya quien hizo

cadenas de amor!


LAUSO

¡Bien haya el amante

que a tantos vaivenes,

iras y desdenes,

firme está y constante!

Éste se adelante

al rico mayor.

¡Bien haya quien hizo

cadenas de amor!


RÚSTICO

¡Oh, quién supiera cantar!


CORINTO

¿Que no lo sabes, pastor?


RÚSTICO

Ni contralto ni tenor;

que estoy para reventar.


CORINTO

Mas, ¿va que tienes agallas?

Muestra: abre bien la boca,

que esta cura a mí me toca;

abre más, si he de curallas.

Ven acá. ¡Mal hayas tú

y el padre que te engendró!


RÚSTICO

Pues, ¿qué culpa tengo yo?


CORINTO

¡Ofrézcote a Bercebú!

¿Y no has caído en la cuenta

de que tenías agallas?


RÚSTICO

Pues, ¿hay más sino sacallas?


CLORI

Esta burla me contenta;

que, puesto que bien le quiero,

que le burlen me da gusto.


CORINTO

Yo te sacaré, a tu gusto,

o cantor o pregonero.

¿Tienes algún senojil?


RÚSTICO

Una ligapierna tengo,

y buena.


CORINTO

Ya me prevengo

a hacerte cantor sutil.

Aquésta poco aprovecha;

que, para este menester,

izquierda tiene de ser,

que no vale la derecha.

¿Qué me darás, y te haré

cantor subido y notable?


RÚSTICO

En la paga no se hable,

que un novillo te daré.

La liga izquierda es aquésta:

tómala, y pon diligencia

en mostrar aquí tu ciencia.


CORINTO

Dios sabe cuánto me cuesta.

Mas con esta liga y lazo

saldré muy bien con mi intento.


RÚSTICO

Hacia esta parte las siento.


CORINTO

Déjame atar; quita el brazo.

¿Con qué voz quieres quedar:

tiple, contralto o tenor?


RÚSTICO

Contrabajo es muy mejor.


CORINTO

Ese no te ha de faltar

mientras tratares conmigo.

Ten paciencia, sufre y calla;

ya se ha quebrado una agalla.


RÚSTICO

¡Que me ahogas, enemigo!


CORINTO

Contralto quedas, sin duda,

que la voz lo manifiesta.

[...] pues aun ahora está en muda;

a otro estirón que le dé,

estará como ha de estar.


RÚSTICO

Ladrón, ¿quiéresme ahogar?


CORINTO

No lo sé; mas probaré.


CLORI

¡Acaba; la burla baste!


RÚSTICO

¡A mí semejantes burlas!


CORINTO

Rústico, ¿de mí te burlas,

que no me pagas y vaste?

¡Pues a fee que has de llevar

comida y sobrecomida!

Todo, amigo, se comida

a ayudarme a este cantar:

Corrido va el abad,

por el cañaveral.

Corrido va el abad,

corrido va y muy mohíno,

porque, por su desatino,

cierto desastre le vino

que le hizo caminar

por el cañaveral.

Confiado en que es muy rico,

no ha caído en que es borrico;

y por aquesto me aplico

a decirle este cantar:

por el cañaveral...


(Parece REINALDOS por la montaña.)


LAUSO

La burla ha estado, a lo menos

como al sujeto conviene.


ANGÉLICA

¡Otra vez mi muerte viene!

¡Abrid, tierra, vuestros senos

y encerradme en ellos luego!


LAUSO

¿De qué, pastora, te espantas?


ANGÉLICA

¡A vosotras, tiernas plantas,

mi vida o mi muerte entrego!


(Éntrase ANGÉLICA huyendo.)


CLORI

Lauso, vámonos tras ella,

a ver qué le ha sucedido.


LAUSO

A tu voluntad rendido

estoy siempre, ingrata bella.


(Éntranse todos, y quédase CORINTO.)


CORINTO

Quedar quiero, a ver quién es

este pensativo y bravo.

El ademán yo le alabo;

mas, ¿si es paladín francés?


REINALDOS

O le falta al Amor conocimiento,

o le sobra crueldad, o no es mi pena

igual a la ocasión que me condena

al género más duro de tormento.

Pero si Amor es dios, es argumento

que nada ignora, y es razón muy buena

que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena

el terrible dolor que adoro y siento?

Si digo que es Angélica, no acierto;

que tanto mal en tanto bien no cabe,

ni me viene del cielo esta rüina.

Presto habré de morir, que es lo más cierto;

que, al mal de quien la causa no se sabe,

milagro es acertar la medicina.


CORINTO

¡Ta, ta! De amor viene herido;

bien tenemos que hacer.


REINALDOS

¿Que no quieres parecer,

oh bien, por mi mal perdido?

¿Has visto, pastor, acaso,

por entre aquesta espesura,

un milagro de hermosura

por quien yo mil muertes paso?

¿Has visto unos ojos bellos

que dos estrellas semejan,

y unos cabellos que dejan,

por ser oro, ser cabellos?

¿Has visto, a dicha, una frente

como espaciosa ribera,

y una hilera y otra hilera

de ricas perlas de Oriente?

Dime si has visto una boca

que respira olor sabeo,

y unos labios por quien creo

que el fino coral se apoca.

Di si has visto una garganta

que es coluna deste cielo,

y un blanco pecho de yelo,

do su fuego Amor quebranta;

y unas manos que son hechas

a torno de marfil blanco,

y un compuesto que es el blanco

do Amor despunta sus flechas.


CORINTO

¿Tiene, por dicha, señor,

ombligo aquesa quimera,

o pies de barro, como era

la de aquel rey Donosor?

Porque, a decirte verdad,

no he visto en estas montañas

cosas tan ricas y estrañas

y de tanta calidad.

Y fuera muy fácil cosa,

si ellas por aquí anduvieran,

por invisibles que fueran

verlas mi vista curiosa.

Que una espaciosa ribera,

dos estrellas y un tesoro

de cabellos, que son oro,

¿dónde esconderse pudiera?

Y el sabeo olor que dices,

¿no me llevara tras sí?

Porque en mi vida sentí

romadizo en mis narices.

Mas, en fin, decirte quiero

lo que he hallado, y no ser terco.


REINALDOS

¿Qué son? Habla.


CORINTO

Tres pies de puerco

y unas manos de carnero.


REINALDOS

¡Oh hi de puta, bellaco!;

pues, ¿con Reinaldos de burlas?


CORINTO

De mis donaires y burlas

siempre tales premios saco.


(Éntrase huyendo CORINTO.)

(Suena dentro esta voz de ANGÉLICA.)


ANGÉLICA

¡Socorredme, Reinaldos, que me matan!

¡Mira que soy la sin ventura Angélica!


REINALDOS

La voz es ésta de mi amada diosa.

¿Adónde estás, tesoro de mi alma,

única al mundo en hermosura y gracia?

La triste barca del barquero horrendo

pasaré por hallarte, y al abismo,

cual nuevo Orfeo, bajaré llorando

y romperé las puertas de diamante.


ANGÉLICA

¡Moriré si te tardas; date prisa!


REINALDOS

¿Qué camino he de hacer, amada mía?

¿Estás en las entrañas de la tierra,

o enciérrante estas peñas en su centro?

Doquier que estás te buscaré, viviendo,

o ya desnudo espíritu sin carne.


(Salen dos SÁTIROS que traen a ANGÉLICA como arrastrando, con un cordel a la garganta.)


ANGÉLICA

¡Socorredme, Reinaldos, que me matan!


REINALDOS

No corráis más; volved, ligeras plantas,

que no os va menos que la vida en esto.

¡Miserable de mí! ¿Quién me detiene?

¿Quién mis pies ha clavado con la tierra?

¡Verdugos infernales, deteneos!

¡No añudéis el cordel a la garganta,

que es basa donde asienta y donde estriba

el cielo de hermosura sobrehumana!

¡Miserable de mí cien mil vegadas,

que no puedo moverme ni dar paso!

Canalla infame, ¿para qué os dais prisa

a acabar esa vida de mi vida,

a escurecer el sol que alumbra el mundo?

¡Tate, traidores, que apretáis un cuello

adonde el amor forma tales voces,

que el mal desmenguan y la gloria aumentan

del venturoso que escucharlas puede!

¡Oh, que la ahogan! ¡Socorredla, cielos,

pues yo no puedo! ¡Oh sátiros lascivos!

¿Cómo tanta belleza no os ablanda?


(Vanse los SÁTIROS.)


Ya dieron fin a su cruel empresa;

muerta queda mi vida, muerta queda

la esperanza que en pie la sostenía:

ahora os moveré, pues, sin provecho;

otra vez y otras mil soy miserable;

ahora, pies, me llevaréis do vea

la imagen de la muerte más hermosa

que vieron ni verán ojos humanos;

¡oh pies, al bien enfermos y al mal sanos!


(Llégase REINALDOS a ANGÉLICA.)


¿Es posible que ante mí

te mataron, dulce amiga?

¿Y es posible que se diga

que yo no te socorrí?

¿Que es posible que la muerte

ha sido tan atrevida,

que acabó tu dulce vida

con trance amargo y tan fuerte?

¿Y que mi ventura encierra

tanta desventura y duelo,

que hoy tengo de ver mi cielo

puesto debajo la tierra?

¿Qué antropófagos, qué scitas

contra ti se conjuraron,

y qué manos te acabaron

sacrílegas y malditas?

Sin duda, el infierno todo

fue en tan desdichada empresa,

que así lo afirma y confiesa

de tu muerte el triste modo

Mas yo le moveré guerra,

si es que me alcanza la vida

en tu triste despedida

para vivir en la tierra.

¿Yo vivir? Démoste agora

sepultura, ¡oh ángel bello!,

y después me veré en ello

cuando se llegue la hora.

Será de azada esta daga,

que abrirá la estrecha fuesa,

y daráse en ello priesa,

porque ha de hacer otra llaga.

Brazo en valor sin segundo,

trabajad con entereza

para enterrar la riqueza

mayor que ha tenido el mundo.

Vuestro afán, y no mi celo,

parece que en esto yerra,

si he de sacar tanta tierra

que venga a cubrir el cielo.

La tierra te sea liviana,

estremo de la beldad

que crió en cualquier edad

la naturaleza humana.

El tesoro desentierra

el que halla algún tesoro;

mas yo sigo otro decoro,

que cubro el mío con tierra.

Esta parte es concluida;

otra falta, y concluiráse,

si bien el alma costase,

como ha de costar la vida.

Otra sepultura esquiva

abriréis, daga, en mi pecho,

con que daréis fin a un hecho

que por luengos siglos viva.

Mi cuerpo, mi dulce y bella,

quede en esta tierra dura

cual piedra de sepultura,

que dice quién yace en ella.

¡Ea, cobarde francés,

morid con bríos ufanos,

pues no os ataron las manos

como os ligaron los pies!


(Vase a dar REINALDOS con la daga; sale MALGESÍ en su mesma figura y detiénele el brazo, diciendo:)


MALGESÍ

No hagas tal, hermano amado;

porque, en este desconcierto,

antes que no verte muerto

quiero verte enamorado.

Aquesta enterrada y muerta

no es Angélica la bella,

sino sombra o imagen della,

que su vista desconcierta.

Para volverte en tu ser,

hice aquesta semejanza;

que el amor sin esperanza

no suele permanecer.

Mas, pues es tal tu locura,

que aun sin ella perseveras,

mira, para que no mueras,

vacía la sepultura.


REINALDOS

¿Que estos sobresaltos das

al que tienes por hermano?

Hechicero, mal cristiano;

mas tú me lo pagarás.

Pues lo sabes, ¿por qué gustas

de tratarme deste modo?


MALGESÍ

Porque te estremas en todo,

y a ningún medio te ajustas.

Ven, y pondréte en la mano

a Angélica, y no fingida.


REINALDOS

Seréte toda mi vida

humilde, obediente hermano.


(Éntranse todos.)

(Suena una trompeta bastarda, lejos, y entran en el teatro CARLOMAGNO y GALALÓN.)


CARLOMAGNO

¿Qué trompeta es la que suena?

¿Si es acaso otra aventura

que nos ponga en desventura,

que la otra no fue buena?

Bien lo dijo Malgesí;

mas yo, incrédulo y cristiano,

tuve su aviso por vano,

y crédito no le di.

Otra vez suena. ¿No habrá

quien nos avise qué es esto?


GALALÓN

Yo te lo diré bien presto.


CARLOMAGNO

Mejor éste lo dirá.


(Entra un PAJE.)


PAJE

Por San Dionís han entrado

dos apuestos caballeros

que parecen forasteros,

pero de esfuerzo sobrado:

uno mayor y robusto,

otro mancebo y galán.


GALALÓN

¿Dónde llegan?


PAJE

Llegarán.

Mas miradlos, si os da gusto,

que veis do asoman allí.


(Entra MARFISA y BERNARDO, a caballo.)


CARLOMAGNO

¡Bravo ademán y valiente!


GALALÓN

¡Qué gran número de gente

que traen los dos tras de sí!


CARLOMAGNO

Pondré yo que es desafío.


GALALÓN

El continente así muestra.


CARLOMAGNO

¿Dónde está agora la diestra

de Roldán?


GALALÓN

¡Ah, señor mío!

¿Faltan en tu corte iguales

a Roldán?


CARLOMAGNO

Yo no lo sé.

Calla, que hablan.


GALALÓN 

Sí haré.


CARLOMAGNO

Si dijeras desiguales...


MARFISA

Escúchame, Carlomagno,

que yo hablaré como alcance

mi voz hasta tus orejas,

por más que estemos distantes;

y denme también oídos

tus famosos Doce Pares,

que yo les daré mis manos

cada y cuando que gustaren.

Una mujer soy que encierra

deseos en sí tan grandes,

que compiten con el cielo,

porque en la tierra no caben.

Soy más varón en las obras

que mujer en el semblante;

ciño espada y traigo escudo,

huigo a Venus, sigo a Marte;

poco me curo de Cristo;

de Mahoma no hay hablarme;

es mi dios mi brazo solo,

y mis obras, mis Penates.

Fama quiero y honra busco,

no entre bailes ni cantares,

sino entre acerados petos,

entre lanzas y entre alfanjes.

Y es fama que las que vibran

y las que ciñen tus Pares

vuelan y cortan más que otras

regidas de brazos tales.

Por probar si esto es verdad,

vivos deseos me traen,

y a todos los desafío,

pero a singular certamen;

y, para que no se afrenten

de una mujer que esto hace,

mi nombre quiero decilles:

soy Marfisa, y esto baste.


BERNARDO

En el padrón de Merlín

va Marfisa a aposentarse,

donde esperará tres días

el deseado combate;

y si tantos acudieren

que no puedan despacharse,

ella desde aquí me escoge

y elige por su ayudante.

Soy caballero español

de prendas y de linaje,

y quizá el mismo deseo

de Marfisa aquí me trae.

Y entended que el desafío

ha de ser a todo trance,

porque grandes honras deben

comprarse a peligros grandes.


MARFISA

Decid que deje Roldán

amorosos disparates,

que con Venus y Cupido

se aviene mal el dios Marte.

Lo que el español ha dicho

lo confirmo; y, porque es tarde

y el padrón no está muy cerca,

el Dios que adoráis os guarde.


CARLOMAGNO

¿Hay, por dicha, Galalón,

en París otros Roldanes?

¿Hay otro alguno que pueda

con Reinaldos igualarse?

Si los hay, ¿cómo han callado,

oyendo desafiarse?

¡Oh, mal hubieses, Angélica,

que tantos males me haces!

Colgados de tu hermosura,

todos mis valientes traes;

solo han dejado a París,

solo, por ir a buscarte.


GALALÓN

Mientras vive Galalón,

ninguno podrá agraviarte;

y mañana con las obras

haré mis dichos verdades.

Dame licencia, señor,

porque al punto vaya a armarme.


CARLOMAGNO

No hay para qué me la pida

quien es de los Doce Pares.


(Éntranse.)

(Entran FERRAGUTO y ROLDÁN, riñendo, con las espadas desnudas.)


ROLDÁN

Tú le mataste, y fue alevosamente,

moro español, sin fe y sin Dios nacido.


FERRAGUTO

Tu falsa lengua, como falso, miente,

y mentirá mil veces, y ha mentido.


ROLDÁN

¿No fue maldad echarle en la corriente

del río?


FERRAGUTO

Muy bien puede del vencido

hacer el vencedor lo que quisiere.


ROLDÁN

De tu falso argüir eso se infiere.

No te retires, bárbaro arrogante,

que quiero castigar tu alevosía.


FERRAGUTO

Si me retiro, fanfarrón de Aglante,

el paso sí, la voluntad no es mía.

Por Mahoma te juro, y Trivigante,

que no sé quién me impele y me desvía

de tu presencia, ¡oh paladín gallardo!


ROLDÁN

Con ésta acabarás, que ya me tardo.


(Retírase FERRAGUTO, y, puesto en la tramoya, al tirarle ROLDÁN una estocada, se vuelva la tramoya, y parece en ella ANGÉLICA, y ROLDÁN, echándose a los pies della; al punto que se inclina, se vuelve la tramoya, y parece uno de los SÁTIROS, y hállase ROLDÁN abrazado con sus pies.) 


ROLDÁN

¿Qué milagros son éstos, Dios inmenso?

¿Es piedad del Amor ésta que veo?

Arrójome a tus pies, y en esto pienso

que satisfago en todo a mi deseo.

Coge, amada enemiga, el fruto y censo

que estos labios te dan, y por trofeo

ponga Amor en su templo que un Orlando

está tus bellas plantas adorando.

De ámbar pensé, mas no es sino de azufre,

el olor que despiden estas plantas.

¿Adónde tanto engaño, Amor, se sufre,

o quién puede formar visiones tantas?

Ésta veré si esta estocada sufre.


(Vuélvese la tramoya, y parece MALGESÍ en su forma.)


MALGESÍ

Primo, ¿que no te enmiendas ni te espantas?


ROLDÁN

¡Oh Malgesí! Hazaña ha sido aquésta

que mi amor y tu ciencia manifiesta.

Mas, dime: ¿de qué sirven tantas pruebas

para ver que estoy loco y que me pierdo,

sabiendo que el estilo que tú llevas

ni le cree ni le admite el hombre cuerdo?


MALGESÍ

Ven conmigo, Roldán; daréte nuevas

de tu bien por tu mal.


ROLDÁN

¡Oh sabio acuerdo!

Llévame, primo, en presuroso vuelo

deste infierno de ausencia a ver mi cielo.


MALGESÍ

Arrima las espaldas a esa caña,

los ojos cierra y de Jesús te olvida.


ROLDÁN

Grave cosa me pides.


MALGESÍ

Date maña,

que importa a tu contento esta venida.


ROLDÁN

¿Estoy bien puesto?


MALGESÍ

Bien.


ROLDÁN

Jesús me valga,

aunque jamás con esta empresa salga.


(Vuélvese la tramoya con ROLDÁN; salen BERNARDO y MARFISA, y suena dentro una trompeta.)


BERNARDO

Trompeta y caballos siento,

y, según mi parecer,

paladín debe de ser

que viene al padrón contento,

y seguro de alcanzar

de ti, Marfisa, el trofeo.


MARFISA

A pie viene, a lo que veo.


BERNARDO

Pues, ¿quién le hizo apear?


MARFISA

Lo que a nosotros. ¿No ves

que aquí caballo no llega?


BERNARDO

Sin duda, es de la refriega;

que me parece francés.


(Entra GALALÓN, armado de peto y espaldar.)


GALALÓN

Sálveos Dios, copia dichosa,

tan bella como valiente.


BERNARDO

Dios te salve y te contente.


MARFISA

¡Salutación enfadosa!

Sálveme mi brazo a mí,

y conténteme mi fuerza.


GALALÓN

Vuestro desafío me fuerza

y mueve a venir aquí.


MARFISA

Dime si eres paladín.


GALALÓN

Paladín digo que soy.


BERNARDO

¿Partiste de París hoy?


GALALÓN

Anoche.


BERNARDO

Pues, ¿a qué fin?


GALALÓN

No más de a ver si hay qué ver

en ti y la bella Marfisa.


BERNARDO

Tú te has dado buena prisa.


GALALÓN

Conviene, porque hay que hacer.


MARFISA

¿Qué tienes que hacer?


GALALÓN

Venceros

y dar a París la vuelta.


BERNARDO

Si cual tienes lengua suelta

tienes agudos aceros,

bien saldrás con tu intención.

Mas, dime: ¿cómo es tu nombre?


GALALÓN

Diréoslo, porque os asombre:

es mi nombre Galalón,

el gran señor de Maganza,

de los Doce el escogido.


BERNARDO

Días ha que yo he sabido

que eres una buena lanza,

un crisol de la verdad,

un abismo de elocuencia,

un imposible de ciencia,

un archivo de lealtad.


MARFISA

Contra la razón te pones,

Bernardo, porque la fama

por todo el mundo derrama

que éste es saco de traiciones,

y aun enemigo mortal

de todos los paladines,

malsín sobre los malsines,

mentiroso y desleal,

y, sobre todo, cobarde.


GALALÓN

A la prueba me remito,

y vengamos al conflito,

que se va haciendo tarde.

Empero, si queréis iros

sin comenzar esta empresa,

yo os juro y hago promesa

de eternamente serviros

y de no desenvainar

en contra vuestra mi espada.


BERNARDO

Promesa calificada

y muy digna de estimar.


MARFISA

Dame la mano, que quiero

aceptarte por amigo.


GALALÓN

Doyla, porque siempre sigo

proceder de caballero.

¡Cuerpo de quien me parió,

que los huesos me quebrantas!


MARFISA

Pues, ¿desto poco te espantas?


GALALÓN

De menos me espanto yo.

De modo vas apretando,

que se acerca ya mi fin.


BERNARDO

¿Un famoso paladín

ansí se ha de estar quejando

porque le dé una doncella

la mano por gran favor?


GALALÓN

¿Ésta es doncella? Es furor,

es rayo que me atropella,

es de mi vida el contraste,

pues que ya me la ha quitado.


MARFISA

¡Por Dios, que se ha desmayado!


BERNARDO

¿Cómo, y tanto le apretaste?


MARFISA

La mano le hice pedazos.


BERNARDO

¡Oh desdichado francés!


MARFISA

Quitarle quiero el arnés,

pues viene sin guardabrazos,

y ponerle por trofeo

colgado de alguna rama,

con un mote que su fama

descubra, como deseo.

Pero fáltanme instrumentos

con que ponerlo en efecto.


(MALGESÍ dice de dentro:)


MALGESÍ

No faltarán, te prometo,

pues sé tus buenos intentos.

Esos ministros que envío

cumplirán tu voluntad.


BERNARDO

¡Oh, qué estraña novedad!


MARFISA

¿Quién sabe el intento mío?

Los versos dicen lo mismo

que imaginé en mi intención.

¿Si llevan a Galalón

estos diablos al abismo?


GALALÓN

Ya yo entiendo que aquí andas;

a ti digo, Malgesí.

Di: ¿no hallaste para mí

otro coche ni otras andas?


(Llévanle los SÁTIROS en brazos a GALALÓN.)


MARFISA

Di cómo dice el trofeo;

quizá yo no lo he entendido.


BERNARDO

Agudo está y escogido.


MARFISA

Léelo en voz.


BERNARDO

En voz lo leo:

Estar tan limpio y terso aqueste acero,

con la entereza que por todo alcanza,

nos dice que es, y es dicho verdadero,

del señor de la casa de Maganza.

Estas selvas está cierto

que están llenas de aventuras.


MARFISA

Quedado habemos a escuras,

por el sol que se ha encubierto;

y, entre tanto que él visita

los antípodas de abajo,

demos al sueño el trabajo

que el reposo solicita.

A esta parte dormiré;

tú, Bernardo, duerme a aquélla,

hasta que salga la estrella

que a Febo guarda la fe.

Y si en aquestos tres días

no vinieren paladines,

buscaremos otros fines

de más altas bizarrías.


BERNARDO

Bien dices, aunque el sosiego

pocas veces le procuro,

con todo, a este peñón duro

el sueño y cabeza entrego.


(Échase a dormir.)

(Sale por lo hueco del teatro CASTILLA, con un león en la una mano, y en la otra un castillo.)


CASTILLA

¿Duermes, Bernardo amigo,

y aun de pesado sueño,

como el que de cuidados no procede?

¿Huyes de ser testigo

de que un estraño dueño

tu amada patria sin razón herede?

¿Esto sufrirse puede?

Advierte que tu tío,

contra todo derecho,

forma en el casto pecho

una opinión, un miedo, un desvarío

que le mueve a hacer cosa

ingrata a ti, infame a mí, y dañosa.

Quiere entregarme a Francia,

temeroso que, él muerto,

en mis despojos no se entregue el moro,

y está en esta ignorancia

de mi valor incierto

y dese tuyo sin igual que adoro.

No mira que el decoro

de animosa y valiente,

sin cansancio o desmayo,

que me infundió Pelayo,

he guardado en mi pecho eternamente,

y he de guardar contino,

sin que pavor le tuerza su camino.

Ven, y con tu presencia

infundirás un nuevo

corazón en los pechos desmayados;

curarás la dolencia

del rey, que, ciego al cebo

de pensamientos en temor fundados,

sigue vanos cuidados,

tan en deshonra mía,

que, si tú no me acorres

y luego me socorres,

huiré la luz del sol, huiré del día,

y en noche eterna obscura

lloraré sin cesar mi desventura.

Por oculto camino

del centro de la tierra

te llevaré, Bernardo, al patrio suelo.

Ven luego, que el destino

propicio tuyo encierra

tú en tu brazo tu honra y mi consuelo.

Ven, que el benigno Cielo

a tu favor se inclina.

Llevaré a tu escudero

por el mismo sendero.

Y tú, sin par, que aspiras a divina,

procura otras empresas,

que es poco lo que en éstas interesas.

Nadie en esta querella

batallará contigo,

que tras sí se los lleva la hermosura

de Angélica la bella,

común fiero enemigo

de los que en esto ponen su ventura.

Y está cierta y segura

que dentro en pocos años

verás estrañas cosas,

amargas y gustosas,

engaños falsos, ciertos desengaños.

Y, en tanto, en paz te queda,

y así cual lo deseo te suceda.


(Éntrase CASTILLA con BERNARDO por lo hueco del teatro.)


MARFISA

Selvas de encantos llenas,

¿qué es aquesto que veo?

¿Qué figuras son éstas que se ofrecen?

¿Son malas o son buenas?

Entre creo y no creo,

me tienen estas sombras que parecen:

admiraciones crecen

en mí, no ningún miedo.

Lleváronme a Bernardo,

y aquí sin causa aguardo.

Ir quiero a do mostrar mi esfuerzo puedo.

Vuelto me he en un instante;

derecha voy al campo de Agramante.


(CORINTO, pastor, y ANGÉLICA, como pastora.)


CORINTO

Digo que te llevaré,

si fuese a cabo del mundo.


ANGÉLICA

En tu valor, sin segundo,

sé bien que bien me fié.


CORINTO

Haya güelte, y tú verás

si te llevo do quisieres.


ANGÉLICA

Mira tú cuánto pudieres,

que eso mismo gastarás;

que tengo joyas que son

de valor y parecer.


CORINTO

Y ¿adónde se han de vender?


ANGÉLICA

Ahí está la confusión.


CORINTO

No reparar en el precio:

que, cuando hay necesidad,

es punto de habilidad

dar la cosa a menos precio.

Y más, que todo lo allana

un buen ingenio cursado.

Y ¿cuándo has determinado

que partamos?


ANGÉLICA

Yo, mañana.


CORINTO

Daremos de aquí en Marsella,

y allí nos embarcaremos,

y el camino tomaremos

para España, rica y bella.

Y, en saliendo del Estrecho,

tomar el rumbo a esta mano

por el mar profundo y cano

que tantas burlas me ha hecho.

Digo que si naves hay,

y en el viento no hay reveses,

en menos de trece meses

yo te pondré en el Catay.

¿Quieres más?


ANGÉLICA

Eso me basta,

si así lo ordenase el Cielo.


CORINTO

Aunque me ves deste pelo,

soy marinero de casta,

y nado como un atún,

y descubro como un lince,

y trabajo más que quince,

y más que veinte, y aún.

Pues, en el guardar secreto,

haz cuenta que mudo soy.

¿Quieres que nos vamos hoy?


(Entra REINALDOS.)


ANGÉLICA

¡Oh nuevo y terrible aprieto!

Si éste me conoce, es cierta

mi muerte y mi sepultura.


CORINTO

Pues encubre tu hermosura,

si es que puede estar cubierta.

Pero dime: ¿que éste es

el francés del otro día?

¡Adiós, pastoraza mía,

que está mi vida en mis pies!


(Huye CORINTO.)


ANGÉLICA

No es acertado esperalle;

muy mejor será huir.


REINALDOS

¿Sabrásme, amiga, decir,

de un rostro, donaire y talle

que es, más que humano, divino?

Alza el rostro. ¿A qué te encubres,

que parece que descubres

un no sé qué peregrino?

Alza a ver. ¡Oh santos cielos!

¿Qué es esto que ven mis ojos?

¡Oh gloria de mis enojos,

oh quietud de mis recelos!

¿Quién os puso en este traje?

¿Huísos? Pues, ¡vive Dios!,

ingrata, que he de ir tras vos

hasta que al infierno baje,

o hasta que al cielo me encumbre,

si allá os pensáis esconder;

que el tino no he de perder,

pues va delante tal lumbre.


(Corre ANGÉLICA y entra por una puerta, y REINALDOS tras ella; y, al salir por otra, haya entrado ROLDÁN, y encuentra con ella.)


ROLDÁN

De mi dolor conmovido,

te ha puesto el cielo en mis brazos.


REINALDOS

Suelta, que te haré pedazos,

amante descomedido;

suelta, digo, y considera

la grosería que haces.


ROLDÁN

¿Para qué turbas mis paces,

sombra despiadada y fiera?

¿No ves que esta prenda es mía

de razón y de derecho?


REINALDOS

¡Por Dios, que te pase el pecho!


ANGÉLICA

¡Suerte airada, estrella impía!


REINALDOS

¿Fíaste en ser encantado,

que no quieres defenderte?


ROLDÁN

No fío sino en tenerte

por un simple enamorado.


REINALDOS

¡Mataréte, vive el cielo!


ROLDÁN

Si puedes, luego me acaba.


REINALDOS

¿Hay desvergüenza tan brava?


ROLDÁN

¿Hay tan necio y simple celo?


ANGÉLICA

¿Hay hembra tan sin ventura

como yo? Dúdolo, cierto.

¡Suelta, cruel, que me has muerto

a manos de tu locura!


REINALDOS

¡Suéltala, digo!


ROLDÁN

¡No quiero!


REINALDOS

¿Defiéndete, pues!


ROLDÁN

¡Ni aquesto!


REINALDOS

¡Loco estás!


ROLDÁN

Yo lo confieso,

aunque de estar cuerdo espero.


ANGÉLICA

Divididme en dos pedazos,

y repartid por mitad.


ROLDÁN

No parto yo la beldad

que tengo puesta en mis brazos.


REINALDOS

Dejarla tienes entera,

o la vida en estas manos.


ANGÉLICA

¡Oh hambrientos lobos tiranos,

cuál tenéis esta cordera!

El cielo se viene abajo,

de mi angustia condolido.


ROLDÁN

¡Oh salteador atrevido,

cuán sin fruto es tu trabajo!


(Descuélgase la nube y cubre a todos tres, que se esconden por lo hueco del teatro; y salen luego el EMPERADOR CARLOMAGNO y GALALÓN, la mano en una banda, lastimada cuando se la apretó MARFISA.)


CARLOMAGNO

¿Que vencistes a Marfisa?


GALALÓN

Llegué y vencí todo junto,

porque yo no pierdo punto

si acaso importa la prisa.

Maltratóme aquesta mano

de un bravo golpe de espada,

de que quedó magullada,

porque fue el golpe de llano.


CARLOMAGNO

¿Qué se hizo el español?


GALALÓN

Como vio en mí a toda Francia,

se deshizo su arrogancia

como las nubes al sol.

También le dejé vencido.


CARLOMAGNO

¡Brava hazaña, Galalón!


GALALÓN

Hazaña de un corazón

que es de ti favorecido.


CARLOMAGNO

¿Quién es éste?


GALALÓN

Malgesí.


CARLOMAGNO

¡Oh, a qué buen tiempo que viene!

Parece que se detiene.

¿Viene armado?


GALALÓN

Creo que sí.


(Entra MALGESÍ con el escudo de GALALÓN, donde vienen escritos los cuatro versos de antes.)


CARLOMAGNO

Estraña armadura es ésta,

¡oh Malgesí!, caro amigo.


GALALÓN

La ciencia deste enemigo

honra y vida y más me cuesta.


MALGESÍ

Señor, pues sabéis leer,

leed aquesta escritura.


GALALÓN

Mi cobardía se apura

si más quiero aquí atender.

Irme quiero a procurar

venganza deste embaidor.


(Entra GALALÓN.)


MALGESÍ

Después

os diré, señor,

cosas que os han de admirar.


CARLOMAGNO

¿Adónde queda Roldán,

y adónde queda Reinaldos?


MALGESÍ

Sacro emperador, miraldos

de la manera que están.


(Vuelven a salir ROLDÁN, REINALDOS y ANGÉLICA, de la misma manera como se entraron cuando les cubrió la nube.)


REINALDOS

Mi trabajo doy al viento,

por más que mi fuerza empleo.


ROLDÁN

Reinaldos, no soy Anteo,

que me ha de faltar aliento.


ANGÉLICA

¡Cobardes como arrogantes,

de tal modo me tratáis,

que no es posible seáis

ni caballeros ni amantes!


MALGESÍ

Vuelve la vista, emperador supremo;

verás el genio de París rompiendo

los aires y las nubes, paraninfo

despachado del cielo en favor tuyo.


CARLOMAGNO

¡Hermosa vista y novedad es ésta!


(Parece un ÁNGEL en una nube volante.)


ÁNGEL

Préstame, Carlo, atento y grato oído,

y escucha del divino acuerdo cuanto

tiene en tu daño y gusto estatuido

allá en las aulas del alcázar santo.

Presto estos campos con marcial rüido

retumbarán, y con horror y espanto

volverá las espaldas la cristiana

a la gente agarena y africana.

En honor de Macón y Trivigante,

con torcida y errada fantasía,

viste las duras [armas] Agramante,

y deja Ferragut a Andalucía.

Rodamonte feroz viene delante;

sus fuertes moros Zaragoza envía,

con Marsilio, su rey, y el rey Sobrino,

tan prudente, que casi es adivino.

Queda Libia desierta, sin un moro;

de África quedan solas las mezquitas,

y todos a una voz tus lirios de oro

afrentan con palabras inauditas.

Mas tú, guardando el sin igual decoro

que guardas en empresas exquisitas,

sal al encuentro luego a esta canalla,

puesto que perderás en la batalla.

Pero después la poderosa mano

ayudarte de modo determina,

que del moro español y el africano

seas el miedo y la total rüina.

Vuelvo con esto al trono soberano,

a ver si en tu favor se determina

de nuevo alguna cosa, y en un punto

tendrás mi vista y el aviso junto.


(Vase.)


CARLOMAGNO

¡Gracias te doy, Dios inmenso,

por el aviso y merced!


ROLDÁN

Pues ella cayó en mi red,

gozalla, sin duda, pienso.


REINALDOS

¿Todavía estás en eso?


ROLDÁN

¿Y tú en eso todavía?


CARLOMAGNO

De vuestra loca porfía

he de sacar buen suceso,

y ha de ser desta manera:

aquesta dama llevad,

y al momento la entregad

al gran duque de Baviera,

y el que más daño hiciere

en el contrario escuadrón,

llevará por galardón

la prenda que tanto quiere.


ROLDÁN

Soy contento.


REINALDOS

Soy contento.


ROLDÁN

¡Morirán luego a mis manos

andaluces y africanos!


MALGESÍ

¡Vano saldrá vuestro intento!


ROLDÁN

¡Despedazaré a Agramante

y a su ejército en un punto!

Cuéntenle ya por difunto.


MALGESÍ

No te alargues, arrogante,

que Dios dispone otra cosa,

como en efecto verás.


ROLDÁN|

¡Oh Agramante! ¿Dónde estás?


REINALDOS

¡Por mía cuento esta diosa!

Cuando con victoria vuelvas,

crecerá tu gusto y fama,

que por ahora nos llama

fin suspenso a nuestras selvas.


(Suenan chirimías, y dase fin a la comedia.)


FIN





Comedia famosa de los baños de Argel


Hablan en esta comedia las personas siguientes:


CAURALÍ, capitán de Argel

YZUF, renegado

Cuatro MOROS

Otro MORO

UNO

Dos OTROS

Un VIEJO

JUANICO, [un hijo suyo]

FRANCISQUITO, [otro hijo suyo]

Un SACRISTÁN

COSTANZA, cristiana

CAPITÁN cristiano

Dos ARCABUCEROS cristianos

Don FERNANDO

GUARDIÁN Bají

Un CAUTIVO

Un CRISTIANO cautivo

Don LOPE, cautivo

VIVANCO, cautivo

HAZÉN, renegado

ZARAHOJA, moro

HAZÁN Bají, rey de Argel

El CADÍ

HALIMA, mora, mujer de Cauralí

ZARA, mora

Tres MOR[ILL]OS pequeños

AMBROSIO

La señora CATALINA

Un JUDÍO

OSORIO

GUILLERMO, pastor



JORNADA PRIMERA


CAURALÍ, capitán de Argel; YZUF, renegado; otros cuatro MOROS, que se señalan así: 1, 2, 3, 4


YZUF: De en uno en uno y con silencio vengan,

que ésta es la trocha, y el lugar es éste,

y a la parte del monte más se atengan.


CAURALÍ: Mira, Yzuf, que no yerres, y te cueste

la vida el no acertar.


YZUF: Pierde cuidado;

haz que la gente el hierro y fuego apreste.


CAURALÍ: ¿Por dó tienes, Yzuf, determinado

que demos el asalto?


YZUF: Por la sierra,

lugar que, por ser fuerte, no es guardado.

Nací y crecí, cual dije, en esta tierra,

y sé bien sus entradas y salidas

y la parte mejor de hacerle guerra.


CAURALÍ: Ya vienen las escalas prevenidas,

y están las atalayas hasta agora

con borrachera y sueño entretenidas.


YZUF: Conviene que los ojos de la aurora

no nos hallen aquí.


CAURALÍ: Tú eres el todo:

guía, y embiste, y vence.


YZUF: Sea en buen hora,

y no se rompa en cosa alguna el modo

que tengo dado; que con él, sin duda,

a daros la victoria me acomodo,

primero que socorro alguno acuda.


[Vanse]. 

Suena dentro vocería de moros; enciénde[n]se hachos, pónese fuego al lugar, sale un VIEJO a la muralla medio desnudo y dice


[VIEJO]: ¡Válame Dios! ¿Qué es esto?

¿Moros hay en la tierra?

¡Perdidos somos, triste!

¡Vecinos, que os perdéis; al arma, al arma!

De los atajadores

la diligencia ha sido

aquesta vez burlada;

las atalayas duermen, todo es sueño.

¡Oh si mis prendas caras,

cual un cristiano Eneas,

sobre mis flacos hombros

sacase deste incendio a luz segura!

¿Que no hay quien grite al arma?

¿No hay quien haga pedazos

esas campanas mudas?

¡A socorreros voy, amados hijos!


[Vase]. 

Sale el SACRISTÁN a la muralla, con una sotana vieja y un paño de tocar


SACRISTÁN: Turcos son, en conclusión.

¡Oh torre, defensa mía!,

ventaja a la sacristía

hacéis en esta ocasión.

Tocar las campanas quiero,

y gritar apriesa al arma;


Toca la campana


el corazón se desarma

de brío, y de miedo muero.

Ningún hacho en la marina

ninguna atalaya enciende,

señal do se comprehende

ser cierta nuestra rüina.

Como persona aplicada

a la Iglesia, y no al trabajo,

mejor meneo el badajo

que desenvaino la espada.


Torna a tocar y éntrase. Salen al teatro CAURALÍ, YZUF y otros dos MOROS


YZUF: Por esta parte acudirán, sin duda,

los que del monte quieran ampararse;

sosiégate, y verás medrosa y muda

gente que viene por aquí a salvarse;

y, antes que aquella del socorro acuda,

conviene que se acuda al retirarse.


CAURALÍ: ¿Los bajeles no están bien a la orilla?


MORO 1: Y estibados de gusto y de mancilla.


Sale el VIEJO que salió a la muralla, con un niño en brazos medio desnudo y otro pequeño de la mano


VIEJO: ¿Adónde os llevaré, pedazos vivos

de mis muertas entrañas? Si a ventura

tendría, antes que fuésedes cautivos,

veros en una estrecha sepultura.


CAURALÍ: De aquesos tus discursos pensativos

te sacará mi espada, que procura,

sin acudir al gusto de tu muerte,

darte la vida y ensalzar mi suerte.


FRANCISQUITO: ¿Para qué me sacó, padre, del lecho?

¡Que me muero de frío! ¿Adónde vamos?

Llégueme a mí, como a mi hermano, al pecho.

¿Cómo tan de mañana madrugamos?


VIEJO: ¡Oh, deste inútil tronco ya y deshecho,

tiernos, amables y hermosos ramos!

No sé dó voy; aunque, si bien se advierte,

deste camino el fin será mi muerte.


CAURALÍ: Llévalos tú, Bairán, a la marina,

y mira bien que esté la armada a punto,

porque, según os muestra la bocina,

la esposa de Titón ya viene junto.


[Vase] el VIEJO; sale el SACRISTÁN


VIEJO: Huir el mal que el Cielo determina,

es trabajo excusado.


SACRISTÁN: Yo barrunto,

si el cielo mi agudeza no socorre,

que estaba más seguro yo en mi torre.

¿Quién me engañó? Y más si, a dicha, yerro

el camino o atajo de la sierra.


CAURALÍ: ¡Camina, perro, a la marina!


SACRISTÁN: ¿Perro?

Agora sé que fue mi madre perra.


CAURALÍ: Aguija tú con él, y zarpe el ferro

la capitana, y vaya tierra a tierra,

hasta la cala donde dimos fondo.


[Vase] el MORO y el SACRISTÁN


[YZUF]: ¿Qué es lo que dices Cauralí?


MORO 2: Yo no respondo.


YZUF: Escucha, Cauralí, que me parece

que una trompeta a mis oídos suena.


CAURALÍ: Sin duda, es el temor el que te ofrece

el son que tus bravezas desordena.


YZUF: Toca tú a recoger, que ya amanece,

y está tu armada de despojos llena,

y creo que el socorro se avecina.

¡A la marina!


CAURALÍ: ¡Hola, a la marina!


[Vanse]. Suena una trompeta bastarda; salen cuatro MOROS, uno tras otro, cargados de despojos


[MORO] 1: Aunque la carga es poca, es de provecho.


[MORO] 2: Yo no sé lo que llevo, pero vaya.


[MORO] 3: Lo que hasta aquí está hecho, está bien hecho.


[MORO] 4: ¡Permita Alá que esté libre la playa!


Sale un MORO con una doncella, llamada COSTANZA, medio desnuda


COSTANZA: Saltos el corazón me da en el pecho;

falta el aliento, el ánimo desmaya.

Llévame más despacio.


MORO: ¡Aguija, perra,

que el mar te aguarda!


COSTANZA: ¡Adiós, mi cielo y tierra!


[Vase] COSTANZA. Sale UNO a la muralla


UNO: ¡A la marina, a la marina, amigos,

que los turcos se embarcan muy apriesa!

Si aguijáis, dejarán los enemigos

la mal perdida y mal ganada presa.


[Sale] un ARCABUCERO cristiano


ARCABUCERO: Sólo habremos llegado a ser testigos

de que Troya fue aquí.


OTRO [1]: ¡Fortuna aviesa,

pon alas en mis pies, fuego en mis manos!


OTRO [2]: Nuestros ahíncos han salido vanos,

porque ya los turcos son embarcados

y en jolito se están cerca de tierra.


[Sale] el CAPITÁN cristiano


CAPITÁN: ¡Oh! ¡Mal hayan mis pies, acostumbrados,

más que a la arena, a riscos de la sierra!

¿Qué han hecho los jinetes?


UNO: Desmayados

llegaron los caballos tierra a tierra,

a tiempo que zarpaban las galeras,

y tras ellos llegaron tres banderas.

Los dos atajadores de la playa

muertos hallé de arcabuzazos, creo.

La oscuridad disculpa al atalaya

del mísero suceso que aquí veo.


OTRO [1]: ¿Qué habemos de hacer?


CAPITÁN: La gente vaya

tomando por el monte algún rodeo,

y embósquese en la cala allí vecina,

por ver lo que el cosario determina.


UNO: ¿Qué ha de determinar, si no es tornarse

a Argel, pues que su intento ha conseguido?


CAPITÁN: ¿Quién puede a tan gran hecho aventurarse?


OTRO [1]: Si él es Morato Arráez, es atrevido;

cuanto más, que bien puede imaginarse

que de algún renegado fue traído,

plático desta tierra.


CAPITÁN: Désta hay uno

que en ser traidor no se le iguala alguno.

¿Adónde está mi hermano?


UNO: Llegó apenas,

cuando, despavorido y sin aliento,

se arrojó en el lugar.


CAPITÁN: Hallará estrenas

triste[s] de su esperado casamiento.


Parece en la muralla Don FERNANDO


D. FERNANDO: Puntas de cristal claro, y no de almenas,

murallas de bruñido y rico argento

que guardastes un tiempo mi esperanza,

¿dónde hallaré, decidme, a mi Costanza?

Techos que vomitáis llamas teosas,

calles de sangre y lágrimas cubiertas,

¿adónde de mis glorias ya dudosas

está la causa, y de mis penas ciertas?

Descubre, ¡oh sol!, tus hebras luminosas;

abre ya, aurora, tus rosadas puertas;

dejadme ver el mar, donde navega

el bien que el cielo por mi mal me niega.


CAPITÁN: Vámosle a socorrer, no desespere;

que en lo que dice da de loco indicio.


UNO: Bien dices; vamos, que su mal requiere

fuerte y apresurado beneficio.


[Vanse]


D. FERNANDO: Mas, ¿qué digo, cuitado? Bien se infiere

de las reliquias deste maleficio

que va cautiva mi querida prenda,

y es bien que a dalle libertad atienda.


[Vase] 

Don FERNANDO, y parece el CAPITÁN en la muralla con otro soldado


Desde aquel risco levantado, quiero

hacer señal; quizá querrá el vil moro

trocar la hermosura por dinero

a quien no pagará ningún tesoro.


CAPITÁN: Ya no está aquí mi hermano; el dolor fiero

temo que no le saque del decoro

que debe a ser quien es. ¡Oh caso extraño!


UNO: Señor, por allí va, si no me engaño.


[Vase] el CAPITÁN; sale Don FERNANDO, y va subiendo por un risco


D. FERNANDO: Subid, ¡oh pies cansados!;

llegad a la alta cumbre

desta encumbrada y rústica aspereza,

si ya de mis cuidados

la inmensa pesadumbre

no os detiene en mitad de su maleza.

Ya a descubrir se empieza

la máquina terrible

que con ligero vuelo

la carga de mi cielo

lleva en su vientre tragador y horrible;

ya las alas estiende,

ya le ayudan los pies, ya al curso atiende.

No será de provecho

esta señal que muestro

de rescate, de paz y de alïanza;

ni la voz de mi pecho,

aunque a gritar me adiestro,

ha de alcanzar do mi deseo alcanza.

¿Ah, mi amada Costanza!

¡Ah, dulce, honrada esposa!

No apliques los oídos

a ruegos descreídos,

ni a la fuerza agarena poderosa

os entreguéis rendida,

que aún yo para la vía tengo vida.

Volved, volved, tiranos,

que de vuestra codicia

ofrezco de llenar con gusto y gloria

los senos; y las manos,

ajenas de avaricia,

sin duda aumentarán vuestra victoria.

Volved, que es vil escoria

cuanto lleváis robado,

si no lleváis los dones

que os ofrezco a montones

en cambio de mi sol, que va eclipsado

entre las pardas nubes

que tú del mar, ¡oh blando cierzo!, subes.

De Arabia todo el oro,

del Sur todas las perlas,

la púrpura de Tiro más preciosa,

con liberal decoro

ofrezco, aunque el tenerlas

os venga a parecer dificultosa.

Si me volvéis mi esposa,

un nuevo mundo ofrezco,

con todo cuanto encierra

todo el cielo y la tierra.

Locuras digo; mas, pues no merezco

alcanzar esta palma,

llevad mi cuerpo, pues lleváis mi alma.


Arrójase del risco. Sale el GUARDIÁN Bají y un CAUTIVO con papel y tinta


GUARDIÁN: ¡Hola; al trabajo, cristianos!

No quede ninguno dentro;

así enfermos como sanos,

no os tardéis, que, si allá entro,

pies os pondrán estas manos.

Que trabajen todos quiero,

ya [pá]paz, ya caballero.

¡Ea, canalla soez!

¿Heos de llamar otra vez?


Sale un CAUTIVO, y van saliendo de mano en mano los que pudieren


UNO: Yo quiero ser el primero.


GUARDIÁN: Éste a la leña le asienta;

éste vaya a la marina;

ten en todo buena cuenta;

treinta aquel burche encamina,

y a la muralla sesenta;

veinte al horno, y diez envía

a casa de Cauralí.

Y abrevia, que se va el día.


[CAUTIVO]:E Por cuarenta envió el cadí;

dárselos es cortesía.


GUARDIÁN: Y aun fuerza. En eso no pares;

enviarás otros dos pares

a los ladrillos de ayer.


[CAUTIVO]: Para todos hay qué hacer,

aunque fueran dos millares.

¿Dónde irán los caballeros?


GUARDIÁN: Déjalos hasta mañana,

que serán de los primeros.


[CAUTIVO]: ¿Y si pagan?


GUARDIÁN: Cosa es llana

que hay sosiego do hay dineros.


[CAUTIVO]: Yo con ellos me avendré,

de modo que se te dé

gusto y honesta pitanza.


GUARDIÁN: Despacha a la maestranza.


[CAUTIVO]: Ve con Dios, que sí haré.


[Vase]. 

Salen don LOPE y VIVANCO, cautivos, con sus cadenas a los pies


D. LOPE: Ventura, y no poca, ha sido

haber escapado hoy

del trabajo prevenido.


VIVANCO: Cuando no trabajo, estoy

más cansado y más molido.

Para mí es grave tormento

este estrecho encerramiento,

y es alivio a mi pesar

ver el campo o ver la mar.


D. LOPE: Pues yo en verlo me atormento,

porque la melanconía

que el no tener libertad

encierra en el alma mía,

quiere triste soledad

más que alegre compañía.

Trabajar y no comer,

bien fácil se echa de ver

que son pasos de la muerte.


Sale un CRISTIANO cautivo, que viene huyendo del GUARDIÁN, que viene tras él dándole de palos


GUARDIÁN: ¡Oh chufetre! ¿Desta suerte

siempre os habéis de esconder?

Que os crïastes en regalo,

inútil perro, barrunto.


CRISTIANO: ¡Por Dios, fende, que estoy malo!


GUARDIÁN: Pues yo os curaré en un punto

con el sudor deste palo.


CRISTIANO: Con calentura contina,

que me turba y desatina,

estoy ha más de dos días.


[Vanse], dándole de palos, estos dos


GUARDIÁN: ¿Y por eso te escondías?


CRISTIANO: Sí, fende.


GUARDIÁN: ¡Perro, camina!


D. LOPE: ¡Por Dios, que es un buen soldado,

y no lo hace de vicio

el mísero apaleado!


VIVANCO: Mirad, pues, qué beneficio

ha en su enfermedad hallado.

¿No es notable desatino

que está un cautivo vecino

a la muerte y no le creen?

Y, cuando muerto le ven,

dicen: "¡Gualá, que el mezquino

estaba malo, sin duda!"

¡Oh canalla fementida,

de toda piedad desnuda!

¿Quién, al perder de la vida,

queréis que al mentir acuda?

De nuestra calamidad

con vuestra incredulidad,

la muerte es testigo cierto;

más creéis a un hombre muerto,

que al vivo de más verdad.


D. LOPE: Alza los ojos y atiende

a aquella parte, Vivanco,

y mira si comprehende

tu vista que un paño blanco

de una luenga caña pende.


Parece una caña, atado un paño blanco en ella, con un bulto


VIVANCO: Bien dices, y atado está.

Quiérome llegar allá

para ver esta hazaña.

¡Por Dios, que se alza la caña!


D. LOPE: Ve, quizá se abajará.


VIVANCO: No es para mí esta aventura,

don Lope; ven tú a proballa,

que no sé quién me asegura

que han de venir a alcanzalla

las manos de tu ventura.


D. LOPE: Algún muchacho habrá puesto

cebo o lazo allí dispuesto

para cazar los vencejos.


VIVANCO: No está hondo, ni está lejos;

ven, y verémoslo presto.

¿No ves cómo se te inclina

la caña? ¡Vive el Señor,

que ésta es cosa peregrina!


D. LOPE: En el trapo está el favor.


VIVANCO: Si es favor, desata aína.


D. LOPE: Once escudos de oro son;

entrellos viene un doblón

que parece necesario

paternóster del rosario.


VIVANCO: ¡Bien propria comparación!


D. LOPE: La caña se tornó a alzar.

¿Qué maná del cielo es ésta?

¿Qué Abacuc nos vino a dar

en nuestra prisión la cesta

deste que es más que manjar?


VIVANCO: ¿Por qué, don Lope, no acudes

a dar gracias y saludes

a quien hizo esta hazaña?

¡Oh caña, de hoy más no caña,

sino vara de virtudes!


D. LOPE: ¿A quién quieres que las dé,

si en aquella celosía

estrecha nadie se ve?


VIVANCO: Pues alguien aquesto envía.


D. LOPE: Claro está, mas quién, no sé.

Quizá será renegada

cristiana la que se agrada

de mostrarse compasiva,

o ya cristiana cautiva

en esta casa encerrada.

Mas, quienquiera que ella sea,

es bien que las apariencias

de agradecidos nos vea:

hazle dos mil reverencias,

porque nuestro intento crea;

yo a lo morisco haré

ceremonias, por si fue

mora la que hizo el bien.


[Sale] 

HAZÉN, renegado


D. LOPE: Calla, porque viene Hazén.


VIVANCO: ¡Noramala venga el pe...!

Las dos erres y la o

me como contra mi gusto.


D. LOPE: Creo, por Dios, que te oyó.


VIVANCO: Si él me oyó, por Dios, fue justo

no acabar su nombre yo.


HAZÉN: Con vuestras dos firmas solas

pisaré alegre y contento

las riberas españolas;

llevaré propicio el viento,

manso el mar, blandas sus olas.

A España quiero tornar,

y a quien debo confesar

mi mozo y antiguo yerro;

no como Yzuf, aquel perro

que fue a vender su lugar.

Dales un papel escrito

Aquí va cómo es verdad

que he tratado a los cristianos

con mucha afabilidad,

sin tener en lengua o manos

la turquesca crüeldad;

cómo he a muchos socorrrido;

cómo, niño, fui oprimido

a ser turco; cómo voy

en corso, pero que soy

buen cristiano en lo escondido,

y quizá hallaré ocasión

para quedarme en la tierra,

para mí, de promisión.


D. LOPE: Es la enmienda en el que yerra

arras de su salvación.

Echaremos de buen grado

las firmas que nos pedís,

que ya está experimentado

ser verdad cuanto decís,

Hazén, y que sois honrado.

Y quiera el cielo divino

que os facilite el camino

como vos lo deseáis.


VIVANCO: A mucho os determináis.


HAZÉN: Pues a más me determino;

que he de procurar alzar

la galeota en que voy.


D. LOPE: ¿Cómo lo pensáis trazar?


HAZÉN: Ya con otros cuatro estoy

convenido.


VIVANCO: Temo azar,

si es que entre muchos se sabe:

que no hay cosa que se acabe

aquí en Argel sin afrenta

cuando a muchos se da cuenta.


HAZÉN: En los que digo, más cabe.


D. LOPE: ¿Sabrías decir, Hazén,

quién mora en aquella casa?


HAZÉN: ¿En aquella?


VIVANCO: Sí.


HAZÉN: Muy bien.

Un moro de buena masa,

principal y hombre de bien,

y rico en extremo grado;

y, sobre todo, le ha dado

el cielo una hija tal,

que de belleza el caudal

todo en ella está cifrado.

Muley Maluco apetece

ser su marido.


D. LOPE: Y el moro

¿qué dice?


HAZÉN: Que la merece,

no por rey, mas por el oro

que en la dote el rey ofrece:

que en esta nación confusa

que dé el marido se usa

la dote, y no la mujer.


VIVANCO: ¿Y ella está del parecer

del padre?


HAZÉN: No lo rehúsa.


D. LOPE: ¿Está acaso alguna esclava,

ya renegada o cristiana,

en esta casa?


HAZÉN: Una estaba

años ha, llamada Juana.

Sí, sí; Juana se llama[ba],

y el sobrenombre tenía,

creo, que de Rentería.


D. LOPE: ¿Qué se hizo?


HAZÉN: Ya murió,

y a aquesta mora crïó

que denantes os decía.

Ella fue una gran matrona,

archivo de cristiandad,

de las cautivas corona;

no quedó en esta ciudad

otra tan buena persona.

Los tornadizos lloramos

su falta, porque quedamos

ciegos sin su luz y aviso.

Por cobralla, el cielo quiso

que la perdiesen sus amos.


D. LOPE: Vete en paz, y aquesta tarde

ven por tus firmas, Hazén.


HAZÉN: La Trinidad toda os guarde.


VIVANCO: Bien podemos deste bien

hacer otra vez alarde.

¿Cuántos son?


D. LOPE: ¿Once no dije?

Pero lo que aquí me aflige

es no ver [a] quien los dio.


VIVANCO: ¿Quién? Para mí tengo yo

que fue Aquél que el cielo rige,

que por no vistos caminos

su pródiga mano acorre

a los míseros mezquinos;

y ansí, a nosotros socorre,

aunque de tal gracia indignos.


Parece la caña otra vez, con otro paño de más bulto


Mira que otra vez asoma

la caña.


D. LOPE: Trabajo toma

de ir a ver si se te inclina.


VIVANCO: Aquesta pesca es divina,

aunque sea de Mahoma.

Mas, apenas muevo el pie

hacia allá, cuando levantan

la caña, y no sé por qué;

si es que de mí se espantan,

díganlo y me volveré.

Para ti, amigo, se guarda

esta ventura gallarda;

ven y veremos lo que es;

y no empereces los pies,

que, si el bien llega, no tarda.


Inclínase la caña a don LOPE, y desata el paño


D. LOPE: Más peso tiene, a mi ver,

que el de denantes aquéste.


VIVANCO: Más numos debe de haber.


D. LOPE: ¡Ta, ta, billetico es éste!


VIVANCO: ¿Quiéresle agora leer?

Mira si es oro o argento,

primero, que de contento

estoy para reventar.

¿Que no lo queréis mirar?


Pónese don LOPE a leer el billete; y, antes que le acabe de leer, dice


D. LOPE: ¡Por Dios, que pasan de ciento,

y son los más de a dos caras!


VIVANCO: ¿Para qué a leer te paras?

A contarlos te apresura.


D. LOPE: Cierto que es esta aventura

rarísima entre las raras.


VIVANCO: ¿Qué es lo que dice el papel?


D. LOPE: En lo poco que he leído,

milagros he visto en él.


VIVANCO: Oye, que siento rüido.


D. LOPE: Gente viene de tropel;

en el rancho nos entremos,

adonde a solas podremos

ver lo que el billete dice.


VIVANCO: ¿Despedístete?


D. LOPE: Sí hice.


VIVANCO: Desorejado tenemos.


Sale el GUARDIÁN Bají y un moro llamado CARAHOJA, y un CRISTIANO atadas las orejas con un paño sangriento, como que las trae cortadas


CARAHOJA: ¿No os dije, perro insensato,

que, si huíades por tierra,

que os haría aqueste trato?


CRISTIANO: Es grande el gusto que encierra

voz de libertad.


CARAHOJA: ¡Oh ingrato!

Por la mar te he aconsejado

que huyas; mas tú, malvado,

que en los estorbos no miras,

siempre a huir por tierra aspiras.


CRISTIANO: Hasta quedar enterrado.


CARAHOJA: Tres veces por tierra ha huido

este perro, y treinta doblas

di aquellos que le han traído.


CRISTIANO: Si las prisiones no doblas,

haz cuenta que me has perdido:

que, aunque me desmoches todo,

y me pongas de otro modo

peor que éste en que me veo,

tanto el ser libre deseo,

que a la fuga me acomodo

por la tierra o por el viento,

por el agua y por el fuego;

que, a la libertad atento,

a cualquier cosa me entrego

que me muestre este contento.

Y, aunque más te encolerices,

respondo a lo que me dices,

que das en mi huida cortes,

que no importa el ramo cortes,

si no arrancas las raíces.

Si no me cortas los pies,

al huirme no hay reparo.


GUARDIÁN: Carahoja, ¿éste no es

español?


CARAHOJA: ¿Pues no está claro?

¿En su brío no lo ves?


GUARDIÁN: Por Alá, que, aunque esté muerto,

estás de guardallo incierto.

¡Éntrate, perro, a curar!

Aqueste le habrás de dar

a la limosna.


CARAHOJA: Está cierto.


[Vase] el CRISTIANO


GUARDIÁN: Oye, que un tiro han tirado

en la mar.


CARAHOJA: No le he sentido.


[Sale] un CAUTIVO


CAUTIVO: Fendi, Cauralí es llegado,

y viene, según he oído,

rico, próspero y honrado;

y el rey sale a la marina,

que ver allí determina

los cautivos y el despojo.


GUARDIÁN: ¿Quieres venir?


CARAHOJA: Yo estoy cojo.


GUARDIÁN: Pues poco a poco camina.


[Vanse]. 

Vuelven a salir Don LOPE y VIVANCO


VIVANCO: Léele otra vez, que me admira

la sencillez que contiene

y el grande intento a que aspira.


D. LOPE: Mira bien si alguno viene,

y a esta parte te retira.

El billete dice así;

en toda mi vida vi

razones así sencillas.

¡Éstas son tus maravillas,

gran Señor!


VIVANCO: Acaba, di.


Lee el billete Don LOPE


[D. LOPE]: Mi padre, que es muy rico, tuvo por cautiva

a una cristiana, que me dio leche y me enseñó

todo el cristianesco. Sé las cuatro oraciones,

y leer y escribir, que ésta es mi letra. Díjome

la cristiana que Lela Marién, a quien vosotros

llamáis Santa María, me quería mucho, y que un

cristiano me había de llevar a su tierra.

Muchos he visto en ese baño por los agujeros

desta celosía, y ninguno me ha parecido bien,

sino tú. Yo soy hermosa, y tengo en mi poder

muchos dineros de mi padre. Si quieres, yo te

daré muchos para que te rescates, y mira tú

cómo podrás llevarme a tu tierra, donde te has de

casar conmigo; y, cuando no quisieres, no se me

dará nada: que Lela Marién tendrá cuidado de

darme marido. Con la caña me podrás responder

cuando esté el baño sin gente. Envíame a decir

cómo te llamas, y de qué tierra eres, y si eres

casado; y no te fíes de ningún moro ni renegado.

Yo me llamo Zara, y Alá te guarde.

¿Qué te parece?


VIVANCO: Que el cielo

se nos descubre en la tierra

en este tan santo celo.


D. LOPE: Sin duda, en Zara se encierra

toda la bondad del suelo.


VIVANCO: Quizá nos está mirando.

Vuelve, y haz, de cuando en cuando,

señales de agradecido.

Mas, ¿en qué te has suspendido?


D. LOPE: La respuesta estoy pensando.


VIVANCO: ¿Pues hay más que responder,

sino que harás todo cuanto

fuere al caso menester?


[Sale] HAZÉN


D. LOPE: Hazén vuelve.


HAZÉN: Estimo en tanto

el bien que me habéis de hacer,

que, hasta tenerle en mi pecho,

no puedo tener sosiego.


Vuélvele el papel


D. LOPE: Amigo Hazén, ya está hecho;

y, así como yo os lo entrego

con gusto, os haga el provecho.


VIVANCO: ¿Es verdad que ya ha llegado

Cauralí?


HAZÉN: Ya se ha mostrado

al cabo de Metafús.


D. LOPE: ¿En qué piensas?


HAZÉN: Ahora, ¡sus!,

yo he de ver al renegado

y decirle de mí a él

quién es.


VIVANCO: ¿Por Yzuf dirás?


HAZÉN: Por ese perro crüel

digo.


D. LOPE: Pues muy mal harás

en tomarte, Hazén, con él.


VIVANCO: Déjale; Dios le maldiga.


HAZÉN: El alma se me fatiga

en ver que este perro infame

su sangre venda y derrame

como si fuera enemiga.

Dios me ayude, a Dios quedad,

que jamás no me veréis,

y Dios os dé libertad.


VIVANCO: ¡Mirad, Hazén, lo que hacéis!


[Vase] HAZÉN


HAZÉN: ¡Dios mueve mi voluntad!


VIVANCO: ¿Apostaréis que se toma,

según la ira le doma,

con Yzuf?


D. LOPE: Ya le acabase,

porque del suelo quitase

este rayo de Mahoma.

¿No será bien que escribamos,

por si otra vez se aparece

esta estrella que miramos?


VIVANCO: Así a mí me lo parece,

ya, y ahora.


D. LOPE: Vamos.


VIVANCO: Vamos.


[Vanse]. Sale[n] Hazán BAJÁ, rey de Argel, y el CADÍ y CARAHOJA, y HAZÉN, el GUARDIÁN bají y otros MOROS de acompañamiento; suenan chirimías y grita de desembarcar


BAJÁ: ¡Bueno viene Cauralí!

De alegría da gran muestra.

¿Qué dices, guardián Bají?


GUARDIÁN: De su industria y de su diestra

siempre estos efecto vi;

es valiente, y fue guïado

por un bravo renegado.


BAJÁ: ¿No fue Yzuf?


GUARDIÁN: Yzuf se llama,

a quien pregona la fama

por buen moro y buen soldado.


[Salen] CAURALÍ y YZUF


CAURALÍ: Dame tus pies, fuerte Hazán,

como mi rey y señor.


BAJÁ: Mis pies por jamás se dan

a labios de tal valor

y a tan bravo capitán.

Del suelo os alzad.


YZUF: A mí

darás lo que a Cauralí

niegas con justa razón.


BAJÁ: De entrambos mis brazos son.


CADÍ: Y también los del Cadí.

En buen hora seas venido.


CAURALÍ: En la mesma estés.


CADÍ: Pues bien:

¿haos España enriquecido?

Porque lo suele hacer bien

con el cosario atrevido.


YZUF: Mi pueblo se saqueó,

y, aunque poca, en él se halló

ganancia y algún cautivo.


HAZÉN: ¡Oh, más que Nerón esquivo,

ni al que a [S]icilia asoló!


BAJÁ: Haz venir alguno dellos

en mi presencia, y advierte

que sean de los más bellos.


CAURALÍ: Yo mesmo, por complacerte,

quiero ir, señor, a traellos.


[Vase] CAURALÍ


BAJÁ: ¿Cuántos serán?


YZUF: Ciento y veinte.


BAJÁ: ¿Hay entre ellos buena gente

para el remo? ¿Hay oficiales?


YZUF: Yo creo que vienen tales,

que el más ruin más te contente.


CADÍ: ¿Hay muchachos?


YZUF: Dos no más;

pero de belleza extraña,

como presto lo verás.


CADÍ Hermosos los cría España.


[YZUF]: Pues désto[s] te admirarás.

Y son, a lo que imagino,

uno y otro mi sobrino.


CADÍ: Hasles hecho un gran favor.


HAZÉN: ¿Que tal hiciste, traidor,

alma fiera de Ezino?


Vuelve CAURALÍ con el padre [VIEJO], que trae al niño de la mano y otro chiquito en los brazos, que no ha de hablar; y vienen asimismo el SACRISTÁN, Don FERNANDO y otros dos cautivos


CAURALÍ: De aquestos dos niños creo

que este honrado viejo es padre.


YZUF: El mío en su rostro veo.


BAJÁ: ¿Viene cautiva su madre?


CAURALÍ No, señor.


CADÍ: Éste no es feo.


BAJÁ: Son muy chiquitos.


CAURALÍ Con todo,

con el tiempo me acomodo,

sin que lo estorbe su Roma,

dar dos pajes a Mahoma

que le sirvan a su modo.


[VIEJO]: ¡Cuitado! ¿Qué es lo que escucho?


CADÍ: Llegad éste acá.


[VIEJO]: Señor,

no nos aparte; ya lucho

con los brazos del temor,

y venceránme, que es mucho.


CAURALÍ: Éste es un desesperado,

que él mismo al mar se arrojó

ya después de haber zarpado,

y un gancho que le eché yo

le pescó como pescado.


BAJÁ: ¿Pues quién le movió a tal hecho?


CAURALÍ: Amor que reina en su pecho

de un hijo que él se temía

que en nuestra armada venía.


BAJÁ: Y el muchacho, ¿qué se ha hecho?


YZUF: No parece.


CADÍ: ¿Cómo ansí?


CAURALÍ: Debió de quedarse allá.


D. FERNANDO: ¡Ay Costanza! ¿Qué es de ti?


BAJÁ: ¿Qué es lo que dices?


D. FERNANDO: ¡Quizá

en el lugar le perdí!


BAJÁ: Cordura fuera buscalle

primero, y, al no hallalle,

el rescate lo suplía;

y fue mala granjería

el perderte por ganalle.

¿Éste quién es?


CAURALÍ: No sé cierto.


CAUTIVO: ¿Yo, señor? Soy carpintero.


HAZÉN: ¡Oh cristiano poco experto!

No te sacará el dinero

desta tormenta a buen puerto.

El que es oficial, no espere,

mientras que vida tuviere,

verse libre destas manos.


CAURALÍ: ¿Vendrán todos los cristianos?


BAJÁ: Muestra alguno, y sea quien fuere.


[Sale] el SACRISTÁN


¿Éste es pápaz?


SACRISTÁN: No soy Papa,

sino un pobre sacristán

que apenas tuvo una capa.


CADÍ: ¿Cómo te llaman?


SACRISTÁN: Tristán.


BAJÁ: ¿Tu tierra?


SACRISTÁN: No está en el mapa.

Es mi tierra Mollorido,

un lugar muy escondido

allá en Castilla la Vieja.

(¡Mucho este perro me aqueja! 


[Aparte]


¡Guarde el cielo mi sentido!


BAJÁ: ¿Qué oficio tienes?


SACRISTÁN: Tañer;

que soy músico divino,

como lo echaréis de ver.


HAZÉN: O este pobre pierde el tino,

o él es hombre de placer.


BAJÁ: ¿Tocas flauta o chirimía,

o cantas con melodía?


SACRISTÁN: Como yo soy sacristán,

toco el din, el don y el dan

a cualquiera hora del día.


CADÍ: ¿Las campanas no son esas

que llamáis entre vosotros?


SACRISTÁN: Sí, señor.


BAJÁ: Bien lo confiesas:

música para nosotros

divina es la que profesas.

¿No sabrás tirar un remo?


SACRISTÁN: No, mi señor, porque temo

reventar: que soy quebrado.


CADÍ: Irás a guardar ganado.


SACRISTÁN: Soy friolego en extremo

en i[n]vierno, y en verano

no puedo hablar de calor.


BAJÁ: Bufón es este cristiano.


SACRISTÁN: ¿Yo búfalo? No, señor:

antes soy pobre aldeano.

En lo que yo tendré maña

será en guardar una puerta

o en ser pescador de caña.


CADÍ: Bien tus oficios concierta;

no fuérades vos de España.


[Sale] un MORO


MORO: Los jenízaros están

aguardándote en palacio.


BAJÁ: Vamos. ¡Adiós, capitán!,

y veámonos despacio.


CAURALÍ: (¡Oh, qué bien mis cosas van! 


[Aparte]


Escapado he la cristiana;

ya la fortuna me allana

los caminos de mi bien.)


[Vanse] todos; quedan HAZÉN y YZUF


YZUF: Agora hablaré yo a Hazén.


HAZÉN: De hablarte tengo gana.

Deja ir a Cauralí,

porque los cautivos lleve,

y quedémonos aquí.


YZUF: En tus razones sé breve,

que tengo que hacer.


HAZÉN: Sea ansí.

Dejo aparte que no tengas

ley con quien tu alma avengas,

ni la de gracia ni escrita,

ni en iglesia ni en mezquita

a encomendarte a Dios vengas.

Con todo, de tu fiereza

no pudiera imaginar

cosa de tanta estrañeza

como es venirte a faltar

la ley de naturaleza.

Con sólo que la tuvieras,

fácilmente conocieras

la maldad que cometías

cuando a pisar te ofrecías

las esp[a]ñolas riberas.

¿Qué Falaris agraviado,

qué Dionisio embravecido,

o qué Catilina airado,

contra su sangre ha querido

mostrar su rigor sobrado?

¿Contra tu patria levantas

la espada? ¿Contra las plantas

que con tu sangre crecieron

tus hoces agudas fueron?


YZUF: ¡Por Dios, Hazén, que me espantas!


HAZÉN: ¿No te espanta haber vendido

a tu tío y tus sobrinos

y a tu patria, descreído,

y espántate...?


YZUF: Desatinos

dices, Hazén fementido.

Sin duda que eres cristiano.


HAZÉN: Bien dices; y aquesta mano

confirmará lo que has dicho

poniendo eterno entredicho.

a tu proceder tirano.


Da HAZÉN de puñaladas a YZUF


YZUF: ¡Ay, que me ha muerto! ¡Mahoma,

desde luego la venganza,

como es tu costumbre, toma!


HAZÉN: ¡Tu llevas buena esperanza

a los lagos de Sodoma!


Vuelve el CADÍ


CADÍ: ¿Qué es esto? ¿Qué grito oí?


HAZÉN: ¡Por Dios, que vuelve el Cadí!


YZUF: ¡Ay, señor! ¡Hazén me ha muerto,

y es cristiano!


HAZÉN: Aqueso es cierto:

cristiano soy, veisme aquí.


CADÍ: ¿Por qué le mataste, perro?


HAZÉN: No porque éste fue de caza

de la vida le destierro,

sino porque fue de raza

que siempre cazó por yerro.


CADÍ: ¿Eres cristiano?


HAZÉN: Sí soy;

y en serlo tan firme estoy,

que deseo, como has visto,

deshacerme y ser con Cristo,

si fuese posible, hoy.

¡Buen Dios, perdona el exceso

de haber faltado en la fe,

pues, al cerrar del proceso,

si en público te negué,

en público te confieso!

Bien sé que aqueste conviene

que haga a aquél que te tiene

ofendido como yo.


CADÍ: ¿Quién jamás tal cosa vio?

¡Alto, su muerte se ordene!

¡Ponedle luego en un palo!


HAZÉN: Mientras yo tuviere aquéste,

con quien el alma regalo,

lecho será en que me acueste,

el tuyo, Sardanápalo.

Dame, enemigo, esa cama,

que es la que el alma más ama,

puesto que al cuerpo sea dura;

dámela, que a gran ventura

por ella el cielo me llama.


Saca una cruz de palo HAZÉ


No le mudes la intención,

buen Jesús; confirma en él

su intento y mi petición,

que en ser el cadí crüel

consiste mi salvación.


CADÍ: Caminad; llevadle aína,

y empalalde en la marina.


HAZÉN: Por tal palo, palio espero;

y así, correré ligero.


MORO: ¡Camina, perro, camina!


HAZÉN: Cristianos, a morir voy,

no moro, sino cristiano;

que aqueste descuento doy

del vivir torpe y profano

en que he vivido hasta hoy.

En España lo diréis

a mis padres, si es que os veis

fuera de aqueste destierro.


CADÍ: ¡Cortad la lengua a ese perro!

¡Acabad con él! ¿Qué hacéis?

Carga tú con éste, y mira

si ha acabado de expirar.


MORO: Paréceme que aún respira.


CADÍ: Tráele a mi casa a curar.

Este suceso me admira:

en él se ha visto una prueba

tan nueva al mundo, que es nueva

aun a los ojos del sol;

mas si el perro es español,

no hay de qué admirarme deba.


[Vanse] todos


FIN DE LA PRIMERA JORNADA




JORNADA SEGUNDA


HALIMA, mujer de CAURALÍ, y doña COSTANZA


HALIMA: ¿Cómo te hallas, cristiana?


COSTANZA: Bien, señora; que en ser tuya

mucho mi ventura gana.


HALIMA: Que gana más la que es suya,

bien se ve ser cosa llana.

Al no tener libertad,

no hay mal que tenga igualdad:

sélo yo, sin ser esclava.


COSTANZA: Yo, señora, esto pensaba.


HALIMA: Piensas contra la verdad.

Sólo por estar sujeta

a mi esposo, estoy de suerte

que el corazón se me aprieta.


COSTANZA: Blando del marido fuerte

hace la mujer discreta.


HALIMA: ¿Eres casada?


COSTANZA: Pudiera

serlo, si lo permitiera

el cielo, que no lo quiso.


HALIMA: Tu gentileza y aviso

corren igual la carrera.


[Salen] CAURALÍ y Don FERNANDO como cautivo


CAURALÍ: Ella es hermosa en extremo;

mas llega a su hermosura

su riguridad, que temo.

¡Ya, amor, desta piedra dura

saca el fuego en que me quemo!

Hete dado cuenta desto,

para que en mi gusto el resto

eches de tu discreción.


D. [FERNANDO]: Más pide la obligación,

buen señor, en que me has puesto.

Muéstrame tú la cautiva;

que, aunque más exenta viva

del grande poder de amor,

la has de ver de tu dolor,

o amorosa, o compasiva.


CAURALÍ: Vesla allí; y ésta es Halima,

mi mujer y tu señora.


D. [FERNANDO]: ¡A fe que es prenda de estima!


HALIMA: Pues, amigo, ¿qué hay ahora?


CAURALÍ: Más de un ¡ay! que me lastima.


HALIMA: ¿Á:lzase el rey con la presa?


CAURALÍ: No fuera desdicha aquésa.


HALIMA: Pues, ¿qué daño puede haber?


CAURALÍ: ¿No es mal mandarme volver

en corso con toda priesa?

Mas Alá lo hará mejor.

Aqueste esclavo os presento,

que es cristiano de valor.


D. [FERNANDO]: (¿Juzgo, veo, entiendo, siento? 


[Aparte]


¿Éste es esfuerzo, o temor?

¿No están mirando mis ojos

los ricos altos despojos

por quien al mar me arrojé?

¿No es ésta, que el alma fue,

la gloria de sus enojos?)


CAURALÍ: ¿Con quién hablas, di, cristi[a]no?

¿Por qué no te echas por tierra

y Halima besas la mano?


D. [FERNANDO]: Más acierta el q[ue] más yerra,

viendo un dolor sobrehumano.

Dame, señora, los pies,

que este que postrado ves

ante ellos es tu cautivo.


HALIMA: Ahora esclavo recibo

que será señor después.

¿Conoces a esta cautiva?


D. [FERNANDO]: No, por cierto.


COSTANZA: (Bien dijiste; 


[Aparte]


y si de memoria priva

un dolor, muera ésta triste,

porque olvidada no viva.

Pero quizá disimulas

y mentiras acomulas

que ser de provecho sientes.)


CAURALÍ: ¿Por qué, hablando entre los dientes,

las razones no articulas?


D. [FERNANDO]: ¿Cómo os llamáis?


COSTANZA: ¿Yo? Costanza.


D. [FERNANDO]: ¿Sois soltera, o sois casada?


COSTANZA: De serlo tuve esperanza.


D. [FERNANDO]: ¿Y estáis ya desesperada?


COSTANZA: Aún vive la confïanza;

que, mientras dura la vida,

es necedad conocida

desesperarse del bien.


D. [FERNANDO]: ¿Quién fue vuestro padre?


COSTANZA: ¿Quién?

Un Diego de la Bastida.


D. [FERNANDO]: ¿No estábades concertada

con un cierto don Fernando

de sobrenombre de Andrada?


COSTANZA: Así es; mas nunca el cuándo

llegó desa suerte honrada:

que mi señor Cauralí

del bien que en fe poseí,

merced a Yzuf el traidor,

trujo de su borrador

el original aquí.


D. [FERNANDO]: Señora, trátala bien,

porque es mujer principal.


HALIMA: Como ella me sirva bien,

no la trataré yo mal.


[Sale] ZAHARA, muy bien aderezada


ZAHARA: Ya queda empalado Hazén.


HALIMA: Señora Zara, ¿qué es esto?

No te esperaba tan presto.


ZAHARA: No estaba el baño a mi gusto,

y víneme con disgusto

de aqueste caso funesto.


HALIMA: ¿Pues qué caso?


ZAHARA: A Yzuf mató

Hazén, y el Cadí, al momento,

a empalarle sentenció.

Vile morir tan contento,

que creo que no murió.

Si ella fuera de otra suerte,

tuviera envidia a su muerte.


CAURALÍ: ¿Pues no murió como moro?


ZAHARA: Dicen que guardó un decoro

que entre cristianos se advierte,

que es el morir confesando

al Cristo que ellos adoran.

Y estúvemele mirando,

y, entre otros muchos que lloran,

también estuve llorando,

porque soy naturalmente

de pecho humano y clemente;

en fin, pecho de mujer.


CAURALÍ: ¿Que tal te paraste a ver?


ZAHARA: Soy curiosa impertinente.


CAURALÍ: ¿Estarás aquí esta tarde,

Zahara?


ZAHARA: Sí, porque he de hacer

con Halima cierto alarde.


CAURALÍ: ¿De soldados?


ZAHARA: Podrá ser.


CAURALÍ: Quedad con Alá.


ZAHARA: Él te guarde.


Vase CAURALÍ


HALIMA: No te vayas tú, cristiano.


CAURALÍ: Quédate.


D. [FERNANDO]: Término llano

es éste de Berbería.


COSTANZA: ¡Dichosa desdicha mía!


HALIMA: ¿Por qué?


COSTANZA: Porque en ella gano.


ZAHARA: ¿Qué ganas?


COSTANZA: Un bien perdido

que cobré con la paciencia

de los males que he sufrido.


ZAHARA: ¡Mucho enseña la experiencia!


COSTANZA: Mucho he visto, y más sabido.


ZAHARA: ¿Nuevos son estos cristianos?


HALIMA: Sus rostros mira y sus manos,

que están limpios y ellas blandas.


D. [FERNANDO]: Saldréme fuera si mandas.


HALIMA: No tengas temores vanos,

porque no tiene recelo

de ningún cautivo el moro,

ni cristiano le dio celo.

Guarda ese honesto decoro

para tu tierra.


D. [FERNANDO]: Harélo.


HALIMA: No hay mora que acá se abaje

a hacer algún moro ultraje

con el que no es de su ley,

aunque supiese que un rey

se encubría en ese traje.

Por eso nos dan licencia

de hablar con nuestros cautivos.


D. [FERNANDO]: ¡Confïada impertinencia!


ZAHARA: Matan los bríos lascivos

el trabajo y la dolencia,

y el gran temor de la pena

de la culpa nos refrena

a todos; que, según veo,

doquiera nace un deseo

que un buen pecho desordena.

Ven acá; dime, cristiano:

¿en tu tierra hay quien prometa

y no cumpla?


D. [FERNANDO]: Algún villano.


ZAHARA: ¿Aunque dé en parte secreta

su fe, su palabra y mano?


D. [FERNANDO]: Aunque sólo sean testigos

los cielos, que son amigos

de descubrir la verdad.


ZAHARA: ¿Y guardan esa lealtad

con los que son enemigos?


D. [FERNANDO]: Con todos; que la promesa

del hidalgo o caballero

es deuda líquida expresa,

y ser siempre verdadero

el bien nacido profesa.


HALIMA: ¿Qué te importa a ti saber

su buen o mal proceder

de aquéstos, que en fin son galgos?


ZAHARA: Haz, ¡oh Alá!, que sean hidalgos

los que me diste a escoger.


HALIMA: ¿Qué dices, Zara?


ZAHARA: Nonada;

déjame a solas, si quieres,

con esta tu esclava honrada.


HALIMA: ¡Qué amiga de saber eres!


ZAHARA: ¿A quién el saber no agrada?


HALIMA: Habla tú con ella, y yo

con mi esclavo.


COSTANZA: Al fin salió

verdad lo que yo temía.

¿Si ha de acabar Berbería

lo que España comenzó?

Allá comencé a perder,

y aquí me he de rematar;

porque bien se echa de ver

que este apartarse y hablar

se funda en un buen querer.


ZAHARA: ¿Cómo te llamas, amiga?


COSTANZA: Costanza.


ZAHARA: ¿Tendrás fatiga

de verte sin libertad?


COSTANZA: Más, si va a decir verdad,

otra cosa me fatiga.


HALIMA: La blandura o la aspereza

de las manos nos da muestra

de la abundancia o pobreza

de vosotros. Muestra, muestra:

no las huyas, que es simpleza,

porque, si eres de rescate,

será ocasión que te trate

con proceder justo y blando.


ZAHARA: ¿Qué miras?


COSTANZA: Estoy mirando

un extraño disparate.


D. [FERNANDO]: Señora, a mi amo toca

el hacer esa experiencia,

aunque a risa me provoca

que a tan engañosa ciencia

deis creencia mucha o poca;

porque hay pobres holgazanes

en nuestra tierra galanes

y del trabajo enemigos.


HALIMA: Estas manos son testigos

de quién eres; no te allanes.


COSTANZA: (¡Ay, embustera gitana! 


[Aparte]


En esas rayas que miras

está mi desdicha llana.

¡Qué despacio las retiras,

enemigo!)


ZAHARA: ¿Qué has, cristiana?


COSTANZA: ¿Qué tengo de haber? Nonada.


ZAHARA: ¿Fuiste, a dicha, enamorada

en tu tierra?


COSTANZA: Y aun aquí.


ZAHARA: ¿Aquí dices? ¿Cómo ansí?

¿Luego a moro estás prendada?


COSTANZA: No, sino de un renegado

de fe poca y fe perjura.


D. [FERNANDO]: Harto, señora, has mirado.


ZAHARA: Has dado en una locura

en que cristiana no ha dado.

Amar a cristianos moras,

eso vese a todas horas;

mas que ame cristiana a moro,

eso no.


COSTANZA: Dese decoro

reniego.


HALIMA: ¿De qué te azoras?

Además eres esquivo.


D. [FERNANDO]: Rico, pobre, blando o fuerte,

señora, soy tu cautivo,

y tengo a dichosa suerte

el serlo.


COSTANZA: ¡Muriendo vivo!


ZAHARA: ¿Que tanto le quieres, triste?

¿Hoy quieres, y ayer veniste?

¡Cómo amor tu pecho enciende!

Mas, ¿cómo te reprehende

la que tan mal le resiste?

Lo que en esto siento, amiga,

es que me cansa y afana

sentir que tu lengua diga

que una tan bella cristiana

le causa un moro fatiga.


COSTANZA: No es sino mora.


ZAHARA: Dislates

dices; de aqueso no trates,

que es locura y vano error.


COSTANZA: Son en los casos de amor

extraños los disparates.


ZAHARA: Bien el que has dicho lo allana.


HALIMA: ¿Qué habláis las dos?


ZAHARA: ¡Es de precio

y discreta la cristiana!


HALIMA: ¡Pues el cristiano no es necio!


COSTANZA: Es de fe perjura y vana.


HALIMA: Entremos, que ya has oído

el azar, y el encendido

sol demedia su jornada.


D. [FERNANDO]: ¡Oh, por mi bien, prenda hallada!


COSTANZA: ¡Oh, por mi mal, bien perdido!


[Vanse] todos. Sale el VIEJO, padre de los niños, y el SACRISTÁN. El VIEJO con vestido de cautivo, y el SACRISTÁN con su mesmo vestido y con un barril de agua


SACRISTÁN: No hay sino tener paciencia

y encomendarnos a Dios;

porque es necia impertinencia

dejarse morir.


VIEJO: Ya vos

tenéis ancha la conciencia;

ya coméis carne en los días

vedados.


SACRISTÁN: ¡Qué niñerías!

Como aquello que me da

mi amo.


VIEJO: Mal os hará.


SACRISTÁN: ¡Que no hay aquí teologías!


VIEJO: ¿No te acuerdas, por ventura,

de aquellos niños hebreos

que nos cuenta la Escritura?


SACRISTÁN: ¿Dirás por los Macabeos,

que, por no comer grosura,

se dejaron hacer piezas?


VIEJO: Por ésos digo.


SACRISTÁN: Si empiezas,

en viéndome, a predicarme,

por Dios, que he [de] deslizarme

en viéndote.


VIEJO: ¿Ya tropiezas?

Que no caigas, plega al cielo.


SACRISTÁN: Eso no, porque en la fe

soy de bronce.


VIEJO: Yo recelo

que si una mora os da el pie,

deis vos de mano a ese celo.


SACRISTÁN: Luego, ¿no me han dado ya

más de dos lo que quizá

otro no lo desechara?


VIEJO: Dádiva es que cuesta cara

a quien la toma y la da.

Pero dejémonos desto.

¿Quién es vuestro amo?


SACRISTÁN: Mamí,

un jenízaro dispuesto

que es soldado y dabají,

turco de nación y honesto.

Dabají es cabo de escuadra

o alférez, y bien le cuadra

el oficio, que es valiente;

y es perro tan excelente,

que ni me muerde ni ladra.

Y así, a mi desdicha alabo

que, ya que me trujo a ser

cautivo, mísero esclavo,

vino a traerme a poder

de jenízaro, y que es bravo:

que no hay turco, rey ni Roque

que le mire ni le toque

de jenízaro al cautivo,

aunque a furor excesivo

su insolencia le provoque.


VIEJO: Más cautiverio y más duelos

cupieron a mis dos niños,

por crecer mis desconsuelos.

Conservad a estos armiños

en limpieza, ¡oh limpios cielos!

Y si veis que se endereza

de Mahoma la torpeza

a procurar su caída,

quitadles antes la vida

que ellos pierdan su limpieza.


[Salen] dos o tres muchachos MORILLOS, aunque se tomen de la calle, los cuales han de decir no más que estas palabras


[MORILLO 1]: ¡Rapaz cristïano,

non rescatar, non fugir;

don Juan no venir;

acá morir,

perro, acá morir!


SACRISTÁN: ¡Oh hijo de una puta,

nieto de un gran cornudo,

sobrino de un bellaco,

hermano de un gran traidor y sodomita!


[MORILLO 2]: ¡Non rescatar, non fugir;

don Juan no venir;

acá morir!


SACRISTÁN: ¡Tú morirás, borracho,

bardaja fementido;

quínola punto menos,

anzuelo de Mahoma, el hideputa!


[MORILLO 3]: ¡Acá morir!


VIEJO: No mientes a Mahoma,

¡mal haya mi linaje!,

que nos quemarán vivos.


SACRISTÁN: Déjeme, pese a mí, con estos galgos.


[MORILLO 1]: ¡Don Juan no venir;

acá morir!


VIEJO: Bien de aqueso se infiera

que si él venido hubiera,

vuestra maldita lengua

no tuviera ocasión de decir esto.


[MORILLO 2]: ¡Don Juan no venir;

acá morir!


SACRISTÁN: Escuchadme, perritos;

venid, ¡tus, tus!, oídme,

que os quiero dar la causa

por que don Juan no viene: estadme atentos.

Sin duda que en el cielo

debía de haber gran guerra,

do el general faltaba,

y a don Juan se llevaron para serlo.

Dejadle que concluya,

y veréis cómo vuelve

y os pone como nuevos.


VIEJO: ¡Gracioso disparate! Ya se han ido.


[Sale] un JUDÍO


¿No es aquéste judío?


SACRISTÁN: Su copete lo muestra,

sus infames chinelas,

su rostro de mezquino y de pobrete.

Trae el turco en la corona

una guedeja sola

de peinados cabellos,

y el judío los trae sobre la frente;

el francés, tras la oreja;

y el español, acémila,

que es rendajo de todos,

le trae, ¡válame Dios!, en todo el cuerpo.

¡Hola, judío! Escucha.


JUDÍO: ¿Qué me quieres, cristiano?


SACRISTÁN: Que este barril te cargues,

y le lleves en casa de mi amo.


JUDÍO: Es sábado, y no puedo

hacer alguna cosa

que sea de trabajo;

no hay pensar que lo lleve, aunque me mates.

Deja venga mañana,

que, aunque domingo sea,

te llevaré docientos.


SACRISTÁN: Mañana huelgo yo, perro judío.

Cargaos, y no riñamos.


JUDÍO: Aunque me mates, digo

que no quiero llevallo.


SACRISTÁN: ¡Vive Dios, perro, que os arranque el hígado!


JUDÍO: ¡Ay, ay, mísero y triste!

Por el Dío bendito,

que si hoy no fuera sábado,

que lo llevara. ¡Buen cristiano, basta!


VIEJO: A compasión me mueve.

¡Oh gente afeminada,

infame y para poco!

Por esta vez te ruego que le dejes.


SACRISTÁN: Por ti le dejo; vaya

el circunciso infame;

mas, si otra vez le encuentro,

ha de llevar un monte, si le llevo.


JUDÍO: Pies y manos te beso,

señor, y el Dío te pague

el bien que aquí me has hecho.


Vase el JUDÍO


VIEJO: La pena es ésta de aquel gran pecado.

Bien se cumple a la letra

la maldición eterna

que os echó el ya venido,

que vuestro error tan vanamente espera.


SACRISTÁN: Adiós, que ha mucho tiempo

que estoy contigo hablando,

y, aunque mi amo es noble,

temo no le avillane mi pereza.


Toma su barril y vase. Salen JUANICO y FRANCIS[QUIT]O, que ansí se han de llamar los hijos del VIEJO. Vienen vestidos a la turquesca de garzones, saldrá con ellos la señora CATALINA, vestida de garzón, y un cristiano, como cautivo, COSTANZA y Don FERNANDO, de cautivo, y JULIO, de cautivo, que traen las tersas y vestidos de los garzones, y las guitarras y el rabel. Don FERNANDO ha de hacer salida


VIEJO: ¿No son mis prendas aquéstas?

¿Cómo vienen adornadas

de regocijo y de fiestas?

Prendas por mi bien halladas,

¿qué bizarrías son estas?

Harto costoso ropaje

es éste. ¿Qué se hizo el traje

que mostraba en mil semejas

que érades de Cristo ovejas,

aunque de pobre linaje?


JUANICO: Padre, no le pene el ver

que hemos vestido trocado,

que no se ha podido hacer

otra cosa; y, bien mirado,

de aquesto no hay que temer,

porque si nuestra intención

está con firme afición

puesta en Dios, caso es sabido

que no deshace el vestido

lo que hace el corazón.


FRANCISQUITO: Padre, ¿tiene, por ventura,

qué darme de merendar?


VIEJO: ¿Hay tan simple criatura?


JUANICO: ¿Simple? Pues déjenlo estar,

que él mostrará su cordura.


JULIO: Amigo, no nos detenga;

y, si gusta dello, venga

con nosotros.


JUANICO: No, señor;

quedarse será mejor.


FRANCISQUITO: Padre mío, tome, tenga.

Una cruz que me han quitado

me ponga en este rosario.


VIEJO: Yo os la pondré de buen grado,

depósito y relicario

de mi alma.


JUANICO: Padre honrado,

déjenos ir, que tardamos.


[Habla] Ambrosio, que es la señora CATALINA


[CATALINA]: Pues, amigos, ¿Dónde vamos?


JULIO: Aunque está de aquí un buen rato,

al jardín de Agimorato.


D. [FERNANDO]: Pues, ¡sus!, no nos detengamos.


JULIO: Allí podremos a solas

danzar, cantar y tañer

y hacer nuestras cabrïolas:

que el mar no suele tener

siempre alteradas sus olas.

Demos vado a la pasión,

cuanto más, que es la intención

del Cadí que nos holguemos,

y que los viernes tomemos

honesta recreación.


D. [FERNANDO]: ¿Quién le dijo que tenía

yo buena voz?


JULIO: No sé, a fe;

algún cautivo sería,

y el cadí me dijo: "Ve,

y dile de parte mía

a Cauralí que me mande

a su cristiano el más grande,

de la buena voz." Yo fui,

habléle, envióos aquí;

no se más.


JUANICO: No se desmande,

padre, en venirnos a ver,

que se enojará nuestramo

y nos dará en qué entender.


FRANCISQUITO: Padre, Francisco me llamo,

no Azán, Alí ni Ja[e]r;

cristiano soy, y he de sello,

aunque me pongan al cuello

dos garrotes y un cuchillo.


JUANICO: ¿Veis cómo sabe decillo?

Pues mejor sabrá hacello.


D. [FERNANDO]: No pasemos adelante,

que bien estamos aquí.


JULIO: Sea ansí, y algo se cante.


[Habla] Ambrosio, que le ha de hacer la señora CATALINA


[CATALINA]: ¿Qué decís, que no os oí?


JULIO: Que cantes, porque me encante.


D. [FERNANDO]: ¿Es sordo?


JULIO: Un poco es teniente

de los oídos.


[CATALINA]: ¿No hay gente

que nos oiga? Bien decís;

y, pues que todos venís,

comencemos tristemente.

Aquel romance diremos,

Julio, que tú compusiste,

pues de coro le sabemos,

y tiene aquel tono triste

con que alegrarnos solemos.


Cantan este romance


A las orillas del mar,

que con su lengua y sus aguas,

ya manso, ya airado, llega

del perro Argel las murallas,

con los ojos del deseo

están mirando a su patria

cuatro míseros cautivos

que del trabajo descansan;

y al son del ir y volver

de las olas en la playa,

con desmayados acentos

esto lloran y esto cantan:

¡Cuán cara e[re]s de haber, oh dulce España!

Tiene el cielo conjurado

con nuestra suerte contraria

nuestros cuerpos en cadenas,

y en gran peligro las almas.

¡Oh si abriesen ya los cielos

sus cerradas cataratas,

ya en vez de agua aquí lloviesen

pez, resina, azufre y brasas!

¡Oh, si se abriese la tierra,

y escondiese en sus entrañas

tanto Datán y Virón,

tanto brujo y tanta maga!

¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España!


FRANCISQUITO: Padre, hágales cantar

aquel cantar que mi madre

cantaba en nuestro lugar.

¿Qué dice? ¿No quiere, padre?


VIEJO: ¿Cómo decía el cantar?


FRANCISQUITO: Ando enamorado,

no diré de quién;

allá miran ojos

donde quieren bien.


VIEJO: Bien al propósito fuera,

pues que los del alma miran

desde esta infame ribera

la patria por quien suspira[n],

que huye y no nos espera.


JULIO: ¡Extremado es Francisquito!

Canta tú, Ambrosio, un poquito

lo que sueles a tus solas,

que te escucharán las olas

del mar con gusto infinito.


[CATALINA] cante solo


[CATALINA]: Aunque pensáis que me alegro,

conmigo traigo el dolor.

Aunque mi rostro semeja

que de mi alma se aleja

la pena, y libre la deja,

sabed que es notorio error:

conmigo traigo el dolor.

Cúmpleme disimular

por acabar de acabar,

y porque el mal, con callar,

se hace mucho mayor,

conmigo traigo el dolor.


Entran el CADÍ y CAURALÍ


JUANICO: No más, que viene el Cadí.

Padre, no os halle aquí a vos.


D. [FERNANDO]: Con él viene Cauralí.


VIEJO: ¡Queridas prendas, adiós!


CADÍ: Perro, ¿vos estáis aquí?

¿No te he dicho yo, malvado,

que te quites del cuidado

del ver tus hijos?


FRANCISQUITO: ¿Por qué?

¿No es mi padre? ¡A buena fe,

que he de verle, mal su grado!


JUANICO: Calla, Francisquito, hermano,

que, en lo que dices, incitas

en nuestro daño al tirano.


FRANCISQUITO: ¿Ver nuestro padre nos quitas?

Nunca tú eres buen cristiano.

Padre, lléveme consigo,

que me dice este enemigo

tantas de bellaquerías.


CAURALÍ: ¡Qué discretas niñerías!

Decid: ¿qué esperáis, amigo?


Vase el VIEJO


CADÍ: Perro, si otra vez dejáis

que los hable aquel perrón,

vos veréis lo que lleváis.


JULIO: Pedazos del alma son.


CADÍ: Perro, ¿qué me replicáis?


CAURALÍ: Tente, que no dice nada.


FRANCISQUITO: ¡Válame Dios, qué alterada

está la mora garrida!


JUANICO: ¡Calla, hermano, por tu vida!


CAURALÍ: Él tiene gracia extremada.


CADÍ: ¿Veisle? Sabed que le adoro,

y que pienso prohijalle

después que le vuelva moro.


FRANCISQUITO: Pues sepa que he de burlalle,

aunque me dé montes de oro;

y, aunque me dé tres reales

justos, enteros, cabales,

y más dos maravedís.


CADÍ: Destas gracias, ¿qué decís?


CAURALÍ: Que son sobrenaturales.


CADÍ: Veníos tras mí a la ciudad.


CAURALÍ: Yo quiero hablar con mi esclavo.


CADÍ: Pues, ¡sus!, con Alá os quedad.


CAURALÍ: Con Él vais. Ya estáis al cabo

de mi gran necesidad.


Va[n]se el CADÍ y todos, sino Don FERNANDO [y CAURALÍ]


D. [FERNANDO]: Digo que yo la hablaré

en yendo a casa, y haré

por servirte lo posible,

aunque más dura o terrible

que un áspid o un monte est[é].

Dame lugar para hablalla,

y déjame hacer, señor.


CAURALÍ: Si vienes a conquistalla,

llevarás, cual vencedor,

el premio de la batalla.


D. [FERNANDO]: Yo lo creo.


CAURALÍ: Decir quiero

que, amén de mucho dinero,

te daré la libertad.


D. [FERNANDO]: De tu liberalidad,

aun más mercedes espero.


[Vanse]. Salen Don LOPE y VIVANCO


D. LOPE: Veisnos aquí en libertad

por el más estraño caso

que vio la cautividad.


VIVANCO: ¿Pensáis que esto ha sido acaso?

¡Misterio tiene, en verdad!

Dios, que quiere que esta mora

vaya a tierra do se adora

su nombre, movió su intento

para ser el instrumento

del bien que a los tres mejora.


D. LOPE: Dijo en su postrer billete

que un viernes quizá saldría

al campo por Vavalvete,

y que se descubriría

con cierta industria promete.

También escribió en el fin

que sepamos el jardín

de su padre, Agimorato,

do a nuestra comedia y trato

se ha de dar felice fin.


VIVANCO: Tres mil escudos han sido

los que en veces nos ha dado.


D. LOPE: En libertarnos se han ido

los dos mil.


VIVANCO: Más se ha ganado

de lo que habemos perdido.

Y más, si acaso se gana

esta alma, en obras cristiana,

aunque en moro cuerpo mora.

¿Mas, si fuese ésta la mora?


D. [LOPE]: Si es ella, ¡a fe que es lozana!


[Salen] ZA[HA]RA y HALIMA, cubiertos los rostros con sus almalafas blancas; y vienen con ellas, vestidas como moras, COSTANZA y la señora CATALINA, que no ha de hablar sino dos o tres veces


Mas, ¿cuál será de las dos?

Que las otras son cautivas.


HALIMA: Con todo, yo sé de vos

que si le habláis...


COSTANZA: No vivas

sin esperanza, por Dios,

que yo me ofrezco de hablalle,

de inclinalle y de forzalle

a que te venga a adorar;

mas hasme de dar lugar

para que pueda tratalle.


HALIMA: Cuanto quisieres, amiga,

tendrás; por eso no quedes

de remediar mi fatiga.


ZAHARA: Camina, [H]alima, si puedes.


COSTANZA: A más tu bondad me obliga.


ZAHARA: Mira, Costanza, y advierte

si de aquellos dos, por suerte,

es tu conocido alguno.


COSTANZA: Yo no conozco ninguno.


VIVANCO: Si es ella, es dichosa suerte,

porque parece en el brío

hermosa sobremanera.


ZAHARA: Perritos son de buen brío.

¡Oh, quién hablarlos pudiera!


HALIMA: Como allí estuviera el mío,

yo me llegara a hablallos.


ZAHARA: Costanza, vuelve a mirallos,

y dime si echas de ver

que es noble su parecer.


CATALINA: ¿Para qué?


ZAHARA: Para comprallos.


COSTANZA: Éste de la izquierda mano

me parece caballero;

y aun el otro no es villano.


ZAHARA: Verlos de más cerca quiero.


HALIMA: ¡Que no esté aquí mi cristiano!


ZAHARA: Entrambos me satisfacen.


VIVANCO: ¡Qué de represas me hacen!

Lleguémonos hacia allá.


D. LOPE: No, que ellas vienen acá.


VIVANCO: Su brío y su vista aplacen.


ZAHARA: ¡Ay, Alá! ¿Quién me picó?

Mira por aquí, Costanza,

si es avispa. Amarga yo,

que parece que una lanza

por el cuello se me entró.

Sacude bien esa toca,

que casi me vuelvo loca

en ver lo que veo.¡Ay, triste!

¿Matástela? ¿No la viste?

Sacude más; mira y toca.

¡Si está aquí!


COSTANZA: Yo no veo nada.


ZAHARA: ¡Llegado me ha al corazón

esta no vista picada!


COSTANZA: Del avispa el aguijón

es cosa muy enconada;

mas temo no fuese araña.


ZAHARA: Si fue araña, fue de España;

que las de Argel no hacen mal.


D. LOPE: ¿Hase visto industria tal?

¿Hay tan discreta maraña?


HALIMA: Zara, no estés descompuesta;

torna a ponerte tu toca.


ZAHARA: Aun el aire me molesta.


HALIMA: Esta desgracia, aunque poca,

turbado nos ha la fiesta.


VIVANCO: ¿Qué os parece?


D. [LOPE]: Que parece

que la ventura me ofrece

cuanto puedo desear.


VIVANCO: Volvióse el sol a eclipsar;

ya su luz desaparece.


ZAHARA: ¿No sabrás de aquel cautivo,

Costanza, si es español?


COSTANZA: En eso, gusto recibo.


D. LOPE: Torna a descubrirte, ¡oh sol!,

en cuyas luces avivo

el ser, el entendimiento,

la ventura y el contento

que en tu posesión se alcanza.


ZAHARA: Pregúntaselo, Costanza.


HALIMA: ¿Cómo estás?


ZAHARA: Mejor me siento.


COSTANZA: Gentilhombre, ¿sois de España?


D. LOPE: Sí, señora; y de una tierra

donde no se cría araña

ponzoñosa, ni se encierra

fraude, embuste ni maraña,

sino un limpio proceder,

y el cumplir y el prometer

es todo una misma cosa.


ZAHARA: Pregúntale si es hermosa,

si es casado, su mujer.


COSTANZA: ¿Sois casado?


D. LOPE: No, señora;

pero serélo bien presto

con una cristiana mora.


COSTANZA: ¿Cómo es eso?


D. [LOPE]: ¿Cómo es esto?

Poco sabe quien lo ignora.

Mora en la incredulidad,

y cristiana en la bondad,

es la que ha de ser mi dueño.


COSTANZA: Yo os entiendo como un leño.


ZAHARA: ¡Plega Alá digáis verdad!


HALIMA: Pregúntale si es esclavo,

o si es libre.


D. [LOPE]: Ya os entiendo;

de ser cautivo me alabo.


ZAHARA: Cuanto dice comprehendo,

y de todo estoy al cabo.


D. [LOPE]: Presto pisaré de España,

con gusto y con gloria extraña,

las riberas, y mi fe

firme entonces mostraré.


ZAHARA: Gracias a Alá y a una caña.


HALIMA: Cristianos, quedaos atrás,

porque en la ciudad entramos.


[Vanse] las MORAS


VIVANCO: Obedecida serás.


D. [LOPE]: En escuridad quedamos.

Sol bello, ¿cómo te vas?

De cautividad sacaste

el cuerpo que rescataste

con tu liberalidad;

pero más con tu beldad

al alma yerros echaste.

En fe de lo que en ti he visto,

del deseo que te doma,

de adorarte no resisto,

no por prenda de Mahoma,

sino por prenda de Cristo.

Yo te llevaré a do seas

todo aquello que deseas,

aunque mil vidas me cueste.


VIVANCO: Vamos, que el dolor es éste;

no por ahí, que rodeas.


[Vanse]. Sale[n] el SACRISTÁN con una cazuela mojí, y tras él el JUDÍO


JUDÍO: Cristiano honrado, así el Dío

te vuelva a tu libre estado,

que me vuelvas lo que es mío.


SACRISTÁN: No quiero, judío honrado;

no quiero, honrado judío.


JUDÍO: Hoy es sábado, y no tengo

qué comer, y me mantengo

de aqueso que guisé ayer.


SACRISTÁN: Vuelve a guisar de comer.


JUDÍO: No, que a mi ley contravengo.


SACRISTÁN: Rescátame esta cazuela,

y en dártela no haré poco,

porque el olor me consuela.


JUDÍO: No puedo en mucho ni en poco

contratar.


SACRISTÁN: Pues llevaréla.


JUDÍO: No la lleves; ves aquí

lo que costó.


SACRISTÁN: Sea ansí,

que a los dos es de provecho.

¿Dó el dinero?


JUDÍO: Aquí, en el pecho

lo tengo, ¡amargo de mí!


SACRISTÁN: Pues venga.


JUDÍO: Sácalo tú,

que mi ley no me concede

el sacarlo.


SACRISTÁN: ¡Bercebú

así te lleve cual puede,

decendiente de Abacú!

Aquí tienes quince reales

justos de plata y cabales.


JUDÍO: No contrates tú conmigo;

conciértalo allá contigo.


SACRISTÁN: Di, cazuela: ¿cuánto vales?

"Paréceme a mí que valgo

cinco reales, y no más."

¡Mentís, a fe de hidalgo!


JUDÍO: ¡Qué sobresaltos me das,

cristiano!


SACRISTÁN: Pues hable el galgo.

¿Que no quieres alargarte?

Mas quiero crédito darte:

tomadla, y andad con Dios.


JUDÍO: ¿Los diez?


SACRISTÁN: Son por otras dos

cazuelas que pienso hurtarte.


JUDÍO: ¿Y pagaste adelantado?


SACRISTÁN: Y, aun si bien hago la cuenta,

creo que voy engañado.


JUDÍO: ¿Que hay Cielo que tal consienta?


SACRISTÁN: ¿Que hay tan gustoso guisado?

No es carne de landrecillas,

ni de la que a las costillas

se pega el bayo que es trefe.


JUDÍO: ¡Haced, cielos, que me deje

este ladrón de cosillas.


[Vase] el JUDÍO


SACRISTÁN: ¿De cosillas? ¡Vive Dios,

que os tengo de hurtar un niño

antes de los meses dos;

y aun si las uñas aliño...!

¡Dios me entiende! ¡Vámonos!


[Vase]. Salen Don FERNANDO y COSTANZA


D. FERNANDO: Subí, cual digo, aquella peña, adonde

las fustas vi que ya a la mar se hacían.

Voces comencé a dar; mas no responde

ninguno, aunque muy bien todos me oían.

Eco, que en un peñasco allí se esconde,

donde las olas su furor rompían,

teniendo compasión de mi tormento,

respuesta daba a mi postrero acento.

Las voces reforcé; hice las señas

que el brazo y un pañuelo me ofrecía;

Eco tornaba, y de las mismas peñas

los amargos acentos repetía.

Mas, ¿qué remedio, Amor, hay que no enseñas

para el dolor que causa tu agonía?

Uno sé me enseñaste, de tal suerte,

que hallé la vida do busqué la muerte.

El corazón, que su dolor desagua

por los ojos en lágrimas corrientes,

humor que hace en la amorosa fragua

que las ascuas se muestren más ardientes;

el cuerpo hizo que arrojase al agua

sin peligros mirar ni inconvenientes,

juzgando que alcanzaba honrosa palma

si llegaba a juntarse con su alma.

Arrojando las armas, arrojéme

al mar, en amoroso fuego ardiendo,

y otro Leandro con más luz tornéme,

pues iba aquella de tu luz siguiendo.

Cansábanse los brazos, y esforcéme,

por medio de la muerte y mar rompiendo,

porque vi que una fusta a mí volvía

por su interese y por ventura mía.

Un corvo hierro un turco echó, y asióme,

inútil presa, y con muy gran fatiga

al bajel enemigo al fin subióme,

y de mi historia no sé más qué diga.

Entre los suyos Cauralí contóme;

su mujer me persigue y mi enemiga,

él te persigue a ti. ¡Mira si es cuento

digno de admiración y sentimiento!


COSTANZA: Si tú a los ruegos de Halima

estás fuerte, cual espero,

yo me mostraré a la lima

de Cauralí duro acero,

impenetrable y de estima.

Aunque será menester,

para que nos dejen ver,

alivio de nuestro mal,

darles alguna señal

de amoroso proceder.

Rogóte a ti Cauralí

que me hablases, y Halima

me pidió que hablase a ti.


D. FERNANDO: Otra cosa me lastima

más que su pena.


COSTANZA: Y a mí.


D. FERNANDO: Pues rompan estos abrazos

sus designios en pedazos;

que, mientras esto se alcance,

no hay temer desvelo o trance,

pues tengo al cielo en mis brazos.


[Salen] CAURALÍ y HALIMA, y venlos abrazados


Aprieta, querida esposa,

que, en tanto que en este cielo

mi afligida alma reposa,

no hay mal que me dé en el suelo

la Fortuna rigurosa.


CAURALÍ: ¡Oh perro! ¿Tú con mi esclava?

¿Cómo el cielo no te acaba?


HALIMA: ¡Perra! ¿Tú con mi cautivo?

¿Cómo sin matarte vivo?

¡Esto es lo que yo esperaba,

perra!


CAURALÍ: ¡Perro!


HALIMA: ¡Perra!


CAURALÍ: ¡Perro!


HALIMA: Desta perra es la maldad;

que no nació dél el yerro.


CAURALÍ: Dél nació, y esto es verdad,

y sé bien que no me yerro.

¡Yo os sacaré el corazón,

perro!


HALIMA: ¡Perra, esta traición

me pagarás con la vida!


D. [FERNANDO]: ¡Oh, cuán mal está entendida,

señores, nuestra intención!

Aquel abrazo que viste,

Costanza a ti le enviaba.


