Title: Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados
Language: Spanish 
Year of First Publication: 1615
Edition: Viuda de Alonso Martín, Madrid, 1615
License: Public Domain
Last revision: June 28, 2020
Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados
Miguel de Cervantes
Index
SUMA DEL PRIVILEGIO
Tiene privilegio Miguel de Cervantes Saavedra por diez años para imprimir estas Ocho comedias y entremeses. Su fecha del dicho privilegio en Valladolid, a venticinco días del mes de julio de mil y seiscientos y quince años. Pasó ante Hernando de Vallejo, escribano de Cámara.
SUMA DE LA TASA
Este libro de las Ocho comedias y entremeses, de Miguel de Cervantes Saavedra, está tasado por los señores del Consejo a cuatro maravedís cada pliego; que el dicho libro tiene sesenta y seis pliegos, que, a razón de cuatro maravedís, monta docientos y sesenta y cuatro maravedís. Su data en Madrid, a ventidós días del mes de setiembre de mil y seiscientos y quince años, ante Hernando de Vallejo, escribano de Cámara.
FE DE LAS ERRATAS
Estas Comedias, compuestas por Miguel de Cervantes Saavedra, corresponden con su original. Dada en Madrid, a 13 de setiembre de 1615 años.
El Licenciado Murcia de la Llana.
APROBACIÓN
Por mandado y comisión del señor doctor Cetina, Vicario General en esta Corte, he visto el libro de Comedias y entremeses de Miguel de Cervantes no representadas, y no hallo en él cosa contra nuestra santa fe católica y buenas costumbres; antes, muchas entretenidas y de gusto. Éste es mi parecer, salvo, etc. En Madrid, 3 de Julio [de] 1615.
El Maestro Joseph de Valdivielso.
PRÓLOGO AL LECTOR
No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes, y de tal manera las subtilizaron y atildaron, que, a mi parecer, vinieron a quedar en punto de toda perfección.
Tratóse también de quién fue el primero que en España las sacó de mantillas, y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia; yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio ba[t]ihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ninguno le ha llevado ventaja; y, aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito de prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad.
En el tiempo deste célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que saliese o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre excelente y famoso le enterraron en la iglesia mayor de Córdoba (donde murió), entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López.
Sucedió a Lope de Rueda, Navarro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer la figura de un rufián cobarde; éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles; sacó la música, que antes cantaba detrás de la manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza, y hizo que todos representasen a cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos o otras figuras que pidiesen mudanza de rostro; inventó tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto no llegó al sublime punto en que está agora.
Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse; La destruición de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas. Tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su juridición a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias proprias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, o oído decir, por lo menos, que se han representado; y si algunos, que hay muchos, han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él sólo.
Pero no por esto, pues no lo concede Dios todo a todos, dejen de tenerse en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope; estímense las trazas artificiosas en todo estremo del licenciado Miguel Sánchez, la gravedad del doctor Mira de Mescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e inumerables conceptos del canónigo Tá- rraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro, la agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que agora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza, y las que prometen Las fullerías de amor, de Gaspar de Ávila, que todos éstos y otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope.
Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y, pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía; y así, las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada; y, si va a decir la verdad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo, y dije entre mí: ``O yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho; sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos''. Torné a pasar los ojos por mis comedias, y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor a la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en la estampa como aquí te las ofrece. Él me las pagó razonablemente; yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del mundo, o, a lo menos, razonables; tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se emiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no tienen necedades patentes y descubiertas, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo, y que el lenguaje de los entremeses es proprio de las figuras que en ellos se introducen, y que, para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia que estoy componiendo, y la intitulo El engaño a los ojos, que, si no me engaño, le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud y a mí paciencia.
DEDICATORIA
Al Conde de Lemos
Ahora se agoste o no el jardín de mi corto ingenio, que los frutos que él ofreciere, en cualquiera sazón que sea, han de ser de V. E., a quien ofrezco el destas Comedias y entremeses, no tan desabridos, a mi parecer, que no puedan dar algún gusto; y si alguna cosa llevan razonable, es que no van manoseados ni han salido al teatro, merced a los farsantes, que, de puro discretos, no se ocupan sino en obras grandes y de graves autores, puesto que tal vez se engañan. Don Quijote de la Mancha queda calzadas las espuelas en su Segunda parte para ir a besar los pies a V.E. Creo que llegará quejoso, porque en Tarragona le han asendereado y malparado, aunque, por sí o por no, lleva información hecha de que no es él el contenido en aquella historia, sino otro supuesto, que quiso ser él y no acertó a serlo. Luego irá el gran Persiles, y luego Las semanas del jardín, y luego la segunda parte de La Galatea, si tanta carga pueden llevar mis ancianos hombros; y luego y siempre irán las muestras del deseo que tengo de servir a V. E. como a mi verdadero señor y firme y verdadero amparo, cuya persona, &c.
Criado de V. Excelencia:
Miguel de Cervantes Saavedra.
LOS NOMBRES DESTAS COMEDIAS SON LOS SIGUIENTES:
ENTREMESES:
[La] elección de los alcaldes de Daganzo.
Comedia famosa del gallardo español
Hablan en esta primera jornada las personas siguientes:
ARLAXA, mora.
ALIMUZEL, moro.
DON ALONSO DE CÓRDOBA, conde de Alcaudete, general de Orán.
DON FERNANDO DE SAAVEDRA.
GUZMÁN, capitán.
FRATÍN, ingeniero.
UN SOLDADO.
CEBRIÁN, moro, criado de ALIMUZEL.
NACOR, moro.
DON MARTÍN DE CÓRDOBA.
UNO, con una petición.
BUITRAGO, soldado.
UN PAJECILLO.
OROPESA, cautivo.
ROBLEDO, alférez.
JORNADA PRIMERA
Salen ARLAXA, mora, y ALIMUZEL, moro.
ARLAXA
Es el caso, Alimuzel,
que, a no traerme el cristiano,
te será el Amor tirano,
y yo te seré crüel.
Quiérole preso y rendido,
aunque sano y sin cautela.
ALIMUZEL
¿Posible es que te desvela
deseo tan mal nacido?
Conténtate que le mate,
si no pudiere rendille;
que detener al herille
el brazo, será dislate.
Partiréme a Orán al punto,
y desafiaré al cristiano,
y haré por traerle sano,
pues no le quieres difunto.
Pero, si acaso el rigor
de la cólera me incita
y su muerte solicita,
¿tengo de perder tu amor?
¿Está tan puesto en razón
Marte, desnuda la espada,
que la tenga nivelada
al peso de tu afición?
ARLAXA
Alimuzel, yo confieso
que tienes razón en parte;
que, en las hazañas de Marte,
hay muy pocas sin exceso,
el cual se suele templar
con la cordura y valor.
Yo he puesto precio en mi amor:
mira si le puedes dar.
Quiero ver la bizarría
deste que con miedo nombro,
deste espanto, deste asombro
de toda la Berbería;
deste Fernando valiente,
ensalzador de su crisma
y coco de la morisma,
que nombrar su nombre siente;
deste Atlante de su España,
su don Manuel el gallardo
por una y otra hazaña.
Quiero de cerca miralle,
pero rendido a mis pies.
ALIMUZEL
Haz cuenta que ya lo ves,
puesto que dé en ayudalle
todo el cielo.
ARLAXA
Pues, ¿qué esperas?
ALIMUZEL
Espero a ver si te burlas;
aunque para mí tus burlas
siempre han sido puras veras.
Comedido, como amante,
soy, y sólo sé decirte
que el deseo de servirte
me hace ser arrogante.
Puedes de mí prometerte
imposibles sobrehumanos,
mil prisioneros cristianos
que vengan a obedecerte.
ARLAXA
Tráeme solamente al fuerte
don Fernando Saavedra,
que con él veré que medra
y se mejora mi suerte;
y aun la tuya, pues te doy
palabra que he de ser tuya,
como el hecho se concluya
a mi gusto.
ALIMUZEL
Quizá hoy
oirán los muros de Orán
mi voz en el desafío,
y aun de los cielos confío,
que luz y vida nos dan,
que han de acudir a mi intento
con suceso venturoso.
ARLAXA
Parte, Alimuzel famoso.
ALIMUZEL
Fuerzas de tu mandamiento
me llevan tan alentado,
que acabaré con valor
el imposible mayor
que se hubiere imaginado.
ARLAXA
Ve en paz, que de aquesta guerra
la vitoria te adivino.
Entrase ARLAXA.
ALIMUZEL
¡Queda en paz, rostro divino,
ángel que mora en la tierra,
bizarra sobre los hombres
que a guerra a Marte provoca[n],
a quien de excelencias tocan
mil títulos y renombres;
en estremo poderosa
de dar tormento y placer,
yelo que nos hace arder
en viva llama amorosa!
Que[da] en paz, que, sin tu sol,
ya camino en noche escura;
resucite mi ventura 95
la muerte deste español.
Mas, ¡ay, que no he de matalle,
sino prendelle y no más!
¿Quién tal deseo jamás
vio, ni pudo imaginalle?
Entrase ALIMUZEL.
Salen DON ALONSO DE CORDOBA, conde de Alcaudete, general de Orán;DON FERNANDO DE SAAVEDRA; GUZMAN, capitán; FRATIN, ingeniero.
FRATIN
Hase de alzar, señor, esta cortina
a peso de aquel cubo, que responde
a éste que descubre la marina.
De la silla esta parte no se esconde;
mas, ¿qué aprovecha, si no está en defensa,
ni Almarza a nuestro intento corresponde?
D. ALONSO
El cerco es cierto, y más cierta la ofensa,
si ya no son cortinas y muralla
de vuestros brazos la virtud inmensa.
Donde el deseo de la fama se halla,
las defensas se estiman en un cero,
y a campo abierto salta a la batalla.
Venga, pues, la morisma, que yo espero
en Dios y en vuestras manos vencedoras
que volverá el león manso cordero.
Los Argos, centinelas veladoras,
miren al mar y miren a la tierra
en las del día y las nocturnas horas.
No hay disculpa al descuido que en la guerra
se hace, por pequeño que parezca,
que pierde mucho quien en poco yerra;
y si aviniere que el cabello ofrezca
la ligera ocasión, ha de tomarse,
antes que a espaldas vueltas desparezca:
que, en la guerra, el perderse o el ganarse
suele estar en un punto, que, si pasa,
vendrá el de estar quejoso y no vengarse.
En su pajiza, pobre y débil casa
se defiende el pastor del sol ardiente
que el campo agosta y la montaña abrasa.
Quiero inferir que puede ser valiente
detrás de un muro un corazón medroso,
cuando a sus lados que le animan siente.
Entra un SOLDADO.
SOLDADO Señor, con ademán bravo y airoso,
picando un alazán, un moro viene
y a la ciudad se acerca presuroso.
Bien es verdad que a veces se detiene
y mira a todas partes, recatado,
como quien miedo y osadía tiene.
Adarga blanca trae, y alfanje al lado,
lanza con bandereta de seguro,
y el bonete con plumas adornado.
Puedes, si gustas, verle desde el muro.
D. ALONSO
Bien de aquí se descubre; ya le veo.
Si es embajada, yo le doy seguro.
D. FERNANDO
Antes es desafío, a lo que creo.
Entra ALIMUZEL, a caballo, con lanza y adarga.
ALIMUZEL
Escuchadme, los de Orán,
caballeros y soldados,
que firmáis con nuestra sangre
vuestros hechos señalados.
Alimuzel soy, un moro
de aquellos que son llamados
galanes de Melïona,
tan valientes como hidalgos.
No me trae aquí Mahoma
a averiguar en el campo
si su secta es buena o mala,
que El tiene deso cuidado.
Tráeme otro dios más brioso,
que es tan soberbio y tan manso,
que ya parece cordero,
y ya león irritado.
Y este dios, que así me impele,
es de una mora vasallo,
que es reina de la hermosura,
de quien soy humilde esclavo.
No quiero decir que hiendo,
que destrozo, parto o rajo;
que animoso, y no arrogante,
es el buen enamorado.
Amo, en fin, y he dicho mucho
en sólo decir que amo,
para daros a entender
que puedo estimarme en algo.
Pero, sea yo quien fuere,
basta que me muestro armado
ante estos soberbios muros,
de tantos buenos guardados;
que si no es señal de loco,
será indicio de que he dado
palabra que he de cumplilla
o quedar muerto en el campo.
Y así, a ti te desafío,
don Fernando el fuerte, el bravo,
tan infamia de los moros
cuanto prez de los cristianos.
Bien se verá en lo que he dicho
que, aunque haya otros Fernandos,
es aquel de Saavedra
a quien a batalla llamo.
Tu fama, que no se encierra
en límites, ha llegado
a los oídos de Arlaxa,
de la belleza milagro.
Quiere verte; mas no muerto,
sino preso, y hame dado
el asumpto de prenderte:
mira si es pequeño el cargo.
Yo prometí de hacello,
porque el que está enamorado,
los más arduos imposibles
facilita y hace llano.
Y, para darte ocasión
de que salgas mano a mano
a verte conmigo agora,
destas cosas te hago cargo:
que peleas desde lejos,
que el arcabuz es tu amparo,
que en comunidad aguijas
y a solas te vas de espacio;
que eres Ulises nocturno,
no Telamón al sol claro;
que nunca mides tu espada
con otra, a fuer de hidalgo.
Si no sales, verdad digo;
si sales, quedará llano,
ya vencido o vencedor,
que tu fama no habla en vano.
Aquí, junto a Canastel,
solo te estaré esperando
hasta que mañana el sol
llegue al Poniente su carro.
Del que fuere vencedor
ha de ser el otro esclavo:
premio rico y premio honesto.
Ven, que espero, don Fernando.
Vase.
D. ALONSO
Don Fernando, ¿qué os parece?
D. FERNANDO
Que es el moro comedido
y valiente, y que merece
ser de Amor favorecido
en el trance que se ofrece.
D. ALONSO
Luego, ¿pensáis de salir?
D. FERNANDO
Bien se puede esto inferir
de su demanda y mi celo,
pues ya se sabe que suelo
a lo que es honra acudir.
Déme vuestra señoría
licencia, que es bien que salga
antes que se pase el día.
D. ALONSO
No es posible que ahora os valga
vuestra noble valentía.
No quiero que allá salgáis,
porque hallaréis, si miráis
a la soldadesca ley,
que obligado a vuestro rey
mucho más que a vos estáis.
En la guerra, usanza es vieja,
y aun ley casi principal
a toda razón aneja,
que por causa general
la particular se deja.
Porque no es suyo el soldado
que está en presidio encerrado
sino de aquél que le encierra,
y no ha de hacer otra guerra
sino a la que se ha obligado.
En ningún modo sois vuestro,
sino del rey, y en su nombre
sois mío, según lo muestro;
y yo no aventuro un hombre
que es de la guerra maestro
por la simple niñería
de una amorosa porfía;
don Fernando, esto es verdad.
D. FERNANDO
¡De estraña reguridad
usa vuestra señoría
conmigo! ¿Qué dirá el moro?
D. ALONSO
Diga lo que él más quisiere;
que yo guardo aquí el decoro
que la guerra pide y quiere;
y della ninguno ignoro.
D. FERNANDO
Respóndasele, a lo menos,
y sepa que por tus buenos
respetos allá no salgo.
GUZMAN
No os tendrá por esto el galgo,
señor don Fernando, en menos.
D. ALONSO
Lleve el capitán Guzmán
la respuesta.
GUZMAN
Sí haré,
y, ¡voto a tal!, si me dan
licencia, que yo le dé
al morico ganapán
tal rato, que quede frío
de amor con el desafío.
D. ALONSO
Respondedle cortésmente
con el término prudente
que de vuestro ingenio fío.
Vanse DON ALONSO y FRATIN.
GUZMAN
¿Queréis que, en vez de respuesta,
os le dé una mano tal,
que se concluya la fiesta?
D. FERNANDO
Que me estará a mí muy mal
eso, es cosa manifiesta.
Sólo a mí me desafía,
y gran mengua me sería
que otro por mí pelease.
Mas si el moro me esperase
allí siquiera otro día,
yo le saldré a responder,
a pesar de todo el mundo
que lo quiera defender.
GUZMAN
¿En qué os fundáis?
D. FERNANDO
Yo me fundo
en esto que pienso hacer:
el lunes soy yo de ronda,
y, cuando la noche esconda
la luz con su manto escuro,
arrojaréme del muro
a la cava.
GUZMAN
Está muy honda
y podríais peligrar.
D. FERNANDO
Póneme en los pies el brío
mil alas para volar.
Todo aquesto de vos fío.
GUZMAN
Ya sabéis que sé callar.
Dejadme salir primero,
porque de mi industria espero
que saldréis bien deste hecho.
D. FERNANDO
Sois amigo de provecho.
GUZMAN
Sí, porque soy verdadero.
Vanse, y salen ALIMUZEL y CEBRIAN, su criado, que en arábigo quiere decir `lacayo o mozo de caballos'.
ALIMUZEL
Atale allí, Cebrián,
al tronco de aquella palma;
repose el fuerte alazán
mientras reposa mi alma
los cuidados que le dan.
Aquí a solas daré al llanto
las riendas, o al pensar santo
en las memorias de Arlaxa,
en tanto que al campo baja
aquél que se estima en tanto.
Baja la cabeza CEBRIAN y vase.
¡Venturoso tú, cristiano,
que puedes a tus despojos
añadir el más que humano,
que es querer verte los ojos
del cielo que adoro en vano!
Y más que pena recibo
desto que en el alma escribo
con celoso desconcierto:
que a mí me quieren ver muerto
y a ti te quieren ver vivo.
Pero yo no haré locura
semejante; que, si venzo,
o por fuerza o por ventura,
daré a mis glorias comienzo,
dándote aquí sepultura.
Mas, si te hago morir,
¿cómo podré yo cumplir
lo que Arlaxa me ha mandado?
¡Oh triste y dudoso estado,
insufrible de sufrir!
Parleras aves, que al viento
esparcís quejas de amor,
¿qué haré en el mal que siento?
¿Daré la rienda al rigor,
o al cortés comedimiento?
Mas démosla al sueño agora;
perdonadme, hermosa mora,
si aplico sin tu licencia
este alivio a la dolencia
que en mi alma triste mora.
Echase a dormir, y sale al instante NACOR, moro, con un turbante verde.
[NACOR]
Mahoma, ya que el Amor
en mis dichas no consiente,
muéstrame tú tu favor:
mira que soy tu pariente,
el infelice Nacor.
Jarife soy de tu casta,
y no me respeta el asta
de Amor que blande en mi pecho,
un blanco a sus tiros hecho,
do todas sus flechas gasta.
Y más, y no sé qué es esto,
que, con ser enamorado,
soy de tan bajo supuesto,
que no hay conejo acosado
más cobarde ni más presto.
Desto será buen testigo
el ver aquí mi enemigo
dormido, y no osar tocalle,
deseando de matalle
por venganza y por castigo.
Que esté celoso y con miedo,
por Alá, que es cosa nueva.
¿Llegaré, o estarme he quedo?
¿Cortaré en segura prueba
este gordïano enredo?
Que si éste quito delante,
podrá ser que vuelva amante
el pecho de Arlaxa ingrato.
Muérome porque no mato;
oso y tiemblo en un instante.
Entra el capitán GUZMAN, con espada y rodela
GUZMAN
¿Eres tú el desafiador
de don Fernando, por dicha?
NACOR
No tengo yo ese valor;
que el corazón con desdicha
es morada del temor.
Aquél es que está allí echado;
moro tan afortunado,
que Arlaxa le manda y mira.
GUZMAN
Paréceme que suspira.
NACOR
Sí hará, que está enamorado.
GUZMAN
¡Alimuzel!
ALIMUZEL
¿Quién me llama?
GUZMAN
Mal acudirás, durmiendo,
al servicio de tu dama.
ALIMUZEL
En el sueño va adquiriendo
fuerzas la amorosa llama,
porque en él se representan
visiones que me atormentan,
obligaciones que guarde,
miedos que me hacen cobarde
y celos que más me alientan.
Mirándote estoy, y veo
cuán propio es de la mujer
tener estraño deseo.
Cosas hay en ti que ver,
no que admirar.
GUZMAN
Yo lo creo;
pero, ¿por qué dices eso?
ALIMUZEL
Don Fernando, yo confieso
que tu buen talle y buen brío
llega y se aventaja al mío,
pero no en muy grande exceso;
y si no es por el gran nombre
que entre la morisma tienes
de ser en las armas hombre,
ninguna cosa contienes
que enamores ni que asombre;
y yo no sé por qué Arlaxa
tanto se angustia y trabaja
por verte, y vivo, que es más.
GUZMAN
Engañado, moro, estás:
tu vano discurso ataja,
que yo no soy don Fernando.
ALIMUZEL
Pues, ¿quién eres?
GUZMAN
Un su amigo
y embajador.
ALIMUZEL
Dime cuándo
espera verse conmigo,
porque le estoy aguardando.
GUZMAN
Has de saber, moro diestro,
que el sabio general nuestro
que salga no le consiente.
ALIMUZEL
Pues, ¿por qué?
GUZMAN
Porque es prudente
y en la guerra gran maestro.
Teme el cerco que se espera,
y no quiere aventurar
en empresa tan ligera
una espada que en cortar
es entre muchas primera.
Pero dice don Fernando
que le estés aquí aguardando
hasta el lunes, que él te jura
salir en la noche escura,
aunque rompa cualquier bando.
Si aquesto no te contenta,
y quieres probar la suerte
con menos daño y afrenta,
tu brazo gallardo y fuerte
con éste, que es flaco, tienta,
y a tu mora llevarás,
si me vences, quizá más
que en llevar a don Fernando.
ALIMUZEL
No estoy en eso pensando;
muy descaminado vas.
No eres tú por quien me envía
Arlaxa, y, aunque te prenda,
no saldré con mi porfía.
Haz que don Fernando entienda
que le aguardaré ese día
que pide, y si le venciere,
y entonces tu gusto fuere
probarme en el marcial juego,
mi voluntad hará luego
lo que la tuya quisiere;
que ya sabes que no es dado
dejar la empresa primera
por la segunda al soldado.
GUZMAN
Es verdad.
ALIMUZEL
Desa manera
bien quedaré desculpado.
GUZMAN
Dices muy bien.
ALIMUZEL
Sí, bien digo.
Vuélvete, y dile a tu amigo
que le espero y que no tarde.
GUZMAN
Tu Mahoma, Alí, te guarde.
ALIMUZEL
Tu Cristo vaya contigo.
Vase GUZMAN.
Nacor, ¿qué es esto? ¿A qué vienes?
NACOR
A ver cómo en esta empresa
tan peligrosa te avienes;
y por Alá que me pesa
de ver que en punto la tienes,
que el de tu muerte está a punto.
ALIMUZEL
¿En qué modo?
NACOR
En que barrunto
que, si de noche peleas,
sobre ti no es mucho veas
todo un ejército junto.
Esto de no estar en mano
de don Fernando el salir,
tenlo por ligero y vano;
que se suele prevenir
con astucias el cristiano.
De noche quieren cogerte,
porque al matarte o prenderte,
aun el sol no sea testigo.
No creas a tu enemigo;
Alí, procura volverte,
que bien disculpado irás
con Arlaxa, pues has hecho
lo que es posible, y aun más.
ALIMUZEL
Consejos de sabio pecho
son, Nacor, los que me das;
pero no puedo admitillos,
ni menos con gusto oíllos;
que tiene el Amor echados
a mis oídos, candados;
a los pies y alma, grillos.
NACOR
Para mejor ocasión
te guarda, porque es cordura
prevenir a la intención
del que a su salvo procura
su gloria y tu perdición.
Ven, que a Arlaxa daré cuenta
de modo que diga y sienta
que eres vencedor osado,
pues si no sale el llamado,
en sí se queda la afrenta.
Cuanto más, que, cuando venga
el cerco desta ciudad,
que ya no hay quien le detenga,
podrás, a tu voluntad,
hacer lo que más convenga;
que entonces saldrá el cristiano,
si es arrogante y lozano,
al campo abierto, sin duda.
ALIMUZEL
Bien es, Nacor, que yo acuda
a tu consejo, que es sano.
Ven y vamos, pues podré,
en este cerco que dices,
cumplir lo que aquí falté;
mas mira que me autorices
con Arlaxa.
NACOR
Sí haré.
[Aparte] Sentirá Arlaxa la mengua
que tanto al cristiano amengua,
haciéndole della alarde;
vos quedaréis por cobarde,
o mal me andará la lengua.
Vanse. Salen DON ALONSO DE CORDOBA, general de Orán, conde de Alcaudete, y su hermano, DON MARTIN DE CORDOBA, y DON FERNANDO DE SAAVEDRA.
CONDE
Señor don Martín, conviene
que vuesa merced acuda
a Mazalquivir, que tiene
necesidad de la ayuda
que vuestro esfuerzo contiene;
que allí acudirá primero
el enemigo ligero.
Mas, que venzáis no lo dudo;
que el cobarde está desnudo,
aunque se vista de acero.
En su muchedumbre estriba
aquesta mora canalla,
que así se nos muestra esquiva;
mas, cuando defensa halla,
se humilla, prostra y derriba.
Sus gustos, sus algazaras,
si bien en ello reparas,
son el canto del medroso;
calla el león animoso
entre las balas y jaras.
DON MARTIN
Por mi caudillo y mi hermano
te obedezco, y haré cuanto
fuere, señor, en mi mano;
que ni de gritos me espanto,
ni de tumulto pagano.
Dame, señor, municiones,
que en el trance que me pones
pienso, si no faltan ellas,
poner sobre las estrellas
los españoles blasones.
Entra UNO con una petición.
UNO
Señor, dame licencia que te lea
aquesta petición.
CONDE
Lee en buen hora.
UNO
Doña Isabel de Avellaneda, en nombre
de todas las mujeres desta tierra,
dice que llegó ayer a su noticia
que, por temor del cerco que se espera,
quieres que quede la cuidad vacía
de gente inútil, enviando a España
las mujeres, los viejos y los niños:
resolución prudente, aunque medrosa.
Y apelan desto a ti, de ti, diciendo
que ellas se ofrecen de acudir al muro,
ya con tierra o fajina, o ya con lienzos
bañados en vinagre, con que limpien
el sudor de los fieros combatientes
que asistan al rigor de los asaltos;
que tomarán la sangre a los heridos;
que las más pequeñuelas harán hilas,
dando la mano al lienzo y voz al cielo;
con tiernas virginales rogativas,
pidiendo a Dios misericordia, en tanto
que los robustos brazos de sus padres
defiendan sus murallas y sus vidas;
que los niños darán de buena gana
para enviar a España con los viejos,
pues no pueden servir de cosa alguna;
mas ellas, que por útiles se tienen,
no irán de ningún modo, porque piensan,
por Dios, y por su ley y por su patria,
morir sirviendo a Dios, y en la muerte,
cuando el hado les fuere inexorable,
dar el último vale a sus maridos,
o ya cerrar los ojos a sus padres
con tristes y cristianos sentimientos.
En fin, serán, señor, de más provecho
que daño, por lo cual te ruegan todas
que revoques, señor, lo que ordenaste,
en cuanto toca a las mujeres sólo,
que en ello harás a Dios servicio grande,
merced a ellas y favor inmenso.
Esto la petición, señor, contiene.
CONDE
Nunca tal me pasó por pensamiento;
nunca tanto el temor se ha apoderado
de mí, que hiciese prevención tan triste.
Por respuesta llevad que yo agradezco
y admito su gallardo ofrecimiento,
y que de su valor tendrá la fama
cuidado de escribirle y de grabarle
en láminas de bronce, porque viva
siglos eternos. Y esto les respondo,
y andad con Dios.
UNO
Por cierto que han mostrado
de espartanas valor, de argivas brío.
Entra el capitán GUZMAN.
CONDE
Pues, capitán Guzmán, ¿qué dice el moro?
GUZMAN
Ya se fue malcontento.
D. FERNANDO
[Aparte] ¿Es ido cierto?
GUZMAN
[Aparte] Aguardándote está, porque es valiente
y discreto además en lo que muestra.
D. FERNANDO
[Aparte] Saldré, sin duda.
GUZMAN
[Aparte] No sé si lo aciertas,
que está muy cerca el cerco.
D. FERNANDO
[Aparte] Si le venzo,
presto me volveré; si soy vencido,
poca falta haré, pues poco valgo.
CONDE
¡Bravo parece el moro!
GUZMAN
Bravo, cierto,
y muy enamorado y comedido.
Entra a esta sazón BUITRAGO, un soldado, con la espada sin vaina, oleada con un orillo, tiros de soga; finalmente, muy malparado. Trae una tablilla con demanda de las ánimas de purgatorio, y pide para ellas. Y esto de pedir para las ánimas es cuento verdadero, que yo lo vi, y la razón porque pedía se dice adelante.
BUITRAGO
Denme para las ánimas, señores,
pues saben que me importa.
CONDE
¡Oh buen Buitrago!
¿Cuánto ha caído hoy?
BUITRAGO
Hasta tres cuartos.
D. MARTIN
¿Dellos, qué habéis comprado?
BUITRAGO
Casi nada:
una asadura sola y cien sardinas.
D. MARTIN
Harto habrá para hoy.
BUITRAGO
¡Por Santo Nuflo,
que apenas hay para que masque un diente!
D. MARTIN
Comeréis hoy conmigo.
BUITRAGO
Dese modo,
habrá para almorzar en lo comprado.
D. MARTIN
¿Y la ración?
BUITRAGO
¿Qué? ¿La ración? Ya asiste
a un lado del estómago, y no ocupa
cuanto una casa de ajedrez pequeña.
D. FERNANDO
¡Gran comedor!
GUZMAN
Tan grande, que le ha dado
el conde esta demanda porque pueda
sustentarse con ella.
BUITRAGO
¿Qué aprovecha?
Que, como saben todos que no hay ánima
a quien haga decir sólo un responso,
si me dan medio cuarto, es por milagro;
y así, pienso pedir para mi cuerpo,
y no para las ánimas.
D. MARTIN
Sería
gran discreción.
BUITRAGO
¡Oh, pese a mi linaje!,
¿No sabe todo el mundo que, si como
por seis, que suelo pelear por siete?
¡Cuerpo de Dios conmigo! Denme ripio
suficiente a la boca, y denme moros
a las manos a pares y a millares:
verán quién es Buitrago y si merece
comer por diez, pues que pelea por veinte.
CONDE Tiene razón Buitrago; mas agora,
si llega el cerco, mostrará sus bríos,
y haré yo que le den siete raciones
con tal que cese la demanda.
BUITRAGO
Cese,
que entonces no habrá lengua, y habrá manos;
no hay pedir, sino dar; no hay sacar almas,
del purgatorio entonces, sino espiches,
para meter en el infierno muchas
de la mora canalla que se espera.
Un PAJECILLO diga:
[PAJECILLO]
¡Daca el alma, Buitrago, daca el alma!
BUITRAGO
¡Hijo de puta, y puto; y miente, y calle!
¿No sabe el cornudillo, sea quien fuere,
que, aunque tenga cien cuerpos y cien almas
para dar por mi rey, no daré una
si me la piden dese modo infame?
D. MARTIN
Otra vez, Cereceda.
PAJECILLO
¡Daca el alma!
BUITRAGO
¡Por vida de...!
CONDE
Buitrago, con paciencia:
no la deis vos, por más que os la demanden.
BUITRAGO
¡Que tenga atrevimiento un pajecillo
de pedirme a mí el alma! ¡Voto a Cristo,
que, a no estar aquí el conde, don hediondo,
que os sacara la vuestra a puntillazos,
aunque me lo impidiera el mismo diablo
por prenda suya!
CONDE
No haya más, Buitrago;
guardad vuestra alma, y dadnos vuestras manos,
que serán menester, yo os lo prometo.
BUITRAGO
Denme para las ánimas agora,
que todo se andará.
D. MARTIN
Tomad.
BUITRAGO
¡Oh invicto
don Martín, generoso! Por mi diestra,
que he de ser tu soldado, si, por dicha,
vas a Mazalquivir, como se ha dicho.
D. MARTIN
Seréis mi camarada y compañero.
BUITRAGO
¡Vive Dios, que eres bravo caballero!
Vanse, y sale ARLAXA y OROPESA, su cautivo.
ARLAXA
¡Mucho tarda Alimuzel!
Cristiano, no sé qué sea.
OROPESA
Fuiste, señora, con él
otra segunda Medea,
famosa por ser cruel.
A una empresa le enviaste
que parece que mostraste
que te era en odio su vida.
ARLAXA
Yo fui parte en su partida,
tú el todo, pues la causaste.
Las alabanzas estrañas
que aplicaste a aquel Fernando,
contándome sus hazañas,
se me fueron estampando
en medio de las entrañas;
y de allí nació un deseo
no lascivo, torpe o feo,
aunque vano por curioso,
de ver a un hombre famoso
más de los que siempre veo.
Más que discreta, curiosa,
ordené que Alimuzel
fuese a la empresa dudosa;
no por mostrarme con él
ingrata ni rigurosa.
Y muéstrame su tardanza
que me engañó la esperanza,
y que es premio merecido
del deseo mal nacido
tenelle quien no le alcanza.
Yo tengo un alma bizarra
y varonil, de tal suerte,
que gusto del que desgarra
y más allá de la muerte
tira atrevido la barra.
Huélgome de ver a un hombre
de tal valor y tal nombre,
que con los dientes tarace,
con las manos despedace
y con los ojos asombre.
OROPESA
Pues si viene Alimuzel,
y a don Fernando trae preso,
no verás, señora, en él
ninguna cosa en exceso
de las que te he dicho dél.
Tendrásme por hablador,
y será más el valor
de Alimuzel conocido,
pues la fama del vencido
se pasa en el vencedor.
Pero si acaso da el cielo
a don Fernando vitoria,
cierto está tu desconsuelo,
pues su fama en tu memoria
alzará más alto el vuelo,
y de no poderle ver,
vendrá el deseo a crecer
de velle.
ARLAXA
Tienes razón:
parienta es la confusión
del discurso de mujer.
Entran ALIMUZEL y NACOR.
ALIMUZEL
Dadle la mano, señora,
o los pies a aqueste esclavo,
que con el alma os adora.
ARLAXA
¿Cómo en corazón tan bravo
tanta humildad, señor, mora?
Alzaos, no estéis dese modo.
ALIMUZEL
A tu gusto me acomodo.
ARLAXA
¿Sois vencido, o vencedor?
ALIMUZEL
Todo lo dirá Nacor,
que se halló presente a todo.
NACOR
No quiso el desafiado
acudir al desafío,
aunque bien se ha disculpado.
ARLAXA
¿Ese es soldado de brío,
tan temido y alabado?
¿Cómo pudo dar disculpa
buena de tan fea culpa?
NACOR
Su general le detuvo,
que él ninguna culpa tuvo,
aunque Alimuzel le culpa;
que él saliera al campo abierto,
a esperarle un día más,
según quedó en el concierto.
ALIMUZEL
Nacor, endiablado estás;
no sé cómo no te he muerto.
NACOR
Mal haces de amenazarme,
ni, soberbio, ocasión darme
para que contigo rife,
pues sabes que soy jarife,
y que pecas en tocarme.
ARLAXA
Paso, mi señor valiente,
que entiendo deste contraste,
sin que ninguno le cuente,
que ni él salió, ni esperaste.
NACOR
Es así.
ALIMUZEL
¡Un jarife miente!
¡Por Alá, que es gran maldad!
NACOR
¿No se muestra la verdad
en que te vienes sin él?
ALIMUZEL
¿Pude yo verme con él,
encerrado en la ciudad?
¿No sabes lo que pasó,
y la embajada que trajo
quien por él me respondió?
NACOR
Sé que a esperar se redujo
el trance, y más no sé yo.
ALIMUZEL
¿Por consejo no me diste
que me volviese?
NACOR
Hiciste
mal; yo bien, porque pensaba
que a un cobarde aconsejaba.
ALIMUZEL
¡El diablo se me reviste!
¡Incita a hacerte pedazos!
NACOR
Jarife soy; no me toques
con los dientes ni los brazos,
ni a que te dé me provoques
duros y fuertes abrazos;
que ya sabes que Mahoma
por suya la causa toma
del jarife, y le defiende,
y al soberbio que le ofende
a sus pies le humilla y doma.
Entran dos MOROS y traen cautivo a DON FERNANDO, en cuerpo y sin espada.
ALIMUZEL
¿Qué es aquesto?
PRIMER [MORO]
A este cristiano
cautivó tu escuadra ayer
junto a Orán.
D. FERNANDO
¡Miente el villano!
Yo me entregué, sin poner
pies a huir ni a espada mano.
Si no quisiera entregarme,
no pudieran cautivarme
tres escuadras, ni aun trecientas.
ALIMUZEL
Estás cautivo y revientas
de bravo.
D. FERNANDO
Puedo alabarme.
ARLAXA
¿Quién eres?
D. FERNANDO
Soy un soldado
que me he venido a entregar
a vuestra prisión de grado,
por no poder tolerar
ser valiente y mal pagado.
ARLAXA
Luego, ¿quieres ser cautivo?
D. FERNANDO
De serlo gusto recibo;
dadme patrón que me mande.
ARLAXA
¡Qué disparate tan grande!
D. FERNANDO
Yo de disparates vivo.
OROPESA
Este es don Fernando, cierto,
el que yo tanto alabé,
y ni viene preso o muerto,
ni cómo viene no sé,
ni atino su desconcierto.
El callar será acertado,
hasta hablalle en apartado,
que me admira su venida.
ALIMUZEL
¿Seréis, Arlaxa, servida
de que os sirva este soldado?
Que si ayer fue el primer día
que salió de Orán, dirá
si hice lo que debía;
que yo entiendo que sabrá
mi valor o cobardía.
Dime: ¿oíste un desafío
que hizo un moro vacío
de ventura y de fe lleno?
D. FERNANDO
Y fue tenido por bueno,
bien criado y de gran brío.
El retado no salió,
que lo estorbó el general
por cierta ley que halló;
pero después, por su mal,
que vino al campo sé yo,
pensando de hallar allí
al valeroso Alí,
porque salimos los dos:
él a combatir con vos,
yo para venir aquí,
que ya os conozco en el talle.
ALIMUZEL
Pues esto es verdad, señora,
bien será que Nacor calle.
OROPESA
¡Oh! Si llegase la hora
en que pudiese hablalle,
¡qué de cosas le diría!
[NACOR]
¿No se vee tu cobardía,
si el cristiano salió a verte,
y tú quisiste volverte
sin esperar más de un día?
ALIMUZEL
Si tú no hicieras alarde
de tu ingenio caviloso,
yo volviera nunca o tarde.
NACOR
Consejos de religioso
presto los toma el cobarde.
ALIMUZEL
Arlaxa, yo volveré,
y a tu presencia traeré,
o muerto o preso, al cristiano.
NACOR
Ya tu vuelta será en vano.
ARLAXA
No le quiero, déjale;
que, pues a la voz primera
no saltó de la muralla
y empuñó la espada fiera,
la fama que en él se halla
no debe ser verdadera;
y así, ya no quiero velle,
aunque, si puedes traelle
sin tu daño, darme has gusto.
D. FERNANDO
Es don Fernando robusto
y habrá que hacer en prendelle.
Conózcole como a mí,
y sé que es de condición
que sabrá volver por sí,
y aun buscará la ocasión
para responder a Alí.
ARLAXA
¿Es valiente?
D. FERNANDO
Como yo.
ARLAXA
¿De buen rostro?
D. FERNANDO
Aqueso no,
porque me parece mucho.
ALIMUZEL
¡Todo esto con rabia escucho!
ARLAXA
¿Tiene amor?
D. FERNANDO
Ya le dejó.
ARLAXA
¿Luego túvole?
D. FERNANDO
Sí creo.
ARLAXA
¿Será mudable?
D. FERNANDO
No es fuerza
que sea eterno un deseo.
ARLAXA
¿Tiene brío?
D. FERNANDO
Y tiene fuerza.
ARLAXA
¿Es galán?
D. FERNANDO
De buen aseo.
ARLAXA
¿Raja y hiende?
D. FERNANDO
Tronca y parte.
ARLAXA
¿Es diestro?
D. FERNANDO
Como otro Marte.
ARLAXA
¿Atrevido?
D. FERNANDO
Es un león.
ARLAXA
Partes todas éstas son,
cristiano, para adorarle,
a ser moro.
ALIMUZEL
Calla, Arlaxa,
pues tienes aquí delante
quien por tu gusto trabaja.
ARLAXA
Gusto yo de un arrogante
que bravea, hiende y raja.
Vuelve, Alí, por el cristiano;
que te doy mi fe y mi mano,
si le traes, de ser tu esposa.
D. FERNANDO
Tú le mandas una cosa
donde ha de sudar en vano.
NACOR
¡Soberbios sois los cristianos!
D. FERNANDO
Eslo, al menos, quien se alaba.
ALIMUZEL
Aquí hay quien con ufano[s]
bríos quitará la clava
a Hércules de las manos;
aquí hay quien, a pesar
de quien lo quiera estorbar,
Arlaxa, hará lo que mandas.
D. FERNANDO
A veces se mandan mandas
que nunca se piensan dar,
y a las veces las promete
quien no las quiere cumplir
ni puede.
NACOR
¿Quién te mete
a ti en eso?
D. FERNANDO
Sé decir
que en parte a mí me compete;
que es don Fernando mi amigo,
y soy cierto y buen testigo
del mucho valor que encierra.
ALIMUZEL
Traen los casos de la guerra
diversos fines consigo.
El valiente y fanfarrón
tal vez se ha visto vencido
del flaco de corazón;
que Alá da ayuda al partido
que defiende la razón.
D. FERNANDO
Pues, ¿qué razón lleva en éste
Alí?
OROPESA
Tú harás que te cueste
la vida tu lengua necia.
ALIMUZEL
Si al que ama el Amor precia,
su santo favor me preste;
que, sin razón y con él,
a don Fernando el valiente
vencerá el flaco Muzel.
ARLAXA
¡Qué plática impertinente!
ALIMUZEL
¡Qué corazón tan crüel!
ARLAXA
Quede el cristiano conmigo;
Alá vaya, Alí, contigo
y con Nacor.
NACOR
El te guarde.
ARLAXA
Volvedme a ver esta tarde.
Entranse todos, sino DON FERNANDO y OROPESA.
OROPESA
¡Hola, soldado! ¿A quién digo?
¿Qué noramala, señor,
os ha traído a este puesto
tan contrario a vuestro honor?
D. FERNANDO
En buena te diré presto
de mi fortuna el rigor:
«No quiso el general mío
que saliese al desafío
que me hizo aqueste moro.
Yo, por guardar el decoro
que corresponde a mi brío,
me descolgué por el muro,
y, cuando pensé hallar
lo que aun agora procuro,
un escuadrón vino a dar
conmigo, estando seguro.
Era la noche cerrada,
y, como vi defraudada
mi esperanza tan del todo,
con el tiempo me acomodo.
Mentí; rendiles la espada;
díjeles que mi intención
era venir a ponerme
de grado en su sujeción,
y que quisiesen traerme
a reconocer patrón.
Dijéronme que este Alí
era su señor, y así,
vine sin fuerza y forzado.»
De todo cuenta te he dado;
no hay más que saber de mí.
Calla mi nombre, que veo
que aquesta mora hermosa
tiene de verme deseo.
OROPESA
De tu fama valerosa
que está enamorada creo.
No te des a conocer,
que deseos de mujer
se mudan a cada paso.
D. FERNANDO
Vuelve Muzel; habla paso.
OROPESA.
No sé qué pueda querer.
Entra ALIMUZEL.
ALIMUZEL
Oropesa, escucha y calla,
y guárdame aquel secreto
que en tu discreción se halla,
que a tu bondad le prometo
con la mía de premialla.
Yo te daré libertad,
y a ti, si tu voluntad
fuere de volverte a Orán,
mis designios te darán
honrosa comodidad.
Sólo os pido, en cambio desto,
que me descubráis un modo
tan honroso y tan compuesto
que en las partes y en el todo
eche de hidalguía el resto,
el cual me vaya mostrando
en qué parte, cómo o cuándo,
ya en el campo o estacada,
pueda yo medir mi espada
con la del bravo Fernando.
Quizá está en su vencimiento,
como Arlaxa significa,
de mi bien el cumplimiento,
si ya mi esperanza rica
no la empobrece su intento;
que debe de ser doblado,
pues de lo que me ha mandado
todo se puede temer,
y no hay bien que venga a ser
seguro en el desdichado.
D. FERNANDO
Yo te daré a tu enemigo
a toda tu voluntad,
como estoy aquí contigo,
sin usar de deslealtad,
que nunca albergó conmigo.
ALIMUZEL
No es enemigo el cristiano;
contrario, sí; que el lozano
deseo de Arlaxa bella
presta para esta querella
la voz, el intento y mano.
D. FERNANDO
Presto te pondré con él,
y fía aquesto de mí,
comedido Alimuzel;
y aun pienso hacer por ti
lo que un amigo fiel,
porque la ley que divide
nuestra amistad no me impide
de mostrar hidalgo el pecho;
antes, con lo que es bien hecho
se acomoda, ajusta y mide.
Ve en paz, que yo pensaré
el tiempo que más convenga
para hacer lo que haré.
ALIMUZEL
Mahoma sobre ti venga,
y lo que puede te dé.
Vase.
D. FERNANDO
¡Gentil carga!
OROPESA
Y gentil presa.
D. FERNANDO
¿Pesa mucho?
OROPESA
Poco pesa,
que está en fuego convertida.
D. FERNANDO
Mira que importa la vida
tener secreto, Oropesa.
Vanse, y salen riñendo el capitán GUZMAN con el alférez ROBLEDO.
GUZMAN
Señor alférez Robledo,
póngase luego entredicho
a esa plática.
ROBLEDO
No puedo;
que, lo que sin miedo he dicho,
no lo desdigo por miedo.
O él se fue a renegar,
o hizo mal en dejar
su presidio en tiempos tales.
GUZMAN
De los hombres principales
no se debe así hablar.
El renegar no es posible,
y si en ello os afirmáis,
mentís.
Meten mano.
ROBLEDO
¡Oh trance terrible!
GUZMAN
Agora sí que os halláis
en más dudoso imposible
si queréis satisfaceros.
Entra el conde de Alcaudete y DON MARTIN DE CORDOBA, acompañados.
CONDE
¡Paso! ¡Teneos, caballeros!
¿Por qué ha sido la pendencia?
GUZMAN
¡Más agudo es de conciencia
este hidalgo que de aceros!
Ha afirmado que se es ido
a renegar don Fernando,
y, ¡vive Dios!, que ha mentido,
y mentirá cada y cuando
lo diga.
CONDE
¡Descomedido!
Llévenle luego a una torre.
GUZMAN
Ni me afrenta ni me corre
este agravio, porque nace
de la justicia que hace
al que su amigo socorre.
CONDE
Vaya el alférez, también,
y mientras que el cerco pasa
hagan treguas.
ROBLEDO
Hazme un bien:
que sea la torre mi casa.
D. MARTIN
Sí, porque juntos no estén.
Llevan al alférez.
UNO
Señor, la guarda ha descubierto agora
un bajel por la banda de Poniente.
D. MARTIN
¿Qué vela trae?
UNO
Entiendo que latina.
CONDE
Vamos a recebirle a la marina.
Fin de la primera jornada
SEGUNDA JORNADA
Los que hablan en ella son:
ARLAXA.
DON FERNANDO.
OROPESA.
NACOR.
VOZMEDIANO, anciano.
DOÑA MARGARITA, doncella, en hábito de hombre.
BUITRAGO.
DON MARTÍN.
EL CONDE.
GUZMÁN, el capitán.
ALIMUZEL.
BAIRÁN, renegado.
UN MORO.
Salen ARLAXA, DON FERNANDO, y OROPESA.
ARLAXA
¿Cómo te llamas, cristiano,
que tu nombre aún no he sabido?
D. FERNANDO
Es mi nombre Juan Lozano;
nombre que es bien conocido
por el distrito africano.
ARLAXA
Nunca le he oído decir.
D. FERNANDO
Pues él suele competir
con el del bravo Fernando.
ARLAXA
¡Mucho te vas alabando!
D. FERNANDO
Alábome sin mentir.
ARLAXA
Pues, ¿qué hazañas has tú hecho?
D. FERNANDO
He hecho las mismas que él,
con el mismo esfuerzo y pecho,
y ya me he visto con él
en más de un marcial estrecho.
ARLAXA
¿Es tu amigo?
D. FERNANDO
Es otro yo.
ARLAXA
¿Por ventura, di, salió
a combatir con mi moro?
D. FERNANDO
Siempre de bravo el decoro
en todo trance guardó.
ARLAXA
Dese modo, Alí es cobarde.
D. FERNANDO
Eso no; que pudo ser
salir don Fernando tarde,
cuando no pudiese hacer
Alí de su esfuerzo alarde.
Y imagino que este moro
jarife, no con decoro
de amigo, a Muzel da culpa.
ARLAXA
De su esfuerzo y de su culpa
toda la verdad ignoro.
D. FERNANDO
Haz cuenta que te trae preso
a Fernando tu Muzel;
¿qué piensas hacer por eso?
ARLAXA
Estimaré mucho en él
de su esfuerzo el grande exceso.
Tendré en menos al cristiano,
cuyo nombre sobrehumano
me incita y mueve el deseo
de velle.
OROPESA
Pues yo le veo
en sólo ver a Lozano.
ARLAXA
¿Que tanto se le parece?
OROPESA
Yo no sé qué diferencia
entre los dos se me ofrece;
ésta es su misma presencia,
y el brazo que le engrandece.
ARLAXA
¿Qué hazañas ha hecho ese hombre
para alcanzar tan gran nombre
como tiene?
OROPESA
Escucha una
de su esfuerzo y su fortuna,
que podrá ser que te asombre:
«Dio fondo en una caleta
de Argel una galeota,
casi de Orán cinco millas,
poblada de turcos toda.
Dieron las guardas aviso
al general, y, con tropa
de hasta trecientos soldados,
se fue a requerir la costa.
Estaba el bajel tan junto
de tierra, que se le antoja
dar sobre él: ved qué batalla
tan nueva y tan peligrosa.
Dispararon los soldados
con priesa una vez y otra;
tanto, que dejan los turcos
casi la cubierta sola.
No hay ganchos para acercar
a tierra la galeota,
pero el bravo don Fernando
ligero a la mar se arroja.
Ase recio de gúmena,
que ya el turco apriesa corta,
porque no le dan lugar
de que el áncora recoja.
Tiró hacia sí con tal fuerza,
que, cual si fuera una góndola,
hizo que el bajel besase
el arena con la popa.
Salió a tierra y della un salto
dio al bajel, cosa espantosa,
que piensa el turco que el cielo
cristianos llueve, y se asombra.
Reconocido su miedo,
don Fernando, con voz ronca
de la cólera y trabajo,
grita: "¡Vitoria, vitoria!"
La voz da al viento, y la mano
a la espada vitoriosa,
con que matando y hiriendo
corrió de la popa a proa.»
El solo rindió el bajel;
mira, Arlaxa, si ésta es obra
para que la fama diga
los bienes que dél pregona.
Probado han bien sus aceros
los lindos de Melïona,
los elches de Tremecén
y los leventes de Bona.
Cien moros ha muerto en tra[n]ces,
siete en estacada sola,
docientos sirven al remo,
ciento tiene en las mazmorras.
Es muy humilde en la paz,
y en la guerra no hay persona
que le iguale, ya cristiana,
o ya que sirva a Mahoma.
ARLAXA
¡Oh, qué famoso español!
OROPESA
Hércules, Héctor, Roldán
se hicieron en su crisol.
ARLAXA
Mejor no le ha visto Orán.
OROPESA
Ni tal no le ha visto el sol.
Entra NACOR.
ARLAXA
Aqueste Nacor me enfada;
no me dejéis sola.
OROPESA
Honrada
te le muestra y comedida.
D. FERNANDO
Da a sus razones salida:
que espere, y no espere en nada.
NACOR
Hermosa Arlaxa, yo estoy
resuelto en traerte preso
al cristiano: y así, voy
a Orán luego.
ARLAXA
Buen suceso
y agüero espero y te doy,
porque irás en gracia mía,
y en verte tomó alegría
desusada el corazón.
NACOR
Tienes, Arlaxa, razón;
que yo la tendré algún día
de rogarte que me quieras.
ARLAXA
Déjate agora de burlas,
pues partes a tantas veras.
D. FERNANDO
Hará Nacor, si no burlas,
sus palabras verdaderas;
que amante favorecido
es un león atrevido,
y romperá, por su dama,
por la muerte y por la llama
del fuego más encendido.
OROPESA
Concluyeras tú esta empresa
harto mejor que no él.
D. FERNANDO
Calla y escucha, Oropesa.
NACOR
Ya en este caso, Muzel
por vencido se confiesa,
pues no hace diligencia
por traer a tu presencia
el que yo te traeré presto.
ARLAXA
Pártete, Nacor, con esto,
que gusto y te doy licencia.
NACOR
Dame las manos, señora,
por el favor con que animas
al alma que más te adora.
ARLAXA
En poco, Nacor, te estimas,
pues te humillas tanto agora.
Eres jarife; levanta,
que verte a mis pies me espanta.
¿Qué dirá desto Mahoma?
NACOR
Estos rendimientos toma
él por cosa buena y santa.
Queda en paz.
Vase NACOR.
ARLAXA
Vayas con ella,
que con el fin deste trance
le tendrá el de tu querella.
D. FERNANDO
¡Echado ha el moro buen lance!
OROPESA
Ella es falsa cuanto es bella.
ARLAXA
Venid, que habemos de ir
los tres a ver combatir
a mis amantes valientes.
OROPESA
Si nos vieren ir las gentes,
tarde nos verán venir.
Vanse y sale VOZMEDIANO, anciano, y DOÑA MARGARITA, en hábito de hombre.
VOZMEDIANO
¿Priesa por llegar a Orán,
y priesa por salir dél?
¡Muy bien nuestras cosas van!
MARGARITA
Préciase Amor de cruel,
y tras uno da otro afán.
VOZMEDIANO
Ya os he dicho, Margarita,
que su daño solicita
quien camina tras un ciego.
MARGARITA
Ayo y señor, yo no niego
que esa razón es bendita;
pero, ¿qué puedo hacer,
si he echado la capa al toro
y no la puedo coger?
VOZMEDIANO
Menos te la podrá un moro,
si bien lo miras, volver.
MARGARITA
¿Que sea moro don Fernando?
VOZMEDIANO
Así lo van pregonando
los niños por la ciudad.
MARGARITA
¡Que haya hecho tal maldad!
¡De cólera estoy rabiando!
No lo creo, Vozmediano.
VOZMEDIANO
Haces bien; pero yo veo
que ni moro ni cristiano
parece.
MARGARITA
Verle deseo.
VOZMEDIANO
Siempre tu deseo es vano.
MARGARITA
Quiérelo así mi ventura,
pero no será tan dura
que no dé fin a mis penas
con darme en estas arenas
berberisca sepultura.
VOZMEDIANO
No dirás, señora, al menos,
que no te he dado consejos
de bondad y de honor llenos.
MARGARITA
Los prudentes y los viejos
siempre dan consejos buenos:
pero no vee su bondad
la loca y temprana edad,
que en sí misma se embaraza,
ni cosa prudente traza
fuera de su voluntad.
Entra BUITRAGO con la demanda.
BUITRAGO
Vuestras mercedes me den
para las ánimas luego,
que les estará muy bien.
MARGARITA
Si ellas arden en mi fuego.
VOZMEDIANO
Pasito, Anastasio, ten:
no digas alguna cosa
malsonante, aunque curiosa.
MARGARITA
Váyase, señor soldado,
que no tenemos trocado.
BUITRAGO
¡La respuesta está donosa!
Denme, ¡pese a mis pecados!
([Aparte] ¡Siempre yo de aquesta guisa
medro con almidonados!)
Denme, que vengo deprisa,
y ellos están muy pausados.
¡Oh, qué novatos que están
de lo que se usa en Orán
en esto de las demandas!
Descoja sus manos blandas
y dé limosna, galán.
¿Qué me mira? Acabe ya:
eche mano, y no a la espada
que su tiempo se vendrá.
VOZMEDIANO
La limosna que es rogada
más fácilmente se da
que la que se pide a fuerza.
BUITRAGO
Usase en aquesta fuerza
de Orán pedirse deste arte;
que son las almas de Marte,
y piden siempre con fuerza.
Nadie muere aquí en el lecho,
a almidones y almendradas,
a pistos y purgas hecho;
aquí se muere a estocadas
y a balazos roto el pecho.
Bajan las almas feroces,
tan furibundas y atroces,
que piden que acá se pida
para su pena afligida
a cuchilladas y a voces.
En fin: las almas de Orán,
que tienen comedimiento,
aunque en purgatorio están,
dicen que vuelva en sustento
la limosma que me dan.
A la parte voy con ellas,
remediando sus querellas
a fuerza de avemarías,
y mis hambrientas porfías
con lo que me dan para ellas.
VOZMEDIANO
Hermano, yo no os entiendo,
y no hay limosma que os dar.
BUITRAGO
¡De gana me voy riendo!
¿Y adónde se vino a hallar
el parentesco tremendo?
¿Hace burla en ver el traje,
entre pícaro y salvaje?
Pues sepa que este sayal
tiene encubierto algún al
que puede honrar un linaje.
El conde es éste, ¡qué pieza!;
que, cuando me da, le dan
mil vaguidos de cabeza.
Pobretas almas de Orán,
que estáis en vuestra estrecheza,
rogad a Dios que me den,
porque si yo como bien,
rezaré más de un rosario,
y os haré un aniversario
por siempre jamás. Amén.
Entra el conde, DON MARTIN, el capitán GUZMAN y NACOR.
NACOR
Digo, señor, que entregaré sin duda
la presa que he contado fácilmente
en el silencio de la noche muda
con muy poquito número de gente;
y, porque al hecho la verdad acuda,
las manos a un cordel daré obediente;
dejaréme llevar, siendo yo guía
que os muestre el aduar antes del día.
Y sólo quiero desta rica presa,
por quien mi industria y mi traición trabaja,
un cuerpo que a mi alma tiene presa:
quiero a la bella sin igual Arlaxa.
Por ella tengo tan infame empresa
por ilustre, por grande, y no por baja:
que, por reinar y por amor no hay culpa
que no tenga perdón y halle disculpa.
No siento ni descubro otro camino,
para ser posesor de aquesta mora,
que hacer este amoroso desatino,
puesto que en él crueldad y traición mora.
Amola por la fuerza del destino
y, aunque mi alma su beldad adora,
quiérola cautivar para soltalla,
por si puedo moverla o obligalla.
CONDE
No estamos en sazón que nos permita
sacar de Orán un mínimo soldado;
que el cerco que se espera solicita
que ponga en otras cosas mi cuidado.
NACOR
La vitoria en la palma traigo escrita;
en breves horas te daré acabado,
sin peligro, el negocio que he propuesto;
si presto vamos, volveremos presto.
CONDE
Esta tarde os daré, Nacor, respuesta;
esperad hasta entonces.
NACOR
Soy contento.
Vase NACOR.
D. MARTIN
Empresa rica y sin peligro es ésta,
si cierta fuese.
GUZMAN
Yo por tal la cuento:
hace la lengua al alma manifiesta.
Declarado ha Nacor su pensamiento
con tal demonstración, con tal afecto,
que, si vamos, el saco me prometo.
D. MARTIN
Cubre el traidor sus malas intenciones
con rostro grave y ademán sincero,
y adorna su traición con las razones
de que se precia un pecho verdadero.
De un Sinón aprendieron mil Sinones,
y así, el que es general, al blando o fiero
razonar del contrario no se rinde,
sin que primero la intención deslinde.
CONDE
Hermano, así se hará; no tengáis miedo
que yo me arroje o precipite en nada.
¿Hicistes ya las treguas con Robledo,
y queda ante escribano confirmada?
D. MARTIN
Gran cólera tenéis, Guzmán.
GUZMAN
No puedo
tenerla en la ocasión más enfrenada.
CONDE
Podréis darle la rienda entre enemigos,
y es prudencia cogerla con amigos.
Pues, Buitrago, ¿qué hacemos?
BUITRAGO
Aquí asisto,
procurando sacar de aqueste esparto
jugo de algún plus ultra, y no le he visto
siquiera de una tarja ni de un cuarto.
Así guardan la ley de Jesucristo
aquéstos como yo cuando estoy harto,
que no me acuerdo si hay cielo ni tierra;
sólo a mi vientre acudo y a la guerra.
MARGARITA
Pide limosna en modo este soldado,
que parece que grita o que reniega,
y yo estoy en España acostumbrado
a darla a quien por Dios la pide y ruega.
BUITRAGO
Quiérosela pedir arrodillado;
veré si la concede o si la niega.
VOZMEDIANO
Ni tanto, ni tan poco.
BUITRAGO
Soy cristiano.
MARGARITA
¿Ya no le han dicho que no hay blanca, hermano?
BUITRAGO
¿Hermano? ¡Lleve el diablo el parentesco
y el ladrón que le halló la vez primera!
Descosa, pese al mundo, ese grigüesco,
desgarre esa olorosa faltriquera.
De aquestas pinturitas a lo fresco,
¿qué se puede esperar?
VOZMEDIANO
Esa es manera
de hacer sacar la espada y no el dinero.
CONDE
¡Paso, Buitrago!
MARGARITA
¡A fe de caballero!
D. MARTIN
No os enfadéis, galán, que deste modo
se pide la limosna en esta tierra;
todo es aquí braveza, es aquí todo
rigor y duros términos de guerra.
BUITRAGO
Y yo, que a lo de Marte me acomodo,
y a lo de Dios es Cristo, doy por tierra
con todo el bodegón, si con floreos
responden a mis gustos y deseos.
D. MARTIN
En fin, ¿que aqueste galán
es de Jerez?
VOZMEDIANO
Y de nombre,
de los buenos que allí están,
y hijo, señor, de un hombre
que en Francia fue capitán.
Quedó rico y con hacienda;
dejómele a mí por prenda
mi hermana, que fue su madre,
y yo quise que del padre
siguiese la honrada senda.
Supe el cerco que se espera,
y con su gusto le truje,
que sin él no le trajera,
y a esta dura le reduje
de su vida placentera;
que, en los grados de alabanza,
aunque pervierta la usanza
el adulador liviano,
no alcanza un gran cortesano
lo que un buen soldado alcanza.
CONDE
Así es verdad, y agradezco
venida de tales dos,
y a servírosla me ofrezco.
BUITRAGO
¡Que no me darán por Dios
lo que por mí no merezco!
¡Voto a Cristóbal del Pino,
que si una vez me amohíno,
que han de ver quién es Callejas!
Busquen alivio a sus quejas,
almas, por otro camino.
Buscaréle yo también
para mi hambre insolente,
o me den, o no me den; 1495
que nunca muere un valiente
de hambre.
D. MARTIN
Dices muy bien.
BUITRAGO
No digo sino muy mal.
¿Es eso por escusarse
de no sacar un real?
CONDE
Vamos, que ya de enojarse
Buitrago nos da señal,
y no quiero que lo esté.
Vanse el conde y DON MARTIN.
BUITRAGO
Con aqueso comeré.
¡No fuera yo motilón,
o mozo de bodegón,
y no soldado!
MARGARITA
¿Por qué?
BUITRAGO
Yo me entiendo, so galán;
vaya y guarde su dinero.
¡Adiós, mi señor Guzmán!
GUZMAN
No, no; convidaros quiero;
¡por vida del capitán!,
venid, Buitrago, conmigo.
BUITRAGO
En seguirte sé que sigo
a un Alejandro y a un Marte.
Vanse el capitán y BUITRAGO.
MARGARITA
Señor, llégate a esta parte,
que tengo que hablar contigo.
Resuelta estoy.
VOZMEDIANO
En tu daño.
MARGARITA
No me atajes; déjame
relatar mi mal estraño.
VOZMEDIANO
¿Ya no sabes que lo sé,
por mi mal más ha de un año?
MARGARITA
Dime, señor: ¿tú no sientes
que con nuevos acidentes
cada día amor me embiste?
VOZMEDIANO
Y sé que no los resiste
tu alma, pues los consientes.
MARGARITA
Déjate de aconsejarme,
y dame ayuda, si quieres;
que lo demás es matarme.
VOZMEDIANO
Por quien soy y por quien eres,
siempre te oiré sin cansarme,
y siempre te ayudaré,
porque a ello me obligué
cuando de venir contigo
como ayo y como amigo
te di la palabra y fe.
Di, en fin, ¿qué piensas hacer?
MARGARITA
Yo, por soldado a esta empresa,
con estraño parecer,
pues procuraré ser presa,
puesto que vaya a prender.
Procuraré ser cautiva;
que de la dura y esquiva
tormenta que siente el alma,
el sosiego, gusto y palma,
en disparates estriba.
Sabré [ser] cautiva de quien
me cautivó sin sabello,
pensando de hacerme bien;
daré al moro perro el cuello
porque a mi alma me den.
Que no es posible sea moro
quien guardó tanto el decoro
de cristiano caballero;
y si fuere esclavo, quiero
dar por él mil montes de oro.
De que los halle no dude
nadie: que el cielo al deseo
del aflicto siempre acude.
VOZMEDIANO
El gran Dios dese deseo
impertinente te mude.
MARGARITA
¿Habrá más de rescatarme,
dando tiempo al informarme
de lo que voy a saber?
Que en el mal de irme a perder
consiste el bien de ganarme.
Venid, señor Vozmediano;
negociaréis mi salida
con el escuadrón cristiano.
VOZMEDIANO
¿Dónde quieres ir, perdida?
MARGARITA
Aconsejarme es en vano.
VOZMEDIANO
Yo haré con su señoría
que se oponga a tu partida.
MARGARITA
Si esto me impedís, señor,
haré otro yerro mayor,
con que lloréis más de un día.
Echada está ya la suerte;
yo he de seguir mi destino,
aunque me lleve a la muerte.
VOZMEDIANO
Del amor el desatino
cualquier bien en mal convierte.
¡En mal punto me encargué
de ti! ¡En mal punto dejé
la patria por tus antojos! 1585
MARGARITA
Tal vez, tras nubes de enojos,
de esperanza el sol se vee.
Vanse, y salen ARLAXA, ALIMUZEL, OROPESA y DON FERNANDO.
ARLAXA
¿Adónde está Alimuzel?
Oropesa, ¿dó te has ido?
Y mi Lozano, ¿qué es dél?
¡Cielo, escucha mi gemido;
no te me muestres cruel!
ALIMUZEL
Bella Arlaxa, aquí me tienes.
ARLAXA
Amigo, a buen tiempo vienes.
OROPESA
¿Qué es lo que mandas, señora?
ARLAXA
Vengas, amigo, en buen hora.
Lozano, ¿en qué te detienes?
D. FERNANDO
Aquí estoy, señora mía.
¿Qué me mandas? Dilo, acaba.
ARLAXA
¡Desdichada dicha mía!
ALIMUZEL
¿Qué has, Arlaxa?
ARLAXA
Yo soñaba
que esta noche, al alba fría,
daban sobre este aduar
cristianos, y, a mi pesar,
Nacor me llevaba presa,
y desperté con la presa
del asalto y del gritar;
y he venido a socorrerme
de vosotros con el miedo
que el sueño pudo ponerme,
y, aunque os veo, apenas puedo
sosegarme ni valerme.
Tengo a Nacor por traidor,
y no me deja el temor
fiar de vuestra lealtad.
ALIMUZEL
No son los sueños verdad;
no tengas miedo, mi amor;
y si lo son, juzga y piensa
que a tu lado hallarás
quien no consienta tu ofensa.
ARLAXA
Contra el hado es por demás
que valga humana defensa.
D. FERNANDO
No te congojes, señora,
que si llegare la hora
de verte en aquese aprieto,
librarte dél te prometo
por el Dios que mi alma adora.
Si no quedase cristiano
en Orán, y aquí viniese
tan arrojado y ufano
que la vitoria tuviese
tan cierta como en la mano,
será esta mía bastante
para que el más arrogante
vuelva humilde y sin despojos.
Tiemple aquesto tus enojos,
no pase el miedo adelante,
que haré más de lo que digo;
y de que prometo poco,
mis obras serán testigo.
OROPESA
O está don Fernando loco,
o es ya de Cristo enemigo.
Pelear contra cristianos
promete. Venid, hermanos,
que yo, con mejor conciencia,
pasaré la diligencia
a los pies, y no a las manos.
D. FERNANDO
Alí, dame tú una espada
y un turbante, con que pueda
la cabeza estar guardada.
OROPESA
Señora, ¿dónde se queda
tu condición arrojada?
Agora verás hender,
herir, matar y romper.
Deja venir al cristiano.
ARLAXA
Es accidental y vano
tal deseo en la mujer,
y fácilmente se trueca;
y, antes que la espada, agora
tomaría ver la rueca.
ALIMUZEL
El que te ofende, señora,
contra todo el mundo peca.
Ven, cristiano, a tomar armas.
OROPESA
Mira contra quién te armas,
Lozano.
D. FERNANDO
¡Calla, Oropesa!
OROPESA
En armarte a tal empresa,
de tu valor te desarmas.
Entranse todos. Salen NACOR, atadas las manos atrás con un cordel, y tráenle BUITRAGO, el capitán GUZMAN, MARGARITA y otros soldados con sus arcabuces.
NACOR
Valeroso Guzmán, éste es, sin duda,
el vendido aduar, el paraíso
do está la gloria que mi alma busca.
Con la caballería, como es uso,
le puedes coronar a la redonda,
porque apenas se escape un solo moro.
GUZMAN
No tengo tanta gente para tanto.
NACOR
Cerca, pues, por lo menos, esta parte,
que responde derecha a una montaña
que está cerca de aquí, donde, sin duda,
harán designio de acogerse cuantos
sobresaltados fueren esta noche.
GUZMAN
Dices muy bien.
NACOR
Pues manda que me suelten,
porque vaya a buscar el grande premio
que pide la amorosa traición mía.
BUITRAGO
Eso no, ¡vive Dios!, hasta que vea
cómo se entabla el juego, ¡so Mahoma!
Estése atraillado como galgo,
porque hasta ver las liebres no le suelto.
NACOR
Señor Guzmán, agravio se me hace.
GUZMAN
Buitrago, suéltale, y a Dios; y embiste.
BUITRAGO
Contra mi voluntad le suelto. Vaya.
NACOR
Venid, que yo pondré la gente en orden,
de modo que no haya algún desorden.
Vanse, y queda sola MARGARITA.
MARGARITA
¡Pobre de mí! ¿Dónde quedo?
¿Adónde me trae la suerte,
confusa y llena de miedo?
¿Qué cosa haré con que acierte,
si ninguna cosa puedo?
¡Oh amoroso desvarío,
que ciegas el albedrío
y la razón tienes presa!
¿Qué sacaré desta empresa,
de quién temo y de quién fío?
Soy mariposa inocente
que, despreciando el sosiego,
simple y presurosamente
me voy entregando al fuego
de la llama más ardiente.
Estos pasos son testigos
que huyo de los amigos,
y, llena de ceguedad,
de mi propria voluntad
me entrego a los enemigos.
Suena dentro: «¡Arma, arma! ¡Santiago, cierra, cierra España, España!»
Salga al teatro NACOR, abrazado con ARLAXA, y, a su encuentro, BUITRAGO.
BUITRAGO
¡Por aqueste portillo se desagua
el aduar! ¡Soldados, aquí, amigos!
¡Tente, perro cargado; tente, galgo!
NACOR
Amigo soy, señor.
BUITRAGO
¡No es éste tiempo
para estas amistades! ¡Tente, perro!
NACOR
¡Muerto soy, por Alá!
BUITRAGO
¡Por San Benito,
que he pasado a Nacor de parte a parte,
y que ésta debe ser su amada ingrata!
ARLAXA
Cristiano, yo me rindo; no ensangrientes
tu espada en mujeril sangre mezquina.
Llévame do quisieres.
Sale ALI.
ALIMUZEL
La voz oigo
de Arlaxa bella, que socorro pide.
¡Ah perro, suelta!
BUITRAGO
¡Suéltala tú, podenco sin provecho!
¿No hay quien me ayude aquí?
ARLAXA
Mientras pelean
aquestos dos, podrá ser escaparme,
si acaso acierto de tomar la parte
que lleva a la montaña.
MARGARITA
Si me guías,
seré tu esclavo, tu defensa y guarda
hasta ponerte en ella. Ven, señora.
Vase ARLAXA y MARGARITA.
Sale DON FERNANDO y GUZMAN.
BUITRAGO
¡Animas de purgatorio,
favorecedme, señoras,
que mi peligro es notorio,
si ya no estáis a estas horas
durmiendo en el dormitorio!
De vuestro divino aliento
con mayor fuerza me siento.
¡Perro, el huir no te cale!
¡Ahora verán si vale
Buitrago por más de ciento!
Entrase ALI, y BUITRAGO tras él.
GUZMAN
¡O eres diablo, o no eres hombre!
¿Quién te dio tal fuerza, perro?
D. FERNANDO
No os admire ni os asombre,
Guzmán, que haga este yerro
quien respeta vuestro nombre.
GUZMAN
¿Sois, a dicha, don Fernando?
D. FERNANDO
El mismo que estáis mirando,
aunque no me veis, amigo.
GUZMAN
¿Sois ya de Cristo enemigo?
D. FERNANDO
Ni de veras, ni burlando.
GUZMAN
Pues, ¿cómo sacas la espada
contra El?
D. FERNANDO
Vendrá sazón
más llana y acomodada,
en que te dé relación
de mi pretensión honrada.
Cristiano soy, no lo dudes.
GUZMAN
¿Por qué a defender acudes
este aduar?
D. FERNANDO
Porque encierra
la paz que causa esta guerra,
la salud de mis saludes.
Dos prendas has de dejar,
y carga, amigo, con todo
cuanto hay en este aduar.
GUZMAN
A tu gusto me acomodo,
no quiero más preguntar;
pero, porque no se diga
que tengo contigo liga,
tú, pues bastas, lo defiende.
Vase GUZMAN, y vuelve BUITRAGO y ALIMUZEL.
BUITRAGO
En vano, moro, pretende
tu miedo que no te siga,
que tengo para ofenderte
dos manos y dos mil almas,
que a mis pies han de ponerte.
D. FERNANDO
Otros despojos y palmas
puedes, amigo, ofrecerte,
que éste no.
ALIMUZEL
Deja, Lozano,
que este valiente cristiano
en grande aprieto me ha puesto.
D. FERNANDO
Ve tú a socorrer el resto,
y éste déjale en mi mano,
que yo daré cuenta dél.
ARLAXA, dentro.
ARLAXA
¡Lozano, que voy cautiva!
¡Que voy cautiva, Muzel!
ALIMUZEL
¡Fortuna, a mi suerte esquiva,
cielo envidioso y cruel,
ejecutad vuestra rabia
en mi vida, si os agravia;
dejad libre la de aquélla,
que os podéis honrar con ella
por hermosa, honesta y sabia!
Sale ARLAXA, defendiéndola MARGARITA del capitán GUZMAN y de otros tres soldados.
D. FERNANDO
¡Todos sois pocos soldados!
GUZMAN
Esta es la mora en quien tiene
don Fernando sus cuidados;
dejársela me conviene.
Vase.
BUITRAGO
Aquí hay moros encantados
o cristianos fementidos,
que ha llegado a mis oídos,
creo, el nombre de Lozano.
D. FERNANDO
Vuestro trabajo es en vano,
cristianos mal advertidos,
que esta mora no ha de ir presa;
entrad en el aduar,
y hallaréis más rica presa.
BUITRAGO
¡Désta irás a señalar,
perro, el tanto de tu fuesa!
ALIMUZEL
¡Muerto soy; Alá me ayude!
ARLAXA
¡Acude, Lozano, acude,
que han muerto a tu grande amigo!
Cae ALI dentro, y éntrase ARLAXA tras él.
D. FERNANDO
Vengaréle en su enemigo,
aunque de intención me mude.
¡No te retires, aguarda!
BUITRAGO
¿Yo retirar? ¡Bueno es eso!
Si tuviera una alabarda,
le partiera hasta el güeso.
¡Oh, cómo el perro se guarda!
D. FERNANDO
Este que va a dar el pago
de tus bravatas, Buitrago,
mejor cristiano es que tú.
BUITRAGO
¡Que te valga Bercebú,
y a mí Dios y Santiago!
Di quién eres, que, sonando
el eco, me trae con miedo
la habla de don Fernando.
D. FERNANDO
El mismo soy.
BUITRAGO
¡Oh Robledo,
verdadero y memorando,
y cuánta verdad dijiste!
Sin razón le desmentiste,
Guzmán atrevido y fuerte.
Yo quiero huir de la muerte
que en esas manos asiste.
D. FERNANDO
¿Cómo, di, tú no peleas,
te retiras o te vas,
antes que tu prisión veas?
MARGARITA
¡Estraños consejos das
a quien la muerte deseas!
Mas no puedo retirarme
ni pelear, y he de darme
de cansado a moras manos,
que se van ya los cristianos,
y tú no querrás dejarme.
Dentro, diga GUZMAN:
[GUZMAN]
¡Al retirar, cristianos! ¡Toca, Robles! ¡
A retirar, a retirar, amigos!
No se quede ninguno, y los cansados
a las ancas los suban los jinetes,
y en la mitad del escuadrón recojan
la presa. ¡Al retirar, que viene el día!
D. FERNANDO
Yo te pondré en las ancas de un caballo
de los tuyos, amigo; no desmayes.
MARGARITA
Mayor merced me harás si aquí me dejas.
D. FERNANDO
¿Quieres quedar cautivo por tu gusto?
MARGARITA
Quizá mi libertad consiste en eso.
D. FERNANDO
¿Hay otros don Fernandos en el mundo?
Demos lugar que los cristianos pasen;
retiraos a esta parte.
MARGARITA
Yo no puedo.
D. FERNANDO
Dadme la mano, pues.
MARGARITA
De buena gana.
D. FERNANDO
¡Jesús, y qué desmayo!
MARGARITA
Gentilhombre,
¿lleváisme a los cristianos, o a los moros?
D. FERNANDO
A los moros os llevo.
MARGARITA
No querría
que fuésedes cristiano y me engañásedes.
D. FERNANDO
Cristiano soy; pero, ¡por Dios!, que os llevo
a entregar a los moros.
MARGARITA
¡Dios lo haga!
D. FERNANDO
De novedades anda el mundo lleno.
¿Estáis herido acaso?
MARGARITA
No estoy bueno.
Vanse.
Sale OROPESA, cargado de despojos.
OROPESA
No, sino estaos atenido
a los consejos de un loco,
enamorado y perdido.
Mucho llevo en esto poco;
voy libre y enriquecido.
Ya en mi libertad contemplo
un nuevo y estraño ejemplo
de los casos de fortuna,
y adornarán la coluna
mis cadenas de algún templo.
Salen el conde y DON MARTIN y BAIRAN, el renegado.
BAIRAN
Digo, señor, que la venida es cierta,
y que este mar verás y esta ribera,
él de bajeles lleno, ella cubierta
de gente inumerable y vocinglera.
De Barbarroja el hijo se concierta
con Alabez y el Cuco, de manera
que en su favor más moros dan y ofrecen
que en clara noche estrellas se parecen.
Los turcos son seis mil, y los leventes
siete mil, toda gente vencedora;
veinte y seis las galeras, suficientes
a traer municiones de hora en hora.
Andan en pareceres diferentes
sobre cuál destas plazas se mejora
en fortaleza y sitio, y creo se ordena
de dar a San Miguel la buena estrena.
Esto es, señor, lo que hay del campo moro,
y en Argel el armada queda a punto,
y Azán, el rey, guardando su decoro,
que es diligente, la traerá aquí al punto.
CONDE
De sus designios poco o nada ignoro,
mas, por tu relación cuerda, barrunto
que a San Miguel el bárbaro amenaza,
como más flaca, aunque importante plaza.
Pero, puesto le tengo en tal reparo,
tales soldados dentro dél he puesto,
que al bárbaro el ganarle será caro,
muy más que en su designio trae propuesto.
Idos a reposar, mi amigo caro,
y el agradecimiento y paga desto
esperadla de mí, con la ventaja
que aquel merece que cual vos trabaja.
Vase BAIRAN.
¿No tarda ya Guzmán?
D. MARTIN
Las centinelas
le han descubierto ya.
CONDE
Venga en buen hora.
D. MARTIN
Su premio habrá Nacor de sus cautelas
cobrado, su adorada ingrata mora.
¡Amor, como otro Marte nos desvelas;
furia y rigor en tus entrañas mora;
hasta las religiosas almas dañas,
y fundas en traiciones tus hazañas!
Entra el capitán GUZMAN, OROPESA, BUITRAGO, VOZMEDIANO y otros soldados.
GUZMAN
Tus manos pido, y de las mías toma,
o, por mejor decir, de tus soldados,
amorosos despojos de Mahoma.
Volvemos, como fuimos, alentados,
mejorados en honra y buena fama,
y en ropa y en esclavos mejorados.
Nacor no trae a su hermosa dama;
que Buitrago apagó con fuerte acero
del moro infame la amorosa llama.
BUITRAGO
Paséle, por la fe de caballero,
por entrambas ijadas, ignorando
que fuese el que el aviso dio primero;
y si no lo estorbara don Fernando,
diera con más de dos patas arriba,
que con él se me fueron escapando.
CONDE
¿Que, en fin, se volvió moro?
OROPESA
No se escriba,
se diga o piense tal de quien su intento
en ser honrado y valeroso estriba.
Yo sé de don Fernando el pensamiento,
y sé que presto volverá a servirte
con las veras que ofrece su ardimiento.
GUZMAN
Que él es cristiano sé, señor, decirte;
que él se nombró conmigo combatiendo.
D. MARTIN
¿Y procuraba, por ventura, herirte?
GUZMAN
Con tiento pareció que iba esgrimiendo,
y palabras me dijo en el combate
por quien fui sus designios conociendo.
D. MARTIN
Deste caso, señores, no se trate;
ya, por lo menos, ha caído en culpa,
y no hay disculpa a tanto disparate.
CONDE
Salió sin mi licencia: ya le culpa,
y más el escalar de la muralla,
insulto que jamás tendrá disculpa.
GUZMAN
Precipitóle honor: vistió la malla
por conservar su crédito famoso;
huyóle el moro; fue a buscar batalla.
D. MARTIN
¡Por cierto, oh buen Guzmán, que estáis donoso!
Pues, ¿cómo no se ha vuelto, o cómo muestra
contra cristianos ánimo brioso?
OROPESA
El dará presto de su intento muestra,
sacando, en gloria de la ley cristiana,
a luz la fuerza de su honrada diestra.
CONDE
Venid; repartiré de buena gana
lo que deste despojo a todos toca;
que el gusto crece lo que así se gana.
Vanse, y queda BUITRAGO y VOZMEDIANO.
VOZMEDIANO
¡Válgame Dios, si se quedó la loca,
si se quedó la sin ventura y triste,
que así su suerte y su valor apoca!
Dime, señor, si por ventura viste
aquel soldado que partió conmigo
cuando a la empresa do has venido fuiste;
aquel bisoño manicorto, digo,
que no te quiso dar limosna un día,
y habrá hasta seis que vino aquí conmigo.
BUITRAGO
¿No es aquel del entono y bizarría,
de las plumas volantes y del rizo,
que me habló con remoques y acedías?
VOZMEDIANO
Aquese mismo.
BUITRAGO
No sé qué se hizo.
Vase.
VOZMEDIANO
¿Adónde estarás agora,
moza por tus pies llevada
do toda miseria mora,
de mandar a ser mandada,
esclava de ser señora?
¿Que es posible que un deseo
incite a tal devaneo?
Y éste es, en fin, de tal ser,
que no lo puedo creer,
y con los ojos lo veo.
[Vase]
Sale ARLAXA, DON FERNANDO y MARGARITA.
D. FERNANDO
Para ser mozo y galán
y al parecer bien nacido,
muchos desmayos os dan:
señal de que habéis comido
mucha liebre y poco pan.
Quien se rinde a su enemigo,
en sí presenta testigo
de que es cobarde.
MARGARITA
Es verdad,
pero trae mi poca edad
grande disculpa consigo.
El que mis cuitas no siente,
hará de mi miedo alarde,
pero yo sé claramente
que hice más en ser cobarde
que no hiciera en ser valiente.
¡Desdichada de la vida
a términos reducida
que busca con ceguedad
en la prisión libertad
y a lo imposible salida!
ARLAXA
¿Qué sabes si este soldado,
cual tú, tiene aquella queja
de valiente mal pagado?
D. FERNANDO
Fácil conocer se deja
que le aflige otro cuidado;
que sus años, cual él muestra,
no habrán podido dar muestra,
por ser pocos, de los hechos
que, por ser mal satisfechos,
muestran voluntad siniestra.
Y el ofrecerle caballo
para que volviese a Orán,
y el no querer acetallo,
unas sospechas me dan
que por su honra las callo.
Quizá la vida le enfada
soldadesca y desgarrada,
y como el vicio le doma,
viene tras la de Mahoma,
que es más ancha y regalada.
MARGARITA
En mi edad, aunque está en flor,
he alcanzado y conocido
que no hay mal de tal rigor
que llegue al verse ofendido,
el que es honrado, en su honor.
Y más si culpa no tiene;
que cuando la infamia viene
a quien la busca y procura,
es menor la desventura
que la deshonra contiene.
Y así, me será forzoso
para huir la infamia y mengua
de mal cristiano y medroso,
que os descubra aquí mi lengua
lo que apenas pensar oso.
Si gustáis de estarme atentos,
veréis que paran los vientos
su veloz curso a escucharme,
y veréis que fue el quedarme
honra de mis pensamientos.
Entra ALIMUZEL.
ALIMUZEL
El remedio que aplicaste,
bella Arlaxa, de tu mano,
fue tal, que en él te mostraste
ser un ángel soberano
que a la vida me tornaste.
Conságrotela dos veces:
una porque la mereces,
y la otra te consagro
por el estraño milagro
con que tu fama engrandeces.
ARLAXA
Sosiégate y no me alabes,
que el médico ha sido Alá
de tus heridas tan graves.
Comienza, cristiano, ya
la historia que alegre acabes.
MARGARITA
Sí haré; más tú verás,
en el cuento que me oirás,
que no dan los duros hados
a principios desdichados
alegres fines jamás.
«Nací en un lugar famoso,
de los mejores de España,
de padres que fueron ricos
y de antigua y noble casta;
los cuales, como prudentes,
apenas mi edad temprana
dio muestras de entendimiento,
cuando me encierran y guardan
en un santo monesterio
de la virgen Santa Clara;
¡que soy mujer sin ventura,
que soy mujer desdichada!»
ARLAXA
¡Santo Alá! ¿Qué es lo que dices?
MARGARITA
¿Desto poquito te espantas?
Ten silencio, hermosa mora,
hasta el fin de mis desgracias;
que, aunque ellas jamás le tengan,
yo me animaré a contallas,
si es posible, en breve espacio
y con sucintas palabras. «
No me encerraron mis padres
sino para la crianza,
y fue su intención que fuese,
no monja, sino casada.
Faltáronme antes de tiempo;
que la inexorable Parca
cortó el hilo de sus vidas
para añadirle a mis ansias.
Quedé con sólo un hermano,
de condición tan bizarra,
que parece que en él solo
hizo asiento la arrogancia.
Llegó la edad de casarme;
hiciéronle mil demandas
de mí; no acudió a ninguna,
fundándose en leves causas;
y, entre los que me pidieron,
fue uno que con la espada
satisfizo a la respuesta,
según se la dieron mala.»
Suenan dentro a tambores.
ALIMUZEL
Escucha, que oigo clarines,
oigo trompetas y cajas;
algún escuadrón es éste
de turcos que hacia Orán marcha.
Entra UNO.
MORO
Si lo que dejó el cristiano
no quieres, hermosa Arlaxa,
no lo acaben de talar
diez escuadrones que pasan,
ven, señora, a defenderlo;
que con tu presencia, Arlaxa,
pararás al sol su curso
y suspenderás las armas.
ALIMUZEL
Bien dice, señora; vamos,
que lugar habrá mañana
para oír si aquesta historia
en fin triste o alegre acaba.
ARLAXA
Vamos, pues; y vos, hermosa
y lastimada cristiana,
no os pene si a vuestras penas
el oíllas se dilata.
Vanse ARLAXA y ALI tras ella, y MARGARITA a lo último, y DON FERNANDO, tras ella, y dicen antes:
MARGARITA
Como no tengo, señora,
ningún alivio en contarlas,
tengo a ventura el estorbo
que de tal silencio es causa.
D. FERNANDO
¡Válgame Dios, qué sospechas
me van encendiendo el alma!
Muchas cosas imagino,
y todas me sobresaltan.
Desesperado esperando
he de estar hasta mañana,
o hasta el punto que el fin sepa
de la historia comenzada.
Fin de la segunda jornada
TERCERA JORNADA
Los que hablan en ella son:
ARLAXA.
MARGARITA.
VOZMEDIANO.
DON FERNANDO DE SAAVEDRA.
GUZMÁN.
BUITRAGO.
EL CONDE DE ALCAUDETE.
DON MARTÍN.
DON JUAN DE VALDERRAMA.
ALIMUZEL.
ROAMA, moro.
AZÁN, rey de Argel.
EL [REY] DEL CUCO.
EL [REY] DE ALABEZ.
Y acompañamiento.
Salen los REYES DEL CUCO y ALABEZ, DON FERNANDO, de moro; ALIMUZEL, ARLAXA y MARGARITA.
CUCO
Hermosísima Arlaxa: tu belleza
puede volver del mesmo Marte airado
en mansedumbre su mayor braveza,
y dar leyes al mundo alborotado.
ALABEZ
Puedes, con tu estremada gentileza,
suspender los estremos del cuidado
que amor pone en el alma que cautiva,
y hacer que en gloria sosegada viva.
CUCO
Puede la luz desos serenos ojos
prestarla al sol, y hacerle más hermoso;
puede colmar el carro de despojos
del dios antojadizo y riguroso.
ALABEZ
Puede templar la ira, los enojos
del amante olvidado y del celoso;
puedes, en fin, parar, sin duda alguna,
el curso volador de la Fortuna.
ARLAXA
Nace de vuestra rara cortesía
la sin par que me dais dulce alabanza,
porque no llega la bajeza mía
adonde su pequeña parte alcanza.
Tendré por felicísimo este día,
pues en él toma fuerzas mi esperanza
de ver mis aduares mejorados,
viendo a sus robadores castigados.
Cien canastos de pan blanco apurado,
con treinta orzas de miel aún no tocada,
y del menudo y más gordo ganado
casi os ofrezco entera una manada;
dulce lebeni en zaques encerrado,
agrio yagurt. Y todo aquesto es nada
si mi deseo no tomáis en cuenta,
que en su virtud la dádiva se aumenta.
CUCO
Admitimos tu oferta, y prometemos
de vengarte de aquel que te ha ofendido;
que, en fe de haberte visto, bien podemos
mostrar el corazón algo atrevido.
ALABEZ
Arlaxa, queda en paz, porque tenemos
el tiempo limitado y encogido.
ARLAXA
Viváis alegres siglos y infinitos,
reyes del Cuco y Alabez invitos.
Vanse los REYES.
Vuelve a seguir tu comenzada historia,
cristiana, sin que dejes cosa alguna
que puedas reducir a la memoria
de tu adversa o tu próspera fortuna.
MARGARITA
Pasadas penas en presente gloria
el contarlas la lengua no repugna;
mas si el mal está en ser que se padece,
al contarle, la lengua se enmudece.
«Quedé, si mal no me acuerdo,
en una mala respuesta
que dio mi bizarro hermano
a un caballero de prendas,
el cual, por satisfacerse,
muy malherido le deja.
Ausentóse y fuese a Italia,
según después tuve nuevas.
Tardó mi hermano en sanar
mucho tiempo, y no se acuerda
en mucho más de su hermana,
como si ya muerta fuera.
Vi que volaban los tiempos,
y que encerraban las rejas el cuerpo,
mas no el deseo,
que es libre y muy mal se encierra.
Vi que mi hermano aspiraba,
codicioso de mi hacienda,
a dejarme entre paredes,
medio viva y medio muerta.
Quise casarme yo misma;
mas no supe en qué manera
ni con quién; que pocos años
en pocos casos aciertan.
Dejóme un viejo mi padre,
hidalgo y de intención buena,
con el cual me aconsejase
en mis burlas y en mis veras.
Comuniquéle mi intento;
respondióme que él quisiera
que el caballero que tuvo
con mi hermano la pendencia,
fuera aquel que me alcanzara
por su legítima prenda,
porque eran tales las suyas,
que por estremo se cuentan.
Pintómele tan galán,
tan gallardo en paz y en guerra,
que en relación vi a un Adonis,
y a otro Marte vi en la Tierra.
Dijo que su discreción
igualaba con sus fuerzas,
puesto que valiente y sabio
pocas veces se conciertan.
Estaba yo a sus loores
tan descuidada y atenta,
que tomó el pincel la fama,
y en el alma las asienta;
y amor, que por los oídos
pocas veces dicen que entra,
se entró entonces hasta el alma
con blanda y honrada fuerza;
y fue de tanta eficacia
la relación verdadera,
que adoré lo que los ojos
no vieron ni ver esperan;
que, rendida a la inclemencia
de un antojo honrado y simple,
mudé traje y mudé tierra.
A mi sabio consejero
fuerzo a que conmigo venga;
que ánimo determinado,
de imposibles no hace cuenta.»
ARLAXA
No te suspendas; prosigue
tu bien comenzado cuento,
que ninguna cosa siento en él
que a gusto no obligue,
y aun a pesar.
D. FERNANDO
[Aparte] Y es de modo,
según que voy discurriendo,
que al alma va suspendiendo
con la parte y con el todo.
MARGARITA
«Enamorada de oídas
del caballero que dije,
me salí del monesterio,
y en traje de hombre vestíme.
Dejé el hermano y la patria,
y, entre alegre y entre triste,
con mi consejero anciano
a la bella Italia vine.
De la mitad de mi alma,
para que yo más le estime,
supe allí que en estacada
venció a tres, y quedó libre,
y que la parlera fama,
que más de lo que oye dice,
le trujo a encerrar a Orán,
que espera el cerco terrible.
En alas de mi deseo,
desde Nápoles partíme;
llegué a Orán, facilitando
cualquier dudoso imposible,
y, apenas pisé su arena,
cuando alborotada fuime
a saber, sin preguntallo,
de quien me tiene tan triste.
Dél supe, y pluguiera al cielo,
que consuela a los que aflige,
que nunca yo lo supiera.»
D. FERNANDO
Di presto lo que supiste.
MARGARITA
«Supe que a volverse moro,
cosa, a pensarla, imposible,
dejó los muros de Orán,
y que en vuestra secta vive.
Yo, por no vivir muriendo
entre sospechas tan tristes,
a trueco de ser cautiva,
todo el hecho saber quise;
y así, arrojada y ansiosa,
entre los cristianos vine,
de quien fue Nacor la guía,
que los trujo a lo que vistes.
Ya me quedé, y soy cautiva,
y ya os pregunto si vistes
a este cristiano que busco,
o a este moro que acogistes.
Llamábase don Fernando
de Saavedra, de insignes
costumbres y claro nombre,
como su fama lo dice.
Por él y por mi rescate,
si dél sabéis, se apercibe
mi lengua a ofreceros tanto,
que pase de lo posible.»
Esta es mi historia, señores;
nunca alegre, siempre triste;
si os he cansado en contalla,
lo que me mandastes hice.
ARLAXA
Cristiana, de tu dolor
casi siento la mitad;
que tal vez curiosidad
fatiga como el amor.
Y al que te enciende en la llama
de amor con tantos estremos,
como tú, le conocemos
solamente por la fama.
ALIMUZEL
¿Debajo de cuál estrella
ese cristiano ha nacido,
que aun de quien no es conocido
los deseos atropella?
Ese amigo por quien lloras,
y en quien pones tus tesoros,
las vidas quita a los moros,
y las almas a las moras.
D. FERNANDO
Que no es moro está en razón;
que no muda un bien nacido,
por más que se vea ofendido,
por otra su religión.
Puede ser que a ese español,
que agora tanto se encubre,
alguna causa le encubre,
como alguna nube al sol.
Mas dime: ¿quién te asegura
que, después de haberle visto,
quede en tu pecho bienquisto?
Que engendra amor la hermosura,
y si él carece della,
como imagino y aun creo,
faltando causa, el deseo
faltará, faltando en ella.
MARGARITA
La fama de su cordura
y valor es la que ha hecho
la herida dentro del pecho:
no del rostro la hermosura;
que ésa es prenda que la quita
el tiempo breve y ligero,
flor que se muestra en enero,
que a la sombra se marchita.
Ansí que, aunque en él hallase
no el rostro y la lozanía
que pinté en mi fantasía,
no hay pensar que no le amase.
D. FERNANDO
Con esa seguridad,
presto me ofrezco mostrarte
al que puede asegurarte
el gusto y la libertad.
Muda ese traje indecente,
que en parte tu ser desdora,
y vístete en el de mora,
que la ocasión lo consiente;
y con Arlaxa y Muzel los
muros de Orán veremos,
donde, sin duda, hallaremos
tu piadoso o tu cruel;
que no es posible dejar
de hallarse en aquesta guerra,
si no le ha hundido la tierra
o le ha sorbido la mar.
Alimuzel, no te tardes;
ven, y mira que es razón;
que en semejante ocasión
no es bien parecer cobarde.
ALIMUZEL
Haz cuenta que a punto estoy.
ARLAXA
A mí nada me detiene.
MARGARITA
Ya veis si a mí me conviene seguiros.
D. FERNANDO
Pues pase hoy;
y mañana, cuando dan
las aves el alborada,
demos a nuestra jornada
principio y al fin de Orán.
¿Queda así?
ALIMUZEL
No hay que dudar.
ARLAXA
¿Cómo te llamas, señora?
MARGARITA
Margarita; mar do mora[n]
gustos que me han de amargar.
ARLAXA
Ven, que el amor favorece
siempre a honestos pensamientos.
D. FERNANDO
¡Qué atropellados contentos
la ventura aquí me ofrece!
Entranse todos.
Sale BUITRAGO, solo, a la muralla.
[BUITRAGO.]
¡ Arma, arma, señor, con toda priesa!;
porque en el charco azul columbro y veo
pintados leños de una armada gruesa
hacer un medio círculo y rodeo;
el viento el remo impele, el lienzo atesa;
el mar tranquilo ayuda a su deseo.
Arma, pues, que en un vuelo se avecina,
y viene a tomar tierra a la marina.
A la muralla, el CONDE y GUZMAN.
CONDE
Turcos cubren el mar, moros la tierra;
don Fernando de Cárcamo al momento
a San Miguel defienda, y a la guerra
se dé principio con furor sangriento.
Mi hermano, que en Almarza ya se encierra,
mostrará de quién es el bravo intento;
que este perro, que nunca otra vez ladre,
es el que en Mostagán mordió a su padre.
GUZMAN
Mal puedes defenderle la ribera.
CONDE
No hay para qué, si todo el campo cubre
del Cuco y Alabez la gente fiera,
tanta, que hace horizonte lo que encubre,
y los que van poblando la ladera
de aquel cerro empinado que descubre
y mira esento nuestros prados secos,
son los moros de Fez y de Marruecos.
Coronen las murallas los soldados,
y reitérese el arma en toda parte;
estén los artilleros alistados,
y usen certeros de su industria y arte;
los a cosas diversas diputados
acudan a su oficio, y dese a Marte
el que a Venus se daba, y haga cosas
que sean increíbles de espantosas.
Entrese de la muralla el CONDE y GUZMAN.
BUITRAGO
Animas, si queréis que al ejercicio
vuelva de mis plegarias y rosario,
pedid que me haga el cielo beneficio
que siquiera no falte el ordinario;
que, aunque de Marte el trabajoso oficio
en mi estómago pide estraordinario,
con diez hogazas que me envíe, sienta
que a seis bravos soldados alimenta.
Entranse, y suenan chirimías y cajas.
Entra AZAN BAJA y BAIRAN con el REY DEL CUCO y EL ALABEZ.
BAIRAN
Don Francisco, el hermano del valiente
don Juan, que naufragó en la Herradura,
apercibe gran número de gente,
y socorrer a esta ciudad procura.
Don Alvaro Bazán, otro excelente
caballero famoso y de ventura,
tiene cuatro galeras a su cargo,
y éste ha de ser de tu designio embargo.
AZAN
Su arena piso ya; de Orán colijo
no aquella lozanía que dijiste:
sólo por tocar arma ya me aflijo,
y ver quién será aquel que me resiste.
ALABEZ
Quien al padre venció vencerá al hijo.
No hay que esperar, ¡oh grande Azán!, embiste;
que el tiempo que te tardas, ése quitas
a tus vitorias raras e infinitas.
Entren a esta sazón ARLAXA y MARGARITA, en hábito de moro;
DON FERNANDO como moro, y ALIMUZEL.
CUCO
Tienes presente, ¡oh rey Azán!, la gloria
de la Africa y la flor de Berbería;
un ángel es que anuncia tu vitoria,
que el cielo, donde él vive, te le envía.
AZAN
Tendré yo para siempre en la memoria
esta merced, ¡oh gran señora mía!,
bella y sin par Arlaxa, en cuanto el cielo
pudo de bien comunicar al suelo.
¿Qué buscas entre el áspero ruïdo
del cóncavo metal, que, el aire hiriendo,
no ha de llevar a tu sabroso oído
de Apolo el son, mas el de Marte horrendo?
ARLAXA
El tantarán del atabal herido,
el bullicio de guerra y el estruendo
de gruesa y disparada artillería
es para mí suave melodía.
Cuanto más, que yo vengo a ser testigo
de tus raras hazañas y excelentes,
y a servirte estos dos truje conmigo,
que cuanto son gallardos son valientes.
AZAN
De agradecer tanta merced me obligo
cuando corran los tiempos diferentes
de aquéstos, porque el fruto de la guerra
en la paz felicísima se encierra.
Entra ROAMA, moro, con un cristiano galán atadas las manos.
ROAMA
El bergantín que de la Vez se llama
cautivaron anoche tus fragatas;
y éste, que es un don Juan de Valderrama,
venía en él.
AZAN
¿Por qué no le desatas?
Como entra el cautivo, se cubre MARGARITA el rostro con un velo.
ALABEZ
¿Cómo sabes su nombre tú, Roama?
ROAMA
El me lo ha dicho así.
AZAN
Pues mal le tratas;
si es caballero, suéltale las manos.
D. JUAN
¿Qué es lo que veo, cielos soberanos?
Mira a DON FERNANDO.
AZAN
¿De qué tierra eres, cristiano?
D. JUAN
De Jerez de la Frontera.
AZAN
¿Eres hidalgo o villano?
ALABEZ
Vestir de aquella manera los villanos
no es muy llano.
D. JUAN
Caballero soy.
AZAN
¿Y rico?
D. JUAN
Eso no; pues que me aplico
a ser soldado, señal
que de bienes me va mal;
y esto os juro y certifico.
ALABEZ
De cristianos juramentos
está preñada la tierra,
lleno el mar, densos los vientos.
AZAN
¿Y venías...?
D. JUAN
A la guerra.
AZAN
¡Honrados son tus intentos!
MARGARITA
¡Este es mi hermano, señora!
ARLAXA
Disimula como mora, y cúbrete el rostro más.
CUCO
¡Buena guerra agora harás!
D. JUAN
¿Y cómo la hago agora?
AZAN
¿Qué nuevas hay en España?
D. JUAN
No más de la desta guerra,
y que ya estás en campaña.
AZAN
Dirán que mi intento yerra
en emprender tal hazaña;
el socorro aprestarán,
el mundo amenazarán,
y, estándole amenazando,
llegarán a tiempo cuando
yo esté en sosiego en Orán.
Preséntote este cristiano,
Arlaxa, como en indicio
de lo que en servirte gano;
y acepta el primer servicio
que recibes de mi mano;
que otros pienso de hacerte
con que mejores la suerte
de tu aduar saqueado.
ARLAXA
Tenga el grande Alá cuidado,
grande Azán, de engrandecerte.
AZAN
Vamos, que Marte nos llama
a ejercitar el rigor
que enciende tu ardiente llama.
ARLAXA
Mahoma te dé favor
que aumente tu buena fama.
Ven, cristiano, y darme has cuenta
de quién eres.
Entranse todos, excepto DON JUAN y DON FERNANDO.
D. JUAN
¡No consienta
el cielo que éste sea aquel
que, enamorado y crüel,
pudo hacerme honrada afrenta!
D. FERNANDO
Escucha, cristiano, espera.
D. JUAN
Ya espero, ya escucho, y veo
lo que nunca ver quisiera,
si me pinta aquí el deseo
esta visión verdadera.
D. FERNANDO
¿Qué murmuras entre dientes?
D. JUAN
¿Qué me quieres?
D. FERNANDO
Que me cuentes
quién eres.
D. JUAN
Pues, ¿qué te importa?
D. FERNANDO
Hacer tu desgracia corta.
D. JUAN
[Aparte] ¡Podrá ser que me la aumentes!
Muestran que no es opinión
los sobresaltos que paso,
mas cosa puesta en razón,
que, sin duda, hace caso
tal vez la imaginación,
pues pienso que estoy mirando
el rostro de don Fernando,
su habla, su talle y brío;
pero que esto es desvarío
su traje me va mostrando.
D. FERNANDO
¿Todo ha de ser murmurar,
cristiano?
D. JUAN
Perdona, moro,
que no me dejan guardar
el cortesano decoro
las ansias de mi pesar.
Y más, que tú me enmudeces;
porque tanto te pareces
a un cristiano, que me admiro,
que le veo si te miro,
y él mismo en ti mismo ofreces.
D. FERNANDO
En Orán hay un cristiano
que dicen que me parece
como esta mano a esta mano,
y que si acaso se ofrece
vestir hábito africano,
ningún moro hay que le vea
que no diga que yo sea,
y juzgue con evidencia
que sólo nos diferencia
su vestido y mi librea.
No le he visto y voy trazando
verle, que verle deseo,
ya en paz, o ya peleando.
D. JUAN
¿Cómo se llama?
D. FERNANDO
Yo creo
que se llama don Fernando,
y tiene por sobrenombre
Saavedra.
D. JUAN
Ese es el hombre
por quien con mil males lucho.
D. FERNANDO
Desa manera, no es mucho
que mi presencia te asombre.
Entra ROAMA, el moro.
ROAMA
Arlaxa y Fátima están
esperándote, cautivo.
D. FERNANDO
Ve en paz; que, rendido Orán,
si el otro yo queda vivo,
tendrá remedio tu afán.
D. JUAN
Estimo tu buen deseo;
mas, con todo aquesto, creo...;
pero no, no creo nada;
que es cosa desvariada
dar crédito a lo que veo.
Entrase DON JUAN y ROAMA.
D. FERNANDO
Entre sospechas y antojos,
y en gran confusión metido,
va don Juan lleno de enojos,
pues le estorba este vestido
no dar crédito a sus ojos.
No se puede persuadir
que yo pudiese venir
a ser moro y renegar;
y así, se deja llevar
de lo que quise fingir.
Su confesión está llana,
y más lo estará si mira
y si conoce a su hermana;
que entonces no habrá mentira
que no se tenga por vana.
Pregunto: ¿en qué ha de parar
este mi disimular,
y este vestirme de moro?
En que guardaré el decoro
con que más me pueda honrar.
Entrase. Tócase arma; salen a la muralla el CONDE y GUZMAN, y al teatro, AZAN, el CUCO y ALABEZ.
CONDE
Veinte asaltos creo que son
los que han dado a San Miguel,
y éste, según es crüel,
me muestra su perdición.
No podrá más don Fernando
de Cárcamo.
GUZMAN
No, sin duda;
mas, si no se le da ayuda,
su fin le está amenazando.
Fuerza que no se socorre,
haz cuenta que está rendida.
AZAN
San Miguel va de vencida,
que gran morisma allá corre.
Suena mucha vocería de "¡Li, li, li!" y atambores; sale ROAMA.
ROAMA
San Miguel se ha entrado ya,
y, sobre el muro español,
son tus medias lunas sol,
el más bello que hizo Alá.
Fuéronse a Mazalquivir
algunos que se escaparon.
AZAN
Algún tanto dilataron
esos perros el vivir.
ALABEZ
Desta huida no se arguye
el refrán que el vulgo trata,
que es hacer puente de plata
al enemigo que huye.
CUCO
Hoy de aquel gran capilludo
las memorias quedarán
enterradas con Orán,
pues tú puedes más que él pudo.
AZAN
¡Valeroso don Martín,
que te precias de otro Marte,
espera, que voy a darte,
a tu usanza, un San Martín!
Entranse todos.
Salen ARLAXA y MARGARITA, cubierto el rostro con un velo, y DON JUAN, como cautivo.
D. JUAN
Ayer me entró por la vista
cruda rabia a los sentidos,
y hoy me entra por los oídos,
sin haber quien la resista.
Ayer la suerte inhumana,
a quien mil veces maldigo,
me hizo ver mi enemigo,
y hoy me hace oír mi hermana.
Quítate el velo, señora,
y sacarme has de una duda
por quien tiembla el alma y suda.
MARGARITA
¿Otra vez? No puedo agora.
D. JUAN
¡Ay Dios, que la voz es ésta
de mi buscada enemiga!
MARGARITA
Si el oírme te fatiga,
jamás te daré respuesta.
D. JUAN
No me tengas más suspenso;
descúbrete, que me das,
mientra que cubierta estás,
un dolor que llega a inmenso.
ARLAXA
Fátima, por vida mía,
que te descubras; veremos
por qué hace estos estremos
este cristiano.
MARGARITA
Sí haría,
si no me importase mucho
encubrirme desta suerte.
D. JUAN
Los ecos son de mi muerte
los que en esta voz escucho.
ARLAXA
Descúbrete, no te asombres;
que has de saber, si lo ignoras,
que nunca para las moras
los cristianos fueron hombres.
Ya no es nadie el que es esclavo;
no tienes que recelarte.
MARGARITA
Yo daré, por contentarte,
con mis designios al cabo.
ARLAXA
[Aparte] Que te conozca, no importa;
cuanto más, que has de negallo
MARGARITA
[Aparte] Dudosa en todo me hallo.
ARLAXA
[Aparte] Ten ánimo, no seas corta.
MARGARITA
Descúbrome; vesme aquí,
cristiano; mírame bien.
D. JUAN
¡Oh, el mismo rostro de quien
aquí me tiene sin mí!
¡Oh hembra la más liviana
que el sol ha visto jamás!
¡Oh hermana de Satanás
primero que no mi hermana!
Por ejemplos más de dos
he visto puesto en efeto
que, en perdiéndose el respeto
al mundo, se pierde a Dios.
ARLAXA
¿Qué dices, perro?
D. JUAN
Que es ésta
mi hermana.
ARLAXA
¿Fátima?
D. JUAN
Sí.
ARLAXA
¡En mi vida vi ni oí
tan linda y graciosa fiesta!
¡Tuya mi hermana! ¿Estás loco?
Mírala bien.
D. JUAN
Ya la miro.
ARLAXA
¿Qué dices, pues?
D. JUAN
Que me admiro,
y en el juicio me apoco.
Por dicha, ¿hace Mahoma
milagros?
ARLAXA
Mil a montones.
D. JUAN
¿Y hace transformaciones?
ARLAXA
Cuando voluntad le toma.
D. JUAN
¿Y suele muda[r], tal vez,
en mora alguna cristiana?
ARLAXA
Sí.
D. JUAN
Pues aquésta es mi hermana,
y la tuya está en Jerez.
ARLAXA
¡Roama, Roama, ven!
Entra ROAMA.
ROAMA
Señora; ¿qué es lo que mandas?
ARLAXA
Que pongas las carnes blandas
a este perro.
ROAMA
Está bien.
Vuélvese.
ARLAXA
Con un corbacho procura
sacarle de la intención
una cierta discreción
que da indicios de locura.
MARGARITA
De cualquiera maleficio,
Arlaxa, que al hombre culpa,
le viene a sobrar disculpa
en la falta del juïcio.
No le castigues ansí
por cosa que es tan liviana.
D. JUAN
¡Juro a Dios que eres mi hermana,
o el diablo está hablando en ti!
Suena dentro asalto.
ARLAXA
¿No oyes, Fátima, que dan
asalto a Mazalquivir,
que hasta aquí se hace sentir
en el conflito en que están?
Deja a ese perro, y acude,
por si lo podremos ver.
Entranse ARLAXA y MARGARITA.
MARGARITA
Siempre te he de obedecer.
D. JUAN
¡Y quieren que desto dude!
Por ser grande la distancia
que hay de mi hermana a ser mora,
imagino que en mí mora
gran cantidad de ignorancia.
Estraño es el devaneo
con quien vengo a contender,
pues no me deja creer
lo que con los ojos veo.
Entrase.
Salen a la muralla DON MARTIN, el capitán GUZMAN y BUITRAGO con una mochila a las espaldas y una bota de vino, comiendo un pedazo de pan.
D. MARTIN
¡Gente soberbia y crüel,
a quien ayuda la suerte,
no penséis que es éste el fuerte
tan flaco de San Miguel!
¡Bravo Guzmán, gran Buitrago,
hoy ha de ser vuestro día!
BUITRAGO
(Bebe) Déjeme vueseñoría
que me esfuerce con un trago.
¡Echenme destos alanos
agora de dos en dos,
porque yo les juro a Dios
que han de ver si tengo manos!
Salen al teatro AZAN, el CUCO, el ALABEZ, DON FERNANDO y otros moros con escalas.
AZAN
Al embestir no se tarde;
porque quiero estar presente,
para honrar al que es valiente
y dar infamia al cobarde.
Muzel, una escala toma,
y muéstranos que te dan,
como a melionés galán,
manos las del gran Mahoma.
¡Ea; al embestir, amigos;
amigos, al embestir;
que hoy será Mazalquivir
sepultura de enemigos!
Embisten; anda la grita; lleva MUZEL una escala; sube por ella, y otro moro por otra; deciende al moro BUITRAGO, y DON FERNANDO ase a MUZEL y derríbale; pelea con otros, y mátalos. Todos han de caer dentro del vestuario.
Desde un cabo mira AZAN, el CUCO y el ALABEZ lo que pasa.
D. FERNANDO
Ya no es tiempo de aguardar
a designios prevenidos,
viendo que están oprimidos
los que yo debo ayudar.
¡Baja, Muzel!
ALIMUZEL
¿Por ventura,
quiéresme quitar la gloria
desta ganada vitoria?
D. FERNANDO
Aún más mi intento procura.
ALIMUZEL
¡Que me derribas! ¡Espera,
que ya abajo a castigarte!
D. FERNANDO
Aunque bajase el dios Marte
acá de su quinta esfera,
no le estimaré en un higo.
¡Oh, cómo que trepa el galgo!
Derriba al otro que sube.
ALIMUZEL
Poco puedo y poco valgo
con este amigo enemigo.
¿Por qué contra mí, Lozano,
esgrimes el fuerte acero?
Riñen los dos.
D. FERNANDO
Porque soy cristiano, y quiero
mostrarte que soy cristiano.
D. MARTIN
¡Disparen la artillería!
¡Aquí, Buitrago y Guzmán!
¡Robledo, venga alquitrán!
¡Arrojad esa alcancía!
¡Allí, que se sube aquél!
D. FERNANDO
Donde yo estoy, este muro
estará siempre seguro;
y, aunque le pese a Muzel,
este perro vendrá al suelo.
Derriba a otro.
AZAN
¿Quién es aquél que derriba
a cuantos suben arriba?
CUCO
Que es renegado recelo;
pero yo lo veré presto,
y le haré que se arrepienta.
AZAN
A un rey no toca esa afrenta.
Vase el del CUCO contra DON FERNANDO.
CUCO
Mahoma se sirve en esto.
GUZMAN
Buitrago, el que nos defiende
es, sin duda, don Fernando.
BUITRAGO
Aqueso estaba pensando,
porque a los moros ofende.
CUCO
¡Renegado, perro, aguarda!
D. FERNANDO
¡Rey del Cuco, perro, aguardo!
CUCO
¿Cómo en tu muerte me tardo?
D. FERNANDO
Pues la tuya ya se tarda.
Alimuzel, désta vas,
y tú, rey, irás de aquésta.
¡Concluyóse ya esta fiesta!
CUCO
¡Muy mal herido me has!
ALIMUZEL
¡Muerto me has, moro fingido
y cristiano mal cristiano!
Caen dentro del vestuario.
D. FERNANDO
Tengo pesada la mano
y alborotado el sentido;
Dios sabe si a mí me pesa.
Gran don Martín valeroso,
haz que deciendan al foso
y recojan esta presa.
GUZMAN
Don Fernando, señor, es,
que viene a hacer recompensa
de la cometida ofensa:
diez ha herido, y muerto a tres;
y el rey del Cuco es aquél
que yace casi difunto.
D. MARTIN
Pues socorrámosle al punto.
GUZMAN
Y el otro es Alimuzel.
D. MARTIN
Vayan por la casamata
al foso, y retírenlos.
BUITRAGO
Vamos por ellos los dos.
Quítase del muro GUZMAN y BUITRAGO.
AZAN
Ya no es la empresa barata,
pues me cuesta un rey, y tantos
que en veinte asaltos han muerto.
¿Alboroto, y en el puerto
(¿qué podrá ser?) de los Santos?
Suena todo.
Campanas en la ciudad
suenan, señal de alegrías,
y tocan las chirimías;
aquésta es gran novedad.
Vamos a ver lo que es esto,
y toquen a recoger.
ALABEZ
No sé lo que pueda ser.
AZAN
Pues yo lo sabré bien presto.
Entranse. Salen BUITRAGO y GUZMAN.
GUZMAN
Al retirar, don Fernando,
que en gran peligro estás puesto.
D. FERNANDO
No lo pienso hacer tan presto.
BUITRAGO
Pues, ¿cuándo?
D. FERNANDO
Menos sé cuándo.
Yo, que escalé estas murallas,
aunque no para huir dellas,
he de morir al pie dellas,
y con la vida amparallas.
Conozco lo que me culpa,
y, aunque a la muerte me entregue,
haré la disculpa llegue
adonde llegó la culpa.
BUITRAGO
Yo sé muy poco, y diría,
y está muy puesto en razón,
que la desesperación
no puede ser valentía.
GUZMAN
Menos riesgo está en ponerte
del conde a la voluntad
que hacer la temeridad
donde está cierto el perderte.
Procúrate retirar,
pues es cosa conocida
que al mal de perder la vida
no hay mal que pueda llegar.
En efecto: has de ir por fuerza,
si ya no quieres de grado.
D. FERNANDO
De vuestra fuerza me agrado,
pues más obliga que fuerza.
Retirad aquesos dos
del foso, que es gente ilustre.
BUITRAGO
Locura fuera de lustre
el quedarte, ¡juro a Dios!
Entranse todos.
Salen AZAN, ARLAXA, MARGARITA, DON JUAN, ROAMA, que trae preso a VOZMEDIANO.
ROAMA
Este, pasando de Orán
a Mazalquivir, fue preso.
AZAN
Este nos dirá el suceso
y por qué alegres están.
VOZMEDIANO
Porque les entró un socorro,
que por él, ¡oh gran señor!,
a la hambre y al temor
han dado carta de horro.
Un don Alvaro Bazán,
terror de naciones fieras,
a pesar de tus galeras,
ha dado socorro a Orán.
En la cantidad es poco,
y en el valor sobrehumano.
D. JUAN
Si aquéste no es Vozmediano,
concluyo con que estoy loco.
VOZMEDIANO
¡Suerte airada, por quien vivo
en pena casi infinita!
Aquélla, ¿no es Margarita,
y su hermano aquel cautivo?
AZAN
¿Hay nuevas de otro socorro,
cristiano?
VOZMEDIANO
Dicen que sí.
D. JUAN
De haber dudado hasta aquí
ya me avergüenzo y me corro.
¿No os llamáis vos Vozmediano?
VOZMEDIANO
No, señor.
D. JUAN
¿Qué me decís?
VOZMEDIANO
Que no.
D. JUAN
¡Por Dios, que mentís!
VOZMEDIANO
Estoy preso y soy cristiano,
y así, no os respondo nada.
D. JUAN
¿Aquélla no es Margarita,
viejo ruin?
VOZMEDIANO
Es infinita
vuestra necedad pensada.
Pedro Alvarez es mi nombre:
ved si os habéis engañado.
D. JUAN
El seso tengo turbado;
no hay cosa que no me asombre.
Que si éste no es Vozmediano
y no es Margarita aquélla,
y el que causó mi querella
no es el otro mal cristiano,
tampoco soy yo don Juan,
sino algún hombre encantado.
Entra un MORO.
MORO ¿Cómo estás tan sosegado,
valeroso y fuerte Azán?
Si tardas un momento, no habrá fusta,
galera ni bajel de cuantos tienes
en este mar que no sea miserable
presa del español, que a remo y vela
viene a embestirte. Rey Azán, ¿qué aguardas?
AZAN
Todo moro se salve, que los turcos
solos se han de embarcar. ¡Adiós, amigos!
Vase.
ARLAXA
Fátima, no me dejes; ven conmigo,
que tiempo habrá donde a tu gusto acudas.
MARGARITA
No te puedo faltar; guía, señora.
Entranse las dos.
D. JUAN
Solos quedamos, hombre, y sólo quiero
que me digas quién eres; que yo pienso
que eres un Vozmediano de mi tierra.
VOZMEDIANO
No es este tiempo para tantas largas;
la libertad tenemos en las manos;
dejalla de cobrar será locura.
Pedro Alvarez me llamo por agora.
Entrase.
D.JUAN
¿Cómo podré dejarte, hermana o mora?
Entrase. Salen a la muralla DON MARTIN, GUZMAN, DON FERNANDO y BUITRAGO.
DON MARTIN
¡Oh, que se embarca el perro y que se escapa!
Dobla la punta, general invicto,
y embístele.
GUZMAN
Por más que lo procura,
no es posible alcanzarle.
D. FERNANDO
¡A orza, a orza,
con la vela hasta el tope! ¡Oh, que se escapa!
De Canastel el cabo dobla, y vase.
D. MARTIN
Los perros de la tierra, en remolinos
confusos, con el miedo a las espaldas,
huyen y dejan la campaña libre.
BUITRAGO
Toda la artillería se han dejado.
GUZMAN
Las proas endereza nuestra Armada
al puerto, y ya de Orán el conde insigne
ha salido también.
D. MARTIN
A la marina,
que el bravo don Francisco de Mendoza
no tardará en llegar.
Entrase DON MARTIN y BUITRAGO.
D. FERNANDO
Amigo, escucha:
¿no ves aquel montón que va huyendo
de moros por la falda del ribazo?
GUZMAN
Muy bien. ¿Por qué lo dices?
D. FERNANDO
Allí creo
que va desta alma la mitad.
GUZMAN
¿Va Arlaxa?
D.FERNANDO
Arlaxa va.
GUZMAN
¡Mahoma la acompañe!
D. FERNANDO
Ven, que con ella va la que me lleva
el alma, y me conviene detenellas;
sígueme, que has de hacer por mí otras cosas
que me importan la honra.
GUZMAN
Yo te sigo;
que hasta la aras he de serte amigo.
Entranse. Sale, como que se desembarca, DON FRANCISCO DE MENDOZA; recíbenle el CONDE y DON MARTIN, BUITRAGO y otros.
CONDE
Sea vuesa señoría bien venido,
cuanto ha sido el deseo
que de verle estas fuerzas han tenido.
D. FRANCISCO
El cielo, a lo que creo,
en mi mucha tardanza ha sido parte,
porque viese esta tierra más de un Marte;
que de aquestas murallas las rüinas
muestran que aquí hubo brazos
de fuerzas que llegaron a divinas.
BUITRAGO
Rompen por embarazos
imposibles los hartos y valientes,
y esto saben mis brazos y mis dientes.
D. MARTIN
¡Paso, Buitrago!
BUITRAGO
Yo, señor, bien puedo
hablar, pues soy soldado
tal, que a la hambre sola tengo miedo.
Ya el cerco es acabado.
D. MARTIN
No es para aquí, Buitrago, aqueso. ¡Paso!
BUITRAGO
Nadie sabe la hambre que yo paso.
CONDE
Cincuenta y siete asaltos reforzados
dieron los turcos fieros
a estos terrones por el suelo echados.
BUITRAGO
Cincuenta y siete aceros
tajantes respondieron a sus bríos,
todos en peso destos brazos míos.
Corté y tajé más de una turca estambre.
CONDE
¡Buitrago, basta agora!
BUITRAGO
Bastará, a no morirme yo de hambre.
D. FRANCISCO
En vuestro pecho mora,
famoso don Martín, la valentía.
BUITRAGO
Y en el mío la hambre y sed se cría.
Entra el capitán GUZMAN y lee un billete a DON FRANCISCO; y, en leyéndole, dice:
D. FRANCISCO
Haráse lo que pide don Fernando;
que todo lo merece
lo que dél va la fama publicando.
Coyuntura se ofrece
donde alegre y seguro venir puede.
GUZMAN
Tu gran valor al que es mayor excede.
Entrase GUZMAN.
D. FRANCISCO
Pido, en albricias deste buen suceso,
señor conde, una cosa
que por algo atrevida la confieso,
mas no dificultosa.
CONDE
¿Qué me puede mandar vueseñoría
que no haga por deuda o cortesía?
D. FRANCISCO
De don Fernando Saavedra pido
perdón, porque su culpa
con su fogoso corazón la mido,
y él dará su disculpa.
CONDE
Muy mal la podrá dar; pero, con todo,
señor, a vuestro gusto me acomodo.
Entran DON FERNANDO y ALIMUZEL, con una banda, como que está herido; ARLAXA, MARGARITA, DON JUAN y VOZMEDIANO.
D. FERNANDO
Si confesar el delito,
con claro arrepentimiento,
mitiga en parte la ira
del juez que es sabio y recto,
yo, arrepentido, aunque tarde,
el mal que hice confieso,
sin dar más disculpa dél
que un honrado pensamiento.
A la voz del desafío
deste moro corrí ciego,
sin echar de ver los bandos,
que al más bravo ponen freno.
Pero no es éste lugar
para alargarme en el cuento
de mi estraña y rara historia,
que dejo para otro tiempo.
CONDE
Agradecedlo al padrino
que habéis tenido, que creo
que allí llegará la pena
do llegó el delito vuestro.
Pero, ¿qué moras son éstas?,
¿y qué cautivos? ¿Qué es esto?
D. FERNANDO
Todo lo sabrás después,
y por agora te ruego
que me des, señor, licencia,
para hablar sólo un momento
y acomodar muchas causas
de quien verás los efectos.
CONDE
Hablad lo que os diere gusto,
que del vuestro le tendremos;
que siempre vuestras palabras
responden a vuestros hechos.
D. FERNANDO
Yo soy, Arlaxa, el cristiano,
y entiende que ya no miento,
don Fernando, el de la fama,
que te enamoró el deseo.
La palabra que le diste
a Alimuzel tenga efecto,
que él hará entrego de mí,
pues yo en sus manos me entrego.
Y vos, don Juan valeroso,
cuyo honrado y noble intento
os trujo a tal confusión
que os turbó el conocimiento,
perdonad a vuestra hermana,
que el romper del monesterio
redundará en su alabanza,
señor, si vos gustáis dello.
Sin dote será mi esposa;
que nunca falta el dinero
donde los gustos se miden
y se estrechan los deseos.
En esta mora en el traje
a vuestra hermana os ofrezco,
y a mi esposa, si ella quiere.
MARGARITA
Yo sí quiero.
D. FERNANDO
Yo sí quiero.
D. JUAN
¿No es aquéste Vozmediano?
VOZMEDIANO
El mismo.
D. JUAN
¡Gracias al cielo
que, tras de tantos nublados,
claro el sol y alegre veo!
No es este famoso día
de venganzas, y no tengo
corazón a quien no ablande
tal sumisión y tal ruego.
Yo perdono a Margarita,
y por esposa os la entrego,
Alejandro de mi hacienda,
pues la mitad os ofrezco.
ARLAXA
Y yo la mano a Muzel;
que, aunque mora, valor tengo
para cumplir mi palabra;
cuanto más, que lo deseo.
CONDE
Tan alegre destas cosas
estoy, cuanto estoy suspenso,
porque dellas veo el fin,
y no imagino el comienzo.
D. FERNANDO
¿Ya no te he dicho, señor,
que te lo diré a su tiempo?
Entra UNO.
UNO
En este punto espiró
el buen alférez Robledo.
GUZMAN
Dios le perdone, y mil gracias
doy al piadoso cielo,
que me quitó de los hombros
tan pesado sobrehueso.
Quien quiere tener la vida
rendida a cualquier encuentro,
y no tener gusto en ella
ni velando ni durmiendo,
afrente a algún bien nacido,
y verá presente luego
el rostro que el temor tiene,
la sospechas y el recelo.
BUITRAGO
Quien quisiere se le quite
todo temor, todo miedo,
tenga hambre, y verá como
cesa todo en no comiendo.
DON MARTIN
Yo añadiré las raciones,
Buitrago.
BUITRAGO
¡Hágate el cielo
vencedor nunca vencido
por casi siglos eternos!
CONDE
Entremos en la ciudad,
señor don Francisco.
D. FRANCISCO
Entremos,
porque a la vuelta me llaman
estos favorables vientos,
y quiero deste principio
entender estos sucesos,
porque, en ser de don Fernando,
gustaré de que sean buenos.
BUITRAGO
Tóquense las chirimías
y serán, si bien comemos,
dulces y alegres las fiestas.
GUZMAN
¿Y si no?
BUITRAGO
Renegaremos.
UNO
¡Buitrago, daca el alma!
BUITRAGO
¡Hijo de puta! ¿Tenemos
más almas que dar, bellaco?
UNO
¡Daca el alma!
BUITRAGO
¡Por San Pedro,
que si os asgo, hi de poltrón,
que habéis de saber si tengo
alma que daros!
GUZMAN
Buitrago,
no haya más, que llega el tiempo
de dar fin a esta comedia,
cuyo principal intento
ha sido mezclar verdades
con fabulosos intentos.
Fin desta comedia
Comedia famosa de la casa de los celos y selvas de Ardenia
Los que hablan en ella son:
REINALDOS.
MALGESÍ.
ROLDÁN.
GALALÓN.
EMPERADOR CARLOMAGNO.
ANGÉLICA.
BERNARDO DEL CARPIO.
UNA DUEÑA.
UN ESCUDERO.
ARGALIA.
ESPÍRITU DE MERLÍN.
MARFISA.
LAUSO, pastor.
CORINTO, pastor.
RÚSTICO, pastor.
CLORI, pastora.
EL TEMOR.
LA CURIOSIDAD.
LA DESESPERACIÓN.
LOS CELOS.
LA DIOSA VENUS.
CUPIDO.
MALA FAMA.
BUENA FAMA.
FERRAGUTO.
CASTILLA.
JORNADA PRIMERA
Entra REINALDOS y MALGESÍ
REINALDOS
Sin duda que el ser pobre es causa desto;
pues, ¡vive Dios!, que pueden estas manos
echar a todas horas todo el resto
con bárbaros, franceses y paganos.
¿A mí, Roldán, a mí se ha de hacer esto?
Levántate a los cielos soberanos,
el confalón que tienes de la Iglesia.
O reniego, o descreo...
MALGESÍ
¡Oh, hermano!
REINALDOS
¡Oh, pesia...!
MALGESÍ
Mira que suenan mallesas razones.
REINALDOS
Nunca las pasa mi intención del techo.
MALGESÍ
Pues, ¿por qué a pronunciallas te dispones?
REINALDOS
¡Rabio de enojo y muero de despecho!
MALGESÍ
Pónesme en confusión.
REINALDOS
Y tú me pones...
¡Déjame, que revienta de ira el pecho!
MALGESÍ
¡Por Dios!, que has de decirme en este instante
con quién las has.
REINALDOS
Con el señor de Aglante.
Con aquese bastardo, malnacido,
arrogante, hablador, antojadizo,
más de soberbia que de honor vestido.
MALGESÍ
¿No me dirás, Reinaldos, qué te hizo?
REINALDOS
¿Que a tanto desprecio he yo venido,
que así ose atrevérseme un mestizo?
Pues ¡juro a fe que, aunque le valga Roma,
que le mate, y le guise, y me le coma!
En un balcón estaba de palacio,
y con él Galalón junto a su lado;
yo entraba por el patio, muy de espacio,
cual suelo, de mí mismo acompañado;
los dos miraron mi bohemio lacio
y no de perlas mi capelo ornado;
tomáronse a reír, y a lo que creo,
la risa fue de ver mi pobre arreo.
Subí, como con alas, la escalera,
de rabia lleno y de temor vacío;
no los hallé donde los vi, y quisiera
ejecutar en mí mi furia y brío.
Entráronse allá dentro, y, si no fuera
porque debo respeto al señor mío,
en su presencia le sacara el alma,
pequeña a tanta injuria, y débil palma.
De aquel traidor de Galalón no hago
cuenta ninguna, que es cobarde y necio;
de Roldán, sí, y en ira me deshago,
pues me conoce, y no me tiene en precio.
Pero presto tendrán los dos el pago,
pagando con sus vidas mi desprecio,
aunque lo estorbe...
MALGESÍ
¿No ves que desatinas?
REINALDOS
Con aquesas palabras más me indinas.
MALGESÍ
Roldán es éste, vesle aquí que sale,
y con él Galalón.
REINALDOS
Hazte a una parte,
que quiero ver lo que este infame vale,
que es tenido en el mundo por un Marte.
(Entra ROLDÁN y GALALÓN)
¡Agora, sí, burlón, que no te cale
en la estancia de Carlos retirarte,
ni a ti forjar traiciones y mentiras
para volver pacíficas mis iras!
GALALÓN
Vuélvome, porque es éste un atrevido
y el decir y hacer pone en un punto.
[Vase.]
REINALDOS
¡Bien os habéis de mi ademán reído
los dos, a fe!
ROLDÁN
¡Que está loco barrunto!
REINALDOS
¿Dónde está aquel cobarde?
MALGESÍ
Ya se ha ido.
REINALDOS
Tuvo temor de no quedar difunto
si un soplo le alcanzara de mi boca.
ROLDÁN
¡A risa su arrogancia me provoca!
¿Con quién las has, Reinaldos?
REINALDOS
¿Yo? Contigo.
ROLDÁN
¿Conmigo? Pues, ¿por qué?
REINALDOS
Ya tú lo sabes.
ROLDÁN
No sé más de que siempre fui tu amigo,
pues de mi voluntad tienes las llaves.
REINALDOS
Tu risa ha sido deso buen testigo;
no hay para qué tan sin porqué te alabes.
Dime: ¿puede, por dicha, la pobreza
quitar lo que nos da naturaleza?
Que yo trujera con anillos de oro
adornadas mis manos y trujera
con pompa, a modo de real decoro,
mi persona compuesta; ¿adondequiera
rindiera yo con esto al fuerte moro
o al gallardo español, que nos espera?
No; que no dan costosos atavíos
fuerza a los brazos y a los pechos bríos.
Mi persona desnuda, y esta espada,
y este indomable pecho que conoces,
ancha se harán adondequiera entrada,
como en la seca mies agudas hoces.
Mi fuerza conocida y estimada
está por todo el orbe dando voces,
diciendo quién yo soy; y así, tu burla
contra toda razón de mí se burla.
Y, porque veas que en razón me fundo,
mete mano a la espada y haz la prueba:
verás que en nada no te soy segundo,
ni es para mí el probarte cosa nueva.
¿Que de nuevo te ríes, pese al mundo?
ROLDÁN
¿Qué endiablado furor, primo, te lleva
a romper nuestras paces, o qué risa
así el aviso tuyo desavisa?
MALGESÍ
Dice que dél hiciste burla cuando
entraba por el patio de palacio,
su poco fausto y soledad mirando,
y su bohemio, por antiguo, lacio.
Pensólo, y, su estrecheza contemplando,
y creyendo la burla, en poco espacio
la escalera subió; y, si allí os hallara,
en llanto vuestra risa se tornara.
ROLDÁN
Hiciera mal, porque por Dios os juro
que no me pasó tal por pensamiento;
y desto puede estar cierto y seguro,
pues yo lo digo y más con juramento.
Al pilar de la Iglesia, al fuerte muro,
al amparo de Francia y al aliento
de los pechos valientes, ¿quién osara,
aunque en ello la vida le importara?
Esta disculpa baste, ¡oh primo amado!,
para templar vuestra no vista furia;
que no es costumbre de mi pecho honrado
hacer a nadie semejante injuria.
Y más a vos, que solo habéis ganado
más oro que tendrá y tiene Liguria,
si es que la honra vale más que el oro
que en Tíbar cierne el mal vestido moro.
Dadme esa mano, ¡oh primo!, porque, en uno
estas dos que imagino sin iguales,
no siento yo que habrá valor alguno
que de su puerta llegue a los umbrales.
(Vuelve GALALÓN con el EMPERADOR CARLOMAGNO.)
¿Que así comenzó a hablar el importuno,
y descubrió en el modo indicios tales,
que presto de la lengua desmandada
pasaría la cólera a la espada?
GALALÓN
No los pongas en paz, porque es prudencia,
y en materia de estado esto se advierte,
tener a tales dos en diferencia,
que son ministros de tu vida y muerte;
que, habiendo entre dos grandes competencia
y entre dos consejeros, de tal suerte
el uno y otro a sus contrarios temen,
que es fuerza que en virtud ambos se estremen,
por temor de las ciertas parlerías
que te podrá decir aquél de aquéste;
y no desprecies las razones mías,
si no quieres que caro no te cueste.
EMPERADOR
No están de aquel talante que decías.
Di: ¿Roldán no es aquél? ¿Reinaldos, éste?
En paz están, y asidos de la mano.
GALALÓN
Señores, ¿no habéis visto a Carlomano?
ROLDÁN
¡Oh grande emperador!
EMPERADOR
¡Oh amados primos!
¿Habéis tenido algún enojo acaso?
ROLDÁN
Sin padrinos los dos nos avenimos
cuando torcemos de amistad el paso.
Muchas veces confieso que reñimos,
mas ninguna de veras.
GALALÓN
A hablar paso
Reinaldos y sin cólera, no hiciera
que nuestro emperador aquí viniera;
que yo le truje imaginando, cierto,
que estábades los dos ya en gran batalla.
MALGESÍ
Holgáraste que el uno fuera muerto,
y aun los dos; que este intento en ti se halla.
EMPERADOR
Tu temor ha salido en todo incierto.
De lo que a mí me place, es que la malla
y los aceros destos dos varones
requieren más honrosas ocasiones.
ROLDÁN
Reinaldos, no le tengas ojeriza
a Galalón, que a fe que es nuestro amigo.
MALGESÍ
¡Así le viese yo hecho ceniza,
o de la suerte que en mi mente digo!
Éste es el soplo que aquel fuego atiza
y enciende, por quien siempre es enemigo
nuestro buen rey de nuestro buen linaje.
REINALDOS
¡Cuán sin aliento viene aqueste paje!
Señor, si quieres ver una ventura,
que en la vida se ha visto semejante,
ponte a ese corredor: que te aseguro
que es aventicio hermoso y elegante.
REINALDOS
¡Donoso ha estado el paje!
PAJE
Yo lo juro
por vida de mi padre. Trae delante
una diosa del cielo dos salvajes
que sirven de escuderos y de pajes;
una que debe ser su bisabuela
viene detrás sobre una mula puesta.
Digo que es cosa de admirar. Mas hela
do asoma: ved si viene bien compuesta.
MALGESÍ
¿Si viene con mistura de cautela
tan grande novedad?
EMPERADOR
Poco te cuesta
saberlo si tu libro traes a mano.
MALGESÍ
Aquí le tengo, y el saberlo es llano.
(Apártase MALGESÍ a un lado del teatro, saca un libro pequeño, pónese a leer en él, y luego sale una figura de demonio por lo hueco del teatro y pónese al lado de MALGESÍ; y han de haber comenzado a entrar por el patio ANGÉLICA la bella, sobre un palafrén, embozada y la más ricamente vestida que ser pudiere; traen la rienda dos salvajes, vestidos de yedra o de cáñamo teñido de verde; detrás viene una dueña sobre una mula con gualdrapa: trae delante de sí un rico cofrecil o y a una perril a de falda; en dando una vuelta al patio, la apean los salvajes, y va donde está el EMPERADOR, el cual, como la vee, dice:)
EMPERADOR
Digo que trae gallarda compostura
y que es gallardo el traje y peregrino,
y que si llega al brío la hermosura,
que pasa de lo humano a lo divino.
MALGESÍ
¿Aventura es aquésta? Es desventura.
EMPERADOR
¿Qué dices, Malgesí?
MALGESÍ
No determino
aún bien lo que es.
EMPERADOR
Pues mira más atento.
MALGESÍ
Ya procuro cumplir tu mandamiento.
EMPERADOR
Salid a la escalera a recebilla,
y traed a la dama a mi presencia.
REINALDOS
Cierto que es ésta estraña maravilla.
MALGESÍ
Cierto que no yerra aquí mi ciencia.
EMPERADOR
¿Qué es eso, Malgesí?
MALGESÍ
Darás a oílla
gratos oídos, pero no creencia;
que esta dama que ves... Aún no sé el resto;
escúchala, que yo lo sabré presto.
(Entra en el teatro ANGÉLICA con los salvajes y la DUEÑA, acompañada de REINALDOS, ROLDÁN y GALALÓN; viene ANGÉLICA embozada.)
ANGÉLICA
Prospere el alto cielo,
poderoso señor, tu real estado,
y seas en el suelo
por uno y otro siglo prolongado
de tan rara ventura,
que del tiempo mudable esté segura.
Puesto que tu presciencia
de un sí cortés me tiene asegurada,
no osaré sin licencia
decirte, ¡oh gran señor!, una embajada,
que aumentará la fama
que a tanto prez y a tanto honor te llama.
EMPERADOR
Decid lo que os pluguiere.
ANGÉLICA
Hizo verdad tu sí mi pensamiento.
Presta a lo que dijere,
sagrado emperador, oído atento,
y préstenmele aquéllos
a quien la gola señaló sus cuellos.
Soy única heredera
del gran rey Galafrón, cuyo ancho imperio
deste mar la ribera,
ni aun casi la mitad del hemisferio,
sus límites describe;
que en otros mares y otros cielos vive.
A su grandeza iguala
su saber, en el cual tuvo noticia
ser mi ventura mala,
si así como el estado real codicia,
a varón me entregase
que en sangre y en grandeza me igualase.
Halló por cierto y llano
que el que venciese en singular batalla
a un mi pequeño hermano
que viste honrosa, aunque temprana malla,
éste, cierto, sería
bien de su reino y la ventura mía.
Por provincias diversas
he venido con él, donde he tenido
ya prósperas, ya adversas
venturas, y a la fin me he conducido
a este reino de Francia,
donde tengo por cierta mi ganancia.
De Ardenia en las umbrosas
selvas queda mi hermano, allí esperando
quien, ya por codiciosas
prendas, o esta belleza deseando,
(Desembózase.)
su fuerte brazo pruebe;
y es lo que he de decir lo que hacer debe.
Quien fuere derribado
del golpe de la lanza, ha de ser preso,
porque le está vedado
poner mano a la espada; y es expreso
del rey este mandato,
o, por mejor decir, concierto y pacto.
Y si tocare el suelo
mi hermano, quedará quien le venciere
levantado a mi cielo,
o noble sea, o sea el que se fuere,
y no de otra manera.
MALGESÍ
¡Qué bien que lo relata la hechicera!
ANGÉLICA
¡Ea, pues, caballeros!,
quien reinos apetece y gentileza,
aprestad los aceros,
que a poco precio venden la belleza
que veis, venid en vuelo.
ROLDÁN
¡Por Dios, que encanta!
REINALDOS
Admira, ¡vive el cielo!
ANGÉLICA
Ya te he dicho mi intento.
Conviéneme que dé la vuelta luego.
(Éntrase la SOMBRA.)
EMPERADOR
Deteneos un momento,
si es que puede con vos mi mando o ruego,
porque seáis servida
según vuestra grandeza conocida.
ANGÉLICA
Lo imposible me pides;
dame licencia y queda en paz.
EMPERADOR
Pues veo
que a tu gusto te mides,
en buen hora te vuelve, y el deseo
de servirte recibe.
MALGESÍ
¡El mismo engaño en esta falsa vive!
(Vase ANGÉLICA y su compañía.)
REINALDOS
¿Para qué vas tras ella,
Roldán?
ROLDÁN
Son escusadas tus demandas.
REINALDOS
Yo solo he de ir con ella.
ROLDÁN
¡Qué impertinente y qué soberbio andas!
REINALDOS
¡Detente, no la sigas!
ROLDÁN
Reinaldos, bueno está; no me persigas.
MALGESÍ
Deténlos, no los dejes;
haz, señor, que se prenda aquel a maga.
REINALDOS
Como de aquí te alejes,
daréte de tu intento justa paga.
EMPERADOR
¿Qué desvergüenza es ésta?
MALGESÍ
Manda prender aquella deshonesta,
que será, a lo que veo,
la ruina de Francia en cierto modo.
ROLDÁN
Cumpliré mi deseo
a tu pesar, y aun al del mundo todo.
REINALDOS
Camina, pues, y guarte.
EMPERADOR
Acaba, Malgesí, de declararte.
MALGESÍ
Ésta que has visto es hija
del Galafrón, cual dijo; mas su intento,
es diferente del fingido cuento,
porque su padre ordena
tener tus Doce Pares en cadena;
y, si los prende, piensa
venir sobre tu reino y conquistalle;
y trázase esta ofensa
con enviar su hijo y adornalle
con una hermosa lanza,
con que de todos la vitoria alcanza.
La lanza es encantada,
y tiene tal virtud, que, aquel que toca,
le atierra, y es dorada;
por eso pide aquella infame y loca
que la espada no prueben
los que a la empresa con valor se atreven.
Por añagaza pone
aquella incomparable hermosura,
que el corazón dispone
aun de la más cobarde criatura
para que el hecho intente,
do, aunque se pierda, nunca se arrepiente.
Serán tus Doce Pares
presos si no lo estorbas, señor mío,
y otros muchos millares
de los tuyos que tienen fuerza y brío
para mayores cosas.
EMPERADOR
Las que has contado son bien espantosas;
mas no sé remediallas,
y es porque no las creo. A ti te queda
creellas y estorballas.
MALGESÍ
Haré cuanto mi industria y ciencia pueda.
GALALÓN
No son muy verdaderos,
a decirte verdad, tus consejeros.
(Éntrase el EMPERADOR y GALALÓN.)
MALGESÍ
Mi hermano va enojado
con Roldán; estorbar quiero su daño.
En laberinto he entrado
que apenas saldré dél. ¡Oh ciego engaño,
oh fuerza poderosa
de la mujer que es, sobre falsa, hermosa!
(Éntrase MALGESÍ, y entra BERNARDO DEL CARPIO, armado, y tráele la celada un VIZCAÍNO, su escudero, con botas y fieltro y su espada.)
BERNARDO
Aquí, fuera de camino,
podré reposar un poco.
VIZCAÍNO
Señor sabio, que estás loco,
tino vuelves desatino.
Vizcaíno que escudero
llevas contigo, te avisa
camines no tanta prisa,
paso lleves de arriero.
Tierra buscas, tierra dejas,
tanta parece hazaña,
pues, metiendo en tierra estraña,
por Dios, de propria te alejas.
Bien que en España hay que hacer;
moros tienes en fronteras,
tambores, pitos, banderas
hay allá; ya puedes ver.
BERNARDO
¿Ya no te he dicho el intento
que a esta tierra me ha traído?
Curioso mucho atrevido
goza nunca pensamiento.
Bien podrás, bien podrás,
dejar mala tanto hazaña;
a las de guerra y España
llama.
BERNARDO
Ya te entiendo, Blas.
VIZCAÍNO
Bien es que sepas de yo
buenos que consejos doy;
que, por Juan Gaicoa, soy
vizcaíno; burro, no.
Señor, mira, si es que ver
poder quieres del francés,
camino aqueste no es
derecho; puedes volver.
BERNARDO
Dicen que estas selvas son
donde se hallan de contino,
por cualquier senda o camino,
venturas de admiración,
y que en la mitad o al fin,
o al principio, o no sé dónde,
entre unos bosques se esconde
el gran padrón de Merlín,
aquel grande encantador,
que fue su padre el demonio.
VIZCAÍNO
Echado está testimonio,
y levántanle, señor.
BERNARDO
Hele de buscar y hallar,
si mil veces rodease
VIZCAÍNO
Tiempo vase;
duerme, o vuelve a caminar.
BERNARDO
Vuelve, y ve si Ferraguto
viene, que se quedó atrás,
y a do quedo le dirás.
VIZCAÍNO
Escudero siempre puto.
BERNARDO
Dura y detestable guerra,
por sólo aquesto eres buena:
que en pluma vuelves la arena,
y en blanda cama la tierra.
Tú ofreces, doquier que estás,
anchos y estendidos lechos,
si no es que hay campos estrechos
por donde los pasos das.
Eres un cierto beleño
que, entre cuidados y enojos,
ofreces siempre a los ojos
blando, aunque forzoso sueño.
Eres de su calidad,
según muestra la experiencia,
madre de la diligencia,
madrastra de ociosidad.
Venid acá vos, cimera,
rica y estremada pieza,
y, pues sois de la cabeza,
servidme de cabecera,
que ya el sueño de rondón
va ocupando mis sentidos.
¡Bien dicen que los dormidos
imagen de muerte son!
(Échase a dormir BERNARDO junto al padrón de MERLÍN, que ha de ser un mármol jaspeado, que se pueda abrir y cerrar, y a este instante parece encima de la montaña el mancebo ARGALIA, hermano de ANGÉLICA la bella, armado y con una lanza dorada.)
ARGALIA
Mucha tierra se descubre
de encima desta montaña:
de aquesta parte es campaña,
de estotra el bosque la cubre;
allí el camino blanquea,
y hasta París va derecho.
¡Si mi hermana hubiese hecho
el gran caso que desea!
Mas, si no me miente acaso
la vista, aquélla es, sin duda,
que el camino trueca y muda,
y hacia aquí endereza el paso.
Los palafrenes envía
por el camino real.
En cuanto hace, no hace mal;
recebirla es cortesía.
(Éntrase ARGALIA y sale ANGÉLICA con los salvajes y la DUEÑA.)
ANGÉLICA
Cierto que es ésta la senda,
o no acierto bien las señas,
y a la vuelta destas peñas
sin duda está nuestra tienda.
DUEÑA
¿Cuándo, señora, veremos
el fin de nuestros caminos?
¿Cuándo destos desatinos
a buen acuerdo saldremos?
¿Cuándo me veré, ¡ay de mí!,
con mi almohadilla, sentada
en estrado y descansada,
como algún tiempo me vi?
¿Cuándo dejaré de andar,
cuando el sol salga o tramonte,
deste monte en aquel monte,
de un lugar a otro lugar?
¿Cuándo de mis redomillas
veré los blancos afeites,
las unturas, los aceites,
las adobadas pasillas?
¿Cuándo me daré un buen rato
en reposo y sin sospecha?
Que traigo esta cara hecha
una suela de zapato.
Los crudos aires de Francia
me tienen de aqueste modo.
ANGÉLICA
Calla, que bien se hará todo.
DUEÑA
No te arriendo la ganancia;
que según yo vi el denuedo
de aquellos dos paladines,
de tus caminos y fines
esperar buen fin no puedo.
ANGÉLICA
No atinas con la verdad;
calla, que mi hermano viene.
(Entra ARGALIA.)
ARGALIA
¡Oh rico archivo, do tiene
sus tesoros la beldad!
¿Cómo vienes, y en qué modo
has salido con tu intento?
ANGÉLICA
Midióse a mi pensamiento
Vámonos al pabellón,
que allí, de espacio y sentada,
contaré de mi embajada
el principio y conclusión.
ARGALIA
Bien dices, hermana; ven,
que bien cerca de aquí está.
DUEÑA
La triste que cual yo va,
yo sé que no va muy bien;
que de la madre me aprieta
un gran dolor en verdad.
Todo aquesto es frialdad
deste andar a la jineta.
(Éntranse todos, sino es BERNARDO, que aún duerme; suene música de flautas tristes; despierta BERNARDO, ábrese el padrón, pare una figura de muerto, y dice:)
ESPÍRITU
Valeroso español, cuyo alto intento
de tu patria y amigos te destierra,
vuelve a tu amado padre el pensamiento,
a quien larga prisión y escura encierra.
A tal hazaña es gran razón que atento
estés, y no en buscar inútil guerra
por tan remotas partes y escusadas,
adonde son las dichas desdichadas.
Tiempo vendrá que del francés valiente,
al margen de los montes Pireneos,
bajes la altiva y generosa frente
y goces de honrosísimos trofeos.
Sigue de tu ventura la corriente,
que iguala al gran valor de tus deseos;
verás como te sube tu fortuna
sobre la faz convexa de la luna.
Por ti tu patria se verá en sosiego,
libre de ajeno mando y señorío;
tú serás agua al encendido fuego
que arde en el pecho que de casto es frío.
Deja estas selvas, do caminas ciego,
llevado de un curioso desvarío.
Vuelve, vuelve, Bernardo, a do te llama
un inmortal renombre y clara fama.
De Merlín el espíritu encantado
soy, que aquí yago en esta selva obscura,
del cielo para bien y mal guardado,
aunque en mis males siempre se conjura;
y no seré deste lugar llevado
a la negra región do el llanto dura,
hasta que crucen estas selvas fieras
muchas y cristianísimas banderas.
Mil cosas se me quedan por contarte,
que otra vez te diré, porque ahora importa
detrás de aquestas ramas ocultarte,
donde será tu estada breve y corta.
A dos, que cada cual por sí es un Marte,
pondrás en paz, o mostrarás que corta
tu espada. Y, sin hablar, haz lo que digo,
y entiende que te soy y seré amigo.
(Ciérrase el padrón, éntrase en él BERNARDO sin hablar palabra, y luego sale REINALDOS.)
REINALDOS
En vano mis pasos muevo
pues, entre estas flores tantas
no hay señales de las plantas
que por guía y norte llevo.
Que si aquí hubieran pisado,
claro estaba que este suelo
fuera un traslado del cielo,
de varias lumbres pintado.
¿Qué flor tocará la bella
planta, a mí tan dulce y cara,
que luego no se tornara,
o ya en sol, o en clara estrella?
Lejos estoy del camino
que a do está mi cielo guía,
pues este suelo no envía,
o luz clara, o olor divino.
Mas ya no tendré pereza
pues me han de guiar a vello
ya su luz, ya su belleza.
Pero, ¿qué es esto, que el sueño
así me acosa y aprieta?
¡Oh fuerza libre, sujeta
a fuerzas de tan vil dueño!
Aquí me habré de acostar,
al pie deste risco yerto,
haciendo imagen de un muerto,
pues estoy para espirar.
(Recuéstase REINALDOS, pone el escudo por cabecera, y entra luego ROLDÁN embrazado de el suyo.)
ROLDÁN
¡Tantas vueltas sin provecho!
¿Dónde, ¡oh sol!, te tramontaste
después que tu luz dejaste
en lo mejor de mi pecho?
Descúbrete, sol hermoso,
que voy buscando tu lumbre
por el llano y por la cumbre,
desalentado y ansioso.
¡Oh, Angélica, luz divina
de mi humana ceguedad,
norte cuya claridad
a nuevo ser me encamina!
¿Cuándo te verán mis ojos,
o cuándo, si no he de verte,
vendrá la espantosa muerte
a triunfar de mis despojos?
Mas, ¿quién es este holgazán
que duerme con tal remanso?
No hay quien no viva en descanso
sino el mísero Roldán.
¿Qué es esto? Reinaldos es
el que yace aquí dormido.
¡Oh primo, al mundo nacido
para grillos de mis pies,
para esposas de mis manos,
para infierno de mis glorias,
para opuesto a mis vitorias,
para hacer mis triunfos vanos,
para acíbar de mi gusto!
Mas yo haré que no lo seas:
que paso el término justo,
quitarte quiero la vida.
Mas, ¡ay, Roldán! ¿Cómo es esto?
¿Ansí os arrojáis tan presto
a ser traidor y homicida?
¿Qué decís, mal pensamiento?
¿Decísme que es mi rival,
y que consiste en su mal
todo el bien de mi tormento?
Sí decís; mas yo sé, al fin,
que el que es buen enamorado
tiene más de pecho honrado
que de traidor y de ruin.
Yo fui Roldán sin amor,
y seré Roldán con él,
en todo tiempo fïel,
pues en todo busco honor.
Duerme, pues, primo, en sazón;
que arrimo te sea mi escudo;
que, aunque amor vencerme pudo,
no me vence la traición.
El tuyo quiero tomar,
porque adviertas, si despiertas,
que amistades que son ciertas
nadie las puede turbar.
(Échase ROLDÁN junto a REINALDOS y pone a su cabecera el escudo de REINALDOS, y luego despierta REINALDOS.)
REINALDOS
¡Angélica! ¡Oh estraña vista!
¿No es Roldán este que veo,
y el que del bien que deseo
procura hacer la conquista?
Él es; pero, ¿quién me puso
su escudo para mi arrimo?
Tu cortés bondad, ¡oh primo!,
sin duda que esto dispuso.
Bien me pudieras matar,
pues durmiendo me hallaste,
por quitar aquel contraste
que en mi vida has de hallar;
empero tu cortesía
más que amor pudo en tu pecho,
por la costumbre que has hecho
de hacer actos de hidalguía.
Mas, ¿si fue por menosprecio
No, por ser cosa sabida
que yo soy hombre de precio;
y tú mismo lo has probado
una y otra vez y ciento.
No atino cuál pensamiento
tenga por más acertado:
si me deja de arrogante,
o si fue por amistad;
que tal vez la deslealtad
vive en el celoso amante.
¡Oh! Si aquéste me dejase
señero en mi pretensión,
con el alma y corazón,
¡vive Dios!, que le adorase;
pero si no, no imagines,
primo, que por tu bondad
dejará mi voluntad
de seguir sus dulces fines.
Y de aquesta intención mía
no me debes de culpar,
porque el amor y el reinar
nunca admiten compañía.
Seguramente a mi lado
pudiste echarte a dormir,
pues no se puede herir
un hombre que es encantado;
y así, la ocasión quitaste
que tu sueño me ofrecía,
para usar la cortesía
de que tú conmigo usaste.
Pero, despierto, veremos
tu intención a dó se inclina;
y si donde yo camina,
pondré medio en sus estremos.
Irá el parentesco afuera,
la cortesía a una parte,
si bajase el mismo Marte
a impedirlo de su esfera.
¡Ah, Roldán! ¡Roldán, despierta!,
que es gran descuido el que tienes,
y más si, por dicha, vienes
donde mi sospecha acierta.
Toma tu escudo, y el mío
me vuelve. ¡Despierta agora!
[Soñando.]
¡Ay, Angélica, señora
de mi vida y mi albedrío!
¿A dó se esconde tu faz
que todo mi bien encierra?
REINALDOS
Declarada es nuestra guerra,
y perdida nuestra paz.
¡Roldán, acaba, levanta;
destroquemos los escudos!
ROLDÁN
[Soñando.]
¡Con qué dulces, ciegos nudos
me añudaste la garganta;
la voluntad decir quiero,
y el alma que te entregué!
REINALDOS
¡Si no despiertas, a fe
que te despierte este acero,
y aun te mate, pues me matas,
ahora duermas, ahora veles!
Estos intentos crueles
nacen de entrañas ingratas.
Estoy por dejar de ser
quien soy. ¡Acudid al punto,
respetos, que está difunto
mi acertado proceder!
¡Ansias que me consumís,
sospechas que me cansáis,
recelos que me acabáis,
celos que me pervertís!
(ROLDÁN despierta.)
ROLDÁN
Reinaldos, ¿qué quies hacer?
REINALDOS
¡Deshacerme, o deshacerte!
ROLDÁN
¿Quieres, primo, darme muerte?
REINALDOS
Tu vida está en mi querer.
ROLDÁN
¿Cómo en mi querer?
REINALDOS
Dirélo:
no más de en querer decirme
si vienes a perseguirme
en la busca de mi cielo;
si es tu venida a buscar
a Angélica. ¿No me entiendes?
ROLDÁN
¿De saber lo que pretendes...?
REINALDOS
¡Acabarte, o acabar!
ROLDÁN
¿Tanto el vivir te embaraza,
que tras tu muerte caminas?
REINALDOS
Profeta falso, adivinas
ROLDÁN
Contigo las cortesías
siempre fueron por demás.
REINALDOS
Dame mi escudo, y verás
como siempre desvarías.
Si a París no te vuelves,
verás también en un punto
tu culpa y castigo junto.
ROLDÁN
¡Fácilmente te resuelves!
Ni a París he de volver,
ni a Angélica he de dejar.
Mira qué quieres.
REINALDOS
Cortar
tu insolente proceder.
¡Desharéte entre mis brazos,
aunque seas encantado!
ROLDÁN
¡Eres villano atestado,
y quieres luchar a brazos!
REINALDOS
¡Mientes! Y ven con la espada,
que, aunque seas de diamante,
verás, infame arrogante,
mi verdad averiguada!
(Vanse a herir con las espadas; salen del hueco del teatro llamas de fuego, que no los deja llegar.)
ROLDÁN
Bien sé que anda por aquí,
temeroso de tu muerte,
mas no ha de poder valerte,
tu hechicero Malgesí;
que pasaré de Aqueronte
la barca por castigarte.
REINALDOS
Yo pondré por alcanzarte
un monte sobre otro monte;
arrojaréme en el fuego,
como ves que aquí lo hago.
ROLDÁN
No te deja dar tu pago
tu hermano.
REINALDOS
¡Pues dél reniego!
(Dice el espíritu de MERLÍN:)
ESPÍRITU
Fuerte Bernardo, sal fuera,
y a los dos en paz pondrás.
(Sale BERNARDO.)
¡Caballeros, no haya más!
¡Guerreros fuertes, afuera!
REINALDOS
¿Hate el cielo aquí llovido?
¿Qué quieres, o qué nos mandas?
BERNARDO
Son tan justas mis demandas,
que he de ser obedecido.
Y es que dejéis la dudosa
lid de tan esquivo trance.
REINALDOS
Tú has echado muy buen lance,
y la demanda es donosa.
¿Eres español, a dicha?
BERNARDO
Por dicha, soy español.
REINALDOS
Vete, porque sólo el sol
ha de ver nuestra desdicha;
que no queremos testigos
más que el sol en la lid nuestra.
BERNARDO
No me he de ir sin que la diestra
os deis de buenos amigos.
ROLDÁN
¡Pesado estás!
BERNARDO
Más pesados
estáis los dos, si advertís.
REINALDOS
Español, ¿cómo no os is?
BERNARDO
Por corteses o rogados,
vuestra quistión, por ahora,
no ha de pasar adelante.
ROLDÁN
Yo soy el señor de Aglante.
REINALDOS
Yo, Reinaldos.
BERNARDO
Sea en buen hora;
que ser quien sois os obliga
a conceder con mi ruego.
ROLDÁN
Esa razón no la niego.
REINALDOS
Este español me atosiga;
que siempre aquesta nación
fue arrogante y porfiada.
ROLDÁN
Señor, pues que no os va nada,
dejadnos llevar al fin
nuestro deseo, que es justo.
BERNARDO
Aquése fuera mi gusto,
a serlo así el de Merlín.
ROLDÁN
¡Oh cuerpo de San Dionís,
con el español marrano!
BERNARDO
¡Mientes, infame villano!
REINALDOS
A plomo cayó el mentís.
¡Afuera, Roldán, no más!
ROLDÁN
¡Deja, que me abraso en ira!
¿Qué es esto? ¿Quién me retira?
¿El pie de Roldán atrás?
¿Roldán el pie atrás? ¿Qué es esto?
¡Ni huyo, ni me retiro!
REINALDOS
De Merlín es este tiro.
BERNARDO
Pues yo haré que huyáis presto.
(Vase retirando ROLDÁN hacia atrás, y sube por la montaña como por fuerza de oculta virtud.)
REINALDOS
¡Por cierto, a gentiles manos
te ha traído tu fortuna!
BERNARDO
Manos, yo no veo ninguna;
pies, sí, ligeros y sanos,
y que os importa tenellos
para huir de mi presencia.
REINALDOS
¡Sin igual es tu insolencia!
(Sube BERNARDO por la peña arriba, siguiendo a ROLDÁN, y va tras él REINALDOS. Sale MARFISA, armada ricamente; trae por timbre una ave Fénix y una águila blanca pintada en el escudo, y, mirando subir a los tres de la montaña, con las espadas desnudas y que se acaban de desparecer, dice:)
MARFISA
¿Si se combaten aquéllos?
Si hacen, ponerlos quiero
en paz, si fuere posible.
¡Oh, qué montaña terrible!
Subir por ella no espero,
ni podré a caballo ir,
aunque le vuelva a tomar;
mas, con todo, he de probar
el trabajo del subir.
Bien se queda en la espesura
mi caballo hasta que vuelva;
nunca falta en esta selva
o buena o mala ventura.
(Sube MARFISA por la montaña, y vuelven a salir al teatro, riñendo, ROLDÁN, BERNARDO y REINALDOS.)
ROLDÁN
No sé yo cómo sea
que contra ti no tengo alguna saña,
ni puedo en tal pelea
mover la espada. ¡Cosa es ésta estraña!
BERNARDO
La razón que me ayuda
pone tus fuerzas y tu esfuerzo en duda.
REINALDOS
De Merlín es el hecho,
que no hay razón que valga con su encanto;
que, aunque fuera su pecho
león en furia y en dureza un canto,
si hechiceros no hubiera,
nunca mi primo atrás el pie volviera.
(Entra ANGÉLICA, llorando, y con ella el VIZCAÍNO, escudero de BERNARDO.)
VIZCAÍNO
¡Pardiós, echóte al río!
¡Tienes Granada, bravo Ferraguto!
ANGÉLICA
¡Ay, triste hermano mío!
ROLDÁN
¿Por qué ese cielo al suelo da tributo
de lágrimas tan bellas,
si el mismo cielo se le debe a ellas?
Un español ha muerto
a mi querido hermano; y es un moro
que no guardó el concierto
debido a la milicia y su decoro,
y arrojóle en un río.
ROLDÁN
¿Quién es el moro?
BERNARDO
Es un amigo mío.
ROLDÁN
¿Amigo tuyo? ¡Oh perro,
tú llevarás de su maldad la pena!
REINALDOS
Roldán, no hagas tal yerro;
deja a mí el castigo.
ANGÉLICA
Aquí se ordena
mi muerte, y más desdicha
si de los dos me coge alguno, a dicha.
A esta selva escura
quiero entregar ya mis ligeras plantas,
mi guarda y mi ventura.
BERNARDO
¿Cómo, Reinaldos, di, no te adelantas
a herirme con tu primo?
Por la honra, la vida en poco estimo.
(Sale MARFISA, poniendo paz y poniendo mano a la espada; éntrase huyendo ANGÉLICA.)
MARFISA
¿Qué es esto? ¡Afuera, afuera;
afuera, cabal eros!, que os lo pide
quien mandarlo pudiera;
que, si no es que mi luz la vista impide,
mirando esta divisa,
veréis que soy la sin igual Marfisa.
VIZCAÍNO
La puta, la doncella,
se es ida.
ROLDÁN
¡Oh nunca vista desventura!;
forzoso he de ir tras ella.
REINALDOS
Yo sí; tú no.
ROLDÁN
¡Notable es tu locura!
REINALDOS
No muevas de aquí el paso.
ROLDÁN
No hago yo de tus locuras caso.
REINALDOS
¡Por Dios que, si te mueves,
que te haga pedazos al instante!
ROLDÁN
¿Que a estorbarme te atreves,
fanfarrón, pordiosero y arrogante?
¿Cómo te estás tan quedo?
¡Que no me tenga este cobarde miedo!
(Éntrase ROLDÁN.)
VIZCAÍNO
Señor, déjale vaya;
que pues no por allí, que por la senda
quedan arraz, en playa
poned a la dama.
MARFISA
¿Por qué fue la contienda?
BERNARDO
Por celos sé que ha sido.
Dime: ¿Ferraguto quedó herido?
VIZCAÍNO
Bueno, puto, y qué sano.
BERNARDO
¿Con quién tuvo batalla?
VIZCAÍNO
¿Ya no oíste?
Batal a con hermano
de bel a huidora, y pobre, y muerto, y triste,
de moro enojo, brío
teniendo, dio con él todo en el río,
y queda aquí aguardando
espaldas de montaña.
Iréte acompañando,
que quiero saber más de tu hazaña;
que descubro en ti muestras
que muestran que eres más de lo que muestras.
Y advierte que contigo
llevas a la sin par sola Marfisa,
que, en señas y testigo
que es única en el mundo, la divisa
trae de aquel a ave nueva
que en el fuego la vida se renueva.
BERNARDO
Haréte compañía
subas al cielo o bajes al abismo.
MARFISA
Tan grande cortesía
no puede parecer sino a ti mismo,
y, usando deste gusto,
yo he de seguir el tuyo, que es muy justo.
JORNADA SEGUNDA
Sale LAUSO, pastor,
por una parte de la montaña,
con su guitarra, y CORINTO,
por la otra, con otra.
LAUSO
¡Ah Corinto, Corinto!
CORINTO
¿Quién me llama?
LAUSO
Lauso, tu amigo.
CORINTO
¿Adónde estás?
LAUSO
¿No miras?
CORINTO
árbol te encubre, alguna rama,
o estás en el lugar donde suspiras
cuando Clori te muestra el rostro airado,
y en solitaria parte te retiras.
Baja, si quieres, Lauso, al verde prado,
en tanto que de Febo la carrera
declina desta cumbre al otro lado.
Cantaremos de Clori lisonjera,
al pie de un verde sauce o murto umbroso,
que pasa el pensamiento en ser ligera.
LAUSO
Ya abajo; pero no a buscar reposo,
sino a cumplir lo que amistad me obliga
y a pasar a la sombra el sol fogoso;
que en tanto que la dulce mi enemiga
se esté fortalecida en su dureza
no hay mal que huya ni placer que siga.
(Bajan los dos de la montaña.)
CORINTO
Pesado contrapeso es la pobreza
para volar de amor, ¡oh Lauso!, al cielo,
aunque tengas cien alas de firmeza.
No hay amor que se abata ya al señuelo
de un ingenio sutil, de un tierno pecho,
de un raro proceder, de un casto celo.
Granjería común amor se ha hecho,
y dél hay feria franca dondequiera,
do cada cual atiende a su provecho.
LAUSO
¡Oh Clori, para mí serpiente fiera
por mi estrecheza, aunque paloma mansa
para un alma de piedra verdadera!
¿Que es posible, cruel, que no te cansa
de Rústico el ingenio, que es de robre,
y que el tuyo estimado en él descansa?
CORINTO
Vuélvese el oro más cendrado en cobre,
y el ingenio más claro en tonta ciencia,
si le toca o le tiene el hombre pobre,
y desto es buen testigo la esperiencia.
Pero escucha; que cantan en la sierra,
y aun es la voz bien para dalle audiencia.
(Canta CLORI en la montaña, y sale cogiendo flores.)
[CLORI]
Derramastes el agua, la niña,
y no dijistes: «¡Agua va!»
La justicia os prenderá.
LAUSO
De aquella que el placer de mí destierra
es el suave y regalado acento,
y aun quien sus gustos el amor encierra.
CORINTO
Escuchémosla, pues.
LAUSO
Ya estoy atento.
CLORI
Derramástesla a deshora,
y fue con tan poca cuenta,
que mojastes con afrenta
al que os sirve y os adora.
Pero llegada la hora
donde el daño se sabrá,
la justicia os prenderá.
LAUSO
Bien es que la ayudemos:
acuerda con el mío tu instrumento.
CORINTO
Yo creo que está bien; mas, ¿qué diremos?
LAUSO
Su mismo villancico, trastrocado,
cual tú sabrás hacer.
CORINTO
Los dos le haremos.
(Canta CORINTO.)
CORINTO
Cautivástesme el alma, la niña,
y tenéisla siempre allá;
el Amor me vengará.
Vuestros ojos salteadores,
sin ser de nadie impedidos,
se entraron por mis sentidos,
y se hicieron salteadores;
lleváronme los mejores,
y tenéislos siempre allá;
el Amor me vengará.
LAUSO
Así, Clori gentil, te ofrezca el prado,
en mitad del invierno, flores bellas,
y cuando el campo esté más agostado;
y que siempre te halles al cogellas
con el júbilo alegre que nos muestra
la voz con que se ahuyentan mis querellas;
que esa rara beldad, que nos adiestra
a conocer al Hacedor del cielo,
en este sitio haga alegre muestra.
Volverás paraíso aqueste suelo,
y este calor que nos abrasa, ardiente,
en aura blanda y regalado yelo.
CLORI
Porque no es tu demanda impertinente,
cual otras veces suele, haré tu gusto,
que es en todo del mío diferente.
CORINTO
Dime, Clori gentil, ¿dó está el robusto,
el bronce, el robre, el mármol, leño o tronco
que así a tu gusto le ha venido al justo?
Por aquel, digo, desarmado y bronco,
calzado de la frente y de pies ancho,
corto de zancas y de pecho ronco,
cuyo dios es el estendido pancho,
y a do tiene la crápula su estancia,
él tiene siempre su manida y rancho.
CLORI
Con él tengo, Corinto, más ganancia
que contigo, con Lauso y con Riselo,
que vendéis discreción con arrogancia.
Rústica el alma, y rústico es el velo
que al alma cubre, y Rústico es el nombre
del pastor que me tiene por su cielo.
Mas, por rústico que es, en fin es hombre
que de sus manos llueve plata y oro,
Júpiter nuevo, y con mejor renombre.
Él guarda de mis gustos el decoro,
ora le envíe al blanco cita frío
o al tostado, engañoso libio moro.
Tiene por justa ley el gusto mío,
y el levantado cuello humilde inclina
al yugo que le pone mi albedrío.
No tiene el rico Oriente otra tal mina
como es la que yo saco de sus manos,
ora cruel me muestre, ora benigna.
Quédense los pastores cortesanos
con la melifluidad de sus razones
y dichos, aunque agudos, siempre vanos.
No se sustenta el cuerpo de intenciones,
ni de conceptos trasnochados hace
sus muchas y forzosas provisiones.
El rústico, si es rico, satisface
aun a los ojos del entendimiento
y el más sabio, si es pobre, en nada aplace.
Dirán Corinto y Lauso que yo miento,
y muestra la esperiencia lo contrario,
y Rústico lo sabe, y yo lo siento.
LAUSO
Es gusto de mujeres ordinario,
en lo que es opinión, tener la parte
que más descubra ser su ingenio vario.
Quisiera dese error, Clori, sacarte;
mas ya estás pertinaz en tu locura,
y en vano será agora predicarte.
CORINTO
Así, pastora, goces tu hermosura,
que me dejes hacer una esperiencia;
quizá te hará volver a tu locura.
Verás, pastora, al vivo la inocencia
de Rústico, el pastor, por quien nos dejas.
CLORI
¿Para qué es el pedirme a mí licencia?
LAUSO
Paréceme que llega a mis orejas
de Rústico la voz.
CORINTO
Él es, sin duda,
que a sestear recoge sus ovejas.
(RÚSTICO parece por la montaña.)
RÚSTICO
Mirad si se cayó en aquella azuda
una oveja, pastores; corred luego,
y cada cual a su remedio acuda.
Dejad, mal hora, del herrón el juego.
Aguija, Coridón. ¡Oh, cómo corre!
¡Quién quitara a Damón de su sosiego!
Llegó; ya se arrojó; ya la socorre
y la saca en los brazos medio muerta,
y parece que un río de ambos corre.
Esta noche tú, ¡hola!, está alerta,
no venga, como hizo en la pasada,
el lobo que la cabra dejó muerta.
Tú acudirás, Cloanto, a la majada
del valle de la Enceña, y darás orden
que estén todos aquí de madrugada.
¡Oh Compo! Tú harás que se concorden
en el pasto Corbato con Francenio;
que me da pesadumbre su desorden.
CLORI
¡Mirad si tiene Rústico el ingenio
para mandar acomodado y presto!
RÚSTICO
Tú acude a las colmenas, buen Partenio.
Llévese de las vacas todo el resto
al padrón de Merlín, y de las cabras
al monte o soto de ciprés funesto.
CLORI
¿Parécenos de pobre las palabras
que dice?
CORINTO
Pues aquí, en esta espesura,
te has de esconder, y mira que no abras
la boca, porque importa a la aventura
que queremos probar de nuestro intento,
por ver si es suya o nuestra la locura.
CLORI
Yo enmudezco y me escondo, y vuestro cuento
sea, si puede ser, breve y ligero;
que, si es pesado y grande, da tormento.
(Escóndese CLORI.)
LAUSO
Corinto, ¿qué has de hacer?
CORINTO
Estáme atento.
Rústico amigo, al llano abaja; aguija,
que es cosa que te importa; corre, corre.
RÚSTICO
Ya voy, Corinto amigo; espera, espera
mientras que cuento un centenar de bueyes,
y tres hatos de ovejas, y otros cinco
de cabras desde encima deste pico
do estoy sentado. ¿No me ves?
CORINTO
¡Acaba!
¿Haces burla de mí?
Por Dios, no hago;
mas yo lo dejo todo por servirte.
Vesme aquí: ¿qué me mandas?
CORINTO
Que me ayudes
a alcanzar deste ramo un papagayo
que viene del camino de las Indias,
y esta noche hizo venta en aquel hueco
deste árbol, y alcanzalle me conviene.
RÚSTICO
¿Qué llamas papagayo? ¿Es un pintado,
que al barquero da voces y a la barca,
y se llama real por fantasía?
CORINTO
Desa ralea es éste; pero entiendo
que es bachiller y sabe muchas lenguas,
principal la que llaman bergamasca.
RÚSTICO
¿Pues qué se ha de hacer para alcanzalle?
CORINTO
Conviene que te pongas desta suerte.
Daca este brazo, y lígale tú, Lauso,
y átale bien, que yo le ataré estotro.
RÚSTICO
¿Pues yo no estaré quedo sin atarme?
CORINTO
Si te meneas, espantarse ha el pájaro;
y así, conviene que aun los pies te atemos.
RÚSTICO
Atad cuanto quisiéredes; que, a trueco
de tener esta joya entre mis manos,
para que luego esté en las de mi Clori,
dejaré que me atéis dentro de un saco.
Ya bien atado estoy. ¿Qué falta agora?
CORINTO
Que yo me suba encima de tus hombros,
y que Lauso, pasito y con silencio,
me ayude a levantar las verdes hojas
que cubren, según pienso, el dulce nido.
RÚSTICO
Sube, pues. ¿A qué esperas?
CORINTO
Ten paciencia;
que no soy tan pesado como piensas.
RÚSTICO
¡Vive Dios, que me brumas las costillas!
¿Has llegado a la cumbre?
CORINTO
Ya estoy cerca.
RÚSTICO
Avisa a Lauso que las ramas mueva
pasito, no se vaya el pajarote.
LAUSO
No se nos puede ir, que ya le he visto.
RÚSTICO
Pregúntale, Corinto, lo que suelen
preguntar a los otros papagayos,
por ver si entiende bien nuestro lenguaje.
CORINTO
¿Cómo estás, loro, di? «¿Cómo? Cautivo».
RÚSTICO
¡Hi de puta, qué pieza! Di otra cosa.
CORINTO
«¡Daca la barca, hao; daca la barca!»
RÚSTICO
Y aqueso, ¿quién lo dijo?
CORINTO
El papagayo.
RÚSTICO
¡Oh Clori, qué presente que te hago!
CORINTO
«¡Clori, Clori, Clori, Clori, Clori!»
RÚSTICO
¿Es todavía el papagayo aquése?
Pues, ¿quién había de ser?
RÚSTICO
¿Hasle ya asido?
CORINTO
Dentro en mi caperuza está ya preso.
RÚSTICO
Deciende, pues, y véndemele, amigo,
que te daré por él cuatro novillos
que aún no ha llegado el yugo a sus cervices,
no más de porque dél mi Clori goce.
LAUSO
No se dará por treinta mil florines.
RÚSTICO
¡Ah, por amor de Dios, yo daré ciento!
Desatadme de aquí, porque a mi gusto
le vea y le contemple.
CORINTO
Es ceremonia
que en semejantes cazas suele usarse,
que tan sola una mano se desate
del que las dos tuviere y pies atados;
con ésta suelta, puedes blandamente
alzar mi caperuza venturosa,
que tal tesoro encubre. Despabila
los ojos para ver belleza tanta.
Pasito, no le ahajes. Mas espera,
que está la mano sucia; con saliva
te la puedes limpiar.
Ya está bien limpia.
CORINTO
Agora sí. ¡Dichoso aquel que llega
a descubrir tan codiciosa prenda!
RÚSTICO
¡Donosa está la burla! Di, Corinto:
¿es ése el papagayo?
CORINTO
Éste es el pico;
las alas, éstas; éstas, las orejas
del asno de mi Rústico y amigo.
RÚSTICO
¡Desátenme, que a fe que yo me vengue!
(Sale CLORI.)
CLORI
¡Ah simple, ah simple!
RÚSTICO
¿Y haslo visto, Clori?
Por ti la burla siento, y no por otrie.
CLORI
Calla, que para aquello que me sirves,
más sabes que trecientos Salomones.
Di que se vista Lauso desta burla,
o que compre Corinto algún tributo,
o me envíe mañana una patena
y unos ricos corales, como espero
que podrás y querrás, con tu simpleza,
enviármelos luego.
RÚSTICO
¿Y cómo, Clori?
Y aun dos sartas de perlas hermosísimas.
CLORI
¿Compárase con esto algún soneto,
Lauso? Y dime, Corinto: ¿habrá sonada,
aunque se cante a tres ni aun a trecientos,
que a la patena y sartas se compare?
LAUSO
Eres mujer y sigues tu costumbre.
CLORI
Sigo lo que es razón.
LAUSO
Será milagro
hallarla en las mujeres.
CLORI
¿Qué razones
puede decir la lengua que se mueve
guiada del desdén y de los celos?
Tú eres la causa.
(Entra ANGÉLICA, alborotada.)
ANGÉLICA
¡Socorredme, cielos,
si en vuestros pechos mora
Hermosa y agradable compañía:
en mí os ofrece agora
el cielo y la fortuna,
sujeto igual a vuestra cortesía;
que, la desdicha mía
sabida, me asegura
que podrá enterneceros
y al remedio moveros,
si es que le tiene tanta desventura.
CLORI
Señora, di: ¿qué tienes?
ANGÉLICA
Sin tasa males, y ningunos bienes.
Pero no estoy en tiempo
en que pueda contaros
de mi dolor la parte más pequeña;
ni vuestro pasatiempo
será bien estorbaros
contando el mal que ablandará esta peña.
¿No hay por aquí una breña
donde me esconda, amigos?
LAUSO
Luego, ¿quies esconderte?
¿Quién podrá aquí ofenderte?
ANGÉLICA
Persíguenme dos bravos enemigos.
CORINTO
¿No somos tres nosotros?
ANGÉLICA
Ni aun a tres mil no temerán los otros.
Llevadme a vuestras chozas,
amigos, escondedme.
LAUSO
No te espantes.
¿Para qué te alborozas,
si has a parte venido
do se estiman en poco los gigantes?
Montalbanes y Aglantes
se tienen aquí en nada;
porque, ¡por Dios!, si quiero,
que los compre a dinero.
ANGÉLICA
¡Hoy acaba mi vida su jornada!
CORINTO
¿Quieres que te escondamos?
RÚSTICO
¿Dice que sí?
LAUSO
Pues, ¡sus!, ¿en qué tardamos?
Ven; mudarás de traje
y de lugar y todo.
ANGÉLICA
De mis contrarios casi veo la sombra.
CORINTO
Parece de linaje,
y su habla y su modo
a mí me admira.
RÚSTICO
Pues a mí me asombra.
(Éntrase ANGÉLICA y LAUSO.)
¿Sabéis cómo se nombra?
CORINTO
Pues, ¿cómo he de sabello?
RÚSTICO
Busca algún nuevo ensayo.
CORINTO
Buscaré un papagayo
que me lo diga.
CLORI
Ganarás en ello.
CORINTO
Ganarás tú patenas.
CLORI
Siempre tus burlas para mí son buenas.
(Éntranse todos, y sale REINALDOS.)
REINALDOS
¿Eres Dafne, por ventura,
que de Apolo va huyendo,
librarse del monstruo horrendo
cerrada en la nube obscura?
¡Oh selvas de encantos llenas,
do jamás se ha visto apenas
cosa en su ser verdadero,
contar de vosotras quiero
aun las menudas arenas!
Quizá esta fiera homicida,
que cual sombra desparece
porque padezca mi vida,
adonde menos se ofrece
la tendrá amor escondida.
De nuevo vuelvan mis plantas
a buscar entre estas plantas
a la bella fugitiva.
¡Dura ocasión, que yo viva
muriendo de muertes tantas!
(Crujidos de cadenas, ayes y suspiros dentro.)
¡Válgame Dios! ¿Qué ruido
es este que suena estraño?
¿Estoy despierto, o dormido?
¿Engáñome o no me engaño?
Otra vez llega al oído.
De entre estas hojas entiendo
que sale el horrible estruendo.
Mas, ¡ay!, ¿qué boca espantosa,
terrible y estraña cosa,
es aquesta que estoy viendo?
Mientras más vomitas llamas,
boca horrenda o cueva oscura,
más me incitas y me inflamas.
A ver si en esta aventura
para algún buen fin me llamas.
(Descúbrese la boca de la sierpe.)
Acógeme allá en tu centro,
porque por tus fuegos entro
a tu estómago de azufre.
(MALGESÍ, vestido como diré; sale por la boca de la sierpe.)
MALGESÍ
¿Adónde aquesto se sufre?
REINALDOS
¡Éste sí que es mal encuentro!
¿Quién eres?
MALGESÍ
Soy el Horror,
portero de aquesta puerta,
adonde vive el temor
y la sospecha más cierta
que engendra el cielo de amor.
Soy ministro de los duelos,
embajador de los celos,
que habitan en esta cueva.
REINALDOS
Pues adonde están me lleva.
MALGESÍ
Espera, y avisarélos.
Mas primero has de mirar
las guardas que puestas tiene
en este triste lugar,
y esto es lo que te conviene.
REINALDOS
Comiénzalas a mostrar;
que, aunque me muestras cifrados
en ellas los condenados
rostros que encierra el abismo,
seré en este trance el mismo
que he sido en los regalados.
(Suena dentro música triste, como la pasada del padrón; sale el TEMOR, vestido como diré: con una tunicela parda, ceñida con culebras.)
MALGESÍ
Esta figura que ves
es el Temor sospechoso,
que engendra ajeno interés,
impertinente curioso,
que mira siempre al través;
y así, el mezquino se admira
de cada cosa que mira,
ora sea mala o buena;
la verdad le causa pena,
y tiembla con la mentira.
(Sale la SOSPECHA, con una tunicela de varias colores.)
Ésta es la infame Sospecha,
de los Celos muy parienta,
toda de contrarios hecha,
siempre de saber sedienta
lo que menos le aprovecha.
Aquí nace, y muere allí,
y torna a nacer aquí;
tiene mil padres a un punto:
éste, vivo; aquél, difunto,
y ella vive y muere así.
(Sale CURIOSIDAD.)
La vana Curiosidad
es ésta que ves presente,
hija de la Liviandad,
con cien ojos en la frente,
y los más con ceguedad.
Es en todo entremetida,
y susténtale la vida
estar contino despierta,
y hace la guarda a una puerta
de muy difícil salida.
(Con una soga a la garganta y una daga desenvainada en la mano, sale la DESESPERACIÓN, como diré.)
Es la Desesperación
esta espantosa figura,
sobre todas cuantas son,
y, aunque es mala su hechura,
es peor su condición.
Ésta sigue las pisadas
de los Celos, desdichadas,
y anda tan junto con ellos,
que desde aquí puedes vellos
si cesan las llamaradas.
(Suena la música triste, y salen los CELOS, como diré, con una tunicela azul, pintada en el a sierpes y lagartos, con una cabel era blanca, negra y azul.)
Mas veslos, salen: advierte
que cuanto con ellos miras
amenazan triste suerte,
ciertos y luengos pesares
y, al fin, desdichada muerte.
Todos sus secuaces son,
puestos en comparación,
de sus males una sombra
que, puesto que nos asombra,
no desmaya al corazón.
Toca su mano y verás
en el estado que quedas,
diferente del que estás;
y tal quedes, que no puedas
ni quieras ya querer más.
(Tocan los CELOS la mano a REINALDOS.)
REINALDOS
¡Celos, que se me abrasa el pecho
y se cela! ¡En duro estrecho
me pone el señor de Aglante!
¡Celos, quitáosme delante:
basta el mal que me habéis hecho!
¿Cómo que con la invención
de quien yo tanto fié
no se cela el corazón
de mi primo? Yo no sé
la causa ni la razón.
(Dice de dentro MERLÍN.)
MERLÍN
Malgesí, ¡cuán poco sabes!
Mas yo haré que no te alabes
de tu invención, aunque estraña.
Pártete desta montaña
antes que la vida acabes.
MALGESÍ
Ya te conozco, Merlín;
pero yo veré si puedo
ver de mi deseo el fin,
porque no me pone miedo
desa tu voz el retín.
MERLÍN
A tu primo entre esa yerba
pondrás, que a mí se reserva
y a mi fuente su salud;
que hasta agora su virtud
el cielo en ella conserva.
MALGESÍ
Volveos por do venistes,
figuras feas y tristes,
que mi primo quedará
adonde esperar podrá
el remedio que no distes.
(Éntranse las sombras.)
Y yo, en tanto, buscaré
medio para remedialle,
(Desvía de allí a REINALDOS.)
MERLÍN
Calla y procura dejalle,
Malgesí.
MALGESÍ
Así lo haré.
(Éntrase MALGESÍ.)
(Parece a este instante el carro [de] fuego, de los leones de la montaña, y en él la diosa VENUS.)
VENUS
De Adonis la compañía
dejo casi de mi grado
por seguir la fantasía
deste espíritu encantado
que en apremiarme porfía.
Espérame hasta que vuelva,
mi Adonis, y amor resuelva
tu brío, que no le alabo;
mira que es el puerco bravo
de la Calidonia selva.
Pero, ¿qué puedo hacer
sin mi hijo en este trance,
donde tanto es menester?
Merlín ha errado este lance;
que a veces yerra el saber.
Mas yo le quiero llamar,
que a las veces suele estar
mezclado entre los pastores,
y entonces son los amores
para mirar y admirar.
Hijo mío, ¿dónde estáis?
Si acaso la voz oís,
y como a madre me amáis,
que si venís, ya tardáis.
Mas los músicos acentos
que van rompiendo los vientos
su venida manifiestan.
¡Oh hijo, y cuánto que cuestan
aun tus fingidos contentos!
(Suena música de chirimías; sale la nube, y en ella el dios CUPIDO, vestido y con alas, flecha y arco desarmado.)
AMOR
¿Qué quieres, madre querida,
que con tal priesa me llamas?
VENUS
Está en peligro una vida,
ardiendo en tus vivas llamas,
y en un yelo consumida.
Los celos, que en opinión
están que tus hijos son,
ciego y simple desvarío,
le tienen el pecho frío
y abrasado el corazón.
Conviene que te resuelvas
en su bien, y que le vuelvas
en su antigua libertad.
AMOR
Remedio a su enfermedad
ha de hallar en estas selvas.
Por tiempo hallará una fuente,
cuyo corriente templado
apaga mi fuego ardiente,
y mi pena enamorada
vuelve en desdén insolente.
Beberá Reinaldos della,
y de Angélica la bella,
la hermosura que así quiere,
si agora por vella muere,
ha de morir por no vella.
Levanta, guerrero invicto,
cerca de aqueste distrito,
que en él hallarás acaso
medio a tu mal infinito.
Aunque has de pasar primero
trances que callarlos quiero,
pues decillos no conviene.
REINALDOS
Aquel que celos no tiene,
no tiene amor verdadero.
(Éntrase REINALDOS.)
VENUS
Ya aqueste negocio es hecho.
¿No me dirás, hijo amado,
si es invención de provecho
andar en traje no usado
y el arco roto y deshecho?
¿Quién te le rompió? ¿Y quién pudo
cubrir tu cuerpo desnudo,
que su libertad mostraba?
¿Quién te ha quitado el aljaba
y la venda? Di; ¿estás mudo?
AMOR
Has de saber, madre mía,
que en la corte donde he estado
no hay amor sin granjería,
y el interés se ha usurpado
mi reino y mi monarquía.
Yo, viendo que mi poder
poco me podía valer,
usé de astucia, y vestíme,
y con él entremetíme,
y todo fue menester.
Quité a mis alas el pelo,
y en su lugar me dispuse,
a volar con terciopelo;
y, al instante que lo puse,
sentí aligerar mi vuelo.
Del carcaj hice bolsón,
de cada flecha, un escudo,
y con esto, y no ir desnudo,
alcancé mi pretensión.
Hallé entradas en los pechos
que a la vista parecían
de acero o de mármol hechos;
pero luego se rendían
al golpe de mis provechos.
No valen en nuestros días
las antiguas bizarrías
de Heros ni de Leandros,
y valen dos Alejandros
más que docientos Macías.
(Entra RÚSTICO.)
RÚSTICO
Lauso, acude; y tú, Corinto,
acude, que, a lo que creo,
otro papagayo veo,
o si no, pájaro pinto.
Acude, Clori, y verás
la verdad de lo que digo;
y trae a esotra contigo,
y más, si quisieres más.
AMOR
Yo sé bien que estos pastores
nos han de dar un buen rato.
(Entra LAUSO, CORINTO y CLORI, y ANGÉLICA, como pastora.)
LAUSO
¿Tú no miras, insensato,
que aquél es el dios de amor[es]?
RÚSTICO
Como con alas le vi,
entendí que era alcotán.
CORINTO
¡Quítate de aquí, pausán!
RÚSTICO
¿Pues yo qué te hago aquí?
CORINTO
No te me pongas delante,
que quiero hacer reverencia
a este niño.
RÚSTICO
¡Qué inocencia!
¿Niño es éste?
CORINTO
Y es gigante.
RÚSTICO
Niñazo le llamo yo,
pues ya le apunta el bigote.
No os burléis con el cogote.
¡Mal haya quien me vistió!
AMOR
No quiero que me hagáis,
buena gente, sacrificio,
y téngoos en gran servicio
la voluntad que mostráis;
y en pago quiero deciros
la ventura que os espera.
VENUS
Harás, hijo, de manera
que den vado a sus suspiros.
AMOR
Tú, Lauso, jamás serás
desechado ni admitido;
tú, Corinto, da al olvido
tu pretensión desde hoy más;
Rústico, mientras tuviere
riquezas, tendrá contento:
mudará cada momento
Clori el bien que poseyere;
la pastora disfrazada
suplicará a quien la ruega.
Y, esto dicho, el fin se llega
de dar fin a esta jornada.
LAUSO
En tanto, Amor, que te vas,
porque algún contento goces,
de nuestras rústicas voces
el rústico acento oirás.
Corinto y Clori, ayudadme;
cantaréis lo que diré.
CLORI
¿Qué hemos de cantar?
CORINTO
No sé.
LAUSO
Diréis después, y escuchadme.
Venga norabuena
Cupido a nuestras selvas,
norabuena venga.
Sea bienvenido
médico tan grave,
que así curar sabe
de desdén y olvido;
hémosle entendido,
y lo que él ordena
sea norabuena.
Quedan estas peñas
ricas de ventura,
hoy en ella enseñas.
Brotarán sus breñas
néctar dondequiera.
¡Norabuena [sea]!
(Mientras cantan, se va el carro de VENUS, y CUPIDO en él; y suenen las chirimías, y luego dice LAUSO:)
LAUSO
Vamos a nuestras cabañas
a hacer nuevas alegrías,
pues vemos en nuestros días
tan ricas estas montañas;
y si aquello que desea
cada cual no ha sucedido,
pues el Amor lo ha querido,
decid: «¡Norabuena sea!»
(Todos: «¡Norabuena sea, sea norabuena!», y éntranse, y sale BERNARDO y su ESCUDERO.)
BERNARDO
¿Cómo no viene Marfisa?
ESCUDERO
Detrás quedó de aquel monte.
BERNARDO
Pues sobre ese risco ponte,
y mira si se divisa.
Ella dijo que al momento
tras nosotros se vendría.
BERNARDO
¡Estraña es su bizarría!
ESCUDERO
Y su valor, según siento.
BERNARDO
A lo menos su arrogancia,
pues la lleva sin parar
a sola desafiar
los Doce Pares de Francia;
y tengo de acompañalla,
que ya se lo he prometido.
ESCUDERO
En negocio te has metido
harto estraño.
BERNARDO
¡Simple, calla!;
que siempre es mi intención
buscar y ver aventuras.
En París están seguras,
si se traba esta quistión.
Y veré dó llegar puede
el valor de aquesta dama.
ESCUDERO
Llegará donde su fama
que a las mejores excede.
¿Que se nos fue Ferraguto?
ESCUDERO
Siempre, en cuanto hacía aquel moro,
le vi guardar un decoro
arrojado y resoluto.
Después que mató a Argalia,
y en el río le arrojó,
al momento se partió.
BERNARDO
Tiene loca fantasía.
Mas dime: ¿no es el que asoma
aquel gallardo francés
de la pendencia?
ESCUDERO
Sí es,
y es confaloner de Roma.
BERNARDO
¿No es Roldán?
ESCUDERO
Roldán es, cierto.
BERNARDO
Agora quiero proballo,
pues nadie podrá estorballo
en este solo desierto.
¡Qué pensativo que viene!
¿No parece que algo busca?
Todo el sentido le ofusca
amor que en el pecho tiene.
BERNARDO
¿Cómo lo sabes?
ESCUDERO
¿No viste
que la pendencia dejó,
y tras la dama corrió,
que allí se mostró tan triste?
BERNARDO
¡Ah Roldán, Roldán!
ROLDÁN
¿Quién llama?
BERNARDO
Deciende acá y lo verás.
ROLDÁN
¡Oh Angélica!, ¿dónde estás?
ESCUDERO
¿Ves si le abrasa su llama?
ROLDÁN
¿Qué me quieres, caballero?
BERNARDO
¿No me conoces?
ROLDÁN
No, cierto.
ESCUDERO
Bien en lo que digo acierto:
él es de amor prisionero.
Haré yo una buena apuesta
que está puesto en tal abismo,
que no sabe de sí mismo.
BERNARDO
¿Hay cosa que iguale a ésta?
¿Que no me conoces?
ROLDÁN
No.
BERNARDO
Pues yo te conozco a ti.
¿No eres Roldán?
ROLDÁN
Creo que sí.
ESCUDERO
Mirad si lo digo yo.
En «creo» pone si es él;
¡cuál le tiene Amor esquivo!
El estar tan pensativo
nos muestra su mal crüel.
¡Ah, Roldán, señor, señor!
ROLDÁN
¿Habláis conmigo, por dicha?
BERNARDO
¡Ésta si que es gran desdicha!
ESCUDERO
Como desdicha de amor.
¡Estraño embelesamiento!
ROLDÁN
¡Oh Angélica dulce y cara!
¿Adónde escondes la cara,
que es gloria de mi tormento?
El corazón se me quema,
¡oh Angélica, mi reposo!
ESCUDERO
Deste sermón amoroso,
esta Angélica es el tema.
Parece que está en ser
que puedes desafialle.
BERNARDO
Quisiera yo remedialle
si lo pudiera hacer.
(Parece ANGÉLICA, y va tras ella ROLDÁN; pónese en la tramoya y desparece, y a la vuelta parece la MALA FAMA, vestida como diré, con una tunicela negra, una trompeta negra en la mano, y alas negras y cabellera negra.)
ROLDÁN
¿No es aquél mi cielo, cielos?
Él es, pero ya se encubre;
pues, cuando él se me descubre
es porque me cubran duelos.
Tras ti voy, nueva Atalanta;
que, si quiere socorrerme
amor, puede aquí ponerme
mil alas en cada planta.
Mi sol, ¿dó te transmontaste,
y qué sombra te sucede?
Mas, bien es que en noche quede
el que de tu luz privaste.
BERNARDO
De aventuras están llenas
estas selvas, según veo.
ESCUDERO
Viendo estoy lo que no creo.
BERNARDO
¡Calla!
ESCUDERO
No respiro apenas.
MALA FAMA
Detén el paso, senador romano,
y aun la intención pudieras detenella,
si tras sí, en vuelo presuroso y vano,
no la llevara Angélica la bella.
¿Mas tu consejo y proceder liviano
así la entregas, que cebado en ella
quieres que quede, ¡oh grave desventura!,
tu clara fama para siempre obscura?
La Mala Fama soy, que tiene cuenta
con las torpezas de excelentes hombres
para entregallas a perpetua afrenta,
y a viva muerte sus subidos nombres.
Mi mano en este libro negro asienta,
borrando la altivez de sus renombres,
los hechos malos que en el tiempo hicieron
cuando de amor la vana ley siguieron.
Aquí está el grande Alcides, no cortando
de la hidra lernea las cabezas,
sino a los pies de Deyanira hilando,
con mujeriles paños y ternezas.
Está el rey Salomón; mas no juzgando
las diferencias faltas de certezas,
sino dando ocasión por mil razones
que esté su salvación en opiniones.
Uno de aquel famoso triunvirato
aquí le tengo escrito y señalado,
cuando, a su patria y a su honor ingrato,
cegó en la luz del rostro delicado.
En mitad de la pompa y aparato
del bélico furor, de miedo armado,
los ojos vuelve y ánimo a la nueva
Angélica egipciana que le lleva.
Es infinito el número que encierran
aquestas negras hojas de los hechos
de aquellos que su nombre y fama atierran,
porque amor sujetó sus duros pechos;
y si tú quieres ser de los que yerran,
aunque están los renglones tan estrechos,
ancho lugar haré para que escriba
tu nombre, y en infamia eterna viva.
(Vuélvese la tramoya.)
ROLDÁN
Yo mudaré parecer,
a pesar de lo que quiero.
BERNARDO
¿Conocéisme, caballero?
Pues, ¿no os he de conocer?
[Bi]en sé que sois español
y que Bernardo os llamáis.
BERNARDO
¡Gracias a Dios que miráis
ya sin nublados el sol!
ROLDÁN
¿Habéis estado presente
al caso de admiración?
BERNARDO
Sí he estado.
ROLDÁN
¿Y no es gran razón
que yo vuelva diferente,
siendo una joya la honra
que no se puede estimar?
BERNARDO
Verdad es; mas por amar
no se adquiere la deshonra.
ROLDÁN
No hay amador que no haga
mil disparates, si es fino;
mas, ya que he cobrado el tino,
y sanado de mi llaga,
mis pasos caminarán
por diferente sendero.
(Entra MARFISA.)
MARFISA
Bernardo, ¿no es el guerrero
éste a quien llaman Roldán?
BERNARDO
Él es. Mas, ¿por qué lo dices?
MARFISA
Porque su fama me fuerza
a probar con él mi fuerza,
porque tú la solenices
y veas qué compañero
te ha dado en mí la fortuna.
ROLDÁN
¡No hay, cual Angélica, alguna
en todo nuestro hemisfero!
ESCUDERO
¡Por Dios, que se ha vuelto al tema!
ROLDÁN
Falsa fue aquella visión,
y de nuevo el corazón
parece que se me quema.
(Aparece otra vez ANGÉLICA, y huye a la tramoya, y vuélvese, y parece la BUENA FAMA, vestida de blanco, con una corona en la cabeza, alas pintadas de varias colores y una trompeta.)
¿Has tornado a amanecer,
sol mío? Pues ya te sigo.
Poco ha durado el amigo
en su honroso parecer.
MARFISA
Bernardo, ¿qué es lo que veo?
BERNARDO
Calla y escucha, y verás
misterios.
ESCUDERO
No digas más,
que quiere hablar, según creo.
BUENA FAMA
Pues temor de la infamia no ha podido
tus deseos volver a mejor parte,
vuélvalos el amor de ser tenido,
en todo el orbe por segundo Marte.
En este libro de oro está esculpido,
como en mármol o en bronce, en esta parte,
tu nombre y el de aquellos esforzados
que dieron a las armas sus cuidados.
Aquí, con inmortal, alto trofeo,
notado tengo en la verdad que sigo,
aquel gran caballero Macabeo,
guía del pueblo que de Dios fue amigo.
Casi a su lado el nombre escrito veo
de aquel batallador que fue enemigo
de la pereza infame, del que, en suma,
puso en igual balanza, lanza y pluma.
Tengo otros mil que no puedo contarte,
porque el tiempo y lugar no lo concede,
y porque yo le tenga de avisarte
lo que mi voz con mis escritos puede.
Della verás, y dellos levantarte
sobre el altura que aun al cielo excede,
si dejas de seguir del niño ciego
la blandura y regalo y dulce fuego.
Huye, Roldán, de Angélica, y advierte
que, en seguir la belleza que te inflama,
la vida pierdes y granjeas la muerte,
perdiendo a mí, que soy la Buena Fama.
Deben estas razones convencerte,
pues Marte a nombre sin igual te llama,
Amor a un abatido. En paz te queda,
y lo que te deseo te suceda.
(Vuélvese la tramoya.)
ROLDÁN
Bien sé que de Malgesí
son todas estas visiones.
BERNARDO
Pues dime: ¿a qué te dispones?
MARFISA
De espanto no estoy en mí.
Mal dije; de admiración,
que espanto jamás le tuve.
ROLDÁN
Corto de manos anduve
con una y otra visión;
si pedazos las hiciera,
no me dejaran confuso;
mas volverán, que es su uso
asaltarme dondequiera.
Respondiendo, pues, Bernardo,
a lo que me preguntaste,
digo que no hay mar que baste
templar el fuego en que ardo.
Y quedaos en paz los dos,
porque ir de aquí me conviene.
MARFISA
¡Estremado brío tiene!
BERNARDO
Dios vaya, Roldán, con vos.
MARFISA
Vilo, y no puedo creello:
tal es lo que visto habemos.
BERNARDO
Por el camino podremos
hacer discurso sobre ello.
ESCUDERO
En fin, ¿vamos a París?
BERNARDO
¿Ya no te he dicho que sí?
MARFISA
Yo, a lo menos.
ESCUDERO
Por allí
hay camino, si advertís.
BERNARDO
Los caballos, ¿dónde están?
ESCUDERO
Aquí junto.
Ve por ellos.
ESCUDERO
Allá subiréis en ellos.
MARFISA
¡Pensativo iba Roldán!
JORNADA TERCERA
Salen LAUSO y CORINTO, pastores.
LAUSO
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando,
por las rosadas puertas orientales,
con gemidos y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol de su estrellado asiento
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece, y doblo los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo en mi mortal porfía
al cielo sordo, a Clori sin oídos.
CORINTO
¿Para qué tantas endechas?
Lauso amigo, déjalas,
pues mientras más dices, más
siempre menos te aprovechas.
Yo tengo el corazón negro
por Clori y por sus desdenes;
mas, pues no me vienen bienes,
ya con los males me alegro.
Clori y la nueva pastora,
ajenas de nuestros males,
con voces claras e iguales,
Al encuentro les salgamos
y ayudemos su canticio;
que tanto llorar es vicio,
si bien lo consideramos.
LAUSO
¿Viene Rústico con ellas?
CORINTO
No se les quita del lado.
LAUSO
¡Ah pastor afortunado!
Ni quiero oíllas, ni vellas.
CORINTO
Eso ya no puede ser,
que veslas, vienen allí;
canta por amor de mí.
LAUSO
Procúralas de entender.
(Entra CLORI, cantando, y RÚSTICO con el as, y ANGÉLICA.)
CLORI
¡Bien haya quien hizo
cadenitas, cadenas;
bien haya quien hizo
cadenas de amor!
¡Bien haya el acero
de que se formaron,
y los que inventaron
amor verdadero!
¡Bien haya el dinero
de metal mejor;
cadenas de amor!
LAUSO
¡Bien haya el amante
que a tantos vaivenes,
iras y desdenes,
firme está y constante!
Éste se adelante
al rico mayor.
¡Bien haya quien hizo
cadenas de amor!
RÚSTICO
¡Oh, quién supiera cantar!
CORINTO
¿Que no lo sabes, pastor?
RÚSTICO
Ni contralto ni tenor;
que estoy para reventar.
CORINTO
Mas, ¿va que tienes agallas?
Muestra: abre bien la boca,
que esta cura a mí me toca;
abre más, si he de curallas.
Ven acá. ¡Mal hayas tú
y el padre que te engendró!
RÚSTICO
Pues, ¿qué culpa tengo yo?
¡Ofrézcote a Bercebú!
¿Y no has caído en la cuenta
de que tenías agallas?
RÚSTICO
Pues, ¿hay más sino sacallas?
CLORI
Esta burla me contenta;
que, puesto que bien le quiero,
que le burlen me da gusto.
CORINTO
Yo te sacaré, a tu gusto,
o cantor o pregonero.
¿Tienes algún senojil?
RÚSTICO
Una ligapierna tengo,
y buena.
CORINTO
Ya me prevengo
a hacerte cantor sutil.
Aquésta poco aprovecha;
que, para este menester,
izquierda tiene de ser,
que no vale la derecha.
¿Qué me darás, y te haré
cantor subido y notable?
RÚSTICO
En la paga no se hable,
que un novillo te daré.
La liga izquierda es aquésta:
tómala, y pon diligencia
en mostrar aquí tu ciencia.
CORINTO
Dios sabe cuánto me cuesta.
Mas con esta liga y lazo
saldré muy bien con mi intento.
RÚSTICO
Hacia esta parte las siento.
CORINTO
Déjame atar; quita el brazo.
¿Con qué voz quieres quedar:
tiple, contralto o tenor?
RÚSTICO
Contrabajo es muy mejor.
CORINTO
Ese no te ha de faltar
mientras tratares conmigo.
Ten paciencia, sufre y calla;
ya se ha quebrado una agalla.
RÚSTICO
¡Que me ahogas, enemigo!
CORINTO
Contralto quedas, sin duda,
que la voz lo manifiesta.
[...] pues aun ahora está en muda;
a otro estirón que le dé,
estará como ha de estar.
RÚSTICO
Ladrón, ¿quiéresme ahogar?
CORINTO
No lo sé; mas probaré.
CLORI
¡Acaba; la burla baste!
RÚSTICO
¡A mí semejantes burlas!
CORINTO
Rústico, ¿de mí te burlas,
que no me pagas y vaste?
¡Pues a fee que has de llevar
comida y sobrecomida!
Todo, amigo, se comida
a ayudarme a este cantar:
Corrido va el abad,
por el cañaveral.
Corrido va el abad,
corrido va y muy mohíno,
porque, por su desatino,
cierto desastre le vino
que le hizo caminar
por el cañaveral.
Confiado en que es muy rico,
no ha caído en que es borrico;
y por aquesto me aplico
a decirle este cantar:
por el cañaveral...
(Parece REINALDOS por la montaña.)
LAUSO
La burla ha estado, a lo menos
como al sujeto conviene.
¡Otra vez mi muerte viene!
¡Abrid, tierra, vuestros senos
y encerradme en ellos luego!
LAUSO
¿De qué, pastora, te espantas?
ANGÉLICA
¡A vosotras, tiernas plantas,
mi vida o mi muerte entrego!
(Éntrase ANGÉLICA huyendo.)
CLORI
Lauso, vámonos tras ella,
a ver qué le ha sucedido.
LAUSO
A tu voluntad rendido
estoy siempre, ingrata bella.
(Éntranse todos, y quédase CORINTO.)
CORINTO
Quedar quiero, a ver quién es
este pensativo y bravo.
El ademán yo le alabo;
mas, ¿si es paladín francés?
REINALDOS
O le falta al Amor conocimiento,
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.
Pero si Amor es dios, es argumento
que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?
Si digo que es Angélica, no acierto;
que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta rüina.
Presto habré de morir, que es lo más cierto;
que, al mal de quien la causa no se sabe,
milagro es acertar la medicina.
CORINTO
¡Ta, ta! De amor viene herido;
bien tenemos que hacer.
REINALDOS
¿Que no quieres parecer,
oh bien, por mi mal perdido?
¿Has visto, pastor, acaso,
por entre aquesta espesura,
un milagro de hermosura
por quien yo mil muertes paso?
¿Has visto unos ojos bellos
que dos estrellas semejan,
y unos cabellos que dejan,
por ser oro, ser cabellos?
¿Has visto, a dicha, una frente
como espaciosa ribera,
y una hilera y otra hilera
de ricas perlas de Oriente?
Dime si has visto una boca
que respira olor sabeo,
y unos labios por quien creo
que el fino coral se apoca.
Di si has visto una garganta
que es coluna deste cielo,
y un blanco pecho de yelo,
do su fuego Amor quebranta;
y unas manos que son hechas
a torno de marfil blanco,
y un compuesto que es el blanco
do Amor despunta sus flechas.
¿Tiene, por dicha, señor,
ombligo aquesa quimera,
o pies de barro, como era
la de aquel rey Donosor?
Porque, a decirte verdad,
no he visto en estas montañas
cosas tan ricas y estrañas
y de tanta calidad.
Y fuera muy fácil cosa,
si ellas por aquí anduvieran,
por invisibles que fueran
verlas mi vista curiosa.
Que una espaciosa ribera,
dos estrellas y un tesoro
de cabellos, que son oro,
¿dónde esconderse pudiera?
Y el sabeo olor que dices,
¿no me llevara tras sí?
Porque en mi vida sentí
romadizo en mis narices.
Mas, en fin, decirte quiero
lo que he hallado, y no ser terco.
REINALDOS
¿Qué son? Habla.
CORINTO
Tres pies de puerco
y unas manos de carnero.
REINALDOS
¡Oh hi de puta, bellaco!;
pues, ¿con Reinaldos de burlas?
CORINTO
De mis donaires y burlas
siempre tales premios saco.
(Éntrase huyendo CORINTO.)
(Suena dentro esta voz de ANGÉLICA.)
ANGÉLICA
¡Socorredme, Reinaldos, que me matan!
¡Mira que soy la sin ventura Angélica!
REINALDOS
La voz es ésta de mi amada diosa.
¿Adónde estás, tesoro de mi alma,
única al mundo en hermosura y gracia?
La triste barca del barquero horrendo
pasaré por hallarte, y al abismo,
cual nuevo Orfeo, bajaré llorando
y romperé las puertas de diamante.
ANGÉLICA
¡Moriré si te tardas; date prisa!
REINALDOS
¿Qué camino he de hacer, amada mía?
¿Estás en las entrañas de la tierra,
o enciérrante estas peñas en su centro?
Doquier que estás te buscaré, viviendo,
o ya desnudo espíritu sin carne.
(Salen dos SÁTIROS que traen a ANGÉLICA como arrastrando, con un cordel a la garganta.)
ANGÉLICA
¡Socorredme, Reinaldos, que me matan!
REINALDOS
No corráis más; volved, ligeras plantas,
que no os va menos que la vida en esto.
¡Miserable de mí! ¿Quién me detiene?
¿Quién mis pies ha clavado con la tierra?
¡Verdugos infernales, deteneos!
¡No añudéis el cordel a la garganta,
que es basa donde asienta y donde estriba
el cielo de hermosura sobrehumana!
¡Miserable de mí cien mil vegadas,
que no puedo moverme ni dar paso!
Canalla infame, ¿para qué os dais prisa
a acabar esa vida de mi vida,
a escurecer el sol que alumbra el mundo?
¡Tate, traidores, que apretáis un cuello
adonde el amor forma tales voces,
que el mal desmenguan y la gloria aumentan
del venturoso que escucharlas puede!
¡Oh, que la ahogan! ¡Socorredla, cielos,
pues yo no puedo! ¡Oh sátiros lascivos!
¿Cómo tanta belleza no os ablanda?
(Vanse los SÁTIROS.)
Ya dieron fin a su cruel empresa;
muerta queda mi vida, muerta queda
la esperanza que en pie la sostenía:
ahora os moveré, pues, sin provecho;
otra vez y otras mil soy miserable;
ahora, pies, me llevaréis do vea
la imagen de la muerte más hermosa
que vieron ni verán ojos humanos;
¡oh pies, al bien enfermos y al mal sanos!
(Llégase REINALDOS a ANGÉLICA.)
¿Es posible que ante mí
te mataron, dulce amiga?
¿Y es posible que se diga
que yo no te socorrí?
¿Que es posible que la muerte
ha sido tan atrevida,
que acabó tu dulce vida
con trance amargo y tan fuerte?
¿Y que mi ventura encierra
tanta desventura y duelo,
que hoy tengo de ver mi cielo
puesto debajo la tierra?
¿Qué antropófagos, qué scitas
contra ti se conjuraron,
y qué manos te acabaron
Sin duda, el infierno todo
fue en tan desdichada empresa,
que así lo afirma y confiesa
de tu muerte el triste modo
Mas yo le moveré guerra,
si es que me alcanza la vida
en tu triste despedida
para vivir en la tierra.
¿Yo vivir? Démoste agora
sepultura, ¡oh ángel bello!,
y después me veré en ello
cuando se llegue la hora.
Será de azada esta daga,
que abrirá la estrecha fuesa,
y daráse en ello priesa,
porque ha de hacer otra llaga.
Brazo en valor sin segundo,
trabajad con entereza
para enterrar la riqueza
mayor que ha tenido el mundo.
Vuestro afán, y no mi celo,
parece que en esto yerra,
si he de sacar tanta tierra
que venga a cubrir el cielo.
La tierra te sea liviana,
estremo de la beldad
que crió en cualquier edad
la naturaleza humana.
El tesoro desentierra
el que halla algún tesoro;
mas yo sigo otro decoro,
que cubro el mío con tierra.
Esta parte es concluida;
otra falta, y concluiráse,
si bien el alma costase,
como ha de costar la vida.
Otra sepultura esquiva
abriréis, daga, en mi pecho,
con que daréis fin a un hecho
que por luengos siglos viva.
Mi cuerpo, mi dulce y bella,
quede en esta tierra dura
cual piedra de sepultura,
que dice quién yace en ella.
¡Ea, cobarde francés,
morid con bríos ufanos,
pues no os ataron las manos
como os ligaron los pies!
(Vase a dar REINALDOS con la daga; sale MALGESÍ en su mesma figura y detiénele el brazo, diciendo:)
MALGESÍ
No hagas tal, hermano amado;
porque, en este desconcierto,
antes que no verte muerto
quiero verte enamorado.
Aquesta enterrada y muerta
no es Angélica la bella,
sino sombra o imagen della,
que su vista desconcierta.
Para volverte en tu ser,
hice aquesta semejanza;
que el amor sin esperanza
no suele permanecer.
Mas, pues es tal tu locura,
que aun sin ella perseveras,
mira, para que no mueras,
vacía la sepultura.
REINALDOS
¿Que estos sobresaltos das
al que tienes por hermano?
Hechicero, mal cristiano;
mas tú me lo pagarás.
Pues lo sabes, ¿por qué gustas
de tratarme deste modo?
MALGESÍ
Porque te estremas en todo,
y a ningún medio te ajustas.
Ven, y pondréte en la mano
a Angélica, y no fingida.
REINALDOS
Seréte toda mi vida
humilde, obediente hermano.
(Suena una trompeta bastarda, lejos, y entran en el teatro CARLOMAGNO y GALALÓN.)
CARLOMAGNO
¿Qué trompeta es la que suena?
¿Si es acaso otra aventura
que nos ponga en desventura,
que la otra no fue buena?
Bien lo dijo Malgesí;
mas yo, incrédulo y cristiano,
tuve su aviso por vano,
y crédito no le di.
Otra vez suena. ¿No habrá
quien nos avise qué es esto?
GALALÓN
Yo te lo diré bien presto.
CARLOMAGNO
Mejor éste lo dirá.
(Entra un PAJE.)
PAJE
Por San Dionís han entrado
dos apuestos caballeros
que parecen forasteros,
pero de esfuerzo sobrado:
uno mayor y robusto,
otro mancebo y galán.
GALALÓN
¿Dónde llegan?
Llegarán.
Mas miradlos, si os da gusto,
que veis do asoman allí.
(Entra MARFISA y BERNARDO, a caballo.)
CARLOMAGNO
¡Bravo ademán y valiente!
GALALÓN
¡Qué gran número de gente
que traen los dos tras de sí!
CARLOMAGNO
Pondré yo que es desafío.
GALALÓN
El continente así muestra.
CARLOMAGNO
¿Dónde está agora la diestra
de Roldán?
GALALÓN
¡Ah, señor mío!
¿Faltan en tu corte iguales
a Roldán?
CARLOMAGNO
Yo no lo sé.
Calla, que hablan.
GALALÓN
Sí haré.
CARLOMAGNO
Si dijeras desiguales...
MARFISA
Escúchame, Carlomagno,
que yo hablaré como alcance
mi voz hasta tus orejas,
por más que estemos distantes;
y denme también oídos
tus famosos Doce Pares,
que yo les daré mis manos
cada y cuando que gustaren.
Una mujer soy que encierra
deseos en sí tan grandes,
que compiten con el cielo,
porque en la tierra no caben.
Soy más varón en las obras
que mujer en el semblante;
ciño espada y traigo escudo,
huigo a Venus, sigo a Marte;
poco me curo de Cristo;
de Mahoma no hay hablarme;
es mi dios mi brazo solo,
y mis obras, mis Penates.
Fama quiero y honra busco,
no entre bailes ni cantares,
sino entre acerados petos,
entre lanzas y entre alfanjes.
Y es fama que las que vibran
y las que ciñen tus Pares
vuelan y cortan más que otras
regidas de brazos tales.
Por probar si esto es verdad,
vivos deseos me traen,
y a todos los desafío,
pero a singular certamen;
y, para que no se afrenten
de una mujer que esto hace,
mi nombre quiero decilles:
soy Marfisa, y esto baste.
En el padrón de Merlín
va Marfisa a aposentarse,
donde esperará tres días
el deseado combate;
y si tantos acudieren
que no puedan despacharse,
ella desde aquí me escoge
y elige por su ayudante.
Soy caballero español
de prendas y de linaje,
y quizá el mismo deseo
de Marfisa aquí me trae.
Y entended que el desafío
ha de ser a todo trance,
porque grandes honras deben
comprarse a peligros grandes.
MARFISA
Decid que deje Roldán
amorosos disparates,
que con Venus y Cupido
se aviene mal el dios Marte.
Lo que el español ha dicho
lo confirmo; y, porque es tarde
y el padrón no está muy cerca,
el Dios que adoráis os guarde.
CARLOMAGNO
¿Hay, por dicha, Galalón,
en París otros Roldanes?
¿Hay otro alguno que pueda
con Reinaldos igualarse?
Si los hay, ¿cómo han callado,
oyendo desafiarse?
¡Oh, mal hubieses, Angélica,
que tantos males me haces!
Colgados de tu hermosura,
todos mis valientes traes;
solo han dejado a París,
solo, por ir a buscarte.
Mientras vive Galalón,
ninguno podrá agraviarte;
y mañana con las obras
haré mis dichos verdades.
Dame licencia, señor,
porque al punto vaya a armarme.
CARLOMAGNO
No hay para qué me la pida
quien es de los Doce Pares.
(Éntranse.)
(Entran FERRAGUTO y ROLDÁN, riñendo, con las espadas desnudas.)
ROLDÁN
Tú le mataste, y fue alevosamente,
moro español, sin fe y sin Dios nacido.
FERRAGUTO
Tu falsa lengua, como falso, miente,
y mentirá mil veces, y ha mentido.
ROLDÁN
¿No fue maldad echarle en la corriente
del río?
FERRAGUTO
Muy bien puede del vencido
hacer el vencedor lo que quisiere.
ROLDÁN
De tu falso argüir eso se infiere.
No te retires, bárbaro arrogante,
que quiero castigar tu alevosía.
Si me retiro, fanfarrón de Aglante,
el paso sí, la voluntad no es mía.
Por Mahoma te juro, y Trivigante,
que no sé quién me impele y me desvía
de tu presencia, ¡oh paladín gallardo!
ROLDÁN
Con ésta acabarás, que ya me tardo.
(Retírase FERRAGUTO, y, puesto en la tramoya, al tirarle ROLDÁN una estocada, se vuelva la tramoya, y parece en ella ANGÉLICA, y ROLDÁN, echándose a los pies della; al punto que se inclina, se vuelve la tramoya, y parece uno de los SÁTIROS, y hállase ROLDÁN abrazado con sus pies.)
ROLDÁN
¿Qué milagros son éstos, Dios inmenso?
¿Es piedad del Amor ésta que veo?
Arrójome a tus pies, y en esto pienso
que satisfago en todo a mi deseo.
Coge, amada enemiga, el fruto y censo
que estos labios te dan, y por trofeo
ponga Amor en su templo que un Orlando
está tus bellas plantas adorando.
De ámbar pensé, mas no es sino de azufre,
el olor que despiden estas plantas.
¿Adónde tanto engaño, Amor, se sufre,
o quién puede formar visiones tantas?
Ésta veré si esta estocada sufre.
(Vuélvese la tramoya, y parece MALGESÍ en su forma.)
MALGESÍ
Primo, ¿que no te enmiendas ni te espantas?
ROLDÁN
¡Oh Malgesí! Hazaña ha sido aquésta
que mi amor y tu ciencia manifiesta.
Mas, dime: ¿de qué sirven tantas pruebas
para ver que estoy loco y que me pierdo,
sabiendo que el estilo que tú llevas
ni le cree ni le admite el hombre cuerdo?
MALGESÍ
Ven conmigo, Roldán; daréte nuevas
de tu bien por tu mal.
ROLDÁN
¡Oh sabio acuerdo!
Llévame, primo, en presuroso vuelo
deste infierno de ausencia a ver mi cielo.
MALGESÍ
Arrima las espaldas a esa caña,
los ojos cierra y de Jesús te olvida.
ROLDÁN
Grave cosa me pides.
MALGESÍ
Date maña,
que importa a tu contento esta venida.
ROLDÁN
¿Estoy bien puesto?
MALGESÍ
Bien.
ROLDÁN
Jesús me valga,
aunque jamás con esta empresa salga.
(Vuélvese la tramoya con ROLDÁN; salen BERNARDO y MARFISA, y suena dentro una trompeta.)
BERNARDO
Trompeta y caballos siento,
y, según mi parecer,
paladín debe de ser
que viene al padrón contento,
y seguro de alcanzar
de ti, Marfisa, el trofeo.
MARFISA
A pie viene, a lo que veo.
BERNARDO
Pues, ¿quién le hizo apear?
MARFISA
Lo que a nosotros. ¿No ves
que aquí caballo no llega?
BERNARDO
Sin duda, es de la refriega;
que me parece francés.
(Entra GALALÓN, armado de peto y espaldar.)
GALALÓN
Sálveos Dios, copia dichosa,
tan bella como valiente.
Dios te salve y te contente.
MARFISA
¡Salutación enfadosa!
Sálveme mi brazo a mí,
y conténteme mi fuerza.
GALALÓN
Vuestro desafío me fuerza
y mueve a venir aquí.
MARFISA
Dime si eres paladín.
GALALÓN
Paladín digo que soy.
BERNARDO
¿Partiste de París hoy?
GALALÓN
Anoche.
BERNARDO
Pues, ¿a qué fin?
GALALÓN
No más de a ver si hay qué ver
en ti y la bella Marfisa.
Tú te has dado buena prisa.
GALALÓN
Conviene, porque hay que hacer.
MARFISA
¿Qué tienes que hacer?
GALALÓN
Venceros
y dar a París la vuelta.
BERNARDO
Si cual tienes lengua suelta
tienes agudos aceros,
bien saldrás con tu intención.
Mas, dime: ¿cómo es tu nombre?
GALALÓN
Diréoslo, porque os asombre:
es mi nombre Galalón,
el gran señor de Maganza,
de los Doce el escogido.
BERNARDO
Días ha que yo he sabido
que eres una buena lanza,
un crisol de la verdad,
un abismo de elocuencia,
un imposible de ciencia,
un archivo de lealtad.
MARFISA
Contra la razón te pones,
Bernardo, porque la fama
que éste es saco de traiciones,
y aun enemigo mortal
de todos los paladines,
malsín sobre los malsines,
mentiroso y desleal,
y, sobre todo, cobarde.
GALALÓN
A la prueba me remito,
y vengamos al conflito,
que se va haciendo tarde.
Empero, si queréis iros
sin comenzar esta empresa,
yo os juro y hago promesa
de eternamente serviros
y de no desenvainar
en contra vuestra mi espada.
BERNARDO
Promesa calificada
y muy digna de estimar.
MARFISA
Dame la mano, que quiero
aceptarte por amigo.
GALALÓN
Doyla, porque siempre sigo
proceder de caballero.
¡Cuerpo de quien me parió,
que los huesos me quebrantas!
MARFISA
Pues, ¿desto poco te espantas?
GALALÓN
De menos me espanto yo.
que se acerca ya mi fin.
BERNARDO
¿Un famoso paladín
ansí se ha de estar quejando
porque le dé una doncella
la mano por gran favor?
GALALÓN
¿Ésta es doncella? Es furor,
es rayo que me atropella,
es de mi vida el contraste,
pues que ya me la ha quitado.
MARFISA
¡Por Dios, que se ha desmayado!
BERNARDO
¿Cómo, y tanto le apretaste?
MARFISA
La mano le hice pedazos.
BERNARDO
¡Oh desdichado francés!
MARFISA
Quitarle quiero el arnés,
pues viene sin guardabrazos,
y ponerle por trofeo
colgado de alguna rama,
con un mote que su fama
descubra, como deseo.
Pero fáltanme instrumentos
con que ponerlo en efecto.
MALGESÍ
No faltarán, te prometo,
pues sé tus buenos intentos.
Esos ministros que envío
cumplirán tu voluntad.
BERNARDO
¡Oh, qué estraña novedad!
MARFISA
¿Quién sabe el intento mío?
Los versos dicen lo mismo
que imaginé en mi intención.
¿Si llevan a Galalón
estos diablos al abismo?
GALALÓN
Ya yo entiendo que aquí andas;
a ti digo, Malgesí.
Di: ¿no hallaste para mí
otro coche ni otras andas?
(Llévanle los SÁTIROS en brazos a GALALÓN.)
MARFISA
Di cómo dice el trofeo;
quizá yo no lo he entendido.
BERNARDO
Agudo está y escogido.
MARFISA
Léelo en voz.
En voz lo leo:
Estar tan limpio y terso aqueste acero,
con la entereza que por todo alcanza,
nos dice que es, y es dicho verdadero,
del señor de la casa de Maganza.
Estas selvas está cierto
que están llenas de aventuras.
MARFISA
Quedado habemos a escuras,
por el sol que se ha encubierto;
y, entre tanto que él visita
los antípodas de abajo,
demos al sueño el trabajo
que el reposo solicita.
A esta parte dormiré;
tú, Bernardo, duerme a aquélla,
hasta que salga la estrella
que a Febo guarda la fe.
Y si en aquestos tres días
no vinieren paladines,
buscaremos otros fines
de más altas bizarrías.
BERNARDO
Bien dices, aunque el sosiego
pocas veces le procuro,
con todo, a este peñón duro
el sueño y cabeza entrego.
(Échase a dormir.)
(Sale por lo hueco del teatro CASTILLA, con un león en la una mano, y en la otra un castillo.)
CASTILLA
¿Duermes, Bernardo amigo,
y aun de pesado sueño,
como el que de cuidados no procede?
¿Huyes de ser testigo
de que un estraño dueño
tu amada patria sin razón herede?
Advierte que tu tío,
contra todo derecho,
forma en el casto pecho
una opinión, un miedo, un desvarío
que le mueve a hacer cosa
ingrata a ti, infame a mí, y dañosa.
Quiere entregarme a Francia,
temeroso que, él muerto,
en mis despojos no se entregue el moro,
y está en esta ignorancia
de mi valor incierto
y dese tuyo sin igual que adoro.
No mira que el decoro
de animosa y valiente,
sin cansancio o desmayo,
que me infundió Pelayo,
he guardado en mi pecho eternamente,
y he de guardar contino,
sin que pavor le tuerza su camino.
Ven, y con tu presencia
infundirás un nuevo
corazón en los pechos desmayados;
curarás la dolencia
del rey, que, ciego al cebo
de pensamientos en temor fundados,
sigue vanos cuidados,
tan en deshonra mía,
que, si tú no me acorres
y luego me socorres,
huiré la luz del sol, huiré del día,
y en noche eterna obscura
lloraré sin cesar mi desventura.
Por oculto camino
del centro de la tierra
te llevaré, Bernardo, al patrio suelo.
Ven luego, que el destino
propicio tuyo encierra
tú en tu brazo tu honra y mi consuelo.
Ven, que el benigno Cielo
a tu favor se inclina.
Llevaré a tu escudero
por el mismo sendero.
Y tú, sin par, que aspiras a divina,
procura otras empresas,
que es poco lo que en éstas interesas.
Nadie en esta querella
batallará contigo,
que tras sí se los lleva la hermosura
de Angélica la bella,
de los que en esto ponen su ventura.
Y está cierta y segura
que dentro en pocos años
verás estrañas cosas,
amargas y gustosas,
engaños falsos, ciertos desengaños.
Y, en tanto, en paz te queda,
y así cual lo deseo te suceda.
(Éntrase CASTILLA con BERNARDO por lo hueco del teatro.)
MARFISA
Selvas de encantos llenas,
¿qué es aquesto que veo?
¿Qué figuras son éstas que se ofrecen?
¿Son malas o son buenas?
Entre creo y no creo,
me tienen estas sombras que parecen:
admiraciones crecen
en mí, no ningún miedo.
Lleváronme a Bernardo,
y aquí sin causa aguardo.
Ir quiero a do mostrar mi esfuerzo puedo.
Vuelto me he en un instante;
derecha voy al campo de Agramante.
(CORINTO, pastor, y ANGÉLICA, como pastora.)
CORINTO
Digo que te llevaré,
si fuese a cabo del mundo.
ANGÉLICA
En tu valor, sin segundo,
sé bien que bien me fié.
CORINTO
Haya güelte, y tú verás
si te llevo do quisieres.
ANGÉLICA
Mira tú cuánto pudieres,
que eso mismo gastarás;
que tengo joyas que son
de valor y parecer.
CORINTO
Y ¿adónde se han de vender?
ANGÉLICA
Ahí está la confusión.
CORINTO
No reparar en el precio:
que, cuando hay necesidad,
es punto de habilidad
dar la cosa a menos precio.
Y más, que todo lo allana
un buen ingenio cursado.
Y ¿cuándo has determinado
que partamos?
ANGÉLICA
Yo, mañana.
CORINTO
Daremos de aquí en Marsella,
y allí nos embarcaremos,
y el camino tomaremos
para España, rica y bella.
Y, en saliendo del Estrecho,
tomar el rumbo a esta mano
por el mar profundo y cano
que tantas burlas me ha hecho.
Digo que si naves hay,
y en el viento no hay reveses,
en menos de trece meses
yo te pondré en el Catay.
¿Quieres más?
ANGÉLICA
Eso me basta,
si así lo ordenase el Cielo.
CORINTO
Aunque me ves deste pelo,
soy marinero de casta,
y nado como un atún,
y descubro como un lince,
y trabajo más que quince,
y más que veinte, y aún.
Pues, en el guardar secreto,
haz cuenta que mudo soy.
¿Quieres que nos vamos hoy?
(Entra REINALDOS.)
ANGÉLICA
¡Oh nuevo y terrible aprieto!
Si éste me conoce, es cierta
mi muerte y mi sepultura.
CORINTO
Pues encubre tu hermosura,
si es que puede estar cubierta.
Pero dime: ¿que éste es
el francés del otro día?
¡Adiós, pastoraza mía,
que está mi vida en mis pies!
ANGÉLICA
No es acertado esperalle;
muy mejor será huir.
REINALDOS
¿Sabrásme, amiga, decir,
de un rostro, donaire y talle
que es, más que humano, divino?
Alza el rostro. ¿A qué te encubres,
que parece que descubres
un no sé qué peregrino?
Alza a ver. ¡Oh santos cielos!
¿Qué es esto que ven mis ojos?
¡Oh gloria de mis enojos,
oh quietud de mis recelos!
¿Quién os puso en este traje?
¿Huísos? Pues, ¡vive Dios!,
ingrata, que he de ir tras vos
hasta que al infierno baje,
o hasta que al cielo me encumbre,
si allá os pensáis esconder;
que el tino no he de perder,
pues va delante tal lumbre.
(Corre ANGÉLICA y entra por una puerta, y REINALDOS tras ella; y, al salir por otra, haya entrado ROLDÁN, y encuentra con ella.)
ROLDÁN
De mi dolor conmovido,
te ha puesto el cielo en mis brazos.
REINALDOS
Suelta, que te haré pedazos,
amante descomedido;
suelta, digo, y considera
la grosería que haces.
ROLDÁN
¿Para qué turbas mis paces,
sombra despiadada y fiera?
¿No ves que esta prenda es mía
de razón y de derecho?
REINALDOS
¡Por Dios, que te pase el pecho!
ANGÉLICA
¡Suerte airada, estrella impía!
REINALDOS
¿Fíaste en ser encantado,
que no quieres defenderte?
ROLDÁN
No fío sino en tenerte
por un simple enamorado.
REINALDOS
¡Mataréte, vive el cielo!
ROLDÁN
Si puedes, luego me acaba.
REINALDOS
¿Hay desvergüenza tan brava?
ROLDÁN
¿Hay tan necio y simple celo?
ANGÉLICA
¿Hay hembra tan sin ventura
como yo? Dúdolo, cierto.
¡Suelta, cruel, que me has muerto
a manos de tu locura!
REINALDOS
¡Suéltala, digo!
ROLDÁN
¡No quiero!
REINALDOS
¿Defiéndete, pues!
ROLDÁN
¡Ni aquesto!
REINALDOS
¡Loco estás!
ROLDÁN
Yo lo confieso,
aunque de estar cuerdo espero.
ANGÉLICA
Divididme en dos pedazos,
y repartid por mitad.
ROLDÁN
No parto yo la beldad
que tengo puesta en mis brazos.
REINALDOS
Dejarla tienes entera,
o la vida en estas manos.
ANGÉLICA
¡Oh hambrientos lobos tiranos,
cuál tenéis esta cordera!
El cielo se viene abajo,
de mi angustia condolido.
ROLDÁN
¡Oh salteador atrevido,
cuán sin fruto es tu trabajo!
(Descuélgase la nube y cubre a todos tres, que se esconden por lo hueco del teatro; y salen luego el EMPERADOR CARLOMAGNO y GALALÓN, la mano en una banda, lastimada cuando se la apretó MARFISA.)
CARLOMAGNO
¿Que vencistes a Marfisa?
GALALÓN
Llegué y vencí todo junto,
porque yo no pierdo punto
si acaso importa la prisa.
Maltratóme aquesta mano
de un bravo golpe de espada,
de que quedó magullada,
porque fue el golpe de llano.
CARLOMAGNO
¿Qué se hizo el español?
Como vio en mí a toda Francia,
se deshizo su arrogancia
como las nubes al sol.
También le dejé vencido.
CARLOMAGNO
¡Brava hazaña, Galalón!
GALALÓN
Hazaña de un corazón
que es de ti favorecido.
CARLOMAGNO
¿Quién es éste?
GALALÓN
Malgesí.
CARLOMAGNO
¡Oh, a qué buen tiempo que viene!
Parece que se detiene.
¿Viene armado?
GALALÓN
Creo que sí.
(Entra MALGESÍ con el escudo de GALALÓN, donde vienen escritos los cuatro versos de antes.)
CARLOMAGNO
Estraña armadura es ésta,
¡oh Malgesí!, caro amigo.
GALALÓN
La ciencia deste enemigo
honra y vida y más me cuesta.
MALGESÍ
Señor, pues sabéis leer,
leed aquesta escritura.
GALALÓN
Mi cobardía se apura
si más quiero aquí atender.
Irme quiero a procurar
venganza deste embaidor.
(Entra GALALÓN.)
MALGESÍ
Después
os diré, señor,
cosas que os han de admirar.
CARLOMAGNO
¿Adónde queda Roldán,
y adónde queda Reinaldos?
MALGESÍ
Sacro emperador, miraldos
de la manera que están.
(Vuelven a salir ROLDÁN, REINALDOS y ANGÉLICA, de la misma manera como se entraron cuando les cubrió la nube.)
Mi trabajo doy al viento,
por más que mi fuerza empleo.
ROLDÁN
Reinaldos, no soy Anteo,
que me ha de faltar aliento.
ANGÉLICA
¡Cobardes como arrogantes,
de tal modo me tratáis,
que no es posible seáis
ni caballeros ni amantes!
MALGESÍ
Vuelve la vista, emperador supremo;
verás el genio de París rompiendo
los aires y las nubes, paraninfo
despachado del cielo en favor tuyo.
CARLOMAGNO
¡Hermosa vista y novedad es ésta!
(Parece un ÁNGEL en una nube volante.)
ÁNGEL
Préstame, Carlo, atento y grato oído,
y escucha del divino acuerdo cuanto
tiene en tu daño y gusto estatuido
allá en las aulas del alcázar santo.
Presto estos campos con marcial rüido
retumbarán, y con horror y espanto
volverá las espaldas la cristiana
a la gente agarena y africana.
En honor de Macón y Trivigante,
con torcida y errada fantasía,
viste las duras [armas] Agramante,
y deja Ferragut a Andalucía.
Rodamonte feroz viene delante;
sus fuertes moros Zaragoza envía,
con Marsilio, su rey, y el rey Sobrino,
tan prudente, que casi es adivino.
Queda Libia desierta, sin un moro;
de África quedan solas las mezquitas,
y todos a una voz tus lirios de oro
afrentan con palabras inauditas.
Mas tú, guardando el sin igual decoro
que guardas en empresas exquisitas,
sal al encuentro luego a esta canalla,
puesto que perderás en la batalla.
Pero después la poderosa mano
ayudarte de modo determina,
que del moro español y el africano
seas el miedo y la total rüina.
Vuelvo con esto al trono soberano,
a ver si en tu favor se determina
de nuevo alguna cosa, y en un punto
tendrás mi vista y el aviso junto.
(Vase.)
CARLOMAGNO
¡Gracias te doy, Dios inmenso,
por el aviso y merced!
ROLDÁN
Pues ella cayó en mi red,
gozalla, sin duda, pienso.
REINALDOS
¿Todavía estás en eso?
ROLDÁN
¿Y tú en eso todavía?
CARLOMAGNO
De vuestra loca porfía
he de sacar buen suceso,
y ha de ser desta manera:
y al momento la entregad
al gran duque de Baviera,
y el que más daño hiciere
en el contrario escuadrón,
llevará por galardón
la prenda que tanto quiere.
ROLDÁN
Soy contento.
REINALDOS
Soy contento.
ROLDÁN
¡Morirán luego a mis manos
andaluces y africanos!
MALGESÍ
¡Vano saldrá vuestro intento!
ROLDÁN
¡Despedazaré a Agramante
y a su ejército en un punto!
Cuéntenle ya por difunto.
MALGESÍ
No te alargues, arrogante,
que Dios dispone otra cosa,
como en efecto verás.
ROLDÁN|
¡Oh Agramante! ¿Dónde estás?
¡Por mía cuento esta diosa!
Cuando con victoria vuelvas,
crecerá tu gusto y fama,
que por ahora nos llama
fin suspenso a nuestras selvas.
(Suenan chirimías, y dase fin a la comedia.)
FIN
Comedia famosa de los baños de Argel
Hablan en esta comedia las personas siguientes:
• CAURALÍ, capitán de Argel
• YZUF, renegado
• Cuatro MOROS
• Otro MORO
• UNO
• Dos OTROS
• Un VIEJO
• JUANICO, [un hijo suyo]
• FRANCISQUITO, [otro hijo suyo]
• Un SACRISTÁN
• COSTANZA, cristiana
• CAPITÁN cristiano
• Dos ARCABUCEROS cristianos
• Don FERNANDO
• GUARDIÁN Bají
• Un CAUTIVO
• Un CRISTIANO cautivo
• Don LOPE, cautivo
• VIVANCO, cautivo
• HAZÉN, renegado
• ZARAHOJA, moro
• HAZÁN Bají, rey de Argel
• El CADÍ
• HALIMA, mora, mujer de Cauralí
• ZARA, mora
• Tres MOR[ILL]OS pequeños
• AMBROSIO
• La señora CATALINA
• Un JUDÍO
• OSORIO
• GUILLERMO, pastor
JORNADA PRIMERA
CAURALÍ, capitán de Argel; YZUF, renegado; otros cuatro MOROS, que se señalan así: 1, 2, 3, 4
YZUF: De en uno en uno y con silencio vengan,
que ésta es la trocha, y el lugar es éste,
y a la parte del monte más se atengan.
CAURALÍ: Mira, Yzuf, que no yerres, y te cueste
la vida el no acertar.
YZUF: Pierde cuidado;
haz que la gente el hierro y fuego apreste.
CAURALÍ: ¿Por dó tienes, Yzuf, determinado
que demos el asalto?