CAURALÍ: ¿Qué dices?


D. [FERNANDO]: Lo que oyes, triste.


COSTANZA: En tu nombre se fraguaba

el favor que interrumpiste.

¡Colérica eres, a fe!


D. [FERNANDO]: Esto entiende y esto cree.


HALIMA: ¿Qué dices, amiga mía?


COSTANZA: Si éste se perdió, otro día

otros cuatro cobraré.


CAURALÍ: ¿Es lo que has dicho verdad?


D. [FERNANDO]: Pues, ¿a qué te he de mentir?


CAURALÍ: Ten cierta tu libertad.


HALIMA: Más os pudiera reñir

este amor o liviandad;

pero déjolo hasta ver

si proseguís en hacer

esto que he visto y no creo.


CAURALÍ: Halima, en mil cosas veo

que eres prudente mujer,

y más en esto; que pienso

que éstos, cual nuevos cristianos,

dieron a su gusto el censo;

que a cautivos y paisanos,

les da el verse gusto inmenso;

y, como solos se hallaron,

sus penas comunicaron.


HALIMA: Y aun las ajenas también.


CAURALÍ: Esto no me suena bien.


COSTANZA: Entrambos adivinaron.


CAURALÍ: ¿Por ventura sabe Halima

cosa desto?


HALIMA: ¿Por ventura

a Cauralí le lastima

tu amor?


COSTANZA: ¡Aqueso es locura!


D. [FERNANDO]: Tal sospecha no te oprima,

que no ha caído en la cuenta.


COSTANZA: Señora, vive contenta

y sin sospecha en tu daño.


CAURALÍ: Fácil se cae en un engaño.


COSTANZA: Y tarde se alza una afrenta.


CAURALÍ: Haz cuanto puedes y sabes.


HALIMA: No te descuides en nada.


CAURALÍ: Bien es tu cólera acabes.


HALIMA: Tenla ya por acabada.

Entra y dame aquellas llaves.


[Vanse] HALIMA y COSTANZA


CAURALÍ: Tú vente al Zoco conmigo.


D. [FERNANDO]: ¡Amor, puesto que te sigo

con el alma y con los pasos,

tus enredos y tus pasos

bendigo en parte y maldigo!


[Vanse. Salen] JUANICO y FRANCISQUITO, trompando con un trompo


FRANCISQUITO: Tú, que turbas mi quietud,

porque los sollozos rompo

que nacen de tu virtud,

¿has visto más lindo trompo,

ansí Dios te dé salud?


JUANICO: Deja de echar esos lazos,

que otros de más embarazos

esperan nuestras gargantas.


FRANCISQUITO: ¿Pues desto, hermano, te espantas?

Yo los haré mil pedazos.

No pienses que he de ser moro,

por más que aqueste inhumano

me prometa plata y oro,

que soy español cristiano.


JUANICO: Eso temo y eso lloro.


FRANCISQUITO: Como tengo pocos días,

de mi valor desconfías.


JUANICO: Ansí es.


FRANCISQUITO: Pues imagina

que tengo fuerza divina

contra humanas tiranías.

No sé yo quién me aconseja

con voz callada en el pecho,

que no la siento en la oreja,

y de morir satisfecho

y con gran gusto me deja;

dícenme, y yo dello gusto,

que he de ser un nuevo Justo

y tú otro nuevo Pastor.


JUANICO: Hazlo ansí, divino amor,

que con tu querer me ajusto.

Deja aquesta niñería

del trompo, ¡por vida mía!,

y repasemos los dos

las oraciones de Dios.


FRANCISQUITO: Bástame el Avemaría.


JUANICO: ¿Y el Padrenuestro?


FRANCISQUITO: También.


JUANICO: ¿Y el Credo?


FRANCISQUITO: Séle de coro.


JUANICO: ¿Y la Salve?


FRANCISQUITO: ¡Aunque me den

dos trompos, no seré moro!


JUANICO: ¡Qué niñería!


FRANCISQUITO: Pues bien:

¿Piensa[s] que me estoy burlando?


JUANICO: Estamos cosas tratando

como si fuésemos hombres,

¿y es bien que el trompo aquí nombres?


FRANCISQUITO: ¿[He de] estar siempre llorando?

Mi fe, hermano, tened cuenta

con vos, y mirad no os hunda

de Mahoma la tormenta;

que yo encubro en esta funda

un alma de Dios sedienta;

y ni el trompo, ni el cordel,

ni las fuentes que en Argel

y en sus contornos están,

mi sed divina hartarán,

ni se ha de hartar sino en él.

Y así, os digo, hermano mío;

que, por ver mis niñerías,

no penséis que estoy sin brío,

porque en las entrañas mías

no hay lugar de Dios vacío.

Tened cuidado de vos,

y encomendaos bien a Dios

en la afrenta que amenaza;

si no, yo saldré a la plaza

a pelear por los dos.

Tengo yo el Ave María

clavada en el corazón,

y es la estrella que me guía

en este mar de aflicción

al puerto del alegría.


JUANICO: Dios en tu lengua se mira,

y por eso no me admira

el ver que hables tan alto.


FRANCISQUITO: No os turbará sobresalto

si en ella ponéis la mira.


JUANICO: ¡Ay de nosotros, que viene

el Cadí con su porfía!

Mostrar ánimo conviene.


FRANCISQUITO: Acude al Ave María;

verás qué fuerzas que tiene.


[Sale] el CADÍ y el CARAHOJA, amo del desorejado


CADÍ: Pues, hijos, ¿en qué entendéis?


JUANICO: En trompear, como veis,

mi hermano, señor, entiende.


CARAHOJA: Es niño y, en fin, atiende

a su edad.


CADÍ: Y vos, ¿qué hacéis?


JUANICO: Rezando estaba.


CADÍ: ¿Por quién?


JUANICO: Por mí, que soy pecador.


CADÍ: Todo aqueso esta muy bien.

¿Qué rezábades?


JUANICO: Señor,

lo que sé.


FRANCISQUITO: Respondió bien.

Rezaba el Ave María.


Trompa FRANCIS[QUIT]O


CADÍ: Dejar el trompo podría

delante de mí, Bairán.


FRANCISQUITO: ¡Buen nombre puesto me han!


CARAHOJA: Todo aquello es niñería.


CADÍ: Este rapaz me da pena.

Deja, Bairán, la porfía,

que a gran daño te condena.

¿Qué dices?


FRANCISQUITO: Ave María.


CADÍ: ¿Qué respondes?


FRANCISQUITO: Gracia plena.


CARAHOJA: Este mayor es maestro

del menor.


JUANICO: Yo no le muestro:

que él, por sí, habilidad tiene.


FRANCISQUITO: ¡Oh, cuán de molde que viene

decir aquí el Padrenuestro!


JUANICO: Pues faltan los de la tierra,

bien es acudir al cielo.

¿Dó nuestro padre se encierra?


FRANCISQUITO: A su tiempo llamarélo.


JUANICO: Ya se comienza la guerra.


FRANCISQUITO: Porque todo al justo cuadre,

lo postrero que mi madre

me enseñó quiero decir,

que es bueno para el morir.


CADÍ: ¿Qué has de decir?


FRANCISQUITO: Creo en Dios Padre.


CADÍ: ¡Por Alá, que a su rüina

me dispongo!


FRANCISQUITO: ¿Ya os turbáis?

Pues si es que aquesto os indina,

¿qué hará cuando me oyáis

decir la Salve Regina?

Para vuestras confusiones,

todas las cuatro oraciones

sé, y sé bien que son escudos

a tus alfanjes agudos

y a tus torpes invenciones.


CARAHOJA: Con no más de alzar el dedo

y decir: "Ilá, ilalá",

te librarás deste miedo.


FRANCISQUITO: En la cartilla no está

eso, que decir no puedo.


JUANICO: Ni quiero, has de añadir.


FRANCISQUITO: Ya yo lo iba a decir.


CADÍ: ¡Esto es cansarnos en balde!

Éste, a mi instancia llevadle,

y estotro, que han de morir.


Arroja el trompo y desnúdase [FRANCISQUITO]


FRANCISQUITO: ¡Ea!, vaya el trompo afuera,

y este vestido grosero,

que me vuelve el alma fiera,

y es bien que vaya ligero

quien se atreve a esta carrera.

¡Ea!, hermano, sed pastor

con esfuerzo y con valor,

que tras vos irá con gusto

un pecadorcito justo

por la gracia del Señor!

¡Ea!, tiranos feroces,

mostrad vuestras manos listas,

y bien agudas las hoces,

para segar las aristas

destas gargantas y voces;

que en esta estraña porfía,

adonde la tiranía

toda su rabia convoca,

no sacaréis de mi boca

sino...


JUANICO: ¿Qué?


FRANCISQUITO: Un Avemaría.


CARAHOJA: Entremos, que ya el regalo

les hará mudar de intento

más que el azote y el palo.


CADÍ: Por cien mil señales siento

que va mi partido malo;

que el mayor es en extremo

callado y sagaz. ¡Blasfemo

seré del mismo Mahoma,

si estos rapaces no doma!


FRANCISQUITO: ¿No le temes?


JUANICO: No le temo.


FIN DE LA SEGUNDA JORNADA




JORNADA TERCERA


Salen [el] GUARDIÁN bají y otro MORO


GUARDIÁN: Por diez escudos no daré mi parte.

Sentaos y no dejéis entrar alguno,

si no pagan dos ásperos muy buenos.


MORO: La Pascua de Natal, como ellos llaman,

venticinco ducados se llegaron.


GUARDIÁN: Los españoles, por su parte, hacen

una brava comedia.


MORO: Son saetanes;

los mismos diablos son; son para todo.

Ya descuelgan cristianos a su misa.


[Salen] Vivanco, don FERNANDO, don LOPE, el SACRISTÁN, el [VIEJO] padre de los niños; trae Don FERNANDO los calzones del SACRISTÁN


D. FERNANDO: Veislos aquí, que no me los he puesto;

antes Costanza les echó un remiendo

en parte do importaba, y de su mano.


SACRISTÁN: De molde vienen para la comedia;

agora me los chanto. ¡Sus, entremos!


GUARDIÁN: ¿Adónde vais, cristiano?


[VIEJO]: Yo, a oír misa.


MORO: Pues paga.


[VIEJO]: ¿Cómo, paga? ¿Aquí se paga?


GUARDIÁN: ¡Bien parece que es nuevo el padre viejo!


MORO: Dos ásperos, o apártate, camina.


[VIEJO]: No los tengo, por Dios.


MORO: Pues ve y ahórcate.


D. LOPE: Yo pagaré por él.


MORO: Eso en buen hora.


SACRISTÁN: Fende, déjeme entrar, y este pañuelo,

que no ha media hora que hurté a un judío,

tome por prenda, o déme lo que vale,

que lo daré no más de por el costo,

o muy poquito más.


GUARDIÁN: Con otros cuatro

quedas muy bien pagado.


SACRISTÁN: Vengan, y entro.


[MORO:] ¡Ea!, acudid a entrar, que se hace tarde.

Con los del rey, yo apostaré que pasen

de dos mil los que están en el banasto.

Entremos a mirar desde la puerta

cómo dicen su misa, que imagino

que tienen grande música y concierto.


GUARDIÁN: Poneos tras el postigo, y veréis todo

cuanto hacen los cristianos en el patio,

porque es cosa de ver.


MORO: Ya los he visto.

Hoy dicen que tornó a vivir su Cristo.


[Vanse]. Salen al teatro todos los cristianos que haya, y OSORIO entre ellos, y el SACRISTÁN, puestos los calzones que le dio Don FERNANDO


OSORIO: Misterio es éste no visto.

Veinte religiosos son

los que hoy la Resurreción

han celebrado de Cristo

con música concertada,

la que llaman contrapunto.

Argel es, según barrunto,

arca de Noé abreviada:

aquí están de todas suertes,

oficios y habilidades,

disfrazadas calidades.


VIVANCO: Y aun otra cosa, si adviertes,

que es de más admiración,

y es que estos perros sin fe

nos dejen, como se ve,

guardar nuestra religión.

Que digamos nuestra misa

nos dejan, aunque en secreto.


OSORIO: Más de una vez, con aprieto

se ha celebrado y con prisa;

que una vez, desde el altar,

al sacerdote sacaron

revestido, y le llevaron

por las calles del lugar

arrastrando; y la crueldad

fue tal que con él se usó,

que en el camino acabó

la vida y la libertad.

Mas dejémonos de aquesto,

y a nuestra holgura atendamos,

pues que nos dan nuestros amos

hoy lugar para hacer esto.

De nuestras Pascuas tenemos

los primeros días por nuestros.


D. LOPE: ¿Y qué? ¿Hay músicos?


OSORIO: Y diestros;

los del Cadí llamaremos.


VIVANCO: Aquí están.


OSORIO: Y aquél que ayuda

al coloquio ya está aquí.


D. FERNANDO: ¡Bien cantan los del Cadí!


OSORIO: Antes que más gente acuda,

el coloquio se comience,

que es del gran Lope de Rueda,

impreso por Timoneda,

que en vejez al tiempo vence.

No pude hallar otra cosa

que poder representar

más breve, y sé que ha de dar

gusto, por ser muy curiosa

su manera de decir

en el pastoril lenguaje.


VIVANCO: ¿Hay pellicos?


OSORIO: De ropaje

humilde; y voime a vestir.


VIVANCO: ¿Quién canta?


OSORIO: Aquí el sacristán,

que tiene donaire en todo.


VIVANCO: ¿Hay loa?


OSORIO: ¡De ningún modo!


[Vanse] OSORIO y el SACRISTÁN


VIVANCO: ¡Oh, qué mendigos están!

En fin: comedia cautiva,

pobre, hambrienta y desdichada,

desnuda y atarantada.


D. LOPE: La voluntad se reciba.


[Sale] CAURALÍ


CAURALÍ: Sentaos, no os alborotéis,

que vengo a ver vuestra fiesta.


D. FERNANDO: Quisiera que fuera ésta,

fe[n]de, cual la merecéis.


D. LOPE: Aquí os podéis asentar,

que yo me quedaré en pie.


CAURALÍ: No, no, amigo, siéntate,

que salen a comenzar.


D. LOPE: Ya salen; sosiego y chite,

que cantan.


VIVANCO: Mejor sería

que llorasen.


D. FERNANDO: Este día

lágrimas no las permite.


Canten lo que quisieren


VIVANCO: La música ha sido hereje;

si el coloquio así sucede,

antes que la rueda ruede,

se rompa el timón y el eje.


En acabando la música, dice el SACRISTÁN (Todo cuanto dice agora el SACRISTÁN, lo diga mirando al soslayo a CAURALÍ)


SACRISTÁN: ¿Qué es esto? ¿Qué tierra es ésta?

¿Qué siento? ¿Qué es lo que veo?

De réquiem es esta fiesta

para mí, pues un deseo

más que mortal me molesta.

¿Dónde se encendió este fuego,

que tiene, entre burla y juego,

el alma ceniza hecha?

De Mahoma es esta flecha,

de cuya fuerza reniego.

Como cuando el sol asoma

por una montaña baja,

y de súbito nos toma

y con su vista nos doma

nuestra vista y la relaja;

como la piedra balaja,

que no consiente carcoma,

tal es el tu rostro, Aja,

dura lanza de Mahoma,

que las mis entrañas raja.


CAURALÍ: ¿Es esto de la comedia,

o es bufón este cristiano?


SACRISTÁN: Si mi dolor no remedia

su bruñida y blanca mano,

todo acabará en tragedia.

¡Oh mora la más hermosa,

más discreta y más graciosa

que la fama nos ofrece,

desde do el alba amanece

hasta donde el sol reposa!,


Dice esto mirando a CAURALÍ


Mahoma en su compañía

te tenga siglos sin cuento.


CAURALÍ: ¿Este perro desvaría,

o entra aquesto en el cuento

de la fiesta deste día?


D. FERNANDO: Calla, Tristán, y ten cuenta,

porque ya se representa

el coloquio.


SACRISTÁN: Sí haré;

pero no sé si podré,

según el diablo me tienta.


Sale GUILLERMO, pastor


GUILLERMO: 

Si el recontento que trayo,

venido tan de rondón,

no me le abraza el zurrón,

¿cuales nesgas pondré al sayo,

y qué ensanchas al jubón?


SACRISTÁN: ¡Vive Dios, que se me abrasa

el hígado, y sufro y callo!


GUILLERMO: Si es que esto adelante pasa,

muy mejor será dejallo.


SACRISTÁN: ¿Quién encendió aquesta brasa?


D. LOPE: Tristán, amigo, escuchad,

pues sois discreto, y callad,

que ésa es grande impertinencia.


SACRISTÁN: Callaré y tendré paciencia.


[GUILLERMO]: ¿Comienzo?


D. LOPE: Sí, comenzad.


GUILLERMO: Si el recontento que trayo,

venido tan de rondón,

no me lo abraza el zurrón,

¿cuales nesgas pondré al sayo,

o qué ensanchas al jubón?

Y si, al contarlo estremeño,

con un donaire risueño,

ayer me miró Costanza,

¿qué turba habrá ya o mudanza

que no le pase por sueño?

Esparcíos, las mis corderas,

por las dehesas y prados;

mordey sabrosos bocados,

no temáis las venideras

noches de nubros airados;

antes os and[áis] exentas,

brincando de recontentas.

No os aflija el ser mordidas

de las lobas desambridas,

tragantonas, malcontentas;

y, al dar de los vellocinos,

venid simpres, no ronceras,

rumiando por las laderas,

a jornaleros vecinos,

o al corte de sus tijeras;

que el sin medida contento,

cual no abarca el pensamiento,

os librará de lesión,

si al dar del branco vellón

barruntáis el bien que siento.

Mas, ¿quién es este cuitado

que asoma acá entellerido,

cabizbajo, atordecido,

barba y cabello erizado,

desairado y mal erguido?


SACRISTÁN: ¿Quién ha de ser? Yo soy, cierto,

el triste y desventurado,

vivo en un instante y muerto,

de Mahoma enamorado.

................... [-erto].


CAURALÍ: ¡Echadle fuera a este loco!


SACRISTÁN: ¡Tu divina boca invoco,

Ajá, de mil azahares,

boca de quitapesares

a quien desde lejos toco!


CAURALÍ: ¡Dejádmele!


D. FERNANDO: No, señor,

que cuanto dice es donaire,

y es bufón el pecador.


SACRISTÁN: ¡Dios de los vientos! ¿No hay aire

para templar tanto ardor?


GUILLERMO: ¡Ya es mucha descortesía

y mucha bufonería!

¡Échenle ya, y déjenos!


SACRISTÁN: Yo me voy. ¡Quédate a Dios,

argelina gloria mía!


GUILLERMO: ¿Dónde quedé?


VIVANCO: No sé yo.


D. LOPE: Mas, ¿quién es este cuitado...?,

fue el verso donde paró.


D. FERNANDO: Los calzones han obrado.


GUILLERMO: ¿Vuelvo a comenzar?


D. FERNANDO: No, no;

no nos turben a deshora.

Prosigue el coloquio ahora.


Un MORO dice desde arriba


MORO: ¡Cristianos, estad alerta;

cerrad del baño la puerta!


GUILLERMO: ¡Vengas, perrazo, en mal hora!


MORO: ¡Abrid aquese cristiano,

que va herido, y cerrad presto!


CAURALÍ: ¡Válame Alá! ¿Qué es aquesto?


MORO: ¡Oh santo Alá soberano!

Dos han muerto, y del rey son.

¡Oh crueldad jamás oída!

A todos quitan la vida

sin ninguna distinción.


[Sale] un CRISTIANO herido, y otro [CRISTIANO] sin herir


D. FERNANDO: Pasad, hermano, adelante.

¿Quién os ha herido?


CRISTIANO [1]: Un archí.


D. FERNANDO: ¿La causa?


CRISTIANO [1]: Ninguna di.


VIVANCO: ¿Es la herida penetrante?


CRISTIANO [1]: No sé; con manera fue,

y será mortal, sin duda.


CRISTIANO [2]: Otra traigo yo más cruda,

y en parte do no se ve.


CAURALÍ: ¿No dirás qué es esto, Alí?


MORO: Grande armada han descubierto

por la mar.


D. FERNANDO: ¿Y aqueso es cierto?

¿Vaste, fende Cauralí?


Vase CAURALÍ


MORO: Y los jenízaros matan

si encuentran algún cautivo,

o con furor duro esquivo

malamente le maltratan;

y aquestas voces que oís

las dan judíos, de miedo.


GUILLERMO: ¡Todo el mundo se esté quedo!

Yo creo, Alí, que mentís,

pues no ha mucho que en España

no había ninguna nueva

de armada.


MORO: Pues esta prueba

os desmiente y desengaña;

que a fe que dicen que asoman

más de trecientas galeras,

con flámulas y banderas,

y que el rumbo de Argel toman.


GUILLERMO: Quizá por encant[a]mento

aquesta armada se ha hecho.


[Sale] el GUARDIÁN Bají


GUARDIÁN: ¡El corazón en el pecho

no cabe, y de ira reviento!


OSORIO: Pues, ¿qué hay, fendi?


GUARDIÁN: Yo me alisto

a contar la crueldad,

igual de la necedad

mayor que jamás se ha visto.

Salió el sol esta mañana,

y sus rayos imprimieron

en las nubes tales formas,

que, aunque han mentido, las creo.

Una armada figuraron

que venía a vela y remo

por el sesgo mar apriesa,

a tomar en Argel puerto.

Tan claramente descubren

los ojos que la están viendo,

de las fingidas galeras

las proas, popas y remos,

que hay quien afirme y quien jure

que del cómitre y remero

vio el mandar y obedecer

hacerse todo en un tiempo.

Tal hay que dice haber visto

a vuestro profeta muerto

en la gavia de una nave,

en una bandera puesto.

Muestra tan al vivo el humo

su vano y escuro cuerpo,

y tan de cerca perciben

los oídos fuego y truenos,

que, por temor de las balas,

más de cuatro se pusieron

a abrazar la madre tierra:

tal fue el miedo que tuvieron.

Por estas formas que el sol

ha con sus rayos impreso

en las nubes, ha en nosotros

otras mil formado el miedo.

Pensamos que ese don Juan,

cuyo valor fue el primero

que a la otomana braveza

tuvo a raya y puso freno,

venía a dar fin honroso

al desdichado comienzo

que su valeroso padre

comenzó en hado siniestro.

Los jenízaros archíes,

que están siempre zaques hechos,

dieron en matar cautivos,

por tener contrarios menos;

y si acaso el sol tardara

de borrar sus embelecos,

no estábades bien seguros

cuantos estáis aquí dentro.

Veinte y más son los heridos,

y más de treinta los muertos.

Ya el sol deshizo la armada;

volved a hacer vuestros juegos.


OSORIO: ¡Mal podremos proseguir

tan sangrientos pasatiempos!


CRISTIANO [2]: Pues escuchad otra historia

más sangrienta y de más peso.

El Cadí, como sabéis,

tiene en su poder a un niño

de tiernos y pocos años,

el cual se llama Francisco.

Ha puesto toda su industria,

su autoridad y jüicio,

mil promesas y amenazas,

mil contrapuestos partidos,

para que de bueno a bueno

esta prenda del bautismo

se deje circuncidar

por su gusto y su albedrío.

Su industria ha salido vana;

su jüicio no ha podido

imprimir humanas trazas

en este pecho divino.

Por esto, según se entiende,

como afrentado y corrido,

su luciferina rabia

hoy ha esfogado en Francisco.

Atado está a una coluna,

hecho retrato de Cristo,

de la cabeza a los pies

en su misma sangre tinto.

Témome que habrá espirado,

porque tan crüel martirio

mayores años y fuerzas

no le hubieran resistido.


[VIEJO]: ¡Dulce mitad de mi alma,

ay de mis entrañas hijo,

detened la vida en tanto

que os va a ver este afligido!

¡En la calle de Amargura,

perezosos pies, sed listos;

veré en su ser a Pilatos

y en figura veré a Cristo!


Vase el [VIEJO] padre


[CRISTIANO] 2: ¿Éste es su padre, señores?


D. [FERNANDO]: Su padre es este mezquino,

hidalgo y muy buen cristiano,

y somos de un pueblo mismo.

Acábense nuestras fiestas,

cesen nuestros regocijos,

que siempre en tragedia acaban

las comedias de cautivos.


[Vanse] todos. Salen ZAHARA, HALIMA y COSTANZA


HALIMA: Tu padre me rogó, amiga,

que viniese en un momento

a componerte.


ZAHARA: ¡Su intento

todo el cielo le maldiga!


HALIMA: ¿Pues cásaste con un rey

y muéstraste desabrida?

Y más, que es cosa sabida

que es gentilhombre Muley.

Sin duda que estás prendada

en otra parte.


ZAHARA: No hay prenda

que me halague ni me ofenda,

porque de amor no sé nada.


HALIMA: Pues esta noche sabrás,

en la escuela de tu esposo,

que es amor dulce y sabroso.


ZAHARA: ¡Amargas nuevas me das!


HALIMA: ¡Qué melindrosa señora!


ZAHARA: No es melindre, sino enfado:

que había determinado

no casarme por ahora,

hasta que el cielo me diese

con otro compás mi suerte.


HALIMA: Calla, que reina has de verte.


ZAHARA: No aspiro a tanto interese.

Con otro estado menor,

con mayor gusto estaría.


HALIMA: Yo juro por vida mía,

Zara, que tenéis amor.

Ahora bien, mostrad las perlas

que tenéis, que quiero ver

cuántos lazos podré hacer.


ZAHARA: Allí dentro podrás verlas.

Éntrate, y déjame un poco,

que quiero hablar con Costanza.


HALIMA: ¡Vos gustaréis de la danza

antes de mucho y no poco!


[Vase] HALIMA


COSTANZA: Dime, señora, qué es esto.

¿Tanto te enfada el casarte,

y con un rey?


ZAHARA: No hay contarte

tantas cosas y tan presto.


COSTANZA: ¿De dónde el enfado mana

que muestras tan importuno?


ZAHARA: Pasito, no escuche alguno.

¡Soy cristiana, soy cristiana!


COSTANZA: ¡Válame Santa María!


ZAHARA: Esa Señora es aquella

que ha de ser mi luz y estrella

en el mar de mi agonía.


COSTANZA: ¿Quién te enseñó nuestra ley?


ZAHARA: No hay lugar en que lo diga.

Cristiana soy; mira, amiga,

qué me sirve el moro rey.

Di: ¿conoces, por ventura,

a un cautivo rescatado

que es caballero y soldado?


COSTANZA: ¿Cómo ha nombre?


ZAHARA: Mal segura

estoy aquí, y con temor

de algún desgraciado encuentro.


COSTANZA: Pues entrémonos adentro.


ZAHARA: Sin duda, será mejor.


[Vanse]. Salen el rey [HAZÁN], el CADÍ, [y] el GUARDIÁN Bají


CADÍ: ¡Extraño caso ha sido!


[HAZÁN]: Y tan extraño

que no sé si jamas le ha visto el mundo.


CADÍ: Ya se han visto en el aire muchas veces

formados escuadrones espantables

de fantásticas sombras, y encontrarse

con todo el artificio y maestría

que en la mitad de una campaña rasa

se suelen embestir los verdaderos;

las nubes han llovido sangre y malla,

y pedazos de alfanjes y de escudos.


[HAZÁN]: Esos llaman prodigios los cristianos,

que suelen parecer algunas veces;

pero que acaso, y sin misterio alguno,

del sol los rayos, que en las nubes topan,

hayan formado así tan grande armada,

nunca lo oí jamás.


GUARDIÁN: Yo así lo digo;

pues a fe que te cuesta la burleta

más de treinta cristianos.


[HAZÁN]: No hace al caso;

mas que pasaran a cuchillo todos.


CADÍ: Quitóme el sobresalto de las manos

el corbacho y la furia.


[HAZÁN]: ¿Qué hacías?


CADÍ: Azotaba a un cristiano...


[HAZÁN]: ¿Por qué causa?


CADÍ: Es de pequeña edad, y no es posible

que regalos, promesas ni amenazas

le puedan volver moro.


[HAZÁN]: ¿Es, por ventura,

el muchacho español del otro día?


CADÍ: Aquese mismo es.


[HAZÁN]: Pues no te canses,

que es español, y no podrán tus mañas,

tus iras, tus castigos, tus promesas,

a hacerle torcer de su propósito.

¡Qué mal conoces la canalla terca,

porfiada, feroz, fiera, arrogante,

pertinaz, indomable y atrevida!

Antes que moro, le verás sin vida.


[Sale] un MORO asido de un [CRISTIANO] cautivo


¿Que ha hecho este cristiano?


MORO: En este punto,

en una extraña y nunca vista barca,

casi una legua al mar, en este punto

le acabé de coger.


[HAZÁN]: Pues, ¿de qué modo

era la barca extraña?


MORO: Era una balsa

hecha de canalejas, sustentada

sobre grandes y muchas calabazas,

y él, puesto en medio en pie, de árbol servía,

y sus brazos, de entena, en cuyas manos

servía de vela una camisa rota.


[HAZÁN]: ¿Cuándo entraste en la barca?


CRISTIANO: A media noche.


[HAZÁN]: Pues, ¿cómo en tanto tiempo no pudiste

alejarte de tierra más espacio?


CRISTIANO: Sultán, no me servía de otra cosa

sino de no anegarme, y sólo iba

confïado en el cielo y en el viento

que, próspero y furioso arrebatado,

la mal formada barca la aportase

en cualquiera ribera de cristianos;

que ningún remo o vela fuera parte

a hacerla tomar curso ligero.


[HAZÁN]: ¡En fin, español eres!


CRISTIANO: No lo niego.


[HAZÁN]: Pues desto que no niegas yo reniego.


[Sale] el SACRISTÁN con un niño en las mantillas, fingido, y tras él el JUDÍO de la cazuela


¿Es aquésta otra barca?


JUDÍO: Este cristiano

me acaba de robar a este mi hijo.


CADÍ: ¿Para qué quiere el niño?


SACRISTÁN: ¿No está bueno?

Para que le rescaten, si no quieren

que le críe y enseñe el Padrenuestro.

¿Qué decís vos, Raquel o Sedequías,

Fares, Sadoc, o Zabulón o diablo?


JUDÍO: Este español, señor, es la rüina

de nuestra judería; no hay en ella

cosa alguna segura de sus uñas.


[HAZÁN]: Di: ¿no eres español?


SACRISTÁN: ¿Ya no lo sabes?


[HAZÁN]: ¿Quién es tu amo?


SACRISTÁN: El dabají Morato.


[HAZÁN]: Tocadle, por mi vida.


CADÍ: Por la mía,

que tienes gran razón en lo que has dicho

de la canalla bárbara española.


[Sale] otro MORO con otro CRISTIANO, muy roto y llagadas las piernas


[HAZÁN]: ¿Quién es éste?


MORO: Español que se ha hüido

tantas veces por tierra, que con ésta

son veinte y una vez las de su fuga.


[HAZÁN]: Si diésemos audiencia cuatro días,

serían de españoles todos cuantos

se entrasen a quejar.


CADÍ: ¡Extraño caso!


[HAZÁN]: Pápaz, vuélvele el niño a este judío,

y no le hagan mal a este cristiano,

que, pues a tal peligro entregó el cuerpo,

en grande cuita debe estar su alma.

Y tú, ¿eres español?


CRISTIANO: Y de Valencia.


[HAZÁN]: Vuélvete, pues, a hüir, que si te vuelven,

yo te pondré en un palo.


SACRISTÁN: Señor, haga

que este puto judío dé siquiera

el jornal que he perdido por andarme

tras él para robarle este hideputa.


CADÍ: Bien dice; desembolse cuarenta ásperos

y délos al pápaz, que los merece.


SACRISTÁN: ¿Oye, amigo judío?


JUDÍO: Muy bien oigo;

mas no los tengo aquí.


SACRISTÁN: Vamos a casa.


CADÍ: Con españoles, esto y más se pasa.


[Vanse] todos, [quedando] el [VIEJO] padre solo


[VIEJO]: ¿Si osaré entrar allá dentro?

¡Oh temor impertinente!

¡Vamos; que no teme encuentro

piedra que naturalmente

va presurosa a su centro!


Córrese una cortina; descúbrese FRANCISQUITO, atado a una coluna en la forma que pueda mover a más piedad


FRANCISQUITO: ¿No me quieran desatar,

para que pueda, siquiera,

como es costumbre expirar?


[VIEJO]: No, que de aquesa manera

más a Cristo has de imitar.

Si vas caminando al cielo,

no has de sentarte en el suelo;

más ligero vas ansí.


FRANCISQUITO: ¡Oh padre, lléguese a mí,

que el velle me da consuelo!

¡Ya la muerte helada y fría

a dejaros me provoca

con su mortal agonía!


[VIEJO]: ¡Echa tu alma en mi boca,

para que ensarte la mía!

¡Ay, que expira!


FRANCISQUITO: ¡Adiós, que expiro!


[VIEJO]: ¡Dios, a quien tu intento aspira,

nos junte adonde yo aspiro!

¡Qué poco a poco respira,

ya dio el último suspiro!

¡Vete en paz, alma hermosa,

y al que te hizo dichosa,

pues ya le ves, pídele

que nos sustente en su fe

pura, santa, alegre, honrosa!

¡Quién supiese el muladar

adonde te han de enterrar,

reliquia pequeña y santa,

para que pueda mi planta

con mis lágrimas regar!


[Vase]. Aquí ha de salir la boda desta manera: HALIMA con un velo delante del rostro, en lugar de ZAHARA. Llévanla en unas andas en hombros, con música y hachas encendidas, guitarras y voces y grande regocijo, cantando los cantares que yo daré. Salen detrás de todos VIVANCO y don LOPE, y entre los moros de la música va OSORIO, el cautivo. Como acaban de pasar, pregunta don LOPE a OSORIO


D. LOPE: ¿Quién es esta novia!


OSORIO: Zara,

la hija de Agimorato.


D. LOPE: ¡No es posible!


OSORIO: ¡Cosa es clara!


VIVANCO: Su rostro y el aparato

de la boda lo declara.


OSORIO: Por Dios, señores, que es ella,

y que es la mora más bella

y rica de Berbería!


D. LOPE: Por el velo que traía

no podimos conocella.


OSORIO: Muley Maluco es su esposo,

el que pretende ser rey

de Fez, moro muy famoso,

y en su secta y mala ley

es versado y muy curioso;

sabe la lengua turquesca,

la española y la tudesca,

italïana y francesa;

duerme en alto, come en mesa,

sentado a la cristianesca;

sobre todo, es gran soldado,

liberal, sabio, compuesto,

de mil gracias adornado.


D. LOPE: ¿Qué dices, amigo, desto?


VIVANCO: Que habemos bien negociado,

pues, siendo una caña vara,

y otro nuevo Moisén Zara

deste Egipto disoluto,

pasamos el mar enjuto

a gozar la patria cara.


OSORIO: Gasta en Pascuas el judío

su hacienda; en bodas, el moro;

el cristiano a su albedrío,

sigue en esto otro decoro,

de todo gusto vacío,

porque en pleitos le da cabo.


[Sale] ZAHARA a la ventana


ZAHARA: ¡Ce, hola, cristiano esclavo!


OSORIO: ¡Adiós, señores, que quiero,

hasta el término postrero

ver esto!


D. LOPE: Tu gusto alabo.


ZAHARA: ¡Cristiano o moro enemigo!


VIVANCO: ¿Quién nos llama?


ZAHARA: Quien merece

que le oyáis.


D. LOPE: ¡Por Dios, amigo,

que esta Zara me parece

en la voz!


VIVANCO: Yo ansí lo digo,


ZAHARA: Decidme qué cosa es ésta

deste regocijo y fiesta.


D. LOPE: Con Zara, la desta casa,

Muley Maluco se casa.


ZAHARA: Desvarïada respuesta.


D. LOPE: Y allí va sobre unas andas

con música y vocería.

Mira si otra cosa mandas.


ZAHARA: Ya veo, Lela María,

cómo en mis remedios andas.


D. LOPE: ¿Eres Zara?


ZAHARA: Zara soy.

Tú, ¿quién eres?


D. LOPE: ¡Loco estoy!


ZAHARA: ¿Qué dices?


D. LOPE: Que soy, señora,

un tu esclavo que te adora.

Soy don Lope.


ZAHARA: A abrirte voy.


Quítase de la ventana y baja a abrir


VIVANCO: De misterio no carece

estar Zara aquí y allí.


D. LOPE: Este bien su fe merece,

y el estar tan sola aquí

la admiración en mí crece;

adonde hay tanto criado,

tal soledad se ha hallado;

todo es milagro y ventura.


VIVANCO: El regocijo y holgura

de la boda lo ha causado.

Quien le hace parecer

en lugares diferentes

muy más que esto puede hacer,

por quitar inconvenientes

al bien que ha de suceder.


Sale ZA[HA]RA


¿Vesla, don Lope, a dó asoma?

Mira si es bien que a Mahoma

este tesoro quitemos.


D. LOPE: ¡Oh extremo de los extremos

de amor que la almas doma!

¡Salud de mi enfermedad,

arrimo de mi caída,

de mi prisión libertad,

de mi muerte alegre vida,

crédito de mi verdad,

archivo donde se encierra

toda la paz de mi guerra,

sol que alumbra mis sentidos,

luz que a míseros perdidos

los encamina a su tierra,

vesme aquí a tus pies postrado,

más tu esclavo y más rendido

que cuando estaba aherrojado;

por ti ganado y perdido,

preso y libre en un estado;

dame tus pies sobrehumanos

y tus alejandras manos,

donde mis labios se pongan!


ZAHARA: No es bien que se descompongan

con moras labios cristianos.

Por mil señales has visto

cómo yo toda soy tuya,

no por ti, sino por Cristo,

y así, en fe de que soy suya,

estas caricias resisto;

para otro tiempo las guarda,

que ahora, que se acobarda

el alma con mil temores,

comedimientos y amores

mal los atiende y aguarda.

¿Cuándo te partes a España,

y cuándo piensas volver

por quien queda y te acompaña?

¿Cuándo fin has de poner

a tan glorïosa hazaña?

¿Cuando volverán tus ojos

a ver los moros despojos

que ser cristianos desean?

¿Cuándo en verte harás que vean

fin mis temores y enojos?


D. LOPE: Mañana me partiré;

dentro de ocho días, creo,

señora, que volveré;

que a la cuenta del deseo,

que han de ser siglos bien sé.

En el jardín estarás

del tu padre, a do verás

mi fe y palabra cumplida,

si me costase la vida

que con tu vista me das.

Y no te asalte el recelo

que te he de faltar en esto,

pues no ha de querer el cielo,

para caso tan honesto,

negar su ayuda en el suelo.

Cristiano y español soy,

y caballero, y te doy

mi fe y palabra de nuevo

de hacer lo que en esto debo.


ZAHARA: Asaz satisfecha estoy;

pero, si me quieres bien,

porque quede más segura,

júrame por Marién.


D. LOPE: ¡Juro por la Virgen pura,

y por su Hijo también,

de no olvidarte jamás

y de hacer lo que verás

en mi gusto y tu provecho!


ZAHARA: ¡Grande juramento has hecho!

Basta; no me jures más.


VIVANCO: ¿Qué es lo que tu padre dice

desto de tu casamiento

con Muley Maluco?


ZAHARA: Hice

esta noche un sentimiento,

con que la boda deshice.

Hoy me mandó aderezar

para haberme de llevar

esta noche a ser esposa;

vino, y hallóme llorosa;

fuese sin quererme hablar,

y por toda la ciudad

se suena que me desposo

esta noche.


VIVANCO: Así es verdad.


D. LOPE: ¡Éste es caso milagroso!

No la apuréis más; callad.

Dame tus manos, señora,

hasta que llegue la hora

que con abrazos las des.


ZAHARA: No, sino dame tus pies,

que eres cristiano y yo mora.

Vete en paz, que yo, entre tanto

que vas y vuelves, haré

plegarias al cielo santo

con las voces de mi fe

y lágrimas de mi llanto,

rogándole que tranquile

el mar, que viento asutile

próspero y largo en tus velas,

que te libre de cautelas,

que en su fe mi ingenio afile.

Y, adiós, que no puedo más,

y mañana iré al jardín,

donde te espero.


VIVANCO: Verás

deste principio buen fin.


ZAHARA: ¿Que me dejas y te vas?


D. LOPE: No puedo hacer otra cosa.


ZAHARA: ¿Llegará la venturosa

hora de volver a verte?


Vase ZA[HA]RA


D. LOPE: Sí llegará, si la muerte

no es, cual suele, rigurosa.

No será el irme cordura,

hasta ver el fin que tiene

aquesta boda en figura.


VIVANCO: El misterio que contiene,

mi buen suceso asegura.


[Vanse]. Descúbrese un tálamo donde ha de estar HALIMA, cubierta el rostro con el velo; danzan la danza de la morisca; haya hachas; esténlo mirando don LOPE y VIVANCO, y, en acabando la danza, entran dos MOROS


MORO 1: La fiesta cese, y a su casa vuelva

la bella Zara, que Muley lo ordena,

con prudencia admirable, desta suerte.


MORO 2: ¿Pues no pasa adelante el casamiento?


MORO 1: Sí pasa; pero quiere que entre tanto

que él va a cobrar su reino de Marruecos,

Zara se quede en casa de su padre,

entera y sin tocar; que deste modo

quedará más segura, y él espera

gozarla con sosiego allá en su reino,

a cuya empresa aún bien no habrá salido

el sol cuando se parta; que esta priesa

le dan dos mil jenízaros que lleva

en su campo, que ya sabes que marcha.


MORO 2: Si esto pensaba hacer, ¿para qué quiso

que el paseo de Zara se hiciese?

¿Qué dirá el pueblo? Pensará, sin duda,

que no quiere casarse ya con ella.


MORO 1: Diga lo que dijere, éste es su gusto,

y no hay sino callar y obedecelle;

y más, que Agimorato gusta dello.


[MORO] 2: ¿Ha de volver con pompa?


[MORO] 1: ¡Ni por pienso!


[MORO] 2: Vamos, pues, a volvella.


VIVANCO: ¡Oh Dios inmenso!


[Vanse] todos y ciérrase la cortina del tálamo; quedan en el teatro don LOPE y VIVANCO


¡ Grandes son tus misterios! Ya seguro

puedes partir, pues ves cuán fácilmente

esta fantasma y sombra se ha deshecho.


D. LOPE: Premisas son de nuestro buen suceso.

Yo me voy a embarcar; tened cuidado

de acudir al lugar donde os he dicho,

y de hacer nuevas señas cada noche

como pasen seis días, en los cuales

pienso poder volver, como deseo;

y procurad con maña y con aviso,

sin descubrir jamás vuestro designio,

que el padre de aquel mártir se recoja

en el jardín con otro algún amigo;

que si toca a Mallorca este navío

en que parto, bien será posible

que dentro de seis días vuelva a veros.


VIVANCO: Partid con Dios, que yo haré de suerte

que más de dos la libertad alcancen.

Las señas no se olviden. Abrazadme,

y ánimo, y diligencia, y Dios os guíe.


D. LOPE: De nadie este secreto se confíe.


[Vanse]. Sale[n] OSORIO y el SACRISTÁN


OSORIO: El cuento es más gracioso

que por jamás se ha oído:

que los judíos mismos

de su misma hacienda os rescatasen.


SACRISTÁN: Así como os lo cuento

ha sucedido el caso:

ellos me han rescatado

y dado libertad graciosamente.

Dicen que desta suerte

aseguran sus niños,

sus trastos y cazuelas,

y, finalmente, su hacienda toda.

Yo he dado mi palabra

de no hurtarles cosa

mientras me fuere a España,

y por Dios que no sé si he de cumplirla.


[Sale] un CRISTIANO


CRISTIANO: La limosna ha llegado

a Bujía, cristianos.


OSORIO: ¡Buenas nuevas son éstas!

¿Quién viene?


CRISTIANO: La Merced.


OSORIO: ¡Dios nos las haga!

¿Y quién la trae a cargo?


CRISTIANO: Dícenme que un prudente

varón, y que se llama

fray Jorge de Olivar.


SACRISTÁN: ¡Venga en buen hora!


OSORIO: Un fray Rodrigo de Arce

ha estado aquí otras veces,

y es desa mesma Orden,

de condición real, de ánimo noble.


SACRISTÁN: Por lo menos, me ahorro

reverencias y ruegos,

gracias a Sedequías

y al rabí Netalim, que dio el dinero.

Si la esperanza es buena,

la posesión no es mala.

Muy bien está lo hecho;

venga cuando quisiere la limosna.

¡Oh campanas de España!,

¿cuándo entre aquestas manos

tendré vuestros badajos?

¿Cuándo haré el tic y toc o el grave empino?

¿Cuándo de los bodigos

que por los pobres muertos

ofrecen ricas viudas

veré mi arcaz colmado? ¿Cuándo, cuándo?


CRISTIANO: ¿Adónde vais agora?


OSORIO: Pidióle Agimorato

al Cadí que nos fuésemos

a su jardín por tres o cuatro días;

que con su hija Zara

y con la bella Halima,

de Cauralí consorte,

piensa pasar allí todo el verano.


CRISTIANO: Podrá ser que algún día

yo vaya a entretenerme

con vosotros un rato.


OSORIO: Serás bien recebido.


CRISTIANO: ¡Adiós, amigos!


Vase


SACRISTÁN: También, pues estoy libre,

iré yo, Osorio, a veros.


OSORIO: Pues lleva la guitarra,

y, si es posible, vente luego.


SACRISTÁN: Harélo.


[Vanse]. Salen HALIMA, ZA[HA]RA, COSTANZA, y al entrar se le cae a ZA[HA]RA un rosario, que lo alza HALIMA


HALIMA: ¿Cómo es esto, Zara amiga?

¿Cruz en tus cuentas?


COSTANZA: M[í]as son.


HALIMA: Si aquésta no es devoción,

no sé qué piense o qué diga.


ZAHARA: ¿Qué cosa es cruz?


HALIMA: Este palo

que sobre estotro atraviesa.


ZAHARA: Pues bien: ¿qué señal es ésa?


HALIMA: ¡No está el disimulo malo!

Es la señal que el cristiano

reverencia como a Alá.


COSTANZA: Señora, déjamela,

que es mía.


HALIMA: Tu intento es vano,

que a Zara se le cayó,

y yo lo vi por mis ojos.


ZAHARA: Eso no te cause enojos,

que Costanza me la dio

cuando estaba el otro día

en tu casa, y yo no sé

lo que es cruz.


COSTANZA: Ello ansí fue,

y fue inadvertencia mía

no quitalle esa señal.

Pero, ¿qué importa al decoro

de vuestro rezado moro?


ZAHARA: Gualá que no dice mal.


HALIMA: Con todo, quítala, hermana;

que si algún moro la ve,

dirá que guardas la fe,

en secreto, de cristiana.


[Salen] VIVANCO y don FERNANDO


VIVANCO: He fïado este secreto

de vos por ser caballero.


D. FERNANDO: Ser agradecido espero

al peso de ser secreto.

Éstas son Halima y Zara,

que yo las conozco bien.


VIVANCO: Nuestro negocio va bien.


HALIMA: Repara, amiga, repara,

que viene allí mi cristiano,

y en él viene un mi enemigo

a quien adoro y maldigo.


ZAHARA: ¿Qué dices?


HALIMA: No está en mi mano

disimular más.


COSTANZA: ¡Ay triste!

¿Si se quiere declarar

con él?


HALIMA: Quiérole hablar.


COSTANZA: En vano a amor se resiste.


ZAHARA: ¿Quiéresle bien?


HALIMA: La vergüenza

me perdone: adórole,

y él lo sabe, y yo no sé

cómo a su dureza venza.


ZAHARA: ¿Y no se humana contigo?


HALIMA: Costanza dice que sí;

pero yo siempre en él vi

asperezas de enemigo.

Llégate; dime, cristiano:

¿sabes que eres mi cautivo?


D. FERNANDO: Señora, sí, y sé que vivo

por ti.


HALIMA: ¿Pues cómo, inhumano?

¿Nunca te han dicho mis ojos

y la lengua de Costanza

que tienes de mi esperanza

en tu poder los despojos?

¿Has aguardado a que haga

de tanta gente en presencia

esta costosa experiencia,

descubriéndote mi llaga?

Mira qué fe desdichada,

que esto que llaman amor

ya es incendio, ya es furor,

cuando no repara en nada;

mira bien que podría ser,

si desprecias lo que digo,

hicieses, hombre, enemigo

de tan amiga mujer.


D. FERNANDO: Tres días pido no más

de plazo, señora mía,

para dar a tu porfía

el dulce fin que verás.

Vete con Dios al jardín

de Zara y allí me espera:

verás de tu pena fiera,

como he dicho, un dulce fin.


HALIMA: ¡Soy contenta!


ZAHARA: Y yo la mano

doy por él que ansí lo hará.


COSTANZA: ¡Muy bien negociado está!


HALIMA: Si has de venir, ve temprano.


ZAHARA: ¿Qué viento es éste que corre,

cristiano?


VIVANCO: Norte parece,

y en él la ventura ofrece

el que nos guía y socorre.


ZAHARA: ¿Fuese ya tu compañero

a España?


VIVANCO: Ya habrá seis días.


ZAHARA: ¿Solo sin él quedarías?


VIVANCO: Sí quedé; mas verle espero

con brevedad.


ZAHARA: ¿Qué tan presto?


VIVANCO: Partiríame mañana,

si hubiese bajel.


HALIMA: Cristiana,

alza el rostro. ¿Qué es aquesto?

Muy melancólica estás.

¿Qué tienes? ¿Qué sientes? Di.


COSTANZA: Vámonos, señora, de aquí,

aunque he de morir do vas,

porque me da el corazón

saltos que me rompe el pecho.


ZAHARA: El madrugar lo habrá hecho.


COSTANZA: Y haber visto una visión

que, si no es cosa fingida,

y en buen discurso trazada,

el fin de aquesta jornada

ha de ser el de mi vida.


D. [FERNANDO]: Todas son fantasmas vanas;

Constanza, no hay qué temer.


COSTANZA: Presto lo echaré de ver.


ZAHARA: ¡Medrosas son las cristianas!


COSTANZA: No mucho, puesto que hay tal

que se espanta de los cielos,

iba a decir de los celos,

y no dijera muy mal.


HALIMA: Queda con Alá, mi Hernando,

y mira que vengas luego;

que te lo mando y lo ruego.


COSTANZA: Basta decir te lo mando.


[Vanse] las tres


VIVANCO: Vamos; quizá la ventura

habrá tan próspera sido,

que don Lope sea venido,

y no hay perder coyuntura.


[Vanse] VIVANCO y don FERNANDO. Sale el padre [VIEJO] con un paño blanco ensangrentado, como que lleva en él los huesos de FRANCISQUITO


[VIEJO]: Osorio haré que los guarde.

Temo que esta escuridad,

o me turbe, o lleve tarde.

¡Oh, cuán propio es de mi edad

ser temeroso y cobarde!

Mas estas reliquias santas

encaminarán mis plantas

al jardín de Agimorato.

Menester es gran recato

donde hay asechanzas tantas.


[Vase]. Sale[n] Don FERNANDO y VIVANCO


VIVANCO: En la mar está, sin duda:

que haber a tierra llegado

muestra este plato quebrado.

A nuestra señal se acuda:

hiere, amigo, el pedernal,

porque saques dé[l] la lumbre

que traiga, guíe y alumbre

todo el bien de nuestro mal.


D. FERNANDO: ¿No ves cómo otras centellas

corresponden a las nuestras?


VIVANCO: Llama a tan alegres muestras,

no centellas, sino estrellas.

Sosiega y escucha el son

manso de los santos remos.


D. FERNANDO: Más a la orilla lleguemos.

No hay que dudar, ellos son.


[Salen] don LOPE y el PATRÓN de la barca


D. LOPE: ¿Es Vivanco?


VIVANCO: El mismo soy.


D. LOPE: ¿Está Zara en el jardín?


VIVANCO: Sí, amigo.


D. LOPE: ¡Felice fin

da el cielo a mis males hoy!


VIVANCO: ¡Abrázame!


D. LOPE: No hay lugar

de cumplimientos agora.

Ve por ella.


VIVANCO: Sea en buen hora.

Poco podrás esperar.


D. [FERNANDO]: ¿Quieres que vaya contigo,

amigo?


VIVANCO: No hay para qué:

que yo solo las traeré

en un instante conmigo;

que todos están a punto,

sin dormir, esto esperando.


D. LOPE: Pues parte, amigo, volando.


PATRÓN: ¿Están lejos?


VIVANCO: Aquí junto.


[Vase] VIVANCO


PATRÓN: ¡Oh, si no tardasen mucho,

que es el viento favorable!


D. LOPE: Sosegaos, ninguno hable,

que cierto rumor escucho.


PATRÓN: A la barca nos volvemos

hasta ver lo que es, señor.


D. LOPE: Quedito, no hagáis rumor,

que aquí seguros est[e]mos.


[Salen] VIVANCO, HALIMA, ZA[HA]RA, COSTANZA, el padre, con un paño blanco, dando muestra que lleva los huesos de FRANCISQUITO; OSORIO, el SACRISTÁN y otros CRISTIANOS que pudieren salir


VIVANCO: Estaban alerta, y vieron

las señales en la mar,

y, sin poderme esperar,

a la marina corrieron.

Ahorráronme el camino.


OSORIO: ¡Ésta es suerte milagrosa!


D. LOPE: ¿Dó está mi estrella hermosa?


HALIMA: ¿Dó está mi norte divino?


PATRÓN: No es tiempo de cumplimientos;

a embarcar, que el viento carga.

¡Oh liviana y santa carga,

haced propicios lo vientos!


SACRISTÁN: Ya yo estaba rescatado;

pero, con todo, me iré.


PATRÓN: ¿Hay más cristianos?


D. FERNANDO: No sé.


VIVANCO: Los que he podido he juntado.


COSTANZA: ¡Vamos, no despierte Halima!


D. FERNANDO: ¿Quieres que por ella vuelva?


PATRÓN: Todo el mundo se resuelva

de embarcarse.


COSTANZA: ¿Te lastima

dejar tu ama?


D. FERNANDO: Y mi amo

quisiera que aquí se hallara.


D. LOPE: Vamos, Zara.


ZAHARA: Ya no Zara,

sino María me llamo.


D. LOPE: No de la imaginación

este trato se sacó,

que la verdad lo fraguó

bien lejos de la ficción.

Dura en Argel este cuento

de amor y dulce memoria,

y es bien que verdad y historia

alegre al entendimiento.

Y aún hoy se hallarán en él

la ventana y el jardín.

Y aquí da este trato fin,

que no le tiene el de Argel.



FIN DE LA TERCERA JORNADA






Comedia famosa titulada El rufián dichoso


Los que hablan en ella son los siguientes:


LUGO, estudiante.

LOBILLO, rufian.

GANCHOSO, rufian.

ALGUAZIL.

Dos corchetes.

LAGARTIJA, muchacho.

VNA DAMA.

SU MARIDO.

EL INQUISIDOR TELLO DE SANDOUAL.

Dos musicos.

VN PASTELERO.

ANTONIA.

OTRA MUGER.

CARRASCOSA, padre de la mancebia.

PERALTA, estudiante.

GILBERTO, estudiante.

VN ANGEL.

LA COMEDIA.

LA CURIOSIDAD.

FRAY ANTONIO.

FRAY ANGEL.

EL PRIOR.

Dos ciudadanos.

DOÑA ANA DE TREUIÑO.

Dos criados.

VN CLERIGO.

LUZIFER.

VISIEL, demonio.

EL VIRREY DE MEXICO.

EL PADRE CRUZ.

SAQUEL1, demonio.

Tres almas de Purgatorio.



JORNADA PRIMERA


Salen LUGO, embaynando vna daga de ganchos, y el LOBILLO y GANCHOSO, rufianes. LUGO viene como estudiante, con vna media sotana, vn broquel en la cinta y vna daga de ganchos, que no ha de traer espada.


LOBILLO

¿Por que fue la quistion?


LUGO

No fue por nada.

No se repita, si es que amigos somos.


GANCHOSO

Quiso Lugo empinarse sobre llombre,

y, siendo rufo de primer tonsura,

assentarse en la catreda de prima,

teniendo al lombre aqui por espantajo.


LUGO

Mis sores, poco a poco. Yo soy moço

y maço, y tengo higados y bofes

para dar en el trato de la hampa

quinao (o) al mas pintado de su escuela,

en la qual no recibe el grado alguno

de valeroso, por auer gran tiempo

que cura en sus entradas y salidas,

sino por las hazañas que [ha]ya hecho.

¿No tienen ya sabido que ay cofrades

de luz, y otros de sangre?.


LOBILLO

Aquesso pido.


GANCHOSO

¡Ola, so Lobo! Si es que pide queso,

pidalo en otra parte, que, en aquesta,

no se da. Si no...


LOBILLO

¡Basta, se(ñ)or Ganchoso!

O logue luenga, y tengase por dicho,

que entreuo toda flor y todo rumbo.


GANCHOSO

¿Pues nosotros nacimos en Guinea,

so Lobo?.


LOBILLO

No se nada.


GANCHOSO

Pues aprendalo

con aquesta lecion.


LUGO

¡Fuera, Lobillo!


GANCHOSO

Entrambos sois ouejas fanfarronas,

y gallinas mojadas, y conejos.


LOBILLO

¡Menos lengua y mas manos, hideputa!


(Entran a esta sazon vn ALGUAZIL y dos corchetes; huyen GANCHOSO y LOBILLO; queda solo LUGO, embaynando.)


CORCHETE

¡Tengase a la justicia!


LUGO

¡Tente, picaro!

¿Cono[ce]sme?


CORCHETE

¡So Lugo!


LUGO

¿Que so Lugo?


ALGUACIL

Bellacos, ¿no le asis?


CORCHETE 2.

Señor nuestro amo,

¿sabe lo que nos manda? ¿No conoce

que es el señor Christoual el delinque?


ALGUACIL

¡Que siempre le he de hallar en estas danças!

¡Por Dios, que es cosa rezia! ¡No ay paciencia

que lo pueda lleuar!


LUGO

Lleuelo en colera,

que tanto monta.


ALGUACIL

Aora yo se cierto

que ha de romper el diablo sus çapatos

alguna vez.


LUGO

Mas que los rompa ciento;

que el los sabra comprar donde quisiere.


ALGUACIL

El señor Sandoual tiene la culpa.


CORCHETE 2.

Tello de Sandoual es su amo deste.


CORCHETE 1.

Y manda la ciudad, y no ay justicia

que le ose tocar por su respeto.


LUGO

El señor alguazil haga su oficio,

y dexese de cuentos y preambulos.


ALGUACIL

¡Quan mejor pareciera el señor Lugo

en su colegio que en la barbacana,

el libro en mano, y no el broquel en cinta!


LUGO

Crea el so alguazil que no le quadra

ni esquina el predicar; dexe esse oficio

a quien le toca, y vaya y pique a prisa.


ALGUACIL

Sin picar nos yremos, y agradezcalo

a su amo; que, a fe de hijodalgo,

que yo se en que parara este negocio.


LUGO

En yrse y en quedarme.


CORCHETE 1.

Yo lo creo,

porque es vn Barrauas este Christou


CORCHETE 2.

No ay gamo que le yguale en ligereza.


CORCHETE 1.

Mejor juega la blanca que la negra,

y en entrambas es aguila volante.


ALGUACIL

Recogase, y procure no encontrarme,

que será lo mas sano.


LUGO

Aunque sea enfermo,

hare lo que fuere de mi gusto.


ALGUACIL

Venid vosotros.


(Entrase el ALGUAZIL.)


CORCHETE 1.

So Christoual, viue

que no le conoci; si, juro cierto.


CORCHETE 2.

Señor Christoual, yo me recomendo;

de mi no ay que temer; soy ciego y mudo

para ver ni hablar cosa que toque

a la minima suela del calcorro

que tapa y cubre la coluna y basa

que sustentan la maquina ampesca.


LUGO

¿Dónde cargaste, Calahorra?.


CORCHETE 2.

No se; Dios con la noche me socorra.


(Entranse los dos corchetes.)


LUGO

Que sólo me respeten por mi amo,

y no por mi, no se esta marauilla;

mas yo hare que salga de mi vn bramo

que passe de los muros de Seuilla.

Cuelgue mi padre de su puerta el ramo,

despoje de su jugo a Mançanilla,

contentese en su humilde y baxo oficio,

que yo sere famoso en mi exercicio.


(Entra a este instante LAGARTIJA, muchacho.)


LAGARTIJA

Señor Christoual, ¿que es esto?

¿Has reñido, por ventura,

que tienes turbado el gesto?


LUGO

Ponele de sepultura

el ánimo descompuesto.

La de ganchos saquè a luz,

por que me hiziesse el buz

vn brauo por mi respeto;

mas huyóse de su aspecto

como el diablo de la cruz.

¿Que me quieres, Lagartija?


LAGARTIJA

La Salmerona y la Paua,

la Mendoça y la Librija,

que es cada qual por si braua,

gananciosa y buena hija,

te suplican que esta tarde,

alla quando el sol no arde,

y hiere en rayo sencillo,

en el famoso Alamillo

hagas de tu vista alarde.


LUGO

¿Ay regodeo?


LAGARTIJA

Ay merienda,

que las mas famosas cenas

ante ella cogen la rienda:

caçuelas de verengenas

seran penultima ofrenda.

Ay el conejo empanado,

por mil partes traspassado

con saetas de tozino;

blanco el pan, aloque el vino,

y ay turron alicantado.

Cada qual para esto roba

blancas vistosas y nueuas,

vna y otra rica coba;

dales limones las Cueuas,

y naranjas el Alcoba.

Darales en vn instante

el pescador arrogante

mas que le ay del Norte al Sur,

el gordo y sabroso albur

y la anguilla resualante.

El saualo viuo, viuo,

colear en la caldera

o saltar en fuego esquiuo,

verás en mejor manera

que te lo pinto y descriuo.

El pintado camaron,

con el partido limon

y bien molida pimienta,

verás cómo el gusto aumenta

y le saca de haron.


LUGO

¡Lagartija, bien lo pintas!


LAGARTIJA

Pues lleuan otras mil cosas

de comer, varias, distintas,

que a voluntades golosas

las haran poner en quintas.


LUGO

¿Que es (en) quintas?


LAGARTIJA

En diuision,

lleuandose la aficion

aqui y alli y aculla:

que la variedad hara

no atinar con la razon.


LUGO

¿Y quien va con ellas?


LAGARTIJA

¿Quien?

El Patojo, y el Mochuelo,

y el Tuerto del Almaden.


LUGO

Que ha de auer soplo rezelo.


LAGARTIJA

Ve tu, y se hara todo bien.


LUGO

Quiza por tu gusto yre:

que tienes vn no se que

de agudeza, que me encanta.


LAGARTIJA

Mi boca pongo en la planta

de tu valeroso pie.


LUGO

¡Alça, rapaz lisongero,

indigno del vil oficio

que tienes!


LAGARTIJA

Pues del espero

salir presto a otro exercicio

que muestre ser perulero.


LUGO

¿Que exercicio?.


LAGARTIJA

Señor Lugo,

será exercicio de jugo,

puesto que en el se trabaja,

que es jugador de ventaja,

y de las bolsas verdugo.

¿No has visto tu por ahi

mil con capas guarnecidas,

volantes mas que vn nebli,

que en dos baraxas bruñidas

encierran vn Potosi?

Qual destos se finge manco

para dar vn toque franco

al mas agudo, y me alegro

de ver no vsar de su negro

hasta que topen vn blanco.


LUGO

¡Mucho sabes! ¿Que papel

es el que traes en el pecho?


LAGARTIJA

¿Descubreseme algo del?

Todo el seso sin prouecho

de Apolo se encierra en el.

Es vn romance jacaro,

que le ygualo y le comparo

al mejor que se ha compuesto;

echa de la ampa el resto

en estilo xaco y raro.

Tiene vocablos modernos,

de tal manera, que encantan;

vnos brauos, y otros tiernos;

ya a los cielos se leuantan,

ya baxan a los infiernos.


LUGO

Dile, pues.


LAGARTIJA

Sele de coro:

que ninguna cosa ignoro

de aquesta que a luz se saque.


LUGO

¿Y de que trata?


LAGARTIJA

De vn xaque

que se tomò con vn toro.


LUGO

Vaya, Lagartija.


LAGARTIJA

Vaya,

y todo el mundo estè atento

a mirar cómo se ensaya

a passar mi entendimiento

del que mas sube la raya.

«Año de mil y quinientos

y treinta y quatro corria,

a veinte y cinco de Mayo,

martes, aziago dia,

sucedio vn caso notable

en la ciudad de Seuilla,

digno que ciegos le canten

y que poetas le escriuan.

Del gran corral de los Olmos,

do està la xacarandina,

sale Reguilete, el xaque,

vestido a las marauillas.

No va la buelta del Cayro,

del Catay ni de la China,

ni de Flandes ni Alemania,

ni menos de Lombardia;

va la buelta de la plaça

de San Francisco bendita,

que corren toros en ella

por santa Iusta y Rufina,

y, apenas entrò en la plaça,

quando se lleua la vista

tras si de todos los ojos,

que su buen donayre miran.

Salio en esto vn toro hosco,

¡valasme, Santa Maria!,

y, arremetiendo con el,

dio con el patas arriba.

Dexóle muerto y mohino,

bañado en su sangre misma;

y aqui da fin el romance,

porque llegò el de su vida.»


LUGO

¿Y este es el romance brauo

que dezias?


LAGARTIJA

Su llaneza

y su buen dezir alabo;

y mas, que muestra agudeza

en llegar tan presto al cabo.


LUGO

¿Quien le compuso?


LAGARTIJA

Tristan,

que gouierna en San Roman

la bendita sacristia,

que excede en la poesia

a Garci Laso y Boscan.

 

(Entra a este instante vna DAMA, con el manto hasta la mitad del rostro.)


DAMA

Vna palabra, galan.


LUGO

Ve con Dios, y quiça yre,

si estás cierto que alla van.


LAGARTIJA

Digo que van; yo lo se,

y se que te aguardaràn.


(Entrase LAGARTIJA.)

  

DAMA

Arrastrada de vn desseo

sin prouecho resistido,

a hurto de mi marido,

delante de vos me veo.

Lo que este manto os encubre

mirad, y despues vereis


(Mirala por debaxo del manto.)


si es razon que remedieis

lo que la lengua os descubre.

¿Conoceisme?


LUGO

Demasiado.


DAMA

En esso vereis la fuerça

que me incita y aun me fuerça

a ponerme en este estado;

mas, porque no esteis en calma

pensando a que es mi venida,

digo que a daros mi vida

con la voluntad del alma.

Vuestra rara valentia

y vuestro despejo han hecho

tanta impression en mi pecho,

que pienso en vos noche y dia.

Quitame este pensamiento

pensar en mi calidad,

y al gusto la voluntad

da libre consentimiento;

y assi, sin guardar decoro

a quien soy en ningun modo,

aure de dezirlo todo:

sabed, Lugo, que os adoro.

No fea, y muy rica soy;

sabre dar, sabre querer,

y esto lo echareys de ver

por este trance en que estoy:

que la muger ya rendida,

aunque es toda mezquindad,

muestra liberalidad

con el dueño de su vida.

En la tuya o en mi casa,

de mi y de mi hazienda puedes

prometerte, no mercedes,

sino seruicios sin tassa;

y, pues miedo no te alcança,

no te le de mi marido,

que el engaño siempre ha sido

parcial de la confiança.

No llegan de los rezelos,

porque los tiene discretos,

a hazer los tristes efectos

que suelen hazer los zelos;

y porque nunca ocasion

de tenerlos yo le he dado,

le juzgo por engañado

a nuestra satisfacion.

¿Para que arrugas la frente

y alças las cejas? ¿Que es esto?


LUGO

En admiracion me ha puesto

tu desseo impertinente.

Pudieras, ya que querias

satisfazer tu mal gusto,

buscar vn sugeto al justo

de tus grandes bizarrias;

pudieras, como entre peras,

escoger en la ciudad

quien diera a tu voluntad

satisfacion con mas veras;

y assi tuuiera(s) disculpa

con la alteza del empleo

tu mal nacido desseo,

que en mi baxeza te culpa.

Yo soy vn pobre criado

de vn inquisidor, qual sabes,

de caudal, que està sin llaues,

entre libros abreuiado;

viuo a lo de Dios es Christo,

sin estrechar el desseo,

y siempre traygo el valdeo

como sacabuche listo;

ocupome en baxas cosas,

y en todas soy tan terrible,

que el acudir no es possible

a las que son amorosas;

a lo menos a las altas,

como en las que en ti señalas:

que son de cueruo mis alas.


DAMA

No te pintes con mas faltas,

porque en mi imaginacion

te tiene amor retratado

del modo que tu has contado,

pero con mas perfeccion.

No pido hagas quimeras

de ti mismo; sólo pido,

desseo bien comedido,

que, pues te quiero, me quieras.

Pero ¡ay de mi, desdichada!

¡Mi marido! ¿Que hare?

Tiemblo y temo, aunque bien se

que vengo bien disfrazada.


(Entra su MARIDO.)


LUGO

Sossegaos, no os desuieys,

que no os ha de descubrir.


DAMA

Aunque me quisiera yr,

no puedo mouer los pies.


MARIDO

Señor Lugo, ¿que ay de nueuo?


LUGO

Cierta cosa que contaros,

que me obligaua a buscaros.


DAMA

Yrme quiero, y no me atreuo.


MARIDO

Aqui me teneys; mirad

lo que teneys que dezirme.


DAMA

Harto mejor fuera yrme.


LUGO

Llegaos aqui, y escuchad.

La hermosura que dar quiso

el cielo a vuestra muger,

con que la vino a hazer

en la tierra vn parayso,

ha encendido de manera

de vn mancebo el coraçon,

que le tiene hecho carbon

de la amorosa hoguera.

Es rico y es poderoso,

y atreuido de tal modo,

que atropella y rompe todo

lo que es mas dificultoso.

No quiere vsar de los medios

de ofrecer ni de rogar,

porque, en su mal, quiere vsar

de otros mas breues remedios.

Dize que la honestidad

de vuestra consorte es tanta,

que le admira y que le espanta

tanto como la beldad.

Por jamas le ha descubierto

su lasciuo pensamiento:

que queda su atreuimiento,

ante su recato, muerto.


MARIDO

¿Es hombre que entra en mi casa?


LUGO

Rondala, mas no entra en ella.


MARIDO

Quien casa con muger bella,

de su honra se descasa,

si no lo remedia el cielo.


DAMA

¿Que es lo que tratan los dos?

¿Si es de mi? ¡Valgame Dios,

de quántos males rezelo!


LUGO

Digo, en fin, que es tal el fuego

que a este amante abrasa y fuerça,

que quiere vsar de la fuerça

en cambio y lugar del ruego.

Robar quiere a vuestra esposa,

ayudado de otra gente

como yo, desta valiente,

atreuida y licenciosa.

Hame dado cuenta dello,

casi como a principal

desta canalla mortal,

que en hazer mal echa el sello.

Yo, aunque soy moço arriscado,

de los de campo traues,

ni mato por interes,

ni de ruyndades me agrado.

De ayudalle he prometido,

con intento de auisaros:

que es facil el repararos,

estando assi preuenido.


MARIDO

¿Soy hombre yo de amenazas?

Tengo valor, ciño espada.


LUGO

No ay valor que pueda nada

contra las traydoras trazas.


MARIDO

En fin, ¿mi consorte ignora

todo este quento?


LUGO

Assi ella

os ofende, como aquella

cubierta y buena señora.

Por el cielo santo os juro

que no sabe nada desto.


MARIDO

De ausentarla estoy dispuesto.


LUGO

Esso es lo que yo procuro.


MARIDO

Yo la pondre donde el viento

apenas pueda tocalla.


LUGO

En el recato se halla

buen fin del dudoso intento.

Retiradla, que la ausencia

haze, passando los dias,

boluer las entrañas frias

que abrasaua la presencia;

y nunca en la poca edad

tiene firme assiento amor,

y siempre el moço amador

huye la dificultad.


MARIDO

El auiso os agradezco,

señor Lugo, y algun dia

sabreys de mi cortesia

si vuestra amistad merezco.

El nombre saber quisiera

desse galan que me acosa.


LUGO

Esso es pedirme vna cosa

que de quien soy no se espera.

Basta que vays auisado

de lo que mas os conuiene,

y este negocio no tiene

mas de lo que os he contado.

Vuestra consorte, inocente

està de todo este hecho;

vos, con esto satisfecho,

hazed como hombre prudente.


MARIDO

Casa fuerte y heredad

tengo en no pequeña aldea,

y llaues, que haran que sea

grande la dificultad

que se oponga al mal intento

desse atreuido mancebo.

Quedaos, que en el alma lleuo

mas de vn vario pensamiento.

 

(Vase el MARIDO.)

  

DAMA

Entre los dientes ya estaua

el alma para dexarme;

quise, y no pude mudarme,

aunque mas lo procuraua.

¡Mucho esfuerço ha menester

quien, con traydora conciencia,

no se alborota en presencia

de aquel que quiere ofender!


LUGO

Y mas si la ofensa es hecha

de la muger al marido.


DAMA

El nublado ya se ha ydo;

hazme agora satisfecha,

contandome que querias

a mi esclauo y mi señor.


LUGO

Hanme hecho corredor

de no se que mercancias.

Dixele, si las queria,

que fuessemos luego a vellas.


DAMA

¿De que calidad son ellas?


LUGO

De la de mayor quantia;

que le importa, estoy pensando,

comprallas, honor y hazienda.


DAMA

¿Como hare yo que el entienda

essa importancia?


LUGO

Callando.

Calla y vete, y assi haras

muy segura su ganancia.


DAMA

¿Pues que traza de importancia

en lo de gozarnos das?


LUGO

Ninguna que sea de gusto;

por oy, a lo menos.


DAMA

¿Pues

quándo la daras, si es

que gustas de lo que gusto?


LUGO

Yo hare por verme contigo.

Vete en paz.


DAMA

Con ella queda,

y el amor contigo pueda

todo aquello que conmigo.


LUGO

Como de rayo del cielo,

como en el mar de tormenta,

como de improuiso afrenta,

y terremoto del suelo;

como de fiera indignada,

del vulgo insolente y libre,

pedire a Dios que me libre

de muger determinada.


(Entrase LUGO.)

(Sale el licenciado TELLO DE SANDOUAL, amo de CHRISTOUAL DE LUGO, y el ALGUAZIL que salio primero.)


TELLO.

¿Passan de mocedades?


ALGUACIL

Es de modo

que, si no se remedia, a buen seguro

que ha de escandalizar [al] pueblo todo.

Como christiano, a vuesa merced juro

que piensa y haze tales trauesuras,

que nadie del se tiene por seguro.


TELLO.

¿Es ladron?


ALGUACIL

No, por cierto.


TELLO.

¿Quita a escuras

las capas en poblado?


ALGUACIL

No, tampoco.


TELLO.

¿Que haze, pues?


ALGUACIL

Otras cien mil diabluras.

Esto de valenton le buelue loco:

aqui riñe, alli hiere, alli se arroja,

y es en el trato ayrado el rey y el coco:

con vna daga que le sirue de hoja,

y vn broquel que pendiente tray al lado,

sale con lo que quiere o se le antoja.

Es de toda la hampa respetado,

auerigua pendencias y las haze,

estafa, y es señor de lo guisado;

entre rufos, el haze y el deshaze,

el corral de los Olmos le da parias,

y en el dar cantaletas se complaze.

Por tres heridas de personas varias,

tres mandamientos traygo y no executo,

y otros dos tiene el alguazil Pedro Arias.

Muchas vezes he estado resoluto

de auenturallo todo y de prendelle,

o ya a la clara, o ya con modo astuto;

pero, viendo que da en fauorecelle

tanto vuesa merced, aun no me atreuo

a miralle, tocalle ni ofendelle.


TELLO.

Esta deuda conozco que la deuo,

y la pagaré algun dia,

y procurarè que Lugo

vse de mas cortesia,

o le sere yo verdugo,

por vida del alma mia.

Mas lo mejor es quitalle

de aquesta tierra, y lleualle

a Mexico, donde voy,

no obstante que puesto estoy

en reñille y castigalle.

Vuesa merced en buen hora

vaya, que yo le agradezco

el auiso, y desde agora

todo por suyo me ofrezco.


ALGUACIL

Ya adiuino su mejora

sacandole de Seuilla,

que es tierra do la semilla

holgazana se leuanta

sobre qualquiera otra planta

que por virtud marauilla.

 

(Entrase el ALGUAZIL.)


TELLO.

¡Que aqueste moço me engañe,

y que tan a suelta rienda

a mi honor y su alma dañe!

Pues yo hare, si no se enmienda,

que de mi fauor se estrañe:

que, viendose sin ayuda,

serà possible que acuda

a la enmienda de su error:

que a la sombra del fauor

crecen los vicios, sin duda.

 

(Entrase TELLO.)

(Salen dos musicos con guitarras, y CHRISTOUAL con su broquel y daga de ganchos.)


LUGO

Toquen, que esta es la casa, y al seguro,

que presto llegue el bramo a los oydos

de la ninfa, que he dicho, xerezana,

cuya vida y milagros en mi lengua

viene cifrada en verso correntio.

A la xacara toquen, pues comienço.


MUSICO1.

¿Quieres que le rompamos las ventanas

antes de començar, porque estè atenta?


LUGO

Acabada la musica, andaremos

aquestas estaciones. Vaya agora

el guitarresco son y el aquelindo.


(Tocan.)


      «Escucha, la que veniste

       de la xerezana tierra

       a hazer a Seuilla guerra

       en cueros, como valiente;

       la que llama su pariente

       al gran Miramamolin;

       la que se precia de ruyn,

       como otras de generosas;

       la que tiene quatro cosas,

       y aun quatro mil, que son malas;

       la que passea sin alas

       los ayres en noche escura;

       la que tiene a gran ventura

       ser amiga de vn lacayo;

       la que tiene vn papagayo

       que siempre la llama puta;

       la que en vieja y en astuta

       da quinao a Celestina;

       la que, como golondrina,

       muda tierras y sazones;

       la que a pares, y aun a nones,

       ha ganado lo que tiene;

       la que no se desauiene

       por poco que se le de;

       la que su palabra y fe

       que diesse, jamas guardò;

       la que en darse a si excedio

       a las godeñas mas francas;

       la que echa por cinco blancas

       las habas y el cedazillo.»

 

(Assomase a la ventana VNO medio desnudo, con vn paño de tocar y vn candil.)


VNO.

¿Estan en si, señores? ¿No dan cata

que no los oye nadie en esta casa?


MUSICO1.

¿Cómo assi, tajamoco?.


VNO.

Porque el dueño

ha que està ya a la sombra quatro dias.


MUSICO2.

Conualeciente, di: ¿cómo a la sombra?


VNO.

En la carcel; ¿no entreuan?.


LUGO

¿En la carcel?

¿Pues por que la lleuaron?


VNO.

Por amiga

de aquel Pierres Papin, el de los naypes.


MUSICO1.

¿Aquel frances giboso?


VNO.

Aquesse mismo,

que en la cal de la Sierpe tiene tienda.


LUGO

¡Entrate, bodegon almidonado!


MUSICO2.

¡Zabullete, fantasma antojadiza!


MUSICO1.

¡Escondete, podenco quartanario!


VNO.

Entrome, ladronzitos en quadrilla;

zabullome, cernicalos rateros;

escondome, corchetes a lo Caco.


LUGO

¡Viue Dios, que es de humor el hideputa!


VNO.

No tire nadie; esten las manos quedas,

y anden las lenguas.


MUSICO1.

¿Quien te tira, suzio?


VNO.

¿Ay mas? ¡Si no me abaxo, qual me paran!

¡Mancebitos, a Dios! Que no soy pera,

que me han de derribar a terronazos.

 

(Entrase.)


LUGO

¿Han visto los melindres del bellaco?

No le tiran, y quexase.


MUSICO2.

(Este) es vn sastre

remendon muy donoso.


MUSICO1.

¿Que haremos?


LUGO

Vamos a dar assalto al pastelero

que està aqui cerca.


MUSICO2.

Vamos, que ya es hora

que estè haziendo pasteles; que este ciego

que viene aqui nos da a entender quan cerca

 

(Entra vn CIEGO.)


viene ya el dia.


CIEGO.

No he madrugado mucho,

pues que ya suena gente por la calle.

Oy quiero començar por este sastre.


LUGO

¡Ola, ciego, buen hombre!


CIEGO.

¿Quien me llama?


LUGO

Tomad aqueste real, y diez y siete

oraciones dezid, vna tras otra,

por las almas que estan en purgatorio.


CIEGO.

Que me plaze, señor, y hare mis fuerças

por dezirlas deuota y claramente.


LUGO

No me las engullays, ni me echeys sisa

en ellas.


CIEGO.

No, señor; ni por semejas.

A las Gradas me voy, y alli, sentado,

las dire poco a poco.


LUGO

¡Dios os guie!


(Vase el CIEGO.)


MUSICO1.

¿Quedate para vino, Lugo amigo?


LUGO

Ni aun vn solo cornado.


MUSICO1.

¡Viue Roque,

que tienes condicion extraordinaria!

Muchas vezes te he visto dar limosna

al tiempo que la lengua se nos pega

al paladar, y sin dexar siquiera

para comprar vn poluo de Caçalla.


LUGO

Las ánimas me lleuan quanto tengo;

mas yo tengo esperança que algun dia

lo tienen de boluer ciento por vno.


MUSICO2.

¡A la larga lo tomas!


LUGO

Y a lo corto;

que al bien hazer jamas le falta premio.

 

(Suena dentro como que hazen pasteles, y canta vno dentro lo siguiente:)

  

     «¡Afuera, consejos vanos,

       que despertays mi dolor!

       No me toquen vuestras manos;

       que, en los consejos de amor,

       los que matan son los sanos.»


MUSICO1.

¡Ola! Cantando està el pastelerazo,

y, por lo menos, los consejos vanos.

¿Tienes pasteles, cangilon con tetas?


PASTELERO

¡Musico de mohatra sincopado!.


LUGO

Pastelero de riego, ¿no respondes?


PASTELERO

Pasteles tengo, mancebitos hampos;

mas no son para ellos, corchapines.


LUGO

¡Abre, socarra, y danos de tu obra!


PASTELERO

¡No quiero, socarrones! ¡A otra puerta,

que no se abre aquesta por agora!


LUGO

¡Por Dios, que a puntapies la haga leña

si acaso no nos abres, buenos vinos!


PASTELERO

¡Por Dios, que no he de abrir, malos vinagres!


LUGO

¡Agora lo veredes!, dixo Agraxes.


MUSICO1.

¡Passo, no la derribes! ¡Lugo, tente!

 

(Da de cozes a la puerta; sale el PASTELERO y sus sequazes con palas y barrederos y assadores.)

  

PASTELERO

¡Vellacos, no ay aqui Agraxes que valgan;

que, si tocan historias, tocaremos

palas y chuzos!


MUSICO2.

¡(En)cierrate, capacho!


LUGO

¿Quieres que te derribe aquessas muelas,

remero de Caron el chamuscado?


PASTELERO

¡Cuerpo de mi! ¿Es Christoual el de Tello?


MUSICO1.

El es. ¿Por que lo dizes, zangomango?.


PASTELERO

Digolo porque yo le soy amigo

y muy su seruidor, y para quatro

o para seys pasteles, no tenia

para que romper puertas ni ventanas,

ni darme cantaletas ni matracas.

Entre Christoual, sus amigos entren,

y allanese la tienda por el suelo.


LUGO

¡Viue Dios, que eres principe entre principes,

y que essa sumission te ha de hazer franco

de todo mi rigor y mal talante!

Embaynense la pala y barrederas,

y amigos vsque ad mortem.


PASTELERO

Por San Pito,

que han de entrar todos, y la buena estrena

han de hazer a la hornada, que ya sale;

y mas, que tengo de Alanis vn cuero

que se viene a las barbas y a los ojos.


MUSICO1.

De miedo haze todo quanto haze

aqueste marion.


LUGO

No importa nada.

Asgamos la ocasion por el harapo,

por el hopo o copete, como dizen,

ora la ofrezca el miedo o cortesia.

El señor pastelero es cortesissimo,

y yo le soy amigo verdadero,

y hazer su gusto por mi gusto quiero.


(Entranse todos.)

(Sale ANTONIA con su manto, no muy aderezada, sino honesta.)


ANTONIA

Si aora yo le hallasse

en su aposento, no auria

cosa de que mas gustasse;

quiza a solas le diria

alguna que le ablandasse.

Atreuimiento es el mio;

pero dame esfuerço y brio

estos zelos y este amor,

que rinden con su rigor

al mas essento aluedrio.

Esta es la casa, y la puerta,

como pide mi desseo,

parece que està entreabierta;

mas, ¡ay!, que a sus quizios veo

yazer mi esperança muerta.

Apenas puedo mouerme;

pero, en fin, he de atreuerme,

aunque tan cobarde estoy,

porque en el punto de oy

està el ganarme o perderme.

 

(Sale el inquisidor TELLO DE SANDOUAL con ropa de leuantar, rezando en vnas horas.)


TELLO.

Deus in adiutorium meum intende.

Domine, ad adiuuandum me festina.

Gloria Patri & Filio & Spiritui sancto.

Sicut erat, &c.

¿Quien està ai? ¿Que ruydo

es esse? ¿Quien està ai?


ANTONIA

¡Ay, desdichada de mi!

¿Que es lo que me ha sucedido?


TELLO.

Pues, señora, ¿que buscays

tan de mañana en mi casa?

Este de madrugar passa.

No os turbeys. ¿De que os turbays?


ANTONIA

¡Señor!


TELLO.

Adelante. ¿Que es?

Proseguid vuestra razon.


ANTONIA

Nunca la errada intencion

supo endereçar los pies.

A Lugo vengo a buscar.


TELLO.

¿Mi criado?


ANTONIA

Si, señor.


TELLO.

¿Tan de mañana?


ANTONIA

El amor

tal vez haze madrugar.


TELLO.

¿Bien le quereis?


ANTONIA

No lo niego;

mas quierole en parte buena.


TELLO.

El madrugar os condena.


ANTONIA

Siempre es solícito el fuego.


TELLO.

En otra parte buscad

materia que le apliqueys,

que en mi casa no hallarey[s]

sino toda honestidad;

y si el moço da ocasion

que le busqueys, yo hare

que desde hoy mas no os la de.


ANTONIA

Enojase sin razon

vuesa merced; que, en mi alma,

que el mancebo es de manera,

que puede lleuar do quiera

entre mil honestos palma.

Verdad es que el es trauiesso,

matante, acuchillador;

pero, en cosas del amor,

por vn leño le confiesso.

No me lleua a mi tras el

Venus blanda y amorosa,

sino su aguda ganchosa

y su acerado broquel.


TELLO.

¿Es valiente?


ANTONIA

Muy bien puedes

sin escrupulo ygualalle,

y aun quiza serà agrauialle,

a Garcia de Paredes.

Y por esto este mocito

trae a todas las del trato

muertas: por ser tan brauato;

que en lo demas es bendito.


TELLO.

Oygole. Escondeos aqui,

porque quiero hablar con el

sin que os vea.


ANTONIA

¡Que no es el!


TELLO.

Es, sin duda; yo le oi.

Despues os dare lugar

para hablarle.


ANTONIA

Sea en buen ora.

 

(Escondese ANTONIA.)

(Entra LUGO en cuerpo, pendiente a las espaldas el broquel y la daga, y trae el rosario en la mano.)


LUGO

Mi señor suele a esta hora

de ordinario madrugar.

Mirad si lo dixe bien;

hele aqui. Yo apostaré

que ay sermon do no pense.

Acabese presto. Amén.


TELLO.

¿De dónde venis, mancebo?


LUGO

¿De do tengo de venir?


TELLO.

De matar y de herir,

que esto para vos no es nueuo.


LUGO

A nadie hiero ni mato.


TELLO.

Siete vezes te he librado

de la carcel.


LUGO

Ya es passado

aquesse, y tengo otro trato.


TELLO.

Mas se que ay de vn mandamiento

para prenderte en la plaça.


LUGO

Si; mas ninguno amenaça

a que de cozes al viento:

que todas son liuiandades

de moço las que me culpan,

y a mi mismo me disculpan,

pues no llegan a maldades.

Ellas son cortar la cara

a vn valenton arrogante;

vna matraca picante,

aguda, graciosa y rara;

calcorrear diez pasteles

o caxas de diacitron;

sustanciar vna quistion

entre dos jaques noueles;

el tener en la dehessa

dos vacas, y a vezes tres,

pero sin el interes

que en el trato se professa;

procurar que ningun rufo

se entone do yo estuuiere,

y que estime, sea quien fuere,

la suela de mi pantufo.

Estas y otras cosas tales

hago por mi passatiempo,

demas que rezo algun tiempo

los psalmos penitenciales;

y, aunque peco de ordinario,

pienso, y ello serà ansi,

dar buena quenta de mi

por las de aqueste rosario.


TELLO.

Dime, simple: ¿y tu no ves

que dessa tu plata y cobre,

es dar en limosna al pobre

del puerco hurtado los pies?.

Hazes a Dios mil ofensas,

como dizes, de ordinario,

¿y, con rezar vn rosario,

sin mas, yr al cielo piensas?

Entra por vn libro alli,

que està sobre aquella mesa.

Dime: ¿que manera es essa

de andar, que jamas la vi?

¿Hazia atras? ¿Eres cangrejo?

Bueluete. ¿Que nouedad

es essa?


LUGO

Es curiosidad

y cortesano consejo

que no buelua el buen criado

las espaldas al señor.


TELLO.

Criança de tal tenor,

en ninguno la he notado.

Buelue, digo.


LUGO

Ya me bueluo:

que por esto el passo atras

daua.


TELLO.

En que eres Satanas

desde agora me resueluo.

¿Armado en casa? ¿Por suerte,

tienes en ella enemigos?

Si tendras, qual son testigos

los ministros de la muerte

que penden de tu pretina,

y en ellos has confirmado

que el moço descaminado,

como tu, hazia atras camina.

¡Bien ire a la Nueua España

cargado de ti, malino;

bien a hazer este camino

tu ingenio y virtud se amaña!

Si, en lugar de libros, lleuas

estas joyas que veo aqui,

por cierto que das de ti

grandes e ingeniosas, prueuas.

¡Bien responde la esperança

en que engañado he viuido

al cuydado que he tenido

de tu estudio y tu criança!

¡Bien me pagas, bien procuras

que tu humilde nacimiento

en ti cobre nueuo assiento,

menos brios y venturas!

En valde serà auisarte,

por exemplos que te den,

que nunca se auienen bien

Aristoteles y Marte,

y que està en los aranzeles

de la discrecion mejor

que no guardan vn tenor

las sumulas y broqueles.

Espera, que quiero darte

vn testigo de quien eres,

si es que hazen las mugeres

alguna fe en esta parte.

Salid, señora, y hablad

a vuestro duro diamante,

honesto, pero matante,

valiente, pero rufian.

 

(Sale ANTONIA.)


LUGO

Demonio, ¿quien te ha traydo

aqui? ¿Por que me persigues,

si ningun fruto consigues

de tu intento mal nacido?

 

(Entra LAGARTIJA asustado.)


TELLO.

Mancebo, ¿que buscays vos?

¡Con sobresalto venis!

¿Que respondeys? ¿Que dezis?


LAGARTIJA

Digo que me valga Dios;

digo que al so Lugo busco.


TELLO.

Veysle ai; dadle el recado.


LAGARTIJA

De cansado y de turbado,

en las palabras me ofusco.

  

LUGO

Sossiegate, Lagartija,

y dime lo que me quieres.


LAGARTIJA

Considerando quien eres,

mi alma se regozija

y espera de tu valor

que saldras con qualquier cosa.


LUGO

Bien; ¿que ay?


LAGARTIJA

¡A Carrascosa

le lleuan preso, señor!


LUGO

¿Al padre?


LAGARTIJA

Al mismo.


LUGO

¿Por dónde

le lleuan? ¡Dimelo; acaba!


LAGARTIJA

Poquito aurà que llegaua

junto a la puerta del conde

del Castellar.


LUGO

¿Quien le lleua,

y por que, si lo has sabido?


LAGARTIJA

Por pendencia, a lo que he oydo;

y el alguazil Villanueua,

con dos corchetes, en peso

le lleuan, como a vn ladron.

¡Quebrarate el coraçon

si le vieras!


LUGO

¡Bueno es esso!

Camina y guia, y espera

buen sucesso deste caso,

si los alcança mi passo.


LAGARTIJA

¡Muera Villanueua!


LUGO

¡Muera!

 

(Vase LAGARTIJA y LUGO alborotados.)


TELLO.

¿Que padre es este? ¿Por dicha,

lleuan a algun frayle preso?


ANTONIA

No, señor, no es nada desso:

que este es padre de desdicha,

puesto que en su oficio gana

mas que dos padres, y aun tres.


TELLO.

Dezidme de que orden es.


ANTONIA

De los de la casa llana.

Es alcayde, con perdon,

señor, de la mancebia,

a quien llaman padre oy dia

las de nuestra profession;

su tenencia es casa llana,

porque se allanan en ella

quantas viuen dentro della.


TELLO.

Bien el nombre se profana

en esso de alcayde y padre,

nombres honrados y buenos.


ANTONIA

Quien viue en ella, a lo menos,

no estara sin padre y madre

jamas.


TELLO.

Aora bien: señora,

yd con Dios, que a este mancebo

yo os le pondre como nueuo.


ANTONIA

Tras el voy.


TELLO.

Yd en buen hora.

 

(Sale el ALGUAZIL que suele, con dos corchetes, que traen preso a CARRASCOSA, padre de la mancebia.)


PADRE.

Soy de los Carrascosas de Antequera,

y tengo oficio honrado en la republica,

y haseme de tratar de otra manera.

Solianme hablar a mi por súplica,

y es mal hecho y mal caso que se atreua

hazerme vn alguazil afrenta pública.

Si a vn personage como yo se lleua

de aqueste modo, ¿que hara a vn mal hombre?

Por Dios, que anda muy mal, sor Villanueua;

mire que da ocasion a que se assombre

el que viere tratarme desta suerte.


ALGUACIL

Calle, y la calle con mas prisa escombre,

porque le yra mejor, si en ello aduierte.

 

(Entra a este instante LUGO, puesta la mano en la daga y el broquel; viene con el LAGARTIJA y LOBILLO.)


LUGO

Todo viuiente se tenga,

y suelten a Carrascosa

para que conmigo venga,

y no se haga otra cosa,

aunque a su oficio conuenga.

Ea, señor Villanueua,

de de contentarme prueua,

como otras vezes lo haze.


ALGUACIL

Señor Lugo, que me plaze.


CORCHETE

¡Juro a mi que se le lleua!


LUGO

Padre Carrascosa, vaya

y entrese en San Saluador,

y a su temor ponga raya.


LAGARTIJA

Este Cid campeador

mil años viua y bien aya.


ALGUACIL

Christoual, eche de ver

que no me quiero perder

y que le siruo.


LUGO

Està bien;

yo lo mirarè muy bien

quando fuere menester.


ALGUACIL

¡Agradezcalo al padrino,

señor padre!


LOBILLO

No aya mas,

y siga en paz su camino.


CORCHETE

¿Este moço es Barrauas,

o es Orlando el Paladino?

¡No ay hazer baza con el!


(Entrase el ALGUAZIL y los corchetes.)


PADRE.

Nueuo español brauonel,

con tus brauatas bizarras

me has librado de las garras

de aquel tacaño Luzbel.

Yo me voy a retraer,

por si o por no. ¡Queda en paz,

honor de la hampa y ser!


LUGO

Dizes bien, y aquesso haz,

que yo despues te yre a ver.

¡Bien se ha negociado!


LOBILLO

Bien;

sin sangre, sin hierro o fuego.


LUGO

De colera venía ciego

y enfadado.


LOBILLO

Y yo tambien.

Vamos a cortarla aqui

con vn poluo de lo caro.


LUGO

En otras cosas reparo

que me importan mas a mi.

Yr quiero agora a jugar

con Gilberto, vn estudiante

que siempre ha sido mi azar,

hombre que ha de ser bastante

a hazerme desesperar.

Quanto tengo me ha ganado;

solamente me han quedado

vnas sumulas, y a fe

que, si las pierdo, que se

cómo esquitarme al doblado.


LOBILLO

Yo te dare vna baraxa

hecha, con que le despojes,

sin que le dexes alhaja.


LUGO

¡Largo medio es el que escoges!

Otro se por do se ataja.

Iuro a Dios omnipotente

que, si las pierdo al presente,

me he de hazer salteador.


LOBILLO

¡Resolucion de valor,

y traza de hombre prudente!

Si pierdes, ¡oxala pierdas!,

yo mostraré en tu exercicio

que estas manos no son lerdas.


LAGARTIJA

Siempre fue vsado este oficio

de personas que son cuerdas,

industriosas y valientes,

por los casos diferentes

que se ofrecen de contino.


LOBILLO

De seguirte determino.


LAGARTIJA

Por tuyo es bien que me cuentes.

Ya ves que mi voluntad

es de alquimia, que se aplica

al bien como a la maldad.


LUGO

Essa verdad testifica

tu facil habilidad.

No te dexarè jamas,

y ¡a Dios!


LOBILLO

Lugo, ¿que, te vas?


LUGO

Luego sere con vosotros.


LAGARTIJA

Pues, ¡sus!, vamonos nosotros

a la ermita del Compas.


(Entranse todos, y sale PERALTA, estudiante, y ANTONIA.)


ANTONIA

Si ha de ser hallarle acaso,

mis desdichas son mayores.


PERALTA

¿Son zelos, o son amores

los que aqui os guian el paso,

señora Antonia?


ANTONIA

No se,

si no es rabia, lo que sea.


PERALTA

Por cierto, muy mal se emplea

en tal sugeto tal fe.


ANTONIA

No ay parte tan escondida,

do no se sepa mi historia.


PERALTA

Hazela a todos notoria

el veros andar perdida

buscando siempre a este hombre.


ANTONIA

¿Hombre? Si el lo fuera, fuera

descanso mi angustia fiera.

Mas no tiene mas del nombre;

conmigo, a lo menos.


PERALTA

¿Como?


ANTONIA

Esto, sin duda, es assi;

que amor le hirio para mi

con las saetas de plomo.

No ay yelo que se le yguale.


PERALTA

¿Pues por que le quereis tanto?


ANTONIA

Porque me alegro y me espanto

de lo que con hombres vale.

¿Ay mas que ver que le dan

parias los mas arrogantes,

de la heria los matantes,

los brauos de San Roman?.

¿Y ay mas que viuir segura,

la que fuere su respeto,

de verse en ningun aprieto

de los de nuestra soltura?

Quien tiene nombre de suya,

viue alegre y respetada;

a razon enamorada,

no ay ninguna que la arguya.

 

(Vase ANTONIA.)


PERALTA

Estas señoras del trato

precian mas, en conclusion,

vn socarra valenton,

que vn Medoro gallinato.

En efecto, gran lision

es la desta moça loca.

Ya la campanilla toca;

entremonos a licion.

 

(Entra PERALTA, y salen GILBERTO, estudiante, y LUGO.)


GIL.

Ya yras contento, y ya puedes

dexar de gruñir vn rato,

y ya puedes dar barato

tal, que, parezcan mercedes.

Mas me has ganado este dia,

que yo en ciento te he ganado.


LUGO

Assi es verdad.


GIL.

Que buen grado

le venga a mi cortesia.

¿Yo tus sumulas? ¡Estaua

loco, sin duda ninguna!


LUGO

Sucessos son de fortuna.

  

GIL.

Ya yo los adiuinaua;

porque al tahur no le dura

mucho tiempo el alegria,

y el que de naypes se fia,

tiene al quitar la ventura.

Oy de qualquiera quistion

has de salir vitorioso;

y ¡a Dios, señor ganancioso!,

que yo me bueluo a licion.

 

(Entrase GILBERTO, y sale el marido de la muger que salio primero.)


MARIDO

Señor Lugo, a gran ventura

tengo este encuentro.


LUGO

Señor,

¿que ay de nueuo?


MARIDO

Aquel temor

de ser ofendido aun dura.

Tengo a mi consorte amada

retirada en vna aldea,

y para que el sol la vea,

apenas halla la entrada.

Con aquel recato viuo

que me mandasteys tener,

y muerome por saber

de quien tanto mal recibo.


LUGO

Ya aquel que pudo poneros

en cuydado està de suerte,

que llegará al de la muerte,

y no al punto de ofenderos.

Quietad con este seguro

el zeloso ansiado pecho.


MARIDO

Con esso voy satisfecho,

y de seruiroslo juro.

Hazer podeys de mi hazienda,

Lugo, a vuestra voluntad.


LUGO

Passò mi necessidad,

no ay ninguna que me ofenda;

y assi, sólo en recompensa

recibo vuestro desseo.


MARIDO

No aquel estilo en vos veo

que el vulgo engañado piensa.

¡A Dios, señor Lugo!

 

(Vase.)


LUGO

¡A Dios!

 

(Entra LAGARTIJA.)

  

Pues, Lagartija, ¿a que vienes?


LAGARTIJA

¡Que gentil remanso tienes!

¿No ves que dara las dos,

 

(Reza LUGO.)

  

y te està esperando toda(via)

la chirinola hampesca?

Ven, que la tarde haze fresca

y a los tragos se acomoda.

¿Quando te estan esperando

tus amigos con mas gusto,

andas, qual si fueras justo,

Aue Marias tragando?

O se rufian, o se santo;

mira lo que mas te agrada.

Voyme, porque ya me enfada

tanta Gloria, y Patri tanto.

 

(Vase LAGARTIJA.)


LUGO

Solo quedo, y quiero entrar

en cuentas conmigo a solas,

aunque lo impidan las olas

donde temo naufragar.

Yo hize voto, si oy perdia,

de yrme a ser salteador:

claro y manifiesto error

de vna ciega fantasia.

Locura y atreuimiento

fue el peor que se penso,

puesto que nunca obligó

mal voto a su cumplimiento.

Pero ¿dexarè por esto

de auer hecho vna maldad,

adonde mi voluntad

echó de codicia el resto?

No, por cierto. Mas, pues se

que contrario con contrario

se cura muy de ordinario,

contrario voto hare,

y assi, le hago de ser

religioso. Ea, Señor;

veys aqui a este salteador

de contrario parecer.

Virgen, que Madre de Dios

fuyste por los pecadores;

ya os llaman salteadores;

oydlos, Señora, vos.

Angel de mi guarda, aora

es menester que acudays,

y el temor fortalezcays

que en mi alma amarga mora.

Animas de purgatorio,

de quien continua memoria

he tenido; seaos notoria

mi angustia, y mi mal notorio;

y pues que la caridad

entre essas llamas no os dexa,

pedid a Dios que su oreja

preste a mi necessidad.

Psalmos de Dauid benditos,

cuyos misterios son tantos,

que sobreceden a quantos

renglones teneys escritos;

vuestros conceptos me animen,

que he aduertido vezes tantas,

a que yo ponga mis plantas

donde al alma no lastimen;

no en los montes salteando

con mal christiano decoro,

sino en los claustros y el coro

desnudas, y yo rezando.

¡Ea, demonios; por mil modos

a todos os dessafio,

y en mi Dios bueno confio

que os he de vencer a todos!

 

(Entrase, y suenan a este instante las chirimias; descubrese vna gloria, o, por lo menos, vn ANGEL que, en cessando la musica, diga:)

  

«Quando vn pecador se buelue

a Dios con humilde zelo,

se hazen fiestas en el cielo.»


FIN DE LA PRIMERA JORNADA



JORNADA SEGUNDA


Salen dos figuras de ninfas vestidas bizarramente, cada vna con su targeta en el braço: en la vna viene escrito «CURIOSIDAD»; en la otra, «COMEDIA».

  

CURIOSIDAD

Comedia.


COMEDIA

Curiosidad,

¿que me quieres?


CURIOSIDAD

Informarme

que es la causa por que dexas

de vsar tus antiguos trages,

del coturno en las tragedias,

del çueco en las manuales

comedias, y de la toga

en las que son principales;

cómo has reduzido a tres

los cinco actos que sabes

que vn tiempo te componian

ilustre, risueña y graue;

aora aqui representas,

y al mismo momento en Flandes;

truecas sin discurso alguno

tiempos, teatros, lugares.

Veote, y no te conozco.

Dame de ti nueuas tales

que te buelua a conocer,

pues que soy tu amiga grande.


COMEDIA

Los tiempos mudan las cosas

y perficionan las artes,

y añadir a lo inuentado

no es dificultad notable.

Buena fuy passados tiempos,

y en estos, si los mirares,

no soy mala, aunque desdigo

de aquellos preceptos graues

que me dieron y dexaron

en sus obras admirables

Seneca, Terencio y Plauto,

y otros griegos que tu sabes.

He dexado parte dellos,

y he tambien guardado parte,

porque lo quiere assi el vso,

que no se sujeta al arte.

Ya represento mil cosas,

no en relacion, como de antes,

sino en hecho, y assi es fuerça

que aya de mudar lugares;

que como acontecen ellas

en muy diferentes partes,

voyme alli donde acontecen,

disculpa del disparate.

Ya la comedia es vn mapa

donde no vn dedo distante

veras a Londres y a Roma,

a Valladolid y a Gante.

Muy poco importa al oyente

que yo en vn punto me passe

desde Alemania a Guinea

sin del teatro mudarme;

el pensamiento es ligero:

bien pueden acompañarme

con el doquiera que fuere,

sin perderme ni cansarse.

Yo estaua aora en Seuilla,

representando con arte

la vida de vn jouen loco,

apassionado de Marte,

rufian en manos y lengua,

pero no que se enfrascasse

en admitir de perdidas

el trato y ganancia infame.

Fue estudiante y rezador

de psalmos penitenciales,

y el rosario ningun dia

se le passò sin rezalle.

Su conuersion fue en Toledo,

y no serà bien te enfade

que, contando la verdad,

en Seuilla se relate.

En Toledo se hizo clerigo,

y aqui, en Mexico, fue frayle,

adonde el discurso aora

nos truxo aqui por el ayre.

El sobrenombre de Lugo

mudò en Cruz, y es bien se llame

fray Christoual de la Cruz

desde este punto adelante.

A Mexico y a Seuilla

he juntado en vn instante,

surziendo con la primera

esta y la tercera parte:

vna de su vida libre,

otra de su vida graue,

otra de su santa muerte

y de sus milagros grandes.

Mal pudiera yo traer,

a estar atenida al arte,

tanto oyente por las ventas

y por tanto mar sin naues.

Da lugar, Curiosidad,

que el bendito frayle sale

con fray Antonio, vn corista

bueno, pero con donayres.

Fue en el siglo Lagartija,

y en la religion es sacre,

de cuyo buelo se espera

que ha de dar al cielo alcance.


[CURIOSIDAD]

Aunque no lo quedo en todo,

quedo satisfecha en parte,

amiga; por esto quiero,

sin replicarte, escucharte.

 

(Entranse.)

(Sale FRAY CHRISTOUAL en abito de santo Domingo, y FRAY ANTONIO tambien.)


F. ANTONIA

Sepa su paternidad...


CRUZ.

Entone mas baxo el punto

de cortesia.


F. ANTONIA

En verdad,

padre mio, que barrunto

que tiene su caridad

de bronze el cuerpo, y de suerte,

que tarde ha de hallar la muerte

entrada para acaballe,

segun da en exercitalle

en rigor aspero y fuerte.


CRUZ.

Es bestia la carne nuestra,

y, si rienda se le da,

tan desbocada se muestra,

que nadie la boluera

de la siniestra a la diestra.

Obra por nuestros sentidos

nuestra alma: assi estan tapidos,

y no sutiles; es fuerça

que a la carrera se tuerça

por donde van los perdidos.

La luxuria està en el vino,

y a la crapula y regalo

todo vicio le es vezino.


F. ANTONIA

Yo, en ayunando, estoy malo,

floxo, indeuoto y mohino.

De vn otro talle y manera

me hallaua yo quando era

en Seuilla tu mandil:

que hazen ingenio sutil

las blancas roscas de Vtrera.

¡O vuas albaraçadas,

que en el pago de Triana

por la noche sois cortadas,

y os hallais a la mañana

tan frescas y aljofaradas,

que no ay cosa mas hermosa,

ni fruta que a la golosa

voluntad ansi despierte!.

¡No espero verme en la suerte

que ya se passô dichosa!


CRUZ.

Cierto, fray Antonio amigo,

que essa consideracion

es lazo que el enemigo

le pone a su perdicion.

Estè atento a lo que digo.


F. ANTONIA

Consideraua yo agora

dónde estara la señora

Librija, o la Salmerona,

cada qual, por su persona,

buena para pecadora.

¡Quien supiera de Ganchoso,

del Lobillo y de Terciado,

y del Patojo famoso!

¡O feliz siglo dorado,

tiempo alegre y venturoso,

adonde la libertad

brindaua a la voluntad

del gusto mas esquisito!


CRUZ.

¡Calle; de Dios sea bendito!


F. ANTONIA

Calle su paternidad

y dexeme, que con esto

euacuo vn pessimo humor

que me es amargo y molesto.


CRUZ.

Cierto que tengo temor,

por verle tan descompuesto,

que ha de apostatar vn dia,

que para los dos sería

noche de luto cubierta.


F. ANTONIA

No saldra por essa puerta

jamas mi melencolia;

no me he de estender a mas

que a quexarme y a sentir

el ausencia del Compas.


CRUZ.

¡Que tal te dexas dezir,

fray Antonio! Loco estás;

que en el juyzio empeora

quien tal acuerdo atesora

en su memoria vilmente.


F. ANTONIA

Rufian corriente y moliente

fuera yo en Seuilla agora,

y tuuiera en la dehessa

dos yeguas, y aun quiça tres,

diestras en el arte auiesa.


CRUZ.

De que en essas cosas des,

sabe Dios lo que me pesa;

mas yo hare la penitencia

de tu rasgada conciencia.

Quedate, Antonio, y aduierte

que de la vida a la muerte

ay muy poca diferencia:

quien viue bien, muere bien;

quien mal viue, muere mal.


F. ANTONIA

Digo, padre, que està bien;

pero no has de hazer caudal

de mi, ni enfado te den

mis palabras, que no son

nacidas del coraçon,

que en sola la lengua yazen.


CRUZ.

Dan las palabras y hazen

fee de qual es la intencion.


(E[n]tra vn corista llamado FRAY ANGEL; señalase con sola la A.)


A.

Padre maestro, el prior

llama a vuestra reuerencia,

y espera en el corredor.

 

(Vase luego el PADRE CRUZ.)


F. ANTONIA

Mas presto es a la obediencia,

que el sol a dar resplandor.

Padre fray Angel, espere.


A.

Diga presto que me quiere.

 

(Enseñale hasta vna dozena de naypes.)

  

F. ANTONIA

Mire.


A.

¿Naypes? ¡Perdicion!


F. ANTONIA

No se admire, hipocriton,

que el caso no lo requiere.


A.

¿Quien te los dio, fray Antonio?


F. ANTONIA

Vna deuota que tengo.


A.

¿Deuota? ¡Será el demonio!


F. ANTONIA

Nunca con el bien me auengo;

leuantasle testimonio.


A.

¿Estan justos?.


F. ANTONIA

Pecadores

creo que estan los señores,

pues, para cumplir quarenta,

entiendo faltan los treinta.


A.

Si fueran algo mejores,

buscaramos vn rincon

donde podernos holgar.


F. ANTONIA

Y hallaramosle a sazon:

que nunca suele faltar

para hazer mal ocasion.

¡Bien ayan los gariteros

magnificos y grosseros,

que con vn ánimo franco

tienen patente el tauanco

para blancos y fulleros!

Vamos de aqui, que el prior

viene alli con el señor

que lo fue de nu[e]stro Cruz,

gran cauallero andaluz,

letrado y visitador.


(Entranse.)

(Salen el PRIOR y TELLO DE SANDOUALMA)


PRIOR

El es vn angel en la tierra, cierto,

y viue entre nosotros de manera,

como en las soledades del desierto;

no desmaya ni afloja en la carrera

del cielo, adonde, por llegar mas presto,

corre desnudo y pobre, a la ligera,

humilde sobre modo, y tan honesto,

que admira a quien le vee en edad florida

tan recatado en todo y tan compuesto.

En efecto, señor, el haze vida

de quien puede esperar muerte dichosa

y gloria que no pueda ser medida.

Su oracion es continua y feruorosa,

su ayuno inimitable, y su obediencia

presta, sencilla, humilde y hazendosa.

Resucitado ha en la penitencia

de los antiguos padres, que en Egypto

en ella acrisolaron la conciencia.


TELLO.

Por millares de lenguas sea bendito

el nombre de mi Dios; a este mancebo

boluio de do pense que yua precito.

Bueluome a España, y en el alma lleuo

tan grande soledad de su persona,

que quiero exagerarla, y no me atreuo.


PRIOR

Vuesa merced nos dexa vna corona

que ha de honrar este reyno mientras ciña

el cerco azul el hijo de la Zona.

Està entre aquestos barbaros aun niña

la fe christiana, y faltan los obreros

que cultiuen aqui de Dios la viña,

y la leche mejor, y los azeros,

que a entrambas les hara mayor prouecho.

Es exemplo de[e]stos jornaleros,

que es menester que tenga sano el pecho

el medico que cura a lo diuino,

para dexar al cielo satisfecho.


(Entran el PADRE CRUZ y FRAY ANTONIO.)

  

Aquesta compostura de continuo

trae nuestro padre Cruz, tan mansa y graue,

que alegre y triste sigue su camino:

que en el lo triste con lo alegre cabe.


CRUZ.

Deo gracias.


PRIOR

Por siempre, amén,

estas y todas naciones

con viua fe se las den.


CRUZ.

Suplicote me perdones,

señor, si no he andado bien,

faltando a la cortesia

que a tu presencia deuia.


TELLO.

Padre fray Christoual mio,

esto toca en desuario,

porque toca en demasia;

yo soy el que he de postrarme

a sus pies.


CRUZ.

Por el oficio

que tengo, puedo escusarme

de auer dado poco indicio

de cortés en no humillarme,

y mas a quien deuo tanto,

que, a poder dezir el quánto,

fuera poco.


TELLO.

Yo confiesso

que quedo deudor en esso.


PRIOR

Bien quadra cortés y santo.


TELLO.

A España parto mañana;

si me manda alguna cosa,

harela de buena gana.


CRUZ.

Tu jornada sea dichosa:

viento en popa y la mar llana.

Yo, mis pobres oraciones

a las celestes regiones

embiaré por tu camino,

puesto, señor, que imagino

que en rezio tiempo te pones

a nauegar.


TELLO.

La derrota

està de fuerça que siga

de la ya aprestada flota.


CRUZ.

Ni el vracan te persiga,

ni toques en la derrota

Bermuda, ni en la Florida,

de mil cuerpos omicida,

adonde, contra natura,

es el cuerpo sepultura

viua del cuerpo sin vida.

A Cadiz, como desseas,

llegues sano, y en San Lucar

desembarques tus preseas,

y, en virtudes hecho vn Fucar,

presto en Seuilla te veas,

donde a mi padre diras

lo que quisieres, y haras

por el lo que mereciere.


TELLO.

Hare lo que me pidiere,

y si es poco, hare yo mas.

Y aora, por paga, pido

de aquella buena intencion

que en su criança he tenido,

padre, que su bendicion

me dexe aqui enriquecido

de esperanças, con que pueda

esperar que me suceda

el viage tan a cuento,

que sople propicio el viento,

y la fortuna esté queda.


CRUZ.

La de Dios encierre en esta

tanta ventura, que sea

la jornada alegre y presta,

sin que en tormenta se vea,

ni en la calma que molesta.


F. ANTONIA

Si viere alla a la persona...


TELLO.

¿De quien?


F. ANTONIA

De la Salmerona,

encaxele vn besapies

de mi parte, y dos o tres

buçes, a modo de mona.


PRIOR

Fray Antonio, ¿cómo es esto?

¿Cómo delante de mi

se muestra tan descompuesto?


F. ANTONIA

Ocurrioseme esto aqui,

y vase el señor tan presto,

que temi que me faltara

lugar do le encomendara

estos y otros besamanos:

que poder ser cortesanos

los frayles, es cosa clara.


PRIOR

¡Calle, y a vernos despues!


TELLO.

Por cierto, que no merece

castigo por ser cortès.


PRIOR

Cierta enfermedad padece

en la lengua.


F. ANTONIA

Ello assi es;

pero nunca hablo cosa

que toque en escandalosa;

que hablo a la vizcaina.


PRIOR

Yo hablarè a la diciplina,

lengua breue y compendiosa.


TELLO.

Deme su paternidad

licencia, y aqueste enojo

no toque en riguridad.


F. ANTONIA

Si conociera al Patojo,

hizierame caridad

de saludalle tambien

de mi parte. Aunque me den

diciplina porque calle,

no puedo no encomendalle

aquello que me està bien.


PRIOR

Vuesa merced vaya en paz,

que a colera no me mueue

plática que da solaz,

y este, por moço, se atreue,

y el de suyo se es loquaz;

y sean estos abraços

muestra de los santos lazos

con que caridad nos liga.

 

(Abraça a los dos.)


[TELLO.]

Mi amor, padre Cruz, le obliga

a que apriete mas los braços,

y veisme que me enternezco.


CRUZ.

Dios te guie, señor mio,

que a su proteccion te ofrezco.


TELLO.

Que me dara yo confio,

por vos, mas bien que merezco.


(Vase TELLO.)


PRIOR

Venga, fray Antonio, venga.


CRUZ.

Dexele que se detenga

conmigo, padre, aqui vn poco.


[PRIOR]

En buen hora; y, si està loco,

haga cómo seso tenga.


(Vase el PRIOR.)


CRUZ.

¿Que es possible, fray Antonio,

que ha de caer en tal mengua,

que consienta que su lengua

se la gouierne el demonio?

Cierto que pone manzilla

ver que el demonio maldito

le trae las ollas de Egypto

en lo que dexó en Seuilla.

De las cosas ya passadas,

mal hechas, se ha de acordar,

no para se deleytar, 

sino para ser lloradas;

de aquella gente perdida

no deue acordarse mas,

ni del Compas, si ay compas

do se viue sin medida. 

Sólo de gracias a Dios,

que, por su santa clemencia,

nos dio de la penitencia

la estrecha tabla a los dos,

para que, de la tormenta

y naufragar casi cierto,

de la religion el puerto

tocassemos sin afrenta.


F. ANTONIA

Yo mirarè lo que hablo

de aqui adelante mas cuerdo,

pues conozco lo que pierdo,

y se lo que gana el diablo.

Rueguele, padre, al prior

que en su furia se mitigue,

y no al peso me castigue

de mi descuydado error.


CRUZ.

Vamos, que yo le dare

bastantissima disculpa

de su yerro, y por su culpa

y las mias rezarè.


(Entranse todos.)

(Sale vna dama llamada DOÑA ANA TREUIÑO, vn MEDICO y dos criados. Todo esto es verdad de la historia.)


MED.

Vuessa merced sepa cierto

que aquesta su enfermedad

es de muy ruin calidad;

hablo en ella como experto.

Mi oficio obliga a dezillo,

cause o no cause passion:

que, entre razon y razon,

pondra la Parca el cuchillo.

Hablando se ha de quedar

muerta; y aquesto le digo

como medico y amigo

que no la quiere engañar.


D.ª ANA.

Pues a mi no me parece

que estoy tan mala. ¿Que es esto?

¿Cómo me anuncia tan presto

la muerte?


MED.

El pulso me ofrece,

los ojos y la color,

esta verdad a la clara.


D.ª ANA.

En los ojos de mi cara

suele mirarse el amor.


MED.

Vuessa merced se confiesse,

y quedense aparte burlas.


CRI. 1.

Señor, si es que no te burlas,

rezio mandamiento es esse.


MED.

No me suelo yo burlar

en casos deste jaez.


D.ª ANA.

Podra su merce(d) esta vez,

si quisiere, perdonar,

que, ni quiero confessarme,

ni hazer cosa que me diga.


MED.

A mas mi oficio me obliga,

y a Dios.


D.ª ANA.

El querra ayudarme.

 

(Vase el MEDICO.)


Pesado medico y necio,

siempre cansa y amohina.


CRI. 2.

Crio Dios la medicina,

y hase de tener en precio.


D.ª ANA.

La medicina yo alabo;

pero los medicos no,

porque ninguno llegò

con lo que es la ciencia al cabo.

Algo fatigada estoy.


CRI. 1.

Procura desenfadarte,

esparcerte y alegrarte.


D.ª ANA.

Al campo pienso de yr oy.

Parece que estan templando

vna guitarra alli fuera.


CRI. 1.

¿Sera Ambrosio?


D.ª ANA.

Sea quienquiera,

escuchad, que va cantando.


(Cantan dentro:)

 

«Muerte y vida me dan pena;

no se que remedio escoja:

que, si la vida me enoja,

tampoco la muerte es buena.»


D.ª ANA.

Con todo, es mejor viuir:

que, en los casos desyguales,

el mayor mal de los males

se sabe que es el morir.

Calle el que canta, que atierra

oyr tratar de la muerte:

que no ay tesoro de suerte

en tal espacio de tierra.

La muerte y la mocedad

hazen dura compañia,

como la noche y el dia,

la salud y enfermedad,

y edad poca y maldad mucha,

y voz de muerte a deshora;

¡ay del alma pecadora

que impenitente la escucha!


CRI. 1.

No me contenta mi ama;

nunca la he visto peor:

fuego es ya, no es resplandor,

el que en su vista derrama.


(Entranse todos.)

(Sale el padre FRAY ANTONIO.)

  

F. ANTONIA

Mientras el frayle no llega

a ser sacerdote, passa

vida pobre, estrecha, escasa,

de quien a vezes reniega.

Tiene alla el predicador

sus deuotas y sus botas,

y el presentado echa gotas

y suda con el prior;

mas el nouicio y corista,

en el coro y en la escoba

sus apetitos adoba,

diziendo con el Salmista:

Et potum meum cum fletu miscebam.

Pero bien será callar,

pues se que muchos conuienen

en que las paredes tienen

oydos para escuchar.

La celda del padre Cruz

està abierta, ciertamente;

ver quiero este penitente,

que està a escuras y es de luz.


(Abre la celda; parece el PADRE CRUZ arrobado, hincado de rodillas, con vn cruzifijo en la mano.)

  

¡Mirad que postura aquella

del brauo rufian diuino,

y si hallarà camino

Satanas para rompella!

Arrobado està, y es cierto

que, en tanto que el està assi,

los sentidos tiene en si

tan muertos como de vn muerto.

 

(Suenan desde lexos guitarras y sonajas, y bozeria de regozijo. Todo esto desta mascara y vision fue verdad, que assi lo cuenta la historia del santo.)

  

Pero ¿que musica es esta?

¿Que guitarras y sonajas?

¿Pues los frayles se hazen raxas?

¿Mañana es alguna fiesta?

Aunque musica a tal hora,

no es decente en el conuento.

Miedo de escuchalla siento.

¡Valgame nuestra Señora!


(Suena mas cerca.)

  

¡Padre nuestro, despierte,

que se hunde el mundo todo

de musica! No hallo modo

bueno alguno con que acierte.

La musica no es diuina,

porque, segun voy notando,

al modo vienen cantando

rufo y de xacarandina.


(Entran a este instante seis con sus mascaras, vestidos como ninfas lasciuamente, y los que han de cantar y tañer, con mascaras de demonios vestidos a lo antiguo, y hazen su dança. Todo esto fue assi, que no es vision supuesta, apocrifa ni mentirosa.)

Cantan:


«No ay cosa que sea gustosa,

sin Venus blanda amorosa.

No ay comida que assi agrade,

ni que sea tan sabrosa,

como la que guisa Venus,

en todos gustos curiosa.

Ella el verde amargo jugo

de la amarga hiel sazona,

y de los mas tristes tiempos

buelue muy dulces las horas;

quien con ella trata, rie,

y quien no la trata, llora.

Passa qual sombra en la vida,

sin dexar de si memoria,

ni se eterniza en los hijos,

y es como el arbol sin hojas,

sin flor ni fruto, que el suelo

con ninguna cosa adorna.

Y por esto, en quanto el sol

ciñe y el ancho mar moja,

no ay cosa que sea gustosa

sin Venus blanda amorosa.»


(El PADRE CRUZ, sin abrir los ojos, dize:)


CRUZ.

No ay cosa que sea gustosa,

sin la dura cruz preciosa.

Si por esta senda estrecha

que la cruz señala y forma

no pone el pie el que camina

a la patria venturosa,

quando menos lo pensare,

de improuiso y a deshora,

cayra de vn despeñadero

del abismo en las mazmorras.

Torpeza y honestidad

nunca las manos se toman,

ni pueden caminar juntas

por esta senda fragosa.

Y yo [se] que en todo el cielo,

ni en la tierra, aunque espaciosa,

no ay cosa que sea gustosa

sin la dura cruz preciosa.


MUS.

«¡Dulzes dias, dulzes ratos

los que en Seuilla se gozan,

y dulzes comodidades

de aquella ciudad famosa,

do la libertad campea,

y en sucinta y amorosa

manera Venus camina

y a todos se ofrece toda,

y risueño el amor canta

con mil passages de gloria:

"No ay cosa que sea gustosa,

sin Venus blanda amorosa!"»


CRUZ

Vade retro, Sa[ta]nas,

que para mi gusto aora

no ay cosa que sea gustosa

sin la dura cruz preciosa.


(Vanse los demonios gritando.)


F. ANTONIA

Hazerme quiero mil cruzes;

he visto lo que aun no creo.

Afuera el temor, pues veo

que viene gente con luzes.


CRUZ.

¿Que haze aqui, fray Antonio?


F. ANTONIA

Estaua mirando atento

vna dança de quien siento

que la guiaua el demonio.


CRUZ.

Deuia de estar durmiendo,

y soñaua.


F. ANTONIA

No, a fe mia;

padre Cruz, yo no dormia.

 

(Entran a este punto dos ciudadanos con sus lanternas, y el PRIOR.)

  

CIUDADANO 1.

Señor, como voy diziendo,

pone gran lastima oylla:

que no ay razon de prouecho

para enternecerle el pecho

ni de su error diuertilla;

y pues auemos venido

a tal hora a este conuento

por remedio, es argumento

que es el daño muy crecido.


PRIOR

Que diga que Dios no puede

perdonalla, caso estraño;

es esse el mayor engaño

que al pecador le sucede.

Fray Christoual de la Cruz

està en pie; quiça adiuino

que ha de hazer este camino,

y en el dar a este alma luz.

Padre, su paternidad

con estos señores vaya,

y quanto pueda la raya

suba de su caridad,

que anda muy listo el demonio

con vn alma pecadora.

Vaya con el padre.


F. ANTONIA

¿Aora?


PRIOR

No replique, fray Antonio.


F. ANTONIA

Vamos, que a mi se me alcança

poco o nada, o me imagino

que he de ver en el camino

la no fantastica dança

de denantes.


CRUZ.

Calle vn poco,

si puede.


CIUDADANO 2.

Señor, tardamos,

y serà bien que nos vamos.


F. ANTONIA

Todos me tienen por loco

en aqueste monesterio.


CRUZ.

No hable entre dientes; camine,

y essas danças no imagine

que carecen de misterio.


PRIOR

Vaya con Dios, padre mio.


CIUDADANO 1.

Con el vamos muy contentos.


CRUZ.

¡Fauorezca mis intentos

Dios, de quien siempre confio!


(Sale vn CLERIGO y DOÑA ANA DE TREUIÑO y acompañamiento.)

  

CLE.

Si assi la cama la cansa,

puede salir a esta sala.


D.ª ANA.

Qualquiera parte halla mala

la que en ninguna descansa.


CLE.

Lleguen essas sillas.


D.ª ANA.

Cierto

que me tiene su porfia,

padre, elada, yerta y fria,

y que ella sola me ha muerto.

No me canse ni se canse

en persuadirme otra cosa,

que no soy tan amorosa

que con lagrimas me amanse.

¡No ay misericordia alguna

que me valga en suelo o cielo!


CLE.

Toda la verdad del cielo

a tu mentira repugna.

En Dios no ay menoridad

de poder, y, si la huuiera,

su menor parte pudiera

curar la mayor maldad.

Es Dios vn bien infinito,

y, a respeto de quien es,

quanto imaginas y ves,

viene a ser punto finito.


D.ª ANA.

Los atributos de Dios

son iguales; no os entiendo,

ni de entenderos pretendo.

Mataisme, y cansaisos vos.

¡Bien fuera que Dios aora,

sin que en nada reparara,

sin mas ni mas, perdonara

a tan grande pecadora!

No haze cosa mal hecha,

y assi, no ha de hazer aquesta.


CLE.

¿Ay locura como esta?


D.ª ANA.

No griteis, que no aprouecha.


(Entran a este instante el PADRE CRUZ y FRAY ANTONIO, y ponese el padre a escuchar lo que està diziendo el clerigo, el qual prosigue diziendo:)


CLE.

Pues nacio para saluarme

Dios, y en cruz murio enclauado,

perdonará mi pecado,

si està en menos perdonarme.

De su parte has de esperar,

que de la tuya no esperes

el gran perdon que no quieres,

que el se estrema en perdonar.

Deus cui proprium est misereri semper,

& parcere, & misericordia eius super omnia opera eius

Y el rey diuino cantor,

las alabanças que escuchas

despues que ha dicho, otras muchas

dize de aqueste tenor:

Misericordias tuas, Domine, in æternum cantabo.

La mayor ofensa hazes

a Dios que puedes hazer:

que, en no esperar y temer,

parece que le deshazes,

pues vas contra el atributo

que el tiene de omnipotente,

pecado el mas insolente,

mas sin razon y mas bruto.

En dos pecados se ha visto

que Iudas quiso estremarse,

y fue el mayor ahorcarse

que el auer vendido a Christo.

Hazesle agrauio, señora,

grande en no esperar en el,

porque es paloma sin hiel

con quien su pecado llora.

Cor contritum & humiliatum, Deus, non despicies.

El coraçon humillado,

Dios por jamas le desprecia;

antes, en tanto le precia,

que es fee y caso aueriguado

que [se] regozija el cielo

quando con nueua conciencia

se buelue a hazer penitencia

vn pecador en el suelo.

El padre Cruz està aqui;

buen sucesso en todo espero.


CRUZ

Prosiga, padre, que quiero

estarle atento.


D.ª ANA.

¡Ay de mi,

que otro moledor acude

a acrecentar mi tormento!

¡Pues no ha de mudar mi intento

aunque mas trabaje y sude!

¿Que me quereis, padre, vos,

que tan hinchado os llegais?

¡Bien parece que ignorais

como para mi no ay Dios!

No ay Dios, digo, y mi malicia

haze, con mortal discordia,

que esconda misericordia

el rostro, y no la justicia.


CRUZ.

Dixit insipiens in corde suo: non est Deus.

Vuestra humildad, señor, sea

seruida de encomendarme

a Dios, que quiero mostrarme

sucessor en su pelea.

 

(Hincanse de rodillas el CLERIGO, FRAY ANTONIO y el PADRE CRUZ, y los circustantes todos.)


¡Dichosa del cielo puerta,

que leuantò la cayda

y resucitò la vida

de nuestra esperança muerta!

¡Pide a tu parto dichoso

que ablande aqui estas entrañas,

y muestre aqui las hazañas

de su coraçon piadoso!

Et docebo iniquos vias tuas, 

& impij ad te conuertentur.

Mi señora doña Ana de Treuiño,

estando ya tan cerca la partida

del otro mundo, pobre es el aliño

que veo en esta amarga despedida.

Blancas las almas como blanco armiño

han de entrar en la patria de la vida,

que ha de durar por infinitos siglos,

y negras donde habitan los vestiglos.

Mirad dónde quereis vuestra alma vaya;

escogedle la patria a vuestro gusto.


D.ª ANA.

La justicia de Dios me tiene a raya;

no me ha de perdonar, por ser tan justo;

al malo la justicia le desmaya;

no habita la esperança en el injusto

pecho del pecador, ni es bien que habite.


CRUZ.

Tal error de tu pecho Dios le quite.

En la hora que la muerte

a la pobre vida alcança,

se ha de asir de la esperança

el alma que en ello aduierte;

que, en término tan estrecho

y de tan fuerte rigor,

no es possible que el temor

sea al alma de prouecho.

El esperar y el temer

en la vida han de andar juntos;

pero en la muerte otros puntos

han de guardar y tener.

El que, en el palenque puesto,

teme a su contrario, yerra,

y està el que animoso cierra

a la vitoria dispuesto.

En el campo estais, señora;

la guerra serà esta tarde;

mirad que no os acobarde

el enemigo en tal hora.


D.ª ANA.

Sin armas, ¿cómo he de entrar

en el trance riguroso,

siendo el contrario mañoso

y duro de contrastar?


CRUZ.

Confiad en el padrino

y en el juez, que es mi Dios.


D.ª ANA.

Parece que dais los dos

en vn mismo desatino.

Dexadme, que, en conclusion,

tengo el alma de manera,

que no quiero, aunque Dios quiera,

gozar de indulto y perdon.

¡Ay, que se me arranca el alma!

¡Desesperada me muero!


CRUZ

Demonio, en Iesus espero

que no has de lleuar la palma

desta empresa. ¡O Virgen pura!

¿Cómo vuestro auxilio tarda?

¡Angel bueno de su guarda,

ved que el malo se apressura!

Padre mio, no desista

de la oracion, reze mas,

que es arma que a Satanas

le vence en qualquier conquista.


F. ANTONIA

Cuerpo ayuno y desuelado

facilmente se empereza,

y, mas que reza, bosteza,

indeuoto y desmayado.


D.ª ANA.

¡Que tan sin obras se halle

mi alma!


CRUZ.

Si fee recobras,

yo hare que te sobren obras.


D.ª ANA.

¿Hallanse, a dicha, en la calle?

Y la[s] que he hecho hasta aqui,

¿han sido sino de muerte?


CRUZ.

Escucha vn poco, y aduierte

lo que aora dire.


D.ª ANA.

Di.


CRUZ.

Vn religioso que ha estado

gran tiempo en su religion,

y con limpio coraçon

siempre su regla ha guardado,

haziendo tal penitencia,

que mil vezes el prior

le manda tiemple el rigor

en virtud de la obediencia;

y el, con ayunos continuos,

con oracion y humildad,

busca de riguridad

los mas asperos caminos:

e[l] duro suelo es su cama,

sus lagrimas su beuida,

y sazona su comida

de Dios la amorosa llama;

vn canto aplica a su pecho

con golpes, de tal manera,

que, aunque de diamante fuera,

le tuuiera ya deshecho;

por huyr del torpe vicio

de la carne y su regalo,

su camisa, aunque esté malo,

es de vn aspero silicio;

descalço siempre los pies,

de toda malicia ageno,

amando a Dios por ser bueno,

sin mirar otro interes.


D.ª ANA.

¿Que quieres desso inferir,

padre?


CRUZ.

Que digais, señora,

si este tal podra, en la hora

angustiada del morir,

tener alguna esperança

de saluarse.


D.ª ANA.

¿Por que no?

¡Oxala tuuiera yo

la menor parte que alcança

de tales obras tal padre!

Pero no tengo ni aun vna

que en esta angustia importuna

a mis esperanças quadre.


CRUZ.

Yo os dare todas las mias,

y tomarè el graue cargo

de las vuestras a mi cargo.


D.ª ANA.

Padre, dime: ¿desuarias?

¿Cómo se puede hazer esso?


CRUZ.

Si te quieres confessar,

los montes puede allanar

de caridad el excesso.

Pon tu el arrepentimiento

de tu parte, y verás luego

cómo en tus obras me entrego,

y tu en aquellos que cuento.


D.ª ANA.

¿Dónde estan los fiadores

que asseguren el concierto?


CRUZ.

Yo estoy bien seguro y cierto

que nadie los dio mejores,

ni tan grandes, ni tan buenos,

ni tan ricos, ni tan llanos,

puesto que son soberanos,

y de inmensa alteza llenos.


D.ª ANA.

¿A quien me dais?


CRUZ.

A la pura,

sacrosanta, rica y bella,

que fue Madre y fue donzella,

crisol de nuestra ventura.

A Christo cruzificado

os doy por fiador tambien;

doyosle niño en Belen,

perdido y despues hallado.


D.ª ANA.

Los fiadores me contentan;

los testigos, ¿quien seran?


CRUZ.

Quantos en el cielo estan

y en sus escaños se sientan.


D.ª ANA.

El contrato referid,

porque yo quede enterada

de la merced señalada

que me hazeis.


CRUZ.

Cielos, oid.

Yo, fray Christoual de la Cruz, indigno

religioso, y professo en la sagrada

orden del patriarca felicissimo

Domingo santo, en esta forma digo:

Que al alma de doña Ana de Treuiño,

que està presente, doy de buena gana

todas las buenas obras que yo he hecho

en caridad y en gracia desde el punto

que dexè la carrera de la muerte

y entrè en la de la vida; doyle todos

mis ayunos, mis lagrimas y açotes,

y el merito santissimo de quantas

missas he dicho, y assimismo doyle

mis oraciones todas y desseos,

que han tenido a mi Dios siempre por blanco;

y, en contracambio, tomo sus pecados,

por inormes que sean, y me obligo

de dar la cuenta dellos en el alto

y eterno tribunal de Dios eterno,

y pagar los alcances y las penas

que merecieren sus pecados todos.

Mas es la condicion deste concierto,

que ella primero de su parte ponga

la confession y el arrepentimiento.


F. ANTONIA

¡Caso jamas oydo es este, padre!


CLE.

Y caridad jamas imaginada.


CRUZ.

Y para que me crea y se assegure,

le doy por fiadores a la Virgen

santissima Maria y a su Hijo,

y a las onze mil virgines benditas,

que son mis valedoras y abogadas;

y a la tierra y el cielo hago testigos,

y a todos los presentes que me escuchan.

Moradores del cielo, no se os passe

esta ocasion, pues que podeys en ella

mostrar la caridad vuestra encendida;

pedid al gran Pastor de los rebaños

del cielo y de la tierra que no dexe

que lleue Satanas esta ouejuela,

que el almagrò con su preciosa sangre.

¿Señora, no aceptays este concierto?


D.ª ANA.

Si acepto, padre, y pido arrepentida

confession, que me muero.


CLE.

¡Obras son estas,

gran Señor, de las tuyas!


F. ANTONIA

¡Bueno queda

el padre Cruz aora, hecha arista

el alma, seca y sola como esparrago!

Pareceme que buelue al Sicut erat,

y que dexa el Breuiario, y se acomoda

con el barcelones y la de ganchos.

Siempre fue liberal, o malo, o bueno.


D.ª ANA.

Padre, no me dilate este remedio;

oyga las culpas que a su cargo quedan,

que, si no le desmayan por ser tantas,

yo morire segura y confiada

que he de alcançar perdon de todas ellas.


CRUZ.

Padre, vaya al conuento, y de esta nueua

a nuestro padre, y rueguele que haga

general oracion, dando las gracias

a Dios deste sucesso milagroso,

en tanto que a esta nueua penitente

oygo de confession.


F. ANTONIA

A mi me plaze.


CRUZ.

Vamos do estemos solos.


D.ª ANA.

En buen hora.


CLE.

¡O bienauenturada pecadora!

 

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA



JORNADA TERCERA


Entra vn CIUDADANO y el PRIOR.


CIUDADANO

Oygan los cielos y la tierra entienda

tan nueua y tan estraña marauilla,

y su paternidad a oylla atienda;

que, puesto que no pueda referilla

con aquellas razones que merece,

peor serà que dexe de dezilla.

Apenas a la vista se le ofrece

doña Ana al padre Cruz, sin la fe pura

que a nuestras esperanças fortaleze,

quando, con caridad firme y segura,

hizo con ella vn cambio, de tal suerte,

que cambiò su desgracia en gran ventura.

Su alma de las garras de la muerte

eterna arrebatò, y boluio a la vida,

y de su pertinacia la diuierte,

la qual, como se viesse enriquezida

con la dadiua santa que el bendito

padre le dio sin tassa y sin medida,

alçò al momento vn piadoso grito

al cielo, y confession pidio llorando,

con voz humilde y coraçon contrito;

y, en lo que antes dudaua no dudando,

de sus deudas dio cuenta muy estrecha

a quien agora las està pagando;

y luego, sossegada y satisfecha,

todos los sacramentos recebidos,

dexó la carzel de su cuerpo estrecha.

Oyeronse en los ayres diuididos

coros de bozes dulzes, de manera

que quedaron suspensos los sentidos;

dixo al partir de la mortal carrera

que las onze mil virgines estauan

todas en torno de su cabecera;

por los ojos las almas distilauan

de gozo y marauilla los presentes,

que la suaue musica escuchauan;

y apenas por los ayres transparentes

volo de la contrita pecadora

el alma a las regiones refulgentes,

quando en aquella misma feliz hora

se vio del padre Cruz cubierto el rostro

de lepra, adonde el asco mismo mora.

Bolued los ojos, y vereys el monstruo,

que lo es en santidad y en la fiereza,

cuya fealdad a nadie le da en rostro.


(Entra el PADRE CRUZ, llagado el rostro y las manos; traenle dos ciudadanos de los braços, y FRAY ANTONIO.)


CRUZ.

Acompaña a la lepra la flaqueza;

no me puedo tener. ¡Dios sea bendito,

que assi a pagar mi buen desseo empieça!


PRIOR

Por esse tan borrado sobreescrito

no podra conoceros, varon santo,

quien no os mirare muy de hito en hito.


CRUZ.

Padre prior, no se adelante tanto

vuestra aficion, que me llameys con nombre

que me quadra tan mal, que yo me espanto.

Inutil frayle soy, pecador hombre,

puesto que me acompaña vn buen desseo;

mas no dan los desseos tal renombre.


CIUDADANO

En vos contemplo, padre Cruz, y leo

la paciencia de Iob, y su presencia

en vuestro rostro deslustrado veo.

Por la agena malicia la inocencia

vuestra salio, y pagò tan de contado,

qual lo muestra el rigor desta dolencia.

Obligastesos oy, y aueys pagado oy.


CRUZ.

A lo menos, de pagar espero,

pues de mi voluntad quedè obligado.


CIUDADANO 2.

¡O en la viña de Dios gran jornalero!

¡O caridad, brasero y fragua ardiente!


CRUZ.

Señores, hijo soy de vn tabernero;

y si es que adulacion no està presente,

y puede la humildad hazer su oficio,

cesse la cortesia, aqui indecente.


F. ANTONIA

Yo, traydor, que a la gula, en sacrificio

del alma, y a la hampa, engendradora

de todo torpe y asqueroso vicio,

digo que me consagro desde agora

para limpiar tus llagas y curarte,

hasta el fin de mi vida o su mejora;

y no tendra conmigo alguna parte

la vana adulacion, pues, de contino,

antes rufian que santo he de llamarte.

Con esto no hallará ningun camino

la vanagloria para hazerte guerra,

enemigo casero y repentino.


CIUDADANO 2.

Venistes para bien de aquesta tierra.

¡Dios os guarde mil años, padre amado!


CIUDADANO 1.

¡Sólo en su pecho caridad encierra!


CRUZ.

Padres, recojanme, que estoy cansado.


(Entranse todos, y salen dos demonios: el vno con figura de oso, y el otro como quisieren. Esta vision fue verdadera, que ansi se cuenta en su historia.)


SAQUEL

¡Que assi nos la quitasse de las manos!

¡Que assi la mies tan sazonada nuestra

la segasse la hoz del tabernero!

¡Reniego de mi mismo, y aun reniego!

¡Y que tuuiesse Dios por bueno y justo

tal cambalache! Estuuose la dama

al pie de quarenta años en sus vicios,

desesperada de remedio alguno;

llega estotro buen alma, y dale luego

los tesoros de gracia que tenia

adquiridos por Christo y por sus obras.

¡Gentil razon, gentil guardar justicia,

y gentil ygualar de desiguales

y contrapuestas prendas: gracia y culpa,

bienes de gloria y del infierno males!


VISIEL

Como fue el corredor desta mohatra

la caridad, facilitò el contrato,

puesto que desigua.


SAQUEL

Dessa manera,

mas rica queda el alma deste rufo,

por auer dado quanto bien tenia,

y tomado el ageno mal a cuestas,

que antes estaua que el contrato hiziesse.


VISIEL

No se que te responda; sólo veo

que no puede ninguno de nosotros

alabarse que ha visto en el infierno

algun caritatiuo.


SAQUEL

¿Quien lo duda?

¿Sabes que veo, Visiel amigo?

Que no es equiualente aquesta lepra

que padece este frayle, a los tormentos

que passara doña Ana en la otra vida.


VISIEL

¿No aduiertes que ella puso de su parte

grande arrepentimiento?


SAQUEL

Fue a los fines

de su maluada vida.


VISIEL

En vn instante

nos quita de las manos Dios al alma

que se arrepiente y sus pecados llora;

quanto y mas, que esta estaua enriquezida

con las gracias del frayle hi de vellaco.


SAQUEL

Mas deste generoso, a lo que entiendes,

¿que serà del, agora que està seco

e inutil para cosa desta vida?


VISIEL

¿Aquesso ignoras? No sabes (que) conocen

sus frayles su virtud y su talento,

su ingenio y su bondad, partes bastantes

para que le encomienden su gouierno?


SAQUEL

¿Luego serà prior?


VISIEL

¡Muy poco dizes!

Prouincial le verás.


SAQUEL

Ya lo adiuino.

En el jardin està; tu no te muestres,

que yo quiero a mis solas darle vn toque

con que siquiera a yra le prouoque.


(Entranse.)

(Sale FRAY ANGEL y FRAY ANTONIO.)


F. ANTONIA

¿Que trae, fray Angel? ¿Son hueuos?


A.

Hable, fray Antonio, quedo.


F. ANTONIA

¿Tiene miedo?


A.

Tengo miedo.


F. ANTONIA

Deme dos de los mas nueuos,

de los mas frescos, le digo,

que me los quiero sorber

assi, crudos.


A.

Ay que hazer

primero otra cosa, amigo.


F. ANTONIA

Siempre acudes a mi ruego

dilatando tus mercedes.


A.

Si estos hueuos comer puedes,

veslos aqui, no los niego.


(Muestrale dos bolas de argolla.)


F. ANTONIA

¡O coristas y nouicios!

La mano que el bien dispensa,

os quite de la despensa

las cerraduras y quizios;

la yerua del pito os de,

que abre todas cerraduras,

y veays, estando a escuras,

como el luciernago ve;

y, señores de las llaues,

sin temor y sobresalto,

deys vn generoso assalto

a las cosas mas suaues;

busqueys hebras de tocino,

sin hazer del vnto caso,

y en penante y limpio vaso

deys dulces soruos de vino;

de almendra morisca y passa

vuestras mangas se vean llenas,

y jamas muelas agenas

a las vuestras pongan tassa;

quando en la tierra comays

pan y agua con querellas,

halleys empanadas bellas

quando a la celda boluays;

hagaos la paciencia escudo

en qualquiera vuestro aprieto;

mandeos vn prior discreto,

afable y no cabeçudo.


A.

Deprecacion bien christiana,

fray Antonio, es la que has hecho;

que aspirò a nuestro prouecho,

es cosa tambien bien llana.

Grande miseria passamos

y a sumo estrecho venimos

los que missa no dezimos

y los que no predicamos.


[F. ANTONIA]

¿Para que son essas bolas?


A.

Yo las lleuaua con fin

de jugar en el jardin

contigo esta tarde a solas,

en las horas que nos dan

de recreacion.


F. ANTONIA

¿Y lleuas

argolla?


A.

Y paletas nueuas.


F. ANTONIA

¿Quien te las dio?


A.

Fray Beltran.

Se las embió su prima,

y el me las ha dado a mi.


F. ANTONIA

Con las paletas aqui,

hare dos tretas de esgrima.

Precingete como yo,

y entregame vna paleta,

y está aduertido vna treta

que el padre Cruz me mostro

quando en la xacara fue

aguila bolante y diestra.

Muestra, digo; acaba, muestra.


A.

Toma; pero yo no se

de esgrima mas que vn jumento.


F. ANTONIA

Ponte de aquesta manera:

vista alerta; esse pie fuera,

puesto en medio mouimiento.

Tirame vn tajo volado

a la cabeça. ¡No ansi;

que esse es reues, pese a mi!


A.

¡Soy vn asno enalbardado!


F. ANTONIA

Esta es la braua postura

que llaman puerta de hierro

los jaques.


A.

¡Notable yerro

y disparada locura!


F. ANTONIA

Doy broquel, saco el valdeo,

leuanto, señalo o pego,

reparome en cruz, y luego

tiro vn tajo de boleo.


(Entra el PADRE CRUZ arrimado a vn baculo y rezando en vn rosario.)


CRUZ.

Fray Antonio, basta ya;

no mueran mas, si es possible.


A.

¡Que confusion tan terrible!


CRUZ.

¡Buena la postura està!

No se os pueden embotar

las agudezas de loco.


F. ANTONIA

Indigesto estaua vn poco,

y quiseme exercitar

para hazer la digestion,

que dizen que es conueniente

el exercicio vehemente.


CRUZ.

Vos teneys mucha razon;

mas yo os dare vn exercicio

con que os haga por la posta

digerir a vuestra costa

la superfluydad del vicio:

vaya y pongase a rezar

dos horas en penitencia;

y puede su reuerencia,

fray Angel, yr a estudiar,

y dexese de las tretas

deste valiente mancebo.


F. ANTONIA

¿Las bolas?


A.

Aqui las lleuo.


F. ANTONIA

Toma, y lleua las paletas.


(Entrase FRAY ANTONIO y FRAY ANGEL.)


CRUZ.

De la escuridad del suelo

te saquè a la luz del dia,

Dios queriendo, y yo querria

lleuarte a la luz del cielo.


(Buelue a entrar SAQUIEL vestido de osso. Todo fue ansi.)


SAQUEL

Cambiador nueuo en el mundo,

por tu voluntad enfermo,

¿piensas que eres en el yermo

algun Macario segundo?

¿Piensas que se han de auenir

bien para siempre jamas,

con lo que es menos lo mas,

la vida con el morir,

soberuia con humildad,

diligencia con pereza,

la torpedad con limpieza,

la virtud con la maldad?

Engañaste; y es tan cierto

no auenirse lo que digo,

que puedes ser tu testigo

desta verdad, con que acierto.


CRUZ.

¿Que quieres desso inferir,

enemigo Satanas?


SAQUEL

Que es locura en la que das,

dignissima de reyr;

que en el cielo ya no dan

puerta, a que entren de rondon,

assi como entrò vn ladron,

que entre tambien vn rufian.


CRUZ.

Conmigo en valde te pones

a disputar: que yo se

que, aunque te sobre en la fe,

me has de sobrar tu en razones.

Dime a que fue tu venida,

o bueluete, y no hables mas.


SAQUEL

Mi venida, qual verás,

es a quitarte la vida.


CRUZ.

Si es que traes de Dios licencia,

facil te serà quitalla,

y mas facil a mi dalla

con promptissima obediencia.

Si la traes, ¿por que no prueuas

a ofenderme? Aunque rezelo

que no has de tocarme a vn pelo,

por muy mucho que te atreuas.

¿Que bramas? ¿Quien te atormenta?

Pero esperate, aduersario.


SAQUEL

Es para mi de vn rosario

bala la mas chica cuenta.

Rufian, no me martirizes;

tuerce, hipocrita, el camino.


CRUZ.

Aun bien que tal vez, malino,

algunas verdades dizes.


(Vase el demonio bramando.)


Buelue, que te desafio

a ti y al infierno todo,

hecho valenton al modo,

que plugo al gran Padre mio.

¡O alma!, mira quien eres,

para que del bien no tuerças;

que el diablo no tiene fuerças,

mas de las que tu le dieres.

Y para que no rehuyas

de verte con el a braços,

Dios rompe y quiebra los lazos

que passan las fuerças tuyas.


(Buelue a entrar FRAY ANTONIO, con vn plato de hilas y paños limpios.)


F. ANTONIA

Entrese, padre, a curar.


CRUZ.

Pareceme que es locura

pretender a mi mal cura.


F. ANTONIA

¿Es esso desesperar?


CRUZ.

No, por cierto, hijo mio;

mas es esta enfermedad

de vna cierta calidad,

que curarla es desuario.

Viene del cielo.


F. ANTONIA

¿Es possible

que tan mala cosa encierra

el cielo, do el bien se encierra?

Tengolo por impossible.

¿Estarase aora holgando

doña Ana, que te la dio,

y estareme en valde yo

tu remedio procurando?


(Entra FRAY ANGEL.)


A.

Padre Cruz, mandeme albricias,

que han elegido prior.


CRUZ.

Si no te las da el Señor,

de mi en vano las codicias.

Mas dezidme: ¿quien salio?


A.

Salio su paternidad.


CRUZ.

¿Yo, padre?


A.

Si, en mi verdad.


F. ANTONIA

¿Burlaste, fray Angel?


A.

No.


CRUZ

vnos ombros podridos

tan pesada carga han puesto?

No se que me diga desto.


. ANTONIA

Cegoles Dios los sentidos:

que si ellos te conocieran

como yo te he conocido,

tomaran otro partido,

y otro prior eligieran.


A.

Aora digo, fray Antonio,

que tiene, sin duda alguna,

en essa lengua importuna

entretexido el demonio:

que si ello no fuera ansi,

nunca tal cosa dixera[s].


F. ANTONIA

Fray Angel, no hablo de veras;

pero conuiene esto aqui.

Gusta este santo de verse

vituperado de todos,

y va huyendo los modos

do pueda ensoberuecerse.

Mira que confuso està

por la nueua que le has dado.


A.

Puesto le tiene en cuydado.


F. ANTONIA

El cargo no aceptará.


CRUZ.

¿No saben estos benditos

cómo soy simple y grossero,

y hijo de vn tabernero,

y padre de mil delitos?


F. ANTONIA

Si yo pudiera dar boto,

a fe que no te le diera;

antes, a todos dixera

la vida que de hombre roto

en Seuilla y en Toledo

te vi hazer.


CRUZ.

Tiempo te queda;

dila, amigo, porque pueda

escaparme deste miedo

que tengo de ser prelado,

cargo para mi indecente:

que ¿a que serà suficiente

hombre que està tan llagado

y que ha sido vn...?


F. ANTONIA

¿Que? ¿Rufian?

Que por Dios, y assi me goze,

que le vi reñir con doze

de heria y de San Roman;

y en Toledo, en las Ventillas,

con siete terciopeleros,

el hecho zaque, ellos cueros,

le vide hazer marauillas.

¡Que de capas vi a sus pies!

¡Que de broqueles raxados!

¡Que de cascos abollados!

Hirio a quatro; huyeron tres.

Para aqueste ministerio

si que le diera mi voto,

porque en el fuera el mas doto

rufian de nuestro emisferio;

pero para ser prior

no le diera yo jamas.


CRUZ.

¡O quánto en lo cierto estàs,

Antonio!


F. ANTONIA

¡Y cómo, señor!


CRUZ.

Assi qual quieres te gozes,

christiano, y frayle, y sin mengua,

que des vn filo a la lengua,

y digas mi vida a bozes.


(Entra el PRIOR, y otro frayle de acompañamiento.)


PRIOR

Vuestra paternidad nos de las manos,

y bendicion con ellas.


CRUZ.

Padres mios,

¿adónde a mi tal sumission?


PRIOR

Mi padre,

es ya nuestro prelado.


F. ANTONIA

¡Buenos cascos

tienen, por vida mia, los que han hecho

semejante eleccion!


PRIOR

¿Pues que, no es santa?


F. ANTONIA

A vn Iob hazen prior, que no le falta

si no es el muladar y ser casado

para serlo del todo. ¡En fin, son frayles!

Quien tiene el cuerpo de dolores lleno,

¿cómo podra tener entendimiento

libre para el gouierno que requiere

tan peligroso y trabajoso oficio

como el de ser prior? ¿No lo ven claro?


CRUZ.

¡O que bien que lo ha dicho fray Antonio!

¡El cielo se lo pague! Padres mios,

¿no miran qual estoy, que en todo el cuerpo

no tengo cosa sana? Consideren

que los dolores turban los sentidos,

y que ya no estoy bueno para cosa,

si no es para llorar y dar gemidos

a Dios por mis pecados infinitos.

Amigo fray Antonio, di a los padres

mi vida, de quien fuyste buen testigo;

diles mis insolencias y recreos,

la inmensidad descubre de mis culpas,

la baxeza les di de mi linage,

diles que soy de vn tabernero hijo,

porque les haga todo aquesto junto

mudar de parecer.


PRIOR

Escusa debil

es essa, padre mio; a lo que ha sido,

ha borrado lo que es. Acepte y calle,

que assi lo quiere Dios.


CRUZ.

¡El sea bendito!

Vamos, que la esperiencia dara presto

muestras que soy inutil.


F. ANTONIA

¡Viue el cielo,

que merece ser Papa tan buen frayle!


A.

Que serà prouincial, yo no lo dudo.


F. ANTONIA

Aquesso està de molde. Padre, vamos,

que es hora de curarte.


CRUZ.

Sea en buen hora.


F. ANTONIA

Va a ser prior, ¿y por no serlo llora?


(Entranse.)

(Salen LUCIFER con corona y cetro, el mas galan demonio y bien vestido que ser pueda, y SAQUIEL y VISIEL, como quisieren, de demonios feos.)


LUC.

Desde el instante que salimos fuera

de la mente eternal, angeles siendo,

y con soberuia voluntad y fiera

fuymos el gran pecado aprehendiendo,

sin querer ni poder de la carrera

torcer donde vna vez fuymos subiendo,

hasta ser derribados a este assiento,

do no se admite el arrepentimiento;

digo que desde entonces se recoge

la fiera embidia en este pecho fiero,

de ver que el cielo en su morada acoge

a quien passò tambien de Dios el fuero.

En mi se estiende y en Adan se encoge

la justicia de Dios, manso y seuero,

y del gozan los hombres in eterno,

y mis sequazes, deste duro infierno.

Y, no contento aquel que dio en vn palo

la vida, que fue muerte de la muerte,

de verme despojado del regalo

de mi primera auentajada suerte,

quiere que se alce con el cielo vn malo,

vn pecador blasfemo, y que se acierte

a saluar en vn corto y breue instante

vn ladron que no tuuo semejante;

la pecadora pública arrebata

de sus pies el perdon de sus pecados,

y su historia santissima dilata

por siglos en los años prolongados;

vn cambiador, que en sus vsuras trata,

dexa a sola vna voz sus intricados

libros, y por manera nunca vista

le passa a ser diuino coronista;

y agora quiere que vn rufian se assiente

en los ricos escaños de la gloria,

y que su vida y muerte nos la cuente

alta, famosa y verdadera historia.

Por esto inclino la soberuia frente,

y quiero que mi angustia sea notoria

a vosotros, participes y amigos,

y de mi mal y mi rancor testigos;

no para que me deys consuelo alguno,

pues tenerle nosotros no es possible,

sino porque acudays al oportuno

punto que hasta los santos es terrible.

Este rufian, qual no lo fue ninguno,

por su fealdad al mundo aborrecible,

està ya de partida para el cielo,

y humilde apresta el leuantado buelo.

Acudid, y turbadle los sentidos,

y entibiad, si es possible, su esperança,

y de sus vanos passos y perdidos

hazedle temerosa remembrança;

no llegue alegre voz a sus oydos

que prometa segura confiança

de auer cumplido con la deuda y cargo

que por su caridad tomò a su cargo.

¡Ea!, que espira ya, despues que ha hecho

prior y prouincial tan bien su oficio,

que tiene al suelo y cielo satisfecho,

y da de que es gran santo gran indicio.


SAQUEL

No serà nuestra yda de prouecho,

porque serà de hazerle beneficio,

pues siempre que a los braços he venido

con el, queda con palma, y yo vencido.


LUC.

Mientras no arroja el postrimero aliento,

bien se puede esperar que en algo tuerça

el peso, puesto en duda el pensamiento:

que a vezes puede mucho nuestra fuerça.


VISIEL

Yo cumplire, señor, tu mandamiento:

que adonde ay mas bondad, alli se esfuerça

mas mi maldad. Alla voy diligente.


LUC.

Todos venid, que quiero estar presente.


(Entranse todos, y salen tres almas, vestidas con tunicelas de tafetan blanco, velos sobre los rostros, y velas encendidas.)


ALMA 1.

Oy, hermanas, que es el dia

en quien, por nuestro consuelo,

las puertas ha abierto el cielo

de nuestra carzeleria

para venir a este punto,

todo lleno de misterio,

viendo en este monasterio

al gran Christoual difunto,

al alma deuota suya

bien serà la acompañemos,

y a la region la lleuemos

do està la eterna aleluya.


ALMA 2.

Felice jornada es esta,

santa y bienauenturada,

pues se hara, con su llegada,

en todos los cielos fiesta:

que lleuando en compañia

alma tan deuota nuestra,

daran mas claro la muestra

de júbilo y de alegria.


ALMA 3.

Ella abrio con oraciones,

ayunos y sacrificios,

de nuestra prision los quizios,

y abreuió nuestras passiones.

Quando en libertad viuia,

de nosotras se acordaua,

y el rosario nos rezaua

con deuocion cada dia;

y quando en la religion

entrò, como auemos visto,

muerto al diablo y biuo a Christo,

aumentò la deuocion.

Ni por la riguridad

de las llagas que en si tuuo,

jamas indeuoto estuuo,

ni falto de caridad.

Prior siendo y prouincial,

tan manso y humilde fue,

que hizo de andar a pie

y descalço gran caudal

Treze años ha que ha viuido

llagado, de tal manera,

que, a no ser milagro, fuera

en dos dias consumido.


ALMA 1.

Remite sus alabanças

al lugar donde caminas,

que alli las daran condignas

al valor que tu no alcanças;

y mezclemonos agora

entre su acompañamiento,

escuchando el sentimiento

deste su amigo que llora.


(Entranse.)

(Sale FRAY ANTONIO llorando, y trae vn lienço manchado de sangre.)


F. ANTONIA

Acabò la carrera

de su cansada vida;

dio al suelo los despojos;

del cuerpo volo al cielo la alma santa.

¡O padre, que en el siglo

fuyste mi nuue obscura,

mas en el fuerte asilo,

que assi es la religion, mi norte fuyste!

Treze años ha que lidias,

por ser caritatiuo

sobre el humano modo,

con podredumbre y llagas insufribles;

mas los manchados paños

de tus sangrientas llagas,

se estiman mas agora

que delicados y olorosos lienços:

con ellos mil enfermos

cobran salud entera;

mil vezes les imprimen

los labios mas ilustres y señores.

Tus pies, que, mientras fuyste

prouincial, anduuieron

a pie infinitas leguas

por lodos, por barrancos, por malezas,

agora soys reliquias,

agora te los besan

tus subditos, y aun todos

quantos pueden llegar adonde yazes.

Tu cuerpo, que ayer era

espectaculo horrendo,

segun llagado estaua,

oy es bruñida plata y cristal limpio;

señal que tus carbuncos,

tus grietas y aberturas,

que podricion vertian,

estauan por milagro en ti, hasta tanto

que la deuda pagasses

de aquella pecadora

que fue limpia en vn punto:

¡tanto tu caridad con Dios valia!


(Entra el PRIOR.)


PRIOR

Padre Antonio, dexe el llanto,

y acuda a cerrar las puertas,

porque si las halla abiertas

el pueblo, que acude tanto,

no nos han de dar lugar

para enterrar a su amigo.


F. ANTONIA

Aunque se cierren, yo digo

que ha poco de aprouechar.

No ha de bastar diligencia;

pero, con todo, alla yre.


(Entra FRAY ANGEL.)


A.

¿Dónde vas, padre?


F. ANTONIA

No se.


A.

Acuda su reuerencia,

que està toda la ciudad

en el conuento, y se arrojan

sobre el cuerpo, y le despojan

con tanta celeridad.

Y el virrey està tambien

en su celda.


PRIOR

Padre Antonio,

venga a ver el testimonio

que el cielo da de su bien.


(Entranse todos.)

(Salen dos ciudadanos: el vno con lienço de sangre, y el otro con vn pedazo de capilla.)


CIUDADANO 1.

¿Que lleuays vos?


CIUDADANO 2.

Vn lienço de sus llagas.

¿Y vos?


CIUDADANO 1.

De su capilla este pedazo,

que le precio y le tengo en mas estima

que si hallara vna mina.


CIUDADANO 2.

Pues salgamos

aprisa del conuento, no nos quiten

los frayles las reliquias.


CIUDADANO 1.

¡Bueno es esso!

¡Antes dare la vida que boluellas!


(Entra otro.)


CIUDADANO 3.

Yo soy, sin duda, la desgracia misma;

no he podido topar de aqueste santo

siquiera con vn hilo de su ropa,

puesto que voy contento y satisfecho

con auerle besado quatro vezes

los santos pies, de quien olor despide

del cielo; pero tal fue el en la tierra.

El virrey le trae en ombros, y sus frayles,

y aqui, en aquesta bobeda del claustro,

le quieren enterrar. Musica suena;

parece que es del cielo, y no lo dudo.


(Traen al santo tendido en vna tabla, con muchos rosarios sobre el cuerpo; traenle en ombros sus frayles y el VIRREY; suena lexos musica de flautas o chirimias; cessando la musica, dize a bozes dentro LUCIFER, o, si quisieren, salgan los demonios al teatro:)


LUC.

Avn no puedo llegar siquiera al cuerpo,

para vengar en el lo que en el alma

no pude: tales armas le defienden.


SAQUEL

No ay arnes que se yguale al del rosario.


LUC.

Vamos, que en sólo verle me confundo.


SAQUEL

No auemos de parar hasta el profundo.


F. ANTONIA

¿Oyes, fray Angel?


A.

Oygo, y son los diablos.


VIRREY

Haganme caridad sus reuerencias

que torne yo otra vez a uer el rostro

deste bendito padre.


PRIOR

Sea en buen hora.

Padres, abaxen, ponganle [en el suelo],

que, pues la deuocion de su excelencia

se estiende a tanto, bien serà agradalle.


VIRREY

¿Que es este el rostro que yo vi ha dos dias

de horror y llagas y materias lleno?

¿Las manos gafas son aquestas, cielo?

¡O alma, que, bolando a las serenas

regiones, nos dexaste testimonio

del felice camino que oy has hecho!

Clara y limpia la caxa do habitaste,

abrasada primero y ahumada

con el fuego encendido en que se ardia,

todo de caridad y amor diuino.


CIUDADANO 1.

Dexennosle besar sus reuerencias

los pies siquiera.


PRIOR

Deuocion muy justa.


VIRREY

Hagan su oficio, padres, y en la tierra

escondan esta joya tan del cielo;

essa esperança nuestro mal remedia.

Y aqui da fin felice esta comedia.


 

FIN DESTA COMEDIA


(Hase de aduertir que todas las figuras de muger desta comedia las pueden hazer solas dos mugeres.)

 

FIN





Comedia famosa titulada La gran sultana, Doña Catalina de Oviedo

 

Los que hablan en ella son los siguientes:


SALEC, turco renegado.

ROBERTO, renegado.

UN ALÁRABE.

EL GRAN TURCO.

UN PAJE, vestido a lo turquesco.

Otros tres garzones.

MAMÍ, eunuco.

RUSTÁN, eunuco.

DOÑA CATALINA DE OVIEDO, Gran Sultana.

SU PADRE.

MADRIGAL, cautivo.

ANDREA, espía.

Dos judíos.

UN EMBAJADOR DE PERSIA.

Dos moros.

EL GRAN CADÍ.

Cuatro bajaes ancianos.

CLARA, llamada Zaida.

ZELINDA, que es Lamberto.

UN CAUTIVO ANCIANO. Dos músicos.



JORNADA PRIMERA


Sale SALEC, turco, y ROBERTO, vestido a lo griego, y, detrás dellos, un ALÁRABE, vestido de un alquicel; trai en una lanza muchas estopas, y en una varilla de membrillo, en la punta, un papel como billete, y una velilla de cera encendida en la mano; este tal ALÁRABE se pone al lado del teatro, sin hablar palabra, y luego dice ROBERTO:

  

ROBERTO

La pompa y majestad deste tirano,

sin duda alguna, sube y se engrandece

sobre las fuerzas del poder humano.

Mas, ¿qué fantasma es esta que se ofrece,

coronada de estopas media lanza?

Alárabe en el traje me parece.


SALEC

Tienen aquí los pobres esta usanza

cuando alguno a pedir justicia viene

(que sólo el interés es quien la alcanza):

de una caña y de estopas se previene,

y cuando el Turco pasa enciende fuego,

a cuyo resplandor él se detiene;

pide justicia a voces, dale luego

lugar la guarda, y el pobre, como jara,

arremete turbado y sin sosiego,

y en la punta y remate de una vara

al Gran Señor su memorial presenta,

que para aquel efecto el paso para.

Luego, a un bello garzón, que tiene cuenta

con estos memoriales, se le entrega,

que, en relación, después, dellos da cuenta;

pero jamás el término se llega

del buen despacho destos miserables,

que el interés le turba y se le niega.


ROBERTO

Cosas he visto aquí que de admirables

pueden al más gallardo entendimiento

suspender.


SALEC

Verás otras más notables.

Ya está a pie el Gran Señor;

puedes atento verle a tu gusto,

que el cristiano puede mirarle

rostro a rostro a su contento.

A ningún moro o turco se concede

que levante los ojos a miralle,

y en esto a toda majestad excede.

 

(Entra a este instante el GRAN TURCO con mucho acompañamiento; delante de sí lleva un PAJE vestido a lo turquesco, con una flecha en la mano levantada en alto, y detrás del TURCO van otros dos garzones con dos bolsas de terciopelo verde, donde ponen los papeles que el TURCO les da.)


ROBERTO

Por cierto, él es mancebo de buen talle,

y que, de gravedad y bizarría,

la fama, con razón, puede loalle.


SALEC

Hoy hace la zalá en Santa Sofía,

ese templo que ves, que en la grandeza

excede a cuantos tiene la Turquía.


ROBERTO

A encender y a gritar el moro empieza;

el Turco se detiene mesurado,

señal de pïedad como de alteza.

El moro llega; un memorial le ha dado;

el Gran Señor le toma y se le entrega

a un bel garzón que casi trai al lado.


(En tanto que esto dice ROBERTO y el TURCO pasa, tiene SALEC doblado el cuerpo y inclinada la cabeza, sin miralle al rostro.)

  

SALEC

Esta audiencia al que es pobre no se niega.

¿Podré alzar la cabeza?


ROBERTO

Alza y mira,

que ya el Señor a la mezquita llega,

cuya grandeza desde aquí me admira.

 

(Éntrase el Gran Señor, y queda en el teatro SALEC y ROBERTO.)


SALEC

¿Qué te parece Roberto,

de la pompa y majestad

que aquí se te ha descubierto?


ROBERTO

Que no creo a la verdad,

y pongo duda en lo cierto.


SALEC

De a pie y de a caballo, van

seis mil soldados.


ROBERTO

Sí irán.


SALEC

No hay dudar, que seis mil son.


ROBERTO

Juntamente, admiración

y gusto y asombro dan.


SALEC

Cuando sale a la zalá

sale con este decoro;

y es el día del xumá,

que así al viernes llama el moro.


ROBERTO

¡Bien acompañado va!

Pero, pues nos da lugar

el tiempo, quiero acabar

de contarte lo que ayer

comencé a darte a entender.


SALEC

Vuelve, amigo, a comenzar.


ROBERTO

«Aquel mancebo que dije

vengo a buscar: que le quiero

más que al alma por quien vivo,

más que a los ojos que tengo.

Desde su pequeña edad,

fui su ayo y su maestro,

y del templo de la fama

le enseñé el camino estrecho;

encaminéle los pasos

por el angosto sendero

de la virtud; tuve a raya

sus juveniles deseos;

pero no fueron bastantes

mis bien mirados consejos,

mis persecuciones cristianas,

del bien y mal mil ejemplos,

para que, en mitad del curso

de su más florido tiempo,

amor no le saltease,

monfí de los años tiernos.

Enamoróse de Clara,

la hija de aquel Lamberto

que tú en Praga conociste,

teutónico caballero.

Sus padres y su hermosura

nombre de Clara la dieron;

pero quizá sus desdichas

en escuridad la han puesto.

Demandóla por esposa,

y no salió con su intento;

no porque no fuese igual

y acertado el casamiento,

sino porque las desgracias

traen su corriente de lejos,

y no hay diligencia humana

que prevenga su remedio.

Finalmente, él la sacó:

que voluntades que han puesto

la mira en cumplir su gusto,

pierden respetos y miedos.

Solos y a pie, en una noche

de las frías del invierno,

iban los pobres amantes,

sin saber adónde, huyendo;

y, al tiempo que ya yo había

echado a Lamberto menos

(que éste [es] el nombre del triste

que he dicho que a buscar vengo),

con aliento desmayado,

de un frío sudor cubierto

el rostro, y todo turbado,

ante mis ojos le veo.

Arrojóseme a los pies,

la color como de un muerto,

y, con voz interrumpida

de sollozos, dijo: "Muero,

padre y señor, que estos nombres

a tus obras se los debo.

A Clara llevan cautiva

los turcos de Rocaferro.

Yo, cobarde; yo, mezquino

y un traidor, que no lo niego,

hela dejado en sus manos,

por tener los pies ligeros.

Esta noche la llevaba

no sé adónde, aunque sé cierto

que, si fortuna quisiera,

fuéramos los dos al cielo".

A la nueva triste y nueva,

en un confuso silencio

quedé, sin osar decirle:

"Hijo mío, ¿cómo es esto?"

De aquesta perplejidad

me sacó el marcial estruendo

del rebato a que tocaron

las campanas en el pueblo.

Púseme luego a caballo,

salió conmigo Lamberto

en otro, y salió una tropa

de caballos herreruelos.

Con la escuridad, perdimos

el rastro de los que hicieron

el robo de Clara, y otros

que con el día se vieron.

Temerosos de celada,

no nos apartamos lejos

del lugar, al cual volvimos

cansados y sin Lamberto.»


SALEC

Pues, ¿cómo? ¿Quedóse aposta?


ROBERTO

«Aposta, a lo que sospecho,

porque nunca ha parecido

desde entonces, vivo o muerto.

Su padre ofreció por Clara

gran cantidad de dinero,

pero no le fue posible

cobrarla por ningún precio.

Díjose por cosa cierta

que el turco que fue su dueño

la presentó al Gran Señor

por ser hermosa en estremo.»

Por saber si esto es verdad,

y por saber de Lamberto,

he venido como has visto

aquí en hábito de griego.

Sé hablar la lengua de modo

que pasar por griego entiendo. 


SALEC

Puesto que nunca la sepas,

no tienes de qué haber miedo:

aquí todo es confusión,

y todos nos entendemos

con una lengua mezclada

que ignoramos y sabemos.

De mí no te escaparás,

pues cuando te vi, al momento

te conocí.


ROBERTO

¡Gran memoria!


SALEC

Siempre la tuve en estremo.


ROBERTO

Pues, ¿cómo te has olvidado

de quién eres?


SALEC

No hablemos

en eso agora: otro día

de mis cosas trataremos;

que, si va a decir verdad,

yo ninguna cosa creo.


ROBERTO

Fino ateísta te muestras.


SALEC

Yo no sé lo que me muestro;

sólo sé que he de mostrarte,

con obras al descubierto,

que soy tu amigo, a la traza

como lo fui en algún tiempo;

y, para saber de Clara,

un eunuco del gobierno

del serrallo del Gran Turco

podrá hacerme satisfecho,

que es mi amigo. Y, entre tanto,

puedes mirar por Lamberto:

quizá, como tuvo el alma,

también tendrá preso el cuerpo.

 

(Éntranse.)

(Salen MAMÍ y RUSTÁN, eunucos.)


MAMÍ

Ten, Rustán, la lengua muda,

y conmigo no autorices

tu fee, de verdad desnuda,

pues mientes en cuanto dices,

y eres cristiano, sin duda:

que el tener ansí encerrada

tanto tiempo y tan guardada

a la cautiva española,

es señal bastante y sola

que tu intención es dañada.

Has quitado al Gran Señor

de gozar la hermosura

que tiene el mundo mayor,

siendo mal darle madura

fruta, que verde es mejor.

Seis años ha que la celas

y la encubres con cautelas

que ya no pueden durar,

y agora por desvelar

esta verdad te desvelas.

Pero, ¡espera, perro, aguarda,

y verás de qué manera

la fe al Gran Señor se guarda!


RUSTÁN

¡Mamí amigo, espera, espera!


MAMÍ

Llega el castigo, aunque tarda;

y el que sabe una traición,

y se está sin descubrilla

algún tiempo, da ocasión

de pensar si en consentilla

tuvo parte la intención.

La tuya he sabido hoy,

y así, al Gran Señor me voy

a contarle tu maldad.


(Éntrase MAMÍ.)


RUSTÁN

No hay negalle esta verdad;

por empalado me doy.


(Sale DOÑA CATALINA DE OVIEDO, GRAN SULTANA, vestida a la turquesca.)


SULTANA

Rustán, ¿qué hay?


RUSTÁN

Mi señora,

de nuestra temprana muerte

es ya llegada la hora:

que así el alma me lo advierte,

pues en mi costancia llora;

que, aunque parezco mujer,

nunca suelo yo verter

lágrimas que den señal

de grande bien o gran mal,

como suele acontecer.

Mamí, señora, ha notado,

con astucia y con maldad,

el tiempo que te he guardado,

y ha juzgado mi lealtad

por traición y por pecado.

Al Gran Señor va derecho

a contar por malo el hecho

que yo he tenido por bueno,

de malicia y rabia lleno

el siempre maligno pecho.


SULTANA

¿Qué hemos de hacer?


RUSTÁN

Esperar

la muerte con la entereza

que se puede imaginar,

aunque sé que a tu belleza

sultán ha de respetar.

No te matará sultán;

quien muera será Rustán,

como deste caso autor.


SULTANA

¿Es crüel el Gran Señor?


RUSTÁN

Nombre de blando le dan;

pero, en efecto, es tirano.


SULTANA

Con todo, confío en Dios,

que su poderosa mano

ha de librar a los dos

deste temor, que no es vano;

y si estuvieren cerrados

los cielos por mis pecados,

por no oír mi petición,

dispondré mi corazón

a casos más desastrados.

No triunfará el inhumano

del alma; del cuerpo, sí,

caduco, frágil y vano.


RUSTÁN

Este suceso temí

de mi proceder cristiano.

Mas no estoy arrepentido;

antes, estoy prevenido

de paciencia y sufrimiento

para cualquiera tormento.


SULTANA

Con mi intención has venido.

Dispuesta estoy a tener

por regalo cualquier pena

que me pueda suceder.


RUSTÁN

Nunca a muerte se condena

tan gallardo parecer.

Hallarás en tu hermosura,

no pena, sino ventura;

yo, por el contrario estremo,

hallaré, como lo temo,

en el fuego sepultura.


SULTANA

Bien podrá ofrecerme el mundo

cuantos tesoros encierra

la tierra y el mar profundo;

podrá bien hacerme guerra

el contrario sin segundo

con una y otra legión

de su infernal escuadrón;

pero no podrán, Dios mío,

como yo de vos confío,

mudar mi buena intención.

En mi tierna edad perdí,

Dios mío, la libertad,

que aun apenas conocí;

trújome aquí la beldad,

Señor, que pusiste en mí;

si ella ha de ser instrumento

de perderme, yo consiento,

petición cristiana y cuerda,

que mi belleza se pierda

por milagro en un momento;

esta rosada color

que tengo, según se muestra

en mi espejo adulador,

marchítala con tu diestra;

vuélveme fea, Señor;

que no es bien que lleve palma

de la hermosura del alma

la del cuerpo.


RUSTÁN

Dices bien.

Mas no es bien que aquí se estén

nuestros sentidos en calma,

sin que demos traza o medio

de buscar a nuestra culpa

o ya disculpa, o remedio.


SULTANA

Del remedio a la disculpa

hay grandes montes en medio.

Vámonos a apercebir,

amigo, para morir

cristianos.


RUSTÁN

Remedio es ése

del más subido interese

que al Cielo puedes pedir.

 

(Éntranse.)

(Salen MAMÍ, el eunuco, y el GRAN TURCO.)


MAMÍ

Morato Arráez, Gran Señor,

te la presentó, y es ella

la primera y la mejor

que del título de bella

puede llevarse el honor.

De tus ojos escondido

este gran tesoro ha sido

por industria de Rustán

seis años, y a siete van,

según la cuenta he tenido.


TURCO

¿Y del modo que has contado

es hermosa?


MAMÍ

Es tan hermosa

como en el jardín cerrado

la entreabierta y fresca rosa

a quien el sol no ha tocado;

o como el alba serena,

de aljófar y perlas llena,

al salir del claro Oriente;

o como sol al Poniente,

con los reflejos que ordena.

Robó la naturaleza

lo mejor de cada cosa

para formar esta pieza,

y así, la sacó hermosa

sobre la humana belleza.

Quitó al cielo dos estrellas,

que puso en las luces bellas

de sus bellísimos ojos,

con que de amor los despojos

se aumentan, pues vive en ellas.

El todo y sus partes son

correspondientes de modo,

que me muestra la razón

que en las partes y en el todo

asiste la perfección.

Y con esto se conforma

el color, que hace la forma

hermosa en un grado inmenso.


TURCO

Este loco, a lo que pienso,

de alguna diosa me informa.


MAMÍ

A su belleza, que es tanta

que pasa al imaginar,

su discreción se adelanta.


TURCO

Tú me la harás adorar

por cosa divina y santa.


MAMÍ

Tal jamás la ha visto el sol,

ni otra fundió en su crisol

el cielo que la compuso;

y, sobre todo, le puso

el desenfado español.

Digo, señor, que es divina

la beldad desta cautiva,

en el mundo peregrina.


TURCO

De verla el deseo se aviva.

¿Y llámase?


MAMÍ

Catalina,

y es de Oviedo el sobrenombre.


TURCO

¿Cómo no ha mudado el nombre,

siendo ya turca?


MAMÍ

No sé;

como no ha mudado fe,

no apetece otro renombre.


TURCO

¿Luego, es cristiana?


MAMÍ

Yo hallo

por mi cuenta que lo es.


TURCO

¿Cristiana, y en mi serrallo?


MAMÍ

Más deben de estar de tres;

mas ¿quién podrá averiguallo?

Si otra cosa yo supiera,

como aquésta, la dijera,

sin encubrir un momento

dicho o hecho o pensamiento

que contra ti se ofreciera.


TURCO

Descuido es vuestro y maldad.


MAMÍ

Yo sé decir que te adoro

y sirvo con la lealtad

y con el justo decoro

que debo a tu majestad.


TURCO

Al serrallo iré esta tarde

a ver si yela o si arde

la belleza única y sola

de tu alabada española.


MAMÍ

Mahoma, señor, te guarde.


(Éntranse estos dos.)

(Salen MADRIGAL, cautivo, y ANDRÉS, en hábito de griego.)


MADRIGAL

¡Vive Roque, canalla barretina,

que no habéis de gozar de la cazuela,

llena de boronía y caldo prieto!


ANDREA

¿Con quién las has, cristiano?


MADRIGAL

No, con naide.

¿No escucháis la bolina y la algazara

que suena dentro desta casa?


(Dice dentro un JUDÍO:)

  

JUDÍO

¡Ah perro!

¡El Dío te maldiga y te confunda!

¡[J]amás la libertad amada alcances!


ANDREA

Di:

¿por qué te maldicen estos tristes?


MADRIGAL

Entré sin que me viesen en su casa,

y en una gran cazuela que tenían

de un guisado que llaman boronía,

les eché de tocino un gran pedazo.


ANDREA

Pues ¿quién te lo dio a ti?


MADRIGAL

Ciertos jenízaros

mataron en el monte el otro día

un puerco jabalí, que le vendieron

a los cristianos de Mamud Arráez,

de los cuales compré de la papada

lo que está en la cazuela sepultado

para dar sepultura a estos malditos,

con quien tengo rencor y mal talante;

a quien el diablo pape, engulla y sorba.


(Pónese un JUDÍO a la ventana.)


JUDÍO

¡Mueras de hambre, bárbaro insolente;

el cuotidiano pan te niegue el Dío;

andes de puerta en puerta mendigando;

échente de la tierra como a gafo,

agraz de nuestros ojos, espantajo,

de nuestra sinagoga asombro y miedo,

de nuestras criaturas enemigo

el mayor que tenemos en el mundo!


MADRIGAL

¡Agáchate, judío!


JUDÍO

¡Ay, sin ventura,

que entrambas sienes me ha quebrado! ¡Ay triste!


ANDREA

Sí, que no le tiraste.


MADRIGAL

¡Ni por pienso!


ANDREA

Pues ¿de qué se lamenta el hideputa?

 

(Dice dentro otro JUDÍO:)


JUDÍO

Quítate, Zabulón, de la ventana,

que ese perro español es un demonio,

y te hará pedazos la cabeza

con sólo que te escupa y que te acierte.

¡Guayas, y qué comida que tenemos!

¡Guayas, y qué cazuela que se pierde!


MADRIGAL

¿Los plantos de Ramá volvéis al mundo,

canalla miserable? ¿Otra vez vuelves,

perro?


JUDÍO

¡Qué!, ¿aún no te has ido? ¿Por ventura

quieres atosigarnos el aliento?


MADRIGAL

¡Recógeme este prisco!

 

(Dicen dentro)


No aprovecha

decirte, Zabulón, que no te asomes?

Déjale ya en mal hora; éntrate, hijo.


ANDREA

¡Oh gente aniquilada! ¡Oh infame, oh sucia

raza, y a qué miseria os ha traído

vuestro vano esperar, vuestra locura

y vuestra incomparable pertinacia,

a quien llamáis firmeza y fee inmudable

contra toda verdad y buen discurso!

Ya parece que callan; ya en silencio

pasan su burla y hambre los mezquinos.

Español, ¿conocéisme?


MADRIGAL

Juraría

[q]ue en mi vida os he visto.


ANDREA

Soy Andrea,

la espía.


MADRIGAL

¿Vos, Andrea?


ANDREA

Sí, sin duda.


MADRIGAL

¿El que llevó a Castillo y Palomares,

mis camaradas?


ANDREA

Y el que llevó a Meléndez,

a Arguijo y Santisteban, todos juntos,

y en Nápoles los dejó a sus anchuras,

de la agradable libertad gozando.


MADRIGAL

¿Cómo me conocistes?


ANDREA

La memoria

tenéis dada a adobar, a lo que entiendo,

o reducida a voluntad no buena.

¿No os acordáis que os vi y hablé la noche

que recogí a los cinco, y vos quisistes

quedaros por no más de vuestro gusto,

poniendo por escusa que os tenía

amor rendida el alma, y que una alárabe,

con nuevo cautiverio y nuevas leyes,

os la tenía encadenada y presa?


MADRIGAL

Verdad; y aun todavía tengo el yugo

al cuello, todavía estoy cautivo,

todavía la fuerza poderosa

de amor tiene sujeto a mi albedrío.


ANDREA

Luego, ¿en balde será tratar yo agora

de que os vengáis conmigo?


MADRIGAL

En balde, cierto.


ANDREA

¡Desdichado de vos!


MADRIGAL

Quizá dichoso.


ANDREA

¿Cómo puede ser esto?


MADRIGAL

Son las leyes

del gusto poderosas sobremodo.


ANDREA

Una resolución gallarda puede

romperlas.


MADRIGAL

Yo lo creo; mas no es tiempo

de ponerme a los brazos con sus fuerzas.


ANDREA

¿No sois vos español?


MADRIGAL

¿Por qué? ¿Por esto?

Pues, por las once mil de malla juro,

y por el alto, dulce, omnipotente

deseo que se encierra bajo el hopo

de cuatro acomodados porcionistas,

que he de romper por montes de diamantes

y por dificultades indecibles,

y he de llevar mi libertad en peso

sobre los propios hombros de mi gusto,

y entrar triunfando en Nápoles la bella

con dos o tres galeras levantadas

por mi industria y valor, y Dios delante,

y dando a la Anunciada los dos bucos,

quedaré con el uno rico y próspero;

y no ponerme ahora a andar por trena,

cargado de temor y de miseria.


ANDREA

¡Español sois, sin duda!


MADRIGAL

Y soylo, y soylo,

lo he sido y lo seré mientras que viva,

y aun después de ser muerto ochenta siglos.


ANDREA

¿Habrá quien quiera libertad huyendo?


MADRIGAL

Cuatro bravos soldados os esperan,

y son gente de pluma y bien nacidos.


ANDREA

¿Son los que dijo Arguijo?


MADRIGAL

Aquellos mismos.


ANDREA

Yo los tengo escondidos y a recaudo.


MADRIGAL

¿Qué turba es ésta? ¿Qué ruïdo es éste?


ANDREA

Es el embajador de los persianos,

que viene a tratar paces con el Turco.

Haceos a aquesta parte mientras pasa.


(Entra un embajador, vestido como los que andan aquí, y acompáñanle jenízaros; va como TURCO.)


MADRIGAL

¡Bizarro va y gallardo por estremo!


ANDREA

Los más de los persianos son gallardos,

y muy grandes de cuerpo, y grandes hombres

de a caballo.


MADRIGAL

Y son, según se dice,

los caballos el nervio de sus fuerzas.

¡Plega a Dios que las paces no se hagan!

¿Queréis venir, Andrea?


ANDREA

Guía adonde

fuere más de tu gusto.


MADRIGAL

Al baño guío

del Uchalí.


ANDREA

Al de Morato guía,

que he de juntarme allí con otra espía.

 

(Éntranse.)

(Entra el GRAN TURCO, RUSTÁN y MAMÍ.)


TURCO

Flaca disculpa me das

de la traición que me has hecho,

mayor que se vio jamás.


RUSTÁN

Si bien estás en el hecho,

señor, no me culparás.

Cuando vino a mi poder,

no vino de parecer

que pudiese darte gusto,

y fue el reservarla justo

a más tomo y mejor ser;

muchos años, Gran Señor,

profundas melancolías

la tuvieron sin color.


TURCO

¿Quién la curó?


RUSTÁN

Sedequías,

el judío, tu doctor.


TURCO

Testigos muertos presentas

en tu causa; a fe que intentas

escaparte por buen modo.


RUSTÁN

Yo digo verdad en todo.


TURCO

Razón será que no mientas.


RUSTÁN

No ha tres días que el sereno

cielo de su rostro hermoso

mostró de hermosura lleno;

no ha tres días que un ansioso

dolor salió de su seno.

En efecto: no ha tres días

que de sus melancolías

está libre esta española,

que es en la belleza sola.


TURCO

Tú mientes o desvarías.


RUSTÁN

Ni miento ni desvarío.

Puedes hacer la experiencia

cuando gustes, señor mío.

Haz que venga a tu presencia:

verás su donaire y brío;

verás andar en el suelo,

con pies humanos, al cielo,

cifrado en su gentileza.


TURCO

De un temor otro se empieza,

de un recelo, otro recelo.

Mucho temo, mucho espero,

mucho puede la alabanza

en lengua de lisonjero;

mas la lisonja no alcanza

parte aquí. Rustán, yo quiero

ver esa cautiva luego;

¡ve por ella, y por el dios ciego,

que me tïene asombrado,

que a no ser cual la has pintado,

que te he de entregar al fuego!

 

(Éntrase RUSTÁN.)


MAMÍ

Si no está en más la ventura

de Rustán, que en ser hermosa

la cautiva, y de hermosura

rara, su suerte es dichosa;

libre está de desventura.

Desde ahora muy bien puedes

hacerle, señor, mercedes,

porque verás, de aquí a poco,

aquí todo el cielo.


TURCO

Loco,

a todo hipérbole excedes.

Deja, que es justo, a los ojos

algo que puedan hallar

en tan divinos despojos.


MAMÍ

¿Qué vista podrá mirar

de Apolo los rayos rojos

que no quede deslumbrada?


TURCO

Tanta alabanza me enfada.


MAMÍ

Remítome a la experiencia

que has de hacer con la presencia

désta, en mi lengua, agraviada.

 

(Entran RUSTÁN y la SULTANA.)


RUSTÁN

Háblale mansa y süave,

que importa, señora mía,

porque con todos no acabe.


SULTANA

Daré de la lengua mía

al santo cielo la llave;

arrojaréme a sus pies;

diré que su esclava es

la que tiene a gran ventura

besárselos.


RUSTÁN

Es cordura

que en ese artificio des.


SULTANA

Las rodillas en la tierra

y mis ojos en tus ojos,

te doy, señor, los despojos

que mi humilde ser encierra;

y si es soberbia el mirarte,

ya los abajo e inclino

por ir por aquel camino

que suele más agradarte.


TURCO

¡Gente indiscreta, ignorante,

locos, sin duda, de atar,

a quien no se puede hallar,

en ser simples, semejante;

robadores de la fama

debida a tan gran sujeto;

mentirosos, en efecto,

que es la traición que os infama!

¡Por cierto que bien se emplea

cualquier castigo en vosotros!


MAMÍ

¡Desdichados de nosotros

si le ha parecido fea!


TURCO

¡Cuán a lo humano hablasteis

de una hermosura divina,

y esta beldad peregrina

cuán vulgarmente pintastes!

¿No fuera mejor ponella

al par de Alá en sus asientos,

hollando los elementos

y una y otra clara estrella,

dando leyes desde allá,

que con reverencia y celo

guardaremos los del suelo,

como Mahoma las da?


MAMÍ

¿No te dije que era rosa

en el huerto a medio abrir?

¿Qué más pudiera decir

la lengua más ingeniosa?

¿No te la pinté discreta

cual nunca se vio jamás?

¿Pudiera decirte más

un mentiroso poeta?


RUSTÁN

Cielo te la hice yo,

con pies humanos, señor.


TURCO

A hacerla su Hacedor

acertaras.


RUSTÁN

Eso no:

que esos grandes atributos

cuadran solamente a Dios.


TURCO

En su alabanza los dos

anduvistes resolutos

y cortos en demasía,

por lo cual, sin replicar,

os he de hacer empalar

antes que pase este día.

Mayor pena merecías,

traidor Rustán, por ser cierto

que me has tenido encubierto

tan gran tesoro tres días.

Tres días has detenido

el curso de mi ventura;

tres días en mal segura

vida y penosa he vivido;

tres días me has defraudado

del mayor bien que se encierra

en el cerco de la tierra

y en cuanto vee el sol dorado.

Morirás, sin duda alguna,

hoy, en este mismo día:

que, a do comienza la mía,

ha de acabar tu fortuna.


SULTANA

Si ha hallado esta cautiva

alguna gracia ante ti,

vivan Rustán y Mamí.


TURCO

Rustán muera; Mamí viva.

Pero maldigo la lengua

que tal cosa pronunció;

vos pedís; no otorgo yo.

Recompensaré esta mengua

con haceros juramento,

por mi valor todo junto,

de no discrepar un punto

de hacer vuestro mandamiento.

No sólo viva Rustán;

pero, si vos lo queréis,

los cautivos soltaréis,

que en las mazmorras están;

porque a vuestra voluntad

tan sujeta está la mía,

como está a la luz del día

sujeta la escuridad.


SULTANA

No tengo capacidad

para tanto bien, señor.


TURCO

Sabe igualar el amor

el vos y la majestad.

De los reinos que poseo,

que casi infinitos son,

toda su juridición

rendida a la tuya veo;

ya mis grandes señoríos,

que grande señor me han hecho,

por justicia y por derecho,

son ya tuyos más que míos;

y, en pensar no te demandes

esto soy, aquello fui;

que, pues me mandas a mí,

no es mucho que al mundo mandes.

Que seas turca o seas cristiana,

a mí no me importa cosa;

esta belleza es mi esposa,

y es de hoy más la Gran Sultana.


SULTANA

Cristiana soy, y de suerte,

que de la fe que profeso

no me ha de mudar exceso

de promesas ni aun de muerte.

Y mira que no es cordura

que entre los tuyos se hable

de un caso que, por notable,

se ha de juzgar por locura.

¿Dónde, señor, se habrá visto

que asistan dos en un lecho,

que el uno tenga en el pecho

a Mahoma, el otro a Cristo?

Mal tus deseos se miden

con tu supremo valor,

pues no junta bien Amor

dos que las leyes dividen.

Allá te avén con tu alteza,

con tus ritos y tu secta,

que no es bien que se entremeta

con mi ley y mi bajeza.


TURCO

En estos discursos entro,

pues Amor me da licencia;

yo soy tu circunferencia,

y tú, señora, mi centro;

de mí a ti han de ser iguales

las cosas que se trataren,

sin que en otro punto paren

que las haga desiguales.

La majestad y el Amor

nunca bien se convinieron,

y en la igualdad le pusieron,

los que hablaron del mejor.

Deste modo se adereza

lo que tú ves despüés:

que, humillándome a tus pies,

te levanto a mi cabeza.

Iguales estamos ya.


SULTANA

Levanta, señor, levanta,

que tanta humildad espanta.


MAMÍ

Rindióse; vencido está.


SULTANA

Una merced te suplico,

y me la has de conceder.


TURCO

A cuanto quieras querer

obedezco y no replico.

Suelta, condena, rescata,

absuelve, quita, haz mercedes,

que esto y más, señora, puedes:

que Amor tu imperio dilata.

Pídeme los imposibles

que te ofreciere el deseo,

que, en fe de ser tuyo, creo

que los he de hacer posibles.

No vengas a contentarte

con pocas cosas, mi amor;

que haré, siendo pecador,

milagros por agradarte.


SULTANA

Sólo te pido tres días,

Gran Señor, para pensar...


TURCO

Tres días me han de acabar.


SULTANA

...en no sé qué dudas mías,

que escrupulosa me han hecho,

y, éstos cumplidos, vendrás,

y claramente verás

lo que tienes en mi pecho.


TURCO

Soy contento. Queda en paz,

guerra de mi pensamiento,

de mis placeres aumento,

de mis angustias solaz.

Vosotros, atribulados

y alegres en un instante,

llevaréis de aquí adelante

vuestros gajes seisdoblados.

Entra, Rustán; da las nuevas

a esas cautivas todas

de mis esperadas bodas.


MAMÍ

¡Gentil recado les llevas!


TURCO

Y como a cosa divina,

y esto también les dirás,

sirvan y adoren de hoy más

a mi hermosa Catalina.

 

(Éntranse el TURCO, MAMÍ y RUSTÁN, y queda en el teatro sola la SULTANA.)


SULTANA

¡A ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste,

a costa de tu sangre y de tu vida,

la mísera de Adán primer caída,

y, adonde él nos perdió, Tú nos cobraste.

A Ti, Pastor bendito, que buscaste

de las cien ovejuelas la perdida,

y, hallándola del lobo perseguida,

sobre tus hombros santos te la echaste;

a Ti me vuelvo en mi af[l]ición amarga,

y a Ti toca, Señor, el darme ayuda:

que soy cordera de tu aprisco ausente,

y temo que, a carrera corta o larga,

cuando a mi daño tu favor no acuda,

me ha de alcanzar esta infernal serpiente!

 

FIN DE LA PRIMERA JORNADA



JORNADA SEGUNDA


Traen dos moros atado a MADRIGAL, las manos atrás, y sale con ellos el GRAN CADÍ, que es el juez obispo de los turcos.

  

MORO 1

Como te habemos contado,

por aviso que tuvimos,

en fragante le cogimos

cometiendo el gran pecado.

La alárabe queda presa,

y, como se vee con culpa

que carece de disculpa,

toda su maldad confiesa.


CADÍ

Dad con ellos en la mar,

de pies y manos atados,

y de peso acomodados,

que no los dejen nadar;

pero si moro se vuelve,

casaldos, y libres queden.


MADRIGAL

Hermanos, atarme pueden.


CADÍ

¿En qué el perro se resuelve:

en casarse, o en morir?


MADRIGAL

Todo es muerte, y todo es pena;

ninguna cosa hallo buena

en casarme ni en vivir.

Como la ley no dejara

en la cual pienso salvarme,

la vida, con el casarme,

aunque es muerte, dilatara;

pero casarme y ser moro

son dos muertes, de tal suerte,

que atado corro a la muerte

y suelto mi ley adoro.

Mas yo sé que desta vez

no he de morir, señor bueno.


CADÍ

¿Cómo, si yo te condeno,

y soy supremo jüez?

De las sentencias que doy

no hay apelación alguna.


MADRIGAL

Con todo, de mi fortuna,

aunque mala, alegre estoy.

La piedra tendré ya puesta

al cuello, y has de pensar

que no me pienso anegar;

y desto haré buena puesta.

Y, porque no estés suspenso,

haz salir estos dos fuera:

diréte de la manera

que ha de ser, según yo pienso.


CADÍ

Idos, y dejalde atado,

que quiero ver de la suerte

cómo escapa de la muerte,

a quien está condenado.

 

(Vanse los dos moros.)


MADRIGAL

Si de bien tendrás memoria,

porque no es posible menos,

de aquel sabio cuyo nombre

fue Apolonio Tianeo,

el cual, según que lo sabes,

o fuese favor del cielo,

o fuese ciencia adquirida

con el trabajo y el tiempo,

supo entender de las aves

el canto tan por estremo,

que en oyéndolas decía:

«Esto dicen». Y esto es cierto.

Ora cantase el canario,

ora trinase el jilguero,

ora gimiese la tórtola,

ora graznasen los cuervos,

desde el pardal malicioso

hasta el águila de imperio,

de sus cantos entendía

los escondidos secretos.

Éste fue, según es fama,

abuelo de mis abuelos,

a quien dejó de su gracia

por únicos herederos.

Uno la supo de todos

los que en aquel tiempo fueron,

y no la hereda más de uno

de sus más cercanos deudos.

De deudo a deudo ha venido,

con el valor de los tiempos,

a encerrarse esta ventura

en mi desdichado pecho.

A esta mañana, que iba

al pecado, porque vengo

a tener cercada el alma

de esperanzas y de miedos,

oí en casa de un judío

a un ruiseñor pequeñuelo,

que, con divina armonía,

aquesto estaba diciendo:

«¿Adónde vas, miserable?

Tuerce el paso, y hurta el cuerpo

a la ocasión que te llama

y lleva a tu fin postrero.

Cogeránte en el garlito,

ya cumplido tu deseo;

morirás, sin duda alguna,

si te falta este remedio.

Dile al jüez de tu causa

que han decretado los cielos

que muera de aquí a seis días

y baje al estigio reino;

pero que si hiciere emienda

de tres grandes desafueros

que a dos moros y una viuda

no ha muchos años que ha hecho;

y si hiciere la zalá,

lavando el cuerpo primero

con tal agua (y dijo el agua,

que yo decirte no quiero),

tendrá salud en el alma,

tendrá salud en el cuerpo,

y será del Gran Señor

favorecido en estremo».

Con esta gracia admirable,

otra más subida tengo:

que hago hablar a las bestias

dentro de muy poco tiempo.

Y aquel valiente elefante

del Gran Señor, yo me ofrezco

de hacerle hablar en diez años

distintamente turquesco;

y cuando desto faltare,

que me empalen, que en el fuego

me abrasen, que desmenucen

brizna a brizna estos mis miembros.


CADÍ

El agua me has de decir,

que importa.


MADRIGAL

Su tiempo espero,

porque ha de ser distilada

de ciertas yerbas y yezgos.

Tú no la conocerás;

yo sí, y al cielo sereno

se han de coger en tres noches.

 

(Desátale.)


CADÍ

En tu libertad te vuelvo.

Pero una cosa me tiene

confuso, amigo, y perplejo:

que no sé cuál viuda sea,

ni cuáles moros sean éstos

a quien he de hacer la enmienda:

que veo que son sin cuento

los moros de mí ofendidos,

y viudas pasan de ciento.


MADRIGAL

Iré a oír al ruiseñor

otra vez, y yo sé cierto

que él me dirá en su cántico

quién son los que no sabemos.


CADÍ

A estos moros les diré

la causa por que te suelto,

que será que al elefante

has de hacer hablar turquesco.

Pero dime: ¿acaso sabes

hablar turco?


MADRIGAL

¡Ni por pienso!


CADÍ

Pues ¿cómo de lo que ignoras

quieres mostrarte maestro?


MADRIGAL

Aprenderé cada día

lo que mostrarle pretendo,

pues habrá tiempo en diez años

de aprender el turco y griego.


CADÍ

Dices verdad. Mira, amigo,

que mi vida te encomiendo:

que será desto la paga

tu libertad, por lo menos.


MADRIGAL

¡Penitencia, gran cadí;

penitencia y buen deseo

de no hacer de aquí adelante

tantos tuertos a derechos!


CADÍ

No se te olviden las yerbas,

que es la importancia del hecho

memorable que me has dicho,

y sin duda alguna creo:

que ya sé que fue en el mundo

Apolonio Tianeo,

que entendía de las aves

el canto, y también entiendo

que hay arte que hace hablar

a los mudos.


MADRIGAL

¡Bueno es eso!

Al elefante os aguardo,

y las yerbas os espero.

 

(Éntranse.)

(Parece el GRAN TURCO detrás de unas cortinas de tafetán verde; salen cuatro bajaes ancianos; siéntanse sobre alfombras y almohadas; entra el EMBAJADOR DE PERSIA, y al entrar le echan encima una ropa de brocado; llévanle dos turcos de brazo, habiéndole mirado primero si trae armas encubiertas; llévanle a asentar en una almohada de terciopelo; descúbrese la cortina; parece el GRAN TURCO. (Mientras esto se hace puede[n] sonar chirimías). Sentados todos, dice el EMBAJADOR:)


EMBAJADOR

Prospere Alá tu poderoso Estado,

señor universal casi del suelo;

sea por luengos siglos dilatado,

por suerte amiga y por querer del cielo.

La embajada de aquél que me ha enviado,

con preámbulos cortos, como suelo,

diré, si es que me das de hablar licencia;

que sin ella enmudezco en tu presencia.


BAJÁ 1

Di con la brevedad que has prometido,

que si es con la que sueles, será parte

a darte el Gran Señor atento oído,

puesto que le forzamos a escucharte.

Por muchas persuasiones ha venido

a darte audiencia y a respuesta darte;

que pocas veces oye al enemigo.

Di, pues; que ya eres largo.


EMBAJADOR

Pues ya digo.

Dice el Soldán, señor, que, si tú gustas

de paz, que él te la pide, y que se haga

con leyes tan honestas y tan justas,

que el tiempo o el rencor no las deshaga;

si a la suya, que es buena, tu alma ajustas,

dar el cielo a los dos será la paga.


BAJÁ 2

No aconsejes; propón, di tu emb[a]jada.


EMBAJADOR

Toda en pedir la paz está cifrada.


BAJÁ 1

Ese cabeza roja, ese maldito,

que de las ceremonias de Mahoma,

con depravado y bárbaro apetito,

unas cosas despide y otras toma,

bien debe de pensar que el infinito

poder, que al mundo espanta, estrecha y doma,

del Gran Señor, el cielo tal le tenga,

que hacer paces infames le convenga.

Su mendiguez sabemos y sus mañas,

por quien con él de nuevo me enemisto,

viendo que el grande rey de las Españas

muchos persianos en su Corte ha visto.

Éstas son de tu dueño las hazañas;

pedir favor a quien adora en Cristo;

y como ve que el ayudarle niega,

por paz cobarde en ruego humilde ruega.


EMBAJADOR

Aquella majestad que tiene al mundo

admirado y suspenso; el verdadero

retrato de Filipo, aquel Segundo,

que sólo pudo darse a sí tercero;

aquel cuyo valor alto y profundo

no es posible alabarle como quiero;

aquel, en fin, que el sol, en su camino,

mirando va sus reinos de contino;

llevado en vuelo de la buena fama

su nombre y su virtud a los oídos

del Soldán, mi señor, así le inflama

el deseo de verle los sentidos,

que a mí me insiste, solicita y llama

y manda que por pasos no entendidos,

por mares y por reinos diferentes,

vaya a ver al gran rey.


BAJÁ 1

¿Esto consientes?

Echadle fuera. Adulador, camina;

embajador cristiano. Echadle fuera;

que, de los que profesan su dotrina,

algún buen fruto por jamás se espera.

El cuerpo dobla; la cabeza inclina.

Echadle, digo.


BAJÁ 2

¿No es mejor que muera?


BAJÁ 1

Goce de embajador la preeminencia,

que es la que no ejecuta esa sentencia.

 

(Échanle a empujones al EMBAJADOR.)


No es mucho, Gran Señor, que me desmande

a alzar la voz, de cólera encendido:

que no ha sido pequeña, sino grande,

la desvergüenza deste fementido.

Vea tu majestad ahora, y mande

la respuesta que más fuere servido

que se le dé a este can.


TURCO

Comunicadme

y, cual el caso pide, aconsejadme.

Mirad bien si la paz es conveniente

y honrosa.


BAJÁ 2

A lo que yo descubro y veo,

que sosegar las armas del Oriente,

no te puede pedir más el deseo,

con tanto que el persiano no alce frente

contra ti. Triste historia es la que leo;

que a nosotros la Persia así nos daña,

que es lo mismo que Flandes para España.

Conviene hacer la paz, por las razones

que en este pergamino van escritas.


TURCO

Presto a la paz ociosa te dispones;

presto el regalo blando solicitas.

Tú, Braín valeroso, ¿no te opones

a Mustafá? ¿Por dicha, solicitas

también la paz?


BAJÁ 1

La guerra facilito,

y daré las razones por escrito.


TURCO

Veréla y veré lo que contiene,

y de mi parecer os daré parte.


BAJÁ 1

Alá, que el mundo entre los dedos tiene,

te entregue dél la rica y mayor parte.


BAJÁ 2

Mahoma así la paz dichosa ordene,

que se oiga el son del belicoso Marte,

no en Persia, sino en Roma, y tus galeras

corran del mar de España las riberas.


(Éntranse.)

(Sale la SULTANA y RUSTÁN.)

  

RUSTÁN

Como de su alhaja, puede

gozar de ti a su contento.


SULTANA

La viva fe de mi intento

a toda su fuerza excede:

resuelta estoy de morir,

primero que darle gusto.


RUSTÁN

Contra intento que es tan justo

no tengo qué te decir;

pero mira que una fuerza

tal puede mucho, señora;

y mira bien que a ser mora

no te induce ni te fuerza.


SULTANA

¿No es grandísimo pecado

el juntarme a un infïel?


RUSTÁN

Si pudieras huir dél,

te lo hubiera aconsejado;

mas cuando la fuerza va

contra razón y derecho,

no está el pecado en el hecho,

si en la voluntad no está;

condénanos la intención

o nos salva en cuanto hacemos.


SULTANA

Eso es andar por estremos.


RUSTÁN

Sí; mas puestos en razón:

que el alma no es bien peligre

cuando por fuerza de brazos

echan a su cuerpo lazos

que rendirán a una tigre.

Desta verdad se recibe

la que no habrá quien la tuerza:

que peca el que hace la fuerza,

pero no quien la recibe.


SULTANA

Mártir seré si consiento

antes morir que pecar.


RUSTÁN

Ser mártir se ha de causar

por más alto fundamento,

que es por el perder la vida

por confesión de la fe.


SULTANA

Esa ocasión tomaré.


RUSTÁN

¿Quién a ella te convida?

Sultán te quiere cristiana,

y a fuerza, si no de grado,

sin darle muerte al ganado

podrá gozar de la lana.

Muchos santos desearon

ser mártires, y pusieron

los medios que convinieron

para serlo, y no bastaron:

que al ser mártir se requiere

virtud sobresingular,

y es merced particular

que Dios hace a quien Él quiere.


SULTANA

Al cielo le pediré,

ya que no merezco tanto,

que a mi propósito santo

de su firmeza le dé;

haré lo que fuere en mí,

y en silencio, en mis recelos,

daré voces a los cielos.


RUSTÁN

Calla, que viene Mamí.

 

(Entra MAMÍ.)


MAMÍ

El Gran Señor viene a verte.


SULTANA

¡Vista para mí mortal!


MAMÍ

Hablas, señora, muy mal.


SULTANA

Siempre hablaré desta suerte;

y no quieras tú mostrarte

prudente en aconsejarme.


MAMÍ

Sé que vendrás a mandarme,

y no es bien descontentarte.


(Entra el GRAN TURCO.)


TURCO

¡Catalina!


SULTANA

Ése es mi nombre.


TURCO

Catalina la Otomana

te llamarán.


SULTANA

Soy cristiana,

y no admito el sobrenombre,

porque es el mío de Oviedo,

hidalgo, ilustre y cristiano.


TURCO

No es humilde el otomano.


SULTANA

Esa verdad te concedo:

que en altivo y arrogante

ninguno igualarte puede.


TURCO

Pues el tuyo al mío excede

y en todo le va adelante,

pues que desprecias por él

al mayor que el suelo tiene.


SULTANA

Sé yo que en él se contiene

lo que es de estimar en él,

que es el darme a conocer

por cristiana si me nombran.


TURCO

Tus libertades me asombran,

que son más que de mujer;

pero bien puedes tenellas

con quien solamente puede

aquello que le concede

el valor que vive en ellas.

Dél conozco que te estimas

en todo aquello que vales,

y con arrogancias tales

me alegras y me lastimas.

Muéstrate más soberana,

haz que te tenga respeto

el mundo, porque, en efeto,

has de ser la Gran Sultana.

Y doyte la preeminencia

desde luego: ya lo eres.


SULTANA

¿Dar a una tu esclava quieres

de tu esposa la excelencia?

Míralo bien, porque temo

que has de arrepentirte presto.


TURCO

Ya lo he mirado, y en esto

no hago ningún estremo,

si ya no fuese el de hacer

que con la sangre otomana

mezcle la tuya cristiana

para darle mayor ser.

Si el fruto que de ti espero

llega a colmo, verá el mundo

que no ha de tener segundo

el que me dieres primero.

No habrá descubierto el sol,

en cuanto ciñe y rodea,

no, quien pase, que igual sea

a un otomano español.

Mira a lo que te dispones,

que ya mi alma adivina

que has de parir, Catalina,

hermosísimos leones.


SULTANA

Antes tomara engendrar

águilas.


TURCO

A tu fortuna

no hay dificultad alguna

que la pueda contrastar.

En la cumbre de la rueda

estás, y, aunque varïable,

contigo ha de ser estable,

estando en tu gloria queda.

Daréte la posesión

de mi alma aquesta tarde,

y la de mi cuerpo, que arde

en llamas de tu afición;

afición, de amor interno,

que, con poderoso brío,

de mi alma y mi albedrío

tiene el mando y el gobierno.


SULTANA

He de ser cristiana.


TURCO

Sélo;

que a tu cuerpo, por agora,

es el que mi alma adora

como si fuese su cielo.

¿Tengo yo a cargo tu alma,

o soy Dios para inclinalla,

o ya de hecho llevalla

donde alcance eterna palma?

Vive tú a tu parecer,

como no vivas sin mí.


RUSTÁN

¿Qué te parece, Mamí?


MAMÍ

¡Mucho puede una mujer!


SULTANA

No me has de quitar, señor,

que con cristianos no trate.


MAMÍ

Éste es grande disparate,

y el concederle, mayor.


TURCO

Tal te veo y tal me veo,

que con grave imperio y firme

puedes, Sultana, pedirme

cuanto te pida el deseo.

De mi voluntad te he dado

entera juridición;

tus deseos míos son:

mira si estoy obligado

a cumplillos.


MAMÍ

Caso grave,

y entre turcos jamás visto,

andar por aquí tu Cristo,

Rustán.


RUSTÁN

Él mismo lo sabe.

Él suele, Mamí, sacar

de mucho mal mucho bien.


TURCO

Tus aranceles me den

el modo que he de guardar

para no salir un punto

de tu gusto; que el sabelle

y el entendelle y hacelle

estará en mi alma junto.

Saca de aquesta humildad,

bellísima Catalina,

que se guía y se encamina

a rendir su voluntad.

No quiero gustos por fuerza

de gran poder conquistados:

que nunca son bien logrados

los que se toman por fuerza.

Como a mi esclava, en un punto

pudiera gozarte agora;

mas quiero hacerte señora,

por subir el bien de punto;

y, aunque del cercado ajeno

es la fruta más sabrosa

que del propio, ¡estraña cosa!,

por la que es tan mía peno.

Entre las manos la tengo,

y entre la boca y las manos

desparece. ¡Oh, miedos vanos,

y a cuántas bajezas vengo!

Puedo cumplir mi des[e]o

y estoy en comedimientos.


RUSTÁN

Humilla tus pensamientos,

porque muy airado veo

al Gran Señor; no fabriques

tu tristeza en su pesar,

y a quien ya puedes mandar,

no será bien que supliques.


SULTANA

Dio el temor con mi buen celo

en tierra. ¡Oh pequeña edad!

¡Con cuánta facilidad

te rinde cualquier recelo!

Gran Señor, veisme aquí; postro

las rodillas ante ti;

tu esclava soy.


TURCO

¿Cómo así?

Alza, señora, ese rostro,

y en esos sus soles dos,

que tanto le hermosean,

harás que mis ojos vean

el grande poder de Dios,

o de la naturaleza,

a quien Alá dio poder

para que pudiese hacer

milagros en su belleza.


SULTANA

Advierte que soy cristiana,

y que lo he de ser contino.


MAMÍ

¡Caso estraño y peregrino:

cristiana una Gran Sultana!


TURCO

Puedes dar leyes al mundo,

y guardar la que quisieres:

no eres mía, tuya eres,

y a tu valor sin segundo

se le debe adoración,

no sólo humano respeto;

y así, de guardar prometo

las sombras de tu intención.

Mamí, tráeme, ¡así tú vivas!,

a que den en mi presencia

a Sultana la obediencia

del serrallo las cautivas.


(Éntrase MAMÍ.)


Reveréncienla, no sólo

los que obediencia me dan,

sino las gentes que están

desde éste al contrario polo.


SULTANA

¡Mira, señor, que ya pasan

tus deseos de lo justo!


TURCO

Las cosas que me dan gusto

no se miden ni se tasan;

todas llegan al estremo

mayor que pueden llegar,

y para las alcanzar

siempre espero, nunca temo.

 

(Vuelve MAMÍ, y con él CLARA, llamada ZAIDA, y ZELINDA, que es LAMBERTO, el que busca ROBERTO.)


MAMÍ

Todas vienen.


TURCO

Éstas dos

den la obediencia por todas.


ZAIDA

Hagan dichosas tus bodas

las bendiciones de Dios;

fecundo tu seno sea,

y, con parto sazonado,

del Gran Señor el Estado

con mayorazgo se vea;

logres la intención que tienes,

que ya de Rustán la sé,

y en varios modos te dé

el mundo mil parabienes.


ZELINDA

Hermosísima española,

corona de su nación,

única en la discreción,

y en buenos intentos sola;

traiga a colmo tu deseo

el Cielo, que le conoce,

y en estas bodas se goce

el dulce y santo Himeneo;

por tu parecer se rija

el imperio que posees;

ninguna cosa desees

que el no alcanzalla te aflija;

de ensalzarte es cosa llana

que Mahoma el cargo toma.


TURCO

No le nombréis a Mahoma,

que la Sultana es cristiana.

Doña Catalina es

su nombre, y el sobrenombre

de Oviedo, para mí, nombre

de riquísimo interés;

porque, a tenerle de mora,

nunca a mi poder llegara,

ni del tesoro gozara

que en su hermosura mora.

Ya como a cosa divina,

sin que lo encubra el silencio,

el gran nombre reverencio

de mi hermosa Catalina.

Para celebrar las bodas,

que han de dar asombro al suelo,

déme de su gloria el cielo

y acudan mis gentes todas;

concédame el mar profundo,

de sus senos temerosos,

los pescados más sabrosos;

sus riquezas me dé el mundo;

denme la tierra y el viento

aves y caza, de modo

que esté en cada una el todo

del más gustoso alimento.


SULTANA

Mira, señor, que me agravia

el bien que de mí pregonas.


TURCO

Denme para tus coronas

perlas el Sur, oro Arabia,

púrpura Tiro y olores

la Sabea, y, finalmente,

denme para ornar tu frente

abril y mayo sus flores;

y si os parece que el modo

de pedir ha dado indicio

de tener poco juïcio,

venid y veréislo todo.


(Éntranse todos, si no es ZAIDA y ZELINDA.)


ZELINDA

¡Oh Clara! ¡Cuán turbias van

nuestras cosas! ¿Qué haremos?

Que ya están en los estremos

del más sin remedio afán.

¿Yo varón, y en el serrallo

del Gran Turco? No imagino

traza, remedio o camino

a este mal.


ZAIDA

Ni yo le hallo.

¡Grande fue tu atrevimiento!


ZELINDA

Llegó do llegó el Amor,

que no repara en temor

cuando mira a su contento.

Entre una y otra muerte,

por entre puntas de espadas

contra mí desenvainadas,

entrara, mi bien, a verte.

Ya te he visto y te he gozado,

y a este bien no llega el mal

que suceda, aunque mortal.


ZAIDA

Hablas como enamorado:

todo eres brío, eres todo

valor y todo esperanza

pero nuestro mal no alcanza

remedio por ningún modo:

que desta triste morada,

por nuestro mal conocida,

es la muerte la salida

y desventura la entrada.

De aquí no hay pensar huir

a más seguro lugar:

que sólo se ha de escapar

con las alas del morir.

Ningún cohecho es bastante

que a las guardas enternezca,

ni remedio que se ofrezca

que el morir no esté delante.

¿Yo preñada, y tú varón,

y en este serrallo? Mira

adónde pone la mira

nuestra cierta perdición.


ZELINDA

¡Alto! Pues se ha de acabar

en muerte nuestra fortuna,

no esperar salida alguna

es lo que se ha de esperar;

pero estad, Clara, advertida

que hemos de morir de suerte

que nos granjee la muerte

nueva y perdurable vida.

Quiero decir que muramos

cristianos en todo caso.


ZAIDA

De la vida no hago caso,

como a tal muerte corramos.

 

(Éntranse.)

(Sale MADRIGAL, el maestro del elefante, con una trompetilla de hoja de lata, y sale con él ANDREA, la espía.)


ANDREA

¡Bien te dije, Madrigal,

que la alárabe algún día

a la muerte te traería!


MADRIGAL

Más bien me hizo que mal.


ANDREA

Maestro de un elefante

te hizo.


MADRIGAL

¿Ya es barro, Andrea?

Podrá ser que no se vea

jamás caso semejante.


ANDREA

Al cabo, ¿no has de morir

cuando caigan en el caso

de la burla?


MADRIGAL

No hace al caso.

Déjame agora vivir,

que, en término de diez años,

o morirá el elefante,

o yo, o el Turco, bastante

causa a reparar mi[s] daño[s].

¿No fuera peor dejarme

arrojar en un costal,

por lo menos en la mar,

donde pudiera ahogarme,

sin que pudiera valerme

de ser grande nadador?

¿No estoy agora mejor?

¿No podéis vos socorrerme

agora con más provecho

vuestro y mío?


ANDREA

Así es verdad.


MADRIGAL

Andrea, considerad

que este hecho es un gran hecho,

y aun salir con él entiendo

cuando menos os pensáis.


ANDREA

Gracias, Madrigal, tenéis,

que al diablo las encomiendo.

¿El elefante ha de hablar


MADRIGAL

No quedará por maestro;

y él es animal tan diestro,

que me hace imaginar

que tiene algún no sé qué

de discurso racional.


ANDREA

Vos sí sois el animal

sin razón, como se ve,

pues en disparates dais

en que no da quien la tiene.


MADRIGAL

Darlo a entender me conviene

así al Cadí.


ANDREA

Bien andáis;

pero no os cortéis conmigo

las uñas, que no es razón.


MADRIGAL

Es mi propria condición

burlarme del más amigo.


ANDREA

¿Esa trompeta es de plata?


MADRIGAL

De plata la pedí yo;

mas dijo quien me la dio

que bastaba ser de lata.

Al elefante con ella

he de hablar en el oído.


ANDREA

¡Trabajo y tiempo perdido!


MADRIGAL

¡Traza ilustre y burla bella!

Cien ásperos cada día

me dan por acostamiento.


ANDREA

¿Dos escudos? ¡Gentil cuento!

¡Buena va la burlería!


MADRIGAL

El cadí es éste. A más ver,

que me convïene hablalle.


ANDREA

¿Querrás de nuevo engañalle?


MADRIGAL

Podrá ser que pueda ser.


(Vase ANDREA, y entra el CADÍ.)


CADÍ

Español, ¿has comenzado

a enseñar al elefante?


MADRIGAL

Sí; y está muy adelante:

cuatro liciones le he dado.


CADÍ

¿En qué lengua?


MADRIGAL

En vizcaína,

que es lengua que se averigua

que lleva el lauro de antigua

a la etiopía y abisina.


CADÍ

Paréceme lengua estraña.

¿Dónde se usa?


MADRIGAL

En Vizcaya.


CADÍ

¿Y es Vizcaya...?


MADRIGAL

Allá en la raya

de Navarra, junto a España.


CADÍ

Esta lengua de valor

por su antigüedad es sola;

enséñale la española,

que la entendemos mejor.


MADRIGAL

De aquéllas que son más graves,

le diré las que supiere,

y él tome la que quisiere.


CADÍ

¿Y cuáles son las que sabes?


MADRIGAL

La jerigonza de ciegos,

la bergamasca de Italia,

la gascona de la Galia

y la antigua de los griegos;

con letras como de estampa

una materia le haré,

adonde a entender le dé

la famosa de la hampa;

y si de aquéstas le pesa,

porque son algo escabrosas,

mostraréle las melosas

valenciana y portuguesa.


CADÍ

A gran peligro se arrisca

tu vida si el elefante

no sale grande estudiante

en la turquesca o morisca

o en la española, a lo menos.


MADRIGAL

En todas saldrá perito,

si le place al infinito

sustentador de los buenos,

y aun de los malos, pues hace

que a todos alumbre el sol.


CADÍ

Hazme un placer, español.


MADRIGAL

Por cierto que a mí me place.

Declara tu voluntad,

que luego será cumplida.


CADÍ

Será el mayor que en mi vida

pueda hacerme tu amistad.

Dime: ¿qué iban hablando,

con acento bronco y triste,

aquellos cuervos que hoy viste

ir por el aire volando?

Que por entonces no pude

preguntártelo.


MADRIGAL

Sabrás

(y de aquesto que me oirás

no es bien que tu ingenio dude),

sabrás, digo, que trataban

que al campo de Alcudia irían,

lugar donde hartar podían

la gran hambre que llevaban:

que nunca falta res muerta

en aquellos campos anchos,

donde podrían sus panchos

de su hartura hallar la puerta.


CADÍ

Y esos campos, ¿dónde están?


MADRIGAL

En España.


CADÍ

¡Gran viaje!


MADRIGAL

Son los cuervos de volaje

tan ligeros, que se van

dos mil leguas en un tris:

que vuelan con tal instancia,

que hoy amanecen en Francia,

y anochecen en París.


CADÍ

Dime: ¿qué estaba diciendo

aquel colorín ayer?


MADRIGAL

Nunca le pude entender;

es húngaro: no le entiendo.


CADÍ

Y aquella calandria bella,

¿supiste lo que decía?


MADRIGAL

Una cierta niñería

que no te importa sabella.


CADÍ

Yo sé que me lo dirás.


MADRIGAL

Ella dijo, en conclusión,

que andabas tras un garzón,

y aun otras cosillas más.


CADÍ

Pues, ¡válgala Lucifer!,

¿a qué se mete conmigo?


MADRIGAL

Si hay algo de lo que digo,

verás que la sé entender.


CADÍ

No va muy descaminada;

pero no ha llegado el juego

a que me abrase en tal fuego.

No digas a nadie nada,

que el crédito quedaría

granjeado a buenas noches.


MADRIGAL

Para hablar en tus reproches,

es muda la lengua mía.

Bien puedes a sueño suelto

dormir en mi confianza,

pues de hablar en tu alabanza

para siempre estoy resuelto.

Puesto que los tordos sean

de tu ruindad pregoneros,

y la digan los silgueros

que en los pimpollos gorjean;

ora los asnos roznando

digan tus males protervos,

ora graznando los cuervos,

o los canarios cantando:

que, pues yo soy aquel solo

que los entiende, seré

aquel que los callaré

desde el uno al otro polo.


CADÍ

¿No habrá pájaro que cante

alguna virtud de mí?


MADRIGAL

Respetaránte, ¡oh cadí!,

si puedo, de aquí adelante:

que, apenas veré en sus labios

dar indicios de tus menguas,

cuando les corte las lenguas,

en pena de tus agravios.

 

(Entra RUSTÁN, el eunuco, y tras él un CAUTIVO anciano, que se pone a escuchar lo que hablan.)