YZUF: Por la sierra,
lugar que, por ser fuerte, no es guardado.
Nací y crecí, cual dije, en esta tierra,
y sé bien sus entradas y salidas
y la parte mejor de hacerle guerra.
CAURALÍ: Ya vienen las escalas prevenidas,
y están las atalayas hasta agora
con borrachera y sueño entretenidas.
YZUF: Conviene que los ojos de la aurora
no nos hallen aquí.
CAURALÍ: Tú eres el todo:
guía, y embiste, y vence.
YZUF: Sea en buen hora,
y no se rompa en cosa alguna el modo
que tengo dado; que con él, sin duda,
a daros la victoria me acomodo,
primero que socorro alguno acuda.
[Vanse].
Suena dentro vocería de moros; enciénde[n]se hachos, pónese fuego al lugar, sale un VIEJO a la muralla medio desnudo y dice
[VIEJO]: ¡Válame Dios! ¿Qué es esto?
¿Moros hay en la tierra?
¡Perdidos somos, triste!
¡Vecinos, que os perdéis; al arma, al arma!
De los atajadores
la diligencia ha sido
aquesta vez burlada;
las atalayas duermen, todo es sueño.
¡Oh si mis prendas caras,
cual un cristiano Eneas,
sacase deste incendio a luz segura!
¿Que no hay quien grite al arma?
¿No hay quien haga pedazos
esas campanas mudas?
¡A socorreros voy, amados hijos!
[Vase].
Sale el SACRISTÁN a la muralla, con una sotana vieja y un paño de tocar
SACRISTÁN: Turcos son, en conclusión.
¡Oh torre, defensa mía!,
ventaja a la sacristía
hacéis en esta ocasión.
Tocar las campanas quiero,
y gritar apriesa al arma;
Toca la campana
el corazón se desarma
de brío, y de miedo muero.
Ningún hacho en la marina
ninguna atalaya enciende,
señal do se comprehende
ser cierta nuestra rüina.
Como persona aplicada
a la Iglesia, y no al trabajo,
mejor meneo el badajo
que desenvaino la espada.
Torna a tocar y éntrase. Salen al teatro CAURALÍ, YZUF y otros dos MOROS
YZUF: Por esta parte acudirán, sin duda,
los que del monte quieran ampararse;
sosiégate, y verás medrosa y muda
gente que viene por aquí a salvarse;
y, antes que aquella del socorro acuda,
conviene que se acuda al retirarse.
CAURALÍ: ¿Los bajeles no están bien a la orilla?
MORO 1: Y estibados de gusto y de mancilla.
Sale el VIEJO que salió a la muralla, con un niño en brazos medio desnudo y otro pequeño de la mano
VIEJO: ¿Adónde os llevaré, pedazos vivos
de mis muertas entrañas? Si a ventura
tendría, antes que fuésedes cautivos,
veros en una estrecha sepultura.
CAURALÍ: De aquesos tus discursos pensativos
te sacará mi espada, que procura,
sin acudir al gusto de tu muerte,
darte la vida y ensalzar mi suerte.
FRANCISQUITO: ¿Para qué me sacó, padre, del lecho?
¡Que me muero de frío! ¿Adónde vamos?
Llégueme a mí, como a mi hermano, al pecho.
¿Cómo tan de mañana madrugamos?
VIEJO: ¡Oh, deste inútil tronco ya y deshecho,
tiernos, amables y hermosos ramos!
No sé dó voy; aunque, si bien se advierte,
deste camino el fin será mi muerte.
CAURALÍ: Llévalos tú, Bairán, a la marina,
y mira bien que esté la armada a punto,
porque, según os muestra la bocina,
la esposa de Titón ya viene junto.
[Vase] el VIEJO; sale el SACRISTÁN
VIEJO: Huir el mal que el Cielo determina,
es trabajo excusado.
SACRISTÁN: Yo barrunto,
si el cielo mi agudeza no socorre,
que estaba más seguro yo en mi torre.
¿Quién me engañó? Y más si, a dicha, yerro
el camino o atajo de la sierra.
CAURALÍ: ¡Camina, perro, a la marina!
SACRISTÁN: ¿Perro?
Agora sé que fue mi madre perra.
CAURALÍ: Aguija tú con él, y zarpe el ferro
la capitana, y vaya tierra a tierra,
hasta la cala donde dimos fondo.
[Vase] el MORO y el SACRISTÁN
[YZUF]: ¿Qué es lo que dices Cauralí?
MORO 2: Yo no respondo.
YZUF: Escucha, Cauralí, que me parece
que una trompeta a mis oídos suena.
CAURALÍ: Sin duda, es el temor el que te ofrece
el son que tus bravezas desordena.
YZUF: Toca tú a recoger, que ya amanece,
y está tu armada de despojos llena,
y creo que el socorro se avecina.
¡A la marina!
CAURALÍ: ¡Hola, a la marina!
[Vanse]. Suena una trompeta bastarda; salen cuatro MOROS, uno tras otro, cargados de despojos
[MORO] 1: Aunque la carga es poca, es de provecho.
[MORO] 2: Yo no sé lo que llevo, pero vaya.
[MORO] 3: Lo que hasta aquí está hecho, está bien hecho.
[MORO] 4: ¡Permita Alá que esté libre la playa!
Sale un MORO con una doncella, llamada COSTANZA, medio desnuda
COSTANZA: Saltos el corazón me da en el pecho;
falta el aliento, el ánimo desmaya.
Llévame más despacio.
MORO: ¡Aguija, perra,
que el mar te aguarda!
COSTANZA: ¡Adiós, mi cielo y tierra!
[Vase] COSTANZA. Sale UNO a la muralla
UNO: ¡A la marina, a la marina, amigos,
que los turcos se embarcan muy apriesa!
Si aguijáis, dejarán los enemigos
la mal perdida y mal ganada presa.
[Sale] un ARCABUCERO cristiano
ARCABUCERO: Sólo habremos llegado a ser testigos
de que Troya fue aquí.
OTRO [1]: ¡Fortuna aviesa,
pon alas en mis pies, fuego en mis manos!
OTRO [2]: Nuestros ahíncos han salido vanos,
porque ya los turcos son embarcados
y en jolito se están cerca de tierra.
[Sale] el CAPITÁN cristiano
CAPITÁN: ¡Oh! ¡Mal hayan mis pies, acostumbrados,
más que a la arena, a riscos de la sierra!
¿Qué han hecho los jinetes?
UNO: Desmayados
llegaron los caballos tierra a tierra,
a tiempo que zarpaban las galeras,
y tras ellos llegaron tres banderas.
Los dos atajadores de la playa
muertos hallé de arcabuzazos, creo.
La oscuridad disculpa al atalaya
del mísero suceso que aquí veo.
OTRO [1]: ¿Qué habemos de hacer?
tomando por el monte algún rodeo,
y embósquese en la cala allí vecina,
por ver lo que el cosario determina.
UNO: ¿Qué ha de determinar, si no es tornarse
a Argel, pues que su intento ha conseguido?
CAPITÁN: ¿Quién puede a tan gran hecho aventurarse?
OTRO [1]: Si él es Morato Arráez, es atrevido;
cuanto más, que bien puede imaginarse
que de algún renegado fue traído,
plático desta tierra.
CAPITÁN: Désta hay uno
que en ser traidor no se le iguala alguno.
¿Adónde está mi hermano?
UNO: Llegó apenas,
cuando, despavorido y sin aliento,
se arrojó en el lugar.
CAPITÁN: Hallará estrenas
triste[s] de su esperado casamiento.
Parece en la muralla Don FERNANDO
D. FERNANDO: Puntas de cristal claro, y no de almenas,
murallas de bruñido y rico argento
que guardastes un tiempo mi esperanza,
¿dónde hallaré, decidme, a mi Costanza?
Techos que vomitáis llamas teosas,
calles de sangre y lágrimas cubiertas,
¿adónde de mis glorias ya dudosas
está la causa, y de mis penas ciertas?
Descubre, ¡oh sol!, tus hebras luminosas;
abre ya, aurora, tus rosadas puertas;
dejadme ver el mar, donde navega
el bien que el cielo por mi mal me niega.
CAPITÁN: Vámosle a socorrer, no desespere;
que en lo que dice da de loco indicio.
UNO: Bien dices; vamos, que su mal requiere
fuerte y apresurado beneficio.
[Vanse]
D. FERNANDO: Mas, ¿qué digo, cuitado? Bien se infiere
de las reliquias deste maleficio
que va cautiva mi querida prenda,
y es bien que a dalle libertad atienda.
[Vase]
Don FERNANDO, y parece el CAPITÁN en la muralla con otro soldado
Desde aquel risco levantado, quiero
hacer señal; quizá querrá el vil moro
trocar la hermosura por dinero
a quien no pagará ningún tesoro.
CAPITÁN: Ya no está aquí mi hermano; el dolor fiero
temo que no le saque del decoro
que debe a ser quien es. ¡Oh caso extraño!
UNO: Señor, por allí va, si no me engaño.
[Vase] el CAPITÁN; sale Don FERNANDO, y va subiendo por un risco
D. FERNANDO: Subid, ¡oh pies cansados!;
llegad a la alta cumbre
desta encumbrada y rústica aspereza,
si ya de mis cuidados
la inmensa pesadumbre
no os detiene en mitad de su maleza.
Ya a descubrir se empieza
la máquina terrible
que con ligero vuelo
la carga de mi cielo
lleva en su vientre tragador y horrible;
ya las alas estiende,
ya le ayudan los pies, ya al curso atiende.
No será de provecho
esta señal que muestro
de rescate, de paz y de alïanza;
ni la voz de mi pecho,
aunque a gritar me adiestro,
ha de alcanzar do mi deseo alcanza.
¿Ah, mi amada Costanza!
¡Ah, dulce, honrada esposa!
No apliques los oídos
a ruegos descreídos,
ni a la fuerza agarena poderosa
os entreguéis rendida,
que aún yo para la vía tengo vida.
Volved, volved, tiranos,
que de vuestra codicia
ofrezco de llenar con gusto y gloria
los senos; y las manos,
ajenas de avaricia,
sin duda aumentarán vuestra victoria.
Volved, que es vil escoria
cuanto lleváis robado,
si no lleváis los dones
que os ofrezco a montones
en cambio de mi sol, que va eclipsado
entre las pardas nubes
que tú del mar, ¡oh blando cierzo!, subes.
del Sur todas las perlas,
la púrpura de Tiro más preciosa,
con liberal decoro
ofrezco, aunque el tenerlas
os venga a parecer dificultosa.
Si me volvéis mi esposa,
un nuevo mundo ofrezco,
con todo cuanto encierra
todo el cielo y la tierra.
Locuras digo; mas, pues no merezco
alcanzar esta palma,
llevad mi cuerpo, pues lleváis mi alma.
Arrójase del risco. Sale el GUARDIÁN Bají y un CAUTIVO con papel y tinta
GUARDIÁN: ¡Hola; al trabajo, cristianos!
No quede ninguno dentro;
así enfermos como sanos,
no os tardéis, que, si allá entro,
pies os pondrán estas manos.
Que trabajen todos quiero,
ya [pá]paz, ya caballero.
¡Ea, canalla soez!
¿Heos de llamar otra vez?
Sale un CAUTIVO, y van saliendo de mano en mano los que pudieren
UNO: Yo quiero ser el primero.
GUARDIÁN: Éste a la leña le asienta;
éste vaya a la marina;
ten en todo buena cuenta;
treinta aquel burche encamina,
y a la muralla sesenta;
veinte al horno, y diez envía
a casa de Cauralí.
Y abrevia, que se va el día.
[CAUTIVO]:E Por cuarenta envió el cadí;
dárselos es cortesía.
GUARDIÁN: Y aun fuerza. En eso no pares;
enviarás otros dos pares
a los ladrillos de ayer.
[CAUTIVO]: Para todos hay qué hacer,
aunque fueran dos millares.
¿Dónde irán los caballeros?
GUARDIÁN: Déjalos hasta mañana,
que serán de los primeros.
[CAUTIVO]: ¿Y si pagan?
que hay sosiego do hay dineros.
[CAUTIVO]: Yo con ellos me avendré,
de modo que se te dé
gusto y honesta pitanza.
GUARDIÁN: Despacha a la maestranza.
[CAUTIVO]: Ve con Dios, que sí haré.
[Vase].
Salen don LOPE y VIVANCO, cautivos, con sus cadenas a los pies
D. LOPE: Ventura, y no poca, ha sido
haber escapado hoy
del trabajo prevenido.
VIVANCO: Cuando no trabajo, estoy
más cansado y más molido.
Para mí es grave tormento
este estrecho encerramiento,
y es alivio a mi pesar
ver el campo o ver la mar.
D. LOPE: Pues yo en verlo me atormento,
porque la melanconía
que el no tener libertad
encierra en el alma mía,
quiere triste soledad
más que alegre compañía.
Trabajar y no comer,
bien fácil se echa de ver
que son pasos de la muerte.
Sale un CRISTIANO cautivo, que viene huyendo del GUARDIÁN, que viene tras él dándole de palos
GUARDIÁN: ¡Oh chufetre! ¿Desta suerte
siempre os habéis de esconder?
Que os crïastes en regalo,
inútil perro, barrunto.
CRISTIANO: ¡Por Dios, fende, que estoy malo!
GUARDIÁN: Pues yo os curaré en un punto
con el sudor deste palo.
CRISTIANO: Con calentura contina,
que me turba y desatina,
estoy ha más de dos días.
[Vanse], dándole de palos, estos dos
GUARDIÁN: ¿Y por eso te escondías?
CRISTIANO: Sí, fende.
GUARDIÁN: ¡Perro, camina!
D. LOPE: ¡Por Dios, que es un buen soldado,
y no lo hace de vicio
el mísero apaleado!
VIVANCO: Mirad, pues, qué beneficio
ha en su enfermedad hallado.
¿No es notable desatino
que está un cautivo vecino
a la muerte y no le creen?
Y, cuando muerto le ven,
dicen: "¡Gualá, que el mezquino
estaba malo, sin duda!"
¡Oh canalla fementida,
de toda piedad desnuda!
¿Quién, al perder de la vida,
queréis que al mentir acuda?
De nuestra calamidad
con vuestra incredulidad,
la muerte es testigo cierto;
más creéis a un hombre muerto,
que al vivo de más verdad.
D. LOPE: Alza los ojos y atiende
a aquella parte, Vivanco,
y mira si comprehende
tu vista que un paño blanco
de una luenga caña pende.
Parece una caña, atado un paño blanco en ella, con un bulto
VIVANCO: Bien dices, y atado está.
Quiérome llegar allá
para ver esta hazaña.
¡Por Dios, que se alza la caña!
D. LOPE: Ve, quizá se abajará.
VIVANCO: No es para mí esta aventura,
don Lope; ven tú a proballa,
que no sé quién me asegura
que han de venir a alcanzalla
las manos de tu ventura.
D. LOPE: Algún muchacho habrá puesto
cebo o lazo allí dispuesto
para cazar los vencejos.
VIVANCO: No está hondo, ni está lejos;
ven, y verémoslo presto.
¿No ves cómo se te inclina
la caña? ¡Vive el Señor,
que ésta es cosa peregrina!
D. LOPE: En el trapo está el favor.
VIVANCO: Si es favor, desata aína.
D. LOPE: Once escudos de oro son;
entrellos viene un doblón
paternóster del rosario.
VIVANCO: ¡Bien propria comparación!
D. LOPE: La caña se tornó a alzar.
¿Qué maná del cielo es ésta?
¿Qué Abacuc nos vino a dar
en nuestra prisión la cesta
deste que es más que manjar?
VIVANCO: ¿Por qué, don Lope, no acudes
a dar gracias y saludes
a quien hizo esta hazaña?
¡Oh caña, de hoy más no caña,
sino vara de virtudes!
D. LOPE: ¿A quién quieres que las dé,
si en aquella celosía
estrecha nadie se ve?
VIVANCO: Pues alguien aquesto envía.
D. LOPE: Claro está, mas quién, no sé.
Quizá será renegada
cristiana la que se agrada
de mostrarse compasiva,
o ya cristiana cautiva
en esta casa encerrada.
Mas, quienquiera que ella sea,
es bien que las apariencias
de agradecidos nos vea:
hazle dos mil reverencias,
porque nuestro intento crea;
yo a lo morisco haré
ceremonias, por si fue
mora la que hizo el bien.
[Sale]
HAZÉN, renegado
D. LOPE: Calla, porque viene Hazén.
VIVANCO: ¡Noramala venga el pe...!
Las dos erres y la o
me como contra mi gusto.
D. LOPE: Creo, por Dios, que te oyó.
VIVANCO: Si él me oyó, por Dios, fue justo
no acabar su nombre yo.
HAZÉN: Con vuestras dos firmas solas
pisaré alegre y contento
las riberas españolas;
llevaré propicio el viento,
manso el mar, blandas sus olas.
A España quiero tornar,
y a quien debo confesar
mi mozo y antiguo yerro;
no como Yzuf, aquel perro
que fue a vender su lugar.
Dales un papel escrito
Aquí va cómo es verdad
que he tratado a los cristianos
con mucha afabilidad,
sin tener en lengua o manos
la turquesca crüeldad;
cómo he a muchos socorrrido;
cómo, niño, fui oprimido
a ser turco; cómo voy
en corso, pero que soy
buen cristiano en lo escondido,
y quizá hallaré ocasión
para quedarme en la tierra,
para mí, de promisión.
D. LOPE: Es la enmienda en el que yerra
arras de su salvación.
Echaremos de buen grado
las firmas que nos pedís,
que ya está experimentado
ser verdad cuanto decís,
Hazén, y que sois honrado.
Y quiera el cielo divino
que os facilite el camino
como vos lo deseáis.
VIVANCO: A mucho os determináis.
HAZÉN: Pues a más me determino;
que he de procurar alzar
la galeota en que voy.
D. LOPE: ¿Cómo lo pensáis trazar?
HAZÉN: Ya con otros cuatro estoy
convenido.
VIVANCO: Temo azar,
si es que entre muchos se sabe:
que no hay cosa que se acabe
aquí en Argel sin afrenta
cuando a muchos se da cuenta.
HAZÉN: En los que digo, más cabe.
D. LOPE: ¿Sabrías decir, Hazén,
quién mora en aquella casa?
HAZÉN: ¿En aquella?
VIVANCO: Sí.
HAZÉN: Muy bien.
Un moro de buena masa,
principal y hombre de bien,
y rico en extremo grado;
y, sobre todo, le ha dado
el cielo una hija tal,
que de belleza el caudal
todo en ella está cifrado.
ser su marido.
D. LOPE: Y el moro
¿qué dice?
HAZÉN: Que la merece,
no por rey, mas por el oro
que en la dote el rey ofrece:
que en esta nación confusa
que dé el marido se usa
la dote, y no la mujer.
VIVANCO: ¿Y ella está del parecer
del padre?
HAZÉN: No lo rehúsa.
D. LOPE: ¿Está acaso alguna esclava,
ya renegada o cristiana,
en esta casa?
HAZÉN: Una estaba
años ha, llamada Juana.
Sí, sí; Juana se llama[ba],
y el sobrenombre tenía,
creo, que de Rentería.
D. LOPE: ¿Qué se hizo?
HAZÉN: Ya murió,
y a aquesta mora crïó
que denantes os decía.
Ella fue una gran matrona,
archivo de cristiandad,
de las cautivas corona;
no quedó en esta ciudad
otra tan buena persona.
Los tornadizos lloramos
su falta, porque quedamos
ciegos sin su luz y aviso.
Por cobralla, el cielo quiso
que la perdiesen sus amos.
D. LOPE: Vete en paz, y aquesta tarde
ven por tus firmas, Hazén.
HAZÉN: La Trinidad toda os guarde.
VIVANCO: Bien podemos deste bien
hacer otra vez alarde.
¿Cuántos son?
D. LOPE: ¿Once no dije?
Pero lo que aquí me aflige
es no ver [a] quien los dio.
VIVANCO: ¿Quién? Para mí tengo yo
que fue Aquél que el cielo rige,
que por no vistos caminos
su pródiga mano acorre
y ansí, a nosotros socorre,
aunque de tal gracia indignos.
Parece la caña otra vez, con otro paño de más bulto
Mira que otra vez asoma
la caña.
D. LOPE: Trabajo toma
de ir a ver si se te inclina.
VIVANCO: Aquesta pesca es divina,
aunque sea de Mahoma.
Mas, apenas muevo el pie
hacia allá, cuando levantan
la caña, y no sé por qué;
si es que de mí se espantan,
díganlo y me volveré.
Para ti, amigo, se guarda
esta ventura gallarda;
ven y veremos lo que es;
y no empereces los pies,
que, si el bien llega, no tarda.
Inclínase la caña a don LOPE, y desata el paño
D. LOPE: Más peso tiene, a mi ver,
que el de denantes aquéste.
VIVANCO: Más numos debe de haber.
D. LOPE: ¡Ta, ta, billetico es éste!
VIVANCO: ¿Quiéresle agora leer?
Mira si es oro o argento,
primero, que de contento
estoy para reventar.
¿Que no lo queréis mirar?
Pónese don LOPE a leer el billete; y, antes que le acabe de leer, dice
D. LOPE: ¡Por Dios, que pasan de ciento,
y son los más de a dos caras!
VIVANCO: ¿Para qué a leer te paras?
A contarlos te apresura.
D. LOPE: Cierto que es esta aventura
rarísima entre las raras.
VIVANCO: ¿Qué es lo que dice el papel?
D. LOPE: En lo poco que he leído,
milagros he visto en él.
VIVANCO: Oye, que siento rüido.
D. LOPE: Gente viene de tropel;
en el rancho nos entremos,
adonde a solas podremos
ver lo que el billete dice.
VIVANCO: ¿Despedístete?
D. LOPE: Sí hice.
VIVANCO: Desorejado tenemos.
Sale el GUARDIÁN Bají y un moro llamado CARAHOJA, y un CRISTIANO atadas las orejas con un paño sangriento, como que las trae cortadas
CARAHOJA: ¿No os dije, perro insensato,
que, si huíades por tierra,
que os haría aqueste trato?
CRISTIANO: Es grande el gusto que encierra
voz de libertad.
CARAHOJA: ¡Oh ingrato!
Por la mar te he aconsejado
que huyas; mas tú, malvado,
que en los estorbos no miras,
siempre a huir por tierra aspiras.
CRISTIANO: Hasta quedar enterrado.
CARAHOJA: Tres veces por tierra ha huido
este perro, y treinta doblas
di aquellos que le han traído.
CRISTIANO: Si las prisiones no doblas,
haz cuenta que me has perdido:
que, aunque me desmoches todo,
y me pongas de otro modo
peor que éste en que me veo,
tanto el ser libre deseo,
que a la fuga me acomodo
por la tierra o por el viento,
por el agua y por el fuego;
que, a la libertad atento,
a cualquier cosa me entrego
que me muestre este contento.
Y, aunque más te encolerices,
respondo a lo que me dices,
que das en mi huida cortes,
que no importa el ramo cortes,
si no arrancas las raíces.
Si no me cortas los pies,
al huirme no hay reparo.
GUARDIÁN: Carahoja, ¿éste no es
español?
CARAHOJA: ¿Pues no está claro?
¿En su brío no lo ves?
GUARDIÁN: Por Alá, que, aunque esté muerto,
¡Éntrate, perro, a curar!
Aqueste le habrás de dar
a la limosna.
CARAHOJA: Está cierto.
[Vase] el CRISTIANO
GUARDIÁN: Oye, que un tiro han tirado
en la mar.
CARAHOJA: No le he sentido.
[Sale] un CAUTIVO
CAUTIVO: Fendi, Cauralí es llegado,
y viene, según he oído,
rico, próspero y honrado;
y el rey sale a la marina,
que ver allí determina
los cautivos y el despojo.
GUARDIÁN: ¿Quieres venir?
CARAHOJA: Yo estoy cojo.
GUARDIÁN: Pues poco a poco camina.
[Vanse].
Vuelven a salir Don LOPE y VIVANCO
VIVANCO: Léele otra vez, que me admira
la sencillez que contiene
y el grande intento a que aspira.
D. LOPE: Mira bien si alguno viene,
y a esta parte te retira.
El billete dice así;
en toda mi vida vi
razones así sencillas.
¡Éstas son tus maravillas,
gran Señor!
VIVANCO: Acaba, di.
Lee el billete Don LOPE
[D. LOPE]: Mi padre, que es muy rico, tuvo por cautiva
a una cristiana, que me dio leche y me enseñó
todo el cristianesco. Sé las cuatro oraciones,
y leer y escribir, que ésta es mi letra. Díjome
la cristiana que Lela Marién, a quien vosotros
llamáis Santa María, me quería mucho, y que un
cristiano me había de llevar a su tierra.
Muchos he visto en ese baño por los agujeros
desta celosía, y ninguno me ha parecido bien,
sino tú. Yo soy hermosa, y tengo en mi poder
muchos dineros de mi padre. Si quieres, yo te
daré muchos para que te rescates, y mira tú
cómo podrás llevarme a tu tierra, donde te has de
casar conmigo; y, cuando no quisieres, no se me
dará nada: que Lela Marién tendrá cuidado de
darme marido. Con la caña me podrás responder
cuando esté el baño sin gente. Envíame a decir
cómo te llamas, y de qué tierra eres, y si eres
casado; y no te fíes de ningún moro ni renegado.
Yo me llamo Zara, y Alá te guarde.
¿Qué te parece?
VIVANCO: Que el cielo
se nos descubre en la tierra
en este tan santo celo.
D. LOPE: Sin duda, en Zara se encierra
toda la bondad del suelo.
VIVANCO: Quizá nos está mirando.
Vuelve, y haz, de cuando en cuando,
señales de agradecido.
Mas, ¿en qué te has suspendido?
D. LOPE: La respuesta estoy pensando.
VIVANCO: ¿Pues hay más que responder,
sino que harás todo cuanto
fuere al caso menester?
[Sale] HAZÉN
D. LOPE: Hazén vuelve.
HAZÉN: Estimo en tanto
el bien que me habéis de hacer,
que, hasta tenerle en mi pecho,
no puedo tener sosiego.
Vuélvele el papel
D. LOPE: Amigo Hazén, ya está hecho;
y, así como yo os lo entrego
con gusto, os haga el provecho.
VIVANCO: ¿Es verdad que ya ha llegado
Cauralí?
HAZÉN: Ya se ha mostrado
al cabo de Metafús.
D. LOPE: ¿En qué piensas?
HAZÉN: Ahora, ¡sus!,
yo he de ver al renegado
y decirle de mí a él
quién es.
HAZÉN: Por ese perro crüel
digo.
D. LOPE: Pues muy mal harás
en tomarte, Hazén, con él.
VIVANCO: Déjale; Dios le maldiga.
HAZÉN: El alma se me fatiga
en ver que este perro infame
su sangre venda y derrame
como si fuera enemiga.
Dios me ayude, a Dios quedad,
que jamás no me veréis,
y Dios os dé libertad.
VIVANCO: ¡Mirad, Hazén, lo que hacéis!
[Vase] HAZÉN
HAZÉN: ¡Dios mueve mi voluntad!
VIVANCO: ¿Apostaréis que se toma,
según la ira le doma,
con Yzuf?
D. LOPE: Ya le acabase,
porque del suelo quitase
este rayo de Mahoma.
¿No será bien que escribamos,
por si otra vez se aparece
esta estrella que miramos?
VIVANCO: Así a mí me lo parece,
ya, y ahora.
D. LOPE: Vamos.
VIVANCO: Vamos.
[Vanse]. Sale[n] Hazán BAJÁ, rey de Argel, y el CADÍ y CARAHOJA, y HAZÉN, el GUARDIÁN bají y otros MOROS de acompañamiento; suenan chirimías y grita de desembarcar
BAJÁ: ¡Bueno viene Cauralí!
De alegría da gran muestra.
¿Qué dices, guardián Bají?
GUARDIÁN: De su industria y de su diestra
siempre estos efecto vi;
es valiente, y fue guïado
por un bravo renegado.
BAJÁ: ¿No fue Yzuf?
GUARDIÁN: Yzuf se llama,
a quien pregona la fama
por buen moro y buen soldado.
[Salen] CAURALÍ y YZUF
CAURALÍ: Dame tus pies, fuerte Hazán,
como mi rey y señor.
BAJÁ: Mis pies por jamás se dan
a labios de tal valor
y a tan bravo capitán.
Del suelo os alzad.
YZUF: A mí
darás lo que a Cauralí
niegas con justa razón.
BAJÁ: De entrambos mis brazos son.
CADÍ: Y también los del Cadí.
En buen hora seas venido.
CAURALÍ: En la mesma estés.
CADÍ: Pues bien:
¿haos España enriquecido?
Porque lo suele hacer bien
con el cosario atrevido.
YZUF: Mi pueblo se saqueó,
y, aunque poca, en él se halló
ganancia y algún cautivo.
HAZÉN: ¡Oh, más que Nerón esquivo,
ni al que a [S]icilia asoló!
BAJÁ: Haz venir alguno dellos
en mi presencia, y advierte
que sean de los más bellos.
CAURALÍ: Yo mesmo, por complacerte,
quiero ir, señor, a traellos.
[Vase] CAURALÍ
BAJÁ: ¿Cuántos serán?
YZUF: Ciento y veinte.
BAJÁ: ¿Hay entre ellos buena gente
para el remo? ¿Hay oficiales?
YZUF: Yo creo que vienen tales,
que el más ruin más te contente.
CADÍ: ¿Hay muchachos?
YZUF: Dos no más;
pero de belleza extraña,
como presto lo verás.
CADÍ Hermosos los cría España.
[YZUF]: Pues désto[s] te admirarás.
Y son, a lo que imagino,
uno y otro mi sobrino.
CADÍ: Hasles hecho un gran favor.
HAZÉN: ¿Que tal hiciste, traidor,
alma fiera de Ezino?
Vuelve CAURALÍ con el padre [VIEJO], que trae al niño de la mano y otro chiquito en los brazos, que no ha de hablar; y vienen asimismo el SACRISTÁN, Don FERNANDO y otros dos cautivos
CAURALÍ: De aquestos dos niños creo
que este honrado viejo es padre.
YZUF: El mío en su rostro veo.
BAJÁ: ¿Viene cautiva su madre?
CAURALÍ No, señor.
CADÍ: Éste no es feo.
BAJÁ: Son muy chiquitos.
CAURALÍ Con todo,
con el tiempo me acomodo,
sin que lo estorbe su Roma,
dar dos pajes a Mahoma
que le sirvan a su modo.
[VIEJO]: ¡Cuitado! ¿Qué es lo que escucho?
CADÍ: Llegad éste acá.
[VIEJO]: Señor,
no nos aparte; ya lucho
con los brazos del temor,
y venceránme, que es mucho.
CAURALÍ: Éste es un desesperado,
que él mismo al mar se arrojó
ya después de haber zarpado,
y un gancho que le eché yo
le pescó como pescado.
BAJÁ: ¿Pues quién le movió a tal hecho?
CAURALÍ: Amor que reina en su pecho
de un hijo que él se temía
que en nuestra armada venía.
BAJÁ: Y el muchacho, ¿qué se ha hecho?
YZUF: No parece.
CADÍ: ¿Cómo ansí?
CAURALÍ: Debió de quedarse allá.
D. FERNANDO: ¡Ay Costanza! ¿Qué es de ti?
BAJÁ: ¿Qué es lo que dices?
D. FERNANDO: ¡Quizá
en el lugar le perdí!
BAJÁ: Cordura fuera buscalle
primero, y, al no hallalle,
el rescate lo suplía;
y fue mala granjería
el perderte por ganalle.
¿Éste quién es?
CAURALÍ: No sé cierto.
CAUTIVO: ¿Yo, señor? Soy carpintero.
HAZÉN: ¡Oh cristiano poco experto!
No te sacará el dinero
desta tormenta a buen puerto.
El que es oficial, no espere,
mientras que vida tuviere,
CAURALÍ: ¿Vendrán todos los cristianos?
BAJÁ: Muestra alguno, y sea quien fuere.
[Sale] el SACRISTÁN
¿Éste es pápaz?
SACRISTÁN: No soy Papa,
sino un pobre sacristán
que apenas tuvo una capa.
CADÍ: ¿Cómo te llaman?
SACRISTÁN: Tristán.
BAJÁ: ¿Tu tierra?
SACRISTÁN: No está en el mapa.
Es mi tierra Mollorido,
un lugar muy escondido
allá en Castilla la Vieja.
(¡Mucho este perro me aqueja!
[Aparte]
¡Guarde el cielo mi sentido!
BAJÁ: ¿Qué oficio tienes?
SACRISTÁN: Tañer;
que soy músico divino,
como lo echaréis de ver.
HAZÉN: O este pobre pierde el tino,
o él es hombre de placer.
BAJÁ: ¿Tocas flauta o chirimía,
o cantas con melodía?
SACRISTÁN: Como yo soy sacristán,
toco el din, el don y el dan
a cualquiera hora del día.
CADÍ: ¿Las campanas no son esas
que llamáis entre vosotros?
SACRISTÁN: Sí, señor.
BAJÁ: Bien lo confiesas:
música para nosotros
divina es la que profesas.
¿No sabrás tirar un remo?
SACRISTÁN: No, mi señor, porque temo
reventar: que soy quebrado.
CADÍ: Irás a guardar ganado.
SACRISTÁN: Soy friolego en extremo
en i[n]vierno, y en verano
no puedo hablar de calor.
BAJÁ: Bufón es este cristiano.
SACRISTÁN: ¿Yo búfalo? No, señor:
antes soy pobre aldeano.
En lo que yo tendré maña
será en guardar una puerta
o en ser pescador de caña.
CADÍ: Bien tus oficios concierta;
no fuérades vos de España.
[Sale] un MORO
MORO: Los jenízaros están
aguardándote en palacio.
BAJÁ: Vamos. ¡Adiós, capitán!,
y veámonos despacio.
CAURALÍ: (¡Oh, qué bien mis cosas van!
[Aparte]
Escapado he la cristiana;
ya la fortuna me allana
los caminos de mi bien.)
[Vanse] todos; quedan HAZÉN y YZUF
YZUF: Agora hablaré yo a Hazén.
HAZÉN: De hablarte tengo gana.
Deja ir a Cauralí,
porque los cautivos lleve,
y quedémonos aquí.
YZUF: En tus razones sé breve,
que tengo que hacer.
HAZÉN: Sea ansí.
Dejo aparte que no tengas
ley con quien tu alma avengas,
ni la de gracia ni escrita,
ni en iglesia ni en mezquita
a encomendarte a Dios vengas.
Con todo, de tu fiereza
no pudiera imaginar
cosa de tanta estrañeza
como es venirte a faltar
la ley de naturaleza.
Con sólo que la tuvieras,
fácilmente conocieras
la maldad que cometías
cuando a pisar te ofrecías
las esp[a]ñolas riberas.
¿Qué Falaris agraviado,
qué Dionisio embravecido,
o qué Catilina airado,
contra su sangre ha querido
mostrar su rigor sobrado?
¿Contra tu patria levantas
la espada? ¿Contra las plantas
que con tu sangre crecieron
tus hoces agudas fueron?
YZUF: ¡Por Dios, Hazén, que me espantas!
HAZÉN: ¿No te espanta haber vendido
a tu tío y tus sobrinos
y a tu patria, descreído,
YZUF: Desatinos
dices, Hazén fementido.
Sin duda que eres cristiano.
HAZÉN: Bien dices; y aquesta mano
confirmará lo que has dicho
poniendo eterno entredicho.
a tu proceder tirano.
Da HAZÉN de puñaladas a YZUF
YZUF: ¡Ay, que me ha muerto! ¡Mahoma,
desde luego la venganza,
como es tu costumbre, toma!
HAZÉN: ¡Tu llevas buena esperanza
a los lagos de Sodoma!
Vuelve el CADÍ
CADÍ: ¿Qué es esto? ¿Qué grito oí?
HAZÉN: ¡Por Dios, que vuelve el Cadí!
YZUF: ¡Ay, señor! ¡Hazén me ha muerto,
y es cristiano!
HAZÉN: Aqueso es cierto:
cristiano soy, veisme aquí.
CADÍ: ¿Por qué le mataste, perro?
HAZÉN: No porque éste fue de caza
de la vida le destierro,
sino porque fue de raza
que siempre cazó por yerro.
CADÍ: ¿Eres cristiano?
HAZÉN: Sí soy;
y en serlo tan firme estoy,
que deseo, como has visto,
deshacerme y ser con Cristo,
si fuese posible, hoy.
¡Buen Dios, perdona el exceso
de haber faltado en la fe,
pues, al cerrar del proceso,
si en público te negué,
en público te confieso!
Bien sé que aqueste conviene
que haga a aquél que te tiene
ofendido como yo.
CADÍ: ¿Quién jamás tal cosa vio?
¡Alto, su muerte se ordene!
¡Ponedle luego en un palo!
HAZÉN: Mientras yo tuviere aquéste,
con quien el alma regalo,
lecho será en que me acueste,
Dame, enemigo, esa cama,
que es la que el alma más ama,
puesto que al cuerpo sea dura;
dámela, que a gran ventura
por ella el cielo me llama.
Saca una cruz de palo HAZÉ
No le mudes la intención,
buen Jesús; confirma en él
su intento y mi petición,
que en ser el cadí crüel
consiste mi salvación.
CADÍ: Caminad; llevadle aína,
y empalalde en la marina.
HAZÉN: Por tal palo, palio espero;
y así, correré ligero.
MORO: ¡Camina, perro, camina!
HAZÉN: Cristianos, a morir voy,
no moro, sino cristiano;
que aqueste descuento doy
del vivir torpe y profano
en que he vivido hasta hoy.
En España lo diréis
a mis padres, si es que os veis
fuera de aqueste destierro.
CADÍ: ¡Cortad la lengua a ese perro!
¡Acabad con él! ¿Qué hacéis?
Carga tú con éste, y mira
si ha acabado de expirar.
MORO: Paréceme que aún respira.
CADÍ: Tráele a mi casa a curar.
Este suceso me admira:
en él se ha visto una prueba
tan nueva al mundo, que es nueva
aun a los ojos del sol;
mas si el perro es español,
no hay de qué admirarme deba.
[Vanse] todos
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
JORNADA SEGUNDA
HALIMA, mujer de CAURALÍ, y doña COSTANZA
HALIMA: ¿Cómo te hallas, cristiana?
COSTANZA: Bien, señora; que en ser tuya
mucho mi ventura gana.
HALIMA: Que gana más la que es suya,
bien se ve ser cosa llana.
Al no tener libertad,
no hay mal que tenga igualdad:
sélo yo, sin ser esclava.
COSTANZA: Yo, señora, esto pensaba.
HALIMA: Piensas contra la verdad.
Sólo por estar sujeta
a mi esposo, estoy de suerte
que el corazón se me aprieta.
COSTANZA: Blando del marido fuerte
hace la mujer discreta.
HALIMA: ¿Eres casada?
COSTANZA: Pudiera
serlo, si lo permitiera
el cielo, que no lo quiso.
HALIMA: Tu gentileza y aviso
corren igual la carrera.
[Salen] CAURALÍ y Don FERNANDO como cautivo
CAURALÍ: Ella es hermosa en extremo;
mas llega a su hermosura
su riguridad, que temo.
¡Ya, amor, desta piedra dura
saca el fuego en que me quemo!
Hete dado cuenta desto,
para que en mi gusto el resto
eches de tu discreción.
D. [FERNANDO]: Más pide la obligación,
buen señor, en que me has puesto.
Muéstrame tú la cautiva;
que, aunque más exenta viva
del grande poder de amor,
la has de ver de tu dolor,
o amorosa, o compasiva.
CAURALÍ: Vesla allí; y ésta es Halima,
mi mujer y tu señora.
D. [FERNANDO]: ¡A fe que es prenda de estima!
HALIMA: Pues, amigo, ¿qué hay ahora?
CAURALÍ: Más de un ¡ay! que me lastima.
HALIMA: ¿Á:lzase el rey con la presa?
CAURALÍ: No fuera desdicha aquésa.
HALIMA: Pues, ¿qué daño puede haber?
CAURALÍ: ¿No es mal mandarme volver
en corso con toda priesa?
Mas Alá lo hará mejor.
Aqueste esclavo os presento,
que es cristiano de valor.
D. [FERNANDO]: (¿Juzgo, veo, entiendo, siento?
[Aparte]
¿Éste es esfuerzo, o temor?
¿No están mirando mis ojos
los ricos altos despojos
por quien al mar me arrojé?
¿No es ésta, que el alma fue,
la gloria de sus enojos?)
CAURALÍ: ¿Con quién hablas, di, cristi[a]no?
¿Por qué no te echas por tierra
y Halima besas la mano?
D. [FERNANDO]: Más acierta el q[ue] más yerra,
viendo un dolor sobrehumano.
Dame, señora, los pies,
que este que postrado ves
ante ellos es tu cautivo.
HALIMA: Ahora esclavo recibo
que será señor después.
¿Conoces a esta cautiva?
D. [FERNANDO]: No, por cierto.
COSTANZA: (Bien dijiste;
[Aparte]
y si de memoria priva
un dolor, muera ésta triste,
porque olvidada no viva.
Pero quizá disimulas
y mentiras acomulas
que ser de provecho sientes.)
CAURALÍ: ¿Por qué, hablando entre los dientes,
las razones no articulas?
D. [FERNANDO]: ¿Cómo os llamáis?
COSTANZA: ¿Yo? Costanza.
D. [FERNANDO]: ¿Sois soltera, o sois casada?
COSTANZA: De serlo tuve esperanza.
D. [FERNANDO]: ¿Y estáis ya desesperada?
COSTANZA: Aún vive la confïanza;
que, mientras dura la vida,
es necedad conocida
desesperarse del bien.
D. [FERNANDO]: ¿Quién fue vuestro padre?
COSTANZA: ¿Quién?
Un Diego de la Bastida.
D. [FERNANDO]: ¿No estábades concertada
con un cierto don Fernando
COSTANZA: Así es; mas nunca el cuándo
llegó desa suerte honrada:
que mi señor Cauralí
del bien que en fe poseí,
merced a Yzuf el traidor,
trujo de su borrador
el original aquí.
D. [FERNANDO]: Señora, trátala bien,
porque es mujer principal.
HALIMA: Como ella me sirva bien,
no la trataré yo mal.
[Sale] ZAHARA, muy bien aderezada
ZAHARA: Ya queda empalado Hazén.
HALIMA: Señora Zara, ¿qué es esto?
No te esperaba tan presto.
ZAHARA: No estaba el baño a mi gusto,
y víneme con disgusto
de aqueste caso funesto.
HALIMA: ¿Pues qué caso?
ZAHARA: A Yzuf mató
Hazén, y el Cadí, al momento,
a empalarle sentenció.
Vile morir tan contento,
que creo que no murió.
Si ella fuera de otra suerte,
tuviera envidia a su muerte.
CAURALÍ: ¿Pues no murió como moro?
ZAHARA: Dicen que guardó un decoro
que entre cristianos se advierte,
que es el morir confesando
al Cristo que ellos adoran.
Y estúvemele mirando,
y, entre otros muchos que lloran,
también estuve llorando,
porque soy naturalmente
de pecho humano y clemente;
en fin, pecho de mujer.
CAURALÍ: ¿Que tal te paraste a ver?
ZAHARA: Soy curiosa impertinente.
CAURALÍ: ¿Estarás aquí esta tarde,
Zahara?
ZAHARA: Sí, porque he de hacer
con Halima cierto alarde.
CAURALÍ: ¿De soldados?
ZAHARA: Podrá ser.
CAURALÍ: Quedad con Alá.
ZAHARA: Él te guarde.
HALIMA: No te vayas tú, cristiano.
CAURALÍ: Quédate.
D. [FERNANDO]: Término llano
es éste de Berbería.
COSTANZA: ¡Dichosa desdicha mía!
HALIMA: ¿Por qué?
COSTANZA: Porque en ella gano.
ZAHARA: ¿Qué ganas?
COSTANZA: Un bien perdido
que cobré con la paciencia
de los males que he sufrido.
ZAHARA: ¡Mucho enseña la experiencia!
COSTANZA: Mucho he visto, y más sabido.
ZAHARA: ¿Nuevos son estos cristianos?
HALIMA: Sus rostros mira y sus manos,
que están limpios y ellas blandas.
D. [FERNANDO]: Saldréme fuera si mandas.
HALIMA: No tengas temores vanos,
porque no tiene recelo
de ningún cautivo el moro,
ni cristiano le dio celo.
Guarda ese honesto decoro
para tu tierra.
D. [FERNANDO]: Harélo.
HALIMA: No hay mora que acá se abaje
a hacer algún moro ultraje
con el que no es de su ley,
aunque supiese que un rey
se encubría en ese traje.
Por eso nos dan licencia
de hablar con nuestros cautivos.
D. [FERNANDO]: ¡Confïada impertinencia!
ZAHARA: Matan los bríos lascivos
el trabajo y la dolencia,
y el gran temor de la pena
de la culpa nos refrena
a todos; que, según veo,
doquiera nace un deseo
que un buen pecho desordena.
Ven acá; dime, cristiano:
¿en tu tierra hay quien prometa
y no cumpla?
D. [FERNANDO]: Algún villano.
ZAHARA: ¿Aunque dé en parte secreta
su fe, su palabra y mano?
D. [FERNANDO]: Aunque sólo sean testigos
los cielos, que son amigos
de descubrir la verdad.
ZAHARA: ¿Y guardan esa lealtad
D. [FERNANDO]: Con todos; que la promesa
del hidalgo o caballero
es deuda líquida expresa,
y ser siempre verdadero
el bien nacido profesa.
HALIMA: ¿Qué te importa a ti saber
su buen o mal proceder
de aquéstos, que en fin son galgos?
ZAHARA: Haz, ¡oh Alá!, que sean hidalgos
los que me diste a escoger.
HALIMA: ¿Qué dices, Zara?
ZAHARA: Nonada;
déjame a solas, si quieres,
con esta tu esclava honrada.
HALIMA: ¡Qué amiga de saber eres!
ZAHARA: ¿A quién el saber no agrada?
HALIMA: Habla tú con ella, y yo
con mi esclavo.
COSTANZA: Al fin salió
verdad lo que yo temía.
¿Si ha de acabar Berbería
lo que España comenzó?
Allá comencé a perder,
y aquí me he de rematar;
porque bien se echa de ver
que este apartarse y hablar
se funda en un buen querer.
ZAHARA: ¿Cómo te llamas, amiga?
COSTANZA: Costanza.
ZAHARA: ¿Tendrás fatiga
de verte sin libertad?
COSTANZA: Más, si va a decir verdad,
otra cosa me fatiga.
HALIMA: La blandura o la aspereza
de las manos nos da muestra
de la abundancia o pobreza
de vosotros. Muestra, muestra:
no las huyas, que es simpleza,
porque, si eres de rescate,
será ocasión que te trate
con proceder justo y blando.
ZAHARA: ¿Qué miras?
COSTANZA: Estoy mirando
un extraño disparate.
D. [FERNANDO]: Señora, a mi amo toca
el hacer esa experiencia,
aunque a risa me provoca
que a tan engañosa ciencia
deis creencia mucha o poca;
porque hay pobres holgazanes
en nuestra tierra galanes
HALIMA: Estas manos son testigos
de quién eres; no te allanes.
COSTANZA: (¡Ay, embustera gitana!
[Aparte]
En esas rayas que miras
está mi desdicha llana.
¡Qué despacio las retiras,
enemigo!)
ZAHARA: ¿Qué has, cristiana?
COSTANZA: ¿Qué tengo de haber? Nonada.
ZAHARA: ¿Fuiste, a dicha, enamorada
en tu tierra?
COSTANZA: Y aun aquí.
ZAHARA: ¿Aquí dices? ¿Cómo ansí?
¿Luego a moro estás prendada?
COSTANZA: No, sino de un renegado
de fe poca y fe perjura.
D. [FERNANDO]: Harto, señora, has mirado.
ZAHARA: Has dado en una locura
en que cristiana no ha dado.
Amar a cristianos moras,
eso vese a todas horas;
mas que ame cristiana a moro,
eso no.
COSTANZA: Dese decoro
reniego.
HALIMA: ¿De qué te azoras?
Además eres esquivo.
D. [FERNANDO]: Rico, pobre, blando o fuerte,
señora, soy tu cautivo,
y tengo a dichosa suerte
el serlo.
COSTANZA: ¡Muriendo vivo!
ZAHARA: ¿Que tanto le quieres, triste?
¿Hoy quieres, y ayer veniste?
¡Cómo amor tu pecho enciende!
Mas, ¿cómo te reprehende
la que tan mal le resiste?
Lo que en esto siento, amiga,
es que me cansa y afana
sentir que tu lengua diga
que una tan bella cristiana
le causa un moro fatiga.
COSTANZA: No es sino mora.
ZAHARA: Dislates
dices; de aqueso no trates,
que es locura y vano error.
COSTANZA: Son en los casos de amor
extraños los disparates.
ZAHARA: Bien el que has dicho lo allana.
HALIMA: ¿Qué habláis las dos?
ZAHARA: ¡Es de precio
HALIMA: ¡Pues el cristiano no es necio!
COSTANZA: Es de fe perjura y vana.
HALIMA: Entremos, que ya has oído
el azar, y el encendido
sol demedia su jornada.
D. [FERNANDO]: ¡Oh, por mi bien, prenda hallada!
COSTANZA: ¡Oh, por mi mal, bien perdido!
[Vanse] todos. Sale el VIEJO, padre de los niños, y el SACRISTÁN. El VIEJO con vestido de cautivo, y el SACRISTÁN con su mesmo vestido y con un barril de agua
SACRISTÁN: No hay sino tener paciencia
y encomendarnos a Dios;
porque es necia impertinencia
dejarse morir.
VIEJO: Ya vos
tenéis ancha la conciencia;
ya coméis carne en los días
vedados.
SACRISTÁN: ¡Qué niñerías!
Como aquello que me da
mi amo.
VIEJO: Mal os hará.
SACRISTÁN: ¡Que no hay aquí teologías!
VIEJO: ¿No te acuerdas, por ventura,
de aquellos niños hebreos
que nos cuenta la Escritura?
SACRISTÁN: ¿Dirás por los Macabeos,
que, por no comer grosura,
se dejaron hacer piezas?
VIEJO: Por ésos digo.
SACRISTÁN: Si empiezas,
en viéndome, a predicarme,
por Dios, que he [de] deslizarme
en viéndote.
VIEJO: ¿Ya tropiezas?
Que no caigas, plega al cielo.
SACRISTÁN: Eso no, porque en la fe
soy de bronce.
VIEJO: Yo recelo
que si una mora os da el pie,
deis vos de mano a ese celo.
SACRISTÁN: Luego, ¿no me han dado ya
más de dos lo que quizá
otro no lo desechara?
VIEJO: Dádiva es que cuesta cara
a quien la toma y la da.
Pero dejémonos desto.
SACRISTÁN: Mamí,
un jenízaro dispuesto
que es soldado y dabají,
turco de nación y honesto.
Dabají es cabo de escuadra
o alférez, y bien le cuadra
el oficio, que es valiente;
y es perro tan excelente,
que ni me muerde ni ladra.
Y así, a mi desdicha alabo
que, ya que me trujo a ser
cautivo, mísero esclavo,
vino a traerme a poder
de jenízaro, y que es bravo:
que no hay turco, rey ni Roque
que le mire ni le toque
de jenízaro al cautivo,
aunque a furor excesivo
su insolencia le provoque.
VIEJO: Más cautiverio y más duelos
cupieron a mis dos niños,
por crecer mis desconsuelos.
Conservad a estos armiños
en limpieza, ¡oh limpios cielos!
Y si veis que se endereza
de Mahoma la torpeza
a procurar su caída,
quitadles antes la vida
que ellos pierdan su limpieza.
[Salen] dos o tres muchachos MORILLOS, aunque se tomen de la calle, los cuales han de decir no más que estas palabras
[MORILLO 1]: ¡Rapaz cristïano,
non rescatar, non fugir;
don Juan no venir;
acá morir,
perro, acá morir!
SACRISTÁN: ¡Oh hijo de una puta,
nieto de un gran cornudo,
sobrino de un bellaco,
hermano de un gran traidor y sodomita!
[MORILLO 2]: ¡Non rescatar, non fugir;
don Juan no venir;
acá morir!
SACRISTÁN: ¡Tú morirás, borracho,
bardaja fementido;
quínola punto menos,
anzuelo de Mahoma, el hideputa!
[MORILLO 3]: ¡Acá morir!
¡mal haya mi linaje!,
que nos quemarán vivos.
SACRISTÁN: Déjeme, pese a mí, con estos galgos.
[MORILLO 1]: ¡Don Juan no venir;
acá morir!
VIEJO: Bien de aqueso se infiera
que si él venido hubiera,
vuestra maldita lengua
no tuviera ocasión de decir esto.
[MORILLO 2]: ¡Don Juan no venir;
acá morir!
SACRISTÁN: Escuchadme, perritos;
venid, ¡tus, tus!, oídme,
que os quiero dar la causa
por que don Juan no viene: estadme atentos.
Sin duda que en el cielo
debía de haber gran guerra,
do el general faltaba,
y a don Juan se llevaron para serlo.
Dejadle que concluya,
y veréis cómo vuelve
y os pone como nuevos.
VIEJO: ¡Gracioso disparate! Ya se han ido.
[Sale] un JUDÍO
¿No es aquéste judío?
SACRISTÁN: Su copete lo muestra,
sus infames chinelas,
su rostro de mezquino y de pobrete.
Trae el turco en la corona
una guedeja sola
de peinados cabellos,
y el judío los trae sobre la frente;
el francés, tras la oreja;
y el español, acémila,
que es rendajo de todos,
le trae, ¡válame Dios!, en todo el cuerpo.
¡Hola, judío! Escucha.
JUDÍO: ¿Qué me quieres, cristiano?
SACRISTÁN: Que este barril te cargues,
y le lleves en casa de mi amo.
JUDÍO: Es sábado, y no puedo
hacer alguna cosa
que sea de trabajo;
no hay pensar que lo lleve, aunque me mates.
Deja venga mañana,
que, aunque domingo sea,
te llevaré docientos.
SACRISTÁN: Mañana huelgo yo, perro judío.
JUDÍO: Aunque me mates, digo
que no quiero llevallo.
SACRISTÁN: ¡Vive Dios, perro, que os arranque el hígado!
JUDÍO: ¡Ay, ay, mísero y triste!
Por el Dío bendito,
que si hoy no fuera sábado,
que lo llevara. ¡Buen cristiano, basta!
VIEJO: A compasión me mueve.
¡Oh gente afeminada,
infame y para poco!
Por esta vez te ruego que le dejes.
SACRISTÁN: Por ti le dejo; vaya
el circunciso infame;
mas, si otra vez le encuentro,
ha de llevar un monte, si le llevo.
JUDÍO: Pies y manos te beso,
señor, y el Dío te pague
el bien que aquí me has hecho.
Vase el JUDÍO
VIEJO: La pena es ésta de aquel gran pecado.
Bien se cumple a la letra
la maldición eterna
que os echó el ya venido,
que vuestro error tan vanamente espera.
SACRISTÁN: Adiós, que ha mucho tiempo
que estoy contigo hablando,
y, aunque mi amo es noble,
temo no le avillane mi pereza.
Toma su barril y vase. Salen JUANICO y FRANCIS[QUIT]O, que ansí se han de llamar los hijos del VIEJO. Vienen vestidos a la turquesca de garzones, saldrá con ellos la señora CATALINA, vestida de garzón, y un cristiano, como cautivo, COSTANZA y Don FERNANDO, de cautivo, y JULIO, de cautivo, que traen las tersas y vestidos de los garzones, y las guitarras y el rabel. Don FERNANDO ha de hacer salida
VIEJO: ¿No son mis prendas aquéstas?
¿Cómo vienen adornadas
de regocijo y de fiestas?
Prendas por mi bien halladas,
¿qué bizarrías son estas?
Harto costoso ropaje
es éste. ¿Qué se hizo el traje
que mostraba en mil semejas
que érades de Cristo ovejas,
aunque de pobre linaje?
JUANICO: Padre, no le pene el ver
que no se ha podido hacer
otra cosa; y, bien mirado,
de aquesto no hay que temer,
porque si nuestra intención
está con firme afición
puesta en Dios, caso es sabido
que no deshace el vestido
lo que hace el corazón.
FRANCISQUITO: Padre, ¿tiene, por ventura,
qué darme de merendar?
VIEJO: ¿Hay tan simple criatura?
JUANICO: ¿Simple? Pues déjenlo estar,
que él mostrará su cordura.
JULIO: Amigo, no nos detenga;
y, si gusta dello, venga
con nosotros.
JUANICO: No, señor;
quedarse será mejor.
FRANCISQUITO: Padre mío, tome, tenga.
Una cruz que me han quitado
me ponga en este rosario.
VIEJO: Yo os la pondré de buen grado,
depósito y relicario
de mi alma.
JUANICO: Padre honrado,
déjenos ir, que tardamos.
[Habla] Ambrosio, que es la señora CATALINA
[CATALINA]: Pues, amigos, ¿Dónde vamos?
JULIO: Aunque está de aquí un buen rato,
al jardín de Agimorato.
D. [FERNANDO]: Pues, ¡sus!, no nos detengamos.
JULIO: Allí podremos a solas
danzar, cantar y tañer
y hacer nuestras cabrïolas:
que el mar no suele tener
siempre alteradas sus olas.
Demos vado a la pasión,
cuanto más, que es la intención
del Cadí que nos holguemos,
y que los viernes tomemos
honesta recreación.
D. [FERNANDO]: ¿Quién le dijo que tenía
yo buena voz?
JULIO: No sé, a fe;
algún cautivo sería,
y el cadí me dijo: "Ve,
y dile de parte mía
a Cauralí que me mande
de la buena voz." Yo fui,
habléle, envióos aquí;
no se más.
JUANICO: No se desmande,
padre, en venirnos a ver,
que se enojará nuestramo
y nos dará en qué entender.
FRANCISQUITO: Padre, Francisco me llamo,
no Azán, Alí ni Ja[e]r;
cristiano soy, y he de sello,
aunque me pongan al cuello
dos garrotes y un cuchillo.
JUANICO: ¿Veis cómo sabe decillo?
Pues mejor sabrá hacello.
D. [FERNANDO]: No pasemos adelante,
que bien estamos aquí.
JULIO: Sea ansí, y algo se cante.
[Habla] Ambrosio, que le ha de hacer la señora CATALINA
[CATALINA]: ¿Qué decís, que no os oí?
JULIO: Que cantes, porque me encante.
D. [FERNANDO]: ¿Es sordo?
JULIO: Un poco es teniente
de los oídos.
[CATALINA]: ¿No hay gente
que nos oiga? Bien decís;
y, pues que todos venís,
comencemos tristemente.
Aquel romance diremos,
Julio, que tú compusiste,
pues de coro le sabemos,
y tiene aquel tono triste
con que alegrarnos solemos.
Cantan este romance
A las orillas del mar,
que con su lengua y sus aguas,
ya manso, ya airado, llega
del perro Argel las murallas,
con los ojos del deseo
están mirando a su patria
cuatro míseros cautivos
que del trabajo descansan;
y al son del ir y volver
de las olas en la playa,
esto lloran y esto cantan:
¡Cuán cara e[re]s de haber, oh dulce España!
Tiene el cielo conjurado
con nuestra suerte contraria
nuestros cuerpos en cadenas,
y en gran peligro las almas.
¡Oh si abriesen ya los cielos
sus cerradas cataratas,
ya en vez de agua aquí lloviesen
pez, resina, azufre y brasas!
¡Oh, si se abriese la tierra,
y escondiese en sus entrañas
tanto Datán y Virón,
tanto brujo y tanta maga!
¡Cuán cara eres de haber, oh dulce España!
FRANCISQUITO: Padre, hágales cantar
aquel cantar que mi madre
cantaba en nuestro lugar.
¿Qué dice? ¿No quiere, padre?
VIEJO: ¿Cómo decía el cantar?
FRANCISQUITO: Ando enamorado,
no diré de quién;
allá miran ojos
donde quieren bien.
VIEJO: Bien al propósito fuera,
pues que los del alma miran
desde esta infame ribera
la patria por quien suspira[n],
que huye y no nos espera.
JULIO: ¡Extremado es Francisquito!
Canta tú, Ambrosio, un poquito
lo que sueles a tus solas,
que te escucharán las olas
del mar con gusto infinito.
[CATALINA] cante solo
[CATALINA]: Aunque pensáis que me alegro,
conmigo traigo el dolor.
Aunque mi rostro semeja
que de mi alma se aleja
la pena, y libre la deja,
sabed que es notorio error:
conmigo traigo el dolor.
Cúmpleme disimular
por acabar de acabar,
se hace mucho mayor,
conmigo traigo el dolor.
Entran el CADÍ y CAURALÍ
JUANICO: No más, que viene el Cadí.
Padre, no os halle aquí a vos.
D. [FERNANDO]: Con él viene Cauralí.
VIEJO: ¡Queridas prendas, adiós!
CADÍ: Perro, ¿vos estáis aquí?
¿No te he dicho yo, malvado,
que te quites del cuidado
del ver tus hijos?
FRANCISQUITO: ¿Por qué?
¿No es mi padre? ¡A buena fe,
que he de verle, mal su grado!
JUANICO: Calla, Francisquito, hermano,
que, en lo que dices, incitas
en nuestro daño al tirano.
FRANCISQUITO: ¿Ver nuestro padre nos quitas?
Nunca tú eres buen cristiano.
Padre, lléveme consigo,
que me dice este enemigo
tantas de bellaquerías.
CAURALÍ: ¡Qué discretas niñerías!
Decid: ¿qué esperáis, amigo?
Vase el VIEJO
CADÍ: Perro, si otra vez dejáis
que los hable aquel perrón,
vos veréis lo que lleváis.
JULIO: Pedazos del alma son.
CADÍ: Perro, ¿qué me replicáis?
CAURALÍ: Tente, que no dice nada.
FRANCISQUITO: ¡Válame Dios, qué alterada
está la mora garrida!
JUANICO: ¡Calla, hermano, por tu vida!
CAURALÍ: Él tiene gracia extremada.
CADÍ: ¿Veisle? Sabed que le adoro,
y que pienso prohijalle
después que le vuelva moro.
FRANCISQUITO: Pues sepa que he de burlalle,
aunque me dé montes de oro;
y, aunque me dé tres reales
justos, enteros, cabales,
y más dos maravedís.
CADÍ: Destas gracias, ¿qué decís?
CAURALÍ: Que son sobrenaturales.
CADÍ: Veníos tras mí a la ciudad.
CAURALÍ: Yo quiero hablar con mi esclavo.
CADÍ: Pues, ¡sus!, con Alá os quedad.
CAURALÍ: Con Él vais. Ya estáis al cabo
de mi gran necesidad.
Va[n]se el CADÍ y todos, sino Don FERNANDO [y CAURALÍ]
D. [FERNANDO]: Digo que yo la hablaré
en yendo a casa, y haré
por servirte lo posible,
aunque más dura o terrible
que un áspid o un monte est[é].
Dame lugar para hablalla,
y déjame hacer, señor.
CAURALÍ: Si vienes a conquistalla,
llevarás, cual vencedor,
el premio de la batalla.
D. [FERNANDO]: Yo lo creo.
CAURALÍ: Decir quiero
que, amén de mucho dinero,
te daré la libertad.
D. [FERNANDO]: De tu liberalidad,
aun más mercedes espero.
[Vanse]. Salen Don LOPE y VIVANCO
D. LOPE: Veisnos aquí en libertad
por el más estraño caso
que vio la cautividad.
VIVANCO: ¿Pensáis que esto ha sido acaso?
¡Misterio tiene, en verdad!
Dios, que quiere que esta mora
vaya a tierra do se adora
su nombre, movió su intento
para ser el instrumento
del bien que a los tres mejora.
D. LOPE: Dijo en su postrer billete
que un viernes quizá saldría
al campo por Vavalvete,
y que se descubriría
con cierta industria promete.
También escribió en el fin
que sepamos el jardín
de su padre, Agimorato,
do a nuestra comedia y trato
se ha de dar felice fin.
VIVANCO: Tres mil escudos han sido
D. LOPE: En libertarnos se han ido
los dos mil.
VIVANCO: Más se ha ganado
de lo que habemos perdido.
Y más, si acaso se gana
esta alma, en obras cristiana,
aunque en moro cuerpo mora.
¿Mas, si fuese ésta la mora?
D. [LOPE]: Si es ella, ¡a fe que es lozana!
[Salen] ZA[HA]RA y HALIMA, cubiertos los rostros con sus almalafas blancas; y vienen con ellas, vestidas como moras, COSTANZA y la señora CATALINA, que no ha de hablar sino dos o tres veces
Mas, ¿cuál será de las dos?
Que las otras son cautivas.
HALIMA: Con todo, yo sé de vos
que si le habláis...
COSTANZA: No vivas
sin esperanza, por Dios,
que yo me ofrezco de hablalle,
de inclinalle y de forzalle
a que te venga a adorar;
mas hasme de dar lugar
para que pueda tratalle.
HALIMA: Cuanto quisieres, amiga,
tendrás; por eso no quedes
de remediar mi fatiga.
ZAHARA: Camina, [H]alima, si puedes.
COSTANZA: A más tu bondad me obliga.
ZAHARA: Mira, Costanza, y advierte
si de aquellos dos, por suerte,
es tu conocido alguno.
COSTANZA: Yo no conozco ninguno.
VIVANCO: Si es ella, es dichosa suerte,
porque parece en el brío
hermosa sobremanera.
ZAHARA: Perritos son de buen brío.
¡Oh, quién hablarlos pudiera!
HALIMA: Como allí estuviera el mío,
yo me llegara a hablallos.
ZAHARA: Costanza, vuelve a mirallos,
y dime si echas de ver
que es noble su parecer.
CATALINA: ¿Para qué?
ZAHARA: Para comprallos.
COSTANZA: Éste de la izquierda mano
me parece caballero;
y aun el otro no es villano.
ZAHARA: Verlos de más cerca quiero.
HALIMA: ¡Que no esté aquí mi cristiano!
ZAHARA: Entrambos me satisfacen.
VIVANCO: ¡Qué de represas me hacen!
Lleguémonos hacia allá.
D. LOPE: No, que ellas vienen acá.
VIVANCO: Su brío y su vista aplacen.
ZAHARA: ¡Ay, Alá! ¿Quién me picó?
Mira por aquí, Costanza,
si es avispa. Amarga yo,
que parece que una lanza
por el cuello se me entró.
Sacude bien esa toca,
que casi me vuelvo loca
en ver lo que veo.¡Ay, triste!
¿Matástela? ¿No la viste?
Sacude más; mira y toca.
¡Si está aquí!
COSTANZA: Yo no veo nada.
ZAHARA: ¡Llegado me ha al corazón
esta no vista picada!
COSTANZA: Del avispa el aguijón
es cosa muy enconada;
mas temo no fuese araña.
ZAHARA: Si fue araña, fue de España;
que las de Argel no hacen mal.
D. LOPE: ¿Hase visto industria tal?
¿Hay tan discreta maraña?
HALIMA: Zara, no estés descompuesta;
torna a ponerte tu toca.
ZAHARA: Aun el aire me molesta.
HALIMA: Esta desgracia, aunque poca,
turbado nos ha la fiesta.
VIVANCO: ¿Qué os parece?
D. [LOPE]: Que parece
que la ventura me ofrece
cuanto puedo desear.
VIVANCO: Volvióse el sol a eclipsar;
ya su luz desaparece.
ZAHARA: ¿No sabrás de aquel cautivo,
Costanza, si es español?
COSTANZA: En eso, gusto recibo.
D. LOPE: Torna a descubrirte, ¡oh sol!,
en cuyas luces avivo
el ser, el entendimiento,
la ventura y el contento
que en tu posesión se alcanza.
ZAHARA: Pregúntaselo, Costanza.
HALIMA: ¿Cómo estás?
ZAHARA: Mejor me siento.
COSTANZA: Gentilhombre, ¿sois de España?
D. LOPE: Sí, señora; y de una tierra
donde no se cría araña
fraude, embuste ni maraña,
sino un limpio proceder,
y el cumplir y el prometer
es todo una misma cosa.
ZAHARA: Pregúntale si es hermosa,
si es casado, su mujer.
COSTANZA: ¿Sois casado?
D. LOPE: No, señora;
pero serélo bien presto
con una cristiana mora.
COSTANZA: ¿Cómo es eso?
D. [LOPE]: ¿Cómo es esto?
Poco sabe quien lo ignora.
Mora en la incredulidad,
y cristiana en la bondad,
es la que ha de ser mi dueño.
COSTANZA: Yo os entiendo como un leño.
ZAHARA: ¡Plega Alá digáis verdad!
HALIMA: Pregúntale si es esclavo,
o si es libre.
D. [LOPE]: Ya os entiendo;
de ser cautivo me alabo.
ZAHARA: Cuanto dice comprehendo,
y de todo estoy al cabo.
D. [LOPE]: Presto pisaré de España,
con gusto y con gloria extraña,
las riberas, y mi fe
firme entonces mostraré.
ZAHARA: Gracias a Alá y a una caña.
HALIMA: Cristianos, quedaos atrás,
porque en la ciudad entramos.
[Vanse] las MORAS
VIVANCO: Obedecida serás.
D. [LOPE]: En escuridad quedamos.
Sol bello, ¿cómo te vas?
De cautividad sacaste
el cuerpo que rescataste
con tu liberalidad;
pero más con tu beldad
al alma yerros echaste.
En fe de lo que en ti he visto,
del deseo que te doma,
de adorarte no resisto,
no por prenda de Mahoma,
sino por prenda de Cristo.
Yo te llevaré a do seas
todo aquello que deseas,
VIVANCO: Vamos, que el dolor es éste;
no por ahí, que rodeas.
[Vanse]. Sale[n] el SACRISTÁN con una cazuela mojí, y tras él el JUDÍO
JUDÍO: Cristiano honrado, así el Dío
te vuelva a tu libre estado,
que me vuelvas lo que es mío.
SACRISTÁN: No quiero, judío honrado;
no quiero, honrado judío.
JUDÍO: Hoy es sábado, y no tengo
qué comer, y me mantengo
de aqueso que guisé ayer.
SACRISTÁN: Vuelve a guisar de comer.
JUDÍO: No, que a mi ley contravengo.
SACRISTÁN: Rescátame esta cazuela,
y en dártela no haré poco,
porque el olor me consuela.
JUDÍO: No puedo en mucho ni en poco
contratar.
SACRISTÁN: Pues llevaréla.
JUDÍO: No la lleves; ves aquí
lo que costó.
SACRISTÁN: Sea ansí,
que a los dos es de provecho.
¿Dó el dinero?
JUDÍO: Aquí, en el pecho
lo tengo, ¡amargo de mí!
SACRISTÁN: Pues venga.
JUDÍO: Sácalo tú,
que mi ley no me concede
el sacarlo.
SACRISTÁN: ¡Bercebú
así te lleve cual puede,
decendiente de Abacú!
Aquí tienes quince reales
justos de plata y cabales.
JUDÍO: No contrates tú conmigo;
conciértalo allá contigo.
SACRISTÁN: Di, cazuela: ¿cuánto vales?
"Paréceme a mí que valgo
cinco reales, y no más."
¡Mentís, a fe de hidalgo!
JUDÍO: ¡Qué sobresaltos me das,
cristiano!
SACRISTÁN: Pues hable el galgo.
¿Que no quieres alargarte?
Mas quiero crédito darte:
JUDÍO: ¿Los diez?
SACRISTÁN: Son por otras dos
cazuelas que pienso hurtarte.
JUDÍO: ¿Y pagaste adelantado?
SACRISTÁN: Y, aun si bien hago la cuenta,
creo que voy engañado.
JUDÍO: ¿Que hay Cielo que tal consienta?
SACRISTÁN: ¿Que hay tan gustoso guisado?
No es carne de landrecillas,
ni de la que a las costillas
se pega el bayo que es trefe.
JUDÍO: ¡Haced, cielos, que me deje
este ladrón de cosillas.
[Vase] el JUDÍO
SACRISTÁN: ¿De cosillas? ¡Vive Dios,
que os tengo de hurtar un niño
antes de los meses dos;
y aun si las uñas aliño...!
¡Dios me entiende! ¡Vámonos!
[Vase]. Salen Don FERNANDO y COSTANZA
D. FERNANDO: Subí, cual digo, aquella peña, adonde
las fustas vi que ya a la mar se hacían.
Voces comencé a dar; mas no responde
ninguno, aunque muy bien todos me oían.
Eco, que en un peñasco allí se esconde,
donde las olas su furor rompían,
teniendo compasión de mi tormento,
respuesta daba a mi postrero acento.
Las voces reforcé; hice las señas
que el brazo y un pañuelo me ofrecía;
Eco tornaba, y de las mismas peñas
los amargos acentos repetía.
Mas, ¿qué remedio, Amor, hay que no enseñas
para el dolor que causa tu agonía?
Uno sé me enseñaste, de tal suerte,
que hallé la vida do busqué la muerte.
El corazón, que su dolor desagua
por los ojos en lágrimas corrientes,
humor que hace en la amorosa fragua
que las ascuas se muestren más ardientes;
el cuerpo hizo que arrojase al agua
sin peligros mirar ni inconvenientes,
juzgando que alcanzaba honrosa palma
si llegaba a juntarse con su alma.
Arrojando las armas, arrojéme
al mar, en amoroso fuego ardiendo,
y otro Leandro con más luz tornéme,
pues iba aquella de tu luz siguiendo.
Cansábanse los brazos, y esforcéme,
por medio de la muerte y mar rompiendo,
porque vi que una fusta a mí volvía
por su interese y por ventura mía.
Un corvo hierro un turco echó, y asióme,
inútil presa, y con muy gran fatiga
al bajel enemigo al fin subióme,
y de mi historia no sé más qué diga.
Entre los suyos Cauralí contóme;
su mujer me persigue y mi enemiga,
él te persigue a ti. ¡Mira si es cuento
digno de admiración y sentimiento!
COSTANZA: Si tú a los ruegos de Halima
estás fuerte, cual espero,
yo me mostraré a la lima
de Cauralí duro acero,
impenetrable y de estima.
Aunque será menester,
para que nos dejen ver,
alivio de nuestro mal,
darles alguna señal
de amoroso proceder.
Rogóte a ti Cauralí
que me hablases, y Halima
me pidió que hablase a ti.
D. FERNANDO: Otra cosa me lastima
más que su pena.
COSTANZA: Y a mí.
D. FERNANDO: Pues rompan estos abrazos
sus designios en pedazos;
que, mientras esto se alcance,
no hay temer desvelo o trance,
pues tengo al cielo en mis brazos.
[Salen] CAURALÍ y HALIMA, y venlos abrazados
Aprieta, querida esposa,
que, en tanto que en este cielo
mi afligida alma reposa,
no hay mal que me dé en el suelo
la Fortuna rigurosa.
CAURALÍ: ¡Oh perro! ¿Tú con mi esclava?
¿Cómo el cielo no te acaba?
HALIMA: ¡Perra! ¿Tú con mi cautivo?
¿Cómo sin matarte vivo?
¡Esto es lo que yo esperaba,
CAURALÍ: ¡Perro!
HALIMA: ¡Perra!
CAURALÍ: ¡Perro!
HALIMA: Desta perra es la maldad;
que no nació dél el yerro.
CAURALÍ: Dél nació, y esto es verdad,
y sé bien que no me yerro.
¡Yo os sacaré el corazón,
perro!
HALIMA: ¡Perra, esta traición
me pagarás con la vida!
D. [FERNANDO]: ¡Oh, cuán mal está entendida,
señores, nuestra intención!
Aquel abrazo que viste,
Costanza a ti le enviaba.
CAURALÍ: ¿Qué dices?
D. [FERNANDO]: Lo que oyes, triste.
COSTANZA: En tu nombre se fraguaba
el favor que interrumpiste.
¡Colérica eres, a fe!
D. [FERNANDO]: Esto entiende y esto cree.
HALIMA: ¿Qué dices, amiga mía?
COSTANZA: Si éste se perdió, otro día
otros cuatro cobraré.
CAURALÍ: ¿Es lo que has dicho verdad?
D. [FERNANDO]: Pues, ¿a qué te he de mentir?
CAURALÍ: Ten cierta tu libertad.
HALIMA: Más os pudiera reñir
este amor o liviandad;
pero déjolo hasta ver
si proseguís en hacer
esto que he visto y no creo.
CAURALÍ: Halima, en mil cosas veo
que eres prudente mujer,
y más en esto; que pienso
que éstos, cual nuevos cristianos,
dieron a su gusto el censo;
que a cautivos y paisanos,
les da el verse gusto inmenso;
y, como solos se hallaron,
sus penas comunicaron.
HALIMA: Y aun las ajenas también.
CAURALÍ: Esto no me suena bien.
COSTANZA: Entrambos adivinaron.
CAURALÍ: ¿Por ventura sabe Halima
cosa desto?
HALIMA: ¿Por ventura
a Cauralí le lastima
tu amor?
COSTANZA: ¡Aqueso es locura!
D. [FERNANDO]: Tal sospecha no te oprima,
COSTANZA: Señora, vive contenta
y sin sospecha en tu daño.
CAURALÍ: Fácil se cae en un engaño.
COSTANZA: Y tarde se alza una afrenta.
CAURALÍ: Haz cuanto puedes y sabes.
HALIMA: No te descuides en nada.
CAURALÍ: Bien es tu cólera acabes.
HALIMA: Tenla ya por acabada.
Entra y dame aquellas llaves.
[Vanse] HALIMA y COSTANZA
CAURALÍ: Tú vente al Zoco conmigo.
D. [FERNANDO]: ¡Amor, puesto que te sigo
con el alma y con los pasos,
tus enredos y tus pasos
bendigo en parte y maldigo!
[Vanse. Salen] JUANICO y FRANCISQUITO, trompando con un trompo
FRANCISQUITO: Tú, que turbas mi quietud,
porque los sollozos rompo
que nacen de tu virtud,
¿has visto más lindo trompo,
ansí Dios te dé salud?
JUANICO: Deja de echar esos lazos,
que otros de más embarazos
esperan nuestras gargantas.
FRANCISQUITO: ¿Pues desto, hermano, te espantas?
Yo los haré mil pedazos.
No pienses que he de ser moro,
por más que aqueste inhumano
me prometa plata y oro,
que soy español cristiano.
JUANICO: Eso temo y eso lloro.
FRANCISQUITO: Como tengo pocos días,
de mi valor desconfías.
JUANICO: Ansí es.
FRANCISQUITO: Pues imagina
que tengo fuerza divina
contra humanas tiranías.
No sé yo quién me aconseja
con voz callada en el pecho,
que no la siento en la oreja,
y de morir satisfecho
y con gran gusto me deja;
dícenme, y yo dello gusto,
que he de ser un nuevo Justo
JUANICO: Hazlo ansí, divino amor,
que con tu querer me ajusto.
Deja aquesta niñería
del trompo, ¡por vida mía!,
y repasemos los dos
las oraciones de Dios.
FRANCISQUITO: Bástame el Avemaría.
JUANICO: ¿Y el Padrenuestro?
FRANCISQUITO: También.
JUANICO: ¿Y el Credo?
FRANCISQUITO: Séle de coro.
JUANICO: ¿Y la Salve?
FRANCISQUITO: ¡Aunque me den
dos trompos, no seré moro!
JUANICO: ¡Qué niñería!
FRANCISQUITO: Pues bien:
¿Piensa[s] que me estoy burlando?
JUANICO: Estamos cosas tratando
como si fuésemos hombres,
¿y es bien que el trompo aquí nombres?
FRANCISQUITO: ¿[He de] estar siempre llorando?
Mi fe, hermano, tened cuenta
con vos, y mirad no os hunda
de Mahoma la tormenta;
que yo encubro en esta funda
un alma de Dios sedienta;
y ni el trompo, ni el cordel,
ni las fuentes que en Argel
y en sus contornos están,
mi sed divina hartarán,
ni se ha de hartar sino en él.
Y así, os digo, hermano mío;
que, por ver mis niñerías,
no penséis que estoy sin brío,
porque en las entrañas mías
no hay lugar de Dios vacío.
Tened cuidado de vos,
y encomendaos bien a Dios
en la afrenta que amenaza;
si no, yo saldré a la plaza
a pelear por los dos.
Tengo yo el Ave María
clavada en el corazón,
y es la estrella que me guía
en este mar de aflicción
al puerto del alegría.
JUANICO: Dios en tu lengua se mira,
y por eso no me admira
el ver que hables tan alto.
FRANCISQUITO: No os turbará sobresalto
si en ella ponéis la mira.
JUANICO: ¡Ay de nosotros, que viene
el Cadí con su porfía!
Mostrar ánimo conviene.
FRANCISQUITO: Acude al Ave María;
verás qué fuerzas que tiene.
[Sale] el CADÍ y el CARAHOJA, amo del desorejado
CADÍ: Pues, hijos, ¿en qué entendéis?
JUANICO: En trompear, como veis,
mi hermano, señor, entiende.
CARAHOJA: Es niño y, en fin, atiende
a su edad.
CADÍ: Y vos, ¿qué hacéis?
JUANICO: Rezando estaba.
CADÍ: ¿Por quién?
JUANICO: Por mí, que soy pecador.
CADÍ: Todo aqueso esta muy bien.
¿Qué rezábades?
JUANICO: Señor,
lo que sé.
FRANCISQUITO: Respondió bien.
Rezaba el Ave María.
Trompa FRANCIS[QUIT]O
CADÍ: Dejar el trompo podría
delante de mí, Bairán.
FRANCISQUITO: ¡Buen nombre puesto me han!
CARAHOJA: Todo aquello es niñería.
CADÍ: Este rapaz me da pena.
Deja, Bairán, la porfía,
que a gran daño te condena.
¿Qué dices?
FRANCISQUITO: Ave María.
CADÍ: ¿Qué respondes?
FRANCISQUITO: Gracia plena.
CARAHOJA: Este mayor es maestro
del menor.
JUANICO: Yo no le muestro:
que él, por sí, habilidad tiene.
FRANCISQUITO: ¡Oh, cuán de molde que viene
decir aquí el Padrenuestro!
JUANICO: Pues faltan los de la tierra,
bien es acudir al cielo.
¿Dó nuestro padre se encierra?
FRANCISQUITO: A su tiempo llamarélo.
JUANICO: Ya se comienza la guerra.
FRANCISQUITO: Porque todo al justo cuadre,
lo postrero que mi madre
me enseñó quiero decir,
que es bueno para el morir.
CADÍ: ¿Qué has de decir?
FRANCISQUITO: Creo en Dios Padre.
CADÍ: ¡Por Alá, que a su rüina
me dispongo!
FRANCISQUITO: ¿Ya os turbáis?
Pues si es que aquesto os indina,
¿qué hará cuando me oyáis
decir la Salve Regina?
Para vuestras confusiones,
todas las cuatro oraciones
sé, y sé bien que son escudos
a tus alfanjes agudos
y a tus torpes invenciones.
CARAHOJA: Con no más de alzar el dedo
y decir: "Ilá, ilalá",
te librarás deste miedo.
FRANCISQUITO: En la cartilla no está
eso, que decir no puedo.
JUANICO: Ni quiero, has de añadir.
FRANCISQUITO: Ya yo lo iba a decir.
CADÍ: ¡Esto es cansarnos en balde!
Éste, a mi instancia llevadle,
y estotro, que han de morir.
Arroja el trompo y desnúdase [FRANCISQUITO]
FRANCISQUITO: ¡Ea!, vaya el trompo afuera,
y este vestido grosero,
que me vuelve el alma fiera,
y es bien que vaya ligero
quien se atreve a esta carrera.
¡Ea!, hermano, sed pastor
con esfuerzo y con valor,
que tras vos irá con gusto
un pecadorcito justo
por la gracia del Señor!
¡Ea!, tiranos feroces,
mostrad vuestras manos listas,
y bien agudas las hoces,
para segar las aristas
destas gargantas y voces;
que en esta estraña porfía,
adonde la tiranía
toda su rabia convoca,
no sacaréis de mi boca
sino...
JUANICO: ¿Qué?
CARAHOJA: Entremos, que ya el regalo
les hará mudar de intento
más que el azote y el palo.
CADÍ: Por cien mil señales siento
que va mi partido malo;
que el mayor es en extremo
callado y sagaz. ¡Blasfemo
seré del mismo Mahoma,
si estos rapaces no doma!
FRANCISQUITO: ¿No le temes?
JUANICO: No le temo.
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
JORNADA TERCERA
Salen [el] GUARDIÁN bají y otro MORO
GUARDIÁN: Por diez escudos no daré mi parte.
Sentaos y no dejéis entrar alguno,
si no pagan dos ásperos muy buenos.
MORO: La Pascua de Natal, como ellos llaman,
venticinco ducados se llegaron.
GUARDIÁN: Los españoles, por su parte, hacen
una brava comedia.
MORO: Son saetanes;
los mismos diablos son; son para todo.
Ya descuelgan cristianos a su misa.
[Salen] Vivanco, don FERNANDO, don LOPE, el SACRISTÁN, el [VIEJO] padre de los niños; trae Don FERNANDO los calzones del SACRISTÁN
D. FERNANDO: Veislos aquí, que no me los he puesto;
antes Costanza les echó un remiendo
en parte do importaba, y de su mano.
SACRISTÁN: De molde vienen para la comedia;
agora me los chanto. ¡Sus, entremos!
GUARDIÁN: ¿Adónde vais, cristiano?
[VIEJO]: Yo, a oír misa.
MORO: Pues paga.
[VIEJO]: ¿Cómo, paga? ¿Aquí se paga?
GUARDIÁN: ¡Bien parece que es nuevo el padre viejo!
MORO: Dos ásperos, o apártate, camina.
[VIEJO]: No los tengo, por Dios.
MORO: Pues ve y ahórcate.
D. LOPE: Yo pagaré por él.
MORO: Eso en buen hora.
SACRISTÁN: Fende, déjeme entrar, y este pañuelo,
que no ha media hora que hurté a un judío,
tome por prenda, o déme lo que vale,
que lo daré no más de por el costo,
o muy poquito más.
GUARDIÁN: Con otros cuatro
quedas muy bien pagado.
SACRISTÁN: Vengan, y entro.
[MORO:] ¡Ea!, acudid a entrar, que se hace tarde.
Con los del rey, yo apostaré que pasen
de dos mil los que están en el banasto.
Entremos a mirar desde la puerta
cómo dicen su misa, que imagino
que tienen grande música y concierto.
GUARDIÁN: Poneos tras el postigo, y veréis todo
cuanto hacen los cristianos en el patio,
MORO: Ya los he visto.
Hoy dicen que tornó a vivir su Cristo.
[Vanse]. Salen al teatro todos los cristianos que haya, y OSORIO entre ellos, y el SACRISTÁN, puestos los calzones que le dio Don FERNANDO
OSORIO: Misterio es éste no visto.
Veinte religiosos son
los que hoy la Resurreción
han celebrado de Cristo
con música concertada,
la que llaman contrapunto.
Argel es, según barrunto,
arca de Noé abreviada:
aquí están de todas suertes,
oficios y habilidades,
disfrazadas calidades.
VIVANCO: Y aun otra cosa, si adviertes,
que es de más admiración,
y es que estos perros sin fe
nos dejen, como se ve,
guardar nuestra religión.
Que digamos nuestra misa
nos dejan, aunque en secreto.
OSORIO: Más de una vez, con aprieto
se ha celebrado y con prisa;
que una vez, desde el altar,
al sacerdote sacaron
revestido, y le llevaron
por las calles del lugar
arrastrando; y la crueldad
fue tal que con él se usó,
que en el camino acabó
la vida y la libertad.
Mas dejémonos de aquesto,
y a nuestra holgura atendamos,
pues que nos dan nuestros amos
hoy lugar para hacer esto.
De nuestras Pascuas tenemos
los primeros días por nuestros.
D. LOPE: ¿Y qué? ¿Hay músicos?
OSORIO: Y diestros;
los del Cadí llamaremos.
VIVANCO: Aquí están.
OSORIO: Y aquél que ayuda
al coloquio ya está aquí.
D. FERNANDO: ¡Bien cantan los del Cadí!
OSORIO: Antes que más gente acuda,
el coloquio se comience,
que es del gran Lope de Rueda,
impreso por Timoneda,
que en vejez al tiempo vence.
No pude hallar otra cosa
que poder representar
más breve, y sé que ha de dar
gusto, por ser muy curiosa
su manera de decir
en el pastoril lenguaje.
VIVANCO: ¿Hay pellicos?
OSORIO: De ropaje
humilde; y voime a vestir.
VIVANCO: ¿Quién canta?
OSORIO: Aquí el sacristán,
que tiene donaire en todo.
VIVANCO: ¿Hay loa?
OSORIO: ¡De ningún modo!
[Vanse] OSORIO y el SACRISTÁN
VIVANCO: ¡Oh, qué mendigos están!
En fin: comedia cautiva,
pobre, hambrienta y desdichada,
desnuda y atarantada.
D. LOPE: La voluntad se reciba.
[Sale] CAURALÍ
CAURALÍ: Sentaos, no os alborotéis,
que vengo a ver vuestra fiesta.
D. FERNANDO: Quisiera que fuera ésta,
fe[n]de, cual la merecéis.
D. LOPE: Aquí os podéis asentar,
que yo me quedaré en pie.
CAURALÍ: No, no, amigo, siéntate,
que salen a comenzar.
D. LOPE: Ya salen; sosiego y chite,
que cantan.
VIVANCO: Mejor sería
que llorasen.
D. FERNANDO: Este día
lágrimas no las permite.
Canten lo que quisieren
VIVANCO: La música ha sido hereje;
si el coloquio así sucede,
antes que la rueda ruede,
se rompa el timón y el eje.
En acabando la música, dice el SACRISTÁN (Todo cuanto dice agora el SACRISTÁN, lo diga mirando al soslayo a CAURALÍ)
SACRISTÁN: ¿Qué es esto? ¿Qué tierra es ésta?
¿Qué siento? ¿Qué es lo que veo?
De réquiem es esta fiesta
para mí, pues un deseo
más que mortal me molesta.
¿Dónde se encendió este fuego,
que tiene, entre burla y juego,
el alma ceniza hecha?
De Mahoma es esta flecha,
de cuya fuerza reniego.
Como cuando el sol asoma
por una montaña baja,
y de súbito nos toma
y con su vista nos doma
nuestra vista y la relaja;
como la piedra balaja,
que no consiente carcoma,
tal es el tu rostro, Aja,
dura lanza de Mahoma,
que las mis entrañas raja.
CAURALÍ: ¿Es esto de la comedia,
o es bufón este cristiano?
SACRISTÁN: Si mi dolor no remedia
su bruñida y blanca mano,
todo acabará en tragedia.
¡Oh mora la más hermosa,
más discreta y más graciosa
que la fama nos ofrece,
desde do el alba amanece
hasta donde el sol reposa!,
Dice esto mirando a CAURALÍ
Mahoma en su compañía
te tenga siglos sin cuento.
CAURALÍ: ¿Este perro desvaría,
o entra aquesto en el cuento
de la fiesta deste día?
D. FERNANDO: Calla, Tristán, y ten cuenta,
porque ya se representa
el coloquio.
SACRISTÁN: Sí haré;
pero no sé si podré,
según el diablo me tienta.
Sale GUILLERMO, pastor
GUILLERMO:
Si el recontento que trayo,
venido tan de rondón,
no me le abraza el zurrón,
¿cuales nesgas pondré al sayo,
y qué ensanchas al jubón?
SACRISTÁN: ¡Vive Dios, que se me abrasa
el hígado, y sufro y callo!
GUILLERMO: Si es que esto adelante pasa,
muy mejor será dejallo.
SACRISTÁN: ¿Quién encendió aquesta brasa?
D. LOPE: Tristán, amigo, escuchad,
pues sois discreto, y callad,
que ésa es grande impertinencia.
SACRISTÁN: Callaré y tendré paciencia.
[GUILLERMO]: ¿Comienzo?
D. LOPE: Sí, comenzad.
GUILLERMO: Si el recontento que trayo,
venido tan de rondón,
no me lo abraza el zurrón,
¿cuales nesgas pondré al sayo,
o qué ensanchas al jubón?
Y si, al contarlo estremeño,
con un donaire risueño,
ayer me miró Costanza,
¿qué turba habrá ya o mudanza
que no le pase por sueño?
Esparcíos, las mis corderas,
por las dehesas y prados;
mordey sabrosos bocados,
no temáis las venideras
noches de nubros airados;
antes os and[áis] exentas,
brincando de recontentas.
No os aflija el ser mordidas
de las lobas desambridas,
tragantonas, malcontentas;
y, al dar de los vellocinos,
venid simpres, no ronceras,
rumiando por las laderas,
a jornaleros vecinos,
o al corte de sus tijeras;
que el sin medida contento,
cual no abarca el pensamiento,
os librará de lesión,
si al dar del branco vellón
barruntáis el bien que siento.
Mas, ¿quién es este cuitado
que asoma acá entellerido,
cabizbajo, atordecido,
barba y cabello erizado,
SACRISTÁN: ¿Quién ha de ser? Yo soy, cierto,
el triste y desventurado,
vivo en un instante y muerto,
de Mahoma enamorado.
................... [-erto].
CAURALÍ: ¡Echadle fuera a este loco!
SACRISTÁN: ¡Tu divina boca invoco,
Ajá, de mil azahares,
boca de quitapesares
a quien desde lejos toco!
CAURALÍ: ¡Dejádmele!
D. FERNANDO: No, señor,
que cuanto dice es donaire,
y es bufón el pecador.
SACRISTÁN: ¡Dios de los vientos! ¿No hay aire
para templar tanto ardor?
GUILLERMO: ¡Ya es mucha descortesía
y mucha bufonería!
¡Échenle ya, y déjenos!
SACRISTÁN: Yo me voy. ¡Quédate a Dios,
argelina gloria mía!
GUILLERMO: ¿Dónde quedé?
VIVANCO: No sé yo.
D. LOPE: Mas, ¿quién es este cuitado...?,
fue el verso donde paró.
D. FERNANDO: Los calzones han obrado.
GUILLERMO: ¿Vuelvo a comenzar?
D. FERNANDO: No, no;
no nos turben a deshora.
Prosigue el coloquio ahora.
Un MORO dice desde arriba
MORO: ¡Cristianos, estad alerta;
cerrad del baño la puerta!
GUILLERMO: ¡Vengas, perrazo, en mal hora!
MORO: ¡Abrid aquese cristiano,
que va herido, y cerrad presto!
CAURALÍ: ¡Válame Alá! ¿Qué es aquesto?
MORO: ¡Oh santo Alá soberano!
Dos han muerto, y del rey son.
¡Oh crueldad jamás oída!
A todos quitan la vida
sin ninguna distinción.
[Sale] un CRISTIANO herido, y otro [CRISTIANO] sin herir
D. FERNANDO: Pasad, hermano, adelante.
¿Quién os ha herido?
CRISTIANO [1]: Un archí.
D. FERNANDO: ¿La causa?
CRISTIANO [1]: Ninguna di.
VIVANCO: ¿Es la herida penetrante?
CRISTIANO [1]: No sé; con manera fue,
y será mortal, sin duda.
CRISTIANO [2]: Otra traigo yo más cruda,
y en parte do no se ve.
CAURALÍ: ¿No dirás qué es esto, Alí?
MORO: Grande armada han descubierto
por la mar.
D. FERNANDO: ¿Y aqueso es cierto?
¿Vaste, fende Cauralí?
Vase CAURALÍ
MORO: Y los jenízaros matan
si encuentran algún cautivo,
o con furor duro esquivo
malamente le maltratan;
y aquestas voces que oís
las dan judíos, de miedo.
GUILLERMO: ¡Todo el mundo se esté quedo!
Yo creo, Alí, que mentís,
pues no ha mucho que en España
no había ninguna nueva
de armada.
MORO: Pues esta prueba
os desmiente y desengaña;
que a fe que dicen que asoman
más de trecientas galeras,
con flámulas y banderas,
y que el rumbo de Argel toman.
GUILLERMO: Quizá por encant[a]mento
aquesta armada se ha hecho.
[Sale] el GUARDIÁN Bají
GUARDIÁN: ¡El corazón en el pecho
no cabe, y de ira reviento!
OSORIO: Pues, ¿qué hay, fendi?
GUARDIÁN: Yo me alisto
a contar la crueldad,
igual de la necedad
mayor que jamás se ha visto.
Salió el sol esta mañana,
y sus rayos imprimieron
que, aunque han mentido, las creo.
Una armada figuraron
que venía a vela y remo
por el sesgo mar apriesa,
a tomar en Argel puerto.
Tan claramente descubren
los ojos que la están viendo,
de las fingidas galeras
las proas, popas y remos,
que hay quien afirme y quien jure
que del cómitre y remero
vio el mandar y obedecer
hacerse todo en un tiempo.
Tal hay que dice haber visto
a vuestro profeta muerto
en la gavia de una nave,
en una bandera puesto.
Muestra tan al vivo el humo
su vano y escuro cuerpo,
y tan de cerca perciben
los oídos fuego y truenos,
que, por temor de las balas,
más de cuatro se pusieron
a abrazar la madre tierra:
tal fue el miedo que tuvieron.
Por estas formas que el sol
ha con sus rayos impreso
en las nubes, ha en nosotros
otras mil formado el miedo.
Pensamos que ese don Juan,
cuyo valor fue el primero
que a la otomana braveza
tuvo a raya y puso freno,
venía a dar fin honroso
al desdichado comienzo
que su valeroso padre
comenzó en hado siniestro.
Los jenízaros archíes,
que están siempre zaques hechos,
dieron en matar cautivos,
por tener contrarios menos;
y si acaso el sol tardara
de borrar sus embelecos,
no estábades bien seguros
cuantos estáis aquí dentro.
Veinte y más son los heridos,
y más de treinta los muertos.
Ya el sol deshizo la armada;
volved a hacer vuestros juegos.
OSORIO: ¡Mal podremos proseguir
tan sangrientos pasatiempos!
CRISTIANO [2]: Pues escuchad otra historia
más sangrienta y de más peso.
El Cadí, como sabéis,
tiene en su poder a un niño
de tiernos y pocos años,
el cual se llama Francisco.
Ha puesto toda su industria,
su autoridad y jüicio,
mil promesas y amenazas,
mil contrapuestos partidos,
para que de bueno a bueno
esta prenda del bautismo
se deje circuncidar
por su gusto y su albedrío.
Su industria ha salido vana;
su jüicio no ha podido
imprimir humanas trazas
en este pecho divino.
Por esto, según se entiende,
como afrentado y corrido,
su luciferina rabia
hoy ha esfogado en Francisco.
Atado está a una coluna,
hecho retrato de Cristo,
de la cabeza a los pies
en su misma sangre tinto.
Témome que habrá espirado,
porque tan crüel martirio
mayores años y fuerzas
no le hubieran resistido.
[VIEJO]: ¡Dulce mitad de mi alma,
ay de mis entrañas hijo,
detened la vida en tanto
que os va a ver este afligido!
¡En la calle de Amargura,
perezosos pies, sed listos;
veré en su ser a Pilatos
y en figura veré a Cristo!
Vase el [VIEJO] padre
[CRISTIANO] 2: ¿Éste es su padre, señores?
D. [FERNANDO]: Su padre es este mezquino,
hidalgo y muy buen cristiano,
y somos de un pueblo mismo.
Acábense nuestras fiestas,
cesen nuestros regocijos,
que siempre en tragedia acaban
las comedias de cautivos.
[Vanse] todos. Salen ZAHARA, HALIMA y COSTANZA
HALIMA: Tu padre me rogó, amiga,
que viniese en un momento
a componerte.
ZAHARA: ¡Su intento
todo el cielo le maldiga!
HALIMA: ¿Pues cásaste con un rey
y muéstraste desabrida?
Y más, que es cosa sabida
que es gentilhombre Muley.
Sin duda que estás prendada
en otra parte.
ZAHARA: No hay prenda
que me halague ni me ofenda,
porque de amor no sé nada.
HALIMA: Pues esta noche sabrás,
en la escuela de tu esposo,
que es amor dulce y sabroso.
ZAHARA: ¡Amargas nuevas me das!
HALIMA: ¡Qué melindrosa señora!
ZAHARA: No es melindre, sino enfado:
que había determinado
no casarme por ahora,
hasta que el cielo me diese
con otro compás mi suerte.
HALIMA: Calla, que reina has de verte.
ZAHARA: No aspiro a tanto interese.
Con otro estado menor,
con mayor gusto estaría.
HALIMA: Yo juro por vida mía,
Zara, que tenéis amor.
Ahora bien, mostrad las perlas
que tenéis, que quiero ver
cuántos lazos podré hacer.
ZAHARA: Allí dentro podrás verlas.
Éntrate, y déjame un poco,
que quiero hablar con Costanza.
HALIMA: ¡Vos gustaréis de la danza
antes de mucho y no poco!
[Vase] HALIMA
COSTANZA: Dime, señora, qué es esto.
¿Tanto te enfada el casarte,
y con un rey?
ZAHARA: No hay contarte
tantas cosas y tan presto.
COSTANZA: ¿De dónde el enfado mana
que muestras tan importuno?
ZAHARA: Pasito, no escuche alguno.
¡Soy cristiana, soy cristiana!
COSTANZA: ¡Válame Santa María!
ZAHARA: Esa Señora es aquella
que ha de ser mi luz y estrella
en el mar de mi agonía.
COSTANZA: ¿Quién te enseñó nuestra ley?
ZAHARA: No hay lugar en que lo diga.
Cristiana soy; mira, amiga,
qué me sirve el moro rey.
Di: ¿conoces, por ventura,
a un cautivo rescatado
que es caballero y soldado?
COSTANZA: ¿Cómo ha nombre?
ZAHARA: Mal segura
estoy aquí, y con temor
de algún desgraciado encuentro.
COSTANZA: Pues entrémonos adentro.
ZAHARA: Sin duda, será mejor.
[Vanse]. Salen el rey [HAZÁN], el CADÍ, [y] el GUARDIÁN Bají
CADÍ: ¡Extraño caso ha sido!
[HAZÁN]: Y tan extraño
que no sé si jamas le ha visto el mundo.
CADÍ: Ya se han visto en el aire muchas veces
formados escuadrones espantables
de fantásticas sombras, y encontrarse
con todo el artificio y maestría
que en la mitad de una campaña rasa
se suelen embestir los verdaderos;
las nubes han llovido sangre y malla,
y pedazos de alfanjes y de escudos.
[HAZÁN]: Esos llaman prodigios los cristianos,
que suelen parecer algunas veces;
pero que acaso, y sin misterio alguno,
del sol los rayos, que en las nubes topan,
hayan formado así tan grande armada,
nunca lo oí jamás.
GUARDIÁN: Yo así lo digo;
pues a fe que te cuesta la burleta
más de treinta cristianos.
[HAZÁN]: No hace al caso;
mas que pasaran a cuchillo todos.
CADÍ: Quitóme el sobresalto de las manos
el corbacho y la furia.
[HAZÁN]: ¿Qué hacías?
CADÍ: Azotaba a un cristiano...
[HAZÁN]: ¿Por qué causa?
CADÍ: Es de pequeña edad, y no es posible
que regalos, promesas ni amenazas
le puedan volver moro.
[HAZÁN]: ¿Es, por ventura,
el muchacho español del otro día?
CADÍ: Aquese mismo es.
[HAZÁN]: Pues no te canses,
que es español, y no podrán tus mañas,
tus iras, tus castigos, tus promesas,
a hacerle torcer de su propósito.
¡Qué mal conoces la canalla terca,
porfiada, feroz, fiera, arrogante,
pertinaz, indomable y atrevida!
Antes que moro, le verás sin vida.
[Sale] un MORO asido de un [CRISTIANO] cautivo
¿Que ha hecho este cristiano?
MORO: En este punto,
en una extraña y nunca vista barca,
casi una legua al mar, en este punto
le acabé de coger.
[HAZÁN]: Pues, ¿de qué modo
era la barca extraña?
MORO: Era una balsa
hecha de canalejas, sustentada
sobre grandes y muchas calabazas,
y él, puesto en medio en pie, de árbol servía,
y sus brazos, de entena, en cuyas manos
servía de vela una camisa rota.
[HAZÁN]: ¿Cuándo entraste en la barca?
CRISTIANO: A media noche.
[HAZÁN]: Pues, ¿cómo en tanto tiempo no pudiste
alejarte de tierra más espacio?
CRISTIANO: Sultán, no me servía de otra cosa
sino de no anegarme, y sólo iba
confïado en el cielo y en el viento
que, próspero y furioso arrebatado,
la mal formada barca la aportase
en cualquiera ribera de cristianos;
que ningún remo o vela fuera parte
a hacerla tomar curso ligero.
[HAZÁN]: ¡En fin, español eres!
CRISTIANO: No lo niego.
[HAZÁN]: Pues desto que no niegas yo reniego.
[Sale] el SACRISTÁN con un niño en las mantillas, fingido, y tras él el JUDÍO de la cazuela
¿Es aquésta otra barca?
JUDÍO: Este cristiano
me acaba de robar a este mi hijo.
CADÍ: ¿Para qué quiere el niño?
SACRISTÁN: ¿No está bueno?
Para que le rescaten, si no quieren
que le críe y enseñe el Padrenuestro.
¿Qué decís vos, Raquel o Sedequías,
Fares, Sadoc, o Zabulón o diablo?
JUDÍO: Este español, señor, es la rüina
de nuestra judería; no hay en ella
cosa alguna segura de sus uñas.
[HAZÁN]: Di: ¿no eres español?
SACRISTÁN: ¿Ya no lo sabes?
[HAZÁN]: ¿Quién es tu amo?
SACRISTÁN: El dabají Morato.
[HAZÁN]: Tocadle, por mi vida.
CADÍ: Por la mía,
que tienes gran razón en lo que has dicho
de la canalla bárbara española.
[Sale] otro MORO con otro CRISTIANO, muy roto y llagadas las piernas
[HAZÁN]: ¿Quién es éste?
MORO: Español que se ha hüido
tantas veces por tierra, que con ésta
son veinte y una vez las de su fuga.
[HAZÁN]: Si diésemos audiencia cuatro días,
serían de españoles todos cuantos
se entrasen a quejar.
CADÍ: ¡Extraño caso!
[HAZÁN]: Pápaz, vuélvele el niño a este judío,
y no le hagan mal a este cristiano,
que, pues a tal peligro entregó el cuerpo,
en grande cuita debe estar su alma.
Y tú, ¿eres español?
CRISTIANO: Y de Valencia.
[HAZÁN]: Vuélvete, pues, a hüir, que si te vuelven,
yo te pondré en un palo.
SACRISTÁN: Señor, haga
que este puto judío dé siquiera
el jornal que he perdido por andarme
tras él para robarle este hideputa.
CADÍ: Bien dice; desembolse cuarenta ásperos
y délos al pápaz, que los merece.
SACRISTÁN: ¿Oye, amigo judío?
JUDÍO: Muy bien oigo;
mas no los tengo aquí.
SACRISTÁN: Vamos a casa.
CADÍ: Con españoles, esto y más se pasa.
[Vanse] todos, [quedando] el [VIEJO] padre solo
[VIEJO]: ¿Si osaré entrar allá dentro?
¡Oh temor impertinente!
¡Vamos; que no teme encuentro
piedra que naturalmente
va presurosa a su centro!
Córrese una cortina; descúbrese FRANCISQUITO, atado a una coluna en la forma que pueda mover a más piedad
FRANCISQUITO: ¿No me quieran desatar,
para que pueda, siquiera,
como es costumbre expirar?
[VIEJO]: No, que de aquesa manera
más a Cristo has de imitar.
Si vas caminando al cielo,
no has de sentarte en el suelo;
más ligero vas ansí.
FRANCISQUITO: ¡Oh padre, lléguese a mí,
que el velle me da consuelo!
¡Ya la muerte helada y fría
a dejaros me provoca
con su mortal agonía!
[VIEJO]: ¡Echa tu alma en mi boca,
para que ensarte la mía!
¡Ay, que expira!
FRANCISQUITO: ¡Adiós, que expiro!
[VIEJO]: ¡Dios, a quien tu intento aspira,
nos junte adonde yo aspiro!
¡Qué poco a poco respira,
ya dio el último suspiro!
¡Vete en paz, alma hermosa,
y al que te hizo dichosa,
pues ya le ves, pídele
que nos sustente en su fe
pura, santa, alegre, honrosa!
¡Quién supiese el muladar
adonde te han de enterrar,
reliquia pequeña y santa,
para que pueda mi planta
con mis lágrimas regar!
[Vase]. Aquí ha de salir la boda desta manera: HALIMA con un velo delante del rostro, en lugar de ZAHARA. Llévanla en unas andas en hombros, con música y hachas encendidas, guitarras y voces y grande regocijo, cantando los cantares que yo daré. Salen detrás de todos VIVANCO y don LOPE, y entre los moros de la música va OSORIO, el cautivo. Como acaban de pasar, pregunta don LOPE a OSORIO
D. LOPE: ¿Quién es esta novia!
OSORIO: Zara,
la hija de Agimorato.
D. LOPE: ¡No es posible!
OSORIO: ¡Cosa es clara!
VIVANCO: Su rostro y el aparato
de la boda lo declara.
OSORIO: Por Dios, señores, que es ella,
y que es la mora más bella
y rica de Berbería!
D. LOPE: Por el velo que traía
no podimos conocella.
OSORIO: Muley Maluco es su esposo,
el que pretende ser rey
de Fez, moro muy famoso,
y en su secta y mala ley
es versado y muy curioso;
sabe la lengua turquesca,
la española y la tudesca,
italïana y francesa;
duerme en alto, come en mesa,
sentado a la cristianesca;
sobre todo, es gran soldado,
liberal, sabio, compuesto,
de mil gracias adornado.
D. LOPE: ¿Qué dices, amigo, desto?
VIVANCO: Que habemos bien negociado,
pues, siendo una caña vara,
y otro nuevo Moisén Zara
deste Egipto disoluto,
pasamos el mar enjuto
a gozar la patria cara.
OSORIO: Gasta en Pascuas el judío
su hacienda; en bodas, el moro;
el cristiano a su albedrío,
sigue en esto otro decoro,
de todo gusto vacío,
porque en pleitos le da cabo.
[Sale] ZAHARA a la ventana
ZAHARA: ¡Ce, hola, cristiano esclavo!
OSORIO: ¡Adiós, señores, que quiero,
hasta el término postrero
ver esto!
D. LOPE: Tu gusto alabo.
ZAHARA: ¡Cristiano o moro enemigo!
VIVANCO: ¿Quién nos llama?
ZAHARA: Quien merece
que le oyáis.
que esta Zara me parece
en la voz!
VIVANCO: Yo ansí lo digo,
ZAHARA: Decidme qué cosa es ésta
deste regocijo y fiesta.
D. LOPE: Con Zara, la desta casa,
Muley Maluco se casa.
ZAHARA: Desvarïada respuesta.
D. LOPE: Y allí va sobre unas andas
con música y vocería.
Mira si otra cosa mandas.
ZAHARA: Ya veo, Lela María,
cómo en mis remedios andas.
D. LOPE: ¿Eres Zara?
ZAHARA: Zara soy.
Tú, ¿quién eres?
D. LOPE: ¡Loco estoy!
ZAHARA: ¿Qué dices?
D. LOPE: Que soy, señora,
un tu esclavo que te adora.
Soy don Lope.
ZAHARA: A abrirte voy.
Quítase de la ventana y baja a abrir
VIVANCO: De misterio no carece
estar Zara aquí y allí.
D. LOPE: Este bien su fe merece,
y el estar tan sola aquí
la admiración en mí crece;
adonde hay tanto criado,
tal soledad se ha hallado;
todo es milagro y ventura.
VIVANCO: El regocijo y holgura
de la boda lo ha causado.
Quien le hace parecer
en lugares diferentes
muy más que esto puede hacer,
por quitar inconvenientes
al bien que ha de suceder.
Sale ZA[HA]RA
¿Vesla, don Lope, a dó asoma?
Mira si es bien que a Mahoma
este tesoro quitemos.
D. LOPE: ¡Oh extremo de los extremos
de amor que la almas doma!
¡Salud de mi enfermedad,
de mi prisión libertad,
de mi muerte alegre vida,
crédito de mi verdad,
archivo donde se encierra
toda la paz de mi guerra,
sol que alumbra mis sentidos,
luz que a míseros perdidos
los encamina a su tierra,
vesme aquí a tus pies postrado,
más tu esclavo y más rendido
que cuando estaba aherrojado;
por ti ganado y perdido,
preso y libre en un estado;
dame tus pies sobrehumanos
y tus alejandras manos,
donde mis labios se pongan!
ZAHARA: No es bien que se descompongan
con moras labios cristianos.
Por mil señales has visto
cómo yo toda soy tuya,
no por ti, sino por Cristo,
y así, en fe de que soy suya,
estas caricias resisto;
para otro tiempo las guarda,
que ahora, que se acobarda
el alma con mil temores,
comedimientos y amores
mal los atiende y aguarda.
¿Cuándo te partes a España,
y cuándo piensas volver
por quien queda y te acompaña?
¿Cuándo fin has de poner
a tan glorïosa hazaña?
¿Cuando volverán tus ojos
a ver los moros despojos
que ser cristianos desean?
¿Cuándo en verte harás que vean
fin mis temores y enojos?
D. LOPE: Mañana me partiré;
dentro de ocho días, creo,
señora, que volveré;
que a la cuenta del deseo,
que han de ser siglos bien sé.
En el jardín estarás
del tu padre, a do verás
mi fe y palabra cumplida,
si me costase la vida
que con tu vista me das.
Y no te asalte el recelo
que te he de faltar en esto,
pues no ha de querer el cielo,
negar su ayuda en el suelo.
Cristiano y español soy,
y caballero, y te doy
mi fe y palabra de nuevo
de hacer lo que en esto debo.
ZAHARA: Asaz satisfecha estoy;
pero, si me quieres bien,
porque quede más segura,
júrame por Marién.
D. LOPE: ¡Juro por la Virgen pura,
y por su Hijo también,
de no olvidarte jamás
y de hacer lo que verás
en mi gusto y tu provecho!
ZAHARA: ¡Grande juramento has hecho!
Basta; no me jures más.
VIVANCO: ¿Qué es lo que tu padre dice
desto de tu casamiento
con Muley Maluco?
ZAHARA: Hice
esta noche un sentimiento,
con que la boda deshice.
Hoy me mandó aderezar
para haberme de llevar
esta noche a ser esposa;
vino, y hallóme llorosa;
fuese sin quererme hablar,
y por toda la ciudad
se suena que me desposo
esta noche.
VIVANCO: Así es verdad.
D. LOPE: ¡Éste es caso milagroso!
No la apuréis más; callad.
Dame tus manos, señora,
hasta que llegue la hora
que con abrazos las des.
ZAHARA: No, sino dame tus pies,
que eres cristiano y yo mora.
Vete en paz, que yo, entre tanto
que vas y vuelves, haré
plegarias al cielo santo
con las voces de mi fe
y lágrimas de mi llanto,
rogándole que tranquile
el mar, que viento asutile
próspero y largo en tus velas,
que te libre de cautelas,
que en su fe mi ingenio afile.
Y, adiós, que no puedo más,
y mañana iré al jardín,
donde te espero.
deste principio buen fin.
ZAHARA: ¿Que me dejas y te vas?
D. LOPE: No puedo hacer otra cosa.
ZAHARA: ¿Llegará la venturosa
hora de volver a verte?
Vase ZA[HA]RA
D. LOPE: Sí llegará, si la muerte
no es, cual suele, rigurosa.
No será el irme cordura,
hasta ver el fin que tiene
aquesta boda en figura.
VIVANCO: El misterio que contiene,
mi buen suceso asegura.
[Vanse]. Descúbrese un tálamo donde ha de estar HALIMA, cubierta el rostro con el velo; danzan la danza de la morisca; haya hachas; esténlo mirando don LOPE y VIVANCO, y, en acabando la danza, entran dos MOROS
MORO 1: La fiesta cese, y a su casa vuelva
la bella Zara, que Muley lo ordena,
con prudencia admirable, desta suerte.
MORO 2: ¿Pues no pasa adelante el casamiento?
MORO 1: Sí pasa; pero quiere que entre tanto
que él va a cobrar su reino de Marruecos,
Zara se quede en casa de su padre,
entera y sin tocar; que deste modo
quedará más segura, y él espera
gozarla con sosiego allá en su reino,
a cuya empresa aún bien no habrá salido
el sol cuando se parta; que esta priesa
le dan dos mil jenízaros que lleva
en su campo, que ya sabes que marcha.
MORO 2: Si esto pensaba hacer, ¿para qué quiso
que el paseo de Zara se hiciese?
¿Qué dirá el pueblo? Pensará, sin duda,
que no quiere casarse ya con ella.
MORO 1: Diga lo que dijere, éste es su gusto,
y no hay sino callar y obedecelle;
y más, que Agimorato gusta dello.
[MORO] 2: ¿Ha de volver con pompa?
[MORO] 1: ¡Ni por pienso!
[MORO] 2: Vamos, pues, a volvella.
VIVANCO: ¡Oh Dios inmenso!
[Vanse] todos y ciérrase la cortina del tálamo; quedan en el teatro don LOPE y VIVANCO
¡ Grandes son tus misterios! Ya seguro
puedes partir, pues ves cuán fácilmente
esta fantasma y sombra se ha deshecho.
D. LOPE: Premisas son de nuestro buen suceso.
Yo me voy a embarcar; tened cuidado
de acudir al lugar donde os he dicho,
y de hacer nuevas señas cada noche
como pasen seis días, en los cuales
pienso poder volver, como deseo;
y procurad con maña y con aviso,
sin descubrir jamás vuestro designio,
que el padre de aquel mártir se recoja
en el jardín con otro algún amigo;
que si toca a Mallorca este navío
en que parto, bien será posible
que dentro de seis días vuelva a veros.
VIVANCO: Partid con Dios, que yo haré de suerte
que más de dos la libertad alcancen.
Las señas no se olviden. Abrazadme,
y ánimo, y diligencia, y Dios os guíe.
D. LOPE: De nadie este secreto se confíe.
[Vanse]. Sale[n] OSORIO y el SACRISTÁN
OSORIO: El cuento es más gracioso
que por jamás se ha oído:
que los judíos mismos
de su misma hacienda os rescatasen.
SACRISTÁN: Así como os lo cuento
ha sucedido el caso:
ellos me han rescatado
y dado libertad graciosamente.
Dicen que desta suerte
aseguran sus niños,
sus trastos y cazuelas,
y, finalmente, su hacienda toda.
Yo he dado mi palabra
de no hurtarles cosa
mientras me fuere a España,
y por Dios que no sé si he de cumplirla.
[Sale] un CRISTIANO
CRISTIANO: La limosna ha llegado
a Bujía, cristianos.
OSORIO: ¡Buenas nuevas son éstas!
¿Quién viene?
CRISTIANO: La Merced.
¿Y quién la trae a cargo?
CRISTIANO: Dícenme que un prudente
varón, y que se llama
fray Jorge de Olivar.
SACRISTÁN: ¡Venga en buen hora!
OSORIO: Un fray Rodrigo de Arce
ha estado aquí otras veces,
y es desa mesma Orden,
de condición real, de ánimo noble.
SACRISTÁN: Por lo menos, me ahorro
reverencias y ruegos,
gracias a Sedequías
y al rabí Netalim, que dio el dinero.
Si la esperanza es buena,
la posesión no es mala.
Muy bien está lo hecho;
venga cuando quisiere la limosna.
¡Oh campanas de España!,
¿cuándo entre aquestas manos
tendré vuestros badajos?
¿Cuándo haré el tic y toc o el grave empino?
¿Cuándo de los bodigos
que por los pobres muertos
ofrecen ricas viudas
veré mi arcaz colmado? ¿Cuándo, cuándo?
CRISTIANO: ¿Adónde vais agora?
OSORIO: Pidióle Agimorato
al Cadí que nos fuésemos
a su jardín por tres o cuatro días;
que con su hija Zara
y con la bella Halima,
de Cauralí consorte,
piensa pasar allí todo el verano.
CRISTIANO: Podrá ser que algún día
yo vaya a entretenerme
con vosotros un rato.
OSORIO: Serás bien recebido.
CRISTIANO: ¡Adiós, amigos!
Vase
SACRISTÁN: También, pues estoy libre,
iré yo, Osorio, a veros.
OSORIO: Pues lleva la guitarra,
y, si es posible, vente luego.
SACRISTÁN: Harélo.
[Vanse]. Salen HALIMA, ZA[HA]RA, COSTANZA, y al entrar se le cae a ZA[HA]RA un rosario, que lo alza HALIMA
HALIMA: ¿Cómo es esto, Zara amiga?
¿Cruz en tus cuentas?
COSTANZA: M[í]as son.
HALIMA: Si aquésta no es devoción,
no sé qué piense o qué diga.
ZAHARA: ¿Qué cosa es cruz?
HALIMA: Este palo
que sobre estotro atraviesa.
ZAHARA: Pues bien: ¿qué señal es ésa?
HALIMA: ¡No está el disimulo malo!
Es la señal que el cristiano
reverencia como a Alá.
COSTANZA: Señora, déjamela,
que es mía.
HALIMA: Tu intento es vano,
que a Zara se le cayó,
y yo lo vi por mis ojos.
ZAHARA: Eso no te cause enojos,
que Costanza me la dio
cuando estaba el otro día
en tu casa, y yo no sé
lo que es cruz.
COSTANZA: Ello ansí fue,
y fue inadvertencia mía
no quitalle esa señal.
Pero, ¿qué importa al decoro
de vuestro rezado moro?
ZAHARA: Gualá que no dice mal.
HALIMA: Con todo, quítala, hermana;
que si algún moro la ve,
dirá que guardas la fe,
en secreto, de cristiana.
[Salen] VIVANCO y don FERNANDO
VIVANCO: He fïado este secreto
de vos por ser caballero.
D. FERNANDO: Ser agradecido espero
al peso de ser secreto.
Éstas son Halima y Zara,
que yo las conozco bien.
VIVANCO: Nuestro negocio va bien.
HALIMA: Repara, amiga, repara,
que viene allí mi cristiano,
y en él viene un mi enemigo
a quien adoro y maldigo.
ZAHARA: ¿Qué dices?
HALIMA: No está en mi mano
disimular más.
COSTANZA: ¡Ay triste!
con él?
HALIMA: Quiérole hablar.
COSTANZA: En vano a amor se resiste.
ZAHARA: ¿Quiéresle bien?
HALIMA: La vergüenza
me perdone: adórole,
y él lo sabe, y yo no sé
cómo a su dureza venza.
ZAHARA: ¿Y no se humana contigo?
HALIMA: Costanza dice que sí;
pero yo siempre en él vi
asperezas de enemigo.
Llégate; dime, cristiano:
¿sabes que eres mi cautivo?
D. FERNANDO: Señora, sí, y sé que vivo
por ti.
HALIMA: ¿Pues cómo, inhumano?
¿Nunca te han dicho mis ojos
y la lengua de Costanza
que tienes de mi esperanza
en tu poder los despojos?
¿Has aguardado a que haga
de tanta gente en presencia
esta costosa experiencia,
descubriéndote mi llaga?
Mira qué fe desdichada,
que esto que llaman amor
ya es incendio, ya es furor,
cuando no repara en nada;
mira bien que podría ser,
si desprecias lo que digo,
hicieses, hombre, enemigo
de tan amiga mujer.
D. FERNANDO: Tres días pido no más
de plazo, señora mía,
para dar a tu porfía
el dulce fin que verás.
Vete con Dios al jardín
de Zara y allí me espera:
verás de tu pena fiera,
como he dicho, un dulce fin.
HALIMA: ¡Soy contenta!
ZAHARA: Y yo la mano
doy por él que ansí lo hará.
COSTANZA: ¡Muy bien negociado está!
HALIMA: Si has de venir, ve temprano.
ZAHARA: ¿Qué viento es éste que corre,
cristiano?
VIVANCO: Norte parece,
y en él la ventura ofrece
el que nos guía y socorre.
ZAHARA: ¿Fuese ya tu compañero
a España?
VIVANCO: Ya habrá seis días.
ZAHARA: ¿Solo sin él quedarías?
VIVANCO: Sí quedé; mas verle espero
con brevedad.
ZAHARA: ¿Qué tan presto?
VIVANCO: Partiríame mañana,
si hubiese bajel.
HALIMA: Cristiana,
alza el rostro. ¿Qué es aquesto?
Muy melancólica estás.
¿Qué tienes? ¿Qué sientes? Di.
COSTANZA: Vámonos, señora, de aquí,
aunque he de morir do vas,
porque me da el corazón
saltos que me rompe el pecho.
ZAHARA: El madrugar lo habrá hecho.
COSTANZA: Y haber visto una visión
que, si no es cosa fingida,
y en buen discurso trazada,
el fin de aquesta jornada
ha de ser el de mi vida.
D. [FERNANDO]: Todas son fantasmas vanas;
Constanza, no hay qué temer.
COSTANZA: Presto lo echaré de ver.
ZAHARA: ¡Medrosas son las cristianas!
COSTANZA: No mucho, puesto que hay tal
que se espanta de los cielos,
iba a decir de los celos,
y no dijera muy mal.
HALIMA: Queda con Alá, mi Hernando,
y mira que vengas luego;
que te lo mando y lo ruego.
COSTANZA: Basta decir te lo mando.
[Vanse] las tres
VIVANCO: Vamos; quizá la ventura
habrá tan próspera sido,
que don Lope sea venido,
y no hay perder coyuntura.
[Vanse] VIVANCO y don FERNANDO. Sale el padre [VIEJO] con un paño blanco ensangrentado, como que lleva en él los huesos de FRANCISQUITO
[VIEJO]: Osorio haré que los guarde.
Temo que esta escuridad,
o me turbe, o lleve tarde.
¡Oh, cuán propio es de mi edad
ser temeroso y cobarde!
Mas estas reliquias santas
encaminarán mis plantas
al jardín de Agimorato.
Menester es gran recato
donde hay asechanzas tantas.
[Vase]. Sale[n] Don FERNANDO y VIVANCO
VIVANCO: En la mar está, sin duda:
que haber a tierra llegado
muestra este plato quebrado.
A nuestra señal se acuda:
hiere, amigo, el pedernal,
porque saques dé[l] la lumbre
que traiga, guíe y alumbre
todo el bien de nuestro mal.
D. FERNANDO: ¿No ves cómo otras centellas
corresponden a las nuestras?
VIVANCO: Llama a tan alegres muestras,
no centellas, sino estrellas.
Sosiega y escucha el son
manso de los santos remos.
D. FERNANDO: Más a la orilla lleguemos.
No hay que dudar, ellos son.
[Salen] don LOPE y el PATRÓN de la barca
D. LOPE: ¿Es Vivanco?
VIVANCO: El mismo soy.
D. LOPE: ¿Está Zara en el jardín?
VIVANCO: Sí, amigo.
D. LOPE: ¡Felice fin
da el cielo a mis males hoy!
VIVANCO: ¡Abrázame!
D. LOPE: No hay lugar
de cumplimientos agora.
Ve por ella.
VIVANCO: Sea en buen hora.
Poco podrás esperar.
D. [FERNANDO]: ¿Quieres que vaya contigo,
amigo?
VIVANCO: No hay para qué:
que yo solo las traeré
en un instante conmigo;
que todos están a punto,
sin dormir, esto esperando.
D. LOPE: Pues parte, amigo, volando.
PATRÓN: ¿Están lejos?
[Vase] VIVANCO
PATRÓN: ¡Oh, si no tardasen mucho,
que es el viento favorable!
D. LOPE: Sosegaos, ninguno hable,
que cierto rumor escucho.
PATRÓN: A la barca nos volvemos
hasta ver lo que es, señor.
D. LOPE: Quedito, no hagáis rumor,
que aquí seguros est[e]mos.
[Salen] VIVANCO, HALIMA, ZA[HA]RA, COSTANZA, el padre, con un paño blanco, dando muestra que lleva los huesos de FRANCISQUITO; OSORIO, el SACRISTÁN y otros CRISTIANOS que pudieren salir
VIVANCO: Estaban alerta, y vieron
las señales en la mar,
y, sin poderme esperar,
a la marina corrieron.
Ahorráronme el camino.
OSORIO: ¡Ésta es suerte milagrosa!
D. LOPE: ¿Dó está mi estrella hermosa?
HALIMA: ¿Dó está mi norte divino?
PATRÓN: No es tiempo de cumplimientos;
a embarcar, que el viento carga.
¡Oh liviana y santa carga,
haced propicios lo vientos!
SACRISTÁN: Ya yo estaba rescatado;
pero, con todo, me iré.
PATRÓN: ¿Hay más cristianos?
D. FERNANDO: No sé.
VIVANCO: Los que he podido he juntado.
COSTANZA: ¡Vamos, no despierte Halima!
D. FERNANDO: ¿Quieres que por ella vuelva?
PATRÓN: Todo el mundo se resuelva
de embarcarse.
COSTANZA: ¿Te lastima
dejar tu ama?
D. FERNANDO: Y mi amo
quisiera que aquí se hallara.
D. LOPE: Vamos, Zara.
ZAHARA: Ya no Zara,
sino María me llamo.
D. LOPE: No de la imaginación
este trato se sacó,
que la verdad lo fraguó
bien lejos de la ficción.
de amor y dulce memoria,
y es bien que verdad y historia
alegre al entendimiento.
Y aún hoy se hallarán en él
la ventana y el jardín.
Y aquí da este trato fin,
que no le tiene el de Argel.
FIN DE LA TERCERA JORNADA
Comedia famosa titulada El rufián dichoso
Los que hablan en ella son los siguientes:
LUGO, estudiante.
LOBILLO, rufian.
GANCHOSO, rufian.
ALGUAZIL.
Dos corchetes.
LAGARTIJA, muchacho.
VNA DAMA.
SU MARIDO.
EL INQUISIDOR TELLO DE SANDOUAL.
Dos musicos.
VN PASTELERO.
ANTONIA.
OTRA MUGER.
CARRASCOSA, padre de la mancebia.
PERALTA, estudiante.
GILBERTO, estudiante.
VN ANGEL.
LA COMEDIA.
LA CURIOSIDAD.
FRAY ANTONIO.
FRAY ANGEL.
EL PRIOR.
Dos ciudadanos.
DOÑA ANA DE TREUIÑO.
Dos criados.
VN CLERIGO.
LUZIFER.
VISIEL, demonio.
EL VIRREY DE MEXICO.
EL PADRE CRUZ.
SAQUEL1, demonio.
Tres almas de Purgatorio.
JORNADA PRIMERA
Salen LUGO, embaynando vna daga de ganchos, y el LOBILLO y GANCHOSO, rufianes. LUGO viene como estudiante, con vna media sotana, vn broquel en la cinta y vna daga de ganchos, que no ha de traer espada.
LOBILLO
¿Por que fue la quistion?
LUGO
No fue por nada.
No se repita, si es que amigos somos.
GANCHOSO
Quiso Lugo empinarse sobre llombre,
y, siendo rufo de primer tonsura,
assentarse en la catreda de prima,
teniendo al lombre aqui por espantajo.
LUGO
Mis sores, poco a poco. Yo soy moço
y maço, y tengo higados y bofes
para dar en el trato de la hampa
quinao (o) al mas pintado de su escuela,
en la qual no recibe el grado alguno
de valeroso, por auer gran tiempo
que cura en sus entradas y salidas,
sino por las hazañas que [ha]ya hecho.
¿No tienen ya sabido que ay cofrades
de luz, y otros de sangre?.
LOBILLO
Aquesso pido.
GANCHOSO
¡Ola, so Lobo! Si es que pide queso,
pidalo en otra parte, que, en aquesta,
no se da. Si no...
LOBILLO
¡Basta, se(ñ)or Ganchoso!
O logue luenga, y tengase por dicho,
que entreuo toda flor y todo rumbo.
GANCHOSO
¿Pues nosotros nacimos en Guinea,
so Lobo?.
LOBILLO
No se nada.
GANCHOSO
Pues aprendalo
con aquesta lecion.
LUGO
¡Fuera, Lobillo!
GANCHOSO
Entrambos sois ouejas fanfarronas,
y gallinas mojadas, y conejos.
LOBILLO
¡Menos lengua y mas manos, hideputa!
(Entran a esta sazon vn ALGUAZIL y dos corchetes; huyen GANCHOSO y LOBILLO; queda solo LUGO, embaynando.)
CORCHETE
¡Tengase a la justicia!
LUGO
¡Tente, picaro!
¿Cono[ce]sme?
CORCHETE
¡So Lugo!
LUGO
¿Que so Lugo?
ALGUACIL
Bellacos, ¿no le asis?
CORCHETE 2.
Señor nuestro amo,
¿sabe lo que nos manda? ¿No conoce
que es el señor Christoual el delinque?
ALGUACIL
¡Que siempre le he de hallar en estas danças!
¡Por Dios, que es cosa rezia! ¡No ay paciencia
que lo pueda lleuar!
LUGO
Lleuelo en colera,
que tanto monta.
ALGUACIL
Aora yo se cierto
que ha de romper el diablo sus çapatos
alguna vez.
LUGO
Mas que los rompa ciento;
que el los sabra comprar donde quisiere.
ALGUACIL
El señor Sandoual tiene la culpa.
CORCHETE 2.
Tello de Sandoual es su amo deste.
CORCHETE 1.
Y manda la ciudad, y no ay justicia
que le ose tocar por su respeto.
LUGO
El señor alguazil haga su oficio,
y dexese de cuentos y preambulos.
ALGUACIL
¡Quan mejor pareciera el señor Lugo
en su colegio que en la barbacana,
el libro en mano, y no el broquel en cinta!
LUGO
Crea el so alguazil que no le quadra
ni esquina el predicar; dexe esse oficio
a quien le toca, y vaya y pique a prisa.
ALGUACIL
Sin picar nos yremos, y agradezcalo
a su amo; que, a fe de hijodalgo,
que yo se en que parara este negocio.
LUGO
En yrse y en quedarme.
CORCHETE 1.
Yo lo creo,
porque es vn Barrauas este Christou
CORCHETE 2.
No ay gamo que le yguale en ligereza.
CORCHETE 1.
Mejor juega la blanca que la negra,
y en entrambas es aguila volante.
ALGUACIL
Recogase, y procure no encontrarme,
que será lo mas sano.
LUGO
Aunque sea enfermo,
hare lo que fuere de mi gusto.
ALGUACIL
Venid vosotros.
(Entrase el ALGUAZIL.)
CORCHETE 1.
So Christoual, viue
que no le conoci; si, juro cierto.
CORCHETE 2.
Señor Christoual, yo me recomendo;
de mi no ay que temer; soy ciego y mudo
para ver ni hablar cosa que toque
a la minima suela del calcorro
que tapa y cubre la coluna y basa
que sustentan la maquina ampesca.
LUGO
¿Dónde cargaste, Calahorra?.
CORCHETE 2.
No se; Dios con la noche me socorra.
(Entranse los dos corchetes.)
LUGO
Que sólo me respeten por mi amo,
y no por mi, no se esta marauilla;
mas yo hare que salga de mi vn bramo
que passe de los muros de Seuilla.
Cuelgue mi padre de su puerta el ramo,
despoje de su jugo a Mançanilla,
contentese en su humilde y baxo oficio,
que yo sere famoso en mi exercicio.
(Entra a este instante LAGARTIJA, muchacho.)
LAGARTIJA
Señor Christoual, ¿que es esto?
¿Has reñido, por ventura,
que tienes turbado el gesto?
LUGO
Ponele de sepultura
el ánimo descompuesto.
La de ganchos saquè a luz,
por que me hiziesse el buz
vn brauo por mi respeto;
mas huyóse de su aspecto
como el diablo de la cruz.
¿Que me quieres, Lagartija?
LAGARTIJA
La Salmerona y la Paua,
la Mendoça y la Librija,
que es cada qual por si braua,
gananciosa y buena hija,
te suplican que esta tarde,
alla quando el sol no arde,
y hiere en rayo sencillo,
en el famoso Alamillo
hagas de tu vista alarde.
LUGO
¿Ay regodeo?
LAGARTIJA
Ay merienda,
que las mas famosas cenas
ante ella cogen la rienda:
caçuelas de verengenas
seran penultima ofrenda.
Ay el conejo empanado,
por mil partes traspassado
con saetas de tozino;
blanco el pan, aloque el vino,
y ay turron alicantado.
Cada qual para esto roba
blancas vistosas y nueuas,
vna y otra rica coba;
dales limones las Cueuas,
y naranjas el Alcoba.
Darales en vn instante
el pescador arrogante
mas que le ay del Norte al Sur,
el gordo y sabroso albur
y la anguilla resualante.
El saualo viuo, viuo,
colear en la caldera
o saltar en fuego esquiuo,
verás en mejor manera
que te lo pinto y descriuo.
El pintado camaron,
con el partido limon
y bien molida pimienta,
verás cómo el gusto aumenta
y le saca de haron.
LUGO
¡Lagartija, bien lo pintas!
LAGARTIJA
Pues lleuan otras mil cosas
de comer, varias, distintas,
que a voluntades golosas
las haran poner en quintas.
LUGO
¿Que es (en) quintas?
LAGARTIJA
En diuision,
lleuandose la aficion
aqui y alli y aculla:
que la variedad hara
no atinar con la razon.
LUGO
¿Y quien va con ellas?
LAGARTIJA
¿Quien?
El Patojo, y el Mochuelo,
y el Tuerto del Almaden.
LUGO
Que ha de auer soplo rezelo.
LAGARTIJA
Ve tu, y se hara todo bien.
LUGO
Quiza por tu gusto yre:
que tienes vn no se que
de agudeza, que me encanta.
LAGARTIJA
Mi boca pongo en la planta
de tu valeroso pie.
LUGO
¡Alça, rapaz lisongero,
indigno del vil oficio
que tienes!
LAGARTIJA
Pues del espero
salir presto a otro exercicio
que muestre ser perulero.
LUGO
¿Que exercicio?.
LAGARTIJA
Señor Lugo,
será exercicio de jugo,
puesto que en el se trabaja,
que es jugador de ventaja,
y de las bolsas verdugo.
¿No has visto tu por ahi
mil con capas guarnecidas,
volantes mas que vn nebli,
que en dos baraxas bruñidas
encierran vn Potosi?
Qual destos se finge manco
para dar vn toque franco
al mas agudo, y me alegro
de ver no vsar de su negro
hasta que topen vn blanco.
LUGO
¡Mucho sabes! ¿Que papel
es el que traes en el pecho?
LAGARTIJA
¿Descubreseme algo del?
Todo el seso sin prouecho
de Apolo se encierra en el.
Es vn romance jacaro,
que le ygualo y le comparo
al mejor que se ha compuesto;
echa de la ampa el resto
en estilo xaco y raro.
Tiene vocablos modernos,
de tal manera, que encantan;
vnos brauos, y otros tiernos;
ya a los cielos se leuantan,
ya baxan a los infiernos.
LUGO
Dile, pues.
LAGARTIJA
Sele de coro:
que ninguna cosa ignoro
de aquesta que a luz se saque.
LUGO
¿Y de que trata?
LAGARTIJA
De vn xaque
que se tomò con vn toro.
LUGO
Vaya, Lagartija.
LAGARTIJA
Vaya,
y todo el mundo estè atento
a mirar cómo se ensaya
a passar mi entendimiento
del que mas sube la raya.
«Año de mil y quinientos
y treinta y quatro corria,
a veinte y cinco de Mayo,
martes, aziago dia,
sucedio vn caso notable
en la ciudad de Seuilla,
digno que ciegos le canten
y que poetas le escriuan.
Del gran corral de los Olmos,
do està la xacarandina,
sale Reguilete, el xaque,
vestido a las marauillas.
No va la buelta del Cayro,
del Catay ni de la China,
ni de Flandes ni Alemania,
ni menos de Lombardia;
va la buelta de la plaça
de San Francisco bendita,
que corren toros en ella
por santa Iusta y Rufina,
y, apenas entrò en la plaça,
quando se lleua la vista
tras si de todos los ojos,
que su buen donayre miran.
Salio en esto vn toro hosco,
¡valasme, Santa Maria!,
y, arremetiendo con el,
dio con el patas arriba.
Dexóle muerto y mohino,
bañado en su sangre misma;
y aqui da fin el romance,
porque llegò el de su vida.»
LUGO
¿Y este es el romance brauo
que dezias?
LAGARTIJA
Su llaneza
y su buen dezir alabo;
y mas, que muestra agudeza
en llegar tan presto al cabo.
LUGO
¿Quien le compuso?
LAGARTIJA
Tristan,
que gouierna en San Roman
la bendita sacristia,
que excede en la poesia
a Garci Laso y Boscan.
(Entra a este instante vna DAMA, con el manto hasta la mitad del rostro.)
DAMA
Vna palabra, galan.
LUGO
Ve con Dios, y quiça yre,
si estás cierto que alla van.
LAGARTIJA
Digo que van; yo lo se,
y se que te aguardaràn.
(Entrase LAGARTIJA.)
DAMA
Arrastrada de vn desseo
sin prouecho resistido,
a hurto de mi marido,
delante de vos me veo.
Lo que este manto os encubre
mirad, y despues vereis
(Mirala por debaxo del manto.)
si es razon que remedieis
lo que la lengua os descubre.
¿Conoceisme?
LUGO
Demasiado.
DAMA
En esso vereis la fuerça
que me incita y aun me fuerça
a ponerme en este estado;
mas, porque no esteis en calma
pensando a que es mi venida,
digo que a daros mi vida
con la voluntad del alma.
Vuestra rara valentia
y vuestro despejo han hecho
tanta impression en mi pecho,
que pienso en vos noche y dia.
Quitame este pensamiento
pensar en mi calidad,
y al gusto la voluntad
da libre consentimiento;
y assi, sin guardar decoro
a quien soy en ningun modo,
aure de dezirlo todo:
sabed, Lugo, que os adoro.
No fea, y muy rica soy;
sabre dar, sabre querer,
y esto lo echareys de ver
por este trance en que estoy:
que la muger ya rendida,
aunque es toda mezquindad,
muestra liberalidad
con el dueño de su vida.
En la tuya o en mi casa,
de mi y de mi hazienda puedes
prometerte, no mercedes,
sino seruicios sin tassa;
y, pues miedo no te alcança,
no te le de mi marido,
que el engaño siempre ha sido
parcial de la confiança.
No llegan de los rezelos,
porque los tiene discretos,
a hazer los tristes efectos
que suelen hazer los zelos;
y porque nunca ocasion
de tenerlos yo le he dado,
le juzgo por engañado
a nuestra satisfacion.
¿Para que arrugas la frente
y alças las cejas? ¿Que es esto?
LUGO
En admiracion me ha puesto
tu desseo impertinente.
Pudieras, ya que querias
satisfazer tu mal gusto,
buscar vn sugeto al justo
de tus grandes bizarrias;
pudieras, como entre peras,
escoger en la ciudad
quien diera a tu voluntad
satisfacion con mas veras;
y assi tuuiera(s) disculpa
con la alteza del empleo
tu mal nacido desseo,
que en mi baxeza te culpa.
Yo soy vn pobre criado
de vn inquisidor, qual sabes,
de caudal, que està sin llaues,
entre libros abreuiado;
viuo a lo de Dios es Christo,
sin estrechar el desseo,
y siempre traygo el valdeo
como sacabuche listo;
ocupome en baxas cosas,
y en todas soy tan terrible,
que el acudir no es possible
a las que son amorosas;
a lo menos a las altas,
como en las que en ti señalas:
que son de cueruo mis alas.
DAMA
No te pintes con mas faltas,
porque en mi imaginacion
te tiene amor retratado
del modo que tu has contado,
pero con mas perfeccion.
No pido hagas quimeras
de ti mismo; sólo pido,
desseo bien comedido,
que, pues te quiero, me quieras.
Pero ¡ay de mi, desdichada!
¡Mi marido! ¿Que hare?
Tiemblo y temo, aunque bien se
que vengo bien disfrazada.
(Entra su MARIDO.)
LUGO
Sossegaos, no os desuieys,
que no os ha de descubrir.
DAMA
Aunque me quisiera yr,
no puedo mouer los pies.
MARIDO
Señor Lugo, ¿que ay de nueuo?
LUGO
Cierta cosa que contaros,
que me obligaua a buscaros.
DAMA
Yrme quiero, y no me atreuo.
MARIDO
Aqui me teneys; mirad
lo que teneys que dezirme.
DAMA
Harto mejor fuera yrme.
LUGO
Llegaos aqui, y escuchad.
La hermosura que dar quiso
el cielo a vuestra muger,
con que la vino a hazer
en la tierra vn parayso,
ha encendido de manera
de vn mancebo el coraçon,
que le tiene hecho carbon
de la amorosa hoguera.
Es rico y es poderoso,
y atreuido de tal modo,
que atropella y rompe todo
lo que es mas dificultoso.
No quiere vsar de los medios
de ofrecer ni de rogar,
porque, en su mal, quiere vsar
de otros mas breues remedios.
Dize que la honestidad
de vuestra consorte es tanta,
que le admira y que le espanta
tanto como la beldad.
Por jamas le ha descubierto
su lasciuo pensamiento:
que queda su atreuimiento,
ante su recato, muerto.
MARIDO
¿Es hombre que entra en mi casa?
LUGO
Rondala, mas no entra en ella.
MARIDO
Quien casa con muger bella,
de su honra se descasa,
si no lo remedia el cielo.
DAMA
¿Que es lo que tratan los dos?
¿Si es de mi? ¡Valgame Dios,
de quántos males rezelo!
LUGO
Digo, en fin, que es tal el fuego
que a este amante abrasa y fuerça,
que quiere vsar de la fuerça
en cambio y lugar del ruego.
Robar quiere a vuestra esposa,
ayudado de otra gente
como yo, desta valiente,
atreuida y licenciosa.
Hame dado cuenta dello,
casi como a principal
desta canalla mortal,
que en hazer mal echa el sello.
Yo, aunque soy moço arriscado,
de los de campo traues,
ni mato por interes,
ni de ruyndades me agrado.
De ayudalle he prometido,
con intento de auisaros:
que es facil el repararos,
estando assi preuenido.
MARIDO
¿Soy hombre yo de amenazas?
Tengo valor, ciño espada.
LUGO
No ay valor que pueda nada
contra las traydoras trazas.
MARIDO
En fin, ¿mi consorte ignora
todo este quento?
LUGO
Assi ella
os ofende, como aquella
cubierta y buena señora.
Por el cielo santo os juro
que no sabe nada desto.
MARIDO
De ausentarla estoy dispuesto.
LUGO
Esso es lo que yo procuro.
MARIDO
Yo la pondre donde el viento
apenas pueda tocalla.
LUGO
En el recato se halla
buen fin del dudoso intento.
Retiradla, que la ausencia
haze, passando los dias,
boluer las entrañas frias
que abrasaua la presencia;
y nunca en la poca edad
tiene firme assiento amor,
y siempre el moço amador
huye la dificultad.
MARIDO
El auiso os agradezco,
señor Lugo, y algun dia
sabreys de mi cortesia
si vuestra amistad merezco.
El nombre saber quisiera
desse galan que me acosa.
LUGO
Esso es pedirme vna cosa
que de quien soy no se espera.
Basta que vays auisado
de lo que mas os conuiene,
y este negocio no tiene
mas de lo que os he contado.
Vuestra consorte, inocente
està de todo este hecho;
vos, con esto satisfecho,
hazed como hombre prudente.
MARIDO
Casa fuerte y heredad
tengo en no pequeña aldea,
y llaues, que haran que sea
grande la dificultad
que se oponga al mal intento
desse atreuido mancebo.
Quedaos, que en el alma lleuo
mas de vn vario pensamiento.
(Vase el MARIDO.)
DAMA
Entre los dientes ya estaua
el alma para dexarme;
quise, y no pude mudarme,
aunque mas lo procuraua.
¡Mucho esfuerço ha menester
quien, con traydora conciencia,
no se alborota en presencia
de aquel que quiere ofender!
LUGO
Y mas si la ofensa es hecha
de la muger al marido.
DAMA
El nublado ya se ha ydo;
hazme agora satisfecha,
contandome que querias
a mi esclauo y mi señor.
LUGO
Hanme hecho corredor
de no se que mercancias.
Dixele, si las queria,
que fuessemos luego a vellas.
DAMA
¿De que calidad son ellas?
LUGO
De la de mayor quantia;
que le importa, estoy pensando,
comprallas, honor y hazienda.
DAMA
¿Como hare yo que el entienda
essa importancia?
LUGO
Callando.
Calla y vete, y assi haras
muy segura su ganancia.
DAMA
¿Pues que traza de importancia
en lo de gozarnos das?
LUGO
Ninguna que sea de gusto;
por oy, a lo menos.
DAMA
¿Pues
quándo la daras, si es
que gustas de lo que gusto?
LUGO
Yo hare por verme contigo.
Vete en paz.
DAMA
Con ella queda,
y el amor contigo pueda
todo aquello que conmigo.
LUGO
Como de rayo del cielo,
como en el mar de tormenta,
como de improuiso afrenta,
y terremoto del suelo;
como de fiera indignada,
del vulgo insolente y libre,
pedire a Dios que me libre
de muger determinada.
(Entrase LUGO.)
(Sale el licenciado TELLO DE SANDOUAL, amo de CHRISTOUAL DE LUGO, y el ALGUAZIL que salio primero.)
TELLO.
¿Passan de mocedades?
ALGUACIL
Es de modo
que, si no se remedia, a buen seguro
que ha de escandalizar [al] pueblo todo.
Como christiano, a vuesa merced juro
que piensa y haze tales trauesuras,
que nadie del se tiene por seguro.
TELLO.
¿Es ladron?
ALGUACIL
No, por cierto.
TELLO.
¿Quita a escuras
las capas en poblado?
ALGUACIL
No, tampoco.
TELLO.
¿Que haze, pues?
ALGUACIL
Otras cien mil diabluras.
Esto de valenton le buelue loco:
aqui riñe, alli hiere, alli se arroja,
y es en el trato ayrado el rey y el coco:
con vna daga que le sirue de hoja,
y vn broquel que pendiente tray al lado,
sale con lo que quiere o se le antoja.
Es de toda la hampa respetado,
auerigua pendencias y las haze,
estafa, y es señor de lo guisado;
entre rufos, el haze y el deshaze,
el corral de los Olmos le da parias,
y en el dar cantaletas se complaze.
Por tres heridas de personas varias,
tres mandamientos traygo y no executo,
y otros dos tiene el alguazil Pedro Arias.
Muchas vezes he estado resoluto
de auenturallo todo y de prendelle,
o ya a la clara, o ya con modo astuto;
pero, viendo que da en fauorecelle
tanto vuesa merced, aun no me atreuo
a miralle, tocalle ni ofendelle.
TELLO.
Esta deuda conozco que la deuo,
y la pagaré algun dia,
y procurarè que Lugo
vse de mas cortesia,
o le sere yo verdugo,
por vida del alma mia.
Mas lo mejor es quitalle
de aquesta tierra, y lleualle
a Mexico, donde voy,
no obstante que puesto estoy
en reñille y castigalle.
Vuesa merced en buen hora
vaya, que yo le agradezco
el auiso, y desde agora
todo por suyo me ofrezco.
ALGUACIL
Ya adiuino su mejora
sacandole de Seuilla,
que es tierra do la semilla
holgazana se leuanta
sobre qualquiera otra planta
que por virtud marauilla.
(Entrase el ALGUAZIL.)
TELLO.
¡Que aqueste moço me engañe,
y que tan a suelta rienda
a mi honor y su alma dañe!
Pues yo hare, si no se enmienda,
que de mi fauor se estrañe:
que, viendose sin ayuda,
serà possible que acuda
a la enmienda de su error:
que a la sombra del fauor
crecen los vicios, sin duda.
(Entrase TELLO.)
(Salen dos musicos con guitarras, y CHRISTOUAL con su broquel y daga de ganchos.)
LUGO
Toquen, que esta es la casa, y al seguro,
que presto llegue el bramo a los oydos
de la ninfa, que he dicho, xerezana,
cuya vida y milagros en mi lengua
viene cifrada en verso correntio.
A la xacara toquen, pues comienço.
MUSICO1.
¿Quieres que le rompamos las ventanas
antes de començar, porque estè atenta?
LUGO
Acabada la musica, andaremos
aquestas estaciones. Vaya agora
el guitarresco son y el aquelindo.
(Tocan.)
«Escucha, la que veniste
de la xerezana tierra
a hazer a Seuilla guerra
en cueros, como valiente;
la que llama su pariente
al gran Miramamolin;
la que se precia de ruyn,
como otras de generosas;
la que tiene quatro cosas,
y aun quatro mil, que son malas;
la que passea sin alas
los ayres en noche escura;
la que tiene a gran ventura
ser amiga de vn lacayo;
la que tiene vn papagayo
que siempre la llama puta;
la que en vieja y en astuta
da quinao a Celestina;
la que, como golondrina,
muda tierras y sazones;
la que a pares, y aun a nones,
ha ganado lo que tiene;
la que no se desauiene
por poco que se le de;
la que su palabra y fe
que diesse, jamas guardò;
la que en darse a si excedio
a las godeñas mas francas;
la que echa por cinco blancas
las habas y el cedazillo.»
(Assomase a la ventana VNO medio desnudo, con vn paño de tocar y vn candil.)
VNO.
¿Estan en si, señores? ¿No dan cata
que no los oye nadie en esta casa?
MUSICO1.
¿Cómo assi, tajamoco?.
VNO.
Porque el dueño
ha que està ya a la sombra quatro dias.
MUSICO2.
Conualeciente, di: ¿cómo a la sombra?
VNO.
En la carcel; ¿no entreuan?.
LUGO
¿En la carcel?
¿Pues por que la lleuaron?
VNO.
Por amiga
de aquel Pierres Papin, el de los naypes.
MUSICO1.
¿Aquel frances giboso?
VNO.
Aquesse mismo,
que en la cal de la Sierpe tiene tienda.
LUGO
¡Entrate, bodegon almidonado!
MUSICO2.
¡Zabullete, fantasma antojadiza!
MUSICO1.
¡Escondete, podenco quartanario!
VNO.
Entrome, ladronzitos en quadrilla;
zabullome, cernicalos rateros;
escondome, corchetes a lo Caco.
LUGO
¡Viue Dios, que es de humor el hideputa!
VNO.
No tire nadie; esten las manos quedas,
y anden las lenguas.
MUSICO1.
¿Quien te tira, suzio?
VNO.
¿Ay mas? ¡Si no me abaxo, qual me paran!
¡Mancebitos, a Dios! Que no soy pera,
que me han de derribar a terronazos.
(Entrase.)
LUGO
¿Han visto los melindres del bellaco?
No le tiran, y quexase.
MUSICO2.
(Este) es vn sastre
remendon muy donoso.
MUSICO1.
¿Que haremos?
LUGO
Vamos a dar assalto al pastelero
que està aqui cerca.
MUSICO2.
Vamos, que ya es hora
que estè haziendo pasteles; que este ciego
que viene aqui nos da a entender quan cerca
(Entra vn CIEGO.)
viene ya el dia.
CIEGO.
No he madrugado mucho,
pues que ya suena gente por la calle.
Oy quiero començar por este sastre.
LUGO
¡Ola, ciego, buen hombre!
CIEGO.
¿Quien me llama?
LUGO
Tomad aqueste real, y diez y siete
oraciones dezid, vna tras otra,
por las almas que estan en purgatorio.
CIEGO.
Que me plaze, señor, y hare mis fuerças
por dezirlas deuota y claramente.
LUGO
No me las engullays, ni me echeys sisa
en ellas.
CIEGO.
No, señor; ni por semejas.
A las Gradas me voy, y alli, sentado,
las dire poco a poco.
LUGO
¡Dios os guie!
(Vase el CIEGO.)
MUSICO1.
¿Quedate para vino, Lugo amigo?
LUGO
Ni aun vn solo cornado.
MUSICO1.
¡Viue Roque,
que tienes condicion extraordinaria!
Muchas vezes te he visto dar limosna
al tiempo que la lengua se nos pega
al paladar, y sin dexar siquiera
para comprar vn poluo de Caçalla.
LUGO
Las ánimas me lleuan quanto tengo;
mas yo tengo esperança que algun dia
lo tienen de boluer ciento por vno.
MUSICO2.
¡A la larga lo tomas!
LUGO
Y a lo corto;
que al bien hazer jamas le falta premio.
(Suena dentro como que hazen pasteles, y canta vno dentro lo siguiente:)
«¡Afuera, consejos vanos,
que despertays mi dolor!
No me toquen vuestras manos;
que, en los consejos de amor,
los que matan son los sanos.»
MUSICO1.
¡Ola! Cantando està el pastelerazo,
y, por lo menos, los consejos vanos.
¿Tienes pasteles, cangilon con tetas?
PASTELERO
¡Musico de mohatra sincopado!.
LUGO
Pastelero de riego, ¿no respondes?
PASTELERO
Pasteles tengo, mancebitos hampos;
mas no son para ellos, corchapines.
LUGO
¡Abre, socarra, y danos de tu obra!
PASTELERO
¡No quiero, socarrones! ¡A otra puerta,
que no se abre aquesta por agora!
LUGO
¡Por Dios, que a puntapies la haga leña
si acaso no nos abres, buenos vinos!
PASTELERO
¡Por Dios, que no he de abrir, malos vinagres!
LUGO
¡Agora lo veredes!, dixo Agraxes.
MUSICO1.
¡Passo, no la derribes! ¡Lugo, tente!
(Da de cozes a la puerta; sale el PASTELERO y sus sequazes con palas y barrederos y assadores.)
PASTELERO
¡Vellacos, no ay aqui Agraxes que valgan;
que, si tocan historias, tocaremos
palas y chuzos!
MUSICO2.
¡(En)cierrate, capacho!
LUGO
¿Quieres que te derribe aquessas muelas,
remero de Caron el chamuscado?
PASTELERO
¡Cuerpo de mi! ¿Es Christoual el de Tello?
MUSICO1.
El es. ¿Por que lo dizes, zangomango?.
PASTELERO
Digolo porque yo le soy amigo
y muy su seruidor, y para quatro
o para seys pasteles, no tenia
para que romper puertas ni ventanas,
ni darme cantaletas ni matracas.
Entre Christoual, sus amigos entren,
y allanese la tienda por el suelo.
LUGO
¡Viue Dios, que eres principe entre principes,
y que essa sumission te ha de hazer franco
de todo mi rigor y mal talante!
Embaynense la pala y barrederas,
y amigos vsque ad mortem.
PASTELERO
Por San Pito,
que han de entrar todos, y la buena estrena
han de hazer a la hornada, que ya sale;
y mas, que tengo de Alanis vn cuero
que se viene a las barbas y a los ojos.
MUSICO1.
De miedo haze todo quanto haze
aqueste marion.
LUGO
No importa nada.
Asgamos la ocasion por el harapo,
por el hopo o copete, como dizen,
ora la ofrezca el miedo o cortesia.
El señor pastelero es cortesissimo,
y yo le soy amigo verdadero,
y hazer su gusto por mi gusto quiero.
(Entranse todos.)
(Sale ANTONIA con su manto, no muy aderezada, sino honesta.)
ANTONIA
Si aora yo le hallasse
en su aposento, no auria
cosa de que mas gustasse;
quiza a solas le diria
alguna que le ablandasse.
Atreuimiento es el mio;
pero dame esfuerço y brio
estos zelos y este amor,
que rinden con su rigor
al mas essento aluedrio.
Esta es la casa, y la puerta,
como pide mi desseo,
parece que està entreabierta;
mas, ¡ay!, que a sus quizios veo
yazer mi esperança muerta.
Apenas puedo mouerme;
pero, en fin, he de atreuerme,
aunque tan cobarde estoy,
porque en el punto de oy
està el ganarme o perderme.
(Sale el inquisidor TELLO DE SANDOUAL con ropa de leuantar, rezando en vnas horas.)
TELLO.
Deus in adiutorium meum intende.
Domine, ad adiuuandum me festina.
Gloria Patri & Filio & Spiritui sancto.
Sicut erat, &c.
¿Quien està ai? ¿Que ruydo
es esse? ¿Quien està ai?
ANTONIA
¡Ay, desdichada de mi!
¿Que es lo que me ha sucedido?
TELLO.
Pues, señora, ¿que buscays
tan de mañana en mi casa?
Este de madrugar passa.
No os turbeys. ¿De que os turbays?
ANTONIA
¡Señor!
TELLO.
Adelante. ¿Que es?
Proseguid vuestra razon.
ANTONIA
Nunca la errada intencion
supo endereçar los pies.
A Lugo vengo a buscar.
TELLO.
¿Mi criado?
ANTONIA
Si, señor.
TELLO.
¿Tan de mañana?
ANTONIA
El amor
tal vez haze madrugar.
TELLO.
¿Bien le quereis?
ANTONIA
No lo niego;
mas quierole en parte buena.
TELLO.
El madrugar os condena.
ANTONIA
Siempre es solícito el fuego.
TELLO.
En otra parte buscad
materia que le apliqueys,
que en mi casa no hallarey[s]
sino toda honestidad;
y si el moço da ocasion
que le busqueys, yo hare
que desde hoy mas no os la de.
ANTONIA
Enojase sin razon
vuesa merced; que, en mi alma,
que el mancebo es de manera,
que puede lleuar do quiera
entre mil honestos palma.
Verdad es que el es trauiesso,
matante, acuchillador;
pero, en cosas del amor,
por vn leño le confiesso.
No me lleua a mi tras el
Venus blanda y amorosa,
sino su aguda ganchosa
y su acerado broquel.
TELLO.
¿Es valiente?
ANTONIA
Muy bien puedes
sin escrupulo ygualalle,
y aun quiza serà agrauialle,
a Garcia de Paredes.
Y por esto este mocito
trae a todas las del trato
muertas: por ser tan brauato;
que en lo demas es bendito.
TELLO.
Oygole. Escondeos aqui,
porque quiero hablar con el
sin que os vea.
ANTONIA
¡Que no es el!
TELLO.
Es, sin duda; yo le oi.
Despues os dare lugar
para hablarle.
ANTONIA
Sea en buen ora.
(Escondese ANTONIA.)
(Entra LUGO en cuerpo, pendiente a las espaldas el broquel y la daga, y trae el rosario en la mano.)
LUGO
Mi señor suele a esta hora
de ordinario madrugar.
Mirad si lo dixe bien;
hele aqui. Yo apostaré
que ay sermon do no pense.
Acabese presto. Amén.
TELLO.
¿De dónde venis, mancebo?
LUGO
¿De do tengo de venir?
TELLO.
De matar y de herir,
que esto para vos no es nueuo.
LUGO
A nadie hiero ni mato.
TELLO.
Siete vezes te he librado
de la carcel.
LUGO
Ya es passado
aquesse, y tengo otro trato.
TELLO.
Mas se que ay de vn mandamiento
para prenderte en la plaça.
LUGO
Si; mas ninguno amenaça
a que de cozes al viento:
que todas son liuiandades
de moço las que me culpan,
y a mi mismo me disculpan,
pues no llegan a maldades.
Ellas son cortar la cara
a vn valenton arrogante;
vna matraca picante,
aguda, graciosa y rara;
calcorrear diez pasteles
o caxas de diacitron;
sustanciar vna quistion
entre dos jaques noueles;
el tener en la dehessa
dos vacas, y a vezes tres,
pero sin el interes
que en el trato se professa;
procurar que ningun rufo
se entone do yo estuuiere,
y que estime, sea quien fuere,
la suela de mi pantufo.
Estas y otras cosas tales
hago por mi passatiempo,
demas que rezo algun tiempo
los psalmos penitenciales;
y, aunque peco de ordinario,
pienso, y ello serà ansi,
dar buena quenta de mi
por las de aqueste rosario.
TELLO.
Dime, simple: ¿y tu no ves
que dessa tu plata y cobre,
es dar en limosna al pobre
del puerco hurtado los pies?.
Hazes a Dios mil ofensas,
como dizes, de ordinario,
¿y, con rezar vn rosario,
sin mas, yr al cielo piensas?
Entra por vn libro alli,
que està sobre aquella mesa.
Dime: ¿que manera es essa
de andar, que jamas la vi?
¿Hazia atras? ¿Eres cangrejo?
Bueluete. ¿Que nouedad
es essa?
LUGO
Es curiosidad
y cortesano consejo
que no buelua el buen criado
las espaldas al señor.
TELLO.
Criança de tal tenor,
en ninguno la he notado.
Buelue, digo.
LUGO
Ya me bueluo:
que por esto el passo atras
daua.
TELLO.
En que eres Satanas
desde agora me resueluo.
¿Armado en casa? ¿Por suerte,
tienes en ella enemigos?
Si tendras, qual son testigos
los ministros de la muerte
que penden de tu pretina,
y en ellos has confirmado
que el moço descaminado,
como tu, hazia atras camina.
¡Bien ire a la Nueua España
cargado de ti, malino;
bien a hazer este camino
tu ingenio y virtud se amaña!
Si, en lugar de libros, lleuas
estas joyas que veo aqui,
por cierto que das de ti
grandes e ingeniosas, prueuas.
¡Bien responde la esperança
en que engañado he viuido
al cuydado que he tenido
de tu estudio y tu criança!
¡Bien me pagas, bien procuras
que tu humilde nacimiento
en ti cobre nueuo assiento,
menos brios y venturas!
En valde serà auisarte,
por exemplos que te den,
que nunca se auienen bien
Aristoteles y Marte,
y que està en los aranzeles
de la discrecion mejor
que no guardan vn tenor
las sumulas y broqueles.
Espera, que quiero darte
vn testigo de quien eres,
si es que hazen las mugeres
alguna fe en esta parte.
Salid, señora, y hablad
a vuestro duro diamante,
honesto, pero matante,
valiente, pero rufian.
(Sale ANTONIA.)
LUGO
Demonio, ¿quien te ha traydo
aqui? ¿Por que me persigues,
si ningun fruto consigues
de tu intento mal nacido?
(Entra LAGARTIJA asustado.)
TELLO.
Mancebo, ¿que buscays vos?
¡Con sobresalto venis!
¿Que respondeys? ¿Que dezis?
LAGARTIJA
Digo que me valga Dios;
digo que al so Lugo busco.
TELLO.
Veysle ai; dadle el recado.
LAGARTIJA
De cansado y de turbado,
en las palabras me ofusco.
LUGO
Sossiegate, Lagartija,
y dime lo que me quieres.
LAGARTIJA
Considerando quien eres,
mi alma se regozija
y espera de tu valor
que saldras con qualquier cosa.
LUGO
Bien; ¿que ay?
LAGARTIJA
¡A Carrascosa
le lleuan preso, señor!
LUGO
¿Al padre?
LAGARTIJA
Al mismo.
LUGO
¿Por dónde
le lleuan? ¡Dimelo; acaba!
LAGARTIJA
Poquito aurà que llegaua
junto a la puerta del conde
del Castellar.
LUGO
¿Quien le lleua,
y por que, si lo has sabido?
LAGARTIJA
Por pendencia, a lo que he oydo;
y el alguazil Villanueua,
con dos corchetes, en peso
le lleuan, como a vn ladron.
¡Quebrarate el coraçon
si le vieras!
LUGO
¡Bueno es esso!
Camina y guia, y espera
buen sucesso deste caso,
si los alcança mi passo.
LAGARTIJA
¡Muera Villanueua!
LUGO
¡Muera!
(Vase LAGARTIJA y LUGO alborotados.)
TELLO.
¿Que padre es este? ¿Por dicha,
lleuan a algun frayle preso?
ANTONIA
No, señor, no es nada desso:
que este es padre de desdicha,
puesto que en su oficio gana
mas que dos padres, y aun tres.
TELLO.
Dezidme de que orden es.
ANTONIA
De los de la casa llana.
Es alcayde, con perdon,
señor, de la mancebia,
a quien llaman padre oy dia
las de nuestra profession;
su tenencia es casa llana,
porque se allanan en ella
quantas viuen dentro della.
TELLO.
Bien el nombre se profana
en esso de alcayde y padre,
nombres honrados y buenos.
ANTONIA
Quien viue en ella, a lo menos,
no estara sin padre y madre
jamas.
TELLO.
Aora bien: señora,
yd con Dios, que a este mancebo
yo os le pondre como nueuo.
ANTONIA
Tras el voy.
TELLO.
Yd en buen hora.
(Sale el ALGUAZIL que suele, con dos corchetes, que traen preso a CARRASCOSA, padre de la mancebia.)
PADRE.
Soy de los Carrascosas de Antequera,
y tengo oficio honrado en la republica,
y haseme de tratar de otra manera.
Solianme hablar a mi por súplica,
y es mal hecho y mal caso que se atreua
hazerme vn alguazil afrenta pública.
Si a vn personage como yo se lleua
de aqueste modo, ¿que hara a vn mal hombre?
Por Dios, que anda muy mal, sor Villanueua;
mire que da ocasion a que se assombre
el que viere tratarme desta suerte.
ALGUACIL
Calle, y la calle con mas prisa escombre,
porque le yra mejor, si en ello aduierte.
(Entra a este instante LUGO, puesta la mano en la daga y el broquel; viene con el LAGARTIJA y LOBILLO.)
LUGO
Todo viuiente se tenga,
y suelten a Carrascosa
para que conmigo venga,
y no se haga otra cosa,
aunque a su oficio conuenga.
Ea, señor Villanueua,
de de contentarme prueua,
como otras vezes lo haze.
ALGUACIL
Señor Lugo, que me plaze.
CORCHETE
¡Juro a mi que se le lleua!
LUGO
Padre Carrascosa, vaya
y entrese en San Saluador,
y a su temor ponga raya.
LAGARTIJA
Este Cid campeador
mil años viua y bien aya.
ALGUACIL
Christoual, eche de ver
que no me quiero perder
y que le siruo.
LUGO
Està bien;
yo lo mirarè muy bien
quando fuere menester.
ALGUACIL
¡Agradezcalo al padrino,
señor padre!
LOBILLO
No aya mas,
y siga en paz su camino.
CORCHETE
¿Este moço es Barrauas,
o es Orlando el Paladino?
¡No ay hazer baza con el!
(Entrase el ALGUAZIL y los corchetes.)
PADRE.
Nueuo español brauonel,
con tus brauatas bizarras
me has librado de las garras
de aquel tacaño Luzbel.
Yo me voy a retraer,
por si o por no. ¡Queda en paz,
honor de la hampa y ser!
LUGO
Dizes bien, y aquesso haz,
que yo despues te yre a ver.
¡Bien se ha negociado!
LOBILLO
Bien;
sin sangre, sin hierro o fuego.
LUGO
De colera venía ciego
y enfadado.
LOBILLO
Y yo tambien.
Vamos a cortarla aqui
con vn poluo de lo caro.
LUGO
En otras cosas reparo
que me importan mas a mi.
Yr quiero agora a jugar
con Gilberto, vn estudiante
que siempre ha sido mi azar,
hombre que ha de ser bastante
a hazerme desesperar.
Quanto tengo me ha ganado;
solamente me han quedado
vnas sumulas, y a fe
que, si las pierdo, que se
cómo esquitarme al doblado.
LOBILLO
Yo te dare vna baraxa
hecha, con que le despojes,
sin que le dexes alhaja.
LUGO
¡Largo medio es el que escoges!
Otro se por do se ataja.
Iuro a Dios omnipotente
que, si las pierdo al presente,
me he de hazer salteador.
LOBILLO
¡Resolucion de valor,
y traza de hombre prudente!
Si pierdes, ¡oxala pierdas!,
yo mostraré en tu exercicio
que estas manos no son lerdas.
LAGARTIJA
Siempre fue vsado este oficio
de personas que son cuerdas,
industriosas y valientes,
por los casos diferentes
que se ofrecen de contino.
LOBILLO
De seguirte determino.
LAGARTIJA
Por tuyo es bien que me cuentes.
Ya ves que mi voluntad
es de alquimia, que se aplica
al bien como a la maldad.
LUGO
Essa verdad testifica
tu facil habilidad.
No te dexarè jamas,
y ¡a Dios!
LOBILLO
Lugo, ¿que, te vas?
LUGO
Luego sere con vosotros.
LAGARTIJA
Pues, ¡sus!, vamonos nosotros
a la ermita del Compas.
(Entranse todos, y sale PERALTA, estudiante, y ANTONIA.)
ANTONIA
Si ha de ser hallarle acaso,
mis desdichas son mayores.
PERALTA
¿Son zelos, o son amores
los que aqui os guian el paso,
señora Antonia?
ANTONIA
No se,
si no es rabia, lo que sea.
PERALTA
Por cierto, muy mal se emplea
en tal sugeto tal fe.
ANTONIA
No ay parte tan escondida,
do no se sepa mi historia.
PERALTA
Hazela a todos notoria
el veros andar perdida
buscando siempre a este hombre.
ANTONIA
¿Hombre? Si el lo fuera, fuera
descanso mi angustia fiera.
Mas no tiene mas del nombre;
conmigo, a lo menos.
PERALTA
¿Como?
ANTONIA
Esto, sin duda, es assi;
que amor le hirio para mi
con las saetas de plomo.
No ay yelo que se le yguale.
PERALTA
¿Pues por que le quereis tanto?
ANTONIA
Porque me alegro y me espanto
de lo que con hombres vale.
¿Ay mas que ver que le dan
parias los mas arrogantes,
de la heria los matantes,
los brauos de San Roman?.
¿Y ay mas que viuir segura,
la que fuere su respeto,
de verse en ningun aprieto
de los de nuestra soltura?
Quien tiene nombre de suya,
viue alegre y respetada;
a razon enamorada,
no ay ninguna que la arguya.
(Vase ANTONIA.)
PERALTA
Estas señoras del trato
precian mas, en conclusion,
vn socarra valenton,
que vn Medoro gallinato.
En efecto, gran lision
es la desta moça loca.
Ya la campanilla toca;
entremonos a licion.
(Entra PERALTA, y salen GILBERTO, estudiante, y LUGO.)
GIL.
Ya yras contento, y ya puedes
dexar de gruñir vn rato,
y ya puedes dar barato
tal, que, parezcan mercedes.
Mas me has ganado este dia,
que yo en ciento te he ganado.
LUGO
Assi es verdad.
GIL.
Que buen grado
le venga a mi cortesia.
¿Yo tus sumulas? ¡Estaua
loco, sin duda ninguna!
LUGO
Sucessos son de fortuna.
GIL.
Ya yo los adiuinaua;
porque al tahur no le dura
mucho tiempo el alegria,
y el que de naypes se fia,
tiene al quitar la ventura.
Oy de qualquiera quistion
has de salir vitorioso;
y ¡a Dios, señor ganancioso!,
que yo me bueluo a licion.
(Entrase GILBERTO, y sale el marido de la muger que salio primero.)
MARIDO
Señor Lugo, a gran ventura
tengo este encuentro.
LUGO
Señor,
¿que ay de nueuo?
MARIDO
Aquel temor
de ser ofendido aun dura.
Tengo a mi consorte amada
retirada en vna aldea,
y para que el sol la vea,
apenas halla la entrada.
Con aquel recato viuo
que me mandasteys tener,
y muerome por saber
de quien tanto mal recibo.
LUGO
Ya aquel que pudo poneros
en cuydado està de suerte,
que llegará al de la muerte,
y no al punto de ofenderos.
Quietad con este seguro
el zeloso ansiado pecho.
MARIDO
Con esso voy satisfecho,
y de seruiroslo juro.
Hazer podeys de mi hazienda,
Lugo, a vuestra voluntad.
LUGO
Passò mi necessidad,
no ay ninguna que me ofenda;
y assi, sólo en recompensa
recibo vuestro desseo.
MARIDO
No aquel estilo en vos veo
que el vulgo engañado piensa.
¡A Dios, señor Lugo!
(Vase.)
LUGO
¡A Dios!
(Entra LAGARTIJA.)
Pues, Lagartija, ¿a que vienes?
LAGARTIJA
¡Que gentil remanso tienes!
¿No ves que dara las dos,
(Reza LUGO.)
y te està esperando toda(via)
la chirinola hampesca?
Ven, que la tarde haze fresca
y a los tragos se acomoda.
¿Quando te estan esperando
tus amigos con mas gusto,
andas, qual si fueras justo,
Aue Marias tragando?
O se rufian, o se santo;
mira lo que mas te agrada.
Voyme, porque ya me enfada
tanta Gloria, y Patri tanto.
(Vase LAGARTIJA.)
LUGO
Solo quedo, y quiero entrar
en cuentas conmigo a solas,
aunque lo impidan las olas
donde temo naufragar.
Yo hize voto, si oy perdia,
de yrme a ser salteador:
claro y manifiesto error
de vna ciega fantasia.
Locura y atreuimiento
fue el peor que se penso,
puesto que nunca obligó
mal voto a su cumplimiento.
Pero ¿dexarè por esto
de auer hecho vna maldad,
adonde mi voluntad
echó de codicia el resto?
No, por cierto. Mas, pues se
que contrario con contrario
se cura muy de ordinario,
contrario voto hare,
y assi, le hago de ser
religioso. Ea, Señor;
veys aqui a este salteador
de contrario parecer.
Virgen, que Madre de Dios
fuyste por los pecadores;
ya os llaman salteadores;
oydlos, Señora, vos.
Angel de mi guarda, aora
es menester que acudays,
y el temor fortalezcays
que en mi alma amarga mora.
Animas de purgatorio,
de quien continua memoria
he tenido; seaos notoria
mi angustia, y mi mal notorio;
y pues que la caridad
entre essas llamas no os dexa,
pedid a Dios que su oreja
preste a mi necessidad.
Psalmos de Dauid benditos,
cuyos misterios son tantos,
que sobreceden a quantos
renglones teneys escritos;
vuestros conceptos me animen,
que he aduertido vezes tantas,
a que yo ponga mis plantas
donde al alma no lastimen;
no en los montes salteando
con mal christiano decoro,
sino en los claustros y el coro
desnudas, y yo rezando.
¡Ea, demonios; por mil modos
a todos os dessafio,
y en mi Dios bueno confio
que os he de vencer a todos!
(Entrase, y suenan a este instante las chirimias; descubrese vna gloria, o, por lo menos, vn ANGEL que, en cessando la musica, diga:)
«Quando vn pecador se buelue
a Dios con humilde zelo,
se hazen fiestas en el cielo.»
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
JORNADA SEGUNDA
Salen dos figuras de ninfas vestidas bizarramente, cada vna con su targeta en el braço: en la vna viene escrito «CURIOSIDAD»; en la otra, «COMEDIA».
CURIOSIDAD
Comedia.
COMEDIA
Curiosidad,
¿que me quieres?
CURIOSIDAD
Informarme
que es la causa por que dexas
de vsar tus antiguos trages,
del coturno en las tragedias,
del çueco en las manuales
comedias, y de la toga
en las que son principales;
cómo has reduzido a tres
los cinco actos que sabes
que vn tiempo te componian
ilustre, risueña y graue;
aora aqui representas,
y al mismo momento en Flandes;
truecas sin discurso alguno
tiempos, teatros, lugares.
Veote, y no te conozco.
Dame de ti nueuas tales
que te buelua a conocer,
pues que soy tu amiga grande.
COMEDIA
Los tiempos mudan las cosas
y perficionan las artes,
y añadir a lo inuentado
no es dificultad notable.
Buena fuy passados tiempos,
y en estos, si los mirares,
no soy mala, aunque desdigo
de aquellos preceptos graues
que me dieron y dexaron
en sus obras admirables
Seneca, Terencio y Plauto,
y otros griegos que tu sabes.
He dexado parte dellos,
y he tambien guardado parte,
porque lo quiere assi el vso,
que no se sujeta al arte.
Ya represento mil cosas,
no en relacion, como de antes,
sino en hecho, y assi es fuerça
que aya de mudar lugares;
que como acontecen ellas
en muy diferentes partes,
voyme alli donde acontecen,
disculpa del disparate.
Ya la comedia es vn mapa
donde no vn dedo distante
veras a Londres y a Roma,
a Valladolid y a Gante.
Muy poco importa al oyente
que yo en vn punto me passe
desde Alemania a Guinea
sin del teatro mudarme;
el pensamiento es ligero:
bien pueden acompañarme
con el doquiera que fuere,
sin perderme ni cansarse.
Yo estaua aora en Seuilla,
representando con arte
la vida de vn jouen loco,
apassionado de Marte,
rufian en manos y lengua,
pero no que se enfrascasse
en admitir de perdidas
el trato y ganancia infame.
Fue estudiante y rezador
de psalmos penitenciales,
y el rosario ningun dia
se le passò sin rezalle.
Su conuersion fue en Toledo,
y no serà bien te enfade
que, contando la verdad,
en Seuilla se relate.
En Toledo se hizo clerigo,
y aqui, en Mexico, fue frayle,
adonde el discurso aora
nos truxo aqui por el ayre.
El sobrenombre de Lugo
mudò en Cruz, y es bien se llame
fray Christoual de la Cruz
desde este punto adelante.
A Mexico y a Seuilla
he juntado en vn instante,
surziendo con la primera
esta y la tercera parte:
vna de su vida libre,
otra de su vida graue,
otra de su santa muerte
y de sus milagros grandes.
Mal pudiera yo traer,
a estar atenida al arte,
tanto oyente por las ventas
y por tanto mar sin naues.
Da lugar, Curiosidad,
que el bendito frayle sale
con fray Antonio, vn corista
bueno, pero con donayres.
Fue en el siglo Lagartija,
y en la religion es sacre,
de cuyo buelo se espera
que ha de dar al cielo alcance.
[CURIOSIDAD]
Aunque no lo quedo en todo,
quedo satisfecha en parte,
amiga; por esto quiero,
sin replicarte, escucharte.
(Entranse.)
(Sale FRAY CHRISTOUAL en abito de santo Domingo, y FRAY ANTONIO tambien.)
F. ANTONIA
Sepa su paternidad...
CRUZ.
Entone mas baxo el punto
de cortesia.
F. ANTONIA
En verdad,
padre mio, que barrunto
que tiene su caridad
de bronze el cuerpo, y de suerte,
que tarde ha de hallar la muerte
entrada para acaballe,
segun da en exercitalle
en rigor aspero y fuerte.
CRUZ.
Es bestia la carne nuestra,
y, si rienda se le da,
tan desbocada se muestra,
que nadie la boluera
de la siniestra a la diestra.
Obra por nuestros sentidos
nuestra alma: assi estan tapidos,
y no sutiles; es fuerça
que a la carrera se tuerça
por donde van los perdidos.
La luxuria està en el vino,
y a la crapula y regalo
todo vicio le es vezino.
F. ANTONIA
Yo, en ayunando, estoy malo,
floxo, indeuoto y mohino.
De vn otro talle y manera
me hallaua yo quando era
en Seuilla tu mandil:
que hazen ingenio sutil
las blancas roscas de Vtrera.
¡O vuas albaraçadas,
que en el pago de Triana
por la noche sois cortadas,
y os hallais a la mañana
tan frescas y aljofaradas,
que no ay cosa mas hermosa,
ni fruta que a la golosa
voluntad ansi despierte!.
¡No espero verme en la suerte
que ya se passô dichosa!
CRUZ.
Cierto, fray Antonio amigo,
que essa consideracion
es lazo que el enemigo
le pone a su perdicion.
Estè atento a lo que digo.
F. ANTONIA
Consideraua yo agora
dónde estara la señora
Librija, o la Salmerona,
cada qual, por su persona,
buena para pecadora.
¡Quien supiera de Ganchoso,
del Lobillo y de Terciado,
y del Patojo famoso!
¡O feliz siglo dorado,
tiempo alegre y venturoso,
adonde la libertad
brindaua a la voluntad
del gusto mas esquisito!
CRUZ.
¡Calle; de Dios sea bendito!
F. ANTONIA
Calle su paternidad
y dexeme, que con esto
euacuo vn pessimo humor
que me es amargo y molesto.
CRUZ.
Cierto que tengo temor,
por verle tan descompuesto,
que ha de apostatar vn dia,
que para los dos sería
noche de luto cubierta.
F. ANTONIA
No saldra por essa puerta
jamas mi melencolia;
no me he de estender a mas
que a quexarme y a sentir
el ausencia del Compas.
CRUZ.
¡Que tal te dexas dezir,
fray Antonio! Loco estás;
que en el juyzio empeora
quien tal acuerdo atesora
en su memoria vilmente.
F. ANTONIA
Rufian corriente y moliente
fuera yo en Seuilla agora,
y tuuiera en la dehessa
dos yeguas, y aun quiça tres,
diestras en el arte auiesa.
CRUZ.
De que en essas cosas des,
sabe Dios lo que me pesa;
mas yo hare la penitencia
de tu rasgada conciencia.
Quedate, Antonio, y aduierte
que de la vida a la muerte
ay muy poca diferencia:
quien viue bien, muere bien;
quien mal viue, muere mal.
F. ANTONIA
Digo, padre, que està bien;
pero no has de hazer caudal
de mi, ni enfado te den
mis palabras, que no son
nacidas del coraçon,
que en sola la lengua yazen.
CRUZ.
Dan las palabras y hazen
fee de qual es la intencion.
(E[n]tra vn corista llamado FRAY ANGEL; señalase con sola la A.)
A.
Padre maestro, el prior
llama a vuestra reuerencia,
y espera en el corredor.
(Vase luego el PADRE CRUZ.)
F. ANTONIA
Mas presto es a la obediencia,
que el sol a dar resplandor.
Padre fray Angel, espere.
A.
Diga presto que me quiere.
(Enseñale hasta vna dozena de naypes.)
F. ANTONIA
Mire.
A.
¿Naypes? ¡Perdicion!
F. ANTONIA
No se admire, hipocriton,
que el caso no lo requiere.
A.
¿Quien te los dio, fray Antonio?
F. ANTONIA
Vna deuota que tengo.
A.
¿Deuota? ¡Será el demonio!
F. ANTONIA
Nunca con el bien me auengo;
leuantasle testimonio.
A.
¿Estan justos?.
F. ANTONIA
Pecadores
creo que estan los señores,
pues, para cumplir quarenta,
entiendo faltan los treinta.
A.
Si fueran algo mejores,
buscaramos vn rincon
donde podernos holgar.
F. ANTONIA
Y hallaramosle a sazon:
que nunca suele faltar
para hazer mal ocasion.
¡Bien ayan los gariteros
magnificos y grosseros,
que con vn ánimo franco
tienen patente el tauanco
para blancos y fulleros!
Vamos de aqui, que el prior
viene alli con el señor
que lo fue de nu[e]stro Cruz,
gran cauallero andaluz,
letrado y visitador.
(Entranse.)
(Salen el PRIOR y TELLO DE SANDOUALMA)
PRIOR
El es vn angel en la tierra, cierto,
y viue entre nosotros de manera,
como en las soledades del desierto;
no desmaya ni afloja en la carrera
del cielo, adonde, por llegar mas presto,
corre desnudo y pobre, a la ligera,
humilde sobre modo, y tan honesto,
que admira a quien le vee en edad florida
tan recatado en todo y tan compuesto.
En efecto, señor, el haze vida
de quien puede esperar muerte dichosa
y gloria que no pueda ser medida.
Su oracion es continua y feruorosa,
su ayuno inimitable, y su obediencia
presta, sencilla, humilde y hazendosa.
Resucitado ha en la penitencia
de los antiguos padres, que en Egypto
en ella acrisolaron la conciencia.
TELLO.
Por millares de lenguas sea bendito
el nombre de mi Dios; a este mancebo
boluio de do pense que yua precito.
Bueluome a España, y en el alma lleuo
tan grande soledad de su persona,
que quiero exagerarla, y no me atreuo.
PRIOR
Vuesa merced nos dexa vna corona
que ha de honrar este reyno mientras ciña
el cerco azul el hijo de la Zona.
Està entre aquestos barbaros aun niña
la fe christiana, y faltan los obreros
que cultiuen aqui de Dios la viña,
y la leche mejor, y los azeros,
que a entrambas les hara mayor prouecho.
Es exemplo de[e]stos jornaleros,
que es menester que tenga sano el pecho
el medico que cura a lo diuino,
para dexar al cielo satisfecho.
(Entran el PADRE CRUZ y FRAY ANTONIO.)
Aquesta compostura de continuo
trae nuestro padre Cruz, tan mansa y graue,
que alegre y triste sigue su camino:
que en el lo triste con lo alegre cabe.
CRUZ.
Deo gracias.
PRIOR
Por siempre, amén,
estas y todas naciones
con viua fe se las den.
CRUZ.
Suplicote me perdones,
señor, si no he andado bien,
faltando a la cortesia
que a tu presencia deuia.
TELLO.
Padre fray Christoual mio,
esto toca en desuario,
porque toca en demasia;
yo soy el que he de postrarme
a sus pies.
CRUZ.
Por el oficio
que tengo, puedo escusarme
de auer dado poco indicio
de cortés en no humillarme,
y mas a quien deuo tanto,
que, a poder dezir el quánto,
fuera poco.
TELLO.
Yo confiesso
que quedo deudor en esso.
PRIOR
Bien quadra cortés y santo.
TELLO.
A España parto mañana;
si me manda alguna cosa,
harela de buena gana.
CRUZ.
Tu jornada sea dichosa:
viento en popa y la mar llana.
Yo, mis pobres oraciones
a las celestes regiones
embiaré por tu camino,
puesto, señor, que imagino
que en rezio tiempo te pones
a nauegar.
TELLO.
La derrota
està de fuerça que siga
de la ya aprestada flota.
CRUZ.
Ni el vracan te persiga,
ni toques en la derrota
Bermuda, ni en la Florida,
de mil cuerpos omicida,
adonde, contra natura,
es el cuerpo sepultura
viua del cuerpo sin vida.
A Cadiz, como desseas,
llegues sano, y en San Lucar
desembarques tus preseas,
y, en virtudes hecho vn Fucar,
presto en Seuilla te veas,
donde a mi padre diras
lo que quisieres, y haras
por el lo que mereciere.
TELLO.
Hare lo que me pidiere,
y si es poco, hare yo mas.
Y aora, por paga, pido
de aquella buena intencion
que en su criança he tenido,
padre, que su bendicion
me dexe aqui enriquecido
de esperanças, con que pueda
esperar que me suceda
el viage tan a cuento,
que sople propicio el viento,
y la fortuna esté queda.
CRUZ.
La de Dios encierre en esta
tanta ventura, que sea
la jornada alegre y presta,
sin que en tormenta se vea,
ni en la calma que molesta.
F. ANTONIA
Si viere alla a la persona...
TELLO.
¿De quien?
F. ANTONIA
De la Salmerona,
encaxele vn besapies
de mi parte, y dos o tres
buçes, a modo de mona.
PRIOR
Fray Antonio, ¿cómo es esto?
¿Cómo delante de mi
se muestra tan descompuesto?
F. ANTONIA
Ocurrioseme esto aqui,
y vase el señor tan presto,
que temi que me faltara
lugar do le encomendara
estos y otros besamanos:
que poder ser cortesanos
los frayles, es cosa clara.
PRIOR
¡Calle, y a vernos despues!
TELLO.
Por cierto, que no merece
castigo por ser cortès.
PRIOR
Cierta enfermedad padece
en la lengua.
F. ANTONIA
Ello assi es;
pero nunca hablo cosa
que toque en escandalosa;
que hablo a la vizcaina.
PRIOR
Yo hablarè a la diciplina,
lengua breue y compendiosa.
TELLO.
Deme su paternidad
licencia, y aqueste enojo
no toque en riguridad.
F. ANTONIA
Si conociera al Patojo,
hizierame caridad
de saludalle tambien
de mi parte. Aunque me den
diciplina porque calle,
no puedo no encomendalle
aquello que me està bien.
PRIOR
Vuesa merced vaya en paz,
que a colera no me mueue
plática que da solaz,
y este, por moço, se atreue,
y el de suyo se es loquaz;
y sean estos abraços
muestra de los santos lazos
con que caridad nos liga.
(Abraça a los dos.)
[TELLO.]
Mi amor, padre Cruz, le obliga
a que apriete mas los braços,
y veisme que me enternezco.
CRUZ.
Dios te guie, señor mio,
que a su proteccion te ofrezco.
TELLO.
Que me dara yo confio,
por vos, mas bien que merezco.
(Vase TELLO.)
PRIOR
Venga, fray Antonio, venga.
CRUZ.
Dexele que se detenga
conmigo, padre, aqui vn poco.
[PRIOR]
En buen hora; y, si està loco,
haga cómo seso tenga.
(Vase el PRIOR.)
CRUZ.
¿Que es possible, fray Antonio,
que ha de caer en tal mengua,
que consienta que su lengua
se la gouierne el demonio?
Cierto que pone manzilla
ver que el demonio maldito
le trae las ollas de Egypto
en lo que dexó en Seuilla.
De las cosas ya passadas,
mal hechas, se ha de acordar,
no para se deleytar,
sino para ser lloradas;
de aquella gente perdida
no deue acordarse mas,
ni del Compas, si ay compas
do se viue sin medida.
Sólo de gracias a Dios,
que, por su santa clemencia,
nos dio de la penitencia
la estrecha tabla a los dos,
para que, de la tormenta
y naufragar casi cierto,
de la religion el puerto
tocassemos sin afrenta.
F. ANTONIA
Yo mirarè lo que hablo
de aqui adelante mas cuerdo,
pues conozco lo que pierdo,
y se lo que gana el diablo.
Rueguele, padre, al prior
que en su furia se mitigue,
y no al peso me castigue
de mi descuydado error.
CRUZ.
Vamos, que yo le dare
bastantissima disculpa
de su yerro, y por su culpa
y las mias rezarè.
(Entranse todos.)
(Sale vna dama llamada DOÑA ANA TREUIÑO, vn MEDICO y dos criados. Todo esto es verdad de la historia.)
MED.
Vuessa merced sepa cierto
que aquesta su enfermedad
es de muy ruin calidad;
hablo en ella como experto.
Mi oficio obliga a dezillo,
cause o no cause passion:
que, entre razon y razon,
pondra la Parca el cuchillo.
Hablando se ha de quedar
muerta; y aquesto le digo
como medico y amigo
que no la quiere engañar.
D.ª ANA.
Pues a mi no me parece
que estoy tan mala. ¿Que es esto?
¿Cómo me anuncia tan presto
la muerte?
MED.
El pulso me ofrece,
los ojos y la color,
esta verdad a la clara.
D.ª ANA.
En los ojos de mi cara
suele mirarse el amor.
MED.
Vuessa merced se confiesse,
y quedense aparte burlas.
CRI. 1.
Señor, si es que no te burlas,
rezio mandamiento es esse.
MED.
No me suelo yo burlar
en casos deste jaez.
D.ª ANA.
Podra su merce(d) esta vez,
si quisiere, perdonar,
que, ni quiero confessarme,
ni hazer cosa que me diga.
MED.
A mas mi oficio me obliga,
y a Dios.
D.ª ANA.
El querra ayudarme.
(Vase el MEDICO.)
Pesado medico y necio,
siempre cansa y amohina.
CRI. 2.
Crio Dios la medicina,
y hase de tener en precio.
D.ª ANA.
La medicina yo alabo;
pero los medicos no,
porque ninguno llegò
con lo que es la ciencia al cabo.
Algo fatigada estoy.
CRI. 1.
Procura desenfadarte,
esparcerte y alegrarte.
D.ª ANA.
Al campo pienso de yr oy.
Parece que estan templando
vna guitarra alli fuera.
CRI. 1.
¿Sera Ambrosio?
D.ª ANA.
Sea quienquiera,
escuchad, que va cantando.
(Cantan dentro:)
«Muerte y vida me dan pena;
no se que remedio escoja:
que, si la vida me enoja,
tampoco la muerte es buena.»
D.ª ANA.
Con todo, es mejor viuir:
que, en los casos desyguales,
el mayor mal de los males
se sabe que es el morir.
Calle el que canta, que atierra
oyr tratar de la muerte:
que no ay tesoro de suerte
en tal espacio de tierra.
La muerte y la mocedad
hazen dura compañia,
como la noche y el dia,
la salud y enfermedad,
y edad poca y maldad mucha,
y voz de muerte a deshora;
¡ay del alma pecadora
que impenitente la escucha!
CRI. 1.
No me contenta mi ama;
nunca la he visto peor:
fuego es ya, no es resplandor,
el que en su vista derrama.
(Entranse todos.)
(Sale el padre FRAY ANTONIO.)
F. ANTONIA
Mientras el frayle no llega
a ser sacerdote, passa
vida pobre, estrecha, escasa,
de quien a vezes reniega.
Tiene alla el predicador
sus deuotas y sus botas,
y el presentado echa gotas
y suda con el prior;
mas el nouicio y corista,
en el coro y en la escoba
sus apetitos adoba,
diziendo con el Salmista:
Et potum meum cum fletu miscebam.
Pero bien será callar,
pues se que muchos conuienen
en que las paredes tienen
oydos para escuchar.
La celda del padre Cruz
està abierta, ciertamente;
ver quiero este penitente,
que està a escuras y es de luz.
(Abre la celda; parece el PADRE CRUZ arrobado, hincado de rodillas, con vn cruzifijo en la mano.)
¡Mirad que postura aquella
del brauo rufian diuino,
y si hallarà camino
Satanas para rompella!
Arrobado està, y es cierto
que, en tanto que el està assi,
los sentidos tiene en si
tan muertos como de vn muerto.
(Suenan desde lexos guitarras y sonajas, y bozeria de regozijo. Todo esto desta mascara y vision fue verdad, que assi lo cuenta la historia del santo.)
Pero ¿que musica es esta?
¿Que guitarras y sonajas?
¿Pues los frayles se hazen raxas?
¿Mañana es alguna fiesta?
Aunque musica a tal hora,
no es decente en el conuento.
Miedo de escuchalla siento.
¡Valgame nuestra Señora!
(Suena mas cerca.)
¡Padre nuestro, despierte,
que se hunde el mundo todo
de musica! No hallo modo
bueno alguno con que acierte.
La musica no es diuina,
porque, segun voy notando,
al modo vienen cantando
rufo y de xacarandina.
(Entran a este instante seis con sus mascaras, vestidos como ninfas lasciuamente, y los que han de cantar y tañer, con mascaras de demonios vestidos a lo antiguo, y hazen su dança. Todo esto fue assi, que no es vision supuesta, apocrifa ni mentirosa.)
Cantan:
«No ay cosa que sea gustosa,
sin Venus blanda amorosa.
No ay comida que assi agrade,
ni que sea tan sabrosa,
como la que guisa Venus,
en todos gustos curiosa.
Ella el verde amargo jugo
de la amarga hiel sazona,
y de los mas tristes tiempos
buelue muy dulces las horas;
quien con ella trata, rie,
y quien no la trata, llora.
Passa qual sombra en la vida,
sin dexar de si memoria,
ni se eterniza en los hijos,
y es como el arbol sin hojas,
sin flor ni fruto, que el suelo
con ninguna cosa adorna.
Y por esto, en quanto el sol
ciñe y el ancho mar moja,
no ay cosa que sea gustosa
sin Venus blanda amorosa.»
(El PADRE CRUZ, sin abrir los ojos, dize:)
CRUZ.
No ay cosa que sea gustosa,
sin la dura cruz preciosa.
Si por esta senda estrecha
que la cruz señala y forma
no pone el pie el que camina
a la patria venturosa,
quando menos lo pensare,
de improuiso y a deshora,
cayra de vn despeñadero
del abismo en las mazmorras.
Torpeza y honestidad
nunca las manos se toman,
ni pueden caminar juntas
por esta senda fragosa.
Y yo [se] que en todo el cielo,
ni en la tierra, aunque espaciosa,
no ay cosa que sea gustosa
sin la dura cruz preciosa.
MUS.
«¡Dulzes dias, dulzes ratos
los que en Seuilla se gozan,
y dulzes comodidades
de aquella ciudad famosa,
do la libertad campea,
y en sucinta y amorosa
manera Venus camina
y a todos se ofrece toda,
y risueño el amor canta
con mil passages de gloria:
"No ay cosa que sea gustosa,
sin Venus blanda amorosa!"»
CRUZ
Vade retro, Sa[ta]nas,
que para mi gusto aora
no ay cosa que sea gustosa
sin la dura cruz preciosa.
(Vanse los demonios gritando.)
F. ANTONIA
Hazerme quiero mil cruzes;
he visto lo que aun no creo.
Afuera el temor, pues veo
que viene gente con luzes.
CRUZ.
¿Que haze aqui, fray Antonio?
F. ANTONIA
Estaua mirando atento
vna dança de quien siento
que la guiaua el demonio.
CRUZ.
Deuia de estar durmiendo,
y soñaua.
F. ANTONIA
No, a fe mia;
padre Cruz, yo no dormia.
(Entran a este punto dos ciudadanos con sus lanternas, y el PRIOR.)
CIUDADANO 1.
Señor, como voy diziendo,
pone gran lastima oylla:
que no ay razon de prouecho
para enternecerle el pecho
ni de su error diuertilla;
y pues auemos venido
a tal hora a este conuento
por remedio, es argumento
que es el daño muy crecido.
PRIOR
Que diga que Dios no puede
perdonalla, caso estraño;
es esse el mayor engaño
que al pecador le sucede.
Fray Christoual de la Cruz
està en pie; quiça adiuino
que ha de hazer este camino,
y en el dar a este alma luz.
Padre, su paternidad
con estos señores vaya,
y quanto pueda la raya
suba de su caridad,
que anda muy listo el demonio
con vn alma pecadora.
Vaya con el padre.
F. ANTONIA
¿Aora?
PRIOR
No replique, fray Antonio.
F. ANTONIA
Vamos, que a mi se me alcança
poco o nada, o me imagino
que he de ver en el camino
la no fantastica dança
de denantes.
CRUZ.
Calle vn poco,
si puede.
CIUDADANO 2.
Señor, tardamos,
y serà bien que nos vamos.
F. ANTONIA
Todos me tienen por loco
en aqueste monesterio.
CRUZ.
No hable entre dientes; camine,
y essas danças no imagine
que carecen de misterio.
PRIOR
Vaya con Dios, padre mio.
CIUDADANO 1.
Con el vamos muy contentos.
CRUZ.
¡Fauorezca mis intentos
Dios, de quien siempre confio!
(Sale vn CLERIGO y DOÑA ANA DE TREUIÑO y acompañamiento.)
CLE.
Si assi la cama la cansa,
puede salir a esta sala.
D.ª ANA.
Qualquiera parte halla mala
la que en ninguna descansa.
CLE.
Lleguen essas sillas.
D.ª ANA.
Cierto
que me tiene su porfia,
padre, elada, yerta y fria,
y que ella sola me ha muerto.
No me canse ni se canse
en persuadirme otra cosa,
que no soy tan amorosa
que con lagrimas me amanse.
¡No ay misericordia alguna
que me valga en suelo o cielo!
CLE.
Toda la verdad del cielo
a tu mentira repugna.
En Dios no ay menoridad
de poder, y, si la huuiera,
su menor parte pudiera
curar la mayor maldad.
Es Dios vn bien infinito,
y, a respeto de quien es,
quanto imaginas y ves,
viene a ser punto finito.
D.ª ANA.
Los atributos de Dios
son iguales; no os entiendo,
ni de entenderos pretendo.
Mataisme, y cansaisos vos.
¡Bien fuera que Dios aora,
sin que en nada reparara,
sin mas ni mas, perdonara
a tan grande pecadora!
No haze cosa mal hecha,
y assi, no ha de hazer aquesta.
CLE.
¿Ay locura como esta?
D.ª ANA.
No griteis, que no aprouecha.
(Entran a este instante el PADRE CRUZ y FRAY ANTONIO, y ponese el padre a escuchar lo que està diziendo el clerigo, el qual prosigue diziendo:)
CLE.
Pues nacio para saluarme
Dios, y en cruz murio enclauado,
perdonará mi pecado,
si està en menos perdonarme.
De su parte has de esperar,
que de la tuya no esperes
el gran perdon que no quieres,
que el se estrema en perdonar.
Deus cui proprium est misereri semper,
& parcere, & misericordia eius super omnia opera eius
Y el rey diuino cantor,
las alabanças que escuchas
despues que ha dicho, otras muchas
dize de aqueste tenor:
Misericordias tuas, Domine, in æternum cantabo.
La mayor ofensa hazes
a Dios que puedes hazer:
que, en no esperar y temer,
parece que le deshazes,
pues vas contra el atributo
que el tiene de omnipotente,
pecado el mas insolente,
mas sin razon y mas bruto.
En dos pecados se ha visto
que Iudas quiso estremarse,
y fue el mayor ahorcarse
que el auer vendido a Christo.
Hazesle agrauio, señora,
grande en no esperar en el,
porque es paloma sin hiel
con quien su pecado llora.
Cor contritum & humiliatum, Deus, non despicies.
El coraçon humillado,
Dios por jamas le desprecia;
antes, en tanto le precia,
que es fee y caso aueriguado
que [se] regozija el cielo
quando con nueua conciencia
se buelue a hazer penitencia
vn pecador en el suelo.
El padre Cruz està aqui;
buen sucesso en todo espero.
CRUZ
Prosiga, padre, que quiero
estarle atento.
D.ª ANA.
¡Ay de mi,
que otro moledor acude
a acrecentar mi tormento!
¡Pues no ha de mudar mi intento
aunque mas trabaje y sude!
¿Que me quereis, padre, vos,
que tan hinchado os llegais?
¡Bien parece que ignorais
como para mi no ay Dios!
No ay Dios, digo, y mi malicia
haze, con mortal discordia,
que esconda misericordia
el rostro, y no la justicia.
CRUZ.
Dixit insipiens in corde suo: non est Deus.
Vuestra humildad, señor, sea
seruida de encomendarme
a Dios, que quiero mostrarme
sucessor en su pelea.
(Hincanse de rodillas el CLERIGO, FRAY ANTONIO y el PADRE CRUZ, y los circustantes todos.)
¡Dichosa del cielo puerta,
que leuantò la cayda
y resucitò la vida
de nuestra esperança muerta!
¡Pide a tu parto dichoso
que ablande aqui estas entrañas,
y muestre aqui las hazañas
de su coraçon piadoso!
Et docebo iniquos vias tuas,
& impij ad te conuertentur.
Mi señora doña Ana de Treuiño,
estando ya tan cerca la partida
del otro mundo, pobre es el aliño
que veo en esta amarga despedida.
Blancas las almas como blanco armiño
han de entrar en la patria de la vida,
que ha de durar por infinitos siglos,
y negras donde habitan los vestiglos.
Mirad dónde quereis vuestra alma vaya;
escogedle la patria a vuestro gusto.
D.ª ANA.
La justicia de Dios me tiene a raya;
no me ha de perdonar, por ser tan justo;
al malo la justicia le desmaya;
no habita la esperança en el injusto
pecho del pecador, ni es bien que habite.
CRUZ.
Tal error de tu pecho Dios le quite.
En la hora que la muerte
a la pobre vida alcança,
se ha de asir de la esperança
el alma que en ello aduierte;
que, en término tan estrecho
y de tan fuerte rigor,
no es possible que el temor
sea al alma de prouecho.
El esperar y el temer
en la vida han de andar juntos;
pero en la muerte otros puntos
han de guardar y tener.
El que, en el palenque puesto,
teme a su contrario, yerra,
y està el que animoso cierra
a la vitoria dispuesto.
En el campo estais, señora;
la guerra serà esta tarde;
mirad que no os acobarde
el enemigo en tal hora.
D.ª ANA.
Sin armas, ¿cómo he de entrar
en el trance riguroso,
siendo el contrario mañoso
y duro de contrastar?
CRUZ.
Confiad en el padrino
y en el juez, que es mi Dios.
D.ª ANA.
Parece que dais los dos
en vn mismo desatino.
Dexadme, que, en conclusion,
tengo el alma de manera,
que no quiero, aunque Dios quiera,
gozar de indulto y perdon.
¡Ay, que se me arranca el alma!
¡Desesperada me muero!
CRUZ
Demonio, en Iesus espero
que no has de lleuar la palma
desta empresa. ¡O Virgen pura!
¿Cómo vuestro auxilio tarda?
¡Angel bueno de su guarda,
ved que el malo se apressura!
Padre mio, no desista
de la oracion, reze mas,
que es arma que a Satanas
le vence en qualquier conquista.
F. ANTONIA
Cuerpo ayuno y desuelado
facilmente se empereza,
y, mas que reza, bosteza,
indeuoto y desmayado.
D.ª ANA.
¡Que tan sin obras se halle
mi alma!
CRUZ.
Si fee recobras,
yo hare que te sobren obras.
D.ª ANA.
¿Hallanse, a dicha, en la calle?
Y la[s] que he hecho hasta aqui,
¿han sido sino de muerte?
CRUZ.
Escucha vn poco, y aduierte
lo que aora dire.
D.ª ANA.
Di.
CRUZ.
Vn religioso que ha estado
gran tiempo en su religion,
y con limpio coraçon
siempre su regla ha guardado,
haziendo tal penitencia,
que mil vezes el prior
le manda tiemple el rigor
en virtud de la obediencia;
y el, con ayunos continuos,
con oracion y humildad,
busca de riguridad
los mas asperos caminos:
e[l] duro suelo es su cama,
sus lagrimas su beuida,
y sazona su comida
de Dios la amorosa llama;
vn canto aplica a su pecho
con golpes, de tal manera,
que, aunque de diamante fuera,
le tuuiera ya deshecho;
por huyr del torpe vicio
de la carne y su regalo,
su camisa, aunque esté malo,
es de vn aspero silicio;
descalço siempre los pies,
de toda malicia ageno,
amando a Dios por ser bueno,
sin mirar otro interes.
D.ª ANA.
¿Que quieres desso inferir,
padre?
CRUZ.
Que digais, señora,
si este tal podra, en la hora
angustiada del morir,
tener alguna esperança
de saluarse.
D.ª ANA.
¿Por que no?
¡Oxala tuuiera yo
la menor parte que alcança
de tales obras tal padre!
Pero no tengo ni aun vna
que en esta angustia importuna
a mis esperanças quadre.
CRUZ.
Yo os dare todas las mias,
y tomarè el graue cargo
de las vuestras a mi cargo.
D.ª ANA.
Padre, dime: ¿desuarias?
¿Cómo se puede hazer esso?
CRUZ.
Si te quieres confessar,
los montes puede allanar
de caridad el excesso.
Pon tu el arrepentimiento
de tu parte, y verás luego
cómo en tus obras me entrego,
y tu en aquellos que cuento.
D.ª ANA.
¿Dónde estan los fiadores
que asseguren el concierto?
CRUZ.
Yo estoy bien seguro y cierto
que nadie los dio mejores,
ni tan grandes, ni tan buenos,
ni tan ricos, ni tan llanos,
puesto que son soberanos,
y de inmensa alteza llenos.
D.ª ANA.
¿A quien me dais?
CRUZ.
A la pura,
sacrosanta, rica y bella,
que fue Madre y fue donzella,
crisol de nuestra ventura.
A Christo cruzificado
os doy por fiador tambien;
doyosle niño en Belen,
perdido y despues hallado.
D.ª ANA.
Los fiadores me contentan;
los testigos, ¿quien seran?
CRUZ.
Quantos en el cielo estan
y en sus escaños se sientan.
D.ª ANA.
El contrato referid,
porque yo quede enterada
de la merced señalada
que me hazeis.
CRUZ.
Cielos, oid.
Yo, fray Christoual de la Cruz, indigno
religioso, y professo en la sagrada
orden del patriarca felicissimo
Domingo santo, en esta forma digo:
Que al alma de doña Ana de Treuiño,
que està presente, doy de buena gana
todas las buenas obras que yo he hecho
en caridad y en gracia desde el punto
que dexè la carrera de la muerte
y entrè en la de la vida; doyle todos
mis ayunos, mis lagrimas y açotes,
y el merito santissimo de quantas
missas he dicho, y assimismo doyle
mis oraciones todas y desseos,
que han tenido a mi Dios siempre por blanco;
y, en contracambio, tomo sus pecados,
por inormes que sean, y me obligo
de dar la cuenta dellos en el alto
y eterno tribunal de Dios eterno,
y pagar los alcances y las penas
que merecieren sus pecados todos.
Mas es la condicion deste concierto,
que ella primero de su parte ponga
la confession y el arrepentimiento.
F. ANTONIA
¡Caso jamas oydo es este, padre!
CLE.
Y caridad jamas imaginada.
CRUZ.
Y para que me crea y se assegure,
le doy por fiadores a la Virgen
santissima Maria y a su Hijo,
y a las onze mil virgines benditas,
que son mis valedoras y abogadas;
y a la tierra y el cielo hago testigos,
y a todos los presentes que me escuchan.
Moradores del cielo, no se os passe
esta ocasion, pues que podeys en ella
mostrar la caridad vuestra encendida;
pedid al gran Pastor de los rebaños
del cielo y de la tierra que no dexe
que lleue Satanas esta ouejuela,
que el almagrò con su preciosa sangre.
¿Señora, no aceptays este concierto?
D.ª ANA.
Si acepto, padre, y pido arrepentida
confession, que me muero.
CLE.
¡Obras son estas,
gran Señor, de las tuyas!
F. ANTONIA
¡Bueno queda
el padre Cruz aora, hecha arista
el alma, seca y sola como esparrago!
Pareceme que buelue al Sicut erat,
y que dexa el Breuiario, y se acomoda
con el barcelones y la de ganchos.
Siempre fue liberal, o malo, o bueno.
D.ª ANA.
Padre, no me dilate este remedio;
oyga las culpas que a su cargo quedan,
que, si no le desmayan por ser tantas,
yo morire segura y confiada
que he de alcançar perdon de todas ellas.
CRUZ.
Padre, vaya al conuento, y de esta nueua
a nuestro padre, y rueguele que haga
general oracion, dando las gracias
a Dios deste sucesso milagroso,
en tanto que a esta nueua penitente
oygo de confession.
F. ANTONIA
A mi me plaze.
CRUZ.
Vamos do estemos solos.
D.ª ANA.
En buen hora.
CLE.
¡O bienauenturada pecadora!
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
JORNADA TERCERA
Entra vn CIUDADANO y el PRIOR.
CIUDADANO
Oygan los cielos y la tierra entienda
tan nueua y tan estraña marauilla,
y su paternidad a oylla atienda;
que, puesto que no pueda referilla
con aquellas razones que merece,
peor serà que dexe de dezilla.
Apenas a la vista se le ofrece
doña Ana al padre Cruz, sin la fe pura
que a nuestras esperanças fortaleze,
quando, con caridad firme y segura,
hizo con ella vn cambio, de tal suerte,
que cambiò su desgracia en gran ventura.
Su alma de las garras de la muerte
eterna arrebatò, y boluio a la vida,
y de su pertinacia la diuierte,
la qual, como se viesse enriquezida
con la dadiua santa que el bendito
padre le dio sin tassa y sin medida,
alçò al momento vn piadoso grito
al cielo, y confession pidio llorando,
con voz humilde y coraçon contrito;
y, en lo que antes dudaua no dudando,
de sus deudas dio cuenta muy estrecha
a quien agora las està pagando;
y luego, sossegada y satisfecha,
todos los sacramentos recebidos,
dexó la carzel de su cuerpo estrecha.
Oyeronse en los ayres diuididos
coros de bozes dulzes, de manera
que quedaron suspensos los sentidos;
dixo al partir de la mortal carrera
que las onze mil virgines estauan
todas en torno de su cabecera;
por los ojos las almas distilauan
de gozo y marauilla los presentes,
que la suaue musica escuchauan;
y apenas por los ayres transparentes
volo de la contrita pecadora
el alma a las regiones refulgentes,
quando en aquella misma feliz hora
se vio del padre Cruz cubierto el rostro
de lepra, adonde el asco mismo mora.
Bolued los ojos, y vereys el monstruo,
que lo es en santidad y en la fiereza,
cuya fealdad a nadie le da en rostro.
(Entra el PADRE CRUZ, llagado el rostro y las manos; traenle dos ciudadanos de los braços, y FRAY ANTONIO.)
CRUZ.
Acompaña a la lepra la flaqueza;
no me puedo tener. ¡Dios sea bendito,
que assi a pagar mi buen desseo empieça!
PRIOR
Por esse tan borrado sobreescrito
no podra conoceros, varon santo,
quien no os mirare muy de hito en hito.
CRUZ.
Padre prior, no se adelante tanto
vuestra aficion, que me llameys con nombre
que me quadra tan mal, que yo me espanto.
Inutil frayle soy, pecador hombre,
puesto que me acompaña vn buen desseo;
mas no dan los desseos tal renombre.
CIUDADANO
En vos contemplo, padre Cruz, y leo
la paciencia de Iob, y su presencia
en vuestro rostro deslustrado veo.
Por la agena malicia la inocencia
vuestra salio, y pagò tan de contado,
qual lo muestra el rigor desta dolencia.
Obligastesos oy, y aueys pagado oy.
CRUZ.
A lo menos, de pagar espero,
pues de mi voluntad quedè obligado.
CIUDADANO 2.
¡O en la viña de Dios gran jornalero!
¡O caridad, brasero y fragua ardiente!
CRUZ.
Señores, hijo soy de vn tabernero;
y si es que adulacion no està presente,
y puede la humildad hazer su oficio,
cesse la cortesia, aqui indecente.
F. ANTONIA
Yo, traydor, que a la gula, en sacrificio
del alma, y a la hampa, engendradora
de todo torpe y asqueroso vicio,
digo que me consagro desde agora
para limpiar tus llagas y curarte,
hasta el fin de mi vida o su mejora;
y no tendra conmigo alguna parte
la vana adulacion, pues, de contino,
antes rufian que santo he de llamarte.
Con esto no hallará ningun camino
la vanagloria para hazerte guerra,
enemigo casero y repentino.
CIUDADANO 2.
Venistes para bien de aquesta tierra.
¡Dios os guarde mil años, padre amado!
CIUDADANO 1.
¡Sólo en su pecho caridad encierra!
CRUZ.
Padres, recojanme, que estoy cansado.
(Entranse todos, y salen dos demonios: el vno con figura de oso, y el otro como quisieren. Esta vision fue verdadera, que ansi se cuenta en su historia.)
SAQUEL
¡Que assi nos la quitasse de las manos!
¡Que assi la mies tan sazonada nuestra
la segasse la hoz del tabernero!
¡Reniego de mi mismo, y aun reniego!
¡Y que tuuiesse Dios por bueno y justo
tal cambalache! Estuuose la dama
al pie de quarenta años en sus vicios,
desesperada de remedio alguno;
llega estotro buen alma, y dale luego
los tesoros de gracia que tenia
adquiridos por Christo y por sus obras.
¡Gentil razon, gentil guardar justicia,
y gentil ygualar de desiguales
y contrapuestas prendas: gracia y culpa,
bienes de gloria y del infierno males!
VISIEL
Como fue el corredor desta mohatra
la caridad, facilitò el contrato,
puesto que desigua.
SAQUEL
Dessa manera,
mas rica queda el alma deste rufo,
por auer dado quanto bien tenia,
y tomado el ageno mal a cuestas,
que antes estaua que el contrato hiziesse.
VISIEL
No se que te responda; sólo veo
que no puede ninguno de nosotros
alabarse que ha visto en el infierno
algun caritatiuo.
SAQUEL
¿Quien lo duda?
¿Sabes que veo, Visiel amigo?
Que no es equiualente aquesta lepra
que padece este frayle, a los tormentos
que passara doña Ana en la otra vida.
VISIEL
¿No aduiertes que ella puso de su parte
grande arrepentimiento?
SAQUEL
Fue a los fines
de su maluada vida.
VISIEL
En vn instante
nos quita de las manos Dios al alma
que se arrepiente y sus pecados llora;
quanto y mas, que esta estaua enriquezida
con las gracias del frayle hi de vellaco.
SAQUEL
Mas deste generoso, a lo que entiendes,
¿que serà del, agora que està seco
e inutil para cosa desta vida?
VISIEL
¿Aquesso ignoras? No sabes (que) conocen
sus frayles su virtud y su talento,
su ingenio y su bondad, partes bastantes
para que le encomienden su gouierno?
SAQUEL
¿Luego serà prior?
VISIEL
¡Muy poco dizes!
Prouincial le verás.
SAQUEL
Ya lo adiuino.
En el jardin està; tu no te muestres,
que yo quiero a mis solas darle vn toque
con que siquiera a yra le prouoque.
(Entranse.)
(Sale FRAY ANGEL y FRAY ANTONIO.)
F. ANTONIA
¿Que trae, fray Angel? ¿Son hueuos?
A.
Hable, fray Antonio, quedo.
F. ANTONIA
¿Tiene miedo?
A.
Tengo miedo.
F. ANTONIA
Deme dos de los mas nueuos,
de los mas frescos, le digo,
que me los quiero sorber
assi, crudos.
A.
Ay que hazer
primero otra cosa, amigo.
F. ANTONIA
Siempre acudes a mi ruego
dilatando tus mercedes.
A.
Si estos hueuos comer puedes,
veslos aqui, no los niego.
(Muestrale dos bolas de argolla.)
F. ANTONIA
¡O coristas y nouicios!
La mano que el bien dispensa,
os quite de la despensa
las cerraduras y quizios;
la yerua del pito os de,
que abre todas cerraduras,
y veays, estando a escuras,
como el luciernago ve;
y, señores de las llaues,
sin temor y sobresalto,
deys vn generoso assalto
a las cosas mas suaues;
busqueys hebras de tocino,
sin hazer del vnto caso,
y en penante y limpio vaso
deys dulces soruos de vino;
de almendra morisca y passa
vuestras mangas se vean llenas,
y jamas muelas agenas
a las vuestras pongan tassa;
quando en la tierra comays
pan y agua con querellas,
halleys empanadas bellas
quando a la celda boluays;
hagaos la paciencia escudo
en qualquiera vuestro aprieto;
mandeos vn prior discreto,
afable y no cabeçudo.
A.
Deprecacion bien christiana,
fray Antonio, es la que has hecho;
que aspirò a nuestro prouecho,
es cosa tambien bien llana.
Grande miseria passamos
y a sumo estrecho venimos
los que missa no dezimos
y los que no predicamos.
[F. ANTONIA]
¿Para que son essas bolas?
A.
Yo las lleuaua con fin
de jugar en el jardin
contigo esta tarde a solas,
en las horas que nos dan
de recreacion.
F. ANTONIA
¿Y lleuas
argolla?
A.
Y paletas nueuas.
F. ANTONIA
¿Quien te las dio?
A.
Fray Beltran.
Se las embió su prima,
y el me las ha dado a mi.
F. ANTONIA
Con las paletas aqui,
hare dos tretas de esgrima.
Precingete como yo,
y entregame vna paleta,
y está aduertido vna treta
que el padre Cruz me mostro
quando en la xacara fue
aguila bolante y diestra.
Muestra, digo; acaba, muestra.
A.
Toma; pero yo no se
de esgrima mas que vn jumento.
F. ANTONIA
Ponte de aquesta manera:
vista alerta; esse pie fuera,
puesto en medio mouimiento.
Tirame vn tajo volado
a la cabeça. ¡No ansi;
que esse es reues, pese a mi!
A.
¡Soy vn asno enalbardado!
F. ANTONIA
Esta es la braua postura
que llaman puerta de hierro
los jaques.
A.
¡Notable yerro
y disparada locura!
F. ANTONIA
Doy broquel, saco el valdeo,
leuanto, señalo o pego,
reparome en cruz, y luego
tiro vn tajo de boleo.
(Entra el PADRE CRUZ arrimado a vn baculo y rezando en vn rosario.)
CRUZ.
Fray Antonio, basta ya;
no mueran mas, si es possible.
A.
¡Que confusion tan terrible!
CRUZ.
¡Buena la postura està!
No se os pueden embotar
las agudezas de loco.
F. ANTONIA
Indigesto estaua vn poco,
y quiseme exercitar
para hazer la digestion,
que dizen que es conueniente
el exercicio vehemente.
CRUZ.
Vos teneys mucha razon;
mas yo os dare vn exercicio
con que os haga por la posta
digerir a vuestra costa
la superfluydad del vicio:
vaya y pongase a rezar
dos horas en penitencia;
y puede su reuerencia,
fray Angel, yr a estudiar,
y dexese de las tretas
deste valiente mancebo.
F. ANTONIA
¿Las bolas?
A.
Aqui las lleuo.
F. ANTONIA
Toma, y lleua las paletas.
(Entrase FRAY ANTONIO y FRAY ANGEL.)
CRUZ.
De la escuridad del suelo
te saquè a la luz del dia,
Dios queriendo, y yo querria
lleuarte a la luz del cielo.
(Buelue a entrar SAQUIEL vestido de osso. Todo fue ansi.)
SAQUEL
Cambiador nueuo en el mundo,
por tu voluntad enfermo,
¿piensas que eres en el yermo
algun Macario segundo?
¿Piensas que se han de auenir
bien para siempre jamas,
con lo que es menos lo mas,
la vida con el morir,
soberuia con humildad,
diligencia con pereza,
la torpedad con limpieza,
la virtud con la maldad?
Engañaste; y es tan cierto
no auenirse lo que digo,
que puedes ser tu testigo
desta verdad, con que acierto.
CRUZ.
¿Que quieres desso inferir,
enemigo Satanas?
SAQUEL
Que es locura en la que das,
dignissima de reyr;
que en el cielo ya no dan
puerta, a que entren de rondon,
assi como entrò vn ladron,
que entre tambien vn rufian.
CRUZ.
Conmigo en valde te pones
a disputar: que yo se
que, aunque te sobre en la fe,
me has de sobrar tu en razones.
Dime a que fue tu venida,
o bueluete, y no hables mas.
SAQUEL
Mi venida, qual verás,
es a quitarte la vida.
CRUZ.
Si es que traes de Dios licencia,
facil te serà quitalla,
y mas facil a mi dalla
con promptissima obediencia.
Si la traes, ¿por que no prueuas
a ofenderme? Aunque rezelo
que no has de tocarme a vn pelo,
por muy mucho que te atreuas.
¿Que bramas? ¿Quien te atormenta?
Pero esperate, aduersario.
SAQUEL
Es para mi de vn rosario
bala la mas chica cuenta.
Rufian, no me martirizes;
tuerce, hipocrita, el camino.
CRUZ.
Aun bien que tal vez, malino,
algunas verdades dizes.
(Vase el demonio bramando.)
Buelue, que te desafio
a ti y al infierno todo,
hecho valenton al modo,
que plugo al gran Padre mio.
¡O alma!, mira quien eres,
para que del bien no tuerças;
que el diablo no tiene fuerças,
mas de las que tu le dieres.
Y para que no rehuyas
de verte con el a braços,
Dios rompe y quiebra los lazos
que passan las fuerças tuyas.
(Buelue a entrar FRAY ANTONIO, con vn plato de hilas y paños limpios.)
F. ANTONIA
Entrese, padre, a curar.
CRUZ.
Pareceme que es locura
pretender a mi mal cura.
F. ANTONIA
¿Es esso desesperar?
CRUZ.
No, por cierto, hijo mio;
mas es esta enfermedad
de vna cierta calidad,
que curarla es desuario.
Viene del cielo.
F. ANTONIA
¿Es possible
que tan mala cosa encierra
el cielo, do el bien se encierra?
Tengolo por impossible.
¿Estarase aora holgando
doña Ana, que te la dio,
y estareme en valde yo
tu remedio procurando?
(Entra FRAY ANGEL.)
A.
Padre Cruz, mandeme albricias,
que han elegido prior.
CRUZ.
Si no te las da el Señor,
de mi en vano las codicias.
Mas dezidme: ¿quien salio?
A.
Salio su paternidad.
CRUZ.
¿Yo, padre?
A.
Si, en mi verdad.
F. ANTONIA
¿Burlaste, fray Angel?
A.
No.
CRUZ
vnos ombros podridos
tan pesada carga han puesto?
No se que me diga desto.
. ANTONIA
Cegoles Dios los sentidos:
que si ellos te conocieran
como yo te he conocido,
tomaran otro partido,
y otro prior eligieran.
A.
Aora digo, fray Antonio,
que tiene, sin duda alguna,
en essa lengua importuna
entretexido el demonio:
que si ello no fuera ansi,
nunca tal cosa dixera[s].
F. ANTONIA
Fray Angel, no hablo de veras;
pero conuiene esto aqui.
Gusta este santo de verse
vituperado de todos,
y va huyendo los modos
do pueda ensoberuecerse.
Mira que confuso està
por la nueua que le has dado.
A.
Puesto le tiene en cuydado.
F. ANTONIA
El cargo no aceptará.
CRUZ.
¿No saben estos benditos
cómo soy simple y grossero,
y hijo de vn tabernero,
y padre de mil delitos?
F. ANTONIA
Si yo pudiera dar boto,
a fe que no te le diera;
antes, a todos dixera
la vida que de hombre roto
en Seuilla y en Toledo
te vi hazer.
CRUZ.
Tiempo te queda;
dila, amigo, porque pueda
escaparme deste miedo
que tengo de ser prelado,
cargo para mi indecente:
que ¿a que serà suficiente
hombre que està tan llagado
y que ha sido vn...?
F. ANTONIA
¿Que? ¿Rufian?
Que por Dios, y assi me goze,
que le vi reñir con doze
de heria y de San Roman;
y en Toledo, en las Ventillas,
con siete terciopeleros,
el hecho zaque, ellos cueros,
le vide hazer marauillas.
¡Que de capas vi a sus pies!
¡Que de broqueles raxados!
¡Que de cascos abollados!
Hirio a quatro; huyeron tres.
Para aqueste ministerio
si que le diera mi voto,
porque en el fuera el mas doto
rufian de nuestro emisferio;
pero para ser prior
no le diera yo jamas.
CRUZ.
¡O quánto en lo cierto estàs,
Antonio!
F. ANTONIA
¡Y cómo, señor!
CRUZ.
Assi qual quieres te gozes,
christiano, y frayle, y sin mengua,
que des vn filo a la lengua,
y digas mi vida a bozes.
(Entra el PRIOR, y otro frayle de acompañamiento.)
PRIOR
Vuestra paternidad nos de las manos,
y bendicion con ellas.
CRUZ.
Padres mios,
¿adónde a mi tal sumission?
PRIOR
Mi padre,
es ya nuestro prelado.
F. ANTONIA
¡Buenos cascos
tienen, por vida mia, los que han hecho
semejante eleccion!
PRIOR
¿Pues que, no es santa?
F. ANTONIA
A vn Iob hazen prior, que no le falta
si no es el muladar y ser casado
para serlo del todo. ¡En fin, son frayles!
Quien tiene el cuerpo de dolores lleno,
¿cómo podra tener entendimiento
libre para el gouierno que requiere
tan peligroso y trabajoso oficio
como el de ser prior? ¿No lo ven claro?
CRUZ.
¡O que bien que lo ha dicho fray Antonio!
¡El cielo se lo pague! Padres mios,
¿no miran qual estoy, que en todo el cuerpo
no tengo cosa sana? Consideren
que los dolores turban los sentidos,
y que ya no estoy bueno para cosa,
si no es para llorar y dar gemidos
a Dios por mis pecados infinitos.
Amigo fray Antonio, di a los padres
mi vida, de quien fuyste buen testigo;
diles mis insolencias y recreos,
la inmensidad descubre de mis culpas,
la baxeza les di de mi linage,
diles que soy de vn tabernero hijo,
porque les haga todo aquesto junto
mudar de parecer.
PRIOR
Escusa debil
es essa, padre mio; a lo que ha sido,
ha borrado lo que es. Acepte y calle,
que assi lo quiere Dios.
CRUZ.
¡El sea bendito!
Vamos, que la esperiencia dara presto
muestras que soy inutil.
F. ANTONIA
¡Viue el cielo,
que merece ser Papa tan buen frayle!
A.
Que serà prouincial, yo no lo dudo.
F. ANTONIA
Aquesso està de molde. Padre, vamos,
que es hora de curarte.
CRUZ.
Sea en buen hora.
F. ANTONIA
Va a ser prior, ¿y por no serlo llora?
(Entranse.)
(Salen LUCIFER con corona y cetro, el mas galan demonio y bien vestido que ser pueda, y SAQUIEL y VISIEL, como quisieren, de demonios feos.)
LUC.
Desde el instante que salimos fuera
de la mente eternal, angeles siendo,
y con soberuia voluntad y fiera
fuymos el gran pecado aprehendiendo,
sin querer ni poder de la carrera
torcer donde vna vez fuymos subiendo,
hasta ser derribados a este assiento,
do no se admite el arrepentimiento;
digo que desde entonces se recoge
la fiera embidia en este pecho fiero,
de ver que el cielo en su morada acoge
a quien passò tambien de Dios el fuero.
En mi se estiende y en Adan se encoge
la justicia de Dios, manso y seuero,
y del gozan los hombres in eterno,
y mis sequazes, deste duro infierno.
Y, no contento aquel que dio en vn palo
la vida, que fue muerte de la muerte,
de verme despojado del regalo
de mi primera auentajada suerte,
quiere que se alce con el cielo vn malo,
vn pecador blasfemo, y que se acierte
a saluar en vn corto y breue instante
vn ladron que no tuuo semejante;
la pecadora pública arrebata
de sus pies el perdon de sus pecados,
y su historia santissima dilata
por siglos en los años prolongados;
vn cambiador, que en sus vsuras trata,
dexa a sola vna voz sus intricados
libros, y por manera nunca vista
le passa a ser diuino coronista;
y agora quiere que vn rufian se assiente
en los ricos escaños de la gloria,
y que su vida y muerte nos la cuente
alta, famosa y verdadera historia.
Por esto inclino la soberuia frente,
y quiero que mi angustia sea notoria
a vosotros, participes y amigos,
y de mi mal y mi rancor testigos;
no para que me deys consuelo alguno,
pues tenerle nosotros no es possible,
sino porque acudays al oportuno
punto que hasta los santos es terrible.
Este rufian, qual no lo fue ninguno,
por su fealdad al mundo aborrecible,
està ya de partida para el cielo,
y humilde apresta el leuantado buelo.
Acudid, y turbadle los sentidos,
y entibiad, si es possible, su esperança,
y de sus vanos passos y perdidos
hazedle temerosa remembrança;
no llegue alegre voz a sus oydos
que prometa segura confiança
de auer cumplido con la deuda y cargo
que por su caridad tomò a su cargo.
¡Ea!, que espira ya, despues que ha hecho
prior y prouincial tan bien su oficio,
que tiene al suelo y cielo satisfecho,
y da de que es gran santo gran indicio.
SAQUEL
No serà nuestra yda de prouecho,
porque serà de hazerle beneficio,
pues siempre que a los braços he venido
con el, queda con palma, y yo vencido.
LUC.
Mientras no arroja el postrimero aliento,
bien se puede esperar que en algo tuerça
el peso, puesto en duda el pensamiento:
que a vezes puede mucho nuestra fuerça.
VISIEL
Yo cumplire, señor, tu mandamiento:
que adonde ay mas bondad, alli se esfuerça
mas mi maldad. Alla voy diligente.
LUC.
Todos venid, que quiero estar presente.
(Entranse todos, y salen tres almas, vestidas con tunicelas de tafetan blanco, velos sobre los rostros, y velas encendidas.)
ALMA 1.
Oy, hermanas, que es el dia
en quien, por nuestro consuelo,
las puertas ha abierto el cielo
de nuestra carzeleria
para venir a este punto,
todo lleno de misterio,
viendo en este monasterio
al gran Christoual difunto,
al alma deuota suya
bien serà la acompañemos,
y a la region la lleuemos
do està la eterna aleluya.
ALMA 2.
Felice jornada es esta,
santa y bienauenturada,
pues se hara, con su llegada,
en todos los cielos fiesta:
que lleuando en compañia
alma tan deuota nuestra,
daran mas claro la muestra
de júbilo y de alegria.
ALMA 3.
Ella abrio con oraciones,
ayunos y sacrificios,
de nuestra prision los quizios,
y abreuió nuestras passiones.
Quando en libertad viuia,
de nosotras se acordaua,
y el rosario nos rezaua
con deuocion cada dia;
y quando en la religion
entrò, como auemos visto,
muerto al diablo y biuo a Christo,
aumentò la deuocion.
Ni por la riguridad
de las llagas que en si tuuo,
jamas indeuoto estuuo,
ni falto de caridad.
Prior siendo y prouincial,
tan manso y humilde fue,
que hizo de andar a pie
y descalço gran caudal
Treze años ha que ha viuido
llagado, de tal manera,
que, a no ser milagro, fuera
en dos dias consumido.
ALMA 1.
Remite sus alabanças
al lugar donde caminas,
que alli las daran condignas
al valor que tu no alcanças;
y mezclemonos agora
entre su acompañamiento,
escuchando el sentimiento
deste su amigo que llora.
(Entranse.)
(Sale FRAY ANTONIO llorando, y trae vn lienço manchado de sangre.)
F. ANTONIA
Acabò la carrera
de su cansada vida;
dio al suelo los despojos;
del cuerpo volo al cielo la alma santa.
¡O padre, que en el siglo
fuyste mi nuue obscura,
mas en el fuerte asilo,
que assi es la religion, mi norte fuyste!
Treze años ha que lidias,
por ser caritatiuo
sobre el humano modo,
con podredumbre y llagas insufribles;
mas los manchados paños
de tus sangrientas llagas,
se estiman mas agora
que delicados y olorosos lienços:
con ellos mil enfermos
cobran salud entera;
mil vezes les imprimen
los labios mas ilustres y señores.
Tus pies, que, mientras fuyste
prouincial, anduuieron
a pie infinitas leguas
por lodos, por barrancos, por malezas,
agora soys reliquias,
agora te los besan
tus subditos, y aun todos
quantos pueden llegar adonde yazes.
Tu cuerpo, que ayer era
espectaculo horrendo,
segun llagado estaua,
oy es bruñida plata y cristal limpio;
señal que tus carbuncos,
tus grietas y aberturas,
que podricion vertian,
estauan por milagro en ti, hasta tanto
que la deuda pagasses
de aquella pecadora
que fue limpia en vn punto:
¡tanto tu caridad con Dios valia!
(Entra el PRIOR.)
PRIOR
Padre Antonio, dexe el llanto,
y acuda a cerrar las puertas,
porque si las halla abiertas
el pueblo, que acude tanto,
no nos han de dar lugar
para enterrar a su amigo.
F. ANTONIA
Aunque se cierren, yo digo
que ha poco de aprouechar.
No ha de bastar diligencia;
pero, con todo, alla yre.
(Entra FRAY ANGEL.)
A.
¿Dónde vas, padre?
F. ANTONIA
No se.
A.
Acuda su reuerencia,
que està toda la ciudad
en el conuento, y se arrojan
sobre el cuerpo, y le despojan
con tanta celeridad.
Y el virrey està tambien
en su celda.
PRIOR
Padre Antonio,
venga a ver el testimonio
que el cielo da de su bien.
(Entranse todos.)
(Salen dos ciudadanos: el vno con lienço de sangre, y el otro con vn pedazo de capilla.)
CIUDADANO 1.
¿Que lleuays vos?
CIUDADANO 2.
Vn lienço de sus llagas.
¿Y vos?
CIUDADANO 1.
De su capilla este pedazo,
que le precio y le tengo en mas estima
que si hallara vna mina.
CIUDADANO 2.
Pues salgamos
aprisa del conuento, no nos quiten
los frayles las reliquias.
CIUDADANO 1.
¡Bueno es esso!
¡Antes dare la vida que boluellas!
(Entra otro.)
CIUDADANO 3.
Yo soy, sin duda, la desgracia misma;
no he podido topar de aqueste santo
siquiera con vn hilo de su ropa,
puesto que voy contento y satisfecho
con auerle besado quatro vezes
los santos pies, de quien olor despide
del cielo; pero tal fue el en la tierra.
El virrey le trae en ombros, y sus frayles,
y aqui, en aquesta bobeda del claustro,
le quieren enterrar. Musica suena;
parece que es del cielo, y no lo dudo.
(Traen al santo tendido en vna tabla, con muchos rosarios sobre el cuerpo; traenle en ombros sus frayles y el VIRREY; suena lexos musica de flautas o chirimias; cessando la musica, dize a bozes dentro LUCIFER, o, si quisieren, salgan los demonios al teatro:)
LUC.
Avn no puedo llegar siquiera al cuerpo,
para vengar en el lo que en el alma
no pude: tales armas le defienden.
SAQUEL
No ay arnes que se yguale al del rosario.
LUC.
Vamos, que en sólo verle me confundo.
SAQUEL
No auemos de parar hasta el profundo.
F. ANTONIA
¿Oyes, fray Angel?
A.
Oygo, y son los diablos.
VIRREY
Haganme caridad sus reuerencias
que torne yo otra vez a uer el rostro
deste bendito padre.
PRIOR
Sea en buen hora.
Padres, abaxen, ponganle [en el suelo],
que, pues la deuocion de su excelencia
se estiende a tanto, bien serà agradalle.
VIRREY
¿Que es este el rostro que yo vi ha dos dias
de horror y llagas y materias lleno?
¿Las manos gafas son aquestas, cielo?
¡O alma, que, bolando a las serenas
regiones, nos dexaste testimonio
del felice camino que oy has hecho!
Clara y limpia la caxa do habitaste,
abrasada primero y ahumada
con el fuego encendido en que se ardia,
todo de caridad y amor diuino.
CIUDADANO 1.
Dexennosle besar sus reuerencias
los pies siquiera.
PRIOR
Deuocion muy justa.
VIRREY
Hagan su oficio, padres, y en la tierra
escondan esta joya tan del cielo;
essa esperança nuestro mal remedia.
Y aqui da fin felice esta comedia.
FIN DESTA COMEDIA
(Hase de aduertir que todas las figuras de muger desta comedia las pueden hazer solas dos mugeres.)
FIN
Comedia famosa titulada La gran sultana, Doña Catalina de Oviedo
Los que hablan en ella son los siguientes:
SALEC, turco renegado.
ROBERTO, renegado.
UN ALÁRABE.
EL GRAN TURCO.
UN PAJE, vestido a lo turquesco.
Otros tres garzones.
MAMÍ, eunuco.
RUSTÁN, eunuco.
DOÑA CATALINA DE OVIEDO, Gran Sultana.
SU PADRE.
MADRIGAL, cautivo.
ANDREA, espía.
Dos judíos.
UN EMBAJADOR DE PERSIA.
Dos moros.
EL GRAN CADÍ.
Cuatro bajaes ancianos.
CLARA, llamada Zaida.
ZELINDA, que es Lamberto.
UN CAUTIVO ANCIANO. Dos músicos.
JORNADA PRIMERA
Sale SALEC, turco, y ROBERTO, vestido a lo griego, y, detrás dellos, un ALÁRABE, vestido de un alquicel; trai en una lanza muchas estopas, y en una varilla de membrillo, en la punta, un papel como billete, y una velilla de cera encendida en la mano; este tal ALÁRABE se pone al lado del teatro, sin hablar palabra, y luego dice ROBERTO:
ROBERTO
La pompa y majestad deste tirano,
sin duda alguna, sube y se engrandece
sobre las fuerzas del poder humano.
Mas, ¿qué fantasma es esta que se ofrece,
coronada de estopas media lanza?
Alárabe en el traje me parece.
SALEC
Tienen aquí los pobres esta usanza
cuando alguno a pedir justicia viene
(que sólo el interés es quien la alcanza):
de una caña y de estopas se previene,
y cuando el Turco pasa enciende fuego,
a cuyo resplandor él se detiene;
pide justicia a voces, dale luego
lugar la guarda, y el pobre, como jara,
arremete turbado y sin sosiego,
y en la punta y remate de una vara
al Gran Señor su memorial presenta,
que para aquel efecto el paso para.
Luego, a un bello garzón, que tiene cuenta
con estos memoriales, se le entrega,
que, en relación, después, dellos da cuenta;
pero jamás el término se llega
del buen despacho destos miserables,
que el interés le turba y se le niega.
ROBERTO
Cosas he visto aquí que de admirables
pueden al más gallardo entendimiento
suspender.
SALEC
Verás otras más notables.
Ya está a pie el Gran Señor;
puedes atento verle a tu gusto,
que el cristiano puede mirarle
rostro a rostro a su contento.
A ningún moro o turco se concede
que levante los ojos a miralle,
y en esto a toda majestad excede.
(Entra a este instante el GRAN TURCO con mucho acompañamiento; delante de sí lleva un PAJE vestido a lo turquesco, con una flecha en la mano levantada en alto, y detrás del TURCO van otros dos garzones con dos bolsas de terciopelo verde, donde ponen los papeles que el TURCO les da.)
ROBERTO
Por cierto, él es mancebo de buen talle,
y que, de gravedad y bizarría,
la fama, con razón, puede loalle.
SALEC
Hoy hace la zalá en Santa Sofía,
ese templo que ves, que en la grandeza
excede a cuantos tiene la Turquía.
ROBERTO
A encender y a gritar el moro empieza;
el Turco se detiene mesurado,
señal de pïedad como de alteza.
El moro llega; un memorial le ha dado;
el Gran Señor le toma y se le entrega
a un bel garzón que casi trai al lado.
(En tanto que esto dice ROBERTO y el TURCO pasa, tiene SALEC doblado el cuerpo y inclinada la cabeza, sin miralle al rostro.)
SALEC
Esta audiencia al que es pobre no se niega.