  

CADÍ

Buen Rustán, ¿adónde vais?


RUSTÁN

A buscar un tarasí

español.


MADRIGAL

¿No es sastre?


RUSTÁN

Sí.


MADRIGAL

Sin duda que me buscáis,

pues soy sastre y español,

y de tan grande tijera

que no la tiene en su esfera

el gran tarasí del sol.

¿Qué hemos de cortar?


RUSTÁN

Vestidos

ricos para la Sultana,

que se viste a la cristiana.


CADÍ

¿Dónde tenéis los sentidos?

Rustán, ¿qué es lo que decís?

¿Ya hay Sultana, y que se viste

a la cristiana?


RUSTÁN

No es chiste;

verdades son las que oís.

Doña Catalina ha nombre

con sobrenombre de Oviedo.


CADÍ

Vos diréis algún enredo

con que me enoje y asombre.


RUSTÁN

Con una hermosa cautiva

se ha casado el Gran Señor,

y consiéntele su amor

que en su ley cristiana viva,

y que se vista y se trate

como cristiana, a su gusto.


CRISTIANO

¡Cielo pïadoso y justo!


CADÍ

¿Hay tan grande disparate?

Moriré si no voy luego

a reñirle.

 

(Vase el CADÍ.)


RUSTÁN

En vano irás,

pues del amor [le] hallarás

del todo encendido en fuego.

Venid conmigo, y mirad

que seáis buen sastre.


MADRIGAL

Señor,

yo sé que no le hay mejor

en toda esta gran ciudad,

cautivo ni renegado;

y, para prueba de aquesto,

séaos, señor, manifiesto

que yo soy aquel nombrado

maestro del elefante;

y quien ha de hacer hablar

a una bestia, en el cortar

de vestir será elegante.


RUSTÁN

Digo que tenéis razón;

pero si otra no me dais,

desde aquí conmigo estáis

en contraria posesión.

Mas, con todo, os llevaré.

Venid.


CRISTIANO

Señor, a esta parte,

si quieres, quiero hablarte.


RUSTÁN

Decid, que os escucharé.


CRISTIANO

Para mí es averiguada

cosa, por más de un indicio,

que éste sabe del oficio

de sastre muy poco o nada.

Yo soy sastre de la Corte,

y de España, por lo menos,

y en ella de los más buenos,

de mejor medida y corte;

soy, en fin, de damas sastre,

y he venido al cautiverio

quizá no sin gran misterio,

y sin quizá, por desastre.

Llevadme: veréis quizá

maravillas.


RUSTÁN

Está bien.

Venid vos, y vos también;

quizá alguno acertará.


MADRIGAL

Amigo, ¿sois sastre?


CRISTIANO

Sí.


MADRIGAL

Pues yo a Judas me encomiendo

si sé coser un remiendo.


CRISTIANO

¡Ved qué gentil tarasí!

Aunque pienso, con mi maña,

antes que a fuerza de brazos,

de sacar de aquí retazos

que puedan llevarme a España.

 

(Éntranse todos.)

(Entra la SULTANA con un rosario en la mano, y el GRAN TURCO tras ella, escuchándola.)


SULTANA

¡Virgen, que el sol más bella;

Madre de Dios, que es toda tu alaban[za];

del mar del mundo estrella,

por quien el alma alcanza

a ver de sus borrascas la bonanza!

En mi aflicción te invoco;

advierte, ¡oh gran Señora!, que me anego,

pues ya en las sirtes toco

del desvalido y ciego

temor, a quien el alma ansiosa entrego.

La voluntad, que es mía

y la puedo guardar, ésa os ofrezco,

Santísima María;

mirad que desfallezco;

dadme, Señora, el bien que no merezco.

¡Oh Gran Señor! ¿Aquí vienes?


TURCO

Reza, reza, Catalina,

que sin la ayuda divina

duran poco humanos bienes;

y llama, que no me espanta,

antes me parece bien,

a tu Lela Marïén,

que entre nosotros es santa.


SULTANA

No hay generación alguna

que no te bendiga, ¡oh Esposa

de tu Hijo!, ¡oh tan hermosa

que es fea ante ti la luna!


TURCO

Bien la pu[e]des alabar,

que nosotros la alabamos,

y de ser Virgen la damos

la palma en primer lugar.


(Entra RUSTÁN, MADRIGAL y el viejo CAUTIVO y MAMÍ.)


RUSTÁN

Éstos son los tarasíes.


MADRIGAL

Yo, señor, soy el que sabe

cuanto en el oficio cabe;

los demás son baladíes.


SULTANA

Vestiréisme a la española.


MADRIGAL

Eso haré de muy buen grado,

como se le dé recado

bastante a la chirinola.


SULTANA

¿Qué es chirinola?


MADRIGAL

Un vestido

trazado por tal compás

que tan lindo por jamás

ninguna reina ha vestido;

trecientas varas de tela

de oro y plata entran en él.


SULTANA

Pues, ¿quién podrá andar con él,

que no se agobie y se muela?


MADRIGAL

Ha de ser, señora mía,

la falda postiza.


CRISTIANO

¡Bueno!

Éste está de seso ajeno,

o se burla, o desvaría.

Amigo, muy mal te burlas,

y sabe, si no lo sabes,

que con personas tan graves

nunca salen bien las burlas.

Yo os haré al modo de España

un vestido tal que os cuadre.


SULTANA

Éste, sin duda, es mi padre,

si no es que la voz me engaña.

Tomadme vos la medida,

buen hombre.


CRISTIANO

¡Fuera acertado

que se la hubieran tomado

ya los cielos a tu vida!


SULTANA

Sin duda, es él. ¿Qué haré?

¡Puesta estoy en confusión!


TURCO

Libertad por galardón,

y gran riqueza os daré.

Vestídmela a la española,

con vestidos tan hermosos

que admiren por lo costosos,

como ella admira por sola;

gastad las perlas de Oriente

y los diamantes indianos,

que hoy os colmaré las manos

y el deseo fácilmente.

Véase mi Catalina

con el adorno que quiere,

puesto que en el que trujere

la tendré yo por divina.

Es ídolo de mis ojos,

y, en el proprio o estranjero

adorno, adorarla quiero,

y entregarle mis despojos.


CRISTIANO

Venid acá, buena alhaja;

tomaros he la medida,

que fuera más bien medida

a ser de vuestra mortaja.


MADRIGAL

Por la cintura comienza,

así es sastre como yo.


TURCO

Cristiano amigo, eso no,

que algo toca en desvergüenza;

tanteadla desde fuera,

y no lleguéis a tocalla.


CRISTIANO

¿Adónde, señor, se halla

sastre que desa manera

haga su oficio? ¿No ves

que en el corte erraría

si no llevase por guía

la medida?


TURCO

Ello así es;

mas, a poder escusarse,

tendríalo por mejor.


CRISTIANO

De mis abrazos, señor,

no hay para qué recelarte,

que como de padre puede

recebirlos la Sultana.


SULTANA

Ya mi sospecha está llana;

ya el miedo que tengo excede

a todos los de hasta aquí.


TURCO

Llegad, y haced vuestro oficio.


SULTANA

No des, ¡oh buen padre!, indicio

de ser sino tarasí.


(Estándole tomando la medida, dice el padre:)

  

CRISTIANO

¡Pluguiera a Dios que estos lazos

que tus aseos preparan

fueran los que te llevaran

a la fuesa entre mis brazos!

¡Pluguiera a Dios que en tu tierra

en humildad y bajeza

se cambiara la grandeza

que esta majestad encierra,

y que estos ricos adornos

en burieles se trocaran,

y en España se gozaran

detrás de redes y tornos!


SULTANA

¡No más, padre, que no puedo

sufrir la reprehensión;

que me falta el corazón

y me desmayo de miedo!

 

(Desmáyase la SULTANA.)


TURCO

¿Qué es esto? ¿Qué desconcierto

es éste? ¿Qué desespero?

Di, encantador, embustero:

¿hasla hechizado?, ¿hasla muerto?

Basilisco, di: ¿qué has hecho?

Espíritu malo, habla.


CRISTIANO

Ella volverá a su habla.

Haz que la aflojen el pecho,

báñenle con agua el rostro,

y verás cómo en sí vuelve.


TURCO

¡La vida se le resuelve!

¡Empalad luego a ese monstro!

¡Empalad aquél también!

¡Quitádmelos de delante!


MADRIGAL

¡Primero que el elefante

vengo a morir!


MAMÍ

¡Perro, ven!


CRISTIANO

Yo soy el padre, sin duda,

de la Sultana, que vive.


MAMÍ

De mentiras se apercibe

el que la verdad no ayuda.

Venid, venid, embusteros,

españoles y arrogantes.


MADRIGAL

¡Oh flor de los elefantes!,

hoy hago estanco en el veros.


(Llevan MAMÍ y RUSTÁN por fuerza al PADRE de la SULTANA y a MADRIGAL; queda en el teatro el GRAN TURCO y la SULTANA, desmayada.)


TURCO

¡Sobre mis hombros vendrás,

cielo deste pobre Atlante,

en males sin semejante,

si vos en vos no volvéis!


 (Llévala.)


FIN DE LA SEGUNDA JORNADA



JORNADA TERCERA

 

Salen RUSTÁN y MAMÍ.


MAMÍ

A no volver tan presto

del grave parasismo,

la Sultana quedara

sin padre, y sin maestro el elefante.

Volvió, y a voces dijo:

«¿Qué es de mi padre? ¡Ay triste!

¿Adónde está mi padre?»,

buscándole por todo con la vista.

Sin esperar respuestas

de preguntas tardías,

el gran señor mandóme

que acudiese a quitar del palo o fuego

a los dos tarasíes,

certísimo adivino

que el más anciano era

de su querida prenda el padre amado.

Corrí, llegué, y hallélos

a tiempo que ya estaba

aguzando el verdugo

las puntas de los palos del suplicio.

El español maestro,

apenas se vio libre,

cuando, dando dos brincos,

dijo: «¡Gracias a Dios y a mi dicípulo!»;

creyendo, a lo que creo,

que le daban la vida

porque él el habla diese

que tiene prometida al elefante.

Al padre anciano truje

ante la Gran Sultana,

que con abrazos tiernos

le recibió, besándole mil veces.

Allí se dieron cuenta,

aunque en razones cortas,

de mil sucesos varios

al padre y a la hija acontecidos.

Finalmente, mandóme

el Gran Señor que hiciese

cómo en la judería

se alojase su suegro.

Ordena que le sirvan

a la cristiana usanza,

con pompa y aparato

que dé fe de su amor y su grandeza.


RUSTÁN

¡Estraño caso es éste!

Ámala tiernamente;

su voluntad se rige

por la de la cristiana.

Al gran cadí no quiso

escuchar, sospechoso

que con reprehensiones

pesadas sus intentos afearía.

Quiere de aquí a dos días

con ella y sus cautivas

holgarse en el serrallo

con bailes y con danzas cristianiscas.

Músicos he buscado,

cautivos y españoles,

que alegres solenicen

la fiesta, en el serrallo jamás vista.

¿Haré que vayan limpios

y vestidos de nuevo?


MAMÍ

Sí, pero como esclavos.


RUSTÁN

A dar lugar el tiempo, mejor fuera

que fueran como libres,

con plumas y con galas,

representando al vivo

los saraos que en España se acostumbran.


MAMÍ

No te metas en eso,

pues ves que no es posible.


RUSTÁN

Ya la Sultana tiene

un vestido español.


MAMÍ

¿Y quién le hizo?


[RUSTÁN]

Un judío le trujo

de Argel, a do llegaron

dos galeras de corso,

colmas de barcas, fuertes de despojos,

y allí compró el judío

el vestido que he dicho.


MAMÍ

Será indecencia grande

vestirse una sultana ropa ajena.


RUSTÁN

Tiene tanto deseo

de verse sin el traje

turquesco, que imagino

que de jerga y sayal se vestiría,

como el vestido fuese

cortado a lo cristiano.


MAMÍ

A mí, mas que se vista

de hojas de palmitos o lampazos.


RUSTÁN

Mamí, vete en buen hora,

porque he de hacer mil cosas.


MAMÍ

Y yo dos mil y tantas

en el servicio del señor Oviedo.


(Éntranse.)

(Salen la SULTANA y su PADRE, vestido de negro.)


PADRE

Hija, por más que me arguyas,

no puedo darme a entender

sino que has venido a ser

lo que eres por culpas tuyas;

quiero decir, por tu gusto;

que, a tenerle más cristiano,

no gozara este tirano

de gusto que es tan injusto.

¿Qué señales de cordeles

descubren tus pies y brazos?

¿Qué ataduras o qué lazos

fueron para ti crüeles?

De tu propia voluntad

te has rendido, convencida

desta licenciosa vida,

desta pompa y majestad.


SULTANA

Si yo de consentimiento

pacífico he convenido

con el deste descreído,

ministro de mi tormento,

todo el Cielo me destruya,

y, atenta a mi perdición,

se me vuelva en maldición,

padre, la bendición tuya.

Mil veces determiné

antes morir que agradalle;

mil veces, para enojalle,

sus halagos desprecié;

pero todo mi desprecio,

mis desdenes y arrogancia

fueron medio y circustancia

para tenerme en más precio.

Con mi celo le encendía,

con mi desdén le llamaba,

con mi altivez le acercaba

a mí cuando más huía.

Finalmente, por quedarme

con el nombre de cristiana,

antes que por ser sultana,

medrosa vine a entregarme.


PADRE

Has de advertir en tu mal,

y sé que lo advertirás,

que por lo menos estás,

hija, en pecado mortal.

Mira el estado que tienes,

y mira cómo te vales,

porque está lleno de males,

aunque parece de bienes.


SULTANA

Pues sabrás aconsejarme,

dime, mas es disparate:

¿será justo que me mate,

ya que no quieren matarme?

¿Tengo de morir a fuerza

de mí misma? Si no quiere

Él que viva, ¿me requiere

matarme por gusto o fuerza?


PADRE

Es la desesperación

pecado tan malo y feo,

que ninguno, según creo,

le hace comparación.

El matarse es cobardía

y es poner tasa a la mano

liberal del Soberano

Bien que nos sustenta y cría.

Esta gran verdad se ha visto

donde no puede dudarse:

que más pecó en ahorcarse

Judas que en vender a Cristo.


SULTANA

Mártir soy en el deseo,

y, aunque por agora duerma

la carne frágil y enferma

en este maldito empleo,

espero en la luz que guía

al cielo al más pecador,

que ha de dar su resplandor

en mi tiniebla algún día;

y desta cautividad,

adonde reino ofendida,

me llevará arrepentida

a la eterna libertad.


PADRE

Esperar y no temer

es lo que he de aconsejar,

pues no se puede abreviar

de Dios el sumo poder.

En su confianza atino,

y no en mal discurso pinto

deste ciego laberinto

a la salida el camino;

pero si fuera por muerte,

no la huyas, está firme.


SULTANA

Mis propósitos confirme

el cielo en mi triste suerte,

para que, poniendo el pecho

al rigor jamás pensado,

Él quede de mí pagado

y vos, padre, satisfecho.

Y voyme, porque esta tarde

tengo mucho en que entender;

que el Gran Señor quiere hacer

de mis donaires alarde.

Si os queréis hallar allí,

padre, en vuestra mano está.


PADRE

¿Cómo hallarse allí podrá

quien está perdido aquí?

Guardarás de honestidad

el decoro en tus placeres,

y haz aquello que supieres

alegre y con brevedad;

da inicios de bien criada

y bien nacida.


SULTANA

Sí haré,

puesto que sé que no s[é]

de gracias algo, ni aun nada.


PADRE

¡Téngate Dios de su mano!

¡Ve con él, prenda querida,

malcontenta y bien servida;

yo, triste y alegre en vano!

 

(Éntranse, y la SULTANA se ha de vestir a lo cristiano, lo más bizarramente que pudiere.)

(Salen los dos músicos, y MADRIGAL con ellos, como cautivos, con sus almillas coloradas, calzones de lienzo blanco, borceguíes negros, todo nuevo, con vueltas sin lechuguillas. MADRIGAL traiga unas sonajas, y los demás sus guitarras. Señálanse los músicos primero y segundo.)


[MÚSICO] 1.º

Otro es esto que estar al pie del palo,

esperando la burla que os tenía

algo de mal talante.


MADRIGAL

¡Por San Cristo,

que estaba algo mohíno! Media entena

habían preparado y puesto a punto

para ser asador de mis redaños.


[MÚSICO] 2.º

¿Quién os metió a ser sastre?


MADRIGAL

El que nos mete

agora a todos tres a ser poetas,

músicos y danzantes y bailistas:

el diablo, a lo que creo, y no otro alguno.


[MÚSICO] 1.º

A no volver en sí la Gran Sultana

tan presto, ¡cuál quedábades, bodega!


MADRIGAL

Como conejo asado, y no en parrillas.

¡Mirad este tirano!


[MÚSICO] 2.º

Hablad pasito.

¡Mala Pascua os dé Dios! ¿No se os acuerda

de aquel refrán que dicen comúnmente

que las paredes oyen?


MADRIGAL

Hablo paso,

y digo...


[MÚSICO] 1.º

¿Qué decís? No digáis nada.


MADRIGAL

Digo que el Gran Señor tiene sus ímpetus,

como otro cualquier rey de su tamaño,

y temo que a cualquiera zancadilla

que demos en la danza ha de pringarnos.


[MÚSICO] 2.º

¿Y sabéis vos danzar?


MADRIGAL

Como una mula;

pero tengo un romance correntío,

que le pienso cantar a la loquesca,

que trata ad longum todo el gran suceso

de la grande sultana Catalina.


[MÚSICO] 1.º

¿Cómo lo sabéis vos?


MADRIGAL

Su mismo padre

me lo ha contado todo ad pedem litere.


[MÚSICO] 2.º

¿Qué cantaremos más?


MADRIGAL

Mil zarabandas,

mil zambapalos lindos, mil chaconas,

y mil pésame dello, y mil folías.


MÚSICO 1.º

¿Quién las ha de bailar?


MADRIGAL

La Gran Sultana.


MÚSICO 2.º

Imposible es que sepa baile alguno,

porque de edad pequeña, según dicen,

perdió la libertad.


MADRIGAL

Mirad, Capacho,

no hay mujer española que no salga

del vientre de su madre bailadora.


MÚSICO 1.º

Ésa es razón que no la contradigo;

pero dudo en que baile la Sultana

por guardar el decoro a su persona.


MÚSICO 2.º

También danzan las reinas en saraos.


MADRIGAL

Verdad; y a solas mil desenvolturas,

guardando honestidad, hacen las damas.


MÚSICO 1.º

Si nos hubieran dado algún espacio

para poder juntarnos y acordarnos,

trazáramos quizá una danza alegre,

cantada a la manera que se usa

en las comedias que yo vi en España;

y aun Alonso Martínez, que Dios haya,

fue el primer inventor de aquestos bailes,

que entretienen y alegran juntamente,

más que entretiene un entremés [de] hambriento,

ladrón o apaleado.


MÚSICO 2.º

Verdad llana.


MADRIGAL

Desta vez nos empalan; désta vamos

a ser manjar de atunes y de tencas.


MÚSICO 1.º

Madrigal, ésa es mucha cobardía;

mentiroso adivino siempre seas.


(Entra RUSTÁN.)


RUSTÁN

Amigos, ¿estáis todos?


MADRIGAL

Todos juntos,

como nos ves, con nuestros instrumentos;

pero todos con miedo tal, que temo

que habemos de oler mal desde aquí a poco.


RUSTÁN

Limpios y bien vestidos vais, de nuevo;

no temáis, y venid, que ya os espera

el Gran Señor.


MADRIGAL

[Yo] juro a mi pecado

que voy.

¡Dios sea en mi ánima!


[MÚSICO] 2.º

No temas,

que nos haces temer sin cosa alguna,

y ayuda a los osados la Fortuna.

 

(Éntranse.)

(Sale MAMÍ a poner un estrado, con otros dos o tres garzones; tienden una alfombra turca, con cinco o seis almohadas de terciopelo de color.)


MAMÍ

Tira más desa parte, Muza, tira;

entra por los cojines tú, Arnaute;

y tú, Bairán, ten cuenta que las flores

se esparzan por do el Gran Señor pisare,

y enciende los pebetes. ¡Ea, acabemos!

 

(Hácese todo esto sin responder los garzones, y, en estando puesto el estrado, entra el GRAN TURCO, RUSTÁN y los músicos y MADRIGAL.)

  

TURCO

¿Sois español[es], por ventura?


MADRIGAL

Somos.


TURCO

¿De Aragón o andaluces?

   

MADRIGAL

Castellanos.


TURCO

¿Soldados, o oficiales?


MADRIGAL

Oficiales.


TURCO

¿Qué oficio tenéis vos?


MADRIGAL

¿Yo? Pregonero.


TURCO

Y éste, ¿qué oficio tiene?


MADRIGAL

Guitarrista:

quiero decir que tañe una guitarra

peor ochenta veces que su madre.


TURCO

¿Qué habilidad esotro tiene?


MADRIGAL

Grande:

costales cose, y sabe cortar guantes.


TURCO

¡Por cierto, los oficios son de estima!


MADRIGAL

¿Quisieras tú, señor, que el uno fuera

herrero, y maestro de hacha fuera el otro,

y el otro polvorista, o, por lo menos,

maestro de fundar artillería?


TURCO

A serlo, os estimara y regalara

sobre cuantos cautivos tengo.


MADRIGAL

Bueno;

en humo se nos fuera la esperanza

de tener libertad.


TURCO

Cuando Alá gusta,

hace cautivo aquél, y aquéste libre:

no hay al querer de Alá quien se le oponga.

Mirad si viene Catalina.


RUSTÁN

Viene,

y adonde pone la hermosa planta

un clavel o azucena se levanta.

 

(Entra la SULTANA, vestida a lo cristiano, como ya he dicho, lo más ricamente que pudiere; trae al cuello una cruz pequeña de ébano; salen con ella ZAIDA y ZELINDA, que son CLARA y LAMBERTO, y los tres garzones que pusieron el estrado.)

  

TURCO

Bien vengas, humana diosa,

con verdad, y no opinión;

más que los cielos hermosa,

centro do mi corazón

se alegra, vive y reposa;

a mis ojos más lozana

que de abril fresca mañana,

cuando, en brazos de la aurora,

pule, esmalta, borda y dora

el campo y al mundo ufana.

No es menester mudar traje

para que os rinda, contento,

todo el orbe vasallaje.


SULTANA

Tantas alabanzas siento

que me han de servir de ultraje,

pues siempre la adulación

nunca dice la razón

como en el alma se siente,

y así, cuando alaba, miente.


MADRIGAL

A un mentís, un bofetón.


[MÚSICO] 2.º

Madrigal amigo, advierte

dónde estamos; no granjees

con tu lengua nuestra muerte.


TURCO

Puede el valor que posees

sobre el cielo engrandecerte.

Ven, señora, y toma asiento,

que hoy mi alma tiene intento,

dulce fin de mis enojos,

de hacerse toda ojos

por mirarte a su contento.

 

(Siéntese el TURCO y la SULTANA en las almohadas; quedan en pie RUSTÁN y MAMÍ y los músicos.)


MAMÍ

A la puerta está el cadí.


TURCO

Ábrele, y entre, Mamí,

pues no hay negarle la entrada.

Esta visita me enfada,

y más por hacerse aquí.

Vendráme a reprehender,

a reñir y a exagerar

que tengo en mi proceder,

como altivez en mandar,

llaneza en obedecer.

Inútil reprehensor

ha de ser, porque el Amor,

cuyas hazañas alabo,

teniéndome por su esclavo

no me deja ser señor.

 

(Entra el CADÍ.)


CADÍ

¿Qué es lo que veo? ¡Ay de mí!

¡Cielo, que esto consintáis!


TURCO

¡Por vida del gran cadí,

que no me reprehendáis,

y que os sentéis junto a mí!

Porque las reprehensiones

piden lugar y ocasiones

diferentes que éstas son.


CADÍ

Enmudezca mi razón

el silencio que me pones.

Callo y siéntome.


TURCO

Ansí haced.

Vosotros, como he pedido,

a darme gusto atended;

que yo sabré, agradecido,

hacer a todos merced.


MADRIGAL

Antes de llegar al trance

del baile nunca aprendido,

oye, señor, un romance.


MÚSICO 1.º

¡Plega a Dios que este perdido

no nos pierda en este lance!


MADRIGAL

Y has de saber que es la historia

de la vida de tu gloria;

y cantaréle muy presto,

porque soy único en esto,

y lo sé bien de memoria.

«En un bajel de diez bancos,

de Málaga, y en ivierno,

se embarcó para ir a Orán

un tal Fulano de Oviedo,

hidalgo, pero no rico:

maldición del siglo nuestro,

que parece que el ser pobre

al ser hidalgo es anejo.

Su mujer y una hija suya,

niña y hermosa en estremo,

por convenirles ansí,

también con él se partieron.

El mar les aseguraba

el tiempo, por ser de enero,

sazón en que los cosarios

se recogen en sus puertos;

pero como las desgracias

navegan con todos vientos,

una les vino tan mala,

que la libertad perdieron.

Morato Arráez, que no duerme

por desvelar nuestro sueño,

en aquella travesía

alcanzó al bajel ligero;

hizo escala en Tetuán

y a la niña vendió luego

a un famoso y rico moro,

cuyo nombre es Alí Izquierdo.

La madre murió de pena;

al padre a Argel le trujeron,

adonde sus muchos años

le escusaron de ir al remo.

Cuatro años eran pasados,

cuando Morato, volviendo

a Tetuán, vio a la niña

más hermosa que el sol mismo.

Compróla de su patrón,

cuatrodoblándole el precio

que había dado por ella

a Alí, comprador primero,

el cual le dijo a Morato:

"De buena gana la vendo,

pues no la puedo hacer mora

por dádivas ni por ruegos.

Diez años tiene apenas;

mas tal discreción en ellos,

que no les hacen ventaja

los maduros de los viejos.

Es gloria de su nación

y de fortaleza ejemplo;

tanto más cuanto es más sola,

y de humilde y frágil sexo".

Con la compra el gran cosario

sobremanera contento,

se vino a Constantinopla,

creo el año de seiscientos;

presentóla al Gran Señor,

mozo entonces, el cual luego

del serrallo a los eunucos

hizo el estremado entrego.

En Zoraida el Catalina,

su dulce nombre, quisieron

trocarle; mas nunca quiso,

ni el sobrenombre de Oviedo.

Viola al fin el Gran Señor,

después de varios sucesos,

y, cual si mirara al sol,

quedó sin vida y suspenso;

ofrecióle el mayorazgo

de sus estendidos reinos,

y diole el alma en señal...»


TURCO

¡Qué gran verdad dice en esto!


MADRIGAL

«Consiéntale ser cristiana...»


CADÍ

¡Estraño consentimiento!


TURCO

Calla, amigo; no me turbes,

que estoy mis dichas oyendo.


MADRIGAL

«Cómo no la halló su padre,

contar aquí no pretendo:

que serán cuentos muy largos,

si he de abreviar este cuento;

basta que vino a buscalla

por discursos y rodeos

dignos de más larga historia

y de otra sazón y tiempo.

Hoy Catalina es Sultana,

hoy reina, hoy vive y hoy vemos

que del león otomano

pisa el indomable cuello;

hoy le rinde y avasalla,

y, con no vistos estremos,

hace bien a los cristianos.

Y esto sé deste suceso.»


MÚSICO 2.º

¡Oh repentino poeta!

El rubio señor de Delo,

de su agua de Aganipe

te dé a beber un caldero.


MÚSICO 1.º

Paladéente las musas

con jamón y vino añejo

de Rute y Ciudarreal.


MADRIGAL

Con San Martín me contento.


CADÍ

¡El diablo es este cristiano!

Yo le conozco, y sé cierto

que sabe más que Mahoma.


TURCO

Hacerles mercedes pienso.


MADRIGAL

Tú, señora, a nuestra usanza

ven, que has de ser de una danza

la primera y la postrera.


SULTANA

El gusto desa manera

del Gran Señor no se alcanza;

que, como la libertad

perdí tan niña, no sé

bailes de curiosidad.


MADRIGAL

Yo, señora, os guiaré.


SULTANA

En buen hora comenzad.


(Levántase la SULTANA a bailar, y ensáyase este baile bien.)

(Cantan los músicos:)


[MÚSICO]

A vos, hermosa española,

tan rendida el alma tengo,

que no miro por mi gusto

por mirar al gusto vuestro;

por vos ufano y gozoso

a tales estremos vengo,

que precio ser vuestro esclavo

más que mandar mil imperios;

por vos, con discurso claro,

puesto que puedo, no quiero

admitir reprehensiones

ni escuchar graves consejos;

por vos, contra mi Profeta,

que me manda en sus preceptos

que aborrezca a los cristianos,

por vos, no los aborrezco;

con vos, niña de mis ojos,

todas mis venturas veo,

y sé que, sin duda alguna,

por vos vivo y por vos muero.


(Muda el baile.)


Escuchaba la niña los dulces requiebros,

y está de su alma su gusto lejos.

Como tiene intento

de guardar su ley,

requiebros del rey

no le dan contento.

Vuelve el pensamiento

a parte mejor,

sin que torpe amor

le turbe el sosiego.

Y está de su alma su gusto lejos.

Su donaire y brío

estremos contienen

que del Turco tienen

preso el albedrío.

Arde con su frío,

su valor le asombra,

y adora su sombra,

puesto que vee cierto

que está de su alma su gusto lejos.


TURCO

Paso, bien mío, no más,

porque me llevas el alma

tras cada paso que das.

Déte el donaire la palma,

la ligereza y compás.

Alma mía, sosegad,

y si os cansáis, descansad;

y en este dichoso día

la liberal mano mía

a todos da libertad.

 

(Híncanse delante del TURCO, en diciendo esto, todos de rodillas: los cautivos, y ZAIDA y ZELINDA, los garzones y la SULTANA.)

  

SULTANA

¡Mil veces los pies te beso!


ZELINDA

¡Éste ha sido para mí

felicísimo suceso!


TURCO

Catalina, ¿estás en ti?


SULTANA

No, señor, yo lo confieso:

que con la grande alegría

de la suma cortesía

que has con nosotros usado,

tengo el sentido turbado.


TURCO

Levanta, señora mía,

que a ti no te comprehende

la merced que quise hacer;

y, si la queréis saber,

a los esclavos se estiende,

y no a ti, que eres señora

de mi alma, a quien adora

como si fueses su Alá.


ZELINDA

¡Cerróseme el cielo ya!

¡Llegó de mi fin la hora!

No sé, Clara, qué temores

de nuevo me pronostican

el fin de nuestros amores,

y que ha de ser significan

nuevo ejemplo de amadores.

Creí que la libertad

que la liberalidad

del Gran Señor prometía,

a nosotros se estendía,

mas no ha salido verdad.


ZAIDA

Calla, y mira que no des

indicio de la sospecha,

que me contarás después.


CADÍ

¿De la merced tan bien hecha

no han de gozar estos tres?


TURCO

Los dos, sí; pero éste no,

que es aquel que se ofreció

de mostrar al elefante

a hablar turquesco elegante.


MADRIGAL

¡Cuerpo de quien me parió!

¿Ahí llegamos ahora?


TURCO

Enséñele, y llegará

de su libertad la hora.


MADRIGAL

Hora menguada será,

si Andrea no la mejora.

Pondré pies en polvorosa;

tomaré de Villadiego

las calzas.


CADÍ

Es tan hermosa

Catalina, que no niego

ser su suerte venturosa.

Pero, entre estos regocijos,

atiende, hijo, a hacer hijos,

y en más de una tierra siembra.


TURCO

Catalina es bella hembra.


CADÍ

Y tus deseos prolijos.


TURCO

¿Cómo prolijos, si están

a sólo un objeto atentos?


CADÍ

Los sucesos lo dirán.


TURCO

Con todo, tus documentos

por mí en obra se pondrán.

Escucha aparte, Mamí.


MADRIGAL

Y escuche, señor cadí,

cosas que le importan mucho.


CADÍ

Ya, Madrigal, os escucho.


MADRIGAL

Pues ya hablo, y digo ansí:

que me vengan luego a ver

treinta escudos, que han de ser

para comprar al instante

un papagayo elegante

que un indio trae a vender.

De las Indias del Poniente,

el pájaro sin segundo

viene a enseñar suficiente

a la ignorante del mundo

sabia y rica y pobre gente.

Lo que dice te diré,

pues ya sabes que lo sé

por ciencia divina y alta.


CADÍ

Ve por ellos, que sin falta

en mi casa los daré.


TURCO

Mamí, mira que sea luego,

porque he de volver al punto.

Venid, yesca de mi fuego,

divino y propio trasunto

de la madre del dios ciego.

Venid vosotros, gozad

de la alegre libertad

que he concedido a los dos.


MÚSICO 2.º

¡Concédate el alto Dios

siglos de felicidad!


MADRIGAL

Dicípulo, ¿dónde hallaste

una paga tan perdida

del gran bien que en mí cobraste?

Que si me diste la vida,

la libertad me quitaste.

Desto infiero, juzgo y siento

que no hay bien sin su descuento,

ni mal que algún bien no espere,

si no es el mal del que muere

y va al eterno tormento.

 

(Vanse todos, si no es MAMÍ y RUSTÁN, que quedan.)


MAMÍ

¿Qué piensas que me quería

el Gran Sultán?


RUSTÁN

No sé cierto;

pero saberlo querría.


MAMÍ

Él tiene, y en ello acierto,

voluble la fantasía.

Quiere renovar su fuego

y volver al dulce fuego

de sus pasados placeres;

quiere ver a sus mujeres,

y no tarde, sino luego.

Cuadróle mucho el consejo

del gran cadí, que le dijo,

como astuto, sabio y viejo:

«Hijo, hasta hacer un hijo

que sembréis os aconsejo

en una y en otra tierra:

que si ésta no, aquélla encierra

alegre fertilidad».


RUSTÁN

Fundado en esa verdad,

Amurates poco yerra.

Poco agravia a la Sultana,

pues por tener heredero

cualquier agravio se allana.


MADRIGAL

Y aun es mejor, considero,

no haberle en una cristiana

de cuantas cautivas tiene.

¿Quién es ésta que aquí viene?


RUSTÁN

Dos son.


MAMÍ

Estas dos serán

las que principio darán

al alarde.


RUSTÁN

Así conviene,

que son en estremo bellas.

 

(Entran CLARA y LAMBERTO; y, como se ha dicho, son ZAIDA y ZELINDA.)

  

ZELINDA

No puedo de mis querellas

darte cuenta, que aún aquí

se están Rustán y Mamí.


ZAIDA

Pon silencio, amigo, en ellas.


MAMÍ

Cada cual de vosotras pida al cielo

que la suerte le sea favorable

en que Sultán la mire y le contente.


ZELINDA

¿Pues cómo? ¿El Gran Señor vuelve a su usanza?


RUSTÁN

Y en este punto se ha de hacer alarde

de todas sus cautivas.


ZAIDA

¿Cómo es esto?

¿Tan presto se le fue de la memoria

la singular belleza que adoraba?

El suyo no es amor, sino apetito.


RUSTÁN

Busca dónde hacer un heredero,

y sea en quien se fuere; ésta es la causa

de mostrarse inconstante en sus amores.


MAMÍ

¿Dónde pondré a Zelinda que la mire?

Que tiene parecer de ser fecunda.

¿Será bien al principio?


ZELINDA

¡Ni por pienso!

Remate sean de la hermosa lista

Zaida y Zelinda.


MAMÍ

Sean en buen hora,

pues que dello gustáis.


RUSTÁN

Mira, Zelinda:

da rostro al Gran Señor; muéstrale el vivo

varonil resplandor de tus dos soles:

quizá te escogerá, y serás dichosa

dándole el mayorazgo que desea.

Aquí será el remate de la cuenta.

Quedaos en tanto que a las otras pongo

en numerosa lista.


ZAIDA

Yo obedezco.


ZELINDA

Y yo que aquí nos pongas te agradezco.


(Vanse MAMÍ y RUSTÁN.)


ZELINDA

¡Ahora sí que es llegada

la infelicísima hora,

antes de venir, menguada!

¿Qué habemos de hacer, señora,

yo varón y tú preñada?

Que si Amurates repara

en esa tu hermosa cara,

escogeráte, sin duda;

y no hay prevención que acuda

a desventura tan clara.

Y si, por desdicha, fuese

tan desdichada mi suerte

que el Gran Señor me escogiese...


ZAIDA

Veréme en el de mi muerte,

si en ese paso te viese.


ZELINDA

¿No será bien afearnos

los rostros?


ZAIDA

Será obligarnos

a dar razón del mal hecho,

y será tan sin provecho

que ella sea en condenarnos.


ZELINDA

Mira qué prisa se dan

el renegado Mamí

y el mal cristiano Rustán.

Ya las cautivas aquí

llegan: ya todas están;

yo seguro, si las cuentas,

que hallarás más de docientas.


ZAIDA

Y todas, a lo que creo,

con diferente deseo

del nuestro, pero contentas.

¡Oh, qué de paso que pasa

por todas el Gran Señor!

A más de la mitad pasa.


ZELINDA

Clara, un helado temor

el corazón me traspasa.

¡Plegue a Dios que, antes que llegue,

el cielo a la tierra pegue

sus pies!


ZAIDA

Quizá escogerá

primero que llegue acá.


ZELINDA

Y si llegare, ¡que ciegue!

 

(Entra el GRAN TURCO, MAMÍ y RUSTÁN.)


TURCO

De cuantas quedan atrás

no me contenta ninguna.

Mamí, no me muestres más.


MAMÍ

Pues entre estas dos hay una

en quien te satisfarás.


RUSTÁN

Alzad, que aquí la vergüenza

no conviene que os convenza;

alzad el rostro las dos.


TURCO

¡Catalina, como vos,

no hay ninguna que me venza!

Mas, pues lo quiere el cadí,

y ello me conviene tanto,

ésta me trairéis, Mamí.

 

(Échale un pañizuelo el TURCO a ZELINDA y vase.)

  

RUSTÁN

¿Tú solenizas con llanto

la dicha de estotra?


ZAIDA

Sí;

porque quisiera yo ser

la que alcanzara tener

tal dicha.


MAMÍ

Zelinda, vamos.


RUSTÁN

Sola y triste te dejamos.


ZAIDA

¡Tengo envidia, y soy mujer!

 

(Vanse RUSTÁN y MAMÍ, y llevan a ZELINDA, que es LAMBERTO.)


¡Oh mi dulce amor primero!

¿Adónde vas? ¿Quién te lleva

a la más estraña prueba

que hizo amante verdadero?

Esta triste despedida

bien claro me da a entender

que, por tu sobra, ha de ser

mi falta más conocida.

¿Qué remedio habrá que cuadre

en tan grande confusión,

si eres, Lamberto, varón,

y te quieren para madre?

¡Ay de mí, que de la culpa

de nuestro justo deseo,

por ninguna suerte veo

ni remedio ni disculpa!


(Sale la SULTANA.)


SULTANA

Zaida, ¿qué has?


ZAIDA

Mi señora,

no alcanzo cómo te diga

el dolor que [en] mi alma mora:

Zelinda, aquella mi amiga

que estaba conmigo ahora,

al Gran Señor le han llevado.


SULTANA

¿Pues eso te da cuidado?

¿No va a mejorar ventura?


ZAIDA

Llévanla a la sepultura;

que es varón y desdichado.

Ambos a dos nos quisimos

desde nuestros años tiernos,

y ambos somos transilvanos,

de una patria y barrio mismo.

Cautivé yo por desgracia,

que ahora no te la cuento

porque el tiempo no se gaste

sin pensar en mi remedio;

él supo con nueva cierta

el fin de mi cautiverio,

que fue traerme al serrallo,

sepulcro de mis deseos,

y los suyos de tal suerte

le apretaron y rindieron,

que se dejó cautivar

con un discurso discreto.

Vistióse como mujer,

cuya hermosura al momento

hizo venderla al Gran Turco

sin conocerla su dueño.

Con este designio estraño

salió con su intento Alberto,

que éste es el nombre del triste

por quien muero y por quien peno.

Conocióme y conocíle,

y destos conocimientos

he quedado yo preñada;

que lo estoy, y estoy muriendo.

Mira, hermosa Catalina,

que con este nombre entiendo

que te alegras: ¿qué he de hacer

en mal de tales estremos?

Ya estará en poder del Turco

el desdichado mancebo,

enamorado atrevido,

más constante que no cuerdo;

ya me parece que escucho

que vuelve Mamí diciendo:

«Zaida, ya de tus amores

se sabe todo el suceso.

¡Dispónte a morir, traidora,

que para ti queda el fuego

encendido, y puesto el gancho

para enganchar a Lamberto!»


SULTANA

Ven conmigo, Zaida hermosa,

y ten ánima, que espero,

en la gran bondad de Dios,

salir bien de aqueste estrecho.

 

(Éntranse las dos.)

(Sale el GRAN TURCO, y trae asido del cuello a LAMBERTO, con una daga desenvainada; sale con el CADÍ y MAMÍ.)


TURCO

¡A mí el ser verdugo toca

de tan infame maldad!


ALBERTO

Tiempla la celeridad

que aun tu grandeza apoca;

déjame hablar, y dame

después la muerte que gustes.


TURCO

No podrás con tus embustes

que tu sangre no derrame.


CADÍ

Justo es escuchar al reo:

Amurates, óyele.


TURCO

Diga, que yo escucharé.


MAMÍ

Que se disculpe deseo.


ALBERTO

Siendo niña, a un varón sabio

oí decir las excelencias

y mejoras que tenía

el hombre más que la hembra;

desde allí me aficioné

a ser varón, de manera

que le pedí esta merced

al Cielo con asistencia.

Cristiana me la negó,

y mora no me la niega

Mahoma, a quien hoy gimiendo,

con lágrimas y ternezas,

con fervorosos deseos,

con votos y con promesas,

con ruegos y con suspiros

que a una roca enternecieran,

desde el serrallo hasta aquí,

en silencio y con inmensa

eficacia, le he pedido

me hiciese merced tan nueva.

Acudió a mis ruegos tiernos,

enternecido, el Profeta,

y en un instante volvióme

en fuerte varón de hembra;

y si por tales milagros

se merece alguna pena,

vuelva el Profeta por mí,

y por mi inocencia vuelva.


TURCO

¿Puede ser esto, cadí?


CADÍ

Y sin milagro, que es más.


TURCO

Ni tal vi, ni tal oí.


CADÍ

El cómo es esto sabrás,

cuando quisieres, de mí,

y la razón te dijera

ahora si no viniera

la Sultana, que allí veo.


TURCO

Y enojada, a lo que creo.


ALBERTO

¡Mi desesperar espera!

 

(Entra la SULTANA y ZAIDA.)


SULTANA

¡Cuán fácilmente y cuán presto

has hecho con esta prueba

tu tibio amor manifiesto!

¡Cuán presto el gusto te lleva

tras el que es más descompuesto!

Si es que estás arrepentido

de haberme, señor, subido

desde mi humilde bajeza

a la cumbre de tu alteza,

déjame, ponme en olvido.

Bien, cuitada, yo temía

que estas dos habían de ser

azares de mi alegría;

bien temí que había de ver

este punto y este día.

Pero, en medio de mi daño,

doy gracias al desengaño,

y, porque yo no perezca,

no ha dejado que más crezca

tu sabroso y dulce engaño.

Échalas de ti, señor,

y del serrallo al momento:

que bien merece mi amor

que me des este contento

y asegures mi temor.

Todos mis placeres fundo

en pensar no harás segundo

yerro en semejante cosa.


TURCO

Más precio verte celosa,

que mandar a todo el mundo,

si es que son los celos hijos

del Amor, según es fama,

y, cuando no son prolijos,

aumentan de amor la llama,

la gloria y los regocijos.


SULTANA

Si por dejar herederos

este y otros desafueros

haces, bien podré afirmar

que yo te los he de dar,

y que han de ser los primeros,

pues tres faltas tengo ya

de la ordinaria dolencia

que a las mujeres les da.


TURCO

¡Oh archivo do la prudencia

y la hermosura está!

Con la nueva que me has dado,

te prometo, a fe de moro

bien nacido y bien criado,

de guardarte aquel decoro

que tú, mi bien, me has guardado;

que los cielos, en razón

de no dar más ocasión

a los celos que has tenido,

a Zelinda han convertido,

como hemos visto, en varón.

Él lo dice, y es verdad,

y es milagro, y es ventura,

y es señal de su bondad.


SULTANA

Y es un caso que asegura

sin temor nuestra amistad.

Y, pues tal milagro pasa,

con Zaida a Zelinda casa,

y con lágrimas te ruego

los eches de casa luego;

no estén un punto en tu casa,

que no quiero ver visiones.


ZAIDA

En duro estrecho me pones,

que no quisiera casarme.


SULTANA

Podrá ser vengáis a darme

por esto mil bendiciones.

Hazles alguna merced,

que no los he de ver más.


TURCO

Vos, señora, se la haced.

   

RUSTÁN

¿Ha visto el mundo jamás

tal suceso?


TURCO

Disponed,

señora, a vuestro albedrío

de los dos.


SULTANA

Bajá de Xío,

Zelinda o Zelindo es ya.


TURCO

¿Cómo tan poco le da

tu gran poder, si es el mío?

Bajá de Rodas le hago,

y con esto satisfago

a su valor sin segundo.


ALBERTO

Déte sujeción el mundo,

y a ti el Cielo te dé el pago

de tus entrañas piadosas,

¡oh rosa puesta entre espinas

para gloria de las rosas!


TURCO

Tú me fuerzas, no que inclinas,

a hacer magníficas cosas;

y así quiero, en alegrías

de las ciertas profecías

que de tus partos me has dado,

que tenga el cadí cuidado

de hacer de las noches días;

infinitas luminarias

por las ventanas se pongan,

y, con invenciones varias,

mis vasallos se dispongan

a fiestas extraordinarias;

renueven de los romanos

los santos y los profanos

grandes y admirables juegos,

y también los de los griegos,

y otros, si hay más, soberanos.


CADÍ

Haráse como deseas,

y desta grande esperanza

en la posesión te veas;

y tú con honesta usanza,

cual Raquel, fecunda seas.


SULTANA

Vosotros luego en camino

os poned, que determino

no veros más, por no ver

ocasión que haya de ser

causa de otro desatino.


ALBERTO

En dándome la patente,

me veré, señora mía,

de tu alegre vista ausente,

y tu ingenio y cortesía

tendré continuo presente.


ZAIDA

Y yo, hermosa Catalina,

por sin par y por divina

tendré vuestra discreción.


TURCO

Justas alabanzas son

de su bondad peregrina.

Ven, cristiana de mis ojos,

que te quiero dar de nuevo

de mi alma los despojos.


SULTANA

Dese modo, yo me llevo

la palma destos enojos;

porque las paces que hacen

amantes desavenidos

alegran y satisfacen

sobremodo a los sentidos,

que enojados se deshacen.

 

(Éntranse todos.)

(Salen MADRIGAL y ANDREA.)


MADRIGAL

Veislos aquí, Andrea, y dichosísimo

seré si me ponéis en salvamento;

porque no hay que esperar a los diez años

de aquella elefantil cátedra mía;

más vale que los ruegos de los buenos

el salto de la mata.


ANDREA

¿No está claro?


MADRIGAL

Los treinta de oro en oro son el precio

de un papagayo indiano, único al mundo,

que no le falta sino hablar.


ANDREA

Si es mudo,

alabáisle muy bien.


MADRIGAL

¡Cadí ignorante!...


ANDREA

¿Qué decís del cadí?


MADRIGAL

Por el camino

te diré maravillas. Ven, que muero

por verme ya en Madrid hacer corrillos

de gente que pregunte: «¿Cómo es esto?

Diga, señor cautivo, por su vida:

¿es verdad que se llama la Sultana

que hoy reina en la Turquía, Catalina,

y que es cristiana, y tiene don y todo,

y que es de Oviedo el sobrenombre suyo?»

¡Oh, qué de cosas les diré! Y aun pienso,

pues tengo ya el camino medio andado,

siendo poeta, hacerme comediante

y componer la historia desta niña

sin discrepar de la verdad un punto,

representado el mismo personaje

allá que hago aquí. ¿Ya es barro, Andrea,

ver al mosqueterón tan boquiabierto,

que trague moscas, y aun avispas trague,

sin echarlo de ver, sólo por verme?

Mas él se vengará quizá poniéndome

nombres que me amohínen y fastidien.

¡Adiós, Constantinopla famosísima!

¡Pera y Permas, adiós! ¡Adiós, escala,

Chifutí y aun Guedí! ¡Adiós, hermoso

jardín de Visitax! ¡Adiós, gran templo

que de Santa Sofía sois llamado,

puesto que ya servís de gran mezquita!

¡Tarazanas, adiós, que os lleve el diablo,

porque podéis al agua cada día

echar una galera fabricada

desde la quilla al tope de la gavia,

sin que le falte cosa necesaria

a la navegación!


ANDREA

Mira que es hora,

Madrigal.


MADRIGAL

Ya lo veo, y no me quedan

sino trecientas cosas a quien darles

el dulce adiós acostumbrado mío.


ANDREA

Vamos, que tanto adiós es desvarío.

 

(Vanse.)

(Salen SALEC, el renegado, y ROBERTO (los dos primeros que comenzaron la comedia).)


SALEC

Ella, sin duda, [es], según las señas

que me ha dado Rustán, aquel eunuco

que dije ser mi amigo.


ROBERTO

No lo dudo;

que aquel volverse en hombre por milagro

fue industria de Lamberto, que es discreto.


SALEC

Vamos a la gran corte, que podría

ser que saliese ya con la patente

de gran bajá de Rodas, como dicen

que el Gran Señor le ha hecho.


ROBERTO

¡Dios lo haga!

¡Oh si los viese yo primero, y antes

que cerrase la muerte estos mis ojos!


SALEC

Vamos, y el cielo alegre tus enojos.


(Éntranse.)

(Suenan las chirimías; comienzan a poner luminarias; salen los garzones del TURCO por el tablado, corriendo con hachas y hachos encendidos, diciendo a voces: «¡Viva la gran sultana doña Catalina de Oviedo! ¡Felice parto tenga, tenga parto felice!» Salen luego RUSTÁN y MAMÍ, y dicen a los garzones:)

  

RUSTÁN

Alzad la voz, muchachos; viva a voces

la gran sultana doña Catalina,

gran sultana y cristiana, gloria y honra

de sus pequeños y cristianos años,

honor de su nación y de su patria,

a quien Dios de tal modo sus deseos

encamine, por justos y por santos,

que de su libertad y su memoria

se haga nueva y verdadera historia.

 


(Tornan las chirimías y las voces de los garzones y dase fin.)



FIN





Comedia famosa del laberinto de amor

 

 Los que hablan en ella son los siguientes:


ANASTASIO, duque.

Dos ciudadanos.

CORNELIO, criado de ANASTASIO.

EL DUQUE DE NOVARA.

UN PAJE.

UN EMBAJADOR DEL DE ROSENA.

UN EMBAJADOR DEL DE DORLÁN.

JULIA.

PORCIA.

TÁCITO.

ANDRONIO.

UN CARCELERO.

DAGOBERTO, duque [de] Utrino.

MANFREDO.

ROSAMIRA.

UN HUÉSPED.

Dos jueces.

UN VERDUGO.

TRINO, correo.





JORNADA PRIMERA

 

Salen dos ciudadanos de Novara, y el DUQUE ANASTASIO en hábito de labrador.

  

ANASTASIO

Señores, ¿es verdad lo que se suena;

que apenas treinta millas de Novara

está Manfredo, duque de Rosena?


CIUDADANO 1

Si esa verdad queréis saber más clara,

aquí un embajador del duque viene,

que bien la nueva y su llegada aclara.

En Roso y sus jardines se entretiene,

hasta que nuestro duque le dé aviso

para venir al tiempo que conviene.


ANASTASIO

¿Y es Manfredo galán?


[CIUDADANO] 2

Es un Narciso,

según que sus retratos dan la muestra,

y aun le va bien de discreción y aviso.


ANASTASIO

¿Y Rosamira, la duquesa vuestra,

pone de voluntad el yugo al cuello?


[CIUDADANO] 1

Nunca al querer del padre fue siniestra;

cuanto más, que se vee que gana en ello,

siendo el duque quien es.


ANASTASIO

Así parece;

aunque, con todo, algunos dudan dello:


[CIUDADANO] 2

Del duque es esta guarda que se ofrece,

y aquí el embajador vendrá, sin duda.


[CIUDADANO] 1

Mucho le honra el duque.


[CIUDADANO] 2

Él lo merece.

 

(Entra el DUQUE FEDERICO DE NOVARA y el EMBAJADOR DE EL DE ROSENA, con acompañamiento.)

  

DUQUE

Diréis también que a recrearse acuda.

Y que en Módena o Reza se entretenga

mientras del tiempo este rigor se muda,

para que en este espacio se prevenga

a su venida tal recebimiento,

que más de amor que de grandeza tenga;

añadiréis el singular contento

que con sus donas recibió su esposa,

y más de su llegada a salvamento.


EMBAJADOR

Tu condición, señor, tan generosa,

me obliga a que me haga lenguas todo

para decir el bien que en ti reposa;

pero, aunque no las tenga, me acomodo

a decir por extenso al señor mío

de tus grandezas el no visto modo.


[DUQUE]

Dellas no, mas de vos muy más confío.


(Entra DAGOBERTO, hijo del duque de Utrino.)


DAGOBERTO

Si no supiera, ¡oh sabio Federico!,

gran duque de Novara generoso,

que sabes bien quién soy, y que me aplico

contino al proceder más virtüoso,

juro por lo que puedo y certifico

que a este trance viniera temeroso;

mas tráeme mi bondad aquí sin miedo,

para decir lo que encubrir no puedo.

Tu honra puesta en deshonrado trance

está por quien guardarla más debiera,

haciendo della peligroso alcance

la fama, en esta parte verdadera.

Forzosa es la ocasión, forzoso el lance;

las riendas he soltado en la carrera:

imposible es parar hasta que diga

lo que una justa obligación me obliga.

Tu hija Rosamira en lazo estrecho

yace con quien pudiera declarallo,

si a la grande importancia deste hecho

tocara con la lengua publicallo.

Impide una ocasión lo que el derecho

pide, y así, es forzoso el ocultallo;

basta que esto es verdad, y que me obligo

a probar con las armas lo que digo.

Digo que en deshonrado ayuntamiento

se estrecha con un bajo caballero,

sin tener a tus canas miramiento,

ni a la ofensa de Dios, que es lo primero.

Y a probar la verdad de lo que cuento

diez días en el campo armado espero;

que ésta es la vía que el derecho halla;

do no hay testigos, suple la batalla.


DUQUE

Confuso estoy; no sé qué responderte;

considero quién eres, e imagino

que sólo la verdad pudo traerte

a cerrar de mis glorias el camino.

¿Quién dará medio a estremos de tal suerte?

Es el que acusa un príncipe de Utrino;

la acusada, mi hija; él, sabio y justo;

ella, cortada de la honra al justo.

A que te crea tu valor me incita,

puesto que la bondad de Rosamira

tiene perpleja el alma, y solicita

que no confunda a la razón la ira.

Mas, si es que en parte la sospecha quita,

o muestra la verdad o la mentira,

la confesión del reo, oílla quiero,

por ver si he de ser padre o juez severo.

Traigan a Rosamira a mi presencia,

que es bien que la verdad no se confunda:

que el reo a quien le libra su inocencia,

la avisa en gloria y en su honor redunda.


EMBAJADOR

Dame, señor, para partir licencia;

que, aunque entiendas que el príncipe se funda

en claro o en confuso testimonio,

borrado ha de Manfredo el matrimonio.

Calunia tal, o falsa o verdadera,

deshará más fundadas intenciones:

que no es prenda la honra tan ligera

que se deba traer en opiniones.

Mira si mandas otra cosa.


DUQUE

Espera;

quizá verás que sin razón te pones

a llevar a Manfredo aquesta nueva,

hasta que veas más fundada prueba.

Tráiganme aquí a mi hija.


GUARDIA

Ya son idos

por ella.


DAGOBERTO

¿Poca prueba te parece

la verdad que en mis hechos comedidos

y en mis palabras la razón ofrece?


DUQUE

Yo he visto engaños por verdad creídos.


DAGOBERTO

El que dellos se precia bien merece

que su verdad se tenga por mentira.

 

(Entra ROSAMIRA.)


GUARDIA

Ya viene mi señora Rosamira.



ROSAMIRA

¿Qué prisa es ésta, buen señor?


DUQUE

¿Qué prisa?

Dirála ahora el príncipe de Utrino.


DAGOBERTO

Diréla, y sabe Dios cuánto me pesa

el venirla a decir por tal camino.

Yo he dicho, ¡oh, hermosísima duquesa!,

lo que callarlo fuera desatino:

he dicho que, con torpe ayuntamiento,

un caballero está de ti contento;

copia de ti le haces en secreto.

Y esta prueba remítola a mi espada,

que ha de ser el testigo más perfecto

que se halle en la causa averiguada;

y esto será cuando deste aprieto

se admita tu disculpa mal fundada;

mas sabes que es tan cierta ésta tu culpa,

que no te has de atrever a dar disculpa.


DUQUE

¿Qué dices, hija? ¿Cómo no respondes?

¿Empáchate el temor, o la vergüenza?

Sin duda quieres, pues el rostro ascondes,

que tu contrario sin testigos venza.

¡Mal a quien eres hija correspondes!


DAGOBERTO

Con la verdad bien es que se convenza.


DUQUE

Culpada estáis, indicio es manifiesto

tu lengua muda, tu inclinado gesto.

¿Quién fue el traidor que te engañó, cuitada?

¿O cuál [fue el que] la honra me ha llevado?

¿O qué estrella, en mi daño conjurada,

nos ha puesto a los dos en tal estado?

¿Dó está tu condición tan recatada?

¿Adónde tu juïcio reposado?

¡Mal le tuviste con el vicio a raya!


PAJE

¡Señores, mi señora se desmaya!


(Desmáyase ROSAMIRA.)

  

DUQUE

Llévenla como está luego a esta torre,

y en ella esté en prisión dura y molesta,

hasta que alguna espada o pluma borre

la mancha que en la honra lleva puesta.


DAGOBERTO

Porque luenga probanza aquí se ahorre,

está mi mano con mi espada presta

a probar lo que [he] dicho en campo abierto.


DUQUE

Parece que admito ese concierto,

puesto que al parecer de mi consejo

tengo de remitir todo este hecho.


DAGOBERTO

Pues yo en mi espada y mi verdad lo dejo,

y en la sana intención de mi buen pecho.


EMBAJADOR

Confuso voy, atónito y perplejo,

entre el sí y entre el no mal satisfecho.

Adiós, señor, porque este estraño caso,

junto con el dolor, acucia el paso.


(Vase el EMBAJADOR.)


DUQUE

¡Parte con Dios, y lleva mi deshonra

a los oídos de mi yerno honrados,

yerno con quien pensé aumentar la honra

que tan por tierra han puesto ya mis hados!

Mostrado me has, Fortuna, que quien honra

tus altares, en humo levantados,

por premio le has de dar infamia y mengua,

pues quita cien mil honras una lengua.


(Éntrase el DUQUE, y al entrarse DAGOBERTO, le detiene ANASTASIO.)

  

ANASTASIO

Oye, señor, si no es que tu grandeza

no se suele inclinar a dar oídos

al bajo parecer de mi rudeza

y a los que amenguan rústicos vestidos.


DAGOBERTO

La gravedad de confirmada alteza

no tiene aquesos puntos admitidos:

habla cuanto te fuere de contento,

que a todo te prometo estar atento.


ANASTASIO

Por esta acusación, que a Rosamira

has puesto tan en mengua de su fama,

este rústico pecho, ardiendo en ira,

a su defensa me convida y llama;

que, ora sea verdad, ora mentira

el relatado caso que la infama,

el ser ella mujer, y amor la causa,

debieran en tu lengua poner pausa.

No te azores, escúchame: o tú solo

sabías este caso, o ya [l]a noticia

vino de más de alguno que notólo,

o por curiosidad o por malicia.

Si solo lo sabías, mal mirólo

tu discreción, pues, no siendo justicia,

pretende castigar secretas culpas,

teniendo las de amor tantas disculpas.

Si a muchos era el caso manifiesto,

dejaras que otro alguno le dijera:

que no es decente a tu valor, ni honesto,

tener para ofender lengua ligera.

Si notas de mi arenga el presupuesto,

verás que digo, o que decir quisiera,

que espadas de los príncipes, cual eres,

no ofenden, mas defienden las mujeres.

Si amaras al buen duque de Novara,

otro camino hallaras, según creo,

por donde, sin que en nada se infamara

su honra, tú cumplieras tu deseo.

Mas tengo para mí, y es cosa clara,

por mil señales que descubro y veo,

que en ese pecho tuyo alberga y lidia,

más que celo y honor, rabia y envidia.

Perdóname que hablo desta suerte,

si es que la verdad, señor, te enoja.


CIUDADANO 1

Apostad que le da el príncipe muerte.

¿No veis el labrador cómo se arroja?


DAGOBERTO

Quisiera de otro modo responderte;

mas será bien que la razón recoja

las riendas a la ira. Calla y vete,

que más paciencia mi bondad promete.


(Éntrase DAGOBERTO.)


[CIUDADANO] 2

Por Dios, que habéis hablado largamente,

y que, notando bien vuestro lenguaje,

es tanto del vestido diferente,

que uno muestra la lengua y otro el traje.


ANASTASIO

A veces un enojo hace elocuente

al de más torpe ingenio: que el coraje

levanta los espíritus caídos

y aun hace a los cobardes atrevidos.

En fin, ¿éste es el príncipe de Utrino,

digo, el hijo heredero del Estado?

   

CIUDADANO 1

Él es.


ANASTASIO

Pues ¿cómo aquí a Novara vino?


[CIUDADANO] 2

Dicen que del amor blando forzado.


ANASTASIO

¿Y a quién daba su alma?



[CIUDADANO] 2

Yo imagino,

si no es que el vulgo en esto se ha engañado,

que Rosamira le tenía rendido;

pero ya lo contrario ha parecido.


ANASTASIO

Si eso dijo la fama, cosa es clara,

y no van mal fundados mis recelos,

visto que en su deshonra no repara,

que esta su acusación nace de celos.

¡Oh infernal calentura, que a la cara

sale, y aun a la boca! ¡Oh santos cielos!

¡Oh amor! ¡Oh confusión jamás oída!

¡Oh vida muerta! ¡Oh libertad rendida!


(Éntrase ANASTASIO.)


[CIUDADANO] 1

So aquel sayal hay al, sin duda alguna:

o yo sé poco, o no sois vos villano.


[CIUDADANO] 2

Mudan los trajes trances de fortuna,

y encubren lo que está más claro y llano.

No sé yo si debajo de la luna

se ha visto lo que hemos visto. ¡Oh mundo insano,

cómo tus glorias son perecederas,

pues vendes burlas, pregonando veras!

 

(Éntranse.)

(Salen JULIA y PORCIA en hábito de pastorcillos, con pellicos.)


JULIA

Porcia amiga...


PORCIA

¡Bueno es eso!

Rutilio me has de llamar,

si es que quieres escusar

un desastrado suceso.

Yo no sé cómo te olvidas

de nuestros nombres trocados.


JULIA

Suspéndenme los cuidados

de nuestras trocadas vidas;

y no es bien que así te asombre

ver mi memoria perdida:

que, quien de su ser se olvida,

no es mucho olvide su nombre.

Rutilio amigo, ¡ay de mí!,

que arrepentida me veo,

muerta a manos de un deseo

a quien yo la vida di.

Mientras más, Rutil[i]o, voy

considerando lo hecho,

más temor nace en mi pecho,

más arrepentida estoy.


PORCIA

Eso, amigo, es lo peor

que yo veo en tus dolores:

que adonde sobran temores,

hay siempre falta de amor.

Si el amor en ti se enfría,

cuesta se te hará la palma,

grave tormenta la calma,

noche obscura el claro día.

Ama más, y verás luego

esparcirse los nublados,

todos tus males trocados

en dulce paz y sosiego.

Pero, quieras o no quieras,

ya estás puesta en la batalla,

y tienes de atropellalla,

sea de burlas, sea de veras.

Ya en el ciego laberinto

te metió el amor crüel;

ya no puedes salir dél

por industria ni distinto.

El hilo de la razón

no hace al caso que prevengas;

todo el toque está en que tengas

un gallardo corazón,

no para entrar en peleas,

que en ellas no es bien te pongas,

sino con que te dispongas

a alcanzar lo que deseas,

cuéstete lo que costare:

que si tu deseo alcanzas,

no hay cumplidas esperanzas

en quien el gusto repare.

Muestra ser varón en todo,

no te descuides acaso,

algo más alarga el paso,

y huella de aqueste modo;

a la voz da más aliento,

no salga tan delicada;

no estés encogida en nada,

espárcete en tu contento;

y, si fuere menester

disparar un arcabuz,

¡juro a Dios y a ésta que es cruz,

que lo tenéis de hacer!


JULIA

¡Jesús! ¿Quieres que me asombre,

Rutilio, en verte jurar?


PORCIA

¿Con qué podré yo mostrar

más fácilmente ser hombre?

Un voto de cuando en cuando,

es gran cosa, por mi fe.


JULIA

Yo, amiga, jurar no sé.


PORCIA

Iráte el tiempo enseñando.


JULIA

¿Sabes, Porcia, lo que temo?

¡Ay, que el nombre se me olvida!


PORCIA

¡Juro a Dios que estás perdida!


JULIA

Ya aqueso pasa de estremo.

No jures más; si no, a fe,

que te deje y que me vaya.


PORCIA

Tanto melindre mal haya.


JULIA

Pues, ¿por qué?


PORCIA

Yo me lo sé.


JULIA

En cólera me deshago

en verte jurar por Dios.


PORCIA

Pues también soy como vos

medrosa, y a todo hago;

y no os llevo tantos años,

que ellos puedan enseñarme

la experiencia de librarme

de no conocidos daños.

Avisad y tened brío;

y, pues ya estamos en esto,

echad del ánimo el resto,

que yo estaré con el mío.


JULIA

Porcia amiga, ello es así.

¡Ay, que el nombre se olvidó!


PORCIA

¡Mal haya quien me parió!

Di Rutilio, ¡pesia a mí!


JULIA

No te enojes, que yo juro

de no olvidarme jamás.


PORCIA

Cuando jures, jura más

y estarás muy más seguro.


JULIA

Témome destos pellicos

que nos han de descubrir.

   

PORCIA

Yo lo he querido decir:

que es malo que sean tan ricos.


JULIA

No va en esto, sino en ser

conocidos.


PORCIA

Pues ¿en qué?


JULIA

¿No ves que yo los mandé

de aqueste modo hacer

para la farsa o comedia

que querían mis doncellas

hacer?


PORCIA

Haráse sin ellas;

mas quizá será tragedia.


JULIA

Y no los echaron menos

cuando nosotras faltamos.

Por esto en peligro estamos,

y no por ser ellos buenos.


PORCIA

Como a Módena lleguemos,

mudaremos este traje.


JULIA

Yo me vestiré de paje.


PORCIA

Entrambos nos vestiremos.


JULIA

Témome que está en Novara

mi hermano.


PORCIA

¡Pluguiese al cielo!


JULIA

Pues a fe que lo recelo;

mas, sin duda, es cosa clara

que él de Rosamira está

en estremo enamorado

y sírvela disfrazado.


PORCIA

Eso importa poco ya;

que, en llegando el de Rosena,

Celia se casa con él.

Podrá tu hermano fïel

morir, o dejar su pena.


JULIA

¡Qué corta es nuestra ventura!

Tú enamorada de quien

tiene a otra por su bien;

yo, de quien mi mal procura,

de quien se casa mañana.

Y la fortuna molesta

nos lleva a morir la fiesta

de nuestra muerte temprana.

¡Qué de imposibles se oponen

a nuestros buenos deseos!

¡Qué miedos, qué devaneos

nuestra intención descomponen!

¡Ay Rutilio, y cuán en vano

ha de ser nuestra venida!


PORCIA

Mientras esté con la vida,

pienso que en ventura gano.

Confía y no desesperes,

que puesto en plática está

que el diablo no acabará

lo que no acaban mujeres.


[JULIA]

Escucha, que gente suena;

cazadores son; escucha:

gente viene, y gente mucha.


PORCIA

No te dé ninguna pena;

saludarlos y pasar,

sin ponernos en razones.


(Entran dos cazadores.)


CAZADOR 1

¿Tomó dos esmerejones?


CAZADOR 2

Sí.


[CAZADOR] 1

No hay más que desear.

¿Y el duque, quédase atrás?


[CAZADOR] 2

No; que veisle aquí a do viene.


[CAZADOR] 1

Mucho en Rezo se detiene.


[CAZADOR] 2

Sabed que no puede más.

Y hoy vendrá su embajador,

y sabrá lo que ha de hacer.


PORCIA

Camilo, aquí es menester

ingenio, esfuerzo y valor,

que el de Rosena es aquél

que allí viene, según creo.


JULIA

¡Amor, ayuda al deseo,

pues que me pusiste en él!

 

(Sale el DUQUE DE ROSENA, de caza.)

  

MANFREDO

¿La garza no parece?

   

[CAZADOR] 1

Ayer se descubrió en esta laguna

que a la vista se ofrece.


MANFREDO

Pues un pastor me ha dicho que ninguna

se ha visto en estos llanos.


[CAZADOR] 2

Pues de dos me dijeron dos villanos.


MANFREDO

Dése a Rezo la vuelta;

que, aunque no es tarde, va creciendo el viento,

y aquella nube suelta

señala injuria de turbión violento.

¡Oh, qué bellos zagales!

Mancebos, ¿sois de Rezo naturales?


JULIA

En Pavía nacimos.


MANFREDO

Pues, ¿dónde vais agora?


JULIA

Hacia Novara,

no más de porque oímos

que el duque Federico allí prepara

una fiesta que admira,

porque casa a su hija Rosamira

con un señor llamado

Manfredo, que es gran duque de Rosena.


MANFREDO

Verdad os han contado.


PORCIA

Pues a la fama que será tan buena

la fiesta y boda vamos,

y a nuestro padre en cólera dejamos.


MANFREDO

¿Y adónde queda el ganado?


PORCIA

Imagino que perdido.


MANFREDO

¡Mucho atrevimiento ha sido!


JULIA

A más obliga un cuidado.


MANFREDO

¿Úsanse aquestos pellicos

ahora entre los pastores?


PORCIA

También muestran sus primores

los villanos, si son ricos.


MANFREDO

¿Y lleváis bien que gastar?


JULIA

Un tesoro de paciencia.


MANFREDO

¿Encargaréis la conciencia

si le acabáis de acabar?


PORCIA

Tal puede ser el suceso

que se acabe el sufrimiento.


MANFREDO

¡Por Dios, que me dais contento!


JULIA

Ya nos viéramos en eso.


MANFREDO

¿Cómo os llamáis?


JULIA

Yo, Camilo.


PORCIA

Y yo, Rutilio.


MANFREDO

En verdad

que parecen de ciudad

vuestros nombres y el estilo,

y que en ellos, y aun en él,

poco es, mentís villanía.


PORCIA

Como hay estudio en Pavía,

algo se nos pega dél.


JULIA

Díganos, señor: ¿qué millas

desde aquí a Novara habrá?


MANFREDO

Treinta a lo más que creo está.


CAZADOR 2

Y dos más; son angostillas.


MANFREDO

Conmigo os iréis, si os place,

que yo ese camino hago.


JULIA

Yo, por mí, me satisfago.


PORCIA

Pues a mí no me desplace.

Pero advierta que los dos

vamos poco a poco a pie.

   

MANFREDO

Bien está: que yo os daré

en que vais.


PORCIA Págueoslo Dios;

que bien parecéis honrado,

noble y rico y principal.


[CAZADOR] 1

Y aun vosotros, de caudal

mayor del que habéis mostrado;

si no, dígalo el lenguaje,

y el uno y otro pellico.


[CAZADOR] 2

Es en Pavía muy rico

casi todo el villanaje,

y éstos hijos deben ser

de algún rico ganadero.


MANFREDO

A Rezo volverme quiero;

bien os podéis recoger.

 

(Entra UNO.)


UNO

Tu embajador ha llegado.


MANFREDO

¿Mompesir?


UNO

Sí, mi señor.


MANFREDO

Esperadme, por mi amor,

que luego vuelvo.


PORCIA

Haz tu grado.


(Éntranse todos, si no es PORCIA y JULIA, que quedan.)

  

JULIA

Rutilio, ¿qué te parece?


PORCIA

Camilo amigo, que estás

en punto donde verás

que es bueno el que se te ofrece.

La Fortuna te ha traído

a poder del duque; advierte

que un principio de tal suerte

un buen fin tiene escondido.


JULIA

¿Parécete que le diga

quién soy por un modo honesto?


PORCIA

No te descubras tan presto.


JULIA

Pues ¿cómo quies que prosiga?


PORCIA

El tiempo vendrá a avisarte

de aquello que has de hacer.


JULIA

Mi mal no puede tener

en parte del tiempo parte.

Si no estará el duque apenas

tres días sin que se case,

¿cómo dejaré que pase

el tiempo, como me ordenas?


PORCIA

Un caso tan grave y tal,

con prisa mal se resuelve.

Silencio, que el duque vuelve;

el semblante trae mortal.


(Vuelve a entrar el DUQUE y el EMBAJADOR que entró primero, y los dos cazadores.)

 

EMBAJADOR

Digo, señor, que el príncipe de Utrino,

Dagoberto, heredero del Estado,

en mi presencia y la del duque vino,

y allí propuso lo que te he contado.

No con la triste nueva perdió el tino

el padre; padre no, mas recatado

jüez, pues, como tal, mandó traella,

y el príncipe afirmó su culpa ante ella.

Rosamira la oyó, y en su defensa

mover no pudo, o nunca quiso, el labio;

por esto el duque que es culpada piensa,

pues no responde a tan notable agravio.

El caso ponderó, y al fin dispensa,

en todo procediendo como sabio,

que, mientras se vee el caso, la duquesa

en una torre esté encerrada y presa.

Dagoberto se ofrece con su espada

a probar en el campo lo que dice.

Yo, viendo a Rosamira así acusada,

tus bodas al instante las deshice.

Esto resulta, en fin, de mi embajada;

mira, señor, si bien o si mal hice:

que el duque, ya rendido a su fortuna,

no quiso responderte cosa alguna.


MANFREDO

¡Válame Dios, qué miserable caso!

¿Dónde fabricas, mundo, estos vaivenes?

¿Daslos con luenga prevención o acaso?

¿O por qué antes de dallos no previenes?


CAZADOR 1

Señor, con largo y con ligero paso,

cubierto de las plantas a las sienes

de luto, un caballero veo que asoma

por el verde recuesto desta loma.


MANFREDO

Y aun me parece que hacia aquí endereza

la rienda, y del caballo ya se apea.

¡Qué bien con la color de mi tristeza

viene el que trae aquéste por librea!

¿Quién podrá ser?


[CAZADOR] 2

La espada se adereza.


EMBAJADOR

Descolorido llega.


MANFREDO

Y mal criado.

 

(Entra un EMBAJADOR del DUQUE DE DORLÁN, vestido de luto.)

  

DORLÁN

¡Gracias a Dios, Manfredo, que [te] he hallado!

Quien viene a lo que yo, Manfredo, vengo,

no le conviene usar de más crianza:

que sólo en las razones me prevengo

que estarán en la lengua o en la lanza.

La antigua ley de embajador mantengo:

escúchame, y responde sin tardanza,

que a ti el gran duque de Dorlán me envía

y a guerra a sangre y fuego desafía.

Dice, y esto es verdad, que habiendo dado

a tu corte en la suya alojamiento,

y habiéndote en su casa agasajado,

viniendo a efetuar tu casamiento,

como el troyano huésped, olvidado

del hospedaje, con lascivo intento

su hija le robaste y su sobrina:

traición no de tu fama y nombre digna.

Por esto, si a su intento no te ajustas,

y a la ley no respondes de hidalguïa,

de poder a poder, o, si más gustas,

de persona a persona, desafía.


PORCIA

Nuestras [s]andeces causan estas justas.

¿Haslo notado bien? Di, Julia mía.


JULIA

Calla, y entre estos árboles te esconde;

veremos lo que el duque le responde.


DORLÁN

Y tanto a la venganza está dispuesto

de aqueste agravio y malicioso hecho,

que deste paño de color funesto

que se vista su gente toda ha hecho,

en tanto, o ya sea tarde, o ya sea presto,

que, a desprecio y pesar de tu despecho,

castiga la insolencia deste ultraje,

transgresor de la ley del hospedaje.

Éste es el fin de mi embajada; mira

si quieres responderme alguna cosa.


MANFREDO

Reprima mi inocencia en mí la ira

que alborota tu lengua licenciosa;

yo no sé qué responda a esa mentira;

sólo sé que Fortuna, mentirosa,

debe o quiere probar con su insolencia

los quilates que tiene mi paciencia.

Diréisle al duque que ante él mismo apelo

de aquesta acusación vana que ha hecho,

porque, por la Deidad que rige el cielo,

que jamás tal traición cupo en mi pecho.

Leal pisé de su palacio el suelo,

leal salí, guardando aquel derecho

que al hospedaje amigo se debía

y a la ley que profeso de hidalguía.

Ni vi a su hija, ni jamás la he visto,

ni la intención de mi camino era

hacerme con mis huéspedes malquisto,

aunque el lascivo gusto lo pidiera;

que entonces con mayor fuerza resisto,

cuando la torpe inclinación ligera

con más regalo acude al pensamiento,

estando al ser quien soy contino atento.

Ni acepto el desafío, ni desecho;

sólo lo que pretendo es dilatallo

hasta que el duque esté más satisfecho

y la misma verdad venga a estorballo.

Y cuando esto no fuese de provecho,

y el engaño prosiga en engañallo,

para entonces acepto el desafío,

ajustando a su gusto el gusto mío.

Esto doy por respuesta y no otra cosa;

mirad si a Rejo queréis ir conmigo.


DORLÁN

Es el camino largo, y presurosa

la gana de volver al suelo amigo.

¡A Dios quedad!

 

[Vase.]

  

MANFREDO

Fortuna rigurosa,

¿qué es esto? ¿Quién soy yo, o qué pasos sigo

tan malos, que se estrema así tu furia

en hacerme una injuria y otra injuria?

¡Infamada mi esposa, y yo infamado,

y por lo menos de traición! ¿Qué es esto?

¡En tan triste sazón me tiene puesto!


EMBAJADOR

Señor, si en nada desto estás culpado,

no es bien que te congoje nada desto:

tu esposa aún no era tuya: estotra culpa

en tu pura verdad tiene disculpa.


MANFREDO

No me aconsejes ni me des consuelo,

y a Rosena mi gente luego vuelva;

que este rigor con que me trata el Cielo

quiere que en éste sólo me resuelva.


EMBAJADOR

Aunque con vengativo, airado celo,

su fuerza el hado contra ti resuelva,

yo no le he de dejar.


MANFREDO

Escucha un poco:

quizá dirás de veras que estoy loco.


PORCIA

¿Qué hemos de hacer, Camilo?


JULIA

¿No está claro?

Seguir del duque las pisadas todas.


PORCIA

¿Con qué ocasión?


JULIA

En eso no reparo.


PORCIA

¿No ves que se han deshecho ya las bodas?


JULIA

Ventura ha sido mía.


MANFREDO

No me aclaro

más por agora.


EMBAJADOR

En fin, ¿que te acomodas

a ir desa manera?


MANFREDO

Ten a punto

los vestidos que digo.


EMBAJADOR

Harélo al punto.


[MANFREDO]

Y no quede ninguno de los míos.

Y en esto no me hagas más instancia,

que la mudable rueda en desvaríos

tiene encerrada a veces la ganancia.

Y estos dos pastorcillos, que en sus bríos

muestran más sencillez que no arrogancia,

si dello gustan, quedarán conmigo.


PORCIA

¿Entendístele?


JULIA

¡Y cómo, oh cielo amigo!

Señor, si es que la ida de Novara,

según que hemos oído, se te impide,

volver queremos a la patria clara,

si otra cosa tu gusto no nos pide.


MANFREDO

Puesto que la fortuna y suerte avara

su querer con el mío jamás mide,

por esta vez entiendo que me ha dado

en los dos lo que pide mi cuidado.

Quedaos conmigo, que a Novara iremos,

donde, puesto que fiestas no veamos,

quizá cosas más raras hallaremos,

con que el sentido y vista entretengamos.


PORCIA

Por tuyos desde aquí nos ofrecemos:

que bien se nos trasluce que ganamos

en servirte, señor, cuanto es posible.


MANFREDO

Haz lo que he dicho.


EMBAJADOR

¡Oh, caso no creíble!


(Éntranse todos, y sale ANASTASIO y CORNELIO, su criado.)

  

ANASTASIO

Poco me alegra el campo ni las flores.


CORNELIO

Ni a mí tus sinsabores me contentan;

porque es cierto que afrentan los amores

que en tan bajos primores se sustentan,

y en mil partes nos cuentan mil autores

cien mil varios dolores que atormentan

al miserable amante no entendido,

poco premiado y menos conocido.


ANASTASIO

Ya te he dicho, Cornelio, que te dejes

de darme esos consejos escusados,

y nunca a los amantes aconsejes

cuando tienen por gloria sus cuidados;

que es como quien predica a los herejes,

en sus vanos errores obstinados.


CORNELIO

Muy bien te has comparado. Advierte y mira

que ya no es Rosamira Rosamira:

las trenzas de oro y la espaciosa frente,

las cejas y sus arcos celestiales,

el uno y otro sol resplandeciente,

las hileras de perlas orientales,

la bella aurora que del nuevo oriente

sale de las mejillas, los corales

de los hermosos labios, todo es feo,

si a quien lo tiene infama infame empleo.

La buena fama es parte de belleza,

y la virtud, perfecta hermosura;

que, a do suele faltar naturaleza,

suple con gran ventaja la cordura;

y, entre personas de subida alteza,

amor hermoso a secas es locura.

En fin, quiero decir que no es hermosa,

siéndolo, la mujer no virtuosa.

Rosamira, en prisión; la causa, infame;

tú, disfrazado y muerto por libralla,

ignoras la verdad; ¿y quiés que llame

justa la pretensión desta batalla?


ANASTASIO

Tu sangre harás, Cornelio, que derrame,

pues procuras la mía así alteralla

con tus razones vanas y estudiadas,

y entre libres discursos fabricadas.

Vete; déjame y calla; si no, ¡juro...!


CORNELIO

Yo callaré; no jures, sino advierte

que gente viene alrededor del muro,

y temo, al fin, que habrán de acometerte.


ANASTASIO

Desto puedes estar muy bien seguro,

que en la ciudad he estado desta suerte

seis días hace hoy, y estaré ciento:

que salió este disfraz a mi contento.


(Entran TÁCITO y ANDRONIO, estudiantes capigorristas.)


ANDRONIO

Deja los libros, Tácito;

digo, deja el tomar de coro agora,

y, a nuestro beneplácito,

gozando el fresco de la fresca aurora,

por aquí nos andemos.


TÁCITO

¡Por Dios, que es buen encuentro el que tenemos!

Villano es el morlaco.

¿Quieres que le tentemos las corazas,

y veremos si es maco?


ANDRONIO

Siempre en las burlas, Tácito, que trazas

salimos mal medrados.

Talle tienen los mozos de avisados.


TÁCITO

Por esta vez, probemos:

que si el pacho consiente bernardinas,

el tiempo entretendremos.


ANDRONIO

¡Con qué facilidad te determinas

a hacer bellaquerías!


CORNELIO

Hacia nosotros vienen.


TÁCITO

No te rías.

Díganos, gentilhombre,

así la diosa de la verecundia

reciproque su nombre,

y el blanco pecho de tremante enjundia

soborne en confornino:

¿adónde va, si sabe, este camino?


ANASTASIO

Mancebo, soy de lejos,

y no sé responder a esa pregunta.


TÁCITO

Dígame: ¿son reflejos

los marcurcios que asoman por la punta

de aquel monte, compadre?


CORNELIO

¡Bellaco sois, por vida de mi madre!

¿Bernardinas a horma?

Yo apostaré que el duque no le entiende.


ANASTASIO

Habláisme de tal suerte,

que no sé responderos.


TÁCITO

Pues atienda,

gamicivo, y está atento.


CORNELIO

¡Qué donaire y qué gracioso acento!


TÁCITO

Digo que ¿si mi paso

tiendo por los barrancos deste llano,

si podrá hacer al caso?


ANASTASIO

Digo que no os entiendo, amigo hermano.


TÁCITO

Pues bien claro se aclara,

que es clara, si no es turbia, el agua clara.

Quiero decir que el tronto,

por do su curso lleva al horizonte,

está a caballo, y prompto

a propagar la cima de aquel monte.


ANASTASIO

¡Ya, ya; ya estoy en ello!


TÁCITO

Pues ¿qué quiero decir, gozmio, camello?


ANASTASIO

Que son bellacos grandes

los mancebitos de primer tonsura.


TÁCITO

Tontón, no te desmandes,

que llevarás del sueño la soltura.


CORNELIO

Mi señor estudiante,

mire no haga que le asiente el guante.


ANASTASIO

Confieso que al principio

yo no entendí la flor de los mancebos.


ANDRONIO

Arena, cal y ripio

trago, mi señorazo papahuevos.


CORNELIO

Su flor se ha descubierto.


TÁCITO

Pues zarpo déste y voyme a mejor puerto.


CORNELIO

No se vayan, que asoman

otros dos de su traza y compostura,

y este camino toman.

También son éstos de primer tonsura,

y, a lo que yo imagino,

de aquí no son, y vienen de camino.

 

(Entran JULIA y PORCIA, como estudiantes de camino.)

  

PORCIA

Querría que no errásemos

en lo que el duque nos mandó, Camilo,

y es que aquí le esperásemos.


JULIA

¿Entendístelo bien?


PORCIA

Bien entendílo.

   

ANDRONIO

Argumentando vienen.

Lleguémonos, si acaso se detienen,

y déjennos con ellos;

gustarán de la burla.


CORNELIO

Que nos place.


ANASTASIO

Yo no estoy para vellos:

que mal la alegre burla satisface

al alma que no alcanza

a ver, si no es burlada, su esperanza.

 

(Éntranse ANASTASIO y CORNELIO.)


JULIA

En esta tierra asiste,

en disfrazado traje, aquel mi hermano

a quien tú adoras triste.

Si me encuentra y conoce...


PORCIA

Es temor vano;

que en tal traje nos vemos,

que a la misma verdad engañaremos.

A mí una vez me ha visto,

y ésa de noche.


JULIA

A mí, casi ninguna.

Mal al temor resisto;

estudiantes son éstos.


TÁCITO

La fortuna

mi atrevimiento ayude;

si en trabajo me viere, Andronio, acude.

¿Son estudiantes, señores?


PORCIA

Sí, señor, y forasteros.


TÁCITO

¿Pacacios, o caballeros?


JULIA

No somos de los peores.


TÁCITO

¿Y qué han oído?


PORCIA

Desgracias.


JULIA

Y en ellas somos maestros.


ANDRONIO

Por mi vida, que son diestros

y que saben decir gracias.

Pues háganme este latín,

ansí Dios les dé salud:

«Yo soy falto de virtud,

tan bellaco como ruin».


PORCIA

No venimos dese espacio.


ANDRONIO

No se deben de escusar,

si es que nos quieren mostrar

que son hombres de palacio.


JULIA

Ni aun de nada somos hombres.


ANDRONIO

Pues, ya que se escusan desto,

dígannos, y luego, y presto

de dónde son, y sus nombres,

qué estudian, la edad que tienen,

si es rico o pobre su padre,

la estatura de su madre,

dónde van y de a dó vienen.

¡Turbados están! ¡Apriesa,

respondan, que tardan mucho!


PORCIA

Con gran paciencia te escucho,

mancebito de traviesa.

Váyase y déjenos ir,

y serále muy más sano.


ANDRONIO

¡Jesús, qué mal cortesano!

¿Tal se ha dejado decir?


JULIA

Es tarde, y hay que hacer,

y servimos, y tardamos.


TÁCITO

Ténganse, que aquí cobramos

la alcabala del saber;

porque cuando el sacrilegio

a Mahoma se entregó,

esta autoridad nos dio

nuestro famoso colegio.

¡Miren si voy arguyendo

con razones circunflejas!


PORCIA

Atruénasme las orejas,

mancebito, y no te entiendo.


TÁCITO

Andronio.


ANDRONIO

Ya estoy al cabo.

 

(Pónese ANDRONIO detrás de JULIA para hacerla caer; pero no la ha de derribar.)


TÁCITO

Volviendo a nuestro comienzo,

el asado San Lorenzo,

cuyas virtudes alabo,

en sus Cuntiloquios dice...


JULIA

¡Ésta es gran bellaquería,

y juro por vida mía...!


TÁCITO

Y dirán que yo lo hice.


JULIA

Pero aquí viene nuestro amo,

y mala ventura os mando.


TÁCITO

Signori, me recomendo,

y a la corona me llamo.

Y a revederci altra volta,

dove finitemo el resto,

or non piu, & visogna presto

fugiré de qui si ascolta.

 

(Éntrase TÁCITO y ANDRONIO.)

(Entra MANFREDO, como estudiante, de camino.)

  

MANFREDO

Rutilio y Camilo, pues,

¿he, por ventura, tardado?


PORCIA

Más de un hora hemos estado

esperando, como ves;

y aun nos han dado mal rato

dos bonitos estudiantes,

que tienen más de chocantes,

que no de letras su trato.

Pero ¿en qué te has detenido

tanto tiempo?


MANFREDO

Fui escuchando

dos que iban razonando

deste caso sucedido.

Y apostaré que estos dos

que vienen tratan también

deste hecho. Escucha bien

si acierto, así os guarde Dios.


JULIA

¿De qué sirve el escuchar,

pues podemos preguntallo?

 

(Entran los dos ciudadanos que entraron al principio.)

  

CIUDADANO 1

Por mil conjeturas hallo

que ella habrá de peligrar.


[CIUDADANO] 2

En fin: que no se disculpa.


[CIUDADANO] 1

¡Ésa es una cosa estraña!


[CIUDADANO] 2

El pensamiento me engaña,

o ella no tiene culpa.


MANFREDO

Mis señores, ¿qué se suena

del caso de la duquesa?


[CIUDADANO] 1

Que se está todavía presa,

y el silencio la condena.


MANFREDO

¿Quién la acusa?


[CIUDADANO] 2

Dagoberto.


MANFREDO

¿Da testigos?


[CIUDADANO] 2

Ni aun indicio.


MANFREDO

Cierto que no es ése oficio

de caballero.


[CIUDADANO] 1

No, cierto.


MANFREDO

¿Y su padre?


[CIUDADANO] 1

¿Qué ha de hacer?

Sólo ha hecho pregonar

que a quien la acierte a librar

se la dará por mujer,

como sea caballero

el que se oponga a la empresa.


MANFREDO

¿Y que calla la duquesa?


[CIUDADANO] 2

Como si fuese un madero.


MANFREDO

¿Y del duque que se suena

que había de ser su esposo?


[CIUDADANO] 1

Que, en sabiendo el caso astroso,

dio la vuelta hacia Rosena.

Y aun otras nuevas nos dan,

ni sé si es verdad o no:

que, estando en Dorlán, sacó

una hija al de Dorlán,

y también a una parienta,

del mismo duque sobrina,

y que el duque determina

vengarse de aquesta afrenta.

Y que se tiene por cierto

que la sacó el de Rosena.


[CIUDADANO] 2

Hasta agora, ansí se suena;

ni sé si es cierto o incierto.


MANFREDO

Y, si como eso es mentira,

como me doy a entender,

podrá ser que venga a ser

bien mismo de Rosamira:

que sé que el duque es muy bueno,

y que traición ni ruindad,

si no es razón y bondad,

jamás albergó en su seno.


[CIUDADANO] 1

¿Sois acaso milanés?

Porque de sello dais muestra.


MANFREDO

Aunque la lengua lo muestra,

no soy sino boloniés;

mas he estudiado en Pavía,

y algo la lengua he tomado.


[CIUDADANO] 2

¿Y qué es lo que se ha estudiado?


MANFREDO

Humanidad.


[CIUDADANO] 1

Sí haría:

que todos los de su edad

eso es lo que estudian más.


MANFREDO

Sin estudiarla, jamás

se aprende esta facultad.


[CIUDADANO] 1

¿Y a qué venís a Novara?


MANFREDO

A ver la boda venía.


[CIUDADANO] 2

No quiso en tanta alegría

ponernos la suerte avara;

y en lugar della, podréis

ver, si gustáis, la batalla.


MANFREDO

Si no hay quien salga a tomalla.


[CIUDADANO] 1

Poco tiempo os detendréis:

que no quedan más de seis

días para el plazo puesto.


MANFREDO

De quedarme estoy dispuesto.


[CIUDADANO] 1

Sin duda, lo acertaréis.

Y ¡adiós!


MANFREDO

Con él vais los dos.


[CIUDADANO] 2

¿Luego aquí os queréis quedar?


MANFREDO

Sí; porque aquí he de aguardar

a un amigo.


[CIUDADANO] 2

Pues, ¡adiós!


MANFREDO

Yo no sé en qué se confía

mi dudosa voluntad,

y, si no es curiosidad,

¿qué locura es ésta mía?

Creo que [a] darme deshonra,

ingrato amor, te dispones,

pues cuando está en opiniones

la honra, no hay tener honra.


(Éntrase JULIA, PORCIA y MANFREDO.)

(Sale el DUQUE FEDERICO y el CARCELERO que tiene a la DUQUESA ROSAMIRA.)


DUQUE

¿Cómo está la duquesa?


CARCELERO

Negro luto

cubre su faz, y, sola en su aposento,

al suelo da de lágrimas tributo

con doloroso, amargo sentimiento.


DUQUE

¡Oh bien hermoso y mal nacido fruto,

marchito en la sazón de más contento,

y cómo al mejor tiempo me has burlado,

quedando en mis designios defraudado!

¿Y que no se disculpa?


CARCELERO

Ni por pienso.


DUQUE

¿De quién se queja?


CARCELERO

De su corta suerte.


[DUQUE]

En breve tiempo de su vida el censo

dará a una infame, inevitable muerte.


CARCELERO

¿Sabes, señor, lo que imagino y pienso?


DUQUE

¿Qué piensas o imaginas?


CARCELERO

Que es muy fuerte

de creer que el de Utrino verdad diga.


DUQUE

A que lo crea su bondad me obliga,

y el ver que Rosamira, en su disculpa,

el labio no ha movido ni le mueve;

y es muy cierta señal de tener culpa

el que a volver por sí nunca se atreve.

La culpa es grave; grave el que la culpa;

el plazo a la batalla, corto y breve;

defensor no se ofrece: indicio claro

que a su desdicha no ha de hallar reparo.


CARCELERO

¿Si quisiere, por dicha, dar descargo

con otro, pues no quiere en tu presencia,

quizá turbada del infame cargo,

dejarla he visitar?


DUQUE

Con mi licencia.


CARCELERO

Puesto que el bien guardalla está a mi cargo,

no está a mi cargo usar desta inclemencia:

que, a fe, si su remedio se hallase,

que muy poco tus órdenes guardase.



JORNADA SEGUNDA


Entran CORNELIO y ANASTASIO.

  

CORNELIO

Volviendo a lo comenzado,

señor, ¿qué piensas hacer?


ANASTASIO

Lo que procuro es saber

si el príncipe se ha engañado,

o qué causa le ha movido

a acusar a Rosamira:

si fueron celos, o ira,

ser llamado y no escogido;

y, cuando desta querella

no sepa verdad jamás,

por gentileza no más

me dispongo a defendella.


CORNELIO

Propongo que Dagoberto

es vencido en la batalla,

y que ella libre se halla

de la tormenta en el puerto:

¿tendrás por cosa notoria

el poder asegurarte

que la razón vino a darte,

y no fuerza, la vitoria?

Porque de Dios los secretos

son tan incomprehensibles,

que a veces vemos visibles,

de bienes, malos efetos.


ANASTASIO

Ya entiendo tus argumentos,

y con ellos me das pena.

Haga el Cielo lo que ordena;

yo honraré mis pensamientos.

 

(Entran JULIA y PORCIA.)

  

CORNELIO

Los estudiantes son estos

de quien los otros burlaron.


ANASTASIO

Sus burlas, ¿en qué pararon?



CORNELIO

Eran algo descompuestos.

Forastero me parece

en cierto modo su traje;

eso veré en su lenguaje,

si el hablallos se me ofrece.


PORCIA

Camilo, no te descuides

en mostrar en dicho y hecho

que eres varón, a despecho

de cuantos cuidados cuides.

Deja melindres aparte,

da a las ternezas de mano,

y mira que está en tu mano

el perderte o el ganarte.

Mira que amor te ha traído,

por un nunca visto enredo

a ser paje de Manfredo,

y paje favorecido:

que es principio que asegura

buen fin a tu pretensión.


JULIA

Tienes, Rutilio, razón;

mas no tengo yo ventura,

pues, cuando más me acomodo

a hacer lo que me ordenas,

embebecida en mis penas,

se me olvida a veces todo.

Mas, ¡ay de mí, desdichada,

que éste es el duque, mi hermano!


PORCIA

Vuelve el rostro a esotra mano,

y vuélvete a la posada;

que él no me conoce a mí,

y conviéneme hablalle.


JULIA

¿Por dó he de ir?


PORCIA

Por esa calle.


JULIA

¿Vendrás presto?


PORCIA

Voy tras ti.


(Vase JULIA.)


Buen hombre, ¿sois desta tierra?


ANASTASIO

Ni soy della, ni buen hombre.


PORCIA

Pues, ¿cómo la vuestra ha nombre?


ANASTASIO

Como el cielo que la encierra.


CORNELIO

[Aparte.]

Querrá decir Rosamira,

que es tierra y cielo a do vive.

Estas quimeras concibe

quien más por amor suspira.


ANASTASIO

Y vos, ¿sois deste lugar,

señor estudiante?


PORCIA

No.


ANASTASIO

¿Pues de dónde?


PORCIA

Aún no sé yo

de a dó me podré llamar:

que el cielo y tierra, hasta agora,

me tratan como estranjero,

y ni dél ni della espero

ver en mis cuitas mejora.


ANASTASIO

¿Vos con cuitas en edad

tan tierna? ¡A fe que me espanta!


[PORCIA]

A los años se adelanta

tal vez la calamidad;

y más cuando son de aquellas

que trae el amor en sus alas.


CORNELIO

Sus razones no son malas,

aunque yo no sé entendellas;

mas, con todo, apostaré

que está el rapaz traspasado

del agudo arpón dorado,

como el señor su mercé.


ANASTASIO

¿Amáis, por ventura?


PORCIA

Sí;

mas no sé si por ventura,

aunque alguna me asegura

ver ahora lo que vi.


ANASTASIO

Pues, ¿qué veis?


PORCIA

No será honesto

hacer que me ponga en mengua

tan fácilmente mi lengua

como mis ojos me han puesto;

ni vuestro traje me mueve,

ni mi deseo, a mostrar

lo que en silencio ha de estar

hasta que otras cosas pruebe.


ANASTASIO

¿Tan mal os parece el traje?


PORCIA

No, por cierto; porque veo

que dese rústico aseo

es muy contrario el lenguaje,

y podrá ser que el sayal

encubra el al del refrán.


ANASTASIO

¿De dónde sois?


PORCIA

De Dorlán.


ANASTASIO

De ahí soy yo natural.

¿Cuánto ha que de allá venistes?


PORCIA

Poco más de doce días.


ANASTASIO

¿Qué hay de nuevo?


PORCIA

Niñerías,

aunque son un poco tristes.


ANASTASIO

¿Y qué son?


PORCIA

Que el de Rosena,

que el de Dorlán hospedó,

a Julia y Porcia robó,

como Paris hizo a Helena.


ANASTASIO

¿Tiénese eso por verdad?


PORCIA

Sí tiene; mas yo imagino

que no lleva más camino

que del cielo la maldad.


ANASTASIO

¿Pues qué dicen?


PORCIA

Yo entreoí

que la Porcia quería bien

a Anastasio.


ANASTASIO

¿Cómo? ¿A quién?


PORCIA

A Anastasio.


ANASTASIO

[Aparte.]

¿Cómo? ¿A mí?

¿A su primo hermano? ¡Bueno!


PORCIA

Quizá guiaba su intento

por vía de casamiento.


ANASTASIO

Deso está mi bien ajeno.

Mas, ¿eso qué importa al hecho

de roballa?


PORCIA

No sé yo;

dícese que la sacó

el mismo amor de su pecho.

Mas deben de ser hablillas

del vulgo mal informado.


CORNELIO

A mí me han maravillado.


ANASTASIO

¿Pues de qué te maravillas?

Di: ¿no puede acontecer,

sin admiración que asombre,

que una mujer busque a un hombre,

como un hombre a una mujer?


CORNELIO

Sí puede; y es tan agible

lo que dices, que se ve

que, en las posibles, no sé

otra cosa más posible.


ANASTASIO

Como a su centro camina,

esté cerca o apartado,

lo leve o lo que es pesado,

y a procuralle se inclina,

tal la hembra y el varón

el uno al otro apetece,

y a veces más se parece

en ella esta inclinación;

y si la naturaleza

quitase a su calidad

el freno de honestidad,

que tiempla su ligereza,

correría a rienda suelta

por do más se le antojase,

sin que la razón bastase

a hacerla dar la vuelta;

y ansí, cuando el freno toma

entre los dientes del gusto,

ni la detiene lo justo,

ni algún respeto la doma.


PORCIA

¡En poca deuda os están

las mujeres!


CORNELIO

Si así fuera,

ni yo este traje trujera,

ni él vistiera aquel gabán.


ANASTASIO

No es tan poca: que si hago

la cuenta, no sé yo paga

que a la deuda satisfaga,

puesto que en ella me pago.


PORCIA

En fin: ¿amáis?


ANASTASIO

Alma tengo,

y no he de estar sin amor.


PORCIA

Hay amor bueno y mejor.


ANASTASIO

Yo con el mejor me avengo.


PORCIA

¿Es labradora?


ANASTASIO

El tabarro

que me cubre así lo dice.


PORCIA

Pues todo lo contradice

el talle y horro bizarro;

que el tabarro es tosca caja

que encierra el fino diamante.


CORNELIO

¡El diablo es el estudiante!

¡Qué bien su razón encaja!

Apostaré que mi amo,

sin más ni más, le da cuenta

de quién es y lo que intenta.

Por aquesto le desamo:

que presume de discreto,

y no ve que es ignorancia,

en las cosas de importancia,

fiar de nadie el secreto.


ANASTASIO

Ahora bien, si vuestra estada

no es de asiento en el lugar

y queréis conmigo estar

en una misma posada,

en la que tengo os ofrezco

el género de amistad

que engrandece la igualdad.


PORCIA

Daisme lo que no merezco.

Mas heme de despedir

primero de un cierto amigo.


CORNELIO

Aquesto es lo que yo digo:

él se vendrá a descubrir.


ANASTASIO

A la insignia del Pavón

es mi estancia.


PORCIA

Andad con Dios,

que mañana soy con vos.

¡Oh venturosa ocasión!

 

(Éntrase ANASTASIO y CORNELIO.)


Si al fuego natural no se le pone

materia que en la tierra le sustente,

volveráse a su esfera fácilmente,

que así naturaleza lo dispone.

Y el amante que quiere que se abone

su fe con afirmar que no consiente

en su alma esperanza, poco siente

de amor, pues que a su ley justa se opone.

Cual sin el agua quedaría la tierra,

sin sol el cielo, el aire sin vacío,

el mar en tempestad, nunca en bonanza,

y sin su objeto, que es la paz, la guerra,

forzado sin su gusto el albedrío,

tal quedara amor sin esperanza.


(Éntrase PORCIA.)

(Salen TÁCITO y ANDRONIO.)


ANDRONIO

Vamos hacia la prisión

de la duquesa, que importa.


TÁCITO

Reporta, Andronio, reporta

tu arrojada condición:

que siempre quieres saber

lo que no te importa un pelo.


ANDRONIO

Soy curioso.


TÁCITO

Yo recelo

que aqueso te ha de ofender.

Necio llamaré del todo,

no curioso, al que se mete

en lo que no le compete

ni toca por algún modo.

Hay algunos tan simplones,

que desde su muladar

se ponen a gobernar

mil reinos y mil naciones;

dan trazas, forman Estados

y repúblicas sin tasa,

y no saben en su casa

gobernar a dos criados.

De aquéllos mi Andronio es,

y esto lo sé con certeza,

que emiendan a la cabeza,

y apenas son ellos pies.

Llaman con su ceguedad

y mal fundada opinión,

al recato, remisión;

al castigo, crüeldad.

El gobierno no les cuadra

más justo y más nivelado;

siguen del vulgo engañado

la siempre mudable escuadra.

El que es buen vasallo, atiende

a rogar por su señor,

si es bueno, que sea mejor;

y si es malo, que se emiende.

De los viejos que enterramos,

fue sentencia singular

que el mundo hemos de dejar

del modo que le hallamos.

¿Qué te importa a ti si hace

bien o mal el duque en esto?


ANDRONIO

¿Hasme oído tratar desto?


TÁCITO

Y tanto, que me desplace.

Que quemen a la duquesa,

no se te dé a ti un ardite.


ANDRONIO

Desde hoy más guardaré el chite,

y de lo hablado me pesa.


TÁCITO

A la espada me remito

de Dagoberto en la riña.


ANDRONIO

¿Si vence...?


TÁCITO

Pague la niña:

que a buen bocado, buen grito.

Quien de honestidad los muros

rompe, mil males se aplica.


ANDRONIO

Cuando la zorra predica,

no están los pollos seguros.

 

(Éntranse TÁCITO y ANDRONIO. Sale PORCIA, como labrador, y JULIA, como estudiante.)

  

JULIA

¿Por qué quieres intentar,

Rutilio, tan gran locura?


PORCIA

Porque en el mal es cordura

no temer, sino esperar;

y la negligencia estraga

los remedios del dolor,

y no quiero yo que amor

conmigo milagros haga.

El que padece tormenta,

si es que de piloto sabe,

si puede, guíe la nave

a donde menos la sienta.

Yo en la mía un puerto veo

a los ojos de mi fe,

y allá me encaminaré

con los soplos del deseo.

Ya viste que era tu hermano

el labrador que aquí vimos:

que los dos le conocimos,

aunque en el traje villano;

y ha muchos días que sabes,

y yo también, por mi mal,

que tiene de su caudal

el amor todas las llaves,

y que Rosamira es

la que así le tiene aquí.


JULIA

Ya yo te he dicho que sí.


PORCIA

Pues dime: ¿ahora no ves

que será muy acertada

la traza que te he contado?


JULIA

Caminas tras tu cuidado;

en fin, como enamorada.

¿Que podrás dejarme a solas?


PORCIA

¿A solas dices que estás,

quedando con quien podrás

contrastar de amor las olas?

Ingenio tienes, y brío,

y ocasión tienes también

para procurar tu bien,

como yo procuro el mío.


JULIA

¿Y si te conoce, a dicha?


PORCIA

Engañada en eso estás:

que él no me ha visto jamás.


JULIA

Puede mucho una desdicha.


[PORCIA]

Nuestro mucho encerramiento

y libertad oprimida,

como causó esta venida,

cegará su entendimiento.


JULIA

Pues si el cielo, mi enemigo,

te hiciere conocer,

nunca lo des a entender

que te veniste conmigo.

Sigue a solas tu ventura,

que yo seguiré la mía,

y el blando amor que nos guía

abone nuestra locura.

Yo a Manfredo le diré

que a la patria te volviste.

Mas, ¿qué gente es ésta? ¡Ay triste!


PORCIA

No sé; disimúlate.

 

(Entran ANASTASIO, MANFREDO y los dos ciudadanos.)

  

CIUDADANO 1

Es el caso inaudito, y la insolencia

del duque de Rosena demasiada,

mala en el hecho y mala en la apariencia.


ANASTASIO

Cuando del apetito es sojuzgada

la razón, no hay respeto que se mire,

ni justa obligación que sea guardada.


CIUDADANO 2

¿Quién lo vendrá a entender que no se admire?:

que, faltando a la ley del hospedaje,

con las prendas del huésped se retire.

Y más aquel que debe por linaje,

por ser, por calidad, por gentileza,

hacer a todos bien, a nadie ultraje.


ANASTASIO

Debe de ser de vil naturaleza,

o a quien soberbia natural inclina

a tan infames hechos de bajeza.

Pues a fe que fabricas tu ruïna,

Manfredo ingrato: que Dorlán bien suele

amansar tu arrogancia repentina.


MANFREDO

A un pobre labrador, ¿por qué le duele

tanto de Julia y Porcia el robo incierto?

Quizá miente la fama.


PORCIA

¿Hablaréle?


JULIA

Háblale; pero no te ha descubierto.


ANASTASIO

¡Siempre son ciertas las desdichas mías!


MANFREDO

¿Desdichas tuyas? ¡Bueno estás, por cierto!


ANASTASIO

¿Qué scita vive en sus regiones fieras,

qué garamanta en su abrasada arena,

o en tierras, si las hay, de amubaceas,

que apruebe que un gran duque de Rosena,

siendo del de Dorlán huésped y amigo...


JULIA

Aquestos argumentos me dan pena.


ANASTASIO

...como astuto ladrón, como enemigo,

haberle de sus prendas despojado,

sin que diga lo mismo que yo digo:

que fue Manfredo ingrato y mal mirado?


JULIA

Apostaré que el duque te conoce.


PORCIA

Desvíate en buen hora a esotro lado.


MANFREDO

Buen hombre, no es razón que se alboroce

así vuestro sentido: que a Manfredo

no le estima cual vos quien le conoce.


JULIA

Que han de reñir los dos tengo gran miedo.


PORCIA

Pues, por Dios, que si riñen...


JULIA

Calla o vete.


PORCIA

Añade a lo que dices: si es que puedo.


ANASTASIO

Tampoco no sé yo a qué se entremete

a defender un hecho un estudiante

donde tan gran pecado se comete.


[CIUDADANO] 2

Señores, no paséis más adelante:

que si es verdad que el duque hizo tal hecho,

aquel que lo defienda es ignorante.


ANASTASIO

¡Vive Dios, que se me arde en rabia el pecho!


MANFREDO

¡Por Dios, que está el villano muy donoso!


JULIA

Cuajóse la cuestión; ello está hecho.


ANASTASIO

¿Villano a mí? ¡Escolar sucio y astroso,

capigorrón, brodista, pordiosero!


MANFREDO

¡Oh villano otra vez, loco furioso!


PORCIA

Mal haré si no ayudo a quien bien quiero.


[CIUDADANO] 1

¿Qué es esto? ¿Con puñal a un desarmado?


ANASTASIO

Dejad que llegue aqueste vil grosero.


[CIUDADANO] 2

Cada cual de los dos sea bien mirado:

miren quién está en medio.


MANFREDO

¿Tanto brío

en un villano pecho está encerrado?


JULIA

¿Piedras a mi señor?


PORCIA

¿Piedras tú al mío?


JULIA

¡Oh! ¿También tú, villano?


PORCIA

¡Oh sucio paje!


JULIA

Rutilio, di: ¿no es éste desvarío?

¿Bofetada en mi rostro? ¡Ya el coraje

ha llegado a su punto, y no es posible

que temor o respeto aquí le ataje!


[CIUDADANO] 1

Los dos criados, con furor terrible,

se han asido también.


[CIUDADANO] 2

¡Ténganse, digo!


MANFREDO

¡Hasta que mate a éste, es imposible!


ANASTASIO

¡No estimo su puñal en sólo un higo!


[CIUDADANO] 2

¡Otra vez digo que se tengan, ea!


JULIA

¡Deja estar los cabellos, enemigo!

¿Quieres, con esparcirlos, que se vea

quién somos?


PORCIA

Pues, hereje, ¿estásme dando,

y no te he yo de dar?


[CIUDADANO] 1

Otra pelea

es ésta más crüel que estoy mirando.


JULIA

¡Ay, que la boca toda me deshaces!


PORCIA

¡Suelta tú el labio!


JULIA

¡Ya le voy soltando!


PORCIA

¡Acaba de soltar!


[CIUDADANO] 1

¡Quitad, rapaces!


JULIA

¡Ay, que me muerde!


PORCIA

¿Echáisme zancadilla?


JULIA

¿Qué haces, enemigo?


PORCIA

Y tú, ¿qué haces?


[CIUDADANO] 2

Envainad vos, señor, y esta rencilla

quédese así, pues no os importa nada.


MANFREDO

¡Dios sabe por qué gusto diferilla!


PORCIA

Quitásteme el gabán, desvergonzada;

la mano, digo, que tal fuerza tiene;

pero ésta mía me hará vengada.


[CIUDADANO] 1

¿Han visto con qué brío el mozo viene?

¿Y éste es vuestro criado?


ANASTASIO

No, por cierto.


MANFREDO

Rutilio, ¿cómo es esto?


PORCIA

No conviene

que mi designio aquí sea descubierto.


MANFREDO

Pues, ¿por qué peleabas con tu hermano?


PORCIA

De ignorancia nació mi desconcierto;

que, como vi este traje de villano,

tan parecido a aquellos de mi tierra,

dejarle de ayudar no fue en mi mano.

Y creo, si la vista no se yerra,

que éste es un mi pariente conocido,

que de todo mi gusto me destierra.


MANFREDO

El seso, al parecer, tienes perdido;

mas no le pierdas tanto que señales

pieza por donde yo sea conocido.


PORCIA

Seguro está, señor, que ni por males

ni bienes que a Rutilio el cielo envíe,

dará de ser quién eres las señales,

y en tal seguro el tuyo se confíe.


MANFREDO

¿De modo que a la patria quies volverte?


PORCIA

Antes que el tiempo cargue y más enfríe.


MANFREDO

¡Adiós, que yo no quiero detenerte!


PORCIA

Mi hermano queda acá.


MANFREDO

Gusto infinito.


PORCIA

Plega a Dios que en servirte en todo acierte.

 

(Vase MANFREDO y los dos ciudadanos.)


JULIA

Dime, Rutilio: ¿a dicha, queda escrito

en el alma el rencor que hemos mostrado?


PORCIA

A la ocasión y al gusto le remito.


JULIA

¿Iré de tu buen pecho confiado?


PORCIA

Pues, ¿quién lo duda?