¿Podré alzar la cabeza?
ROBERTO
Alza y mira,
que ya el Señor a la mezquita llega,
cuya grandeza desde aquí me admira.
(Éntrase el Gran Señor, y queda en el teatro SALEC y ROBERTO.)
SALEC
¿Qué te parece Roberto,
de la pompa y majestad
que aquí se te ha descubierto?
ROBERTO
Que no creo a la verdad,
y pongo duda en lo cierto.
SALEC
De a pie y de a caballo, van
seis mil soldados.
ROBERTO
Sí irán.
SALEC
No hay dudar, que seis mil son.
ROBERTO
Juntamente, admiración
y gusto y asombro dan.
SALEC
Cuando sale a la zalá
sale con este decoro;
y es el día del xumá,
que así al viernes llama el moro.
ROBERTO
¡Bien acompañado va!
Pero, pues nos da lugar
el tiempo, quiero acabar
de contarte lo que ayer
comencé a darte a entender.
SALEC
Vuelve, amigo, a comenzar.
ROBERTO
«Aquel mancebo que dije
vengo a buscar: que le quiero
más que al alma por quien vivo,
más que a los ojos que tengo.
Desde su pequeña edad,
fui su ayo y su maestro,
y del templo de la fama
le enseñé el camino estrecho;
encaminéle los pasos
por el angosto sendero
de la virtud; tuve a raya
sus juveniles deseos;
pero no fueron bastantes
mis bien mirados consejos,
mis persecuciones cristianas,
del bien y mal mil ejemplos,
para que, en mitad del curso
de su más florido tiempo,
amor no le saltease,
monfí de los años tiernos.
Enamoróse de Clara,
la hija de aquel Lamberto
que tú en Praga conociste,
teutónico caballero.
Sus padres y su hermosura
nombre de Clara la dieron;
pero quizá sus desdichas
en escuridad la han puesto.
Demandóla por esposa,
y no salió con su intento;
no porque no fuese igual
y acertado el casamiento,
sino porque las desgracias
traen su corriente de lejos,
y no hay diligencia humana
que prevenga su remedio.
Finalmente, él la sacó:
que voluntades que han puesto
la mira en cumplir su gusto,
pierden respetos y miedos.
Solos y a pie, en una noche
de las frías del invierno,
iban los pobres amantes,
sin saber adónde, huyendo;
y, al tiempo que ya yo había
echado a Lamberto menos
(que éste [es] el nombre del triste
que he dicho que a buscar vengo),
con aliento desmayado,
de un frío sudor cubierto
el rostro, y todo turbado,
ante mis ojos le veo.
Arrojóseme a los pies,
la color como de un muerto,
y, con voz interrumpida
de sollozos, dijo: "Muero,
padre y señor, que estos nombres
a tus obras se los debo.
A Clara llevan cautiva
los turcos de Rocaferro.
Yo, cobarde; yo, mezquino
y un traidor, que no lo niego,
hela dejado en sus manos,
por tener los pies ligeros.
Esta noche la llevaba
no sé adónde, aunque sé cierto
que, si fortuna quisiera,
fuéramos los dos al cielo".
A la nueva triste y nueva,
en un confuso silencio
quedé, sin osar decirle:
"Hijo mío, ¿cómo es esto?"
De aquesta perplejidad
me sacó el marcial estruendo
del rebato a que tocaron
las campanas en el pueblo.
Púseme luego a caballo,
salió conmigo Lamberto
en otro, y salió una tropa
de caballos herreruelos.
Con la escuridad, perdimos
el rastro de los que hicieron
el robo de Clara, y otros
que con el día se vieron.
Temerosos de celada,
no nos apartamos lejos
del lugar, al cual volvimos
cansados y sin Lamberto.»
SALEC
Pues, ¿cómo? ¿Quedóse aposta?
ROBERTO
«Aposta, a lo que sospecho,
porque nunca ha parecido
desde entonces, vivo o muerto.
Su padre ofreció por Clara
gran cantidad de dinero,
pero no le fue posible
cobrarla por ningún precio.
Díjose por cosa cierta
que el turco que fue su dueño
la presentó al Gran Señor
por ser hermosa en estremo.»
Por saber si esto es verdad,
y por saber de Lamberto,
he venido como has visto
aquí en hábito de griego.
Sé hablar la lengua de modo
que pasar por griego entiendo.
SALEC
Puesto que nunca la sepas,
no tienes de qué haber miedo:
aquí todo es confusión,
y todos nos entendemos
con una lengua mezclada
que ignoramos y sabemos.
De mí no te escaparás,
pues cuando te vi, al momento
te conocí.
ROBERTO
¡Gran memoria!
SALEC
Siempre la tuve en estremo.
ROBERTO
Pues, ¿cómo te has olvidado
de quién eres?
SALEC
No hablemos
en eso agora: otro día
de mis cosas trataremos;
que, si va a decir verdad,
yo ninguna cosa creo.
ROBERTO
Fino ateísta te muestras.
SALEC
Yo no sé lo que me muestro;
sólo sé que he de mostrarte,
con obras al descubierto,
que soy tu amigo, a la traza
como lo fui en algún tiempo;
y, para saber de Clara,
un eunuco del gobierno
del serrallo del Gran Turco
podrá hacerme satisfecho,
que es mi amigo. Y, entre tanto,
puedes mirar por Lamberto:
quizá, como tuvo el alma,
también tendrá preso el cuerpo.
(Éntranse.)
(Salen MAMÍ y RUSTÁN, eunucos.)
MAMÍ
Ten, Rustán, la lengua muda,
y conmigo no autorices
tu fee, de verdad desnuda,
pues mientes en cuanto dices,
y eres cristiano, sin duda:
que el tener ansí encerrada
tanto tiempo y tan guardada
a la cautiva española,
es señal bastante y sola
que tu intención es dañada.
Has quitado al Gran Señor
de gozar la hermosura
que tiene el mundo mayor,
siendo mal darle madura
fruta, que verde es mejor.
Seis años ha que la celas
y la encubres con cautelas
que ya no pueden durar,
y agora por desvelar
esta verdad te desvelas.
Pero, ¡espera, perro, aguarda,
y verás de qué manera
la fe al Gran Señor se guarda!
RUSTÁN
¡Mamí amigo, espera, espera!
MAMÍ
Llega el castigo, aunque tarda;
y el que sabe una traición,
y se está sin descubrilla
algún tiempo, da ocasión
de pensar si en consentilla
tuvo parte la intención.
La tuya he sabido hoy,
y así, al Gran Señor me voy
a contarle tu maldad.
(Éntrase MAMÍ.)
RUSTÁN
No hay negalle esta verdad;
por empalado me doy.
(Sale DOÑA CATALINA DE OVIEDO, GRAN SULTANA, vestida a la turquesca.)
SULTANA
Rustán, ¿qué hay?
RUSTÁN
Mi señora,
de nuestra temprana muerte
es ya llegada la hora:
que así el alma me lo advierte,
pues en mi costancia llora;
que, aunque parezco mujer,
nunca suelo yo verter
lágrimas que den señal
de grande bien o gran mal,
como suele acontecer.
Mamí, señora, ha notado,
con astucia y con maldad,
el tiempo que te he guardado,
y ha juzgado mi lealtad
por traición y por pecado.
Al Gran Señor va derecho
a contar por malo el hecho
que yo he tenido por bueno,
de malicia y rabia lleno
el siempre maligno pecho.
SULTANA
¿Qué hemos de hacer?
RUSTÁN
Esperar
la muerte con la entereza
que se puede imaginar,
aunque sé que a tu belleza
sultán ha de respetar.
No te matará sultán;
quien muera será Rustán,
como deste caso autor.
SULTANA
¿Es crüel el Gran Señor?
RUSTÁN
Nombre de blando le dan;
pero, en efecto, es tirano.
SULTANA
Con todo, confío en Dios,
que su poderosa mano
ha de librar a los dos
deste temor, que no es vano;
y si estuvieren cerrados
los cielos por mis pecados,
por no oír mi petición,
dispondré mi corazón
a casos más desastrados.
No triunfará el inhumano
del alma; del cuerpo, sí,
caduco, frágil y vano.
RUSTÁN
Este suceso temí
de mi proceder cristiano.
Mas no estoy arrepentido;
antes, estoy prevenido
de paciencia y sufrimiento
para cualquiera tormento.
SULTANA
Con mi intención has venido.
Dispuesta estoy a tener
por regalo cualquier pena
que me pueda suceder.
RUSTÁN
Nunca a muerte se condena
tan gallardo parecer.
Hallarás en tu hermosura,
no pena, sino ventura;
yo, por el contrario estremo,
hallaré, como lo temo,
en el fuego sepultura.
SULTANA
Bien podrá ofrecerme el mundo
cuantos tesoros encierra
la tierra y el mar profundo;
podrá bien hacerme guerra
el contrario sin segundo
con una y otra legión
de su infernal escuadrón;
pero no podrán, Dios mío,
como yo de vos confío,
mudar mi buena intención.
En mi tierna edad perdí,
Dios mío, la libertad,
que aun apenas conocí;
trújome aquí la beldad,
Señor, que pusiste en mí;
si ella ha de ser instrumento
de perderme, yo consiento,
petición cristiana y cuerda,
que mi belleza se pierda
por milagro en un momento;
esta rosada color
que tengo, según se muestra
en mi espejo adulador,
marchítala con tu diestra;
vuélveme fea, Señor;
que no es bien que lleve palma
de la hermosura del alma
la del cuerpo.
RUSTÁN
Dices bien.
Mas no es bien que aquí se estén
nuestros sentidos en calma,
sin que demos traza o medio
de buscar a nuestra culpa
o ya disculpa, o remedio.
SULTANA
Del remedio a la disculpa
hay grandes montes en medio.
Vámonos a apercebir,
amigo, para morir
cristianos.
RUSTÁN
Remedio es ése
del más subido interese
que al Cielo puedes pedir.
(Éntranse.)
(Salen MAMÍ, el eunuco, y el GRAN TURCO.)
MAMÍ
Morato Arráez, Gran Señor,
te la presentó, y es ella
la primera y la mejor
que del título de bella
puede llevarse el honor.
De tus ojos escondido
este gran tesoro ha sido
por industria de Rustán
seis años, y a siete van,
según la cuenta he tenido.
TURCO
¿Y del modo que has contado
es hermosa?
MAMÍ
Es tan hermosa
como en el jardín cerrado
la entreabierta y fresca rosa
a quien el sol no ha tocado;
o como el alba serena,
de aljófar y perlas llena,
al salir del claro Oriente;
o como sol al Poniente,
con los reflejos que ordena.
Robó la naturaleza
lo mejor de cada cosa
para formar esta pieza,
y así, la sacó hermosa
sobre la humana belleza.
Quitó al cielo dos estrellas,
que puso en las luces bellas
de sus bellísimos ojos,
con que de amor los despojos
se aumentan, pues vive en ellas.
El todo y sus partes son
correspondientes de modo,
que me muestra la razón
que en las partes y en el todo
asiste la perfección.
Y con esto se conforma
el color, que hace la forma
hermosa en un grado inmenso.
TURCO
Este loco, a lo que pienso,
de alguna diosa me informa.
MAMÍ
A su belleza, que es tanta
que pasa al imaginar,
su discreción se adelanta.
TURCO
Tú me la harás adorar
por cosa divina y santa.
MAMÍ
Tal jamás la ha visto el sol,
ni otra fundió en su crisol
el cielo que la compuso;
y, sobre todo, le puso
el desenfado español.
Digo, señor, que es divina
la beldad desta cautiva,
en el mundo peregrina.
TURCO
De verla el deseo se aviva.
¿Y llámase?
MAMÍ
Catalina,
y es de Oviedo el sobrenombre.
TURCO
¿Cómo no ha mudado el nombre,
siendo ya turca?
MAMÍ
No sé;
como no ha mudado fe,
no apetece otro renombre.
TURCO
¿Luego, es cristiana?
MAMÍ
Yo hallo
por mi cuenta que lo es.
TURCO
¿Cristiana, y en mi serrallo?
MAMÍ
Más deben de estar de tres;
mas ¿quién podrá averiguallo?
Si otra cosa yo supiera,
como aquésta, la dijera,
sin encubrir un momento
dicho o hecho o pensamiento
que contra ti se ofreciera.
TURCO
Descuido es vuestro y maldad.
MAMÍ
Yo sé decir que te adoro
y sirvo con la lealtad
y con el justo decoro
que debo a tu majestad.
TURCO
Al serrallo iré esta tarde
a ver si yela o si arde
la belleza única y sola
de tu alabada española.
MAMÍ
Mahoma, señor, te guarde.
(Éntranse estos dos.)
(Salen MADRIGAL, cautivo, y ANDRÉS, en hábito de griego.)
MADRIGAL
¡Vive Roque, canalla barretina,
que no habéis de gozar de la cazuela,
llena de boronía y caldo prieto!
ANDREA
¿Con quién las has, cristiano?
MADRIGAL
No, con naide.
¿No escucháis la bolina y la algazara
que suena dentro desta casa?
(Dice dentro un JUDÍO:)
JUDÍO
¡Ah perro!
¡El Dío te maldiga y te confunda!
¡[J]amás la libertad amada alcances!
ANDREA
Di:
¿por qué te maldicen estos tristes?
MADRIGAL
Entré sin que me viesen en su casa,
y en una gran cazuela que tenían
de un guisado que llaman boronía,
les eché de tocino un gran pedazo.
ANDREA
Pues ¿quién te lo dio a ti?
MADRIGAL
Ciertos jenízaros
mataron en el monte el otro día
un puerco jabalí, que le vendieron
a los cristianos de Mamud Arráez,
de los cuales compré de la papada
lo que está en la cazuela sepultado
para dar sepultura a estos malditos,
con quien tengo rencor y mal talante;
a quien el diablo pape, engulla y sorba.
(Pónese un JUDÍO a la ventana.)
JUDÍO
¡Mueras de hambre, bárbaro insolente;
el cuotidiano pan te niegue el Dío;
andes de puerta en puerta mendigando;
échente de la tierra como a gafo,
agraz de nuestros ojos, espantajo,
de nuestra sinagoga asombro y miedo,
de nuestras criaturas enemigo
el mayor que tenemos en el mundo!
MADRIGAL
¡Agáchate, judío!
JUDÍO
¡Ay, sin ventura,
que entrambas sienes me ha quebrado! ¡Ay triste!
ANDREA
Sí, que no le tiraste.
MADRIGAL
¡Ni por pienso!
ANDREA
Pues ¿de qué se lamenta el hideputa?
(Dice dentro otro JUDÍO:)
JUDÍO
Quítate, Zabulón, de la ventana,
que ese perro español es un demonio,
y te hará pedazos la cabeza
con sólo que te escupa y que te acierte.
¡Guayas, y qué comida que tenemos!
¡Guayas, y qué cazuela que se pierde!
MADRIGAL
¿Los plantos de Ramá volvéis al mundo,
canalla miserable? ¿Otra vez vuelves,
perro?
JUDÍO
¡Qué!, ¿aún no te has ido? ¿Por ventura
quieres atosigarnos el aliento?
MADRIGAL
¡Recógeme este prisco!
(Dicen dentro)
No aprovecha
decirte, Zabulón, que no te asomes?
Déjale ya en mal hora; éntrate, hijo.
ANDREA
¡Oh gente aniquilada! ¡Oh infame, oh sucia
raza, y a qué miseria os ha traído
vuestro vano esperar, vuestra locura
y vuestra incomparable pertinacia,
a quien llamáis firmeza y fee inmudable
contra toda verdad y buen discurso!
Ya parece que callan; ya en silencio
pasan su burla y hambre los mezquinos.
Español, ¿conocéisme?
MADRIGAL
Juraría
[q]ue en mi vida os he visto.
ANDREA
Soy Andrea,
la espía.
MADRIGAL
¿Vos, Andrea?
ANDREA
Sí, sin duda.
MADRIGAL
¿El que llevó a Castillo y Palomares,
mis camaradas?
ANDREA
Y el que llevó a Meléndez,
a Arguijo y Santisteban, todos juntos,
y en Nápoles los dejó a sus anchuras,
de la agradable libertad gozando.
MADRIGAL
¿Cómo me conocistes?
ANDREA
La memoria
tenéis dada a adobar, a lo que entiendo,
o reducida a voluntad no buena.
¿No os acordáis que os vi y hablé la noche
que recogí a los cinco, y vos quisistes
quedaros por no más de vuestro gusto,
poniendo por escusa que os tenía
amor rendida el alma, y que una alárabe,
con nuevo cautiverio y nuevas leyes,
os la tenía encadenada y presa?
MADRIGAL
Verdad; y aun todavía tengo el yugo
al cuello, todavía estoy cautivo,
todavía la fuerza poderosa
de amor tiene sujeto a mi albedrío.
ANDREA
Luego, ¿en balde será tratar yo agora
de que os vengáis conmigo?
MADRIGAL
En balde, cierto.
ANDREA
¡Desdichado de vos!
MADRIGAL
Quizá dichoso.
ANDREA
¿Cómo puede ser esto?
MADRIGAL
Son las leyes
del gusto poderosas sobremodo.
ANDREA
Una resolución gallarda puede
romperlas.
MADRIGAL
Yo lo creo; mas no es tiempo
de ponerme a los brazos con sus fuerzas.
ANDREA
¿No sois vos español?
MADRIGAL
¿Por qué? ¿Por esto?
Pues, por las once mil de malla juro,
y por el alto, dulce, omnipotente
deseo que se encierra bajo el hopo
de cuatro acomodados porcionistas,
que he de romper por montes de diamantes
y por dificultades indecibles,
y he de llevar mi libertad en peso
sobre los propios hombros de mi gusto,
y entrar triunfando en Nápoles la bella
con dos o tres galeras levantadas
por mi industria y valor, y Dios delante,
y dando a la Anunciada los dos bucos,
quedaré con el uno rico y próspero;
y no ponerme ahora a andar por trena,
cargado de temor y de miseria.
ANDREA
¡Español sois, sin duda!
MADRIGAL
Y soylo, y soylo,
lo he sido y lo seré mientras que viva,
y aun después de ser muerto ochenta siglos.
ANDREA
¿Habrá quien quiera libertad huyendo?
MADRIGAL
Cuatro bravos soldados os esperan,
y son gente de pluma y bien nacidos.
ANDREA
¿Son los que dijo Arguijo?
MADRIGAL
Aquellos mismos.
ANDREA
Yo los tengo escondidos y a recaudo.
MADRIGAL
¿Qué turba es ésta? ¿Qué ruïdo es éste?
ANDREA
Es el embajador de los persianos,
que viene a tratar paces con el Turco.
Haceos a aquesta parte mientras pasa.
(Entra un embajador, vestido como los que andan aquí, y acompáñanle jenízaros; va como TURCO.)
MADRIGAL
¡Bizarro va y gallardo por estremo!
ANDREA
Los más de los persianos son gallardos,
y muy grandes de cuerpo, y grandes hombres
de a caballo.
MADRIGAL
Y son, según se dice,
los caballos el nervio de sus fuerzas.
¡Plega a Dios que las paces no se hagan!
¿Queréis venir, Andrea?
ANDREA
Guía adonde
fuere más de tu gusto.
MADRIGAL
Al baño guío
del Uchalí.
ANDREA
Al de Morato guía,
que he de juntarme allí con otra espía.
(Éntranse.)
(Entra el GRAN TURCO, RUSTÁN y MAMÍ.)
TURCO
Flaca disculpa me das
de la traición que me has hecho,
mayor que se vio jamás.
RUSTÁN
Si bien estás en el hecho,
señor, no me culparás.
Cuando vino a mi poder,
no vino de parecer
que pudiese darte gusto,
y fue el reservarla justo
a más tomo y mejor ser;
muchos años, Gran Señor,
profundas melancolías
la tuvieron sin color.
TURCO
¿Quién la curó?
RUSTÁN
Sedequías,
el judío, tu doctor.
TURCO
Testigos muertos presentas
en tu causa; a fe que intentas
escaparte por buen modo.
RUSTÁN
Yo digo verdad en todo.
TURCO
Razón será que no mientas.
RUSTÁN
No ha tres días que el sereno
cielo de su rostro hermoso
mostró de hermosura lleno;
no ha tres días que un ansioso
dolor salió de su seno.
En efecto: no ha tres días
que de sus melancolías
está libre esta española,
que es en la belleza sola.
TURCO
Tú mientes o desvarías.
RUSTÁN
Ni miento ni desvarío.
Puedes hacer la experiencia
cuando gustes, señor mío.
Haz que venga a tu presencia:
verás su donaire y brío;
verás andar en el suelo,
con pies humanos, al cielo,
cifrado en su gentileza.
TURCO
De un temor otro se empieza,
de un recelo, otro recelo.
Mucho temo, mucho espero,
mucho puede la alabanza
en lengua de lisonjero;
mas la lisonja no alcanza
parte aquí. Rustán, yo quiero
ver esa cautiva luego;
¡ve por ella, y por el dios ciego,
que me tïene asombrado,
que a no ser cual la has pintado,
que te he de entregar al fuego!
(Éntrase RUSTÁN.)
MAMÍ
Si no está en más la ventura
de Rustán, que en ser hermosa
la cautiva, y de hermosura
rara, su suerte es dichosa;
libre está de desventura.
Desde ahora muy bien puedes
hacerle, señor, mercedes,
porque verás, de aquí a poco,
aquí todo el cielo.
TURCO
Loco,
a todo hipérbole excedes.
Deja, que es justo, a los ojos
algo que puedan hallar
en tan divinos despojos.
MAMÍ
¿Qué vista podrá mirar
de Apolo los rayos rojos
que no quede deslumbrada?
TURCO
Tanta alabanza me enfada.
MAMÍ
Remítome a la experiencia
que has de hacer con la presencia
désta, en mi lengua, agraviada.
(Entran RUSTÁN y la SULTANA.)
RUSTÁN
Háblale mansa y süave,
que importa, señora mía,
porque con todos no acabe.
SULTANA
Daré de la lengua mía
al santo cielo la llave;
arrojaréme a sus pies;
diré que su esclava es
la que tiene a gran ventura
besárselos.
RUSTÁN
Es cordura
que en ese artificio des.
SULTANA
Las rodillas en la tierra
y mis ojos en tus ojos,
te doy, señor, los despojos
que mi humilde ser encierra;
y si es soberbia el mirarte,
ya los abajo e inclino
por ir por aquel camino
que suele más agradarte.
TURCO
¡Gente indiscreta, ignorante,
locos, sin duda, de atar,
a quien no se puede hallar,
en ser simples, semejante;
robadores de la fama
debida a tan gran sujeto;
mentirosos, en efecto,
que es la traición que os infama!
¡Por cierto que bien se emplea
cualquier castigo en vosotros!
MAMÍ
¡Desdichados de nosotros
si le ha parecido fea!
TURCO
¡Cuán a lo humano hablasteis
de una hermosura divina,
y esta beldad peregrina
cuán vulgarmente pintastes!
¿No fuera mejor ponella
al par de Alá en sus asientos,
hollando los elementos
y una y otra clara estrella,
dando leyes desde allá,
que con reverencia y celo
guardaremos los del suelo,
como Mahoma las da?
MAMÍ
¿No te dije que era rosa
en el huerto a medio abrir?
¿Qué más pudiera decir
la lengua más ingeniosa?
¿No te la pinté discreta
cual nunca se vio jamás?
¿Pudiera decirte más
un mentiroso poeta?
RUSTÁN
Cielo te la hice yo,
con pies humanos, señor.
TURCO
A hacerla su Hacedor
acertaras.
RUSTÁN
Eso no:
que esos grandes atributos
cuadran solamente a Dios.
TURCO
En su alabanza los dos
anduvistes resolutos
y cortos en demasía,
por lo cual, sin replicar,
os he de hacer empalar
antes que pase este día.
Mayor pena merecías,
traidor Rustán, por ser cierto
que me has tenido encubierto
tan gran tesoro tres días.
Tres días has detenido
el curso de mi ventura;
tres días en mal segura
vida y penosa he vivido;
tres días me has defraudado
del mayor bien que se encierra
en el cerco de la tierra
y en cuanto vee el sol dorado.
Morirás, sin duda alguna,
hoy, en este mismo día:
que, a do comienza la mía,
ha de acabar tu fortuna.
SULTANA
Si ha hallado esta cautiva
alguna gracia ante ti,
vivan Rustán y Mamí.
TURCO
Rustán muera; Mamí viva.
Pero maldigo la lengua
que tal cosa pronunció;
vos pedís; no otorgo yo.
Recompensaré esta mengua
con haceros juramento,
por mi valor todo junto,
de no discrepar un punto
de hacer vuestro mandamiento.
No sólo viva Rustán;
pero, si vos lo queréis,
los cautivos soltaréis,
que en las mazmorras están;
porque a vuestra voluntad
tan sujeta está la mía,
como está a la luz del día
sujeta la escuridad.
SULTANA
No tengo capacidad
para tanto bien, señor.
TURCO
Sabe igualar el amor
el vos y la majestad.
De los reinos que poseo,
que casi infinitos son,
toda su juridición
rendida a la tuya veo;
ya mis grandes señoríos,
que grande señor me han hecho,
por justicia y por derecho,
son ya tuyos más que míos;
y, en pensar no te demandes
esto soy, aquello fui;
que, pues me mandas a mí,
no es mucho que al mundo mandes.
Que seas turca o seas cristiana,
a mí no me importa cosa;
esta belleza es mi esposa,
y es de hoy más la Gran Sultana.
SULTANA
Cristiana soy, y de suerte,
que de la fe que profeso
no me ha de mudar exceso
de promesas ni aun de muerte.
Y mira que no es cordura
que entre los tuyos se hable
de un caso que, por notable,
se ha de juzgar por locura.
¿Dónde, señor, se habrá visto
que asistan dos en un lecho,
que el uno tenga en el pecho
a Mahoma, el otro a Cristo?
Mal tus deseos se miden
con tu supremo valor,
pues no junta bien Amor
dos que las leyes dividen.
Allá te avén con tu alteza,
con tus ritos y tu secta,
que no es bien que se entremeta
con mi ley y mi bajeza.
TURCO
En estos discursos entro,
pues Amor me da licencia;
yo soy tu circunferencia,
y tú, señora, mi centro;
de mí a ti han de ser iguales
las cosas que se trataren,
sin que en otro punto paren
que las haga desiguales.
La majestad y el Amor
nunca bien se convinieron,
y en la igualdad le pusieron,
los que hablaron del mejor.
Deste modo se adereza
lo que tú ves despüés:
que, humillándome a tus pies,
te levanto a mi cabeza.
Iguales estamos ya.
SULTANA
Levanta, señor, levanta,
que tanta humildad espanta.
MAMÍ
Rindióse; vencido está.
SULTANA
Una merced te suplico,
y me la has de conceder.
TURCO
A cuanto quieras querer
obedezco y no replico.
Suelta, condena, rescata,
absuelve, quita, haz mercedes,
que esto y más, señora, puedes:
que Amor tu imperio dilata.
Pídeme los imposibles
que te ofreciere el deseo,
que, en fe de ser tuyo, creo
que los he de hacer posibles.
No vengas a contentarte
con pocas cosas, mi amor;
que haré, siendo pecador,
milagros por agradarte.
SULTANA
Sólo te pido tres días,
Gran Señor, para pensar...
TURCO
Tres días me han de acabar.
SULTANA
...en no sé qué dudas mías,
que escrupulosa me han hecho,
y, éstos cumplidos, vendrás,
y claramente verás
lo que tienes en mi pecho.
TURCO
Soy contento. Queda en paz,
guerra de mi pensamiento,
de mis placeres aumento,
de mis angustias solaz.
Vosotros, atribulados
y alegres en un instante,
llevaréis de aquí adelante
vuestros gajes seisdoblados.
Entra, Rustán; da las nuevas
a esas cautivas todas
de mis esperadas bodas.
MAMÍ
¡Gentil recado les llevas!
TURCO
Y como a cosa divina,
y esto también les dirás,
sirvan y adoren de hoy más
a mi hermosa Catalina.
(Éntranse el TURCO, MAMÍ y RUSTÁN, y queda en el teatro sola la SULTANA.)
SULTANA
¡A ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste,
a costa de tu sangre y de tu vida,
la mísera de Adán primer caída,
y, adonde él nos perdió, Tú nos cobraste.
A Ti, Pastor bendito, que buscaste
de las cien ovejuelas la perdida,
y, hallándola del lobo perseguida,
sobre tus hombros santos te la echaste;
a Ti me vuelvo en mi af[l]ición amarga,
y a Ti toca, Señor, el darme ayuda:
que soy cordera de tu aprisco ausente,
y temo que, a carrera corta o larga,
cuando a mi daño tu favor no acuda,
me ha de alcanzar esta infernal serpiente!
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
JORNADA SEGUNDA
Traen dos moros atado a MADRIGAL, las manos atrás, y sale con ellos el GRAN CADÍ, que es el juez obispo de los turcos.
MORO 1
Como te habemos contado,
por aviso que tuvimos,
en fragante le cogimos
cometiendo el gran pecado.
La alárabe queda presa,
y, como se vee con culpa
que carece de disculpa,
toda su maldad confiesa.
CADÍ
Dad con ellos en la mar,
de pies y manos atados,
y de peso acomodados,
que no los dejen nadar;
pero si moro se vuelve,
casaldos, y libres queden.
MADRIGAL
Hermanos, atarme pueden.
CADÍ
¿En qué el perro se resuelve:
en casarse, o en morir?
MADRIGAL
Todo es muerte, y todo es pena;
ninguna cosa hallo buena
en casarme ni en vivir.
Como la ley no dejara
en la cual pienso salvarme,
la vida, con el casarme,
aunque es muerte, dilatara;
pero casarme y ser moro
son dos muertes, de tal suerte,
que atado corro a la muerte
y suelto mi ley adoro.
Mas yo sé que desta vez
no he de morir, señor bueno.
CADÍ
¿Cómo, si yo te condeno,
y soy supremo jüez?
De las sentencias que doy
no hay apelación alguna.
MADRIGAL
Con todo, de mi fortuna,
aunque mala, alegre estoy.
La piedra tendré ya puesta
al cuello, y has de pensar
que no me pienso anegar;
y desto haré buena puesta.
Y, porque no estés suspenso,
haz salir estos dos fuera:
diréte de la manera
que ha de ser, según yo pienso.
CADÍ
Idos, y dejalde atado,
que quiero ver de la suerte
cómo escapa de la muerte,
a quien está condenado.
(Vanse los dos moros.)
MADRIGAL
Si de bien tendrás memoria,
porque no es posible menos,
de aquel sabio cuyo nombre
fue Apolonio Tianeo,
el cual, según que lo sabes,
o fuese favor del cielo,
o fuese ciencia adquirida
con el trabajo y el tiempo,
supo entender de las aves
el canto tan por estremo,
que en oyéndolas decía:
«Esto dicen». Y esto es cierto.
Ora cantase el canario,
ora trinase el jilguero,
ora gimiese la tórtola,
ora graznasen los cuervos,
desde el pardal malicioso
hasta el águila de imperio,
de sus cantos entendía
los escondidos secretos.
Éste fue, según es fama,
abuelo de mis abuelos,
a quien dejó de su gracia
por únicos herederos.
Uno la supo de todos
los que en aquel tiempo fueron,
y no la hereda más de uno
de sus más cercanos deudos.
De deudo a deudo ha venido,
con el valor de los tiempos,
a encerrarse esta ventura
en mi desdichado pecho.
A esta mañana, que iba
al pecado, porque vengo
a tener cercada el alma
de esperanzas y de miedos,
oí en casa de un judío
a un ruiseñor pequeñuelo,
que, con divina armonía,
aquesto estaba diciendo:
«¿Adónde vas, miserable?
Tuerce el paso, y hurta el cuerpo
a la ocasión que te llama
y lleva a tu fin postrero.
Cogeránte en el garlito,
ya cumplido tu deseo;
morirás, sin duda alguna,
si te falta este remedio.
Dile al jüez de tu causa
que han decretado los cielos
que muera de aquí a seis días
y baje al estigio reino;
pero que si hiciere emienda
de tres grandes desafueros
que a dos moros y una viuda
no ha muchos años que ha hecho;
y si hiciere la zalá,
lavando el cuerpo primero
con tal agua (y dijo el agua,
que yo decirte no quiero),
tendrá salud en el alma,
tendrá salud en el cuerpo,
y será del Gran Señor
favorecido en estremo».
Con esta gracia admirable,
otra más subida tengo:
que hago hablar a las bestias
dentro de muy poco tiempo.
Y aquel valiente elefante
del Gran Señor, yo me ofrezco
de hacerle hablar en diez años
distintamente turquesco;
y cuando desto faltare,
que me empalen, que en el fuego
me abrasen, que desmenucen
brizna a brizna estos mis miembros.
CADÍ
El agua me has de decir,
que importa.
MADRIGAL
Su tiempo espero,
porque ha de ser distilada
de ciertas yerbas y yezgos.
Tú no la conocerás;
yo sí, y al cielo sereno
se han de coger en tres noches.
(Desátale.)
CADÍ
En tu libertad te vuelvo.
Pero una cosa me tiene
confuso, amigo, y perplejo:
que no sé cuál viuda sea,
ni cuáles moros sean éstos
a quien he de hacer la enmienda:
que veo que son sin cuento
los moros de mí ofendidos,
y viudas pasan de ciento.
MADRIGAL
Iré a oír al ruiseñor
otra vez, y yo sé cierto
que él me dirá en su cántico
quién son los que no sabemos.
CADÍ
A estos moros les diré
la causa por que te suelto,
que será que al elefante
has de hacer hablar turquesco.
Pero dime: ¿acaso sabes
hablar turco?
MADRIGAL
¡Ni por pienso!
CADÍ
Pues ¿cómo de lo que ignoras
quieres mostrarte maestro?
MADRIGAL
Aprenderé cada día
lo que mostrarle pretendo,
pues habrá tiempo en diez años
de aprender el turco y griego.
CADÍ
Dices verdad. Mira, amigo,
que mi vida te encomiendo:
que será desto la paga
tu libertad, por lo menos.
MADRIGAL
¡Penitencia, gran cadí;
penitencia y buen deseo
de no hacer de aquí adelante
tantos tuertos a derechos!
CADÍ
No se te olviden las yerbas,
que es la importancia del hecho
memorable que me has dicho,
y sin duda alguna creo:
que ya sé que fue en el mundo
Apolonio Tianeo,
que entendía de las aves
el canto, y también entiendo
que hay arte que hace hablar
a los mudos.
MADRIGAL
¡Bueno es eso!
Al elefante os aguardo,
y las yerbas os espero.
(Éntranse.)
(Parece el GRAN TURCO detrás de unas cortinas de tafetán verde; salen cuatro bajaes ancianos; siéntanse sobre alfombras y almohadas; entra el EMBAJADOR DE PERSIA, y al entrar le echan encima una ropa de brocado; llévanle dos turcos de brazo, habiéndole mirado primero si trae armas encubiertas; llévanle a asentar en una almohada de terciopelo; descúbrese la cortina; parece el GRAN TURCO. (Mientras esto se hace puede[n] sonar chirimías). Sentados todos, dice el EMBAJADOR:)
EMBAJADOR
Prospere Alá tu poderoso Estado,
señor universal casi del suelo;
sea por luengos siglos dilatado,
por suerte amiga y por querer del cielo.
La embajada de aquél que me ha enviado,
con preámbulos cortos, como suelo,
diré, si es que me das de hablar licencia;
que sin ella enmudezco en tu presencia.
BAJÁ 1
Di con la brevedad que has prometido,
que si es con la que sueles, será parte
a darte el Gran Señor atento oído,
puesto que le forzamos a escucharte.
Por muchas persuasiones ha venido
a darte audiencia y a respuesta darte;
que pocas veces oye al enemigo.
Di, pues; que ya eres largo.
EMBAJADOR
Pues ya digo.
Dice el Soldán, señor, que, si tú gustas
de paz, que él te la pide, y que se haga
con leyes tan honestas y tan justas,
que el tiempo o el rencor no las deshaga;
si a la suya, que es buena, tu alma ajustas,
dar el cielo a los dos será la paga.
BAJÁ 2
No aconsejes; propón, di tu emb[a]jada.
EMBAJADOR
Toda en pedir la paz está cifrada.
BAJÁ 1
Ese cabeza roja, ese maldito,
que de las ceremonias de Mahoma,
con depravado y bárbaro apetito,
unas cosas despide y otras toma,
bien debe de pensar que el infinito
poder, que al mundo espanta, estrecha y doma,
del Gran Señor, el cielo tal le tenga,
que hacer paces infames le convenga.
Su mendiguez sabemos y sus mañas,
por quien con él de nuevo me enemisto,
viendo que el grande rey de las Españas
muchos persianos en su Corte ha visto.
Éstas son de tu dueño las hazañas;
pedir favor a quien adora en Cristo;
y como ve que el ayudarle niega,
por paz cobarde en ruego humilde ruega.
EMBAJADOR
Aquella majestad que tiene al mundo
admirado y suspenso; el verdadero
retrato de Filipo, aquel Segundo,
que sólo pudo darse a sí tercero;
aquel cuyo valor alto y profundo
no es posible alabarle como quiero;
aquel, en fin, que el sol, en su camino,
mirando va sus reinos de contino;
llevado en vuelo de la buena fama
su nombre y su virtud a los oídos
del Soldán, mi señor, así le inflama
el deseo de verle los sentidos,
que a mí me insiste, solicita y llama
y manda que por pasos no entendidos,
por mares y por reinos diferentes,
vaya a ver al gran rey.
BAJÁ 1
¿Esto consientes?
Echadle fuera. Adulador, camina;
embajador cristiano. Echadle fuera;
que, de los que profesan su dotrina,
algún buen fruto por jamás se espera.
El cuerpo dobla; la cabeza inclina.
Echadle, digo.
BAJÁ 2
¿No es mejor que muera?
BAJÁ 1
Goce de embajador la preeminencia,
que es la que no ejecuta esa sentencia.
(Échanle a empujones al EMBAJADOR.)
No es mucho, Gran Señor, que me desmande
a alzar la voz, de cólera encendido:
que no ha sido pequeña, sino grande,
la desvergüenza deste fementido.
Vea tu majestad ahora, y mande
la respuesta que más fuere servido
que se le dé a este can.
TURCO
Comunicadme
y, cual el caso pide, aconsejadme.
Mirad bien si la paz es conveniente
y honrosa.
BAJÁ 2
A lo que yo descubro y veo,
que sosegar las armas del Oriente,
no te puede pedir más el deseo,
con tanto que el persiano no alce frente
contra ti. Triste historia es la que leo;
que a nosotros la Persia así nos daña,
que es lo mismo que Flandes para España.
Conviene hacer la paz, por las razones
que en este pergamino van escritas.
TURCO
Presto a la paz ociosa te dispones;
presto el regalo blando solicitas.
Tú, Braín valeroso, ¿no te opones
a Mustafá? ¿Por dicha, solicitas
también la paz?
BAJÁ 1
La guerra facilito,
y daré las razones por escrito.
TURCO
Veréla y veré lo que contiene,
y de mi parecer os daré parte.
BAJÁ 1
Alá, que el mundo entre los dedos tiene,
te entregue dél la rica y mayor parte.
BAJÁ 2
Mahoma así la paz dichosa ordene,
que se oiga el son del belicoso Marte,
no en Persia, sino en Roma, y tus galeras
corran del mar de España las riberas.
(Éntranse.)
(Sale la SULTANA y RUSTÁN.)
RUSTÁN
Como de su alhaja, puede
gozar de ti a su contento.
SULTANA
La viva fe de mi intento
a toda su fuerza excede:
resuelta estoy de morir,
primero que darle gusto.
RUSTÁN
Contra intento que es tan justo
no tengo qué te decir;
pero mira que una fuerza
tal puede mucho, señora;
y mira bien que a ser mora
no te induce ni te fuerza.
SULTANA
¿No es grandísimo pecado
el juntarme a un infïel?
RUSTÁN
Si pudieras huir dél,
te lo hubiera aconsejado;
mas cuando la fuerza va
contra razón y derecho,
no está el pecado en el hecho,
si en la voluntad no está;
condénanos la intención
o nos salva en cuanto hacemos.
SULTANA
Eso es andar por estremos.
RUSTÁN
Sí; mas puestos en razón:
que el alma no es bien peligre
cuando por fuerza de brazos
echan a su cuerpo lazos
que rendirán a una tigre.
Desta verdad se recibe
la que no habrá quien la tuerza:
que peca el que hace la fuerza,
pero no quien la recibe.
SULTANA
Mártir seré si consiento
antes morir que pecar.
RUSTÁN
Ser mártir se ha de causar
por más alto fundamento,
que es por el perder la vida
por confesión de la fe.
SULTANA
Esa ocasión tomaré.
RUSTÁN
¿Quién a ella te convida?
Sultán te quiere cristiana,
y a fuerza, si no de grado,
sin darle muerte al ganado
podrá gozar de la lana.
Muchos santos desearon
ser mártires, y pusieron
los medios que convinieron
para serlo, y no bastaron:
que al ser mártir se requiere
virtud sobresingular,
y es merced particular
que Dios hace a quien Él quiere.
SULTANA
Al cielo le pediré,
ya que no merezco tanto,
que a mi propósito santo
de su firmeza le dé;
haré lo que fuere en mí,
y en silencio, en mis recelos,
daré voces a los cielos.
RUSTÁN
Calla, que viene Mamí.
(Entra MAMÍ.)
MAMÍ
El Gran Señor viene a verte.
SULTANA
¡Vista para mí mortal!
MAMÍ
Hablas, señora, muy mal.
SULTANA
Siempre hablaré desta suerte;
y no quieras tú mostrarte
prudente en aconsejarme.
MAMÍ
Sé que vendrás a mandarme,
y no es bien descontentarte.
(Entra el GRAN TURCO.)
TURCO
¡Catalina!
SULTANA
Ése es mi nombre.
TURCO
Catalina la Otomana
te llamarán.
SULTANA
Soy cristiana,
y no admito el sobrenombre,
porque es el mío de Oviedo,
hidalgo, ilustre y cristiano.
TURCO
No es humilde el otomano.
SULTANA
Esa verdad te concedo:
que en altivo y arrogante
ninguno igualarte puede.
TURCO
Pues el tuyo al mío excede
y en todo le va adelante,
pues que desprecias por él
al mayor que el suelo tiene.
SULTANA
Sé yo que en él se contiene
lo que es de estimar en él,
que es el darme a conocer
por cristiana si me nombran.
TURCO
Tus libertades me asombran,
que son más que de mujer;
pero bien puedes tenellas
con quien solamente puede
aquello que le concede
el valor que vive en ellas.
Dél conozco que te estimas
en todo aquello que vales,
y con arrogancias tales
me alegras y me lastimas.
Muéstrate más soberana,
haz que te tenga respeto
el mundo, porque, en efeto,
has de ser la Gran Sultana.
Y doyte la preeminencia
desde luego: ya lo eres.
SULTANA
¿Dar a una tu esclava quieres
de tu esposa la excelencia?
Míralo bien, porque temo
que has de arrepentirte presto.
TURCO
Ya lo he mirado, y en esto
no hago ningún estremo,
si ya no fuese el de hacer
que con la sangre otomana
mezcle la tuya cristiana
para darle mayor ser.
Si el fruto que de ti espero
llega a colmo, verá el mundo
que no ha de tener segundo
el que me dieres primero.
No habrá descubierto el sol,
en cuanto ciñe y rodea,
no, quien pase, que igual sea
a un otomano español.
Mira a lo que te dispones,
que ya mi alma adivina
que has de parir, Catalina,
hermosísimos leones.
SULTANA
Antes tomara engendrar
águilas.
TURCO
A tu fortuna
no hay dificultad alguna
que la pueda contrastar.
En la cumbre de la rueda
estás, y, aunque varïable,
contigo ha de ser estable,
estando en tu gloria queda.
Daréte la posesión
de mi alma aquesta tarde,
y la de mi cuerpo, que arde
en llamas de tu afición;
afición, de amor interno,
que, con poderoso brío,
de mi alma y mi albedrío
tiene el mando y el gobierno.
SULTANA
He de ser cristiana.
TURCO
Sélo;
que a tu cuerpo, por agora,
es el que mi alma adora
como si fuese su cielo.
¿Tengo yo a cargo tu alma,
o soy Dios para inclinalla,
o ya de hecho llevalla
donde alcance eterna palma?
Vive tú a tu parecer,
como no vivas sin mí.
RUSTÁN
¿Qué te parece, Mamí?
MAMÍ
¡Mucho puede una mujer!
SULTANA
No me has de quitar, señor,
que con cristianos no trate.
MAMÍ
Éste es grande disparate,
y el concederle, mayor.
TURCO
Tal te veo y tal me veo,
que con grave imperio y firme
puedes, Sultana, pedirme
cuanto te pida el deseo.
De mi voluntad te he dado
entera juridición;
tus deseos míos son:
mira si estoy obligado
a cumplillos.
MAMÍ
Caso grave,
y entre turcos jamás visto,
andar por aquí tu Cristo,
Rustán.
RUSTÁN
Él mismo lo sabe.
Él suele, Mamí, sacar
de mucho mal mucho bien.
TURCO
Tus aranceles me den
el modo que he de guardar
para no salir un punto
de tu gusto; que el sabelle
y el entendelle y hacelle
estará en mi alma junto.
Saca de aquesta humildad,
bellísima Catalina,
que se guía y se encamina
a rendir su voluntad.
No quiero gustos por fuerza
de gran poder conquistados:
que nunca son bien logrados
los que se toman por fuerza.
Como a mi esclava, en un punto
pudiera gozarte agora;
mas quiero hacerte señora,
por subir el bien de punto;
y, aunque del cercado ajeno
es la fruta más sabrosa
que del propio, ¡estraña cosa!,
por la que es tan mía peno.
Entre las manos la tengo,
y entre la boca y las manos
desparece. ¡Oh, miedos vanos,
y a cuántas bajezas vengo!
Puedo cumplir mi des[e]o
y estoy en comedimientos.
RUSTÁN
Humilla tus pensamientos,
porque muy airado veo
al Gran Señor; no fabriques
tu tristeza en su pesar,
y a quien ya puedes mandar,
no será bien que supliques.
SULTANA
Dio el temor con mi buen celo
en tierra. ¡Oh pequeña edad!
¡Con cuánta facilidad
te rinde cualquier recelo!
Gran Señor, veisme aquí; postro
las rodillas ante ti;
tu esclava soy.
TURCO
¿Cómo así?
Alza, señora, ese rostro,
y en esos sus soles dos,
que tanto le hermosean,
harás que mis ojos vean
el grande poder de Dios,
o de la naturaleza,
a quien Alá dio poder
para que pudiese hacer
milagros en su belleza.
SULTANA
Advierte que soy cristiana,
y que lo he de ser contino.
MAMÍ
¡Caso estraño y peregrino:
cristiana una Gran Sultana!
TURCO
Puedes dar leyes al mundo,
y guardar la que quisieres:
no eres mía, tuya eres,
y a tu valor sin segundo
se le debe adoración,
no sólo humano respeto;
y así, de guardar prometo
las sombras de tu intención.
Mamí, tráeme, ¡así tú vivas!,
a que den en mi presencia
a Sultana la obediencia
del serrallo las cautivas.
(Éntrase MAMÍ.)
Reveréncienla, no sólo
los que obediencia me dan,
sino las gentes que están
desde éste al contrario polo.
SULTANA
¡Mira, señor, que ya pasan
tus deseos de lo justo!
TURCO
Las cosas que me dan gusto
no se miden ni se tasan;
todas llegan al estremo
mayor que pueden llegar,
y para las alcanzar
siempre espero, nunca temo.
(Vuelve MAMÍ, y con él CLARA, llamada ZAIDA, y ZELINDA, que es LAMBERTO, el que busca ROBERTO.)
MAMÍ
Todas vienen.
TURCO
Éstas dos
den la obediencia por todas.
ZAIDA
Hagan dichosas tus bodas
las bendiciones de Dios;
fecundo tu seno sea,
y, con parto sazonado,
del Gran Señor el Estado
con mayorazgo se vea;
logres la intención que tienes,
que ya de Rustán la sé,
y en varios modos te dé
el mundo mil parabienes.
ZELINDA
Hermosísima española,
corona de su nación,
única en la discreción,
y en buenos intentos sola;
traiga a colmo tu deseo
el Cielo, que le conoce,
y en estas bodas se goce
el dulce y santo Himeneo;
por tu parecer se rija
el imperio que posees;
ninguna cosa desees
que el no alcanzalla te aflija;
de ensalzarte es cosa llana
que Mahoma el cargo toma.
TURCO
No le nombréis a Mahoma,
que la Sultana es cristiana.
Doña Catalina es
su nombre, y el sobrenombre
de Oviedo, para mí, nombre
de riquísimo interés;
porque, a tenerle de mora,
nunca a mi poder llegara,
ni del tesoro gozara
que en su hermosura mora.
Ya como a cosa divina,
sin que lo encubra el silencio,
el gran nombre reverencio
de mi hermosa Catalina.
Para celebrar las bodas,
que han de dar asombro al suelo,
déme de su gloria el cielo
y acudan mis gentes todas;
concédame el mar profundo,
de sus senos temerosos,
los pescados más sabrosos;
sus riquezas me dé el mundo;
denme la tierra y el viento
aves y caza, de modo
que esté en cada una el todo
del más gustoso alimento.
SULTANA
Mira, señor, que me agravia
el bien que de mí pregonas.
TURCO
Denme para tus coronas
perlas el Sur, oro Arabia,
púrpura Tiro y olores
la Sabea, y, finalmente,
denme para ornar tu frente
abril y mayo sus flores;
y si os parece que el modo
de pedir ha dado indicio
de tener poco juïcio,
venid y veréislo todo.
(Éntranse todos, si no es ZAIDA y ZELINDA.)
ZELINDA
¡Oh Clara! ¡Cuán turbias van
nuestras cosas! ¿Qué haremos?
Que ya están en los estremos
del más sin remedio afán.
¿Yo varón, y en el serrallo
del Gran Turco? No imagino
traza, remedio o camino
a este mal.
ZAIDA
Ni yo le hallo.
¡Grande fue tu atrevimiento!
ZELINDA
Llegó do llegó el Amor,
que no repara en temor
cuando mira a su contento.
Entre una y otra muerte,
por entre puntas de espadas
contra mí desenvainadas,
entrara, mi bien, a verte.
Ya te he visto y te he gozado,
y a este bien no llega el mal
que suceda, aunque mortal.
ZAIDA
Hablas como enamorado:
todo eres brío, eres todo
valor y todo esperanza
pero nuestro mal no alcanza
remedio por ningún modo:
que desta triste morada,
por nuestro mal conocida,
es la muerte la salida
y desventura la entrada.
De aquí no hay pensar huir
a más seguro lugar:
que sólo se ha de escapar
con las alas del morir.
Ningún cohecho es bastante
que a las guardas enternezca,
ni remedio que se ofrezca
que el morir no esté delante.
¿Yo preñada, y tú varón,
y en este serrallo? Mira
adónde pone la mira
nuestra cierta perdición.
ZELINDA
¡Alto! Pues se ha de acabar
en muerte nuestra fortuna,
no esperar salida alguna
es lo que se ha de esperar;
pero estad, Clara, advertida
que hemos de morir de suerte
que nos granjee la muerte
nueva y perdurable vida.
Quiero decir que muramos
cristianos en todo caso.
ZAIDA
De la vida no hago caso,
como a tal muerte corramos.
(Éntranse.)
(Sale MADRIGAL, el maestro del elefante, con una trompetilla de hoja de lata, y sale con él ANDREA, la espía.)
ANDREA
¡Bien te dije, Madrigal,
que la alárabe algún día
a la muerte te traería!
MADRIGAL
Más bien me hizo que mal.
ANDREA
Maestro de un elefante
te hizo.
MADRIGAL
¿Ya es barro, Andrea?
Podrá ser que no se vea
jamás caso semejante.
ANDREA
Al cabo, ¿no has de morir
cuando caigan en el caso
de la burla?
MADRIGAL
No hace al caso.
Déjame agora vivir,
que, en término de diez años,
o morirá el elefante,
o yo, o el Turco, bastante
causa a reparar mi[s] daño[s].
¿No fuera peor dejarme
arrojar en un costal,
por lo menos en la mar,
donde pudiera ahogarme,
sin que pudiera valerme
de ser grande nadador?
¿No estoy agora mejor?
¿No podéis vos socorrerme
agora con más provecho
vuestro y mío?
ANDREA
Así es verdad.
MADRIGAL
Andrea, considerad
que este hecho es un gran hecho,
y aun salir con él entiendo
cuando menos os pensáis.
ANDREA
Gracias, Madrigal, tenéis,
que al diablo las encomiendo.
¿El elefante ha de hablar
MADRIGAL
No quedará por maestro;
y él es animal tan diestro,
que me hace imaginar
que tiene algún no sé qué
de discurso racional.
ANDREA
Vos sí sois el animal
sin razón, como se ve,
pues en disparates dais
en que no da quien la tiene.
MADRIGAL
Darlo a entender me conviene
así al Cadí.
ANDREA
Bien andáis;
pero no os cortéis conmigo
las uñas, que no es razón.
MADRIGAL
Es mi propria condición
burlarme del más amigo.
ANDREA
¿Esa trompeta es de plata?
MADRIGAL
De plata la pedí yo;
mas dijo quien me la dio
que bastaba ser de lata.
Al elefante con ella
he de hablar en el oído.
ANDREA
¡Trabajo y tiempo perdido!
MADRIGAL
¡Traza ilustre y burla bella!
Cien ásperos cada día
me dan por acostamiento.
ANDREA
¿Dos escudos? ¡Gentil cuento!
¡Buena va la burlería!
MADRIGAL
El cadí es éste. A más ver,
que me convïene hablalle.
ANDREA
¿Querrás de nuevo engañalle?
MADRIGAL
Podrá ser que pueda ser.
(Vase ANDREA, y entra el CADÍ.)
CADÍ
Español, ¿has comenzado
a enseñar al elefante?
MADRIGAL
Sí; y está muy adelante:
cuatro liciones le he dado.
CADÍ
¿En qué lengua?
MADRIGAL
En vizcaína,
que es lengua que se averigua
que lleva el lauro de antigua
a la etiopía y abisina.
CADÍ
Paréceme lengua estraña.
¿Dónde se usa?
MADRIGAL
En Vizcaya.
CADÍ
¿Y es Vizcaya...?
MADRIGAL
Allá en la raya
de Navarra, junto a España.
CADÍ
Esta lengua de valor
por su antigüedad es sola;
enséñale la española,
que la entendemos mejor.
MADRIGAL
De aquéllas que son más graves,
le diré las que supiere,
y él tome la que quisiere.
CADÍ
¿Y cuáles son las que sabes?
MADRIGAL
La jerigonza de ciegos,
la bergamasca de Italia,
la gascona de la Galia
y la antigua de los griegos;
con letras como de estampa
una materia le haré,
adonde a entender le dé
la famosa de la hampa;
y si de aquéstas le pesa,
porque son algo escabrosas,
mostraréle las melosas
valenciana y portuguesa.
CADÍ
A gran peligro se arrisca
tu vida si el elefante
no sale grande estudiante
en la turquesca o morisca
o en la española, a lo menos.
MADRIGAL
En todas saldrá perito,
si le place al infinito
sustentador de los buenos,
y aun de los malos, pues hace
que a todos alumbre el sol.
CADÍ
Hazme un placer, español.
MADRIGAL
Por cierto que a mí me place.
Declara tu voluntad,
que luego será cumplida.
CADÍ
Será el mayor que en mi vida
pueda hacerme tu amistad.
Dime: ¿qué iban hablando,
con acento bronco y triste,
aquellos cuervos que hoy viste
ir por el aire volando?
Que por entonces no pude
preguntártelo.
MADRIGAL
Sabrás
(y de aquesto que me oirás
no es bien que tu ingenio dude),
sabrás, digo, que trataban
que al campo de Alcudia irían,
lugar donde hartar podían
la gran hambre que llevaban:
que nunca falta res muerta
en aquellos campos anchos,
donde podrían sus panchos
de su hartura hallar la puerta.
CADÍ
Y esos campos, ¿dónde están?
MADRIGAL
En España.
CADÍ
¡Gran viaje!
MADRIGAL
Son los cuervos de volaje
tan ligeros, que se van
dos mil leguas en un tris:
que vuelan con tal instancia,
que hoy amanecen en Francia,
y anochecen en París.
CADÍ
Dime: ¿qué estaba diciendo
aquel colorín ayer?
MADRIGAL
Nunca le pude entender;
es húngaro: no le entiendo.
CADÍ
Y aquella calandria bella,
¿supiste lo que decía?
MADRIGAL
Una cierta niñería
que no te importa sabella.
CADÍ
Yo sé que me lo dirás.
MADRIGAL
Ella dijo, en conclusión,
que andabas tras un garzón,
y aun otras cosillas más.
CADÍ
Pues, ¡válgala Lucifer!,
¿a qué se mete conmigo?
MADRIGAL
Si hay algo de lo que digo,
verás que la sé entender.
CADÍ
No va muy descaminada;
pero no ha llegado el juego
a que me abrase en tal fuego.
No digas a nadie nada,
que el crédito quedaría
granjeado a buenas noches.
MADRIGAL
Para hablar en tus reproches,
es muda la lengua mía.
Bien puedes a sueño suelto
dormir en mi confianza,
pues de hablar en tu alabanza
para siempre estoy resuelto.
Puesto que los tordos sean
de tu ruindad pregoneros,
y la digan los silgueros
que en los pimpollos gorjean;
ora los asnos roznando
digan tus males protervos,
ora graznando los cuervos,
o los canarios cantando:
que, pues yo soy aquel solo
que los entiende, seré
aquel que los callaré
desde el uno al otro polo.
CADÍ
¿No habrá pájaro que cante
alguna virtud de mí?
MADRIGAL
Respetaránte, ¡oh cadí!,
si puedo, de aquí adelante:
que, apenas veré en sus labios
dar indicios de tus menguas,
cuando les corte las lenguas,
en pena de tus agravios.
(Entra RUSTÁN, el eunuco, y tras él un CAUTIVO anciano, que se pone a escuchar lo que hablan.)
CADÍ
Buen Rustán, ¿adónde vais?
RUSTÁN
A buscar un tarasí
español.
MADRIGAL
¿No es sastre?
RUSTÁN
Sí.
MADRIGAL
Sin duda que me buscáis,
pues soy sastre y español,
y de tan grande tijera
que no la tiene en su esfera
el gran tarasí del sol.
¿Qué hemos de cortar?
RUSTÁN
Vestidos
ricos para la Sultana,
que se viste a la cristiana.
CADÍ
¿Dónde tenéis los sentidos?
Rustán, ¿qué es lo que decís?
¿Ya hay Sultana, y que se viste
a la cristiana?
RUSTÁN
No es chiste;
verdades son las que oís.
Doña Catalina ha nombre
con sobrenombre de Oviedo.
CADÍ
Vos diréis algún enredo
con que me enoje y asombre.
RUSTÁN
Con una hermosa cautiva
se ha casado el Gran Señor,
y consiéntele su amor
que en su ley cristiana viva,
y que se vista y se trate
como cristiana, a su gusto.
CRISTIANO
¡Cielo pïadoso y justo!
CADÍ
¿Hay tan grande disparate?
Moriré si no voy luego
a reñirle.
(Vase el CADÍ.)
RUSTÁN
En vano irás,
pues del amor [le] hallarás
del todo encendido en fuego.
Venid conmigo, y mirad
que seáis buen sastre.
MADRIGAL
Señor,
yo sé que no le hay mejor
en toda esta gran ciudad,
cautivo ni renegado;
y, para prueba de aquesto,
séaos, señor, manifiesto
que yo soy aquel nombrado
maestro del elefante;
y quien ha de hacer hablar
a una bestia, en el cortar
de vestir será elegante.
RUSTÁN
Digo que tenéis razón;
pero si otra no me dais,
desde aquí conmigo estáis
en contraria posesión.
Mas, con todo, os llevaré.
Venid.
CRISTIANO
Señor, a esta parte,
si quieres, quiero hablarte.
RUSTÁN
Decid, que os escucharé.
CRISTIANO
Para mí es averiguada
cosa, por más de un indicio,
que éste sabe del oficio
de sastre muy poco o nada.
Yo soy sastre de la Corte,
y de España, por lo menos,
y en ella de los más buenos,
de mejor medida y corte;
soy, en fin, de damas sastre,
y he venido al cautiverio
quizá no sin gran misterio,
y sin quizá, por desastre.
Llevadme: veréis quizá
maravillas.
RUSTÁN
Está bien.
Venid vos, y vos también;
quizá alguno acertará.
MADRIGAL
Amigo, ¿sois sastre?
CRISTIANO
Sí.
MADRIGAL
Pues yo a Judas me encomiendo
si sé coser un remiendo.
CRISTIANO
¡Ved qué gentil tarasí!
Aunque pienso, con mi maña,
antes que a fuerza de brazos,
de sacar de aquí retazos
que puedan llevarme a España.
(Éntranse todos.)
(Entra la SULTANA con un rosario en la mano, y el GRAN TURCO tras ella, escuchándola.)
SULTANA
¡Virgen, que el sol más bella;
Madre de Dios, que es toda tu alaban[za];
del mar del mundo estrella,
por quien el alma alcanza
a ver de sus borrascas la bonanza!
En mi aflicción te invoco;
advierte, ¡oh gran Señora!, que me anego,
pues ya en las sirtes toco
del desvalido y ciego
temor, a quien el alma ansiosa entrego.
La voluntad, que es mía
y la puedo guardar, ésa os ofrezco,
Santísima María;
mirad que desfallezco;
dadme, Señora, el bien que no merezco.
¡Oh Gran Señor! ¿Aquí vienes?
TURCO
Reza, reza, Catalina,
que sin la ayuda divina
duran poco humanos bienes;
y llama, que no me espanta,
antes me parece bien,
a tu Lela Marïén,
que entre nosotros es santa.
SULTANA
No hay generación alguna
que no te bendiga, ¡oh Esposa
de tu Hijo!, ¡oh tan hermosa
que es fea ante ti la luna!
TURCO
Bien la pu[e]des alabar,
que nosotros la alabamos,
y de ser Virgen la damos
la palma en primer lugar.
(Entra RUSTÁN, MADRIGAL y el viejo CAUTIVO y MAMÍ.)
RUSTÁN
Éstos son los tarasíes.
MADRIGAL
Yo, señor, soy el que sabe
cuanto en el oficio cabe;
los demás son baladíes.
SULTANA
Vestiréisme a la española.
MADRIGAL
Eso haré de muy buen grado,
como se le dé recado
bastante a la chirinola.
SULTANA
¿Qué es chirinola?
MADRIGAL
Un vestido
trazado por tal compás
que tan lindo por jamás
ninguna reina ha vestido;
trecientas varas de tela
de oro y plata entran en él.
SULTANA
Pues, ¿quién podrá andar con él,
que no se agobie y se muela?
MADRIGAL
Ha de ser, señora mía,
la falda postiza.
CRISTIANO
¡Bueno!
Éste está de seso ajeno,
o se burla, o desvaría.
Amigo, muy mal te burlas,
y sabe, si no lo sabes,
que con personas tan graves
nunca salen bien las burlas.
Yo os haré al modo de España
un vestido tal que os cuadre.
SULTANA
Éste, sin duda, es mi padre,
si no es que la voz me engaña.
Tomadme vos la medida,
buen hombre.
CRISTIANO
¡Fuera acertado
que se la hubieran tomado
ya los cielos a tu vida!
SULTANA
Sin duda, es él. ¿Qué haré?
¡Puesta estoy en confusión!
TURCO
Libertad por galardón,
y gran riqueza os daré.
Vestídmela a la española,
con vestidos tan hermosos
que admiren por lo costosos,
como ella admira por sola;
gastad las perlas de Oriente
y los diamantes indianos,
que hoy os colmaré las manos
y el deseo fácilmente.
Véase mi Catalina
con el adorno que quiere,
puesto que en el que trujere
la tendré yo por divina.
Es ídolo de mis ojos,
y, en el proprio o estranjero
adorno, adorarla quiero,
y entregarle mis despojos.
CRISTIANO
Venid acá, buena alhaja;
tomaros he la medida,
que fuera más bien medida
a ser de vuestra mortaja.
MADRIGAL
Por la cintura comienza,
así es sastre como yo.
TURCO
Cristiano amigo, eso no,
que algo toca en desvergüenza;
tanteadla desde fuera,
y no lleguéis a tocalla.
CRISTIANO
¿Adónde, señor, se halla
sastre que desa manera
haga su oficio? ¿No ves
que en el corte erraría
si no llevase por guía
la medida?
TURCO
Ello así es;
mas, a poder escusarse,
tendríalo por mejor.
CRISTIANO
De mis abrazos, señor,
no hay para qué recelarte,
que como de padre puede
recebirlos la Sultana.
SULTANA
Ya mi sospecha está llana;
ya el miedo que tengo excede
a todos los de hasta aquí.
TURCO
Llegad, y haced vuestro oficio.
SULTANA
No des, ¡oh buen padre!, indicio
de ser sino tarasí.
(Estándole tomando la medida, dice el padre:)
CRISTIANO
¡Pluguiera a Dios que estos lazos
que tus aseos preparan
fueran los que te llevaran
a la fuesa entre mis brazos!
¡Pluguiera a Dios que en tu tierra
en humildad y bajeza
se cambiara la grandeza
que esta majestad encierra,
y que estos ricos adornos
en burieles se trocaran,
y en España se gozaran
detrás de redes y tornos!
SULTANA
¡No más, padre, que no puedo
sufrir la reprehensión;
que me falta el corazón
y me desmayo de miedo!
(Desmáyase la SULTANA.)
TURCO
¿Qué es esto? ¿Qué desconcierto
es éste? ¿Qué desespero?
Di, encantador, embustero:
¿hasla hechizado?, ¿hasla muerto?
Basilisco, di: ¿qué has hecho?
Espíritu malo, habla.
CRISTIANO
Ella volverá a su habla.
Haz que la aflojen el pecho,
báñenle con agua el rostro,
y verás cómo en sí vuelve.
TURCO
¡La vida se le resuelve!
¡Empalad luego a ese monstro!
¡Empalad aquél también!
¡Quitádmelos de delante!
MADRIGAL
¡Primero que el elefante
vengo a morir!
MAMÍ
¡Perro, ven!
CRISTIANO
Yo soy el padre, sin duda,
de la Sultana, que vive.
MAMÍ
De mentiras se apercibe
el que la verdad no ayuda.
Venid, venid, embusteros,
españoles y arrogantes.
MADRIGAL
¡Oh flor de los elefantes!,
hoy hago estanco en el veros.
(Llevan MAMÍ y RUSTÁN por fuerza al PADRE de la SULTANA y a MADRIGAL; queda en el teatro el GRAN TURCO y la SULTANA, desmayada.)
TURCO
¡Sobre mis hombros vendrás,
cielo deste pobre Atlante,
en males sin semejante,
si vos en vos no volvéis!
(Llévala.)
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
JORNADA TERCERA
Salen RUSTÁN y MAMÍ.
MAMÍ
A no volver tan presto
del grave parasismo,
la Sultana quedara
sin padre, y sin maestro el elefante.
Volvió, y a voces dijo:
«¿Qué es de mi padre? ¡Ay triste!
¿Adónde está mi padre?»,
buscándole por todo con la vista.
Sin esperar respuestas
de preguntas tardías,
el gran señor mandóme
que acudiese a quitar del palo o fuego
a los dos tarasíes,
certísimo adivino
que el más anciano era
de su querida prenda el padre amado.
Corrí, llegué, y hallélos
a tiempo que ya estaba
aguzando el verdugo
las puntas de los palos del suplicio.
El español maestro,
apenas se vio libre,
cuando, dando dos brincos,
dijo: «¡Gracias a Dios y a mi dicípulo!»;
creyendo, a lo que creo,
que le daban la vida
porque él el habla diese
que tiene prometida al elefante.
Al padre anciano truje
ante la Gran Sultana,
que con abrazos tiernos
le recibió, besándole mil veces.
Allí se dieron cuenta,
aunque en razones cortas,
de mil sucesos varios
al padre y a la hija acontecidos.
Finalmente, mandóme
el Gran Señor que hiciese
cómo en la judería
se alojase su suegro.
Ordena que le sirvan
a la cristiana usanza,
con pompa y aparato
que dé fe de su amor y su grandeza.
RUSTÁN
¡Estraño caso es éste!
Ámala tiernamente;
su voluntad se rige
por la de la cristiana.
Al gran cadí no quiso
escuchar, sospechoso
que con reprehensiones
pesadas sus intentos afearía.
Quiere de aquí a dos días
con ella y sus cautivas
holgarse en el serrallo
con bailes y con danzas cristianiscas.
Músicos he buscado,
cautivos y españoles,
que alegres solenicen
la fiesta, en el serrallo jamás vista.
¿Haré que vayan limpios
y vestidos de nuevo?
MAMÍ
Sí, pero como esclavos.
RUSTÁN
A dar lugar el tiempo, mejor fuera
que fueran como libres,
con plumas y con galas,
representando al vivo
los saraos que en España se acostumbran.
MAMÍ
No te metas en eso,
pues ves que no es posible.
RUSTÁN
Ya la Sultana tiene
un vestido español.
MAMÍ
¿Y quién le hizo?
[RUSTÁN]
Un judío le trujo
de Argel, a do llegaron
dos galeras de corso,
colmas de barcas, fuertes de despojos,
y allí compró el judío
el vestido que he dicho.
MAMÍ
Será indecencia grande
vestirse una sultana ropa ajena.
RUSTÁN
Tiene tanto deseo
de verse sin el traje
turquesco, que imagino
que de jerga y sayal se vestiría,
como el vestido fuese
cortado a lo cristiano.
MAMÍ
A mí, mas que se vista
de hojas de palmitos o lampazos.
RUSTÁN
Mamí, vete en buen hora,
porque he de hacer mil cosas.
MAMÍ
Y yo dos mil y tantas
en el servicio del señor Oviedo.
(Éntranse.)
(Salen la SULTANA y su PADRE, vestido de negro.)
PADRE
Hija, por más que me arguyas,
no puedo darme a entender
sino que has venido a ser
lo que eres por culpas tuyas;
quiero decir, por tu gusto;
que, a tenerle más cristiano,
no gozara este tirano
de gusto que es tan injusto.
¿Qué señales de cordeles
descubren tus pies y brazos?
¿Qué ataduras o qué lazos
fueron para ti crüeles?
De tu propia voluntad
te has rendido, convencida
desta licenciosa vida,
desta pompa y majestad.
SULTANA
Si yo de consentimiento
pacífico he convenido
con el deste descreído,
ministro de mi tormento,
todo el Cielo me destruya,
y, atenta a mi perdición,
se me vuelva en maldición,
padre, la bendición tuya.
Mil veces determiné
antes morir que agradalle;
mil veces, para enojalle,
sus halagos desprecié;
pero todo mi desprecio,
mis desdenes y arrogancia
fueron medio y circustancia
para tenerme en más precio.
Con mi celo le encendía,
con mi desdén le llamaba,
con mi altivez le acercaba
a mí cuando más huía.
Finalmente, por quedarme
con el nombre de cristiana,
antes que por ser sultana,
medrosa vine a entregarme.
PADRE
Has de advertir en tu mal,
y sé que lo advertirás,
que por lo menos estás,
hija, en pecado mortal.
Mira el estado que tienes,
y mira cómo te vales,
porque está lleno de males,
aunque parece de bienes.
SULTANA
Pues sabrás aconsejarme,
dime, mas es disparate:
¿será justo que me mate,
ya que no quieren matarme?
¿Tengo de morir a fuerza
de mí misma? Si no quiere
Él que viva, ¿me requiere
matarme por gusto o fuerza?
PADRE
Es la desesperación
pecado tan malo y feo,
que ninguno, según creo,
le hace comparación.
El matarse es cobardía
y es poner tasa a la mano
liberal del Soberano
Bien que nos sustenta y cría.
Esta gran verdad se ha visto
donde no puede dudarse:
que más pecó en ahorcarse
Judas que en vender a Cristo.
SULTANA
Mártir soy en el deseo,
y, aunque por agora duerma
la carne frágil y enferma
en este maldito empleo,
espero en la luz que guía
al cielo al más pecador,
que ha de dar su resplandor
en mi tiniebla algún día;
y desta cautividad,
adonde reino ofendida,
me llevará arrepentida
a la eterna libertad.
PADRE
Esperar y no temer
es lo que he de aconsejar,
pues no se puede abreviar
de Dios el sumo poder.
En su confianza atino,
y no en mal discurso pinto
deste ciego laberinto
a la salida el camino;
pero si fuera por muerte,
no la huyas, está firme.
SULTANA
Mis propósitos confirme
el cielo en mi triste suerte,
para que, poniendo el pecho
al rigor jamás pensado,
Él quede de mí pagado
y vos, padre, satisfecho.
Y voyme, porque esta tarde
tengo mucho en que entender;
que el Gran Señor quiere hacer
de mis donaires alarde.
Si os queréis hallar allí,
padre, en vuestra mano está.
PADRE
¿Cómo hallarse allí podrá
quien está perdido aquí?
Guardarás de honestidad
el decoro en tus placeres,
y haz aquello que supieres
alegre y con brevedad;
da inicios de bien criada
y bien nacida.
SULTANA
Sí haré,
puesto que sé que no s[é]
de gracias algo, ni aun nada.
PADRE
¡Téngate Dios de su mano!
¡Ve con él, prenda querida,
malcontenta y bien servida;
yo, triste y alegre en vano!
(Éntranse, y la SULTANA se ha de vestir a lo cristiano, lo más bizarramente que pudiere.)
(Salen los dos músicos, y MADRIGAL con ellos, como cautivos, con sus almillas coloradas, calzones de lienzo blanco, borceguíes negros, todo nuevo, con vueltas sin lechuguillas. MADRIGAL traiga unas sonajas, y los demás sus guitarras. Señálanse los músicos primero y segundo.)
[MÚSICO] 1.º
Otro es esto que estar al pie del palo,
esperando la burla que os tenía
algo de mal talante.
MADRIGAL
¡Por San Cristo,
que estaba algo mohíno! Media entena
habían preparado y puesto a punto
para ser asador de mis redaños.
[MÚSICO] 2.º
¿Quién os metió a ser sastre?
MADRIGAL
El que nos mete
agora a todos tres a ser poetas,
músicos y danzantes y bailistas:
el diablo, a lo que creo, y no otro alguno.
[MÚSICO] 1.º
A no volver en sí la Gran Sultana
tan presto, ¡cuál quedábades, bodega!
MADRIGAL
Como conejo asado, y no en parrillas.
¡Mirad este tirano!
[MÚSICO] 2.º
Hablad pasito.
¡Mala Pascua os dé Dios! ¿No se os acuerda
de aquel refrán que dicen comúnmente
que las paredes oyen?
MADRIGAL
Hablo paso,
y digo...
[MÚSICO] 1.º
¿Qué decís? No digáis nada.
MADRIGAL
Digo que el Gran Señor tiene sus ímpetus,
como otro cualquier rey de su tamaño,
y temo que a cualquiera zancadilla
que demos en la danza ha de pringarnos.
[MÚSICO] 2.º
¿Y sabéis vos danzar?
MADRIGAL
Como una mula;
pero tengo un romance correntío,
que le pienso cantar a la loquesca,
que trata ad longum todo el gran suceso
de la grande sultana Catalina.
[MÚSICO] 1.º
¿Cómo lo sabéis vos?
MADRIGAL
Su mismo padre
me lo ha contado todo ad pedem litere.
[MÚSICO] 2.º
¿Qué cantaremos más?
MADRIGAL
Mil zarabandas,
mil zambapalos lindos, mil chaconas,
y mil pésame dello, y mil folías.
MÚSICO 1.º
¿Quién las ha de bailar?
MADRIGAL
La Gran Sultana.
MÚSICO 2.º
Imposible es que sepa baile alguno,
porque de edad pequeña, según dicen,
perdió la libertad.
MADRIGAL
Mirad, Capacho,
no hay mujer española que no salga
del vientre de su madre bailadora.
MÚSICO 1.º
Ésa es razón que no la contradigo;
pero dudo en que baile la Sultana
por guardar el decoro a su persona.
MÚSICO 2.º
También danzan las reinas en saraos.
MADRIGAL
Verdad; y a solas mil desenvolturas,
guardando honestidad, hacen las damas.
MÚSICO 1.º
Si nos hubieran dado algún espacio
para poder juntarnos y acordarnos,
trazáramos quizá una danza alegre,
cantada a la manera que se usa
en las comedias que yo vi en España;
y aun Alonso Martínez, que Dios haya,
fue el primer inventor de aquestos bailes,
que entretienen y alegran juntamente,
más que entretiene un entremés [de] hambriento,
ladrón o apaleado.
MÚSICO 2.º
Verdad llana.
MADRIGAL
Desta vez nos empalan; désta vamos
a ser manjar de atunes y de tencas.
MÚSICO 1.º
Madrigal, ésa es mucha cobardía;
mentiroso adivino siempre seas.
(Entra RUSTÁN.)
RUSTÁN
Amigos, ¿estáis todos?
MADRIGAL
Todos juntos,
como nos ves, con nuestros instrumentos;
pero todos con miedo tal, que temo
que habemos de oler mal desde aquí a poco.
RUSTÁN
Limpios y bien vestidos vais, de nuevo;
no temáis, y venid, que ya os espera
el Gran Señor.
MADRIGAL
[Yo] juro a mi pecado
que voy.
¡Dios sea en mi ánima!
[MÚSICO] 2.º
No temas,
que nos haces temer sin cosa alguna,
y ayuda a los osados la Fortuna.
(Éntranse.)
(Sale MAMÍ a poner un estrado, con otros dos o tres garzones; tienden una alfombra turca, con cinco o seis almohadas de terciopelo de color.)
MAMÍ
Tira más desa parte, Muza, tira;
entra por los cojines tú, Arnaute;
y tú, Bairán, ten cuenta que las flores
se esparzan por do el Gran Señor pisare,
y enciende los pebetes. ¡Ea, acabemos!
(Hácese todo esto sin responder los garzones, y, en estando puesto el estrado, entra el GRAN TURCO, RUSTÁN y los músicos y MADRIGAL.)
TURCO
¿Sois español[es], por ventura?
MADRIGAL
Somos.
TURCO
¿De Aragón o andaluces?
MADRIGAL
Castellanos.
TURCO
¿Soldados, o oficiales?
MADRIGAL
Oficiales.
TURCO
¿Qué oficio tenéis vos?
MADRIGAL
¿Yo? Pregonero.
TURCO
Y éste, ¿qué oficio tiene?
MADRIGAL
Guitarrista:
quiero decir que tañe una guitarra
peor ochenta veces que su madre.
TURCO
¿Qué habilidad esotro tiene?
MADRIGAL
Grande:
costales cose, y sabe cortar guantes.
TURCO
¡Por cierto, los oficios son de estima!
MADRIGAL
¿Quisieras tú, señor, que el uno fuera
herrero, y maestro de hacha fuera el otro,
y el otro polvorista, o, por lo menos,
maestro de fundar artillería?
TURCO
A serlo, os estimara y regalara
sobre cuantos cautivos tengo.
MADRIGAL
Bueno;
en humo se nos fuera la esperanza
de tener libertad.
TURCO
Cuando Alá gusta,
hace cautivo aquél, y aquéste libre:
no hay al querer de Alá quien se le oponga.
Mirad si viene Catalina.
RUSTÁN
Viene,
y adonde pone la hermosa planta
un clavel o azucena se levanta.
(Entra la SULTANA, vestida a lo cristiano, como ya he dicho, lo más ricamente que pudiere; trae al cuello una cruz pequeña de ébano; salen con ella ZAIDA y ZELINDA, que son CLARA y LAMBERTO, y los tres garzones que pusieron el estrado.)
TURCO
Bien vengas, humana diosa,
con verdad, y no opinión;
más que los cielos hermosa,
centro do mi corazón
se alegra, vive y reposa;
a mis ojos más lozana
que de abril fresca mañana,
cuando, en brazos de la aurora,
pule, esmalta, borda y dora
el campo y al mundo ufana.
No es menester mudar traje
para que os rinda, contento,
todo el orbe vasallaje.
SULTANA
Tantas alabanzas siento
que me han de servir de ultraje,
pues siempre la adulación
nunca dice la razón
como en el alma se siente,
y así, cuando alaba, miente.
MADRIGAL
A un mentís, un bofetón.
[MÚSICO] 2.º
Madrigal amigo, advierte
dónde estamos; no granjees
con tu lengua nuestra muerte.
TURCO
Puede el valor que posees
sobre el cielo engrandecerte.
Ven, señora, y toma asiento,
que hoy mi alma tiene intento,
dulce fin de mis enojos,
de hacerse toda ojos
por mirarte a su contento.
(Siéntese el TURCO y la SULTANA en las almohadas; quedan en pie RUSTÁN y MAMÍ y los músicos.)
MAMÍ
A la puerta está el cadí.
TURCO
Ábrele, y entre, Mamí,
pues no hay negarle la entrada.
Esta visita me enfada,
y más por hacerse aquí.
Vendráme a reprehender,
a reñir y a exagerar
que tengo en mi proceder,
como altivez en mandar,
llaneza en obedecer.
Inútil reprehensor
ha de ser, porque el Amor,
cuyas hazañas alabo,
teniéndome por su esclavo
no me deja ser señor.
(Entra el CADÍ.)
CADÍ
¿Qué es lo que veo? ¡Ay de mí!
¡Cielo, que esto consintáis!
TURCO
¡Por vida del gran cadí,
que no me reprehendáis,
y que os sentéis junto a mí!
Porque las reprehensiones
piden lugar y ocasiones
diferentes que éstas son.
CADÍ
Enmudezca mi razón
el silencio que me pones.
Callo y siéntome.
TURCO
Ansí haced.
Vosotros, como he pedido,
a darme gusto atended;
que yo sabré, agradecido,
hacer a todos merced.
MADRIGAL
Antes de llegar al trance
del baile nunca aprendido,
oye, señor, un romance.
MÚSICO 1.º
¡Plega a Dios que este perdido
no nos pierda en este lance!
MADRIGAL
Y has de saber que es la historia
de la vida de tu gloria;
y cantaréle muy presto,
porque soy único en esto,
y lo sé bien de memoria.
«En un bajel de diez bancos,
de Málaga, y en ivierno,
se embarcó para ir a Orán
un tal Fulano de Oviedo,
hidalgo, pero no rico:
maldición del siglo nuestro,
que parece que el ser pobre
al ser hidalgo es anejo.
Su mujer y una hija suya,
niña y hermosa en estremo,
por convenirles ansí,
también con él se partieron.
El mar les aseguraba
el tiempo, por ser de enero,
sazón en que los cosarios
se recogen en sus puertos;
pero como las desgracias
navegan con todos vientos,
una les vino tan mala,
que la libertad perdieron.
Morato Arráez, que no duerme
por desvelar nuestro sueño,
en aquella travesía
alcanzó al bajel ligero;
hizo escala en Tetuán
y a la niña vendió luego
a un famoso y rico moro,
cuyo nombre es Alí Izquierdo.
La madre murió de pena;
al padre a Argel le trujeron,
adonde sus muchos años
le escusaron de ir al remo.
Cuatro años eran pasados,
cuando Morato, volviendo
a Tetuán, vio a la niña
más hermosa que el sol mismo.
Compróla de su patrón,
cuatrodoblándole el precio
que había dado por ella
a Alí, comprador primero,
el cual le dijo a Morato:
"De buena gana la vendo,
pues no la puedo hacer mora
por dádivas ni por ruegos.
Diez años tiene apenas;
mas tal discreción en ellos,
que no les hacen ventaja
los maduros de los viejos.
Es gloria de su nación
y de fortaleza ejemplo;
tanto más cuanto es más sola,
y de humilde y frágil sexo".
Con la compra el gran cosario
sobremanera contento,
se vino a Constantinopla,
creo el año de seiscientos;
presentóla al Gran Señor,
mozo entonces, el cual luego
del serrallo a los eunucos
hizo el estremado entrego.
En Zoraida el Catalina,
su dulce nombre, quisieron
trocarle; mas nunca quiso,
ni el sobrenombre de Oviedo.
Viola al fin el Gran Señor,
después de varios sucesos,
y, cual si mirara al sol,
quedó sin vida y suspenso;
ofrecióle el mayorazgo
de sus estendidos reinos,
y diole el alma en señal...»
TURCO
¡Qué gran verdad dice en esto!
MADRIGAL
«Consiéntale ser cristiana...»
CADÍ
¡Estraño consentimiento!
TURCO
Calla, amigo; no me turbes,
que estoy mis dichas oyendo.
MADRIGAL
«Cómo no la halló su padre,
contar aquí no pretendo:
que serán cuentos muy largos,
si he de abreviar este cuento;
basta que vino a buscalla
por discursos y rodeos
dignos de más larga historia
y de otra sazón y tiempo.
Hoy Catalina es Sultana,
hoy reina, hoy vive y hoy vemos
que del león otomano
pisa el indomable cuello;
hoy le rinde y avasalla,
y, con no vistos estremos,
hace bien a los cristianos.
Y esto sé deste suceso.»
MÚSICO 2.º
¡Oh repentino poeta!
El rubio señor de Delo,
de su agua de Aganipe
te dé a beber un caldero.
MÚSICO 1.º
Paladéente las musas
con jamón y vino añejo
de Rute y Ciudarreal.
MADRIGAL
Con San Martín me contento.
CADÍ
¡El diablo es este cristiano!
Yo le conozco, y sé cierto
que sabe más que Mahoma.
TURCO
Hacerles mercedes pienso.
MADRIGAL
Tú, señora, a nuestra usanza
ven, que has de ser de una danza
la primera y la postrera.
SULTANA
El gusto desa manera
del Gran Señor no se alcanza;
que, como la libertad
perdí tan niña, no sé
bailes de curiosidad.
MADRIGAL
Yo, señora, os guiaré.
SULTANA
En buen hora comenzad.
(Levántase la SULTANA a bailar, y ensáyase este baile bien.)
(Cantan los músicos:)
[MÚSICO]
A vos, hermosa española,
tan rendida el alma tengo,
que no miro por mi gusto
por mirar al gusto vuestro;
por vos ufano y gozoso
a tales estremos vengo,
que precio ser vuestro esclavo
más que mandar mil imperios;
por vos, con discurso claro,
puesto que puedo, no quiero
admitir reprehensiones
ni escuchar graves consejos;
por vos, contra mi Profeta,
que me manda en sus preceptos
que aborrezca a los cristianos,
por vos, no los aborrezco;
con vos, niña de mis ojos,
todas mis venturas veo,
y sé que, sin duda alguna,
por vos vivo y por vos muero.
(Muda el baile.)
Escuchaba la niña los dulces requiebros,
y está de su alma su gusto lejos.
Como tiene intento
de guardar su ley,
requiebros del rey
no le dan contento.
Vuelve el pensamiento
a parte mejor,
sin que torpe amor
le turbe el sosiego.
Y está de su alma su gusto lejos.
Su donaire y brío
estremos contienen
que del Turco tienen
preso el albedrío.
Arde con su frío,
su valor le asombra,
y adora su sombra,
puesto que vee cierto
que está de su alma su gusto lejos.
TURCO
Paso, bien mío, no más,
porque me llevas el alma
tras cada paso que das.
Déte el donaire la palma,
la ligereza y compás.
Alma mía, sosegad,
y si os cansáis, descansad;
y en este dichoso día
la liberal mano mía
a todos da libertad.
(Híncanse delante del TURCO, en diciendo esto, todos de rodillas: los cautivos, y ZAIDA y ZELINDA, los garzones y la SULTANA.)
SULTANA
¡Mil veces los pies te beso!
ZELINDA
¡Éste ha sido para mí
felicísimo suceso!
TURCO
Catalina, ¿estás en ti?
SULTANA
No, señor, yo lo confieso:
que con la grande alegría
de la suma cortesía
que has con nosotros usado,
tengo el sentido turbado.
TURCO
Levanta, señora mía,
que a ti no te comprehende
la merced que quise hacer;
y, si la queréis saber,
a los esclavos se estiende,
y no a ti, que eres señora
de mi alma, a quien adora
como si fueses su Alá.
ZELINDA
¡Cerróseme el cielo ya!
¡Llegó de mi fin la hora!
No sé, Clara, qué temores
de nuevo me pronostican
el fin de nuestros amores,
y que ha de ser significan
nuevo ejemplo de amadores.
Creí que la libertad
que la liberalidad
del Gran Señor prometía,
a nosotros se estendía,
mas no ha salido verdad.
ZAIDA
Calla, y mira que no des
indicio de la sospecha,
que me contarás después.
CADÍ
¿De la merced tan bien hecha
no han de gozar estos tres?
TURCO
Los dos, sí; pero éste no,
que es aquel que se ofreció
de mostrar al elefante
a hablar turquesco elegante.
MADRIGAL
¡Cuerpo de quien me parió!
¿Ahí llegamos ahora?
TURCO
Enséñele, y llegará
de su libertad la hora.
MADRIGAL
Hora menguada será,
si Andrea no la mejora.
Pondré pies en polvorosa;
tomaré de Villadiego
las calzas.
CADÍ
Es tan hermosa
Catalina, que no niego
ser su suerte venturosa.
Pero, entre estos regocijos,
atiende, hijo, a hacer hijos,
y en más de una tierra siembra.
TURCO
Catalina es bella hembra.
CADÍ
Y tus deseos prolijos.
TURCO
¿Cómo prolijos, si están
a sólo un objeto atentos?
CADÍ
Los sucesos lo dirán.
TURCO
Con todo, tus documentos
por mí en obra se pondrán.
Escucha aparte, Mamí.
MADRIGAL
Y escuche, señor cadí,
cosas que le importan mucho.
CADÍ
Ya, Madrigal, os escucho.
MADRIGAL
Pues ya hablo, y digo ansí:
que me vengan luego a ver
treinta escudos, que han de ser
para comprar al instante
un papagayo elegante
que un indio trae a vender.
De las Indias del Poniente,
el pájaro sin segundo
viene a enseñar suficiente
a la ignorante del mundo
sabia y rica y pobre gente.
Lo que dice te diré,
pues ya sabes que lo sé
por ciencia divina y alta.
CADÍ
Ve por ellos, que sin falta
en mi casa los daré.
TURCO
Mamí, mira que sea luego,
porque he de volver al punto.
Venid, yesca de mi fuego,
divino y propio trasunto
de la madre del dios ciego.
Venid vosotros, gozad
de la alegre libertad
que he concedido a los dos.
MÚSICO 2.º
¡Concédate el alto Dios
siglos de felicidad!
MADRIGAL
Dicípulo, ¿dónde hallaste
una paga tan perdida
del gran bien que en mí cobraste?
Que si me diste la vida,
la libertad me quitaste.
Desto infiero, juzgo y siento
que no hay bien sin su descuento,
ni mal que algún bien no espere,
si no es el mal del que muere
y va al eterno tormento.
(Vanse todos, si no es MAMÍ y RUSTÁN, que quedan.)
MAMÍ
¿Qué piensas que me quería
el Gran Sultán?
RUSTÁN
No sé cierto;
pero saberlo querría.
MAMÍ
Él tiene, y en ello acierto,
voluble la fantasía.
Quiere renovar su fuego
y volver al dulce fuego
de sus pasados placeres;
quiere ver a sus mujeres,
y no tarde, sino luego.
Cuadróle mucho el consejo
del gran cadí, que le dijo,
como astuto, sabio y viejo:
«Hijo, hasta hacer un hijo
que sembréis os aconsejo
en una y en otra tierra:
que si ésta no, aquélla encierra
alegre fertilidad».
RUSTÁN
Fundado en esa verdad,
Amurates poco yerra.
Poco agravia a la Sultana,
pues por tener heredero
cualquier agravio se allana.
MADRIGAL
Y aun es mejor, considero,
no haberle en una cristiana
de cuantas cautivas tiene.
¿Quién es ésta que aquí viene?
RUSTÁN
Dos son.
MAMÍ
Estas dos serán
las que principio darán
al alarde.
RUSTÁN
Así conviene,
que son en estremo bellas.
(Entran CLARA y LAMBERTO; y, como se ha dicho, son ZAIDA y ZELINDA.)
ZELINDA
No puedo de mis querellas
darte cuenta, que aún aquí
se están Rustán y Mamí.
ZAIDA
Pon silencio, amigo, en ellas.
MAMÍ
Cada cual de vosotras pida al cielo
que la suerte le sea favorable
en que Sultán la mire y le contente.
ZELINDA
¿Pues cómo? ¿El Gran Señor vuelve a su usanza?
RUSTÁN
Y en este punto se ha de hacer alarde
de todas sus cautivas.
ZAIDA
¿Cómo es esto?
¿Tan presto se le fue de la memoria
la singular belleza que adoraba?
El suyo no es amor, sino apetito.
RUSTÁN
Busca dónde hacer un heredero,
y sea en quien se fuere; ésta es la causa
de mostrarse inconstante en sus amores.
MAMÍ
¿Dónde pondré a Zelinda que la mire?
Que tiene parecer de ser fecunda.
¿Será bien al principio?
ZELINDA
¡Ni por pienso!
Remate sean de la hermosa lista
Zaida y Zelinda.
MAMÍ
Sean en buen hora,
pues que dello gustáis.
RUSTÁN
Mira, Zelinda:
da rostro al Gran Señor; muéstrale el vivo
varonil resplandor de tus dos soles:
quizá te escogerá, y serás dichosa
dándole el mayorazgo que desea.
Aquí será el remate de la cuenta.
Quedaos en tanto que a las otras pongo
en numerosa lista.
ZAIDA
Yo obedezco.
ZELINDA
Y yo que aquí nos pongas te agradezco.
(Vanse MAMÍ y RUSTÁN.)
ZELINDA
¡Ahora sí que es llegada
la infelicísima hora,
antes de venir, menguada!
¿Qué habemos de hacer, señora,
yo varón y tú preñada?
Que si Amurates repara
en esa tu hermosa cara,
escogeráte, sin duda;
y no hay prevención que acuda
a desventura tan clara.
Y si, por desdicha, fuese
tan desdichada mi suerte
que el Gran Señor me escogiese...
ZAIDA
Veréme en el de mi muerte,
si en ese paso te viese.
ZELINDA
¿No será bien afearnos
los rostros?
ZAIDA
Será obligarnos
a dar razón del mal hecho,
y será tan sin provecho
que ella sea en condenarnos.
ZELINDA
Mira qué prisa se dan
el renegado Mamí
y el mal cristiano Rustán.
Ya las cautivas aquí
llegan: ya todas están;
yo seguro, si las cuentas,
que hallarás más de docientas.
ZAIDA
Y todas, a lo que creo,
con diferente deseo
del nuestro, pero contentas.
¡Oh, qué de paso que pasa
por todas el Gran Señor!
A más de la mitad pasa.
ZELINDA
Clara, un helado temor
el corazón me traspasa.
¡Plegue a Dios que, antes que llegue,
el cielo a la tierra pegue
sus pies!
ZAIDA
Quizá escogerá
primero que llegue acá.
ZELINDA
Y si llegare, ¡que ciegue!
(Entra el GRAN TURCO, MAMÍ y RUSTÁN.)
TURCO
De cuantas quedan atrás
no me contenta ninguna.
Mamí, no me muestres más.
MAMÍ
Pues entre estas dos hay una
en quien te satisfarás.
RUSTÁN
Alzad, que aquí la vergüenza
no conviene que os convenza;
alzad el rostro las dos.
TURCO
¡Catalina, como vos,
no hay ninguna que me venza!
Mas, pues lo quiere el cadí,
y ello me conviene tanto,
ésta me trairéis, Mamí.
(Échale un pañizuelo el TURCO a ZELINDA y vase.)
RUSTÁN
¿Tú solenizas con llanto
la dicha de estotra?
ZAIDA
Sí;
porque quisiera yo ser
la que alcanzara tener
tal dicha.
MAMÍ
Zelinda, vamos.
RUSTÁN
Sola y triste te dejamos.
ZAIDA
¡Tengo envidia, y soy mujer!
(Vanse RUSTÁN y MAMÍ, y llevan a ZELINDA, que es LAMBERTO.)
¡Oh mi dulce amor primero!
¿Adónde vas? ¿Quién te lleva
a la más estraña prueba
que hizo amante verdadero?
Esta triste despedida
bien claro me da a entender
que, por tu sobra, ha de ser
mi falta más conocida.
¿Qué remedio habrá que cuadre
en tan grande confusión,
si eres, Lamberto, varón,
y te quieren para madre?
¡Ay de mí, que de la culpa
de nuestro justo deseo,
por ninguna suerte veo
ni remedio ni disculpa!
(Sale la SULTANA.)
SULTANA
Zaida, ¿qué has?
ZAIDA
Mi señora,
no alcanzo cómo te diga
el dolor que [en] mi alma mora:
Zelinda, aquella mi amiga
que estaba conmigo ahora,
al Gran Señor le han llevado.
SULTANA
¿Pues eso te da cuidado?
¿No va a mejorar ventura?
ZAIDA
Llévanla a la sepultura;
que es varón y desdichado.
Ambos a dos nos quisimos
desde nuestros años tiernos,
y ambos somos transilvanos,
de una patria y barrio mismo.
Cautivé yo por desgracia,
que ahora no te la cuento
porque el tiempo no se gaste
sin pensar en mi remedio;
él supo con nueva cierta
el fin de mi cautiverio,
que fue traerme al serrallo,
sepulcro de mis deseos,
y los suyos de tal suerte
le apretaron y rindieron,
que se dejó cautivar
con un discurso discreto.
Vistióse como mujer,
cuya hermosura al momento
hizo venderla al Gran Turco
sin conocerla su dueño.
Con este designio estraño
salió con su intento Alberto,
que éste es el nombre del triste
por quien muero y por quien peno.
Conocióme y conocíle,
y destos conocimientos
he quedado yo preñada;
que lo estoy, y estoy muriendo.
Mira, hermosa Catalina,
que con este nombre entiendo
que te alegras: ¿qué he de hacer
en mal de tales estremos?
Ya estará en poder del Turco
el desdichado mancebo,
enamorado atrevido,
más constante que no cuerdo;
ya me parece que escucho
que vuelve Mamí diciendo:
«Zaida, ya de tus amores
se sabe todo el suceso.
¡Dispónte a morir, traidora,
que para ti queda el fuego
encendido, y puesto el gancho
para enganchar a Lamberto!»
SULTANA
Ven conmigo, Zaida hermosa,
y ten ánima, que espero,
en la gran bondad de Dios,
salir bien de aqueste estrecho.
(Éntranse las dos.)
(Sale el GRAN TURCO, y trae asido del cuello a LAMBERTO, con una daga desenvainada; sale con el CADÍ y MAMÍ.)
TURCO
¡A mí el ser verdugo toca
de tan infame maldad!
ALBERTO
Tiempla la celeridad
que aun tu grandeza apoca;
déjame hablar, y dame
después la muerte que gustes.
TURCO
No podrás con tus embustes
que tu sangre no derrame.
CADÍ
Justo es escuchar al reo:
Amurates, óyele.
TURCO
Diga, que yo escucharé.
MAMÍ
Que se disculpe deseo.
ALBERTO
Siendo niña, a un varón sabio
oí decir las excelencias
y mejoras que tenía
el hombre más que la hembra;
desde allí me aficioné
a ser varón, de manera
que le pedí esta merced
al Cielo con asistencia.
Cristiana me la negó,
y mora no me la niega
Mahoma, a quien hoy gimiendo,
con lágrimas y ternezas,
con fervorosos deseos,
con votos y con promesas,
con ruegos y con suspiros
que a una roca enternecieran,
desde el serrallo hasta aquí,
en silencio y con inmensa
eficacia, le he pedido
me hiciese merced tan nueva.
Acudió a mis ruegos tiernos,
enternecido, el Profeta,
y en un instante volvióme
en fuerte varón de hembra;
y si por tales milagros
se merece alguna pena,
vuelva el Profeta por mí,
y por mi inocencia vuelva.
TURCO
¿Puede ser esto, cadí?
CADÍ
Y sin milagro, que es más.
TURCO
Ni tal vi, ni tal oí.
CADÍ
El cómo es esto sabrás,
cuando quisieres, de mí,
y la razón te dijera
ahora si no viniera
la Sultana, que allí veo.
TURCO
Y enojada, a lo que creo.
ALBERTO
¡Mi desesperar espera!
(Entra la SULTANA y ZAIDA.)
SULTANA
¡Cuán fácilmente y cuán presto
has hecho con esta prueba
tu tibio amor manifiesto!
¡Cuán presto el gusto te lleva
tras el que es más descompuesto!
Si es que estás arrepentido
de haberme, señor, subido
desde mi humilde bajeza
a la cumbre de tu alteza,
déjame, ponme en olvido.
Bien, cuitada, yo temía
que estas dos habían de ser
azares de mi alegría;
bien temí que había de ver
este punto y este día.
Pero, en medio de mi daño,
doy gracias al desengaño,
y, porque yo no perezca,
no ha dejado que más crezca
tu sabroso y dulce engaño.
Échalas de ti, señor,
y del serrallo al momento:
que bien merece mi amor
que me des este contento
y asegures mi temor.
Todos mis placeres fundo
en pensar no harás segundo
yerro en semejante cosa.
TURCO
Más precio verte celosa,
que mandar a todo el mundo,
si es que son los celos hijos
del Amor, según es fama,
y, cuando no son prolijos,
aumentan de amor la llama,
la gloria y los regocijos.
SULTANA
Si por dejar herederos
este y otros desafueros
haces, bien podré afirmar
que yo te los he de dar,
y que han de ser los primeros,
pues tres faltas tengo ya
de la ordinaria dolencia
que a las mujeres les da.
TURCO
¡Oh archivo do la prudencia
y la hermosura está!
Con la nueva que me has dado,
te prometo, a fe de moro
bien nacido y bien criado,
de guardarte aquel decoro
que tú, mi bien, me has guardado;
que los cielos, en razón
de no dar más ocasión
a los celos que has tenido,
a Zelinda han convertido,
como hemos visto, en varón.
Él lo dice, y es verdad,
y es milagro, y es ventura,
y es señal de su bondad.
SULTANA
Y es un caso que asegura
sin temor nuestra amistad.
Y, pues tal milagro pasa,
con Zaida a Zelinda casa,
y con lágrimas te ruego
los eches de casa luego;
no estén un punto en tu casa,
que no quiero ver visiones.
ZAIDA
En duro estrecho me pones,
que no quisiera casarme.
SULTANA
Podrá ser vengáis a darme
por esto mil bendiciones.
Hazles alguna merced,
que no los he de ver más.
TURCO
Vos, señora, se la haced.
RUSTÁN
¿Ha visto el mundo jamás
tal suceso?
TURCO
Disponed,
señora, a vuestro albedrío
de los dos.
SULTANA
Bajá de Xío,
Zelinda o Zelindo es ya.
TURCO
¿Cómo tan poco le da
tu gran poder, si es el mío?
Bajá de Rodas le hago,
y con esto satisfago
a su valor sin segundo.
ALBERTO
Déte sujeción el mundo,
y a ti el Cielo te dé el pago
de tus entrañas piadosas,
¡oh rosa puesta entre espinas
para gloria de las rosas!
TURCO
Tú me fuerzas, no que inclinas,
a hacer magníficas cosas;
y así quiero, en alegrías
de las ciertas profecías
que de tus partos me has dado,
que tenga el cadí cuidado
de hacer de las noches días;
infinitas luminarias
por las ventanas se pongan,
y, con invenciones varias,
mis vasallos se dispongan
a fiestas extraordinarias;
renueven de los romanos
los santos y los profanos
grandes y admirables juegos,
y también los de los griegos,
y otros, si hay más, soberanos.
CADÍ
Haráse como deseas,
y desta grande esperanza
en la posesión te veas;
y tú con honesta usanza,
cual Raquel, fecunda seas.
SULTANA
Vosotros luego en camino
os poned, que determino
no veros más, por no ver
ocasión que haya de ser
causa de otro desatino.
ALBERTO
En dándome la patente,
me veré, señora mía,
de tu alegre vista ausente,
y tu ingenio y cortesía
tendré continuo presente.
ZAIDA
Y yo, hermosa Catalina,
por sin par y por divina
tendré vuestra discreción.
TURCO
Justas alabanzas son
de su bondad peregrina.
Ven, cristiana de mis ojos,
que te quiero dar de nuevo
de mi alma los despojos.
SULTANA
Dese modo, yo me llevo
la palma destos enojos;
porque las paces que hacen
amantes desavenidos
alegran y satisfacen
sobremodo a los sentidos,
que enojados se deshacen.
(Éntranse todos.)
(Salen MADRIGAL y ANDREA.)
MADRIGAL
Veislos aquí, Andrea, y dichosísimo
seré si me ponéis en salvamento;
porque no hay que esperar a los diez años
de aquella elefantil cátedra mía;
más vale que los ruegos de los buenos
el salto de la mata.
ANDREA
¿No está claro?
MADRIGAL
Los treinta de oro en oro son el precio
de un papagayo indiano, único al mundo,
que no le falta sino hablar.
ANDREA
Si es mudo,
alabáisle muy bien.
MADRIGAL
¡Cadí ignorante!...
ANDREA
¿Qué decís del cadí?
MADRIGAL
Por el camino
te diré maravillas. Ven, que muero
por verme ya en Madrid hacer corrillos
de gente que pregunte: «¿Cómo es esto?
Diga, señor cautivo, por su vida:
¿es verdad que se llama la Sultana
que hoy reina en la Turquía, Catalina,
y que es cristiana, y tiene don y todo,
y que es de Oviedo el sobrenombre suyo?»
¡Oh, qué de cosas les diré! Y aun pienso,
pues tengo ya el camino medio andado,
siendo poeta, hacerme comediante
y componer la historia desta niña
sin discrepar de la verdad un punto,
representado el mismo personaje
allá que hago aquí. ¿Ya es barro, Andrea,
ver al mosqueterón tan boquiabierto,
que trague moscas, y aun avispas trague,
sin echarlo de ver, sólo por verme?
Mas él se vengará quizá poniéndome
nombres que me amohínen y fastidien.
¡Adiós, Constantinopla famosísima!
¡Pera y Permas, adiós! ¡Adiós, escala,
Chifutí y aun Guedí! ¡Adiós, hermoso
jardín de Visitax! ¡Adiós, gran templo
que de Santa Sofía sois llamado,
puesto que ya servís de gran mezquita!
¡Tarazanas, adiós, que os lleve el diablo,
porque podéis al agua cada día
echar una galera fabricada
desde la quilla al tope de la gavia,
sin que le falte cosa necesaria
a la navegación!
ANDREA
Mira que es hora,
Madrigal.
MADRIGAL
Ya lo veo, y no me quedan
sino trecientas cosas a quien darles
el dulce adiós acostumbrado mío.
ANDREA
Vamos, que tanto adiós es desvarío.
(Vanse.)
(Salen SALEC, el renegado, y ROBERTO (los dos primeros que comenzaron la comedia).)
SALEC
Ella, sin duda, [es], según las señas
que me ha dado Rustán, aquel eunuco
que dije ser mi amigo.
ROBERTO
No lo dudo;
que aquel volverse en hombre por milagro
fue industria de Lamberto, que es discreto.
SALEC
Vamos a la gran corte, que podría
ser que saliese ya con la patente
de gran bajá de Rodas, como dicen
que el Gran Señor le ha hecho.
ROBERTO
¡Dios lo haga!
¡Oh si los viese yo primero, y antes
que cerrase la muerte estos mis ojos!
SALEC
Vamos, y el cielo alegre tus enojos.
(Éntranse.)
(Suenan las chirimías; comienzan a poner luminarias; salen los garzones del TURCO por el tablado, corriendo con hachas y hachos encendidos, diciendo a voces: «¡Viva la gran sultana doña Catalina de Oviedo! ¡Felice parto tenga, tenga parto felice!» Salen luego RUSTÁN y MAMÍ, y dicen a los garzones:)
RUSTÁN
Alzad la voz, muchachos; viva a voces
la gran sultana doña Catalina,
gran sultana y cristiana, gloria y honra
de sus pequeños y cristianos años,
honor de su nación y de su patria,
a quien Dios de tal modo sus deseos
encamine, por justos y por santos,
que de su libertad y su memoria
se haga nueva y verdadera historia.
(Tornan las chirimías y las voces de los garzones y dase fin.)
FIN
Comedia famosa del laberinto de amor
Los que hablan en ella son los siguientes:
ANASTASIO, duque.
Dos ciudadanos.
CORNELIO, criado de ANASTASIO.
EL DUQUE DE NOVARA.
UN PAJE.
UN EMBAJADOR DEL DE ROSENA.
UN EMBAJADOR DEL DE DORLÁN.
JULIA.
PORCIA.
TÁCITO.
ANDRONIO.
UN CARCELERO.
DAGOBERTO, duque [de] Utrino.
MANFREDO.
ROSAMIRA.
UN HUÉSPED.
Dos jueces.
UN VERDUGO.
TRINO, correo.
JORNADA PRIMERA
Salen dos ciudadanos de Novara, y el DUQUE ANASTASIO en hábito de labrador.
ANASTASIO
Señores, ¿es verdad lo que se suena;
que apenas treinta millas de Novara
está Manfredo, duque de Rosena?
CIUDADANO 1
Si esa verdad queréis saber más clara,
aquí un embajador del duque viene,
que bien la nueva y su llegada aclara.
En Roso y sus jardines se entretiene,
hasta que nuestro duque le dé aviso
para venir al tiempo que conviene.
ANASTASIO
¿Y es Manfredo galán?
[CIUDADANO] 2
Es un Narciso,
según que sus retratos dan la muestra,
y aun le va bien de discreción y aviso.
ANASTASIO
¿Y Rosamira, la duquesa vuestra,
pone de voluntad el yugo al cuello?
[CIUDADANO] 1
Nunca al querer del padre fue siniestra;
cuanto más, que se vee que gana en ello,
siendo el duque quien es.
ANASTASIO
Así parece;
aunque, con todo, algunos dudan dello:
[CIUDADANO] 2
Del duque es esta guarda que se ofrece,
y aquí el embajador vendrá, sin duda.
[CIUDADANO] 1
Mucho le honra el duque.
[CIUDADANO] 2
Él lo merece.
(Entra el DUQUE FEDERICO DE NOVARA y el EMBAJADOR DE EL DE ROSENA, con acompañamiento.)
DUQUE
Diréis también que a recrearse acuda.
Y que en Módena o Reza se entretenga
mientras del tiempo este rigor se muda,
para que en este espacio se prevenga
a su venida tal recebimiento,
que más de amor que de grandeza tenga;
añadiréis el singular contento
que con sus donas recibió su esposa,
y más de su llegada a salvamento.
EMBAJADOR
Tu condición, señor, tan generosa,
me obliga a que me haga lenguas todo
para decir el bien que en ti reposa;
pero, aunque no las tenga, me acomodo
a decir por extenso al señor mío
de tus grandezas el no visto modo.
[DUQUE]
Dellas no, mas de vos muy más confío.
(Entra DAGOBERTO, hijo del duque de Utrino.)
DAGOBERTO
Si no supiera, ¡oh sabio Federico!,
gran duque de Novara generoso,
que sabes bien quién soy, y que me aplico
contino al proceder más virtüoso,
juro por lo que puedo y certifico
que a este trance viniera temeroso;
mas tráeme mi bondad aquí sin miedo,
para decir lo que encubrir no puedo.
Tu honra puesta en deshonrado trance
está por quien guardarla más debiera,
haciendo della peligroso alcance
la fama, en esta parte verdadera.
Forzosa es la ocasión, forzoso el lance;
las riendas he soltado en la carrera:
imposible es parar hasta que diga
lo que una justa obligación me obliga.
Tu hija Rosamira en lazo estrecho
yace con quien pudiera declarallo,
si a la grande importancia deste hecho
tocara con la lengua publicallo.
Impide una ocasión lo que el derecho
pide, y así, es forzoso el ocultallo;
basta que esto es verdad, y que me obligo
a probar con las armas lo que digo.
Digo que en deshonrado ayuntamiento
se estrecha con un bajo caballero,
sin tener a tus canas miramiento,
ni a la ofensa de Dios, que es lo primero.
Y a probar la verdad de lo que cuento
diez días en el campo armado espero;
que ésta es la vía que el derecho halla;
do no hay testigos, suple la batalla.
DUQUE
Confuso estoy; no sé qué responderte;
considero quién eres, e imagino
que sólo la verdad pudo traerte
a cerrar de mis glorias el camino.
¿Quién dará medio a estremos de tal suerte?
Es el que acusa un príncipe de Utrino;
la acusada, mi hija; él, sabio y justo;
ella, cortada de la honra al justo.
A que te crea tu valor me incita,
puesto que la bondad de Rosamira
tiene perpleja el alma, y solicita
que no confunda a la razón la ira.
Mas, si es que en parte la sospecha quita,
o muestra la verdad o la mentira,
la confesión del reo, oílla quiero,
por ver si he de ser padre o juez severo.
Traigan a Rosamira a mi presencia,
que es bien que la verdad no se confunda:
que el reo a quien le libra su inocencia,
la avisa en gloria y en su honor redunda.
EMBAJADOR
Dame, señor, para partir licencia;
que, aunque entiendas que el príncipe se funda
en claro o en confuso testimonio,
borrado ha de Manfredo el matrimonio.
Calunia tal, o falsa o verdadera,
deshará más fundadas intenciones:
que no es prenda la honra tan ligera
que se deba traer en opiniones.
Mira si mandas otra cosa.
DUQUE
Espera;
quizá verás que sin razón te pones
a llevar a Manfredo aquesta nueva,
hasta que veas más fundada prueba.
Tráiganme aquí a mi hija.
GUARDIA
Ya son idos
por ella.
DAGOBERTO
¿Poca prueba te parece
la verdad que en mis hechos comedidos
y en mis palabras la razón ofrece?
DUQUE
Yo he visto engaños por verdad creídos.
DAGOBERTO
El que dellos se precia bien merece
que su verdad se tenga por mentira.
(Entra ROSAMIRA.)
GUARDIA
Ya viene mi señora Rosamira.
ROSAMIRA
¿Qué prisa es ésta, buen señor?
DUQUE
¿Qué prisa?
Dirála ahora el príncipe de Utrino.
DAGOBERTO
Diréla, y sabe Dios cuánto me pesa
el venirla a decir por tal camino.
Yo he dicho, ¡oh, hermosísima duquesa!,
lo que callarlo fuera desatino:
he dicho que, con torpe ayuntamiento,
un caballero está de ti contento;
copia de ti le haces en secreto.
Y esta prueba remítola a mi espada,
que ha de ser el testigo más perfecto
que se halle en la causa averiguada;
y esto será cuando deste aprieto
se admita tu disculpa mal fundada;
mas sabes que es tan cierta ésta tu culpa,
que no te has de atrever a dar disculpa.
DUQUE
¿Qué dices, hija? ¿Cómo no respondes?
¿Empáchate el temor, o la vergüenza?
Sin duda quieres, pues el rostro ascondes,
que tu contrario sin testigos venza.
¡Mal a quien eres hija correspondes!
DAGOBERTO
Con la verdad bien es que se convenza.
DUQUE
Culpada estáis, indicio es manifiesto
tu lengua muda, tu inclinado gesto.
¿Quién fue el traidor que te engañó, cuitada?
¿O cuál [fue el que] la honra me ha llevado?
¿O qué estrella, en mi daño conjurada,
nos ha puesto a los dos en tal estado?
¿Dó está tu condición tan recatada?
¿Adónde tu juïcio reposado?
¡Mal le tuviste con el vicio a raya!
PAJE
¡Señores, mi señora se desmaya!
(Desmáyase ROSAMIRA.)
DUQUE
Llévenla como está luego a esta torre,
y en ella esté en prisión dura y molesta,
hasta que alguna espada o pluma borre
la mancha que en la honra lleva puesta.
DAGOBERTO
Porque luenga probanza aquí se ahorre,
está mi mano con mi espada presta
a probar lo que [he] dicho en campo abierto.
DUQUE
Parece que admito ese concierto,
puesto que al parecer de mi consejo
tengo de remitir todo este hecho.
DAGOBERTO
Pues yo en mi espada y mi verdad lo dejo,
y en la sana intención de mi buen pecho.
EMBAJADOR
Confuso voy, atónito y perplejo,
entre el sí y entre el no mal satisfecho.
Adiós, señor, porque este estraño caso,
junto con el dolor, acucia el paso.
(Vase el EMBAJADOR.)
DUQUE
¡Parte con Dios, y lleva mi deshonra
a los oídos de mi yerno honrados,
yerno con quien pensé aumentar la honra
que tan por tierra han puesto ya mis hados!
Mostrado me has, Fortuna, que quien honra
tus altares, en humo levantados,
por premio le has de dar infamia y mengua,
pues quita cien mil honras una lengua.
(Éntrase el DUQUE, y al entrarse DAGOBERTO, le detiene ANASTASIO.)
ANASTASIO
Oye, señor, si no es que tu grandeza
no se suele inclinar a dar oídos
al bajo parecer de mi rudeza
y a los que amenguan rústicos vestidos.
DAGOBERTO
La gravedad de confirmada alteza
no tiene aquesos puntos admitidos:
habla cuanto te fuere de contento,
que a todo te prometo estar atento.
ANASTASIO
Por esta acusación, que a Rosamira
has puesto tan en mengua de su fama,
este rústico pecho, ardiendo en ira,
a su defensa me convida y llama;
que, ora sea verdad, ora mentira
el relatado caso que la infama,
el ser ella mujer, y amor la causa,
debieran en tu lengua poner pausa.
No te azores, escúchame: o tú solo
sabías este caso, o ya [l]a noticia
vino de más de alguno que notólo,
o por curiosidad o por malicia.
Si solo lo sabías, mal mirólo
tu discreción, pues, no siendo justicia,
pretende castigar secretas culpas,
teniendo las de amor tantas disculpas.
Si a muchos era el caso manifiesto,
dejaras que otro alguno le dijera:
que no es decente a tu valor, ni honesto,
tener para ofender lengua ligera.
Si notas de mi arenga el presupuesto,
verás que digo, o que decir quisiera,
que espadas de los príncipes, cual eres,
no ofenden, mas defienden las mujeres.
Si amaras al buen duque de Novara,
otro camino hallaras, según creo,
por donde, sin que en nada se infamara
su honra, tú cumplieras tu deseo.
Mas tengo para mí, y es cosa clara,
por mil señales que descubro y veo,
que en ese pecho tuyo alberga y lidia,
más que celo y honor, rabia y envidia.
Perdóname que hablo desta suerte,
si es que la verdad, señor, te enoja.
CIUDADANO 1
Apostad que le da el príncipe muerte.
¿No veis el labrador cómo se arroja?
DAGOBERTO
Quisiera de otro modo responderte;
mas será bien que la razón recoja
las riendas a la ira. Calla y vete,
que más paciencia mi bondad promete.
(Éntrase DAGOBERTO.)
[CIUDADANO] 2
Por Dios, que habéis hablado largamente,
y que, notando bien vuestro lenguaje,
es tanto del vestido diferente,
que uno muestra la lengua y otro el traje.
ANASTASIO
A veces un enojo hace elocuente
al de más torpe ingenio: que el coraje
levanta los espíritus caídos
y aun hace a los cobardes atrevidos.
En fin, ¿éste es el príncipe de Utrino,
digo, el hijo heredero del Estado?
CIUDADANO 1
Él es.
ANASTASIO
Pues ¿cómo aquí a Novara vino?
[CIUDADANO] 2
Dicen que del amor blando forzado.
ANASTASIO
¿Y a quién daba su alma?
[CIUDADANO] 2
Yo imagino,
si no es que el vulgo en esto se ha engañado,
que Rosamira le tenía rendido;
pero ya lo contrario ha parecido.
ANASTASIO
Si eso dijo la fama, cosa es clara,
y no van mal fundados mis recelos,
visto que en su deshonra no repara,
que esta su acusación nace de celos.
¡Oh infernal calentura, que a la cara
sale, y aun a la boca! ¡Oh santos cielos!
¡Oh amor! ¡Oh confusión jamás oída!
¡Oh vida muerta! ¡Oh libertad rendida!
(Éntrase ANASTASIO.)
[CIUDADANO] 1
So aquel sayal hay al, sin duda alguna:
o yo sé poco, o no sois vos villano.
[CIUDADANO] 2
Mudan los trajes trances de fortuna,
y encubren lo que está más claro y llano.
No sé yo si debajo de la luna
se ha visto lo que hemos visto. ¡Oh mundo insano,
cómo tus glorias son perecederas,
pues vendes burlas, pregonando veras!
(Éntranse.)
(Salen JULIA y PORCIA en hábito de pastorcillos, con pellicos.)
JULIA
Porcia amiga...
PORCIA
¡Bueno es eso!
Rutilio me has de llamar,
si es que quieres escusar
un desastrado suceso.
Yo no sé cómo te olvidas
de nuestros nombres trocados.
JULIA
Suspéndenme los cuidados
de nuestras trocadas vidas;
y no es bien que así te asombre
ver mi memoria perdida:
que, quien de su ser se olvida,
no es mucho olvide su nombre.
Rutilio amigo, ¡ay de mí!,
que arrepentida me veo,
muerta a manos de un deseo
a quien yo la vida di.
Mientras más, Rutil[i]o, voy
considerando lo hecho,
más temor nace en mi pecho,
más arrepentida estoy.
PORCIA
Eso, amigo, es lo peor
que yo veo en tus dolores:
que adonde sobran temores,
hay siempre falta de amor.
Si el amor en ti se enfría,
cuesta se te hará la palma,
grave tormenta la calma,
noche obscura el claro día.
Ama más, y verás luego
esparcirse los nublados,
todos tus males trocados
en dulce paz y sosiego.
Pero, quieras o no quieras,
ya estás puesta en la batalla,
y tienes de atropellalla,
sea de burlas, sea de veras.
Ya en el ciego laberinto
te metió el amor crüel;
ya no puedes salir dél
por industria ni distinto.
El hilo de la razón
no hace al caso que prevengas;
todo el toque está en que tengas
un gallardo corazón,
no para entrar en peleas,
que en ellas no es bien te pongas,
sino con que te dispongas
a alcanzar lo que deseas,
cuéstete lo que costare:
que si tu deseo alcanzas,
no hay cumplidas esperanzas
en quien el gusto repare.
Muestra ser varón en todo,
no te descuides acaso,
algo más alarga el paso,
y huella de aqueste modo;
a la voz da más aliento,
no salga tan delicada;
no estés encogida en nada,
espárcete en tu contento;
y, si fuere menester
disparar un arcabuz,
¡juro a Dios y a ésta que es cruz,
que lo tenéis de hacer!
JULIA
¡Jesús! ¿Quieres que me asombre,
Rutilio, en verte jurar?
PORCIA
¿Con qué podré yo mostrar
más fácilmente ser hombre?
Un voto de cuando en cuando,
es gran cosa, por mi fe.
JULIA
Yo, amiga, jurar no sé.
PORCIA
Iráte el tiempo enseñando.
JULIA
¿Sabes, Porcia, lo que temo?
¡Ay, que el nombre se me olvida!
PORCIA
¡Juro a Dios que estás perdida!
JULIA
Ya aqueso pasa de estremo.
No jures más; si no, a fe,
que te deje y que me vaya.
PORCIA
Tanto melindre mal haya.
JULIA
Pues, ¿por qué?
PORCIA
Yo me lo sé.
JULIA
En cólera me deshago
en verte jurar por Dios.
PORCIA
Pues también soy como vos
medrosa, y a todo hago;
y no os llevo tantos años,
que ellos puedan enseñarme
la experiencia de librarme
de no conocidos daños.
Avisad y tened brío;
y, pues ya estamos en esto,
echad del ánimo el resto,
que yo estaré con el mío.
JULIA
Porcia amiga, ello es así.
¡Ay, que el nombre se olvidó!
PORCIA
¡Mal haya quien me parió!
Di Rutilio, ¡pesia a mí!
JULIA
No te enojes, que yo juro
de no olvidarme jamás.
PORCIA
Cuando jures, jura más
y estarás muy más seguro.
JULIA
Témome destos pellicos
que nos han de descubrir.
PORCIA
Yo lo he querido decir:
que es malo que sean tan ricos.
JULIA
No va en esto, sino en ser
conocidos.
PORCIA
Pues ¿en qué?
JULIA
¿No ves que yo los mandé
de aqueste modo hacer
para la farsa o comedia
que querían mis doncellas
hacer?
PORCIA
Haráse sin ellas;
mas quizá será tragedia.
JULIA
Y no los echaron menos
cuando nosotras faltamos.
Por esto en peligro estamos,
y no por ser ellos buenos.
PORCIA
Como a Módena lleguemos,
mudaremos este traje.
JULIA
Yo me vestiré de paje.
PORCIA
Entrambos nos vestiremos.
JULIA
Témome que está en Novara
mi hermano.
PORCIA
¡Pluguiese al cielo!
JULIA
Pues a fe que lo recelo;
mas, sin duda, es cosa clara
que él de Rosamira está
en estremo enamorado
y sírvela disfrazado.
PORCIA
Eso importa poco ya;
que, en llegando el de Rosena,
Celia se casa con él.
Podrá tu hermano fïel
morir, o dejar su pena.
JULIA
¡Qué corta es nuestra ventura!
Tú enamorada de quien
tiene a otra por su bien;
yo, de quien mi mal procura,
de quien se casa mañana.
Y la fortuna molesta
nos lleva a morir la fiesta
de nuestra muerte temprana.
¡Qué de imposibles se oponen
a nuestros buenos deseos!
¡Qué miedos, qué devaneos
nuestra intención descomponen!
¡Ay Rutilio, y cuán en vano
ha de ser nuestra venida!
PORCIA
Mientras esté con la vida,
pienso que en ventura gano.
Confía y no desesperes,
que puesto en plática está
que el diablo no acabará
lo que no acaban mujeres.
[JULIA]
Escucha, que gente suena;
cazadores son; escucha:
gente viene, y gente mucha.
PORCIA
No te dé ninguna pena;
saludarlos y pasar,
sin ponernos en razones.
(Entran dos cazadores.)
CAZADOR 1
¿Tomó dos esmerejones?
CAZADOR 2
Sí.
[CAZADOR] 1
No hay más que desear.
¿Y el duque, quédase atrás?
[CAZADOR] 2
No; que veisle aquí a do viene.
[CAZADOR] 1
Mucho en Rezo se detiene.
[CAZADOR] 2
Sabed que no puede más.
Y hoy vendrá su embajador,
y sabrá lo que ha de hacer.
PORCIA
Camilo, aquí es menester
ingenio, esfuerzo y valor,
que el de Rosena es aquél
que allí viene, según creo.
JULIA
¡Amor, ayuda al deseo,
pues que me pusiste en él!
(Sale el DUQUE DE ROSENA, de caza.)
MANFREDO
¿La garza no parece?
[CAZADOR] 1
Ayer se descubrió en esta laguna
que a la vista se ofrece.
MANFREDO
Pues un pastor me ha dicho que ninguna
se ha visto en estos llanos.
[CAZADOR] 2
Pues de dos me dijeron dos villanos.
MANFREDO
Dése a Rezo la vuelta;
que, aunque no es tarde, va creciendo el viento,
y aquella nube suelta
señala injuria de turbión violento.
¡Oh, qué bellos zagales!
Mancebos, ¿sois de Rezo naturales?
JULIA
En Pavía nacimos.
MANFREDO
Pues, ¿dónde vais agora?
JULIA
Hacia Novara,
no más de porque oímos
que el duque Federico allí prepara
una fiesta que admira,
porque casa a su hija Rosamira
con un señor llamado
Manfredo, que es gran duque de Rosena.
MANFREDO
Verdad os han contado.
PORCIA
Pues a la fama que será tan buena
la fiesta y boda vamos,
y a nuestro padre en cólera dejamos.
MANFREDO
¿Y adónde queda el ganado?
PORCIA
Imagino que perdido.
MANFREDO
¡Mucho atrevimiento ha sido!
JULIA
A más obliga un cuidado.
MANFREDO
¿Úsanse aquestos pellicos
ahora entre los pastores?
PORCIA
También muestran sus primores
los villanos, si son ricos.
MANFREDO
¿Y lleváis bien que gastar?
JULIA
Un tesoro de paciencia.
MANFREDO
¿Encargaréis la conciencia
si le acabáis de acabar?
PORCIA
Tal puede ser el suceso
que se acabe el sufrimiento.
MANFREDO
¡Por Dios, que me dais contento!
JULIA
Ya nos viéramos en eso.
MANFREDO
¿Cómo os llamáis?
JULIA
Yo, Camilo.
PORCIA
Y yo, Rutilio.
MANFREDO
En verdad
que parecen de ciudad
vuestros nombres y el estilo,
y que en ellos, y aun en él,
poco es, mentís villanía.
PORCIA
Como hay estudio en Pavía,
algo se nos pega dél.
JULIA
Díganos, señor: ¿qué millas
desde aquí a Novara habrá?
MANFREDO
Treinta a lo más que creo está.
CAZADOR 2
Y dos más; son angostillas.
MANFREDO
Conmigo os iréis, si os place,
que yo ese camino hago.
JULIA
Yo, por mí, me satisfago.
PORCIA
Pues a mí no me desplace.
Pero advierta que los dos
vamos poco a poco a pie.
MANFREDO
Bien está: que yo os daré
en que vais.
PORCIA Págueoslo Dios;
que bien parecéis honrado,
noble y rico y principal.
[CAZADOR] 1
Y aun vosotros, de caudal
mayor del que habéis mostrado;
si no, dígalo el lenguaje,
y el uno y otro pellico.
[CAZADOR] 2
Es en Pavía muy rico
casi todo el villanaje,
y éstos hijos deben ser
de algún rico ganadero.
MANFREDO
A Rezo volverme quiero;
bien os podéis recoger.
(Entra UNO.)
UNO
Tu embajador ha llegado.
MANFREDO
¿Mompesir?
UNO
Sí, mi señor.
MANFREDO
Esperadme, por mi amor,
que luego vuelvo.
PORCIA
Haz tu grado.
(Éntranse todos, si no es PORCIA y JULIA, que quedan.)
JULIA
Rutilio, ¿qué te parece?
PORCIA
Camilo amigo, que estás
en punto donde verás
que es bueno el que se te ofrece.
La Fortuna te ha traído
a poder del duque; advierte
que un principio de tal suerte
un buen fin tiene escondido.
JULIA
¿Parécete que le diga
quién soy por un modo honesto?
PORCIA
No te descubras tan presto.
JULIA
Pues ¿cómo quies que prosiga?
PORCIA
El tiempo vendrá a avisarte
de aquello que has de hacer.
JULIA
Mi mal no puede tener
en parte del tiempo parte.
Si no estará el duque apenas
tres días sin que se case,
¿cómo dejaré que pase
el tiempo, como me ordenas?
PORCIA
Un caso tan grave y tal,
con prisa mal se resuelve.
Silencio, que el duque vuelve;
el semblante trae mortal.
(Vuelve a entrar el DUQUE y el EMBAJADOR que entró primero, y los dos cazadores.)
EMBAJADOR
Digo, señor, que el príncipe de Utrino,
Dagoberto, heredero del Estado,
en mi presencia y la del duque vino,
y allí propuso lo que te he contado.
No con la triste nueva perdió el tino
el padre; padre no, mas recatado
jüez, pues, como tal, mandó traella,
y el príncipe afirmó su culpa ante ella.
Rosamira la oyó, y en su defensa
mover no pudo, o nunca quiso, el labio;
por esto el duque que es culpada piensa,
pues no responde a tan notable agravio.
El caso ponderó, y al fin dispensa,
en todo procediendo como sabio,
que, mientras se vee el caso, la duquesa
en una torre esté encerrada y presa.
Dagoberto se ofrece con su espada
a probar en el campo lo que dice.
Yo, viendo a Rosamira así acusada,
tus bodas al instante las deshice.
Esto resulta, en fin, de mi embajada;
mira, señor, si bien o si mal hice:
que el duque, ya rendido a su fortuna,
no quiso responderte cosa alguna.
MANFREDO
¡Válame Dios, qué miserable caso!
¿Dónde fabricas, mundo, estos vaivenes?
¿Daslos con luenga prevención o acaso?
¿O por qué antes de dallos no previenes?
CAZADOR 1
Señor, con largo y con ligero paso,
cubierto de las plantas a las sienes
de luto, un caballero veo que asoma
por el verde recuesto desta loma.
MANFREDO
Y aun me parece que hacia aquí endereza
la rienda, y del caballo ya se apea.
¡Qué bien con la color de mi tristeza
viene el que trae aquéste por librea!
¿Quién podrá ser?
[CAZADOR] 2
La espada se adereza.
EMBAJADOR
Descolorido llega.
MANFREDO
Y mal criado.
(Entra un EMBAJADOR del DUQUE DE DORLÁN, vestido de luto.)
DORLÁN
¡Gracias a Dios, Manfredo, que [te] he hallado!
Quien viene a lo que yo, Manfredo, vengo,
no le conviene usar de más crianza:
que sólo en las razones me prevengo
que estarán en la lengua o en la lanza.
La antigua ley de embajador mantengo:
escúchame, y responde sin tardanza,
que a ti el gran duque de Dorlán me envía
y a guerra a sangre y fuego desafía.
Dice, y esto es verdad, que habiendo dado
a tu corte en la suya alojamiento,
y habiéndote en su casa agasajado,
viniendo a efetuar tu casamiento,
como el troyano huésped, olvidado
del hospedaje, con lascivo intento
su hija le robaste y su sobrina:
traición no de tu fama y nombre digna.
Por esto, si a su intento no te ajustas,
y a la ley no respondes de hidalguïa,
de poder a poder, o, si más gustas,
de persona a persona, desafía.
PORCIA
Nuestras [s]andeces causan estas justas.
¿Haslo notado bien? Di, Julia mía.
JULIA
Calla, y entre estos árboles te esconde;
veremos lo que el duque le responde.
DORLÁN
Y tanto a la venganza está dispuesto
de aqueste agravio y malicioso hecho,
que deste paño de color funesto
que se vista su gente toda ha hecho,
en tanto, o ya sea tarde, o ya sea presto,
que, a desprecio y pesar de tu despecho,
castiga la insolencia deste ultraje,
transgresor de la ley del hospedaje.
Éste es el fin de mi embajada; mira
si quieres responderme alguna cosa.
MANFREDO
Reprima mi inocencia en mí la ira
que alborota tu lengua licenciosa;
yo no sé qué responda a esa mentira;
sólo sé que Fortuna, mentirosa,
debe o quiere probar con su insolencia
los quilates que tiene mi paciencia.
Diréisle al duque que ante él mismo apelo
de aquesta acusación vana que ha hecho,
porque, por la Deidad que rige el cielo,
que jamás tal traición cupo en mi pecho.
Leal pisé de su palacio el suelo,
leal salí, guardando aquel derecho
que al hospedaje amigo se debía
y a la ley que profeso de hidalguía.
Ni vi a su hija, ni jamás la he visto,
ni la intención de mi camino era
hacerme con mis huéspedes malquisto,
aunque el lascivo gusto lo pidiera;
que entonces con mayor fuerza resisto,
cuando la torpe inclinación ligera
con más regalo acude al pensamiento,
estando al ser quien soy contino atento.
Ni acepto el desafío, ni desecho;
sólo lo que pretendo es dilatallo
hasta que el duque esté más satisfecho
y la misma verdad venga a estorballo.
Y cuando esto no fuese de provecho,
y el engaño prosiga en engañallo,
para entonces acepto el desafío,
ajustando a su gusto el gusto mío.
Esto doy por respuesta y no otra cosa;
mirad si a Rejo queréis ir conmigo.
DORLÁN
Es el camino largo, y presurosa
la gana de volver al suelo amigo.
¡A Dios quedad!
[Vase.]
MANFREDO
Fortuna rigurosa,
¿qué es esto? ¿Quién soy yo, o qué pasos sigo
tan malos, que se estrema así tu furia
en hacerme una injuria y otra injuria?
¡Infamada mi esposa, y yo infamado,
y por lo menos de traición! ¿Qué es esto?
¡En tan triste sazón me tiene puesto!
EMBAJADOR
Señor, si en nada desto estás culpado,
no es bien que te congoje nada desto:
tu esposa aún no era tuya: estotra culpa
en tu pura verdad tiene disculpa.
MANFREDO
No me aconsejes ni me des consuelo,
y a Rosena mi gente luego vuelva;
que este rigor con que me trata el Cielo
quiere que en éste sólo me resuelva.
EMBAJADOR
Aunque con vengativo, airado celo,
su fuerza el hado contra ti resuelva,
yo no le he de dejar.
MANFREDO
Escucha un poco:
quizá dirás de veras que estoy loco.
PORCIA
¿Qué hemos de hacer, Camilo?
JULIA
¿No está claro?
Seguir del duque las pisadas todas.
PORCIA
¿Con qué ocasión?
JULIA
En eso no reparo.
PORCIA
¿No ves que se han deshecho ya las bodas?
JULIA
Ventura ha sido mía.
MANFREDO
No me aclaro
más por agora.
EMBAJADOR
En fin, ¿que te acomodas
a ir desa manera?
MANFREDO
Ten a punto
los vestidos que digo.
EMBAJADOR
Harélo al punto.
[MANFREDO]
Y no quede ninguno de los míos.
Y en esto no me hagas más instancia,
que la mudable rueda en desvaríos
tiene encerrada a veces la ganancia.
Y estos dos pastorcillos, que en sus bríos
muestran más sencillez que no arrogancia,
si dello gustan, quedarán conmigo.
PORCIA
¿Entendístele?
JULIA
¡Y cómo, oh cielo amigo!
Señor, si es que la ida de Novara,
según que hemos oído, se te impide,
volver queremos a la patria clara,
si otra cosa tu gusto no nos pide.
MANFREDO
Puesto que la fortuna y suerte avara
su querer con el mío jamás mide,
por esta vez entiendo que me ha dado
en los dos lo que pide mi cuidado.
Quedaos conmigo, que a Novara iremos,
donde, puesto que fiestas no veamos,
quizá cosas más raras hallaremos,
con que el sentido y vista entretengamos.
PORCIA
Por tuyos desde aquí nos ofrecemos:
que bien se nos trasluce que ganamos
en servirte, señor, cuanto es posible.
MANFREDO
Haz lo que he dicho.
EMBAJADOR
¡Oh, caso no creíble!
(Éntranse todos, y sale ANASTASIO y CORNELIO, su criado.)
ANASTASIO
Poco me alegra el campo ni las flores.
CORNELIO
Ni a mí tus sinsabores me contentan;
porque es cierto que afrentan los amores
que en tan bajos primores se sustentan,
y en mil partes nos cuentan mil autores
cien mil varios dolores que atormentan
al miserable amante no entendido,
poco premiado y menos conocido.
ANASTASIO
Ya te he dicho, Cornelio, que te dejes
de darme esos consejos escusados,
y nunca a los amantes aconsejes
cuando tienen por gloria sus cuidados;
que es como quien predica a los herejes,
en sus vanos errores obstinados.
CORNELIO
Muy bien te has comparado. Advierte y mira
que ya no es Rosamira Rosamira:
las trenzas de oro y la espaciosa frente,
las cejas y sus arcos celestiales,
el uno y otro sol resplandeciente,
las hileras de perlas orientales,
la bella aurora que del nuevo oriente
sale de las mejillas, los corales
de los hermosos labios, todo es feo,
si a quien lo tiene infama infame empleo.
La buena fama es parte de belleza,
y la virtud, perfecta hermosura;
que, a do suele faltar naturaleza,
suple con gran ventaja la cordura;
y, entre personas de subida alteza,
amor hermoso a secas es locura.
En fin, quiero decir que no es hermosa,
siéndolo, la mujer no virtuosa.
Rosamira, en prisión; la causa, infame;
tú, disfrazado y muerto por libralla,
ignoras la verdad; ¿y quiés que llame
justa la pretensión desta batalla?
ANASTASIO
Tu sangre harás, Cornelio, que derrame,
pues procuras la mía así alteralla
con tus razones vanas y estudiadas,
y entre libres discursos fabricadas.
Vete; déjame y calla; si no, ¡juro...!
CORNELIO
Yo callaré; no jures, sino advierte
que gente viene alrededor del muro,
y temo, al fin, que habrán de acometerte.
ANASTASIO
Desto puedes estar muy bien seguro,
que en la ciudad he estado desta suerte
seis días hace hoy, y estaré ciento:
que salió este disfraz a mi contento.
(Entran TÁCITO y ANDRONIO, estudiantes capigorristas.)
ANDRONIO
Deja los libros, Tácito;
digo, deja el tomar de coro agora,
y, a nuestro beneplácito,
gozando el fresco de la fresca aurora,
por aquí nos andemos.
TÁCITO
¡Por Dios, que es buen encuentro el que tenemos!
Villano es el morlaco.
¿Quieres que le tentemos las corazas,
y veremos si es maco?
ANDRONIO
Siempre en las burlas, Tácito, que trazas
salimos mal medrados.
Talle tienen los mozos de avisados.
TÁCITO
Por esta vez, probemos:
que si el pacho consiente bernardinas,
el tiempo entretendremos.
ANDRONIO
¡Con qué facilidad te determinas
a hacer bellaquerías!
CORNELIO
Hacia nosotros vienen.
TÁCITO
No te rías.
Díganos, gentilhombre,
así la diosa de la verecundia
reciproque su nombre,
y el blanco pecho de tremante enjundia
soborne en confornino:
¿adónde va, si sabe, este camino?
ANASTASIO
Mancebo, soy de lejos,
y no sé responder a esa pregunta.
TÁCITO
Dígame: ¿son reflejos
los marcurcios que asoman por la punta
de aquel monte, compadre?
CORNELIO
¡Bellaco sois, por vida de mi madre!
¿Bernardinas a horma?
Yo apostaré que el duque no le entiende.
ANASTASIO
Habláisme de tal suerte,
que no sé responderos.
TÁCITO
Pues atienda,
gamicivo, y está atento.
CORNELIO
¡Qué donaire y qué gracioso acento!
TÁCITO
Digo que ¿si mi paso
tiendo por los barrancos deste llano,
si podrá hacer al caso?
ANASTASIO
Digo que no os entiendo, amigo hermano.
TÁCITO
Pues bien claro se aclara,
que es clara, si no es turbia, el agua clara.
Quiero decir que el tronto,
por do su curso lleva al horizonte,
está a caballo, y prompto
a propagar la cima de aquel monte.
ANASTASIO
¡Ya, ya; ya estoy en ello!
TÁCITO
Pues ¿qué quiero decir, gozmio, camello?
ANASTASIO
Que son bellacos grandes
los mancebitos de primer tonsura.
TÁCITO
Tontón, no te desmandes,
que llevarás del sueño la soltura.
CORNELIO
Mi señor estudiante,
mire no haga que le asiente el guante.
ANASTASIO
Confieso que al principio
yo no entendí la flor de los mancebos.
ANDRONIO
Arena, cal y ripio
trago, mi señorazo papahuevos.
CORNELIO
Su flor se ha descubierto.
TÁCITO
Pues zarpo déste y voyme a mejor puerto.
CORNELIO
No se vayan, que asoman
otros dos de su traza y compostura,
y este camino toman.
También son éstos de primer tonsura,
y, a lo que yo imagino,
de aquí no son, y vienen de camino.
(Entran JULIA y PORCIA, como estudiantes de camino.)
PORCIA
Querría que no errásemos
en lo que el duque nos mandó, Camilo,
y es que aquí le esperásemos.
JULIA
¿Entendístelo bien?
PORCIA
Bien entendílo.
ANDRONIO
Argumentando vienen.
Lleguémonos, si acaso se detienen,
y déjennos con ellos;
gustarán de la burla.
CORNELIO
Que nos place.
ANASTASIO
Yo no estoy para vellos:
que mal la alegre burla satisface
al alma que no alcanza
a ver, si no es burlada, su esperanza.
(Éntranse ANASTASIO y CORNELIO.)
JULIA
En esta tierra asiste,
en disfrazado traje, aquel mi hermano
a quien tú adoras triste.
Si me encuentra y conoce...
PORCIA
Es temor vano;
que en tal traje nos vemos,
que a la misma verdad engañaremos.
A mí una vez me ha visto,
y ésa de noche.
JULIA
A mí, casi ninguna.
Mal al temor resisto;
estudiantes son éstos.
TÁCITO
La fortuna
mi atrevimiento ayude;
si en trabajo me viere, Andronio, acude.
¿Son estudiantes, señores?
PORCIA
Sí, señor, y forasteros.
TÁCITO
¿Pacacios, o caballeros?
JULIA
No somos de los peores.
TÁCITO
¿Y qué han oído?
PORCIA
Desgracias.
JULIA
Y en ellas somos maestros.
ANDRONIO
Por mi vida, que son diestros
y que saben decir gracias.
Pues háganme este latín,
ansí Dios les dé salud:
«Yo soy falto de virtud,
tan bellaco como ruin».
PORCIA
No venimos dese espacio.
ANDRONIO
No se deben de escusar,
si es que nos quieren mostrar
que son hombres de palacio.
JULIA
Ni aun de nada somos hombres.
ANDRONIO
Pues, ya que se escusan desto,
dígannos, y luego, y presto
de dónde son, y sus nombres,
qué estudian, la edad que tienen,
si es rico o pobre su padre,
la estatura de su madre,
dónde van y de a dó vienen.
¡Turbados están! ¡Apriesa,
respondan, que tardan mucho!
PORCIA
Con gran paciencia te escucho,
mancebito de traviesa.
Váyase y déjenos ir,
y serále muy más sano.
ANDRONIO
¡Jesús, qué mal cortesano!
¿Tal se ha dejado decir?
JULIA
Es tarde, y hay que hacer,
y servimos, y tardamos.
TÁCITO
Ténganse, que aquí cobramos
la alcabala del saber;
porque cuando el sacrilegio
a Mahoma se entregó,
esta autoridad nos dio
nuestro famoso colegio.
¡Miren si voy arguyendo
con razones circunflejas!
PORCIA
Atruénasme las orejas,
mancebito, y no te entiendo.
TÁCITO
Andronio.
ANDRONIO
Ya estoy al cabo.
(Pónese ANDRONIO detrás de JULIA para hacerla caer; pero no la ha de derribar.)
TÁCITO
Volviendo a nuestro comienzo,
el asado San Lorenzo,
cuyas virtudes alabo,
en sus Cuntiloquios dice...
JULIA
¡Ésta es gran bellaquería,
y juro por vida mía...!
TÁCITO
Y dirán que yo lo hice.
JULIA
Pero aquí viene nuestro amo,
y mala ventura os mando.
TÁCITO
Signori, me recomendo,
y a la corona me llamo.
Y a revederci altra volta,
dove finitemo el resto,
or non piu, & visogna presto
fugiré de qui si ascolta.
(Éntrase TÁCITO y ANDRONIO.)
(Entra MANFREDO, como estudiante, de camino.)
MANFREDO
Rutilio y Camilo, pues,
¿he, por ventura, tardado?
PORCIA
Más de un hora hemos estado
esperando, como ves;
y aun nos han dado mal rato
dos bonitos estudiantes,
que tienen más de chocantes,
que no de letras su trato.
Pero ¿en qué te has detenido
tanto tiempo?
MANFREDO
Fui escuchando
dos que iban razonando
deste caso sucedido.
Y apostaré que estos dos
que vienen tratan también
deste hecho. Escucha bien
si acierto, así os guarde Dios.
JULIA
¿De qué sirve el escuchar,
pues podemos preguntallo?
(Entran los dos ciudadanos que entraron al principio.)
CIUDADANO 1
Por mil conjeturas hallo
que ella habrá de peligrar.
[CIUDADANO] 2
En fin: que no se disculpa.
[CIUDADANO] 1
¡Ésa es una cosa estraña!
[CIUDADANO] 2
El pensamiento me engaña,
o ella no tiene culpa.
MANFREDO
Mis señores, ¿qué se suena
del caso de la duquesa?
[CIUDADANO] 1
Que se está todavía presa,
y el silencio la condena.
MANFREDO
¿Quién la acusa?
[CIUDADANO] 2
Dagoberto.
MANFREDO
¿Da testigos?
[CIUDADANO] 2
Ni aun indicio.
MANFREDO
Cierto que no es ése oficio
de caballero.
[CIUDADANO] 1
No, cierto.
MANFREDO
¿Y su padre?
[CIUDADANO] 1
¿Qué ha de hacer?
Sólo ha hecho pregonar
que a quien la acierte a librar
se la dará por mujer,
como sea caballero
el que se oponga a la empresa.
MANFREDO
¿Y que calla la duquesa?
[CIUDADANO] 2
Como si fuese un madero.
MANFREDO
¿Y del duque que se suena
que había de ser su esposo?
[CIUDADANO] 1
Que, en sabiendo el caso astroso,
dio la vuelta hacia Rosena.
Y aun otras nuevas nos dan,
ni sé si es verdad o no:
que, estando en Dorlán, sacó
una hija al de Dorlán,
y también a una parienta,
del mismo duque sobrina,
y que el duque determina
vengarse de aquesta afrenta.
Y que se tiene por cierto
que la sacó el de Rosena.
[CIUDADANO] 2
Hasta agora, ansí se suena;
ni sé si es cierto o incierto.
MANFREDO
Y, si como eso es mentira,
como me doy a entender,
podrá ser que venga a ser
bien mismo de Rosamira:
que sé que el duque es muy bueno,
y que traición ni ruindad,
si no es razón y bondad,
jamás albergó en su seno.
[CIUDADANO] 1
¿Sois acaso milanés?
Porque de sello dais muestra.
MANFREDO
Aunque la lengua lo muestra,
no soy sino boloniés;
mas he estudiado en Pavía,
y algo la lengua he tomado.
[CIUDADANO] 2
¿Y qué es lo que se ha estudiado?
MANFREDO
Humanidad.
[CIUDADANO] 1
Sí haría:
que todos los de su edad
eso es lo que estudian más.
MANFREDO
Sin estudiarla, jamás
se aprende esta facultad.
[CIUDADANO] 1
¿Y a qué venís a Novara?
MANFREDO
A ver la boda venía.
[CIUDADANO] 2
No quiso en tanta alegría
ponernos la suerte avara;
y en lugar della, podréis
ver, si gustáis, la batalla.
MANFREDO
Si no hay quien salga a tomalla.
[CIUDADANO] 1
Poco tiempo os detendréis:
que no quedan más de seis
días para el plazo puesto.
MANFREDO
De quedarme estoy dispuesto.
[CIUDADANO] 1
Sin duda, lo acertaréis.
Y ¡adiós!
MANFREDO
Con él vais los dos.
[CIUDADANO] 2
¿Luego aquí os queréis quedar?
MANFREDO
Sí; porque aquí he de aguardar
a un amigo.
[CIUDADANO] 2
Pues, ¡adiós!
MANFREDO
Yo no sé en qué se confía
mi dudosa voluntad,
y, si no es curiosidad,
¿qué locura es ésta mía?
Creo que [a] darme deshonra,
ingrato amor, te dispones,
pues cuando está en opiniones
la honra, no hay tener honra.
(Éntrase JULIA, PORCIA y MANFREDO.)
(Sale el DUQUE FEDERICO y el CARCELERO que tiene a la DUQUESA ROSAMIRA.)
DUQUE
¿Cómo está la duquesa?
CARCELERO
Negro luto
cubre su faz, y, sola en su aposento,
al suelo da de lágrimas tributo
con doloroso, amargo sentimiento.
DUQUE
¡Oh bien hermoso y mal nacido fruto,
marchito en la sazón de más contento,
y cómo al mejor tiempo me has burlado,
quedando en mis designios defraudado!
¿Y que no se disculpa?
CARCELERO
Ni por pienso.
DUQUE
¿De quién se queja?
CARCELERO
De su corta suerte.
[DUQUE]
En breve tiempo de su vida el censo
dará a una infame, inevitable muerte.
CARCELERO
¿Sabes, señor, lo que imagino y pienso?
DUQUE
¿Qué piensas o imaginas?
CARCELERO
Que es muy fuerte
de creer que el de Utrino verdad diga.
DUQUE
A que lo crea su bondad me obliga,
y el ver que Rosamira, en su disculpa,
el labio no ha movido ni le mueve;
y es muy cierta señal de tener culpa
el que a volver por sí nunca se atreve.
La culpa es grave; grave el que la culpa;
el plazo a la batalla, corto y breve;
defensor no se ofrece: indicio claro
que a su desdicha no ha de hallar reparo.
CARCELERO
¿Si quisiere, por dicha, dar descargo
con otro, pues no quiere en tu presencia,
quizá turbada del infame cargo,
dejarla he visitar?
DUQUE
Con mi licencia.
CARCELERO
Puesto que el bien guardalla está a mi cargo,
no está a mi cargo usar desta inclemencia:
que, a fe, si su remedio se hallase,
que muy poco tus órdenes guardase.
JORNADA SEGUNDA
Entran CORNELIO y ANASTASIO.
CORNELIO
Volviendo a lo comenzado,
señor, ¿qué piensas hacer?
ANASTASIO
Lo que procuro es saber
si el príncipe se ha engañado,
o qué causa le ha movido
a acusar a Rosamira:
si fueron celos, o ira,
ser llamado y no escogido;
y, cuando desta querella
no sepa verdad jamás,
por gentileza no más
me dispongo a defendella.
CORNELIO
Propongo que Dagoberto
es vencido en la batalla,
y que ella libre se halla
de la tormenta en el puerto:
¿tendrás por cosa notoria
el poder asegurarte
que la razón vino a darte,
y no fuerza, la vitoria?
Porque de Dios los secretos
son tan incomprehensibles,
que a veces vemos visibles,
de bienes, malos efetos.
ANASTASIO
Ya entiendo tus argumentos,
y con ellos me das pena.
Haga el Cielo lo que ordena;
yo honraré mis pensamientos.
(Entran JULIA y PORCIA.)
CORNELIO
Los estudiantes son estos
de quien los otros burlaron.
ANASTASIO
Sus burlas, ¿en qué pararon?
CORNELIO
Eran algo descompuestos.
Forastero me parece
en cierto modo su traje;
eso veré en su lenguaje,
si el hablallos se me ofrece.
PORCIA
Camilo, no te descuides
en mostrar en dicho y hecho
que eres varón, a despecho
de cuantos cuidados cuides.
Deja melindres aparte,
da a las ternezas de mano,
y mira que está en tu mano
el perderte o el ganarte.
Mira que amor te ha traído,
por un nunca visto enredo
a ser paje de Manfredo,
y paje favorecido:
que es principio que asegura
buen fin a tu pretensión.
JULIA
Tienes, Rutilio, razón;
mas no tengo yo ventura,
pues, cuando más me acomodo
a hacer lo que me ordenas,
embebecida en mis penas,
se me olvida a veces todo.
Mas, ¡ay de mí, desdichada,
que éste es el duque, mi hermano!
PORCIA
Vuelve el rostro a esotra mano,
y vuélvete a la posada;
que él no me conoce a mí,
y conviéneme hablalle.
JULIA
¿Por dó he de ir?
PORCIA
Por esa calle.
JULIA
¿Vendrás presto?
PORCIA
Voy tras ti.
(Vase JULIA.)
Buen hombre, ¿sois desta tierra?
ANASTASIO
Ni soy della, ni buen hombre.
PORCIA
Pues, ¿cómo la vuestra ha nombre?
ANASTASIO
Como el cielo que la encierra.
CORNELIO
[Aparte.]
Querrá decir Rosamira,
que es tierra y cielo a do vive.
Estas quimeras concibe
quien más por amor suspira.
ANASTASIO
Y vos, ¿sois deste lugar,
señor estudiante?
PORCIA
No.
ANASTASIO
¿Pues de dónde?
PORCIA
Aún no sé yo
de a dó me podré llamar:
que el cielo y tierra, hasta agora,
me tratan como estranjero,
y ni dél ni della espero
ver en mis cuitas mejora.
ANASTASIO
¿Vos con cuitas en edad
tan tierna? ¡A fe que me espanta!
[PORCIA]
A los años se adelanta
tal vez la calamidad;
y más cuando son de aquellas
que trae el amor en sus alas.
CORNELIO
Sus razones no son malas,
aunque yo no sé entendellas;
mas, con todo, apostaré
que está el rapaz traspasado
del agudo arpón dorado,
como el señor su mercé.
ANASTASIO
¿Amáis, por ventura?
PORCIA
Sí;
mas no sé si por ventura,
aunque alguna me asegura
ver ahora lo que vi.
ANASTASIO
Pues, ¿qué veis?
PORCIA
No será honesto
hacer que me ponga en mengua
tan fácilmente mi lengua
como mis ojos me han puesto;
ni vuestro traje me mueve,
ni mi deseo, a mostrar
lo que en silencio ha de estar
hasta que otras cosas pruebe.
ANASTASIO
¿Tan mal os parece el traje?
PORCIA
No, por cierto; porque veo
que dese rústico aseo
es muy contrario el lenguaje,
y podrá ser que el sayal
encubra el al del refrán.
ANASTASIO
¿De dónde sois?
PORCIA
De Dorlán.
ANASTASIO
De ahí soy yo natural.
¿Cuánto ha que de allá venistes?
PORCIA
Poco más de doce días.
ANASTASIO
¿Qué hay de nuevo?
PORCIA
Niñerías,
aunque son un poco tristes.
ANASTASIO
¿Y qué son?
PORCIA
Que el de Rosena,
que el de Dorlán hospedó,
a Julia y Porcia robó,
como Paris hizo a Helena.
ANASTASIO
¿Tiénese eso por verdad?
PORCIA
Sí tiene; mas yo imagino
que no lleva más camino
que del cielo la maldad.
ANASTASIO
¿Pues qué dicen?
PORCIA
Yo entreoí
que la Porcia quería bien
a Anastasio.
ANASTASIO
¿Cómo? ¿A quién?
PORCIA
A Anastasio.
ANASTASIO
[Aparte.]
¿Cómo? ¿A mí?
¿A su primo hermano? ¡Bueno!
PORCIA
Quizá guiaba su intento
por vía de casamiento.
ANASTASIO
Deso está mi bien ajeno.
Mas, ¿eso qué importa al hecho
de roballa?
PORCIA
No sé yo;
dícese que la sacó
el mismo amor de su pecho.
Mas deben de ser hablillas
del vulgo mal informado.
CORNELIO
A mí me han maravillado.
ANASTASIO
¿Pues de qué te maravillas?
Di: ¿no puede acontecer,
sin admiración que asombre,
que una mujer busque a un hombre,
como un hombre a una mujer?
CORNELIO
Sí puede; y es tan agible
lo que dices, que se ve
que, en las posibles, no sé
otra cosa más posible.
ANASTASIO
Como a su centro camina,
esté cerca o apartado,
lo leve o lo que es pesado,
y a procuralle se inclina,
tal la hembra y el varón
el uno al otro apetece,
y a veces más se parece
en ella esta inclinación;
y si la naturaleza
quitase a su calidad
el freno de honestidad,
que tiempla su ligereza,
correría a rienda suelta
por do más se le antojase,
sin que la razón bastase
a hacerla dar la vuelta;
y ansí, cuando el freno toma
entre los dientes del gusto,
ni la detiene lo justo,
ni algún respeto la doma.
PORCIA
¡En poca deuda os están
las mujeres!
CORNELIO
Si así fuera,
ni yo este traje trujera,
ni él vistiera aquel gabán.
ANASTASIO
No es tan poca: que si hago
la cuenta, no sé yo paga
que a la deuda satisfaga,
puesto que en ella me pago.
PORCIA
En fin: ¿amáis?
ANASTASIO
Alma tengo,
y no he de estar sin amor.
PORCIA
Hay amor bueno y mejor.
ANASTASIO
Yo con el mejor me avengo.
PORCIA
¿Es labradora?
ANASTASIO
El tabarro
que me cubre así lo dice.
PORCIA
Pues todo lo contradice
el talle y horro bizarro;
que el tabarro es tosca caja
que encierra el fino diamante.
CORNELIO
¡El diablo es el estudiante!
¡Qué bien su razón encaja!
Apostaré que mi amo,
sin más ni más, le da cuenta
de quién es y lo que intenta.
Por aquesto le desamo:
que presume de discreto,
y no ve que es ignorancia,
en las cosas de importancia,
fiar de nadie el secreto.
ANASTASIO
Ahora bien, si vuestra estada
no es de asiento en el lugar
y queréis conmigo estar
en una misma posada,
en la que tengo os ofrezco
el género de amistad
que engrandece la igualdad.
PORCIA
Daisme lo que no merezco.
Mas heme de despedir
primero de un cierto amigo.
CORNELIO
Aquesto es lo que yo digo:
él se vendrá a descubrir.
ANASTASIO
A la insignia del Pavón
es mi estancia.
PORCIA
Andad con Dios,
que mañana soy con vos.
¡Oh venturosa ocasión!
(Éntrase ANASTASIO y CORNELIO.)
Si al fuego natural no se le pone
materia que en la tierra le sustente,
volveráse a su esfera fácilmente,
que así naturaleza lo dispone.
Y el amante que quiere que se abone
su fe con afirmar que no consiente
en su alma esperanza, poco siente
de amor, pues que a su ley justa se opone.
Cual sin el agua quedaría la tierra,
sin sol el cielo, el aire sin vacío,
el mar en tempestad, nunca en bonanza,
y sin su objeto, que es la paz, la guerra,
forzado sin su gusto el albedrío,
tal quedara amor sin esperanza.
(Éntrase PORCIA.)
(Salen TÁCITO y ANDRONIO.)
ANDRONIO
Vamos hacia la prisión
de la duquesa, que importa.
TÁCITO
Reporta, Andronio, reporta
tu arrojada condición:
que siempre quieres saber
lo que no te importa un pelo.
ANDRONIO
Soy curioso.
TÁCITO
Yo recelo
que aqueso te ha de ofender.
Necio llamaré del todo,
no curioso, al que se mete
en lo que no le compete
ni toca por algún modo.
Hay algunos tan simplones,
que desde su muladar
se ponen a gobernar
mil reinos y mil naciones;
dan trazas, forman Estados
y repúblicas sin tasa,
y no saben en su casa
gobernar a dos criados.
De aquéllos mi Andronio es,
y esto lo sé con certeza,
que emiendan a la cabeza,
y apenas son ellos pies.
Llaman con su ceguedad
y mal fundada opinión,
al recato, remisión;
al castigo, crüeldad.
El gobierno no les cuadra
más justo y más nivelado;
siguen del vulgo engañado
la siempre mudable escuadra.
El que es buen vasallo, atiende
a rogar por su señor,
si es bueno, que sea mejor;
y si es malo, que se emiende.
De los viejos que enterramos,
fue sentencia singular
que el mundo hemos de dejar
del modo que le hallamos.
¿Qué te importa a ti si hace
bien o mal el duque en esto?
ANDRONIO
¿Hasme oído tratar desto?
TÁCITO
Y tanto, que me desplace.
Que quemen a la duquesa,
no se te dé a ti un ardite.
ANDRONIO
Desde hoy más guardaré el chite,
y de lo hablado me pesa.
TÁCITO
A la espada me remito
de Dagoberto en la riña.
ANDRONIO
¿Si vence...?
TÁCITO
Pague la niña:
que a buen bocado, buen grito.
Quien de honestidad los muros
rompe, mil males se aplica.
ANDRONIO
Cuando la zorra predica,
no están los pollos seguros.
(Éntranse TÁCITO y ANDRONIO. Sale PORCIA, como labrador, y JULIA, como estudiante.)
JULIA
¿Por qué quieres intentar,
Rutilio, tan gran locura?
PORCIA
Porque en el mal es cordura
no temer, sino esperar;
y la negligencia estraga
los remedios del dolor,
y no quiero yo que amor
conmigo milagros haga.
El que padece tormenta,
si es que de piloto sabe,
si puede, guíe la nave
a donde menos la sienta.
Yo en la mía un puerto veo
a los ojos de mi fe,
y allá me encaminaré
con los soplos del deseo.
Ya viste que era tu hermano
el labrador que aquí vimos:
que los dos le conocimos,
aunque en el traje villano;
y ha muchos días que sabes,
y yo también, por mi mal,
que tiene de su caudal
el amor todas las llaves,
y que Rosamira es
la que así le tiene aquí.
JULIA
Ya yo te he dicho que sí.
PORCIA
Pues dime: ¿ahora no ves
que será muy acertada
la traza que te he contado?
JULIA
Caminas tras tu cuidado;
en fin, como enamorada.
¿Que podrás dejarme a solas?
PORCIA
¿A solas dices que estás,
quedando con quien podrás
contrastar de amor las olas?
Ingenio tienes, y brío,
y ocasión tienes también
para procurar tu bien,
como yo procuro el mío.
JULIA
¿Y si te conoce, a dicha?
PORCIA
Engañada en eso estás:
que él no me ha visto jamás.
JULIA
Puede mucho una desdicha.
[PORCIA]
Nuestro mucho encerramiento
y libertad oprimida,
como causó esta venida,
cegará su entendimiento.
JULIA
Pues si el cielo, mi enemigo,
te hiciere conocer,
nunca lo des a entender
que te veniste conmigo.
Sigue a solas tu ventura,
que yo seguiré la mía,
y el blando amor que nos guía
abone nuestra locura.
Yo a Manfredo le diré
que a la patria te volviste.
Mas, ¿qué gente es ésta? ¡Ay triste!
PORCIA
No sé; disimúlate.
(Entran ANASTASIO, MANFREDO y los dos ciudadanos.)
CIUDADANO 1
Es el caso inaudito, y la insolencia
del duque de Rosena demasiada,
mala en el hecho y mala en la apariencia.
ANASTASIO
Cuando del apetito es sojuzgada
la razón, no hay respeto que se mire,
ni justa obligación que sea guardada.
CIUDADANO 2
¿Quién lo vendrá a entender que no se admire?:
que, faltando a la ley del hospedaje,
con las prendas del huésped se retire.
Y más aquel que debe por linaje,
por ser, por calidad, por gentileza,
hacer a todos bien, a nadie ultraje.
ANASTASIO
Debe de ser de vil naturaleza,
o a quien soberbia natural inclina
a tan infames hechos de bajeza.
Pues a fe que fabricas tu ruïna,
Manfredo ingrato: que Dorlán bien suele
amansar tu arrogancia repentina.
MANFREDO
A un pobre labrador, ¿por qué le duele
tanto de Julia y Porcia el robo incierto?
Quizá miente la fama.
PORCIA
¿Hablaréle?
JULIA
Háblale; pero no te ha descubierto.
ANASTASIO
¡Siempre son ciertas las desdichas mías!
MANFREDO
¿Desdichas tuyas? ¡Bueno estás, por cierto!
ANASTASIO
¿Qué scita vive en sus regiones fieras,
qué garamanta en su abrasada arena,
o en tierras, si las hay, de amubaceas,
que apruebe que un gran duque de Rosena,
siendo del de Dorlán huésped y amigo...
JULIA
Aquestos argumentos me dan pena.
ANASTASIO
...como astuto ladrón, como enemigo,
haberle de sus prendas despojado,
sin que diga lo mismo que yo digo:
que fue Manfredo ingrato y mal mirado?
JULIA
Apostaré que el duque te conoce.
PORCIA
Desvíate en buen hora a esotro lado.
MANFREDO
Buen hombre, no es razón que se alboroce
así vuestro sentido: que a Manfredo
no le estima cual vos quien le conoce.
JULIA
Que han de reñir los dos tengo gran miedo.
PORCIA
Pues, por Dios, que si riñen...
JULIA
Calla o vete.
PORCIA
Añade a lo que dices: si es que puedo.
ANASTASIO
Tampoco no sé yo a qué se entremete
a defender un hecho un estudiante
donde tan gran pecado se comete.
[CIUDADANO] 2
Señores, no paséis más adelante:
que si es verdad que el duque hizo tal hecho,
aquel que lo defienda es ignorante.
ANASTASIO
¡Vive Dios, que se me arde en rabia el pecho!
MANFREDO
¡Por Dios, que está el villano muy donoso!
JULIA
Cuajóse la cuestión; ello está hecho.
ANASTASIO
¿Villano a mí? ¡Escolar sucio y astroso,
capigorrón, brodista, pordiosero!
MANFREDO
¡Oh villano otra vez, loco furioso!
PORCIA
Mal haré si no ayudo a quien bien quiero.
[CIUDADANO] 1
¿Qué es esto? ¿Con puñal a un desarmado?
ANASTASIO
Dejad que llegue aqueste vil grosero.
[CIUDADANO] 2
Cada cual de los dos sea bien mirado:
miren quién está en medio.
MANFREDO
¿Tanto brío
en un villano pecho está encerrado?
JULIA
¿Piedras a mi señor?
PORCIA
¿Piedras tú al mío?
JULIA
¡Oh! ¿También tú, villano?
PORCIA
¡Oh sucio paje!
JULIA
Rutilio, di: ¿no es éste desvarío?
¿Bofetada en mi rostro? ¡Ya el coraje
ha llegado a su punto, y no es posible
que temor o respeto aquí le ataje!
[CIUDADANO] 1
Los dos criados, con furor terrible,
se han asido también.
[CIUDADANO] 2
¡Ténganse, digo!
MANFREDO
¡Hasta que mate a éste, es imposible!
ANASTASIO
¡No estimo su puñal en sólo un higo!
[CIUDADANO] 2
¡Otra vez digo que se tengan, ea!
JULIA
¡Deja estar los cabellos, enemigo!
¿Quieres, con esparcirlos, que se vea
quién somos?
PORCIA
Pues, hereje, ¿estásme dando,
y no te he yo de dar?
[CIUDADANO] 1
Otra pelea
es ésta más crüel que estoy mirando.
JULIA
¡Ay, que la boca toda me deshaces!
PORCIA
¡Suelta tú el labio!
JULIA
¡Ya le voy soltando!
PORCIA
¡Acaba de soltar!
[CIUDADANO] 1
¡Quitad, rapaces!
JULIA
¡Ay, que me muerde!
PORCIA
¿Echáisme zancadilla?
JULIA
¿Qué haces, enemigo?
PORCIA
Y tú, ¿qué haces?
[CIUDADANO] 2
Envainad vos, señor, y esta rencilla
quédese así, pues no os importa nada.
MANFREDO
¡Dios sabe por qué gusto diferilla!
PORCIA
Quitásteme el gabán, desvergonzada;
la mano, digo, que tal fuerza tiene;
pero ésta mía me hará vengada.
[CIUDADANO] 1
¿Han visto con qué brío el mozo viene?
¿Y éste es vuestro criado?
ANASTASIO
No, por cierto.
MANFREDO
Rutilio, ¿cómo es esto?
PORCIA
No conviene
que mi designio aquí sea descubierto.
MANFREDO
Pues, ¿por qué peleabas con tu hermano?
PORCIA
De ignorancia nació mi desconcierto;
que, como vi este traje de villano,
tan parecido a aquellos de mi tierra,
dejarle de ayudar no fue en mi mano.
Y creo, si la vista no se yerra,
que éste es un mi pariente conocido,
que de todo mi gusto me destierra.
MANFREDO
El seso, al parecer, tienes perdido;
mas no le pierdas tanto que señales
pieza por donde yo sea conocido.
PORCIA
Seguro está, señor, que ni por males
ni bienes que a Rutilio el cielo envíe,
dará de ser quién eres las señales,
y en tal seguro el tuyo se confíe.
MANFREDO
¿De modo que a la patria quies volverte?
PORCIA
Antes que el tiempo cargue y más enfríe.
MANFREDO
¡Adiós, que yo no quiero detenerte!
PORCIA
Mi hermano queda acá.
MANFREDO
Gusto infinito.
PORCIA
Plega a Dios que en servirte en todo acierte.
(Vase MANFREDO y los dos ciudadanos.)
JULIA
Dime, Rutilio: ¿a dicha, queda escrito
en el alma el rencor que hemos mostrado?
PORCIA
A la ocasión y al gusto le remito.
JULIA
¿Iré de tu buen pecho confiado?
PORCIA
Pues, ¿quién lo duda?
JULIA
¡Adiós, pues, firme amigo!
(Vase JULIA.)
PORCIA
¡Adiós, mocito mal aconsejado!
Ya me tienes, señor, aquí contigo;
a tu gusto me manda, que yo espero
que amor me ha de ayudar al bien que sigo.
ANASTASIO
Pues yo de todo bien ya desespero.
¡Oh amor, que con la vida me atropellas
la honra, pues sin ella vivo y muero!
Allí llega el ardor de sus centellas,
donde pueda quitar el sentimiento
de las cosas que es muerte el no tenellas.
Julia, robada; el duque, en salvamento;
yo, a quien el caso toca, descuidado
con el cuidado que en el alma siento.
De un estudiante vil mal afrentado;
socorrido de un pobre pastorcillo,
aunque en esto me doy por bien pagado.
Padezco el mal; no sé a quién descubrillo;
mas, aunque lo supiese, no osaría,
pues no es para sufrillo ni decillo.
PORCIA
Si acaso éste no fuera el primer día
que de buena amistad te doy la mano,
pudiéraste fiar de la fe mía.
Acomódome al traje de villano
por servirte en el tuyo: señal clara
que soy de proceder fácil y llano.
Si en algunos escrúpulos repara
tu voluntad, el tiempo tendrá cargo
de mostrarte la mía abierta y clara.
Yo de serte fïel sólo me encargo,
con pecho noble, sin torcido enredo,
sin que dificultad me ponga embargo.
ANASTASIO
Sabrás...; basta, no más.
PORCIA
¿Que tienes miedo
de descubrirte a mí? Pues yo te juro,
por todo aquello que jurarte puedo,
que puedes sin escrúpulo, al seguro,
fiar de mí cualquier tu pensamiento.
ANASTASIO
Conviéneme creer que estoy seguro;
porque para salir con el intento
que tengo, sólo entiendo que tú eres
el más fácil y cómodo instrumento;
y es menester, si gusto darme quieres,
que, fingiendo ser moza labradora...
¿De qué te ríes?
PORCIA
Di lo que quisieres,
que no me río, a fe.
ANASTASIO
Si es que no mora
voluntad en tu pecho de servirme,
dímelo, y callaré luego a la hora.
PORCIA
No digo de mujer; pero vestirme
de diablo lo haré, pues que te agrada,
con prompta voluntad y ánimo firme.
ANASTASIO
Serás de mí tan bien gratificado,
que iguale a tu deseo el beneficio.
PORCIA
Quedo en sólo servirte bien pagado.
Prosigue, pues.
ANASTASIO
Ha dado en sacrificio
un amigo su alma a la duquesa,
que está acusada de un infame vicio.
No se puede saber, como está presa,
si tiene culpa o no, y él, sin sabello,
duda el ser defensor de tal empresa.
A mí me ha dado el cargo de entendello,
y, con este gabán disimulado,
ha algunos días que he entendido en ello.
PORCIA
¿Y has alguna verdad averiguado?
ANASTASIO
Ninguna.
PORCIA
Pues, ¿qué ordenas?
ANASTASIO
Que te pongas
en el traje que digo disfrazado,
y a dar a Rosamira te dispongas
un papel, y a sacarle de su pecho
cuanto tuviere en él.
PORCIA
Como compongas
bien el rústico traje, ten por hecho
lo que pides.
ANASTASIO
La entrada está segura,
dejando al carcelero satisfecho.
Has de llevar el rostro con mesura.
PORCIA
Para una labradora, poco importa;
basta que lleve el pecho con cordura.
La carta escribe y la partida acorta,
que yo de parecer mujer no dudo.
ANASTASIO
Habla sutil, y en pláticas sé corta.
PORCIA
¡Ah ciego amor, de pïedad desnudo,
y en qué trance me pones!
ANASTASIO
¿Te arrepientes?
PORCIA
Nunca del buen intento yo me mudo.
Aunque tuviera el caso inconvenientes
mayores, con mi industria los venciera
y buscara los medios suficientes.
ANASTASIO
Si supieses la paga que te espera,
cual yo la sé, mancebo generoso,
a más tu voluntad se dispusiera:
que soy otra persona que este astroso
hábito muestra.
PORCIA
Y yo seré un criado
para ti el más fïel y cuidadoso
que se pueda hallar en lo criado.
(Éntranse.)
(Sale MANFREDO y JULIA.)
MANFREDO
¡Brioso era el villano!
JULIA
Y atrevido además, según dio muestra.
MANFREDO
Y muy necio tu hermano.
JULIA
La juventud lo causa, poco diestra
en lazos de importancia.
MANFREDO
¿Volvióse?
JULIA
¡Y no le arriendo la ganancia!
MANFREDO
Torna, pues, ¡oh Camilo!,
y dime aquello que decías agora,
usando el mismo estilo:
que el modo de decirlo me enamora,
y el caso me suspende.
JULIA
Pues dello gustas, buen señor, atiende.
«Llegóse a mí un mancebo
de agradable presencia, bien tratado,
con un vestido nuevo,
que creo que por éste fue trazado;
llegóse, como digo,
y díjome: "Escuchadme, buen amigo".
Volví, miréle, y vile
lloviendo perlas de sus bellos ojos;
la mano entonces dile,
de lástima movido, y él, de hinojos,
temeroso tomóla,
y, bañándola en lágrimas, besóla.
Yo, del caso espantado,
le alcé y le pregunté lo que quería;
él, casi desmayado,
me dijo que merced recibiría
si un poco le escuchase
en parte donde naide nos notase.
Llevéle a mi aposento;
sentóse, sosegóse, y después dijo
con desmayado aliento,
con voz turbada y anhelar prolijo:
"Yo soy...", y calló luego,
y el rostro se le puso como un fuego.
Por estos movimientos
conocí que vergüenza le estorbaba
a decir sus intentos;
y como yo sabellos deseaba,
lleguéme a él, diciendo
razones que le fueron convenciendo.
En fin, dellas vencido,
tras de un suspiro doloroso, ardiente,
ya el rostro amortecido,
el codo y palma en la rodilla y frente,
dijo: "Yo soy aquella
a quien persigue su contraria estrella;
yo soy la sin ventura
que, a la primera vista de unos ojos,
sin valor ni cordura,
rendí la libertad de los despojos
de la honra y la vida,
pues una y otra cuento por perdida:
yo soy Julia, la hija
del duque de Dorlán, cuyo deseo
ya no hay quien le corrija;
ni el cielo ofrece, ni en la tierra veo
remedio al dolor mío,
y es bien que no le tenga un desvarío".
Quedé, en oyendo aquesto,
bien como estatua mudo, y, sin hablalla,
quise escuchar el resto,
temiendo con mi plática estorballa;
y prosiguió diciendo
lo que me fue encantando y suspendiendo:
"Yo -dijo- vi a Manfredo,
aqueste dueño venturoso tuyo
-que ya no tengo miedo,
ni de contar, y más a ti, rehuyo
la mal tejida historia,
digna de infame y de inmortal memoria-.
Teníame mi padre
encerrada do el sol entraba apenas;
era muerta mi madre,
y eran mi compañía las almenas
de torres levantadas,
sobre vanos temores fabricadas.
Avivóme el deseo
la privación de lo que no tenía
-que crece, a lo que creo,
la hambre que imagina carestía-;
mas no era de manera
que yo no respondiese a ser quien era.
Hasta que mi desdicha
hizo que este Manfredo huésped fuese
de mi padre, que a dicha
tuvo que la ocasión se le ofreciese
de mostrar su grandeza
sirviendo a un duque de tan grande alteza.
En fin, yo, de curiosa,
un agujero hice en una puerta,
que a la vista medrosa,
y aun al alma, mostró ventana abierta
para ver a Manfredo.
Vile, y quedé cual declarar no puedo".»
Ni aun yo puedo contarte
más por agora, porque gente viene.
(Sale PORCIA, como labradora, con un canastico de flores y fruta.)
PORCIA
Amor, bien será que abajes
mi vida a tu proceder,
pues no me quieres comer,
aun hecha tantos potajes.
Primeramente pastor
me hiciste, y luego estudiante,
y, andando un poco adelante,
me volviste en labrador,
para labrar mis desdichas
con yerros de tus marañas:
que éstas son de tus hazañas
las más venturosas dichas.
Flores llevo, donde el fruto
que cogeré ha de ser tal,
que al corazón de mortal
le sirva [y] de triste luto.
Papel que vas encerrado
entre estas flores, advierte
que eres sierpe que a mi muerte
ha el amor determinado.
No pienses, yendo conmigo,
ver tu intención declarada:
que no he de poner la espada
en manos de mi enemigo.
Tú de mi alma lo eres,
y éstos del cuerpo lo son.
(Entra TÁCITO y ANDRONIO.)
¡Del diablo es esta visión!
Vade retro! ¿Qué me quieres?
MANFREDO
Vamos por esta parte,
que está mas fresca y menos gente tiene.
Anda, que estoy suspenso,
y vame dando el cuento gusto inmenso.
(Éntranse MANFREDO y JULIA.)
TÁCITO
¡Oh, qué buen rato se ofrece
con la pulida villana!
PORCIA
¡Por Dios, que vengo de gana!
ANDRONIO
Bonísima me parece.
¿Qué es lo que cogió del suelo?
TÁCITO
Algo que se le cayó;
o tú llega, o llego yo.
PORCIA
Algún mal caso recelo;
que éstos son grandes bellacos,
y me tienen de embestir.
¡Oh, quien pudiera huir
el encuentro destos cacos!
TÁCITO
Mi señora labradora,
vengáis con los años buenos,
de paz y abundancia llenos.
ANDRONIO
Vengáis muy mucho en buen hora.
TÁCITO
¿Qué trae aquí, por mi vida?
¡Oh, pese a quien me parió!
ANDRONIO
¿Diote?
TÁCITO
Sí. ¡Y cómo que me dio!
La mano tengo aturdida.
¡Con otro me has de pagar
el garrote que me has dado!
PORCIA
¡Que me roban en poblado!
¿No hay quien me venga a ayudar?
¡Que me roban, ay de mí!
¡Ladrones, dejad la cesta!
(Sale el CARCELERO.)
¿Qué soledad es aquésta?
¿Naide pasa por aquí?
CARCELERO
¿Qué es esto, desvergonzados?
TÁCITO
Ojo, el señor, ¿con qué viene?
Bien parece que no tiene
los amplíficos cuidados
ni la cuenta del negocio
de los dolientes distintos,
cuando destos laberintos
es la propria causa el ocio.
CARCELERO
¿Qué es lo que decís, malditos?
ANDRONIO
Que se vaya dilatando
en paz, con el cómo y cuándo;
tenga los ojos marchitos,
porque nos cumple acabar
con aquesta labradora.
CARCELERO
Y vos, ¿qué decís, señora?
PORCIA
Que me querían robara
questa fruta que llevo
a la señora duquesa.
CARCELERO
¿A la presa?
PORCIA
Sí, a la presa.
TÁCITO
Nego.
ANDRONIO
Probo.
(Meten la mano en el canastillo y comen de la fruta.)
TÁCITO
Y yo las pruebo.
CARCELERO
¡Hideputa, sinvergüenza!
¡Andad, bellacos, de aquí!
TÁCITO
Nunca el comer puso en mí
género de desvergüenza.
ANDRONIO
Agradezca la villana
que ha tenido buen padrino;
mas si hacéis otro camino,
yo reharé mi sotana.
TÁCITO
¡Mal haya la suerte avara!
ANDRONIO
Vamos, amigo, a lición...
(Éntranse TÁCITO y ANDRONIO.)
CARCELERO
Tan grandes bellacos son
como los hay en Ferrara.
Vamos, labradora, a donde
podáis ver a la duquesa,
que en mi poder está presa.
PORCIA
Guíe, que no sé por dónde.
(Éntranse.)
(Salen MANFREDO y JULIA.)
MANFREDO
Prosigue, que no hay gente
que aquí nos pueda oír.
JULIA
La desdichada
prosiguió en voz doliente
su historia, en desvaríos comenzada,
y dijo: «Vi a Manfredo,
vile, y quedé cual declarar no puedo:
que en un instante pudo
y quiso amor, con mano poderosa,
de pïedad desnudo,
la imagen de Manfredo generosa
grabar así en mi alma,
que della luego le entregué la palma.
Volvíme a mi aposento,
llevando en la memoria y en el seno,
con gusto y descontento,
la mirada belleza y el veneno
de amor que me abrasaba
y la virtud honrosa refriaba.
Hice discursos varios,
fundé esperanzas en el aire vano,
atropellé contrarios,
dile al Amor renombre de tirano
y de señor piadoso,
y al cabo el entregarme fue forzoso.
Dejé mi padre, ¡ay cielos!;
dejé mi libertad, dejé mi honra,
y, en su lugar, recelos
y sujeción tomé, muerte y deshonra;
y a buscar he venido
este huésped apenas conocido.
Hoy en tu compañía
le he visto, y, aunque en traje disfrazado,
como en el alma mía
traigo su rostro al vivo dibujado,
al punto conocíle;
vile, alegréme, y hasta aquí seguíle.
"Quiero, pues, ¡oh mancebo!
-y esto cubriendo perlas sus mejillas,
hincándose de nuevo
ante mí, visión bella, de rodillas-;
quiero -dijo- que digas
al tuyo, que es mi dueño, mis fatigas.
Que yo no tengo lengua
para decir mi mal, ni la dolencia
mi honestidad y mengua,
para poder ponerme en su presencia.
Tú a solas le relata,
la muerte con que amor mi vida mata;
que no estará tan duro
cual peñasco al tocar de leves ondas,
ni cual está al conjuro
del sabio encantador, en cuevas hondas,
la sierpe, en esto cauta,
ni cual airado viento al Euste nauta.
No le habrán leche dado
leonas fieras de la Libia ardiente,
ni habrá sido engendrado
de algún cíclope bárbaro inclemente,
para que no se ablande
oyendo mi dolor y amor tan grande.
Rica soy y no fea,
tan buena como él en el linaje,
si ya no es que me afea
y me deshonra este trocado traje;
mas, cuando amor las causa,
en todas estas cosas pone pausa.
Rosamira infamada,
justamente impedido el casamiento,
yo dél enamorada,
cual la tierra del húmido elemento:
si esto no es desvarío,
¿quién lo podrá estorbar que no sea mío?"»
Esto dijo, y al punto
dejó caer los brazos desmayados,
quedó el rostro difunto,
los labios, que antes eran colorados,
cárdenos se tornaron,
y sus dos bellos soles se eclipsaron.
Levantósele el pecho,
su rostro de un sudor frío cubrióse,
púsela sobre el lecho,
de allí a un pequeño rato estremecióse,
volvió en sí suspirando,
siempre lágrimas tiernas derramando.
Consoléla y roguéla
que en aquel aposento se estuviese,
sin temor de cautela,
hasta que yo su historia te dijese.
Encerrada la dejo:
¡mira si es raro de mi cuento el dejo!
MANFREDO
Y tan raro, que no puedo
persuadirme a que es verdad;
aunque amor y liviandad
no se apartan por un dedo.
¿Y que queda en tu aposento?
JULIA
Como digo, sin mentir.
MANFREDO
No me pudiera venir
nueva de mayor contento.
JULIA
Luego, ¿piénsasla gozar?
MANFREDO
Mal me conoces, Camilo:
que tan mal mirado estilo
no se puede en mí hallar.
JULIA
Pues, ¿qué piensas hacer della?
MANFREDO
Envialla al padre suyo:
que con esto restituyo
mi inocencia y su querella.
JULIA
¡Mal pagas lo que te quiere!
MANFREDO
La honra se satisfaga:
que un torpe amor esta paga
y aun otra peor requiere.
JULIA
¿Amar tan alto sujeto
es error?
MANFREDO
Y conocido:
porque amor tan atrevido,
aunque es amor, no es perfeto.
Es el amor, cuando es bueno,
deseo de lo mejor;
si esto falta, no es amor,
sino apetito sin freno.
Con todo, vamos a vella;
pero no es bien miralla,
que en tales visitas se halla
ocasión para perdella;
que yo no soy Scipión
ni Alejandro en continencia,
para hacer la esperiencia
de mi blanda condición;
y yo soy de parecer,
y la experiencia lo enseña,
que ablandarán una peña
lágrimas de una mujer.
JULIA
Si no te ablanda su amor,
no lo hará su hermosura.
MANFREDO
Con todo, será cordura
huir del daño mayor.
Si la recibo, me hago
en su huida culpado;
si la vuelvo, habré mostrado
que a ser quien soy satisfago,
escusaré el desafío,
cobraré el perdido honor.
JULIA
¡Oh! ¡Mal haya tanto amor,
mal pagado y mal nacido!
¡Desdichada de la triste
que te quiso sin porqué!
[MANFREDO]
En esos trances se ve
quien su gusto no resiste.
Pero vámonos a casa,
que, con todo, pienso vella.
JULIA
Quizá vendrás a querella.
MANFREDO
No es mi fuego desa brasa.
(Éntrase MANFREDO.)
JULIA
¡Ay, crüel, cómo te vas
triunfando de mis despojos!
¿Qué consejo en mis enojos
es, ¡oh Amor!, el que me das?
En gran confusión me veo.
¿Quién me podrá aconsejar?
En fin, habré de acabar
a las manos del deseo.
[Éntrase JULIA.]
(Sale ROSAMIRA con un manto hasta los ojos.)
ROSAMIRA
Quien me viere desta suerte,
juzgará, sin duda alguna,
que me tiene la fortuna
en los brazos de la muerte.
Pues no es así: porque Amor,
cuando se quiere extremar,
con el velo del pesar
suele encubrir su favor.
Honra, eclipse padecéis
porque entre vos y mi gusto
la industria ha puesto un disgusto,
por el cual escura os veis;
mas pasará esta fortuna
que así vuestra luz atierra
como sombra de la tierra,
puesta entre el sol y la luna.
(Entran el CARCELERO y PORCIA.)
CARCELERO
Veisla ahí; habladla, y luego
os salid con brevedad.
[PORCIA]
¡Ay obscura claridad!
¡Mal haya el vendado ciego!
¡Mirad cuál la tiene puesta!
ROSAMIRA
Pues, amiga, ¿qué buscáis?
PORCIA
Señora, que recibáis
lo que traigo en esta cesta,
que son unas bellas flores
con alguna fruta nueva.
ROSAMIRA
¡Vos sola habéis hecho prueba
de consolar mis dolores!
Sentaos aquí par de mí,
y esas flores me mostrad,
y ese rebozo os quitad.
PORCIA
Señora, veislas aquí;
pero sentarme, eso no.
El embozo, ya le quito.
ROSAMIRA
Sentaos conmigo un poquito;
basta que lo diga yo.
PORCIA
Estaba determinada,
señora, de no lo hacer;
mas dicen que es mejor ser
necia, que no porfiada,
y así, me asiento y suplico,
si mi ruego puede tanto,
que os alcéis del rostro el manto
otro poco, otro tantico.
ROSAMIRA
Vesme descubierta, amiga;
que a más fuerza tu cordura.
PORCIA
¡Jesús! ¿Que tanta hermosura
ha puesto en tanta fatiga?
ROSAMIRA
Amiga, déjate deso,
y dime: ¿qué te movió
a venirme a ver?
PORCIA
Sé yo
que fue de amor el exceso,
y el ver que ya el señalado
plazo llega a más correr,
adonde el mundo ha de ver
tu inocencia o tu pecado;
y querría ver si puedo
serte en algo de provecho,
antes de llegar al hecho
que al más fuerte pone miedo;
que es Dagoberto valiente.
ROSAMIRA
Así le conviene ser
quien tiene de defender
que es culpada la inocente.
Sale del curso ordinario
el caso de mi porfía,
porque está la salud mía
en la lengua del contrario.
Quien me deshonra ha de ser
el mismo que me ha de honrar,
y esto me hace callar
y culpada parecer.
Mas, dime: ¿acaso has oído
qué se hizo el de Rosena?
PORCIA
Por todo el lugar se suena
que volvió al suyo corrido.
Otros la culpa le dan
de que la hija sacó,
cuando alegre le hospedó
el gran duque de Dorlán,
y con ella otra su prima;
pero yo sé que es mentira.
ROSAMIRA
¡Ya no es sola Rosamira
a quien Fortuna lastima!
PORCIA
Y esta su prima es hermana
de Dagoberto el traidor.
ROSAMIRA
¡Sabes muy poco de amor,
discreta y bella aldeana!
PORCIA
El hijo del de Dorlán
se suena que te defiende.
ROSAMIRA
¿Quién lo dice?
PORCIA
Quien lo entiende.
ROSAMIRA
¡En vano toma ese afán!
Mas su intención le agradezco,
porque, al fin, es de quien es.
PORCIA
Que él no pida el interés,
aunque venza, yo me ofrezco;
porque por su gentileza
lo hace, y no por su amor.
ROSAMIRA
Así mostrará mejor
su valentía y nobleza.
Pero, puesto que él venciese,
con él no me casaré.
PORCIA
Pues, ¿por qué?
ROSAMIRA
Yo sé el porqué.
PORCIA
¿Y si él el premio pidiese?
ROSAMIRA
No llegará a aquese estremo,
si me vale mi justicia;
mas, como reina malicia,
de cien mil azares temo.
Ven conmigo a otro aposento,
labradora de mi vida,
que en parte más escondida
te quiero hablar un momento;
que me ha dado el corazón
que el Cielo aquí te ha traído
para que en gozo cumplido
vuelvas mi amarga prisión.
Ven, que ya en tu voluntad
está mi vida o mi muerte,
mi buena o mi mala suerte,
mi prisión o libertad.
PORCIA
Vamos, señora, do quieres,
y de mí daré a entender
que te puedes prometer
aun más de lo que quisieres:
que desde aquí te consagro
la voluntad y la vida.
ROSAMIRA
Sin duda que tu venida
ha sido aquí por milagro.
JORNADA TERCERA
Salen MANFREDO y JULIA.
MANFREDO
¿Que se fue?
JULIA
Como lo cuento.
MANFREDO
Pues ¿por qué no la tuviste?
JULIA
Porque muy mal se resiste
un determinado intento.
Apenas abrí la puerta,
cuando dijo: «Amigo mío,
yo sé que mi desvarío
en ninguna cosa acierta.
No digas al duque nada,
pues sé que no ha de importar,
y es mejor el acabar
con mi muerte esta jornada.
¡Quédate a Dios!» Y salióse,
sin podella resistir;
y, aunque la quise seguir,
al punto desparecióse.
MANFREDO
Mucho descuido has tenido.
¿Por dó se fue?
JULIA
No sé, a fe.
MANFREDO
¿Que es posible que se fue?
JULIA
Del modo que he referido.
Mas, si no la puedes ver,
mejor es que no esté en casa.
MANFREDO
¿No sabes ya lo que pasa?
JULIA
Más de lo que he menester.
[Aparte.]
¡Ay de mí, cómo me veo,
puesta en dudosa balanza,
esperando la esperanza
cuando revive el deseo!
MANFREDO
¿Qué es lo que dices?
JULIA
No, nada:
sólo digo que va tal,
que será el fin de su mal
acabar desesperada.
MANFREDO
En eso echarás de ver,
Camilo, bien claramente,
que apenas hay acidente
que sea bueno en la mujer.
Quieren do han de aborrecer,
vanse de adonde han de estar,
temen donde han de esperar,
esperan do han de temer.
JULIA
Pues si la vuelvo a encontrar,
¿quieres, señor, que la diga
que te duele su fatiga?
MANFREDO
A nadie supe engañar;
mas dile lo que quisieres,
como hagas que la vea.
JULIA
De modo haré que así sea,
si haces como quien eres.
MANFREDO
¿Qué es lo que tengo de hacer?
JULIA
Ni reñilla, ni afrentalla,
ni al padre suyo envialla.
MANFREDO
No sé cómo podrá ser.
Sin duda, te dejó el pecho
blando Julia con su llanto.
JULIA
Tanto, que, a entender tú el cuánto,
ya la hubieras satisfecho.
¿Lágrimas eran aquellas
para no ablandar un canto?
Y ¿hay cielo que se alce tanto
do no alcancen sus querellas?
¡Ah, señor Manfredo!
MANFREDO
A fe,
Camilo, que estás rendido.
JULIA
Tengo el corazón herido
de lo que en Julia noté.
El agradable reposo,
las razones tan sentidas,
aquellas perlas vertidas
por aquel rostro hermoso;
los desmayos, los temores,
la vergüenza y sobresaltos,
el darle el corazón saltos,
en fin, el morir de amores,
con otras cosas que, a vellas
tú, señor, como las vi,
así como han hecho a mí,
te ablandaran sus querellas.
MANFREDO
Vamos; que, pues ya se fue,
no hay della tratarme más;
mas si vuelve, le dirás...
JULIA
¿Qué?
MANFREDO
¡Por Dios, que no sé qué!
Dicen que dejan hablar
ya a la presa Rosamira.
JULIA
Esa cuerda es la que tira
de tu gusto y mi pesar.
MANFREDO
Y he de procurar, si puedo,
hablalla, porque me importa.
JULIA
[Aparte.]
¡En fin, mi ventura es corta;
no hay que esperar en Manfredo!
Mas, antes que el fin funesto
llegue que temo y deseo,
yo echaré de mi deseo
en la plaza todo el resto.
(Éntranse JULIA y MANFREDO.)
(Sale ROSAMIRA con el vestido y rebozo de PORCIA, y PORCIA sale con el de ROSAMIRA, con el manto hasta cubrirse todo el rostro.)
ROSAMIRA
Abrázame, y a Dios queda,
y de mi palabra fía.
PORCIA
Advertid, señora mía,
que es variable la rüeda
de la Fortuna, y que es bien
que a la prisión no volváis;
porque, aunque sin culpa estáis,
hasta agora no veo quién
os defienda.
ROSAMIRA
Yo haré en eso
lo que a entrambas más importe.
PORCIA
Dad en vuestras cosas corte
sin temor de mi suceso:
que a mí no me han de matar
por hacer tan buena obra,
y yo sé que mi alma cobra
en ella un bien singular,
y en que vos no parezcáis
está este bien escondido.
Idos, que siento rüido.
ROSAMIRA
Yo volveré.
[Vase.]
PORCIA
No volváis.
(Entra el CARCELERO, en la mano un manto, la mitad de arriba abajo de tafetán negro, y la otra mitad de tafetán verde.)
CARCELERO
¡Vais norabuena, labradora hermosa!
Si de volver gustáredes, prometo
de daros puerta franca a todas horas,
y aun a todos aquellos que quisieren
comunicar con mi señora.
PORCIA
Bueno.
CARCELERO
No, sino no le den al delincuente
procurador, y niéguenle abogado,
ciérrenle los caminos y los medios
de su defensa, tápenle la boca;
quedarse ha a buenas noches de la vida.
¡Oh señora! ¿Aquí estabas? Yo te hacía
en el otro aposento, donde sueles
en ciega obscuridad pasar los días.
Orden es de tu padre que te pongas
mañana, cuando salgas a la plaza,
al triste, temeroso, amargo trance,
este manto que ves, de dos colores.
Ha ordenado también que te acompañen
la mitad de su guarda con insignias
de dolor y tristeza, y que asimismo
vaya la otra mitad de gala y fiesta.
Al lado izquierdo has de llevar, señora,
al verdugo, blandiendo el terso acero,
instrumento mortal que te amenace
a muerte irreparable si, por dicha,
venciere Dagoberto en tu deshonra.
De verde lauro una corona hermosa
al diestro lado ha de llevar un niño,
para que del suceso que resulte,
alegre o triste, o ya el cuchillo corra
por tu bella garganta, o ya tus sienes
del vitorioso lauro veas ceñidas.
Esto vengo a decirte, y no otra cosa.
¿No me respondes? Pues a fe que sabes
la voluntad que tengo de servirte,
y que, como el soltarte no me pidas,
porque, en fin, soy leal al señor mío,
que no habrá cosa que por ti no haga,
y así, una pura voluntad te ofrezco.
¿Qué me respondes?
PORCIA
Que te lo agradezco.
(Éntrase PORCIA.)
CARCELERO
¡Estraño silencio es éste!
¡Mucho me da que pensar!
¡Mas téngola de ayudar,
aunque la vida me cueste!
(Entran ANASTASIO y CORNELIO.)
CORNELIO
De un mozo no conocido
fiarte así, ¿quién tal vio?
ANASTASIO
¿Pues qué he de hacer?
CORNELIO
¿Qué sé yo?
ANASTASIO
¿Hase de ir así vestido?
CORNELIO
Con todo, digo que fue
error conocido y claro.
ANASTASIO
A lo hecho no hay reparo.
Mas, ¿no es éste?
CORNELIO
¿Yo qué sé?
(Sale ROSAMIRA con el embozo.)
ANASTASIO
Él es. Vengas en buen hora,
Rutilio, mi buen amigo.
CORNELIO
Tal estás, que afirmo y digo
que eres pura labradora.
ANASTASIO
No porque estemos los dos,
vayas el caso encubriendo.
ROSAMIRA
Hermanos, yo no os entiendo;
dejadme, y andad con Dios,
que no soy la que pensáis.
ANASTASIO
No es de Rutilio la habla.
¡Mal mi negocio se entabla!
¿Pues quién sois? ¿Adónde vais?
O ¿quién os dio este vestido?
Porque le conozco yo.
ROSAMIRA
Mi dinero me le dio.
ANASTASIO
Y el vendedor, ¿quién ha sido?
Porque hasta que lo digáis,
no habéis de pasar de aquí.
ROSAMIRA
¡Desventurada de mí;
mal término es el que usáis!
No me quitéis el embozo,
porque a fe que os cueste caro.
ANASTASIO
¡En amenazas reparo!
Venga el vestido, o el mozo.
¿Qué dije? Muy mal hablé:
este vestido os demando.
(Sale DAGOBERTO y un criado suyo.)
DAGOBERTO
Alza los ojos, mirando
si la ves.
ROSAMIRA
Ya me escapé;
porque aquéste es Dagoberto,
a quien yo vengo a buscar.
ANASTASIO
Pues qué, ¿piénsaste escapar?
ROSAMIRA
Tenga; si no, juro, cierto...
DAGOBERTO
¿Qué pendencia es ésta, amigos?
ROSAMIRA
Príncipe, hablarte quisiera
a solas, si ser pudiera,
o no con tantos testigos.
Y, para facilitallo,
mira quién soy.
(Descúbrese ROSAMIRA a sólo DAGOBERTO.)
DAGOBERTO
¿Qué es aquesto?
Amigos, váyanse presto.
ANASTASIO
En gran confusión me hallo:
que éste no es Rutil[i]o; no,
puesto que trae su vestido.
CORNELIO
Algún mal le ha sucedido.
ANASTASIO
¿Mal ha de ser?
CORNELIO
No sé yo.
ANASTASIO
Yo he de hablar a Rosamira,
y della lo he de saber.
CORNELIO
A mucho te quiés poner.
DAGOBERTO
Señora, el verte me admira.
¿Cómo vienes deste modo?
¿Quién te puso en este traje?
[ROSAMIRA]
El tiempo, que es corto, ataje
el darte cuenta de todo.
Sólo vengo a que me lleves
luego a Utrino.
DAGOBERTO
¿Cómo así?
ROSAMIRA
Y lo ordenado hasta aquí,
ni lo intentes, ni lo pruebes.
No quiero en un cadahalso
verme puesta, hecha terrero
del vulgo bajo y grosero,
ni a ti juzgado por falso.
DAGOBERTO
¿Tienes más que me decir?
ROSAMIRA
No.
DAGOBERTO
¿Ni veniste a otra cosa?
ROSAMIRA
No.
DAGOBERTO
Mi aldeana hermosa,
mal me sabéis persuadir.
Vamos; que yo daré medio
a lo que más nos importe.
ROSAMIRA
Yo no sé otro mejor corte.
DAGOBERTO
Mil tiene nuestro remedio.
(Éntrase ROSAMIRA, DAGOBERTO y su criado.)
(Salen el CARCELERO, MANFREDO y JULIA.)
CARCELERO
Señor, yo os pondré con ella;
y, pues venís por su bien,
a los dos nos está bien:
a mí, mostralla; a vos, vella.
Si la prisión os he abierto,
es que me da el corazón
que tiene poca razón
el príncipe Dagoberto.
Esperad aquí un poquito;
entraré a llamalla yo.
MANFREDO
Camilo, vete.
CARCELERO
No, no;
estése aquí el pajecito:
que mejor es que haya gente,
por carecer de sospechas.
(Éntrase el CARCELERO.)
JULIA
¡Ay triste, con cuántas flechas
me hiere Amor inclemente!
MANFREDO
¿Qué dices, Camilo?
JULIA
Digo
que es Julia muy desdichada.
MANFREDO
No anduvo en irse acertada.
JULIA
Fue huyendo de su enemigo.
MANFREDO
Ésta es la duquesa; calla.
JULIA
¡Qué cubierto el rostro tiene!
CARCELERO
Digo, señora, que viene
a hacer por vos batalla;
(Sale PORCIA y el CARCELERO.)
y es de gentil contenencia
y de persona despierta.
Yo me quiero ir a la puerta,
por si viene su excelencia.
(Vase el CARCELERO.)
MANFREDO
Aunque de quien sois se infiere
y nace seguridad
que no os toca la maldad
que os ahíja el que no os quiere,
será bien que vuestra lengua
descubra lo que hay en esto,
porque su silencio ha puesto
a vuestro crédito en mengua.
Quien lleva en el desafío
a la razón de su parte,
de hombre tierno, se hace un Marte;
de flaco y torpe, con brío.
Si estáis sin culpa, no os pene
que Dagoberto sea tal,
que el mundo no le dé igual
en cuantos valientes tiene;
porque sabed, Rosamira,
que los filos de verdad
cortan con facilidad
las armas de la mentira.
Y si acaso estáis culpada,
y de amor la culpa fue,
asimismo probaré
con el contrario mi espada:
que en fe de que él no hizo bien
en descubrir lo secreto,
de mi vitoria os prometo
que os den más de un parabién.
Y soy persona que puedo
prometer esto y aun más.
¿Para qué en silencio estás?
Habla: desecha ya el miedo.
PORCIA
Esta noche, y no durmiendo,
porque entre el sueño y mis cuitas
nunca el reposo hizo treguas,
ni de veras ni de burlas,
digo que, estando despierta,
desvelada en mis angustias,
se me ofreció ante mis ojos
de ti mesmo una figura.
Las razones que aquí has dicho
dijo aquel tú, y otras muchas,
que todas se encaminaban
a desear mi ventura.
Dijo que le asegurase
de mi inocencia o mi culpa,
aunque, de cualquier manera,
se ofrecía a darme ayuda.
Yo, sepultada en silencio
y con el miedo confusa,
hice lengua de los ojos,
por tener la lengua muda;
con ellos le di a entender
ser traidor el que me acusa,
y que mi silencio nace
de considerada astucia.
Ya la visión se volvía,
cuando vi, sin poner duda,
entre el sí y el no una sombra;
¿qué digo sombra?, a la luna
vi y al sol en dos mejillas
de una doncella importuna
que, arrodillada a tu imagen,
tales razones pronuncia:
«Yo soy -dijo-, señor mío,
la desventurada Julia,
que, cual Clicia, voy siguiendo
esa luz del sol y tuya.
Soy quien te ha entregado el alma
con la fe más tierna y pura
que vio Amor en cuantos pechos
ha rendido a su ley justa.
Tú ofreces favor a quien
ni te quiere ni te escucha,
y niegas de dar oídos
a quien te sigue aunque huyas.
Promete, acorre, defiende,
ofrece, trabaja y suda:
que amor tiene decretado
que al fin fin yo he de ser tuya».
A estas sentidas razones
acompañaba una lluvia
de vivas líquidas perlas,
correos de su tristura.
Tu imagen se le humilló,
y aun le dijo: «Estad segura,
señora, que he de ser vuestro,
a pesar de la fortuna».
Si esto es así, ¿qué me ofreces?
¿Para qué siempre procuras
otro bien, si te da el cielo
el mayor, dándote a Julia?
Mas, ¿con quién hablo, cuitada?
La misma visión, sin duda,
es aquesta que vi anoche,
o en muy poquito se muda.
Del varón, ésta es la imagen;
la de aquéste, la de Julia.
¡Oh visiones amorosas,
dejadme en mi desventura,
idos a buscar verdades,
y no os curéis de mis burlas;
haced cierto lo que amor
os da a entender por figuras!
¿No os vais? Por Dios que dé gritos:
que mis ojos no acostumbran
a ver visiones, aunque éstas
más alegran que atribulan.
¿No os vais? A fe que dé voces.
¿No hay ninguno que me acuda?
MANFREDO
Ya nos vamos; calla un poco.
¡Ella está loca, sin duda!
JULIA
Antes parece profeta.
¿Quién le ha dicho lo de Julia?
MANFREDO
¡Calla, que su guarda vuelve!
¡El alma llevo confusa!
(Vanse MANFREDO y JULIA, y entra el CARCELERO.)
CARCELERO
Otro Cipión está abajo,
que, si aqueste no os contenta,
por sacaros desta afrenta,
se pondrá en cualquier trabajo.
Vestido trae de villano;
pero a fe que es caballero:
que el lenguaje no es grosero
y el brío es de cortesano.
Dice que os quiere hablar,
y yo estoy puesto en que os hable.
Hablad más, mostraos afable,
que os mata tanto callar.
(Vuelve a salir el CARCELERO.)
PORCIA
Si fuese Anastasio... ¡Ay cielos!
¿Qué he de hacer si acaso es él?
¿He de estar muda con él,
o hele de decir mis duelos?
¡En gran confusión me veo!
Ingenio, cielos, ayuda:
que no es posible estar muda
con tan parlero deseo.
(Entra ANASTASIO y CORNELIO, su criado, y el CARCELERO.)
CARCELERO
Despachad con brevedad,
no os suceda algún desmán,
que estos negocios están
de muy mala calidad.
Que el silencio desta dama
tiene a Novara suspensa,
y no imagino en qué piensa
la que no piensa en su fama.
Yo estaré con ojo alerta
por algún pequeño espacio,
mirando si de palacio
alguno llega a esta puerta.
(Éntrase el CARCELERO.)
PORCIA
¿Sois vos Anastasio?
ANASTASIO
Sí.
PORCIA
¿El que envió este papel?
ANASTASIO
Señora, yo soy aquel
que ha mucho que el alma os di;
soy quien por vuestra desgracia
a más desventuras vino
que las que vio en su camino
el gran músico de Tracia;
soy aquel que alegre piensa,
fiado en vuestro valor,
poner la vida y honor
y el alma en vuestra defensa.
PORCIA
¿No leístes la respuesta
que os llevó la labradora?
ANASTASIO
No la he visto más, señora,
y harto el buscarla me cuesta..
(Éntrase el CARCELERO.)
PORCIA
¿Sois vos Anastasio?
ANASTASIO
Sí.
PORCIA
¿El que envió este papel?
ANASTASIO
Señora, yo soy aquel
que ha mucho que el alma os di;
soy quien por vuestra desgracia
a más desventuras vino
que las que vio en su camino
el gran músico de Tracia;
soy aquel que alegre piensa,
fiado en vuestro valor,
poner la vida y honor
y el alma en vuestra defensa.
PORCIA
¿No leístes la respuesta
que os llevó la labradora?
ANASTASIO
No la he visto más, señora,
y harto el buscarla me cuesta.
PORCIA
Quizá, como forastera,
debió de errar la posada.
¡Pues a fe que es avisada,
y que os fue buena tercera!
En efeto, correspondía
con justos comedimientos,
que vuestros ofrecimientos
con el alma agradecía,
y que de mi honestidad,
que ahora la infamia lleva,
hiciésedes vos la prueba
que os mostrase la verdad.
Jurábaos que Dagoberto
jamás en dicho o en hecho
pudo ver cosa en mi pecho
que apruebe su desconcierto.
En vuestros brazos valientes
me resignaba, y ponía
en ellos la suerte mía,
segura de inconvenientes.
Ofrecía, finalmente,
de tomaros por esposo:
señal de que es mentiroso
Dagoberto, y yo inocente.
ANASTASIO
¡Oh dulce fin de mis males
y principio de mis bienes,
cielo que en la tierra tienes
glorias que son sin iguales!
Vesme rendido a tus pies;
dispón a tu voluntad
con toda seguridad
de cuanto valgo.
PORCIA
¿No ves
que soy tuya y que a ti toca
disponer de mí a tu gusto?
ANASTASIO
¡Alma, ahora sí que es justo
que os vuelva este gusto loca!
CORNELIO
Déjate desas sandeces;
haz, señor, lo que has de hacer:
que no es tiempo de expender
el tiempo así todas veces.
Recíbela por esposa;
acaba, y vamos de aquí.
ANASTASIO
Señora, ¿queréislo ansí?
PORCIA
Sí, y me tengo por dichosa.
ANASTASIO
Pues dadme esa hermosa mano,
y tomad mi fe y la mía.
(Danse las manos.)
PORCIA
Veisla ahí; que una porfía,
cualquier risco vuelve en llano.
ANASTASIO
Ya, pues, que hasta vuestro cielo
levantaste mi caída,
sed, mi señora, servida
de alzar dél el negro velo,
para que las luces bellas
vea cúyos rayos fueron
los que han hecho y deshicieron
las nubes de mis querellas,
y para que, con su llama
alentado el corazón,
de la esperada quistión
se prometa triunfo y fama.
JULIA
Él está en lo cierto;
que son livianas y prestas,
y él tiene fama de diestro
y de ligero además.
(Toma MANFREDO la espada y la rodela.)
MANFREDO
Muestra, Camilo, y verás
cómo soy dellas maestro.
JULIA
Pues ¿con quién te has de probar?
MANFREDO
Llama al huésped.
JULIA
Vesle aquí.
GÜÉSPED
¡Ah, Camilo, pesia mí!
Venid, que os ando a buscar
más ha de un hora.
JULIA
Pues bien,
¿qué hay de nuevo?
GÜÉSPED
Que os espera
vuestra mujer allí fuera.
JULIA
¿Mujer a mí?
GÜÉSPED
Y aun de bien,
según su traje.
JULIA
Imagino
que es Julia.
MANFREDO
Si Julia es,
hazla entrar.
JULIA
¿Qué harás después
de entrada?
MANFREDO
Yo determino
de hablarla y ver qué es su intento.
JULIA
¿Y enviarásla do dijiste?
MANFREDO
No, por Dios.
JULIA
No; que la triste
no puede más, según siento.
¡Oh, a qué buen tiempo llegaste!
Güésped, yo os lo serviré.
¿Y el vestido que ordené?
GÜÉSPED
Está donde lo ordenaste.
(Éntrase JULIA a vestirse de mujer lo más breve que se pueda.)
MANFREDO
Si otra rodela tenéis,
id por ella, y volved luego.
GÜÉSPED
¿Queréis probar en el juego
lo que en las veras haréis?
MANFREDO
Sí, amigo.
GÜÉSPED
Yo vuelvo presto
con una que es de provecho.
(Éntrase el HUÉSPED.)
MANFREDO
El corazón en el pecho
me da saltos. ¿Qué es aquesto?
Mas, si anuncia que es verdad
lo que Rosamira dijo,
por vanas cuentas me rijo.
¿No tengo yo voluntad?
¿Cómo? ¿Sentidos no tengo?
¿No tengo libre albedrío?
¿Pues qué miedo es éste mío?
¡Mal con mi esfuerzo me avengo!
¿Con qué, para que me venza,
Julia me ha obligado a mí?
Pues no es señal verla aquí
de amor, mas de desvergüenza.
¿A dicha, solicitéla?
¿Dónde vee ricos despojos?
¿Viéronla jamás mis ojos,
o, por ventura, habléla?
No, por cierto. ¿Pues qué cargo
me puede Julia hacer?
¿Que me quiere y es mujer?
No me faltará descargo.
(Vuelve a entrar el GÜÉSPED con una rodela.)
GÜÉSPED
Vesla aquí.
MANFREDO
Toma tu espada,
y vente hacia mí con ella.
Muy mejor fuera no vella.
GÜÉSPED
¿Qué dices?
MANFREDO
No digo nada.
GÜÉSPED
¿Hela de desenvainar?
MANFREDO
Poco importa; desenvaina.
GÜÉSPED
Más seguro es con la vaina.
MANFREDO
¡Mucho me das que pensar,
Julia!
GÜÉSPED
Mas yo desenvaino.
¿Estoy bien puesto? ¿No entiendes,
señor? ¿De qué te suspendes?
Si no te ensayas, envaino.
MANFREDO
No vella fuera mejor,
digo otra vez y otras ciento.
Vente a mí.
GÜÉSPED
¡Dios ponga tiento
en sus manos!
MANFREDO ¡Las de amor
son las que me desatientan!
GÜÉSPED
¿Qué es lo que entre dientes hablas?
MANFREDO
¡Mal tus negocios entablas,
amor, cuando al fin afrentan!
Ponte en aquesta postura,
la rodela junto al pecho,
y parte con pie derecho.
¡Estraña desenvoltura
ha sido la desta loca!
GÜÉSPED
¿Qué es lo que dices, señor?
MANFREDO
¡A qué locura, oh Amor,
tu locura me provoca!
No hay piloto tan famoso
que en tus mares no se ahogue;
hieres, amor, como azogue
penetrante y bullicioso.
GÜÉSPED
Cordura será dejarte,
mejor sazón aguardando:
que estás del Amor tratando,
cuando has de tratar de Marte.
MANFREDO
Mas quizá no será ella.
GÜÉSPED
El temor le desatienta.
MANFREDO
Si él aquesta treta tienta,
bien sé yo la contra della.
¡Válate Dios, la mujer,
cuál me tienes sin porqué!
(Entra TÁCITO.)
TÁCITO
Señor güésped, oígame,
que una merced me ha de hacer,
y es que me preste su haca
para ver el desafío
mañana.
GÜÉSPED
A la fe, hijo mío,
ya no puede andar de flaca.
TÁCITO
No importa: que poco peso
y no he de estar mucho en ella.
GÜÉSPED
Sobre su espinazo está
subido un palmo de hueso.
TÁCITO
Haréle la silla atrás
o adelante, si es que importa.
GÜÉSPED
¿No sabéis que es pasicorta,
y que es rijosa además?
TÁCITO
Yo le tiraré del freno
y me pondré desviado
de otras bestias.
GÜÉSPED
Hale dado
torozón de comer feno.
TÁCITO
Tendréla yo sin comer
dos días y sanará.
GÜÉSPED
Para comer, sana está;
pero no para correr.
TÁCITO
¿Yo corrella? ¡Ni por lumbre!
GÜÉSPED
Digo que está ciega y manca.
[TÁCITO]
Eso no importa una blanca.
¿No sabe ya mi costumbre?
Que correré sobre un palo,
sin pies y manos, si quiero.
MANFREDO
¡Qué gracioso chocarrero!
GÜÉSPED
No es el jinete muy malo,
que no acaba de entender
que no la quiero prestar.
TÁCITO
¡Acabara yo de hablar!
MANFREDO
Y vos de importuno ser.
TÁCITO
Pues présteme seis reales
para alquilar un rocín.
GÜÉSPED
¿Yo prestar? ¡Ni aun un cuatrín!
TÁCITO
¿Tanto era, pesia mis males?
¿Pedíalo algún chocante
o algún mozuelo ordinario,
sino un mero bacalario,
diestro músico estudiante?
MANFREDO
Veislos aquí. Andad con Dios,
que vuestro donaire fuerza
a que os den más.
TÁCITO
Y esme fuerza,
señor, llevar otros dos
para alquilar un pretal
de cascabeles.
MANFREDO
Tomad.
TÁCITO
Vuestra liberalidad
es de persona real.
¡Oh, si al pretal se añadieran
un par de espuelas!
MANFREDO
Compraldas.
GÜÉSPED
Pedí un puño de esmeraldas.
TÁCITO
¿Qué mucho que las pidieran?
Tan aína este señor
las tuviera aquí a la mano.
GÜÉSPED
Idos en buen hora, hermano.
TÁCITO
Prospere el cielo tu honor,
y a tu haca dé salud,
y a mí gracia de corrella.
GÜÉSPED
¡No echaréis la pierna en ella,
por vida de Cafalud!,
(Vase TÁCITO.)
que éste es mi nombre.
MANFREDO
Camina,
que me importa quedar solo.
GÜÉSPED
Encubierta trae este Apolo
su angélica faz divina.
(Vase el GÜÉSPED y entra JULIA muy bien adrezada de mujer, cubierta con su manto hasta los ojos, y pónese de rodillas ante MANFREDO.)
JULIA
Si no halla en tu valor
disculpa mi atrevimiento,
en las disculpas no siento
que la puede haber mejor;
y si no tiempla el rigor
de tu indignación mi pena,
acabaré esta jornada
culpada y desesperada,
como mi suerte lo ordena.
MANFREDO
Levanta, señora mía,
que esta tu tamaña culpa
el deseo la disculpa
que en tus entrañas se cría:
que de Amor la tiranía
a peores cosas fuerza,
y sé yo por experiencia
que no hay hacer resistencia
a los golpes de su fuerza.
Pues ya Amor me ha descubierto
tus pasos, tu intento y celo,
descúbreme tú ese cielo
que traes con nubes cubierto;
y si lo ignoras, te advierto
que son seguras verdades
las que la experiencia apura:
que es parte la hermosura
para mudar voluntades.
JULIA
Harélo, como es razón;
mas, ¡ay de mí!, que barrunto
que ha de llegar en un punto
mi muerte y tu admiración.
No te espante esta visión
ni este nunca visto estilo;
que el amor que en mí se esmera,
de Julia la verdadera
hizo un fingido Camilo.
MANFREDO
Gran desenvoltura es ésta,
Camilo, y pensando voy
por qué te burlas si estoy
más de luto que de fiesta;
y es cosa muy descompuesta
burla de tal proceder
en tiempo turbado y triste;
y el que de mujer se viste,
mucho tiene de mujer.
JULIA
Julia soy la desdichada,
y, entre mi pena crecida,
más siento el no ser creída,
que siento el ser mal pagada.
Como no repara en nada
aquel que llaman Amor,
quiere que sus hechos cante
Julia vuelta en estudiante,
que primero fue pastor.
Soy la que vio Rosamira
en visión ante tus pies;
soy, señor, la que no es
en los ojos de tu ira;
soy la que de sí se admira,
viendo las muchas mudanzas
que Amor en sus trajes pone,
y que en ninguno dispone,
el fin de sus esperanzas.
MANFREDO
Yo te creo, pues tus ojos
no pudieran fingir tanto
que mostraran con su llanto
entregarme tus despojos.
Pon ya tregua a tus enojos,
Julia hermosa, y ven conmigo:
que quizá en estos rodeos
descubrirán tus deseos
que no es Amor tu enemigo.
Servirásme de padrino
en la batalla que espero:
que por gentileza quiero
ponerme en este camino;
y si el cielo y el destino
ordenan que yo sea tuyo,
no por salir a este trance
se ha de borrar este lance,
y más si yo no le huyo.
No te arrodilles; levanta,
que eres mi igual, y aun mejor.
(Éntrase MANFREDO.)
JULIA
De hoy más diré que es, Amor,
tu rigor blandura santa;
ya [a] mi pena se adelanta
mi gozo; ya me contemplo,
libre del mar de mis penas,
colgar, ¡oh Amor!, las cadenas,
en los muros de tu templo.
(Éntrase JULIA.)
(Suenan trompetas tristes: sale el DUQUE DE NOVARA con su acompañamiento y dos jueces; siéntase en su trono, que ha de estar cubierto de luto, y dice:)
DUQUE
Traigan a Rosamira de aquel modo
que yo tengo ordenado.
UNO
Ya ella viene,
según lo dice el triste son que suena.
(Sale PORCIA cubierta con el manto que le dio el CARCELERO, acompañada de la mesma manera que dijo, con la mitad del acompañamiento enlutado y la otra mitad de fiesta; el VERDUGO al lado izquierdo, desenvainado el cuchillo, y al siniestro, el niño con la corona de laurel; los atambores delante sonando triste y ronco, la mitad de la caja de verde y la otra mitad de negro, que será un estraño espectáculo. Siéntase PORCIA, cubierta, en un asiento alto que ha de estar a un lado del teatro, desviado del de su padre; entran asimismo DAGOBERTO y ROSAMIRA, como peregrinos embozados, [y TÁCITO].)
DUQUE
¿Cómo no viene Dagoberto? ¿Espera
que se le pase el día, pues ya es hora?
JUEZ
Sin duda, debe ser éste que viene:
que el actor es costumbre se presente
antes que el reo en la estacada.
DUQUE
Es claro.
(Entra ANASTASIO, y CORNELIO por padrino, y ANASTASIO viene cubierto el rostro con un tafetán; viene con sus atambores; serán los mismos que trujeron a PORCIA.)
¿No es éste Dagoberto?
ANASTASIO
Ni aun quisiera
serlo por la mitad de todo el mundo.
DUQUE
¿Pues quién sois?
ANASTASIO
Su enemigo, sólo en cuanto
lo es de la duquesa Rosamira,
cuya defensa tomo yo a mi cargo.
DUQUE
Yo os lo agradezco.
JUEZ
Dagoberto tarda.
DUQUE
Cajas oigo sonar; él es, sin duda.
(Entra MANFREDO con un tafetán por el rostro; trae a JULIA por padrino, que asimesmo viene embozada.)
JUEZ
Tampoco es éste Dagoberto.
DUQUE
El talle
no nos dice que es él.
JUEZ
Sin duda, pienso
que ha de tener de sobra defensores
la duquesa.
DUQUE
Sepamos quién es éste.
JUEZ
¿Quién sois o a qué venís, buen caballero?
MANFREDO
El saber quién yo sea importa poco;
saber a lo que vengo, sí que importa:
a defender a la duquesa vengo.
DAGOBERTO
¿Quién serán estos dos?
ROSAMIRA
No los conozco
ni sé quién puedan ser.
ANASTASIO
A mí me toca
por derecho y razón esa defensa,
pues fui el primero que llegué a este punto.
TÁCITO
Razón tiene el primero, o yo sé poco
desto de desafíos y estacadas.
JUEZ
A la duquesa toca el declararse
cuál quiere de los dos que la defienda.
DUQUE
Eso es razón.
ANASTASIO
Y yo por tal la tengo.
MANFREDO
Y yo también: que no me queda cosa
por saber de las leyes de la guerra.
DUQUE
Pregúntenselo, pues, y vean qué dice
mi hija. ¡Oh nombre dulce, cuando el cielo
quiso que sin escrúpulo llegase
a mis oídos!
JUEZ
Id vos, y sabeldo.
UNO
El duque, mi señor, dice, señora,
que estos caballeros han venido
a ser tus defensores, y que escojas
cuál quieres de los dos que te defienda.
PORCIA
En Dios y en el primero deposito
mi agravio, mi inocencia y esperanza.
DAGOBERTO
¿Labradora es ésta? Mejor me ayude
el cielo que la crea. Ya se tarda
mi criado.
ROSAMIRA
Confusa estoy, amigo.
No sé en qué ha de parar tan grande enredo.
JUEZ
Bien se oyó lo que dijo; a vos os toca,
señor, su defensa.
MANFREDO
Tener paciencia
es lo que más importa en este caso;
basta que se ha mostrado al descubierto
mi voluntad.
DUQUE
El cielo así os lo pague
como yo os lo agradezco.
JUEZ
No hay disculpa
que pueda disculpar ya la tardanza
de Dagoberto.
DUQUE
¡Mas, que nunca venga!
TÁCITO
Ciégale, San Antón; quémale un brazo;
destróncale un tobillo; nunca acierte
a venir a este sitio; salga en palmas
nuestra buena duquesa, que es un ángel,
una paloma duenda, una cordera,
que no tiene más hiel que cuatro toros.
(Entra un CORREO con una carta.)
CORREO
Es de tanta importancia este despacho
que traigo, ¡oh buen señor!, que me es forzoso
dártele aquí; que así me lo mandaron,
porque es de Dagoberto, y que te importa.
DUQUE
¿De Dagoberto? Muestra cómo es esto.
¿Cómo toma la pluma por la espada?
¿Tiempo es éste de cartas?
CORREO
No sé nada:
ello dirá.
JUEZ
Vuestra excelencia vea
lo que la carta dice.
DUQUE
Así lo hago.
DAGOBERTO
Parece que se turba el duque.
ROSAMIRA
¡Ay triste!
¡Cuánto mejor nos fuera habernos ido
y esperar desde lejos el suceso
deste tan grande enredo y desventura!
¡Temblando estoy!
TÁCITO
¿Carticas a tal tiempo?
Apostaré que no llega esta danza
a hacer con las cindojas el tretoque.
DUQUE
¿Hay cosa igual? Leed aquesa carta
en alta voz, que es bien que la oigan todos.
(Después de haber leído el DUQUE la carta, se la da al JUEZ, que la lee en alta voz.)
[JUEZ]
La presta resolución que tomaste de entregar a Manfredo por esposa a tu hija Rosamira me forzó a usar de la industria de acusalla, por evitar por entonces el peligro de perdella. La mejor señal que te podré dar de que es buena es el haberla yo escogido por mi legítima mujer. Considera, señor, antes que del todo me culpes, que soy tan bueno como Manfredo, y que tu hija escogió lo que quizá tú no le dieras casándola contra su voluntad. Si con ella usare[s] término de piadoso padre, usaré yo contigo el de obediente hijo; aunque, de cualquier manera que me trates lo habré de ser hasta la muerte.
Tu hijo Dagoberto.
ANASTASIO
¿Hase visto maldad tan insolente?
A no estar seguro deste hecho,
¿saliera Dagoberto fácilmente
con el embuste que forjó en su pecho?
DUQUE
Si esto permite el cielo y lo consiente,
¿qué puedo yo hacer? Ello está hecho;
gócela en paz.
ANASTASIO
Aqueso es sin justicia
y contra todo estilo de milicia.
Según tu bando, mía es Rosamira:
porque tú prometiste de entregalla
por legítima esposa al que la mira
pusiese en defendella y libertalla.
Lo que el de Utrino dice es gran mentira,
y podrá la experiencia averigualla;
luego en este momento yo he vencido,
pues mi contrario al puesto no ha venido,
y la escusa que da no es de importancia,
porque es todo al revés de lo que cuenta.
MANFREDO
Venciste; pero mía es tu ganancia,
si aquí al buen proceder se tiene cuenta.
Si de otro es Rosamira, es ignorancia
pensar que ha de ser tuya.
ANASTASIO
¡No consienta
el Cielo que mi esposa de otro sea!
MANFREDO
Esta verdad haré que aquí se vea.
ANASTASIO
¿En qué la fundas?
MANFREDO
En que soy Manfredo,
de Rosamira, por concierto, esposo.
Que la has librado tú, yo lo concedo,
no más de porque yo fui perezoso.
Por cuatro pasos, bien decirlo puedo,
que llevaste a los míos, fin dichoso
has alcanzado en la dudosa empresa;
mas no por esto es tuya la duquesa:
que la razón que así te da el derecho,
por primer defensor que llegó al puesto,
la turba, según siento, estar ya hecho
conmigo el casamiento antes de aquesto.
PORCIA
¡Saltando el corazón me está en el pecho!
JULIA
¡Válame Dios! ¿En qué ha de parar esto?
ROSAMIRA
¿Adónde vas?
DAGOBERTO
Sosiégate.
ROSAMIRA
Recelo...
DUQUE
¿Ha visto caso semejante el suelo?
ANASTASIO
Quedaos, amor, un poco aquí arrimado;
venid en su lugar, honra, conmigo.
Oye, Manfredo, güésped mal mirado,
ladrón de paz y engañador amigo:
¿dó están las ricas prendas que has robado?
¿Por qué tan sin porqué, como enemigo,
usando en la amistad tan mal decoro,
a mi padre robaste su tesoro?
MANFREDO
¿Quién eres?
ANASTASIO
Anastasio, el heredero
de Dorlán, y de Julia único hermano,
de Porcia primo, por las cuales quiero
probar que eres ladrón torpe y villano.
MANFREDO
Si como eres valiente caballero
fueras más atentado, claro y llano,
vieras que esas razones afrentosas
se fundan en quimeras fabulosas.
Yo no robé a tu hermana ni a tu prima;
mas de alguna sabrás, como tú hagas
que a la quistión primera se dé cima,
con que tu gusto al mío satisfagas.
DAGOBERTO
La honra de mi hermana me lastima.
ROSAMIRA
¿Dónde vas, Dagoberto? No deshagas
el buen principio que la suerte muestra
de dar buen fin a la desdicha nuestra.
DAGOBERTO
Sabe que soy Dagoberto,
Manfredo, y sabe que soy
aquel que agraviado estoy
de tu infame desconcierto.
¡Dame a mi hermana, traidor,
de fe falsa y alevosa!
MANFREDO
Restituye tú a mi esposa
antes el robado honor.
No te desmiento, porque
de aquí a bien poco verás
en el engaño en que estás
y la bondad de mi fe.
ANASTASIO
Primo -mas quédese aparte
el parentesco hasta ver
si del justo proceder
os dio el cielo alguna parte-,
¿vos decís que es vuestra esposa
Rosamira?
DAGOBERTO
Y es verdad.
ANASTASIO
¿Tenéis otra claridad
deste hecho no dudosa,
como es el decirlo vos?
DAGOBERTO
¿Bastará que yo lo diga?
ANASTASIO
¿Quién duda?
DAGOBERTO
Pues no se diga
más contienda entre los dos
ni entre los tres, que yo haré
que ella lo declare al punto.
DUQUE
El bien me ha venido junto
cuando menos lo pensé.
Escoja mi hija, y haga
su gusto: que todos tres
son iguales.
JUEZ
Así es.
MANFREDO
Bien cierta tengo la paga,
pues tan de su voluntad
se entregaba por mi esposa.
ANASTASIO
No está mi suerte dudosa,
si es que es firme la verdad.
DAGOBERTO
¡Qué engañados quedarán
los dos en este suceso!
JULIA
Cerrado está ya el proceso;
mirad qué sentencia os dan,
corazón. ¡Ay de mí, triste,
que el miedo crece, y desmengua
la esperanza! Callad, lengua,
que mal tal, mal se resiste.
PORCIA
[Aparte.]
¿Si es tiempo de descubrir
la verdad de mi mentira?
MANFREDO
Señor, manda a Rosamira
diga a quién quiere admitir.
DUQUE
Dígalo en buen hora.
PORCIA
Digo
que es Anastasio mi esposo.
JULIA
¡Alentad, pecho amoroso!
ROSAMIRA
Lo que tú dices desdigo:
que Dagoberto es mi bien.
ANASTASIO
Y vos, señora, mi gloria.
MANFREDO
Tragedia ha sido mi historia.
JULIA
Aún quedan glorias que os den.
¿Tuya no soy, pena vuestra?
(Tome la mano ROSAMIRA a DAGOBERTO y ANASTASIO a PORCIA, y a este instante se declaren entrambas.)
TÁCITO
¿De qué Anastasio se admira?
JULIA
Aquélla no es Rosamira.
ANASTASIO
¡Ay suerte airada y siniestra!
¿Quién eres?
PORCIA
Soy la que quiso
el Cielo, en todo piadoso,
sacarla de un riguroso
infierno a tu paraíso;
soy la que, en traje mudado,
trayendo amor en el pecho,
procurando tu provecho
he mi gusto procurado;
soy aquélla a quien tú diste
de esposa la fe y la mano;
soy quien tiene amor ufano
por ver que no se resiste;
soy de Dagoberto hermana
y soy tu prima, y soy quien,
cuando me falte tu bien,
no soy más que sombra vana.
ANASTASIO
¿Dónde está Julia?
PORCIA
Señor,
yo sé que la verás presto.
JULIA
¿Podré esperar, según esto,
blandura de tu rigor?
Mira con qué mansedumbre
Anastasio a Porcia mira;
mira que es de Rosamira
ya Dagoberto su lumbre;
mira que yo sola quedo
en los brazos de la muerte,
si tu clemencia no advierte
que soy Julia y tú Manfredo.
MANFREDO
Levanta, pues que ya el Cielo
tus deseos asegura,
gracias a tu hermosura
y a mi siempre honrado celo.
Anastasio, mira agora
con gusto y admiración
que yo nunca fui ladrón
ni de condición traidora.
Aquésta es Julia, tu hermana,
y ésa, tu prima, cual dice,
con las cuales nunca hice
traición ni fuerza villana.
Ellas te dirán después
del modo que aquí vinieron;
basta que el fin consiguieron,
y es gusto de su interés.
Tu industria y el cielo han hecho
que les seamos esposos;
ellos son lances forzosos;
no hay sino hacerles buen pecho.
Quien se pudiera quejar
de Rosamira era yo;
mas si el Cielo esto ordenó...
ANASTASIO
Que paciencia y barajar.
DAGOBERTO
¡Oh hermana mía!
PORCIA
¡Oh mi hermano!
DAGOBERTO
¡Buenos pasos son aquéstos!
PORCIA
Nunca pasos descompuestos
ganaron lo que yo gano.
ANASTASIO
Más es tiempo de aliviallas
aquéste, que de reñillas.
DUQUE
Aquéstas son maravillas
dignas solas de admirallas.
ANASTASIO
En fin, mi hermana es tu esposa.
MANFREDO
Así es.
ANASTASIO
Y Porcia es mía,
si no lo impide y desvía
ser mi prima.
DUQUE
Fácil cosa
es haber dispensación
en caso tan importante.
TÁCITO
Hoy del campo de Agramante
he visto la confusión,
y la paz de Otavïano
he visto en espacio breve.
¡No hay camino que amor pruebe,
difícil, que no sea llano!
DUQUE
Entremos en la ciudad,
donde despacio sabremos
destos no vistos estremos
toda la puntualidad,
y allí se harán regocijos
y desposorios honrosos
de los seis tan venturosos
que ya los tengo por hijos.
TÁCITO
Éstas son, ¡oh Amor!, en fin,
tus disparates y hazañas;
y aquí acaban las marañas
tuyas, que no tienen fin.
FIN
Comedia famosa de la entretenida
Los que hablan en ella son los siguientes:
OCAÑA, lacayo.
CRISTINA, fregona.
DON ANTONIO.
MARCELA, su hermana.
DON FRANCISCO.
CARDENIO.
TORRENTE, su criado.
MUÑOZ, escudero de Marcela.
DOROTEA.
DON AMBROSIO.
QUIÑONES, paje.
ANASTASIO.
Músicos.
UN BARBERO.
UN ALGUACIL.
[UN] CORCHETE.
DON GIL, bastardo.
CLAVIJO.
Un CARRETERO.
DON PEDRO OSORIO, padre de [otra] Marcela.
JORNADA PRIMERA
Salen OCAÑA, lacayo, con un mandil y harnero, y CRISTINA, fregona.
OCAÑA
Mi sora Cristina, denmos.
CRISTINA
¿Qué hemos de dar, mi so Ocaña?
OCAÑA
Dar en dulce, no en huraña,
ni en tan amargos estremos.
CRISTINA
¿Querría el sor que anduviese
de pa y vereda contino?
OCAÑA
No hay quien ande ese camino
que algún gusto no interese.
[CRISTINA]
Siempre la melancolía
fue de la muerte parienta,
y en la vida alegre asienta
el hablar de argentería.
Motes, cuentos, chistes, dichos,
pensamientos regalados,
muy buenos para pensados,
y mejores para dichos.
OCAÑA
Sé yo, Cristina, con quién
te burlas, y no es conmigo.
CRISTINA
¿Sabe, Ocaña, qué le digo?
OCAÑA
¿Qué dirás que me esté bien?
CRISTINA
Dígole que no malicie
con tan dañados intentos.
OCAÑA
Pues a fe que en estos cuentos
ando por la superficie:
que, si llegase hasta el centro,
¡oh, qué diría de cosas!
CRISTINA
Muchas, pero maliciosas.
OCAÑA
Sálenme mil al encuentro
del corazón a la lengua.
CRISTINA
No te pienso escuchar más.
OCAÑA
Vuelve, Cristina; ¿a dó vas?
CRISTINA
Es el escucharte mengua,
y enfádanme tus ruindades
y tus modos de decir.
OCAÑA
El que está para morir,
siempre suele hablar verdades.
Yo estoy muriendo, y confieso
que quieres bien a Quiñones.
CRISTINA
De tus malas intenciones
agora se vee el exceso;
agora se echa de ver
que eres loco y laca...
OCAÑA
Bueno;
pronuncia de lleno en lleno,
aunque el «yo» no es menester;
que el ser lacayo no ignoro,
sin rodeos y sin cifras.
Y mal tu venganza cifras
en no guardar el decoro
que debes a ser fregona
de las más lindas que vi,
entre Quiñones y mí,
ya cordera y ya leona.
CRISTINA
¿Soy, por ventura, mujer
que he de avasallarme a un paje?
¿O vengo yo de linaje
de tan bajo proceder?
¿No soy yo la que en mi flor,
por no querer ofendella,
presumo más de doncella,
que no el Cid de Campeador?
¿No soy yo de los Capoches
de Oviedo? ¿Hay más que mostrar?
OCAÑA
Con todo, te has de quedar,
Cristina...
CRISTINA
¿A qué?
OCAÑA
A buenas noches,
Eres muy solicitada
y muy vista, y no está el toque
en que la flor no se toque,
si al serlo está aparejada.
Las flores en el campo están
sujetas a cualquier mano:
a las del bajo villano
y a las del alto galán,
al arado y al pie duro
del labrador que le guía;
pero la flor que se cría
tras el levantado muro
del recato, no la ofende
el cierzo murmurador,
ni la marchita el ardor
del que tocarla pretende.
La mujer ha de ser buena,
y parecerlo, que es más.
CRISTINA
Gran predicador estás;
mas tu dotrina condena
a tus lascivos intentos.
OCAÑA
Levántasles testimonio:
que al blanco del matrimonio
asestan mis pensamientos.
CRISTINA
A mucho te has atrevido.
Muestra; aquí está la cebada.
(Dale el harnero.)
(Éntrase CRISTINA.)
OCAÑA
Toma el harnero, agraviada
deste que de ti lo ha sido.
¡Oh pajes, que sois halcones
destas duendas fregoniles,
de su salario alguaciles,
de sus vivares hurones!
Lleváisos la media nata
deste común beneficio;
dais en ella rienda al vicio,
sin hallar ninguna ingrata:
gozáis del justo botín
y de la limpia chinela,
y os reís del arandela
y del dorado chapín;
hacéis con modos süaves
burla que os cuesta barata
de aquellas lunas de plata
que van pisando las graves.
¡Qué presto Cristina vuelve
con la cebada y Quiñones!
¡Corazón, triste te pones!
¡La sangre se me revuelve
en ver a estos dos tan juntos,
tan domésticos y afables!
(Entra CRISTINA, con la cebada, y QUIÑONES, el paje.)
CRISTINA
No le mires ni le hables.
Si le hablares, no sea en puntos
que te descubran celoso;
que hará mil suertes en ti.
QUIÑONES
Aunque mozo, nunca fui,
ni soy, ni seré medroso.
CRISTINA
Advierte que está delante.
Tome, galán, la cebada.
OCAÑA
¿Bien medida?
CRISTINA
Y bien colmada.
OCAÑA
¿Midióla mi so galante?
CRISTINA
No la midió sino el diablo,
que tu mala lengua atiza.
OCAÑA
Voyme a mi caballeriza,
por no ver este retablo
destas dos figuras juntas
que no se apartan jamás.
QUIÑONES
En tales malicias das,
que con una mil apuntas;
y que te engañas sé yo.
OCAÑA
Y también sé yo muy bien
que a los dos estará bien
el callar.
CRISTINA
Yo sé que no,
porque quien calla concede
con el mal que dél se dice.
OCAÑA
Ninguno te dije o hice.
QUIÑONES
Ni él decir o hacerle puede.
OCAÑA
Por vida suya, que abaje
el toldo; que, en mi conciencia,
que hay muy poca diferencia
entre un lacayo y un paje.
La longura de un caballo
puede medirla a compás,
yo delante, y él detrás:
andallo, mi vida, andallo.
(Éntrase OCAÑA.)
CRISTINA
¡Y que tú no tengas brío
para responderle! Creo
que he de recobrar mi empleo
y volverme a lo que es mío.
QUIÑONES
¿Qué tengo de responder?
¿Ciño espada? No la ciño.
Y más, que es mengua si riño
con...
CRISTINA
Quiñones, a placer:
que es Ocaña hombre de bien,
y espadachín además.
(Entran DON ANTONIO y su hermana MARCELA.)
DON [ANTONIO]
¡Porfiada, hermana, estás!
Quiero, mas no diré a quién.
Tengo ausente mi alegría,
sin saber adónde yace,
y de aquesta ausencia nace
toda mi malencolía.
Hanla escondido, y no sé
adónde, en cielo ni en tierra;
muévenme los celos guerra,
y dan alcance a mi fe,
no porque la menoscaben:
que, celos no averiguados,
ministran a los cuidados
materia porque no acaben;
son la leña del gran fuego
que en el alma enciende amor,
viento con cuyo rigor
se esparce o turba el sosiego.
QUIÑONES
Aún no han echado de ver
que estamos aquí nosotros.
DON [ANTONIO]
Dejadnos aquí vosotros.
CRISTINA
Entra aquí el obedecer.
(Éntranse QUIÑONES y CRISTINA.)
MARCELA
¿Siquiera no me dirás
el nombre desa tu dama?
DON [ANTONIO]
Como te llamas, se llama.
MARCELA
¿Como yo?
DON [ANTONIO]
Y aun tiene más:
que se te parece mucho.