JULIA

¡Adiós, pues, firme amigo!


(Vase JULIA.)


PORCIA

¡Adiós, mocito mal aconsejado!

Ya me tienes, señor, aquí contigo;

a tu gusto me manda, que yo espero

que amor me ha de ayudar al bien que sigo.

   

ANASTASIO

Pues yo de todo bien ya desespero.

¡Oh amor, que con la vida me atropellas

la honra, pues sin ella vivo y muero!

Allí llega el ardor de sus centellas,

donde pueda quitar el sentimiento

de las cosas que es muerte el no tenellas.

Julia, robada; el duque, en salvamento;

yo, a quien el caso toca, descuidado

con el cuidado que en el alma siento.

De un estudiante vil mal afrentado;

socorrido de un pobre pastorcillo,

aunque en esto me doy por bien pagado.

Padezco el mal; no sé a quién descubrillo;

mas, aunque lo supiese, no osaría,

pues no es para sufrillo ni decillo.


PORCIA

Si acaso éste no fuera el primer día

que de buena amistad te doy la mano,

pudiéraste fiar de la fe mía.

Acomódome al traje de villano

por servirte en el tuyo: señal clara

que soy de proceder fácil y llano.

Si en algunos escrúpulos repara

tu voluntad, el tiempo tendrá cargo

de mostrarte la mía abierta y clara.

Yo de serte fïel sólo me encargo,

con pecho noble, sin torcido enredo,

sin que dificultad me ponga embargo.


ANASTASIO

Sabrás...; basta, no más.


PORCIA

¿Que tienes miedo

de descubrirte a mí? Pues yo te juro,

por todo aquello que jurarte puedo,

que puedes sin escrúpulo, al seguro,

fiar de mí cualquier tu pensamiento.


ANASTASIO

Conviéneme creer que estoy seguro;

porque para salir con el intento

que tengo, sólo entiendo que tú eres

el más fácil y cómodo instrumento;

y es menester, si gusto darme quieres,

que, fingiendo ser moza labradora...

¿De qué te ríes?


PORCIA

Di lo que quisieres,

que no me río, a fe.


ANASTASIO

Si es que no mora

voluntad en tu pecho de servirme,

dímelo, y callaré luego a la hora.


PORCIA

No digo de mujer; pero vestirme

de diablo lo haré, pues que te agrada,

con prompta voluntad y ánimo firme.


ANASTASIO

Serás de mí tan bien gratificado,

que iguale a tu deseo el beneficio.


PORCIA

Quedo en sólo servirte bien pagado.

Prosigue, pues.


ANASTASIO

Ha dado en sacrificio

un amigo su alma a la duquesa,

que está acusada de un infame vicio.

No se puede saber, como está presa,

si tiene culpa o no, y él, sin sabello,

duda el ser defensor de tal empresa.

A mí me ha dado el cargo de entendello,

y, con este gabán disimulado,

ha algunos días que he entendido en ello.


PORCIA

¿Y has alguna verdad averiguado?


ANASTASIO

Ninguna.


PORCIA

Pues, ¿qué ordenas?


ANASTASIO

Que te pongas

en el traje que digo disfrazado,

y a dar a Rosamira te dispongas

un papel, y a sacarle de su pecho

cuanto tuviere en él.


PORCIA

Como compongas

bien el rústico traje, ten por hecho

lo que pides.


ANASTASIO

La entrada está segura,

dejando al carcelero satisfecho.

Has de llevar el rostro con mesura.


PORCIA

Para una labradora, poco importa;

basta que lleve el pecho con cordura.

La carta escribe y la partida acorta,

que yo de parecer mujer no dudo.


ANASTASIO

Habla sutil, y en pláticas sé corta.


PORCIA

¡Ah ciego amor, de pïedad desnudo,

y en qué trance me pones!


ANASTASIO

¿Te arrepientes?


PORCIA

Nunca del buen intento yo me mudo.

Aunque tuviera el caso inconvenientes

mayores, con mi industria los venciera

y buscara los medios suficientes.


ANASTASIO

Si supieses la paga que te espera,

cual yo la sé, mancebo generoso,

a más tu voluntad se dispusiera:

que soy otra persona que este astroso

hábito muestra.


PORCIA

Y yo seré un criado

para ti el más fïel y cuidadoso

que se pueda hallar en lo criado.

 

(Éntranse.)

(Sale MANFREDO y JULIA.)

  

MANFREDO

¡Brioso era el villano!


JULIA

Y atrevido además, según dio muestra.


MANFREDO

Y muy necio tu hermano.


JULIA

La juventud lo causa, poco diestra

en lazos de importancia.


MANFREDO

¿Volvióse?


JULIA

¡Y no le arriendo la ganancia!


MANFREDO

Torna, pues, ¡oh Camilo!,

y dime aquello que decías agora,

usando el mismo estilo:

que el modo de decirlo me enamora,

y el caso me suspende.


JULIA

Pues dello gustas, buen señor, atiende.

«Llegóse a mí un mancebo

de agradable presencia, bien tratado,

con un vestido nuevo,

que creo que por éste fue trazado;

llegóse, como digo,

y díjome: "Escuchadme, buen amigo".

Volví, miréle, y vile

lloviendo perlas de sus bellos ojos;

la mano entonces dile,

de lástima movido, y él, de hinojos,

temeroso tomóla,

y, bañándola en lágrimas, besóla.

Yo, del caso espantado,

le alcé y le pregunté lo que quería;

él, casi desmayado,

me dijo que merced recibiría

si un poco le escuchase

en parte donde naide nos notase.

Llevéle a mi aposento;

sentóse, sosegóse, y después dijo

con desmayado aliento,

con voz turbada y anhelar prolijo:

"Yo soy...", y calló luego,

y el rostro se le puso como un fuego.

Por estos movimientos

conocí que vergüenza le estorbaba

a decir sus intentos;

y como yo sabellos deseaba,

lleguéme a él, diciendo

razones que le fueron convenciendo.

En fin, dellas vencido,

tras de un suspiro doloroso, ardiente,

ya el rostro amortecido,

el codo y palma en la rodilla y frente,

dijo: "Yo soy aquella

a quien persigue su contraria estrella;

yo soy la sin ventura

que, a la primera vista de unos ojos,

sin valor ni cordura,

rendí la libertad de los despojos

de la honra y la vida,

pues una y otra cuento por perdida:

yo soy Julia, la hija

del duque de Dorlán, cuyo deseo

ya no hay quien le corrija;

ni el cielo ofrece, ni en la tierra veo

remedio al dolor mío,

y es bien que no le tenga un desvarío".

Quedé, en oyendo aquesto,

bien como estatua mudo, y, sin hablalla,

quise escuchar el resto,

temiendo con mi plática estorballa;

y prosiguió diciendo

lo que me fue encantando y suspendiendo:

"Yo -dijo- vi a Manfredo,

aqueste dueño venturoso tuyo

-que ya no tengo miedo,

ni de contar, y más a ti, rehuyo

la mal tejida historia,

digna de infame y de inmortal memoria-.

Teníame mi padre

encerrada do el sol entraba apenas;

era muerta mi madre,

y eran mi compañía las almenas

de torres levantadas,

sobre vanos temores fabricadas.

Avivóme el deseo

la privación de lo que no tenía

-que crece, a lo que creo,

la hambre que imagina carestía-;

mas no era de manera

que yo no respondiese a ser quien era.

Hasta que mi desdicha

hizo que este Manfredo huésped fuese

de mi padre, que a dicha

tuvo que la ocasión se le ofreciese

de mostrar su grandeza

sirviendo a un duque de tan grande alteza.

En fin, yo, de curiosa,

un agujero hice en una puerta,

que a la vista medrosa,

y aun al alma, mostró ventana abierta

para ver a Manfredo.

Vile, y quedé cual declarar no puedo".»

Ni aun yo puedo contarte

más por agora, porque gente viene.


(Sale PORCIA, como labradora, con un canastico de flores y fruta.)


PORCIA

Amor, bien será que abajes

mi vida a tu proceder,

pues no me quieres comer,

aun hecha tantos potajes.

Primeramente pastor

me hiciste, y luego estudiante,

y, andando un poco adelante,

me volviste en labrador,

para labrar mis desdichas

con yerros de tus marañas:

que éstas son de tus hazañas

las más venturosas dichas.

Flores llevo, donde el fruto

que cogeré ha de ser tal,

que al corazón de mortal

le sirva [y] de triste luto.

Papel que vas encerrado

entre estas flores, advierte

que eres sierpe que a mi muerte

ha el amor determinado.

No pienses, yendo conmigo,

ver tu intención declarada:

que no he de poner la espada

en manos de mi enemigo.

Tú de mi alma lo eres,

y éstos del cuerpo lo son.

 

(Entra TÁCITO y ANDRONIO.)


¡Del diablo es esta visión!

Vade retro! ¿Qué me quieres?


MANFREDO

Vamos por esta parte,

que está mas fresca y menos gente tiene.

Anda, que estoy suspenso,

y vame dando el cuento gusto inmenso.

 

(Éntranse MANFREDO y JULIA.)


TÁCITO

¡Oh, qué buen rato se ofrece

con la pulida villana!


PORCIA

¡Por Dios, que vengo de gana!


ANDRONIO

Bonísima me parece.

¿Qué es lo que cogió del suelo?


TÁCITO

Algo que se le cayó;

o tú llega, o llego yo.


PORCIA

Algún mal caso recelo;

que éstos son grandes bellacos,

y me tienen de embestir.

¡Oh, quien pudiera huir

el encuentro destos cacos!


TÁCITO

Mi señora labradora,

vengáis con los años buenos,

de paz y abundancia llenos.


ANDRONIO

Vengáis muy mucho en buen hora.


TÁCITO

¿Qué trae aquí, por mi vida?

¡Oh, pese a quien me parió!


ANDRONIO

¿Diote?


TÁCITO

Sí. ¡Y cómo que me dio!

La mano tengo aturdida.

¡Con otro me has de pagar

el garrote que me has dado!


PORCIA

¡Que me roban en poblado!

¿No hay quien me venga a ayudar?

¡Que me roban, ay de mí!

¡Ladrones, dejad la cesta!

 

(Sale el CARCELERO.)


¿Qué soledad es aquésta?

¿Naide pasa por aquí?


CARCELERO

¿Qué es esto, desvergonzados?


TÁCITO

Ojo, el señor, ¿con qué viene?

Bien parece que no tiene

los amplíficos cuidados

ni la cuenta del negocio

de los dolientes distintos,

cuando destos laberintos

es la propria causa el ocio.


CARCELERO

¿Qué es lo que decís, malditos?


ANDRONIO

Que se vaya dilatando

en paz, con el cómo y cuándo;

tenga los ojos marchitos,

porque nos cumple acabar

con aquesta labradora.


CARCELERO

Y vos, ¿qué decís, señora?


PORCIA

Que me querían robara

questa fruta que llevo

a la señora duquesa.


CARCELERO

¿A la presa?


PORCIA

Sí, a la presa.


TÁCITO

Nego.


ANDRONIO

Probo.


(Meten la mano en el canastillo y comen de la fruta.)

  

TÁCITO

Y yo las pruebo.


CARCELERO

¡Hideputa, sinvergüenza!

¡Andad, bellacos, de aquí!


TÁCITO

Nunca el comer puso en mí

género de desvergüenza.


ANDRONIO

Agradezca la villana

que ha tenido buen padrino;

mas si hacéis otro camino,

yo reharé mi sotana.


TÁCITO

¡Mal haya la suerte avara!


ANDRONIO

Vamos, amigo, a lición...


(Éntranse TÁCITO y ANDRONIO.)


CARCELERO

Tan grandes bellacos son

como los hay en Ferrara.

Vamos, labradora, a donde

podáis ver a la duquesa,

que en mi poder está presa.


PORCIA

Guíe, que no sé por dónde.

 

(Éntranse.)

(Salen MANFREDO y JULIA.)

  

MANFREDO

Prosigue, que no hay gente

que aquí nos pueda oír.


JULIA

La desdichada

prosiguió en voz doliente

su historia, en desvaríos comenzada,

y dijo: «Vi a Manfredo,

vile, y quedé cual declarar no puedo:

que en un instante pudo

y quiso amor, con mano poderosa,

de pïedad desnudo,

la imagen de Manfredo generosa

grabar así en mi alma,

que della luego le entregué la palma.

Volvíme a mi aposento,

llevando en la memoria y en el seno,

con gusto y descontento,

la mirada belleza y el veneno

de amor que me abrasaba

y la virtud honrosa refriaba.

Hice discursos varios,

fundé esperanzas en el aire vano,

atropellé contrarios,

dile al Amor renombre de tirano

y de señor piadoso,

y al cabo el entregarme fue forzoso.

Dejé mi padre, ¡ay cielos!;

dejé mi libertad, dejé mi honra,

y, en su lugar, recelos

y sujeción tomé, muerte y deshonra;

y a buscar he venido

este huésped apenas conocido.

Hoy en tu compañía

le he visto, y, aunque en traje disfrazado,

como en el alma mía

traigo su rostro al vivo dibujado,

al punto conocíle;

vile, alegréme, y hasta aquí seguíle.

"Quiero, pues, ¡oh mancebo!

-y esto cubriendo perlas sus mejillas,

hincándose de nuevo

ante mí, visión bella, de rodillas-;

quiero -dijo- que digas

al tuyo, que es mi dueño, mis fatigas.

Que yo no tengo lengua

para decir mi mal, ni la dolencia

mi honestidad y mengua,

para poder ponerme en su presencia.

Tú a solas le relata,

la muerte con que amor mi vida mata;

que no estará tan duro

cual peñasco al tocar de leves ondas,

ni cual está al conjuro

del sabio encantador, en cuevas hondas,

la sierpe, en esto cauta,

ni cual airado viento al Euste nauta.

No le habrán leche dado

leonas fieras de la Libia ardiente,

ni habrá sido engendrado

de algún cíclope bárbaro inclemente,

para que no se ablande

oyendo mi dolor y amor tan grande.

Rica soy y no fea,

tan buena como él en el linaje,

si ya no es que me afea

y me deshonra este trocado traje;

mas, cuando amor las causa,

en todas estas cosas pone pausa.

Rosamira infamada,

justamente impedido el casamiento,

yo dél enamorada,

cual la tierra del húmido elemento:

si esto no es desvarío,

¿quién lo podrá estorbar que no sea mío?"»

Esto dijo, y al punto

dejó caer los brazos desmayados,

quedó el rostro difunto,

los labios, que antes eran colorados,

cárdenos se tornaron,

y sus dos bellos soles se eclipsaron.

Levantósele el pecho,

su rostro de un sudor frío cubrióse,

púsela sobre el lecho,

de allí a un pequeño rato estremecióse,

volvió en sí suspirando,

siempre lágrimas tiernas derramando.

Consoléla y roguéla

que en aquel aposento se estuviese,

sin temor de cautela,

hasta que yo su historia te dijese.

Encerrada la dejo:

¡mira si es raro de mi cuento el dejo!


MANFREDO

Y tan raro, que no puedo

persuadirme a que es verdad;

aunque amor y liviandad

no se apartan por un dedo.

 ¿Y que queda en tu aposento?


JULIA

Como digo, sin mentir.


MANFREDO

No me pudiera venir

nueva de mayor contento.


JULIA

Luego, ¿piénsasla gozar?


MANFREDO

Mal me conoces, Camilo:

que tan mal mirado estilo

no se puede en mí hallar.


JULIA

Pues, ¿qué piensas hacer della?


MANFREDO

Envialla al padre suyo:

que con esto restituyo

mi inocencia y su querella.


JULIA

¡Mal pagas lo que te quiere!


MANFREDO

La honra se satisfaga:

que un torpe amor esta paga

y aun otra peor requiere.


JULIA

¿Amar tan alto sujeto

es error?


MANFREDO

Y conocido:

porque amor tan atrevido,

aunque es amor, no es perfeto.

Es el amor, cuando es bueno,

deseo de lo mejor;

si esto falta, no es amor,

sino apetito sin freno.

Con todo, vamos a vella;

pero no es bien miralla,

que en tales visitas se halla

ocasión para perdella;

que yo no soy Scipión

ni Alejandro en continencia,

para hacer la esperiencia

de mi blanda condición;

y yo soy de parecer,

y la experiencia lo enseña,

que ablandarán una peña

lágrimas de una mujer.


JULIA

Si no te ablanda su amor,

no lo hará su hermosura.


MANFREDO

Con todo, será cordura

huir del daño mayor.

Si la recibo, me hago

en su huida culpado;

si la vuelvo, habré mostrado

que a ser quien soy satisfago,

escusaré el desafío,

cobraré el perdido honor.


JULIA

¡Oh! ¡Mal haya tanto amor,

mal pagado y mal nacido!

¡Desdichada de la triste

que te quiso sin porqué!


[MANFREDO]

En esos trances se ve

quien su gusto no resiste.

Pero vámonos a casa,

que, con todo, pienso vella.


JULIA

Quizá vendrás a querella.


MANFREDO

No es mi fuego desa brasa.


(Éntrase MANFREDO.)

  

JULIA

¡Ay, crüel, cómo te vas

triunfando de mis despojos!

¿Qué consejo en mis enojos

es, ¡oh Amor!, el que me das?

En gran confusión me veo.

¿Quién me podrá aconsejar?

En fin, habré de acabar

a las manos del deseo.

 

[Éntrase JULIA.]

(Sale ROSAMIRA con un manto hasta los ojos.)


ROSAMIRA

Quien me viere desta suerte,

juzgará, sin duda alguna,

que me tiene la fortuna

en los brazos de la muerte.

Pues no es así: porque Amor,

cuando se quiere extremar,

con el velo del pesar

suele encubrir su favor.

Honra, eclipse padecéis

porque entre vos y mi gusto

la industria ha puesto un disgusto,

por el cual escura os veis;

mas pasará esta fortuna

que así vuestra luz atierra

como sombra de la tierra,

puesta entre el sol y la luna.

 

(Entran el CARCELERO y PORCIA.)


CARCELERO

Veisla ahí; habladla, y luego

os salid con brevedad.


[PORCIA]

¡Ay obscura claridad!

¡Mal haya el vendado ciego!

¡Mirad cuál la tiene puesta!


ROSAMIRA

Pues, amiga, ¿qué buscáis?


PORCIA

Señora, que recibáis

lo que traigo en esta cesta,

que son unas bellas flores

con alguna fruta nueva.


ROSAMIRA

¡Vos sola habéis hecho prueba

de consolar mis dolores!

Sentaos aquí par de mí,

y esas flores me mostrad,

y ese rebozo os quitad.


PORCIA

Señora, veislas aquí;

pero sentarme, eso no.

El embozo, ya le quito.

   

ROSAMIRA

Sentaos conmigo un poquito;

basta que lo diga yo.


PORCIA

Estaba determinada,

señora, de no lo hacer;

mas dicen que es mejor ser

necia, que no porfiada,

y así, me asiento y suplico,

si mi ruego puede tanto,

que os alcéis del rostro el manto

otro poco, otro tantico.


ROSAMIRA

Vesme descubierta, amiga;

que a más fuerza tu cordura.


PORCIA

¡Jesús! ¿Que tanta hermosura

ha puesto en tanta fatiga?


ROSAMIRA

Amiga, déjate deso,

y dime: ¿qué te movió

a venirme a ver?


PORCIA

Sé yo

que fue de amor el exceso,

y el ver que ya el señalado

plazo llega a más correr,

adonde el mundo ha de ver

tu inocencia o tu pecado;

y querría ver si puedo

serte en algo de provecho,

antes de llegar al hecho

que al más fuerte pone miedo;

que es Dagoberto valiente.


ROSAMIRA

Así le conviene ser

quien tiene de defender

que es culpada la inocente.

Sale del curso ordinario

el caso de mi porfía,

porque está la salud mía

en la lengua del contrario.

Quien me deshonra ha de ser

el mismo que me ha de honrar,

y esto me hace callar

y culpada parecer.

Mas, dime: ¿acaso has oído

qué se hizo el de Rosena?


PORCIA

Por todo el lugar se suena

que volvió al suyo corrido.

Otros la culpa le dan

de que la hija sacó,

cuando alegre le hospedó

el gran duque de Dorlán,

y con ella otra su prima;

pero yo sé que es mentira.


ROSAMIRA

¡Ya no es sola Rosamira

a quien Fortuna lastima!


PORCIA

Y esta su prima es hermana

de Dagoberto el traidor.


ROSAMIRA

¡Sabes muy poco de amor,

discreta y bella aldeana!


PORCIA

El hijo del de Dorlán

se suena que te defiende.


ROSAMIRA

¿Quién lo dice?


PORCIA

Quien lo entiende.


ROSAMIRA

¡En vano toma ese afán!

Mas su intención le agradezco,

porque, al fin, es de quien es.


PORCIA

Que él no pida el interés,

aunque venza, yo me ofrezco;

porque por su gentileza

lo hace, y no por su amor.


ROSAMIRA

Así mostrará mejor

su valentía y nobleza.

Pero, puesto que él venciese,

con él no me casaré.


PORCIA

Pues, ¿por qué?


ROSAMIRA

Yo sé el porqué.


PORCIA

¿Y si él el premio pidiese?


ROSAMIRA

No llegará a aquese estremo,

si me vale mi justicia;

mas, como reina malicia,

de cien mil azares temo.

Ven conmigo a otro aposento,

labradora de mi vida,

que en parte más escondida

te quiero hablar un momento;

que me ha dado el corazón

que el Cielo aquí te ha traído

para que en gozo cumplido

vuelvas mi amarga prisión.

Ven, que ya en tu voluntad

está mi vida o mi muerte,

mi buena o mi mala suerte,

mi prisión o libertad.


PORCIA

Vamos, señora, do quieres,

y de mí daré a entender

que te puedes prometer

aun más de lo que quisieres:

que desde aquí te consagro

la voluntad y la vida.


ROSAMIRA

Sin duda que tu venida

ha sido aquí por milagro.



JORNADA TERCERA

 

Salen MANFREDO y JULIA.


MANFREDO

¿Que se fue?


JULIA

Como lo cuento.


MANFREDO

Pues ¿por qué no la tuviste?


JULIA

Porque muy mal se resiste

un determinado intento.

Apenas abrí la puerta,

cuando dijo: «Amigo mío,

yo sé que mi desvarío

en ninguna cosa acierta.

No digas al duque nada,

pues sé que no ha de importar,

y es mejor el acabar

con mi muerte esta jornada.

¡Quédate a Dios!» Y salióse,

sin podella resistir;

y, aunque la quise seguir,

al punto desparecióse.


MANFREDO

Mucho descuido has tenido.

¿Por dó se fue?


JULIA

No sé, a fe.


MANFREDO

¿Que es posible que se fue?


JULIA

Del modo que he referido.

Mas, si no la puedes ver,

mejor es que no esté en casa.


MANFREDO

¿No sabes ya lo que pasa?


JULIA

Más de lo que he menester.

[Aparte.]

¡Ay de mí, cómo me veo,

puesta en dudosa balanza,

esperando la esperanza

cuando revive el deseo!


MANFREDO

¿Qué es lo que dices?


JULIA

No, nada:

sólo digo que va tal,

que será el fin de su mal

acabar desesperada.


MANFREDO

En eso echarás de ver,

Camilo, bien claramente,

que apenas hay acidente

que sea bueno en la mujer.

Quieren do han de aborrecer,

vanse de adonde han de estar,

temen donde han de esperar,

esperan do han de temer.


JULIA

Pues si la vuelvo a encontrar,

¿quieres, señor, que la diga

que te duele su fatiga?


MANFREDO

A nadie supe engañar;

mas dile lo que quisieres,

como hagas que la vea.


JULIA

De modo haré que así sea,

si haces como quien eres.


MANFREDO

¿Qué es lo que tengo de hacer?


JULIA

Ni reñilla, ni afrentalla,

ni al padre suyo envialla.


MANFREDO

No sé cómo podrá ser.

Sin duda, te dejó el pecho

blando Julia con su llanto.


JULIA

Tanto, que, a entender tú el cuánto,

ya la hubieras satisfecho.

¿Lágrimas eran aquellas

para no ablandar un canto?

Y ¿hay cielo que se alce tanto

do no alcancen sus querellas?

¡Ah, señor Manfredo!


MANFREDO

A fe,

Camilo, que estás rendido.


JULIA

Tengo el corazón herido

de lo que en Julia noté.

El agradable reposo,

las razones tan sentidas,

aquellas perlas vertidas

por aquel rostro hermoso;

los desmayos, los temores,

la vergüenza y sobresaltos,

el darle el corazón saltos,

en fin, el morir de amores,

con otras cosas que, a vellas

tú, señor, como las vi,

así como han hecho a mí,

te ablandaran sus querellas.


MANFREDO

Vamos; que, pues ya se fue,

no hay della tratarme más;

mas si vuelve, le dirás...


JULIA

¿Qué?


MANFREDO

¡Por Dios, que no sé qué!

Dicen que dejan hablar

ya a la presa Rosamira.


JULIA

Esa cuerda es la que tira

de tu gusto y mi pesar.


MANFREDO

Y he de procurar, si puedo,

hablalla, porque me importa.


JULIA

[Aparte.]

¡En fin, mi ventura es corta;

no hay que esperar en Manfredo!

Mas, antes que el fin funesto

llegue que temo y deseo,

yo echaré de mi deseo

en la plaza todo el resto.

 

(Éntranse JULIA y MANFREDO.)

(Sale ROSAMIRA con el vestido y rebozo de PORCIA, y PORCIA sale con el de ROSAMIRA, con el manto hasta cubrirse todo el rostro.)


ROSAMIRA

Abrázame, y a Dios queda,

y de mi palabra fía.


PORCIA

Advertid, señora mía,

que es variable la rüeda

de la Fortuna, y que es bien

que a la prisión no volváis;

porque, aunque sin culpa estáis,

hasta agora no veo quién

os defienda.


ROSAMIRA

Yo haré en eso

lo que a entrambas más importe.


PORCIA

Dad en vuestras cosas corte

sin temor de mi suceso:

que a mí no me han de matar

por hacer tan buena obra,

y yo sé que mi alma cobra

en ella un bien singular,

y en que vos no parezcáis

está este bien escondido.

Idos, que siento rüido.


ROSAMIRA

Yo volveré.

 

[Vase.]

  

PORCIA

No volváis.

 

(Entra el CARCELERO, en la mano un manto, la mitad de arriba abajo de tafetán negro, y la otra mitad de tafetán verde.)

  

CARCELERO

¡Vais norabuena, labradora hermosa!

Si de volver gustáredes, prometo

de daros puerta franca a todas horas,

y aun a todos aquellos que quisieren

comunicar con mi señora.


PORCIA

Bueno.


CARCELERO

No, sino no le den al delincuente

procurador, y niéguenle abogado,

ciérrenle los caminos y los medios

de su defensa, tápenle la boca;

quedarse ha a buenas noches de la vida.

¡Oh señora! ¿Aquí estabas? Yo te hacía

en el otro aposento, donde sueles

en ciega obscuridad pasar los días.

Orden es de tu padre que te pongas

mañana, cuando salgas a la plaza,

al triste, temeroso, amargo trance,

este manto que ves, de dos colores.

Ha ordenado también que te acompañen

la mitad de su guarda con insignias

de dolor y tristeza, y que asimismo

vaya la otra mitad de gala y fiesta.

Al lado izquierdo has de llevar, señora,

al verdugo, blandiendo el terso acero,

instrumento mortal que te amenace

a muerte irreparable si, por dicha,

venciere Dagoberto en tu deshonra.

De verde lauro una corona hermosa

al diestro lado ha de llevar un niño,

para que del suceso que resulte,

alegre o triste, o ya el cuchillo corra

por tu bella garganta, o ya tus sienes

del vitorioso lauro veas ceñidas.

Esto vengo a decirte, y no otra cosa.

¿No me respondes? Pues a fe que sabes

la voluntad que tengo de servirte,

y que, como el soltarte no me pidas,

porque, en fin, soy leal al señor mío,

que no habrá cosa que por ti no haga,

y así, una pura voluntad te ofrezco.

¿Qué me respondes?


PORCIA

Que te lo agradezco.


(Éntrase PORCIA.)


CARCELERO

¡Estraño silencio es éste!

¡Mucho me da que pensar!

¡Mas téngola de ayudar,

aunque la vida me cueste!


(Entran ANASTASIO y CORNELIO.)


CORNELIO

De un mozo no conocido

fiarte así, ¿quién tal vio?


ANASTASIO

¿Pues qué he de hacer?


CORNELIO

¿Qué sé yo?


ANASTASIO

¿Hase de ir así vestido?


CORNELIO

Con todo, digo que fue

error conocido y claro.


ANASTASIO

A lo hecho no hay reparo.

Mas, ¿no es éste?


CORNELIO

¿Yo qué sé?

 

(Sale ROSAMIRA con el embozo.)

  

ANASTASIO

Él es. Vengas en buen hora,

Rutilio, mi buen amigo.


CORNELIO

Tal estás, que afirmo y digo

que eres pura labradora.


ANASTASIO

No porque estemos los dos,

vayas el caso encubriendo.


ROSAMIRA

Hermanos, yo no os entiendo;

dejadme, y andad con Dios,

que no soy la que pensáis.


ANASTASIO

No es de Rutilio la habla.

¡Mal mi negocio se entabla!

¿Pues quién sois? ¿Adónde vais?

O ¿quién os dio este vestido?

Porque le conozco yo.


ROSAMIRA

Mi dinero me le dio.


ANASTASIO

Y el vendedor, ¿quién ha sido?

Porque hasta que lo digáis,

no habéis de pasar de aquí.


ROSAMIRA

¡Desventurada de mí;

mal término es el que usáis!

No me quitéis el embozo,

porque a fe que os cueste caro.


ANASTASIO

¡En amenazas reparo!

Venga el vestido, o el mozo.

¿Qué dije? Muy mal hablé:

este vestido os demando.

 

(Sale DAGOBERTO y un criado suyo.)


DAGOBERTO

Alza los ojos, mirando

si la ves.


ROSAMIRA

Ya me escapé;

porque aquéste es Dagoberto,

a quien yo vengo a buscar.


ANASTASIO

Pues qué, ¿piénsaste escapar?


ROSAMIRA

Tenga; si no, juro, cierto...


DAGOBERTO

¿Qué pendencia es ésta, amigos?


ROSAMIRA

Príncipe, hablarte quisiera

a solas, si ser pudiera,

o no con tantos testigos.

Y, para facilitallo,

mira quién soy.


(Descúbrese ROSAMIRA a sólo DAGOBERTO.)

  

DAGOBERTO

¿Qué es aquesto?

Amigos, váyanse presto.


ANASTASIO

En gran confusión me hallo:

que éste no es Rutil[i]o; no,

puesto que trae su vestido.


CORNELIO

Algún mal le ha sucedido.


ANASTASIO

¿Mal ha de ser?


CORNELIO

No sé yo.


ANASTASIO

Yo he de hablar a Rosamira,

y della lo he de saber.


CORNELIO

A mucho te quiés poner.


DAGOBERTO

Señora, el verte me admira.

¿Cómo vienes deste modo?

¿Quién te puso en este traje?


[ROSAMIRA]

El tiempo, que es corto, ataje

el darte cuenta de todo.

Sólo vengo a que me lleves

luego a Utrino.


DAGOBERTO

¿Cómo así?


ROSAMIRA

Y lo ordenado hasta aquí,

ni lo intentes, ni lo pruebes.

No quiero en un cadahalso

verme puesta, hecha terrero

del vulgo bajo y grosero,

ni a ti juzgado por falso.


DAGOBERTO

¿Tienes más que me decir?


ROSAMIRA

No.


DAGOBERTO

¿Ni veniste a otra cosa?


ROSAMIRA

No.


DAGOBERTO

Mi aldeana hermosa,

mal me sabéis persuadir.

Vamos; que yo daré medio

a lo que más nos importe.


ROSAMIRA

Yo no sé otro mejor corte.


DAGOBERTO

Mil tiene nuestro remedio.


(Éntrase ROSAMIRA, DAGOBERTO y su criado.)

(Salen el CARCELERO, MANFREDO y JULIA.)


CARCELERO

Señor, yo os pondré con ella;

y, pues venís por su bien,

a los dos nos está bien:

a mí, mostralla; a vos, vella.

Si la prisión os he abierto,

es que me da el corazón

que tiene poca razón

el príncipe Dagoberto.

Esperad aquí un poquito;

entraré a llamalla yo.


MANFREDO

Camilo, vete.


CARCELERO

No, no;

estése aquí el pajecito:

que mejor es que haya gente,

por carecer de sospechas.


(Éntrase el CARCELERO.)


JULIA

¡Ay triste, con cuántas flechas

me hiere Amor inclemente!


MANFREDO

¿Qué dices, Camilo?


JULIA

Digo

que es Julia muy desdichada.


MANFREDO

No anduvo en irse acertada.


JULIA

Fue huyendo de su enemigo.


MANFREDO

Ésta es la duquesa; calla.


JULIA

¡Qué cubierto el rostro tiene!


CARCELERO

Digo, señora, que viene

a hacer por vos batalla;

 

(Sale PORCIA y el CARCELERO.)

  

y es de gentil contenencia

y de persona despierta.

Yo me quiero ir a la puerta,

por si viene su excelencia.


(Vase el CARCELERO.)


MANFREDO

Aunque de quien sois se infiere

y nace seguridad

que no os toca la maldad

que os ahíja el que no os quiere,

será bien que vuestra lengua

descubra lo que hay en esto,

porque su silencio ha puesto

a vuestro crédito en mengua.

Quien lleva en el desafío

a la razón de su parte,

de hombre tierno, se hace un Marte;

de flaco y torpe, con brío.

Si estáis sin culpa, no os pene

que Dagoberto sea tal,

que el mundo no le dé igual

en cuantos valientes tiene;

porque sabed, Rosamira,

que los filos de verdad

cortan con facilidad

las armas de la mentira.

Y si acaso estáis culpada,

y de amor la culpa fue,

asimismo probaré

con el contrario mi espada:

que en fe de que él no hizo bien

en descubrir lo secreto,

de mi vitoria os prometo

que os den más de un parabién.

Y soy persona que puedo

prometer esto y aun más.

¿Para qué en silencio estás?

Habla: desecha ya el miedo.


PORCIA

Esta noche, y no durmiendo,

porque entre el sueño y mis cuitas

nunca el reposo hizo treguas,

ni de veras ni de burlas,

digo que, estando despierta,

desvelada en mis angustias,

se me ofreció ante mis ojos

de ti mesmo una figura.

Las razones que aquí has dicho

dijo aquel tú, y otras muchas,

que todas se encaminaban

a desear mi ventura.

Dijo que le asegurase

de mi inocencia o mi culpa,

aunque, de cualquier manera,

se ofrecía a darme ayuda.

Yo, sepultada en silencio

y con el miedo confusa,

hice lengua de los ojos,

por tener la lengua muda;

con ellos le di a entender

ser traidor el que me acusa,

y que mi silencio nace

de considerada astucia.

Ya la visión se volvía,

cuando vi, sin poner duda,

entre el sí y el no una sombra;

¿qué digo sombra?, a la luna

vi y al sol en dos mejillas

de una doncella importuna

que, arrodillada a tu imagen,

tales razones pronuncia:

«Yo soy -dijo-, señor mío,

la desventurada Julia,

que, cual Clicia, voy siguiendo

esa luz del sol y tuya.

Soy quien te ha entregado el alma

con la fe más tierna y pura

que vio Amor en cuantos pechos

ha rendido a su ley justa.

Tú ofreces favor a quien

ni te quiere ni te escucha,

y niegas de dar oídos

a quien te sigue aunque huyas.

Promete, acorre, defiende,

ofrece, trabaja y suda:

que amor tiene decretado

que al fin fin yo he de ser tuya».

A estas sentidas razones

acompañaba una lluvia

de vivas líquidas perlas,

correos de su tristura.

Tu imagen se le humilló,

y aun le dijo: «Estad segura,

señora, que he de ser vuestro,

a pesar de la fortuna».

Si esto es así, ¿qué me ofreces?

¿Para qué siempre procuras

otro bien, si te da el cielo

el mayor, dándote a Julia?

Mas, ¿con quién hablo, cuitada?

La misma visión, sin duda,

es aquesta que vi anoche,

o en muy poquito se muda.

Del varón, ésta es la imagen;

la de aquéste, la de Julia.

¡Oh visiones amorosas,

dejadme en mi desventura,

idos a buscar verdades,

y no os curéis de mis burlas;

haced cierto lo que amor

os da a entender por figuras!

¿No os vais? Por Dios que dé gritos:

que mis ojos no acostumbran

a ver visiones, aunque éstas

más alegran que atribulan.

¿No os vais? A fe que dé voces.

¿No hay ninguno que me acuda?


MANFREDO

Ya nos vamos; calla un poco.

¡Ella está loca, sin duda!


JULIA

Antes parece profeta.

¿Quién le ha dicho lo de Julia?


MANFREDO

¡Calla, que su guarda vuelve!

¡El alma llevo confusa!

 

(Vanse MANFREDO y JULIA, y entra el CARCELERO.)

  

CARCELERO

Otro Cipión está abajo,

que, si aqueste no os contenta,

por sacaros desta afrenta,

se pondrá en cualquier trabajo.

Vestido trae de villano;

pero a fe que es caballero:

que el lenguaje no es grosero

y el brío es de cortesano.

Dice que os quiere hablar,

y yo estoy puesto en que os hable.

Hablad más, mostraos afable,

que os mata tanto callar.

 

(Vuelve a salir el CARCELERO.)


PORCIA

Si fuese Anastasio... ¡Ay cielos!

¿Qué he de hacer si acaso es él?

¿He de estar muda con él,

o hele de decir mis duelos?

¡En gran confusión me veo!

Ingenio, cielos, ayuda:

que no es posible estar muda

con tan parlero deseo.


(Entra ANASTASIO y CORNELIO, su criado, y el CARCELERO.)


CARCELERO

Despachad con brevedad,

no os suceda algún desmán,

que estos negocios están

de muy mala calidad.

Que el silencio desta dama

tiene a Novara suspensa,

y no imagino en qué piensa

la que no piensa en su fama.

Yo estaré con ojo alerta

por algún pequeño espacio,

mirando si de palacio

alguno llega a esta puerta.


(Éntrase el CARCELERO.)

  

PORCIA

¿Sois vos Anastasio?


ANASTASIO

Sí.


PORCIA

¿El que envió este papel?


ANASTASIO

Señora, yo soy aquel

que ha mucho que el alma os di;

soy quien por vuestra desgracia

a más desventuras vino

que las que vio en su camino

el gran músico de Tracia;

soy aquel que alegre piensa,

fiado en vuestro valor,

poner la vida y honor

y el alma en vuestra defensa.


PORCIA

¿No leístes la respuesta

que os llevó la labradora?


ANASTASIO

No la he visto más, señora,

y harto el buscarla me cuesta..


(Éntrase el CARCELERO.)


PORCIA

¿Sois vos Anastasio?


ANASTASIO

Sí.


PORCIA

¿El que envió este papel?


ANASTASIO

Señora, yo soy aquel

que ha mucho que el alma os di;

soy quien por vuestra desgracia

a más desventuras vino

que las que vio en su camino

el gran músico de Tracia;

soy aquel que alegre piensa,

fiado en vuestro valor,

poner la vida y honor

y el alma en vuestra defensa.


PORCIA

¿No leístes la respuesta

que os llevó la labradora?


ANASTASIO

No la he visto más, señora,

y harto el buscarla me cuesta.


PORCIA

Quizá, como forastera,

debió de errar la posada.

¡Pues a fe que es avisada,

y que os fue buena tercera!

En efeto, correspondía

con justos comedimientos,

que vuestros ofrecimientos

con el alma agradecía,

y que de mi honestidad,

que ahora la infamia lleva,

hiciésedes vos la prueba

que os mostrase la verdad.

Jurábaos que Dagoberto

jamás en dicho o en hecho

pudo ver cosa en mi pecho

que apruebe su desconcierto.

En vuestros brazos valientes

me resignaba, y ponía

en ellos la suerte mía,

segura de inconvenientes.

Ofrecía, finalmente,

de tomaros por esposo:

señal de que es mentiroso

Dagoberto, y yo inocente.


ANASTASIO

¡Oh dulce fin de mis males

y principio de mis bienes,

cielo que en la tierra tienes

glorias que son sin iguales!

Vesme rendido a tus pies;

dispón a tu voluntad

con toda seguridad

de cuanto valgo.


PORCIA

¿No ves

que soy tuya y que a ti toca

disponer de mí a tu gusto?


ANASTASIO

¡Alma, ahora sí que es justo

que os vuelva este gusto loca!


CORNELIO

Déjate desas sandeces;

haz, señor, lo que has de hacer:

que no es tiempo de expender

el tiempo así todas veces.

Recíbela por esposa;

acaba, y vamos de aquí.


ANASTASIO

Señora, ¿queréislo ansí?


PORCIA

Sí, y me tengo por dichosa.


ANASTASIO

Pues dadme esa hermosa mano,

y tomad mi fe y la mía.


(Danse las manos.)

  

PORCIA

Veisla ahí; que una porfía,

cualquier risco vuelve en llano.


ANASTASIO

Ya, pues, que hasta vuestro cielo

levantaste mi caída,

sed, mi señora, servida

de alzar dél el negro velo,

para que las luces bellas

vea cúyos rayos fueron

los que han hecho y deshicieron

las nubes de mis querellas,

y para que, con su llama

alentado el corazón,

de la esperada quistión

se prometa triunfo y fama.


JULIA

Él está en lo cierto;

que son livianas y prestas,

y él tiene fama de diestro

y de ligero además.


(Toma MANFREDO la espada y la rodela.)


MANFREDO

Muestra, Camilo, y verás

cómo soy dellas maestro.


JULIA

Pues ¿con quién te has de probar?


MANFREDO

Llama al huésped.


JULIA

Vesle aquí.


GÜÉSPED

¡Ah, Camilo, pesia mí!

Venid, que os ando a buscar

más ha de un hora.


JULIA

Pues bien,

¿qué hay de nuevo?


GÜÉSPED

Que os espera

vuestra mujer allí fuera.


JULIA

¿Mujer a mí?


GÜÉSPED

Y aun de bien,

según su traje.


JULIA

Imagino

que es Julia.


MANFREDO

Si Julia es,

hazla entrar.


JULIA

¿Qué harás después

de entrada?


MANFREDO

Yo determino

de hablarla y ver qué es su intento.


JULIA

¿Y enviarásla do dijiste?


MANFREDO

No, por Dios.


JULIA

No; que la triste

no puede más, según siento.

¡Oh, a qué buen tiempo llegaste!

Güésped, yo os lo serviré.

¿Y el vestido que ordené?


GÜÉSPED

Está donde lo ordenaste.

 

(Éntrase JULIA a vestirse de mujer lo más breve que se pueda.)

  

MANFREDO

Si otra rodela tenéis,

id por ella, y volved luego.


GÜÉSPED

¿Queréis probar en el juego

lo que en las veras haréis?


MANFREDO

Sí, amigo.


GÜÉSPED

Yo vuelvo presto

con una que es de provecho.

 

(Éntrase el HUÉSPED.)

  

MANFREDO

El corazón en el pecho

me da saltos. ¿Qué es aquesto?

Mas, si anuncia que es verdad

lo que Rosamira dijo,

por vanas cuentas me rijo.

¿No tengo yo voluntad?

¿Cómo? ¿Sentidos no tengo?

¿No tengo libre albedrío?

¿Pues qué miedo es éste mío?

¡Mal con mi esfuerzo me avengo!

¿Con qué, para que me venza,

Julia me ha obligado a mí?

Pues no es señal verla aquí

de amor, mas de desvergüenza.

¿A dicha, solicitéla?

¿Dónde vee ricos despojos?

¿Viéronla jamás mis ojos,

o, por ventura, habléla?

No, por cierto. ¿Pues qué cargo

me puede Julia hacer?

¿Que me quiere y es mujer?

No me faltará descargo.


(Vuelve a entrar el GÜÉSPED con una rodela.)


GÜÉSPED

Vesla aquí.


MANFREDO

Toma tu espada,

y vente hacia mí con ella.

Muy mejor fuera no vella.


GÜÉSPED

¿Qué dices?


MANFREDO

No digo nada.


GÜÉSPED

¿Hela de desenvainar?


MANFREDO

Poco importa; desenvaina.


GÜÉSPED

Más seguro es con la vaina.


MANFREDO

¡Mucho me das que pensar,

Julia!


GÜÉSPED

Mas yo desenvaino.

¿Estoy bien puesto? ¿No entiendes,

señor? ¿De qué te suspendes?

Si no te ensayas, envaino.


MANFREDO

No vella fuera mejor,

digo otra vez y otras ciento.

Vente a mí.


GÜÉSPED

¡Dios ponga tiento

en sus manos!


MANFREDO ¡Las de amor

son las que me desatientan!


GÜÉSPED

¿Qué es lo que entre dientes hablas?


MANFREDO

¡Mal tus negocios entablas,

amor, cuando al fin afrentan!

Ponte en aquesta postura,

la rodela junto al pecho,

y parte con pie derecho.

¡Estraña desenvoltura

ha sido la desta loca!


GÜÉSPED

¿Qué es lo que dices, señor?


MANFREDO

¡A qué locura, oh Amor,

tu locura me provoca!

No hay piloto tan famoso

que en tus mares no se ahogue;

hieres, amor, como azogue

penetrante y bullicioso.


GÜÉSPED

Cordura será dejarte,

mejor sazón aguardando:

que estás del Amor tratando,

cuando has de tratar de Marte.


MANFREDO

Mas quizá no será ella.


GÜÉSPED

El temor le desatienta.


MANFREDO

Si él aquesta treta tienta,

bien sé yo la contra della.

¡Válate Dios, la mujer,

cuál me tienes sin porqué!

 

(Entra TÁCITO.)


TÁCITO

Señor güésped, oígame,

que una merced me ha de hacer,

y es que me preste su haca

para ver el desafío

mañana.


GÜÉSPED

A la fe, hijo mío,

ya no puede andar de flaca.


TÁCITO

No importa: que poco peso

y no he de estar mucho en ella.


GÜÉSPED

Sobre su espinazo está

subido un palmo de hueso.


TÁCITO

Haréle la silla atrás

o adelante, si es que importa.


GÜÉSPED

¿No sabéis que es pasicorta,

y que es rijosa además?


TÁCITO

Yo le tiraré del freno

y me pondré desviado

de otras bestias.


GÜÉSPED

Hale dado

torozón de comer feno.


TÁCITO

Tendréla yo sin comer

dos días y sanará.


GÜÉSPED

Para comer, sana está;

pero no para correr.


TÁCITO

¿Yo corrella? ¡Ni por lumbre!


GÜÉSPED

Digo que está ciega y manca.


[TÁCITO]

Eso no importa una blanca.

¿No sabe ya mi costumbre?

Que correré sobre un palo,

sin pies y manos, si quiero.


MANFREDO

¡Qué gracioso chocarrero!


GÜÉSPED

No es el jinete muy malo,

que no acaba de entender

que no la quiero prestar.


TÁCITO

¡Acabara yo de hablar!


MANFREDO

Y vos de importuno ser.


TÁCITO

Pues présteme seis reales

para alquilar un rocín.


GÜÉSPED

¿Yo prestar? ¡Ni aun un cuatrín!


TÁCITO

¿Tanto era, pesia mis males?

¿Pedíalo algún chocante

o algún mozuelo ordinario,

sino un mero bacalario,

diestro músico estudiante?


MANFREDO

Veislos aquí. Andad con Dios,

que vuestro donaire fuerza

a que os den más.


TÁCITO

Y esme fuerza,

señor, llevar otros dos

para alquilar un pretal

de cascabeles.


MANFREDO

Tomad.


TÁCITO

Vuestra liberalidad

es de persona real.

¡Oh, si al pretal se añadieran

un par de espuelas!


MANFREDO

Compraldas.


GÜÉSPED

Pedí un puño de esmeraldas.


TÁCITO

¿Qué mucho que las pidieran?

Tan aína este señor

las tuviera aquí a la mano.


GÜÉSPED

Idos en buen hora, hermano.


TÁCITO

Prospere el cielo tu honor,

y a tu haca dé salud,

y a mí gracia de corrella.


GÜÉSPED

¡No echaréis la pierna en ella,

por vida de Cafalud!,

 

(Vase TÁCITO.)


que éste es mi nombre.


MANFREDO

Camina,

que me importa quedar solo.


GÜÉSPED

Encubierta trae este Apolo

su angélica faz divina.


(Vase el GÜÉSPED y entra JULIA muy bien adrezada de mujer, cubierta con su manto hasta los ojos, y pónese de rodillas ante MANFREDO.)


JULIA

Si no halla en tu valor

disculpa mi atrevimiento,

en las disculpas no siento

que la puede haber mejor;

y si no tiempla el rigor

de tu indignación mi pena,

acabaré esta jornada

culpada y desesperada,

como mi suerte lo ordena.


MANFREDO

Levanta, señora mía,

que esta tu tamaña culpa

el deseo la disculpa

que en tus entrañas se cría:

que de Amor la tiranía

a peores cosas fuerza,

y sé yo por experiencia

que no hay hacer resistencia

a los golpes de su fuerza.

Pues ya Amor me ha descubierto

tus pasos, tu intento y celo,

descúbreme tú ese cielo

que traes con nubes cubierto;

y si lo ignoras, te advierto

que son seguras verdades

las que la experiencia apura:

que es parte la hermosura

para mudar voluntades.


JULIA

Harélo, como es razón;

mas, ¡ay de mí!, que barrunto

que ha de llegar en un punto

mi muerte y tu admiración.

No te espante esta visión

ni este nunca visto estilo;

que el amor que en mí se esmera,

de Julia la verdadera

hizo un fingido Camilo.


MANFREDO

Gran desenvoltura es ésta,

Camilo, y pensando voy

por qué te burlas si estoy

más de luto que de fiesta;

y es cosa muy descompuesta

burla de tal proceder

en tiempo turbado y triste;

y el que de mujer se viste,

mucho tiene de mujer.


JULIA

Julia soy la desdichada,

y, entre mi pena crecida,

más siento el no ser creída,

que siento el ser mal pagada.

Como no repara en nada

aquel que llaman Amor,

quiere que sus hechos cante

Julia vuelta en estudiante,

que primero fue pastor.

Soy la que vio Rosamira

en visión ante tus pies;

soy, señor, la que no es

en los ojos de tu ira;

soy la que de sí se admira,

viendo las muchas mudanzas

que Amor en sus trajes pone,

y que en ninguno dispone,

el fin de sus esperanzas.


MANFREDO

Yo te creo, pues tus ojos

no pudieran fingir tanto

que mostraran con su llanto

entregarme tus despojos.

Pon ya tregua a tus enojos,

Julia hermosa, y ven conmigo:

que quizá en estos rodeos

descubrirán tus deseos

que no es Amor tu enemigo.

Servirásme de padrino

en la batalla que espero:

que por gentileza quiero

ponerme en este camino;

y si el cielo y el destino

ordenan que yo sea tuyo,

no por salir a este trance

se ha de borrar este lance,

y más si yo no le huyo.

No te arrodilles; levanta,

que eres mi igual, y aun mejor.


(Éntrase MANFREDO.)


JULIA

De hoy más diré que es, Amor,

tu rigor blandura santa;

ya [a] mi pena se adelanta

mi gozo; ya me contemplo,

libre del mar de mis penas,

colgar, ¡oh Amor!, las cadenas,

en los muros de tu templo.


(Éntrase JULIA.)

(Suenan trompetas tristes: sale el DUQUE DE NOVARA con su acompañamiento y dos jueces; siéntase en su trono, que ha de estar cubierto de luto, y dice:)

  

DUQUE

Traigan a Rosamira de aquel modo

que yo tengo ordenado.


UNO

Ya ella viene,

según lo dice el triste son que suena.

 

(Sale PORCIA cubierta con el manto que le dio el CARCELERO, acompañada de la mesma manera que dijo, con la mitad del acompañamiento enlutado y la otra mitad de fiesta; el VERDUGO al lado izquierdo, desenvainado el cuchillo, y al siniestro, el niño con la corona de laurel; los atambores delante sonando triste y ronco, la mitad de la caja de verde y la otra mitad de negro, que será un estraño espectáculo. Siéntase PORCIA, cubierta, en un asiento alto que ha de estar a un lado del teatro, desviado del de su padre; entran asimismo DAGOBERTO y ROSAMIRA, como peregrinos embozados, [y TÁCITO].) 

  

DUQUE

¿Cómo no viene Dagoberto? ¿Espera

que se le pase el día, pues ya es hora?


JUEZ

Sin duda, debe ser éste que viene:

que el actor es costumbre se presente

antes que el reo en la estacada.


DUQUE

Es claro.

 

(Entra ANASTASIO, y CORNELIO por padrino, y ANASTASIO viene cubierto el rostro con un tafetán; viene con sus atambores; serán los mismos que trujeron a PORCIA.)


¿No es éste Dagoberto?


ANASTASIO

Ni aun quisiera

serlo por la mitad de todo el mundo.


DUQUE

¿Pues quién sois?


ANASTASIO

Su enemigo, sólo en cuanto

lo es de la duquesa Rosamira,

cuya defensa tomo yo a mi cargo.


DUQUE

Yo os lo agradezco.


JUEZ

Dagoberto tarda.


DUQUE

Cajas oigo sonar; él es, sin duda.

 

(Entra MANFREDO con un tafetán por el rostro; trae a JULIA por padrino, que asimesmo viene embozada.)


JUEZ

Tampoco es éste Dagoberto.


DUQUE

El talle

no nos dice que es él.


JUEZ

Sin duda, pienso

que ha de tener de sobra defensores

la duquesa.


DUQUE

Sepamos quién es éste.


JUEZ

¿Quién sois o a qué venís, buen caballero?


MANFREDO

El saber quién yo sea importa poco;

saber a lo que vengo, sí que importa:

a defender a la duquesa vengo.


DAGOBERTO

¿Quién serán estos dos?


ROSAMIRA

No los conozco

ni sé quién puedan ser.


ANASTASIO

A mí me toca

por derecho y razón esa defensa,

pues fui el primero que llegué a este punto.


TÁCITO

Razón tiene el primero, o yo sé poco

desto de desafíos y estacadas.


JUEZ

A la duquesa toca el declararse

cuál quiere de los dos que la defienda.


DUQUE

Eso es razón.


ANASTASIO

Y yo por tal la tengo.


MANFREDO

Y yo también: que no me queda cosa

por saber de las leyes de la guerra.


DUQUE

Pregúntenselo, pues, y vean qué dice

mi hija. ¡Oh nombre dulce, cuando el cielo

quiso que sin escrúpulo llegase

a mis oídos!


JUEZ

Id vos, y sabeldo.


UNO

El duque, mi señor, dice, señora,

que estos caballeros han venido

a ser tus defensores, y que escojas

cuál quieres de los dos que te defienda.


PORCIA

En Dios y en el primero deposito

mi agravio, mi inocencia y esperanza.


DAGOBERTO

¿Labradora es ésta? Mejor me ayude

el cielo que la crea. Ya se tarda

mi criado.


ROSAMIRA

Confusa estoy, amigo.

No sé en qué ha de parar tan grande enredo.


JUEZ

Bien se oyó lo que dijo; a vos os toca,

señor, su defensa.


MANFREDO

Tener paciencia

es lo que más importa en este caso;

basta que se ha mostrado al descubierto

mi voluntad.


DUQUE

El cielo así os lo pague

como yo os lo agradezco.


JUEZ

No hay disculpa

que pueda disculpar ya la tardanza

de Dagoberto.


DUQUE

¡Mas, que nunca venga!


TÁCITO

Ciégale, San Antón; quémale un brazo;

destróncale un tobillo; nunca acierte

a venir a este sitio; salga en palmas

nuestra buena duquesa, que es un ángel,

una paloma duenda, una cordera,

que no tiene más hiel que cuatro toros.


(Entra un CORREO con una carta.)


CORREO

Es de tanta importancia este despacho

que traigo, ¡oh buen señor!, que me es forzoso

dártele aquí; que así me lo mandaron,

porque es de Dagoberto, y que te importa.


DUQUE

¿De Dagoberto? Muestra cómo es esto.

¿Cómo toma la pluma por la espada?

¿Tiempo es éste de cartas?


CORREO

No sé nada:

ello dirá.


JUEZ

Vuestra excelencia vea

lo que la carta dice.


DUQUE

Así lo hago.


DAGOBERTO

Parece que se turba el duque.


ROSAMIRA

¡Ay triste!

¡Cuánto mejor nos fuera habernos ido

y esperar desde lejos el suceso

deste tan grande enredo y desventura!

¡Temblando estoy!


TÁCITO

¿Carticas a tal tiempo?

Apostaré que no llega esta danza

a hacer con las cindojas el tretoque.


DUQUE

¿Hay cosa igual? Leed aquesa carta

en alta voz, que es bien que la oigan todos.


(Después de haber leído el DUQUE la carta, se la da al JUEZ, que la lee en alta voz.)

  

[JUEZ]

La presta resolución que tomaste de entregar a Manfredo por esposa a tu hija Rosamira me forzó a usar de la industria de acusalla, por evitar por entonces el peligro de perdella. La mejor señal que te podré dar de que es buena es el haberla yo escogido por mi legítima mujer. Considera, señor, antes que del todo me culpes, que soy tan bueno como Manfredo, y que tu hija escogió lo que quizá tú no le dieras casándola contra su voluntad. Si con ella usare[s] término de piadoso padre, usaré yo contigo el de obediente hijo; aunque, de cualquier manera que me trates lo habré de ser hasta la muerte.

Tu hijo Dagoberto.


ANASTASIO

¿Hase visto maldad tan insolente?

A no estar seguro deste hecho,

¿saliera Dagoberto fácilmente

con el embuste que forjó en su pecho?


DUQUE

Si esto permite el cielo y lo consiente,

¿qué puedo yo hacer? Ello está hecho;

gócela en paz.


ANASTASIO

Aqueso es sin justicia

y contra todo estilo de milicia.

Según tu bando, mía es Rosamira:

porque tú prometiste de entregalla

por legítima esposa al que la mira

pusiese en defendella y libertalla.

Lo que el de Utrino dice es gran mentira,

y podrá la experiencia averigualla;

luego en este momento yo he vencido,

pues mi contrario al puesto no ha venido,

y la escusa que da no es de importancia,

porque es todo al revés de lo que cuenta.


MANFREDO

Venciste; pero mía es tu ganancia,

si aquí al buen proceder se tiene cuenta.

Si de otro es Rosamira, es ignorancia

pensar que ha de ser tuya.


ANASTASIO

¡No consienta

el Cielo que mi esposa de otro sea!


MANFREDO

Esta verdad haré que aquí se vea.


ANASTASIO

¿En qué la fundas?


MANFREDO

En que soy Manfredo,

de Rosamira, por concierto, esposo.

Que la has librado tú, yo lo concedo,

no más de porque yo fui perezoso.

Por cuatro pasos, bien decirlo puedo,

que llevaste a los míos, fin dichoso

has alcanzado en la dudosa empresa;

mas no por esto es tuya la duquesa:

que la razón que así te da el derecho,

por primer defensor que llegó al puesto,

la turba, según siento, estar ya hecho

conmigo el casamiento antes de aquesto.


PORCIA

¡Saltando el corazón me está en el pecho!


JULIA

¡Válame Dios! ¿En qué ha de parar esto?


ROSAMIRA

¿Adónde vas?


DAGOBERTO

Sosiégate.


ROSAMIRA

Recelo...


DUQUE

¿Ha visto caso semejante el suelo?


ANASTASIO

Quedaos, amor, un poco aquí arrimado;

venid en su lugar, honra, conmigo.

Oye, Manfredo, güésped mal mirado,

ladrón de paz y engañador amigo:

¿dó están las ricas prendas que has robado?

¿Por qué tan sin porqué, como enemigo,

usando en la amistad tan mal decoro,

a mi padre robaste su tesoro?


MANFREDO

¿Quién eres?


ANASTASIO

Anastasio, el heredero

de Dorlán, y de Julia único hermano,

de Porcia primo, por las cuales quiero

probar que eres ladrón torpe y villano.


MANFREDO

Si como eres valiente caballero

fueras más atentado, claro y llano,

vieras que esas razones afrentosas

se fundan en quimeras fabulosas.

Yo no robé a tu hermana ni a tu prima;

mas de alguna sabrás, como tú hagas

que a la quistión primera se dé cima,

con que tu gusto al mío satisfagas.


DAGOBERTO

La honra de mi hermana me lastima.


ROSAMIRA

¿Dónde vas, Dagoberto? No deshagas

el buen principio que la suerte muestra

de dar buen fin a la desdicha nuestra.


DAGOBERTO

Sabe que soy Dagoberto,

Manfredo, y sabe que soy

aquel que agraviado estoy

de tu infame desconcierto.

¡Dame a mi hermana, traidor,

de fe falsa y alevosa!


MANFREDO

Restituye tú a mi esposa

antes el robado honor.

No te desmiento, porque

de aquí a bien poco verás

en el engaño en que estás

y la bondad de mi fe.


ANASTASIO

Primo -mas quédese aparte

el parentesco hasta ver

si del justo proceder

os dio el cielo alguna parte-,

¿vos decís que es vuestra esposa

Rosamira?


DAGOBERTO

Y es verdad.


ANASTASIO

¿Tenéis otra claridad

deste hecho no dudosa,

como es el decirlo vos?


DAGOBERTO

¿Bastará que yo lo diga?


ANASTASIO

¿Quién duda?


DAGOBERTO

Pues no se diga

más contienda entre los dos

ni entre los tres, que yo haré

que ella lo declare al punto.


DUQUE

El bien me ha venido junto

cuando menos lo pensé.

Escoja mi hija, y haga

su gusto: que todos tres

son iguales.


JUEZ

Así es.


MANFREDO

Bien cierta tengo la paga,

pues tan de su voluntad

se entregaba por mi esposa.


ANASTASIO

No está mi suerte dudosa,

si es que es firme la verdad.


DAGOBERTO

¡Qué engañados quedarán

los dos en este suceso!


JULIA

Cerrado está ya el proceso;

mirad qué sentencia os dan,

corazón. ¡Ay de mí, triste,

que el miedo crece, y desmengua

la esperanza! Callad, lengua,

que mal tal, mal se resiste.


PORCIA

[Aparte.]

¿Si es tiempo de descubrir

la verdad de mi mentira?


MANFREDO

Señor, manda a Rosamira

diga a quién quiere admitir.


DUQUE

Dígalo en buen hora.


PORCIA

Digo

que es Anastasio mi esposo.


JULIA

¡Alentad, pecho amoroso!


ROSAMIRA

Lo que tú dices desdigo:

que Dagoberto es mi bien.


ANASTASIO

Y vos, señora, mi gloria.


MANFREDO

Tragedia ha sido mi historia.


JULIA

Aún quedan glorias que os den.

¿Tuya no soy, pena vuestra?


(Tome la mano ROSAMIRA a DAGOBERTO y ANASTASIO a PORCIA, y a este instante se declaren entrambas.)

  

TÁCITO

¿De qué Anastasio se admira?


JULIA

Aquélla no es Rosamira.


ANASTASIO

¡Ay suerte airada y siniestra!

¿Quién eres?


PORCIA

Soy la que quiso

el Cielo, en todo piadoso,

sacarla de un riguroso

infierno a tu paraíso;

soy la que, en traje mudado,

trayendo amor en el pecho,

procurando tu provecho

he mi gusto procurado;

soy aquélla a quien tú diste

de esposa la fe y la mano;

soy quien tiene amor ufano

por ver que no se resiste;

soy de Dagoberto hermana

y soy tu prima, y soy quien,

cuando me falte tu bien,

no soy más que sombra vana.


ANASTASIO

¿Dónde está Julia?


PORCIA

Señor,

yo sé que la verás presto.


JULIA

¿Podré esperar, según esto,

blandura de tu rigor?

Mira con qué mansedumbre

Anastasio a Porcia mira;

mira que es de Rosamira

ya Dagoberto su lumbre;

mira que yo sola quedo

en los brazos de la muerte,

si tu clemencia no advierte

que soy Julia y tú Manfredo.


MANFREDO

Levanta, pues que ya el Cielo

tus deseos asegura,

gracias a tu hermosura

y a mi siempre honrado celo.

Anastasio, mira agora

con gusto y admiración

que yo nunca fui ladrón

ni de condición traidora.

Aquésta es Julia, tu hermana,

y ésa, tu prima, cual dice,

con las cuales nunca hice

traición ni fuerza villana.

Ellas te dirán después

del modo que aquí vinieron;

basta que el fin consiguieron,

y es gusto de su interés.

Tu industria y el cielo han hecho

que les seamos esposos;

ellos son lances forzosos;

no hay sino hacerles buen pecho.

Quien se pudiera quejar

de Rosamira era yo;

mas si el Cielo esto ordenó...


ANASTASIO

Que paciencia y barajar.


DAGOBERTO

¡Oh hermana mía!


PORCIA

¡Oh mi hermano!


DAGOBERTO

¡Buenos pasos son aquéstos!


PORCIA

Nunca pasos descompuestos

ganaron lo que yo gano.


ANASTASIO

Más es tiempo de aliviallas

aquéste, que de reñillas.


DUQUE

Aquéstas son maravillas

dignas solas de admirallas.


ANASTASIO

En fin, mi hermana es tu esposa.


MANFREDO

Así es.


ANASTASIO

Y Porcia es mía,

si no lo impide y desvía

ser mi prima.


DUQUE

Fácil cosa

es haber dispensación

en caso tan importante.


TÁCITO

Hoy del campo de Agramante

he visto la confusión,

y la paz de Otavïano

he visto en espacio breve.

¡No hay camino que amor pruebe,

difícil, que no sea llano!


DUQUE

Entremos en la ciudad,

donde despacio sabremos

destos no vistos estremos

toda la puntualidad,

y allí se harán regocijos

y desposorios honrosos

de los seis tan venturosos

que ya los tengo por hijos.


TÁCITO

Éstas son, ¡oh Amor!, en fin,

tus disparates y hazañas;

y aquí acaban las marañas

tuyas, que no tienen fin.




FIN





Comedia famosa de la entretenida


Los que hablan en ella son los siguientes:


OCAÑA, lacayo.

CRISTINA, fregona.

DON ANTONIO.

MARCELA, su hermana.

DON FRANCISCO.

CARDENIO.

TORRENTE, su criado.

MUÑOZ, escudero de Marcela.

DOROTEA.

DON AMBROSIO.

QUIÑONES, paje.

ANASTASIO.

Músicos.

UN BARBERO.

UN ALGUACIL.

[UN] CORCHETE.

DON GIL, bastardo.

CLAVIJO.

Un CARRETERO.

DON PEDRO OSORIO, padre de [otra] Marcela. 




JORNADA PRIMERA

 

Salen OCAÑA, lacayo, con un mandil y harnero, y CRISTINA, fregona.


OCAÑA

Mi sora Cristina, denmos.


CRISTINA

¿Qué hemos de dar, mi so Ocaña?


OCAÑA

Dar en dulce, no en huraña,

ni en tan amargos estremos.


CRISTINA

¿Querría el sor que anduviese

de pa y vereda contino?


OCAÑA

No hay quien ande ese camino

que algún gusto no interese.


[CRISTINA]

Siempre la melancolía

fue de la muerte parienta,

y en la vida alegre asienta

el hablar de argentería.

Motes, cuentos, chistes, dichos,

pensamientos regalados,

muy buenos para pensados,

y mejores para dichos.


OCAÑA

Sé yo, Cristina, con quién

te burlas, y no es conmigo.


CRISTINA

¿Sabe, Ocaña, qué le digo?


OCAÑA

¿Qué dirás que me esté bien?


CRISTINA

Dígole que no malicie

con tan dañados intentos.


OCAÑA

Pues a fe que en estos cuentos

ando por la superficie:

que, si llegase hasta el centro,

¡oh, qué diría de cosas!


CRISTINA

Muchas, pero maliciosas.


OCAÑA

Sálenme mil al encuentro

del corazón a la lengua.


CRISTINA

No te pienso escuchar más.


OCAÑA

Vuelve, Cristina; ¿a dó vas?


CRISTINA

Es el escucharte mengua,

y enfádanme tus ruindades

y tus modos de decir.


OCAÑA

El que está para morir,

siempre suele hablar verdades.

Yo estoy muriendo, y confieso

que quieres bien a Quiñones.


CRISTINA

De tus malas intenciones

agora se vee el exceso;

agora se echa de ver

que eres loco y laca...


OCAÑA

Bueno;

pronuncia de lleno en lleno,

aunque el «yo» no es menester;

que el ser lacayo no ignoro,

sin rodeos y sin cifras.

Y mal tu venganza cifras

en no guardar el decoro

que debes a ser fregona

de las más lindas que vi,

entre Quiñones y mí,

ya cordera y ya leona.


CRISTINA

¿Soy, por ventura, mujer

que he de avasallarme a un paje?

¿O vengo yo de linaje

de tan bajo proceder?

¿No soy yo la que en mi flor,

por no querer ofendella,

presumo más de doncella,

que no el Cid de Campeador?

¿No soy yo de los Capoches

de Oviedo? ¿Hay más que mostrar?


OCAÑA

Con todo, te has de quedar,

Cristina...


CRISTINA

¿A qué?


OCAÑA

A buenas noches,

Eres muy solicitada

y muy vista, y no está el toque

en que la flor no se toque,

si al serlo está aparejada.

Las flores en el campo están

sujetas a cualquier mano:

a las del bajo villano

y a las del alto galán,

al arado y al pie duro

del labrador que le guía;

pero la flor que se cría

tras el levantado muro

del recato, no la ofende

el cierzo murmurador,

ni la marchita el ardor

del que tocarla pretende.

La mujer ha de ser buena,

y parecerlo, que es más.


CRISTINA

Gran predicador estás;

mas tu dotrina condena

a tus lascivos intentos.


OCAÑA

Levántasles testimonio:

que al blanco del matrimonio

asestan mis pensamientos.


CRISTINA

A mucho te has atrevido.

Muestra; aquí está la cebada.


(Dale el harnero.)

(Éntrase CRISTINA.)


OCAÑA

Toma el harnero, agraviada

deste que de ti lo ha sido.

¡Oh pajes, que sois halcones

destas duendas fregoniles,

de su salario alguaciles,

de sus vivares hurones!

Lleváisos la media nata

deste común beneficio;

dais en ella rienda al vicio,

sin hallar ninguna ingrata:

gozáis del justo botín

y de la limpia chinela,

y os reís del arandela

y del dorado chapín;

hacéis con modos süaves

burla que os cuesta barata

de aquellas lunas de plata

que van pisando las graves.

¡Qué presto Cristina vuelve

con la cebada y Quiñones!

¡Corazón, triste te pones!

¡La sangre se me revuelve

en ver a estos dos tan juntos,

tan domésticos y afables!


(Entra CRISTINA, con la cebada, y QUIÑONES, el paje.)

  

CRISTINA

No le mires ni le hables.

Si le hablares, no sea en puntos

que te descubran celoso;

que hará mil suertes en ti.


QUIÑONES

Aunque mozo, nunca fui,

ni soy, ni seré medroso.


CRISTINA

Advierte que está delante.

Tome, galán, la cebada.


OCAÑA

¿Bien medida?


CRISTINA

Y bien colmada.


OCAÑA

¿Midióla mi so galante?


CRISTINA

No la midió sino el diablo,

que tu mala lengua atiza.


OCAÑA

Voyme a mi caballeriza,

por no ver este retablo

destas dos figuras juntas

que no se apartan jamás.


QUIÑONES

En tales malicias das,

que con una mil apuntas;

y que te engañas sé yo.


OCAÑA

Y también sé yo muy bien

que a los dos estará bien

el callar.


CRISTINA

Yo sé que no,

porque quien calla concede

con el mal que dél se dice.


OCAÑA

Ninguno te dije o hice.


QUIÑONES

Ni él decir o hacerle puede.


OCAÑA

Por vida suya, que abaje

el toldo; que, en mi conciencia,

que hay muy poca diferencia

entre un lacayo y un paje.

La longura de un caballo

puede medirla a compás,

yo delante, y él detrás:

andallo, mi vida, andallo.


(Éntrase OCAÑA.)


CRISTINA

¡Y que tú no tengas brío

para responderle! Creo

que he de recobrar mi empleo

y volverme a lo que es mío.


QUIÑONES

¿Qué tengo de responder?

¿Ciño espada? No la ciño.

Y más, que es mengua si riño

con...


CRISTINA

Quiñones, a placer:

que es Ocaña hombre de bien,

y espadachín además.


(Entran DON ANTONIO y su hermana MARCELA.)

   

DON [ANTONIO]

¡Porfiada, hermana, estás!

Quiero, mas no diré a quién.

Tengo ausente mi alegría,

sin saber adónde yace,

y de aquesta ausencia nace

toda mi malencolía.

Hanla escondido, y no sé

adónde, en cielo ni en tierra;

muévenme los celos guerra,

y dan alcance a mi fe,

no porque la menoscaben:

que, celos no averiguados,

ministran a los cuidados

materia porque no acaben;

son la leña del gran fuego

que en el alma enciende amor,

viento con cuyo rigor

se esparce o turba el sosiego.


QUIÑONES

Aún no han echado de ver

que estamos aquí nosotros.


DON [ANTONIO]

Dejadnos aquí vosotros.


CRISTINA

Entra aquí el obedecer.


(Éntranse QUIÑONES y CRISTINA.)


MARCELA

¿Siquiera no me dirás

el nombre desa tu dama?


DON [ANTONIO]

Como te llamas, se llama.


MARCELA

¿Como yo?


DON [ANTONIO]

Y aun tiene más:

que se te parece mucho.


MARCELA

[Aparte.]

¡Válame Dios! ¿Qué es aquesto?

¿Si es amor éste de incesto?

Con varias sospechas lucho.

¿Es hermosa?


DON [ANTONIO]

Como vos,

y está bien encarecido.


MARCELA

[Aparte.]

El seso tiene perdido

mi hermano. ¡Válgale Dios!

 

(Entra DON FRANCISCO, amigo de DON ANTONIO.)

  

DON FRANCISCO

¿Andan hinchadas las olas

del mar de tu pensamiento?


DON [ANTONIO]

Entraos en vuestro aposento;

dejadnos, hermana, a solas;

retiraos, hermana mía.


MARCELA

¡Dios tus intentos mejore!


(Éntrase MARCELA.)


DON [ANTONIO]

¿Traéis desdichas que llore,

o ya venturas que ría?


DON FRANCISCO

Promesas que se han cumplido

con dádivas, se han probado;

industrias se han intentado

del Sinón más entendido;

las diligencias que he hecho

frisan con las imposibles;

linces ha habido invisibles,

y espías de trecho a trecho;

pero no puede mostrar

sagacidad o cautela

dónde han llevado a Marcela;

cosa que es para admirar.

Solamente se imagina

que una noche la sacó

su padre, y se la llevó;

pero adónde, no se atina.


DON [ANTONIO]

¿Si podrá la astrología

judiciaria declarallo?


DON FRANCISCO

Yo no pienso interrogallo;

que tengo por fruslería

la ciencia, no en cuanto a ciencia,

sino en cuanto al usar della

el simple que se entra en ella

sin estudio ni experiencia.

Si acaso Marcela fuera

alguna joya perdida,

yo buscara otra salida,

que buena en esto la diera.

Santos hay auxiliadores

veinte, o más, o no sé cuántos;

pero no querrán los santos

curarnos de mal de amores.

A la justa petición

siempre favorece el Cielo.


DON [ANTONIO]

Pues, ¿no es muy justo mi celo?

¿No está muy puesto en razón?

¿Busco yo a Marcela acaso

sino para ser mi esposa?

¿Della pretendo otra cosa?


DON FRANCISCO

O vámonos, o habla paso:

que no sabes quién te escucha.


DON [ANTONIO]

Vamos, amigo, y advierte

que fío mi vida y muerte

de tu discreción, que es mucha.

 

(Éntranse DON ANTONIO y DON FRANCISCO.)

(Entran CARDENIO, con manteo y sotana, y tras él TORRENTE, capigorrón, comiendo un membrillo o cosa que se le parezca.)

  

CARDENIO

Vuela mi estrecha y débil esperanza

con flacas alas, y, aunque sube el vuelo

a la alta cumbre del hermoso cielo,

jamás el punto que pretende alcanza.

Yo vengo a ser perfecta semejanza

de aquel mancebo que de Creta el suelo

dejó, y, contrario de su padre al celo,

a la región del cielo se abalanza.

Caerán mis atrevidos pensamientos,

del amoroso incendio derretidos,

en el mar del temor turbado y frío;

pero no llevarán cursos violentos,

del tiempo y de la muerte prevenidos,

al lugar del olvido el nombre mío.

¿Comes? Buena pro te haga;

la misma hambre te tome.


TORRENTE

No puede decir que come

el que masca y no lo traga.

No se me vaya a la mano,

que désta, si acaso es culpa,

ser me sirve de disculpa

el membrillo toledano.

Sé cierto que decir puedo,

y mil veces referillo:

espada, mujer, membrillo,

a toda ley, de Toledo.

Las acciones naturales

son forzosas, y el comer

una dellas viene a ser,

y de las más principales;

y esto aquí de molde viene,

y es una advertencia llana:

come el rico cuando ha gana,

y el pobre, cuando lo tiene.

   

CARDENIO

Con todo, me darás gusto

de que en la calle no comas.


TORRENTE

Si estas niñerías tomas

por deshonra o por disgusto,

yo me aturaré la boca

con cal y arena a pisón.


CARDENIO

Sé que tienes discreción.


TORRENTE

¡Y golosina no poca!


CARDENIO

Sabes lo que nunca supo

el diablo.


TORRENTE

Y aun soy peor.


CARDENIO

¿Vuelves a comer, traidor?


TORRENTE

Ya no como, sino chupo.

 

(Entra MUÑOZ, escudero de MARCELA.)


Pero ves dónde parece

tu Santelmo.


CARDENIO

Así es verdad,

puesto que mi tempestad

nunca mengua y siempre crece.

En estas benditas manos

tengo mi remedio puesto.


MUÑOZ

Vos veréis cómo echo el resto

en daros consejos sanos.

Advertid, hijo, que son

las canas el fundamento

y la basa a do hace asiento

la agudeza y discreción.

En la mucha edad se muestra

que asiste toda advertencia

porque tiene a la experiencia

por consejera y maestra;

y estas canas no han nacido

en aqueste rostro acaso.


CARDENIO

Hablad, señor Muñoz, paso,

que ya os tengo conocido,

y sé que sabéis cortar,

colgado del aire, un pelo.


MUÑOZ

Así me ayude a mí el cielo

como os pienso de ayudar;

porque el premio es el que aviva

al más torpe ingenio y rudo.


CARDENIO

Si es premio este pobre escudo,

vuestra merced le reciba

con aquella voluntad

sana con que yo le ofrezco.


MUÑOZ

¡Oh señor, que no merezco

tanta liberalidad!


TORRENTE

Tomóle, besóle y diole

quizá perpetua clausura;

del oro la color pura

sin duda que enamoróle,

porque tiene una virtud

de alegrar el corazón,

y la avara condición

vive con la senetud.

Pero, ¿a qué pecho no doma

la hambre del oro?


MUÑOZ

Escucha,

y con advertencia mucha,

hijo, este consejo toma.

De Marcela no hay pensar

que es de tan tiernos aceros,

que la han de ablandar terceros,

ni rogar, ni porfiar,

ni lágrimas, ni suspiros,

ni voluntad verdadera:

que son con ella de cera

de amor los más fuertes tiros.

A las olas que se atreven

a embestirla por amar,

se muestra roca en la mar,

que la tocan y no mueven.

Esto con Marcela pasa.


CARDENIO

No me acobardes y espantes.


TORRENTE

¡Oh, cuántos destos diamantes

he visto volver de masa!

¡Cuántas he visto rendidas

a un billete trasnochado!

¡Cuántas, sin darlas, han dado

de ganadas en perdidas!

¡Cuántas siguen sus antojos

en mitad de su recato!

¡Cuántas en el dulce trato

tropiezan, y aun dan de ojos!


MUÑOZ

Pues ni Marcela tropieza

ni cae.


TORRENTE

¡Gran milagro!


CARDENIO

Calla:

que es estremo que se halla

hoy en la naturaleza,

y el señor Muñoz bien sabe

lo que dice.


MUÑOZ

Yo estoy cierto

que, aún más bien del que os advierto,

todo en mi señora cabe.

Pero vengamos al punto

de lo que quiero decir.


CARDENIO

Hasta acabarle de oír,

estoy, Torrente, difunto.


MUÑOZ

Es el caso que está en Lima

un hermano de su padre

de Marcela, caballero

de ilustre y claro linaje.

De los bienes de fortuna

dicen que le cupo parte

tanta que, entre los más ricos,

suelen por rico nombrarle.

Tiene un hijo que se llama

don Silvestre de Almendárez,

el cual con doña Marcela,

aunque prima, ha de casarse.

Cada flota le esperamos;

mas, si en esta que se sabe

que ha llegado a salvamento

no viene, echado ha buen lance.

Fíngete tú don Silvestre,

que yo te daré bastantes

relaciones con que muestres

ser él mismo; y serán tales,

que, por más que te pregunten,

podrás responder con arte,

que, acreditando el engaño,

tus mentiras sean verdades.

Aposentaránte en casa,

haránte gasajos grandes,

y tú dentro, una por una,

podrás ver cómo te vales.


CARDENIO

Está bien; pero si acaso

en aquesta flota traen

cartas dese don Silvestre,

y de que no viene saben,

yo dentro en casa, ¿qué haré?

¿Cómo podrá acreditarse

tan conocida mentira

para que pase adelante?


MUÑOZ

Dirás que, después de escritas

y dadas, quiso tu madre

que te vinieses a España,

aunque a hurto de tu padre;

que ella, deseando verse

con nietos en quien dilate

su nombre y posteridad,

no quiso que más tardases.

Y este venirte a escondidas

podrá, señor, escusarte

de no venir con riquezas

que el ser quien eres señalen;

mas no dejes de traer

algunas piedras bezares,

y algunas sartas de perlas,

y papagayos que hablen.


CARDENIO

En eso yo daré trazas

que dese aprieto me saquen,

y tales, que satisfagan.


TORRENTE

Todo aquesto es disparate.


CARDENIO

La memoria sea cumplida,

y los puntos importantes

que en este nuevo edificio

han de ser fundamentales,

vengan especificados,

de modo que me declaren

por el mismo don Silvestre.


MUÑOZ

Ven por ellos esta tarde.


CARDENIO

Volverá este mi criado.


TORRENTE

Volveré, si a Dios le place;

que, sin su ayuda, no puedo,

ni estornudar, ni mudarme.


MUÑOZ

Señor, si acaso, si a dicha,

si por buena suerte traes

otro escudillo, bien puedes

con liberal mano darle:

que es invierno, y no hay bayeta,

y no será bien que pase

frío el que al incendio tuyo

procura refrigerarle.


CARDENIO

No le traigo, en mi conciencia;

pero yo haré que se os saque

un vestido de bayeta,

y a mi cuenta le hará el sastre.


MUÑOZ

Venderéle, ¡vive Roque!

No consentiré se ensanche

Marcela con mis trofeos,

que cuestan gotas de sangre.

Vístame la que quisiere

que polido la acompañe:

que gastar yo mi bayeta

en servicio ajeno, ¡tate!

Y voyme, porque conviene

que la memoria se estampe

que fortifique este embuste.

Y a Dios quedéis.


CARDENIO

Él os guarde.


MUÑOZ

Mire que no se le olvide

lo de la bayeta y sastre:

que en este punto consisten

sus gustos o sus pesares.


(Éntrase MUÑOZ.)


CARDENIO

¡Gran principio a mi quimera!


TORRENTE

Llámala, señor, dislate;

torre fundada en palillos,

como casica de naipes.

Dime: ¿dónde están las perlas?

¿Dónde las piedras bezares?

¿Adónde las catalnicas

o los papagayos grandes?

¿Dónde la prática de Indias,

de los puertos y los mares

que se toman y navegan?

¿Dónde la bayeta y sastre?

Si quieres que tus negocios

en felice punto paren,

lleva, y esto te aconsejo,

siempre la verdad delante.

Capigorrista soy tuyo,

y como padezco hambre,

tengo sotil el ingenio,

y en dar consejos soy sacre.


CARDENIO

Yo me remito a la lista

de Muñoz; tú no desmayes,

que en las empresas de amor,

tal vez se ha visto que valen

el ingenio y la ventura

más que las riquezas grandes.


TORRENTE

Deste laberinto, el cielo

con las narices nos saque.

 

(Éntranse.)

(Entran MARCELA y DOROTEA, su doncella.)


DOROTEA

Dime, señora: ¿qué muestra

te ha dado tu hermano tal,

que sea indicio y señal

de alguna intención siniestra?

No puedo darme a entender

que te ama viciosamente,

aunque es caso contingente.


MARCELA

¡Y cómo si puede ser!

¿Ya no se sabe que Amón

amó a su hermana Tamar?

¿Y no nos vienen a dar

Mirra y su padre ocasión

de temer estos incestos?


DOROTEA

Con todo, señora, creo

que encamina su deseo

por términos más compuestos,

y esto tengo por verdad.


MARCELA

Mi querida Dorotea,

plega al Cielo que así sea;

Él rija su voluntad.

De contino trae en la boca

mi nombre, a hurto me mira,

gime a solas y suspira,

las manos me besa y toca;

y da por disculpa desto,

que me parezco a su dama,

que de mi nombre se llama.


DOROTEA

¿Hase, a dicha, descompuesto

a hacer más de lo que dices?


MARCELA

No, por cierto; ni querría.


DOROTEA

Pues desto, señora mía,

no es bien que te escandalices;

pues podrá ser que su dama

se llame, señora, así,

y que se parezca a ti,

si de hermosa tiene fama.


(Entra DON ANTONIO, hermano de MARCELA.)


MARCELA

Mira do viene suspenso;

tanto, que no echa de ver

que aquí estamos. De su ser

que está trastrocado pienso.

Escuchémosle, y advierte

cómo de Marcela trata.


DON [ANTONIO]

Es tu ausencia la que mata;

no el desdén, aunque es tan fuerte.

¡Ay dura, ay importuna, ay triste ausencia!

¡Cuán lejos debió estar de conocerte

el que al furor de la invencible muerte

igualó tu poder y tu violencia!

Que, cuando con mayor rigor sentencia,

¿qué puede más su limitada suerte

que deshacer la liga y nudo fuerte

que a cuerpo y alma tiene inconveniencia?

Tu duro alfanje a mayor mal se estiende,

pues un espíritu en dos mitades parte.

¡Oh milagros de amor, que nadie entiende!

Que, del lugar de do mi alma parte,

dejando su mitad con quien la enciende,

consigo traiga la más frágil parte.

¡Oh Marcela fugitiva

y sorda al lamento mío!

¿Cómo quiere tu desvío

que ausente muriendo viva?

¿Dónde te ascondes? ¿Qué clima,

inhabitable te encierra?

¿Cómo a tu paz no da guerra

el dolor que me lastima?

¡Téngote siempre delante,

y no te puedo alcanzar!


MARCELA

Para temer y pensar,

¿esto no es causa bastante?


DOROTEA

Sí, por cierto. Nunca estés

sola, si fuere posible;

de que aspire a lo imposible,

jamás ocasión le des;

rómpase en tu honestidad,

en tu advertencia y recato,

la fuerza de su mal trato,

que nace de ociosidad.

Y vámonos, no nos vea;

dé a solas rienda a su intento.


MARCELA

Yo estoy en tu pensamiento,

que es muy bueno, Dorotea.

 

(Éntrase MARCELA y DOROTEA.)

(Sale OCAÑA, de lacayo, con una varilla de membrillo y unos antojos de caballo en la mano, y pónese atento a escuchar a su amo.)

  

DON [ANTONIO]

Amor, que lo imposible facilitas

con poderosa fuerza blandamente,

allanando las cumbres,

¿por qué las nubes de mi sol no quitas?

¿Por qué no muestras por algún Oriente

las dos hermosas cumbres

que dan rayos al sol, luz a tus ojos,

por quien te rinde el mundo sus despojos?

¿Qué quieres, Ocaña?


OCAÑA

Quiero

herrar el bayo, señor,

y no acierta el herrador

a herralle si no hay dinero.

Débense cuatro herraduras

y un brebajo; mira, pues,

si andarán aquellos pies,

siendo tus manos tan duras.

Y vengo por seis raciones

que me deben: que amohína

ver que sobren a Cristina

y resobren a Quiñones,

y que falten para mí,

que sirvo mejor que todos,

de tres y de cuatro modos.


DON [ANTONIO]

Confieso que ello es así,

Ocaña amigo, y sabed

que todo se os pagará.

Y andad con Dios.


OCAÑA

Siempre está

conmigo vuestra merced

riguroso por el cabo.


DON [ANTONIO]

¿En qué modo?


OCAÑA

¿Yo no veo

que, cual si fuera guineo,

bezudo y bozal esclavo,

apenas entro en la sala

por alguna niñería,

cuando cualquiera me envía,

si no en buena, en hora mala?

A nadie se le trasluce,

por más que yo lo procuro,

el ingenio lucio y puro

que en este lacayo luce.

Anda conmigo al revés

fortuna poco discreta:

que, si tú fueras poeta,

quizá fuera yo marqués,

o, por lo menos, ya fuera,

tu consejero y privado;

pero de mi corto hado

tamaño bien no se espera.

Hay poetas tan divinos,

de poder tan singular,

que puedan títulos dar

como condes palatinos;

y aun, si lo toman despacio,

en tiempo y caso oportuno,

no habrá lacayo ninguno

que no casen en palacio

con doncellas de la reina,

de valor único y solo:

que, por la gracia de Apolo,

esta gracia en ellos reina.

Pero yo nací, sin duda,

para la caballeriza,

haciendo en mis dichas riza

mi suerte, que no se muda.

El discreto es concordancia

que engendra la habilidad;

el necio, disparidad

que no hace consonancia.

Del cuerpo por los sentidos

obra el alma, y, cuales son,

o muestra su perfección,

o términos abatidos.

De aquesto quiero inferir

que tan sotil cuerpo tengo,

que en un instante prevengo

lo que he de hacer y decir.

Lacayo soy, Dios mediante;

pero lacayo discreto,

y, a pocos lances, prometo

ser para marqués bastante,

como aquel de Marinán,

de dinare, e più dinare,

si la suerte no estorbare

este bien que no me dan. 


DON [ANTONIO]

¡Alto! Vos habéis hablado

de modo que me obligáis

a que de humilde subáis

a más eminente estado,

siendo al primero escalón

servirme de consejero;

y así, amigo Ocaña, quiero

mostraros mi corazón,

para que, viendo patentes

las ansias que en él se anidan,

ellas a tu ingenio pidan

los remedios suficientes:

que tal vez una dolencia

casi incurable la sana

de una vejezuela cana

una fácil experiencia.


OCAÑA

Dime tu mal, mi señor,

y verás cómo en tantico

tantos remedios aplico,

que sanes con el menor.

Y si por ventura es

el ciego el que te atormenta,

puedes, señor, hacer cuenta

de que ya sano te ves,

porque no se ha de tomar

conmigo el dios ceguezuelo.


DON [ANTONIO]

Que no estás en ti recelo.


OCAÑA

¿Pues en quién había de estar?

Que, a no tomarme del vino,

por costumbre o por conhorte,

no hubiera en toda la corte

otro Catón Censorino

como yo.


DON [ANTONIO]

Ya desvarías.

Vuélvete, Ocaña, a tu establo.


(Éntrase DON ANTONIO.)


OCAÑA

Aunque más sentencias hablo

y elevadas fantasías,

se me trasluce y figura,

conjeturo, pienso y hallo,

ha de ser mi sepultura.

Y está muy puesto en razón:

que, el que quiere porfiar

contra su estrella, ha de dar

coces contra el aguijón.

Cristinica estará agora

en la plaza; allá me impele

aquella fuerza que suele,

que dentro del alma mora.

Búscola como a mi centro,

y si la encontrase yo,

nunca jugador echó

tan rico y gustoso encuentro.

Deste gusto no me prive

Amor, que en mi ayuda llamo,

y siquiera, con mi amo,

ni más medre ni más prive.


(Éntrase OCAÑA.)

(Salen DON AMBROSIO, caballero, y CRISTINA, con un billete en la mano.)


CRISTINA

Hasta ponerle yo en parte

donde le vea, harélo;

pero en lo demás recelo

que no podré contentarte.


DON AMBROSIO

Haz, amiga, que le lea:

que en sólo aquesto consiste

la alegría deste triste.


CRISTINA

Digo que haré que le vea.

Quizá, por curiosidad,

querrá leerle Marcela:

que se ha de usar de cautela

con su mucha honestidad.

No desplegaré la boca

para decirla palabra:

que en sus entrañas no labra

fuerza de amor, mucha o poca.


DON AMBROSIO

¿Regálala, por ventura,

don Antonio?


CRISTINA

Como a hermana.


DON AMBROSIO

De ser su intención tan sana,

no sé yo quién lo asegura.

¡Oh padre mal advertido!


CRISTINA

No le tiene.


DON AMBROSIO

Sí le tiene;

pero a mí no me conviene

el darme por entendido.

De las cosas que sospecho

y de las que son tan graves,

tenga la lengua las llaves,

y no las arroje el pecho.


CRISTINA

Vete, señor, que allí asoma

un paje de casa.


DON AMBROSIO

Amiga,

por tu industria y tu fatiga,

este pobre premio toma.

Y prométete de mí

montes de oro, que bien puedes.


CRISTINA

La menor de tus mercedes

suele ser un Potosí.


(Dale una cajita pintada.)

(Vase AMBROSIO, y entra QUIÑONES.)


QUIÑONES

¿Quién era, Cristina, el lindo

que con tanta sumisión

debió encajar su razón?

«Tuyo soy, y a ti me rindo».

¡Vive el Dador de los cielos,

que es la fregona bonita!

Ordena, manda, pon, quita;

ta, ta, también pide celos.


CRISTINA

El so paje, por su entono,

que primero se tarace

la lengua, que otra vez trace

palabras, y no en mi abono.

¿Hásenos vuelto otro Ocaña?

¡Celos y más celos!


QUIÑONES

Calle,

y advierta que está en la calle.


CRISTINA

¡Ay! Por mi fe, que se ensaña

el mancebito frión.


QUIÑONES

Cristina, menos gallarda;

que esa gallardía aguarda...


CRISTINA

¿Qué, mi rufo?


QUIÑONES

Un bofetón.


CRISTINA

¿En mi cara?


QUIÑONES

En la del cura

le diera, a venir a mano.


CRISTINA

¿Y que alzarás tú la mano

contra tanta hermosura

como pusieron los cielos

en mis mejillas rosadas?


QUIÑONES

Siempre son desatinadas

las venganzas de los celos.

Ocaña es éste. Camina,

y escóndete entre la gente.

 

(Éntranse QUIÑONES y CRISTINA, y sale OCAÑA.)


OCAÑA

Partió mi sol de su Oriente,

y al ocaso se encamina,

y tras sí lleva la sombra

que le sirve de arrebol.

Para mí no es este sol,

sino niebla que me asombra.

Plega a Dios, humilde paje,

asombro de mi esperanza,

que ni valgas por privanza,

ni te estimen por linaje;

sirvas a un catar[r]ibera,

que te dé corta ración;

sea tu estado un bodegón;

no te dé luto, aunque muera;

y cuando el cielo te adiestre

a servir a un titulado,

tu enemigo declarado

el maestresala se muestre.

De las hachas no te valgas,

ni de relieves veas gozo,

y nunca te salga el bozo,

porque de paje no salgas.

Póngante infames renombres;

juegues; pierdas la ración,

que es la mayor maldición

que pueden darte los hombres.


(Éntrase OCAÑA.)

(Sale MUÑOZ.)


MUÑOZ

Despierto y durmiendo, estoy

pensando siempre y soñando

cuándo ha de llegar el cuándo

mude el pellejo en que estoy;

cuándo querrá aquel planeta

que sobre mí predomina,

que remedien mi rüina

el gran sastre y la bayeta.

Diles la memoria, y diles,

previniendo mil barruntos,

de los más sotiles puntos

las respuestas más sotiles;

pero, con todo, me pesa

de haberme empeñado así,

porque tengo para mí

ser de peligro la empresa.


(Entran DON ANTONIO y TORRENTE en hábito de peregrino.)

  

DON [ANTONIO]

Mucho más es melindre que advertencia,

y hase tenido confianza poca

de quien yo soy. Por Dios, que estoy corrido.


MUÑOZ

¡Válgate el diablo! ¿Qué disfraz es éste?

Esto no puse yo en la lista.


TORRENTE

Digo

que el señor don Silvestre de Almendárez

no pudo más. El caso fue forzoso,

y la borrasca tal, que nos convino

alijar el navío, y echar cuanto

en su anchísimo vientre recogía

al mar, que se sorbió como dos huevos

catorce mil tejuelos de oro puro.

Al cielo las promesas y oraciones

volaban más espesas que las nubes,

que la cara del sol cubrían entonces;

entre las cuales oraciones, una

envió don Silvestre al sumo alcázar

con tan vivos y tiernos sentimientos,

que penetró los cascos de los cielos.

Conteníase en ella que de Roma

aquello que se llama Siete Iglesias

andaría descalzo peregrino,

si Dios de aquel peligro le sacaba.

Añadió a su promesa mi persona;

añadidura inútil, aunque buena

en parte, pues que soy su amparo y báculo.

En fin: salimos mondos y desnudos

a tierra, ni sé adónde, ni sé cómo,

habiéndose engullido el mar primero

hasta una catalnica que traíamos,

de habilidad tan rara, y tan discreta,

que, si no era el hablar, no le faltaba

otra cosa ninguna.


DON [ANTONIO]

Bien, por cierto,

la habéis encarecido; aunque yo pienso

que catalnicas mudas valen poco.


TORRENTE

Por señas nos decía todo cuanto

quería que entendiésemos.


MUÑOZ

¡Milagro!


TORRENTE

De perlas, ¡qué de cajas arrojamos;

tamañas como nueces, de buen tomo,

blancas como la nieve aún no pisada!;

de esmeraldas, las peñas como cubas,

digo, como toneles, y aun más grandes;

piedras bezares, pues dos grandes sacos;

anís y cochinilla, fue sin número.


MUÑOZ

Entre esas zarandajas, ¿por ventura

fue bayeta al mar?


TORRENTE

¡Y el sastre y todo!


MUÑOZ

A malísimo viento va esta parva;

no me cuadra ni esquina esta tormenta,

puesto que viene bien para el embuste.


DON [ANTONIO]

¿En qué paraje sucedió el naufragio?


TORRENTE

Estaba yo durmiendo en aquel trance,

y no pude del paje ver el rostro.


DON [ANTONIO]

Paraje dije; pero no me espanto,

que aun hasta aquí os conturba la borrasca,

ni que en ella os durmiésedes; que el miedo

tal vez suele causar sueño profundo.


TORRENTE

No quiso mi señor, ni por semejas,

de cuatro mil y más ofrecimientos

que de darle dineros se le hicieron,

recebir sino aquellos que bastasen

a no pedir limosna en su viaje;

pero no supo bien hacer la cuenta,

porque ya casi todos son gastados.


MUÑOZ

¡Válgate Satanás, qué bien lo enredas!


TORRENTE

La primera estación fue a Guadalupe,

y a la imagen de Illescas la segunda,

y la tercera ha sido a la de Atocha;

a hurto quiso verte, y esta tarde

quiere partirse a Roma; agora queda

en San Ginés hincado de hinojos,

arrojando del pecho mil suspiros,

vertiendo de sus ojos tiernas lágrimas,

pidiendo a Dios que le encamine y guíe

en el viaje santo prometido.

Yo, señor, soy ternísimo de plantas,

a quien callos durísimos enclavan,

de tan largo camino procedidos;

querría que se diese alguna traza

de que por quince días descansásemos,

para tomar aliento y refrigerio

en el nuevo camino que se espera.

Además, que también [él] es ternísimo,

y podría el cansancio fatigalle,

de modo que el camino con la vida

se acabase en un punto: caso triste

si tal viniese a ser, por el tremendo

dolor que sintiría mi señora

doña Ana de Briones, madre suya.


DON [ANTONIO]

Vamos, que yo pondré remedio en todo.


TORRENTE

No hay decir, señor, que yo te he visto,

porque me ha de matar si es que tal sabe.

¡Oh pecador de mí!, ¡Éste es que viene!

¡En la red me ha cogido! ¡Negativa,

señor; si no, yo muero!


DON [ANTONIO]

No hayas miedo.

 

(Entra CARDENIO, como peregrino.)


Mi señor don Silvestre de Almendárez,

¿para qué es encubriros de quien tiene

tantas obligaciones de serviros?


CARDENIO

¡Oh traidor, malnacido! Por Dios vivo,

que os engaña, señor, este embustero:

que yo no soy aquese don Silvestre

que dices de Almendárez, sino un pobre

peregrino, y tan pobre.


TORRENTE

¿Qué me miras?

Yo no le he dicho nada; y si lo he dicho,

digo que miento una y cien mil veces.

[Aparte, a DON ANTONIO.]

¡Vive Dios!, que es el mismo que te digo.

Apriétale, y conjúrale, y confiese.


DON [ANTONIO]

¡Por Dios, primo y señor, que es caso fuerte

negarme esta verdad! ¿Qué importa vengas

rico o pobre a tu casa, que es la mía?


TORRENTE

¡Eso es lo que yo digo, pesia al mundo!


DON [ANTONIO]

¿Mandabas tú a los vientos, o pudiste

del proceloso mar las altas olas

sosegar algún tanto? ¿No es locura

hacer caso de honra los sucesos

varios de la fortuna, siempre instable,

o, por mejor decir, del cielo firme?


TORRENTE

¡Ea, señor, que ya pasa de raya

tan grande pertinacia! ¡Vive Roque,

señor, que es don Silvestre de Almendárez,

vuestro primo y cuñado, el peregrino,

y mi amo, que es más!


CARDENIO

Pues tú lo dices,

no quiero más negarlo, pues no importa.

Dadme, señor, las manos.


DON [ANTONIO]

Doy los brazos,

y el alma en su lugar, querido primo.


CARDENIO

Tomad los míos, que, entre aquestos brazos,

también os doy mi alma.

[A TORRENTE.]

En recompensa,

no te la cubrirá pelo, si puedo.


TORRENTE

Que no temo amenazas mal nacidas,

porque esto es lo que importa a nuestro hecho.


MUÑOZ

¿Y cómo?


DON [ANTONIO]

No hayáis miedo que se os toque

al pelo de la ropa por lo dicho.


TORRENTE

Mi señor es discreto, y verá presto

de cuán poca importancia era el silencio,

en semejante caso.


DON [ANTONIO]

Señor primo,

vamos a casa, y sepa vuestra esposa

vuestra buena venida y deseada.


CARDENIO

Siempre he de obedecer.


MUÑOZ

¡Qué bien trazada

quimera! Si ella llega a colmo, espero

un Potosí de barras y dinero.


TORRENTE

¿Qué os parece, Muñoz?


MUÑOZ

Que me parece

que es verdad cuanto ha dicho, y que lo veo.


TORRENTE

¡Y cómo que es verdad! Sin que le falte

un átomo, una tilde, una meaja.

 

(Éntranse DON ANTONIO, CARDENIO y TORRENTE.)

 

MUÑOZ

Términos tienen estos socarrones

de hacerme a mí entender que la borrasca

y el alijo de ropa es verdadero.

Ahora bien, veremos lo que pasa,

que, una por una, los dos ya están en casa.

 

FIN DE LA PRIMERA JORNADA



JORNADA SEGUNDA


Salen MARCELA y DOROTEA, con una almohadilla, y CRISTINA.


MARCELA

Andas con vergüenza poca,

Cristina, muy inquïeta,

y, con puntos de discreta,

das mil puntadas de loca.

Sabed, señora, una cosa:

que, entre las prendas de honor,

es tenida por mejor

la honesta que la hermosa.


CRISTINA

[Aparte.]

Señora me llama. ¡Malo!:

que ya sé por experiencia

que no hay dos dedos de ausencia

desta cortesía a un palo.


MARCELA

¿Qué murmuras, desatada,

maliciosa y atrevida?


CRISTINA

Nunca murmuré en mi vida.


MARCELA

¿Qué dices?


CRISTINA

No digo nada.

¡Tenga el Señor en el cielo

a mi señora la vieja!


MARCELA

Desas plegarias te deja.


CRISTINA

Pronúncialas mi buen celo.

Si ella fuera viva, sé

que otro gallo me cantara,

y que ninguna no osara

reñirme; no, en buena fe.

¡Tristes de las mozas

a quien trujo el cielo

por casas ajenas

a servir a dueños,

que, entre mil, no salen

cuatro apenas buenos,

que los más son torpes

y de antojos feos!

¿Pues qué, si la triste

acierta a dar celos

al ama, que piensa

que le hace tuerto?

Ajenas ofensas

pagan sus cabellos,

oyen sus oídos

siempre vituperios,

parece la casa

un confuso infierno;

que los celos siempre

fueron vocingleros.

La tierna fregona,

con silencio y miedo,

pasa sus desdichas,

malogra requiebros,

porque jamás llega

a felice puerto

su cargada nave

de malos empleos.

Pero, ya que falte

este detrimento,

sobran los del ama,

que no tienen cuento:

«Ven acá, suciona.

¿Dónde está el pañuelo?

La escoba te hurtaron

y un plato pequeño.

Buen salario ganas;

dél pagarme pienso,

porque despabiles

los ojos y el seso.

Vas y nunca vuelves,

y tienes bureo

con Sancho en la calle,

con Mingo y con Pedro.

Eres, en fin, pu...

El ta diré quedo,

porque de cristiana

sabes que me precio».

Otra vez repito,

con cansado aliento,

con lágrimas tristes

y suspiros tiernos:

¡triste de la moza

a quien trujo el cielo

por casas ajenas!


DOROTEA

Señoras, ¿qué es esto?

Cristinica, amiga,

dime: ¿con qué viento

esta polvareda

has alzado al cielo?


MARCELA

La desenvoltura

es un viento cierzo

que del rostro ahuyenta

la vergüenza y miedo.

Pero yo haré,

si es que acaso puedo,

si ella no se emienda,

lo que callar quiero.

 

(Entra QUIÑONES, el paje.)


QUIÑONES

Don Antonio, mi señor,

entra con dos peregrinos.

 

(Entran DON ANTONIO, CARDENIO, TORRENTE y MUÑOZ.)

  

DON [ANTONIO]

¿Vuestros intentos divinos

fueran disculpa al rigor

del no vernos?


CARDENIO

Así es;

pero yo, señor, holgara

que esta deuda se pagara

de espacio, y fuera después

de mi peregrinación,

que no se puede escusar.


DON [ANTONIO]

Fácilmente habéis de hallar

en mi voluntad perdón.


CARDENIO

¿Es mi señora y mi prima?


DON [ANTONIO]

La misma.


CARDENIO

¡Oh mi señora,

rico archivo donde mora

de la belleza la prima!

No me niegues estos pies,

pues no merezco esas manos.


DOROTEA

Peregrinos cortesanos

son éstos.


DON [ANTONIO]

No tan cortés,

señor primo, que mi hermana

está del caso suspensa.



MUÑOZ

[Aparte.]

La traza de lo que él piensa

es más cortés que no sana.


MARCELA

Señor, para que me muestre

con el respeto debido

a quien sois, el nombre os pido.


CARDENIO

Vuestro primo don Silvestre

de Almendárez; vuestro esposo,

o el que lo tiene de ser.


MARCELA

Mudaré de proceder

con un huésped tan famoso:

los brazos habré de daros,

que no los pies, primo mío.


MUÑOZ

[Aparte.]

Destos principios yo fío

que son más dulces que caros.


CARDENIO

No fue huracán el que pudo

desbaratar nuestra flota,

ni torció nuestra derrota

el mar insolente y crudo;

no fue del tope a la quilla

mi pobre navío abierto,

pues he llegado a tal puerto,

y pongo el pie en tal orilla;

no mi[s] riquezas sorbieron

las aguas que las tragaron,

pues más rico me dejaron

con el bien que en vos me dieron.

Hoy se aumenta mi riqueza,

pues con nueva vida y ser,

peregrino llego a ver

la imagen de tu belleza.


(Entra OCAÑA.)


OCAÑA

Desta común alegría

alguna parte quizá

mi tristeza alcanzará,

que está como estar solía.

Desde aquí quiero mirarte,

si es que te dejas mirar,

de mi suerte amargo azar,

de mi bien el todo y parte.

Puesto en aqueste rincón,

como lacayo sin suerte,

veré quizá de mi muerte

alguna resurrección.


MARCELA

La desventura mayor,

más espantosa y temida,

es la de perder la vida.


DON [ANTONIO]

Primero es la del honor.


MARCELA

Ansí es; y pues vos, primo,

con honra y vida venís,

mal haréis si mal sentís

del mal que por bien yo estimo.

Y en llegar adonde os veis,

habéis de tener por cierto

que habéis arribado a un puerto

adonde restauraréis

las riquezas arrojadas

al mar, siempre codicioso.


CARDENIO

Tendrá el que fuere tu esposo

las venturas confirmadas.


TORRENTE

¿Doncella acaso es de casa?


CRISTINA

No soy sino de la calle.


TORRENTE

Eso no; que aquese talle

a los de palacio pasa.

¿Sirve en ella?


CRISTINA

Soy servida.


TORRENTE

La respuesta ha sido aguda.


OCAÑA

Ten, pulcra, la lengua muda;

no la descosas, perdida.


TORRENTE

¿El nombre?


CRISTINA

Cristina.


TORRENTE

Bueno;

que es dulce, con ser de rumbo.

¿Túmbase?


CRISTINA

Yo no me tumbo.

Basta; que tiene barreno

el indianazo gascón.


TORRENTE

Yo, señora, como ves,

soy criollo perulés,

aunque tiro a borgoñón.


DON [ANTONIO]

Reposaréis, primo mío,

y después saber querría

del buen estar de mi tía,

de vuestro padre y mi tío.


OCAÑA

¡Oh peregrino traidor,

cómo la miras! ¡Oh falsa,

cómo le vas dando salsa

al gusto de su sabor!


TORRENTE

Pluguiera a Dios que nunca aquí viniera;

o, ya que vine aquí, que nunca amara;

o, ya que amé, que amor se me mostrara,

de acero no, sino de blanda cera...


CARDENIO

Depositario fue el mar

de tus cartas y presentes.


OCAÑA

[Aparte.]

¡El alma tengo en los dientes!

¡Casi estoy para espirar!


TORRENTE

...O que de aquesta fregonil guerrera,

de los dos soles de su hermosa cara,

no tan agudas flechas me arrojara,

o menos linda y más humana fuera.


MARCELA

Entrad, señor, do podáis

mudar vestido decente.


CARDENIO

Mi promesa no consiente

que esa merced me hagáis.


TORRENTE

[Aparte.]

Éstas sí son borrascas no fingidas,

de quien no espero verdadera calma,

sino naufragios de más duro aprieto.


CARDENIO

No puedo mudar de traje

por un tiempo limitado:

que esta pobreza ha causado

la tormenta del viaje.


TORRENTE

¡Oh, tú, reparador de nuestras vidas,

Amor, cura las ansias de mi alma,

que no pueden caber en un soneto!


DON [ANTONIO]

A no ser tan perfecto,

primo, vuestro designio, yo hiciera

que por otra persona se cumpliera.

 

(Éntranse MARCELA, DON ANTONIO, DOROTEA, y CRISTINA y CARDENIO. Quedan en el teatro MUÑOZ, TORRENTE y OCAÑA.)

  

MUÑOZ

No me habléis, Torrente hermano,

que nos escuchan, y siento

que en nuestro famoso intento

el callar es lo más sano.

 

(Éntrase MUÑOZ.)

  

OCAÑA

Si a mí el ojo no me miente,

sé con gran certinidad

que vuestra paternidad

tiene el alma algo doliente.

[Es] C[r]istinica un harpón,

es un virote, una jara

que el ciego arquero dispara,

y traspasa el corazón.

Es un incendio, es un rayo.

¿Cómo un rayo? Dos y tres.


TORRENTE

Y vuesa merced, ¿quién es?


OCAÑA

Soy desta casa el lacayo;

y, aunque en la caballeriza

me arrincono, el amor ciego,

con su yelo y con su fuego,

me consume y martiriza.

Entre el harnero y pesebre,

entre la paja y cebada,

de noche y de madrugada,

me embiste de amor la fiebre.

   

TORRENTE

¿Y es Cristina la ocasión

de tan grande encendimiento?


OCAÑA

No sé quién es; sé que siento

el alma hecha un carbón.


TORRENTE

Si es Cristina, pondré pausa

en ciertos recién nacidos

pensamientos atrevidos

que su memoria me causa.

No pienso en manera alguna

seros rival: que sería

género de villanía

que al ser quien yo soy repugna.

Honestísimo decoro

se guardará en esta casa,

puesto que me arda la brasa

desta niña a quien adoro.

Quebrantaré en la pared

mis pensamientos primeros,

con gusto de conoceros

para haceros merced.

Porque no han de naufragar

siempre las flotas: que alguna

tendrá próspera fortuna

para podérnosla dar.


OCAÑA

Beso tus pies, peregrino,

único, raro y bastante

a ablandar en un instante

un corazón diamantino.

Yo, en quien nacieron barruntos

de celos cuando te vi,

a tus pies los pongo aquí,

semivivos y aun difuntos.


TORRENTE

Alzaos, señor; no hagáis

sumisión tan indecente,

que humillaré yo mi frente

si es que la vuestra no alzáis.

Dadme los brazos de amigo,

que lo hemos de ser los dos

gran tiempo, si quiere Dios,

que es de mi intención testigo.


OCAÑA

Como tú, señor, me abones

con tu amistad peregrina,

doy por cordera a Cristina

y por cabrito a Quiñones.


TORRENTE

Por verte con gusto, voy

alegre, así Dios me salve.


OCAÑA

[Aparte.]

Para éstas, que yo os calve,

o no seré yo quien soy.

 

(Éntranse TORRENTE y OCAÑA.)

(Entra DON AMBROSIO.)


DON AMBROSIO

Por ti, virgen hermosa, esparce ufano,

contra el rigor con que amenaza el cielo,

entre los surcos del labrado suelo,

el pobre labrador el rico grano.