MARCELA
[Aparte.]
¡Válame Dios! ¿Qué es aquesto?
¿Si es amor éste de incesto?
Con varias sospechas lucho.
¿Es hermosa?
DON [ANTONIO]
Como vos,
y está bien encarecido.
MARCELA
[Aparte.]
El seso tiene perdido
mi hermano. ¡Válgale Dios!
(Entra DON FRANCISCO, amigo de DON ANTONIO.)
DON FRANCISCO
¿Andan hinchadas las olas
del mar de tu pensamiento?
DON [ANTONIO]
Entraos en vuestro aposento;
dejadnos, hermana, a solas;
retiraos, hermana mía.
MARCELA
¡Dios tus intentos mejore!
(Éntrase MARCELA.)
DON [ANTONIO]
¿Traéis desdichas que llore,
o ya venturas que ría?
DON FRANCISCO
Promesas que se han cumplido
con dádivas, se han probado;
industrias se han intentado
del Sinón más entendido;
las diligencias que he hecho
frisan con las imposibles;
linces ha habido invisibles,
y espías de trecho a trecho;
pero no puede mostrar
sagacidad o cautela
dónde han llevado a Marcela;
cosa que es para admirar.
Solamente se imagina
que una noche la sacó
su padre, y se la llevó;
pero adónde, no se atina.
DON [ANTONIO]
¿Si podrá la astrología
judiciaria declarallo?
DON FRANCISCO
Yo no pienso interrogallo;
que tengo por fruslería
la ciencia, no en cuanto a ciencia,
sino en cuanto al usar della
el simple que se entra en ella
sin estudio ni experiencia.
Si acaso Marcela fuera
alguna joya perdida,
yo buscara otra salida,
que buena en esto la diera.
Santos hay auxiliadores
veinte, o más, o no sé cuántos;
pero no querrán los santos
curarnos de mal de amores.
A la justa petición
siempre favorece el Cielo.
DON [ANTONIO]
Pues, ¿no es muy justo mi celo?
¿No está muy puesto en razón?
¿Busco yo a Marcela acaso
sino para ser mi esposa?
¿Della pretendo otra cosa?
DON FRANCISCO
O vámonos, o habla paso:
que no sabes quién te escucha.
DON [ANTONIO]
Vamos, amigo, y advierte
que fío mi vida y muerte
de tu discreción, que es mucha.
(Éntranse DON ANTONIO y DON FRANCISCO.)
(Entran CARDENIO, con manteo y sotana, y tras él TORRENTE, capigorrón, comiendo un membrillo o cosa que se le parezca.)
CARDENIO
Vuela mi estrecha y débil esperanza
con flacas alas, y, aunque sube el vuelo
a la alta cumbre del hermoso cielo,
jamás el punto que pretende alcanza.
Yo vengo a ser perfecta semejanza
de aquel mancebo que de Creta el suelo
dejó, y, contrario de su padre al celo,
a la región del cielo se abalanza.
Caerán mis atrevidos pensamientos,
del amoroso incendio derretidos,
en el mar del temor turbado y frío;
pero no llevarán cursos violentos,
del tiempo y de la muerte prevenidos,
al lugar del olvido el nombre mío.
¿Comes? Buena pro te haga;
la misma hambre te tome.
TORRENTE
No puede decir que come
el que masca y no lo traga.
No se me vaya a la mano,
que désta, si acaso es culpa,
ser me sirve de disculpa
el membrillo toledano.
Sé cierto que decir puedo,
y mil veces referillo:
espada, mujer, membrillo,
a toda ley, de Toledo.
Las acciones naturales
son forzosas, y el comer
una dellas viene a ser,
y de las más principales;
y esto aquí de molde viene,
y es una advertencia llana:
come el rico cuando ha gana,
y el pobre, cuando lo tiene.
CARDENIO
Con todo, me darás gusto
de que en la calle no comas.
TORRENTE
Si estas niñerías tomas
por deshonra o por disgusto,
yo me aturaré la boca
con cal y arena a pisón.
CARDENIO
Sé que tienes discreción.
TORRENTE
¡Y golosina no poca!
CARDENIO
Sabes lo que nunca supo
el diablo.
TORRENTE
Y aun soy peor.
CARDENIO
¿Vuelves a comer, traidor?
TORRENTE
Ya no como, sino chupo.
(Entra MUÑOZ, escudero de MARCELA.)
Pero ves dónde parece
tu Santelmo.
CARDENIO
Así es verdad,
puesto que mi tempestad
nunca mengua y siempre crece.
En estas benditas manos
tengo mi remedio puesto.
MUÑOZ
Vos veréis cómo echo el resto
en daros consejos sanos.
Advertid, hijo, que son
las canas el fundamento
y la basa a do hace asiento
la agudeza y discreción.
En la mucha edad se muestra
que asiste toda advertencia
porque tiene a la experiencia
por consejera y maestra;
y estas canas no han nacido
en aqueste rostro acaso.
CARDENIO
Hablad, señor Muñoz, paso,
que ya os tengo conocido,
y sé que sabéis cortar,
colgado del aire, un pelo.
MUÑOZ
Así me ayude a mí el cielo
como os pienso de ayudar;
porque el premio es el que aviva
al más torpe ingenio y rudo.
CARDENIO
Si es premio este pobre escudo,
vuestra merced le reciba
con aquella voluntad
sana con que yo le ofrezco.
MUÑOZ
¡Oh señor, que no merezco
tanta liberalidad!
TORRENTE
Tomóle, besóle y diole
quizá perpetua clausura;
del oro la color pura
sin duda que enamoróle,
porque tiene una virtud
de alegrar el corazón,
y la avara condición
vive con la senetud.
Pero, ¿a qué pecho no doma
la hambre del oro?
MUÑOZ
Escucha,
y con advertencia mucha,
hijo, este consejo toma.
De Marcela no hay pensar
que es de tan tiernos aceros,
que la han de ablandar terceros,
ni rogar, ni porfiar,
ni lágrimas, ni suspiros,
ni voluntad verdadera:
que son con ella de cera
de amor los más fuertes tiros.
A las olas que se atreven
a embestirla por amar,
se muestra roca en la mar,
que la tocan y no mueven.
Esto con Marcela pasa.
CARDENIO
No me acobardes y espantes.
TORRENTE
¡Oh, cuántos destos diamantes
he visto volver de masa!
¡Cuántas he visto rendidas
a un billete trasnochado!
¡Cuántas, sin darlas, han dado
de ganadas en perdidas!
¡Cuántas siguen sus antojos
en mitad de su recato!
¡Cuántas en el dulce trato
tropiezan, y aun dan de ojos!
MUÑOZ
Pues ni Marcela tropieza
ni cae.
TORRENTE
¡Gran milagro!
CARDENIO
Calla:
que es estremo que se halla
hoy en la naturaleza,
y el señor Muñoz bien sabe
lo que dice.
MUÑOZ
Yo estoy cierto
que, aún más bien del que os advierto,
todo en mi señora cabe.
Pero vengamos al punto
de lo que quiero decir.
CARDENIO
Hasta acabarle de oír,
estoy, Torrente, difunto.
MUÑOZ
Es el caso que está en Lima
un hermano de su padre
de Marcela, caballero
de ilustre y claro linaje.
De los bienes de fortuna
dicen que le cupo parte
tanta que, entre los más ricos,
suelen por rico nombrarle.
Tiene un hijo que se llama
don Silvestre de Almendárez,
el cual con doña Marcela,
aunque prima, ha de casarse.
Cada flota le esperamos;
mas, si en esta que se sabe
que ha llegado a salvamento
no viene, echado ha buen lance.
Fíngete tú don Silvestre,
que yo te daré bastantes
relaciones con que muestres
ser él mismo; y serán tales,
que, por más que te pregunten,
podrás responder con arte,
que, acreditando el engaño,
tus mentiras sean verdades.
Aposentaránte en casa,
haránte gasajos grandes,
y tú dentro, una por una,
podrás ver cómo te vales.
CARDENIO
Está bien; pero si acaso
en aquesta flota traen
cartas dese don Silvestre,
y de que no viene saben,
yo dentro en casa, ¿qué haré?
¿Cómo podrá acreditarse
tan conocida mentira
para que pase adelante?
MUÑOZ
Dirás que, después de escritas
y dadas, quiso tu madre
que te vinieses a España,
aunque a hurto de tu padre;
que ella, deseando verse
con nietos en quien dilate
su nombre y posteridad,
no quiso que más tardases.
Y este venirte a escondidas
podrá, señor, escusarte
de no venir con riquezas
que el ser quien eres señalen;
mas no dejes de traer
algunas piedras bezares,
y algunas sartas de perlas,
y papagayos que hablen.
CARDENIO
En eso yo daré trazas
que dese aprieto me saquen,
y tales, que satisfagan.
TORRENTE
Todo aquesto es disparate.
CARDENIO
La memoria sea cumplida,
y los puntos importantes
que en este nuevo edificio
han de ser fundamentales,
vengan especificados,
de modo que me declaren
por el mismo don Silvestre.
MUÑOZ
Ven por ellos esta tarde.
CARDENIO
Volverá este mi criado.
TORRENTE
Volveré, si a Dios le place;
que, sin su ayuda, no puedo,
ni estornudar, ni mudarme.
MUÑOZ
Señor, si acaso, si a dicha,
si por buena suerte traes
otro escudillo, bien puedes
con liberal mano darle:
que es invierno, y no hay bayeta,
y no será bien que pase
frío el que al incendio tuyo
procura refrigerarle.
CARDENIO
No le traigo, en mi conciencia;
pero yo haré que se os saque
un vestido de bayeta,
y a mi cuenta le hará el sastre.
MUÑOZ
Venderéle, ¡vive Roque!
No consentiré se ensanche
Marcela con mis trofeos,
que cuestan gotas de sangre.
Vístame la que quisiere
que polido la acompañe:
que gastar yo mi bayeta
en servicio ajeno, ¡tate!
Y voyme, porque conviene
que la memoria se estampe
que fortifique este embuste.
Y a Dios quedéis.
CARDENIO
Él os guarde.
MUÑOZ
Mire que no se le olvide
lo de la bayeta y sastre:
que en este punto consisten
sus gustos o sus pesares.
(Éntrase MUÑOZ.)
CARDENIO
¡Gran principio a mi quimera!
TORRENTE
Llámala, señor, dislate;
torre fundada en palillos,
como casica de naipes.
Dime: ¿dónde están las perlas?
¿Dónde las piedras bezares?
¿Adónde las catalnicas
o los papagayos grandes?
¿Dónde la prática de Indias,
de los puertos y los mares
que se toman y navegan?
¿Dónde la bayeta y sastre?
Si quieres que tus negocios
en felice punto paren,
lleva, y esto te aconsejo,
siempre la verdad delante.
Capigorrista soy tuyo,
y como padezco hambre,
tengo sotil el ingenio,
y en dar consejos soy sacre.
CARDENIO
Yo me remito a la lista
de Muñoz; tú no desmayes,
que en las empresas de amor,
tal vez se ha visto que valen
el ingenio y la ventura
más que las riquezas grandes.
TORRENTE
Deste laberinto, el cielo
con las narices nos saque.
(Éntranse.)
(Entran MARCELA y DOROTEA, su doncella.)
DOROTEA
Dime, señora: ¿qué muestra
te ha dado tu hermano tal,
que sea indicio y señal
de alguna intención siniestra?
No puedo darme a entender
que te ama viciosamente,
aunque es caso contingente.
MARCELA
¡Y cómo si puede ser!
¿Ya no se sabe que Amón
amó a su hermana Tamar?
¿Y no nos vienen a dar
Mirra y su padre ocasión
de temer estos incestos?
DOROTEA
Con todo, señora, creo
que encamina su deseo
por términos más compuestos,
y esto tengo por verdad.
MARCELA
Mi querida Dorotea,
plega al Cielo que así sea;
Él rija su voluntad.
De contino trae en la boca
mi nombre, a hurto me mira,
gime a solas y suspira,
las manos me besa y toca;
y da por disculpa desto,
que me parezco a su dama,
que de mi nombre se llama.
DOROTEA
¿Hase, a dicha, descompuesto
a hacer más de lo que dices?
MARCELA
No, por cierto; ni querría.
DOROTEA
Pues desto, señora mía,
no es bien que te escandalices;
pues podrá ser que su dama
se llame, señora, así,
y que se parezca a ti,
si de hermosa tiene fama.
(Entra DON ANTONIO, hermano de MARCELA.)
MARCELA
Mira do viene suspenso;
tanto, que no echa de ver
que aquí estamos. De su ser
que está trastrocado pienso.
Escuchémosle, y advierte
cómo de Marcela trata.
DON [ANTONIO]
Es tu ausencia la que mata;
no el desdén, aunque es tan fuerte.
¡Ay dura, ay importuna, ay triste ausencia!
¡Cuán lejos debió estar de conocerte
el que al furor de la invencible muerte
igualó tu poder y tu violencia!
Que, cuando con mayor rigor sentencia,
¿qué puede más su limitada suerte
que deshacer la liga y nudo fuerte
que a cuerpo y alma tiene inconveniencia?
Tu duro alfanje a mayor mal se estiende,
pues un espíritu en dos mitades parte.
¡Oh milagros de amor, que nadie entiende!
Que, del lugar de do mi alma parte,
dejando su mitad con quien la enciende,
consigo traiga la más frágil parte.
¡Oh Marcela fugitiva
y sorda al lamento mío!
¿Cómo quiere tu desvío
que ausente muriendo viva?
¿Dónde te ascondes? ¿Qué clima,
inhabitable te encierra?
¿Cómo a tu paz no da guerra
el dolor que me lastima?
¡Téngote siempre delante,
y no te puedo alcanzar!
MARCELA
Para temer y pensar,
¿esto no es causa bastante?
DOROTEA
Sí, por cierto. Nunca estés
sola, si fuere posible;
de que aspire a lo imposible,
jamás ocasión le des;
rómpase en tu honestidad,
en tu advertencia y recato,
la fuerza de su mal trato,
que nace de ociosidad.
Y vámonos, no nos vea;
dé a solas rienda a su intento.
MARCELA
Yo estoy en tu pensamiento,
que es muy bueno, Dorotea.
(Éntrase MARCELA y DOROTEA.)
(Sale OCAÑA, de lacayo, con una varilla de membrillo y unos antojos de caballo en la mano, y pónese atento a escuchar a su amo.)
DON [ANTONIO]
Amor, que lo imposible facilitas
con poderosa fuerza blandamente,
allanando las cumbres,
¿por qué las nubes de mi sol no quitas?
¿Por qué no muestras por algún Oriente
las dos hermosas cumbres
que dan rayos al sol, luz a tus ojos,
por quien te rinde el mundo sus despojos?
¿Qué quieres, Ocaña?
OCAÑA
Quiero
herrar el bayo, señor,
y no acierta el herrador
a herralle si no hay dinero.
Débense cuatro herraduras
y un brebajo; mira, pues,
si andarán aquellos pies,
siendo tus manos tan duras.
Y vengo por seis raciones
que me deben: que amohína
ver que sobren a Cristina
y resobren a Quiñones,
y que falten para mí,
que sirvo mejor que todos,
de tres y de cuatro modos.
DON [ANTONIO]
Confieso que ello es así,
Ocaña amigo, y sabed
que todo se os pagará.
Y andad con Dios.
OCAÑA
Siempre está
conmigo vuestra merced
riguroso por el cabo.
DON [ANTONIO]
¿En qué modo?
OCAÑA
¿Yo no veo
que, cual si fuera guineo,
bezudo y bozal esclavo,
apenas entro en la sala
por alguna niñería,
cuando cualquiera me envía,
si no en buena, en hora mala?
A nadie se le trasluce,
por más que yo lo procuro,
el ingenio lucio y puro
que en este lacayo luce.
Anda conmigo al revés
fortuna poco discreta:
que, si tú fueras poeta,
quizá fuera yo marqués,
o, por lo menos, ya fuera,
tu consejero y privado;
pero de mi corto hado
tamaño bien no se espera.
Hay poetas tan divinos,
de poder tan singular,
que puedan títulos dar
como condes palatinos;
y aun, si lo toman despacio,
en tiempo y caso oportuno,
no habrá lacayo ninguno
que no casen en palacio
con doncellas de la reina,
de valor único y solo:
que, por la gracia de Apolo,
esta gracia en ellos reina.
Pero yo nací, sin duda,
para la caballeriza,
haciendo en mis dichas riza
mi suerte, que no se muda.
El discreto es concordancia
que engendra la habilidad;
el necio, disparidad
que no hace consonancia.
Del cuerpo por los sentidos
obra el alma, y, cuales son,
o muestra su perfección,
o términos abatidos.
De aquesto quiero inferir
que tan sotil cuerpo tengo,
que en un instante prevengo
lo que he de hacer y decir.
Lacayo soy, Dios mediante;
pero lacayo discreto,
y, a pocos lances, prometo
ser para marqués bastante,
como aquel de Marinán,
de dinare, e più dinare,
si la suerte no estorbare
este bien que no me dan.
DON [ANTONIO]
¡Alto! Vos habéis hablado
de modo que me obligáis
a que de humilde subáis
a más eminente estado,
siendo al primero escalón
servirme de consejero;
y así, amigo Ocaña, quiero
mostraros mi corazón,
para que, viendo patentes
las ansias que en él se anidan,
ellas a tu ingenio pidan
los remedios suficientes:
que tal vez una dolencia
casi incurable la sana
de una vejezuela cana
una fácil experiencia.
OCAÑA
Dime tu mal, mi señor,
y verás cómo en tantico
tantos remedios aplico,
que sanes con el menor.
Y si por ventura es
el ciego el que te atormenta,
puedes, señor, hacer cuenta
de que ya sano te ves,
porque no se ha de tomar
conmigo el dios ceguezuelo.
DON [ANTONIO]
Que no estás en ti recelo.
OCAÑA
¿Pues en quién había de estar?
Que, a no tomarme del vino,
por costumbre o por conhorte,
no hubiera en toda la corte
otro Catón Censorino
como yo.
DON [ANTONIO]
Ya desvarías.
Vuélvete, Ocaña, a tu establo.
(Éntrase DON ANTONIO.)
OCAÑA
Aunque más sentencias hablo
y elevadas fantasías,
se me trasluce y figura,
conjeturo, pienso y hallo,
ha de ser mi sepultura.
Y está muy puesto en razón:
que, el que quiere porfiar
contra su estrella, ha de dar
coces contra el aguijón.
Cristinica estará agora
en la plaza; allá me impele
aquella fuerza que suele,
que dentro del alma mora.
Búscola como a mi centro,
y si la encontrase yo,
nunca jugador echó
tan rico y gustoso encuentro.
Deste gusto no me prive
Amor, que en mi ayuda llamo,
y siquiera, con mi amo,
ni más medre ni más prive.
(Éntrase OCAÑA.)
(Salen DON AMBROSIO, caballero, y CRISTINA, con un billete en la mano.)
CRISTINA
Hasta ponerle yo en parte
donde le vea, harélo;
pero en lo demás recelo
que no podré contentarte.
DON AMBROSIO
Haz, amiga, que le lea:
que en sólo aquesto consiste
la alegría deste triste.
CRISTINA
Digo que haré que le vea.
Quizá, por curiosidad,
querrá leerle Marcela:
que se ha de usar de cautela
con su mucha honestidad.
No desplegaré la boca
para decirla palabra:
que en sus entrañas no labra
fuerza de amor, mucha o poca.
DON AMBROSIO
¿Regálala, por ventura,
don Antonio?
CRISTINA
Como a hermana.
DON AMBROSIO
De ser su intención tan sana,
no sé yo quién lo asegura.
¡Oh padre mal advertido!
CRISTINA
No le tiene.
DON AMBROSIO
Sí le tiene;
pero a mí no me conviene
el darme por entendido.
De las cosas que sospecho
y de las que son tan graves,
tenga la lengua las llaves,
y no las arroje el pecho.
CRISTINA
Vete, señor, que allí asoma
un paje de casa.
DON AMBROSIO
Amiga,
por tu industria y tu fatiga,
este pobre premio toma.
Y prométete de mí
montes de oro, que bien puedes.
CRISTINA
La menor de tus mercedes
suele ser un Potosí.
(Dale una cajita pintada.)
(Vase AMBROSIO, y entra QUIÑONES.)
QUIÑONES
¿Quién era, Cristina, el lindo
que con tanta sumisión
debió encajar su razón?
«Tuyo soy, y a ti me rindo».
¡Vive el Dador de los cielos,
que es la fregona bonita!
Ordena, manda, pon, quita;
ta, ta, también pide celos.
CRISTINA
El so paje, por su entono,
que primero se tarace
la lengua, que otra vez trace
palabras, y no en mi abono.
¿Hásenos vuelto otro Ocaña?
¡Celos y más celos!
QUIÑONES
Calle,
y advierta que está en la calle.
CRISTINA
¡Ay! Por mi fe, que se ensaña
el mancebito frión.
QUIÑONES
Cristina, menos gallarda;
que esa gallardía aguarda...
CRISTINA
¿Qué, mi rufo?
QUIÑONES
Un bofetón.
CRISTINA
¿En mi cara?
QUIÑONES
En la del cura
le diera, a venir a mano.
CRISTINA
¿Y que alzarás tú la mano
contra tanta hermosura
como pusieron los cielos
en mis mejillas rosadas?
QUIÑONES
Siempre son desatinadas
las venganzas de los celos.
Ocaña es éste. Camina,
y escóndete entre la gente.
(Éntranse QUIÑONES y CRISTINA, y sale OCAÑA.)
OCAÑA
Partió mi sol de su Oriente,
y al ocaso se encamina,
y tras sí lleva la sombra
que le sirve de arrebol.
Para mí no es este sol,
sino niebla que me asombra.
Plega a Dios, humilde paje,
asombro de mi esperanza,
que ni valgas por privanza,
ni te estimen por linaje;
sirvas a un catar[r]ibera,
que te dé corta ración;
sea tu estado un bodegón;
no te dé luto, aunque muera;
y cuando el cielo te adiestre
a servir a un titulado,
tu enemigo declarado
el maestresala se muestre.
De las hachas no te valgas,
ni de relieves veas gozo,
y nunca te salga el bozo,
porque de paje no salgas.
Póngante infames renombres;
juegues; pierdas la ración,
que es la mayor maldición
que pueden darte los hombres.
(Éntrase OCAÑA.)
(Sale MUÑOZ.)
MUÑOZ
Despierto y durmiendo, estoy
pensando siempre y soñando
cuándo ha de llegar el cuándo
mude el pellejo en que estoy;
cuándo querrá aquel planeta
que sobre mí predomina,
que remedien mi rüina
el gran sastre y la bayeta.
Diles la memoria, y diles,
previniendo mil barruntos,
de los más sotiles puntos
las respuestas más sotiles;
pero, con todo, me pesa
de haberme empeñado así,
porque tengo para mí
ser de peligro la empresa.
(Entran DON ANTONIO y TORRENTE en hábito de peregrino.)
DON [ANTONIO]
Mucho más es melindre que advertencia,
y hase tenido confianza poca
de quien yo soy. Por Dios, que estoy corrido.
MUÑOZ
¡Válgate el diablo! ¿Qué disfraz es éste?
Esto no puse yo en la lista.
TORRENTE
Digo
que el señor don Silvestre de Almendárez
no pudo más. El caso fue forzoso,
y la borrasca tal, que nos convino
alijar el navío, y echar cuanto
en su anchísimo vientre recogía
al mar, que se sorbió como dos huevos
catorce mil tejuelos de oro puro.
Al cielo las promesas y oraciones
volaban más espesas que las nubes,
que la cara del sol cubrían entonces;
entre las cuales oraciones, una
envió don Silvestre al sumo alcázar
con tan vivos y tiernos sentimientos,
que penetró los cascos de los cielos.
Conteníase en ella que de Roma
aquello que se llama Siete Iglesias
andaría descalzo peregrino,
si Dios de aquel peligro le sacaba.
Añadió a su promesa mi persona;
añadidura inútil, aunque buena
en parte, pues que soy su amparo y báculo.
En fin: salimos mondos y desnudos
a tierra, ni sé adónde, ni sé cómo,
habiéndose engullido el mar primero
hasta una catalnica que traíamos,
de habilidad tan rara, y tan discreta,
que, si no era el hablar, no le faltaba
otra cosa ninguna.
DON [ANTONIO]
Bien, por cierto,
la habéis encarecido; aunque yo pienso
que catalnicas mudas valen poco.
TORRENTE
Por señas nos decía todo cuanto
quería que entendiésemos.
MUÑOZ
¡Milagro!
TORRENTE
De perlas, ¡qué de cajas arrojamos;
tamañas como nueces, de buen tomo,
blancas como la nieve aún no pisada!;
de esmeraldas, las peñas como cubas,
digo, como toneles, y aun más grandes;
piedras bezares, pues dos grandes sacos;
anís y cochinilla, fue sin número.
MUÑOZ
Entre esas zarandajas, ¿por ventura
fue bayeta al mar?
TORRENTE
¡Y el sastre y todo!
MUÑOZ
A malísimo viento va esta parva;
no me cuadra ni esquina esta tormenta,
puesto que viene bien para el embuste.
DON [ANTONIO]
¿En qué paraje sucedió el naufragio?
TORRENTE
Estaba yo durmiendo en aquel trance,
y no pude del paje ver el rostro.
DON [ANTONIO]
Paraje dije; pero no me espanto,
que aun hasta aquí os conturba la borrasca,
ni que en ella os durmiésedes; que el miedo
tal vez suele causar sueño profundo.
TORRENTE
No quiso mi señor, ni por semejas,
de cuatro mil y más ofrecimientos
que de darle dineros se le hicieron,
recebir sino aquellos que bastasen
a no pedir limosna en su viaje;
pero no supo bien hacer la cuenta,
porque ya casi todos son gastados.
MUÑOZ
¡Válgate Satanás, qué bien lo enredas!
TORRENTE
La primera estación fue a Guadalupe,
y a la imagen de Illescas la segunda,
y la tercera ha sido a la de Atocha;
a hurto quiso verte, y esta tarde
quiere partirse a Roma; agora queda
en San Ginés hincado de hinojos,
arrojando del pecho mil suspiros,
vertiendo de sus ojos tiernas lágrimas,
pidiendo a Dios que le encamine y guíe
en el viaje santo prometido.
Yo, señor, soy ternísimo de plantas,
a quien callos durísimos enclavan,
de tan largo camino procedidos;
querría que se diese alguna traza
de que por quince días descansásemos,
para tomar aliento y refrigerio
en el nuevo camino que se espera.
Además, que también [él] es ternísimo,
y podría el cansancio fatigalle,
de modo que el camino con la vida
se acabase en un punto: caso triste
si tal viniese a ser, por el tremendo
dolor que sintiría mi señora
doña Ana de Briones, madre suya.
DON [ANTONIO]
Vamos, que yo pondré remedio en todo.
TORRENTE
No hay decir, señor, que yo te he visto,
porque me ha de matar si es que tal sabe.
¡Oh pecador de mí!, ¡Éste es que viene!
¡En la red me ha cogido! ¡Negativa,
señor; si no, yo muero!
DON [ANTONIO]
No hayas miedo.
(Entra CARDENIO, como peregrino.)
Mi señor don Silvestre de Almendárez,
¿para qué es encubriros de quien tiene
tantas obligaciones de serviros?
CARDENIO
¡Oh traidor, malnacido! Por Dios vivo,
que os engaña, señor, este embustero:
que yo no soy aquese don Silvestre
que dices de Almendárez, sino un pobre
peregrino, y tan pobre.
TORRENTE
¿Qué me miras?
Yo no le he dicho nada; y si lo he dicho,
digo que miento una y cien mil veces.
[Aparte, a DON ANTONIO.]
¡Vive Dios!, que es el mismo que te digo.
Apriétale, y conjúrale, y confiese.
DON [ANTONIO]
¡Por Dios, primo y señor, que es caso fuerte
negarme esta verdad! ¿Qué importa vengas
rico o pobre a tu casa, que es la mía?
TORRENTE
¡Eso es lo que yo digo, pesia al mundo!
DON [ANTONIO]
¿Mandabas tú a los vientos, o pudiste
del proceloso mar las altas olas
sosegar algún tanto? ¿No es locura
hacer caso de honra los sucesos
varios de la fortuna, siempre instable,
o, por mejor decir, del cielo firme?
TORRENTE
¡Ea, señor, que ya pasa de raya
tan grande pertinacia! ¡Vive Roque,
señor, que es don Silvestre de Almendárez,
vuestro primo y cuñado, el peregrino,
y mi amo, que es más!
CARDENIO
Pues tú lo dices,
no quiero más negarlo, pues no importa.
Dadme, señor, las manos.
DON [ANTONIO]
Doy los brazos,
y el alma en su lugar, querido primo.
CARDENIO
Tomad los míos, que, entre aquestos brazos,
también os doy mi alma.
[A TORRENTE.]
En recompensa,
no te la cubrirá pelo, si puedo.
TORRENTE
Que no temo amenazas mal nacidas,
porque esto es lo que importa a nuestro hecho.
MUÑOZ
¿Y cómo?
DON [ANTONIO]
No hayáis miedo que se os toque
al pelo de la ropa por lo dicho.
TORRENTE
Mi señor es discreto, y verá presto
de cuán poca importancia era el silencio,
en semejante caso.
DON [ANTONIO]
Señor primo,
vamos a casa, y sepa vuestra esposa
vuestra buena venida y deseada.
CARDENIO
Siempre he de obedecer.
MUÑOZ
¡Qué bien trazada
quimera! Si ella llega a colmo, espero
un Potosí de barras y dinero.
TORRENTE
¿Qué os parece, Muñoz?
MUÑOZ
Que me parece
que es verdad cuanto ha dicho, y que lo veo.
TORRENTE
¡Y cómo que es verdad! Sin que le falte
un átomo, una tilde, una meaja.
(Éntranse DON ANTONIO, CARDENIO y TORRENTE.)
MUÑOZ
Términos tienen estos socarrones
de hacerme a mí entender que la borrasca
y el alijo de ropa es verdadero.
Ahora bien, veremos lo que pasa,
que, una por una, los dos ya están en casa.
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
JORNADA SEGUNDA
Salen MARCELA y DOROTEA, con una almohadilla, y CRISTINA.
MARCELA
Andas con vergüenza poca,
Cristina, muy inquïeta,
y, con puntos de discreta,
das mil puntadas de loca.
Sabed, señora, una cosa:
que, entre las prendas de honor,
es tenida por mejor
la honesta que la hermosa.
CRISTINA
[Aparte.]
Señora me llama. ¡Malo!:
que ya sé por experiencia
que no hay dos dedos de ausencia
desta cortesía a un palo.
MARCELA
¿Qué murmuras, desatada,
maliciosa y atrevida?
CRISTINA
Nunca murmuré en mi vida.
MARCELA
¿Qué dices?
CRISTINA
No digo nada.
¡Tenga el Señor en el cielo
a mi señora la vieja!
MARCELA
Desas plegarias te deja.
CRISTINA
Pronúncialas mi buen celo.
Si ella fuera viva, sé
que otro gallo me cantara,
y que ninguna no osara
reñirme; no, en buena fe.
¡Tristes de las mozas
a quien trujo el cielo
por casas ajenas
a servir a dueños,
que, entre mil, no salen
cuatro apenas buenos,
que los más son torpes
y de antojos feos!
¿Pues qué, si la triste
acierta a dar celos
al ama, que piensa
que le hace tuerto?
Ajenas ofensas
pagan sus cabellos,
oyen sus oídos
siempre vituperios,
parece la casa
un confuso infierno;
que los celos siempre
fueron vocingleros.
La tierna fregona,
con silencio y miedo,
pasa sus desdichas,
malogra requiebros,
porque jamás llega
a felice puerto
su cargada nave
de malos empleos.
Pero, ya que falte
este detrimento,
sobran los del ama,
que no tienen cuento:
«Ven acá, suciona.
¿Dónde está el pañuelo?
La escoba te hurtaron
y un plato pequeño.
Buen salario ganas;
dél pagarme pienso,
porque despabiles
los ojos y el seso.
Vas y nunca vuelves,
y tienes bureo
con Sancho en la calle,
con Mingo y con Pedro.
Eres, en fin, pu...
El ta diré quedo,
porque de cristiana
sabes que me precio».
Otra vez repito,
con cansado aliento,
con lágrimas tristes
y suspiros tiernos:
¡triste de la moza
a quien trujo el cielo
por casas ajenas!
DOROTEA
Señoras, ¿qué es esto?
Cristinica, amiga,
dime: ¿con qué viento
esta polvareda
has alzado al cielo?
MARCELA
La desenvoltura
es un viento cierzo
que del rostro ahuyenta
la vergüenza y miedo.
Pero yo haré,
si es que acaso puedo,
si ella no se emienda,
lo que callar quiero.
(Entra QUIÑONES, el paje.)
QUIÑONES
Don Antonio, mi señor,
entra con dos peregrinos.
(Entran DON ANTONIO, CARDENIO, TORRENTE y MUÑOZ.)
DON [ANTONIO]
¿Vuestros intentos divinos
fueran disculpa al rigor
del no vernos?
CARDENIO
Así es;
pero yo, señor, holgara
que esta deuda se pagara
de espacio, y fuera después
de mi peregrinación,
que no se puede escusar.
DON [ANTONIO]
Fácilmente habéis de hallar
en mi voluntad perdón.
CARDENIO
¿Es mi señora y mi prima?
DON [ANTONIO]
La misma.
CARDENIO
¡Oh mi señora,
rico archivo donde mora
de la belleza la prima!
No me niegues estos pies,
pues no merezco esas manos.
DOROTEA
Peregrinos cortesanos
son éstos.
DON [ANTONIO]
No tan cortés,
señor primo, que mi hermana
está del caso suspensa.
MUÑOZ
[Aparte.]
La traza de lo que él piensa
es más cortés que no sana.
MARCELA
Señor, para que me muestre
con el respeto debido
a quien sois, el nombre os pido.
CARDENIO
Vuestro primo don Silvestre
de Almendárez; vuestro esposo,
o el que lo tiene de ser.
MARCELA
Mudaré de proceder
con un huésped tan famoso:
los brazos habré de daros,
que no los pies, primo mío.
MUÑOZ
[Aparte.]
Destos principios yo fío
que son más dulces que caros.
CARDENIO
No fue huracán el que pudo
desbaratar nuestra flota,
ni torció nuestra derrota
el mar insolente y crudo;
no fue del tope a la quilla
mi pobre navío abierto,
pues he llegado a tal puerto,
y pongo el pie en tal orilla;
no mi[s] riquezas sorbieron
las aguas que las tragaron,
pues más rico me dejaron
con el bien que en vos me dieron.
Hoy se aumenta mi riqueza,
pues con nueva vida y ser,
peregrino llego a ver
la imagen de tu belleza.
(Entra OCAÑA.)
OCAÑA
Desta común alegría
alguna parte quizá
mi tristeza alcanzará,
que está como estar solía.
Desde aquí quiero mirarte,
si es que te dejas mirar,
de mi suerte amargo azar,
de mi bien el todo y parte.
Puesto en aqueste rincón,
como lacayo sin suerte,
veré quizá de mi muerte
alguna resurrección.
MARCELA
La desventura mayor,
más espantosa y temida,
es la de perder la vida.
DON [ANTONIO]
Primero es la del honor.
MARCELA
Ansí es; y pues vos, primo,
con honra y vida venís,
mal haréis si mal sentís
del mal que por bien yo estimo.
Y en llegar adonde os veis,
habéis de tener por cierto
que habéis arribado a un puerto
adonde restauraréis
las riquezas arrojadas
al mar, siempre codicioso.
CARDENIO
Tendrá el que fuere tu esposo
las venturas confirmadas.
TORRENTE
¿Doncella acaso es de casa?
CRISTINA
No soy sino de la calle.
TORRENTE
Eso no; que aquese talle
a los de palacio pasa.
¿Sirve en ella?
CRISTINA
Soy servida.
TORRENTE
La respuesta ha sido aguda.
OCAÑA
Ten, pulcra, la lengua muda;
no la descosas, perdida.
TORRENTE
¿El nombre?
CRISTINA
Cristina.
TORRENTE
Bueno;
que es dulce, con ser de rumbo.
¿Túmbase?
CRISTINA
Yo no me tumbo.
Basta; que tiene barreno
el indianazo gascón.
TORRENTE
Yo, señora, como ves,
soy criollo perulés,
aunque tiro a borgoñón.
DON [ANTONIO]
Reposaréis, primo mío,
y después saber querría
del buen estar de mi tía,
de vuestro padre y mi tío.
OCAÑA
¡Oh peregrino traidor,
cómo la miras! ¡Oh falsa,
cómo le vas dando salsa
al gusto de su sabor!
TORRENTE
Pluguiera a Dios que nunca aquí viniera;
o, ya que vine aquí, que nunca amara;
o, ya que amé, que amor se me mostrara,
de acero no, sino de blanda cera...
CARDENIO
Depositario fue el mar
de tus cartas y presentes.
OCAÑA
[Aparte.]
¡El alma tengo en los dientes!
¡Casi estoy para espirar!
TORRENTE
...O que de aquesta fregonil guerrera,
de los dos soles de su hermosa cara,
no tan agudas flechas me arrojara,
o menos linda y más humana fuera.
MARCELA
Entrad, señor, do podáis
mudar vestido decente.
CARDENIO
Mi promesa no consiente
que esa merced me hagáis.
TORRENTE
[Aparte.]
Éstas sí son borrascas no fingidas,
de quien no espero verdadera calma,
sino naufragios de más duro aprieto.
CARDENIO
No puedo mudar de traje
por un tiempo limitado:
que esta pobreza ha causado
la tormenta del viaje.
TORRENTE
¡Oh, tú, reparador de nuestras vidas,
Amor, cura las ansias de mi alma,
que no pueden caber en un soneto!
DON [ANTONIO]
A no ser tan perfecto,
primo, vuestro designio, yo hiciera
que por otra persona se cumpliera.
(Éntranse MARCELA, DON ANTONIO, DOROTEA, y CRISTINA y CARDENIO. Quedan en el teatro MUÑOZ, TORRENTE y OCAÑA.)
MUÑOZ
No me habléis, Torrente hermano,
que nos escuchan, y siento
que en nuestro famoso intento
el callar es lo más sano.
(Éntrase MUÑOZ.)
OCAÑA
Si a mí el ojo no me miente,
sé con gran certinidad
que vuestra paternidad
tiene el alma algo doliente.
[Es] C[r]istinica un harpón,
es un virote, una jara
que el ciego arquero dispara,
y traspasa el corazón.
Es un incendio, es un rayo.
¿Cómo un rayo? Dos y tres.
TORRENTE
Y vuesa merced, ¿quién es?
OCAÑA
Soy desta casa el lacayo;
y, aunque en la caballeriza
me arrincono, el amor ciego,
con su yelo y con su fuego,
me consume y martiriza.
Entre el harnero y pesebre,
entre la paja y cebada,
de noche y de madrugada,
me embiste de amor la fiebre.
TORRENTE
¿Y es Cristina la ocasión
de tan grande encendimiento?
OCAÑA
No sé quién es; sé que siento
el alma hecha un carbón.
TORRENTE
Si es Cristina, pondré pausa
en ciertos recién nacidos
pensamientos atrevidos
que su memoria me causa.
No pienso en manera alguna
seros rival: que sería
género de villanía
que al ser quien yo soy repugna.
Honestísimo decoro
se guardará en esta casa,
puesto que me arda la brasa
desta niña a quien adoro.
Quebrantaré en la pared
mis pensamientos primeros,
con gusto de conoceros
para haceros merced.
Porque no han de naufragar
siempre las flotas: que alguna
tendrá próspera fortuna
para podérnosla dar.
OCAÑA
Beso tus pies, peregrino,
único, raro y bastante
a ablandar en un instante
un corazón diamantino.
Yo, en quien nacieron barruntos
de celos cuando te vi,
a tus pies los pongo aquí,
semivivos y aun difuntos.
TORRENTE
Alzaos, señor; no hagáis
sumisión tan indecente,
que humillaré yo mi frente
si es que la vuestra no alzáis.
Dadme los brazos de amigo,
que lo hemos de ser los dos
gran tiempo, si quiere Dios,
que es de mi intención testigo.
OCAÑA
Como tú, señor, me abones
con tu amistad peregrina,
doy por cordera a Cristina
y por cabrito a Quiñones.
TORRENTE
Por verte con gusto, voy
alegre, así Dios me salve.
OCAÑA
[Aparte.]
Para éstas, que yo os calve,
o no seré yo quien soy.
(Éntranse TORRENTE y OCAÑA.)
(Entra DON AMBROSIO.)
DON AMBROSIO
Por ti, virgen hermosa, esparce ufano,
contra el rigor con que amenaza el cielo,
entre los surcos del labrado suelo,
el pobre labrador el rico grano.
Por ti surca las aguas del mar cano
el mercader en débil leño a vuelo;
y, en el rigor del sol como del yelo,
pisa alegre el soldado el risco y llano.
Por ti infinitas veces, ya perdida
la fuerza del que busca y del que ruega,
se cobra y se promete la vitoria.
Por ti, báculo fuerte de la vida,
tal vez se aspira a lo imposible, y llega
el deseo a las puertas de la gloria.
¡Oh esperanza notoria,
amiga de alentar los desmayados,
aunque estén en miserias sepultados!
(Entra CRISTINA.)
CRISTINA
Habrá fiesta y regodeo,
y la parentela toda
vendrá, sin duda, a la boda.
DON AMBROSIO
Mi norte descubro y veo.
¡Oh dulcísima Cristina!
CRISTINA
De alcorza debo de ser.
DON AMBROSIO
Tribunal do se ha de ver
lo que el Amor determina
en mi contra o mi provecho.
CRISTINA
¡Estraña salutación!
DON AMBROSIO
La lengua da la razón
como la saca del pecho.
Pero vengamos al punto.
Mi esperanza, ¿cómo está?
¿Ha de morir? ¿Vivirá?
¿Contaréme por difunto?
¿Dificúltase la empresa?
¡Presto, que me vuelvo loco!
CRISTINA
Idos, señor, poco a poco,
que preguntáis muy apriesa.
DON AMBROSIO
Más apriesa me consume
el vivo incendio de amor.
CRISTINA
En sólo un punto el rigor
suyo se abrevia y resume,
y es que puedes ya contar
a Marcela por casada.
Ya no es suya: ya está dada
a quien la sabrá estimar.
DON AMBROSIO
No me digas el esposo,
que, sin duda, es don Antonio.
CRISTINA
Levantas un testimonio
que pasa de mentiroso.
¿Con su hermana?
DON AMBROSIO
¡Ah Cristinica!
¿Qué es eso? ¿Cubierta y pala
con que una obra tan mala
se apoya y se fortifica?
CRISTINA
Que es con su primo.
DON AMBROSIO
¿Qué es esto,
cielo siempre soberano?
¿Hoy primo el que ayer fue hermano?
¿Cámbiase un hombre tan presto?
CRISTINA
Digo que es un peregrino,
primo suyo y perulero,
de tan soberbio dinero,
que de las Indias nos vino.
De oro más de cien mil tejos
se sorbió el mar como un huevo,
deste peregrino nuevo,
que no está de ti muy lejos,
porque vesle allí dó asoma.
DON AMBROSIO
¡Y que esto en el mundo pase!
CRISTINA
Puesto que antes que se case,
entiendo que ha de ir a Roma.
(Entran CARDENIO, TORRENTE y MUÑOZ.)
DON AMBROSIO
Embustero y perulero,
atrevido e insolente,
¿por qué te haces pariente
de la vida por quien muero?
TORRENTE
Descornado se ha la flor;
perecemos.
MUÑOZ
Malo es esto;
la traza se ha descompuesto
al primer paso.
CARDENIO
Señor,
no te entiendo, ni imagino
por qué tan acelerado
la maldita has desatado
contra un noble peregrino.
MUÑOZ
Quien dijere que yo di
lista a nadie, mentirá
cuantas veces lo dirá.
No sino lléguense a mí,
que fabrico en ningún modo
castillos mal prevenidos.
TORRENTE
[Aparte.]
Antes de ser convencidos,
éste lo ha de decir todo.
¡Oh levantadas quimeras
en el aire, cual yo dije!
DON AMBROSIO
Por el Cielo que nos rige,
que si acaso perseveras
en el embuste que intentas,
primero que en algo aciertes,
ha de ser una y mil muertes
el remate de tus cuentas.
Vuélvete a tu Potosí,
deja lograr mi porfía.
CARDENIO
Aquéste ya desvaría.
TORRENTE
Así me parece a mí.
CRISTINA
Don Francisco y mi señor
son éstos. ¡Pies, a correr!
(Éntrase CRISTINA.)
(Salen DON FRANCISCO y DON ANTONIO.)
DON FRANCISCO
Todo aqueso puede ser:
que a más obliga el rigor
de un celoso, si es honrado,
como el padre de Marcela.
DON AMBROSIO
Éste es el que urdió la tela
que tan cara me ha costado.
¿Qué rigor de estrella ha sido,
señor don Antonio, aquel
que de piadoso en crüel
contra mí os ha convertido?
¿Y qué peregrino es éste,
tan medido a vuestro intento,
que queréis que su contento
a mí la vida me cueste?
Mía es Marcela, si el cielo
quisiere y si vos queréis:
que en vuestra industria tenéis
de mi mal todo el consuelo.
No es desigual mi linaje
del suyo, y su padre creo
que deste igual himeneo
no ha de recebir ultraje.
Si él la escondió en vuestra casa
por quitármela delante,
ved, si acaso sois amante,
lo que el alma ausente pasa.
DON FRANCISCO
Éste habla de Marcela
Osorio, y no de tu hermana.
DON [ANTONIO]
La presumpción está llana,
gran mal mi alma recela.
Desta vana presumpción
y mal formados antojos
os han de dar vuestros ojos
la justa satisfación.
Veníos conmigo, y veréis
en el engaño en que estáis.
DON AMBROSIO
Si a Marcela me lleváis,
al cielo me llevaréis.
(Éntrase DON ANTONIO, DON FRANCISCO y DON AMBROSIO. Quedan en el teatro MUÑOZ, TORRENTE y CARDENIO.)
CARDENIO
¡Ah Muñoz, con cuán pequeña
ocasión habéis temblado!
MUÑOZ
Temo de verme brumado,
y molido como alheña;
temo que mis trazas den,
mis embustes y quimeras,
con mi cuerpo en las galeras,
que no le estará muy bien.
TORRENTE
¿Sin apretaros la cuerda
os descoséis? ¡Mala cosa!
MUÑOZ
La conciencia temerosa,
de los castigos se acuerda.
Pero desde aquí adelante
pienso ser mártir, y pienso
que paga a la culpa censo
con temor el más constante.
Pésame que fue la lista
de mi letra y de mi mano,
y este temor, que no es vano,
todas mis fuerzas conquista.
TORRENTE
Vamos a ver en qué para
el comenzado desastre.
MUÑOZ
Aquella bayeta y sastre
nunca el cielo lo depara.
(Éntranse todos.)
(Salen MARCELA y DOROTEA.)
MARCELA
Este primo no me agrada,
dulce amiga Dorotea.
¡Plegue a Dios que por bien sea
su venida no esperada!
DOROTEA
Como le ves mal vestido,
no te parece galán.
MARCELA
Las galas no siempre dan
aire y brío, ni el vestido.
Desmayado me parece,
aunque atrevido tal vez.
DOROTEA
De su causa eres juez.
MARCELA
Basta; poco me apetece.
DOROTEA
Parece que se ha templado
tu hermano en su pensamiento.
MARCELA
Todavía, a lo que siento,
anda un poco apasionado;
no se le cae de la boca
mi nombre, y aun todavía
descubre una fantasía
que en lascivos puntos toca;
mas yo no le doy lugar
de que esté a solas conmigo.
DOROTEA
Eso es lo que yo te digo,
y lo que has de procurar.
(Aquí han de entrar DON ANTONIO, DON FRANCISCO, CARDENIO, TORRENTE y MUÑOZ.)
DON [ANTONIO]
Mirad, señor, destas dos,
cuál es la Marcela hermosa
que con fuerza poderosa
os tiene fuera de vos.
DON AMBROSIO
Ésta le parece en algo,
y no es ella; mas ya veo,
sin duda, que es devaneo,
y que de sentido salgo.
Téngame Amor de su mano,
y los cielos, si me ofenden.
MARCELA
¿O me compran o me venden?
Decidme qué es esto, hermano.
DON AMBROSIO
No es otra cosa alguna,
sino que la belleza
incomparable y sola
de otra que tiene el proprio nombre vuestro,
su donaire, su gracia,
su honesta compostura,
su ingenio, su linaje,
se llevaron tras sí mis pensamientos.
Améla honestamente,
adoréla rendido,
solicitéla mudo,
aunque los ojos son parleros siempre.
Su padre, recatado,
por algún su desinio,
o por mi desventura,
llevóla, y no sé adónde.
DON [ANTONIO]
Ésta es mi historia.
DON AMBROSIO
No con más diligencia
la diosa de las mieses
buscó a su hija amada
hasta los escondrijos del infierno,
como yo la he buscado
por cuanto las sospechas
han podido llevarme,
pensativo, solícito y ansioso.
En esto, a mis oídos
el nombre de Marcela
llegó, y vuestra hermosura;
pero no el sobrenombre de Almendárez.
Creí que don Antonio,
vuestro querido hermano,
por orden de su padre
de la Marcela Osorio, que yo busco,
en casa la tenía,
y, mal considerado,
y con los celos ciego,
hice los disparates que habéis visto.
DON FRANCISCO
¿Éstas no son lanzadas
que te pasan el alma?
DON [ANTONIO]
Y aun rayos que la embisten,
la hieren, desmenuzan y quebrantan.
DOROTEA
Apostaré, señora,
que es ésta la Marcela
por quien tu hermano gime,
suspira y con angustia se lamenta.
TORRENTE
Un canto pesadísimo,
una montaña dura,
una máquina inmensa,
de acero un monte dilatado y grave,
de sobre el pecho quito.
MUÑOZ
Y yo de sobre el alma
una carcoma aguda.
¡Maldito seas de Dios, amante simple!
¡Qué confusos nos tuvo
aqueste mentecato!
¡Con cuán pocos indicios
trocó las dos Marcelas el cuitado!
Ya pensé que mi lista
andaba por la casa
de mano en mano. ¡Ay duro
trance, no imaginado y repentino!
DON FRANCISCO
Pues en esta Marcela veis patente
de vuestro pensamiento el desengaño,
mostraos, señor, más cauto y más prudente
otra vez que os acose vuestro engaño,
y volved a buscar más diligente
la causa original de vuestro daño.
DON AMBROSIO
Tiene cualquiera enamorada culpa
fácil y compasiva la disculpa.
Erré; mas no es el yerro de tal suerte
que perdón no merezca.
CARDENIO
Yo imagino
que ministró ocasión al atreverte
este pobre sayal de peregrino.
DON [ANTONIO]
La rabia de los celos es tan fuerte,
que fuerza a hacer cualquiera desatino.
Sélo yo bien, que ya me vi celoso,
atrevido, arrojado y malicioso.
DON AMBROSIO
En siglos prolongados tu ventura
goces, ¡oh peregrino!, y tus bisnietos
te lleven a la honrada sepultura
sobre sus hombros, para el caso electos;
no menoscabe el tiempo la hermosura
de tu Marcela; celos indiscretos
no perturben tu paz en tanto cuanto
de vida os diere aliento el Cielo santo.
Yo vuelvo a renovar mi pena antigua,
buscando aquélla que me encubre el cielo,
y, mientras dónde está no se averigua,
un Sísifo seré nuevo en el suelo.
De noche, como sombra o estantigua,
llena la vista de inmortal desvelo,
por ver el fin de mis trabajos largos,
un lince habré de ser con ojos de Argos.
(Éntrase DON AMBROSIO.)
MARCELA
Desesperado se parte.
DON [ANTONIO]
Yo sin esperanza quedo,
dulce Marcela, de hallarte.
TORRENTE
De mí se ha arredrado el miedo.
MUÑOZ
En mí ya no tiene parte;
pero, con todo, quisiera
que la lista se rompiera
que di escrita de mi mano:
que cualquier susto, aunque vano,
la mala conciencia altera.
DON FRANCISCO
Haz cuenta, amigo, que envías,
en este amante curioso,
a buscar tu gloria espías.
DON [ANTONIO]
Con todo, estoy temeroso:
que son tiernas sus porfías,
y muchas, que es lo peor.
DON FRANCISCO
Yo lo tengo por mejor:
que este anzuelo ha de sacar
del profundo de la mar
la perla que escondió Amor.
(Éntrase DON FRANCISCO y DON ANTONIO.)
CARDENIO
¿No ha sido estremado el cuento,
señora prima?
MARCELA
Sí ha sido;
aunque dél me ha parecido
ir mi hermano descontento,
pensativo y desabrido.
Y es la causa que la dama
que aquél busca, adora y ama
como quiere Amor tirano,
es la misma que mi hermano
quiere, busca, nombra y llama.
Y yo, simple, imaginaba
ser yo la hermosa Marcela
a quien mi hermano llamaba,
y con malicia y cautela
a las manos le miraba,
a los ojos y a la boca,
y con no advertencia poca
ponderaba sus razones,
sus movimientos y acciones.
DOROTEA
Curiosidad simple y loca.
Pídele perdón.
MARCELA
No quiero,
pues nunca arraigó en mi pecho
el pensamiento primero.
CARDENIO
Y más, que te ha satisfecho
tan llano y tan por entero.
MUÑOZ
¿Hemos de hacer la visita
de mi señora doña Ana?
MARCELA
Todavía es de mañana,
y el frío la gana quita
de hacer visitas agora.
Ven, amiga Dorotea;
vamos donde el sol nos vea.
DOROTEA
¡Y cómo que iré, señora!
¡Que tirito, ti, ti, ti!
¡Insufrible frío hace!
(Éntranse MARCELA y DOROTEA.)
TORRENTE
El tuyo a mí me desplace.
¿Para qué veniste aquí,
Cardenio, si te has de estar
como una estatua sin lengua?
Allá voy, y no hago mengua.
¿Piensas que se te ha de entrar
la ventura por la puerta,
y arrojársete en la cama?
CARDENIO
A mi yelo y a mi llama
ningún medio las concierta.
Cuando de Marcela ausente
algún breve espacio estoy,
ardo de atrevido, y doy
en pensar que soy valiente;
pero apenas me da el cielo
lugar para a solas vella,
cuando estoy, estando ante ella,
frío mucho más que el yelo.
TORRENTE
Con ese yelo no habrá
ostugo que nos alcance.
MUÑOZ
Cierto que yo he echado un lance
que a los ojos me saldrá,
si a las espaldas no sale
primero. ¡Oh viejo imprudente!
Bien merecéis, inocente,
que se evapore y exhale
el alma con el más chico
temor que te sobresalte.
CARDENIO
Cuando yo, Muñoz, os falte,
cuando yo no os haga rico,
jamás del Pirú me venga
el mi esperado tesoro.
MUÑOZ
¡Que no me vuelva yo moro,
y que yo paciencia tenga
para escuchar lo que escucho!
¿Dónde está el oro, señores
socarrones, embaidores?
TORRENTE
Muñoz, que ha de venir mucho.
MUÑOZ
¿De qué Pirú ha de venir,
de qué Méjico o qué Charcas?
TORRENTE
Cuatro cofres y seis arcas
puedes desde luego abrir
para echar cuatro mil barras,
y aun son pocas las que digo.
MUÑOZ
Tente; que Dios sea contigo,
Torrente, que te desgarras.
Con el sastre y la bayeta
estaría yo contento.
TORRENTE
Sastres pasarán de ciento.
MUÑOZ
La bayeta es la que aprieta
al deseo de tenella.
TORRENTE
Déjenme los dos aquí,
que viene Cristina allí,
y me importa hablar con ella.
(Vanse MUÑOZ y CARDENIO.)
(Entra CRISTINA.)
¿Que es posible, flor y fruto
del árbol lindo de amor,
que ha de andar por tu rigor
siempre mi alma con luto?
¿Que es posible que un potente
indiano no te remate
ni que a tu dureza mate
la blandura de Torrente?
(Entra OCAÑA en calzas y en camisa, con un mandil delante, y con un harnero y una almohaza; entra puesto el dedo en la boca, con pasos tímidos, y escóndese detrás de un tapiz, de modo que se le parezcan los pies no más.)
¿Que es posible que no precies
los montones de oro fino,
y por un lacayo indino
un perulero desprecies?
¿Que no quieras ser llevada
en hombros como cacique?
¿Que huigas de verte a pique
de ser reina coronada?
¿Que por las faltas de España,
que siempre suelen sobrar,
no quieras ir a gozar
del gran país de Cucaña?
¿Que te tenga avasallada
un lacayo de tal modo,
que por él dejes el todo,
y te acojas al nonada?
¿Que a un borracho te sujetes,
que cuela tan sin estorbos,
que unos sorbos y otros sorbos
son sus briznas y luquetes?
¡Oh mujeres, que tenéis
condición de escarabajo!
CRISTINA
Hablad, Torrente, más bajo,
si por ventura podéis;
que dicen que las paredes
a veces tienen oídos.
TORRENTE
Los tuyos tienes tapidos
a la voz de mis mercedes.
Deja aquese socarrón,
que tu deshonra procura,
y fabrica tu ventura
con tu mucha discreción.
CRISTINA
Pues ¿quiérole yo, mezquina,
o, por ventura, hago caso
yo de buzaque?
TORRENTE
Hablad paso;
moderad la voz, Cristina,
que no sabéis quién os oye,
y haced con prudencia diestra
que la humilde suerte vuestra
con la que tengo se apoye,
y veréisos encumbrada
sobre el cerco de la luna.
CRISTINA
Esa próspera fortuna
para mí no está guardada,
que soy una pecadora
inútil, una mozuela
de mantellina y chinela,
no buena para señora;
y más, estando abatida
y murmurada de Ocaña.
TORRENTE
Muéveme ese llanto a saña;
perderá Ocaña la vida.
CRISTINA
Con sólo media docena
de palos que tú le des,
rendida vendré a tus pies.
TORRENTE
Blanda y moderada pena
a tanta culpa le das;
mejor fuera que la lengua
que se desmandó en tu mengua
se le cortara, y aun más.
CRISTINA
Palos bastan; vete en paz.
TORRENTE
El cielo quede contigo.
CRISTINA
Procura hacer lo que digo,
secreto, astuto y sagaz.
(Éntrase TORRENTE.)
¡Ay Jesús! ¿Quién está aquí?
¿Qué pies son éstos, cuitada?
(Sale OCAÑA.)
OCAÑA
Cacica en hombros llevada
desde Lima a Potosí:
yo soy, vesme aquí presente,
hecho estafermo sufrible
a tu rancor tan terrible
y a los palos de Torrente.
Pocos son media docena;
la piedad en ti florece:
que mi culpa bien merece
cuatrodoblada la pena.
Mas yo no tengo por culpa
el amarte y avisarte
que de aquello has de guardarte
que te obligue a dar disculpa.
CRISTINA
Por vida tuya, lacayo
el más discreto de España,
que todo ha sido maraña
burlona y de alegre ensayo;
porque pensaba avisarte
en viéndote.
OCAÑA
Una por una,
tú estarás sobre la Luna,
sobre el Sol y aun sobre Marte;
yo, mísero, apaleado,
tendido por ese suelo.
CRISTINA
Nunca tal permita el cielo.
OCAÑA
Tú misma me has condenado.
CRISTINA
Ya te he dicho la verdad:
que burlaba; y esto baste.
OCAÑA
Pues ¿por qué, di, le intimaste
secreto y sagacidad?
CRISTINA
Porque, advirtiéndote a ti
del caso, y estando alerta,
fuese la burla más cierta
y más buena.
OCAÑA
Fuera ansí,
cuando tú no confirmaras
con lágrimas tu deseo.
CRISTINA
Luego, ¿no me crees?
OCAÑA
Sí creo;
mas reparo.
CRISTINA
¿En qué reparas?
OCAÑA
En las lágrimas, y en ver
que no son burlas risueñas
las que descubren por señas
matar, rajar y hender.
Pero tú forja en tu fragua
tus embustes, que yo espero
que ha de ver el mundo entero
el que lleva el gato al agua.
Entra y dame la cebada,
o darásmela después.
«¡Rendida vendré a tus pies!»
CRISTINA
¿Esa razón no te agrada?
Pero él no verá cumplida
tal promesa en vida suya.
OCAÑA
¿Tomara yo alguna tuya,
puesto que fuera fingida?
CRISTINA
No seas tan ignorante;
muestra, que yo volveré.
(Dale el harnero.)
Con esto me quitaré
dos importunos delante.
(Éntrase CRISTINA.)
OCAÑA
Que de un lacá la fuerza poderó-,
hecha a machamartí con el trabá-,
de una fregó le rinda el estropá-,
es de los cie no vista maldició-.
Amor el ar en sus pulgares to-,
sacó una fle de su pulí carcá-,
encaró al co, y diome una flechá-,
que el alma to y el corazón me do-.
Así rendí, forzado estoy a cre-
cualquier mentí de aquesta helada pu-,
que blandamen me satisface y hie-.
¡Oh de Cupí la antigua fuerza y du-,
cuánto en el ros de una fregona pue-,
y más si la sopil se muestra cru-!
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
JORNADA TERCERA
Entra DON ANTONIO.
DON [ANTONIO]
En la sazón del erizado invierno,
desnudo el árbol de su flor y fruto,
cambia en un pardo desabrido luto
las esmeraldas del vestido tierno.
Mas, aunque vuela el tiempo casi eterno,
vuelve a cobrar el general tributo,
y al árbol seco, y de su humor enjuto,
halla con muestras de verdor interno.
Torna el pasado tiempo al mismo instante
y punto que pasó: que no lo arrasa
todo, pues tiemplan su rigor los cielos.
Pero no le sucede así al amante,
que habrá de perecer si una vez pasa
por él la infernal rabia de los celos.
(Entra DON FRANCISCO.)
DON FRANCISCO
Siempre han de herir los vientos,
amigo, en cualquier sazón
los ayes de tu pasión,
los ecos de tus lamentos.
DON [ANTONIO]
Si acaso quiero entonar
alguna voz de alegría,
siento que la lengua mía
se me pega al paladar.
A mi angustia, a mi dolencia
no dan alivio los cielos:
que no le tienen los celos,
ni le consiente la ausencia.
DON FRANCISCO
No hay estremo sin su medio,
ni es eterna humana suerte:
sólo no tiene la muerte
en la vida algún remedio.
Naturaleza compuso
la suerte de los mortales
entre bienes y entre males,
como nos lo muestra el uso.
Esta verdad sé bien yo,
sin que en probarla porfíe:
ayer lloraba el que hoy ríe,
y hoy llora el que ayer rió.
DON [ANTONIO]
¡Oh, qué filósofo vienes,
don Francisco!
DON FRANCISCO
Yo confieso
que lo soy por el progreso
de tus males y tus bienes.
Dame los brazos y albricias.
DON [ANTONIO]
Los brazos veslos aquí,
y las albricias de mí
llevarás, si las codicias;
pero yo no sé de qué
me las pides.
DON FRANCISCO
Yo las pido
de que el Amor ha entendido
los quilates de tu fe,
y te la quiero premiar
con entregarte a Marcela.
DON [ANTONIO]
Sé que es burla, y llevaréla
con tu gusto y mi pesar;
pero no sé qué te mueve
a hacer burla de un amigo
tal como yo.
DON FRANCISCO
Verdad digo,
y escucha, que seré breve.
Su padre de Marcela...
DON [ANTONIO]
¡Oh nombres cordialísimos
de Marcela y su padre!
DON FRANCISCO
Escucha: no seas tonto.
DON [ANTONIO]
Escucho y soylo.
DON FRANCISCO
Esta mañana, estando
en misa en San Jerónimo,
al salir de la iglesia
me tomó por la mano.
DON ANTONIO
¡Oh dulce toque!
DON FRANCISCO
¿Qué toque dulce puede
dar la mano de un viejo?
Traslúceseme, amigo,
que así estáis vos en vos, como en el cuento.
DON [ANTONIO]
Luego, ¿no fue Marcela
la que os tocó la mano?
DON FRANCISCO
Que no, sino su padre.
DON ANTONIO
No entendí bien. Seguid, que estoy suspenso.
DON FRANCISCO
Las pacíficas plantas
de las olivas verdes
fueron testigos ciertos
destas palabras que deciros quiero.
DON [ANTONIO]
¡Oh santísimos orbes
de todas las esferas,
a quien inteligencias
supernas rigen, mueven y gobiernan!
Haced que estas razones
en mi provecho sean;
lleguen a mis oídos,
siquiera esta vez sola, alegres nuevas.
DON FRANCISCO
¡Por vida juro! ¡Muérdome
la lengua! ¡Voto a Chito,
que estoy por...! ¡Lleve el diablo
a cuantos alfeñiques hay amantes!
¡Que un hombre con sus barbas,
y con su espada al lado,
que puede alzar en peso
un tercio de once arrobas de sardinas,
llore, gima y se muestre
más manso y más humilde
que un santo capuchino
al desdén que le da su carilinda...!
DON [ANTONIO]
Paréntesis es éste
que se lleva colgada
de cada razón suya
mi alma aquí y allí.
DON FRANCISCO
Pues otro queda.
Pidióle a una fregona
un amante alcorzado
le diese de su ama
un palillo de dientes, y ofrecióle
por él cuatro doblones;
y la muchacha boba
trújole de su amo,
que era viejo y sin muelas, el palillo.
Él dio lo prometido,
y, engastándole en oro,
se lo colgó del cuello,
cual si fuera reliquia de algún santo.
Gemía ante él de hinojos,
y al palo seco y suyo
plegarias enviaba
que en su empresa dudosa le ayudase.
¿Y el otro presumido,
que va a las embusteras
del cedacillo y habas,
y da crédito firme a disparates?
¡Cuerpo del mundo todo!
Descubra el hombre siempre
tal valor y tal brío,
que le muestren varón a todo trance.
No se ande con esferas,
con globos y con máquinas
de inteligencias puras;
atienda, espere, escuche, advierta y mire,
o lo que en daño suyo,
o en su pro, sus amigos
quisieren descubrirle.
DON [ANTONIO]
Atiendo, espero, escucho, advierto y miro.
DON FRANCISCO
Digo, pues, que don Pedro,
el padre de Marcela,
me dijo estas palabras...
DON [ANTONIO]
¿Es mucho que te diga que apresures
la comenzada plática,
de cuyo fin depende
o mi vida o mi muerte?
DON FRANCISCO
Díjome, en fin...
DON [ANTONIO]
¡Primero vendrá el mío!
DON FRANCISCO
¡Colérico, enfadoso
está!
DON [ANTONIO]
¡Cuerpo del mundo!
Acaba, don Francisco,
que está pendiente el alma de tu boca.
DON FRANCISCO
Dijo que yo sea parte,
como que él nada entiende,
que a Marcela, su hija,
se la demandes por mujer.
DON [ANTONIO]
¿Qué escucho?
¿Búrlaste, amigo, o quieres
con falsas esperanzas
entretener las mías?
DON FRANCISCO
No burlo, juro a Dios: verdad te digo.
DON [ANTONIO]
Dame esos pies.
DON FRANCISCO
Levanta.
DON [ANTONIO]
Y pídeme en albricias
el alma, y te la diera,
si ya a Marcela dado no la hubiera.
Mas dime, dulce amigo:
¿tocaste, por ventura,
el cuerpo de don Pedro?
¿Viste si era fantasma o no?
DON FRANCISCO
Perdido
estás desa cabeza.
DON [ANTONIO]
¿Que era don Pedro Osorio,
el padre de Marcela?
DON FRANCISCO
El mismo.
DON [ANTONIO]
¡El mismo!
DON FRANCISCO
El mismo. ¿Qué es aquesto?
DON [ANTONIO]
A tanta desventura
está el corazón hecho,
que no puede dar crédito
a las dichosas nuevas que le intimas;
pero habrá de creerte,
en fe que tú las dices:
que el buen amigo vemos
que es pedazo del alma de su amigo.
DON FRANCISCO
Busca a don Pedro Osorio,
y pídele a su hija
por legítima esposa.
DON ANTONIO
¿Dónde la tiene?
DON FRANCISCO
En Santa Cruz la tiene:
un monesterio santo,
que está puesto muy cerca
de Torrejón y Cubas,
orden del rico capitán de pobres.
DON [ANTONIO]
¿Qué le movió llevarla
a tanto encerramiento?
DON FRANCISCO
No me metí en dibujos,
no le pregunté nada; sólo estuve
atento a su demanda,
y, con la ligereza
posible, vine a darte
la dulce que has oído alegre nueva.
(Entran MARCELA y CRISTINA.)
MARCELA
Llega, Cristina, y dile
lo que quieres.
CRISTINA
Ocúpame
el rostro la vergüenza,
y enmudece la lengua.
MARCELA
¡Qué melindres!
Tomarte has con un toro
y con un hombre armado,
¿y de mi hermano tiemblas?
DON [ANTONIO]
Pues, hermana,
¿queréis alguna cosa?
¿Mandáis que os sirva en algo?
Pedid a vuestro gusto,
que estoy en ocasión de hacer mercedes.
MARCELA
En nombre de Cristina,
os pido deis licencia
para que aquesta noche
os hagan una fiesta los de casa;
Muñoz y Dorotea,
Torrente con Ocaña.
CRISTINA
Y nuestro buen vecino
el barbero también, y la barbera,
que canta por el cielo
y baila por la tierra,
con otro oficial suyo,
nos tienen de ayudar; dígalo todo.
MARCELA
Dígolo todo, y digo,
hermano, que yo gusto
que esta fiesta se haga.
DON [ANTONIO]
Digo que soy contento, y doy licencia
para que el cielo rompa
en diferentes lenguas
y en fiestas diferentes
las cataratas del placer, y salga
a playa mi contento.
DON FRANCISCO
Y aun, a ser necesario,
haré yo mi figura.
[DON ANTONIO]
Y aun yo, que soy valiente recitante.
CRISTINA
Mil años, señor, vivas;
mil regocijos buenos
el corazón te ocupen.
Hacerme tengo rajas esta noche.
DON [ANTONIO]
El término decente
de honestidad se guarde,
Cristina.
CRISTINA
¡Bueno es eso!
Bailaremos a fuer de palaciegos.
DON [ANTONIO]
Vamos, amigo.
DON FRANCISCO
Vamos;
aunque don Pedro agora
no está en Madrid.
DON [ANTONIO]
¿Pues, dónde?
DON FRANCISCO
A Santa Cruz es ido,
y volverá mañana.
DON [ANTONIO]
Vamos a dar al cielo
gracias porque ha mirado mi buen celo.
(Éntranse DON FRANCISCO y DON ANTONIO.)
MARCELA
Mira, Cristina, que sea
el baile y el entremés
discreto, alegre y cortés,
sin que haya en él cosa fea.
CRISTINA
Hale compuesto Torrente
y Muñoz, y es la maraña
casi la mitad de Ocaña,
que es un poeta valiente.
El baile te sé decir
que llegará a lo posible
en ser dulce y apacible,
pues tiene que ver y oír:
que ha de ser baile cantado,
al modo y uso moderno;
tiene de lo grave y tierno,
de lo melifluo y flautado.
Es lacayuno y pajil
el entremés, y me admira
de verle una tiramira
que tiene de fregonil.
MARCELA
La fiesta será estremada.
CRISTINA
Basta que agradable sea.
MARCELA
¿Sabe el dicho Dorotea?
CRISTINA
Ninguno no ignora nada
de lo que a su parte toca.
Dame, señora, lugar,
que nos hemos de ensayar.
MARCELA
Vamos.
CRISTINA
De gusto voy loca.
(Éntranse.)
(Salen TORRENTE y OCAÑA, cada uno con un garrote debajo del brazo.)
TORRENTE
Señor Ocaña, a esta parte,
que está más llano el camino.
OCAÑA
Por esta vez, peregrino
traidor, no pienso de honrarte
con darte el lado derecho,
porque he de tomar el tuyo.
Desas ceremonias huyo,
lánguidas y sin provecho;
adondequiera voy bien,
al diestro o siniestro lado,
y no quiero, acomodado,
que otros lugares nos den
del que me cupiere acaso,
y sé yo, señor Torrente,
que tiene de lo imprudente
hacer destas cosas caso.
TORRENTE
¿Es daga aquese garrote,
señor Ocaña?
OCAÑA
Es un palo
que por martas lo señalo
para ablandar un cogote.
¿Y es puñal aquese vuestro?
TORRENTE
Es una penca verduga
que las espaldas arruga
del maldiciente más diestro.
OCAÑA
Luego, ¿vais a castigar
algún maldiciente?
TORRENTE
Sí.
OCAÑA
Pues no pasemos de aquí,
que yo también he de dar
doce palos a un bellaco,
socarrón, traidor, y miente.
TORRENTE
Si lo dices por Torrente,
daré destierro a este saco,
y haré en calzas y en jubón,
ya con el palo o sin él,
que confieses ser tú aquel
desmentido y socarrón.
OCAÑA
Tente, Torrente; ¿estás loco?,
ten tus cóleras a raya,
si quieres que yo me vaya
en las mías poco a poco.
¿Han de fenecer aquí,
por gustos de mozas viles,
dos Héctores, dos Aquiles?
TORRENTE
Mueran. ¿Qué se me da a mí?
OCAÑA
¡Vive Dios!, que Cristinilla
me mandó te apalease;
a lo menos, te reglase
la una y otra mejilla
con una navaja aguda:
que es, si en ello mirar quieres,
entre las crudas mujeres,
la más insolente y cruda.
Lo mismo a mí me mandó
que a ti.
TORRENTE
Sin duda, ansí es.
OCAÑA
¿Y saldrá con su interés?
TORRENTE
Amigo Ocaña, eso no.
Vivamos para beber,
pues para beber vivimos,
y estos dijes y estos mimos
con otros se han de entender
de más tiernas intenciones
y de más sufribles lomos;
no con nosotros, que somos
malos sobre socarrones.
Disimula; vesla allí
donde viene; disimula.
OCAÑA
Ésta es la más mala mula
que en mi vida rasqué o vi.
TORRENTE
Contemporicémosla.
Quizá mudará el rigor:
que su mudanza en mejor
se ha de poner en quizá.
(Entra CRISTINA.)
CRISTINA
Apostaré que están hechos
pedazos mis dos amantes,
que revientan de arrogantes
y de coléricos pechos.
Pero allí están sosegados
más que en misa. ¿Cómo es esto?
Aún no se habrán descompuesto,
que son rufos recatados.
TORRENTE
Señora Cristina mía...
CRISTINA
¿Tuya? ¡Bueno!
TORRENTE
Pues ¿que no?
CRISTINA
¿Quién a ti a Cristina dio?
TORRENTE
El dinero y la porfía.
CRISTINA
¿Qué dinero?
TORRENTE
Aquel que pienso
darte en llegando la flota,
si no es que, de puro rota,
da al mar el usado censo.
CRISTINA
¿Tú no me das algo, Ocaña?
OCAÑA
Cristina, ¿yo no te he dado,
como poeta rodado,
del entremés la maraña?
¿Hay día que no te cebe
con dos cuartos y aun con tres?
CRISTINA
Si es que sale el entremés
tal que mi señor le apruebe,
yo me daré por pagada
y satisfecha, que es más.
TORRENTE
Cristina, ¿no nos dirás,
si es que el caso no te enfada,
a cuál de los dos más quieres?
CRISTINA
Es injusta petición,
y aquesa declaración
no la han de hacer las mujeres
como yo; mas, si gustáis
que por señas os lo diga,
haré lo que a más me obliga
el amor que me mostráis.
Muestra si traes un pañuelo,
Ocaña.
OCAÑA
Sí traigo, y roto,
y te le ofrezco devoto
con sano y humilde celo.
CRISTINA
Toma este mío, Torrente,
y con esto he declarado
lo que me habéis preguntado
honesta y discretamente.
Y adiós; y venid, que es hora
de ensayar el entremés.
(Éntrase CRISTINA.)
TORRENTE
Si no te aclaras después,
más confuso estoy agora
que antes de hacer la pregunta.
OCAÑA
Pues yo me aplico la palma,
que en mi provecho mi alma
estas razones apunta:
a ti dio, sin darle nada,
y, sin darme, a mí, tomó;
con el darte, te pagó;
llevando, queda obligada
al pago que recibió.
TORRENTE
A quien toman lo que tiene,
dan muestra que se aborrece;
y en el dar, claro parece
que más amor se contiene,
pues con las dádivas crece.
OCAÑA
La verdad desta cuestión
quede a la mosquetería,
que tal hay que en él se cría
el ingenio de un Platón.
Estos capipardos son
poetas casi los más,
y tal vez alguno oirás
que a socapa dice cosas
que parece, de curiosas,
que las dicta Barrabás.
(Éntranse TORRENTE y OCAÑA.)
(Salen DON ANTONIO, DON FRANCISCO, CARDENIO y MARCELA, y MUÑOZ.)
DON [ANTONIO]
Quiera Dios que la fiesta corresponda
al buen deseo de los recitantes.
MUÑOZ
Será maravillosa, porque danza
nuestro vecino el barberito, ¡y cómo!
(Asómase a la puerta del teatro CRISTINA, y dice:)
CRISTINA
Pónganse todos bien, que ya salimos.
MARCELA
¿Han venido los músicos?
CRISTINA
Ya tiemplan.
(Éntrase CRISTINA.)
(Salen OCAÑA y TORRENTE, como lacayos embozados.)
TORRENTE
Paréceme que vas algo dañado,
Ocaña.
OCAÑA
Cuando voy desta manera,
va el juïcio en su punto. Tú no sabes
cómo el calor vinático despierta
los espíritus muertos y dormidos.
De suerte voy que pelearé con ciento,
sin volver el pie atrás una semínima.
CARDENIO
No es muy mala la entrada.
MUÑOZ
¿Cómo mala?
Digo que es la mejor cosa del mundo.
Yo soy su medio autor.
TORRENTE
Ocaña, ¿es éste
el zagüán de la fiesta?
OCAÑA
No diviso:
que tengo las lumbreras algo turbias
Adonde oyeres música, repara.
TORRENTE
Escucha, que aquí sale Cristina
y Dorotea.
OCAÑA
Cáigome de sueño.
(Salen DOROTEA y CRISTINA como fregonas.)
DOROTEA
Aquesta tarde, Cristinica amiga,
pienso bailar hasta molerme el alma.
CRISTINA
Y yo, hasta reventar he de brincarme.
¡Cómo tarda Aguedilla, la del sastre!
DOROTEA
¿Díjote que vendría?
CRISTINA
Y Julianilla,
la del entallador, con Sabinica,
que sirve a la beata en Cantarranas.
DOROTEA
Todas son bailadoras de lo fino.
En fregando, vendrán.
CRISTINA
Como nosotras,
que lo dejamos todo hecho de perlas.
De la cena no curo; que mi amo
dos huevos frescos sorbe, y a Dios gracias.
DOROTEA
El mío nunca cena; que es asmático,
y con dos bocadillos de conserva
que toma, se santigua y se va al lecho.
CRISTINA
Y tu ama, ¿qué hace? ¿No se acuesta?
DOROTEA
No toméis menos; puesta de rodillas
dentro de un oratorio, papa santos
dos horas más allá de los maitines.
CRISTINA
También es mi señora una bendita,
y, por nuestra desgracia, ellas son santas.
DOROTEA
Pues ¿no es mejor, amiga, que lo sean?
CRISTINA
No; ni con cien mil leguas. Si ellas fueran
resbaladoras de carcaño, acaso
tropezaran aquí y allí rodaran;
y, sabiendo nosotras sus melindres,
tuviéramos la nuestra sobre el hito:
ellas fueran las mozas, y nosotras
fuéramos las patronas a baqueta,
como dice il toscano.
DOROTEA
Verdad dices:
que el ama de quien sabe su criada
tiernas fragilidades, no se atreve,
ni aun es bien que se atreva, a darle voces,
ni a reñir sus descuidos, temerosa
que no salgan a plaza sus holguras.
CRISTINA
¿Has visto qué calzado trae Lorenza,
la que sirve al letrado boquituerto?
¿Quién se le dio, si sabes?
DOROTEA
Un su primo
donado, que es un santo.
CRISTINA
¡Ay Dorotea,
cómo los canonizas!
DOROTEA
Oye, hermana,
que los músicos suenan, y el barbero,
gran bailarín, es éste que aquí sale.
MUÑOZ
¡Vive el cielo!, que es cosa de los cielos
el entremés.
OCAÑA
Aquel viejo me enfada;
que le he de dar, pondré, una bofetada.
(Entran los MÚSICOS y el BARBERO, danzando al son deste romance:)
[MÚSICOS]
De los danzantes la prima
es este barbero nuestro,
en el compás acertado,
y en las mudanzas ligero.
Puede danzar ante el rey,
y aqueso será lo menos,
pues alas lleva en los pies
y azogue dentro del cuerpo.
Anda, aguija, salta y corre
aquí y allí como un trueno,
adóranle las fregonas,
respétanle los mancebos.
OCAÑA
Oíganme, pido atención;
no gusto destos paseos,
deste dar coces al aire
y puntapiés a los vientos.
Toquen unas seguidillas,
y entendámonos; y advierto
que se juegue limpiamente,
y sepan que no me duermo.
MUÑOZ
¿Hay tal Ocaña en el mundo?
¿Hay tal lacayo en el cielo?
BARBERO
Alto, pues; vayan seguidas.
CRISTINA
Sí, amigo, porque bailemos.
MÚSICOS
Madre, la mi madre,
guardas me ponéis;
que si yo no me guardo,
mal me guardaréis.
TORRENTE
Esto sí, ¡cuerpo del mundo!,
que tiene de lo moderno,
de lo dulce, de lo lindo,
de lo agradable y lo tierno.
MÚSICOS
Dicen que está escrito,
y con gran razón,
que es la privación
causa de apetito.
Crece en infinito
encerrado amor;
por eso es mejor
que no me encerréis:
que si yo no me guardo...
OCAÑA
Ya les he dicho que bailen
a lo templado y honesto:
que no gusto que se beban
de las niñas el aliento.
BARBERO
¡Por vida del so lacayo,
que nos deje, que aquí haremos
lo que más nos diere gusto!
OCAÑA
Bailen: después nos veremos.
MÚSICOS
Es de tal manera
la fuerza amorosa
que a la más hermosa
vuelve en quimera.
El pecho de cera,
de fuego la gana,
las manos de lana,
de fieltro los pies:
que si yo no me guardo, &c.
TORRENTE
Tampoco a mí me contentan
estas vueltas ni floreos:
que se requiebran bailando,
pues son requiebros los quiebros.
MÚSICOS
Señores lacayos, vayan
y monden la haza, y déjennos.
OCAÑA
Musiquillo de mohatra,
canta y calla, que queremos
estar aquí a tu pesar.
MÚSICOS
Está bien dicho; cantemos.
Que tiene costumbre
de ser amorosa,
como mariposa
se va tras su lumbre,
aunque muchedumbre
de guardas le pongan,
y aunque más propongan
de hacer lo que hacéis:
que si yo no me guardo...
TORRENTE
Varilla de volver tripas,
no hagas tantos meneos;
lagartija almidonada,
baila a lo grave y compuesto.
DOROTEA
Bodegón con pies, camine,
que aquí no le conocemos;
calle o pase, porque olisca
a lacayo y a gallego.
MUÑOZ
Éstas sí que son matracas,
que tienen del caballero,
de lo ilustre y de lo lindo,
de lo propio y lo risueño.
OCAÑA
Bailar quiero con Cristina.
TORRENTE
No con mi consentimiento.
¿No se acuerda el sor Ocaña
que a mí me dio su pañuelo,
y que, en fe de ser su cuyo,
sobre ella dominio tengo,
y que los rayos del sol
no la han de tocar, si puedo?
OCAÑA
¿Y no sabe el so Torrente
que soy aquel que merezco
bailar con un arzobispo,
aunque sea el [de] Toledo?
CARDENIO
¿No pasa el baile adelante?
OCAÑA
No; que ha de pasar primero
de Ocaña la valentía,
su venganza y su denuedo.
TORRENTE
¡Ay narices derribadas
y tendidas por el suelo!
Pero toma esta respuesta:
de Tarpeya mira Nero.
MUÑOZ
Diole. ¡Mal haya la farsa
y el autor suyo primero!
Pero yo no di esta traza,
ni escribí tal en mis versos.
BARBERO
¡Pasado de parte a parte
está el pobre Ocaña!
MARCELA
¡Ay cielos!
BARBERO
Yo les tomaré la sangre,
que para esto soy barbero.
DOROTEA
¡Mi señora se desmaya!
DON [ANTONIO]
Yo tengo la culpa desto,
pues que sabía que Ocaña
es buzaque en todo tiempo.
BARBERO
¡Paños, estopas, aguijen;
tráiganme claras de huevos!
CARDENIO
¡Huye, traidor enemigo;
huye, traidor, que le has muerto!
TORRENTE
Mire si halla mis narices,
porque sin ellas no pienso
salir un paso de casa.
CARDENIO
¡Sal, que le has muerto!
TORRENTE
¡No quiero!
DOROTEA
¡Ay, sin ventura, señora!
DON [ANTONIO]
Las dos llevadla allá dentro.
Miren quién llama a esa puerta.
¡Y la rompen! ¿Qué es aquesto?
DON FRANCISCO
Yo pondré que es la justicia,
que a los llantos lastimeros
destas muchachas acude.
CRISTINA
Aqueso tengo yo bueno:
que no lloraré una lágrima
si viese a mi padre muerto;
y más, viéndome vengada
destos dos amantes ciegos,
importunos, maldicientes,
socarrones, sacrílegos,
pobres, sobre todo, y ruines:
¡mirad qué estremos estremos!
(Entran un ALGUACIL y un CORCHETE.)
ALGUACIL
¿Qué guitarra es aquésta?
CORCHETE
Aquí hay sangre. ¿Qué es aquesto?
TORRENTE
Yo soy, que estoy sin narices.
OCAÑA
Y yo, que estoy casi muerto.
ALGUACIL
No se me vaya ninguno;
cierren esas puertas luego.
MUÑOZ
De aquí habremos d[e] ir...
DOROTEA
¿Adónde?
MUÑOZ
A la cárcel, por lo menos.
DON [ANTONIO]
¿No la habéis echado el agua?
DOROTEA
Ya vuelve en sí.
CORCHETE
¿Qué haremos?
¿Han de ir a la cárcel todos?
ALGUACIL
El caso sabré primero.
TORRENTE
¡Que tengo de ir a Turpia!
OCAÑA
¡Que esté tan cerca mi entierro!
¡Mete la tienta, cuitado,
con más blandura y más tiento!
BARBERO
Más de dos palmos le cuela.
OCAÑA
Si yo cuatro azumbres cuelo,
no es bien se mire conmigo
en dos varas más o menos.
CORCHETE
Veamos estas narices.
TORRENTE
Paso, detente, reniego
de tus pies y de tus patas:
que las pisas, y tendremos
que enderezarlas si acaso
quedan chatas.
CORCHETE
Yo no veo
en el suelo tus narices.
TORRENTE
Verdad, porque aquí las tengo.
MUÑOZ
¡Milagro, milagro, y grande!
OCAÑA
Tú, compasivo barbero,
por lo hueco de una bota
entraste la tienta a tiento.
DON [ANTONIO]
Luego, ¿todo esto es fingido?
OCAÑA
Sí, señor.
DON [ANTONIO]
¡Por Dios del cielo!,
que estoy por hacer que salga
lo que es fingido por cierto.
¡Desnudar, donde hay mujeres,
espadas!
TORRENTE
¡Ah, señor bueno,
qué mal sientes de sus bríos!
DON [ANTONIO]
Digo que sois majadero.
ALGUACIL
Luego, ¿todo aquesto es burla?
OCAÑA
Todo aquesto es burla luego,
pero después serán veras.
CARDENIO
¡Qué buen relente tenemos!
DON FRANCISCO
El picón, por Dios bendito,
que ha sido de los más buenos
que he visto hacer en mi vida.
DOROTEA
¿Bailaremos más?
CRISTINA
Bailemos.
MARCELA
No, porque aún no estoy en mí
del sobresalto, y deseo
reparar el accidente
que me ha puesto en recio estremo.
DON [ANTONIO]
Entraos, hermana.
MARCELA
Vení
conmigo vosotras.
TORRENTE
Demos
sobresaltado remate
al principio de sosiego.
(Éntranse CRISTINA, MARCELA y DOROTEA.)
ALGUACIL
De que todo sea comedia,
y no tragedia, me alegro;
y así, a mi ronda, señores,
con vuestra licencia, vuelvo.
(Éntranse el ALGUACIL y el CORCHETE.)
CARDENIO
Ocaña y Torrente, digo
que el asunto fue discreto
del picón, y que se hizo
con propiedad en estremo.
MUÑOZ
El principio todo es mío,
pero no lo fue el progreso;
el perulero y Ocaña
tienen el diablo en el cuerpo.
OCAÑA
Miren la herida por quien
metió la tienta el barbero,
que, mientras es más profunda,
más vida y bien me prometo.
(Enseña una bota de vino.)
TORRENTE
Preguntar quiero otra vez,
mis señores mosqueteros,
quién ha de llevar la gala
de los trocados pañuelos.
Pensadlo para otra vez,
que en este sitio saldremos
con preguntas más agudas,
con entremeses más buenos.
Y advertid que soy Torrente,
perulero por lo menos,
y os daré selvas de plata
y mil montes de oro llenos.
OCAÑA
Hermanos, yo soy Ocaña,
lacayo, mas no gallego;
sé brindar y sé gastar
con amigos cuanto tengo.
(Éntranse todos.)
(Entran DON SILVESTRE DE ALMENDÁREZ, el verdadero, con una gran cadena de oro, o que le parezca, y CLAVIJO, su compañero.)
DON SILVESTRE
Si no llega al retrato su hermosura,
y della ha declinado alguna parte,
podrá buscar en otra su ventura.
CLAVIJO
Señor, lo que yo puedo aconsejarte
es que procures que la vista sea
la que desta verdad ha de informarte;
y si tu prima acaso fuere fea,
no faltarán escusas con que impidas
el lazo que se teme y se desea:
que, a darle el matrimonio por dos vidas,
las glorias que no diera la primera,
fueran en la segunda prevenidas.
Un nudo solo dado a la ligera,
aprieta, est[r]echa y liga de tal suerte,
que dura hasta la hora postrimera.
No fue de Gordiano el lazo fuerte
tan duro de romper como este nudo,
que sólo se desata con la muerte.
Mancebo eres, pero muy sesudo,
y así, de que has de hacer como discreto
tan confiado estoy, que en nada dudo.
DON SILVESTRE
De seguir tus consejos te prometo.
Ésta es buena coyuntura,
porque imagino que es ésta
mi prima.
CLAVIJO
Como es hoy fiesta,
saldrá a misa.
DON SILVESTRE
¡Gran ventura!
De mi primo ésta es la casa.
Ella es; no hay qué dudar.
CLAVIJO
Toda la puedes mirar,
si es que descubierta pasa.
(Salen MARCELA y DOROTEA, con mantos, y detrás QUIÑONES, con una almohada de terciopelo, y MUÑOZ, que lleva a MARCELA de la mano.)
MARCELA
Delantero cargó Ocaña,
Muñoz, en el entremés.
MUÑOZ
¿No sabes, señora, que es
el mayor cuero de España?
MARCELA
Desenvainar las espadas,
me dio pena.
MUÑOZ
Aquellas monas
nunca las sacan tizonas,
porque todas son coladas.
Embebe como esponja
vino Ocaña, y aun Torrente
bebe como hombre valiente,
sin melindre y sin lisonja.
MARCELA
¿Don Silvestre queda en casa?
DOROTEA
Sí, señora; y acostado.
MARCELA
Mi primo es tan regalado,
que ya de lo honesto pasa.
¿Traes, Dorotea, las Horas?
DOROTEA
Sí, señora.
MUÑOZ
El corazón
me dice que hoy el sermón
tiene de durar tres horas.
(Al pasar, DON SILVESTRE y CLAVIJO hacen a MARCELA una gran reverencia, y ella, ni más ni menos.)
Pero yo le oiré de modo
que fastidio no me pille.
MARCELA
Luego, ¿no pensáis oílle?
MUÑOZ
Alguna parte, no todo.
(Éntrase MARCELA, MUÑOZ, DOROTEA y QUIÑONES.)
DON SILVESTRE
Ésta es Marcela, mi prima,
y el retrato le parece.
CLAVIJO
Por cierto que ella merece
ser tenida por la prima
de hermosura y gentileza,
y estaría en perfección
grande, si su discreción
llega donde su belleza.
DON SILVESTRE
Primo y don Silvestre dijo,
y que quedaba acostado,
y que era muy regalado:
¿qué infieres desto, Clavijo?
CLAVIJO
De lo que pueda inferir,
ingenio no se resuelve;
mas el escudero vuelve,
que nos lo podrá decir.
(Vuelve MUÑOZ.)
MUÑOZ
Viejo en pie, largo sermón,
temblores de puro frío,
y el estómago vacío,
no llaman la devoción.
Aquí, al sol estaré, en tanto
que se quiebra la cabeza
este fraile, rica pieza,
que todos tienen por santo.
CLAVIJO
Díganos, señor galán:
¿quién es aquesta señora
que entró de la mano ahora?
MUÑOZ
¿Adónde?
CLAVIJO
En San Sebastián.
MUÑOZ
Es Marcela de Almendárez,
doncella la más garrida
que vive en toda la corte,
más honesta y recogida.
Es su hermano don Antonio
de Almendárez. Tiene en Indias
un hermano de su padre,
rico a las mil maravillas,
un hijo del cual en casa
se huelga a pierna tendida,
esperando si de Roma
el Padre Santo le envía
licencia para casarse
con Marcela, que es su prima.
DON SILVESTRE
¿Y llámase?
MUÑOZ
Don Silvestre
de Almendárez, y es de Lima,
y a nuestra casa llegó,
puedo decir, en camisa,
porque en una gran tormenta
echó al mar dos mil valijas
llenas de tejuelos de oro
finísimo y plata fina,
y entre ellas fue mi bayeta,
que fue oída y no fue vista.
CLAVIJO
¡Válame Dios! ¡Grave caso!
MUÑOZ
Éste que viene podría
contaros el caso grave
con más luenga narrativa:
que se halló presente a todo,
con gran dolor de su ánima.
DON SILVESTRE
Ánima, querréis decir.
MUÑOZ
No me importa a mí una guinda
pronunciar con dinguindujes.
(Entra TORRENTE.)
TORRENTE
Muñoz, ¿en qué está la misa?
MUÑOZ
En el misal: ahora empieza.
TORRENTE
¿Pasó por aquí Cristina?
MUÑOZ
Entre la cruz creo que andáis,
Torrente, y la agua bendita.
Bastan las de vuestro ojos,
sin buscar ajenas niñas;
que es Ocaña apitonado
y sabe mucho de esgrima.
TORRENTE
En este caso y en otros,
¿mondo yo, por dicha, níspolas?
Y, cuando no, su cabeza
tiene de guardar la mía.
(Entra un CARTERO destos que andan por la corte dando las cartas del correo.)
CARTERO
¿Don Antonio de Almendárez,
saben dónde vive, a dicha,
señores?
MUÑOZ
Hombre de bien,
a la vuelta, en una esquina.
¿Son de Roma?
CARTERO
Sí, señor.
MUÑOZ
La dispensación sería
que aguarda el gran peregrino
y la en beldad peregrina.
¿Cuánto es el porte?
CARTERO
Un escudo.
MUÑOZ
¡Hoste, puto! Vaya y diga
al mayordomo de casa
que le pague y la reciba.
(Éntrase el CARTERO.)
TORRENTE
Agora sí que tendremos
gusto abierto y rica jira,
regodeos hasta el tope,
lautas y limpias comidas.
Mudaremos este pelo
de sayal con cebollinas
martas.
MUÑOZ
Procurad que sean
ajunas, que sean más finas.
Con tantos gustos, sin duda,
que olvidaréis la tormenta
que pasastes, que, a mi cuenta,
debió ser en la Bermuda:
que siempre en aquel paraje
hay huracanes malignos.
TORRENTE
Tanto, que de peregrinos
hicimos pleito homenaje
yo y mi señor don Silvestre;
mas yo tengo por lunático
quien sube en caballo acuático,
cuando le tiene terrestre
A la sorda y a la muda
íbamos muy sin placer,
cuando llegamos a ver
la venta de la Barbuda;
pero tenía cerradas
las puertas, si viene a mano,
y no hay fiarse cristiano
de viejas que son barbadas.
DON SILVESTRE
Y la canal de Bahama,
¿pasóse sin detrimento?
TORRENTE
Otra canal yo no siento
que aquesta por do derrama
sus dulces licores Baco.
CLAVIJO
¿Dónde se alijó el navío?
TORRENTE
No le alijó el señor mío,
que le tuvo por bellaco;
y más, que espera tener
hijos en su prima hermosa.
MUÑOZ
La respuesta, aunque graciosa,
nos ha de echar a perder.
DON SILVESTRE
¿En el golfo de las Yeguas
sería el trance cruel?
TORRENTE
Creo que pasamos dél
desviados cuatro leguas.
CLAVIJO
¿Y dónde se tomó tierra?
TORRENTE
En el suelo.
DON SILVESTRE
Dice bien.
MUÑOZ
Vuesas mercedes nos den
licencia.
DON SILVESTRE
Donaire encierra
el peregrino, en verdad:
que si aspirara a piloto,
que yo le diera mi voto
con poca dificultad,
porque describe los puertos
y los golfos bravamente.
MUÑOZ
Es estimado Torrente
de los pilotos más ciertos
que encierra Guadalcanal,
Alanís, Jerez, Cazalla.
TORRENTE
Baco en sus Indias se halla,
pasando por mi canal.
MUÑOZ
Si la plática no atajo
en ocasión oportuna,
vos os veis, sin duda alguna,
Torrente amigo, en trabajo.
(Éntranse TORRENTE y MUÑOZ.)
(Salen DON ANTONIO, DON FRANCISCO y DON AMBROSIO (trae un papel en la mano).)
DON AMBROSIO
Si desto albricias no dais,
o esta verdad no creéis,
ni de mi mal os doléis,
ni de mi bien os holgáis.
Tras la noche triste mía,
amarga, lóbrega, escura,
hizo salir la ventura
claro sol y alegre día.
Por las levantadas cumbres
de imposibles que temí,
mi luz clara salir vi
llena de piadosas lumbres,
que como nortes me guían
al puerto con dulces modos,
y de los peligros todos
del mar de amor me desvían.
Ya Marcela ha parecido,
y con esa letra y firma
todos mis bienes confirma;
ya, cual veis, soy su marido.
DON [ANTONIO]
¿Sabéis vos que ésta es su mano
y firma?
DON AMBROSIO
Sin duda alguna.
DON [ANTONIO]
Con tan próspera fortuna,
bien es que os mostréis ufano;
pero de su padre sé
que la casa en otra parte.
DON AMBROSIO
Él ni nadie será parte
a que se rompa la fe
que con sangre viene escrita
en ese papel que veis.
DON [ANTONIO]
Haga Amor que la gocéis
luengo tiempo en paz bendita.
Tomad, y hágaos buen provecho
vuestra ventura estremada.
DON FRANCISCO
La mujer determinada
pone a todo trance el pecho.
Pero veis aquí do viene,
el padre de vuestra esposa.
DON AMBROSIO
Esperarle aquí no es cosa
que a mis designios conviene.
(Entra el PADRE de Marcela, y vase AMBROSIO, y entra también OCAÑA.)
PADRE
Como fue demanda honesta
la que os hice, vengo a ver
si vino a corresponder
con mi intención la respuesta,
que ya en público la pido:
que no quiero que rodeos
encubran que mis deseos
no son de padre advertido.
Daré al señor don Antonio...,
deste modo lo diré,
...mi alma, pues le daré
a mi hija en matrimonio.
En ella le daré esposa
bien nacida, cual se sabe,
y aun estremo adonde cabe
el mayor de ser hermosa;
una niña a quien apenas
el sol ni el viento han tocado;
un armiño aprisionado
con religiosas cadenas;
una que son sus cuidados
de simple y tierna doncella;
y ofrezco en dote con ella
de renta dos mil ducados.
DON [ANTONIO]
Con mucho gusto, señor
don Pedro Osorio, hiciera
lo que tan bien me estuviera,
mirando a vuestro valor;
mas la señora Marcela
ha ganado por la mano
a vuestro intento tan sano,
que en honrarla se desvela:
ella se ha escogido esposo,
que es el que salió de aquí.
PADRE
¿Mi hija Marcela?
DON FRANCISCO
Sí.
PADRE
Padre triste, viejo astroso,
¿qué escuchas? ¿Cómo es aquesto?
DON FRANCISCO
Una cédula le ha dado
de su mano, donde ha echado
de lo que es amor el resto.
PADRE
¿Será falsa?
DON FRANCISCO
Podría ser;
pero imagino que no.
PADRE
Pues ¿para qué os la mostró?
DON [ANTONIO]
Turba el sentido el placer.
[PADRE]
Primero que él la vea,
primero que él la toque,
primero que la goce,
ha de perder la vida, o yo la mía.
¡Que venga un embustero,
con sus manos lavadas,
y no limpias por esto,
y el alma os robe y saque de las carnes...!
Mitades son del alma
los hijos; mas las hijas
son mitad más entera,
por cuyo honor el padre ha de ser lince.
OCAÑA
Por Cristo benditísimo,
que la razón le sobra
por cima los tejados
a este pobre señor, de quien me duelo.
¡Que aquestos pisaverdes,
aquestos tiquimiquis
de encrespados copetes,
se anden a pescar bobas con embustes...!
DON [ANTONIO]
Majadero, ¿qué es esto?
OCAÑA
Yo callo y me arrepiento
de lo dicho.
DON [ANTONIO]
Mostrenco,
¿de cuándo acá os metéis vos en docena?
OCAÑA
¡Que no pueda hacer baza
yo con este mi amo,
y si a las discreciones
jugamos, quince y falta puedo darle...!
PADRE
No os quiero pedir nada,
ni es razón que os la pida,
hijo, que, si lo fuérades,
remozara mis canas y mis días.
¡Hijas inobedientes,
que al curso de los años
anticipáis el gusto,
destrúyaos Dios, los cielos os maldigan!
(Éntrase el PADRE.)
DON [ANTONIO]
¡Mi gozo está en el pozo!
DON FRANCISCO
¿Y si es falsa la cédula?
DON [ANTONIO]
Aunque lo sea, amigo,
ya el honor titubea de Marcela.
Cuanto más, que se sabe
que es bueno don Ambrosio,
y no levantaría
tan grande testimonio.
DON FRANCISCO
Así lo creo.
DON [ANTONIO]
Doncella de escritorios,
de públicas audiencias,
de pruebas y testigos,
no es para mí.
OCAÑA
¡Sentencia aristotélica!
(Entran TORRENTE y CARDENIO.)
TORRENTE
¿A cuándo, cuitado, aguardas?
¿Qué diligencias has hecho
que te sean de provecho?
¿A qué esperas? ¿A qué tardas?
Lugar tienes y ocasión
para rogar y fingir.
CARDENIO
Yo tengo para morir,
no para hablar, corazón.
TORRENTE
Tu silencio ha de ser causa
de toda tu desventura.
CARDENIO
Su honestidad y hermosura
ponen en mi intento pausa.
Al cabo habré de morir
callando.
TORRENTE
¡Qué simple amante!
CARDENIO
Medroso, mas no ignorante.
TORRENTE
Todo lo puedes decir.
(Entran MARCELA, DOROTEA, MUÑOZ y CRISTINA, y QUIÑONES.)
MARCELA
La torpeza en vos se halla;
caminad, que os valga Dios.
OCAÑA
Uno a uno, dos a dos,
juntado se ha gran batalla.
(Entran SILVESTRE y CLAVIJO.)
DON SILVESTRE
¿Un don Silvestre está aquí
que tiene por sobrenombre
Almendárez?
CARDENIO
Gentilhombre,
yo soy. ¿Qué queréis de mí?
DON SILVESTRE
Dadme, señor, vuestros pies,
que soy grande servidor
de vuestro padre.
CARDENIO
Señor,
cortés, mas no tan cortés.
DON SILVESTRE
Diez mil pesos ensayados,
con vos, me escribe mi padre,
me envía, y tres mil mi madre.
TORRENTE
Pesos serán bien pesados.
Catorce mil se tragó
el mar, como soy testigo.
DON SILVESTRE
Trece mil son los que digo.
TORRENTE
Catorce mil digo yo.
CARDENIO
Es verdad; yo recebí,
señor, todo ese dinero;
pero el mar...
CLAVIJO
Aquí no hay pero.
DON SILVESTRE
Yo responderé por mí;
callad vos. También me envía
de vuestra prima un retrato.
TORRENTE
Sorbiósele el mar ingrato
sin guardarle cortesía.
Pensamos que se amansara
tocándole su figura,
y por respeto y mesura
en su lecho se acostara;
pero fue tan mal mirado,
que alzó montes sobre montes,
y escondió los horizontes
y aun la faz del sol dorado.
MARCELA
No era reliquia el retrato.
CLAVIJO
No; pero si él le arrojara
con devoción, se mostrara
manso el mar y el cielo grato.
TORRENTE
Todo esto en la memoria
no está, Muñoz, que nos diste,
y si nos caen en el chiste,
nuestra desdicha es notoria.
DON SILVESTRE
¿Vuesa merced tiene, acaso,
otro hermano?
CARDENIO
Sí, señor.
MUÑOZ
No, señor. ¡Oh grande error!
¡Mil sustos de muerte paso!
CLAVIJO
¿Cómo se llama?
TORRENTE
Don Juan
de Almendárez.
DON SILVESTRE
¿Qué edad tiene?
TORRENTE
Aquella que le conviene.
OCAÑA
Examinándoles van,
y yo no sé para qué.
DON SILVESTRE
¿Tocaron en la Bermuda?
TORRENTE
Ya he dicho desa Barbuda
otra vez lo que yo sé.
DON SILVESTRE
No ingenio, mas ignorancia,
es fabricar la maldad,
de quien está la verdad,
no dos dedos de distancia.
Yo soy, señor don Antonio,
vuestro primo verdadero,
y de ser éste embustero
darán claro testimonio
mis papeles y el retrato
de mi señora Marcela.
MUÑOZ
¡El alma se me revela!
¡Si hoy no me muero, me mato!
DON SILVESTRE
Dadme, señora, esos pies
por vuestro primo y esposo.
DON FRANCISCO
¡Éste es caso prodigioso!
MARCELA
Cortés, mas no tan cortés.
TORRENTE
Tres días ha, desventurado,
que, por no querer hablar,
te has de ver, a bien librar,
en galeras y azotado.
Embistiérasla, malino,
y no aguardaras a verte
en la desdichada suerte
y en el traje peregrino.
DON FRANCISCO
¿Quién eres?
CARDENIO
Un estudiante.
TORRENTE
Y yo su capigorrón,
que tengo de socarrón
harto más que de ignorante.
CARDENIO
Solicitóme el amor
a entrar en esta conquista
a la sombra de una lista...
TORRENTE
Que la escribió este traidor
de Muñoz.
MUÑOZ
¡Dios sea conmigo!
¡Llegó de Muñoz el fin!
DON [ANTONIO]
¡Ah escudero viejo y ruin!
OCAÑA
Eso pido y eso digo.
CARDENIO
Estos soles sobrehumanos,
por quien mi mal crece y mengua,
pusieron freno a mi lengua,
como esposas a mis manos.
En los rayos de sus ojos
se despuntaban los míos,
y nunca mis desvaríos
llegaron a darla enojos.
Si me queréis castigar,
primero advertid, señores,
que los yerros por amores
son dignos de perdonar.
DON [ANTONIO]
En albricias, el perdón
te diera, mas ten aviso
que el Pontífice no quiso
conceder dispensación
entre mi primo y mi hermana.
MARCELA
Casamientos de parientes
tienen mil inconvenientes.
CLAVIJO
El favor todo lo allana.
Yo iré a Roma, y la traeré.
DON SILVESTRE
Yo, aunque primo verdadero,
ni quedarme en casa quiero,
ni poner en ella el pie:
que la honra de mi prima
ha de ir contino adelante,
sin que haya otro estudiante
que la asombre o que la oprima.
CRISTINA
¿No ha de haber un casamiento
en esta casa jamás?
OCAÑA
Tú, Cristina, le harás,
si te ajustas a mi intento.
CRISTINA
Yo me ajusto al de Quiñones.
QUIÑONES
Pues yo no me ajusto al tuyo.
CRISTINA
¿Tú, para no ser mi cuyo,
hallas razón?
QUIÑONES
Y razones.
CRISTINA
Ocaña, si me deseas,
vesme aquí.
OCAÑA
No es mi linaje
tal, que lo que arroja un paje
escoja yo, ni tal creas.
TORRENTE
A no estar temiendo aquí
la penca de algún verdugo,
ese arrojado mendrugo
le tomara para mí.
CRISTINA
¡Malos años y mal mes!
TORRENTE
Acordársete debía,
facinorosa arpía,
del pañuelo y entremés.
MARCELA
Con licencia de mi hermano
y de mi primo, yo quiero
sentenciar al escudero
y al gran embustero indiano.
Trocará la mano el juego
a cuyas leyes me arrimo:
quedarse ha en casa mi primo,
y él se salga della luego.
Lleve su vergüenza a cuestas,
que es la venganza mayor
que puede tomar Amor
de invenciones como aquéstas.
A Muñoz le doy la pena
que da el arrepentimiento
y el destierro.
MUÑOZ
Yo bien siento
ser ángel el que condena.
Mi alma no se alboroza
con sentencia que es tan pía,
pues ve que yo merecía
azotes, si no coroza.
OCAÑA
Bien haya la lacayuna
humilde y valiente raza,
pues que traiciones no traza
para subir su fortuna.
Junto a la caballeriza,
y al olor de su caballo,
con sus bríndez, siento y hallo
que sus gustos soleniza.
CRISTINA
De Quiñones desechada,
y de Ocaña no escogida,
aún no he de quedar perdida,
porque espero ser ganada.
Hace quien se desespera
un grandísimo pecado,
y es refrán muy bien pensado
que tal vendrá que tal quiera.
DOROTEA
Yo sola soy sin ventura.
Es tan corto el hado mío,
que no ha alcanzado mi brío
lo que impide la hermosura.
Nunca he sido requebrada,
ni sé amor a lo que sabe;
mas esto y mucho más cabe
en la ventura quebrada.
TORRENTE
Siento en aqueste desastre
sólo el perder a Cristina.
MUÑOZ
Camina, Muñoz, camina,
pobre, sin bayeta y sastre.
(Éntrase.)
DOROTEA
Sin Marcela, don Antonio,
se entra amargo el corazón.
(Éntrase.)
DON SILVESTRE
Y yo sin dispensación.
(Éntrase.)
CRISTINA
Cristina sin matrimonio.
(Éntrase.)
CLAVIJO
Yo seguiré de mi amigo
los pasos, medio contento.
(Éntrase.)
DON FRANCISCO
Yo alabaré el pensamiento
de don Antonio, a quien sigo.
(Éntrase.)
MARCELA
Yo quedaré en mi entereza,
no procurando imposibles,
sino casos convenibles
a nuestra naturaleza.
(Éntrase.)
OCAÑA
Esto en este cuento pasa:
los unos por no querer,
los otros por no poder,
al fin ninguno se casa.
Desta verdad conocida
pido me den testimonio:
que acaba sin matrimonio
la comedia Entretenida.
(Éntrase.)
FIN
Pedro de Urdemalas
Los que hablan en ella son los siguientes:
PEDRO DE VRDEMALAS.
CLEMENTE, zagal.
CLEMENCIA, zagala.
BENITA, zagala.
CRESPO, alcalde, padre de Clemencia.
SANCHO MACHO, regidor.
DIEGO TARUGO, regidor.
LAGARTIJA, labrador.
HORNACHUELOS, labrador.
REDONDO, escriuano.
PASCUAL.
VN SACRISTAN.
MALDONADO, conde de gitanos.
Musicos.
YNES, gitana.
BELICA, gitana.
VNA VIUDA LABRADORA.
UN LABRADOR, que la lleua de la mano.
VN CIEGO.
EL REY.
SILERIO.
VN CRIADO DEL REY.
VN ALGUAZIL.
LA REYNA.
MOSTRENCO.
MARCELO, cauallero.
Dos representantes, con su autor.
VN LABRADOR.
Otros tres farsantes.
ALGUAZIL DE COMEDIAS.
JORNADA PRIMERA
Entran PEDRO DE VRDEMALAS en hábito de moço de labrador, y CLEMENTE como zagal.
CLEMENTE
De tu ingenio, Pedro amigo,
y nuestra amistad se puede
fiar mas de lo que digo,
porque el al mayor excede,
y della el mundo es testigo;
assi, que es de calidad
tu ingenio y nuestra amistad,
que, sin buscar otro medio,
en ambos pongo el remedio
de toda mi enfermedad.
Essa hija de tu amo,
la que se llama Clemencia,
a quien yo justicia llamo,
la que huye mi presencia,
qual del caçador el gamo;
essa, a quien naturaleza
dio el estremo de belleza
que has visto, me tiene tal,
que llega al punto mi mal
do llega el de su lindeza.
Quando pense que ya estaua
algo credula al cuydado
que en mis ansias le mostraua,
yo no se quien la ha trocado
de cordera en tigre braua,
ni se yo por que mentiras
sus mansedumbres en yras
ha buelto, ni se, ¡o amor!,
por que con tanto rigor
contra mi tus flechas tiras.
PEDRO
Bobear; dime, en efeto,
lo que quieres.
CLEMENTE
Pedro hermano,
que me libres deste aprieto
o ayuda de hombre discreto.
PEDRO
¿Han llegado tus desseos
a mas que dulces floreos,
o has tocado en el lugar
donde amor suele fundar
el centro de sus empleos?
CLEMENTE
Pues sabes que soy pastor,
entona mas baxo el punto,
habla con menos primor.
PEDRO
Que si eres, te pregunto,
Amadis o Galaor.
CLEMENTE
No soy sino Anton Clemente,
y andas, Pedro, impertinente
en hablar por tal camino.
PEDRO
Pan por pan, vino por vino,
se ha de hablar con esta gente.
¿Haste visto con Clemencia
a solas o en parte escura,
donde ella te dio licencia
de alguna desemboltura
que encargasse la conciencia?
CLEMENTE
Pedro, el cielo me confunda,
y la tierra aqui me hunda,
y el ayre jamas me aliente,
si no es vn amor decente
Del padre el rico caudal
el mio pobre desprecia
por no ser al suyo ygual,
y entiendo que sólo precia
el de Llorente y Pascual,
que son ricos, y es razon
que se lleue el coraçon
tras si de qualquier muger,
no el querer, sino el tener
del oro la possession.
Y, demas desto, Clemencia
a mi amor no corresponde,
por no se que impertinencia
que le han dicho, y assi esconde
de mis ojos su presencia;
y si tu, Pedro, no hazes
de nuestras riñas las pazes,
ya por perdido me cuento.
PEDRO
O no tendre entendimiento,
o he de trazar tus solazes.
Si sale, como imagino,
oy mi amo por alcalde,
te digo, como adiuino,
que oy no te truxo de valde
a hablar conmigo el destino.
Tu verás cómo te entrego
en holgança y en sossiego
el bien que interes te veda,
y que al dartele preceda
promessa, dadiua y ruego.
Y, en tanto que esto se traza,
buelue los ojos y mira
los lazos con que te enlaza
amor, y por quien suspira
Febo, que alli se disfraza;
mira a los rubios cabellos
de Clemencia, y mira entre ellos
al lasciuo amor jugando,
y cómo se va admirando
por ver que se mira en ellos.
Benita viene con ella,
su prima, qual si viniesse
con el sol alguna estrella
que no menos luz nos diesse
que el mismo sol: tal es ella.
que, si llega aqui Clemencia,
te le humilles; yo a Benita,
como a vna cosa bendita,
le pienso hazer reuerencia.
Dile con lengua curiosa
cosas de que no disguste,
y ten por cierta vna cosa:
que no ay muger que no guste
de oyrse llamar hermosa.
Liberal desta moneda
te muestra; no tengas queda
la lengua en sus alabanças;
verás boluer las mudanças
de la variable rueda.
(Entran CLEMENCIA y BENITA, zagalas, con sus cantarillas, como que van a la fuente.)
BENITA
¿Por que te buelues, Clemencia?
CLEMENCIA
¿Por que me bueluo, Benita?
Por no verme en la presencia
de quien la salud me quita
y me da mortal dolencia;
por no ver a vn insolente
que tiene bien diferente
de la condicion el nombre.
BENITA
Apostaré que es el hombre
por quien lo dizes Clemente.
CLEMENTE
¿Soy basilisco, pastora,
o soy alguna fantasma
que se aparece a deshora,
con que el sentido se pasma
y el ánimo se empeora?
No eres sino vn parlero,
adulador, lisongero
y, sin por que, jactancioso,
en verdades mentiroso
y en mentiras verdadero.
¿Quándo te he dado yo prenda
que de mi amor te assegure
tanto, que claro se entienda
que, aunque el amor me procure,
no ayas temor que te ofenda?
Esto dixiste a Iacinta,
y le mostraste vna cinta
encarnada que te di;
y en tu rostro se ve aqui
aquesta verdad distinta.
CLEMENTE
Clemencia, si yo he dicho cosa alguna
que no vaya a seruirte encaminada,
venga de la mas próspera fortuna
a la mas abatida y desastrada;
si siempre sobre el cerco de la luna
no has sido por mi lengua leuantada,
quando quiera dezirte mi querella,
mudo silencio el cielo infunda en ella;
si mostre tal, la fe en que yo pensaua,
por la ley amorosa, de saluarme,
quando a la vida el término se acaba,
por ella entonces venga a condenarme;
si dixe tal, jamas halle en su aljaua
flechas de plomo amor con que tirarme,
si no es a ti, y a mi con las doradas,
a elarte y abrasarme encaminadas.
PEDRO
Clemencia, tu padre viene,
y con la vara de alcalde.
CLEMENCIA
No la ha alcançado de valde:
que su salmorejo tiene.
Hermano Clemente, a Dios.
CLEMENTE
¿Pues cómo quedamos?
CLEMENCIA
Bien.
Benita, si quieres, ven.
BENITA
Si, pues venimos las dos.
(Entrase BENITA y CLEMENCIA.)
PEDRO
Vete en buen hora, Clemente,
y quedese el cargo a mi
de lo que he de hazer por ti.
CLEMENTE
A Dios, pues.
PEDRO
El te contente.
(Sale MARTIN CRESPO, alcalde, padre de CLEMENCIA, y SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO, regidores.)
TARUGO
Placenos, Martin Crespo, del sucesso.
Dessecheysla por otra de brocado,
sin que jamas vn voto os salga auiesso.
Diego Tarugo, lo que me ha costado
aquesta vara, sólo Dios lo sabe,
y mi vino, y capones, y ganado.
El que no te conoce, esse te alabe,
desseo de mandar.
SANCHO
Yo aquesso digo,
que se que en el todo cuydado cabe.
Veala yo en poder de mi enemigo,
vara que es por presentes adquirida.
ALCALDE
Pues aora la tiene vn vuestro amigo.
SANCHO
De vos, Crespo, serà tan bien regida,
que no la doble dadiua ni ruego.
ALCALDE
No, ¡juro a mi!, mientras tuuiere vida.
Quando muger me informe, estare ciego;
al ruego del hidalgo, sordo y mudo:
que a la seueridad todo me entrego.
TARUGO
Ya veo en vuestro tiempo, y no lo dudo,
sentencias de Salmon, el rey discreto,
que el niño diuidio con hierro agudo.
ALCALDE
Al menos, de mi parte yo prometo
de arrimarme a la ley en quanto pueda,
sin alterar vn minimo decreto.
Como yo lo desseo, assi suceda.
Y a Dios.
ALCALDE
Fortuna os tenga, Sancho Macho,
en la empinada cumbre de su rueda.
TARUGO
Sin que el temor o amor os ponga empacho,
juzgad, Crespo, terrible y breuemente:
que la tardança en toda cosa tacho.
Y a Dios quedad.
ALCALDE
En fin, soys buen pariente.
(Entranse SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO.)
Pedro, que escuchando estàs,
¿cómo de mi buen sucesso
el parabien no me das?
Ya soy alcalde, y confiesso
que lo sere por demas,
si tu no me das fauor
y muestras algun primor
con que juzgue rectamente:
que te tengo por prudente,
mas que a vn cura y a vn doctor.
PEDRO
Es aquesso tan verdad,
qual lo dira la esperiencia,
porque con facilidad
luego os mostrare vna ciencia
que os de nombre y calidad.
Llegaráos Licurgo apenas,
y la celebrada Atenas
callará sus doctas leyes;
embidiaros han los reyes
y las escuelas mas buenas.
Yo os metere en la capilla
dos docenas de sentencias
que al mundo den marauilla,
ciuiles, o de renzilla;
y la que primero a mano
os viniere, està bien llano
que no ha de auer mas que ver.
ALCALDE
Desde oy mas, Pedro, has de ser,
no mi moço, mas mi hermano.
Ven, y mostrarásme el modo
como yo ponga en efeto
lo que has dicho, en parte o en todo.
PEDRO
Pues mas cosas te prometo.
ALCALDE
A qualquiera me acomodo.
(Entranse el ALCALDE y PEDRO.)
(Salen otra vez SANCHO MACHO y TARUGO.)
SANCHO
Mirad, Tarugo: bien siento
que, aunque el parabien le distes
a Crespo de su contento,
otro paramal tuuistes
guardado en el pensamiento;
porque, en efeto, es manzilla
que se rija aquesta villa
por la persona mas necia
que ay desde Flandes a Grecia
y desde Egypto a Castilla.
TARUGO
Oy mostrará la experiencia,
buen regidor Sancho Macho,
adónde llega la ciencia
de Crespo, a quien yo no tacho
y pues agora ha de ser,
soy, Macho, de parecer
que le oygamos.
SANCHO
Sea assi;
aunque tengo para mi
que vn simple en el se ha de ver.
(Entran LAGARTIJA y HORNACHUELOS, labradores.)
HORNACHUELOS
¿De quien, señores, sabremos
si el alcalde en casa está?
TARUGO
Aqui los dos le atendemos.
LAGARTIJA
Señal es que aqui saldra.
SANCHO
Tan cierta, que ya le vemos.
(Salen el ALCALDE y REDONDO, escriuano, y PEDRO.)
ALCALDE
¡O valientes regidores!
REDONDO
Sientense vuessas mercedes.
Sin ceremonia, señores.