Por ti surca las aguas del mar cano

el mercader en débil leño a vuelo;

y, en el rigor del sol como del yelo,

pisa alegre el soldado el risco y llano.

Por ti infinitas veces, ya perdida

la fuerza del que busca y del que ruega,

se cobra y se promete la vitoria.

Por ti, báculo fuerte de la vida,

tal vez se aspira a lo imposible, y llega

el deseo a las puertas de la gloria.

¡Oh esperanza notoria,

amiga de alentar los desmayados,

aunque estén en miserias sepultados!


(Entra CRISTINA.)

  

CRISTINA

Habrá fiesta y regodeo,

y la parentela toda

vendrá, sin duda, a la boda.


DON AMBROSIO

Mi norte descubro y veo.

¡Oh dulcísima Cristina!


CRISTINA

De alcorza debo de ser.


DON AMBROSIO

Tribunal do se ha de ver

lo que el Amor determina

en mi contra o mi provecho.


CRISTINA

¡Estraña salutación!


DON AMBROSIO

La lengua da la razón

como la saca del pecho.

Pero vengamos al punto.

Mi esperanza, ¿cómo está?

¿Ha de morir? ¿Vivirá?

¿Contaréme por difunto?

¿Dificúltase la empresa?

¡Presto, que me vuelvo loco!


CRISTINA

Idos, señor, poco a poco,

que preguntáis muy apriesa.


DON AMBROSIO

Más apriesa me consume

el vivo incendio de amor.


CRISTINA

En sólo un punto el rigor

suyo se abrevia y resume,

y es que puedes ya contar

a Marcela por casada.

Ya no es suya: ya está dada

a quien la sabrá estimar.


DON AMBROSIO

No me digas el esposo,

que, sin duda, es don Antonio.


CRISTINA

Levantas un testimonio

que pasa de mentiroso.

¿Con su hermana?


DON AMBROSIO

¡Ah Cristinica!

¿Qué es eso? ¿Cubierta y pala

con que una obra tan mala

se apoya y se fortifica?


CRISTINA

Que es con su primo.


DON AMBROSIO

¿Qué es esto,

cielo siempre soberano?

¿Hoy primo el que ayer fue hermano?

¿Cámbiase un hombre tan presto?


CRISTINA

Digo que es un peregrino,

primo suyo y perulero,

de tan soberbio dinero,

que de las Indias nos vino.

De oro más de cien mil tejos

se sorbió el mar como un huevo,

deste peregrino nuevo,

que no está de ti muy lejos,

porque vesle allí dó asoma.


DON AMBROSIO

¡Y que esto en el mundo pase!


CRISTINA

Puesto que antes que se case,

entiendo que ha de ir a Roma.


(Entran CARDENIO, TORRENTE y MUÑOZ.)


DON AMBROSIO

Embustero y perulero,

atrevido e insolente,

¿por qué te haces pariente

de la vida por quien muero?


TORRENTE

Descornado se ha la flor;

perecemos.


MUÑOZ

Malo es esto;

la traza se ha descompuesto

al primer paso.


CARDENIO

Señor,

no te entiendo, ni imagino

por qué tan acelerado

la maldita has desatado

contra un noble peregrino.


MUÑOZ

Quien dijere que yo di

lista a nadie, mentirá

cuantas veces lo dirá.

No sino lléguense a mí,

que fabrico en ningún modo

castillos mal prevenidos.


TORRENTE

[Aparte.]

Antes de ser convencidos,

éste lo ha de decir todo.

¡Oh levantadas quimeras

en el aire, cual yo dije!


DON AMBROSIO

Por el Cielo que nos rige,

que si acaso perseveras

en el embuste que intentas,

primero que en algo aciertes,

ha de ser una y mil muertes

el remate de tus cuentas.

Vuélvete a tu Potosí,

deja lograr mi porfía.


CARDENIO

Aquéste ya desvaría.


TORRENTE

Así me parece a mí.


CRISTINA

Don Francisco y mi señor

son éstos. ¡Pies, a correr!


(Éntrase CRISTINA.)

(Salen DON FRANCISCO y DON ANTONIO.)

  

DON FRANCISCO

Todo aqueso puede ser:

que a más obliga el rigor

de un celoso, si es honrado,

como el padre de Marcela.


DON AMBROSIO

Éste es el que urdió la tela

que tan cara me ha costado.

¿Qué rigor de estrella ha sido,

señor don Antonio, aquel

que de piadoso en crüel

contra mí os ha convertido?

¿Y qué peregrino es éste,

tan medido a vuestro intento,

que queréis que su contento

a mí la vida me cueste?

Mía es Marcela, si el cielo

quisiere y si vos queréis:

que en vuestra industria tenéis

de mi mal todo el consuelo.

No es desigual mi linaje

del suyo, y su padre creo

que deste igual himeneo

no ha de recebir ultraje.

Si él la escondió en vuestra casa

por quitármela delante,

ved, si acaso sois amante,

lo que el alma ausente pasa.


DON FRANCISCO

Éste habla de Marcela

Osorio, y no de tu hermana.


DON [ANTONIO]

La presumpción está llana,

gran mal mi alma recela.

Desta vana presumpción

y mal formados antojos

os han de dar vuestros ojos

la justa satisfación.

Veníos conmigo, y veréis

en el engaño en que estáis.


DON AMBROSIO

Si a Marcela me lleváis,

al cielo me llevaréis.

 

(Éntrase DON ANTONIO, DON FRANCISCO y DON AMBROSIO. Quedan en el teatro MUÑOZ, TORRENTE y CARDENIO.)

  

CARDENIO

¡Ah Muñoz, con cuán pequeña

ocasión habéis temblado!


MUÑOZ

Temo de verme brumado,

y molido como alheña;

temo que mis trazas den,

mis embustes y quimeras,

con mi cuerpo en las galeras,

que no le estará muy bien.


TORRENTE

¿Sin apretaros la cuerda

os descoséis? ¡Mala cosa!


MUÑOZ

La conciencia temerosa,

de los castigos se acuerda.

Pero desde aquí adelante

pienso ser mártir, y pienso

que paga a la culpa censo

con temor el más constante.

Pésame que fue la lista

de mi letra y de mi mano,

y este temor, que no es vano,

todas mis fuerzas conquista.


TORRENTE

Vamos a ver en qué para

el comenzado desastre.


MUÑOZ

Aquella bayeta y sastre

nunca el cielo lo depara.


(Éntranse todos.)

(Salen MARCELA y DOROTEA.)

  

MARCELA

Este primo no me agrada,

dulce amiga Dorotea.

¡Plegue a Dios que por bien sea

su venida no esperada!


DOROTEA

Como le ves mal vestido,

no te parece galán.


MARCELA

Las galas no siempre dan

aire y brío, ni el vestido.

Desmayado me parece,

aunque atrevido tal vez.


DOROTEA

De su causa eres juez.


MARCELA

Basta; poco me apetece.


DOROTEA

Parece que se ha templado

tu hermano en su pensamiento.


MARCELA

Todavía, a lo que siento,

anda un poco apasionado;

no se le cae de la boca

mi nombre, y aun todavía

descubre una fantasía

que en lascivos puntos toca;

mas yo no le doy lugar

de que esté a solas conmigo.


DOROTEA

Eso es lo que yo te digo,

y lo que has de procurar.

 

(Aquí han de entrar DON ANTONIO, DON FRANCISCO, CARDENIO, TORRENTE y MUÑOZ.)


DON [ANTONIO]

Mirad, señor, destas dos,

cuál es la Marcela hermosa

que con fuerza poderosa

os tiene fuera de vos.


DON AMBROSIO

Ésta le parece en algo,

y no es ella; mas ya veo,

sin duda, que es devaneo,

y que de sentido salgo.

Téngame Amor de su mano,

y los cielos, si me ofenden.


MARCELA

¿O me compran o me venden?

Decidme qué es esto, hermano.


DON AMBROSIO

No es otra cosa alguna,

sino que la belleza

incomparable y sola

de otra que tiene el proprio nombre vuestro,

su donaire, su gracia,

su honesta compostura,

su ingenio, su linaje,

se llevaron tras sí mis pensamientos.

Améla honestamente,

adoréla rendido,

solicitéla mudo,

aunque los ojos son parleros siempre.

Su padre, recatado,

por algún su desinio,

o por mi desventura,

llevóla, y no sé adónde.


DON [ANTONIO]

Ésta es mi historia.


DON AMBROSIO

No con más diligencia

la diosa de las mieses

buscó a su hija amada

hasta los escondrijos del infierno,

como yo la he buscado

por cuanto las sospechas

han podido llevarme,

pensativo, solícito y ansioso.

En esto, a mis oídos

el nombre de Marcela

llegó, y vuestra hermosura;

pero no el sobrenombre de Almendárez.

Creí que don Antonio,

vuestro querido hermano,

por orden de su padre

de la Marcela Osorio, que yo busco,

en casa la tenía,

y, mal considerado,

y con los celos ciego,

hice los disparates que habéis visto.


DON FRANCISCO

¿Éstas no son lanzadas

que te pasan el alma?


DON [ANTONIO]

Y aun rayos que la embisten,

la hieren, desmenuzan y quebrantan.


DOROTEA

Apostaré, señora,

que es ésta la Marcela

por quien tu hermano gime,

suspira y con angustia se lamenta.


TORRENTE

Un canto pesadísimo,

una montaña dura,

una máquina inmensa,

de acero un monte dilatado y grave,

de sobre el pecho quito.


MUÑOZ

Y yo de sobre el alma

una carcoma aguda.

¡Maldito seas de Dios, amante simple!

¡Qué confusos nos tuvo

aqueste mentecato!

¡Con cuán pocos indicios

trocó las dos Marcelas el cuitado!

Ya pensé que mi lista

andaba por la casa

de mano en mano. ¡Ay duro

trance, no imaginado y repentino!


DON FRANCISCO

Pues en esta Marcela veis patente

de vuestro pensamiento el desengaño,

mostraos, señor, más cauto y más prudente

otra vez que os acose vuestro engaño,

y volved a buscar más diligente

la causa original de vuestro daño.


DON AMBROSIO

Tiene cualquiera enamorada culpa

fácil y compasiva la disculpa.

Erré; mas no es el yerro de tal suerte

que perdón no merezca.


CARDENIO

Yo imagino

que ministró ocasión al atreverte

este pobre sayal de peregrino.


DON [ANTONIO]

La rabia de los celos es tan fuerte,

que fuerza a hacer cualquiera desatino.

Sélo yo bien, que ya me vi celoso,

atrevido, arrojado y malicioso.


DON AMBROSIO

En siglos prolongados tu ventura

goces, ¡oh peregrino!, y tus bisnietos

te lleven a la honrada sepultura

sobre sus hombros, para el caso electos;

no menoscabe el tiempo la hermosura

de tu Marcela; celos indiscretos

no perturben tu paz en tanto cuanto

de vida os diere aliento el Cielo santo.

Yo vuelvo a renovar mi pena antigua,

buscando aquélla que me encubre el cielo,

y, mientras dónde está no se averigua,

un Sísifo seré nuevo en el suelo.

De noche, como sombra o estantigua,

llena la vista de inmortal desvelo,

por ver el fin de mis trabajos largos,

un lince habré de ser con ojos de Argos.


(Éntrase DON AMBROSIO.)


MARCELA

Desesperado se parte.


DON [ANTONIO]

Yo sin esperanza quedo,

dulce Marcela, de hallarte.


TORRENTE

De mí se ha arredrado el miedo.


MUÑOZ

En mí ya no tiene parte;

pero, con todo, quisiera

que la lista se rompiera

que di escrita de mi mano:

que cualquier susto, aunque vano,

la mala conciencia altera.


DON FRANCISCO

Haz cuenta, amigo, que envías,

en este amante curioso,

a buscar tu gloria espías.


DON [ANTONIO]

Con todo, estoy temeroso:

que son tiernas sus porfías,

y muchas, que es lo peor.


DON FRANCISCO

Yo lo tengo por mejor:

que este anzuelo ha de sacar

del profundo de la mar

la perla que escondió Amor.


(Éntrase DON FRANCISCO y DON ANTONIO.)


CARDENIO

¿No ha sido estremado el cuento,

señora prima?


MARCELA

Sí ha sido;

aunque dél me ha parecido

ir mi hermano descontento,

pensativo y desabrido.

Y es la causa que la dama

que aquél busca, adora y ama

como quiere Amor tirano,

es la misma que mi hermano

quiere, busca, nombra y llama.

Y yo, simple, imaginaba

ser yo la hermosa Marcela

a quien mi hermano llamaba,

y con malicia y cautela

a las manos le miraba,

a los ojos y a la boca,

y con no advertencia poca

ponderaba sus razones,

sus movimientos y acciones.


DOROTEA

Curiosidad simple y loca.

Pídele perdón.


MARCELA

No quiero,

pues nunca arraigó en mi pecho

el pensamiento primero.


CARDENIO

Y más, que te ha satisfecho

tan llano y tan por entero.


MUÑOZ

¿Hemos de hacer la visita

de mi señora doña Ana?


MARCELA

Todavía es de mañana,

y el frío la gana quita

de hacer visitas agora.

Ven, amiga Dorotea;

vamos donde el sol nos vea.


DOROTEA

¡Y cómo que iré, señora!

¡Que tirito, ti, ti, ti!

¡Insufrible frío hace!


(Éntranse MARCELA y DOROTEA.)

  

TORRENTE

El tuyo a mí me desplace.

¿Para qué veniste aquí,

Cardenio, si te has de estar

como una estatua sin lengua?

Allá voy, y no hago mengua.

¿Piensas que se te ha de entrar

la ventura por la puerta,

y arrojársete en la cama?


CARDENIO

A mi yelo y a mi llama

ningún medio las concierta.

Cuando de Marcela ausente

algún breve espacio estoy,

ardo de atrevido, y doy

en pensar que soy valiente;

pero apenas me da el cielo

lugar para a solas vella,

cuando estoy, estando ante ella,

frío mucho más que el yelo.


TORRENTE

Con ese yelo no habrá

ostugo que nos alcance.


MUÑOZ

Cierto que yo he echado un lance

que a los ojos me saldrá,

si a las espaldas no sale

primero. ¡Oh viejo imprudente!

Bien merecéis, inocente,

que se evapore y exhale

el alma con el más chico

temor que te sobresalte.


CARDENIO

Cuando yo, Muñoz, os falte,

cuando yo no os haga rico,

jamás del Pirú me venga

el mi esperado tesoro.


MUÑOZ

¡Que no me vuelva yo moro,

y que yo paciencia tenga

para escuchar lo que escucho!

¿Dónde está el oro, señores

socarrones, embaidores?


TORRENTE

Muñoz, que ha de venir mucho.


MUÑOZ

¿De qué Pirú ha de venir,

de qué Méjico o qué Charcas?


TORRENTE

Cuatro cofres y seis arcas

puedes desde luego abrir

para echar cuatro mil barras,

y aun son pocas las que digo.


MUÑOZ

Tente; que Dios sea contigo,

Torrente, que te desgarras.

Con el sastre y la bayeta

estaría yo contento.


TORRENTE

Sastres pasarán de ciento.


MUÑOZ

La bayeta es la que aprieta

al deseo de tenella.


TORRENTE

Déjenme los dos aquí,

que viene Cristina allí,

y me importa hablar con ella.

 

(Vanse MUÑOZ y CARDENIO.)

(Entra CRISTINA.)


  

¿Que es posible, flor y fruto

del árbol lindo de amor,

que ha de andar por tu rigor

siempre mi alma con luto?

¿Que es posible que un potente

indiano no te remate

ni que a tu dureza mate

la blandura de Torrente?

 

(Entra OCAÑA en calzas y en camisa, con un mandil delante, y con un harnero y una almohaza; entra puesto el dedo en la boca, con pasos tímidos, y escóndese detrás de un tapiz, de modo que se le parezcan los pies no más.)

  

¿Que es posible que no precies

los montones de oro fino,

y por un lacayo indino

un perulero desprecies?

¿Que no quieras ser llevada

en hombros como cacique?

¿Que huigas de verte a pique

de ser reina coronada?

¿Que por las faltas de España,

que siempre suelen sobrar,

no quieras ir a gozar

del gran país de Cucaña?

¿Que te tenga avasallada

un lacayo de tal modo,

que por él dejes el todo,

y te acojas al nonada?

¿Que a un borracho te sujetes,

que cuela tan sin estorbos,

que unos sorbos y otros sorbos

son sus briznas y luquetes?

¡Oh mujeres, que tenéis

condición de escarabajo!


CRISTINA

Hablad, Torrente, más bajo,

si por ventura podéis;

que dicen que las paredes

a veces tienen oídos.


TORRENTE

Los tuyos tienes tapidos

a la voz de mis mercedes.

Deja aquese socarrón,

que tu deshonra procura,

y fabrica tu ventura

con tu mucha discreción.


CRISTINA

Pues ¿quiérole yo, mezquina,

o, por ventura, hago caso

yo de buzaque?


TORRENTE

Hablad paso;

moderad la voz, Cristina,

que no sabéis quién os oye,

y haced con prudencia diestra

que la humilde suerte vuestra

con la que tengo se apoye,

y veréisos encumbrada

sobre el cerco de la luna.


CRISTINA

Esa próspera fortuna

para mí no está guardada,

que soy una pecadora

inútil, una mozuela

de mantellina y chinela,

no buena para señora;

y más, estando abatida

y murmurada de Ocaña.


TORRENTE

Muéveme ese llanto a saña;

perderá Ocaña la vida.


CRISTINA

Con sólo media docena

de palos que tú le des,

rendida vendré a tus pies.


TORRENTE

Blanda y moderada pena

a tanta culpa le das;

mejor fuera que la lengua

que se desmandó en tu mengua

se le cortara, y aun más.


CRISTINA

Palos bastan; vete en paz.


TORRENTE

El cielo quede contigo.


CRISTINA

Procura hacer lo que digo,

secreto, astuto y sagaz.

 

(Éntrase TORRENTE.)

 

¡Ay Jesús! ¿Quién está aquí?

¿Qué pies son éstos, cuitada?

 

(Sale OCAÑA.)

  

OCAÑA

Cacica en hombros llevada

desde Lima a Potosí:

yo soy, vesme aquí presente,

hecho estafermo sufrible

a tu rancor tan terrible

y a los palos de Torrente.

Pocos son media docena;

la piedad en ti florece:

que mi culpa bien merece

cuatrodoblada la pena.

Mas yo no tengo por culpa

el amarte y avisarte

que de aquello has de guardarte

que te obligue a dar disculpa.


CRISTINA

Por vida tuya, lacayo

el más discreto de España,

que todo ha sido maraña

burlona y de alegre ensayo;

porque pensaba avisarte

en viéndote.


OCAÑA

Una por una,

tú estarás sobre la Luna,

sobre el Sol y aun sobre Marte;

yo, mísero, apaleado,

tendido por ese suelo.


CRISTINA

Nunca tal permita el cielo.


OCAÑA

Tú misma me has condenado.


CRISTINA

Ya te he dicho la verdad:

que burlaba; y esto baste.


OCAÑA

Pues ¿por qué, di, le intimaste

secreto y sagacidad?

   

CRISTINA

Porque, advirtiéndote a ti

del caso, y estando alerta,

fuese la burla más cierta

y más buena.


OCAÑA

Fuera ansí,

cuando tú no confirmaras

con lágrimas tu deseo.


CRISTINA

Luego, ¿no me crees?


OCAÑA

Sí creo;

mas reparo.


CRISTINA

¿En qué reparas?


OCAÑA

En las lágrimas, y en ver

que no son burlas risueñas

las que descubren por señas

matar, rajar y hender.

Pero tú forja en tu fragua

tus embustes, que yo espero

que ha de ver el mundo entero

el que lleva el gato al agua.

Entra y dame la cebada,

o darásmela después.

«¡Rendida vendré a tus pies!»


CRISTINA

¿Esa razón no te agrada?

Pero él no verá cumplida

tal promesa en vida suya.


OCAÑA

¿Tomara yo alguna tuya,

puesto que fuera fingida?


CRISTINA

No seas tan ignorante;

muestra, que yo volveré.

 

(Dale el harnero.)


Con esto me quitaré

dos importunos delante.

 

(Éntrase CRISTINA.)

  

OCAÑA

Que de un lacá la fuerza poderó-,

hecha a machamartí con el trabá-,

de una fregó le rinda el estropá-,

es de los cie no vista maldició-.

Amor el ar en sus pulgares to-,

sacó una fle de su pulí carcá-,

encaró al co, y diome una flechá-,

que el alma to y el corazón me do-.

Así rendí, forzado estoy a cre-

cualquier mentí de aquesta helada pu-,

que blandamen me satisface y hie-.

¡Oh de Cupí la antigua fuerza y du-,

cuánto en el ros de una fregona pue-,

y más si la sopil se muestra cru-!


FIN DE LA SEGUNDA JORNADA



JORNADA TERCERA


Entra DON ANTONIO.

  

DON [ANTONIO]

En la sazón del erizado invierno,

desnudo el árbol de su flor y fruto,

cambia en un pardo desabrido luto

las esmeraldas del vestido tierno.

Mas, aunque vuela el tiempo casi eterno,

vuelve a cobrar el general tributo,

y al árbol seco, y de su humor enjuto,

halla con muestras de verdor interno.

Torna el pasado tiempo al mismo instante

y punto que pasó: que no lo arrasa

todo, pues tiemplan su rigor los cielos.

Pero no le sucede así al amante,

que habrá de perecer si una vez pasa

por él la infernal rabia de los celos.

 

(Entra DON FRANCISCO.)


DON FRANCISCO

Siempre han de herir los vientos,

amigo, en cualquier sazón

los ayes de tu pasión,

los ecos de tus lamentos.


DON [ANTONIO]

Si acaso quiero entonar

alguna voz de alegría,

siento que la lengua mía

se me pega al paladar.

A mi angustia, a mi dolencia

no dan alivio los cielos:

que no le tienen los celos,

ni le consiente la ausencia.


DON FRANCISCO

No hay estremo sin su medio,

ni es eterna humana suerte:

sólo no tiene la muerte

en la vida algún remedio.

Naturaleza compuso

la suerte de los mortales

entre bienes y entre males,

como nos lo muestra el uso.

Esta verdad sé bien yo,

sin que en probarla porfíe:

ayer lloraba el que hoy ríe,

y hoy llora el que ayer rió.


DON [ANTONIO]

¡Oh, qué filósofo vienes,

don Francisco!


DON FRANCISCO

Yo confieso

que lo soy por el progreso

de tus males y tus bienes.

Dame los brazos y albricias.


DON [ANTONIO]

Los brazos veslos aquí,

y las albricias de mí

llevarás, si las codicias;

pero yo no sé de qué

me las pides.


DON FRANCISCO

Yo las pido

de que el Amor ha entendido

los quilates de tu fe,

y te la quiero premiar

con entregarte a Marcela.


DON [ANTONIO]

Sé que es burla, y llevaréla

con tu gusto y mi pesar;

pero no sé qué te mueve

a hacer burla de un amigo

tal como yo.


DON FRANCISCO

Verdad digo,

y escucha, que seré breve.

Su padre de Marcela...


DON [ANTONIO]

¡Oh nombres cordialísimos

de Marcela y su padre!


DON FRANCISCO

Escucha: no seas tonto.


DON [ANTONIO]

Escucho y soylo.


DON FRANCISCO

Esta mañana, estando

en misa en San Jerónimo,

al salir de la iglesia

me tomó por la mano.


DON ANTONIO

¡Oh dulce toque!


DON FRANCISCO

¿Qué toque dulce puede

dar la mano de un viejo?

Traslúceseme, amigo,

que así estáis vos en vos, como en el cuento.


DON [ANTONIO]

Luego, ¿no fue Marcela

la que os tocó la mano?


DON FRANCISCO

Que no, sino su padre.


DON ANTONIO

No entendí bien. Seguid, que estoy suspenso.


DON FRANCISCO

Las pacíficas plantas

de las olivas verdes

fueron testigos ciertos

destas palabras que deciros quiero.


DON [ANTONIO]

¡Oh santísimos orbes

de todas las esferas,

a quien inteligencias

supernas rigen, mueven y gobiernan!

Haced que estas razones

en mi provecho sean;

lleguen a mis oídos,

siquiera esta vez sola, alegres nuevas.


DON FRANCISCO

¡Por vida juro! ¡Muérdome

la lengua! ¡Voto a Chito,

que estoy por...! ¡Lleve el diablo

a cuantos alfeñiques hay amantes!

¡Que un hombre con sus barbas,

y con su espada al lado,

que puede alzar en peso

un tercio de once arrobas de sardinas,

llore, gima y se muestre

más manso y más humilde

que un santo capuchino

al desdén que le da su carilinda...!


DON [ANTONIO]

Paréntesis es éste

que se lleva colgada

de cada razón suya

mi alma aquí y allí.


DON FRANCISCO

Pues otro queda.

Pidióle a una fregona

un amante alcorzado

le diese de su ama

un palillo de dientes, y ofrecióle

por él cuatro doblones;

y la muchacha boba

trújole de su amo,

que era viejo y sin muelas, el palillo.

Él dio lo prometido,

y, engastándole en oro,

se lo colgó del cuello,

cual si fuera reliquia de algún santo.

Gemía ante él de hinojos,

y al palo seco y suyo

plegarias enviaba

que en su empresa dudosa le ayudase.

¿Y el otro presumido,

que va a las embusteras

del cedacillo y habas,

y da crédito firme a disparates?

¡Cuerpo del mundo todo!

Descubra el hombre siempre

tal valor y tal brío,

que le muestren varón a todo trance.

No se ande con esferas,

con globos y con máquinas

de inteligencias puras;

atienda, espere, escuche, advierta y mire,

o lo que en daño suyo,

o en su pro, sus amigos

quisieren descubrirle.


DON [ANTONIO]

Atiendo, espero, escucho, advierto y miro.


DON FRANCISCO

Digo, pues, que don Pedro,

el padre de Marcela,

me dijo estas palabras...


DON [ANTONIO]

¿Es mucho que te diga que apresures

la comenzada plática,

de cuyo fin depende

o mi vida o mi muerte?


DON FRANCISCO

Díjome, en fin...


DON [ANTONIO]

¡Primero vendrá el mío!


DON FRANCISCO

¡Colérico, enfadoso

está!


DON [ANTONIO]

¡Cuerpo del mundo!

Acaba, don Francisco,

que está pendiente el alma de tu boca.


DON FRANCISCO

Dijo que yo sea parte,

como que él nada entiende,

que a Marcela, su hija,

se la demandes por mujer.


DON [ANTONIO]

¿Qué escucho?

¿Búrlaste, amigo, o quieres

con falsas esperanzas

entretener las mías?


DON FRANCISCO

No burlo, juro a Dios: verdad te digo.


DON [ANTONIO]

Dame esos pies.


DON FRANCISCO

Levanta.


DON [ANTONIO]

Y pídeme en albricias

el alma, y te la diera,

si ya a Marcela dado no la hubiera.

Mas dime, dulce amigo:

¿tocaste, por ventura,

el cuerpo de don Pedro?

¿Viste si era fantasma o no?


DON FRANCISCO

Perdido

estás desa cabeza.


DON [ANTONIO]

¿Que era don Pedro Osorio,

el padre de Marcela?


DON FRANCISCO

El mismo.


DON [ANTONIO]

¡El mismo!


DON FRANCISCO

El mismo. ¿Qué es aquesto?


DON [ANTONIO]

A tanta desventura

está el corazón hecho,

que no puede dar crédito

a las dichosas nuevas que le intimas;

pero habrá de creerte,

en fe que tú las dices:

que el buen amigo vemos

que es pedazo del alma de su amigo.


DON FRANCISCO

Busca a don Pedro Osorio,

y pídele a su hija

por legítima esposa.


DON ANTONIO

¿Dónde la tiene?


DON FRANCISCO

En Santa Cruz la tiene:

un monesterio santo,

que está puesto muy cerca

de Torrejón y Cubas,

orden del rico capitán de pobres.


DON [ANTONIO]

¿Qué le movió llevarla

a tanto encerramiento?


DON FRANCISCO

No me metí en dibujos,

no le pregunté nada; sólo estuve

atento a su demanda,

y, con la ligereza

posible, vine a darte

la dulce que has oído alegre nueva.

 

(Entran MARCELA y CRISTINA.)


MARCELA

Llega, Cristina, y dile

lo que quieres.


CRISTINA

Ocúpame

el rostro la vergüenza,

y enmudece la lengua.


MARCELA

¡Qué melindres!

Tomarte has con un toro

y con un hombre armado,

¿y de mi hermano tiemblas?


DON [ANTONIO]

Pues, hermana,

¿queréis alguna cosa?

¿Mandáis que os sirva en algo?

Pedid a vuestro gusto,

que estoy en ocasión de hacer mercedes.


MARCELA

En nombre de Cristina,

os pido deis licencia

para que aquesta noche

os hagan una fiesta los de casa;

Muñoz y Dorotea,

Torrente con Ocaña.


CRISTINA

Y nuestro buen vecino

el barbero también, y la barbera,

que canta por el cielo

y baila por la tierra,

con otro oficial suyo,

nos tienen de ayudar; dígalo todo.


MARCELA

Dígolo todo, y digo,

hermano, que yo gusto

que esta fiesta se haga.


DON [ANTONIO]

Digo que soy contento, y doy licencia

para que el cielo rompa

en diferentes lenguas

y en fiestas diferentes

las cataratas del placer, y salga

a playa mi contento.


DON FRANCISCO

Y aun, a ser necesario,

haré yo mi figura.


[DON ANTONIO]

Y aun yo, que soy valiente recitante.


CRISTINA

Mil años, señor, vivas;

mil regocijos buenos

el corazón te ocupen.

Hacerme tengo rajas esta noche.


DON [ANTONIO]

El término decente

de honestidad se guarde,

Cristina.


CRISTINA

¡Bueno es eso!

Bailaremos a fuer de palaciegos.


DON [ANTONIO]

Vamos, amigo.


DON FRANCISCO

Vamos;

aunque don Pedro agora

no está en Madrid.


DON [ANTONIO]

¿Pues, dónde?


DON FRANCISCO

A Santa Cruz es ido,

y volverá mañana.


DON [ANTONIO]

Vamos a dar al cielo

gracias porque ha mirado mi buen celo.

 

(Éntranse DON FRANCISCO y DON ANTONIO.)

  

MARCELA

Mira, Cristina, que sea

el baile y el entremés

discreto, alegre y cortés,

sin que haya en él cosa fea.


CRISTINA

Hale compuesto Torrente

y Muñoz, y es la maraña

casi la mitad de Ocaña,

que es un poeta valiente.

El baile te sé decir

que llegará a lo posible

en ser dulce y apacible,

pues tiene que ver y oír:

que ha de ser baile cantado,

al modo y uso moderno;

tiene de lo grave y tierno,

de lo melifluo y flautado.

Es lacayuno y pajil

el entremés, y me admira

de verle una tiramira

que tiene de fregonil.


MARCELA

La fiesta será estremada.


CRISTINA

Basta que agradable sea.


MARCELA

¿Sabe el dicho Dorotea?


CRISTINA

Ninguno no ignora nada

de lo que a su parte toca.

Dame, señora, lugar,

que nos hemos de ensayar.


MARCELA

Vamos.


CRISTINA

De gusto voy loca.

 

(Éntranse.)

(Salen TORRENTE y OCAÑA, cada uno con un garrote debajo del brazo.)


TORRENTE

Señor Ocaña, a esta parte,

que está más llano el camino.


OCAÑA

Por esta vez, peregrino

traidor, no pienso de honrarte

con darte el lado derecho,

porque he de tomar el tuyo.

Desas ceremonias huyo,

lánguidas y sin provecho;

adondequiera voy bien,

al diestro o siniestro lado,

y no quiero, acomodado,

que otros lugares nos den

del que me cupiere acaso,

y sé yo, señor Torrente,

que tiene de lo imprudente

hacer destas cosas caso.


TORRENTE

¿Es daga aquese garrote,

señor Ocaña?


OCAÑA

Es un palo

que por martas lo señalo

para ablandar un cogote.

¿Y es puñal aquese vuestro?


TORRENTE

Es una penca verduga

que las espaldas arruga

del maldiciente más diestro.


OCAÑA

Luego, ¿vais a castigar

algún maldiciente?


TORRENTE

Sí.


OCAÑA

Pues no pasemos de aquí,

que yo también he de dar

doce palos a un bellaco,

socarrón, traidor, y miente.


TORRENTE

Si lo dices por Torrente,

daré destierro a este saco,

y haré en calzas y en jubón,

ya con el palo o sin él,

que confieses ser tú aquel

desmentido y socarrón.


OCAÑA

Tente, Torrente; ¿estás loco?,

ten tus cóleras a raya,

si quieres que yo me vaya

en las mías poco a poco.

¿Han de fenecer aquí,

por gustos de mozas viles,

dos Héctores, dos Aquiles?


TORRENTE

Mueran. ¿Qué se me da a mí?


OCAÑA

¡Vive Dios!, que Cristinilla

me mandó te apalease;

a lo menos, te reglase

la una y otra mejilla

con una navaja aguda:

que es, si en ello mirar quieres,

entre las crudas mujeres,

la más insolente y cruda.

Lo mismo a mí me mandó

que a ti.


TORRENTE

Sin duda, ansí es.

   

OCAÑA

¿Y saldrá con su interés?


TORRENTE

Amigo Ocaña, eso no.

Vivamos para beber,

pues para beber vivimos,

y estos dijes y estos mimos

con otros se han de entender

de más tiernas intenciones

y de más sufribles lomos;

no con nosotros, que somos

malos sobre socarrones.

Disimula; vesla allí

donde viene; disimula.


OCAÑA

Ésta es la más mala mula

que en mi vida rasqué o vi.


TORRENTE

Contemporicémosla.

Quizá mudará el rigor:

que su mudanza en mejor

se ha de poner en quizá.


(Entra CRISTINA.)

  

CRISTINA

Apostaré que están hechos

pedazos mis dos amantes,

que revientan de arrogantes

y de coléricos pechos.

Pero allí están sosegados

más que en misa. ¿Cómo es esto?

Aún no se habrán descompuesto,

que son rufos recatados.


TORRENTE

Señora Cristina mía...


CRISTINA

¿Tuya? ¡Bueno!


TORRENTE

Pues ¿que no?


CRISTINA

¿Quién a ti a Cristina dio?


TORRENTE

El dinero y la porfía.


CRISTINA

¿Qué dinero?


TORRENTE

Aquel que pienso

darte en llegando la flota,

si no es que, de puro rota,

da al mar el usado censo.


CRISTINA

¿Tú no me das algo, Ocaña?


OCAÑA

Cristina, ¿yo no te he dado,

como poeta rodado,

del entremés la maraña?

¿Hay día que no te cebe

con dos cuartos y aun con tres?


CRISTINA

Si es que sale el entremés

tal que mi señor le apruebe,

yo me daré por pagada

y satisfecha, que es más.


TORRENTE

Cristina, ¿no nos dirás,

si es que el caso no te enfada,

a cuál de los dos más quieres?


CRISTINA

Es injusta petición,

y aquesa declaración

no la han de hacer las mujeres

como yo; mas, si gustáis

que por señas os lo diga,

haré lo que a más me obliga

el amor que me mostráis.

Muestra si traes un pañuelo,

Ocaña.


OCAÑA

Sí traigo, y roto,

y te le ofrezco devoto

con sano y humilde celo.


CRISTINA

Toma este mío, Torrente,

y con esto he declarado

lo que me habéis preguntado

honesta y discretamente.

Y adiós; y venid, que es hora

de ensayar el entremés.


(Éntrase CRISTINA.)


TORRENTE

Si no te aclaras después,

más confuso estoy agora

que antes de hacer la pregunta.


OCAÑA

Pues yo me aplico la palma,

que en mi provecho mi alma

estas razones apunta:

a ti dio, sin darle nada,

y, sin darme, a mí, tomó;

con el darte, te pagó;

llevando, queda obligada

al pago que recibió.


TORRENTE

A quien toman lo que tiene,

dan muestra que se aborrece;

y en el dar, claro parece

que más amor se contiene,

pues con las dádivas crece.


OCAÑA

La verdad desta cuestión

quede a la mosquetería,

que tal hay que en él se cría

el ingenio de un Platón.

Estos capipardos son

poetas casi los más,

y tal vez alguno oirás

que a socapa dice cosas

que parece, de curiosas,

que las dicta Barrabás.

 

(Éntranse TORRENTE y OCAÑA.)

(Salen DON ANTONIO, DON FRANCISCO, CARDENIO y MARCELA, y MUÑOZ.)


DON [ANTONIO]

Quiera Dios que la fiesta corresponda

al buen deseo de los recitantes.


MUÑOZ

Será maravillosa, porque danza

nuestro vecino el barberito, ¡y cómo!

 

(Asómase a la puerta del teatro CRISTINA, y dice:)

  

CRISTINA

Pónganse todos bien, que ya salimos.


MARCELA

¿Han venido los músicos?


CRISTINA

Ya tiemplan.

 

(Éntrase CRISTINA.)

(Salen OCAÑA y TORRENTE, como lacayos embozados.)

  

TORRENTE

Paréceme que vas algo dañado,

Ocaña.


OCAÑA

Cuando voy desta manera,

va el juïcio en su punto. Tú no sabes

cómo el calor vinático despierta

los espíritus muertos y dormidos.

De suerte voy que pelearé con ciento,

sin volver el pie atrás una semínima.


CARDENIO

No es muy mala la entrada.


MUÑOZ

¿Cómo mala?

Digo que es la mejor cosa del mundo.

Yo soy su medio autor.


TORRENTE

Ocaña, ¿es éste

el zagüán de la fiesta?


OCAÑA

No diviso:

que tengo las lumbreras algo turbias

Adonde oyeres música, repara.


TORRENTE

Escucha, que aquí sale Cristina

y Dorotea.


OCAÑA

Cáigome de sueño.

 

(Salen DOROTEA y CRISTINA como fregonas.)


DOROTEA

Aquesta tarde, Cristinica amiga,

pienso bailar hasta molerme el alma.


CRISTINA

Y yo, hasta reventar he de brincarme.

¡Cómo tarda Aguedilla, la del sastre!


DOROTEA

¿Díjote que vendría?


CRISTINA

Y Julianilla,

la del entallador, con Sabinica,

que sirve a la beata en Cantarranas.


DOROTEA

Todas son bailadoras de lo fino.

En fregando, vendrán.


CRISTINA

Como nosotras,

que lo dejamos todo hecho de perlas.

De la cena no curo; que mi amo

dos huevos frescos sorbe, y a Dios gracias.


DOROTEA

El mío nunca cena; que es asmático,

y con dos bocadillos de conserva

que toma, se santigua y se va al lecho.


CRISTINA

Y tu ama, ¿qué hace? ¿No se acuesta?


DOROTEA

No toméis menos; puesta de rodillas

dentro de un oratorio, papa santos

dos horas más allá de los maitines.


CRISTINA

También es mi señora una bendita,

y, por nuestra desgracia, ellas son santas.


DOROTEA

Pues ¿no es mejor, amiga, que lo sean?


CRISTINA

No; ni con cien mil leguas. Si ellas fueran

resbaladoras de carcaño, acaso

tropezaran aquí y allí rodaran;

y, sabiendo nosotras sus melindres,

tuviéramos la nuestra sobre el hito:

ellas fueran las mozas, y nosotras

fuéramos las patronas a baqueta,

como dice il toscano.


DOROTEA

Verdad dices:

que el ama de quien sabe su criada

tiernas fragilidades, no se atreve,

ni aun es bien que se atreva, a darle voces,

ni a reñir sus descuidos, temerosa

que no salgan a plaza sus holguras.


CRISTINA

¿Has visto qué calzado trae Lorenza,

la que sirve al letrado boquituerto?

¿Quién se le dio, si sabes?


DOROTEA

Un su primo

donado, que es un santo.


CRISTINA

¡Ay Dorotea,

cómo los canonizas!


DOROTEA

Oye, hermana,

que los músicos suenan, y el barbero,

gran bailarín, es éste que aquí sale.


MUÑOZ

¡Vive el cielo!, que es cosa de los cielos

el entremés.


OCAÑA

Aquel viejo me enfada;

que le he de dar, pondré, una bofetada.


(Entran los MÚSICOS y el BARBERO, danzando al son deste romance:)


[MÚSICOS]

De los danzantes la prima

es este barbero nuestro,

en el compás acertado,

y en las mudanzas ligero.

Puede danzar ante el rey,

y aqueso será lo menos,

pues alas lleva en los pies

y azogue dentro del cuerpo.

Anda, aguija, salta y corre

aquí y allí como un trueno,

adóranle las fregonas,

respétanle los mancebos.


OCAÑA

Oíganme, pido atención;

no gusto destos paseos,

deste dar coces al aire

y puntapiés a los vientos.

Toquen unas seguidillas,

y entendámonos; y advierto

que se juegue limpiamente,

y sepan que no me duermo.


MUÑOZ

¿Hay tal Ocaña en el mundo?

¿Hay tal lacayo en el cielo?


BARBERO

Alto, pues; vayan seguidas.


CRISTINA

Sí, amigo, porque bailemos.


MÚSICOS

       Madre, la mi madre,

       guardas me ponéis;

       que si yo no me guardo,

       mal me guardaréis.


TORRENTE

Esto sí, ¡cuerpo del mundo!,

que tiene de lo moderno,

de lo dulce, de lo lindo,

de lo agradable y lo tierno.


MÚSICOS

       Dicen que está escrito,

       y con gran razón,

       que es la privación

       causa de apetito.

       Crece en infinito

       encerrado amor;

       por eso es mejor

       que no me encerréis:

       que si yo no me guardo...


OCAÑA

Ya les he dicho que bailen

a lo templado y honesto:

que no gusto que se beban

de las niñas el aliento.


BARBERO

¡Por vida del so lacayo,

que nos deje, que aquí haremos

lo que más nos diere gusto!


OCAÑA

Bailen: después nos veremos.


MÚSICOS

       Es de tal manera

       la fuerza amorosa

       que a la más hermosa

       vuelve en quimera.

       El pecho de cera,

       de fuego la gana,

       las manos de lana,

       de fieltro los pies:

       que si yo no me guardo, &c.


TORRENTE

Tampoco a mí me contentan

estas vueltas ni floreos:

que se requiebran bailando,

pues son requiebros los quiebros.


MÚSICOS

Señores lacayos, vayan

y monden la haza, y déjennos.


OCAÑA

Musiquillo de mohatra,

canta y calla, que queremos

estar aquí a tu pesar.


MÚSICOS

       Está bien dicho; cantemos.

       Que tiene costumbre

       de ser amorosa,

       como mariposa

       se va tras su lumbre,

       aunque muchedumbre

       de guardas le pongan,

       y aunque más propongan

       de hacer lo que hacéis:

       que si yo no me guardo...


TORRENTE

Varilla de volver tripas,

no hagas tantos meneos;

lagartija almidonada,

baila a lo grave y compuesto.


DOROTEA

Bodegón con pies, camine,

que aquí no le conocemos;

calle o pase, porque olisca

a lacayo y a gallego.


MUÑOZ

Éstas sí que son matracas,

que tienen del caballero,

de lo ilustre y de lo lindo,

de lo propio y lo risueño.


OCAÑA

Bailar quiero con Cristina.


TORRENTE

No con mi consentimiento.

¿No se acuerda el sor Ocaña

que a mí me dio su pañuelo,

y que, en fe de ser su cuyo,

sobre ella dominio tengo,

y que los rayos del sol

no la han de tocar, si puedo?


OCAÑA

¿Y no sabe el so Torrente

que soy aquel que merezco

bailar con un arzobispo,

aunque sea el [de] Toledo?


CARDENIO

¿No pasa el baile adelante?


OCAÑA

No; que ha de pasar primero

de Ocaña la valentía,

su venganza y su denuedo.


TORRENTE

¡Ay narices derribadas

y tendidas por el suelo!

Pero toma esta respuesta:

de Tarpeya mira Nero.


MUÑOZ

Diole. ¡Mal haya la farsa

y el autor suyo primero!

Pero yo no di esta traza,

ni escribí tal en mis versos.


BARBERO

¡Pasado de parte a parte

está el pobre Ocaña!


MARCELA

¡Ay cielos!


BARBERO

Yo les tomaré la sangre,

que para esto soy barbero.


DOROTEA

¡Mi señora se desmaya!


DON [ANTONIO]

Yo tengo la culpa desto,

pues que sabía que Ocaña

es buzaque en todo tiempo.


BARBERO

¡Paños, estopas, aguijen;

tráiganme claras de huevos!


CARDENIO

¡Huye, traidor enemigo;

huye, traidor, que le has muerto!


TORRENTE

Mire si halla mis narices,

porque sin ellas no pienso

salir un paso de casa.


CARDENIO

¡Sal, que le has muerto!


TORRENTE

¡No quiero!


DOROTEA

¡Ay, sin ventura, señora!


DON [ANTONIO]

Las dos llevadla allá dentro.

Miren quién llama a esa puerta.

¡Y la rompen! ¿Qué es aquesto?


DON FRANCISCO

Yo pondré que es la justicia,

que a los llantos lastimeros

destas muchachas acude.


CRISTINA

Aqueso tengo yo bueno:

que no lloraré una lágrima

si viese a mi padre muerto;

y más, viéndome vengada

destos dos amantes ciegos,

importunos, maldicientes,

socarrones, sacrílegos,

pobres, sobre todo, y ruines:

¡mirad qué estremos estremos!


(Entran un ALGUACIL y un CORCHETE.)

  

ALGUACIL

¿Qué guitarra es aquésta?


CORCHETE

Aquí hay sangre. ¿Qué es aquesto?


TORRENTE

Yo soy, que estoy sin narices.


OCAÑA

Y yo, que estoy casi muerto.


ALGUACIL

No se me vaya ninguno;

cierren esas puertas luego.


MUÑOZ

De aquí habremos d[e] ir...


DOROTEA

¿Adónde?


MUÑOZ

A la cárcel, por lo menos.


DON [ANTONIO]

¿No la habéis echado el agua?


DOROTEA

Ya vuelve en sí.


CORCHETE

¿Qué haremos?

¿Han de ir a la cárcel todos?


ALGUACIL

El caso sabré primero.


TORRENTE

¡Que tengo de ir a Turpia!


OCAÑA

¡Que esté tan cerca mi entierro!

¡Mete la tienta, cuitado,

con más blandura y más tiento!


BARBERO

Más de dos palmos le cuela.


OCAÑA

Si yo cuatro azumbres cuelo,

no es bien se mire conmigo

en dos varas más o menos.


CORCHETE

Veamos estas narices.


TORRENTE

Paso, detente, reniego

de tus pies y de tus patas:

que las pisas, y tendremos

que enderezarlas si acaso

quedan chatas.


CORCHETE

Yo no veo

en el suelo tus narices.


TORRENTE

Verdad, porque aquí las tengo.


MUÑOZ

¡Milagro, milagro, y grande!


OCAÑA

Tú, compasivo barbero,

por lo hueco de una bota

entraste la tienta a tiento.


DON [ANTONIO]

Luego, ¿todo esto es fingido?


OCAÑA

Sí, señor.


DON [ANTONIO]

¡Por Dios del cielo!,

que estoy por hacer que salga

lo que es fingido por cierto.

¡Desnudar, donde hay mujeres,

espadas!


TORRENTE

¡Ah, señor bueno,

qué mal sientes de sus bríos!


DON [ANTONIO]

Digo que sois majadero.


ALGUACIL

Luego, ¿todo aquesto es burla?


OCAÑA

Todo aquesto es burla luego,

pero después serán veras.


CARDENIO

¡Qué buen relente tenemos!


DON FRANCISCO

El picón, por Dios bendito,

que ha sido de los más buenos

que he visto hacer en mi vida.


DOROTEA

¿Bailaremos más?


CRISTINA

Bailemos.


MARCELA

No, porque aún no estoy en mí

del sobresalto, y deseo

reparar el accidente

que me ha puesto en recio estremo.


DON [ANTONIO]

Entraos, hermana.


MARCELA

Vení

conmigo vosotras.


TORRENTE

Demos

sobresaltado remate

al principio de sosiego.

 

(Éntranse CRISTINA, MARCELA y DOROTEA.)


ALGUACIL

De que todo sea comedia,

y no tragedia, me alegro;

y así, a mi ronda, señores,

con vuestra licencia, vuelvo.


(Éntranse el ALGUACIL y el CORCHETE.)


CARDENIO

Ocaña y Torrente, digo

que el asunto fue discreto

del picón, y que se hizo

con propiedad en estremo.


MUÑOZ

El principio todo es mío,

pero no lo fue el progreso;

el perulero y Ocaña

tienen el diablo en el cuerpo.


OCAÑA

Miren la herida por quien

metió la tienta el barbero,

que, mientras es más profunda,

más vida y bien me prometo.


(Enseña una bota de vino.)


TORRENTE

Preguntar quiero otra vez,

mis señores mosqueteros,

quién ha de llevar la gala

de los trocados pañuelos.

Pensadlo para otra vez,

que en este sitio saldremos

con preguntas más agudas,

con entremeses más buenos.

Y advertid que soy Torrente,

perulero por lo menos,

y os daré selvas de plata

y mil montes de oro llenos.


OCAÑA

Hermanos, yo soy Ocaña,

lacayo, mas no gallego;

sé brindar y sé gastar

con amigos cuanto tengo.

 

(Éntranse todos.)

(Entran DON SILVESTRE DE ALMENDÁREZ, el verdadero, con una gran cadena de oro, o que le parezca, y CLAVIJO, su compañero.)


DON SILVESTRE

Si no llega al retrato su hermosura,

y della ha declinado alguna parte,

podrá buscar en otra su ventura.


CLAVIJO

Señor, lo que yo puedo aconsejarte

es que procures que la vista sea

la que desta verdad ha de informarte;

y si tu prima acaso fuere fea,

no faltarán escusas con que impidas

el lazo que se teme y se desea:

que, a darle el matrimonio por dos vidas,

las glorias que no diera la primera,

fueran en la segunda prevenidas.

Un nudo solo dado a la ligera,

aprieta, est[r]echa y liga de tal suerte,

que dura hasta la hora postrimera.

No fue de Gordiano el lazo fuerte

tan duro de romper como este nudo,

que sólo se desata con la muerte.

Mancebo eres, pero muy sesudo,

y así, de que has de hacer como discreto

tan confiado estoy, que en nada dudo.


DON SILVESTRE

De seguir tus consejos te prometo.

Ésta es buena coyuntura,

porque imagino que es ésta

mi prima.


CLAVIJO

Como es hoy fiesta,

saldrá a misa.


DON SILVESTRE

¡Gran ventura!

De mi primo ésta es la casa.

Ella es; no hay qué dudar.


CLAVIJO

Toda la puedes mirar,

si es que descubierta pasa.


(Salen MARCELA y DOROTEA, con mantos, y detrás QUIÑONES, con una almohada de terciopelo, y MUÑOZ, que lleva a MARCELA de la mano.)

  

MARCELA

Delantero cargó Ocaña,

Muñoz, en el entremés.


MUÑOZ

¿No sabes, señora, que es

el mayor cuero de España?


MARCELA

Desenvainar las espadas,

me dio pena.


MUÑOZ

Aquellas monas

nunca las sacan tizonas,

porque todas son coladas.

Embebe como esponja

vino Ocaña, y aun Torrente

bebe como hombre valiente,

sin melindre y sin lisonja.


MARCELA

¿Don Silvestre queda en casa?


DOROTEA

Sí, señora; y acostado.


MARCELA

Mi primo es tan regalado,

que ya de lo honesto pasa.

¿Traes, Dorotea, las Horas?


DOROTEA

Sí, señora.


MUÑOZ

El corazón

me dice que hoy el sermón

tiene de durar tres horas.


(Al pasar, DON SILVESTRE y CLAVIJO hacen a MARCELA una gran reverencia, y ella, ni más ni menos.)


Pero yo le oiré de modo

que fastidio no me pille.


MARCELA

Luego, ¿no pensáis oílle?


MUÑOZ

Alguna parte, no todo.

 

(Éntrase MARCELA, MUÑOZ, DOROTEA y QUIÑONES.)


DON SILVESTRE

Ésta es Marcela, mi prima,

y el retrato le parece.


CLAVIJO

Por cierto que ella merece

ser tenida por la prima

de hermosura y gentileza,

y estaría en perfección

grande, si su discreción

llega donde su belleza.


DON SILVESTRE

Primo y don Silvestre dijo,

y que quedaba acostado,

y que era muy regalado:

¿qué infieres desto, Clavijo?


CLAVIJO

De lo que pueda inferir,

ingenio no se resuelve;

mas el escudero vuelve,

que nos lo podrá decir.

 

(Vuelve MUÑOZ.)


MUÑOZ

Viejo en pie, largo sermón,

temblores de puro frío,

y el estómago vacío,

no llaman la devoción.

Aquí, al sol estaré, en tanto

que se quiebra la cabeza

este fraile, rica pieza,

que todos tienen por santo.


CLAVIJO

Díganos, señor galán:

¿quién es aquesta señora

que entró de la mano ahora?


MUÑOZ

¿Adónde?


CLAVIJO

En San Sebastián.


MUÑOZ

Es Marcela de Almendárez,

doncella la más garrida

que vive en toda la corte,

más honesta y recogida.

Es su hermano don Antonio

de Almendárez. Tiene en Indias

un hermano de su padre,

rico a las mil maravillas,

un hijo del cual en casa

se huelga a pierna tendida,

esperando si de Roma

el Padre Santo le envía

licencia para casarse

con Marcela, que es su prima.


DON SILVESTRE

¿Y llámase?


MUÑOZ

Don Silvestre

de Almendárez, y es de Lima,

y a nuestra casa llegó,

puedo decir, en camisa,

porque en una gran tormenta

echó al mar dos mil valijas

llenas de tejuelos de oro

finísimo y plata fina,

y entre ellas fue mi bayeta,

que fue oída y no fue vista.


CLAVIJO

¡Válame Dios! ¡Grave caso!


MUÑOZ

Éste que viene podría

contaros el caso grave

con más luenga narrativa:

que se halló presente a todo,

con gran dolor de su ánima.


DON SILVESTRE

Ánima, querréis decir.


MUÑOZ

No me importa a mí una guinda

pronunciar con dinguindujes.

 

(Entra TORRENTE.)

  

TORRENTE

Muñoz, ¿en qué está la misa?


MUÑOZ

En el misal: ahora empieza.


TORRENTE

¿Pasó por aquí Cristina?


MUÑOZ

Entre la cruz creo que andáis,

Torrente, y la agua bendita.

Bastan las de vuestro ojos,

sin buscar ajenas niñas;

que es Ocaña apitonado

y sabe mucho de esgrima.


TORRENTE

En este caso y en otros,

¿mondo yo, por dicha, níspolas?

Y, cuando no, su cabeza

tiene de guardar la mía.

 

(Entra un CARTERO destos que andan por la corte dando las cartas del correo.)

  

CARTERO

¿Don Antonio de Almendárez,

saben dónde vive, a dicha,

señores?


MUÑOZ

Hombre de bien,

a la vuelta, en una esquina.

¿Son de Roma?


CARTERO

Sí, señor.


MUÑOZ

La dispensación sería

que aguarda el gran peregrino

y la en beldad peregrina.

¿Cuánto es el porte?


CARTERO

Un escudo.


MUÑOZ

¡Hoste, puto! Vaya y diga

al mayordomo de casa

que le pague y la reciba.

 

(Éntrase el CARTERO.)

  

TORRENTE

Agora sí que tendremos

gusto abierto y rica jira,

regodeos hasta el tope,

lautas y limpias comidas.

Mudaremos este pelo

de sayal con cebollinas

martas.


MUÑOZ

Procurad que sean

ajunas, que sean más finas.

Con tantos gustos, sin duda,

que olvidaréis la tormenta

que pasastes, que, a mi cuenta,

debió ser en la Bermuda:

que siempre en aquel paraje

hay huracanes malignos.


TORRENTE

Tanto, que de peregrinos

hicimos pleito homenaje

yo y mi señor don Silvestre;

mas yo tengo por lunático

quien sube en caballo acuático,

cuando le tiene terrestre

A la sorda y a la muda

íbamos muy sin placer,

cuando llegamos a ver

la venta de la Barbuda;

pero tenía cerradas

las puertas, si viene a mano,

y no hay fiarse cristiano

de viejas que son barbadas.


DON SILVESTRE

Y la canal de Bahama,

¿pasóse sin detrimento?


TORRENTE

Otra canal yo no siento

que aquesta por do derrama

sus dulces licores Baco.


CLAVIJO

¿Dónde se alijó el navío?


TORRENTE

No le alijó el señor mío,

que le tuvo por bellaco;

y más, que espera tener

hijos en su prima hermosa.


MUÑOZ

La respuesta, aunque graciosa,

nos ha de echar a perder.


DON SILVESTRE

¿En el golfo de las Yeguas

sería el trance cruel?


TORRENTE

Creo que pasamos dél

desviados cuatro leguas.


CLAVIJO

¿Y dónde se tomó tierra?


TORRENTE

En el suelo.


DON SILVESTRE

Dice bien.


MUÑOZ

Vuesas mercedes nos den

licencia.


DON SILVESTRE

Donaire encierra

el peregrino, en verdad:

que si aspirara a piloto,

que yo le diera mi voto

con poca dificultad,

porque describe los puertos

y los golfos bravamente.


MUÑOZ

Es estimado Torrente

de los pilotos más ciertos

que encierra Guadalcanal,

Alanís, Jerez, Cazalla.


TORRENTE

Baco en sus Indias se halla,

pasando por mi canal.


MUÑOZ

Si la plática no atajo

en ocasión oportuna,

vos os veis, sin duda alguna,

Torrente amigo, en trabajo.

 

(Éntranse TORRENTE y MUÑOZ.)

(Salen DON ANTONIO, DON FRANCISCO y DON AMBROSIO (trae un papel en la mano).)


DON AMBROSIO

Si desto albricias no dais,

o esta verdad no creéis,

ni de mi mal os doléis,

ni de mi bien os holgáis.

Tras la noche triste mía,

amarga, lóbrega, escura,

hizo salir la ventura

claro sol y alegre día.

Por las levantadas cumbres

de imposibles que temí,

mi luz clara salir vi

llena de piadosas lumbres,

que como nortes me guían

al puerto con dulces modos,

y de los peligros todos

del mar de amor me desvían.

Ya Marcela ha parecido,

y con esa letra y firma

todos mis bienes confirma;

ya, cual veis, soy su marido.


DON [ANTONIO]

¿Sabéis vos que ésta es su mano

y firma?


DON AMBROSIO

Sin duda alguna.


DON [ANTONIO]

Con tan próspera fortuna,

bien es que os mostréis ufano;

pero de su padre sé

que la casa en otra parte.


DON AMBROSIO

Él ni nadie será parte

a que se rompa la fe

que con sangre viene escrita

en ese papel que veis.


DON [ANTONIO]

Haga Amor que la gocéis

luengo tiempo en paz bendita.

Tomad, y hágaos buen provecho

vuestra ventura estremada.


DON FRANCISCO

La mujer determinada

pone a todo trance el pecho.

Pero veis aquí do viene,

el padre de vuestra esposa.


DON AMBROSIO

Esperarle aquí no es cosa

que a mis designios conviene.


(Entra el PADRE de Marcela, y vase AMBROSIO, y entra también OCAÑA.)

  

PADRE

Como fue demanda honesta

la que os hice, vengo a ver

si vino a corresponder

con mi intención la respuesta,

que ya en público la pido:

que no quiero que rodeos

encubran que mis deseos

no son de padre advertido.

Daré al señor don Antonio...,

deste modo lo diré,

...mi alma, pues le daré

a mi hija en matrimonio.

En ella le daré esposa

bien nacida, cual se sabe,

y aun estremo adonde cabe

el mayor de ser hermosa;

una niña a quien apenas

el sol ni el viento han tocado;

un armiño aprisionado

con religiosas cadenas;

una que son sus cuidados

de simple y tierna doncella;

y ofrezco en dote con ella

de renta dos mil ducados.


DON [ANTONIO]

Con mucho gusto, señor

don Pedro Osorio, hiciera

lo que tan bien me estuviera,

mirando a vuestro valor;

mas la señora Marcela

ha ganado por la mano

a vuestro intento tan sano,

que en honrarla se desvela:

ella se ha escogido esposo,

que es el que salió de aquí.


PADRE

¿Mi hija Marcela?


DON FRANCISCO

Sí.


PADRE

Padre triste, viejo astroso,

¿qué escuchas? ¿Cómo es aquesto?


DON FRANCISCO

Una cédula le ha dado

de su mano, donde ha echado

de lo que es amor el resto.


PADRE

¿Será falsa?


DON FRANCISCO

Podría ser;

pero imagino que no.


PADRE

Pues ¿para qué os la mostró?


DON [ANTONIO]

Turba el sentido el placer.


[PADRE]

Primero que él la vea,

primero que él la toque,

primero que la goce,

ha de perder la vida, o yo la mía.

¡Que venga un embustero,

con sus manos lavadas,

y no limpias por esto,

y el alma os robe y saque de las carnes...!

Mitades son del alma

los hijos; mas las hijas

son mitad más entera,

por cuyo honor el padre ha de ser lince.


OCAÑA

Por Cristo benditísimo,

que la razón le sobra

por cima los tejados

a este pobre señor, de quien me duelo.

¡Que aquestos pisaverdes,

aquestos tiquimiquis

de encrespados copetes,

se anden a pescar bobas con embustes...!


DON [ANTONIO]

Majadero, ¿qué es esto?


OCAÑA

Yo callo y me arrepiento

de lo dicho.


DON [ANTONIO]

Mostrenco,

¿de cuándo acá os metéis vos en docena?


OCAÑA

¡Que no pueda hacer baza

yo con este mi amo,

y si a las discreciones

jugamos, quince y falta puedo darle...!


PADRE

No os quiero pedir nada,

ni es razón que os la pida,

hijo, que, si lo fuérades,

remozara mis canas y mis días.

¡Hijas inobedientes,

que al curso de los años

anticipáis el gusto,

destrúyaos Dios, los cielos os maldigan!


(Éntrase el PADRE.)


DON [ANTONIO]

¡Mi gozo está en el pozo!


DON FRANCISCO

¿Y si es falsa la cédula?


DON [ANTONIO]

Aunque lo sea, amigo,

ya el honor titubea de Marcela.

Cuanto más, que se sabe

que es bueno don Ambrosio,

y no levantaría

tan grande testimonio.


DON FRANCISCO

Así lo creo.


DON [ANTONIO]

Doncella de escritorios,

de públicas audiencias,

de pruebas y testigos,

no es para mí.


OCAÑA

¡Sentencia aristotélica!


(Entran TORRENTE y CARDENIO.)

 

TORRENTE

¿A cuándo, cuitado, aguardas?

¿Qué diligencias has hecho

que te sean de provecho?

¿A qué esperas? ¿A qué tardas?

Lugar tienes y ocasión

para rogar y fingir.


CARDENIO

Yo tengo para morir,

no para hablar, corazón.


TORRENTE

Tu silencio ha de ser causa

de toda tu desventura.


CARDENIO

Su honestidad y hermosura

ponen en mi intento pausa.

Al cabo habré de morir

callando.


TORRENTE

¡Qué simple amante!


CARDENIO

Medroso, mas no ignorante.


TORRENTE

Todo lo puedes decir.


(Entran MARCELA, DOROTEA, MUÑOZ y CRISTINA, y QUIÑONES.)

  

MARCELA

La torpeza en vos se halla;

caminad, que os valga Dios.


OCAÑA

Uno a uno, dos a dos,

juntado se ha gran batalla.

 

(Entran SILVESTRE y CLAVIJO.)

  

DON SILVESTRE

¿Un don Silvestre está aquí

que tiene por sobrenombre

Almendárez?


CARDENIO

Gentilhombre,

yo soy. ¿Qué queréis de mí?


DON SILVESTRE

Dadme, señor, vuestros pies,

que soy grande servidor

de vuestro padre.


CARDENIO

Señor,

cortés, mas no tan cortés.


DON SILVESTRE

Diez mil pesos ensayados,

con vos, me escribe mi padre,

me envía, y tres mil mi madre.


TORRENTE

Pesos serán bien pesados.

Catorce mil se tragó

el mar, como soy testigo.


DON SILVESTRE

Trece mil son los que digo.


TORRENTE

Catorce mil digo yo.


CARDENIO

Es verdad; yo recebí,

señor, todo ese dinero;

pero el mar...


CLAVIJO

Aquí no hay pero.


DON SILVESTRE

Yo responderé por mí;

callad vos. También me envía

de vuestra prima un retrato.


TORRENTE

Sorbiósele el mar ingrato

sin guardarle cortesía.

Pensamos que se amansara

tocándole su figura,

y por respeto y mesura

en su lecho se acostara;

pero fue tan mal mirado,

que alzó montes sobre montes,

y escondió los horizontes

y aun la faz del sol dorado.


MARCELA

No era reliquia el retrato.


CLAVIJO

No; pero si él le arrojara

con devoción, se mostrara

manso el mar y el cielo grato.


TORRENTE

Todo esto en la memoria

no está, Muñoz, que nos diste,

y si nos caen en el chiste,

nuestra desdicha es notoria.


DON SILVESTRE

¿Vuesa merced tiene, acaso,

otro hermano?


CARDENIO

Sí, señor.


MUÑOZ

No, señor. ¡Oh grande error!

¡Mil sustos de muerte paso!


CLAVIJO

¿Cómo se llama?


TORRENTE

Don Juan

de Almendárez.


DON SILVESTRE

¿Qué edad tiene?


TORRENTE

Aquella que le conviene.


OCAÑA

Examinándoles van,

y yo no sé para qué.


DON SILVESTRE

¿Tocaron en la Bermuda?


TORRENTE

Ya he dicho desa Barbuda

otra vez lo que yo sé.


DON SILVESTRE

No ingenio, mas ignorancia,

es fabricar la maldad,

de quien está la verdad,

no dos dedos de distancia.

Yo soy, señor don Antonio,

vuestro primo verdadero,

y de ser éste embustero

darán claro testimonio

mis papeles y el retrato

de mi señora Marcela.


MUÑOZ

¡El alma se me revela!

¡Si hoy no me muero, me mato!


DON SILVESTRE

Dadme, señora, esos pies

por vuestro primo y esposo.


DON FRANCISCO

¡Éste es caso prodigioso!


MARCELA

Cortés, mas no tan cortés.


TORRENTE

Tres días ha, desventurado,

que, por no querer hablar,

te has de ver, a bien librar,

en galeras y azotado.

Embistiérasla, malino,

y no aguardaras a verte

en la desdichada suerte

y en el traje peregrino.


DON FRANCISCO

¿Quién eres?


CARDENIO

Un estudiante.


TORRENTE

Y yo su capigorrón,

que tengo de socarrón

harto más que de ignorante.


CARDENIO

Solicitóme el amor

a entrar en esta conquista

a la sombra de una lista...


TORRENTE

Que la escribió este traidor

de Muñoz.


MUÑOZ

¡Dios sea conmigo!

¡Llegó de Muñoz el fin!


DON [ANTONIO]

¡Ah escudero viejo y ruin!


OCAÑA

Eso pido y eso digo.


CARDENIO

Estos soles sobrehumanos,

por quien mi mal crece y mengua,

pusieron freno a mi lengua,

como esposas a mis manos.

En los rayos de sus ojos

se despuntaban los míos,

y nunca mis desvaríos

llegaron a darla enojos.

Si me queréis castigar,

primero advertid, señores,

que los yerros por amores

son dignos de perdonar.


DON [ANTONIO]

En albricias, el perdón

te diera, mas ten aviso

que el Pontífice no quiso

conceder dispensación

entre mi primo y mi hermana.


MARCELA

Casamientos de parientes

tienen mil inconvenientes.


CLAVIJO

El favor todo lo allana.

Yo iré a Roma, y la traeré.


DON SILVESTRE

Yo, aunque primo verdadero,

ni quedarme en casa quiero,

ni poner en ella el pie:

que la honra de mi prima

ha de ir contino adelante,

sin que haya otro estudiante

que la asombre o que la oprima.


CRISTINA

¿No ha de haber un casamiento

en esta casa jamás?


OCAÑA

Tú, Cristina, le harás,

si te ajustas a mi intento.


CRISTINA

Yo me ajusto al de Quiñones.


QUIÑONES

Pues yo no me ajusto al tuyo.


CRISTINA

¿Tú, para no ser mi cuyo,

hallas razón?


QUIÑONES

Y razones.


CRISTINA

Ocaña, si me deseas,

vesme aquí.


OCAÑA

No es mi linaje

tal, que lo que arroja un paje

escoja yo, ni tal creas.


TORRENTE

A no estar temiendo aquí

la penca de algún verdugo,

ese arrojado mendrugo

le tomara para mí.


CRISTINA

¡Malos años y mal mes!


TORRENTE

Acordársete debía,

facinorosa arpía,

del pañuelo y entremés.


MARCELA

Con licencia de mi hermano

y de mi primo, yo quiero

sentenciar al escudero

y al gran embustero indiano.

Trocará la mano el juego

a cuyas leyes me arrimo:

quedarse ha en casa mi primo,

y él se salga della luego.

Lleve su vergüenza a cuestas,

que es la venganza mayor

que puede tomar Amor

de invenciones como aquéstas.

A Muñoz le doy la pena

que da el arrepentimiento

y el destierro.


MUÑOZ

Yo bien siento

ser ángel el que condena.

Mi alma no se alboroza

con sentencia que es tan pía,

pues ve que yo merecía

azotes, si no coroza.


OCAÑA

Bien haya la lacayuna

humilde y valiente raza,

pues que traiciones no traza

para subir su fortuna.

Junto a la caballeriza,

y al olor de su caballo,

con sus bríndez, siento y hallo

que sus gustos soleniza.


CRISTINA

De Quiñones desechada,

y de Ocaña no escogida,

aún no he de quedar perdida,

porque espero ser ganada.

Hace quien se desespera

un grandísimo pecado,

y es refrán muy bien pensado

que tal vendrá que tal quiera.


DOROTEA

Yo sola soy sin ventura.

Es tan corto el hado mío,

que no ha alcanzado mi brío

lo que impide la hermosura.

Nunca he sido requebrada,

ni sé amor a lo que sabe;

mas esto y mucho más cabe

en la ventura quebrada.


TORRENTE

Siento en aqueste desastre

sólo el perder a Cristina.


MUÑOZ

Camina, Muñoz, camina,

pobre, sin bayeta y sastre.

 

(Éntrase.)

  

DOROTEA

Sin Marcela, don Antonio,

se entra amargo el corazón.


(Éntrase.)


DON SILVESTRE

Y yo sin dispensación.

 

(Éntrase.)


CRISTINA

Cristina sin matrimonio.


(Éntrase.)

  

CLAVIJO

Yo seguiré de mi amigo

los pasos, medio contento.

 

(Éntrase.)


DON FRANCISCO

Yo alabaré el pensamiento

de don Antonio, a quien sigo.

 

(Éntrase.)


MARCELA

Yo quedaré en mi entereza,

no procurando imposibles,

sino casos convenibles

a nuestra naturaleza.


(Éntrase.)


OCAÑA

Esto en este cuento pasa:

los unos por no querer,

los otros por no poder,

al fin ninguno se casa.

Desta verdad conocida

pido me den testimonio:

que acaba sin matrimonio

la comedia Entretenida.


(Éntrase.)



 

FIN





Pedro de Urdemalas


Los que hablan en ella son los siguientes:


PEDRO DE VRDEMALAS.

CLEMENTE, zagal.

CLEMENCIA, zagala.

BENITA, zagala.

CRESPO, alcalde, padre de Clemencia.

SANCHO MACHO, regidor.

DIEGO TARUGO, regidor.

LAGARTIJA, labrador.

HORNACHUELOS, labrador.

REDONDO, escriuano.

PASCUAL.

VN SACRISTAN.

MALDONADO, conde de gitanos.

Musicos.

YNES, gitana.

BELICA, gitana.

VNA VIUDA LABRADORA.

UN LABRADOR, que la lleua de la mano.

VN CIEGO.

EL REY.

SILERIO.

VN CRIADO DEL REY.

VN ALGUAZIL.

LA REYNA.

MOSTRENCO.

MARCELO, cauallero.

Dos representantes, con su autor.

VN LABRADOR.

Otros tres farsantes.

ALGUAZIL DE COMEDIAS.




JORNADA PRIMERA


Entran PEDRO DE VRDEMALAS en hábito de moço de labrador, y CLEMENTE como zagal.


CLEMENTE

De tu ingenio, Pedro amigo,

y nuestra amistad se puede

fiar mas de lo que digo,

porque el al mayor excede,

y della el mundo es testigo;

assi, que es de calidad

tu ingenio y nuestra amistad,

que, sin buscar otro medio,

en ambos pongo el remedio

de toda mi enfermedad.

Essa hija de tu amo,

la que se llama Clemencia,

a quien yo justicia llamo,

la que huye mi presencia,

qual del caçador el gamo;

essa, a quien naturaleza

dio el estremo de belleza

que has visto, me tiene tal,

que llega al punto mi mal

do llega el de su lindeza.

Quando pense que ya estaua

algo credula al cuydado

que en mis ansias le mostraua,

yo no se quien la ha trocado

de cordera en tigre braua,

ni se yo por que mentiras

sus mansedumbres en yras

ha buelto, ni se, ¡o amor!,

por que con tanto rigor

contra mi tus flechas tiras.


PEDRO

Bobear; dime, en efeto,

lo que quieres.


CLEMENTE

Pedro hermano,

que me libres deste aprieto

con algun consejo sano

o ayuda de hombre discreto.


PEDRO

¿Han llegado tus desseos

a mas que dulces floreos,

o has tocado en el lugar

donde amor suele fundar

el centro de sus empleos?


CLEMENTE

Pues sabes que soy pastor,

entona mas baxo el punto,

habla con menos primor.


PEDRO

Que si eres, te pregunto,

Amadis o Galaor.


CLEMENTE

No soy sino Anton Clemente,

y andas, Pedro, impertinente

en hablar por tal camino.


PEDRO

Pan por pan, vino por vino,

se ha de hablar con esta gente.

¿Haste visto con Clemencia

a solas o en parte escura,

donde ella te dio licencia

de alguna desemboltura

que encargasse la conciencia?


CLEMENTE

Pedro, el cielo me confunda,

y la tierra aqui me hunda,

y el ayre jamas me aliente,

si no es vn amor decente

en quien el mio se funda.

Del padre el rico caudal

el mio pobre desprecia

por no ser al suyo ygual,

y entiendo que sólo precia

el de Llorente y Pascual,

que son ricos, y es razon

que se lleue el coraçon

tras si de qualquier muger,

no el querer, sino el tener

del oro la possession.

Y, demas desto, Clemencia

a mi amor no corresponde,

por no se que impertinencia

que le han dicho, y assi esconde

de mis ojos su presencia;

y si tu, Pedro, no hazes

de nuestras riñas las pazes,

ya por perdido me cuento.


PEDRO

O no tendre entendimiento,

o he de trazar tus solazes.

Si sale, como imagino,

oy mi amo por alcalde,

te digo, como adiuino,

que oy no te truxo de valde

a hablar conmigo el destino.

Tu verás cómo te entrego

en holgança y en sossiego

el bien que interes te veda,

y que al dartele preceda

promessa, dadiua y ruego.

Y, en tanto que esto se traza,

buelue los ojos y mira

los lazos con que te enlaza

amor, y por quien suspira

Febo, que alli se disfraza;

mira a los rubios cabellos

de Clemencia, y mira entre ellos

al lasciuo amor jugando,

y cómo se va admirando

por ver que se mira en ellos.

Benita viene con ella,

su prima, qual si viniesse

con el sol alguna estrella

que no menos luz nos diesse

que el mismo sol: tal es ella.

Clemente, ten aduertencia

que, si llega aqui Clemencia,

te le humilles; yo a Benita,

como a vna cosa bendita,

le pienso hazer reuerencia.

Dile con lengua curiosa

cosas de que no disguste,

y ten por cierta vna cosa:

que no ay muger que no guste

de oyrse llamar hermosa.

Liberal desta moneda

te muestra; no tengas queda

la lengua en sus alabanças;

verás boluer las mudanças

de la variable rueda.


(Entran CLEMENCIA y BENITA, zagalas, con sus cantarillas, como que van a la fuente.)


BENITA

¿Por que te buelues, Clemencia?


CLEMENCIA

¿Por que me bueluo, Benita?

Por no verme en la presencia

de quien la salud me quita

y me da mortal dolencia;

por no ver a vn insolente

que tiene bien diferente

de la condicion el nombre.


BENITA

Apostaré que es el hombre

por quien lo dizes Clemente.


CLEMENTE

¿Soy basilisco, pastora,

o soy alguna fantasma

que se aparece a deshora,

con que el sentido se pasma

y el ánimo se empeora?


CLEMENCIA

No eres sino vn parlero,

adulador, lisongero

y, sin por que, jactancioso,

en verdades mentiroso

y en mentiras verdadero.

¿Quándo te he dado yo prenda

que de mi amor te assegure

tanto, que claro se entienda

que, aunque el amor me procure,

no ayas temor que te ofenda?

Esto dixiste a Iacinta,

y le mostraste vna cinta

encarnada que te di;

y en tu rostro se ve aqui

aquesta verdad distinta.


CLEMENTE

Clemencia, si yo he dicho cosa alguna

que no vaya a seruirte encaminada,

venga de la mas próspera fortuna

a la mas abatida y desastrada;

si siempre sobre el cerco de la luna

no has sido por mi lengua leuantada,

quando quiera dezirte mi querella,

mudo silencio el cielo infunda en ella;

si mostre tal, la fe en que yo pensaua,

por la ley amorosa, de saluarme,

quando a la vida el término se acaba,

por ella entonces venga a condenarme;

si dixe tal, jamas halle en su aljaua

flechas de plomo amor con que tirarme,

si no es a ti, y a mi con las doradas,

a elarte y abrasarme encaminadas.


PEDRO

Clemencia, tu padre viene,

y con la vara de alcalde.


CLEMENCIA

No la ha alcançado de valde:

que su salmorejo tiene.

Hermano Clemente, a Dios.


CLEMENTE

¿Pues cómo quedamos?


CLEMENCIA

Bien.

Benita, si quieres, ven.


BENITA

Si, pues venimos las dos.


(Entrase BENITA y CLEMENCIA.)


PEDRO

Vete en buen hora, Clemente,

y quedese el cargo a mi

de lo que he de hazer por ti.


CLEMENTE

A Dios, pues.


PEDRO

El te contente.


(Sale MARTIN CRESPO, alcalde, padre de CLEMENCIA, y SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO, regidores.)


TARUGO

Placenos, Martin Crespo, del sucesso.

Dessecheysla por otra de brocado,

sin que jamas vn voto os salga auiesso.


ALCALDE

Diego Tarugo, lo que me ha costado

aquesta vara, sólo Dios lo sabe,

y mi vino, y capones, y ganado.

El que no te conoce, esse te alabe,

desseo de mandar.


SANCHO

Yo aquesso digo,

que se que en el todo cuydado cabe.

Veala yo en poder de mi enemigo,

vara que es por presentes adquirida.


ALCALDE

Pues aora la tiene vn vuestro amigo.


SANCHO

De vos, Crespo, serà tan bien regida,

que no la doble dadiua ni ruego.


ALCALDE

No, ¡juro a mi!, mientras tuuiere vida.

Quando muger me informe, estare ciego;

al ruego del hidalgo, sordo y mudo:

que a la seueridad todo me entrego.


TARUGO

Ya veo en vuestro tiempo, y no lo dudo,

sentencias de Salmon, el rey discreto,

que el niño diuidio con hierro agudo.


ALCALDE

Al menos, de mi parte yo prometo

de arrimarme a la ley en quanto pueda,

sin alterar vn minimo decreto.


SANCHO

Como yo lo desseo, assi suceda.

Y a Dios.


ALCALDE

Fortuna os tenga, Sancho Macho,

en la empinada cumbre de su rueda.


TARUGO

Sin que el temor o amor os ponga empacho,

juzgad, Crespo, terrible y breuemente:

que la tardança en toda cosa tacho.

Y a Dios quedad.


ALCALDE 

En fin, soys buen pariente.


(Entranse SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO.)


Pedro, que escuchando estàs,

¿cómo de mi buen sucesso

el parabien no me das?

Ya soy alcalde, y confiesso

que lo sere por demas,

si tu no me das fauor

y muestras algun primor

con que juzgue rectamente:

que te tengo por prudente,

mas que a vn cura y a vn doctor.


PEDRO

Es aquesso tan verdad,

qual lo dira la esperiencia,

porque con facilidad

luego os mostrare vna ciencia

que os de nombre y calidad.

Llegaráos Licurgo apenas,

y la celebrada Atenas

callará sus doctas leyes;

embidiaros han los reyes

y las escuelas mas buenas.

Yo os metere en la capilla

dos docenas de sentencias

que al mundo den marauilla,

todas con sus diferencias,

ciuiles, o de renzilla;

y la que primero a mano

os viniere, està bien llano

que no ha de auer mas que ver.


ALCALDE

Desde oy mas, Pedro, has de ser,

no mi moço, mas mi hermano.

Ven, y mostrarásme el modo

como yo ponga en efeto

lo que has dicho, en parte o en todo.


PEDRO

Pues mas cosas te prometo.


ALCALDE

A qualquiera me acomodo.


(Entranse el ALCALDE y PEDRO.)

(Salen otra vez SANCHO MACHO y TARUGO.)


SANCHO

Mirad, Tarugo: bien siento

que, aunque el parabien le distes

a Crespo de su contento,

otro paramal tuuistes

guardado en el pensamiento;

porque, en efeto, es manzilla

que se rija aquesta villa

por la persona mas necia

que ay desde Flandes a Grecia

y desde Egypto a Castilla.


TARUGO

Oy mostrará la experiencia,

buen regidor Sancho Macho,

adónde llega la ciencia

de Crespo, a quien yo no tacho

hasta la primera audiencia;

y pues agora ha de ser,

soy, Macho, de parecer

que le oygamos.


SANCHO

Sea assi;

aunque tengo para mi

que vn simple en el se ha de ver.


(Entran LAGARTIJA y HORNACHUELOS, labradores.)


HORNACHUELOS

¿De quien, señores, sabremos

si el alcalde en casa está?


TARUGO

Aqui los dos le atendemos.


LAGARTIJA

Señal es que aqui saldra.


SANCHO

Tan cierta, que ya le vemos.


(Salen el ALCALDE y REDONDO, escriuano, y PEDRO.)


ALCALDE

¡O valientes regidores!


REDONDO

Sientense vuessas mercedes.


ALCALDE

Sin ceremonia, señores.


TARUGO

En cortès, exceder puedes

a los corteses mayores.


ALCALDE

Sientese aqui el escriuano,

y a mi yzquierda y diestra mano

los regidores esten;

y tu, Pedro, estaras bien

a mis espaldas.


PEDRO

Es llano.

Aqui, en tu capilla, estan

las sentencias suficientes

a quantos pleytos vendran,

aunque nunca pares mientes

a la relacion que haran;

y si alguna no estuuiere,

a tu assessor te refiere,

que yo lo sere de modo

que te saque bien de todo,

y sea lo que se fuere.


REDONDO

¿Quieren algo, señores?


LAGARTIJA

Si querriamos.


REDONDO

Pues digan: que aqui està el señor alcalde,

que les hara justicia rectamente.


ALCALDE

Perdonemelo Dios lo que aora digo,

y no me sea tomado por soberuia:

tan tiestamenta pienso hazer justicia,

como si fuesse vn sonador romano.


REDONDO

Senador, Martin Crespo.


ALCALDE

Alla va todo.

Digan su pleyto apriessa y breuemente:

que apenas me le auran dicho, en mi anima,

quando les de sentencia rota y justa.


REDONDO

Recta, señor alcalde.


ALCALDE

Alla va todo.


HORNACHUELOS

Prestóme Lagartija tres reales,

boluile dos, la deuda queda en vno,

y el dize que le deuo quatro justos.

Este es el pleyto. Breuedad, y dixe.

¿Es aquesto verdad, buen Lagartija?


LAGARTIJA

Verdad; pero yo hallo por mi cuenta,

o que yo soy vn asno, o que Hornachuelos

me queda a deuer quatro.


ALCALDE

¡Brauo caso!


LAGARTIJA

No ay mas en nuestro pleyto, y me reçumo

en lo que sentenciare el señor Crespo.


REDONDO 

Reçumo por resumo, alla va todo.


ALCALDE

¿Que dezis vos a esto, Hornachuelos?


HORNACHUELOS

No ay que dezir; yo en todo me arremeto

al señor Martin Crespo.


REDONDO

Me remito,

¡pese a mi abuelo!


ALCALDE

Dexad(le) que arremeta;

¿que se os da a vos, Redondo?


REDONDO

A mi, no nada.


ALCALDE

Pedro, sacame, amigo, vna sentencia

dessa capilla: la que està mas cerca.


REDONDO

¿Antes de ver el pleyto, ay ya sentencia?


ALCALDE

Ai se podra ver quien es Callejas.


PEDRO

Lease esta sentencia, y punto en boca.


REDONDO

«En el pleyto que tratan .N. y .F.»...


PEDRO

Zutano con Fulano significan

la .N. con la .F. entre dos puntos.


REDONDO

Assi es verdad. Y digo que «en el pleyto

que trata este Fulano con Zutano,

que deuo condenar, fallo y condeno

al dicho puerco de Zutano a muerte,

porque fue matador de la criatura

del ya dicho Fulano...» Yo no atino

que disparate es este deste puerco

y de tantos Fulanos y Zutanos,

ni se cómo es possible que esto quadre

ni esquine con el pleyto destos hombres.


ALCALDE

Redondo està en lo cierto. Pedro amigo,

mete la mano, y saca otra sentencia;

podria ser que fuesse de prouecho.


PEDRO

Yo, que soy assessor vuestro, me atreuo

de dar sentencia luego qual conuenga.


LAGARTIJA

Por mi, mas que la de vn jumento nueuo.


SANCHO

Digo que el assessor es estremado.


HORNACHUELOS

Sentencia norabuena.


ALCALDE

Pedro, vaya,

que en tu magin mi honra deposito.


PEDRO

Deposite primero Hornachuelos,

para mi, el assessor, doze reales.


HORNACHUELOS

Pues sola la mitad importa el pleyto.


PEDRO

Assi es verdad: que Lagartija, el bueno,

tres reales de a dos os dio prestados,

y destos le boluistes dos senzillos;

y por aquesta cuenta deueys quatro,

y no, qual dezis vos, no mas de vno.


LAGARTIJA

Ello es ansi, sin que le falte cosa.


HORNACHUELOS

No lo puedo negar; vencido quedo,

y pagaré los doze con los quatro.


REDONDO

Ensuziome en Caton y en Iustiniano,

¡o Pedro de Vrde, montañes famoso!,

que assi lo muestra el nombre y el ingenio.


HORNACHUELOS

Yo voy por el dinero, y voy corrido.


LAGARTIJA

Yo me contento con auer vencido.


(Entranse LAGARTIJA y HORNACHUELOS.)

(Salen CLEMENTE y CLEMENCIA como pastor y pastora, emboçados.) 


CLEMENTE

Permitase que hablemos emboçados

ante tan justiciero ayuntamiento.


ALCALDE

Mas que hableys en vn costal atados;

porque a oyr, y no a ver, aqui me siento.


CLEMENTE

Los siglos que renombre de dorados

les dio la antiguedad con justo intento,

ya se ven en los nuestros, pues que vemos

en ellos de justicia los estremos.

Vemos vn Crespo alcalde...


ALCALDE

Dios os guarde.

Dexad aquessas lonjas a vna parte...


REDONDO

Lisonjas, dezir quiso.


ALCALDE

Y, porque es tarde,

de vuestro intento en breue nos dad parte.


CLEMENTE

Con verdadera lengua, cierto alarde

haze de lo que quiero parte a parte.


ALCALDE

Dezid: que ni soy sordo, ni lo he sido


CLEMENTE

Desde mis tiernos años,

de mi fatal estrella conduzido,

sin las nuues de engaños,

el sol que en este velo està escondido

mirè para adoralle,

porque esto hizo el que llegò a miralle.

Sus rayos se imprimieron

en lo mejor del alma, de tal modo,

que en si la conuirtieron:

todo soy fuego, yo soy fuego todo,

y, con todo, me yelo,

si el sol me falta que me eclipsa vn velo.

Grata correspondencia

tuuo mi justo y mi cabal desseo:

que amor me dio licencia

a hazer de mi alma rico empleo;

en fin, esta pastora,

assi como la adoro, ella me adora.

A hurto de su padre,

que es de su libertad duro tirano,

que ella no tiene madre,

de esposa me entregó la fe y la mano;

y agora, temerosa

del padre, no confiessa ser mi esposa.

Teme que el padre, rico,

se afrente de mi humilde mediania,

porque haze el pellico

al monge en esta edad de tirania.

El me sobra en riqueza;

pero no en la que da naturaleza.

Como el, yo soy tan bueno;

tan rico, no, y a su riqueza ygualo

con estar siempre ageno

de todo vicio perezoso y malo;

y, entre buenos, es fuero

que valga la virtud mas que el dinero.

Pido que ante ti buelua

a confirmar el si de ser mi esposa,

y en serlo se resuelua,

sin estar de su padre temerosa,

pues que no aparta el hombre

a los que Dios juntò en su gracia y nombre.


ALCALDE

¿Qué respondeys a esto,

sol que entre nuues se cubrio a deshora?


CLEMENTE

Su proceder honesto

la tendra muda, por mi mal, agora;

pero señales puede

hazer con que su intento claro quede.


ALCALDE

¿Soys su esposa, donzella?


PEDRO

La cabeça baxò: señal bien clara

que no lo niega ella.


SANCHO

¿Pues en que, Martin Crespo, se repara?


ALCALDE

En que de mi capilla

se saque la sentencia, y en oylla.

Pedro, sacala al punto.


PEDRO

Yo se que esta saldra pintiparada,

porque, a lo que barrunto,

siempre fue la verdad acreditada,

por atajo o rodeo;

y esta sentencia lo dira que leo.


(Saca vn papel de la capilla, y leele PEDRO:)


«Yo, Martin Crespo, alcalde, determino

que sea la pollina del pollino.»


REDONDO

Vaso de suertes es vuestra capilla,

y esta que ha sido agora pronunciada,

aunque es para entre bestias, marauilla,

y aun da muestras de ser cosa pensada.


CLEMENTE

El alma en Dios, y en tierra la rodilla,

la vuestra besaré, como a estremada

coluna que sustenta el edificio

donde moran las ciencias y el juyzio


ALCALDE

Puesto que redundara esta sentencia,

hijo, en aueros dado el alma mia,

porque no es otra cosa mi Clemencia,

me fuera de gran gusto y alegria.

Y alegrenos agora la presencia

vuestra, que està en razon y en cortesia,

pues ya lo desleydo y sentenciado

serà, sin duda alguna, executado.


CLEMENCIA

Pues, con esse seguro, padre mio,

el velo quito, y a tus pies me postro.

Mal hazes en vsar deste desuio,

pues soy tu hija, y no espantable monstro.

Tu has dado la sentencia a tu aluedrio,

y, si es injusta, es bien que te de en rostro;

pero, si justa es, haz que se aprueue,

con que a deuida execucion lleue.


ALCALDE

Lo que escriui, escriui; bien dizes, hija;

y assi, a Clemente admito por mi hijo,

y el mundo deste proceder colija

que mas por ley que por passion me rijo.


SANCHO

No ay alma aqui que no se regozija

de vuestro no pensado regozijo.


TARUGO

Ni lengua que a Martin Crespo no alabe

por hombre ingeniosissimo y que sabe.


PEDRO

Nuestro amo, aueys de saber

que es merced particular

la que el cielo quiere hazer

quando se dispone a dar

al hombre buena muger;

y corre el mismo partido

ella, si le da marido

que sea en todo varon,

afable de condicion,

mas que arrojado, sufrido.

De Clemencia y de Clemente

se hara vna junta dichosa

que os alegre y os contente,

y quien lleue vuestra honrosa

estirpe de gente en gente,

y esta noche de San Iuan

las bodas celebrarán,

con el suyo y vuestro gusto.


ALCALDE

Señales de hombre muy justo

todas tus cosas me dan;

pero la boda otro dia

se hara: que es noche ocupada

de general alegria

aquesta.


CLEMENTE

No importa nada,

siendo ya Clemencia mia:

que el gusto del coraçon

consiste en la possession

mucho mas que en la esperança.


PEDRO

¡O, quántas cosas alcança

la industria y sagazidad!.


ALCALDE

Vamos, que ay mucho que hazer

esta noche.


TARUGO

Sea en buen hora.


CLEMENTE

Ni que esperar ni temer

me queda, pues por señora

y esposa te vengo a ver.


TARUGO

¡Bien escogistes, Clemencia!


CLEMENCIA

Al que ordenò la sentencia

las gracias se den, y al cielo.


PEDRO

De que he encargado, rezelo,

algun tanto mi conciencia.


(Entranse todos, y, al entrarse, sale PASCUAL y tira del sayo a PEDRO, y quedanse los dos en el teatro, y tras PASCUAL entra vn SACRISTAN.)


PASCUAL

Pedro amigo.


PEDRO

¿Que ay, Pasqual?

No pienses que me descuydo

del remedio de tu mal;

antes, en el tanto cuydo,

que casi no pienso en al.

Esta noche de San Iuan

ya tu sabes cómo estan

del lugar las moças todas

esperando de sus bodas

las señales que les dan.

Benita, el cabello al viento,

y el pie en vna bazia

llena de agua, y oydo atento,

ha de esperar hasta el dia

señal de su casamiento;

se tu primero en nombrarte

en su calle, de tallarte,

que claro entienda tu nombre.


PASCUAL

Por excelencia, el renombre

de industrioso pueden darte.

Yo lo hare assi; queda en paz;

mas, despues de aquesto hecho,

tu lo que faltare haz,

ansi no abrassa tu pecho

el fuego de aquel rapaz.


[PEDRO]

Assi será; ve con Dios.


(Vase PASCUAL.)


SACRISTAN

Por ligero que seays vos,

yo os saldre por el atajo,

y buscaré sin trabajo

la industria de ambos a dos.


(Entrase el SACRISTAN.)

(Sale MALDONADO, conde de gitanos; y aduiertase que todos los que hizieren figura de gitanos, han de hablar ceceoso.)


MALDONADO

Pedro cenor, Dioz te guarde.

¿Que te haz hecho, que he venido

a buzcarte aquezta tarde,

por ver ci eztás ya atreuido,

o todavia cobarde?

Quiero dezir, ci te agrada

el cer nueztra camarada,

nueztro amigo y compañero,

como me haz dicho.


PEDRO

Si quiero.


MALDONADO

¿Reparaz en algo?


PEDRO

En nada.


MALDONADO

Mira, Pedro: nueztra vida

ez çuelta, libre, curioza,

ancha, holgazana, estendida,

a quien nunca falta coza

que el deceo buzque y pida.

Danoz el heruoço çuelo

lechoz; ciruenoz el cielo

de pauellon dondequiera;

ni noz quema el çol, ni altera

el fiero rigor del yelo.

El maz cerrado vergel

laz primiciaz noz ofrece

de quanto bueno aya en el;

y apenaz se vee o parece

la aluilla o la mozcatel,

que no eztá luego en la mano

del atreuido gitano,

zahori del fruto ageno,

de induztria y ánimo lleno,

agil, prezto, çuelto y çano.

Gozamoz nuestroz amorez

librez del dezaçociego

que dan loz competidorez,

calentandonoz çu fuego

cin zeloz y cin temorez.

Y agora eztà vna mochacha

que con nadie no ce empacha

en nueztro rancho, tan bella,

que no halla en que ponella

la embidia ni aun vna tacha.

Vna gitana, hurtada,

la truxo; pero ella es tal,

que, por hermoza y honrada,

muestra que es de principal

y rica gente engendrada.

Ezta, Pedro, cerá tuya,

aunque maz el yugo huya

que rinde la libertad,

quando de nueztra amiztad

lo acordado ce concluya.


PEDRO

Porque veas, Maldonado,

lo que me mueue el intento

a querer mudar de estado,

quiero que me estes atento

vn rato.


MALDONADO

De muy buen grado.


PEDRO

Por lo que te he de contar,

vendras en limpio a sacar

si para gitano soy.


MALDONADO

Atento eztare y eztoy;

bien puedez ya començar.


PEDRO

Yo soy hijo de la piedra,

que padre no conoci:

desdicha de las mayores

que a vn hombre pueden venir.

No se dónde me criaron;

pero se dezir que fuy

destos niños de dotrina

sarnosos que ay por ahi.

Alli, con dieta y açotes,

que siempre sobran alli,

aprendi las oraciones,

y a tener hambre aprendi;

aunque tambien con aquesto

supe leer y escriuir,

y supe hurtar la limosna,

y desculparme y mentir.

No me contentò esta vida

quando algo grande me vi,

y en vn nauio de flota

con todo mi cuerpo di,

donde serui de grumete,

y a las Indias fuy y bolui,

vestido de pez y angeo,

y sin vn marauedi.

Temi con los huracanes,

y con las calmas temi,

y espantóme la Vermuda

quando su costa corri.

Dexé el comer del vizcocho

con dos dedos de hollin,

y el beuer vino del diablo

antes que de San Martin.

Pisè otra vez las riberas

del rico Guadalquiuir,

y entreguéme a sus crecientes,

y a Seuilla me bolui,

donde al rateruelo oficio

me acomodè baxo y vil

de moço de la esportilla,

que el tiempo lo pidio ansi;

en el qual, sin ser yo cura,

muy muchos diezmos cogi,

haziendo salua a mil cosas

que me condenan aqui.

En fin, por cierta desgracia,

el oficio tuuo fin,

y començo el peligroso

que suelen llamar mandil.

En el supe de la hampa

la vida larga y cerril,

formar pendencias del viento,

y con el soplo herir.

Mi amo, que era tan brauo

como ligero pasquin,

dio assalto a vna faldriquera

a lo callado y sotil;

con las manos en la massa

le cogio vn cierto alguazil,

y el quiso ser en vn potro

confessor, y no martyr;

martir, digo, Maldonado.


MALDONADO

En esso, ¿que me va a mi?

Pronunciad como os de gusto,

pues que no hablays latin.


PEDRO

Palme[ó]le las espaldas

contra su gusto el bochin,

de lo qual quedò mohino,

segun que dixo vn malsin.

A las casas mouedizas

le lleuaron, y yo vi

arañarse la Escalanta

y llorar la Bezerril.

Yo, viendome sin el fieltro

de mi andaluz paladin,

de mandilla mochilero

vn salto forçoso di.

Deparóme la fortuna

vn soldado espadachin

de los que van hasta el puerto,

y se bueluen desde alli.

Las boletas rescatadas,

las gallinas que cogi,

si no las perdona el cielo,

¡desuenturado de mi!

Diome el rostro aquella vida,

porque della conoci

que el soldado churrullero

tiene en las gurapas fin,

y a gentilhombre de playa

en vn punto me acogi,

vida de mil sobresaltos

y de contentos cien mil.

Mas, por temor de yrme a Argel,

presto a Cordoua me fuy,

adonde vendi aguardiente,

y naranjada vendi.

Alli el salario de vn mes

en vn dia me beui,

porque, si ay agua que sepa,

la ardiente es doctor sotil.

Arrojarame mi amo

con vn trabuco de si,

y en casa de vn asturiano

por mi desuentura di.

Hazía suplicaciones,

suplicaciones vendi,

y en vn dia diez canastas

todas las jugue y perdi.

Fuyme, y topè con vn ciego,

a quien diez meses serui,

que, a ser años, yo supiera

lo que no supo Merlin.

Aprendi la gerigonça,

y a ser vistoso aprendi,

y a componer oraciones

en verso ayroso y gentil.

Murioseme mi buen ciego,

dexóme qual Iuan Paulin,

sin blanca, pero discreto,

de ingenio claro y sotil.

Luego fuy moço de mulas,

y aun de vn fullero lo fuy,

que con la boca de lobo

se tragara a San Quintin;

gran jugador de las quatro,

y con la sola le vi

dar tan mortales heridas,

que no se pueden dezir.

Berrugeta y ballestilla,

el raspadillo y hollin

jugaua por excelencia,

y el Mase Iuan hi de ruin.

Gran sage del espejuelo,

y del reten tan sotil,

que no se le viera vn linze

con los antojos del Cid.

Cayose la casa vn dia,

vinole su San Martin,

pusiero[n]le vn sobre escrito

encima de la nariz.

Dexéle, y vineme al campo,

y siruo, qual ves, aqui,

a Martin Crespo, el alcalde,

que me quiere mas que a si.

Es Pedro de Vrde mi nombre;

mas vn cierto Malgesi,

mirandome vn dia las rayas

de la mano, dixo assi:

«Añadiole Pedro al Vrde

vn malas; pero aduertid,

hijo, que aueys de ser rey,

frayle, y papa, y matachin.

Y avendraos por vn gitano

vn caso que se dezir

que le escucharán los reyes

y gustarán de le oyr.

Passareys por mil oficios

trabajosos; pero al fin

tendreys vno do seays

todo quanto he dicho aqui.»

Y aunque yo no le doy credito,

todavia veo en mi

vn no se que que me inclina

a ser todo lo que oi;

pues como deste pronóstico

el indicio veo en ti,

digo que he de ser gitano,

y que lo soy desde aqui.


MALDONADO

¡O Pedro de Vrdemalaz generozo,

coluna y cer del gitanezco templo!

Ven, y daraz principio al alto intento

que te incita, te mueue, impele y lleua 

a ponerte en la lizta gitanezca;

ven a adulzir el agrio y tierno pecho 

de la hurtada mochacha que te he dicho,

por quien zeraz dichoso zobremodo.


PEDRO

Vamos; que yo no pongo duda en esso,

y espero deste assumpto vn gran sucesso.


(Entranse.)

(Ponese BENITA a la ventana en cabello.)


BENITA

Tus alas, ¡o noche!, estiende

sobre quantos te requiebran,

y a su gusto justo atiende,

pues dizen que te celebran

hasta los moros de aliende.

Yo, por conseguir mi intento,

los cabellos doy al viento,

y el pie izquierdo a vna vazia

llena de agua clara y fria,

y el oydo al ayre atento.

Eres noche tan sagrada,

que hasta la voz que en ti suena

dizen que viene preñada

de alguna ventura buena

a quien la escucha guardada.

Haz que a mis oydos toque

alguna que me prouoque

a esperar suerte dichosa.


(Entra el SACRISTAN.)


SACRISTAN

Prenderá a la dama hermosa,

sin alguna duda, el Roque;

Roque ha de ser el que prenda

en este juego a la dama,

puesto que ella se defienda:

que su ventura le llama

a gozar tan rica prenda.


BENITA

Roque dizen, Roque oi.

Pues no ay otro Roque aqui

que el necio del sacristan.

Veamos si nombraràn

Roque otra vez.


SACRISTAN

Serà assi,

porque es el Roque tal pieça,

que no ay dama que se esquiue

de entregalle su belleza;

y, aunque en estrecheza viue,

es muy rico en su estrecheza.


BENITA

Ce, gentilombre, tomad

este liston, y mostrad

quien soys mañana con el.


SACRISTAN

Sereos en todo fiel,

estremo de la veldad:


(Estandole dando vn liston BENITA al SACRISTAN, entra PASQUAL, y asele del cuello, y quitale la cinta.) 


que qualquiera que seays

de las dos que en esta casa

viuis, se os auentajays

a Venus.


PASCUAL

¿Que aquesto passa?

¿Que esta cuenta de vos days?

Benita, ¿que a vn sacristan

vuestros despojos se dan?

Graue fuera aquesta culpa,

si no tuuiera disculpa

en ser noche de San Iuan.

Vos, bachiller graduado

en letras de canto llano,

¿de quien fuistes auisado

para ganar por la mano

el juego mal començado?

¿Assi a maytines se toca

con vuestra verguença poca?

¿Assi os hazen oluidar

del cantar y repicar

los picones de vna loca?


(Entra PEDRO.)


PEDRO

¿Que es esto, Pasqual amigo?


PASCUAL

El sacristan y Benita

han querido sea testigo

de que ella es muger bendita,

y el de embustes enemigo;

mas, porque no se alborote,

y vea que al estricote

le trae su honra su intento,

por testigos le presento

esta cinta y este zote.


SACRISTAN

Por las santas vinageras,

a quien dexo cada dia

agostadas y ligeras,

que no fue la intencion mia

de burlarme con las veras.

Oy a las dos os oi

lo que auia de hazer alli

Benita, en cabello puesta,

y, por gozar de la fiesta,

vine, señores, aqui.

Nombrème, y ella acudio

al reclamo, como quien,

del primer nombre que oyo,

de su gusto y de su bien

indicio claro tomó:

que la vana echizeria

que la noche antes del dia

de San Iuan vsan donzellas,

haze que se muestren ellas

de liuiana fantasia.


PASCUAL

¿Para que te dio esta cinta?


SACRISTAN

Para que me la pusiesse,

y conocer por su pinta

quien yo era, quando fuesse

ya la luz clara y distinta.


BENITA

¿Para que a tantas preguntas

te alargas, Pasqual? ¿Barruntas

mal de mi? Mas no lo dudo,

porque, en mi daño, de agudo

siempre he visto que despuntas.


PASCUAL

Assi con essa verdad

se te arranque el alma, ingrata,

sospechosa en la amistad,

que con mas llaneza trata

que vio la sinceridad.

Los alamos de aquel rio,

que con el cuchillo mio

tienen grauado tu nombre,

te diran si yo soy hombre

de buen proceder vazio.


PEDRO

Yo soy testigo, Benita,

que no ay haya en aquel prado

donde no te vea escrita,

y tu nombre coronado

que tu fama solicita.


PASCUAL

¿Y en que junta de pastores

me has visto que los loores

de Benita no alcè al cielo,

descubriendo mi buen zelo

y encubriendo mis amores?

¿Que almendro, guindo o mançano

has visto tu que se viesse

en dar su fruto temprano,

que por la mia no fuesse

traydo a tu bella mano

antes que las mismas aues

le tocassen? Y aun tu sabes

que otras cosas por ti he hecho

de tu honra y tu prouecho,

dignas de que las alabes.

Y en los arboles que aora

vendran a enrramar tu puerta,

verás, cruel matadora,

cómo en ellos se vee cierta

la gran fe que en mi alma mora.

Aqui verás la verbena,

de raras virtudes llena,

y el rosal, que alegra al alma,

y la vitoriosa palma,

en todos sucessos buena.

Verás del alamo erguido

pender la delgada oblea,

y del valle aqui traydo,

para que en tu puerta sea

sombra al sol, gusto al sentido.


BENITA

No ayas miedo me prouoque

tu arenga a que yo te toque

la mano, encuentro amoroso,

porque no ha de ser mi esposo

quien no se llamare Roque.


PEDRO

Tu tienes mucha razon;

pero el remedio està llano

con toda satisfacion,

porque nos le da en la mano

la santa confirmacion.

Puede Pasqual confirmarse,

y puede el nombre mudarse

de Pasqual en Roque, y luego,

con su gusto y tu sossiego,

puede contigo casarse.


BENITA

Desse modo, yo lo aceto.


SACRISTAN

¡Gracias a Dios que me veo

libre de tan grande aprieto!


PEDRO

Que has hecho vn gallardo empleo,

Benita, yo te prometo,

porque aquel refran que passa

por gente de buena massa,

que es discreto determino:

«Al hijo de tu vezino,

limpiale y metele en casa.»


BENITA

Ponte esse liston, Pasqual,

y en parte do yo le vea.


PASCUAL

Pienso hazer del el caudal

que haze de su librea

Iris, arco celestial.

Esperate, que ya suena

la musica que se ordena

para el traer de los ramos.


PEDRO

Con gusto aqui la esperamos.


BENITA

Ella venga en hora buena.


(Suena dentro todo genero de musica, y su gayta zamorana; salen todos los que pudieren con ramos, principalmente CLEMENTE, y los musicos entran cantando esto:)


[MUSICOS]

«Niña, la que esperas

en reja o valcon,

aduierte que viene

tu polido amor.

Noche de San Iuan,

el gran Precursor,

que tuuo la mano

mas que de relox,

pues su dedo santo

tambien señalò,

que nos mostro el dia

que no anochecio;

muestratenos clara,

sea en ti el albor

tal, que perlas llueua

sobre cada flor;

y en tanto que esperas

a que salga el sol,

di[r]as a mi niña

en suaue son:

"Niña la que esperas, &c."

Diras a Benita

que Pasqual, pastor,

guarda los cuydados

de su coraçon;

y que de Clemencia

el que es ya señor,

es su humilde esclauo,

con justa razon;

y a la que desmaya

en su pretension,

tenla de tu mano,

no la oluides, non,

y dile callando,

o en erguida voz,

de modo que oyga

la imaginacion:

"Niña, la que esperas

en rexa o valcon,

aduierte que viene

tu polido amor."»


CLEMENTE

Ello està muy bien cantado.

Ea, enramese este vmbral

por el vno y otro lado.

¿Que hazes aqui, Pasqual,

de los dos acompañado?

Ayudanos, y a Benita

con seruicios solicita,

enramandole la puerta:

que a la voluntad ya muerta

el seruirla resucita.

Esse laurel pon aqui,

esse sauze a essotra parte,

esse alamo blanco alli,

y entre todos tenga parte

el jazmin y el alheli.

Haga el suelo de esmeraldas

la juncia, y la flor de gualdas

le buelua en ricos topacios,

y llenense estos espacios

de flores para guirnaldas.


BENITA

Vaya otra vez la musica, señores,

que la escucha Clemencia; y tu, mi Roque,

(Quitase de la ventana.)

haz que suene otra vez.


PASCUAL

A mi me plaze,

confirmadora dulze hermosa mia.

Bueluanse a repicar essas sonajas,

haganse raxas las guitarras, vaya

otra vez el floreo, y solenizese

esta mañana en todo el mundo célebre,

pues que lo quiere assi la gloria mia.


CLEMENTE

Cantese, y vamos, que se viene el dia:

«A la puerta puestos

de mis amores,

espinas y çarças

se bueluen flores.

El fresno escabroso

y robusta enzina,

puestos a la puerta

do viue mi vida,

veran que se bueluen,

si acaso los mira,

en matas sabeas

de sacros olores,

y espinas y çarças

se bueluen flores;

do pone la vista

o la tierna planta,

la yerua marchita

verde se leuanta;

los campos alegra,

regozija al alma,

enamora a sieruos,

rinde a señores,

y espinas y çarças

se bueluen flores.»


(Entranse cantando. )

(Salen YNES y BELICA, gitanas, que las podran hazerlas que han hecho BENITA y CLEMENCIA.)


YNES.

Mucha fantasia es essa;

Belilla, no se que diga:

o tu te sueñas condesa,

o que eres del rey amiga.


BELICA

De que sea sueño me pesa.

Ynes, no me des passion

con tanta reprehension;

dexame seguir mi estrella.


YNES.

Confiada en que eres bella,

tienes tanta presuncion.

Pues mira que la hermosura

que no tiene calidad,

raras vezes auentura.


BELICA

Confirmase essa verdad

muy bien con mi desuentura.

¡O cruda suerte inhumana!

¿Por que a vna pobre gitana

diste ricos pensamientos?


YNES.

Aquel fabrica en los vientos,

que a ver quien es no se allana.

Huye dessas fantasias;

ven, y el bayle aprenderas

que començaste estos dias.


BELICA

Ynes, tu me acabarás

con tus estrañas porfias;

pero engañaste en pensar

que tengo yo de guardar

tu gusto qual justa ley,

y sólo ha de ser el rey

el que me ha de hazer baylar.


YNES.

Dessa manera, Belilla,

que vengays al hospital

no será gran marauilla:

que hazer de la principal

no es para vuestra costilla.

¡Acomodaos, noramala,

a la cozina y la sala,

a baylar aqui y alli!.


BELICA

Aquesso no es para mi.


YNES.

¿Pues que? ¿El donayre y la gala,

el rumbo, el cer del tuzon,

derribando por el çuelo

el gitanezco blazon,

leuantado hasta el cielo

por nuestra honezta intencion?

Antes te vea yo comida

de rabia, y antes rendida

a vn gitano que te dome,

o a vn verdugo que te tome

de las espaldas medida.

¿Esto por ti se ha de ver?

¿Que no sea con gitano

gitana, mala muger?

Chico hoyo hagas temprano,

si es que tan mala has de ser.


BELICA

Mucho te alargas, Ynes,

y, como simple, no ves

dónde mi intencion camina.


YNES

Pues esta simple adiuina

lo que tu verás despues.


(Salen PEDRO y MALDONADO.)


MALDONADO

Esta que ves, Pedro hermano,

es la gitana que digo,

de parecer sobrehumano,

cuya possession me obligo

de entregartela en la mano.

Acaba, muda de trage,

y aprende nuestro lenguage;

y, aun sin aprenderle, entiendo

que has de ser gitano, siendo

cabeça de tu linage.


YNES.

¡Danoz vna limoznica,

cauallero atan garrido!


MALDONADO

¡Desso el labrador se pica!

¡Que mal que le has conocido,

Ynes!


YNES.

Pide tu, Belica.


PEDRO

Si ella pide, no aura cosa,

por grande y dificultosa

que sea, que yo no haga,

sin esperar otra paga

que el seruir a vna hermosa.


MALDONADO

¿No le rezpondes, ceñora?


YNES.

Ceñor conde, vez do viene

la viuda tan guardadora,

que, puesto que mucho tiene,

maz guarda y maza tezora.


BELICA

Tomame essa caridad.

No hagays sino hazer alarde

de vuestra necessidad

delante de aquesta gente,

que no faltarà vn Llorente

como otro Gil que os persiga,

y, sin que os de nada, diga

palabras con que os afrente.


MALDONADO

¿Veisla, Pedro? Pues es fama

que tiene diez mil ducados

junto a los pies de su cama,

en dos cofres varreados

a quien sus angeles llama.

Requiebrase assi con ellos,

que pone su gloria en ellos,

y assi, en vellos se desalma:

que han de ser para su alma

lo que a Absalon sus cabellos.

Sólo a vn ciego da vn real

cada mes, porque le reza

las mañanas a su vmbral

oraciones que endereza

al eterno tribunal,

por si acaso sus parientes,

su marido y ascendientes

estan en el purgatorio,

haga el santo consistorio

de su gloria merecientes;

y con sola esta obra piensa

yrse al cielo de rondon,

sin desman y sin ofensa.


PEDRO

Que yo la saque de aron

mi agudo ingenio dispensa.

Informarte has, Maldonado,

de todos los que han passado

deste mundo sus parientes,

amigos y bien querientes,

hasta el sieruo o paniaguado,

y traemelo por escrito,

y verás quan facilmente

de su miseria la quito;

y, a lo que soy suficiente,

a este embuste lo remito.


MALDONADO

Desde su tercer abuelo

hasta el postrer neteçuelo

que de su linage ha muerto,

te trayre el número cierto,

sin que te discrepe vn pelo.


PEDRO

Vamos, y verás despues

lo que hare en aqueste caso

por el comun interes.


MALDONADO

¿Do encaminarás el passo,

Belica?


BELICA

Do querra Ynes.


PEDRO

Doquiera que le encamines,

tendra por honrosos fines

tu estremado pensamiento.


BELICA

Aunque fabrique en el viento,

Pedro, no te determines

a burlar de mi desseo,

que de lexos se me muestra

vna esperança en quien veo

cierta luz tal, que me adiestra

y lleua al bien que desseo.


PEDRO

De tu rara hermosura

se puede esperar ventura

que la yguale. Ven, gitana,

por quien nuestra edad se vfana

y en sus glorias se assegura.



JORNADA SEGUNDA


Salen vn ALGUAZIL, y MARTIN CRESPO, el alcalde, y SANCHO MACHO, el regidor.


ALCALDE

Digo, señor alguazil,

que vn moço que se me fue,

de ingenio agudo y sotil,

de tronchos de coles se

que hiziera inuenciones mil;

y el me aconsejò que hiziesse,

si por dicha el rey pidiesse

danças, vna de tal modo,

que se auentajasse en todo

a la que mas linda fuesse.

Dixo que el lleuar donzellas

era vna cosa cansada,

y que el rey no gusta dellas,

por ser dança muy vsada,

y estar ya tan hecho a vellas;

mas que por nueuos niueles

lleuasse vna de donzeles

como serranas vestidos,

en pies y braços ceñidos

multitud de cascaueles;

y ya tengo, a lo que creo,

veinte y quatro assi aprestados,

que pueden, segun yo veo,

ser sin verguença lleuados

al romano coliseo.

Ya yo le enseñè los dos

de los mejores.


ALGUACIL

Por Dios,

que la inuencion es muy buena.


SANCHO

Lo que nuestro alcalde ordena,

es cosa rala entre nos,

y todo lo que el mas sabe,

de vn su moço lo aprendio

que fue de su ingenio llaue;

mas ya se fue y nos dexò,

que mala landre le acabe:

que assi quedamos vazios,

sin el, de ingenio y de brios.


ALGUACIL

¿Tanto sabe?


SANCHO

Es tan astuto,

que puede darle tributo

Salmon, rey de los iudios.


ALCALDE

Haga cuenta, en viendo aquestos,

que los veinte y quatro mira:

que todos son tan dispuestos,

derechos como vna vira,

sanos, gallardos y prestos.

Aquel que no es nada renco,

se llama Diego Mostrenco;

el otro, Gil el Perayle;

cada qual diestro en el bayle

como gozquejo flamenco.

Tocandoles Pingarron,

mostrarán bien su destreza

a compas de qualquier son,

y alabaran la agudeza

de nuestra nueua inuencion.

Las danças de las espadas

oy quedarán arrimadas,

a despecho de hortelanos,

embidiosos los gitanos,

las donzellas afrentadas.

¿No le parecio, señor,

muy bien el talle y el brio

de vno y otro dançador?


ALGUACIL

Si juzgo al parecer mio,

nunca vi cosa peor;

y temo que, si alla vays,

de tal manera boluays,

que no acerteys el camino.


ALCALDE

Tocado, a lo que imagino,

señor, de la embi[di]a estays.

Pues en verdad que hemos de yr

con veinte y quatro donzeles

como aquellos, sin mentir,

porque inuenciones noueles,

o admiran, o hazen reyr.


ALGUACIL

Yo os lo auiso; queda en paz.


(Vase el ALGUAZIL.)


SANCHO

Alcalde, tu gusto haz,

porque verás por la prueua

que esta dança, por ser nueua,

dara al rey mucho solaz.


ALCALDE

No lo dudo. Venid, Sancho,

que ya el coraçon ensancho,

do quepan los parabienes

de la dança.


SANCHO

Razon tienes:

que has de boluer hueco y ancho.


(Entranse.)

(Salen dos ciegos, y el vno PEDRO DE VRDEMALAS; arrimase el primero a vna puerta, y PEDRO junto a el, y ponese la viuda a la ventana.)


CIEGO

Ánimas bien fortunadas

que en el purgatorio estays,

de Dios seays consoladas,

y en breue tiempo salgays

dessas penas derramadas,

y como vn trueno

baxe a vos el angel bueno

y os lleue a ser coronadas.


PEDRO

Ánimas que desta casa

partistes al purgatorio,

ya en sillon, ya en silla rasa,

del diuino consistorio

os venga al vuestro sin tassa,

y en vn buelo

el angel os lleue al cielo,

para ver lo que alla passa.


CIEGO

Hermano, vaya a otra puerta,

porque aquesta casa es mia,

y en rezar aqui no acierta.


PEDRO

Yo rezo por cortesia,

no por premio, cosa es cierta,

y assi, puedo

rezar doquiera, sin miedo

de pendencia ni reyerta.


CIEGO

¿Es vistoso, ciego honrado?


PEDRO

Estoy desde que naci

en vna tumba encerrado.


CIEGO

Pues yo en algun tiempo vi;

pero ya, por mi pecado,

nada veo,

sino lo que no desseo,

que es lo que vee vn desdichado.

¿Sabra oraciones abondo?


PEDRO

Porque se que se infinitas,

aquesto, amigo, os respondo:

que a todos las doy escritas,

o a muy pocos las escondo.

Se la del ánima sola,

y se la de San Pancracio,

que nadie qual esta vióla;

la de San Quirce y Acacio,

y la de Olalla española,

y otras mil,

adonde el verso sotil

y el bien dezir se acrisola;

las de los auxiliadores

se tambien, aunque son treinta,

y otras de tales primores,

que causo embidia y afrenta

a todos los rezadores,

porque soy,

adondequiera que estoy,

el mejor de los mejores.

Se la de los sabañones,

la de curar la tericia

y resoluer lamparones,

la de templar la codicia

en auaros coraçones;

se, en efeto,

vna que sana el aprieto

de las internas passiones,

y otras de curiosidad.

Tantas se, que yo me admiro

de su virtud y bondad.


CIEGO

Ya por saberlas suspiro.


VIUDA

Herman o mio, esperad.


PEDRO

¿Quien me llama?


CIEGO

Segun la voz, es el ama

de la casa, en mi verdad.

Ella es estrecha, aunque rica,

y sólo a mandar rezar

es a lo que mas se aplica.


PEDRO

Picome yo de callar

con quien al dar no se pica:

que estè mudo

a sus demandas no dudo,

si no lo paga y suplica.


(Sale la VIUDA.)


VIUDA

Puesta en aquella ventana,

he escuchado sus razones

y su profession christiana,

y las muchas oraciones

con que tantos males sana,

y q uerria me hiziesse

plazer que algunas me diesse

de las que le pediria,

dexando a mi cortesia

el valor del interesse.


PEDRO

[Aparte.]

Si despide a essotro ciego,

yo le dire marauillas.


VIUDA

[Aparte.]

Pues yo le despido luego.


PEDRO

Señora, no he de dezillas

ni por dadiuas ni ruego.


VIUDA

Vayase, y venga despues,

amigo.


CIEGO

Vendre a las tres,

a rezar lo quotidiano.


VIUDA

En buen hora.


CIEGO

A Dios, hermano,

ciego, o vistoso, o lo que es;

y si es que se comunica,

sepa mi casa, y verà

que, aunque pobre, ruin y chica,

sin duda en ella hallarà

vna voluntad muy rica,

y la alegre possession

de vn segouiano doblon

gozará liberalmente,

si nos da, de su torrente,

ya milagro, o ya oracion.


PEDRO

Està bien; yo acudire

a saber la casa honrada

tan llena de amor y fe,

y pagarè la posada

con lo que le enseñarè.

Quarenta milagros tengo

con que voy y con que vengo

por dondequiera a mi passo,

y alegre la vida passo,

y como vn rey me mantengo.


(Entrase el CIEGO.)


Mas tu, señora Marina,

Sanchez en el sobrenombre,

a mi voz la oreja inclina,

y atenta escucha de vn hombre

vna embaxada diuina.

Las almas de purgatorio

entraron en consistorio,

y ordenaron las prudentes

que les fuesse a sus parientes

su insufrible mal notorio.

Hizieron que vna tomasse,

de gran prudencia y consejo,

para que lo efetuasse,

cuerpo de vn honrado viejo,

y assi al mundo se mostrasse,

y dieranle vna instruccion

y vna larga relacion

de lo que tiene de hazer

para que puedan tener,

o ya aliuio, o ya perdon;

y està ya cerca de aqui

esta alma, en vn cuerpo honesto

y anciano, qual yo le vi,

y sobre vn asno trae puesto

el cerro de Potosi.

Viene lleno de doblones

que le ofrecen a montones

los parientes de las almas

que en las tormentas sin calma[s]

padecen graues passiones.

En oyendo que en su lista

ay alma que en purgatorio

con duras penas se atrista,

no ay talego, ni escritorio,

ni cofre que se resista.

Hasta los gatos guardados,

de rubio metal preñados,

por librarla de tormentos,

descubren alli contentos

sus partos acelerados.

Esta alma vendra esta tarde,

señora Marina mia,

a hazer de su lista alarde

ante ti; pero querria

que en secreto esto se guarde,

y que a solas la recibas,

y que a darle te apercibas

lo que piden tus parientes

que moran en las ardientes

hornazas, de aliuio esquiuas.

Esto hecho, te assegura

que te enseñará oracion

con que aumentes tu ventura:

que esto ofrece en galardon

de aquella voluntad pura

que con el se muestra franca,

y de su escondrijo arranca

hasta el menudo quatrin,

y queda, qual San Paulin,

como se dize, sin blanca.


VIUDA

¿Que essa embaxada me embia

essa alma, ciego bendito?


PEDRO

Y toda de vos se fia,

y se remite a lo escrito

de vuestra genealogia.


VIUDA

¿Cómo la conocere

quando venga?


PEDRO

Yo hare

que tome casi mi aspeto.


VIUDA

¡O, que albricias te prometo!,

¡que de cosas te dare!


PEDRO

En las cosas semejantes

es bien gastar los dineros

guardados de tiempos antes;

los ayunos verdaderos,

y espaldas diciplinantes,

todo se ha de auenturar

sólo por poder sacar

a vn alma de su passion,

y lleuarla a la region

donde no mora el pesar.


VIUDA

Ve en paz, y dile a esse anciano

que tan alegre le espero,

que en verle pondre en su mano

mi alma, que es el dinero,

con pecho humilde y christiano:

que, aunque soy vn poco escassa,

me afligire en ver que passa

alma de pariente mio,

segun dizen, fuego y frio,

este o aquel muy sin tassa.


PEDRO

Tu fama a la de Leandro

exceda, y jamas se tizne

tu pecho de otro Alexandro;

antes, cante del vn cisne

en las aguas de Meandro;

a los Yperboreos montes

passe, al cielo te remontes,

y alla te subas con ella,

y otra no encierren qual ella

nuestros corbos orizontes.


(Entranse los dos.)

(Salen MALDONADO y BELICA.)


MALDONADO

Mira, Belica: este es hombre

que te sacará del lodo,

de grande ingenio y gran nombre,

tan discreto y presto en todo,

que es forçoso que te assombre.

Quierese boluer gitano

por tu amor, y dar de mano

a otra qualquier pretension:

considera si es razon

que le muestres pecho llano.

El sera el mejor quatrero,

segun que me lo imagino,

que aura visto el mundo entero,

solo, raro y peregrino

en las traças de embustero;

porque en vna que aora intenta,

ha sacado en limpia cuenta

que ha de ser vnico en todas.


BELICA

Facilmente te acomodas

a tu gusto y a mi afrenta.

¿No se te aya trasluzido

que, el que a grande no me lleue,

no es para mi buen partido?


MALDONADO

No ay cosa en que mas se prueue

que careces de sentido,

que en essa tu fantasia,

fundada en la loçania

de tu juuentud gallarda,

que en marchitarse no tarda

lo que el sol corre en vn dia.

Quiero dezir que es locura

manifiesta, clara y llana,

pensar que la hermosura

dura mas que la mañana,

que con la noche se oscura;

y a vezes es necedad

el pensar que la veldad

ha de ofrecer gran marido,

siendo por mejor tenido

el que ofrece la ygualdad.

Assi que, gitana loca,

pon freno al grande desseo

que te ensalça y que te apoca,

y no busques por rodeo

lo que en nada no te toca.

Casate, y toma tu ygual,

porque es el marido tal

que te ofrezco, que has de ver

que en el te vengo a ofrecer

valor, ser, honra y caudal.


(Entra PEDRO, ya como gitano.)


PEDRO

¿Que ay, amigo Maldonado?


MALDONADO

Vna presuncion, de suerte

que a mi me tiene admirado:

veo en lo flaco lo fuerte,

en vn baxo vn alto estado;

veo que esta gitanilla,

quanto su estado la humilla,

tanto mas leuanta el buelo,

y aspira a tocar el cielo

con locura y marauilla.


PEDRO

Dexala, que muy bien haze,

y no la estimes en menos

por esso: que a mi me aplaze

que con soberuios barrenos

sus maquinas suba y trace.

Yo tambien, que soy vn leño,

principe y papa me sueño,

emperador y monarca,

y aun mi fantasia abarca

de todo el mundo a ser dueño.


MALDONADO

Con la viuda, ¿cómo fue?


PEDRO

Està en vn punto la cosa

mejor de lo que pense.

Ella sera generosa,

o yo Pedro no sere.

Pero ¿que gente es aquesta

tan de caza y tan de fiesta?


MALDONADO

El rey es, a lo que creo.


BELICA

Oy subira mi desseo

de amor la fragosa cuesta;


(Entra el REY con vn criado, SILERIO, y todos de caza.)


oy a todo mi contento

he de apacentar mis ojos,

y al alma dar su sustento,

gozando de los despojos

que me ofrece el pensamiento

y la vista.


MALDONADO

Yo imagino

que tu grande desatino

en gran mal ha de parar.


BELICA

Mal se puede contrastar

a las fuerças del destino.


REY.

¿Vistes passar por aqui

vn cieruo, dezid, gitanos,

que va herido?


BELICA

Señor, si:

atrauessar estos llanos,

aura poco que le vi;

lleua en la espalda derecha

hincada vna gruessa flecha.


REY.

Era vn pedazo de lança.


BELICA

El huyr y hazer mudança

de lugares no aprouecha

al que en las entrañas lleua

el hierro de amor agudo,

que hasta en el alma se ceua.


MALDONADO

Esta dara, no lo dudo,

de su locura aqui prueua.


REY.

¿Que dezis, gitana hermosa?


BELICA

Señor, yo digo vna cosa:

que el amor y el caçador

siguen vn mismo tenor

y condicion rigurosa.

Hiere el caçador la fiera,

y, aunque va despauorida,

huyendo en larga carrera,

consigo lleua la herida,

puesto que huya dondequiera;

hiere amor el coraçon

con el dorado harpon,

y, el que siente el parasismo,

aunque salga de si mismo,

lleua tras si su passion.


REY.

Gitana tan entendida,

muy pocas vezes se ve.


BELICA

Soy gitana bien nacida.


REY.

¿Quien es tu Padre?


BELICA

No se.


MALDONADO

Señor, es vna perdida:

dize dos mil desuarios,

tiene los cascos vazios,

y llena la necedad

de vna cierta grauedad

que la haze tomar brios

sobre su ser.


BELICA

Sea en buen hora;

loca soy por la locura

que en vuestra ignorancia mora.


SILERIO

¿Sabeis la buenaventura?


BELICA

La mala nunca se ignora

de la humilde que leuanta

su desseo a alteza tanta,

que sobrepuja a las nuues.


SILERIO

¿Pues por que tanto la subes?


BELICA

No es mucho; a mas se adelanta.


REY.

¡Donayre tienes!


BELICA

Y tanto,

que, fiada en mi donayre,

mis esperanças leuanto

sobre la region del ayre.


SILERIO

¡Risa causas!


REY.

Y aun espanto.

¡Vamos! ¡Mal aya quien tiene

quien sus gustos le detiene!


SILERIO

Por la reyna dize aquesto.


BELICA

No es bien el que viene presto,

si para partirse viene.


(Entrase el REY y SILERIO.)


PEDRO

Mira, Belica: yo atino

qu e en poner en ti mi amor

hare vn grande desatino,

y assi, me sera mejor

lleuar por otro camino

mis gustos. Voy, Maldonado,

a efetuar lo trazado,

para que la viuda estrecha

se vea vna copia hecha

del cuerno que està nombrado;

voyme a vestir de ermitaño,

con cuyo vestido honesto

dare fuerças a mi engaño.


MALDONADO

Ve donde sabes, que puesto

te dexé el vestido estraño.


(Entrase PEDRO.)

(Sale el ALGUAZIL, comissario de las danças.)


ALGUACIL

¿Quien es aqui Maldonado?


MALDONADO

Yo, mi señor.


ALGUACIL

Guardeos Dios.


BELICA

Alguazil y bien criado,

¡milagro! Nunca soys vos

de la aldea.


MALDONADO

Has acertado,

porque es de corte, sin duda.


ALGUACIL

Es menester que se acuda

con vna dança al palacio

del bosque.


MALDONADO

Dennos espacio.


ALGUACIL

Si haran: que el rey se muda

del monesterio do està,

de aqui a dos dias, a el.


MALDONADO

Como lo mandas se hara.


BELICA

¿Viene la reyna con el?


ALGUACIL

¿Quien lo duda? Si vendra.


BELICA

¿Y es todavia zelosa,

como suele, y rigurosa?


ALGUACIL

Dizen que si; no se nada.


BELICA

¿No la hazen confiada

el ser reyna y ser hermosa?


ALGUACIL

Turba el demasiado amor

a los sentidos mas altos,

de mas prendas y valor.


BELICA

A amor son los sobresaltos

muy anexos, y el temor.


ALGUACIL

Tan moça, ¿y esso sabeys?

Apostaré que teneys

el alma en su red embuelta.

Voyme, que he de dar la buelta

por aqui. No os descuydeys,

Maldonado, en que sea buena

la dança, porque no ay pueblo

que hazer la suya no ordena.


MALDONADO

Todo mi aprisco despueblo;

ella yra de galas llena.


(Entrase el ALGUAZIL.)

(Salen SILERIO, el criado del REY, y YNES, la gitana.)


SILERIO

¿Que, tan arisca es la moça?


YNES.

Eslo, señor, de manera,

que de no nada se altera,

y se enoja y alboroza;

cierta fantasia reyna

en ella, que nos enseña,

o que lo es, o que se sueña

que ha de ser princesa o reyna;

no puede ver a gitanos,

y vsa con ellos de estremos.


SILERIO

Pues agora le daremos

do pueda llenar las manos,

pues la quiere ver el rey

con amorosa intencion.


YNES.

En las leyes de aficion

no guarda ninguna ley.

Aunque quiça, como es alta

y subida en pensamientos,

hallará que a sus intentos

vn rey no podra hazer falta.

Yo, a lo menos, de mi parte

hare lo que me has mandado,

y le dare tu recado,

no mas de por contentarte.


SILERIO

Pudierase vsar la fuerça

antes aqui que no el ruego.


YNES.

Gusto con dessassossiego,

antes mengua que se esfuerça.

Mas lleuaremos la dança,

y hablaremonos despues:

que la escala de interes

hasta las nuues alcança.


SILERIO

Encomiendote otra cosa,

que importa mas a este efeto.


YNES.

¿Que encomiendas?


SILERIO

El secreto;

porque es la reyna zelosa,

y con la menor señal

que vea de su disgusto,

turbará del rey el gusto,

y a nosotros vendra mal.


YNES.

Vayase, que viene alli

nuestro conde.


SILERIO

Sea en buen hora,

y humillese essa señora;

yo hare lo que fuere en mi.


(Vase SILERIO.)

(Entran MALDONADO, y PEDRO, de ermitaño.)


PEDRO

Aunque yo pintara el caso,

no me saliera mejor.


MALDONADO

Brunelo, el grande embaydor,

ante ti retire el passo.

Con tan grande industria mides

lo que tu ingenio trabaja,

que te ha de dar la ventaja,

fraudador de los ardides.

Libre de deshonra y mengua

saldras en toda ocasion,

siendo en el pecho Sinon,

Demostenes en la lengua.


YNES.

Señor conde, el rey aguarda

nuestra dança aquesta tarde.


PEDRO

Haga, pues, Belica alarde

de mi rica y buena andança;

pulase y echese el resto

de la gala y hermosura.


YNES.

Quiza forjas su ventura,

famoso Pedro, en aquesto.

A ensayar la dança vamos,

y a vestirnos de tal modo,

que se admire el pueblo todo.


PEDRO

Bien dizes, y ya tardamos.


(Entranse todos.)

(Salen el REY y SILERIO.)


SILERIO

Digo, señor, que vendra

en la dança aora, aora.


REY.

Mi desseo se empeora,

passa de lo honesto ya;

mas me pide que pense,

y ya acuso la tardança,

pues la propinqua esperança

fatiga, y crece la fe.

A los ojos la hurtarás

de la reyna.


SILERIO

Hare tu gusto.


REY.

Diras cómo desto gusto,

y aun otras cosas diras

con que acuses mi desseo

alla en tu imaginacion.


SILERIO

Si amor guardara razon,

fuera aqueste deuaneo;

pero como no la guarda,

ni te culpo, ni desculpo.


REY.

Conozco el mal, y me culpo,

aunque con disculpa tarda

y floxa.


SILERIO

La reyna viene.


REY.

Mira que estes preuenido,

y tan sagaz y aduertido

como a mi gusto conuiene;

porque esta muger zelosa

tiene de linze los ojos.


SILERIO

Oy gozarás los despojos

de la gitana hermosa.


(Entra la REYNA.)


REYNA.

Señor, ¿sin mi? ¿Cómo es esto?

No se que diga, en verdad.


REY.

Alegra la soledad

deste fresco hermoso puesto.


REYNA.

¿Y enfada mi compañia?


REY.

Esso no es bien que digays,

pues con ella leuantays

al cielo la suerte mia.


REYNA.

Qualquiera cosa me assombra

y enciende, y crece el desseo

si no os veo, o si no veo

de vuestro cuerpo la sombra;

y aunque esto es impertinencia,

si conoceys que el amor

me manda como señor,

con gusto tendreys paciencia.


SILERIO

Las danças vienen, señores,

que dellas el son se ofrece.


(Suena el tamboril.)


REY.

Veremoslas, si os parece,

entre estas rosas y flores:

que el sitio es acomodado,

espacioso y agradable.


REYNA.

Sea ansi.


(Entran CRESPO, el alcalde, y TARUGO, el regidor.)


ALCALDE

¿Que no le hable?

Teneyslo muy mal pensado.

Voto a tal, que he de quexarme

al rey de aquesta solencia.


TARUGO

Aqui està su reuerencia,

Crespo.


ALCALDE

¿Quereis engañarme?

¿Qual es?


REY.

Yo soy. ¿Que os han hecho,

buen hombre?


ALCALDE

No se que diga.

Han burlado mi fatiga,

y nuestra dança deshecho,

vuestros pages, que los vea

erguidos en Peraluillo.

Se sentillo, y no dezillo;

¿que mas mal quereys que sea?

Veynte y quatro donzellotes,

todos de tomo y de lomo,

venian. Yo no se cómo

no os da el rey dos mil açotes,

pages, que soys la canalla

mas mala que tiene el suelo.

Digo, pues, que, con mi zelo,

que es bueno el que en mi se halla,

aquestos tantos donzeles

juntè, como soy alcalde,

para seruiros de valde,

con barbas y cascaueles.

No quise traer donzellas,

por ser dança tan vsada,

sino vna cascauelada

de moços parientes dellas;

y apenas vieron sus trages,

al galan vso moderno,

quando todo el mismo infierno

se reuistio en vuestros pages,

y con trapajo y con lodo

tanta carga les han dado,

que queda desbaratado

el dançante esquadron todo.

Han sobajado al mejor

penuscon de dançadores

que en estos alrededores

vio principe ni señor.


REYNA.

Pues boluedlos a juntar,

que yo hare que el rey espere.


TARUGO

Aunque buelua el que quisiere,

no se podra rodear,

porque van todos molidos

como ciuera y alheña,

de moxicon, ripio y leña

largamente proueydos.


REYNA.

¿No traereys vno siquiera,

porque gustaré de velle?


TARUGO

Vere si puedo traelle.


ALCALDE

Aduertid que el rey espera,

Tarugo, y si no està Renco

tan malo como le vi,

traed, si es possible, aqui

a mi sobrino Mostrenco,

que en el echará de verse

quáles los otros serian.

¡O, quántos pages se crian

en corte para perderse!

Pense que por ser del rey,

y tan bien nacidos todos,

vsarian de otros modos

de mejor criança y ley;

pero quatro pupilages

de quatro Vniuersidades,

no encierran tantas ruyndades

como saben vuestros pages.

Las burlas que nos han hecho

descubren con sus ensayos

que traen cruzes en los sayos

y diablos dentro del pecho.


(Buelue TARUGO, y trae consigo a MOSTRENCO, tocado a papos, con vn tranzado que llegue hasta las orejas, saya de vayeta verde guarnecida de amarillo, corta a la rodilla, y sus polaynas con cascaueles, corpezuelo o camisa de pechos; y, aunque toque el tamboril, no se ha de mouer de vn lugar.) 


TARUGO

A Mostrenco traygo; helo,

Crespo.


ALCALDE

Pingarron, tocad;

que la buena magestad

en el verà nuestro zelo

(Toca.)

y nuestro ingenio lozano.

Meneate, majadero,

o hazte de rogar primero,

como musico o villano.

¡Hola! ¿A quien digo? Sobrino,

dança vn poco, ¡pese a mi!


TARUGO

El diablo nos truxo aqui,

segun que ya lo adiuino.

¡Yerguete, cuerpo del mundo!

(Ginchale.)


ALCALDE

¡O pages de Satanas!


REYNA

Ni le rogueys ni deys mas.


ALCALDE

Oy nos echas al profundo

con tu terquedad.


MOS.

No puedo

menearme, ¡por San Dios!


SILERIO

¡Que tierno donzel soys vos!


TARUGO

¿Que tienes?


MOS.

Quebrado vn dedo

del pie derecho.


REY.

Dexadle,

y a vuestro pueblo os bolued.


ALCALDE

Si es que me ha de hazer merced,

de Iunquillos soy alcalde;

y si castiga a sus pages,

otra dança le traeremos

que passe a todos estremos

en la inuencion y los trages.


(Entranse TARUGO, alcalde, y MOSTRENCO.)


REYNA.

El alcalde es estremado.


REY.

Y la dança bien vestida.


REYNA.

Bien platicada y reñida,

y el premio bien esperado.


SILERIO

Esta es la de las gitanas

que viene.


REYNA.

Pues suelen ser

muchas de buen parecer,

y de su trage galanas.


REY.

Que tiemble de vna gitana

vn rey, ¡que gran poquedad!


SILERIO

Verà vuestra magestad,

entre estas, vna galana

y hermosa sobremanera,

y sobremanera honesta.


REY.

¡Caro el mirarla me cuesta!


REYNA.

¿No llegan? ¿A que se espera?


(Entran los musicos, vestidos a lo gitano, INES y BELICA y otros dos muchachos de gitanos, y en vistir a todas, principalmente a BELICA, se ha de echar el resto; entra assimismo PEDRO, de gitano, y MALDONADO; han de traer ensayadas dos mudanças, y su tamboril.) 


PEDRO

Vuestros humildes gitanos,

magestades que Dios guarde,

hazemos vistoso alarde

de nuestros brios lozanos.

Quisieramos que esta dança

fuera toda de brocado;

mas el poder limitado

es muy poco lo que alcança.

Mas, con todo, mi Belilla,

con su donayre y sus ojos,

os quitará mil enojos,

dandoos gusto y marauilla.

¡Ea, gitanas de Dios,

començad, y sea en buen pie!


REYNA.

Bueno es el gitano, a fe.


MALDONADO

Yd delantera las dos.


PEDRO

¡Ea, Belica, flor de Abril;

Ines, bayladora ilustre,

que podeys dar fama y lustre

a esta dança y a otras mil!

(Baylan.)

¡Vaya el boladillo apriessa!

¡No os erreys; guardad compas!

¡Que desuayda que vas,

Francisquilla! ¡Ea, Ginesa!


MALDONADO

Largo y tendido el cruzado,

y tomen los braços buelo.

Si esta no es dança del cielo,

yo soy asno enalbardado.


PEDRO

¡Ea, pizpitas ligeras

y andarrios bulliciosos;

lleuad los braços ayrosos

y las personas enteras!


MALDONADO

El oydo en las guitarras,

y hazed de azogue los pies.


PEDRO

¡Por San! ¡Buenas van las tres!


MALDONADO

Y aun las quatro no van malas.

Pero Belica es estremo

de donayre, brio y gala.


PEDRO

Como no baylan en sala,

que tropiezen cuydo y temo.


(Cae BELICA junto al REY.)


¿No lo digo yo? Belilla

ha caydo junto al rey.


REY.

Que os alce yo es justa ley,

nueua octaua marauilla;

y entended que con la mano

os doy el alma tambien.


REYNA.

Ello se ha hecho muy bien;

andado ha el rey cortesano.

¡Bien su magestad lo allana,

y la postra por el suelo,

pues leuanta hasta su cielo

vna cayda gitana!


BELICA

Mostro en esto su grandeza,

pues casi fuera impiedad

que junto a su magestad

nadie estuuiera en baxeza;

y no se pudo ofender

su grandeza en esto en nada,

pues magestad confirmada

no puede desfallezer;

y, en cierta manera, creo

que cabe en la suerte mia

que me hagan cortesia

los reyes.


REYNA.

Ya yo lo veo.

¿Que esse priuilegio tiene

la hermosura?


REY.

Ea, señora,

no turbeys la justa aora,

porque alegra y entretiene.


REYNA.

Aprietanme el coraçon

essas palabras liuianas.

Lleuad aquestas gitanas

y ponedlas en prision:

que es la belleza tirana,

y a qualquier alma conquista,

y està su fuerça en ser vista.


REY.

¿Zelos te da vna gitana?

Cierto que es terrible cosa,

e insufrible de dezir.


REYNA.

Pudierase esso dezir,

a no ser esta hermosa,

y a (no) ser vuestra condicion

de rey; pero no es assi.

Lleuadmelas ya de ai.


SILERIO

¡Estraña resolucion!


YNES.

Señora, assi el pensamiento

zeloso no te fatigue,

ni hazer hazañas te obligue

que no lleuen fundamento.

Que a solas quieras oyrme

vn poco que te dire,

y en ello no intentarè

de tu prision eximirme.


REYNA.

A mi estancia las lleuad;

pero traedlas tras mi.


(Entranse la REYNA y las gitanas.)


REY.

Pocas vezes zelos vi

sin tocar en crueldad.


SILERIO

Vna sospecha me afana,

señor, por lo que aqui veo,

y es que di de tu desseo

noticia a aquella gitana

que a la reyna quiere hablar

en secreto, y es razon

temer que de tu intencion

larga cuenta querra dar.


REY.

En mi dolor tan aceruo,

no me queda que temer,

pues no puede negro ser

mas que sus alas el cueruo.

Venid, y daremos orden

como se tiemple en la reyna

la furia que en ella reyna,

la confusion y desorden.


(Entranse el REY y SILERIO.)


PEDRO

¡Bien auemos negociado,

gustando vos del oficio!


MALDONADO

Digo que pierdo el juyzio,

y estoy como enuelesado.

Belica presa, e Ines

con la reyna quiere hablar.

¡Mucho me da que pensar!


PEDRO

Y aun que temer.


MALDONADO

Assi es.


PEDRO

Yo, a lo menos, el sucesso

no pienso esperar del caso:

que a compas retiro el passo

del gitanesco progresso.

Vn bonete reuerendo

y el ecclesiastico braço

sacaran deste embaraço

mi persona, a lo que entiendo.

¡A Dios, Maldonado!


MALDONADO

Espera.

¿Que quieres hazer?


PEDRO

No nada;

la suerte tengo ya echada,

y tengo sangre ligera.

No me detendran aqui

con maromas y con sogas.


MALDONADO

En muy poca agua te ahogas.

Nunca pense tal de ti;

antes, pense que tenias

ánimo para esperar

vn exército.


PEDRO

Es hablar;

otras son las fuerças mias.

Aun no me has bien conocido;

pues entiende, Maldonado,

que ha de ser el hombre honrado

recatado, y no atreuido;

y es prudencia preuenir

el peligro. Queda en paz.


MALDONADO

Sin porque temes; mas haz

tu gusto.


PEDRO

Yo se dezir

que es razon que aqui se tema:

que las iras de los reyes

passan terminos y leyes,

como es su fuerça suprema.


MALDONADO

Si assi es, vamo nos luego,

que nos estara mejor.


MUSICOS

Todos tenemos temor,

Maldonado.


MALDONADO

No lo niego.


(Entranse todos.)



JORNADA TERCERA


Sale PEDRO como ermitaño, con tres o quatro taleguillos de angeo llenos de arena en las mangas.


PEDRO

Ya está la casa vezina

de aquella viuda dichosa,

digo de aquella Marina

Sanchez, que, por generosa,

al cielo el alma encamina;


(MARINA, a la ventana.)


ya su marido, Vicente

del Verrocal, facilmente

saldra de la llama horrenda,

en quanto Marina entienda

que yaze en ella doliente;

su hijo Pedro Benito

amaynará desde luego

el alto espantoso grito

con que se quexa en el fuego

que abrasa el negro distrito;

dexará de estar mohino

Martinico, su sobrino,

el del lunar en la cara,

viendo que se le prepara

de la gloria el real camino.


VIUDA

Padre, espere, que ya abaxo,

y perdone si le doy

en el esperar trabajo.


(Quitase de la ventana, y baxa.)


PEDRO

Gracias a los cielos doy,

que me luze si trabajo;

gracias doy a quien me ha hecho

entrar en aqueste estrecho,

donde, sin temor de mengua,

me ha de sacar esta lengua

con honra, gusto y prouecho.

Memoria, no desfallezcas,

ni por algun acidente

silencio a la lengua ofrezcas;

antes, con modo prudente,

ya me alegres, ya entristezcas,

en los semblantes me muda

que con aquesta viuda

me acrediten, hasta tanto

que la dexen con espanto

contenta, pero desnuda.


(Entra la VIUDA.)


VIUDA

Padre, deme aquessos pies.


PEDRO

Tente, honrada labradora;

no me toques. ¿Tu no ves

que, adonde la humildad mora,

pierde el honor su interes?

Las almas que estan en penas,

de todo contento agenas,

aunque mas las soliciten,

las ceremonias no admiten

de que estan las cortes llenas.

Mas les importa vna missa,

que quatro mil besamanos;

y esto tu padre te auisa,

y essos tratos cortesanos

tenlos por cosa de risa.

Pero, en tanto que te doy

cuenta, amiga, de quien soy,

guardame aqueste talego,

y estotro del nudo ciego,

con quien tan cargado voy.


VIUDA

Ya, señor, tengo noticia

de quien eres, y se bien

que tu voluntad codicia,

y en misericordia esten

las almas, y no en justicia.

Se la honrada comission

que tienes, y, en conclusion,

te suplico que me cuentes

cómo las de mis parientes

tendran descanso y perdon.


PEDRO

Vicente del Verrocal,

tu marido, con setenta

escudos de principal

ha de rematar la cuenta

en mil bienes de su mal.

Pedro Benito, tu hijo,

saldra de aquel escondrijo

con quarenta y seys no mas,

y con esto le daras

vn sin ygual regozijo.

Tu hija Sancha Redonda

pide que a su voluntad

tu larga mano responda:

que es soga la caridad

para aquella cueua honda.

Cincuenta y dos amarillos

pide, redondos, senzillos,

o ya veynte y seys doblados,

con que seran quebrantados

de sus prisiones los grillos.

Martin y Quiteria estan,

tus sobrinos, en vn pozo,

padeciendo estrecho afan,

y desde alli con sollozo

amargas bozes te dan.

Diez doblones de a dos caras

piden que ofrezca en las aras

de la deuocion diuina,

pues que los tiene Marina

entre sus cosas mas caras.

Sancho Manjon, tu buen tio,

padece en vna laguna

mucha sed y mucho frio,

y con llantos te importuna

que des a su mal desuio.

Solos catorze ducados

pide, pero bien contados

y en plata de cuño nueuo,

y yo a lleuarlos me atreuo

sobre mis ombros cansados.


VIUDA

¿Vistes alla, por ventura,

señor, a mi hermana Sancha?


PEDRO

Vila en vna sepultura

cubierta con vna plancha

de bronze, que es cosa dura,

y, al passarle por encima,

dixo: «Si es que te lastima

el dolor que aqui te llora,

tu, que vas al mundo agora,

a mi hermana y a mi prima

diras que en su voluntad

està el salir destas nieblas

a la inmensa claridad:

que es luz de aquestas tinieblas

la encendida caridad.

Que apenas sabra mi hermana

mi pena, quando estè llana

a darme treynta florines,

por poner ella sus fines

en ser cuerda, y no de lana.»

Infinitos otros vi,

tus parientes y criados,

que se encomiendan a ti,

quáles ay de a dos ducados,

quáles de a marauedi;

y sete dezir, en suma,

que, reduzidos con pluma

y con tinta a buena cuenta,

a dozientos y cincuenta

escudos llega la suma.

No te açores, que esse saco

que te di a guardar primero,

si es que bien la cuenta saco,

me lo dio vn bodegonero,

grande imitador de Caco,

no mas de porque a su hija,

que entre rescoldo de hornija

yaze en las hondas cauernas,

en sus delicadas piernas

el fuego menos la aflija.

Vn moço de mulas fue

quien me dio el saco segundo

que en tus manos entregué,

gran caminador del mundo,

malo, mas de buena fe.

De arenas de oro de Tibar

van llenos, con que el acibar

y amarguissimo trabajo

de las almas de alla abaxo

se ha de boluer en almiuar.

Ea, pues, muger gigante,

muger fuerte, muger buena;

nada se os ponga delante

para no aliuiar la pena

de toda ánima penante.

Dessechad de la garganta

esse nudo que os quebranta,

y dezid con voz serena:

«Hare, señor, quanto ordena

tu voz sonorosa y santa.»

Que, en entregando los numos

en estas grosseras manos,

con gozos altos y sumos,

sus fuegos mas inhumanos

verás conuertir en humos.

¿Que serà ver a deshora

que por la region del ayre

va vn alma çapateadora

vaylando con gran donayre,

de esclaua hecha señora?

¡Que de alabanças oyras

por delante y por detras,

hora vayas, hora estes,

de toda ánima cortès

a quien hoy libertad das!


(Bueluele los sacos.)


VIUDA

Tenga, y vn poco me espere,

que yo voy, y bueluo luego

con todo aquello que quiere.


(Entrase la VIUDA.)


PEDRO

En gusto, en paz y en sossiego

tu vida el cielo prospere.

Si bien en ello se aduierte,

aquesta es la muger fuerte

que se busca en la Escritura.

Tengas, Marina, ventura

en la vida y en la muerte.

Belilla, gitana bella,

todo el fruto deste embuste

gozarás sin falta o mella,

aunque tu gusto no guste

de mi amorosa querella.

Quanto este dinero alcança,

se ha de gastar en la dança

y en tu adorno, porque quiero

que por galas ni dinero

no malogres tu esperança.


(Buelue la VIUDA con un gato lleno, como que trae el dinero.)


VIUDA

Toma, venerable anciano,

que ai va lo que pediste,

y aun a darte mas me allano.


PEDRO

Marina, el tuyo me diste

con el proceder christiano.

En trasponiendo esta loma,

en vn salto dare en Roma,

y en otro en el centro hondo;

y porque a quien soy respondo,

mi buena bendicion toma,

que da salud a las muelas,

preserua que no se engañe

nadie con fraude y cautelas,

ni que de mirar se estrañe

las noturnas centinelas.

Puede en las escuras salas

tender sin temor las alas

el mas flaco coraçon,

(Bendicela.)

lleuando la bendicion

del gran Pedro de Vrdemalas.


(Entrase PEDRO.)


VIUDA

Comissario fidedino

de las almas que en trabajo

estan penando contino,

pues dizen que es cuesta abaxo

del purgatorio el camino,

echate a rodar, y llega

ligero a la escura vega

o vale de llanto amargo,

y aplicalas al descargo

que mi largueza te entrega.

En cada escudo que di,

lleuas mi alma encerrada,

y en cada marauedi,

y como cosa encantada

parece que quedo aqui.

Ya yo soy otra alma en pena,

despues que me veo agena

del talego que entreguè;

pero en ombros de mi fe

saldre a la region serena.


(Entrase.)

(Sale la REYNA, y trae en vn pañizuelo vnas joyas, y sale con ella MARCELO, cauallero anciano.)


REYNA.

Marcelo, sin que os impida

la guarda de algun secreto,

porque no os pondra en aprieto

de perder fama ni vida,

os ruego me respondays

a ciertas preguntas luego.


MARCELO

Bien escusado es el ruego,

señora, donde mandays.

Preguntad a vuestro gusto,

porque mi honra y mi vida

està a vuestros pies rendida,

y es de lo que yo mas gusto.


REYNA.

Estas joyas de valor,

¿cúyas son, o cúyas fueron?


MARCELO

Vn tiempo dueño tuuieron,

que siempre fue mi señor.


REYNA.

¿Pues cómo se enagenaron?

Porque me importa saber

cómo aquesto vino a ser:

si se dieron, o se hurtaron.


MARCELO

Pues que ya la tierra cubre

el delito y la deshonra,

si es deshonra y si es delito

el que amor honesto forja,

quiero romper vn silencio

que no importa que le rompa

ni a los muertos ni a los viuos;

antes, a todos importa.

La duquesa Felix Alua,

que Dios acoja en su gloria,

vna noche en luz escasa

y en tinieblas abundosa,

estando yo en el terrero,

con esperança dudosa

de ver a la que me diste,

gran señora, por esposa,

con vn turbado ceceo

me llamò, y con voz ansiosa

me dixo: «Assi la ventura

a tus desseos responda,

señor, quienquiera que seas,

que, en esta ocasion forçosa,

mostrando pecho christiano,

a quien te llama socorras.

Pon a recado essa prenda,

mas noble que venturosa;

dale el agua del bautismo

y el nombre que tu le escojas.»

Y en esto ya descolgaua

de vnas trenzas que de soga

siruieron, vna cestilla

de blanca mimbre olorosa.

No dixo mas, y encerrose.

Yo quedé en aquella hora

cargado, suspenso y lleno

de admiracion y congoxa,

porque oi que vna criatura

dentro de la cesta llora,

assi qual rezien nacida.

¡Ved que carga, y a que hora!

En fin, porque presto veas

el de aquesta estraña historia,

digo que al punto sali,

con diligencia no poca,

de la ciudad al aldea

que está sobre aquella loma,

por ser cerca. Pero el cielo,

que infortunios acomoda,

me deparò en el camino,

al despuntar del aurora,

vn rancho de vnos gitanos,

de pocas y humildes chozas.

Por dadiuas y por ruegos,

vna gitana no moça

me tomò la criatura,

y al punto desemboluiola,

y entre las fajas, embueltas

en vn lienço, halló essas joyas,

que yo conoci al momento,

pues son de tu hermano todas.

Dexéselas con la niña,

que era vna niña hermosa

la que en la cesta venía,

nacida de pocas horas;

encarguéle su criança

y el bautismo, y que, con ropas

humildes, empero limpias,

la criasse. ¡Estraña cosa!:

que, quando deste sucesso

mi lengua a tu hermano informa,

dixo: «Marcelo, la niña

es mia, como las joyas.

La duquesa Felix Alua

es su madre, y ella es sola

el blanco de mis desseos,

y de mis penas la gloria.

Inmaturo ha sido el parto,

mal preuenida la toma;

pero no ay falta que llegue

de su ingenio a la gran sobra.»

Estando en estas razones,

en son tristissimo doblan

las campanas, sin que quede

monesterio ni perroquia.

El son general y triste

daua indicios ser persona

principal la que a la tierra

el comun tributo torna.

Hizo manifiesto el caso

vn paje que entró a deshora

diziendo: «Muerta es, señor,

Felix Alua, mi señora.

De improuiso murio anoche,

y por ella, señor, forman

este son tantas campanas,

y tantas gentes que lloran.»

Con estas nueuas, tu hermano

quedò con el alma absorta,

sin mouimiento los ojos,

inmouible la persona.

Boluio en si desde alli a vn rato,

y, sin dezirme otra cosa

sino: «Haz criar la niña,

y no le quites las joyas;

como gitana se crie,

sin hazerla sabidora,

aunque crezca, de quien es,

porque esto a mi gusto importa»,

dos horas tardò en partirse

a las fronteras, do apoca

con su lança la morisma,

sus gustos con sus memorias.

Siempre me escriue que vea

a Belica, que llamóla

assi la gitana sabia

que con mucho amor crióla.

Yo no alcanço su desinio,

ni a que aspira, ni en que topa

el no querer que se sepa

tan rara y tan triste historia.

Hanle dicho a la muchacha

que vn ladron gitano hurtóla,

y ella se imagina hija

de alguna real persona.

Yo la he visto muchas vezes,

y hazer y dezir mil cosas,

que parece que ya tiene

en las sienes la corona.

Murio la que la dio leche,

y, con las joyas, dexóla

en poder de otra su hija,

si no tan bella, tan moça.

Esta, que es la que tenia

essas joyas, no otra cosa

sabe mas de lo que supo

su madre, y el hecho ignora

de los padres de Ysabel,

tu sobrina, la hermosa,

la señora, la garrida,

la discreta y la briosa.

Respondo esto a la pregunta

si se dieron essas joyas,

o se hurtaron: que me admira

verlas donde estan agora.


[REYNA.]

La mitad he yo sabido

desta peregrina historia,

y vna y otra relacion,

sin que discrepen, con forman.

Mas dime: ¿conocerias,

si acaso viesses, la hermosa

gitana que dizes?


MARCELO

Si;

como a mi mismo, señora.


REYNA.

Pues esperate aqui vn poco.


(Entrase la REYNA.)


MARCELO

¿Quien truxo aqui aquestas joyas?

¡Cómo a los cielos y al tiempo

por jamas se encubre cosa!

¿Si e hecho mal en descubrirme?

Si: que lengua presurosa

no da lugar al discurso,

y mas condena que abona.


(Bueluen la REYNA, BELICA y INES.)


REYNA.

¿Es aquel el que venía

a ver a tu hermana?


YNES.

Si:

que con mi madre le vi

comunicar mas de vn dia.


REYNA.

Con esso, y con el semblante,

que al de mi hermano parece,

ya veo que se me ofrece

vna sobrina delante.


MARCELO

Assi lo puedes creer:

que essa que traes de la mano

es la prenda que tu hermano

quiere y deue mas querer.

Si ilustre por el padre

la ha hecho Dios en el suelo,

no menos la haze el cielo

estremada por la madre,

y ella, por su hermosura,

merece ser estimada.


(Entran el REY y el CAUALLERO.)


REY.

Ello es cosa aueriguada

que no ay zelos sin locura.


REYNA.

Y sin amor, señor mio,

dixerades muy mejor.


REY.

Zelos son rabia, y amor

siempre della està vazio;

y de la causa que es buena

mal efecto no procede.


REYNA.

En mi al contrario sucede:

siempre zelos me dan pena,

y siempre los ha engendrado

el grande amor que yo os tengo.


REY.

Si ay vengança, yo me vengo

con que os ayays engañado,

pues no podran redundar

de vuestras preguntas hechas

tan vehementes sospechas,

que me puedan condenar,

ni yo, si mirays en ello,

soy de sangre tan liuiana,

que a tan humilde gitana

incline el altiuo cuello.


REYNA.

Mirad, señor, que es hermosa,

y que la rara belleza

se lleua tras si la alteza

y fuerça mas poderosa.

Por mis ojos, que llegueys

a mirar sus bellos ojos.


REY.

Si gustays de darme enojos,

no es buen medio el que poneys.


REYNA.

¿Cómo? ¿Y que assi os amohina

el mirar a vna donzella

que, despues de ser tan bella,

aspira a ser mi sobrina?


BELICA

¿Que ha de ser aquesto, Ines?

Que me voy imaginando

que se estan de mi burlando.


YNES.

Calla, y sabraslo despues.


REYNA.

Miradla assi, descuydado,

y dezidme a quien parece.


REY.

A los ojos se me ofrece

de Rosamiro vn traslado.


REYNA.

No es mucho, porque es su hija,

y como a tal la estimad.


CABALLERO

¿Burla vuestra magestad?


REYNA.

No es bien que esso se colija

de verdad tan manifiesta.


REY.

Si no burlays, es razon

que me cause admiracion

tal nouedad como es esta.


REYNA.

Llegad al rey, Ysabel,

y dezid que os de la mano

como a hija de mi hermano.


BELICA

Como sierua llego a el.


REY.

Leuantad, bella criatura,

que de vuestro parecer

muy bien se puede creer

y esperar mayor ventura.

Pero dezidme, señora:

¿cómo sabeys esta historia?


REYNA.

Aunque es breue y es notoria,

no es para dezilla agora.

Vamonos a la ciudad,

que en el camino sabreys

lo que luego creereys

como infalible verdad.


REY.

Vamos.


MARCELO

No ay dudar, señor,

en historia que es tan clara,

pues su rostro la declara,

y yo, que soy el actor.


(Vanse entrando todos, y a la postre quedan INES y BELICA.)


YNES.

Belica, pues vas sobrina

de la reyna, por lo menos,

essos tus ojos serenos

a nuestra humildad inclina.

Acuerdate de que hartamos

mas de vna vegada juntas,

y que sin soberuia y puntas

mas de otras cinco baylamos;

y que, aunque auemos andado

muchas vezes a las greñas,

siempre en efeto y por señas

te he temido y respetado.

Haz algun bien, pues podras,

a nuestros gitanos pobres;

assi en venturosa sobres

a quantas lo fueron mas.

Responde a lo que se ve

de tu ser tan principal.


BELICA

Dame, Ines, vn memorial,

que yo le despacharè.


(Entranse.)

(Sale PEDRO DE VRDEMALAS, con manteo y bonete, como estudiante.)


PEDRO

Dizen que la variacion

haze a la naturaleza

colma de gusto y belleza,

y està muy puesto en razon.

Vn manjar a la contina

enfada, y vn solo objeto

a los ojos del discreto

da disgusto y amohina.

Vn solo vestido cansa.

En fin, con la variedad

se muda la voluntad,

y el espiritu descansa.

Bien logrado yre del mundo

quando Dios me lleue del,

pues podre dezir que en el

vn Proteo fuy segundo.

¡Valgame Dios, que de trages

he mudado, y que de oficios,

que de varios exercicios,

que de exquisitos lenguages!

Y agora, como estudiante,

de la reyna voy huyendo,

cien mil azares temiendo

desta mi suerte inconstante.

Pero yo, ¿por que me cuento,

que lleuo (en) mudable palma?

Si ha de estar siempre nuestra alma

en continuo mouimiento,

Dios me arroje ya a las partes

donde mas fuere seruido.


(Entra vn LABRADOR con dos gallinas.)


LABRADOR

Pues yo no las he vendido;

bien parece que es oy martes.


PEDRO

Mostrad, hermano; llegad,

llegad, mostrad. ¿Que os turbais?

Ellas son de calidad,

que en cada vna mostrays

vuestra grande caridad.

Andad con Dios y dexaldas,

y desde lexos miraldas,

como a reliquias honraldas,

para el culto dedica[l]das

bucolico, y adoraldas.


LABRADOR

Como me las pague, haga

altar o reliquias dellas,

o lo que mas satisfaga

a su gusto.


PEDRO

Sólo es dellas

santa y justissima paga

hazer dellas vn empleo

que satisfaga al desseo

del mas mirado christiano.


LABRADOR

Saldra su disignio vano,

señor zote, a lo que creo.


(Entran dos representantes, que se señalan con numeros 1 y 2.) 


PEDRO

Soys hipocrita y malino,

pues no teneys miramiento

que os habla vn hombre cetrino,

hombre que vale por ciento

para hazer vn desatino;

hombre que se determina,

con vna y otra gallina,

sacar de Argel dos cautiuos

que estan sanos y estan viuos

por la voluntad diuina.


FAR. 1.

Este cuento es de primor,

y el sachristan, o lo que es,

juega de hermano mayor.


PEDRO

¡O fuerças del interes,

llenas de embidia y rigor!

¿Que es possible que te esquiues,

por tan pocos arrequiues,

de sacar sendos christianos

de mano de los tiranos?

¡Comante malos caribes!


LABRADOR

Diga, señor papasal:

¿son, por ventura, mostrencas

mis gallinas, ¡pessiatal!,

para no hazerme de pencas

de dar mi pobre caudal?

Rescaten a essos christianos

los ricos, los cortesanos,

los frayles, los limosneros:

que yo no tengo dineros,

si no lo ganan mis manos.


FAR. 1.

Esforcemos este embuste.

Soys vn hombre mal mirado,

de mala yazija y fuste,

hombre que es tan dessalmado,

que no ay cosa de que guste.


PEDRO

La maldicion de mi zorra,

de mi bonete y mi gorra,

cayga en ti y en tu ralea,

y cautiuo yo te vea

en Fez en vna mazmorra,

para ver si te holgarás

de que sea quien entonces,

por dos gallinas no mas...

¡O coraçones de bronzes,

archiuos de Satanas!

¡O miseria desta vida,

a terminos reduzida,

que vienen los cortesanos

a rogar a los villanos,

gente non santa y perdida!


LABRADOR

¡Pesia a mi! Denme mis aues,

que yo no estoy para dar

limosna.


FAR. 1.

¡Que poco sabes

de achaque de rescatar

dos hombres gordos y graues!

Yo los tengo señalados,

corpulentos y barbados,

de raro talle y presencia,

que valen en mi conciencia

mas de trezientos ducados,

y por estas dos gallinas

solamente los rescato.

¡Ved que entrañas tan molestas

tiene este pobre pazguato,

criado entre las enzinas!

¡Ya la ruindad y malicia,

la miseria y la codicia

reyna sólo entre esta gente!


LABRADOR

Aun bien que ay aqui teniente,

corregidor y justicia.


[Entrese.]


PEDRO

Y yo tengo lengua y pies.

Esperen, y lo veran.


FAR. 1.

Soys vn traydor Magances,

hombre de aquellos que dan

mohatras de tres en tres.


FAR. 2.

Dexele vuessa merced,

que, pues ya dexó en la red

las cobas, vaya en buen hora.


[FAR. 1.]

Pues bien: ¿que haremos agora?


[PEDRO]

Lo que es vuestro gusto hazed.

Despojese de su pluma

el rescate, y vease luego,

con resolucion y en suma,

si ay algun rancho o bodego

donde todo se consuma:

que yo, a fe de compañero,

desde agora me prefiero

a dar todo el aderente.


FAR. 2.

Ay vn grande inconueniente:

que hemos de ensayar primero.


PEDRO

Pues diganme: ¿son farsantes?


FAR. 1.

Por nuestros pecados, si.


PEDRO

Haz de mis dichas Adlantes,

cerros de mi Potosi,

de mi pequeñez gigantes;

en vosotros se me ofrece

todo aquello que apetece

mi desseo en sumo grado.


FAR. 2.

¿Que vendaual os ha dado,

que assi el seso os desuanece?


PEDRO

Sin duda, he de ser farsante,

y hare que estupendamente

la fama mis hechos cante,

y que los lleue y los cuente

en Poniente y en Leuante.

Volarán los hechos mios

hasta los reynos vazios

de Policea, y aun mas,

en nombre de Nicolas,

y el sobrenombre de Rios:

que este fue el nombre de aquel

mago que a entender me dio

quien era el mundo cruel,

ciego que sin vista vio

quantos fraudes ay en el.

En las choças y en las salas,

entre las xergas y galas

será mi nombre estendido,

aunque se ponga en oluido

el de Pedro de Vrdemalas.


FAR. 2.

Enigma y algarauia

es quanto hablays, señor,

para nosotros.


PEDRO

Sería

falta de ingenio y valor

contaros la historia mia,

a lo menos por agora.

Vamos; que, si se mejora

mi suerte con ser farsista,

sereys testigos de vista

del ingenio que en mi mora,

principalmente en jugar

las tretas de vn entremes

hasta do pueden llegar.


(Entra otro FARSANTE.)


FAR. 3.

¿No aduertiran que ya es

hora y tiempo de ensayar?

Porque pide el rey comedia,

y el autor ha ya hora y media

que espera. ¡Grande descuydo!


FAR. 1.

Pues con yr presto, yo cuido

que esse daño se remedia.

Venga, galan, que yo hare

que oy quede por recitante.


PEDRO

Si lo quedo, mostraré

que soy para autor bastante

con lo menos que yo se.

Llegado ha ya la ocasion

donde la adiuinacion

que vn hablante Malgesi

echò vn tiempo sobre mi,

tenga efecto y conclusion.

Ya podre ser patriarca,

pontifice y estudiante,

emperador y monarca:

que el oficio de farsante

todos estados abarca;

y, aunque es vida trabajosa,

es, en efecto, curiosa,

pues cosas curiosas trata,

y nunca quien la maltrata

le dara nombre de ociosa.


(Entranse todos.)

(Sale vn AUTOR con vnos papeles como comedia, y dos farsantes, que todos se señalan por numero.) 


AUTOR

Son muy anchos de conciencia

vuessas mercedes, y creo,

por las señales que veo,

que me ha de faltar paciencia.

¡Cuerpo de mi! ¿En veynte dias

no se pudiera auer puesto

esta comedia? ¿Que es esto?

Ellas son venturas mias.

Poneme esto en confusion,

y en vn rancor importuno,

que nunca falte ninguno

al pedir de la racion,

y al ensayo es menester

que con perros y hurones

los busquen, y aun a pregones,

y no querran parecer.


PEDRO

¿Quien vn agudo embustero,

ni vn agudo hablador,

sabra hazerle mejor

que yo, si es que hazerle quiero?


AUTOR

Si no pica de arrogante

el domine, mucho sabe.


PEDRO

Se todo aquello que cabe

en vn general farsante;

se todos los requisitos

que vn farsante ha de tener

para serlo, que han de ser

tan raros como infinitos.

De gran memoria, primero;

segundo, de suelta lengua;

y que no padezca mengua

de galas es lo tercero.

Buen talle no le perdono,

si es que ha de hazer los galanes;

no afectado en ademanes,

ni ha de recitar con tono.

Con descuydo cuydadoso,

graue anciano, jouen presto,

enamora do compuesto,

con rabia si està zeloso.

Ha de rezitar de modo,

con tanta industria y cordura,

que se buelua en la figura

que haze de todo en todo.

A los versos ha de dar

valor con su lengua experta,

y a la fabula que es muerta

ha de hazer resucitar.

Ha de sacar con espanto

las lagrimas de la risa,

y hazer que bueluan con [p]risa

otra vez al triste llanto.

Ha de hazer que aquel semblante

que el mostrare, todo oyente

le muestre, y será excelente

si haze aquesto el recitante.


(Entra el ALGUAZIL de las comedias.)


ALGUACIL

¿Aora estan tan despacio?

¿Esperarlos he a que acaben?

Bien parece que no saben

las nueuas que ay en palacio.

Vengan, que ya me amohina

la posma que en ellos reyna,

aguardando el rey o reyna

y la nueua su sobrina.


AUTOR

¿Que sobrina?


ALGUACIL

Vna gitana,

dizen, que es bella en estremo.


PEDRO

Que sea Belica temo.

¿Y esso es verdad?


ALGUACIL

Y tan llana,

que yo no se qual se sea

mayor verdad por agora.

Y la reyna, mi señora,

hazerle fiestas dessea .

Venid, que alla lo sabreys

todo como passa al punto.


PEDRO

Mucho bien me vendra junto,

si por vuestro me quereys.


AUTOR

Admitido estais ya al gremio

de nuestro alegre exercicio,

pues vuestro raro juyzio

mayor lauro pide en premio.

Largo hablaremos despues.

Vamos, y haremos la prueua

de vuestra gracia tan nueua,

ensayando vn entremes.


PEDRO

No me hara ventaja alguno

en esso, qual se vera.


ALGUACIL

Señores, que es tarde ya.


AUTOR

¿Falta aqui alguno?


FAR. 1.

Ninguno.


(Vanse todos.)

(Salen el REY y SILERIO.)


REY.

En qualquier trage se muestra

su belleza al descubierto:

gitana, me tuuo muerto;

dama, a matarme se adiestra.

El parentesco no afloja

mi desseo; antes, por el

con ahinco mas cruel

toda el alma se congoja.


(Suenan guitarras.)


Pero ¿que musica es esta?


SILERIO

Los comediantes seran,

que adonde se visten van.


REY.

Ya me entristece la fiesta;

ya sólo con mi desseo

quisiera auenirme a solas,

y dar costado a las olas

del mar de amor do me veo.

Pero escucha, que mi historia

parece que oygo cantar,

y es señal que ha de durar

luengos siglos su memoria.


(Entran los musicos cantando este romance:)


MUSICOS

«Baylan las gitanas;

miralas el rey;

la reyna, con zelos,

mandalas prender.

Por Pasqua de Reyes

hizieron al rey

vn bayle gitano

Belica e Ynes;

turbada Belica,

cayo junto al rey,

y el rey la leuanta

de puro cortés;

mas como es Belilla

de tan linda tez,

la reyna, zelosa,

mandalas prender.»


SILERIO

Vienen tan embeuecidos,

que no nos echan de ver.


REY.

Cantan lo que deue ser

suspension de los sentidos.


MUSICOS 1.

El rey està aqui. ¡Chiton!

Quiza no le agradará

nuestra cancion.


MUSICOS 2.

Si hara,

por ser nueua la cancion,

y no contiene otra cosa,

fuera de que es dulze y graue,

que dezir lo que se sabe:

que es la reyna rezelosa,

y hechura de la muger

tener zelos del marido.


REY.

¡Que bien que lo has entendido!

Detelo el diablo a entender.

Silerio, mi muerte y vida

vienen juntas. ¿Que hare?


SILERIO

Mostrar a vn tiempo la fe,

aqui cierta, alli fingida.


(Entran la REYNA y BELICA, ya vestida de dama; YNES, de gitana; MALDONADO, el autor, MARTIN CRESPO, el alcalde, y PEDRO DE VRDEMALAS.)


PEDRO

Famosa Ysabel, que ya

fuyste Belica primero;

Pedro, el famoso embustero,

postrado a tus pies està,

tan hecho a hazer desuarios,

que, para cobrar renombre,

el Pedro de Vrde, su nombre,

ya es Nicolas de los Rios.

Digo que tienes delante

a tu Pedro conocido,

de gitano, conuertido

en vn famoso farsante,

para seruirte en mas obras

que puedes imaginar,

si no le quieres faltar

con lo mucho en que a otros sobras.

Tu presuncion y la mia

han llegado a conclusion:

la mia sólo en ficcion,

la tuya como deuia.

Ay suertes de mil maneras,

que, entre donayres y burlas,

hazen señores de burlas,

como señores de veras.

Yo, farsante, sere rey

quando le aya en la comedia,

y tu, oyente, ya eres media

reyna por valor y ley.

En burlas podre seruirte,

tu hazerme merced de veras,

si tras las mañas ligeras

del vulgo no quieres yrte;

en el qual, si alguno huuo

o ay humilde en rica alteza,

siempre queda la baxeza

de aquel principio que tuuo.

Pero tu ser y virtud

me tienen bien satisfecho,

que no llegará a tu pecho

la sombra de ingratitud.

Por aquesta buena fe,

de la reyna o gran sobrina,

y por ver que a ti se inclina

quien gitano por ti fue,

que al rey pidas te suplico,

andando el tiempo, vna cosa

mas buena que prouechosa,

porque a mi gusto la aplico.


REY.

Desde luego la concedo;

pide lo que es de tu gusto.


PEDRO

Por ser lo que quiero justo,

lo declararè sin miedo.

Y es que, pues claro se entiende

que el recitar es oficio

que a enseñar, en su exercicio,

y a deleytar sólo atiende,

y para esto es menester

grandissima habilidad,

trabajo y curiosidad,

saber gastar y tener,

que ninguno no le haga

que las partes no tuuiere

que este exercicio requiere,

con que enseñe y satisfaga.

Preceda examen primero,

o muestra de compañia,

y no por su fantasia

se haga autor vn pandero.

Con esto pondran la mira

a esmerarse en su exercicio:

que tanto es bueno el oficio,

quanto es el fin a que aspira.


BELICA

Yo hare que el rey, mi señor,

vuestra peticion conceda.


REY.

Y aun otras, si ay en que pueda

valerle vuestro fauor.


REYNA.

Con mejores ojos miro

agora que la mireys,

y en quanto por ella hazeys,

mas me alegro que me admiro.

Ya mi voluntad se inclina

a acreditar a los dos:

que entre mis zelos y vos

se ha puesto el ser mi sobrina.

Vamos a oyr la comedia

con gusto, pues que los cielos

no ordenaron que mis zelos

la boluiessen en tragedia.

Y auisaráse a mi hermano

luego deste hallazgo bueno.


(Entrase.)


REY.

Ya yo le tengo en el seno

y le toco con la mano.

¡O imaginacion, que alcanças

las cosas menos possibles,

si alcançan las impossibles

de reyes las esperanças!


[SILERIO]

No te aflijas, que no es tanto

el parentesco, que impida

hallar a tu mal salida.


REY.

Si; mas morire entretanto.


(Entrase el REY y SILERIO.)


MALDONADO

Señora Belica, espere;

mire que soy Maldonado,

su conde.


BELICA

Tengo otro estado

que estar aqui no requiere.

Maldonado, perdonadme,

que yo os hablaré otro dia.


YNES.

¡Hermana Belica mia!


BELICA

La reyna espera; dexadme.


(Entrase BELICA.)


YNES.

¡Entróse! ¡Quien me dixera

aquesto casi antiyer!

No lo pudiera creer,

si con los ojos lo viera.

¡Valame Dios, y que ingrata

mochacha, y que sacudida!


PEDRO

La mudança de la vida

mil firmezas desbarata,

mil agrauios comprehende,

mil viuezas atesora,

y oluida sólo en vn hora

lo que en mil siglos aprende.


ALCALDE

Pedro, ¿cómo estás aqui

tan galan? ¿Que te has hecho?


PEDRO

Pudierame auer deshecho,

si no mirara por mi.

Mudado he de oficio y nombre,

y no es assi como quiera:

hecho estoy vna quimera.


ALCALDE

Siempre tu fuyste gran hombre.

Yo por el premio venia

de la dança que enseñaste,

que en ella claro mostraste

tu ingenio y tu bizarria;

y si en el mundo no huuiera

pages, yo se que durara

su fama hasta que llegara

la edad que ha de ser postrera.

Clemente y Clemencia estan

muy buenos, sin ningun mal,

y Benita con Pasqual

garrida vida se dan.


(Entra VNO.)


VNO.

Sus magestades aguardan;

bien pueden ya començar.


PEDRO

Despues podremos hablar.


VNO.

Miren que dizen que tardan.


PEDRO

Ya ven vuessas mercedes que los reyes

aguardan alla dentro, y no es possible

entrar todos a ver la gran comedia

que mi autor representa, que alabardas

y lancineques y frinfron impiden

la entrada a toda gente mosquetera.

Mañana, en el teatro, se hara vna,

donde por poco precio veran todos

desde principio al fin toda la traça,

y veran que no acaba en casamiento,

cosa comun y bista cien mil vezes,

ni que pario la dama esta jornada,

y en otra tiene el niño ya sus barbas,

y es valiente y feroz, y mata y hiende,

y venga de sus padres cierta injuria,

y al fin viene a ser rey de vn cierto reyno

que no ay cosmografia que le muestre.

Destas impertinencias y otras tales 

ofrecio la comedia libre y suelta,

pues llena de artificio, industria y galas,

se cela del gran Pedro de Vrdemalas.




FIN DESTAS COMEDIAS





El juez de los divorcios


Sale el JUEZ, y otros dos con él, que son ESCRIBANO y PROCURADOR, y siéntase en una silla; salen EL VEJETE y MARIANA, su mujer.


MARIANA.- Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la silla de su audiencia. Desta vez tengo de quedar dentro o fuera; desta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, como el gavilán.

VEJETE.- Por amor de Dios, Mariana, que no almonedees tanto tu negocio: habla paso, por la pasión que Dios pasó; mira que tienes atronada a toda la vecindad con tus gritos; y, pues tienes delante al señor juez, con menos voces le puedes informar de tu justicia.

JUEZ.- ¿Qué pendencia traéis, buena gente?

MARIANA.- Señor, ¡divorcio, divorcio, y más divorcio, y otras mil veces divorcio!

JUEZ.- ¿De quién, o por qué, señora?

MARIANA.- ¿De quién? Deste viejo que está presente.

JUEZ.- ¿Por qué?

MARIANA.- Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar contino atenta a curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron a mí mis padres para ser hospitalera ni enfermera. Muy buena dote llevé al poder desta espuerta de huesos, que me tiene consumidos los días de la vida; cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa encima. Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque; mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que derramo cada día por verme casada con esta anatomía.

JUEZ.- No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia.

MARIANA.- Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes.

JUEZ.- Si ese arbitrio se pudiera o debiera poner en práctica, y por dineros, ya se hubiera hecho; pero especificad más, señora, las ocasiones que os mueven a pedir divorcio.

MARIANA.- El invierno de mi marido y la primavera de mi edad; el quitarme el sueño, por levantarme a media noche a calentar paños y saquillos de salvado para ponerle en la ijada; el ponerle, ora aquesta, ora aquella ligadura, que ligado le vea yo a un palo por justicia; el cuidado que tengo de ponerle de noche alta la cabecera de la cama, jarabes lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada a sufrirle el mal olor de la boca, que le güele mal a tres tiros de arcabuz.

ESCRIBANO.- Debe de ser de alguna muela podrida.

VEJETE.- No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en toda ella.

PROCURADOR.- Pues ley hay que dice, según he oído decir, que por sólo el mal olor de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la mujer.

VEJETE.- En verdad, señores, que el mal aliento que ella dice que tengo, no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos procede de mi estómago, que está sanísimo, sino desa mala intención de su pecho. Mal conocen vuesas mercedes a esta señora, pues a fe que, si la conociesen, que la ayunarían o la santiguarían. Veinte y dos años ha que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de sus insolencias, de sus voces y de sus fantasías, y ya va para dos años que cada día me va dando vaivenes y empujones hacia la sepultura; a cuyas voces me tiene medio sordo, y, a puro reñir, sin juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame a regañadientes; habiendo de ser suave la mano y la condición del médico. En resolución, señores: yo soy el que muero en su poder, y ella es la que vive en el mío, porque es señora, con mero mixto imperio, de la hacienda que tengo.

MARIANA.- ¿Hacienda vuestra? Y ¿qué hacienda tenéis vos, que no la hayáis ganado con la que llevastes en mi dote? Y son míos la mitad de los bienes gananciales, mal que os pese; y dellos y de la dote, si me muriese agora, no os dejaría valor de un maravedí, porque veáis el amor que os tengo.

JUEZ.- Decid, señor: cuando entrastes en poder de vuestra mujer, ¿no entrastes gallardo, sano y bien acondicionado?

VEJETE.- Ya he dicho que ha veinte y dos años que entré en su poder, como quien entra en el de un cómitre calabrés a remar en galeras de por fuerza; y entré tan sano, que podía decir y hacer como quien juega a las pintas.

MARIANA.- Cedacico nuevo, tres días en estaca.

JUEZ.- Callad, callad, nora en tal, mujer de bien, y andad con Dios, que yo no hallo causa para descasaros; y, pues comistes las maduras, gustad de las duras; que no está obligado ningún marido a tener la velocidad y corrida del tiempo, que no pase por su puerta y por sus días; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os dio cuando pudo; y no repliquéis más palabra.

VEJETE.- Si fuese posible, recebiría gran merced que vuesa merced me la hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque, dejándome así, habiendo ya llegado a este rompimiento, será de nuevo entregarme al verdugo que me martirice; y si no, hagamos una cosa: enciérrese ella en un monesterio y yo en otro; partamos la hacienda, y desta suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda de la vida.

MARIANA.- ¡Malos años! ¡Bonica soy yo para estar encerrada! No sino llegaos a la niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas, encerraos vos, que lo podréis llevar y sufrir, que ni tenéis ojos con que ver, ni oídos con que oír, ni pies con que andar, ni mano con que tocar: que yo, que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos cabales y vivos, quiero usar dellos a la descubierta, y no por brújula, como quínola dudosa.

ESCRIBANO.- Libre es la mujer.

PROCURADOR.- Y prudente el marido; pero no puede más.

JUEZ.- Pues yo no puedo hacer este divorcio, quia nullam invenio causam.


Entra un SOLDADO bien aderezado y su mujer, DOÑA GUIOMAR.


DOÑA GUIOMAR.- ¡Bendito sea Dios!, que se me ha cumplido el deseo que tenía de verme ante la presencia de vuesa merced, a quien suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servido de descasarme déste.

JUEZ.-¿Qué cosa es déste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades siquiera: «deste hombre».

DOÑA GUIOMAR.- Si él fuera hombre, no procurara yo descasarme.

JUEZ.- Pues ¿qué es?

DOÑA GUIOMAR.- Un leño.

SOLDADO.-[Aparte] Por Dios, que he de ser leño en callar y en sufrir. Quizá con no defenderme ni contradecir a esta mujer el juez se inclinará a condenarme; y, pensando que me castiga, me sacará de cautiverio, como si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuán.

PROCURADOR.- Hablad más comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin improperios de vuestro marido; que el señor juez de los divorcios, que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.

DOÑA GUIOMAR.- Pues, ¿no quieren vuesas mercedes que llame leño a una estatua, que no tiene más acciones que un madero?

MARIANA.- Ésta y yo nos quejamos, sin duda, de un mismo agravio.

DOÑA GUIOMAR.- Digo, en fin, señor mío, que a mí me casaron con este hombre, ya que quiere vuesa merced que así lo llame; pero no es este hombre con quien yo me casé.

JUEZ.- ¿Cómo es eso?, que no os entiendo.

DOÑA GUIOMAR.- Quiero decir que pensé que me casaba con un hombre moliente y corriente, y a pocos días hallé que me había casado con un leño, como tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca medios ni trazas para granjear un real con que ayude a sustentar su casa y familia. Las mañanas se le pasan en oír misa y en estarse en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y escuchando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas también, se va de en casa en casa de juego, y allí sirve de número a los mirones, que, según he oído decir, es un género de gente a quien aborrecen en todo extremo los gariteros. A las dos de la tarde viene a comer, sin que le hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo. Vuélvese a ir, vuelve a media noche, cena si lo halla, y si no, santíguase, bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vueltas. Pregúntole qué tiene. Respóndeme que está haciendo un soneto en la memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del mundo.

SOLDADO.- Mi señora doña Guiomar, en todo cuanto ha dicho, no ha salido de los límites de la razón; y, si yo no la tuviera en lo que hago, como ella la tiene en lo que dice, ya había yo de haber procurado algún favor de palillos, de aquí o de allí, y procurar verme, como se ven otros hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y sobre una mula de alquiler pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de mulas que le acompañe, porque las tales mulas nunca se alquilan sino a faltas y cuando están de nones; sus alforjitas a las ancas: en la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso y su pan y su bota; sin añadir a los vestidos que trae de rúa, para hacellos de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y, con una comisión, y aun comezón en el seno, sale por esa Puente Toledana raspahilando, a pesar de las malas mañas de la harona, y, a cabo de pocos días, envía a su casa algún pernil de tocino y algunas varas de lienzo crudo; en fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito de su comisión, y con esto sustenta su casa como el pecador mejor puede; pero yo, que ni tengo oficio [ni beneficio], no sé qué hacerme, porque no hay señor que quiera servirse de mí, porque soy casado; así que, me será forzoso suplicar a vuesa merced, señor juez, pues ya por pobres son tan enfadosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y aparte.

DOÑA GUIOMAR.-Y hay más en esto, señor juez: que, como yo veo que mi marido es tan para poco, y que padece necesidad, muérome por remedialle; pero no puedo, porque, en resolución, soy mujer de bien, y no tengo de hacer vileza.

SOLDADO.- Por esto solo merecía ser querida esta mujer, pero, debajo deste pundonor, tiene encubierta la más mala condición de la tierra: pide celos sin causa, grita sin porqué, presume sin hacienda, y, como me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico; y es lo peor, señor juez, que quiere que, a trueco de la fidelidad que me guarda, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y desabrimientos que tiene.

DOÑA GUIOMAR.- ¿Pues no? ¿Y por qué no me habéis vos de guardar a mí decoro y respeto, siendo tan buena como soy?

SOLDADO.- Oíd, señora doña Guiomar; aquí, delante destos señores, os quiero decir esto: ¿por qué me hacéis cargo de que sois buena, estando vos obligada a serlo, por ser de tan buenos padres nacida, por ser cristiana y por lo que debéis a vos misma? ¡Bueno es que quieran las mujeres que las respeten sus maridos porque son castas y honestas; como si en sólo esto consistiese, de todo en todo, su perfección; y no echan de ver los desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras mil virtudes que les faltan! ¿Qué se me da a mí que seáis casta con vos misma, puesto que se me da mucho, si os descuidáis de que lo sea vuestra criada, y si andáis siempre rostrituerta, enojada, celosa, pensativa, manirrota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con otras insolencias deste jaez, que bastan a consumir las vidas de doscientos maridos? Pero, con todo esto, digo, señor juez, que ninguna cosa destas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy el leño, el inhábil, el dejado y el perezoso; y que, por ley de buen gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado a descasarnos; que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y holgaré de ser condenado.

DOÑA GUIOMAR.- ¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de comer a mí, ni a vuestra criada; y monta que son muchas, sino una, y aun esa sietemesina, que no come por un grillo.

ESCRIBANO.- Sosiéguense; que vienen nuevos demandantes.


Entra uno vestido de médico, y es CIRUJANO, y ALDONZA DE MINJACA, su mujer.


CIRUJANO.- Por cuatro causas bien bastantes, vengo a pedir a vuesa merced, señor juez, haga divorcio entre mí y la señora doña Aldonza de Minjaca, mi mujer, que está presente.

JUEZ.- Resoluto venís. Decid las cuatro causas.

CIRUJANO.- La primera, porque no la puedo ver más que a todos los diablos; la segunda, por lo que ella se sabe; la tercera, por lo que yo me callo; la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando desta vida vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.

PROCURADOR.- Bastantísimamente ha probado su intención.

MINJACA.- Señor juez, vuesa merced me oiga, y advierta que, si mi marido pide por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera, porque, cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer; la segunda, porque fui engañada cuando con él me casé, porque él dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace ligaduras y cura otras enfermedades, que va decir desto a médico la mitad del justo precio; la tercera, porque tiene celos del sol que me toca; la cuarta, que, como no le puedo ver, querría estar apartada dél dos millones de leguas.

ESCRIBANO.- ¿Quién diablos acertará a concertar estos relojes, estando las ruedas tan desconcertadas?

MINJACA.- La quinta...

JUEZ.- Señora, señora, si pensáis decir aquí todas las cuatrocientas causas, yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello. Vuestro negocio se recibe a prueba; y andad con Dios, que hay otros negocios que despachar.

CIRUJANO.- ¿Qué más pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta de vivir conmigo?

JUEZ.- Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirían de sus hombros el yugo del matrimonio.


Entra uno vestido de GANAPÁN, con su caperuza cuarteada.


GANAPÁN.- Señor juez: ganapán soy, no lo niego, pero cristiano viejo, y hombre de bien a las derechas; y, si no fuese que alguna vez me tomo del vino, o él me toma a mí, que es lo más cierto, ya hubiera sido prioste en la cofradía de los hermanos de la carga, pero, dejando esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa el señor juez que, estando una vez muy enfermo de los vaguidos de Baco, prometí de casarme con una mujer errada. Volví en mí, sané y cumplí la promesa, y caséme con una mujer que saqué de pecado; púsela a ser placera; ha salido tan soberbia y de tan mala condición, que nadie llega a su tabla con quien no riña, ora sobre el peso falto, ora sobre que le llegan a la fruta, y a dos por tres les da con una pesa en la cabeza, o adonde topa, y los deshonra hasta la cuarta generación, sin tener hora de paz con todas sus vecinas ya parleras; y yo tengo de tener todo el día la espada más lista que un sacabuche, para defendella; y no ganamos para pagar penas de pesos no maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querría, si vuesa merced fuese servido, o que me apartase della, o, por lo menos, le mudase la condición acelerada que tiene en otra más reportada y más blanda; y prométole a vuesa merced de descargalle de balde todo el carbón que comprare este verano; que puedo mucho con los hermanos mercaderes de la costilla.

CIRUJANO.- Ya conozco yo a la mujer deste buen hombre, y es tan mala como mi Aldonza: que no lo puedo más encarecer.

JUEZ.- Mirad, señores, aunque algunos de los que aquí estáis habéis dado algunas causas que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo eso, es menester que conste por escrito, y que lo digan testigos; y así, a todos os recibo a prueba. Pero, ¿qué es esto? ¿Música y guitarras en mi audiencia? ¡Novedad grande es ésta!


Entran dos músicos


MÚSICO.-Señor juez, aquellos dos casados tan desavenidos que vuesa merced concertó, redujo y apaciguó el otro día, están esperando a vuesa merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envía[n] a suplicar sea servido de hallarse en ella y honrallos.

JUEZ.- Eso haré yo de muy buena gana; y pluguiese a Dios que todos los presentes se apaciguasen como ellos.

PROCURADOR.- Desa manera, moriríamos de hambre los escribanos y procuradores desta audiencia; que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de divorcios; que, al cabo, al cabo, los más se quedan como se estaban y nosotros habemos gozado del fruto de sus pendencias y necedades. MÚSICO.- Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijando la fiesta.


Cantan los músicos.


Entre casados de honor,

cuando hay pleito descubierto,

más vale el peor concierto

que no el divorcio mejor.


Donde no ciega el engaño

simple, en que algunos están,

las riñas de por San Juan

son paz para todo el año.


Resucita allí el honor,

y el gusto, que estaba muerto,

donde vale el peor concierto

más que el divorcio mejor.


Aunque la rabia de celos

es tan fuerte y rigurosa,

si los pide una hermosa,

no son celos, sino cielos.


Tiene esta opinión Amor,

que es el sabio más experto:

que vale el peor concierto

más que el divorcio mejor.




FIN




El rufián viudo llamado Trampagos

 

Sale TRAMPAGOS con un capuz de luto, y con él VADEMECUM, su criado, con dos espadas de esgrima


TRAMPAGOS:

¡Vademécum!


VADEMECUM:

¿Señor?


TRAMPAGOS:

¿Traes las morenas?


VADEMECUM:

Tráigolas.


TRAMPAGOS:

Está bien: muestra y camina,

y saca aquí la silla de respaldo,

con los otros asientos de por casa.


VADEMECUM:

¿Qué asientos? ¿Hay alguno, por ventura?


TRAMPAGOS:

Saca el mortero, puerco, el broquel saca,

y el banco de la cama.


VADEMECUM:

Está impedido;

fáltale un pie.


TRAMPAGOS:

¿Y es tacha?


VADEMECUM:

¡Y no pequeña!


Entrase VADEMECUM


TRAMPAGOS:

¡Ah, Pericona, Pericona mía,

y aun de todo el concejo! En fin, llegóse

el tuyo: yo quedé, tú te has partido,

y es lo peor que no imagino adónde,

aunque, según fue el curso de tu vida,

bien se puede creer piadosamente

que estás en parte... Aún no me determino

de señalarte asiento en la otra vida.

Tendréla yo, sin ti, como de muerte.

¡Que no me hallara yo a tu cabecera

cuando diste el espíritu a los aires,

para que le acogiera entre mis labios,

y en mi estómago limpio le envasara!

¡Miseria humana! ¿Quién de ti confía?

Ayer fui Pericona, hoy tierra fría,

como dijo un poeta celebérrimo.


Entra CHIQUIZNAQUE, rufián


CHIQUIZNAQUE:

Mi so Trampagos, ¿es posible sea

voacé tan enemigo suyo

que se entumbe, se encubra y se trasponga

debajo desa sombra bayetuna

el sol hampesco? So Trampagos, basta

tanto gemir, tantos suspiros bastan;

trueque voacé las lágrimas corrientes

en limosnas y en misas y oraciones

por la gran Pericona, que Dios haya;

que importan más que llantos y sollozos.


TRAMPAGOS:

Voacé ha garlado como un tólogo,

mi señor Chiquiznaque; pero, en tanto

que encarrilo mis cosas de otro modo,

tome vuesa merced, y platiquemos

una levada nueva.


CHIQUIZNAQUE:

So Trampagos,

no es éste tiempo de levadas: llueven

o han de llover hoy pésames adunia,

y ¿hémonos de ocupar en levadicas?


Entra VADEMECUM con la silla, muy vieja y rota


VADEMECUM:

¡Bueno, por vida mía! Quien le quita

a mi señor de líneas y posturas,

le quita de los días de la vida.


TRAMPAGOS:

Vuelve por el mortero y por el banco,

y el broquel no se olvide, Vademécum.


VADEMECUM:

Y aun trairé el asador, sartén y platos.


Vuélvese a entrar


TRAMPAGOS:

Después platicaremos una treta,

única, a lo que creo, y peregrina;

que el dolor de la muerte de mi ángel

las manos ata y el sentido todo.


CHIQUIZNAQUE:

¿De qué edad acabó la mal lograda?


TRAMPAGOS:

Para con sus amigas y vecinas,

treinta y dos años tuvo.


CHIQUIZNAQUE:

¡Edad lozana!


TRAMPAGOS:

Si va a decir verdad, ella tenía

cincuenta y seis; pero, de tal manera

supo encubrir los años, que me admiro.

¡Oh, qué teñir de canas! ¡Oh, qué rizos,

vueltos de plata en oro los cabellos!

A seis del mes que viene hará quince años

que fue mi tributaria, sin que en ellos

me pusiese en pendencia, ni en peligro

de verme palmeadas las espaldas.

Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto,

pasaron por la pobre desde el día

que fue mi cara, agradecida prenda,

en las cuales, sin duda, susurraron

a sus oídos treinta y más sermones,

y en todos ellos, por respeto mío,

estuvo firme, cual está a las olas

del mar movible la inmovible roca.

¡Cuántas veces me dijo la pobreta,

saliendo de los trances rigurosos

de gritos y plegarias y de ruegos,

sudando y trasudando: "Plega al cielo,

Trampagos mío, que en descuento vaya

de mis pecados lo que aquí yo paso

por ti, dulce bien mío!"


CHIQUIZNAQUE:

¡Bravo triunfo!

¡Ejemplo raro de inmortal firmeza!

¡Allá lo habrá hallado!


TRAMPAGOS:

¿Quién lo duda?

Ni aun una sola lágrima vertieron

jamás sus ojos en las sacras pláticas,

cual si de esparto o pedernal su alma

formada fuera.


CHIQUIZNAQUE:

¡Oh, hembra benemérita

de griegas y romanas alabanzas!

¿De qué murió?


TRAMPAGOS:

¿De qué? Casi de nada:

los médicos dijeron que tenía

malos los hipocondrios y los hígados,

y que con agua de taray pudiera

vivir, si la bebiera, setenta años.


CHIQUIZNAQUE:

¿No la bebió?


TRAMPAGOS:

Murióse.


CHIQUIZNAQUE:

Fue una necia.

¡Bebiérala hasta el día del jüicio,

que hasta entonces viviera! El yerro estuvo

en no hacerla sudar.


TRAMPAGOS:

Sudó once veces.


Entra VADEMECUM con los asientos referidos


CHIQUIZNAQUE:

¿Y aprovechóle alguna?


TRAMPAGOS:

Casi todas:

siempre quedaba como un ginjo verde,

sana como un peruétano o manzana.


CHIQUIZNAQUE:

Dícenme que tenía ciertas fuentes

en las piernas y brazos.


TRAMPAGOS:

La sin dicha

era un Aranjuëz; pero, con todo,

hoy come en ella, la que llaman tierra,

de las más blancas y hermosas carnes

que jamás encerraron sus entrañas;

y, si no fuera porque habrá dos años

que comenzó a dañársele el aliento,

era abrazarla como quien abraza

un tiesto de albahaca o clavellinas.


CHIQUIZNAQUE:

Neguijón debió ser, o corrimiento,

el que dañó las perlas de su boca,

quiero decir, sus dientes y sus muelas.


TRAMPAGOS:

Una mañana amaneció sin ellos.


VADEMECUM:

Así es verdad, mas fue deso la causa

que anocheció sin ellos; de los finos,

cinco acerté a contarle; de los falsos,

doce disimulaba en la covacha.


TRAMPAGOS:

¿Quién te mete a ti en esto, mentecato?


VADEMECUM:

Acredito verdades.


TRAMPAGOS:

Chiquiznaque,

ya se me ha reducido a la memoria

la treta de denantes; toma, y vuelve

al ademán primero.


VADEMECUM:

Pongan pausa,

y quédese la treta en ese punto;

que acuden moscovitas al reclamo.

La Repulida viene y la Pizpita,

y la Mostrenca, y el jayán Juan Claros.


TRAMPAGOS:

Vengan en hora buena; vengan ellos

en cien mil norabuenas.


Entran la REPULIDA, la PIZPITA, la MOSTRENCA y el rufián JUAN CLAROS


JUAN:

En las mismas

esté mi sor Trampagos.


REPULIDA:

Quiera el cielo

mudar su escuridad en luz clarísima.


PIZPITA:

Desollado le viesen ya mis lumbres

de aquel pellejo lóbrego y escuro.


MOSTRENCA:

¡Jesús, y qué fantasma noturnina!

Quítenmele delante.


VADEMECUM:

¿Melindricos?


TRAMPAGOS:

Fuera yo un Polifemo, un antropófago,

un troglodita, un bárbaro Zoílo,

un caimán, un caribe, un comevivos,

si de otra suerte me adornara, en tiempo

de tamaña desgracia.


JUAN:

Razón tiene.


TRAMPAGOS:

¡He perdido una mina potosisca,

un muro de la yedra de mis faltas,

un árbol de la sombra de mis ansias!


JUAN:

Era la Pericona un pozo de oro.


TRAMPAGOS:

Sentarse a prima noche, y, a las horas

que se echa el golpe, hallarse con sesenta

numos en cuartos, ¿por ventura es barro?

Pues todo esto perdí en la que ya pudre.


REPULIDA:

Confieso mi pecado: siempre tuve

envidia a su no vista diligencia.

No puedo más; yo hago lo que puedo,

pero no lo que quiero.


PIZPITA:

No te penes,

pues vale más aquel que Dios ayuda,

que el que mucho madruga; ya me entiendes.


VADEMECUM:

El refrán vino aquí como de molde;

¡Tal os dé Dios el sueño, mentecatas!


MOSTRENCA:

Nacidas somos; no hizo Dios a nadie

a quien desamparase. Poco valgo;

pero, en fin, como y ceno, y a mi cuyo

le traigo más vestido que un palmito.

Ninguna es fea, como tenga bríos;

¡feo es el diablo!


VADEMECUM:

Alega la Mostrenca

muy bien de su derecho, y alegara

mejor si se añadiera el ser muchacha

y limpia, pues lo es por todo estremo.


CHIQUIZNAQUE:

En el que está Trampagos me da lástima.


TRAMPAGOS:

Vestíme este capuz; mis dos lanternas

convertí en alquitaras.


VADEMECUM:

¿De aguardiente?


TRAMPAGOS:

Pues, ¿tanto cuelo yo, hi de malicias?


VADEMECUM:

A cuatro lavanderas de la puente

puede dar quince y falta en la colambre;

miren qué ha de llorar, sino agua-ardiente.


JUAN:

Yo soy de parecer que el gran Trampagos

ponga silencio a su contino llanto

y vuelva al sicut erat in principio,

digo a sus olvidadas alegrías,

y tome prenda que las suyas quite;

que es bien que el vivo vaya a la hogaza,

como el muerto se va a la sepultura.


REPULIDA:

Zonzorino Catón es Chiquiznaque.


PIZPITA:

Pequeña soy, Trampagos, pero grande

tengo la voluntad para servirte;

no tengo cuyo, y tengo ochenta cobas.


REPULIDA:

Yo ciento, y soy dispuesta y nada lerda.


MOSTRENCA:

Veinte y dos tengo yo, y aun venticuatro,

y no soy mema.


REPULIDA:

¡Oh mi Jezúz! ¿Qué es esto?

¿Contra mí la Pizpita y la Mostrenca?

¿En tela quieres competir conmigo,

culebrilla de alambre, y tú, pazguata?


PIZPITA:

Por vida de los huesos de mi abuela,

doña Mari-Bobales, monda-níspolas,

que no la estimo en un feluz morisco.

¿Han visto el ángel tonto almidonado,

cómo quiere empinarse sobre todas?


MOSTRENCA:

Sobre mí no, a lo menos; que no sufro

carga que no me ajuste y me convenga.


JUAN:

Adviertan que defiendo a la Pizpita.


CHIQUIZNAQUE:

Consideren que está la Repulida

debajo de las alas de mi amparo.


VADEMECUM:

Aquí fue Troya, aquí se hacen rajas;

los de las cachas amarillas salen;

aquí, otra vez, fue Troya.


REPULIDA:

Chiquiznaque,

no he menester que nadie me defienda;

aparta, tomaré yo la venganza,

rasgando con mis manos pecadoras

la cara de membrillo cuartanario.


JUAN:

¡Repulida, respeto al gran Juan Claros!


PIZPITA:

Déjala, venga; déjala que llegue

esa cara de masa mal sobada.


Entra UNO muy alborotado


UNO:

Juan Claros, ¡la justicia, la justicia!

El alguacil de la justicia viene

la calle abajo.


Entrase luego


JUAN:

¡Cuerpo de mi padre!

¡No paro más aquí!


TRAMPAGOS:

Ténganse todos;

ninguno se alborote; que es mi amigo

el alguacil; no hay que tenerle miedo


Torna a entrar


UNO:

No viene acá, la calle abajo cuela.


CHIQUIZNAQUE:

El alma me temblaba ya en las carnes,

porque estoy desterrado.


TRAMPAGOS:

Aunque viniera,

no nos hiciera mal, yo lo sé cierto;

que no puede chillar, porque es[t]á untado.


VADEMECUM:

Cese, pues, la pendencia, y mi sor sea

el que escoja la prenda que le cuadre

o le esquine mejor.


REPULIDA:

Yo soy contenta.


PIZPITA:

Y yo también.


MOSTRENCA:

Y yo.


VADEMECUM:

Gracias al cielo,

que he hallado a tan gran mal, tan gran remedio.


TRAMPAGOS:

Abúrrome, y escojo.


MOSTRENCA:

Dios te guíe.


REPULIDA:

Si te aburres, Trampagos, la escogida

también será aburrida.


TRAMPAGOS:

Errado anduve;

sin aburrirme escojo.


MOSTRENCA:

Dios te guíe.


[TRAMPAGOS:]

Digo que escojo aquí a la Repulida.


JUAN:

Con su pan se la coma, Chiquiznaque.


CHIQUIZNAQUE:

Y aun sin pan, que es sabrosa en cualquier modo.


REPULIDA:

Tuya soy; ponme un clavo y una "S"

en estas dos mejillas.


PIZPITA:

¡Oh hechicera!


MOSTRENCA:

No es sino venturosa; no la envidies,

porque no es muy católico Trampagos,

pues ayer enterró a la Pericona,

y hoy la tiene olvidada.


REPULIDA:

Muy bien dices.


TRAMPAGOS:

Este capuz arruga, Vademécum;

y dile al padre que sobre él te preste

una docena de reales.


VADEMECUM:

Creo

Que tengo yo catorce.


TRAMPAGOS:

Luego luego,

parte, y trae seis azumbres de lo caro;

alas pon en los pies.


VADEMECUM:

Y en las espaldas.


Entrase VADEMECUM con el capuz, y queda en cuerpo TRAMPAGOS


TRAMPAGOS:

¡Por Dios, que si durara la bayeta,

que me pudieran enterrar mañana!


REPULIDA:

¡Ay, lumbre destas lumbres, que son tuyas,

y cuán mejor estás en este traje,

que en el otro, sombrío y malencónico!


Entran dos músicos, sin guitarras


MUSICO 1:

Tras el olor del jarro nos venimos

yo y mi compadre.


TRAMPAGOS:

En hora buena sea.

¿Y las guitarras?


MUSICO 1:

En la tienda quedan;

vaya por ellas Vademécum.


MUSICO 2:

Vaya...

mas yo quiero ir por ellas.


MUSICO 1:

De camino,


Entrase el un músico


Diga a mi oíslo que, si viene alguno

al rapio rapis, que me aguarde un poco:

que no haré sino colar seis tragos,

y cantar dos tonadas y partirme;

que ya el señor Trampagos, según muestra,

está para tomar armas de gusto.


Vuelve VADEMECUM


VADEMECUM:

Ya está en el antesala el jarro.


TRAMPAGOS:

Traile.


VADEMECUM:

No tengo taza.


TRAMPAGOS:

Ni Dios te la depare.

El cuerno de orinar no está estrenado;

tráele, que te maldiga el cielo santo;

que eres bastante a deshonrar un duque.


VADEMECUM:

Sosiéguese; que no ha de faltar copa,

y aun copas, aunque sean de sombreros.

[Aparte] A buen seguro que éste es churrullero.


Entra UNO, como cautivo, con una cadena al hombro, y pónese a mirar a todos muy atento, y todos a él


REPULIDA:

¡Jesús! ¿Es visión ésta? ¿Qué es aquesto?

¿No es éste Escarramán? él es, sin duda.

¡Escarramán del alma, dame, amores,

esos brazos, coluna de la hampa!


TRAMPAGOS:

¡Oh Escarramán, Escarramán amigo!

¿Cómo es esto? ¿A dicha eres estatua?

Rompe el silencio y habla a tus amigos.


PIZPITA:

¿Qué traje es éste y qué cadena es ésta?

¿Eres fantasma, a dicha? Yo te toco,

y eres de carne y hueso.


MOSTRENCA:

El es, amiga;

no lo puede negar, aunque más calle.


ESCARRAMAN:

Yo soy Escarramán, y estén atentos

al cuento breve de mi larga historia.


Vuelve el barbero con dos guitarras, y da la una al compañero


Dio la galera al traste en Berbería,

donde la furia de un jüez me puso

por espalder de la siniestra banda;

mudé de cautiverio y de ventura;

quedé en poder de turcos por esclavo;

de allí a dos meses, como el cielo plugo,

me levanté con una galeota;

cobré mi libertad y ya soy mío.

Hice voto y promesa invïolable

de no mudar de ropa ni de carga

hasta colgarla de los muros santos

de una devota ermita, que en mi tierra

llaman de San Millán de la Cogolla."

Y éste es el cuento de mi extraña historia,

digna de atesorarla en mi memoria.

La Méndez no estará ya de provecho.

¿Vive?


JUAN:

Y está en Granada a sus anchuras.


CHIQUIZNAQUE:

¡Allí le duele al pobre todavía!


ESCARRAMAN:

¿Qué se ha dicho de mí en aqueste mundo,

en tanto que en el otro me han tenido

mis desgracias y gracia?


MOSTRENCA:

Cien mil cosas;

ya te han puesto en la horca los farsantes.


PIZPITA:

Los muchachos han hecho pepitoria

de todas tus médulas y tus huesos.


REPULIDA:

Hante vuelto divino: ¿qué más quieres?


CHIQUIZNAQUE:

Cántante por las plazas, por las calles;

báilante en los teatros y en las casas;

has dado que hacer a los poetas,

más que dio Troya al mantuano Títiro.


JUAN:

Oyente resonar en los establos.


REPULIDA:

Las fregonas te alaban en el río;

los mozos de caballos te almohazan.


CHIQUIZNAQUE:

Túndete el tundidor con sus tijeras;

muy más que el potro rucio eres famoso.


MOSTRENCA:

Han pasado a las Indias tus palmeos,

en Roma se han sentido tus desgracias,

y hante dado botines sine numero.


VADEMECUM:

Por Dios que te han molido como alheña,

y te han desmenuzado como flores,

y que eres más sonado y más mocoso

que un reloj y que un niño de dotrina.

De ti han dado querella todos cuantos

bailes pasaron en la edad del gusto,

con apretada y dura residencia;

pero llevóse el tuyo la excelencia.


ESCARRAMAN:

Tenga yo fama, y háganme pedazos;

de éfeso el templo abrasaré por ella.


Tocan de improviso los músicos, y comienzan a cantar este romance:


«Ya salió de las gurapas

el valiente Escarramán,

para asombro de la gura

y para bien de su mal».


ESCARRAMAN:

¿Es aquesto brindarme, por ventura?

¿Piensan se me ha olvidado el regodeo?

Pues más ligero vengo que solía;

si no, toquen, y vaya, y fuera ropa.


PIZPITA:

¡Oh flor y fruto de los bailarines,<br y qué bueno has quedado!


VADEMECUM:

Suelto y limpio.


JUAN:

El honrará las bodas de Trampagos.


ESCARRAMAN:

Toquen; verán que soy hecho de azogue.


MUSICO:

Váyanse todos por lo que cantare,

y no será posible que se yerren.


ESCARRAMAN:

Toquen; que me deshago y que me bullo.


REPULIDA:

Ya me muero por verle en la estacada.


MUSICO:

Estén alerta todos.


CHIQUIZNAQUE:

Ya lo estamos.


Cantan


«Ya salió de las gurapas

el valiente Escarramán,

para asombro de la gura,

y para bien de su mal.

Ya vuelve a mostrar al mundo

su felice habilidad,

su ligereza y su brío,

y su presencia real.

Pues falta la Coscolina,

supla agora en su lugar

la Repulida, olorosa

más que la flor de azahar.

Y, en tanto que se remonda

la Pizpita sin igual,

de la Gallarda el paseo

nos muestre aquí Escarramán.


Tocan la Gallarda; dánzala ESCARRAMAN, que le ha de hacer el bailarín; y, en habiendo hecho una mudanza, prosíguese el romance


La Repulida comience,

con su brío, a rastrear,

pues ella fue la primera

que nos le vino a mostrar.

Escarramán la acompañe;

la Pizpita, otro que tal,

Chiquiznaque y la Mostrenca,

con Juan Claros el galán.

¡Vive Dios que va de perlas!

No se puede desear

más ligereza o más garbo,

más certeza o más compás.

¡A ello, hijos, a ello!

No se pueden alabar

otras ninfas ni otros rufos

que nos pueden igualar.

¡Oh, qué desmayar de manos!

¡Oh, qué huir y qué juntar!

¡Oh, qué nuevos laberintos,

donde hay salir y hay entrar!

Muden el baile a su gusto,

que yo le sabré tocar:

el Canario, o las Gambetas,

o Al villano se lo dan,

Zarabanda, o Zambapalo,

el Pésame dello y más;

el Rey don Alonso el Bueno,

gloria de la antigüedad».


ESCARRAMAN:

El Canario, si le tocan,

a solas quiero bailar.


MUSICO:

Tocaréle yo de plata;

tú de oro le bailarás.


Toca el Canario, y baila solo ESCARRAMAN; y, en habiéndole bailado, diga


ESCARRAMAN:

Vaya el villano a lo burdo,

con la cebolla y el pan,

y acompáñenme los tres.


MUSICO:

Que te bendiga San Juan.


Bailan el Villano, como bien saben, y, acabado el Villano, pida ESCARRAMAN el baile que quisiere, y acabado, diga TRAMPAGOS


TRAMPAGOS:

Mis bodas se han celebrado

mejor que las de Roldán.

Todos digan, como digo:

¡Viva, viva Escarramán!


TODOS: 

¡Viva, viva! 



FIN





La elección de los alcaldes de Daganzo


Salen el BACHILLER PESUÑA; PEDRO ESTORNUDO, escribano; PANDURO, regidor, y ALONSO ALGARROBA, regidor.


PANDURO

Rellánense; que todo saldrá a cuajo,

si es que lo quiere el cielo benditísimo.


ALGARROBA

Mas echémoslo a doce, y no se venda.


[PANDURO]

Paz, que no será mucho que salgamos

bien del negocio, si lo quiere el cielo.


[ALGARROBA]

Que quiera, o que no quiera, es lo que importa...


PANDURO

¡Algarroba, la luenga se os deslicia!

Habrad acomedido y de buen rejo,

que no me suenan bien esas palabras:

"quiera o no quiera el cielo", por San Junco,

que, como presomís de resabido, os arrojáis

a trochemoche en todo.


ALGARROBA

Cristiano viejo soy a todo ru[e]do,

y creo en Dios a pies jontillas.


BACHILLER

Bueno;

no hay más que desear.


ALGARROBA

Y si, por suerte,

hablé mal, yo confieso que soy ganso,

y doy lo dicho por no dicho.


ESTORNUDO

Basta;

no quiere Dios, del pecador más malo,

sino que viva y se arrepienta.


ALGARROBA

Digo

que vivo y me arrepiento, y que conozco

que el cielo puede hacer lo que él quisiere,

sin que nadie le pueda ir a la mano,

especial cuando llueve.


PANDURO

De las nubes,

Algarroba, cae el agua, no del cielo.


ALGARROBA

¡Cuerpo del mundo! Si es que aquí venimos

a reprochar los unos a los otros,

díganmoslo; que a fe que no le falten

reproches a Algarroba a cada paso.


BACHILLER

Redeamus ad rem, señor Panduro

y señor Algarroba; no se pase

el tiempo en niñerías escusadas.

¿Juntámonos aquí; para disputas

impertinentes? Bravo caso es éste,

que siempre que Panduro y Algarroba

están juntos, al punto se levantan

entre ellos mil borrascas y tormentas

de mil contraditorias intenciones


ESTORNUDO

El señor bachiller Pesuña tiene

demasiada razón: véngase al punto,

y mírese qué alcaldes nombraremos

para el año que viene, que sean tales,

que no los pueda calumniar Toledo,

sino que los confirmey dé por buenos,

pues para esto ha sido nuestra junta.


PANDURO

De las varas hay cuatro pretensores:

Juan Berrocal, Francisco de Humillos,

Miguel Jarrete y Pedro de la Rana;

hombres todos de chapa y de caletre,

que pueden gobernar, no que a Daganzo,

sino a la misma Roma.


ALGARROBA

A Romanillos.


ESTORNUDO

¿Hay otro apuntamiento? ¡Por San Pito,

que me salga del corro!


ALGARROBA

Bien parece

que se llama Estornudo el escribano,

que así se le encarama y sube el humo.

Sosiéguese, que yo no diré nada.


PANDURO

¿Hallarse han, por ventura, en todo el sorbe...?


ALGARROBA

¿Qué es sorbe, sorbehuevos? Orbe diga

el discreto Panduro, y serle ha sano.


PANDURO

Digo que en todo el mundo no es posible

que se hallen cuatro ingenioscomo aquestos

de nuestros pretensores.


ALGARROBA

Por lo menos,

yo sé que Berrocal tiene el más lindo distinto.


ESTORNUDO

¿Para qué?


ALGARROBA

Para ser sacre

en esto de mojón y catavinos.

En mi casa probó los días pasados

una tinaja, y dijo que sabía

el claro vino a palo, a cuero y hierro;

acabó la tinaja su camino,

y hallóse en el asiento della un palo

pequeño, y dél prendía una correa

de cordobán y una pequeña llave.


ESTORNUDO

¡Oh rara habilidad! ¡Oh raro ingenio!

Bien puede gobernar, el que tal sabe,

a Alanís y a Cazalla, y aun a Esquivias.


ALGARROBA

Miguel Jarrete es águila.


BACHILLER

¿En qué modo?


ALGARROBA

En tirar con un arco de bodoques.


BACHILLER

¿Que tan certero es?


ALGARROBA

Es de manera que,

si no fuese porque los más tiros

se da en la mano izquierda, no habría pájaro

en todo este contorno.


BACHILLER

¡Para alcalde

es rara habilidad, y necesaria!


ALGARROBA

¿Qué diré de Francisco de Humillos?

Un zapato remienda como un sastre.

Pues, ¿Pedro de la Rana? No hay memoria

que a la suya se iguale; en ella tiene

del antiguo y famoso Perro de Alba

todas las coplas, sin que letra falte.


PANDURO

Este lleva mi voto.


ESTORNUDO

Y aun el mío.


ALGARROBA

A Berrocal me atengo.


BACHILLER

Yo a ninguno,

si es que no dan más pruebas de su ingenio

a la jurisprudencia encaminadas.


ALGARROBA

Yo daré un buen remedio, y es aquéste:

hagan entrar los cuatro pretendientes,

y el señor bachiller Pesuña puede

examinarlos, pues del arte sabe,

y, conforme a su ciencia,así veremos

quién podrá ser nombrado para el cargo.


ESTORNUDO

¡Vive Dios, que es rarísima advertencia!


PANDURO

Aviso es que podrá servir de arbitrio

para Su Jamestad; que, como en Corte

hay potra-médicos, haya potra-alcaldes.


ALGARROBA

Prota, señor Panduro; que no potra.


PANDURO

Como vos no hay friscal en todo el mundo.


ALGARROBA

¡Fiscal, pese a mis males!


[ESTORNUDO]

¡Por Dios santo,

que es Algarroba impertinente!


ALGARROBA

Digo

que, pues se hace examen de barberos,

de herradores, de sastres, y se hace

de cirujanos y otras zarandajas,

también se examinasen para alcaldes;

y, al que se hallase suficiente y hábil

para tal menester, que se le diese

carta de examen, con la cual podría

el tal examinado remediarse;

porque, de lata en una blanca caja

la carta acomodando merecida,

a tal pueblo podrá llegar el pobre,

que le pesen a oro; que hay hogaño

carestía de alcaldes de caletre

en lugares pequeños casi siempre.


BACHILLER

Ello está muy bien dicho y bien pensado:

llamen a Berrocal; entre, y veamos

dónde llega la raya de su ingenio.


ALGARROBA

Humillos, Rana, Berrocal, Jarrete,

los cuatro pretensores, se han entrado;...

ya los tienes presentes.


Entran estos cuatro labradores.


BACHILLER

Bien venidos

sean vuesas mercedes.


BERROCAL

Bien hallados

vuesas mercedes sean.


PANDURO

Acomódense,

que asientos sobran.


HUMILLOS

¡Siéntome, y me siento!


JARRETE

Todos nos sentaremos, Dios loado.


RANA

¿De qué os sentís, Humillos?


HUMILLOS

De que vaya

tan a la larga nuestro nombramiento.

¿Hémoslo de comprar a gallipavos,

a cántaros de arrope y a abiervadas,

y botas de lo añejo tan crecidas,

que se arremetan a ser cueros? Díganlo,

y pondráse remedio y diligencia.


BACHILLER

No hay sobornos aquí; todos estamos

de un común parecer, y es que el que fuere

más hábil para alcalde, ése se tenga

por escogido y por llamado.


RANA

Bueno;

yo me contento.


BERROCAL

Y yo.


BACHILLER

Mucho en buen hora.


HUMILLOS

También yo me contento.


JARRETE

Dello gusto.


BACHILLER

Vaya de examen, pues.


HUMILLOS

De examen venga.


BACHILLER

¿Sabéis leer, Humillos?


HUMILLOS

No, por cierto,

ni tal se probará que en mi linaje

haya persona tan de poco asiento,

que se ponga a aprender esas quimeras,

que llevan a los hombres al brasero,

y a las mujeres, a la casa llana.

Leer no sé, mas sé otras cosas tales

que llevan al leer ventajas muchas.


BACHILLER

Y ¿cuáles cosas son?


HUMILLOS

Sé de memoria

todas cuatro oraciones, y las rezo

cada semana cuatro y cinco veces.


RANA

Y ¿con eso pensáis de ser alcalde?


HUMILLOS

Con esto, y con ser yo cristiano viejo,

me atrevo a ser un senador romano.


BACHILLER

Está muy bien. Jarrete diga agora

qué es lo que sabe.


JARRETE

Yo, señor Pesuña,

sé leer, aunque poco; deletreo,

y ando en el be-a-ba bien ha tres meses,

y en cinco más daré con ello a un cabo;

y, además desta ciencia que ya aprendo,

sé calzar un arado bravamente,

y herrar, casi en tres horas, cuatro pares

de novillos briosos y cerreros;

soy sano de mis miembros, y no tengo

sordez ni cataratas, tos ni reumas;

y soy cristiano viejo como todos,

y tiro con un arco como un Tulio.


ALGARROBA

¡Raras habilidades para alcalde;

necesarias y mucha[s]!


BACHILLER

Adelante.

¿Qué sabe Berrocal?


BERROCAL

Tengo en la lengua

toda mi habilidad, y en la garganta;

no hay mojón en el mundo que me llegue;

sesenta y seis sabores estampados

tengo en el paladar, todos vináticos.


ALGARROBA

Y ¿quiere ser alcalde?


BERROCAL

Y lo requiero;

pues, cuando estoy armado a lo de Baco,

así se me aderezan los sentidos,

que me parece a mí que en aquel punto

podría prestar leyes a Licurgo

y limpiarme con Bártulo.


PANDURO

¡Pasito,

que estamos en concejo!


BERROCAL

No soy nada

melindroso ni puerco; sólo digo

que no se me malogre mi justicia,

que echaré el bodegón por la ventana.


BACHILLER

Amenazas aquí, por vida mía,

mi señor Berrocal, que valen poco.

¿Qué sabe Pedro Rana?


RANA

Como Rana,

habré de cantar mal; pero, con todo,

diré mi condición, y no mi ingenio.

Yo, señores, si acaso fuese alcalde,

mi vara no sería tan delgada

como las que se usan de ordinario:

de una encina o de un roble la haría,

y gruesa de dos dedos, temeroso

que no me la encorvase el dulce peso

de un bolsón de ducados, ni otrasdádivas,

o ruegos, o promesas, o favores,

que pesan como plomo, y no se sienten

hasta que os han brumado las costillas

del cuerpo y alma; y, junto con aquesto,

sería bien criado y comedido,

parte severo y nada riguroso;

nunca deshonraría al miserable

que ante mí le trujesen sus delitos;

que suele lastimar una palabra

de un juez arrojado, de afrentosa,

mucho más que lastima su sentencia,

aunque en ella se intime cruel castigo

. No es bien que el poder quite la crianza,

ni que la sumisión de un delincuente

haga al juez soberbio y arrogante.


ALGARROBA

¡Vive Dios, que ha cantado nuestra Rana

mucho mejor que un cisne cuando muere!


PANDURO

Mil sentencias ha dicho censorinas.


ALGARROBA

De Catón Censorino; bien ha dicho

el regidor Panduro.


PANDURO

¡Reprochadme!


ALGARROBA

Su tiempo se vendrá.


ESTORNUDO

Nunca acá venga.

¡Terrible inclinación es, Algarroba,

la vuestra en reprochar!


ALGARROBA

¡No más, so escriba!


ESTORNUDO

¿Qué escriba, fariseo?


BACHILLER

¡Por San Pedro,

que son muy demasiadas demasías éstas!


ALGARROBA

Yo me burlaba.


ESTORNUDO

Y yo me burlo.


BACHILLER

Pues no se burlen más, por vida mía.


ALGARROBA

Quien miente, miente.


ESTORNUDO

Y quien verdad pronuncia,

dice verdad.


ALGARROBA

Verdad.


ESTORNUDO

Pues punto en boca.


HUMILLOS

Esos ofrecimientos que ha hecho Rana,

son desde lejos. A fe que si él empuña

vara, que él se trueque y sea otro hombre

del que ahora parece.


BACHILLER

Está de molde

lo que Humillos ha dicho.


HUMILLOS

Y más añado:

que, si me dan la vara, verán como

no me mudo ni trueco, ni me cambio.


BACHILLER

Pues veis aquí la vara, y haced cuenta

que sois alcalde ya.


ALGARROBA

¡Cuerpo del mundo!

¿La vara le dan zurda?


HUMILLOS

¿Cómo zurda?


ALGARROBA

Pues, ¿no es zurda esta vara? Un sordo o mudo

lo podrá echar de ver desde una legua.


HUMILLOS

¿Cómo, pues, si me dan zurda la vara,

quieren que juzgue yo derecho?


ESTORNUDO

El diablo

tiene en el cuerpo este Algarroba; ¡miren

dónde jamás se han visto varas zurdas!


Entra UNO


UNO

Señores, aquí están unos gitanos

con unas gitanillas milagrosas;

y, aunque la ocupación se les ha dicho

en que están sus mercedes, todavía

porfían que han de entrar a dar solacio

a sus mercedes.


BACHILLER

Entren, y veremos

si nos podrán servir para la fiesta

del Corpus, de quien yo soy mayordomo.


PANDURO

Entren mucho en buen hora.


BERROCAL

Entren luego.


HUMILLOS

Por mí, ya los deseo.


JARRETE

Pues yo, ¡pajas!


RANA

¿Ellos no son gitanos? Pues adviertan

que no nos hurten las narices.


UNO

Ellos,

sin que los llamen, vienen; ya están dentro.


Entran los MUSICOS, de gitanos, y dos gitanas bien aderezadas, y, al son deste romance, que han de cantar los músicos, ellas dancen.


[MÚSICOS]

Reverencia os hace el cuerpo,

regidores de Daganzo,

hombres buenos de repente,

hombres buenos de pensado;

de caletre prevenidos

para proveer los cargos

que la ambición solicita

entre moros y cristianos.

Parece que os hizo el cielo,

el cielo, digo, estrellado,

Sansones para las letras,

y para las fuerzas Bártulos.


JARRETE

Todo lo que se canta toca historia.


HUMILLOS

Ellas y ellos son únicos y ralos.


ALGARROBA

Algo tienen de espesos.


BACHILLER

Ea, sufficit.


MÚSICOS

Como se mudan los vientos,

como se mudan los ramos,

que, desnudos en invierno,

se visten en el verano,

mudaremos nuestros bailes

por puntos, y a cada paso;

pues mudarse las mujeres

no es nuevo ni estraño caso.

¡Vivan de Daganzo los regidores,

que parecen palmas, puesto que son robles!


Bailan


JARRETE

¡Brava trova, por Dios!


HUMILLOS

Y muy sentida.


BERROCAL

Éstas se han de imprimir, para que quede

memoria de nosotros en los siglos

de los siglos. Amén.


BACHILLER

Callen, si pueden.


MÚSICOS

¡Vivan y revivan,

y en siglos veloces

del tiempo los días

pasen con las noches,

sin trocar la edad,

que treinta años forme,

ni tocar las hojas

de sus alcornoques.

Los vientos, que anegan,

si contrarios corren,

cual céfiros blandos

en sus mares soplen.

¡Vivan de Daganzo los regidores,

que palmas parecen, puesto que son robles!


BACHILLER

El estribillo en parte me desplace;

pero, con todo, es bueno.


BERROCAL

Ea, callemos.


MUSICOS

Pisaré yo el polvico,

atán menudico;

pisaré yo el polvó,

atán menudó.


PANDURO

Estos músicos hacen pepitoria

de su cantar.


HUMILLOS

Son diablos los gitanos.


MUSICOS

Pisaré yo la tierra,

por más que esté dura,

puesto que me abra en ella

amor sepultura,

pues ya mi buena ventura

amor la pisó.

Atán menudó.

Pisaré yo lozana

el más duro suelo,

si en él acaso pisas

el mal que recelo.

Mi bien se ha pasado en vuelo,

y el polvo dejó

Atán menudó.


Entra un sotasacristán, muy mal endeliñado.


SACRISTAN

Señores regidores, ¡voto a digo!,

que es de bellacos tanto pasatiempo

¿Así se rige el pueblo, noramala,

entre guitarras, bailes y bureos?


BACHILLER

¡Agarradle, Jarrete!


JARRETE

Ya le agarro.


BACHILLER

Traigan aquí una manta; que, por Cristo,

que se ha de mantear este bellaco,

necio, desvergonzado e insolente,

y atrevido además.


SACRISTÁN

¡Oigan, señores!


ALGARROBA

Volveré con la manta a las volandas.


Entrase ALGARROBA


SACRISTÁN

Miren que les intimo que soy presbiter.


BACHILLER

¿Tú presbítero, infame?


SACRISTÁN

Yo presbítero;

o de prima tonsura, que es lo mismo.


PANDURO

Agora lo veredes, dijo Agrajes.


SACRISTÁN

No hay Agrajes aquí.


BACHILLER

Pues habrá grajos

que te piquen la lengua y aun los ojos.


RANA

Dime, desventurado: ¿qué demonio

se revistió en tu lengua? ¿Quién te mete

a ti en reprehender a la justicia?

¿Has tú de gobernar a la república?

Métete en tus campanas y en tu oficio.

Deja a los que gobiernan; que ellos saben

lo que han de hacer mejor que no nosotros.

Si fueren malos, ruega por su enmienda;

si buenos, porqueDios no nos los quite.


BACHILLER

Nuestro Rana es un santo y un bendito.


Vuelve ALGARROBA; trae la manta


ALGARROBA

No ha de quedar por manta.


BACHILLER

Asgan, pues, todos,

sin que queden gitanos ni gitanas.

¡Arriba, amigos!


SACRISTÁN

¡Por Dios, que va de veras!

¡Vive Dios, si me enojo, que bonito

soy yo para estas burlas! ¡Por San Pedro,

que están descomulgadostodos cuantos

han tocado los pelos de la manta!


RANA

Basta, no más; aquí cese el castigo;

que el pobre debe estar arrepentido.


SACRISTÁN

Y molido, que es más. De aquí adelante

me coseré la boca con dos cabos

de zapatero.


RANA

Aqueso es lo que importa.


BACHILLER

Vénganse los gitanos a mi casa,

que tengo qué decilles.


GITANO

Tras ti vamos.


BACHILLER

Quedarse ha la elección para mañana,

y desde luego doy mi voto a Rana.


GITANO

¿Cantaremos, señor?


BACHILLER

Lo que quisiéredes.


PANDURO

No hay quien cante cual nuestra Rana canta.


JARRETE

No solamente canta, sino encanta.



Entranse cantando: «Pisaré yo el polvico...»



FIN




La guarda cuidadosa

 

Sale un soldado a lo pícaro, con una muy mala banda y un antojo, y detrás dél un mal sacristán.


SOLDADO: ¿Qué me quieres, sombra vana?

SACRISTÁN: No soy sombra vana, sino cuerpo macizo.

SOLDADO: Pues, con todo eso, por la fuerza de mi desgracia, te conjuro que me digas quién eres, y qué es lo que buscas por esta calle.

SACRISTÁN: A eso te respondo, por la fuerza de mi dicha, que soy Lorenzo Pasillas, sotasacristán desta parroquia, y busco en esta calle lo que hallo, y tú buscas y no hallas.

SOLDADO: ¿Buscas por ventura a Cristinica, la fregona desta casa?

SACRISTÁN: Tu dixisti.

SOLDADO: Pues ven acá, sotasacristán de Satanás.

SACRISTÁN: Pues voy allá, caballo de Ginebra.

SOLDADO: Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven acá, digo otra vez, ¿y tú no sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con un chuzo, que Cristinica es prenda mía?

SACRISTÁN: ¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada, que está por sus cabales y por mía?

SOLDADO: ¡Vive Dios, que te dé mil cuchilladas, y que te haga la cabeza pedazos!

SACRISTÁN: Con las que le cuelgan desas calzas, y con los dese vestido, se podrá entretener, sin que se meta con los de mi cabeza.

SOLDADO: ¿Has hablado alguna vez a Cristina?

SACRISTÁN: Cuando quiero.

SOLDADO: ¿Qué dádivas le has hecho?

SACRISTÁN: Muchas.

SOLDADO: ¿Cuántas y cuáles?

SACRISTÁN: Dile una destas cajas de carne de membrillo, muy grande, llena de cercenaduras de hostias blancas como la misma nieve, y de añadidura cuatro cabos de velas de cera, asimismo blancas como un armiño.

SOLDADO: ¿Qué más le has dado?

SACRISTÁN: En un billete envueltos, cien mil deseos de servirla.

SOLDADO: Y ella, ¿cómo te ha correspondido?

SACRISTÁN: Con darme esperanzas propincuas de que ha de ser mi esposa.

SOLDADO: ¿Luego, no eres de epístola?

SACRISTÁN: Ni aun de completas. Motilón soy, y puedo casarme cada y cuando me viniere en voluntad; y presto lo veredes.

SOLDADO: Ven acá, motilón arrastrado; respóndeme a esto que preguntarte quiero. Si esta mochacha ha correspondido tan altamente, lo cual yo no creo, a la miseria de tus dádivas, ¿cómo corresponderá a la grandeza de las mías? Que el otro día le envié un billete amoroso, escrito por lo menos en un revés de un memorial que di a Su Majestad, significándole mis servicios y mis necesidades presentes (que no cae en mengua el soldado que dice que es pobre), el cual memorial salió decretado y remitido al limosnero mayor; y, sin atender a que sin duda alguna me podía valer cuatro o seis reales, con liberalidad increíble y con desenfado notable, escribí en el revés dél, como he dicho, mi billete; y sé que de mis manos pecadoras llegó a las suyas casi santas.

SACRISTÁN: ¿Hasle enviado otra cosa?

SOLDADO: Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayos, con toda la caterva de las demonstraciones necesarias que para descubrir su pasión los buenos enamorados usan, y deben de usar en todo tiempo y sazón.

SACRISTÁN: ¿Hasle dado alguna música concertada?

SOLDADO. La de mis lamentos y congojas, las de mis ansias y pesadumbres.

SACRISTÁN: Pues a mí me ha acontecido dársela con mis campanas a cada paso; y tanto, que tengo enfadada a toda la vecindad con el continuo ruido que con ellas hago, sólo por darle contento y porque sepa que estoy en la torre, ofreciéndome a su servicio; y, aunque haya de tocar a muerto, repico a vísperas solenes.

SOLDADO: En eso me llevas ventaja, porque no tengo qué tocar, ni cosa que lo valga.

SACRISTÁN: ¿Y de qué manera ha correspondido Cristina a la infinidad de tantos servicios como le has hecho?

SOLDADO: Con no verme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona y el agua de fregar cuando friega; y esto es cada día, porque todos los días estoy en esta calle y a su puerta; porque soy su guarda cuidadosa; soy, en fin, el perro del hortelano, etc. Yo no la gozo, ni ha de gozarla ninguno mientras yo viviere; por eso, váyase de aquí el señor sotasacristán; que, por haber tenido y tener respeto a las órdenes que tiene, no le tengo ya rompidos los cascos.

SACRISTÁN: A rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos estuvieran.

SOLDADO: El hábito no hace al monje; y tanta honra tiene un soldado roto por causa de la guerra, como la tiene un colegial con el manto hecho añicos, porque en él se muestra la antigüedad de sus estudios; ¡y váyase, que haré lo que dicho tengo!

SACRISTÁN: ¿Es porque me ve sin armas? Pues espérese aquí, señor guarda cuidadosa, y verá quién es Callejas.

SOLDADO: ¿Qué puede ser un Pasillas?

SACRISTÁN: «¡Ahora lo veredes!», dijo Agrajes.


Éntrase el sacristán.


SOLDADO: ¡Oh, mujeres, mujeres, todas, o las más, mudables y antojadizas! ¿Dejas, Cristina, a esta flor, a este jardín de la soldadesca, y acomódaste con el muladar de un sotasacristán, pudiendo acomodarte con un sacristán entero, y aun con un canónigo? Pero yo procuraré que te entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto, con ojear desta calle y de tu puerta los que imaginare que por alguna vía pueden ser tus amantes; y así vendré a alcanzar nombre de la guarda cuidadosa.


Entra un MOZO con su caja y ropa verde, como estos que piden limosna para alguna imagen.


MOZO: Den, por Dios, para la lámpara del aceite de Señora Santa Lucía, que les guarde la vista de los ojos. ¡Ha de casa! ¿Dan limosna?

SOLDADO: Hola, amigo Santa Lucía, venid acá: ¿qué es lo que queréis en esa casa?

MOZO: ¿Ya vuesa merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de Señora Santa Lucía.

SOLDADO: ¿Pedís para la lámpara o para el aceite de la lámpara? Que, como decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es del aceite, y no el aceite de la lámpara.

MOZO: Ya todos entienden que pido para aceite de la lámpara, y no para la lámpara del aceite.

SOLDADO: ¿Y suelen os dar limosna en esta casa?

MOZO: Cada día dos maravedís.

SOLDADO: ¿Y quién sale a dároslos?

MOZO: Quien se halla más a mano; aunque las más veces sale una fregoncita que se llama Cristina, bonita como un oro.

SOLDADO: ¿Así que es la fregoncita bonita como un oro?

MOZO: ¡Y como unas perlas!

SOLDADO: ¿De modo que no os parece mal a vos la muchacha?

MOZO: Pues, aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecerme mal.

SOLDADO: ¿Cómo os llamáis? Que no querría volveros a llamar Santa Lucía.

MOZO: Yo, señor, Andrés me llamo.

SOLDADO: Pues, señor Andrés, esté en lo que quiero decirle: tome este cuarto de a ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro días de la limosna que le dan en esta casa y suele recebir por mano de Cristina; y váyase con Dios, y séale aviso que por cuatro días no vuelva a llegar a esta puerta ni por lumbre, que le romperé las costillas a coces.

MOZO: Ni aun volveré en este mes, si es que me acuerdo. No tome vuesa merced pesadumbre, que ya me voy.


Vase.


SOLDADO: ¡No, sino dormíos, guarda cuidadosa!


Entra otro MOZO, vendiendo y pregonando tranzaderas, holanda de Cambray, randas de Flandes y hilo portugués.


UNO: ¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, holanda, cambray, hilo portugués?

CRISTINA, a la ventana.

CRISTINA: ¡Hola, Manuel! ¿Traéis vivos para unas camisas?

UNO: Sí traigo; y muy buenos.

CRISTINA. Pues entra, que mi señora los ha menester.

SOLDADO: ¡Oh estrella de mi perdición, antes que norte de mi esperanza! Tranzaderas, o como os llamáis, ¿conocéis aquella doncella que os llamó desde la ventana?

UNO: Sí conozco; pero, ¿por qué me lo pregunta vuesa merced?

SOLDADO: ¿No tiene muy buen rostro y muy buena gracia?

UNO: A mí así me lo parece.

SOLDADO: Pues también me parece a mí que no entre dentro desa casa; si no, ¡por Dios, que he de molelle los huesos, sin dejarle ninguno sano!

UNO: Pues, ¿no puedo yo entrar adonde me llaman para comprar mi mercadería?

SOLDADO: ¡Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y luego!

UNO: ¡Terrible caso! Pasito, señor soldado, que ya me voy.


(Vase Manuel.)


CRISTINA, a la ventana.

CRISTINA: ¿No entras, Manuel?

SOLDADO: Ya se fue Manuel, señora la de los vivos, y aun señora la de los muertos, porque a muertos y a vivos tienes debajo de tu mando y señorío.

CRISTINA: ¡Jesús, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta puerta?


Éntrase CRISTINA


SOLDADO. Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.


Entra un ZAPATERO con unas chinelas pequeñas nuevas en la mano, y, yendo a entrar en casa de CRISTINA, detiénele el SOLDADO


SOLDADO: Señor bueno, ¿busca vuesa merced algo en esta casa?

ZAPATERO: Sí busco.

SOLDADO: ¿Y a quién, si fuere posible saberlo?

ZAPATERO: ¿Por qué no? Busco a una fregona que está en esta casa, para darle estas chinelas que me mandó hacer.

SOLDADO: ¿De manera que vuesa merced es su zapatero?

ZAPATERO: Muchas veces la he calzado.

SOLDADO: ¿Y hale de calzar ahora estas chinelas?

ZAPATERO: No será menester; si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele traer, sí calzara.

SOLDADO: ¿Y éstas, están pagadas, o no?

ZAPATERO: No están pagadas; que ella me las ha de pagar agora.

SOLDADO: ¿No me haría vuesa merced una merced, que sería para mí muy grande, y es que me fiase estas chinelas, dándole yo prendas que lo valiesen, hasta desde aquí a dos días, que espero tener dineros en abundancia?

ZAPATERO: Sí haré, por cierto: venga la prenda, que, como soy pobre oficial, no puedo fiar a nadie.

SOLDADO: Yo le daré a vuesa merced un mondadientes, que le estimo en mucho, y no le dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene vuesa merced la tienda, para que vaya a quitarle?

ZAPATERO: En la calle Mayor, en un poste de aquellos, y llámome Juan Juncos.

SOLDADO: Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es éste, y estímele vuesa merced en mucho, porque es mío.

ZAPATERO: Pues, ¿una biznaga, que apenas vale dos maravedís, quiere vuesa merced que estime en mucho?

SOLDADO: ¡Oh, pecador de mí! No la doy yo sino para recuerdo de mí mismo; porque, cuando vaya a echar mano a la faldriquera y no halle la biznaga, me venga a la memoria que la tiene vuesa merced y vaya luego a quitalla; sí, a fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero, si no está contento con ella, añadiré esta banda y este antojo; que al buen pagador no le duelen prendas.

ZAPATERO: Aunque zapatero, no soy tan descortés que tengo de despojar a vuesa merced de sus joyas y preseas; vuesa merced se quede con ellas, que yo me quedaré con mis chinelas, que es lo que me está más a cuento.

SOLDADO: ¿Cuántos puntos tienen?

ZAPATERO: Cinco escasos.

SOLDADO: Más escaso soy yo, chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis reales para pagaros; ¡chinelas de mis entrañas! Escuche vuesa merced, señor zapatero, que quiero glosar aquí de repente este verso, que me ha salido medido:

Chinelas de mis entrañas.

ZAPATERO: ¿Es poeta vuesa merced?

SOLDADO: Famoso, y agora lo verá; estéme atento.

Chinelas de mis entrañas.

Glosa

Es Amor tan gran tirano,

que, olvidado de la fe

que le guardo siempre en vano,

hoy, con la funda de un pie,

da a mi esperanza de mano.

Éstas son vuestras hazañas,

fundas pequeñas y hurañas;

que ya mi alma imagina

que sois, por ser de Cristina,

Chinelas de mis entrañas.

ZAPATERO: A mí poco se me entiende de trovas; pero éstas me han sonado tan bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son o parecen buenas.

SOLDADO: Pues, señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no fuera mucho, y más sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas, llévelo, a lo menos, de que vuesa merced me las guarde hasta desde aquí a dos días, que yo vaya por ellas; y por ahora, digo, por esta vez, el señor zapatero no ha de ver ni hablar a Cristina.

ZAPATERO: Yo haré lo que me manda el señor soldado, porque se me trasluce de qué pies cojea, que son dos: el de la necesidad y el de los celos.

SOLDADO: Ése no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe.

ZAPATERO: ¡Oh, celos, celos, cuán mejor os llamaran duelos, duelos!


Éntrase el ZAPATERO


SOLDADO: No, sino no seáis guarda, y guarda cuidadosa, y veréis cómo se os entra[n] mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento. Pero, ¿qué voz es ésta? Sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada cantando, cuando barre o friega.


Suenan dentro platos, como que friegan, y cantan:


Sacristán de mi vida,

tenme por tuya,

y, fiado en mi fe,

canta alleluia.


SOLDADO: ¡Oídos que tal oyen! Sin duda el sacristán debe de ser el brinco de su alma. ¡Oh platera, la más limpia que tiene, tuvo o tendrá el calendario de las fregonas! ¿Por qué, así como limpias esa loza talaveril que traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sotasacristaniles?


Entra el AMO de Cristina.


AMO: Galán, ¿qué quiere o qué busca a esta puerta?

SOLDADO: Quiero más de lo que sería bueno, y busco lo que no hallo; pero, ¿quién es vuesa merced que me lo pregunta?

AMO: Soy el dueño desta casa.

SOLDADO: ¿El amo de Cristinica?

AMO: El mismo.

SOLDADO: Pues lléguese vuesa merced a esta parte, y tome este envoltorio de papeles; y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veinte y dos fees de veinte y dos generales, debajo de cuyos estandartes he servido, amén de otras treinta y cuatro de otros tantos maestres de campo, que se han dignado de honrarme con ellas.

AMO: Pues no ha habido, a lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de campo de infantería española de cien años a esta parte

SOLDADO: Vuesa merced es hombre pacífico, y no está obligado a entendérsele mucho de las cosas de la guerra; pase los ojos por esos papeles, y verá en ellos, unos sobre otros, todos los generales y maestres de campo que he dicho.

AMO: Yo los doy por pasados y vistos; pero, ¿de qué sirve darme cuenta desto?

SOLDADO: De que hallará vuesa merced por ellos ser posible ser verdad una que agora diré, y es que estoy consultado en uno de tres castillos y plazas, que están vacas en el reino de Nápoles; conviene a saber: Gaeta, Barleta y Rijobes.

AMO: Hasta agora, ninguna cosa me importa a mí estas relaciones que vuesa merced me da.

SOLDADO: Pues, yo sé que le han de importar, siendo Dios servido.

AMO: ¿En qué manera?

SOLDADO: En que, por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de salir proveído en una destas plazas, y quiero casarme agora con Cristinica; y, siendo yo su marido, puede vuesa merced hacer de mi persona y de mi mucha hacienda como de cosa propria; que no tengo de mostrarme desagradecido a la crianza que vuesa merced ha hecho a mi querida y amada consorte.

AMO: Vuesa merced lo ha de los cascos más que de otra parte.

SOLDADO: Pues, ¿sabe cuánto le va, señor dulce? Que me la ha de entregar luego luego, o no ha de atravesar los umbrales de su casa.

AMO: ¡Hay tal disparate! ¿Y quién ha de ser bastante para quitarme que no entre en mi casa?


Vuelve el sotasacristán Pasillas, armado con un tapador de tinaja y una espada muy mohosa; viene con él otro sacristán, con un morrión y una vara o palo, atado a él un rabo de zorra.


SACRISTÁN: ¡Ea, amigo Grajales, que éste es el turbador de mi sosiego!

GRAJALES: No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas; que ya le hubiera despachado al otro mundo a toda diligencia.

AMO: ¡Ténganse, gentiles hombres! ¿Qué desmán y qué acecinamiento es éste?

SOLDADO: ¡Ladrones! ¿A traición y en cuadrilla? Sacristanes falsos, voto a tal que os tengo de horadar, aunque tengáis más órdenes que un ceremonial. Cobarde, ¿a mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, o piensas que estás quitando el polvo a alguna imagen de bulto?

GRAJALES: No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.


A la ventana Cristina y su ama.


CRISTINA. ¡Señora, señora, que matan a mi señor! Más de dos mil espadas están sobre él, que relumbran que me quitan la vista.

ELLA: Dices verdad, hija mía; Dios sea con él santa Úrsula, con las once mil vírgenes, sea en su guarda. Ven, Cristina, y bajemos a socorrerle como mejor pudiéremos.

AMO. Por vida de vuesas mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es bien usar de superchería con nadie.

SOLDADO: ¡Tente, rabo, y tente, tapadorcillo; no acabéis de despertar mi cólera, que, si la acabo de despertar, os mataré, y os comeré, y os arrojaré por la puerta falsa dos leguas más allá del infierno!

AMO: ¡Ténganse, digo; si no, por Dios que me descomponga de modo que pese a alguno!

SOLDADO: Por mí, tenido soy; que te tengo respeto, por la imagen que tienes en tu casa.

SACRISTÁN: Pues, aunque esa imagen haga milagros, no os ha de valer esta vez.

SOLDADO: ¿Han visto la desvergüenza deste bellaco, que me viene a hacer cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?


Entran CRISTINA y su SEÑORA


ELLA: ¡Ay, marido mío! ¿Estáis, por desgracia, herido, bien de mi alma?

CRISTINA: ¡Ay desdichada de mí! Por el siglo de mi padre, que son los de la pendencia mi sacristán y mi soldado.

SOLDADO: Aun bien que voy a la parte con el sacristán; que también dijo: «mi soldado».

AMO: No estoy herido, señora, pero sabed que toda esta pendencia es por Cristinica.

ELLA: ¿Cómo por Cristinica?

AMO: A lo que yo entiendo, estos galanes andan celosos por ella.

ELLA: Y ¿es esto verdad, muchacha?

CRISTINA: Sí, señora.

ELLA. ¡Mirad con qué poca vergüenza lo dices! Y ¿hate deshonrado alguno dellos?

CRISTINA: Sí, señora.

ELLA: ¿cuál?

CRISTINA: El sacristán me deshonró el otro día, cuando fui al Rastro.

ELLA: ¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de casa; que ya era grande, y no convenía apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y de paja? Y ¿dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?

CRISTINA: A ninguna parte, sino allí, en mitad de la calle.

ELLA: ¿Cómo en mitad de la calle?

CRISTINA: Allí, en mitad de la calle de Toledo, a vista de Dios y de todo el mundo, me llamó de sucia y de deshonesta, de poca vergüenza y menos miramiento, y otros muchos baldones deste jaez; y todo por estar celoso de aquel soldado.

AMO: Luego, ¿no ha pasado otra cosa entre ti ni él, sino esa deshonra que en la calle te hizo?

CRISTINA: No, por cierto, porque luego se le pasa la cólera.

ELLA: El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenía ya casi desamparado.

CRISTINA: Y más, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula que me ha dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.

AMO: Muestra, veamos.

ELLA: Leedla alto, marido.

AMO: Así dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sotasacristán desta parroquia, que quiero bien, y muy bien, a la señora Cristina de Parraces; y en fee desta verdad, le di ésta, firmada de mi nombre, fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, a seis de mayo deste presente año de mil y seiscientos y once. Testigos: mi corazón, mi entendimiento, mi voluntad y mi memoria.—Lorenzo Pasillas». ¡Gentil manera de cédula de matrimonio!

SACRISTÁN: Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella quisiere que yo haga por ella; porque, quien da la voluntad, lo da todo.

AMO: Luego, si ella quisiese, ¿bien os casaríades con ella?

SACRISTÁN: De bonísima gana, aunque perdiese la espectativa de tres mil maravedís de renta que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela mía, según me han escrito de mi tierra.

SOLDADO: Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve días hace hoy que, al entrar de la Puente Segoviana, di yo a Cristina la mía, con todos los anejos a mis tres potencias; y, si ella quisiere ser mi esposa, algo irá a decir de ser castellano de un famoso castillo, a un sacristán no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar algo.

AMO: ¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?

CRISTINA. Sí tengo.

AMO. Pues escoge, destos dos que se te ofrecen, el que más te agradare.

CRISTINA: Tengo vergüenza.

ELLA: No la tengas; porque el comer y el casar ha de ser a gusto proprio, y no a voluntad ajena.

CRISTINA: Vuesas mercedes, que me han criado, me darán marido como me convenga; aunque todavía quisiera escoger.

SOLDADO: Niña, échame el ojo; mira mi garbo; soldado soy, castellano pienso ser; brío tengo de corazón; soy el más galán hombre del mundo; y, por el hilo deste vestidillo, podrás sacar el ovillo de mi gentileza.

SACRISTÁN: Cristina, yo soy músico, aunque de campanas; para adornar una tumba y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningún sacristán me puede llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejercitar casado, y ganar de comer como un príncipe.

AMO: Ahora bien, muchacha, escoge de los dos el que te agrada; que yo gusto dello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes competidores.

SOLDADO: Yo me allano.

SACRISTÁN: Y yo me rindo.

CRISTINA: Pues escojo al sacristán.


Han entrado los músicos.


AMO: Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus guitarras y voces nos entremos a celebrar el desposorio, cantando y bailando; y el señor soldado será mi convidado.

SOLDADO: Acepto:

Que, donde hay fuerza de hecho,

se pierde cualquier derecho.

MÚSICO: Pues hemos llegado a tiempo, éste será el estribillo de nuestra letra.


Cantan el estribillo


SOLDADO: Siempre escogen las mujeres

aquello que vale menos, 

porque excede su mal gusto

a cualquier merecimiento.

Ya no se estima el valor,

porque se estima el dinero,

pues un sacristán prefieren

a un roto soldado lego.

Mas no es mucho, que ¿quién vio

que fue su voto tan necio,

que a sagrado se acogiese,

que es de delincuentes puerto?

Que a donde hay fuerza, etc.

SACRISTÁN: Como es proprio de un soldado,

que es sólo en los años viejo,

y se halla sin un cuarto

porque ha dejado su tercio,

imaginar que ser puede

pretendiente de Gaiferos,

conquistando por lo bravo

lo que yo por manso adquiero,

no me afrentan tus razones,

pues has perdido en el juego;

que siempre un picado tiene

licencia para hacer fieros.

Que adonde, etc.


Éntranse cantando y bailando. 



FIN






El vizcaino fingido

 

Entran SOLORZANO Y QUIÑONES


SOLÓRZANO

Éstas son las bolsas, y, a lo que parecen, son bien parecidas; y las cadenas que van dentro, ni más ni menos. No hay sino que vos acudáis con mi intento; que, a pesar de la taimería desta sevillana, ha de quedar esta vez burlada.


QUIÑONES

¿Tanta honra se adquiere, o tanta habilidad se muestra en engañar a una mujer, que lo tomáis con tanto ahínco y ponéis tanta solicitud en ello?


SOLÓRZANO

Cuando las mujeres son como éstas, es gusto el burlallas; cuanto más, que esta burla no ha de pasar de los tejados arriba; quiero decir, que ni ha de ser con ofensa de Dios ni con daño de la burlada; que no son burlas las que redundan en desprecio ajeno.


QUIÑONES

Alto; pues vos lo queréis, sea así; digo que yo os ayudaré en todo cuanto me habéis dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo puedo más encarecer. ¿Adónde vais agora?


SOLÓRZANO

Derecho en casa de la ninfa; y vos no salgáis de casa, que yo os llamaré a su tiempo.


QUIÑONES

Allí estaré clavado, esperando.


Éntranse los dos.

Salen DOÑA CRISTINA y DOÑA BRÍGIDA; Cristina sin manto, y Brígida con él, toda asustada y turbada.


CRISTINA

¡Jesús! ¿Qué es lo que traes, amiga doña Brígida, que parece que quieres dar el alma a su Hacedor?


BRÍGIDA

Doña Cristina, amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este rostro, que me muero, que me fino, que se me arranca el alma. ¡Dios sea conmigo! ¡Confesión a toda priesa!


CRISTINA

¿Qué es esto? ¡Desdichada de mí! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha sucedido? ¿Has visto alguna mala visión? ¿Hante dado alguna mala nueva de que es muerta tu madre, o de que viene tu marido, o hante robado tus joyas?


BRÍGIDA

Ni he visto visión alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi marido, que aún le faltan tres meses para acabar el negocio donde fue, ni me han robado mis joyas; pero hame sucedido otra cosa peor.


CRISTINA

Acaba; dímela, doña Brígida mía; que me tienes turbada y suspensa hasta saberla.


BRÍGIDA

¡Ay, querida! Que también te toca a ti parte deste mal suceso. Límpiame este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor más frío que la nieve. ¡Desdichadas de aquéllas que andan en la vida libre, que, si quieren tener algún poquito de autoridad, granjeada de aquí o de allí, se la dejarretan y se la quitan al mejor tiempo!


CRISTINA

Acaba, por tu vida, amiga, y dime lo que te ha sucedido, y qué es la desgracia de quien yo también tengo de tener parte.


BRÍGIDA

¡Y cómo si tendrás parte! Y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has de saber, hermana, que, viniendo agora a verte, al pasar por la puerta de Guadalajara, oí que, en medio de infinita justicia y gente, estaba un pregonero pregonando que quitaban los coches, y que las mujeres descubriesen los rostros por las calles.


CRISTINA

Y ¿ésa es la mala nueva?


BRÍGIDA

Pues para nosotras, ¿puede ser peor en el mundo?


CRISTINA

Yo creo, hermana, que debe de ser alguna reformación de los coches: que no es posible que los quiten de todo punto; y será cosa muy acertada, porque, según he oído decir, andaba muy de caída la caballería en España, porque se empanaban diez o doce caballeros mozos en un coche, y azotaban las calles de noche y de día, sin acordárseles que había caballos y jineta en el mundo; y, como les falte la comodidad de las galeras de la tierra, que son los coches, volverán al ejercicio de la caballería, con quien sus antepasados se honraron.


BRÍGIDA

¡Ay, Cristina de mi alma! Que también oí decir que, aunque dejan algunos, es con condición que no se presten, ni que en ellos ande ninguna...; ya me entiendes.


CRISTINA

Ese mal nos hagan; porque has de saber, hermana, que está en opinión, entre los que siguen la guerra, cuál es mejor, la caballería o la infantería; y hase averiguado que la infantería española lleva la gala a todas las naciones; y agora podremos las alegres mostrar a pie nuestra gallardía, nuestro garbo y nuestra bizarría, y más, yendo descubiertos los rostros, quitando la ocasión de que ninguno se llame a engaño si nos sirviese, pues nos ha visto.


BRÍGIDA

¡Ay Cristina! No me digas eso, que linda cosa era ir sentada en la popa de un coche, llenándola de parte a parte, dando rostro a quien y como y cuando quería. Y, en Dios y en mi ánima, te digo que, cuando alguna vez me le prestaban, y me vía sentada en él con aquella autoridad, que me desvanecía tanto, que creía bien y verdaderamente que era mujer principal, y que más de cuatro señoras de título pudieran ser mis criadas.


CRISTINA

¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razón en decir que ha sido bien quitar los coches, siquiera por quitarnos a nosotras el pecado de la vanagloria? Y más, que no era bien que un coche igualase a las no tales con las tales; pues, viendo los ojos estranjeros a una persona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaría a perder la cortesía, haciéndosela a ella como si fuera a una principal señora. Así que, amiga, no debes congojarte, sino acomoda tu brío y tu limpieza, y tu manto de soplillo sevillano, y tus nuevos chapines, en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por esas calles; que yo te aseguro que no falten moscas a tan buena miel, si quisieres dejar que a ti se lleguen; que engaño en más va que en besarla durmiendo.


BRÍGIDA

Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos y consejos; y en verdad que los pienso poner en prática, y pulirme y repulirme, y dar rostro a pie, y pisar el polvico atán menudico, pues no tengo quien me corte la cabeza; que este que piensan que es mi marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo.


CRISTINA

¡Jesús! ¿Tan a la sorda y sin llamar se entra en mi casa, señor? ¿Qué es lo que vuesa merced manda?


Entra SOLÓRZANO.


SOLÓRZANO

Vuesa merced perdone el atrevimiento, que la ocasión hace al ladrón: hallé la puerta abierta y entréme, dándome ánimo al entrarme venir a servir a vuesa merced, y no con palabras, sino con obras; y, si es que puedo hablar delante desta señora, diré a lo que vengo, y la intención que traigo.


CRISTINA

De la buena presencia de vuesa merced no se puede esperar sino que han de ser buenas sus palabras y sus obras. Diga vuesa merced lo que quisiere, que la señora doña Brígida es tan mi amiga, que es otra yo misma.


SOLÓRZANO

Con ese seguro y con esa licencia, hablaré con verdad; y con verdad, señora, soy un cortesano a quien vuesa merced no conoce.


CRISTINA

Así es la verdad.


SOLÓRZANO

Y ha muchos días que deseo servir a vuesa merced, obligado a ello de su hermosura, buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no faltan, han sido freno a las obras hasta agora, que la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy galán, para que yo le lleve a Salamanca y le ponga de mi mano en compañía que le honre y le enseñe. Porque, para decir la verdad a vuesa merced, él es un poco burro, y tiene algo de mentecapto; y añádesele a esto una tacha, que es lástima decirla, cuanto más tenerla, y es que se toma algún tanto, un si es no es, del vino, pero no de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que se le turba; y, cuando está asomado, y aun casi todo el cuerpo fuera de la ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad: da todo cuanto tiene a quien se lo pide y a quien no se lo pide; y yo querría que, ya que el diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovecharme de alguna cosa, y no he hallado mejor medio que traerle a casa de vuesa merced, porque es muy amigo de damas, y aquí le desollaremos cerrado como a gato. Y, para principio, traigo aquí a vuesa merced esta cadena en este bolsillo, que pesa ciento y veinte escudos de oro, la cual tomará vuesa merced, y me dará diez escudos agora, que yo he menester para ciertas cosillas, y gastará otros veinte en una cena esta noche, que vendrá acá nuestro burro o nuestro búfalo, que le llevo yo por el naso, como dicen; y, a dos idas y venidas, se quedará vuesa merced con toda la cadena, que yo no quiero más de los diez escudos de ahora. La cadena es bonísima, y de muy buen oro, y vale algo de hechura. Hela aquí; vuesa merced la tome.


CRISTINA

Beso a vuesa merced las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en tan provechosa ocasión; pero, si he de decir lo que siento, tanta liberalidad me tiene algo confusa y algún tanto sospechosa.


SOLÓRZANO

Pues ¿de qué es la sospecha, señora mía?


CRISTINA

De que podrá ser esta cadena de alquimia; que se suele decir que no es oro todo lo que reluce.


SOLÓRZANO

Vuesa merced habla discretísimamente; y no en balde tiene vuesa merced fama de la más discreta dama de la corte; y hame dado mucho gusto el ver cuán sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazón; pero para todo hay remedio, si no es para la muerte. Vuesa merced se cubra su manto, o envíe si tiene de quién fiarse, y vaya a la platería, y en el contraste se pese y toque esa cadena; y cuando fuera fina y de la bondad que yo he dicho, entonces vuesa merced me dará los diez escudos, harále una regalaria al borrico, y se quedará con ella.


CRISTINA

Aquí, pared y medio, tengo yo un platero, mi conocido, que con facilidad me sacará de duda.


SOLÓRZANO

Eso es lo que yo quiero, y lo que amo y lo que estimo; que las cosas claras Dios las bendijo.


CRISTINA

Si es que vuesa merced se atreve a fiarme esta cadena, en tanto que me satisfago, de aquí a un poco podrá venir, que yo tendré los diez escudos en oro.


SOLÓRZANO

¡Bueno es eso! Fío mi honra de vuesa merced, ¿y no le había de fiar la cadena? Vuesa merced la haga tocar y retocar, que yo me voy, y volveré de aquí a media hora.


CRISTINA

Y aun antes, si es que mi vecino está en casa.


Éntrase SOLÓRZANO.


BRÍGIDA

Ésta, Cristina amiga, no sólo es ventura, sino venturón llovido. ¡Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca topo quien me dé un jarro de agua sin que me cueste mi trabajo primero! Sólo me encontré el otro día en la calle a un poeta, que de bonísima voluntad y con mucha cortesía me dio un soneto de la historia de Píramo y Tisbe, y me ofreció trecientos en mi alabanza.


CRISTINA

Mejor fuera que te hubieras encontrado con un ginovés que te diera trecientos reales.


BRÍGIDA

¡Sí, por cierto! ¡Ahí están los ginoveses de manifiesto y para venirse a la mano, como halcones al señuelo! Andan todos malencónicos y tristes con el decreto.


CRISTINA

Mira, Brígida, desto quiero que estés cierta: que más vale un ginovés quebrado que cuatro poetas enteros. Mas, ¡ay!, el viento corre en popa; mi platero es éste. Y ¿qué quiere mi buen vecino? Que a fe que me ha quitado el manto de los hombros, que ya me le quería cubrir para buscarle.


Entra el PLATERO.


PLATERO

Señora doña Cristina, vuesa merced me ha de hacer una merced: de hacer todas sus fuerzas por llevar mañana a mi mujer a la comedia, que me conviene y me importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien me siga y me persiga.


CRISTINA

Eso haré yo de muy buena gana; y aun, si el señor vecino quiere mi casa y cuanto hay en ella, aquí la hallará sola y desembarazada; que bien sé en qué caen estos negocios.


PLATERO

No, señora; entretener a mi mujer me basta. Pero ¿qué quería vuesa merced de mí, que quería ir a buscarme?


CRISTINA

No más, sino que me diga el señor vecino qué pesará esta cadena, y si es fina, y de qué quilates.


PLATERO

Esta cadena he tenido yo en mis manos muchas veces, y sé que pesa ciento y cincuenta escudos de oro de a veinte y dos quilates; y que si vuesa merced la compra y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella.


CRISTINA

Alguna hechura me ha de costar, pero no mucha.


PLATERO

Mire cómo la concierta la señora vecina, que yo le haré dar, cuando se quisiere deshacer della, diez ducados de hechura.


CRISTINA

Menos me ha de costar, si yo puedo; pero mire el vecino no se engañe en lo que dice de la fineza del oro y cantidad del peso.


PLATERO

¡Bueno sería que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos veces la he tocado eslabón por eslabón, y la he pesado, y la conozco como a mis manos.


BRÍGIDA

Con eso nos contentamos.


PLATERO

Y por más señas, sé que la ha llegado a pesar y a tocar un gentilhombre cortesano que se llama Tal de Solórzano.


CRISTINA

Basta, señor vecino; vaya con Dios, que yo haré lo que me deja mandado: yo la llevaré y entretendré dos horas más, si fuere menester; que bien sé que no podrá dañar una hora más de entretenimiento.


PLATERO

Con vuesa merced me entierren, que sabe de todo; y a Dios, señora mía.


Éntrase el PLATERO.


BRÍGIDA

¿No haríamos con este cortesano Solórzano, que así se debe llamar sin duda, que trujese con el vizcaíno para mí alguna ayuda de costa, aunque fuese de algún borgoñón más borracho que un zaque?


CRISTINA

Por decírselo no quedará; pero vesle, aquí vuelve; priesa trae, diligente anda; sus diez escudos le aguijan y espolean.


Entra SOLÓRZANO.


SOLÓRZANO

Pues, señora doña Cristina, ¿ha hecho vuesa merced sus diligencias? ¿Está acreditada la cadena?


CRISTINA

¿Cómo es el nombre de vuesa merced, por su vida?


SOLÓRZANO

Don Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa; pero ¿por qué me lo pregunta vuesa merced?


CRISTINA

Por acabar de echar el sello a su mucha verdad y cortesía. Entretenga vuesa merced un poco a la señora doña Brígida, en tanto que entro por los diez escudos.


Éntrase CRISTINA.


BRÍGIDA

Señor don Solórzano, ¿no tendrá vuesa merced por ahí algún mondadientes para mí? Que en verdad no soy para desechar, y que tengo yo tan buenas entradas y salidas en mi casa como la señora doña Cristina; que, a no temer que nos oyera alguna, le dijera yo al señor Solórzano más de cuatro tachas suyas: que sepa que tiene las tetas como dos alforjas vacías, y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho; y, con todo eso, la buscan, solicitan y quieren; que estoy por arañarme esta cara, más de rabia que de envidia, porque no hay quien me dé la mano, entre tantos que me dan del pie; en fin, la ventura de las feas...


SOLÓRZANO

No se desespere vuesa merced, que, si yo vivo, otro gallo cantará en su gallinero.


Vuelve a entrar CRISTINA.


CRISTINA

He aquí, señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará esta noche como para un príncipe.


SOLÓRZANO

Pues nuestro burro está a la puerta de la calle, quiero ir por él; vuesa merced me le acaricie, aunque sea como quien toma una píldora.


Vase SOLÓRZANO.


BRÍGIDA

Ya le dije, amiga, que trujese quien me regalase a mí, y dijo que sí haría, andando el tiempo.


CRISTINA

Andando el tiempo en nosotras, no hay quien nos regale; amiga, los pocos años traen la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida.


BRÍGIDA

También le dije cómo vas muy limpia, muy linda y muy agraciada; y que toda eras ámbar, almizcle y algalia entre algodones.


CRISTINA

Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias.


BRÍGIDA

[Aparte] Mirad quién tiene amartelados; que vale más la suela de mi botín que las arandelas de su cuello; otra vez vuelvo a decir: la ventura de las feas...


Entran QUIÑONES y SOLÓRZANO.


QUIÑONES

Vizcaíno, manos bésame vuesa merced, que mándeme.


SOLÓRZANO

Dice el señor vizcaíno que besa las manos de vuesa merced y que le mande.


BRÍGIDA

¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo a lo menos, pero paréceme muy linda.


CRISTINA

Yo beso las del mi señor vizcaíno, y más adelante.


VIZCAÍNO

Pareces buena, hermosa; también noche esta cenamos; cadena que das, duermas nunca, basta que doyla.


SOLÓRZANO

Dice mi compañero que vuesa merced le parece buena y hermosa; que se apareje la cena; que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta que una vez la haya dado.


BRÍGIDA

¿Hay tal Alejandro en el mundo? ¡Venturón, venturón, y cien mil veces venturón!


SOLÓRZANO

Si hay algún poco de conserva, y algún traguito del devoto para el señor vizcaíno, yo sé que nos valdrá por uno ciento.


CRISTINA

¡Y cómo si lo hay! Y yo entraré por ello, y se lo daré mejor que al Preste Juan de las Indias.


Éntrase CRISTINA.


VIZCAÍNO

Dama que quedaste, tan buena como entraste.


BRÍGIDA

¿Qué ha dicho, señor Solórzano?


SOLÓRZANO

Que la dama que se queda, que es vuesa merced, es tan buena como la que se ha entrado.


BRÍGIDA

¡Y cómo que está en lo cierto el señor vizcaíno! A fe que en este parecer que no es nada burro.


VIZCAÍNO

Burro el diablo; vizcaíno ingenio queréis cuando tenerlo.


BRÍGIDA

Ya le entiendo: que dice que el diablo es el burro, y que los vizcaínos, cuando quieren tener ingenio, le tienen.


SOLÓRZANO

Así es, sin faltar un punto.


Vuelve a salir CRISTINA con un criado o criada, que traen una caja de conserva, una garrafa con vino, su cuchillo y servilleta.


CRISTINA

Bien puede comer el señor vizcaíno, y sin asco; que todo cuanto hay en esta casa es la quintaesencia de la limpieza.


QUIÑONES

Dulce conmigo, vino y agua llamas bueno; santo le muestras, ésta le bebo y otra también.


BRÍGIDA

¡Ay, Dios, y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le entiendo!


SOLÓRZANO

Dice que, con lo dulce, también bebe vino como agua; y que este vino es de San Martín, y que beberá otra vez.


CRISTINA

Y aun otras ciento: su boca puede ser medida.


SOLÓRZANO

No le den más, que le hace mal, y ya se le va echando de ver; que le he yo dicho al señor Azcaray que no beba vino en ningún modo, y no aprovecha.


QUIÑONES

Vamos, que vino que subes y bajas, lengua es grillos y corma es pies; tarde vuelvo, señora, Dios que te guárdate.


SOLÓRZANO

¡Miren lo que dice, y verán si tengo yo razón!


CRISTINA

¿Qué es lo que ha dicho, señor Solórzano?


SOLÓRZANO

Que el vino es grillo de su lengua y corma de sus pies; que vendrá esta tarde, y que vuesas mercedes se queden con Dios.


BRÍGIDA

¡Ay, pecadora de mí, y cómo que se le turban los ojos y se trastraba la lengua! ¡Jesús, que ya va dando traspiés! ¡Pues monta que ha bebido mucho! La mayor lástima es ésta que he visto en mi vida; ¡miren qué mocedad y qué borrachera!


SOLÓRZANO

Ya venía él refrendado de casa. Vuesa merced, señora Cristina, haga aderezar la cena, que yo le quiero llevar a dormir el vino, y seremos temprano esta tarde.


Éntranse el vizcaíno y SOLÓRZANO.


CRISTINA

Todo estará como de molde; vayan vuesas mercedes en hora buena.


BRÍGIDA

Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos filos al deseo. ¡Ay, qué linda, qué nueva, qué reluciente y qué barata! Digo, Cristina, que, sin saber cómo ni cómo no, llueven los bienes sobre ti, y se te entra la ventura por las puertas, sin solicitalla. En efeto, eres venturosa sobre las venturosas; pero todo lo merece tu desenfado, tu limpieza y tu magnífico término: hechizos bastantes a rendir las más descuidadas y esentas voluntades; y no como yo, que no soy para dar migas a un gato. Toma tu cadena, hermana, que estoy para reventar en lágrimas, y no de envidia que a ti te tengo, sino de lástima que me tengo a mí.


Vuelve a entrar SOLÓRZANO.


SOLÓRZANO

¡La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo!


BRÍGIDA

¡Jesús! ¿Desgracia? ¿Y qué es, señor Solórzano?


SOLÓRZANO

A la vuelta desta calle, yendo a la casa, encontramos con un criado del padre de nuestro vizcaíno, el cual trae cartas y nuevas de que su padre queda a punto de espirar, y le manda que al momento se parta, si quiere hallarle vivo. Trae dinero para la partida, que sin duda ha de ser luego; yo le he tomado diez escudos para vuesa merced, y velos aquí, con los diez que vuesa merced me dio denantes, y vuélvaseme la cadena; que, si el padre vive, el hijo volverá a darla, o yo no seré don Esteban de Solórzano.


CRISTINA

En verdad, que a mí me pesa; y no por mi interés, sino por la desgracia del mancebo, que ya le había tomado afición.


BRÍGIDA

Buenos son diez escudos ganados tan holgando; tómalos, amiga, y vuelve la cadena al señor Solórzano.


CRISTINA

Vela aquí, y venga el dinero; que en verdad que pensaba gastar más de treinta en la cena.


SOLÓRZANO

Señora Cristina, al perro viejo nunca tus tus; estas tretas, con los de las galleruzas, y con este perro a otro hueso.


CRISTINA

¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano?


SOLÓRZANO

Para que entienda vuesa merced que la codicia rompe el saco. ¿Tan presto se desconfió de mi palabra, que quiso vuesa merced curarse en salud, y salir al lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? Señora Cristina, señora Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño. Venga mi cadena verdadera, y tómese vuesa merced su falsa, que no ha de haber conmigo transformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Oh hideputa, y qué bien que la amoldaron, y qué presto!


CRISTINA

¿Qué dice vuesa merced, señor mío, que no le entiendo?


SOLÓRZANO

Digo que no es ésta la cadena que yo dejé a vuesa merced, aunque le parece: que ésta es de alquimia, y la otra es de oro de a veinte y dos quilates.


BRÍGIDA

En mi ánima, que así lo dijo el vecino, que es platero.


CRISTINA

¿Aun el diablo sería eso?


SOLÓRZANO

El diablo o la diabla, mi cadena venga, y dejémonos de voces, y escúsense juramentos y maldiciones.


CRISTINA

El diablo me lleve, lo cual querría que no me llevase, si no es ésa la cadena que vuesa merced me dejó, y que no he tenido otra en mis manos: ¡justicia de Dios, si tal testimonio se me levantase!


SOLÓRZANO

Que no hay para qué dar gritos; y más, estando ahí el señor Corregidor, que guarda su derecho a cada uno.


CRISTINA

Si a las manos del Corregidor llega este negocio, yo me doy por condenada; que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mi verdad por mentira y mi virtud por vicio. Señor mío, si yo he tenido otra cadena en mis manos, sino aquesta, de cáncer las vea yo comidas.


Entra un ALGUACIL.


ALGUACIL

¿Qué voces son éstas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?


SOLÓRZANO

Vuesa merced, señor alguacil, ha venido aquí como de molde. A esta señora del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez ducados, para cierto efecto; vuelvo agora a desempeñarla, y, en lugar de una que le di, que pesaba ciento y cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve ésta de alquimia, que no vale dos ducados; y quiere poner mi justicia a la venta de la Zarza, a voces y a gritos, sabiendo que será testigo desta verdad esta misma señora, ante quien ha pasado todo.


BRÍGIDA

Y ¡cómo si ha pasado!, y aun repasado; y, en Dios y en mi ánima, que estoy por decir que este señor tiene razón; aunque no puedo imaginar dónde se pueda haber hecho el trueco, porque la cadena no ha salido de aquesta sala.


SOLÓRZANO

La merced que el señor alguacil me ha de hacer es llevar a la señora al Corregidor; que allá nos averiguaremos.


CRISTINA

Otra vez torno a decir que, si ante el Corregidor me lleva, me doy por condenada.


BRÍGIDA

Sí, porque no estoy bien con sus huesos.


CRISTINA

Desta vez me ahorco. Desta vez me desespero. Desta vez me chupan brujas.


SOLÓRZANO

Ahora bien; yo quiero hacer una cosa por vuesa merced, señora Cristina, siquiera porque no la chupen brujas, o, por lo menos, se ahorque: esta cadena se parece mucho a la fina del vizcaíno; él es mentecapto y algo borrachuelo; yo se la quiero llevar, y darle a entender que es la suya, y vuesa merced contente aquí al señor alguacil; y gaste la cena desta noche, y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha.


CRISTINA

Págueselo a vuesa merced todo el cielo; al señor alguacil daré media docena de escudos, y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpetua del señor Solórzano.


BRÍGIDA

Y yo me haré rajas bailando en la fiesta.


ALGUACIL

Vuesa merced ha hecho como liberal y buen caballero, cuyo oficio ha de ser servir a las mujeres.


SOLÓRZANO

Vengan los diez escudos que di demasiados.


CRISTINA

Helos aquí, y más los seis para el señor alguacil.


Entran dos MÚSICOS, y QUIÑONES, el vizcaíno.


MÚSICOS

Todo lo hemos oído, y acá estamos.


VIZCAÍNO

Ahora sí que puede decir a mi señora Cristina: mamóla una y cien mil veces.


BRÍGIDA

¿Han visto qué claro que habla el vizcaíno?


VIZCAÍNO

Nunca hablo yo turbio, si no es cuando quiero.


CRISTINA

¡Que me maten si no me la han dado a tragar estos bellacos!


QUIÑONES

Señores músicos, el romance que les di y que saben, ¿para qué se hizo?


MÚSICOS

La mujer más avisada,

o sabe poco, o no nada.

La mujer que más presume

de cortar como navaja

los vocablos repulgados,

entre las godeñas pláticas;

la que sabe de memoria,

a Lofraso y a Diana,

y al Caballero del Febo

con Olivante de Laura;

la que seis veces al mes

al gran Don Quijote pasa,

aunque más sepa de aquesto,

o sabe poco, o no nada.

La que se fía en su ingenio,

lleno de fingidas trazas,

fundadas en interés,

y en voluntades tiranas;

la que no sabe guardarse,

cual dicen, del agua mansa,

y se arroja a las corrientes

que ligeramente pasan;

la que piensa que ella sola

es el colmo de la nata

en esto del trato alegre,

o sabe poco, o no nada.


CRISTINA

Ahora bien, yo quedo burlada, y, con todo esto, convido a vuesas mercedes para esta noche.


QUIÑONES

Aceptamos el convite, y todo saldrá en la colada. 




FIN





El retablo de las maravillas

 

Salen CHANFALLA y la CHIRINOS


CHANFALLA

No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo embuste, que ha de salir tan a luz como el pasado del llovista.


CHIRINOS

Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere tenlo como de molde; que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a satisfacerte, que excede a las demás potencias. Pero dime: ¿de qué sirve este Rabelín que hemos tomado? Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa?


CHANFALLA

Habíamosle menester como el pan de la boca, para tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo de las Maravillas.


CHIRINOS

Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabelín; porque tan desventurada criaturilla no la he visto en todos los días de mi vida.


Entra el RABELÍN


RABELÍN

¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor autor? Que ya me muero porque vuesa merced vea que no me tomó a carga cerrada.


CHIRINOS

Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una carga; si no sois más gran músico que grande, medrados estamos.


RABELÍN

Ello dirá; que en verdad que me han escrito para entrar en una compañía de partes, por chico que soy.


CHANFALLA

Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible. Chirinos, poco a poco, estamos ya en el pueblo, y éstos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.


Salen el GOBERNADOR y BENITO Repollo, alcalde, JUAN Castrado, regidor, y Pedro CAPACHO, escribano


CHANFALLA

Beso a vuesas mercedes las manos: ¿quién de vuesas mercedes es el Gobernador deste pueblo?


GOBERNADOR

Yo soy el Gobernador; ¿qué es lo que queréis, buen hombre?


CHANFALLA

A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo Gobernador deste honrado pueblo; que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, lo deseche vuesa merced.


CHIRINOS

En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor Gobernador los tiene.


CAPACHO

No es casado el señor Gobernador.


CHIRINOS

Para cuando lo sea; que no se perderá nada.


GOBERNADOR

Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honrado?


CHIRINOS

Honrados días viva vuesa merced, que así nos honra; en fin, la encina da bellotas; el pero, peras; la parra, uvas, y el honrado, honra, sin poder hacer otra cosa.


BENITO

Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto.


CAPACHO

Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.


BENITO

Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces no acierto; en fin, buen hombre, ¿qué queréis?


CHANFALLA

Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de las maravillas. Hanme enviado a llamar de la Corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mi ida se remediará todo.


GOBERNADOR

Y ¿qué quiere decir Retablo de las maravillas?


CHANFALLA

Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas nfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo.


BENITO

Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo cosas nuevas. Y ¡qué! ¿Se llamaba Tontonelo el sabio que el Retablo compuso?


CHIRINOS

Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela; hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.


BENITO

Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son sabiondos.


GOBERNADOR

Señor regidor Juan Castrado, yo determino, debajo de su buen parecer, que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de quien yo soy padrino, y, en regocijo de la fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su Retablo.


JUAN

Eso tengo yo por servir al señor Gobernador, con cuyo parecer me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.


CHIRINOS

La cosa que hay en contrario es que, si no se nos paga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de Úbeda. ¿Y vuesas mercedes, señores justicias, tienen conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en casa del señor Juan Castrado, o como es su gracia, y viese lo contenido en el tal Retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle al pueblo, no hubiese ánima que le viese! No, señores; no, señores: ante omnia nos han de pagar lo que fuere justo.


BENITO

Señora Autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona, ni ningún Antoño; el señor regidor Juan Castrado os pagará más que honradamente, y si no, el Concejo. ¡Bien conocéis el lugar, por cierto! Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por nosotros.


CAPACHO

¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco! No dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen adelantado y ante todas cosas, que eso quiere decir ante omnia.


BENITO

Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano; vos, que sois leído y escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo no.


JUAN

Ahora bien, ¿contentarse ha el señor autor con que yo le dé adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuidado que no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.


CHANFALLA

Soy contento; porque yo me fío de la diligencia de vuesa merced y de su buen término.


JUAN

Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero, y verá mi casa, y la comodidad que hay en ella para mostrar ese Retablo.


CHANFALLA

Vamos; y no se les pase de las mientes las calidades que han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso Retablo.


BENITO

A mi cargo queda eso, y séle decir que, por mi parte, puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal Retablo!


CAPACHO

Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.


JUAN

No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.


GOBERNADOR

Todo será menester, según voy viendo, señores Alcalde, Regidor y Escribano.


JUAN

Vamos, autor, y manos a la obra; que Juan Castrado me llamo, hijo de Antón Castrado y de Juana Macha; y no digo más en abono y seguro que podré ponerme cara a cara y a pie quedo delante del referido retablo.


CHIRINOS

¡Dios lo haga!


Éntranse JUAN CASTRADO y CHANFALLA


GOBERNADOR

Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la Corte de fama y rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Porque yo tengo mis puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula: veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se veen las unas a las otras, y estoy aguardando coyuntura para ir a la Corte y enriquecer con ellas media docena de autores.


CHIRINOS

A lo que vuesa merced, señor Gobernador, me pregunta de los poetas, no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan el sol, y todos piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y que siempre se usan, y así no hay para qué nombrallos. Pero dígame vuesa merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿cómo se llama?


GOBERNADOR

A mí, señora autora, me llaman el Licenciado Gomecillos.


CHIRINOS

¡Válame Dios! ¿Y que vuesa merced es el señor lLicenciado Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de Lucifer estaba malo y Tómale mal de fuera?


GOBERNADOR

Malas lenguas hubo que me quisieron ahijar esas coplas, y así fueron mías como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo quiero negar, fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla; que, puesto que los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.


Vuelve CHANFALLA


CHANFALLA

Señores, vuesas mercedes vengan, que todo está a punto, y no falta más que comenzar.


CHIRINOS

¿Está ya el dinero in corbona?


CHANFALLA

Y aun entre las telas del corazón.


CHIRINOS

Pues doite por aviso, Chanfalla, que el Gobernador es poeta.


CHANFALLA

¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por engañado, porque todos los de humor semejante son hechos a la mazacona; gente descuidada, crédula y no nada maliciosa.


BENITO

Vamos, autor; que me saltan los pies por ver esas maravillas.


Éntranse todos

Salen JUANA CASTRADA y TERESA REPOLLA, labradoras: la una como desposada, que es la CASTRADA


CASTRADA

Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el retablo enfrente; y, pues sabes las condiciones que han de tener los miradores del retablo, no te descuides, que sería una gran desgracia.


TERESA

Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo más. ¡Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que el retablo mostrare! ¡Por el siglo de mi madre, que me sacase los mismos ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese! ¡Bonita soy yo para eso!


CASTRADA

Sosiégate, prima; que toda la gente viene.


Entran el GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN CASTRADO, PEDRO CAPACHO, el autor y la autora, y el músico, y otra gente del pueblo, y un sobrino de BENITO, que ha de ser aquel gentilhombre que baila


CHANFALLA

Siéntense todos. El retablo ha de estar detrás deste repostero, y la autora también, y aquí el músico.


BENITO

¿Músico es éste? Métanle también detrás del repostero; que, a trueco de no velle, daré por bien empleado el no oílle.


CHANFALLA

No tiene vuesa merced razón, señor alcalde Repollo, de descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano y hidalgo de solar conocido.


GOBERNADOR

¡Calidades son bien necesarias para ser buen músico!


BENITO

De solar, bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio.


RABELÍN

¡Eso se merece el bellaco que se viene a sonar delante de...!


BENITO

¡Pues, por Dios, que hemos visto aquí sonar a otros músicos tan...!


GOBERNADOR

Quédese esta razón en el de del señor Rabel y en el tan del Alcalde, que será proceder en infinito; y el señor Montiel comience su obra.


BENITO

Poca balumba trae este autor para tan gran retablo.


JUAN

Todo debe de ser de maravillas.


CHANFALLA

¡Atención, señores, que comienzo!

¡Oh tú, quienquiera que fuiste, que fabricaste este retablo con tan maravilloso artificio, que alcanzó renombre de las Maravillas por la virtud que en él se encierra. Te conjuro, apremio y mando que luego incontinente muestres a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se regocijen y tomen placer sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que has otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo Sansón, abrazado con las colunas del templo, para derriballe por el suelo y tomar venganza de sus enemigos. ¡Tente, valeroso caballero; tente, por la gracia de Dios Padre! ¡No hagas tal desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan noble gente como aquí se ha juntado!


BENITO

¡Téngase, cuerpo de tal, conmigo! ¡Bueno sería que, en lugar de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta! ¡Téngase, señor Sansón, pesia a mis males, que se lo ruegan buenos!


CAPACHO

¿Veisle vos, Castrado?


JUAN

Pues, ¿no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?


GOBERNADOR

[Aparte] Milagroso caso es éste: así veo yo a Sansón ahora, como el Gran Turco; pues en verdad que me tengo por legítimo y cristiano viejo.


CHIRINOS

¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapán en Salamanca! ¡échate, hombre; échate, hombre; Dios te libre, Dios te libre!


CHANFALLA

¡Échense todos, échense todos! ¡Húcho ho!, ¡húcho ho!, ¡húcho ho!


Échanse todos y alborótanse


BENITO

El diablo lleva en el cuerpo el torillo; sus partes tiene de hosco y de bragado; si no me tiendo, me lleva de vuelo.


JUAN

Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten; y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.


CASTRADA

Y ¡cómo, padre! No pienso volver en mí en tres días; ya me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.


JUAN

No fueras tú mi hija, y no lo vieras.


GOBERNADOR

[Aparte] Basta: que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.


CHIRINOS

Esa manada de ratones que allá va deciende por línea recta de aquellos que se criaron en el Arca de Noé; dellos son blancos, dellos albarazados, dellos jaspeados y dellos azules; y, finalmente, todos son ratones.


CASTRADA

¡Jesús!, ¡Ay de mí! ¡Ténganme, que me arrojaré por aquella ventana! ¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas, y mira no te muerdan; ¡y monta que son pocos! ¡Por el siglo de mi abuela, que pasan de milenta!


TERESA

Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo ninguno; un ratón morenico me tiene asida de una rodilla. ¡Socorro venga del cielo, pues en la tierra me falta!


BENITO

Aun bien que tengo gregüescos: que no hay ratón que se me entre, por pequeño que sea.


CHANFALLA

Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán. Toda mujer a quien tocare en el rostro, se le volverá como de plata bruñida, y a los hombres se les volverán las barbas como de oro.


CASTRADA

¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre, no se moje.


JUAN

Todos nos cubrimos, hija.


BENITO

Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.


CAPACHO

Yo estoy más seco que un esparto.


GOBERNADOR

[Aparte] ¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me ha tocado una gota, donde todos se ahogan? Mas ¿si viniera yo a ser bastardo entre tantos legítimos?


BENITO

Quítenme de allí aquel músico; si no, voto a Dios que me vaya sin ver más figura. ¡Válgate el diablo por músico aduendado, y qué hace de menudear sin cítola y sin son!


RABELÍN

Señor alcalde, no tome conmigo la hincha; que yo toco como Dios ha sido servido de enseñarme.


BENITO

¿Dios te había de enseñar, sabandija? ¡Métete tras la manta; si no, por Dios que te arroje este banco!


RABELÍN

El diablo creo que me ha traído a este pueblo.


CAPACHO

Fresca es el agua del santo río Jordán; y, aunque me cubrí lo que pude, todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y apostaré que los tengo rubios como un oro.


BENITO

Y aun peor cincuenta veces.


CHIRINOS

Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos colmeneros; todo viviente se guarde; que, aunque fantásticos, no dejarán de dar alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hércules con espadas desenvainadas.


JUAN

Ea, señor Autor, ¡cuerpo de nosla! ¿Y agora nos quiere llenar la casa de osos y de leones?


BENITO

¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontonelo, sino leones y dragones! Señor autor, y salgan figuras más apacibles, o aquí nos contentamos con las vistas; y Dios le guíe, y no pare más en el pueblo un momento.


CASTRADA

Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones, siquiera por nosotras, y recebiremos mucho contento.


JUAN

Pues, hija, ¿de antes te espantabas de los ratones, y agora pides osos y leones?


CASTRADA

Todo lo nuevo aplace, señor padre.


CHIRINOS

Esa doncella, que agora se muestra tan galana y tan compuesta, es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza del Precursor de la vida. Si hay quien la ayude a bailar, verán maravillas.


BENITO

¡Ésta sí, cuerpo del mundo, que es figura hermosa, apacible y reluciente! ¡Hideputa, y cómo que se vuelve la mochacha! Sobrino Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de cuatro capas.


SOBRINO

Que me place, tío Benito Repollo.


Tocan la zarabanda


CAPACHO

¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la Zarabanda y de la Chacona!


BENITO

Ea, sobrino, ténselas tiesas a esa bellaca jodía; pero, si ésta es jodía, ¿cómo ve estas maravillas?


CHANFALLA

Todas las reglas tienen excepción, señor Alcalde.


Suena una trompeta, o corneta dentro del teatro, y entra UN FURRIER de compañías


FURRIER

¿Quién es aquí el señor Gobernador?


GOBERNADOR

Yo soy. ¿Qué manda vuesa merced?


FURRIER

Que luego al punto mande hacer alojamiento para treinta hombres de armas que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya suena la trompeta; y adiós.


BENITO

Yo apostaré que los envía el sabio Tontonelo.


CHANFALLA

No hay tal; que ésta es una compañía de caballos que estaba alojada dos leguas de aquí.


BENITO

Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé que vos y él sois unos grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mirad que os mando que mandéis a Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré dar docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros.


CHANFALLA

¡Digo, señor Alcalde, que no los envía Tontonelo!


BENITO

Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas que yo he visto.


CAPACHO

Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.


BENITO

No digo yo que no, señor Pedro Capacho. ¡No toques más, músico de entre sueños, que te romperé la cabeza!


Vuelve el FURRIER


FURRIER

Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? Que ya están los caballos en el pueblo.


BENITO

¿Que todavía ha salido con la suya Tontonelo? ¡Pues yo os voto a tal, autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pagar!


CHANFALLA

Séanme testigos que me amenaza el Alcalde.


CHIRINOS

Séanme testigos que dice el Alcalde que lo que manda Su Majestad lo manda el sabio Tontonelo.


BENITO

Atontoneleada te vean mis ojos, plega a Dios todopoderoso.


GOBERNADOR

Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben de ser de burlas.


FURRIER

¿De burlas habían de ser, señor Gobernador? ¿Está en su seso?


JUAN

Bien pudieran ser atontonelados: como esas cosas habemos visto aquí. Por vida del autor, que haga salir otra vez a la doncella Herodías, porque vea este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.


CHANFALLA

Eso en buen hora, y véisla aquí a do vuelve, y hace de señas a su bailador a que de nuevo la ayude.


SOBRINO

Por mí no quedará, por cierto.


BENITO

Eso sí, sobrino; cánsala, cánsala; vueltas y más vueltas; ¡vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A ello, a ello!


FURRIER

¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es ésta, y qué baile, y qué Tontonelo?


CAPACHO

Luego, ¿no vee la doncella herodiana el señor furrier?


FURRIER

¿Qué diablos de doncella tengo de ver?


CAPACHO

Basta: ¡de ex il[l]is es!


GOBERNADOR

¡De ex il[l]is es; de ex il[l]is es!


JUAN

¡Dellos es, dellos el señor furrier; dellos es!


FURRIER

¡Soy de la mala puta que los parió; y, por Dios vivo, que si echo mano a la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta!


CAPACHO

Basta: ¡de ex il[l]is es!


BENITO

Basta: ¡dellos es, pues no ve nada!


FURRIER

Canalla barretina: si otra vez me dicen que soy dellos, no les dejaré hueso sano.


BENITO

Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no podemos dejar de decir: ¡dellos es, dellos es!


FURRIER

¡Cuerpo de Dios con los villanos! ¡Esperad!


Mete mano a la espada y acuchíllase con todos; y el ALCALDE aporrea al RABELLEJO; y la CHIRINOS descuelga la manta y dice:


CHIRINOS

El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas; parece que los llamaron con campanilla.


CHANFALLA

El suceso ha sido extraordinario; la virtud del retablo se queda en su punto, y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros mismos podemos cantar el triunfo desta batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos y Chanfalla! 




FIN





La cueva de Salamanca

 

Salen PANCRACIO, LEONARDA y CRISTINA.


PANCRACIO

Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa a vuestros suspiros, considerando que cuatro días de ausencia no son siglos. Yo volveré, a lo más largo, a los cinco, si Dios no me quita la vida; aunque será mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra, y dejar esta jornada; que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.


LEONARDA

No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mío vos parezcáis descortés; id en hora buena, y cumplid con vuestras obligaciones, pues las que os llevan son precisas; que yo me apretaré con mi llaga y pasaré mi soledad lo menos mal que pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y que no paséis del término que habéis puesto. ¡Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazón.!


Desmáyase LEONARDA


CRISTINA

¡Oh, que bien hayan las bodas y las fiestas! En verdad, señor, que, si yo fuera que vuesa merced, que nunca allá fuera.


PANCRACIO

Entra, hija, por un vidro de agua para echársela en el rostro. Mas espera; diréle unas palabras que sé al oído, que tienen virtud para hacer volver de los desmayos.


Dícele las palabras; vuelve LEONARDA diciendo:


LEONARDA

Basta, ello ha de ser forzoso; no hay sino tener paciencia, bien mío; cuanto más os de[t]uviéredes, más dilatáis mi contento. Vuestro compadre L[e]oniso os debe de aguardar ya en el coche. Andad don Dios. Que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.


PANCRACIO

Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más que una estatua.


LEONARDA

No, no, descanso mío; que mi gusto está en el vuestro; y, por agora, más que os vais que no os quedéis, pues es vuestra honra la mía.


CRISTINA

¡Oh, espejo del matrimonio! A fe que si todas las casadas quisiesen tanto a sus maridos como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro gallo les cantase.


LEONARDA

Entra, Cristinica, y saca mi manto, que quiero acompañar a tu señor hasta dejarle en el coche.


PANCRACIO

No, por mi amor; abrazadme y quedaos, por vida mía. Cristinica, ten cuenta de regalar a tu señora, que yo te mando un calzado cuando vuelva, como tú le quisieres.


CRISTINA

Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora, porque la pienso persuadir de manera a que nos holgu[e]mos, que no imagine en la falta que vuesa merced le ha de hacer.


LEONARDA

¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la cuenta, niña! Porque, ausente de mi gusto, no se hicieron los placeres ni las glorias para mí; penas y dolores, sí.


PANCRACIO

Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz, lumbre destos ojos, los cuales no verán cosa que les dé placer hasta volveros a ver.


Entrase PANCRACIO.


LEONARDA

¡Allá darás, rayo, en casa de Ana Díaz. Vayas, y no vuelvas; la ida del humo. Por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras valentías ni vuestro recatos!


CRISTINA

Mil veces temí que con tus estremos habías de estorbar su partida y nuestros contentos.


LEONARDA

¿Si vendrán esta noche los que esperamos?


CRISTINA

¿Pues no? Ya los tengo avisados, y ellos están tan en ello, que esta tarde enviaron con la lavandera, nuestra secretaria, como que eran paños, una canasta de colar, llena de mil regalos y de cosas de comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el Jueves Santo a sus pobres; sino que la canasta es de Pascua, porque hay en ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones que aún no están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora; y, sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de una oreja, que huele que traciende.


LEONARDA

Es muy cumplido, y lo fue siempre, mi Riponce, sacristán de las telas de mis entrañas.


CRISTINA

Pues, ¿qué le falta a mi maese Nicolás, barbero de mis hígados y navaja de mis pesadumbres, que así me las rapa y quita cuando le veo, como si nunca las hubiera tenido?


LEONARDA

¿Pusiste la canasta en cobro?


CRISTINA

En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.


Llama a la puerta el ESTUDIANTE CARRAOLANO, y, en llamando, sin esperar que le respondan, entra.


LEONARDA

Cristina, mira quién llama.


ESTUDIANTE

Señoras, yo soy, un pobre estudiante.


CRISTINA

Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento. Cosa estraña es ésta, que no hay pobre que espere a que le saquen la limosna a la puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincón, sin mirar si despiertan a quien duerme, o si no.


ESTUDIANTE

Otra más blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuesa merced; cuanto más, que yo no quería ni buscaba otra limosna, sino alguna caballeriza o pajar donde defenderme esta noche de las inclemencias del cielo, que, según se me trasluce, parece que con grandísimo rigor a la tierra amenazan.


LEONARDA

¿Y de dónde bueno sois, amigo?


ESTUDIANTE

Salmantino soy, señora mía; quiero decir que soy de Salamanca. Iba a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el corazón de Francia; vime solo; determiné volverme a mi tierra; robáronme los lacayos o compañeros de Roque Guinarde, en Cataluña, porque él estaba ausente; que, a estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio, porque es muy cortés y comedido, y además limosnero; hame tomado a estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y busco mi remedio.


LEONARDA

En verdad, Cristina, que me ha movido a lástima el estudiante.


CRISTINA

Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. Tengámosle en casa esta noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real; quiero decir que en las reliquias de la canasta habrá en quien adore su hambre; y más, que me ayudará a pelar la volatería que viene en la cesta.


LEONARDA

Pues, ¿cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de nuestras liviandades?


CRISTINA

Así tiene él talle de hablar por el colodrillo, como por la boca. Venga acá, amigo: ¿sabe pelar?


ESTUDIANTE

¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, si no es que quiere vuesa merced motejarme de pelón; que no hay para qué, pues yo me confieso por el mayor pelón del mundo.


CRISTINA

No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabía pelar dos o tres pares de capones.


ESTUDIANTE

Lo que sabré responder es que yo, señoras, por la gracia de Dios, soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...


LEONARDA

Desa manera, ¿quién duda sino que sabrá pelar no sólo capones, sino gansos y avutardas? Y, en esto del guardar secreto, ¿cómo le va? Y, a dicha, ¿[es] tentado de decir todo lo que vee, imagina o siente?


ESTUDIANTE

Así pueden matar delante de mí más hombres que carneros en el Rastro, que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.


CRISTINA

Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá misterios y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies que quisiere para su cama.


ESTUDIANTE

Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso ni regalado.


Entran el sacristán REPONCE y el BARBERO.


SACRISTAN

¡Oh, que en hora buena estén los automedones y guías de los carros de nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas voluntades que sirven de basas y colunas a la amorosa fábrica de nuestros deseos!


LEONARDA

¡Esto sólo me enfada dél! Reponce mío: habla, por tu vida, a lo moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te alcance.


BARBERO

Eso tengo yo bueno, que hablo más llano que una suela de zapato; pan por vino y vino por pan, o como suele decirse.


SACRISTAN

Sí, que diferencia ha de haber de un sacristán gramático a un barbero romancista.


CRISTINA

Para lo que yo he menester a mi barbero, tanto latín sabe, y aún más, que supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia ni de modos de hablar: que cada uno habla, si no como debe, a lo menos, como sabe; y entrémonos, y manos a labor, que hay mucho que hacer.


ESTUDIANTE

Y mucho que pelar.


SACRISTAN

¿Quién es este buen hombre?


LEONARDA

Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta noche.


SACRISTÁN

Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios.


ESTUDIANTE

Señor sacristán Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna; pero yo soy mudo, y pelón además, como lo ha menester esta señora doncella, que me tiene convidado; y voto a... de no irme esta noche desta casa, si todo el mundo me lo manda. Confíese vuesa merced mucho de enhoramala de un hombre de mis prendas, que se contenta de dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, péleselos el Turco y cómanselos ellos, y nunca del cuero les salgan.


BARBERO

Este más parece rufián que pobre. Talle tiene de alzarse con toda la casa.


CRISTINA

No medre yo, si no me contenta el brío. Entrémonos todos, y demos orden en lo que se ha de hacer; que el pobre pelará y callará como en misa.


ESTUDIANTE

Y aun como en vísperas.


SACRISTAN

Puesto me ha miedo el pobre estudiante; yo apostaré que sabe más latín que yo.


LEONARDA

De ahí le deben de nacer los bríos que tiene; pero no te pese, amigo, de hacer caridad, que vale para todas las cosas.


Entranse todos, y sale LEONISO, compadre de PANCRACIO, y PANCRACIO.


COMPADRE

Luego lo vi yo que nos había de faltar la rueda; no hay cochero que no sea temático; si él rodeara un poco y salvara aquel barranco, ya estuviéramos dos leguas de aquí.


PANCRACIO

A mí no se me da nada; que antes gusto de volverme y pasar esta noche con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde casi para espirar, del sentimiento de mi partida.


COMPADRE

¡Gran mujer! ¡De buena os ha dado el cielo, señor compadre! Dadle gracias por ello.


PANCRACIO

Yo se las doy como puedo, y no como debo; no hay Lucrecia que se [le] llegue, ni Porcia que se le iguale; la honestidad y el recogimiento han hecho en ella su morada.


COMPADRE


Si la mía no fuera celosa, no tenía yo más que desear. Por esta calle está más cerca mi casa; tomad, compadre, por éstas, y estaréis presto en la vuestra; y veámonos mañana, que [no] me faltará coche para la jornada. adiós.


PANCRACIO

Adiós.


Entranse los dos.

Vuelven a salir el SACRISTAN [y] el BARBERO, con sus guitarras; LEONARDA, CRISTINA y el ESTUDIANTE. Sale el SACRISTAN con la sotana alzada y ceñida al cuerpo, danzando al son de su misma guitarra; y, a cada cabriola, vaya diciendo estas palabras:


SACRISTAN

¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!


CRISTINA

Señor sacristán Reponce, no es éste tiempo de danzar; dése orden en cenar y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura.


SACRISTAN

¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!


LEONARDA

Déjale, Cristina; que en estremo gusto de ver su agilidad.


Llama PANCRACIO a la puerta, y dice:


PANCRACIO

Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano tenéis atrancada la puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.


LEONARDA

¡Ay, desdichada! A la voz y a los golpes, mi marido Pancracio es éste; algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores, a recogerse a la carbonera: digo al desván, donde está el carbón. Corre, Cristina, y llévalos; que yo entretendré a Pancracio de modo que tengas lugar para todo.


ESTUDIANTE

¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!


CRISTINA

¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan todos!


PANCRACIO

¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?


ESTUDIANTE

Es el toque, que yo no quiero correr la suerte destos señores. Escóndanse ellos donde quisieren, y llévenme a mí al pajar, que, si allí me hallan, antes pareceré pobre que adúltero.


CRISTINA

Caminen, que se hunde la casa a golpes.


SACRISTAN

El alma llevo en los dientes.


BARBERO

Y yo en los carcañares.


Entranse todos y asómase LEONARDA a la ventana.


LEONARDA

¿Quién está ahí? ¿Quién llama?


PANCRACIO

Tu marido soy, Leonarda mía; ábreme, que ha media hora que estoy rompiendo a golpes estas puertas.


LEONARDA

En la voz, bien me parece a mí que oigo a mi cepo Pancracio; pero la voz de un gallo se parece a la de otro gallo, y no me aseguro.


PANCRACIO

¡Oh recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mía, tu marido Pancracio: ábreme con toda seguridad.


LEONARDA

Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta tarde?


PANCRACIO

Suspiraste, lloraste y al cabo te desmayaste.


LEONARDA

Verdad; pero, con todo esto, dígame: ¿qué señales tengo yo en uno de mis hombros?


PANCRACIO

En el izquierdo tienes un lunar del grandor de medio real, con tres cabellos como tres mil hebras de oro.


LEONARDA

Verdad; pero, ¿cómo se llama la doncella de casa?


PANCRACIO

¡Ea, boba, no seas enfadosa, Cristinica se llama! ¿Qué más quieres?


[LEONARDA]

¡Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña!


CRISTINA

Ya voy, señora; que él sea muy bien venido. ¿Qué es esto, señor de mi alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta?


LEONARDA

¡Ay, bien mío! Decídnoslo presto, que el temor de algún mal suceso me tiene ya sin pulsos.


PANCRACIO

No ha sido otra cosa sino que en un barranco se quebró la rueda del coche, y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no pasar la noche en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. Pero ¿qué voces hay?


Dentro, y como de muy lejos, diga el estudiante:


ESTUDIANTE

¡Abranme aquí, señores; que me ahogo!


PANCRACIO

¿Es en casa o en la calle?


CRISTINA

Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar, para que durmiese esta noche.


PANCRACIO

¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! En verdad, señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me causara algún recelo este encerramiento; pero ve, Cristina, y ábrele, que se le debe de haber caído toda la paja a cuestas.


CRISTINA

Ya voy. [Vase]


LEONARDA

Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le acogiésemos esta noche, por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes mi condición, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y encerrámosle; pero veisle aquí, y mirad cuál sale.


Salen el ESTUDIANTE y CRISTINA; él lleno de paja las barbas, cabeza y vestido.


ESTUDIANTE

Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo hubiera escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido más blanda y menos peligrosa cama.


PANCRACIO

¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?


ESTUDIANTE

¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me tiene atadas las manos.


PANCRACIO

¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis de la justicia!


ESTUDIANTE

La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y recenara a costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan secretas como yo lo he sido.


PANCRACIO

No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna destas cosas que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.


ESTUDIANTE

¿No se contentará vuesa merced con que le saque aquí dos demonios en figuras humanas, que traigan a cuestas una canasta llena de cosas fiambres y comederas?


LEONARDA

¿Demonios en mi casa y en mi presencia? ¡Jesús! Librada sea yo de lo que librarme no sé.


CRISTINA

[Aparte] El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega a Dios que vaya a buen viento esta parva! Temblándome está el corazón en el pecho.


PANCRACIO

Ahora bien; si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de ver esos señores demonios y a la canasta de las fiambreras; y torno a advertir que las figuras no sean espantosas.


ESTUDIANTE

Digo que saldrán en figura del sacristán de la parroquia, y en la de un barbero su amigo.


CRISTINA

¿Mas que lo dice por el sacristán Riponce y por maese Roque, el barbero de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver convertidos en diablos! Y dígame, hermano, ¿y éstos han de ser diablos bautizados?


ESTUDIANTE

¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o para qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen, porque no hay regla sin excepción; y apártense, y verán maravillas.


LEONARDA

[Aparte] ¡Ay, sin ventura! Aquí se descose; aquí salen nuestras maldades a plaza; aquí soy muerta.


CRISTINA

[Aparte] ¡Ánimo, señora, que buen corazón quebranta mala ventura!


ESTUDIANTE

Vosotros, mezquinos, que en la carbonera

hallastes amparo a vuestra desgracia,

salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,

sacad la canasta de la fïambrera;

no me incitéis a que de otra manera

más dura os conjure. Salid: ¿qué esperáis?

Mirad que si a dicha el salir rehusáis,

tendrá mal suceso mi nueva quimera.

Hora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos; quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte, que los haga salir más que de paso; aunque la calidad destos demonios más está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.


Entrase el ESTUDIANTE


PANCRACIO

Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la cosa más nueva y más rara que se haya visto en el mundo.


LEONARDA

Sí saldrá, ¿quién lo duda? Pues, ¿habíanos de engañar?


CRISTINA

Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca; pero vee aquí do vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.


LEONARDA

¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán Reponce y al barbero de la plazuela!


CRISTINA

Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesús.


SACRISTAN

Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los perros del herrero, que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos espanta ni turba.


LEONARDA

Lléguense a que yo coma de lo que viene de la canasta; no tomen menos.


ESTUDIANTE

Yo haré la salva y comenzaré por el vino. (Bebe) Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?


SACRISTAN

De Esquivias es, juro a...


ESTUDIANTE

Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Amiguito soy yo de diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a hacer pecados mortales, sino a pasar una hora de pasatiempo, y cenar, y irnos con Cristo.


CRISTINA

¿Y éstos, han de cenar con nosotros?


PANCRACIO

Sí, que los diablos no comen.


BARBERO

Sí comen algunos, pero no todos; y nosotros somos de los que comen.


CRISTINA

¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la cena; que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.


LEONARDA

Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora.


PANCRACIO

Queden; que quiero ver lo que nunca he visto.


BARBERO

Nuestro Señor pague a vuesas mercedes la buena obra, señores míos.


CRISTINA

¡Ay, qué bien criados, qué corteses! Nunca medre yo, si todos los diablos son como éstos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante.


SACRISTAN

Oigan, pues, para que se enamoren de veras.


Toca el SACRISTAN, y canta; y ayúdale el BARBERO con el último verso no más.


SACRISTAN

Oigan los que poco saben

lo que con mi lengua franca

digo del bien que en sí tiene


BARBERO

La Cueva de Salamanca


SACRISTAN

Oigan lo que dejó escrito

della el bachiller Tudanca

en el cuero de una yegua

que dicen que fue potranca,

en la parte de la pie

que confina con el anca,

poniendo sobre las nubes


BARBERO

La Cueva de Salamanca


SACRISTAN

En ella estudian los ricos

y los que no tienen blanca,

y sale entera y rolliza

la memoria que está manca.

Siéntanse los que allí enseñan

de alquitrán en una banca,

porque estas bombas encierra


BARBERO

La Cueva de Salamanca.


SACRISTAN

En ella se hacen discretos

los moros de la Palanca;

y el estudiante más burdo

ciencias de su pecho arranca.

A los que estudian en ella,

ninguna cosa les manca;

viva, pues, siglos eternos


BARBERO

La Cueva de Salamanca


SACRISTAN

Y nuestro conjurador,

si es, a dicha, de Loranca,

tenga en ella cien mil vides

de uva tinta y de uva blanca;

y al diablo que le acusare,

que le den con una tranca,

y para el tal jamás sirva


BARBERO

La Cueva de Salamanca


CRISTINA

Basta: ¿que también los diablos son poetas?


BARBERO

Y aun todos los poetas son diablos.


PANCRACIO

Dígame, señor mío, pues los diablos lo saben todo, ¿dónde se inventaron todos estos bailes de las Zarabandas, Zambapalo y Dello me pesa, con el famoso del nuevo Escarramán?


BARBERO

¿Adónde? En el infierno; allí tuvieron su origen y principio.


PANCRACIO

Yo así lo creo.


LEONARDA

Pues, en verdad, que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco; sino que por mi honestidad, y por guardar el decoro a quien soy, no me atrevo a bailarle.


SACRISTAN

Con cuatro mudanzas que yo le enseñase a vuesa merced cada día, en una semana saldría única en el baile; que sé que le falta bien poco.


ESTUDIANTE

Todo se andará; por agora, entrémonos a cenar, que es lo que importa.


PANCRACIO

Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no, con otras cien mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en La Cueva de Salamanca. 




FIN





El viejo celoso

 

Salen Doña LORENZA y CRISTINA, su criada, y HORTIGOSA, su vecina


LORENZA

Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, el no haber dado la vuelta a la llave mi duelo, mi yugo y mi desesperación. Éste es el primero día, después que me casé con él, que hablo con persona de fuera de casa; que fuera le vea yo desta vida a él y a quien con él me casó.


HORTIGOSA

Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto; que con una caldera vieja se compra otra nueva.


LORENZA

Y aún con esos y otros semejantes villancicos o refranes me engañaron a mí; que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces; malditas sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete. ¿De qué me sirve a mí todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy pobre, y en medio de la abundancia con hambre?


CRISTINA

En verdad, señora tía, que tienes razón; que más quisiera yo andar con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme casada y enlodada con ese viejo podrido que tomaste por esposo.


LORENZA

¿Yo le tomé, sobrina? A la fe, diómele quien pudo; y yo, como muchacha, fui más presta al obedecer que al contradecir; pero, si yo tuviera tanta experiencia destas cosas, antes me tarazara la lengua con los dientes que pronunciar aquel sí, que se pronuncia con dos letras y da que llorar dos mil años; pero yo imagino que no fue otra cosa sino que había de ser ésta, y que, las que han de suceder forzosamente, no hay prevención ni diligencia humana que las prevenga.


CRISTINA

¡Jesús y del mal viejo! Toda la noche: "Daca el orinal, toma el orinal; levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de la ijada; dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra." Con más ungüentos y medicinas en el aposento que si fuera una botica; y yo, que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera. ¡Pux, pux, pux!, ¡Viejo clueco, tan potroso como celoso, y el más celoso del mundo!


LORENZA

Dice la verdad mi sobrina.


CRISTINA

¡Pluguiera a Dios que nunca yo la dijera en esto!


HORTIGOSA

Ahora bien, señora doña Lorenza, vuesa merced haga lo que le tengo aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es como un ginjo verde; quiere bien, sabe callar y agradecer lo que por él sehace; y, pues los celos y el recato del viejo no nos dan lugar a demandas ni a respuestas, resolución y buen ánimo: que, por la orden que hemos dado,yo le pondré al galán en su aposento de vuesa merced y le sacaré, si bien tuviese el viejo más ojos que Argos y viese más que un zahorí, que dicen que vee siete estados debajo de la tierra.


LORENZA

Como soy primeriza, estoy temerosa, y no querría, a trueco del gusto, poner a riesgo la honra.


CRISTINA

Eso me parece, señora tía, a lo del cantar de Gómez Arias:

«Señor Gómez Arias,

doleos de mí;

soy niña y muchacha,

nunca en tal me vi».


LORENZA

Algún espíritu malo debe de hablar en ti, sobrina, según las cosas que dices.


CRISTINA

Yo no sé quién habla; pero yo sé que haría todo aquello que la señora Hortigosa ha dicho, sin faltar punto.


LORENZA

¿Y la honra, sobrina?


CRISTINA

¿Y el holgarnos, tía?


LORENZA

¿Y si se sabe?


CRISTINA

¿Y si no se sabe?


LORENZA

¿Y quién me asegurará a mí que no se sepa?


HORTIGOSA

¿Quién? La buena diligencia, la sagacidad, la industria; y, sobre todo, el buen ánimo y mis trazas.


CRISTINA

Mire, señora Hortigosa, tráyanosle galán, limpio, desenvuelto, un poco atrevido, y, sobre todo, mozo.


HORTIGOSA

Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos más: que es rico y liberal.


LORENZA

Que no quiero riquezas, señora Hortigosa; que me sobran las joyas, y me ponen en confusión las diferencias de colores de mis muchos vestidos; hasta eso no tengo que desear, que Dios le dé salud a Cañizares: más vestida me tiene que un palmito, y con más joyas que la vedriera de un platero rico. No me clavara él las ventanas, cerrara las puertas, visitara a todas horas la casa, desterrara della los gatos y los perros, solamente porque tienen nombre de varón; que, a trueco de que no hiciera esto, y otras cosas no vistas en materia de recato, yo le perdonara sus dádivas y mercedes.


HORTIGOSA

¿Que tan celoso es?


LORENZA

Digo que le vendían el otro día una tapicería a bonísimo precio, y por ser de figuras no la quiso, y compró otra de verduras por mayor precio, aunque no era tan buena. Siete puertas hay antes que se llegue a mi aposento, fuera de la puerta de la calle, y todas se cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde las esconde de noche.


CRISTINA

Tía, la llave de loba creo que se la pone entre las faldas de la camisa.


LORENZA

No lo creas, sobrina; que yo duermo con él, y jamás le he visto ni sentido que tenga llave alguna.


CRISTINA

Y más, que toda la noche anda como trasgo por toda la casa; y si acaso dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se vayan: es un malo, es un brujo; es un viejo, que no tengo más que decir.


LORENZA

Señora Hortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo, que sería echarlo a perder todo; y lo que ha de hacer, hágalo luego; que estoy tan aburrida, que no me falta sino echarme una soga al cuello, por salir de tan mala vida.


HORTIGOSA

Quizá con esta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala gana y le vendrá otra más saludable y que más la contente.


CRISTINA

Así suceda, aunque me costase a mí un dedo de la mano: que quiero mucho a mi señora tía, y me muero de verla tan pensativa y angustiada en poder deste viejo y reviejo, y más que viejo; y no me puedo hartar de decille viejo.


LORENZA

Pues en verdad que te quiere bien, Cristina.


CRISTINA

¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto más, que yo he oído decir que siempre los viejos son amigos de niñas.


HORTIGOSA

Así es la verdad, Cristina, y adiós, que, en acabando de comer, doy la vuelta. Vuesa merced esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo salimos y entramos bien en ello.


CRISTINA

Señora Hortigosa, hágame merced de traerme a mí un frailecico pequeñito, con quien yo me huelgue.


HORTIGOSA

Yo se le traeré a la niña pintado.


CRISTINA

¡Que no le quiero pintado, sino vivo, vivo, chiquito como unas perlas!


LORENZA

¿Y si lo ve tío?


CRISTINA

Diréle yo que es un duende, y tendrá dél miedo, y holgaréme yo.


HORTIGOSA

Digo que yo le trairé, y adiós.


Vase HORTIGOSA


CRISTINA

Mire tía si Hortigosa trae al galán y a mi frailecico, y si señor los viere, no tenemos más que hacer sino cogerle entre todos y ahogarle, y echarle en el pozo o enterrarle en la caballeriza.


LORENZA

Tal eres tú, que creo lo harías mejor que lo dices.


CRISTINA

Pues no sea el viejo celoso, y déjenos vivir en paz, pues no le hacemos mal alguno, y vivimos como unas santas.


Entran CAÑIZARES, viejo, y un COMPADRE suyo


CAÑIZARES

Señor compadre, señor compadre: el setentón que se casa con quince, o carece de entendimiento, o tiene gana de visitar el otro mundo lo más presto que le sea posible. Apenas me casé con doña Lorencica, pensando tener en ella compañía y regalo, y persona que se hallase en mi cabecera, y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte, cuando me embistieron una turbamulta de trabajos y desasosiegos; tenía casa, y busqué casar; estaba posado, y desposéme.


COMPADRE

Compadre, error fue, pero no muy grande; porque, según el dicho del Apóstol, mejor es casarse que abrasarse.


CAÑIZARES

¡Que no había que abrasar en mí, señor compadre, que con la menor llamarada quedara hecho ceniza! Compañía quise,compañía busqué, compañía hallé, pero Dios lo remedie, por quién él es.


COMPADRE

¿Tiene celos, señor compadre?


CAÑIZARES

Del sol que mira a Lorencita, del aire que le toca, de las faldas que la vapulan.


COMPADRE

¿Dale ocasión?


CAÑIZARES

¡Ni por pienso!, ni tiene por qué, ni cómo, ni cuándo, ni adónde: las ventanas, amén de estar con llave, las guarnecen rejas y celosías; las puertas jamás se abren; vecina no atraviesa mis umbrales, ni los atravesará mientras Dios me diere vida. Mirad, compadre: no les vienen los malos aires a las mujeres de ir a los jubileos ni a las procesiones, ni a todos los actos de regocijos públicos; donde ellas se mancan, donde ellas se estropean y adonde ellas se dañan, es en casa de las vecinas y de las amigas; más maldades encubre una mala amiga, que la capa de la noche; más conciertos se hacen en su casa y más se concluyen, que en una asamblea.


COMPADRE

Yo así lo creo; pero si la señora doña LORENZA no sale de casa, ni nadie entra en la suya, ¿de qué vive descontento mi compadre?


CAÑIZARES

De que no pasará mucho tiempo en que no caya Lorencica en lo que le falta; que será un mal caso, y tan malo, que en sólo pensallo le temo, y de temerle me desespero, y de desesperarme vivo con disgusto.


COMPADRE

Y con razón se puede tener ese temer, porque las mujeres querrían gozar enteros los frutos del matrimonio.


CAÑIZARES

La mía los goza doblados.


COMPADRE

Ahí está el daño, señor compadre.


CAÑIZARES

No, no, ni por pienso; porque es más simple Lorencica que una paloma, y hasta agora no entiende nada desas filaterías; y adiós, señor compadre, que me quiero entrar en casa.


COMPADRE

Yo quiero entrar allá, y ver a mi señora doña Lorenza.


CAÑIZARES

Habéis de saber, compadre, que los antiguos latinos usaban de un refrán, que decía: Amicus usque ad aras, que quiere decir: «El amigo, hasta el altar»; infiriendo que el amigo ha de hacer por su amigo todo aquello que no fuere contra Dios; y yo digo que mi amigo, usque ad portam, hasta la puerta; que ninguno ha de pasar mis quicios; y adiós, señor compadre, y perdóneme.


Éntrase CAÑIZARES


COMPADRE

En mi vida he visto hombre más recatado, ni más celoso, ni más impertinente; pero éste es de aquellos que traen la soga arrastrando, y de los que siempre vienen a morir del mal que temen.


Éntrase el COMPADRE.

Salen Doña LORENZA y CRISTINA


CRISTINA

Tía, mucho tarda tío, y más tarda Hortigosa.


LORENZA

Mas, que nunca él acá viniese, ni ella tampoco; porque él me enfada y ella me tiene confusa.


CRISTINA

Todo es probar, señora tía; y, cuando no saliere bien, darle del codo.


LORENZA

¡Ay, sobrina! Que estas cosas, o yo sé poco o sé que todo el daño está en probarlas.


CRISTINA

A fe, señora tía, que tiene poco ánimo, y que, si yo fuera de su edad, que no me espantaran hombres armados.


LORENZA

Otra vez torno a decir, y diré cien mil veces, que Satanás habla en tu boca; mas ¡ay! ¿Cómo se ha entrado señor?


CRISTINA

Debe de haber abierto con la llave maestra.


LORENZA

Encomiendo yo al diablo sus maestrías y sus llaves.


Entra CAÑIZARES


CAÑIZARES

¿Con quién hablábades, doña Lorenza?


LORENZA

Con Cristinica hablaba.


CAÑIZARES

Miradlo bien, doña Lorenza.


LORENZA

Digo que hablaba con Cristinica: ¿con quién había de hablar? ¿Tengo yo, por ventura, con quién?


CAÑIZARES

No querría que tuviésedes algún soliloquio con vos misma, que redundase en mi perjuicio.


LORENZA

Ni entiendo esos circunloquios que decís, ni aun los quiero entender; y tengamos la fiesta en paz.


CAÑIZARES

Ni aun las vísperas no querría yo tener en guerra con vos; pero, ¿quién llama a aquella puerta con tanta priesa? Mira, Cristinica, quien es, y, si es pobre, dale limosna y despídele.


CRISTINA

¿Quién está ahí?


HORTIGOSA

La vecina Hortigosa es, señora Cristina.


CAÑIZARES

¿Hortigosa y vecina? Dios sea conmigo. Pregúntale, Cristina, lo que quiere, y dáselo, con condición que no atraviese esos umbrales.


CRISTINA

¿Y qué quiere, señora vecina?


CAÑIZARES

El nombre de vecina me turba y sobresalta; llámala por su proprio nombre, Cristina.


CRISTINA

Responda: y ¿qué quiere, señora Hortigosa?


HORTIGOSA

Al señor Cañizares quiero suplicar un poco, en que me va la honra, la vida y el alma.


CAÑIZARES

Decidle, sobrina, a esa señora, que a mí me va todo eso y más en que no entre acá dentro.


LORENZA

¡Jesús, y qué condición tan extravagante! ¿Aquí no estoy delante de vos? ¿Hanme de comer de ojo? ¿Hanme de llevar por los aires?


CAÑIZARES

¡Entre con cien mil Bercebuyes, pues vos lo queréis!


CRISTINA

Entre, señora vecina.


CAÑIZARES

¡Nombre fatal para mí es el de vecina!


Entra HORTIGOSA, y trae un guadamecí y en las pieles de las cuatro esquinas han de venir pintados Rodamonte, Mandricardo, Rugero y Gradaso; y Rodamonte venga pintado como arrebozado


HORTIGOSA

Señor mío de mi alma, movida y incitada de la buena fama de vuesa merced, de su gran caridad y de sus muchas limosnas, me he atrevido de venir a suplicar a vuesa merced me haga tanta merced, caridad y limosna y buena obra de comprarme este guadamecí, porque tengo un hijo preso por unas heridas que dio a un tundidor, y ha mandado la justicia que declare el cirujano, y no tengo con qué pagalle, y corre peligro no le echen otros embargos, que podrían ser muchos, a causa que es muy travieso mi hijo; y querría echarle hoy o mañana, si fuese posible, de la cárcel. La obra es buena, el guadamecí nuevo, y, con todo eso, le daré por lo que vuesa merced quisiere darme por él, que en más está la monta, y como esas cosas he perdido yo en esta vida. Tenga vuesa merced desa punta, señora mía, y descojámosle, porque no vea el señor Cañizares que hay engaño en mis palabras; alce más, señora mía, y mire cómo es bueno de caída, y las pinturas de los cuadros parece que están vivas.


Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás dél UN GALAN; y, como CAÑIZARES ve los retratos, dice


CAÑIZARES

¡Oh, qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere el señor rebozadito en mi casa? Aun si supiese que tan amigo soy yo destas cosas y destos rebocitos, espantarse ía.


CRISTINA

Señor tío, yo no sé nada de rebozados; y si él ha entrado en casa, la señora Hortigosa tiene la culpa; que a mí, el diablo me lleve si dije ni hice nada para que él entrase; no, en mi conciencia, aun el diablo sería si mi señor tío me echase a mí la culpa de su entrada.


CAÑIZARES

Ya yo lo veo, sobrina, que la señora Hortigosa tiene la culpa; pero no hay de qué maravillarme, porque ella no sabe mi condición, ni cuán enemigo soy de aquestas pinturas.


LORENZA

Por las pinturas lo dice, Cristinica, y no por otra cosa.


CRISTINA

Pues por esas digo yo. ¡Ay, Dios sea conmigo! Vuelto se me ha el ánima al cuerpo, que ya andaba por los aires.


LORENZA

¡Quemado vea yo ese pico de once varas! En fin, quien con muchachos se acuesta, etc.


CRISTINA

¡Ay, desgraciada, y en qué peligro pudiera haber puesto toda esta baraja!


CAÑIZARES

Señora Hortigosa, yo no soy amigo de figuras rebozadas ni por rebozar; tome este doblón, con el cual podrá remediar su necesidad, y váyase de mi casa lo más presto que pudiere, y ha de ser luego, y llévese su guadamecí.


HORTIGOSA

Viva vuesa merced más años que Matute el de Jerusalén, en vida de mi señora doña... no sé cómo se llama, a quien suplico me mande, que la serviré de noche y de día, con la vida y con el alma, que la debe de tener ella como la de una tortolica simple.


CAÑIZARES

Señora Hortigosa, abrevie y váyase, y no se esté agora juzgando almas ajenas.


HORTIGOSA

Si vuesa merced hubiere menester algún pegadillo para la madre, téngolos milagrosos; y, si para mal de muelas, sé unas palabras que quitan el dolor como con la mano.


CAÑIZARES

Abrevie, señora Hortigosa, que doña Lorenza, ni tiene madre, ni dolor de muelas; que todas las tiene sanas y enteras, que en su vida se ha sacado muela alguna.


HORTIGOSA

Ella se las sacará, placiendo al cielo, porque le dará muchos años de vida; y la vejez es la total destruición de la dentadura.


CAÑIZARES

¡Aquí de Dios! ¿Que no será posible que me deje esta vecina? ¡Hortigosa, o diablo, o vecina, o lo que eres, vete con Dios y déjame en mi casa!


HORTIGOSA

Justa es la demanda, y vuesa merced no se enoje, que ya me voy.


Vase HORTIGOSA


CAÑIZARES

¡Oh vecinas, vecinas! Escaldado quedo aun de las buenas palabras desta vecina, por haber salido por boca de vecina.


LORENZA

Digo que tenéis condición de bárbaro y de salvaje; y ¿qué ha dicho esta vecina para que quedéis con la ojeriza contra ella? Todas vuestras buenas obras las hacéis en pecado mortal: dístesle dos docenas de reales, acompañados con otras dos docenas de injurias, ¡boca de lobo, lengua de escorpión y silo de malicias!


CAÑIZARES

No, no, a mal viento va esta parva; no me parece bien que volváis tanto por vuestra vecina.


CRISTINA

Señora tía, éntrese allí dentro y desenójese, y deje a tío, que parece que está enojado.


LORENZA

Así lo haré, sobrina; y aun quizá no me verá la cara en estas dos horas; y a fe que yo se la dé a beber, por más que la rehúse.


Éntrase Doña LORENZA


CRISTINA

Tío, ¿no ve cómo ha cerrado de golpe? Y creo que va a buscar una tranca para asegurar la puerta.


Doña LORENZA, Por dentro

¿Cristinica? ¿Cristinica?


CRISTINA

¿Qué quiere, tía?


LORENZA

¡Si supieses qué galán me ha deparado la buena suerte! Mozo, bien dispuesto, pelinegro, y que le huele la boca a mil azahares.


CRISTINA

¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! ¿Está loca, tía?


LORENZA

No estoy sino en todo mi juicio; y en verdad que, si le vieses, que se te alegrase el alma.


CRISTINA

¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Ríñala, tío, porque no se atreva, ni aun burlando, a decir deshonestidades.


CAÑIZARES

¿Bobear, Lorenza? Pues a fe que no estoy yo de gracia para sufrir esas burlas.


LORENZA

Que no son sino veras, y tan veras, que en este género no pueden ser mayores.


CRISTINA

¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Y dígame, tía, ¿está ahí también mi frailecito?


LORENZA

No, sobrina; pero otra vez vendrá si quiere Hortigosa, la vecina.


CAÑIZARES

Lorenza, di lo que quisieres, pero no tomes en tu boca el nombre de vecina, que me tiemblan las carnes en oírle.


LORENZA

También me tiemblan a mí por amor de la vecina.


CRISTINA

¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías!


LORENZA

Ahora echo de ver quién eres, viejo maldito; que hasta aquí he vivido engañada contigo.


CRISTINA

Ríñala, tío, ríñala, tío; que se desvergüenza mucho.


LORENZA

Lavar quiero a un galán las pocas barbas que tiene con una bacía llena de agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel pintado.


CRISTINA

¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Despedácela, tío.


CAÑIZARES

No la despedazaré yo a ella, sino a la puerta que la encubre.


LORENZA

No hay para qué: vela aquí abierta; entre, y verá como es verdad cuanto le he dicho.


CAÑIZARES

Aunque sé que te burlas, sí entraré para desenojarte.


Al entrar CAÑIZARES, danle con una bacía de agua en los ojos; él vase a limpiar; acuden sobre él CRISTINA y Doña LORENZA, y en este ínterin sale el galán y vase


CAÑIZARES

¡Por Dios, que por poco me cegaras, Lorenza! Al diablo se dan las burlas que se arremeten a los ojos.


LORENZA

¡Mirad con quién me casó mi suerte, sino con el hombre más malicioso del mundo! ¡Mirad cómo dio crédito a mis mentiras, por su..., fundadas en materia de celos, que menoscabada y asendereada sea mi ventura! Pagad vosotros, cabellos, las deudas deste viejo; llorad vosotros, ojos, las culpas deste maldito; mirad en lo que tiene mi honra y mi crédito, pues de las sospechas hace certezas, de las mentiras verdades, de las burlas veras y de los entretenimientos maldiciones. ¡Ay, que se me arranca el alma!


CRISTINA

Tía, no dé tantas voces, que se juntará la vecindad.


ALGUACIL

De dentro ¡Abran esas puertas! Abran luego; si no, echarélas en el suelo.


LORENZA

Abre, Cristinica, y sepa todo el mundo mi inocencia y la maldad deste viejo.


CAÑIZARES

¡Vive Dios, que creí que te burlabas! ¡Lorenza, calla!


Entran el ALGUACIL, y los MÚSICOS, y el BAILARÍN y HORTIGOSA


ALGUACIL

¿Qué es esto? ¿Qué pendencia es ésta? ¿Quién daba aquí voces?


CAÑIZARES

Señor, no es nada; pendencias son entre marido y mujer, que luego se pasan.


MÚSICO

¡Por Dios, que estábamos mis compañeros y yo, que somos músicos, aquí pared y medio, en un desposorio, y a las voces hemos acudido, con no pequeño sobresalto, pensando que era otra cosa.


HORTIGOSA

Y yo también, en mi ánima pecadora.


CAÑIZARES

Pues en verdad, señora Hortigosa, que si no fuera por ella, que no hubiera sucedido nada de lo sucedido.


HORTIGOSA

Mis pecados lo habrán hecho; que soy tan desdichada, que, sin saber por dónde ni por dónde no, se me echan a mí las culpas que otros cometen.


CAÑIZARES

Señores, vuesas mercedes todos se vuelvan norabuena, que yo les agradezco su buen deseo; que ya yo y mi esposa quedamos en paz.


LORENZA

Sí quedaré, como le pida primero perdón a la vecina, si alguna cosa mala pensó contra ella.


CAÑIZARES

Si a todas las vecinas de quien yo pienso mal hubiese de pedir perdón, sería nunca acabar; pero, con todo eso, yo se le pido a la señora Hortigosa.


HORTIGOSA

Y yo le otorgo para aquí y para delante de Pero García.


MÚSICO

Pues, en verdad, que no habemos de haber venido en balde: toquen mis compañeros, y baile el bailarín, y regocíjense las paces con esta canción.


CAÑIZARES:

Señores, no quiero música: yo la doy por recebida.


MÚSICO:

Pues aunque no la quiera.


Cantan


El agua de por San Juan

quita vino y no da pan.

Las riñas de por San Juan

todo el año paz nos dan.

Llover el trigo en las eras,

las viñas estando en cierne,

no hay labrador que gobierne

bien sus cubas y paneras;

Mas las riñas más de veras,

si suceden por San Juan

todo el año paz nos dan.


Baila


Por la canícula ardiente

está la cólera a punto;

pero, pasando aquel punto,

menos activa se siente.

Y así, el que dice no miente,

Que las riñas por San Juan

todo el año paz nos dan.


Baila


Las riñas de los casados

como aquesta siempre sean,

para que después se vean,

sin pensar regocijados.

Sol que sale tras nublados,

es contento tras afán:

Las riñas de por San Juan

todo el año paz nos dan.


CAÑIZARES:

Porque vean vuesas mercedes las revueltas y vueltas en que me ha puesto una vecina, y si tengo razón de estar mal con las vecinas.


LORENZA:

Aunque mi esposo está mal con las vecinas, yo beso a vuesas mercedes las manos, señoras vecinas.


CRISTINA:

Y yo también; mas si mi vecina me hubiera traído mi frailecico, yo la tuviera por mejor vecina; y adiós, señoras vecinas. 




FIN