TARUGO
En cortès, exceder puedes
a los corteses mayores.
ALCALDE
Sientese aqui el escriuano,
y a mi yzquierda y diestra mano
los regidores esten;
y tu, Pedro, estaras bien
a mis espaldas.
PEDRO
Es llano.
Aqui, en tu capilla, estan
las sentencias suficientes
a quantos pleytos vendran,
aunque nunca pares mientes
a la relacion que haran;
y si alguna no estuuiere,
a tu assessor te refiere,
que yo lo sere de modo
que te saque bien de todo,
y sea lo que se fuere.
REDONDO
¿Quieren algo, señores?
LAGARTIJA
Si querriamos.
REDONDO
Pues digan: que aqui està el señor alcalde,
que les hara justicia rectamente.
ALCALDE
Perdonemelo Dios lo que aora digo,
y no me sea tomado por soberuia:
tan tiestamenta pienso hazer justicia,
como si fuesse vn sonador romano.
REDONDO
Senador, Martin Crespo.
ALCALDE
Alla va todo.
Digan su pleyto apriessa y breuemente:
que apenas me le auran dicho, en mi anima,
quando les de sentencia rota y justa.
REDONDO
Recta, señor alcalde.
ALCALDE
Alla va todo.
HORNACHUELOS
Prestóme Lagartija tres reales,
boluile dos, la deuda queda en vno,
y el dize que le deuo quatro justos.
Este es el pleyto. Breuedad, y dixe.
¿Es aquesto verdad, buen Lagartija?
LAGARTIJA
Verdad; pero yo hallo por mi cuenta,
o que yo soy vn asno, o que Hornachuelos
me queda a deuer quatro.
ALCALDE
¡Brauo caso!
LAGARTIJA
No ay mas en nuestro pleyto, y me reçumo
en lo que sentenciare el señor Crespo.
REDONDO
Reçumo por resumo, alla va todo.
ALCALDE
¿Que dezis vos a esto, Hornachuelos?
HORNACHUELOS
No ay que dezir; yo en todo me arremeto
al señor Martin Crespo.
REDONDO
Me remito,
¡pese a mi abuelo!
ALCALDE
Dexad(le) que arremeta;
¿que se os da a vos, Redondo?
REDONDO
A mi, no nada.
ALCALDE
Pedro, sacame, amigo, vna sentencia
dessa capilla: la que està mas cerca.
REDONDO
¿Antes de ver el pleyto, ay ya sentencia?
ALCALDE
Ai se podra ver quien es Callejas.
PEDRO
Lease esta sentencia, y punto en boca.
REDONDO
«En el pleyto que tratan .N. y .F.»...
PEDRO
Zutano con Fulano significan
la .N. con la .F. entre dos puntos.
REDONDO
Assi es verdad. Y digo que «en el pleyto
que trata este Fulano con Zutano,
que deuo condenar, fallo y condeno
al dicho puerco de Zutano a muerte,
porque fue matador de la criatura
del ya dicho Fulano...» Yo no atino
que disparate es este deste puerco
y de tantos Fulanos y Zutanos,
ni se cómo es possible que esto quadre
ni esquine con el pleyto destos hombres.
ALCALDE
Redondo està en lo cierto. Pedro amigo,
mete la mano, y saca otra sentencia;
podria ser que fuesse de prouecho.
PEDRO
Yo, que soy assessor vuestro, me atreuo
de dar sentencia luego qual conuenga.
LAGARTIJA
Por mi, mas que la de vn jumento nueuo.
SANCHO
Digo que el assessor es estremado.
HORNACHUELOS
Sentencia norabuena.
ALCALDE
Pedro, vaya,
que en tu magin mi honra deposito.
PEDRO
Deposite primero Hornachuelos,
para mi, el assessor, doze reales.
HORNACHUELOS
Pues sola la mitad importa el pleyto.
PEDRO
Assi es verdad: que Lagartija, el bueno,
tres reales de a dos os dio prestados,
y destos le boluistes dos senzillos;
y por aquesta cuenta deueys quatro,
y no, qual dezis vos, no mas de vno.
LAGARTIJA
Ello es ansi, sin que le falte cosa.
HORNACHUELOS
No lo puedo negar; vencido quedo,
y pagaré los doze con los quatro.
REDONDO
Ensuziome en Caton y en Iustiniano,
¡o Pedro de Vrde, montañes famoso!,
que assi lo muestra el nombre y el ingenio.
HORNACHUELOS
Yo voy por el dinero, y voy corrido.
LAGARTIJA
Yo me contento con auer vencido.
(Entranse LAGARTIJA y HORNACHUELOS.)
(Salen CLEMENTE y CLEMENCIA como pastor y pastora, emboçados.)
CLEMENTE
Permitase que hablemos emboçados
ante tan justiciero ayuntamiento.
ALCALDE
Mas que hableys en vn costal atados;
porque a oyr, y no a ver, aqui me siento.
CLEMENTE
Los siglos que renombre de dorados
les dio la antiguedad con justo intento,
ya se ven en los nuestros, pues que vemos
en ellos de justicia los estremos.
Vemos vn Crespo alcalde...
ALCALDE
Dios os guarde.
Dexad aquessas lonjas a vna parte...
Lisonjas, dezir quiso.
ALCALDE
Y, porque es tarde,
de vuestro intento en breue nos dad parte.
CLEMENTE
Con verdadera lengua, cierto alarde
haze de lo que quiero parte a parte.
ALCALDE
Dezid: que ni soy sordo, ni lo he sido
CLEMENTE
Desde mis tiernos años,
de mi fatal estrella conduzido,
sin las nuues de engaños,
el sol que en este velo està escondido
mirè para adoralle,
porque esto hizo el que llegò a miralle.
Sus rayos se imprimieron
en lo mejor del alma, de tal modo,
que en si la conuirtieron:
todo soy fuego, yo soy fuego todo,
y, con todo, me yelo,
si el sol me falta que me eclipsa vn velo.
Grata correspondencia
tuuo mi justo y mi cabal desseo:
que amor me dio licencia
a hazer de mi alma rico empleo;
en fin, esta pastora,
assi como la adoro, ella me adora.
A hurto de su padre,
que es de su libertad duro tirano,
que ella no tiene madre,
de esposa me entregó la fe y la mano;
y agora, temerosa
del padre, no confiessa ser mi esposa.
Teme que el padre, rico,
se afrente de mi humilde mediania,
porque haze el pellico
al monge en esta edad de tirania.
pero no en la que da naturaleza.
Como el, yo soy tan bueno;
tan rico, no, y a su riqueza ygualo
con estar siempre ageno
de todo vicio perezoso y malo;
y, entre buenos, es fuero
que valga la virtud mas que el dinero.
Pido que ante ti buelua
a confirmar el si de ser mi esposa,
y en serlo se resuelua,
sin estar de su padre temerosa,
pues que no aparta el hombre
a los que Dios juntò en su gracia y nombre.
ALCALDE
¿Qué respondeys a esto,
sol que entre nuues se cubrio a deshora?
CLEMENTE
Su proceder honesto
la tendra muda, por mi mal, agora;
pero señales puede
hazer con que su intento claro quede.
ALCALDE
¿Soys su esposa, donzella?
PEDRO
La cabeça baxò: señal bien clara
que no lo niega ella.
SANCHO
¿Pues en que, Martin Crespo, se repara?
ALCALDE
En que de mi capilla
se saque la sentencia, y en oylla.
Pedro, sacala al punto.
Yo se que esta saldra pintiparada,
porque, a lo que barrunto,
siempre fue la verdad acreditada,
por atajo o rodeo;
y esta sentencia lo dira que leo.
(Saca vn papel de la capilla, y leele PEDRO:)
«Yo, Martin Crespo, alcalde, determino
que sea la pollina del pollino.»
REDONDO
Vaso de suertes es vuestra capilla,
y esta que ha sido agora pronunciada,
aunque es para entre bestias, marauilla,
y aun da muestras de ser cosa pensada.
CLEMENTE
El alma en Dios, y en tierra la rodilla,
la vuestra besaré, como a estremada
coluna que sustenta el edificio
donde moran las ciencias y el juyzio
ALCALDE
Puesto que redundara esta sentencia,
hijo, en aueros dado el alma mia,
porque no es otra cosa mi Clemencia,
me fuera de gran gusto y alegria.
Y alegrenos agora la presencia
vuestra, que està en razon y en cortesia,
pues ya lo desleydo y sentenciado
serà, sin duda alguna, executado.
CLEMENCIA
Pues, con esse seguro, padre mio,
el velo quito, y a tus pies me postro.
Mal hazes en vsar deste desuio,
pues soy tu hija, y no espantable monstro.
Tu has dado la sentencia a tu aluedrio,
y, si es injusta, es bien que te de en rostro;
pero, si justa es, haz que se aprueue,
con que a deuida execucion lleue.
ALCALDE
Lo que escriui, escriui; bien dizes, hija;
y assi, a Clemente admito por mi hijo,
y el mundo deste proceder colija
que mas por ley que por passion me rijo.
SANCHO
No ay alma aqui que no se regozija
de vuestro no pensado regozijo.
TARUGO
Ni lengua que a Martin Crespo no alabe
por hombre ingeniosissimo y que sabe.
PEDRO
Nuestro amo, aueys de saber
que es merced particular
la que el cielo quiere hazer
quando se dispone a dar
al hombre buena muger;
y corre el mismo partido
ella, si le da marido
que sea en todo varon,
afable de condicion,
mas que arrojado, sufrido.
De Clemencia y de Clemente
se hara vna junta dichosa
que os alegre y os contente,
y quien lleue vuestra honrosa
estirpe de gente en gente,
y esta noche de San Iuan
las bodas celebrarán,
con el suyo y vuestro gusto.
ALCALDE
Señales de hombre muy justo
todas tus cosas me dan;
pero la boda otro dia
se hara: que es noche ocupada
de general alegria
CLEMENTE
No importa nada,
siendo ya Clemencia mia:
que el gusto del coraçon
consiste en la possession
mucho mas que en la esperança.
PEDRO
¡O, quántas cosas alcança
la industria y sagazidad!.
ALCALDE
Vamos, que ay mucho que hazer
esta noche.
TARUGO
Sea en buen hora.
CLEMENTE
Ni que esperar ni temer
me queda, pues por señora
y esposa te vengo a ver.
TARUGO
¡Bien escogistes, Clemencia!
CLEMENCIA
Al que ordenò la sentencia
las gracias se den, y al cielo.
PEDRO
De que he encargado, rezelo,
(Entranse todos, y, al entrarse, sale PASCUAL y tira del sayo a PEDRO, y quedanse los dos en el teatro, y tras PASCUAL entra vn SACRISTAN.)
PASCUAL
Pedro amigo.
PEDRO
¿Que ay, Pasqual?
No pienses que me descuydo
del remedio de tu mal;
antes, en el tanto cuydo,
que casi no pienso en al.
Esta noche de San Iuan
ya tu sabes cómo estan
del lugar las moças todas
esperando de sus bodas
las señales que les dan.
Benita, el cabello al viento,
y el pie en vna bazia
llena de agua, y oydo atento,
ha de esperar hasta el dia
señal de su casamiento;
se tu primero en nombrarte
en su calle, de tallarte,
que claro entienda tu nombre.
PASCUAL
Por excelencia, el renombre
de industrioso pueden darte.
Yo lo hare assi; queda en paz;
mas, despues de aquesto hecho,
tu lo que faltare haz,
ansi no abrassa tu pecho
el fuego de aquel rapaz.
[PEDRO]
Assi será; ve con Dios.
(Vase PASCUAL.)
SACRISTAN
Por ligero que seays vos,
yo os saldre por el atajo,
y buscaré sin trabajo
la industria de ambos a dos.
(Entrase el SACRISTAN.)
(Sale MALDONADO, conde de gitanos; y aduiertase que todos los que hizieren figura de gitanos, han de hablar ceceoso.)
MALDONADO
Pedro cenor, Dioz te guarde.
¿Que te haz hecho, que he venido
a buzcarte aquezta tarde,
por ver ci eztás ya atreuido,
o todavia cobarde?
Quiero dezir, ci te agrada
el cer nueztra camarada,
nueztro amigo y compañero,
como me haz dicho.
PEDRO
Si quiero.
MALDONADO
¿Reparaz en algo?
PEDRO
En nada.
MALDONADO
Mira, Pedro: nueztra vida
ancha, holgazana, estendida,
a quien nunca falta coza
que el deceo buzque y pida.
Danoz el heruoço çuelo
lechoz; ciruenoz el cielo
de pauellon dondequiera;
ni noz quema el çol, ni altera
el fiero rigor del yelo.
El maz cerrado vergel
laz primiciaz noz ofrece
de quanto bueno aya en el;
y apenaz se vee o parece
la aluilla o la mozcatel,
que no eztá luego en la mano
del atreuido gitano,
zahori del fruto ageno,
de induztria y ánimo lleno,
agil, prezto, çuelto y çano.
Gozamoz nuestroz amorez
librez del dezaçociego
que dan loz competidorez,
calentandonoz çu fuego
cin zeloz y cin temorez.
Y agora eztà vna mochacha
que con nadie no ce empacha
en nueztro rancho, tan bella,
que no halla en que ponella
la embidia ni aun vna tacha.
Vna gitana, hurtada,
la truxo; pero ella es tal,
que, por hermoza y honrada,
muestra que es de principal
y rica gente engendrada.
Ezta, Pedro, cerá tuya,
aunque maz el yugo huya
que rinde la libertad,
quando de nueztra amiztad
lo acordado ce concluya.
PEDRO
Porque veas, Maldonado,
lo que me mueue el intento
a querer mudar de estado,
quiero que me estes atento
vn rato.
De muy buen grado.
PEDRO
Por lo que te he de contar,
vendras en limpio a sacar
si para gitano soy.
MALDONADO
Atento eztare y eztoy;
bien puedez ya començar.
PEDRO
Yo soy hijo de la piedra,
que padre no conoci:
desdicha de las mayores
que a vn hombre pueden venir.
No se dónde me criaron;
pero se dezir que fuy
destos niños de dotrina
sarnosos que ay por ahi.
Alli, con dieta y açotes,
que siempre sobran alli,
aprendi las oraciones,
y a tener hambre aprendi;
aunque tambien con aquesto
supe leer y escriuir,
y supe hurtar la limosna,
y desculparme y mentir.
No me contentò esta vida
quando algo grande me vi,
y en vn nauio de flota
con todo mi cuerpo di,
donde serui de grumete,
y a las Indias fuy y bolui,
vestido de pez y angeo,
y sin vn marauedi.
Temi con los huracanes,
y con las calmas temi,
y espantóme la Vermuda
quando su costa corri.
Dexé el comer del vizcocho
con dos dedos de hollin,
y el beuer vino del diablo
antes que de San Martin.
del rico Guadalquiuir,
y entreguéme a sus crecientes,
y a Seuilla me bolui,
donde al rateruelo oficio
me acomodè baxo y vil
de moço de la esportilla,
que el tiempo lo pidio ansi;
en el qual, sin ser yo cura,
muy muchos diezmos cogi,
haziendo salua a mil cosas
que me condenan aqui.
En fin, por cierta desgracia,
el oficio tuuo fin,
y començo el peligroso
que suelen llamar mandil.
En el supe de la hampa
la vida larga y cerril,
formar pendencias del viento,
y con el soplo herir.
Mi amo, que era tan brauo
como ligero pasquin,
dio assalto a vna faldriquera
a lo callado y sotil;
con las manos en la massa
le cogio vn cierto alguazil,
y el quiso ser en vn potro
confessor, y no martyr;
martir, digo, Maldonado.
MALDONADO
En esso, ¿que me va a mi?
Pronunciad como os de gusto,
pues que no hablays latin.
PEDRO
Palme[ó]le las espaldas
contra su gusto el bochin,
de lo qual quedò mohino,
segun que dixo vn malsin.
A las casas mouedizas
le lleuaron, y yo vi
arañarse la Escalanta
y llorar la Bezerril.
Yo, viendome sin el fieltro
de mi andaluz paladin,
de mandilla mochilero
Deparóme la fortuna
vn soldado espadachin
de los que van hasta el puerto,
y se bueluen desde alli.
Las boletas rescatadas,
las gallinas que cogi,
si no las perdona el cielo,
¡desuenturado de mi!
Diome el rostro aquella vida,
porque della conoci
que el soldado churrullero
tiene en las gurapas fin,
y a gentilhombre de playa
en vn punto me acogi,
vida de mil sobresaltos
y de contentos cien mil.
Mas, por temor de yrme a Argel,
presto a Cordoua me fuy,
adonde vendi aguardiente,
y naranjada vendi.
Alli el salario de vn mes
en vn dia me beui,
porque, si ay agua que sepa,
la ardiente es doctor sotil.
Arrojarame mi amo
con vn trabuco de si,
y en casa de vn asturiano
por mi desuentura di.
Hazía suplicaciones,
suplicaciones vendi,
y en vn dia diez canastas
todas las jugue y perdi.
Fuyme, y topè con vn ciego,
a quien diez meses serui,
que, a ser años, yo supiera
lo que no supo Merlin.
Aprendi la gerigonça,
y a ser vistoso aprendi,
y a componer oraciones
en verso ayroso y gentil.
Murioseme mi buen ciego,
dexóme qual Iuan Paulin,
sin blanca, pero discreto,
de ingenio claro y sotil.
Luego fuy moço de mulas,
y aun de vn fullero lo fuy,
que con la boca de lobo
se tragara a San Quintin;
gran jugador de las quatro,
dar tan mortales heridas,
que no se pueden dezir.
Berrugeta y ballestilla,
el raspadillo y hollin
jugaua por excelencia,
y el Mase Iuan hi de ruin.
Gran sage del espejuelo,
y del reten tan sotil,
que no se le viera vn linze
con los antojos del Cid.
Cayose la casa vn dia,
vinole su San Martin,
pusiero[n]le vn sobre escrito
encima de la nariz.
Dexéle, y vineme al campo,
y siruo, qual ves, aqui,
a Martin Crespo, el alcalde,
que me quiere mas que a si.
Es Pedro de Vrde mi nombre;
mas vn cierto Malgesi,
mirandome vn dia las rayas
de la mano, dixo assi:
«Añadiole Pedro al Vrde
vn malas; pero aduertid,
hijo, que aueys de ser rey,
frayle, y papa, y matachin.
Y avendraos por vn gitano
vn caso que se dezir
que le escucharán los reyes
y gustarán de le oyr.
Passareys por mil oficios
trabajosos; pero al fin
tendreys vno do seays
todo quanto he dicho aqui.»
Y aunque yo no le doy credito,
todavia veo en mi
vn no se que que me inclina
a ser todo lo que oi;
pues como deste pronóstico
el indicio veo en ti,
digo que he de ser gitano,
y que lo soy desde aqui.
MALDONADO
¡O Pedro de Vrdemalaz generozo,
coluna y cer del gitanezco templo!
Ven, y daraz principio al alto intento
que te incita, te mueue, impele y lleua
a ponerte en la lizta gitanezca;
ven a adulzir el agrio y tierno pecho
de la hurtada mochacha que te he dicho,
por quien zeraz dichoso zobremodo.
PEDRO
Vamos; que yo no pongo duda en esso,
y espero deste assumpto vn gran sucesso.
(Entranse.)
(Ponese BENITA a la ventana en cabello.)
BENITA
Tus alas, ¡o noche!, estiende
sobre quantos te requiebran,
y a su gusto justo atiende,
pues dizen que te celebran
hasta los moros de aliende.
Yo, por conseguir mi intento,
los cabellos doy al viento,
y el pie izquierdo a vna vazia
llena de agua clara y fria,
y el oydo al ayre atento.
Eres noche tan sagrada,
que hasta la voz que en ti suena
dizen que viene preñada
de alguna ventura buena
a quien la escucha guardada.
Haz que a mis oydos toque
alguna que me prouoque
a esperar suerte dichosa.
(Entra el SACRISTAN.)
SACRISTAN
Prenderá a la dama hermosa,
sin alguna duda, el Roque;
Roque ha de ser el que prenda
en este juego a la dama,
puesto que ella se defienda:
que su ventura le llama
a gozar tan rica prenda.
BENITA
Roque dizen, Roque oi.
Pues no ay otro Roque aqui
que el necio del sacristan.
Veamos si nombraràn
Roque otra vez.
SACRISTAN
Serà assi,
porque es el Roque tal pieça,
que no ay dama que se esquiue
de entregalle su belleza;
y, aunque en estrecheza viue,
es muy rico en su estrecheza.
BENITA
Ce, gentilombre, tomad
este liston, y mostrad
quien soys mañana con el.
SACRISTAN
Sereos en todo fiel,
estremo de la veldad:
(Estandole dando vn liston BENITA al SACRISTAN, entra PASQUAL, y asele del cuello, y quitale la cinta.)
que qualquiera que seays
de las dos que en esta casa
viuis, se os auentajays
a Venus.
PASCUAL
¿Que aquesto passa?
¿Que esta cuenta de vos days?
Benita, ¿que a vn sacristan
vuestros despojos se dan?
Graue fuera aquesta culpa,
si no tuuiera disculpa
Vos, bachiller graduado
en letras de canto llano,
¿de quien fuistes auisado
para ganar por la mano
el juego mal començado?
¿Assi a maytines se toca
con vuestra verguença poca?
¿Assi os hazen oluidar
del cantar y repicar
los picones de vna loca?
(Entra PEDRO.)
PEDRO
¿Que es esto, Pasqual amigo?
PASCUAL
El sacristan y Benita
han querido sea testigo
de que ella es muger bendita,
y el de embustes enemigo;
mas, porque no se alborote,
y vea que al estricote
le trae su honra su intento,
por testigos le presento
esta cinta y este zote.
SACRISTAN
Por las santas vinageras,
a quien dexo cada dia
agostadas y ligeras,
que no fue la intencion mia
de burlarme con las veras.
Oy a las dos os oi
lo que auia de hazer alli
Benita, en cabello puesta,
y, por gozar de la fiesta,
vine, señores, aqui.
Nombrème, y ella acudio
al reclamo, como quien,
del primer nombre que oyo,
de su gusto y de su bien
indicio claro tomó:
que la vana echizeria
de San Iuan vsan donzellas,
haze que se muestren ellas
de liuiana fantasia.
PASCUAL
¿Para que te dio esta cinta?
SACRISTAN
Para que me la pusiesse,
y conocer por su pinta
quien yo era, quando fuesse
ya la luz clara y distinta.
BENITA
¿Para que a tantas preguntas
te alargas, Pasqual? ¿Barruntas
mal de mi? Mas no lo dudo,
porque, en mi daño, de agudo
siempre he visto que despuntas.
PASCUAL
Assi con essa verdad
se te arranque el alma, ingrata,
sospechosa en la amistad,
que con mas llaneza trata
que vio la sinceridad.
Los alamos de aquel rio,
que con el cuchillo mio
tienen grauado tu nombre,
te diran si yo soy hombre
de buen proceder vazio.
PEDRO
Yo soy testigo, Benita,
que no ay haya en aquel prado
donde no te vea escrita,
y tu nombre coronado
que tu fama solicita.
PASCUAL
¿Y en que junta de pastores
me has visto que los loores
de Benita no alcè al cielo,
descubriendo mi buen zelo
y encubriendo mis amores?
¿Que almendro, guindo o mançano
has visto tu que se viesse
en dar su fruto temprano,
que por la mia no fuesse
traydo a tu bella mano
antes que las mismas aues
le tocassen? Y aun tu sabes
que otras cosas por ti he hecho
de tu honra y tu prouecho,
dignas de que las alabes.
Y en los arboles que aora
vendran a enrramar tu puerta,
verás, cruel matadora,
cómo en ellos se vee cierta
la gran fe que en mi alma mora.
Aqui verás la verbena,
de raras virtudes llena,
y el rosal, que alegra al alma,
y la vitoriosa palma,
en todos sucessos buena.
Verás del alamo erguido
pender la delgada oblea,
y del valle aqui traydo,
para que en tu puerta sea
sombra al sol, gusto al sentido.
BENITA
No ayas miedo me prouoque
tu arenga a que yo te toque
la mano, encuentro amoroso,
porque no ha de ser mi esposo
quien no se llamare Roque.
PEDRO
Tu tienes mucha razon;
pero el remedio està llano
con toda satisfacion,
porque nos le da en la mano
la santa confirmacion.
y puede el nombre mudarse
de Pasqual en Roque, y luego,
con su gusto y tu sossiego,
puede contigo casarse.
BENITA
Desse modo, yo lo aceto.
SACRISTAN
¡Gracias a Dios que me veo
libre de tan grande aprieto!
PEDRO
Que has hecho vn gallardo empleo,
Benita, yo te prometo,
porque aquel refran que passa
por gente de buena massa,
que es discreto determino:
«Al hijo de tu vezino,
limpiale y metele en casa.»
BENITA
Ponte esse liston, Pasqual,
y en parte do yo le vea.
PASCUAL
Pienso hazer del el caudal
que haze de su librea
Iris, arco celestial.
Esperate, que ya suena
la musica que se ordena
para el traer de los ramos.
PEDRO
Con gusto aqui la esperamos.
Ella venga en hora buena.
(Suena dentro todo genero de musica, y su gayta zamorana; salen todos los que pudieren con ramos, principalmente CLEMENTE, y los musicos entran cantando esto:)
[MUSICOS]
«Niña, la que esperas
en reja o valcon,
aduierte que viene
tu polido amor.
Noche de San Iuan,
el gran Precursor,
que tuuo la mano
mas que de relox,
pues su dedo santo
tambien señalò,
que nos mostro el dia
que no anochecio;
muestratenos clara,
sea en ti el albor
tal, que perlas llueua
sobre cada flor;
y en tanto que esperas
a que salga el sol,
di[r]as a mi niña
en suaue son:
"Niña la que esperas, &c."
Diras a Benita
que Pasqual, pastor,
guarda los cuydados
de su coraçon;
y que de Clemencia
el que es ya señor,
es su humilde esclauo,
con justa razon;
y a la que desmaya
en su pretension,
tenla de tu mano,
no la oluides, non,
y dile callando,
o en erguida voz,
de modo que oyga
la imaginacion:
"Niña, la que esperas
en rexa o valcon,
tu polido amor."»
CLEMENTE
Ello està muy bien cantado.
Ea, enramese este vmbral
por el vno y otro lado.
¿Que hazes aqui, Pasqual,
de los dos acompañado?
Ayudanos, y a Benita
con seruicios solicita,
enramandole la puerta:
que a la voluntad ya muerta
el seruirla resucita.
Esse laurel pon aqui,
esse sauze a essotra parte,
esse alamo blanco alli,
y entre todos tenga parte
el jazmin y el alheli.
Haga el suelo de esmeraldas
la juncia, y la flor de gualdas
le buelua en ricos topacios,
y llenense estos espacios
de flores para guirnaldas.
BENITA
Vaya otra vez la musica, señores,
que la escucha Clemencia; y tu, mi Roque,
(Quitase de la ventana.)
haz que suene otra vez.
PASCUAL
A mi me plaze,
confirmadora dulze hermosa mia.
Bueluanse a repicar essas sonajas,
haganse raxas las guitarras, vaya
otra vez el floreo, y solenizese
esta mañana en todo el mundo célebre,
pues que lo quiere assi la gloria mia.
CLEMENTE
Cantese, y vamos, que se viene el dia:
«A la puerta puestos
espinas y çarças
se bueluen flores.
El fresno escabroso
y robusta enzina,
puestos a la puerta
do viue mi vida,
veran que se bueluen,
si acaso los mira,
en matas sabeas
de sacros olores,
y espinas y çarças
se bueluen flores;
do pone la vista
o la tierna planta,
la yerua marchita
verde se leuanta;
los campos alegra,
regozija al alma,
enamora a sieruos,
rinde a señores,
y espinas y çarças
se bueluen flores.»
(Entranse cantando. )
(Salen YNES y BELICA, gitanas, que las podran hazerlas que han hecho BENITA y CLEMENCIA.)
YNES.
Mucha fantasia es essa;
Belilla, no se que diga:
o tu te sueñas condesa,
o que eres del rey amiga.
BELICA
De que sea sueño me pesa.
Ynes, no me des passion
con tanta reprehension;
dexame seguir mi estrella.
Confiada en que eres bella,
tienes tanta presuncion.
Pues mira que la hermosura
que no tiene calidad,
raras vezes auentura.
BELICA
Confirmase essa verdad
muy bien con mi desuentura.
¡O cruda suerte inhumana!
¿Por que a vna pobre gitana
diste ricos pensamientos?
YNES.
Aquel fabrica en los vientos,
que a ver quien es no se allana.
Huye dessas fantasias;
ven, y el bayle aprenderas
que començaste estos dias.
BELICA
Ynes, tu me acabarás
con tus estrañas porfias;
pero engañaste en pensar
que tengo yo de guardar
tu gusto qual justa ley,
y sólo ha de ser el rey
el que me ha de hazer baylar.
YNES.
Dessa manera, Belilla,
que vengays al hospital
no será gran marauilla:
que hazer de la principal
no es para vuestra costilla.
¡Acomodaos, noramala,
a la cozina y la sala,
a baylar aqui y alli!.
Aquesso no es para mi.
YNES.
¿Pues que? ¿El donayre y la gala,
el rumbo, el cer del tuzon,
derribando por el çuelo
el gitanezco blazon,
leuantado hasta el cielo
por nuestra honezta intencion?
Antes te vea yo comida
de rabia, y antes rendida
a vn gitano que te dome,
o a vn verdugo que te tome
de las espaldas medida.
¿Esto por ti se ha de ver?
¿Que no sea con gitano
gitana, mala muger?
Chico hoyo hagas temprano,
si es que tan mala has de ser.
BELICA
Mucho te alargas, Ynes,
y, como simple, no ves
dónde mi intencion camina.
YNES
Pues esta simple adiuina
lo que tu verás despues.
(Salen PEDRO y MALDONADO.)
MALDONADO
Esta que ves, Pedro hermano,
es la gitana que digo,
de parecer sobrehumano,
cuya possession me obligo
de entregartela en la mano.
Acaba, muda de trage,
y aprende nuestro lenguage;
y, aun sin aprenderle, entiendo
que has de ser gitano, siendo
cabeça de tu linage.
YNES.
¡Danoz vna limoznica,
cauallero atan garrido!
MALDONADO
¡Desso el labrador se pica!
¡Que mal que le has conocido,
Ynes!
YNES.
Pide tu, Belica.
PEDRO
Si ella pide, no aura cosa,
por grande y dificultosa
que sea, que yo no haga,
sin esperar otra paga
que el seruir a vna hermosa.
MALDONADO
¿No le rezpondes, ceñora?
YNES.
Ceñor conde, vez do viene
la viuda tan guardadora,
que, puesto que mucho tiene,
maz guarda y maza tezora.
BELICA
Tomame essa caridad.
No hagays sino hazer alarde
de vuestra necessidad
delante de aquesta gente,
que no faltarà vn Llorente
como otro Gil que os persiga,
y, sin que os de nada, diga
MALDONADO
¿Veisla, Pedro? Pues es fama
que tiene diez mil ducados
junto a los pies de su cama,
en dos cofres varreados
a quien sus angeles llama.
Requiebrase assi con ellos,
que pone su gloria en ellos,
y assi, en vellos se desalma:
que han de ser para su alma
lo que a Absalon sus cabellos.
Sólo a vn ciego da vn real
cada mes, porque le reza
las mañanas a su vmbral
oraciones que endereza
al eterno tribunal,
por si acaso sus parientes,
su marido y ascendientes
estan en el purgatorio,
haga el santo consistorio
de su gloria merecientes;
y con sola esta obra piensa
yrse al cielo de rondon,
sin desman y sin ofensa.
PEDRO
Que yo la saque de aron
mi agudo ingenio dispensa.
Informarte has, Maldonado,
de todos los que han passado
deste mundo sus parientes,
amigos y bien querientes,
hasta el sieruo o paniaguado,
y traemelo por escrito,
y verás quan facilmente
de su miseria la quito;
y, a lo que soy suficiente,
a este embuste lo remito.
MALDONADO
Desde su tercer abuelo
hasta el postrer neteçuelo
te trayre el número cierto,
sin que te discrepe vn pelo.
PEDRO
Vamos, y verás despues
lo que hare en aqueste caso
por el comun interes.
MALDONADO
¿Do encaminarás el passo,
Belica?
BELICA
Do querra Ynes.
PEDRO
Doquiera que le encamines,
tendra por honrosos fines
tu estremado pensamiento.
BELICA
Aunque fabrique en el viento,
Pedro, no te determines
a burlar de mi desseo,
que de lexos se me muestra
vna esperança en quien veo
cierta luz tal, que me adiestra
y lleua al bien que desseo.
PEDRO
De tu rara hermosura
se puede esperar ventura
que la yguale. Ven, gitana,
por quien nuestra edad se vfana
y en sus glorias se assegura.
JORNADA SEGUNDA
Salen vn ALGUAZIL, y MARTIN CRESPO, el alcalde, y SANCHO MACHO, el regidor.
ALCALDE
Digo, señor alguazil,
que vn moço que se me fue,
de ingenio agudo y sotil,
de tronchos de coles se
que hiziera inuenciones mil;
y el me aconsejò que hiziesse,
si por dicha el rey pidiesse
danças, vna de tal modo,
que se auentajasse en todo
a la que mas linda fuesse.
Dixo que el lleuar donzellas
era vna cosa cansada,
y que el rey no gusta dellas,
por ser dança muy vsada,
y estar ya tan hecho a vellas;
mas que por nueuos niueles
lleuasse vna de donzeles
como serranas vestidos,
en pies y braços ceñidos
multitud de cascaueles;
y ya tengo, a lo que creo,
veinte y quatro assi aprestados,
que pueden, segun yo veo,
ser sin verguença lleuados
al romano coliseo.
Ya yo le enseñè los dos
de los mejores.
ALGUACIL
Por Dios,
que la inuencion es muy buena.
SANCHO
Lo que nuestro alcalde ordena,
es cosa rala entre nos,
y todo lo que el mas sabe,
de vn su moço lo aprendio
que fue de su ingenio llaue;
mas ya se fue y nos dexò,
que assi quedamos vazios,
sin el, de ingenio y de brios.
ALGUACIL
¿Tanto sabe?
SANCHO
Es tan astuto,
que puede darle tributo
Salmon, rey de los iudios.
ALCALDE
Haga cuenta, en viendo aquestos,
que los veinte y quatro mira:
que todos son tan dispuestos,
derechos como vna vira,
sanos, gallardos y prestos.
Aquel que no es nada renco,
se llama Diego Mostrenco;
el otro, Gil el Perayle;
cada qual diestro en el bayle
como gozquejo flamenco.
Tocandoles Pingarron,
mostrarán bien su destreza
a compas de qualquier son,
y alabaran la agudeza
de nuestra nueua inuencion.
Las danças de las espadas
oy quedarán arrimadas,
a despecho de hortelanos,
embidiosos los gitanos,
las donzellas afrentadas.
¿No le parecio, señor,
muy bien el talle y el brio
de vno y otro dançador?
ALGUACIL
Si juzgo al parecer mio,
nunca vi cosa peor;
y temo que, si alla vays,
de tal manera boluays,
ALCALDE
Tocado, a lo que imagino,
señor, de la embi[di]a estays.
Pues en verdad que hemos de yr
con veinte y quatro donzeles
como aquellos, sin mentir,
porque inuenciones noueles,
o admiran, o hazen reyr.
ALGUACIL
Yo os lo auiso; queda en paz.
(Vase el ALGUAZIL.)
SANCHO
Alcalde, tu gusto haz,
porque verás por la prueua
que esta dança, por ser nueua,
dara al rey mucho solaz.
ALCALDE
No lo dudo. Venid, Sancho,
que ya el coraçon ensancho,
do quepan los parabienes
de la dança.
SANCHO
Razon tienes:
que has de boluer hueco y ancho.
(Entranse.)
(Salen dos ciegos, y el vno PEDRO DE VRDEMALAS; arrimase el primero a vna puerta, y PEDRO junto a el, y ponese la viuda a la ventana.)
CIEGO
Ánimas bien fortunadas
que en el purgatorio estays,
de Dios seays consoladas,
y en breue tiempo salgays
dessas penas derramadas,
y como vn trueno
baxe a vos el angel bueno
y os lleue a ser coronadas.
PEDRO
Ánimas que desta casa
partistes al purgatorio,
ya en sillon, ya en silla rasa,
del diuino consistorio
os venga al vuestro sin tassa,
y en vn buelo
el angel os lleue al cielo,
para ver lo que alla passa.
CIEGO
Hermano, vaya a otra puerta,
porque aquesta casa es mia,
y en rezar aqui no acierta.
PEDRO
Yo rezo por cortesia,
no por premio, cosa es cierta,
y assi, puedo
rezar doquiera, sin miedo
de pendencia ni reyerta.
CIEGO
¿Es vistoso, ciego honrado?
PEDRO
Estoy desde que naci
en vna tumba encerrado.
Pues yo en algun tiempo vi;
pero ya, por mi pecado,
nada veo,
sino lo que no desseo,
que es lo que vee vn desdichado.
¿Sabra oraciones abondo?
PEDRO
Porque se que se infinitas,
aquesto, amigo, os respondo:
que a todos las doy escritas,
o a muy pocos las escondo.
Se la del ánima sola,
y se la de San Pancracio,
que nadie qual esta vióla;
la de San Quirce y Acacio,
y la de Olalla española,
y otras mil,
adonde el verso sotil
y el bien dezir se acrisola;
las de los auxiliadores
se tambien, aunque son treinta,
y otras de tales primores,
que causo embidia y afrenta
a todos los rezadores,
porque soy,
adondequiera que estoy,
el mejor de los mejores.
Se la de los sabañones,
la de curar la tericia
y resoluer lamparones,
la de templar la codicia
en auaros coraçones;
se, en efeto,
vna que sana el aprieto
de las internas passiones,
y otras de curiosidad.
Tantas se, que yo me admiro
de su virtud y bondad.
CIEGO
Ya por saberlas suspiro.
Herman o mio, esperad.
PEDRO
¿Quien me llama?
CIEGO
Segun la voz, es el ama
de la casa, en mi verdad.
Ella es estrecha, aunque rica,
y sólo a mandar rezar
es a lo que mas se aplica.
PEDRO
Picome yo de callar
con quien al dar no se pica:
que estè mudo
a sus demandas no dudo,
si no lo paga y suplica.
(Sale la VIUDA.)
VIUDA
Puesta en aquella ventana,
he escuchado sus razones
y su profession christiana,
y las muchas oraciones
con que tantos males sana,
y q uerria me hiziesse
plazer que algunas me diesse
de las que le pediria,
dexando a mi cortesia
el valor del interesse.
PEDRO
[Aparte.]
Si despide a essotro ciego,
yo le dire marauillas.
[Aparte.]
Pues yo le despido luego.
PEDRO
Señora, no he de dezillas
ni por dadiuas ni ruego.
VIUDA
Vayase, y venga despues,
amigo.
CIEGO
Vendre a las tres,
a rezar lo quotidiano.
VIUDA
En buen hora.
CIEGO
A Dios, hermano,
ciego, o vistoso, o lo que es;
y si es que se comunica,
sepa mi casa, y verà
que, aunque pobre, ruin y chica,
sin duda en ella hallarà
vna voluntad muy rica,
y la alegre possession
de vn segouiano doblon
gozará liberalmente,
si nos da, de su torrente,
ya milagro, o ya oracion.
PEDRO
Està bien; yo acudire
a saber la casa honrada
tan llena de amor y fe,
y pagarè la posada
con lo que le enseñarè.
con que voy y con que vengo
por dondequiera a mi passo,
y alegre la vida passo,
y como vn rey me mantengo.
(Entrase el CIEGO.)
Mas tu, señora Marina,
Sanchez en el sobrenombre,
a mi voz la oreja inclina,
y atenta escucha de vn hombre
vna embaxada diuina.
Las almas de purgatorio
entraron en consistorio,
y ordenaron las prudentes
que les fuesse a sus parientes
su insufrible mal notorio.
Hizieron que vna tomasse,
de gran prudencia y consejo,
para que lo efetuasse,
cuerpo de vn honrado viejo,
y assi al mundo se mostrasse,
y dieranle vna instruccion
y vna larga relacion
de lo que tiene de hazer
para que puedan tener,
o ya aliuio, o ya perdon;
y està ya cerca de aqui
esta alma, en vn cuerpo honesto
y anciano, qual yo le vi,
y sobre vn asno trae puesto
el cerro de Potosi.
Viene lleno de doblones
que le ofrecen a montones
los parientes de las almas
que en las tormentas sin calma[s]
padecen graues passiones.
En oyendo que en su lista
ay alma que en purgatorio
con duras penas se atrista,
no ay talego, ni escritorio,
ni cofre que se resista.
Hasta los gatos guardados,
de rubio metal preñados,
por librarla de tormentos,
descubren alli contentos
sus partos acelerados.
Esta alma vendra esta tarde,
a hazer de su lista alarde
ante ti; pero querria
que en secreto esto se guarde,
y que a solas la recibas,
y que a darle te apercibas
lo que piden tus parientes
que moran en las ardientes
hornazas, de aliuio esquiuas.
Esto hecho, te assegura
que te enseñará oracion
con que aumentes tu ventura:
que esto ofrece en galardon
de aquella voluntad pura
que con el se muestra franca,
y de su escondrijo arranca
hasta el menudo quatrin,
y queda, qual San Paulin,
como se dize, sin blanca.
VIUDA
¿Que essa embaxada me embia
essa alma, ciego bendito?
PEDRO
Y toda de vos se fia,
y se remite a lo escrito
de vuestra genealogia.
VIUDA
¿Cómo la conocere
quando venga?
PEDRO
Yo hare
que tome casi mi aspeto.
VIUDA
¡O, que albricias te prometo!,
¡que de cosas te dare!
PEDRO
En las cosas semejantes
es bien gastar los dineros
guardados de tiempos antes;
los ayunos verdaderos,
y espaldas diciplinantes,
todo se ha de auenturar
sólo por poder sacar
a vn alma de su passion,
y lleuarla a la region
donde no mora el pesar.
VIUDA
Ve en paz, y dile a esse anciano
que tan alegre le espero,
que en verle pondre en su mano
mi alma, que es el dinero,
con pecho humilde y christiano:
que, aunque soy vn poco escassa,
me afligire en ver que passa
alma de pariente mio,
segun dizen, fuego y frio,
este o aquel muy sin tassa.
PEDRO
Tu fama a la de Leandro
exceda, y jamas se tizne
tu pecho de otro Alexandro;
antes, cante del vn cisne
en las aguas de Meandro;
a los Yperboreos montes
passe, al cielo te remontes,
y alla te subas con ella,
y otra no encierren qual ella
nuestros corbos orizontes.
(Entranse los dos.)
(Salen MALDONADO y BELICA.)
Mira, Belica: este es hombre
que te sacará del lodo,
de grande ingenio y gran nombre,
tan discreto y presto en todo,
que es forçoso que te assombre.
Quierese boluer gitano
por tu amor, y dar de mano
a otra qualquier pretension:
considera si es razon
que le muestres pecho llano.
El sera el mejor quatrero,
segun que me lo imagino,
que aura visto el mundo entero,
solo, raro y peregrino
en las traças de embustero;
porque en vna que aora intenta,
ha sacado en limpia cuenta
que ha de ser vnico en todas.
BELICA
Facilmente te acomodas
a tu gusto y a mi afrenta.
¿No se te aya trasluzido
que, el que a grande no me lleue,
no es para mi buen partido?
MALDONADO
No ay cosa en que mas se prueue
que careces de sentido,
que en essa tu fantasia,
fundada en la loçania
de tu juuentud gallarda,
que en marchitarse no tarda
lo que el sol corre en vn dia.
Quiero dezir que es locura
manifiesta, clara y llana,
pensar que la hermosura
dura mas que la mañana,
que con la noche se oscura;
y a vezes es necedad
el pensar que la veldad
ha de ofrecer gran marido,
siendo por mejor tenido
el que ofrece la ygualdad.
Assi que, gitana loca,
que te ensalça y que te apoca,
y no busques por rodeo
lo que en nada no te toca.
Casate, y toma tu ygual,
porque es el marido tal
que te ofrezco, que has de ver
que en el te vengo a ofrecer
valor, ser, honra y caudal.
(Entra PEDRO, ya como gitano.)
PEDRO
¿Que ay, amigo Maldonado?
MALDONADO
Vna presuncion, de suerte
que a mi me tiene admirado:
veo en lo flaco lo fuerte,
en vn baxo vn alto estado;
veo que esta gitanilla,
quanto su estado la humilla,
tanto mas leuanta el buelo,
y aspira a tocar el cielo
con locura y marauilla.
PEDRO
Dexala, que muy bien haze,
y no la estimes en menos
por esso: que a mi me aplaze
que con soberuios barrenos
sus maquinas suba y trace.
Yo tambien, que soy vn leño,
principe y papa me sueño,
emperador y monarca,
y aun mi fantasia abarca
de todo el mundo a ser dueño.
MALDONADO
Con la viuda, ¿cómo fue?
PEDRO
Està en vn punto la cosa
mejor de lo que pense.
Ella sera generosa,
o yo Pedro no sere.
Pero ¿que gente es aquesta
tan de caza y tan de fiesta?
MALDONADO
El rey es, a lo que creo.
BELICA
Oy subira mi desseo
de amor la fragosa cuesta;
(Entra el REY con vn criado, SILERIO, y todos de caza.)
oy a todo mi contento
he de apacentar mis ojos,
y al alma dar su sustento,
gozando de los despojos
que me ofrece el pensamiento
y la vista.
MALDONADO
Yo imagino
que tu grande desatino
en gran mal ha de parar.
BELICA
Mal se puede contrastar
a las fuerças del destino.
REY.
¿Vistes passar por aqui
vn cieruo, dezid, gitanos,
BELICA
Señor, si:
atrauessar estos llanos,
aura poco que le vi;
lleua en la espalda derecha
hincada vna gruessa flecha.
REY.
Era vn pedazo de lança.
BELICA
El huyr y hazer mudança
de lugares no aprouecha
al que en las entrañas lleua
el hierro de amor agudo,
que hasta en el alma se ceua.
MALDONADO
Esta dara, no lo dudo,
de su locura aqui prueua.
REY.
¿Que dezis, gitana hermosa?
BELICA
Señor, yo digo vna cosa:
que el amor y el caçador
siguen vn mismo tenor
y condicion rigurosa.
Hiere el caçador la fiera,
y, aunque va despauorida,
huyendo en larga carrera,
consigo lleua la herida,
puesto que huya dondequiera;
hiere amor el coraçon
con el dorado harpon,
y, el que siente el parasismo,
lleua tras si su passion.
REY.
Gitana tan entendida,
muy pocas vezes se ve.
BELICA
Soy gitana bien nacida.
REY.
¿Quien es tu Padre?
BELICA
No se.
MALDONADO
Señor, es vna perdida:
dize dos mil desuarios,
tiene los cascos vazios,
y llena la necedad
de vna cierta grauedad
que la haze tomar brios
sobre su ser.
BELICA
Sea en buen hora;
loca soy por la locura
que en vuestra ignorancia mora.
SILERIO
¿Sabeis la buenaventura?
BELICA
La mala nunca se ignora
su desseo a alteza tanta,
que sobrepuja a las nuues.
SILERIO
¿Pues por que tanto la subes?
BELICA
No es mucho; a mas se adelanta.
REY.
¡Donayre tienes!
BELICA
Y tanto,
que, fiada en mi donayre,
mis esperanças leuanto
sobre la region del ayre.
SILERIO
¡Risa causas!
REY.
Y aun espanto.
¡Vamos! ¡Mal aya quien tiene
quien sus gustos le detiene!
SILERIO
Por la reyna dize aquesto.
BELICA
No es bien el que viene presto,
si para partirse viene.
(Entrase el REY y SILERIO.)
PEDRO
Mira, Belica: yo atino
qu e en poner en ti mi amor
hare vn grande desatino,
y assi, me sera mejor
lleuar por otro camino
mis gustos. Voy, Maldonado,
a efetuar lo trazado,
para que la viuda estrecha
se vea vna copia hecha
del cuerno que està nombrado;
voyme a vestir de ermitaño,
con cuyo vestido honesto
dare fuerças a mi engaño.
MALDONADO
Ve donde sabes, que puesto
te dexé el vestido estraño.
(Entrase PEDRO.)
(Sale el ALGUAZIL, comissario de las danças.)
ALGUACIL
¿Quien es aqui Maldonado?
MALDONADO
Yo, mi señor.
ALGUACIL
Guardeos Dios.
Alguazil y bien criado,
¡milagro! Nunca soys vos
de la aldea.
MALDONADO
Has acertado,
porque es de corte, sin duda.
ALGUACIL
Es menester que se acuda
con vna dança al palacio
del bosque.
MALDONADO
Dennos espacio.
ALGUACIL
Si haran: que el rey se muda
del monesterio do està,
de aqui a dos dias, a el.
MALDONADO
Como lo mandas se hara.
BELICA
¿Viene la reyna con el?
ALGUACIL
¿Quien lo duda? Si vendra.
BELICA
¿Y es todavia zelosa,
como suele, y rigurosa?
Dizen que si; no se nada.
BELICA
¿No la hazen confiada
el ser reyna y ser hermosa?
ALGUACIL
Turba el demasiado amor
a los sentidos mas altos,
de mas prendas y valor.
BELICA
A amor son los sobresaltos
muy anexos, y el temor.
ALGUACIL
Tan moça, ¿y esso sabeys?
Apostaré que teneys
el alma en su red embuelta.
Voyme, que he de dar la buelta
por aqui. No os descuydeys,
Maldonado, en que sea buena
la dança, porque no ay pueblo
que hazer la suya no ordena.
MALDONADO
Todo mi aprisco despueblo;
ella yra de galas llena.
(Entrase el ALGUAZIL.)
(Salen SILERIO, el criado del REY, y YNES, la gitana.)
SILERIO
¿Que, tan arisca es la moça?
YNES.
Eslo, señor, de manera,
que de no nada se altera,
y se enoja y alboroza;
cierta fantasia reyna
en ella, que nos enseña,
o que lo es, o que se sueña
que ha de ser princesa o reyna;
no puede ver a gitanos,
y vsa con ellos de estremos.
SILERIO
Pues agora le daremos
do pueda llenar las manos,
pues la quiere ver el rey
con amorosa intencion.
YNES.
En las leyes de aficion
no guarda ninguna ley.
Aunque quiça, como es alta
y subida en pensamientos,
hallará que a sus intentos
vn rey no podra hazer falta.
Yo, a lo menos, de mi parte
hare lo que me has mandado,
y le dare tu recado,
no mas de por contentarte.
SILERIO
Pudierase vsar la fuerça
antes aqui que no el ruego.
YNES.
Gusto con dessassossiego,
antes mengua que se esfuerça.
y hablaremonos despues:
que la escala de interes
hasta las nuues alcança.
SILERIO
Encomiendote otra cosa,
que importa mas a este efeto.
YNES.
¿Que encomiendas?
SILERIO
El secreto;
porque es la reyna zelosa,
y con la menor señal
que vea de su disgusto,
turbará del rey el gusto,
y a nosotros vendra mal.
YNES.
Vayase, que viene alli
nuestro conde.
SILERIO
Sea en buen hora,
y humillese essa señora;
yo hare lo que fuere en mi.
(Vase SILERIO.)
(Entran MALDONADO, y PEDRO, de ermitaño.)
PEDRO
Aunque yo pintara el caso,
no me saliera mejor.
MALDONADO
Brunelo, el grande embaydor,
ante ti retire el passo.
Con tan grande industria mides
lo que tu ingenio trabaja,
que te ha de dar la ventaja,
fraudador de los ardides.
Libre de deshonra y mengua
saldras en toda ocasion,
siendo en el pecho Sinon,
Demostenes en la lengua.
YNES.
Señor conde, el rey aguarda
nuestra dança aquesta tarde.
PEDRO
Haga, pues, Belica alarde
de mi rica y buena andança;
pulase y echese el resto
de la gala y hermosura.
YNES.
Quiza forjas su ventura,
famoso Pedro, en aquesto.
A ensayar la dança vamos,
y a vestirnos de tal modo,
que se admire el pueblo todo.
PEDRO
Bien dizes, y ya tardamos.
(Entranse todos.)
(Salen el REY y SILERIO.)
SILERIO
Digo, señor, que vendra
en la dança aora, aora.
Mi desseo se empeora,
passa de lo honesto ya;
mas me pide que pense,
y ya acuso la tardança,
pues la propinqua esperança
fatiga, y crece la fe.
A los ojos la hurtarás
de la reyna.
SILERIO
Hare tu gusto.
REY.
Diras cómo desto gusto,
y aun otras cosas diras
con que acuses mi desseo
alla en tu imaginacion.
SILERIO
Si amor guardara razon,
fuera aqueste deuaneo;
pero como no la guarda,
ni te culpo, ni desculpo.
REY.
Conozco el mal, y me culpo,
aunque con disculpa tarda
y floxa.
SILERIO
La reyna viene.
REY.
Mira que estes preuenido,
y tan sagaz y aduertido
como a mi gusto conuiene;
porque esta muger zelosa
tiene de linze los ojos.
SILERIO
Oy gozarás los despojos
de la gitana hermosa.
(Entra la REYNA.)
REYNA.
Señor, ¿sin mi? ¿Cómo es esto?
No se que diga, en verdad.
REY.
Alegra la soledad
deste fresco hermoso puesto.
REYNA.
¿Y enfada mi compañia?
REY.
Esso no es bien que digays,
pues con ella leuantays
al cielo la suerte mia.
REYNA.
Qualquiera cosa me assombra
y enciende, y crece el desseo
si no os veo, o si no veo
de vuestro cuerpo la sombra;
y aunque esto es impertinencia,
si conoceys que el amor
me manda como señor,
con gusto tendreys paciencia.
SILERIO
Las danças vienen, señores,
que dellas el son se ofrece.
(Suena el tamboril.)
REY.
Veremoslas, si os parece,
entre estas rosas y flores:
que el sitio es acomodado,
espacioso y agradable.
REYNA.
Sea ansi.
(Entran CRESPO, el alcalde, y TARUGO, el regidor.)
ALCALDE
¿Que no le hable?
Teneyslo muy mal pensado.
Voto a tal, que he de quexarme
al rey de aquesta solencia.
TARUGO
Aqui està su reuerencia,
Crespo.
ALCALDE
¿Quereis engañarme?
¿Qual es?
REY.
Yo soy. ¿Que os han hecho,
buen hombre?
ALCALDE
No se que diga.
Han burlado mi fatiga,
y nuestra dança deshecho,
erguidos en Peraluillo.
Se sentillo, y no dezillo;
¿que mas mal quereys que sea?
Veynte y quatro donzellotes,
todos de tomo y de lomo,
venian. Yo no se cómo
no os da el rey dos mil açotes,
pages, que soys la canalla
mas mala que tiene el suelo.
Digo, pues, que, con mi zelo,
que es bueno el que en mi se halla,
aquestos tantos donzeles
juntè, como soy alcalde,
para seruiros de valde,
con barbas y cascaueles.
No quise traer donzellas,
por ser dança tan vsada,
sino vna cascauelada
de moços parientes dellas;
y apenas vieron sus trages,
al galan vso moderno,
quando todo el mismo infierno
se reuistio en vuestros pages,
y con trapajo y con lodo
tanta carga les han dado,
que queda desbaratado
el dançante esquadron todo.
Han sobajado al mejor
penuscon de dançadores
que en estos alrededores
vio principe ni señor.
REYNA.
Pues boluedlos a juntar,
que yo hare que el rey espere.
TARUGO
Aunque buelua el que quisiere,
no se podra rodear,
porque van todos molidos
como ciuera y alheña,
de moxicon, ripio y leña
largamente proueydos.
REYNA.
¿No traereys vno siquiera,
porque gustaré de velle?
TARUGO
Vere si puedo traelle.
ALCALDE
Aduertid que el rey espera,
Tarugo, y si no està Renco
tan malo como le vi,
traed, si es possible, aqui
a mi sobrino Mostrenco,
que en el echará de verse
quáles los otros serian.
¡O, quántos pages se crian
en corte para perderse!
Pense que por ser del rey,
y tan bien nacidos todos,
vsarian de otros modos
de mejor criança y ley;
pero quatro pupilages
de quatro Vniuersidades,
no encierran tantas ruyndades
como saben vuestros pages.
Las burlas que nos han hecho
descubren con sus ensayos
que traen cruzes en los sayos
y diablos dentro del pecho.
(Buelue TARUGO, y trae consigo a MOSTRENCO, tocado a papos, con vn tranzado que llegue hasta las orejas, saya de vayeta verde guarnecida de amarillo, corta a la rodilla, y sus polaynas con cascaueles, corpezuelo o camisa de pechos; y, aunque toque el tamboril, no se ha de mouer de vn lugar.)
TARUGO
A Mostrenco traygo; helo,
Crespo.
ALCALDE
Pingarron, tocad;
que la buena magestad
en el verà nuestro zelo
(Toca.)
y nuestro ingenio lozano.
Meneate, majadero,
o hazte de rogar primero,
como musico o villano.
¡Hola! ¿A quien digo? Sobrino,
dança vn poco, ¡pese a mi!
TARUGO
El diablo nos truxo aqui,
segun que ya lo adiuino.
¡Yerguete, cuerpo del mundo!
(Ginchale.)
ALCALDE
¡O pages de Satanas!
REYNA
Ni le rogueys ni deys mas.
ALCALDE
Oy nos echas al profundo
con tu terquedad.
MOS.
No puedo
menearme, ¡por San Dios!
SILERIO
¡Que tierno donzel soys vos!
TARUGO
¿Que tienes?
MOS.
Quebrado vn dedo
del pie derecho.
REY.
Dexadle,
y a vuestro pueblo os bolued.
ALCALDE
Si es que me ha de hazer merced,
de Iunquillos soy alcalde;
y si castiga a sus pages,
otra dança le traeremos
que passe a todos estremos
en la inuencion y los trages.
(Entranse TARUGO, alcalde, y MOSTRENCO.)
REYNA.
El alcalde es estremado.
REY.
Y la dança bien vestida.
REYNA.
Bien platicada y reñida,
y el premio bien esperado.
SILERIO
Esta es la de las gitanas
que viene.
REYNA.
Pues suelen ser
muchas de buen parecer,
y de su trage galanas.
REY.
Que tiemble de vna gitana
vn rey, ¡que gran poquedad!
SILERIO
Verà vuestra magestad,
entre estas, vna galana
y hermosa sobremanera,
y sobremanera honesta.
REY.
¡Caro el mirarla me cuesta!
REYNA.
¿No llegan? ¿A que se espera?
(Entran los musicos, vestidos a lo gitano, INES y BELICA y otros dos muchachos de gitanos, y en vistir a todas, principalmente a BELICA, se ha de echar el resto; entra assimismo PEDRO, de gitano, y MALDONADO; han de traer ensayadas dos mudanças, y su tamboril.)
PEDRO
Vuestros humildes gitanos,
magestades que Dios guarde,
hazemos vistoso alarde
de nuestros brios lozanos.
fuera toda de brocado;
mas el poder limitado
es muy poco lo que alcança.
Mas, con todo, mi Belilla,
con su donayre y sus ojos,
os quitará mil enojos,
dandoos gusto y marauilla.
¡Ea, gitanas de Dios,
començad, y sea en buen pie!
REYNA.
Bueno es el gitano, a fe.
MALDONADO
Yd delantera las dos.
PEDRO
¡Ea, Belica, flor de Abril;
Ines, bayladora ilustre,
que podeys dar fama y lustre
a esta dança y a otras mil!
(Baylan.)
¡Vaya el boladillo apriessa!
¡No os erreys; guardad compas!
¡Que desuayda que vas,
Francisquilla! ¡Ea, Ginesa!
MALDONADO
Largo y tendido el cruzado,
y tomen los braços buelo.
Si esta no es dança del cielo,
yo soy asno enalbardado.
PEDRO
¡Ea, pizpitas ligeras
y andarrios bulliciosos;
lleuad los braços ayrosos
y las personas enteras!
MALDONADO
El oydo en las guitarras,
y hazed de azogue los pies.
PEDRO
¡Por San! ¡Buenas van las tres!
MALDONADO
Y aun las quatro no van malas.
Pero Belica es estremo
de donayre, brio y gala.
PEDRO
Como no baylan en sala,
que tropiezen cuydo y temo.
(Cae BELICA junto al REY.)
¿No lo digo yo? Belilla
ha caydo junto al rey.
REY.
Que os alce yo es justa ley,
nueua octaua marauilla;
y entended que con la mano
os doy el alma tambien.
REYNA.
Ello se ha hecho muy bien;
andado ha el rey cortesano.
¡Bien su magestad lo allana,
y la postra por el suelo,
pues leuanta hasta su cielo
vna cayda gitana!
Mostro en esto su grandeza,
pues casi fuera impiedad
que junto a su magestad
nadie estuuiera en baxeza;
y no se pudo ofender
su grandeza en esto en nada,
pues magestad confirmada
no puede desfallezer;
y, en cierta manera, creo
que cabe en la suerte mia
que me hagan cortesia
los reyes.
REYNA.
Ya yo lo veo.
¿Que esse priuilegio tiene
la hermosura?
REY.
Ea, señora,
no turbeys la justa aora,
porque alegra y entretiene.
REYNA.
Aprietanme el coraçon
essas palabras liuianas.
Lleuad aquestas gitanas
y ponedlas en prision:
que es la belleza tirana,
y a qualquier alma conquista,
y està su fuerça en ser vista.
REY.
¿Zelos te da vna gitana?
Cierto que es terrible cosa,
e insufrible de dezir.
REYNA.
Pudierase esso dezir,
a no ser esta hermosa,
y a (no) ser vuestra condicion
de rey; pero no es assi.
Lleuadmelas ya de ai.
SILERIO
¡Estraña resolucion!
YNES.
Señora, assi el pensamiento
zeloso no te fatigue,
ni hazer hazañas te obligue
que no lleuen fundamento.
Que a solas quieras oyrme
vn poco que te dire,
y en ello no intentarè
de tu prision eximirme.
REYNA.
A mi estancia las lleuad;
pero traedlas tras mi.
(Entranse la REYNA y las gitanas.)
REY.
Pocas vezes zelos vi
sin tocar en crueldad.
SILERIO
Vna sospecha me afana,
señor, por lo que aqui veo,
y es que di de tu desseo
noticia a aquella gitana
que a la reyna quiere hablar
en secreto, y es razon
temer que de tu intencion
larga cuenta querra dar.
En mi dolor tan aceruo,
no me queda que temer,
pues no puede negro ser
mas que sus alas el cueruo.
Venid, y daremos orden
como se tiemple en la reyna
la furia que en ella reyna,
la confusion y desorden.
(Entranse el REY y SILERIO.)
PEDRO
¡Bien auemos negociado,
gustando vos del oficio!
MALDONADO
Digo que pierdo el juyzio,
y estoy como enuelesado.
Belica presa, e Ines
con la reyna quiere hablar.
¡Mucho me da que pensar!
PEDRO
Y aun que temer.
MALDONADO
Assi es.
PEDRO
Yo, a lo menos, el sucesso
no pienso esperar del caso:
que a compas retiro el passo
del gitanesco progresso.
Vn bonete reuerendo
y el ecclesiastico braço
sacaran deste embaraço
mi persona, a lo que entiendo.
MALDONADO
Espera.
¿Que quieres hazer?
PEDRO
No nada;
la suerte tengo ya echada,
y tengo sangre ligera.
No me detendran aqui
con maromas y con sogas.
MALDONADO
En muy poca agua te ahogas.
Nunca pense tal de ti;
antes, pense que tenias
ánimo para esperar
vn exército.
PEDRO
Es hablar;
otras son las fuerças mias.
Aun no me has bien conocido;
pues entiende, Maldonado,
que ha de ser el hombre honrado
recatado, y no atreuido;
y es prudencia preuenir
el peligro. Queda en paz.
MALDONADO
Sin porque temes; mas haz
tu gusto.
PEDRO
Yo se dezir
que es razon que aqui se tema:
que las iras de los reyes
passan terminos y leyes,
MALDONADO
Si assi es, vamo nos luego,
que nos estara mejor.
MUSICOS
Todos tenemos temor,
Maldonado.
MALDONADO
No lo niego.
(Entranse todos.)
JORNADA TERCERA
Sale PEDRO como ermitaño, con tres o quatro taleguillos de angeo llenos de arena en las mangas.
PEDRO
Ya está la casa vezina
de aquella viuda dichosa,
digo de aquella Marina
Sanchez, que, por generosa,
al cielo el alma encamina;
(MARINA, a la ventana.)
ya su marido, Vicente
del Verrocal, facilmente
saldra de la llama horrenda,
en quanto Marina entienda
que yaze en ella doliente;
su hijo Pedro Benito
amaynará desde luego
el alto espantoso grito
con que se quexa en el fuego
que abrasa el negro distrito;
Martinico, su sobrino,
el del lunar en la cara,
viendo que se le prepara
de la gloria el real camino.
VIUDA
Padre, espere, que ya abaxo,
y perdone si le doy
en el esperar trabajo.
(Quitase de la ventana, y baxa.)
PEDRO
Gracias a los cielos doy,
que me luze si trabajo;
gracias doy a quien me ha hecho
entrar en aqueste estrecho,
donde, sin temor de mengua,
me ha de sacar esta lengua
con honra, gusto y prouecho.
Memoria, no desfallezcas,
ni por algun acidente
silencio a la lengua ofrezcas;
antes, con modo prudente,
ya me alegres, ya entristezcas,
en los semblantes me muda
que con aquesta viuda
me acrediten, hasta tanto
que la dexen con espanto
contenta, pero desnuda.
(Entra la VIUDA.)
VIUDA
Padre, deme aquessos pies.
PEDRO
Tente, honrada labradora;
no me toques. ¿Tu no ves
que, adonde la humildad mora,
Las almas que estan en penas,
de todo contento agenas,
aunque mas las soliciten,
las ceremonias no admiten
de que estan las cortes llenas.
Mas les importa vna missa,
que quatro mil besamanos;
y esto tu padre te auisa,
y essos tratos cortesanos
tenlos por cosa de risa.
Pero, en tanto que te doy
cuenta, amiga, de quien soy,
guardame aqueste talego,
y estotro del nudo ciego,
con quien tan cargado voy.
VIUDA
Ya, señor, tengo noticia
de quien eres, y se bien
que tu voluntad codicia,
y en misericordia esten
las almas, y no en justicia.
Se la honrada comission
que tienes, y, en conclusion,
te suplico que me cuentes
cómo las de mis parientes
tendran descanso y perdon.
PEDRO
Vicente del Verrocal,
tu marido, con setenta
escudos de principal
ha de rematar la cuenta
en mil bienes de su mal.
Pedro Benito, tu hijo,
saldra de aquel escondrijo
con quarenta y seys no mas,
y con esto le daras
vn sin ygual regozijo.
Tu hija Sancha Redonda
pide que a su voluntad
tu larga mano responda:
que es soga la caridad
para aquella cueua honda.
Cincuenta y dos amarillos
o ya veynte y seys doblados,
con que seran quebrantados
de sus prisiones los grillos.
Martin y Quiteria estan,
tus sobrinos, en vn pozo,
padeciendo estrecho afan,
y desde alli con sollozo
amargas bozes te dan.
Diez doblones de a dos caras
piden que ofrezca en las aras
de la deuocion diuina,
pues que los tiene Marina
entre sus cosas mas caras.
Sancho Manjon, tu buen tio,
padece en vna laguna
mucha sed y mucho frio,
y con llantos te importuna
que des a su mal desuio.
Solos catorze ducados
pide, pero bien contados
y en plata de cuño nueuo,
y yo a lleuarlos me atreuo
sobre mis ombros cansados.
VIUDA
¿Vistes alla, por ventura,
señor, a mi hermana Sancha?
PEDRO
Vila en vna sepultura
cubierta con vna plancha
de bronze, que es cosa dura,
y, al passarle por encima,
dixo: «Si es que te lastima
el dolor que aqui te llora,
tu, que vas al mundo agora,
a mi hermana y a mi prima
diras que en su voluntad
està el salir destas nieblas
a la inmensa claridad:
que es luz de aquestas tinieblas
la encendida caridad.
Que apenas sabra mi hermana
mi pena, quando estè llana
a darme treynta florines,
por poner ella sus fines
Infinitos otros vi,
tus parientes y criados,
que se encomiendan a ti,
quáles ay de a dos ducados,
quáles de a marauedi;
y sete dezir, en suma,
que, reduzidos con pluma
y con tinta a buena cuenta,
a dozientos y cincuenta
escudos llega la suma.
No te açores, que esse saco
que te di a guardar primero,
si es que bien la cuenta saco,
me lo dio vn bodegonero,
grande imitador de Caco,
no mas de porque a su hija,
que entre rescoldo de hornija
yaze en las hondas cauernas,
en sus delicadas piernas
el fuego menos la aflija.
Vn moço de mulas fue
quien me dio el saco segundo
que en tus manos entregué,
gran caminador del mundo,
malo, mas de buena fe.
De arenas de oro de Tibar
van llenos, con que el acibar
y amarguissimo trabajo
de las almas de alla abaxo
se ha de boluer en almiuar.
Ea, pues, muger gigante,
muger fuerte, muger buena;
nada se os ponga delante
para no aliuiar la pena
de toda ánima penante.
Dessechad de la garganta
esse nudo que os quebranta,
y dezid con voz serena:
«Hare, señor, quanto ordena
tu voz sonorosa y santa.»
Que, en entregando los numos
en estas grosseras manos,
con gozos altos y sumos,
sus fuegos mas inhumanos
verás conuertir en humos.
¿Que serà ver a deshora
que por la region del ayre
va vn alma çapateadora
vaylando con gran donayre,
¡Que de alabanças oyras
por delante y por detras,
hora vayas, hora estes,
de toda ánima cortès
a quien hoy libertad das!
(Bueluele los sacos.)
VIUDA
Tenga, y vn poco me espere,
que yo voy, y bueluo luego
con todo aquello que quiere.
(Entrase la VIUDA.)
PEDRO
En gusto, en paz y en sossiego
tu vida el cielo prospere.
Si bien en ello se aduierte,
aquesta es la muger fuerte
que se busca en la Escritura.
Tengas, Marina, ventura
en la vida y en la muerte.
Belilla, gitana bella,
todo el fruto deste embuste
gozarás sin falta o mella,
aunque tu gusto no guste
de mi amorosa querella.
Quanto este dinero alcança,
se ha de gastar en la dança
y en tu adorno, porque quiero
que por galas ni dinero
no malogres tu esperança.
(Buelue la VIUDA con un gato lleno, como que trae el dinero.)
VIUDA
Toma, venerable anciano,
que ai va lo que pediste,
y aun a darte mas me allano.
Marina, el tuyo me diste
con el proceder christiano.
En trasponiendo esta loma,
en vn salto dare en Roma,
y en otro en el centro hondo;
y porque a quien soy respondo,
mi buena bendicion toma,
que da salud a las muelas,
preserua que no se engañe
nadie con fraude y cautelas,
ni que de mirar se estrañe
las noturnas centinelas.
Puede en las escuras salas
tender sin temor las alas
el mas flaco coraçon,
(Bendicela.)
lleuando la bendicion
del gran Pedro de Vrdemalas.
(Entrase PEDRO.)
VIUDA
Comissario fidedino
de las almas que en trabajo
estan penando contino,
pues dizen que es cuesta abaxo
del purgatorio el camino,
echate a rodar, y llega
ligero a la escura vega
o vale de llanto amargo,
y aplicalas al descargo
que mi largueza te entrega.
En cada escudo que di,
lleuas mi alma encerrada,
y en cada marauedi,
y como cosa encantada
parece que quedo aqui.
Ya yo soy otra alma en pena,
despues que me veo agena
del talego que entreguè;
pero en ombros de mi fe
saldre a la region serena.
(Entrase.)
(Sale la REYNA, y trae en vn pañizuelo vnas joyas, y sale con ella MARCELO, cauallero anciano.)
REYNA.
Marcelo, sin que os impida
la guarda de algun secreto,
porque no os pondra en aprieto
de perder fama ni vida,
os ruego me respondays
a ciertas preguntas luego.
MARCELO
Bien escusado es el ruego,
señora, donde mandays.
Preguntad a vuestro gusto,
porque mi honra y mi vida
està a vuestros pies rendida,
y es de lo que yo mas gusto.
REYNA.
Estas joyas de valor,
¿cúyas son, o cúyas fueron?
MARCELO
Vn tiempo dueño tuuieron,
que siempre fue mi señor.
REYNA.
¿Pues cómo se enagenaron?
Porque me importa saber
cómo aquesto vino a ser:
si se dieron, o se hurtaron.
MARCELO
Pues que ya la tierra cubre
el delito y la deshonra,
el que amor honesto forja,
quiero romper vn silencio
que no importa que le rompa
ni a los muertos ni a los viuos;
antes, a todos importa.
La duquesa Felix Alua,
que Dios acoja en su gloria,
vna noche en luz escasa
y en tinieblas abundosa,
estando yo en el terrero,
con esperança dudosa
de ver a la que me diste,
gran señora, por esposa,
con vn turbado ceceo
me llamò, y con voz ansiosa
me dixo: «Assi la ventura
a tus desseos responda,
señor, quienquiera que seas,
que, en esta ocasion forçosa,
mostrando pecho christiano,
a quien te llama socorras.
Pon a recado essa prenda,
mas noble que venturosa;
dale el agua del bautismo
y el nombre que tu le escojas.»
Y en esto ya descolgaua
de vnas trenzas que de soga
siruieron, vna cestilla
de blanca mimbre olorosa.
No dixo mas, y encerrose.
Yo quedé en aquella hora
cargado, suspenso y lleno
de admiracion y congoxa,
porque oi que vna criatura
dentro de la cesta llora,
assi qual rezien nacida.
¡Ved que carga, y a que hora!
En fin, porque presto veas
el de aquesta estraña historia,
digo que al punto sali,
con diligencia no poca,
de la ciudad al aldea
que está sobre aquella loma,
por ser cerca. Pero el cielo,
que infortunios acomoda,
me deparò en el camino,
al despuntar del aurora,
vn rancho de vnos gitanos,
de pocas y humildes chozas.
vna gitana no moça
me tomò la criatura,
y al punto desemboluiola,
y entre las fajas, embueltas
en vn lienço, halló essas joyas,
que yo conoci al momento,
pues son de tu hermano todas.
Dexéselas con la niña,
que era vna niña hermosa
la que en la cesta venía,
nacida de pocas horas;
encarguéle su criança
y el bautismo, y que, con ropas
humildes, empero limpias,
la criasse. ¡Estraña cosa!:
que, quando deste sucesso
mi lengua a tu hermano informa,
dixo: «Marcelo, la niña
es mia, como las joyas.
La duquesa Felix Alua
es su madre, y ella es sola
el blanco de mis desseos,
y de mis penas la gloria.
Inmaturo ha sido el parto,
mal preuenida la toma;
pero no ay falta que llegue
de su ingenio a la gran sobra.»
Estando en estas razones,
en son tristissimo doblan
las campanas, sin que quede
monesterio ni perroquia.
El son general y triste
daua indicios ser persona
principal la que a la tierra
el comun tributo torna.
Hizo manifiesto el caso
vn paje que entró a deshora
diziendo: «Muerta es, señor,
Felix Alua, mi señora.
De improuiso murio anoche,
y por ella, señor, forman
este son tantas campanas,
y tantas gentes que lloran.»
Con estas nueuas, tu hermano
quedò con el alma absorta,
sin mouimiento los ojos,
inmouible la persona.
Boluio en si desde alli a vn rato,
y, sin dezirme otra cosa
y no le quites las joyas;
como gitana se crie,
sin hazerla sabidora,
aunque crezca, de quien es,
porque esto a mi gusto importa»,
dos horas tardò en partirse
a las fronteras, do apoca
con su lança la morisma,
sus gustos con sus memorias.
Siempre me escriue que vea
a Belica, que llamóla
assi la gitana sabia
que con mucho amor crióla.
Yo no alcanço su desinio,
ni a que aspira, ni en que topa
el no querer que se sepa
tan rara y tan triste historia.
Hanle dicho a la muchacha
que vn ladron gitano hurtóla,
y ella se imagina hija
de alguna real persona.
Yo la he visto muchas vezes,
y hazer y dezir mil cosas,
que parece que ya tiene
en las sienes la corona.
Murio la que la dio leche,
y, con las joyas, dexóla
en poder de otra su hija,
si no tan bella, tan moça.
Esta, que es la que tenia
essas joyas, no otra cosa
sabe mas de lo que supo
su madre, y el hecho ignora
de los padres de Ysabel,
tu sobrina, la hermosa,
la señora, la garrida,
la discreta y la briosa.
Respondo esto a la pregunta
si se dieron essas joyas,
o se hurtaron: que me admira
verlas donde estan agora.
[REYNA.]
La mitad he yo sabido
desta peregrina historia,
y vna y otra relacion,
sin que discrepen, con forman.
si acaso viesses, la hermosa
gitana que dizes?
MARCELO
Si;
como a mi mismo, señora.
REYNA.
Pues esperate aqui vn poco.
(Entrase la REYNA.)
MARCELO
¿Quien truxo aqui aquestas joyas?
¡Cómo a los cielos y al tiempo
por jamas se encubre cosa!
¿Si e hecho mal en descubrirme?
Si: que lengua presurosa
no da lugar al discurso,
y mas condena que abona.
(Bueluen la REYNA, BELICA y INES.)
REYNA.
¿Es aquel el que venía
a ver a tu hermana?
YNES.
Si:
que con mi madre le vi
comunicar mas de vn dia.
REYNA.
Con esso, y con el semblante,
que al de mi hermano parece,
vna sobrina delante.
MARCELO
Assi lo puedes creer:
que essa que traes de la mano
es la prenda que tu hermano
quiere y deue mas querer.
Si ilustre por el padre
la ha hecho Dios en el suelo,
no menos la haze el cielo
estremada por la madre,
y ella, por su hermosura,
merece ser estimada.
(Entran el REY y el CAUALLERO.)
REY.
Ello es cosa aueriguada
que no ay zelos sin locura.
REYNA.
Y sin amor, señor mio,
dixerades muy mejor.
REY.
Zelos son rabia, y amor
siempre della està vazio;
y de la causa que es buena
mal efecto no procede.
REYNA.
En mi al contrario sucede:
siempre zelos me dan pena,
y siempre los ha engendrado
el grande amor que yo os tengo.
Si ay vengança, yo me vengo
con que os ayays engañado,
pues no podran redundar
de vuestras preguntas hechas
tan vehementes sospechas,
que me puedan condenar,
ni yo, si mirays en ello,
soy de sangre tan liuiana,
que a tan humilde gitana
incline el altiuo cuello.
REYNA.
Mirad, señor, que es hermosa,
y que la rara belleza
se lleua tras si la alteza
y fuerça mas poderosa.
Por mis ojos, que llegueys
a mirar sus bellos ojos.
REY.
Si gustays de darme enojos,
no es buen medio el que poneys.
REYNA.
¿Cómo? ¿Y que assi os amohina
el mirar a vna donzella
que, despues de ser tan bella,
aspira a ser mi sobrina?
BELICA
¿Que ha de ser aquesto, Ines?
Que me voy imaginando
que se estan de mi burlando.
YNES.
Calla, y sabraslo despues.
Miradla assi, descuydado,
y dezidme a quien parece.
REY.
A los ojos se me ofrece
de Rosamiro vn traslado.
REYNA.
No es mucho, porque es su hija,
y como a tal la estimad.
CABALLERO
¿Burla vuestra magestad?
REYNA.
No es bien que esso se colija
de verdad tan manifiesta.
REY.
Si no burlays, es razon
que me cause admiracion
tal nouedad como es esta.
REYNA.
Llegad al rey, Ysabel,
y dezid que os de la mano
como a hija de mi hermano.
BELICA
Como sierua llego a el.
REY.
Leuantad, bella criatura,
muy bien se puede creer
y esperar mayor ventura.
Pero dezidme, señora:
¿cómo sabeys esta historia?
REYNA.
Aunque es breue y es notoria,
no es para dezilla agora.
Vamonos a la ciudad,
que en el camino sabreys
lo que luego creereys
como infalible verdad.
REY.
Vamos.
MARCELO
No ay dudar, señor,
en historia que es tan clara,
pues su rostro la declara,
y yo, que soy el actor.
(Vanse entrando todos, y a la postre quedan INES y BELICA.)
YNES.
Belica, pues vas sobrina
de la reyna, por lo menos,
essos tus ojos serenos
a nuestra humildad inclina.
Acuerdate de que hartamos
mas de vna vegada juntas,
y que sin soberuia y puntas
mas de otras cinco baylamos;
y que, aunque auemos andado
muchas vezes a las greñas,
siempre en efeto y por señas
te he temido y respetado.
Haz algun bien, pues podras,
a nuestros gitanos pobres;
a quantas lo fueron mas.
Responde a lo que se ve
de tu ser tan principal.
BELICA
Dame, Ines, vn memorial,
que yo le despacharè.
(Entranse.)
(Sale PEDRO DE VRDEMALAS, con manteo y bonete, como estudiante.)
PEDRO
Dizen que la variacion
haze a la naturaleza
colma de gusto y belleza,
y està muy puesto en razon.
Vn manjar a la contina
enfada, y vn solo objeto
a los ojos del discreto
da disgusto y amohina.
Vn solo vestido cansa.
En fin, con la variedad
se muda la voluntad,
y el espiritu descansa.
Bien logrado yre del mundo
quando Dios me lleue del,
pues podre dezir que en el
vn Proteo fuy segundo.
¡Valgame Dios, que de trages
he mudado, y que de oficios,
que de varios exercicios,
que de exquisitos lenguages!
Y agora, como estudiante,
de la reyna voy huyendo,
cien mil azares temiendo
desta mi suerte inconstante.
Pero yo, ¿por que me cuento,
que lleuo (en) mudable palma?
Si ha de estar siempre nuestra alma
en continuo mouimiento,
Dios me arroje ya a las partes
(Entra vn LABRADOR con dos gallinas.)
LABRADOR
Pues yo no las he vendido;
bien parece que es oy martes.
PEDRO
Mostrad, hermano; llegad,
llegad, mostrad. ¿Que os turbais?
Ellas son de calidad,
que en cada vna mostrays
vuestra grande caridad.
Andad con Dios y dexaldas,
y desde lexos miraldas,
como a reliquias honraldas,
para el culto dedica[l]das
bucolico, y adoraldas.
LABRADOR
Como me las pague, haga
altar o reliquias dellas,
o lo que mas satisfaga
a su gusto.
PEDRO
Sólo es dellas
santa y justissima paga
hazer dellas vn empleo
que satisfaga al desseo
del mas mirado christiano.
LABRADOR
Saldra su disignio vano,
señor zote, a lo que creo.
(Entran dos representantes, que se señalan con numeros 1 y 2.)
PEDRO
Soys hipocrita y malino,
pues no teneys miramiento
que os habla vn hombre cetrino,
hombre que vale por ciento
para hazer vn desatino;
hombre que se determina,
con vna y otra gallina,
sacar de Argel dos cautiuos
que estan sanos y estan viuos
por la voluntad diuina.
FAR. 1.
Este cuento es de primor,
y el sachristan, o lo que es,
juega de hermano mayor.
PEDRO
¡O fuerças del interes,
llenas de embidia y rigor!
¿Que es possible que te esquiues,
por tan pocos arrequiues,
de sacar sendos christianos
de mano de los tiranos?
¡Comante malos caribes!
LABRADOR
Diga, señor papasal:
¿son, por ventura, mostrencas
mis gallinas, ¡pessiatal!,
para no hazerme de pencas
de dar mi pobre caudal?
Rescaten a essos christianos
los ricos, los cortesanos,
los frayles, los limosneros:
que yo no tengo dineros,
si no lo ganan mis manos.
Esforcemos este embuste.
Soys vn hombre mal mirado,
de mala yazija y fuste,
hombre que es tan dessalmado,
que no ay cosa de que guste.
PEDRO
La maldicion de mi zorra,
de mi bonete y mi gorra,
cayga en ti y en tu ralea,
y cautiuo yo te vea
en Fez en vna mazmorra,
para ver si te holgarás
de que sea quien entonces,
por dos gallinas no mas...
¡O coraçones de bronzes,
archiuos de Satanas!
¡O miseria desta vida,
a terminos reduzida,
que vienen los cortesanos
a rogar a los villanos,
gente non santa y perdida!
LABRADOR
¡Pesia a mi! Denme mis aues,
que yo no estoy para dar
limosna.
FAR. 1.
¡Que poco sabes
de achaque de rescatar
dos hombres gordos y graues!
Yo los tengo señalados,
corpulentos y barbados,
de raro talle y presencia,
que valen en mi conciencia
mas de trezientos ducados,
y por estas dos gallinas
solamente los rescato.
¡Ved que entrañas tan molestas
tiene este pobre pazguato,
criado entre las enzinas!
¡Ya la ruindad y malicia,
reyna sólo entre esta gente!
LABRADOR
Aun bien que ay aqui teniente,
corregidor y justicia.
[Entrese.]
PEDRO
Y yo tengo lengua y pies.
Esperen, y lo veran.
FAR. 1.
Soys vn traydor Magances,
hombre de aquellos que dan
mohatras de tres en tres.
FAR. 2.
Dexele vuessa merced,
que, pues ya dexó en la red
las cobas, vaya en buen hora.
[FAR. 1.]
Pues bien: ¿que haremos agora?
[PEDRO]
Lo que es vuestro gusto hazed.
Despojese de su pluma
el rescate, y vease luego,
con resolucion y en suma,
si ay algun rancho o bodego
donde todo se consuma:
que yo, a fe de compañero,
desde agora me prefiero
a dar todo el aderente.
FAR. 2.
Ay vn grande inconueniente:
que hemos de ensayar primero.
PEDRO
Pues diganme: ¿son farsantes?
FAR. 1.
Por nuestros pecados, si.
PEDRO
Haz de mis dichas Adlantes,
cerros de mi Potosi,
de mi pequeñez gigantes;
en vosotros se me ofrece
todo aquello que apetece
mi desseo en sumo grado.
FAR. 2.
¿Que vendaual os ha dado,
que assi el seso os desuanece?
PEDRO
Sin duda, he de ser farsante,
y hare que estupendamente
la fama mis hechos cante,
y que los lleue y los cuente
en Poniente y en Leuante.
Volarán los hechos mios
hasta los reynos vazios
de Policea, y aun mas,
en nombre de Nicolas,
y el sobrenombre de Rios:
que este fue el nombre de aquel
mago que a entender me dio
quien era el mundo cruel,
ciego que sin vista vio
quantos fraudes ay en el.
En las choças y en las salas,
será mi nombre estendido,
aunque se ponga en oluido
el de Pedro de Vrdemalas.
FAR. 2.
Enigma y algarauia
es quanto hablays, señor,
para nosotros.
PEDRO
Sería
falta de ingenio y valor
contaros la historia mia,
a lo menos por agora.
Vamos; que, si se mejora
mi suerte con ser farsista,
sereys testigos de vista
del ingenio que en mi mora,
principalmente en jugar
las tretas de vn entremes
hasta do pueden llegar.
(Entra otro FARSANTE.)
FAR. 3.
¿No aduertiran que ya es
hora y tiempo de ensayar?
Porque pide el rey comedia,
y el autor ha ya hora y media
que espera. ¡Grande descuydo!
FAR. 1.
Pues con yr presto, yo cuido
que esse daño se remedia.
Venga, galan, que yo hare
que oy quede por recitante.
Si lo quedo, mostraré
que soy para autor bastante
con lo menos que yo se.
Llegado ha ya la ocasion
donde la adiuinacion
que vn hablante Malgesi
echò vn tiempo sobre mi,
tenga efecto y conclusion.
Ya podre ser patriarca,
pontifice y estudiante,
emperador y monarca:
que el oficio de farsante
todos estados abarca;
y, aunque es vida trabajosa,
es, en efecto, curiosa,
pues cosas curiosas trata,
y nunca quien la maltrata
le dara nombre de ociosa.
(Entranse todos.)
(Sale vn AUTOR con vnos papeles como comedia, y dos farsantes, que todos se señalan por numero.)
AUTOR
Son muy anchos de conciencia
vuessas mercedes, y creo,
por las señales que veo,
que me ha de faltar paciencia.
¡Cuerpo de mi! ¿En veynte dias
no se pudiera auer puesto
esta comedia? ¿Que es esto?
Ellas son venturas mias.
Poneme esto en confusion,
y en vn rancor importuno,
que nunca falte ninguno
al pedir de la racion,
y al ensayo es menester
que con perros y hurones
los busquen, y aun a pregones,
y no querran parecer.
PEDRO
¿Quien vn agudo embustero,
ni vn agudo hablador,
sabra hazerle mejor
que yo, si es que hazerle quiero?
AUTOR
Si no pica de arrogante
el domine, mucho sabe.
PEDRO
Se todo aquello que cabe
en vn general farsante;
se todos los requisitos
que vn farsante ha de tener
para serlo, que han de ser
tan raros como infinitos.
De gran memoria, primero;
segundo, de suelta lengua;
y que no padezca mengua
de galas es lo tercero.
Buen talle no le perdono,
si es que ha de hazer los galanes;
no afectado en ademanes,
ni ha de recitar con tono.
Con descuydo cuydadoso,
graue anciano, jouen presto,
enamora do compuesto,
con rabia si està zeloso.
Ha de rezitar de modo,
con tanta industria y cordura,
que se buelua en la figura
que haze de todo en todo.
A los versos ha de dar
valor con su lengua experta,
y a la fabula que es muerta
ha de hazer resucitar.
Ha de sacar con espanto
las lagrimas de la risa,
y hazer que bueluan con [p]risa
otra vez al triste llanto.
Ha de hazer que aquel semblante
que el mostrare, todo oyente
le muestre, y será excelente
si haze aquesto el recitante.
(Entra el ALGUAZIL de las comedias.)
ALGUACIL
¿Aora estan tan despacio?
¿Esperarlos he a que acaben?
Bien parece que no saben
las nueuas que ay en palacio.
Vengan, que ya me amohina
la posma que en ellos reyna,
aguardando el rey o reyna
y la nueua su sobrina.
AUTOR
¿Que sobrina?
ALGUACIL
Vna gitana,
dizen, que es bella en estremo.
PEDRO
Que sea Belica temo.
¿Y esso es verdad?
ALGUACIL
Y tan llana,
que yo no se qual se sea
mayor verdad por agora.
Y la reyna, mi señora,
hazerle fiestas dessea .
Venid, que alla lo sabreys
todo como passa al punto.
PEDRO
Mucho bien me vendra junto,
si por vuestro me quereys.
Admitido estais ya al gremio
de nuestro alegre exercicio,
pues vuestro raro juyzio
mayor lauro pide en premio.
Largo hablaremos despues.
Vamos, y haremos la prueua
de vuestra gracia tan nueua,
ensayando vn entremes.
PEDRO
No me hara ventaja alguno
en esso, qual se vera.
ALGUACIL
Señores, que es tarde ya.
AUTOR
¿Falta aqui alguno?
FAR. 1.
Ninguno.
(Vanse todos.)
(Salen el REY y SILERIO.)
REY.
En qualquier trage se muestra
su belleza al descubierto:
gitana, me tuuo muerto;
dama, a matarme se adiestra.
El parentesco no afloja
mi desseo; antes, por el
con ahinco mas cruel
toda el alma se congoja.
(Suenan guitarras.)
Pero ¿que musica es esta?
SILERIO
Los comediantes seran,
que adonde se visten van.
REY.
Ya me entristece la fiesta;
ya sólo con mi desseo
quisiera auenirme a solas,
y dar costado a las olas
del mar de amor do me veo.
Pero escucha, que mi historia
parece que oygo cantar,
y es señal que ha de durar
luengos siglos su memoria.
(Entran los musicos cantando este romance:)
MUSICOS
«Baylan las gitanas;
miralas el rey;
la reyna, con zelos,
mandalas prender.
Por Pasqua de Reyes
hizieron al rey
vn bayle gitano
Belica e Ynes;
turbada Belica,
cayo junto al rey,
y el rey la leuanta
de puro cortés;
mas como es Belilla
de tan linda tez,
la reyna, zelosa,
mandalas prender.»
SILERIO
Vienen tan embeuecidos,
que no nos echan de ver.
REY.
Cantan lo que deue ser
suspension de los sentidos.
MUSICOS 1.
El rey està aqui. ¡Chiton!
Quiza no le agradará
nuestra cancion.
MUSICOS 2.
Si hara,
por ser nueua la cancion,
y no contiene otra cosa,
fuera de que es dulze y graue,
que dezir lo que se sabe:
que es la reyna rezelosa,
y hechura de la muger
tener zelos del marido.
REY.
¡Que bien que lo has entendido!
Detelo el diablo a entender.
Silerio, mi muerte y vida
vienen juntas. ¿Que hare?
SILERIO
Mostrar a vn tiempo la fe,
aqui cierta, alli fingida.
(Entran la REYNA y BELICA, ya vestida de dama; YNES, de gitana; MALDONADO, el autor, MARTIN CRESPO, el alcalde, y PEDRO DE VRDEMALAS.)
PEDRO
Famosa Ysabel, que ya
fuyste Belica primero;
Pedro, el famoso embustero,
tan hecho a hazer desuarios,
que, para cobrar renombre,
el Pedro de Vrde, su nombre,
ya es Nicolas de los Rios.
Digo que tienes delante
a tu Pedro conocido,
de gitano, conuertido
en vn famoso farsante,
para seruirte en mas obras
que puedes imaginar,
si no le quieres faltar
con lo mucho en que a otros sobras.
Tu presuncion y la mia
han llegado a conclusion:
la mia sólo en ficcion,
la tuya como deuia.
Ay suertes de mil maneras,
que, entre donayres y burlas,
hazen señores de burlas,
como señores de veras.
Yo, farsante, sere rey
quando le aya en la comedia,
y tu, oyente, ya eres media
reyna por valor y ley.
En burlas podre seruirte,
tu hazerme merced de veras,
si tras las mañas ligeras
del vulgo no quieres yrte;
en el qual, si alguno huuo
o ay humilde en rica alteza,
siempre queda la baxeza
de aquel principio que tuuo.
Pero tu ser y virtud
me tienen bien satisfecho,
que no llegará a tu pecho
la sombra de ingratitud.
Por aquesta buena fe,
de la reyna o gran sobrina,
y por ver que a ti se inclina
quien gitano por ti fue,
que al rey pidas te suplico,
andando el tiempo, vna cosa
mas buena que prouechosa,
porque a mi gusto la aplico.
Desde luego la concedo;
pide lo que es de tu gusto.
PEDRO
Por ser lo que quiero justo,
lo declararè sin miedo.
Y es que, pues claro se entiende
que el recitar es oficio
que a enseñar, en su exercicio,
y a deleytar sólo atiende,
y para esto es menester
grandissima habilidad,
trabajo y curiosidad,
saber gastar y tener,
que ninguno no le haga
que las partes no tuuiere
que este exercicio requiere,
con que enseñe y satisfaga.
Preceda examen primero,
o muestra de compañia,
y no por su fantasia
se haga autor vn pandero.
Con esto pondran la mira
a esmerarse en su exercicio:
que tanto es bueno el oficio,
quanto es el fin a que aspira.
BELICA
Yo hare que el rey, mi señor,
vuestra peticion conceda.
REY.
Y aun otras, si ay en que pueda
valerle vuestro fauor.
REYNA.
Con mejores ojos miro
agora que la mireys,
y en quanto por ella hazeys,
mas me alegro que me admiro.
Ya mi voluntad se inclina
que entre mis zelos y vos
se ha puesto el ser mi sobrina.
Vamos a oyr la comedia
con gusto, pues que los cielos
no ordenaron que mis zelos
la boluiessen en tragedia.
Y auisaráse a mi hermano
luego deste hallazgo bueno.
(Entrase.)
REY.
Ya yo le tengo en el seno
y le toco con la mano.
¡O imaginacion, que alcanças
las cosas menos possibles,
si alcançan las impossibles
de reyes las esperanças!
[SILERIO]
No te aflijas, que no es tanto
el parentesco, que impida
hallar a tu mal salida.
REY.
Si; mas morire entretanto.
(Entrase el REY y SILERIO.)
MALDONADO
Señora Belica, espere;
mire que soy Maldonado,
su conde.
BELICA
Tengo otro estado
que estar aqui no requiere.
Maldonado, perdonadme,
que yo os hablaré otro dia.
¡Hermana Belica mia!
BELICA
La reyna espera; dexadme.
(Entrase BELICA.)
YNES.
¡Entróse! ¡Quien me dixera
aquesto casi antiyer!
No lo pudiera creer,
si con los ojos lo viera.
¡Valame Dios, y que ingrata
mochacha, y que sacudida!
PEDRO
La mudança de la vida
mil firmezas desbarata,
mil agrauios comprehende,
mil viuezas atesora,
y oluida sólo en vn hora
lo que en mil siglos aprende.
ALCALDE
Pedro, ¿cómo estás aqui
tan galan? ¿Que te has hecho?
PEDRO
Pudierame auer deshecho,
si no mirara por mi.
Mudado he de oficio y nombre,
y no es assi como quiera:
hecho estoy vna quimera.
ALCALDE
Siempre tu fuyste gran hombre.
Yo por el premio venia
de la dança que enseñaste,
tu ingenio y tu bizarria;
y si en el mundo no huuiera
pages, yo se que durara
su fama hasta que llegara
la edad que ha de ser postrera.
Clemente y Clemencia estan
muy buenos, sin ningun mal,
y Benita con Pasqual
garrida vida se dan.
(Entra VNO.)
VNO.
Sus magestades aguardan;
bien pueden ya començar.
PEDRO
Despues podremos hablar.
VNO.
Miren que dizen que tardan.
PEDRO
Ya ven vuessas mercedes que los reyes
aguardan alla dentro, y no es possible
entrar todos a ver la gran comedia
que mi autor representa, que alabardas
y lancineques y frinfron impiden
la entrada a toda gente mosquetera.
Mañana, en el teatro, se hara vna,
donde por poco precio veran todos
desde principio al fin toda la traça,
y veran que no acaba en casamiento,
cosa comun y bista cien mil vezes,
ni que pario la dama esta jornada,
y en otra tiene el niño ya sus barbas,
y es valiente y feroz, y mata y hiende,
y venga de sus padres cierta injuria,
y al fin viene a ser rey de vn cierto reyno
que no ay cosmografia que le muestre.
Destas impertinencias y otras tales
ofrecio la comedia libre y suelta,
pues llena de artificio, industria y galas,
se cela del gran Pedro de Vrdemalas.
FIN DESTAS COMEDIAS
El juez de los divorcios
Sale el JUEZ, y otros dos con él, que son ESCRIBANO y PROCURADOR, y siéntase en una silla; salen EL VEJETE y MARIANA, su mujer.
MARIANA.- Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la silla de su audiencia. Desta vez tengo de quedar dentro o fuera; desta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, como el gavilán.
VEJETE.- Por amor de Dios, Mariana, que no almonedees tanto tu negocio: habla paso, por la pasión que Dios pasó; mira que tienes atronada a toda la vecindad con tus gritos; y, pues tienes delante al señor juez, con menos voces le puedes informar de tu justicia.
JUEZ.- ¿Qué pendencia traéis, buena gente?
MARIANA.- Señor, ¡divorcio, divorcio, y más divorcio, y otras mil veces divorcio!
JUEZ.- ¿De quién, o por qué, señora?
MARIANA.- ¿De quién? Deste viejo que está presente.
JUEZ.- ¿Por qué?
MARIANA.- Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar contino atenta a curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron a mí mis padres para ser hospitalera ni enfermera. Muy buena dote llevé al poder desta espuerta de huesos, que me tiene consumidos los días de la vida; cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo, y agora la tengo con una vara de frisa encima. Vuesa merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque; mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que derramo cada día por verme casada con esta anatomía.
JUEZ.- No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia.
MARIANA.- Déjeme vuesa merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes.
JUEZ.- Si ese arbitrio se pudiera o debiera poner en práctica, y por dineros, ya se hubiera hecho; pero especificad más, señora, las ocasiones que os mueven a pedir divorcio.
MARIANA.- El invierno de mi marido y la primavera de mi edad; el quitarme el sueño, por levantarme a media noche a calentar paños y saquillos de salvado para ponerle en la ijada; el ponerle, ora aquesta, ora aquella ligadura, que ligado le vea yo a un palo por justicia; el cuidado que tengo de ponerle de noche alta la cabecera de la cama, jarabes lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada a sufrirle el mal olor de la boca, que le güele mal a tres tiros de arcabuz.
ESCRIBANO.- Debe de ser de alguna muela podrida.
VEJETE.- No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tengo en toda ella.
PROCURADOR.- Pues ley hay que dice, según he oído decir, que por sólo el mal olor de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la mujer.
VEJETE.- En verdad, señores, que el mal aliento que ella dice que tengo, no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos procede de mi estómago, que está sanísimo, sino desa mala intención de su pecho. Mal conocen vuesas mercedes a esta señora, pues a fe que, si la conociesen, que la ayunarían o la santiguarían. Veinte y dos años ha que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de sus insolencias, de sus voces y de sus fantasías, y ya va para dos años que cada día me va dando vaivenes y empujones hacia la sepultura; a cuyas voces me tiene medio sordo, y, a puro reñir, sin juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame a regañadientes; habiendo de ser suave la mano y la condición del médico. En resolución, señores: yo soy el que muero en su poder, y ella es la que vive en el mío, porque es señora, con mero mixto imperio, de la hacienda que tengo.
MARIANA.- ¿Hacienda vuestra? Y ¿qué hacienda tenéis vos, que no la hayáis ganado con la que llevastes en mi dote? Y son míos la mitad de los bienes gananciales, mal que os pese; y dellos y de la dote, si me muriese agora, no os dejaría valor de un maravedí, porque veáis el amor que os tengo.
JUEZ.- Decid, señor: cuando entrastes en poder de vuestra mujer, ¿no entrastes gallardo, sano y bien acondicionado?
VEJETE.- Ya he dicho que ha veinte y dos años que entré en su poder, como quien entra en el de un cómitre calabrés a remar en galeras de por fuerza; y entré tan sano, que podía decir y hacer como quien juega a las pintas.
MARIANA.- Cedacico nuevo, tres días en estaca.
JUEZ.- Callad, callad, nora en tal, mujer de bien, y andad con Dios, que yo no hallo causa para descasaros; y, pues comistes las maduras, gustad de las duras; que no está obligado ningún marido a tener la velocidad y corrida del tiempo, que no pase por su puerta y por sus días; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os dio cuando pudo; y no repliquéis más palabra.
VEJETE.- Si fuese posible, recebiría gran merced que vuesa merced me la hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque, dejándome así, habiendo ya llegado a este rompimiento, será de nuevo entregarme al verdugo que me martirice; y si no, hagamos una cosa: enciérrese ella en un monesterio y yo en otro; partamos la hacienda, y desta suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda de la vida.
MARIANA.- ¡Malos años! ¡Bonica soy yo para estar encerrada! No sino llegaos a la niña, que es amiga de redes, de tornos, rejas y escuchas, encerraos vos, que lo podréis llevar y sufrir, que ni tenéis ojos con que ver, ni oídos con que oír, ni pies con que andar, ni mano con que tocar: que yo, que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos cabales y vivos, quiero usar dellos a la descubierta, y no por brújula, como quínola dudosa.
ESCRIBANO.- Libre es la mujer.
PROCURADOR.- Y prudente el marido; pero no puede más.
JUEZ.- Pues yo no puedo hacer este divorcio, quia nullam invenio causam.
Entra un SOLDADO bien aderezado y su mujer, DOÑA GUIOMAR.
DOÑA GUIOMAR.- ¡Bendito sea Dios!, que se me ha cumplido el deseo que tenía de verme ante la presencia de vuesa merced, a quien suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servido de descasarme déste.
JUEZ.-¿Qué cosa es déste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades siquiera: «deste hombre».
DOÑA GUIOMAR.- Si él fuera hombre, no procurara yo descasarme.
JUEZ.- Pues ¿qué es?
DOÑA GUIOMAR.- Un leño.
SOLDADO.-[Aparte] Por Dios, que he de ser leño en callar y en sufrir. Quizá con no defenderme ni contradecir a esta mujer el juez se inclinará a condenarme; y, pensando que me castiga, me sacará de cautiverio, como si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuán.
PROCURADOR.- Hablad más comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin improperios de vuestro marido; que el señor juez de los divorcios, que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.
DOÑA GUIOMAR.- Pues, ¿no quieren vuesas mercedes que llame leño a una estatua, que no tiene más acciones que un madero?
MARIANA.- Ésta y yo nos quejamos, sin duda, de un mismo agravio.
DOÑA GUIOMAR.- Digo, en fin, señor mío, que a mí me casaron con este hombre, ya que quiere vuesa merced que así lo llame; pero no es este hombre con quien yo me casé.
JUEZ.- ¿Cómo es eso?, que no os entiendo.
DOÑA GUIOMAR.- Quiero decir que pensé que me casaba con un hombre moliente y corriente, y a pocos días hallé que me había casado con un leño, como tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano derecha, ni busca medios ni trazas para granjear un real con que ayude a sustentar su casa y familia. Las mañanas se le pasan en oír misa y en estarse en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y escuchando mentiras; y las tardes, y aun las mañanas también, se va de en casa en casa de juego, y allí sirve de número a los mirones, que, según he oído decir, es un género de gente a quien aborrecen en todo extremo los gariteros. A las dos de la tarde viene a comer, sin que le hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo. Vuélvese a ir, vuelve a media noche, cena si lo halla, y si no, santíguase, bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vueltas. Pregúntole qué tiene. Respóndeme que está haciendo un soneto en la memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del mundo.
SOLDADO.- Mi señora doña Guiomar, en todo cuanto ha dicho, no ha salido de los límites de la razón; y, si yo no la tuviera en lo que hago, como ella la tiene en lo que dice, ya había yo de haber procurado algún favor de palillos, de aquí o de allí, y procurar verme, como se ven otros hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y sobre una mula de alquiler pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de mulas que le acompañe, porque las tales mulas nunca se alquilan sino a faltas y cuando están de nones; sus alforjitas a las ancas: en la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso y su pan y su bota; sin añadir a los vestidos que trae de rúa, para hacellos de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y, con una comisión, y aun comezón en el seno, sale por esa Puente Toledana raspahilando, a pesar de las malas mañas de la harona, y, a cabo de pocos días, envía a su casa algún pernil de tocino y algunas varas de lienzo crudo; en fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito de su comisión, y con esto sustenta su casa como el pecador mejor puede; pero yo, que ni tengo oficio [ni beneficio], no sé qué hacerme, porque no hay señor que quiera servirse de mí, porque soy casado; así que, me será forzoso suplicar a vuesa merced, señor juez, pues ya por pobres son tan enfadosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y aparte.
DOÑA GUIOMAR.-Y hay más en esto, señor juez: que, como yo veo que mi marido es tan para poco, y que padece necesidad, muérome por remedialle; pero no puedo, porque, en resolución, soy mujer de bien, y no tengo de hacer vileza.
SOLDADO.- Por esto solo merecía ser querida esta mujer, pero, debajo deste pundonor, tiene encubierta la más mala condición de la tierra: pide celos sin causa, grita sin porqué, presume sin hacienda, y, como me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico; y es lo peor, señor juez, que quiere que, a trueco de la fidelidad que me guarda, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y desabrimientos que tiene.
DOÑA GUIOMAR.- ¿Pues no? ¿Y por qué no me habéis vos de guardar a mí decoro y respeto, siendo tan buena como soy?
SOLDADO.- Oíd, señora doña Guiomar; aquí, delante destos señores, os quiero decir esto: ¿por qué me hacéis cargo de que sois buena, estando vos obligada a serlo, por ser de tan buenos padres nacida, por ser cristiana y por lo que debéis a vos misma? ¡Bueno es que quieran las mujeres que las respeten sus maridos porque son castas y honestas; como si en sólo esto consistiese, de todo en todo, su perfección; y no echan de ver los desaguaderos por donde desaguan la fineza de otras mil virtudes que les faltan! ¿Qué se me da a mí que seáis casta con vos misma, puesto que se me da mucho, si os descuidáis de que lo sea vuestra criada, y si andáis siempre rostrituerta, enojada, celosa, pensativa, manirrota, dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con otras insolencias deste jaez, que bastan a consumir las vidas de doscientos maridos? Pero, con todo esto, digo, señor juez, que ninguna cosa destas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy el leño, el inhábil, el dejado y el perezoso; y que, por ley de buen gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado a descasarnos; que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y holgaré de ser condenado.
DOÑA GUIOMAR.- ¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de comer a mí, ni a vuestra criada; y monta que son muchas, sino una, y aun esa sietemesina, que no come por un grillo.
ESCRIBANO.- Sosiéguense; que vienen nuevos demandantes.
Entra uno vestido de médico, y es CIRUJANO, y ALDONZA DE MINJACA, su mujer.
CIRUJANO.- Por cuatro causas bien bastantes, vengo a pedir a vuesa merced, señor juez, haga divorcio entre mí y la señora doña Aldonza de Minjaca, mi mujer, que está presente.
JUEZ.- Resoluto venís. Decid las cuatro causas.
CIRUJANO.- La primera, porque no la puedo ver más que a todos los diablos; la segunda, por lo que ella se sabe; la tercera, por lo que yo me callo; la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando desta vida vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.
PROCURADOR.- Bastantísimamente ha probado su intención.
MINJACA.- Señor juez, vuesa merced me oiga, y advierta que, si mi marido pide por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera, porque, cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer; la segunda, porque fui engañada cuando con él me casé, porque él dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace ligaduras y cura otras enfermedades, que va decir desto a médico la mitad del justo precio; la tercera, porque tiene celos del sol que me toca; la cuarta, que, como no le puedo ver, querría estar apartada dél dos millones de leguas.
ESCRIBANO.- ¿Quién diablos acertará a concertar estos relojes, estando las ruedas tan desconcertadas?
MINJACA.- La quinta...
JUEZ.- Señora, señora, si pensáis decir aquí todas las cuatrocientas causas, yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello. Vuestro negocio se recibe a prueba; y andad con Dios, que hay otros negocios que despachar.
CIRUJANO.- ¿Qué más pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta de vivir conmigo?
JUEZ.- Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirían de sus hombros el yugo del matrimonio.
Entra uno vestido de GANAPÁN, con su caperuza cuarteada.
GANAPÁN.- Señor juez: ganapán soy, no lo niego, pero cristiano viejo, y hombre de bien a las derechas; y, si no fuese que alguna vez me tomo del vino, o él me toma a mí, que es lo más cierto, ya hubiera sido prioste en la cofradía de los hermanos de la carga, pero, dejando esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa el señor juez que, estando una vez muy enfermo de los vaguidos de Baco, prometí de casarme con una mujer errada. Volví en mí, sané y cumplí la promesa, y caséme con una mujer que saqué de pecado; púsela a ser placera; ha salido tan soberbia y de tan mala condición, que nadie llega a su tabla con quien no riña, ora sobre el peso falto, ora sobre que le llegan a la fruta, y a dos por tres les da con una pesa en la cabeza, o adonde topa, y los deshonra hasta la cuarta generación, sin tener hora de paz con todas sus vecinas ya parleras; y yo tengo de tener todo el día la espada más lista que un sacabuche, para defendella; y no ganamos para pagar penas de pesos no maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querría, si vuesa merced fuese servido, o que me apartase della, o, por lo menos, le mudase la condición acelerada que tiene en otra más reportada y más blanda; y prométole a vuesa merced de descargalle de balde todo el carbón que comprare este verano; que puedo mucho con los hermanos mercaderes de la costilla.
CIRUJANO.- Ya conozco yo a la mujer deste buen hombre, y es tan mala como mi Aldonza: que no lo puedo más encarecer.
JUEZ.- Mirad, señores, aunque algunos de los que aquí estáis habéis dado algunas causas que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo eso, es menester que conste por escrito, y que lo digan testigos; y así, a todos os recibo a prueba. Pero, ¿qué es esto? ¿Música y guitarras en mi audiencia? ¡Novedad grande es ésta!
Entran dos músicos
MÚSICO.-Señor juez, aquellos dos casados tan desavenidos que vuesa merced concertó, redujo y apaciguó el otro día, están esperando a vuesa merced con una gran fiesta en su casa; y por nosotros le envía[n] a suplicar sea servido de hallarse en ella y honrallos.
JUEZ.- Eso haré yo de muy buena gana; y pluguiese a Dios que todos los presentes se apaciguasen como ellos.
PROCURADOR.- Desa manera, moriríamos de hambre los escribanos y procuradores desta audiencia; que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de divorcios; que, al cabo, al cabo, los más se quedan como se estaban y nosotros habemos gozado del fruto de sus pendencias y necedades. MÚSICO.- Pues en verdad que desde aquí hemos de ir regocijando la fiesta.
Cantan los músicos.
Entre casados de honor,
cuando hay pleito descubierto,
más vale el peor concierto
que no el divorcio mejor.
Donde no ciega el engaño
simple, en que algunos están,
las riñas de por San Juan
son paz para todo el año.
Resucita allí el honor,
y el gusto, que estaba muerto,
donde vale el peor concierto
más que el divorcio mejor.
Aunque la rabia de celos
es tan fuerte y rigurosa,
si los pide una hermosa,
no son celos, sino cielos.
Tiene esta opinión Amor,
que es el sabio más experto:
que vale el peor concierto
más que el divorcio mejor.
FIN
El rufián viudo llamado Trampagos
Sale TRAMPAGOS con un capuz de luto, y con él VADEMECUM, su criado, con dos espadas de esgrima
TRAMPAGOS:
¡Vademécum!
VADEMECUM:
¿Señor?
TRAMPAGOS:
¿Traes las morenas?
VADEMECUM:
Tráigolas.
TRAMPAGOS:
Está bien: muestra y camina,
y saca aquí la silla de respaldo,
con los otros asientos de por casa.
VADEMECUM:
¿Qué asientos? ¿Hay alguno, por ventura?
TRAMPAGOS:
Saca el mortero, puerco, el broquel saca,
y el banco de la cama.
VADEMECUM:
Está impedido;
fáltale un pie.
TRAMPAGOS:
¿Y es tacha?
VADEMECUM:
¡Y no pequeña!
Entrase VADEMECUM
TRAMPAGOS:
¡Ah, Pericona, Pericona mía,
y aun de todo el concejo! En fin, llegóse
el tuyo: yo quedé, tú te has partido,
y es lo peor que no imagino adónde,
aunque, según fue el curso de tu vida,
bien se puede creer piadosamente
que estás en parte... Aún no me determino
de señalarte asiento en la otra vida.
Tendréla yo, sin ti, como de muerte.
¡Que no me hallara yo a tu cabecera
cuando diste el espíritu a los aires,
para que le acogiera entre mis labios,
y en mi estómago limpio le envasara!
¡Miseria humana! ¿Quién de ti confía?
Ayer fui Pericona, hoy tierra fría,
como dijo un poeta celebérrimo.
Entra CHIQUIZNAQUE, rufián
CHIQUIZNAQUE:
Mi so Trampagos, ¿es posible sea
voacé tan enemigo suyo
que se entumbe, se encubra y se trasponga
debajo desa sombra bayetuna
el sol hampesco? So Trampagos, basta
tanto gemir, tantos suspiros bastan;
trueque voacé las lágrimas corrientes
en limosnas y en misas y oraciones
por la gran Pericona, que Dios haya;
que importan más que llantos y sollozos.
TRAMPAGOS:
Voacé ha garlado como un tólogo,
mi señor Chiquiznaque; pero, en tanto
que encarrilo mis cosas de otro modo,
tome vuesa merced, y platiquemos
una levada nueva.
CHIQUIZNAQUE:
So Trampagos,
no es éste tiempo de levadas: llueven
o han de llover hoy pésames adunia,
y ¿hémonos de ocupar en levadicas?
Entra VADEMECUM con la silla, muy vieja y rota
VADEMECUM:
¡Bueno, por vida mía! Quien le quita
a mi señor de líneas y posturas,
le quita de los días de la vida.
TRAMPAGOS:
Vuelve por el mortero y por el banco,
y el broquel no se olvide, Vademécum.
VADEMECUM:
Y aun trairé el asador, sartén y platos.
Vuélvese a entrar
TRAMPAGOS:
Después platicaremos una treta,
única, a lo que creo, y peregrina;
que el dolor de la muerte de mi ángel
las manos ata y el sentido todo.
CHIQUIZNAQUE:
¿De qué edad acabó la mal lograda?
TRAMPAGOS:
Para con sus amigas y vecinas,
treinta y dos años tuvo.
CHIQUIZNAQUE:
¡Edad lozana!
TRAMPAGOS:
Si va a decir verdad, ella tenía
cincuenta y seis; pero, de tal manera
supo encubrir los años, que me admiro.
¡Oh, qué teñir de canas! ¡Oh, qué rizos,
vueltos de plata en oro los cabellos!
A seis del mes que viene hará quince años
que fue mi tributaria, sin que en ellos
me pusiese en pendencia, ni en peligro
de verme palmeadas las espaldas.
Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto,
pasaron por la pobre desde el día
que fue mi cara, agradecida prenda,
en las cuales, sin duda, susurraron
a sus oídos treinta y más sermones,
y en todos ellos, por respeto mío,
estuvo firme, cual está a las olas
del mar movible la inmovible roca.
¡Cuántas veces me dijo la pobreta,
saliendo de los trances rigurosos
de gritos y plegarias y de ruegos,
sudando y trasudando: "Plega al cielo,
Trampagos mío, que en descuento vaya
de mis pecados lo que aquí yo paso
por ti, dulce bien mío!"
CHIQUIZNAQUE:
¡Bravo triunfo!
¡Ejemplo raro de inmortal firmeza!
¡Allá lo habrá hallado!
TRAMPAGOS:
¿Quién lo duda?
Ni aun una sola lágrima vertieron
jamás sus ojos en las sacras pláticas,
cual si de esparto o pedernal su alma
formada fuera.
CHIQUIZNAQUE:
¡Oh, hembra benemérita
de griegas y romanas alabanzas!
¿De qué murió?
TRAMPAGOS:
¿De qué? Casi de nada:
los médicos dijeron que tenía
malos los hipocondrios y los hígados,
y que con agua de taray pudiera
vivir, si la bebiera, setenta años.
CHIQUIZNAQUE:
¿No la bebió?
TRAMPAGOS:
Murióse.
CHIQUIZNAQUE:
Fue una necia.
¡Bebiérala hasta el día del jüicio,
que hasta entonces viviera! El yerro estuvo
en no hacerla sudar.
TRAMPAGOS:
Sudó once veces.
Entra VADEMECUM con los asientos referidos
CHIQUIZNAQUE:
¿Y aprovechóle alguna?
TRAMPAGOS:
Casi todas:
siempre quedaba como un ginjo verde,
sana como un peruétano o manzana.
CHIQUIZNAQUE:
Dícenme que tenía ciertas fuentes
en las piernas y brazos.
TRAMPAGOS:
La sin dicha
era un Aranjuëz; pero, con todo,
hoy come en ella, la que llaman tierra,
de las más blancas y hermosas carnes
que jamás encerraron sus entrañas;
y, si no fuera porque habrá dos años
que comenzó a dañársele el aliento,
era abrazarla como quien abraza
un tiesto de albahaca o clavellinas.
CHIQUIZNAQUE:
Neguijón debió ser, o corrimiento,
el que dañó las perlas de su boca,
quiero decir, sus dientes y sus muelas.
TRAMPAGOS:
Una mañana amaneció sin ellos.
VADEMECUM:
Así es verdad, mas fue deso la causa
que anocheció sin ellos; de los finos,
cinco acerté a contarle; de los falsos,
doce disimulaba en la covacha.
TRAMPAGOS:
¿Quién te mete a ti en esto, mentecato?
VADEMECUM:
Acredito verdades.
TRAMPAGOS:
Chiquiznaque,
ya se me ha reducido a la memoria
la treta de denantes; toma, y vuelve
al ademán primero.
VADEMECUM:
Pongan pausa,
y quédese la treta en ese punto;
que acuden moscovitas al reclamo.
La Repulida viene y la Pizpita,
y la Mostrenca, y el jayán Juan Claros.
TRAMPAGOS:
Vengan en hora buena; vengan ellos
en cien mil norabuenas.
Entran la REPULIDA, la PIZPITA, la MOSTRENCA y el rufián JUAN CLAROS
JUAN:
En las mismas
esté mi sor Trampagos.
REPULIDA:
Quiera el cielo
mudar su escuridad en luz clarísima.
PIZPITA:
Desollado le viesen ya mis lumbres
de aquel pellejo lóbrego y escuro.
MOSTRENCA:
¡Jesús, y qué fantasma noturnina!
Quítenmele delante.
VADEMECUM:
¿Melindricos?
TRAMPAGOS:
Fuera yo un Polifemo, un antropófago,
un troglodita, un bárbaro Zoílo,
un caimán, un caribe, un comevivos,
si de otra suerte me adornara, en tiempo
de tamaña desgracia.
JUAN:
Razón tiene.
TRAMPAGOS:
¡He perdido una mina potosisca,
un muro de la yedra de mis faltas,
un árbol de la sombra de mis ansias!
JUAN:
Era la Pericona un pozo de oro.
TRAMPAGOS:
Sentarse a prima noche, y, a las horas
que se echa el golpe, hallarse con sesenta
numos en cuartos, ¿por ventura es barro?
Pues todo esto perdí en la que ya pudre.
REPULIDA:
Confieso mi pecado: siempre tuve
envidia a su no vista diligencia.
No puedo más; yo hago lo que puedo,
pero no lo que quiero.
PIZPITA:
No te penes,
pues vale más aquel que Dios ayuda,
que el que mucho madruga; ya me entiendes.
VADEMECUM:
El refrán vino aquí como de molde;
¡Tal os dé Dios el sueño, mentecatas!
MOSTRENCA:
Nacidas somos; no hizo Dios a nadie
a quien desamparase. Poco valgo;
pero, en fin, como y ceno, y a mi cuyo
le traigo más vestido que un palmito.
Ninguna es fea, como tenga bríos;
¡feo es el diablo!
VADEMECUM:
Alega la Mostrenca
muy bien de su derecho, y alegara
mejor si se añadiera el ser muchacha
y limpia, pues lo es por todo estremo.
CHIQUIZNAQUE:
En el que está Trampagos me da lástima.
TRAMPAGOS:
Vestíme este capuz; mis dos lanternas
convertí en alquitaras.
VADEMECUM:
¿De aguardiente?
TRAMPAGOS:
Pues, ¿tanto cuelo yo, hi de malicias?
VADEMECUM:
A cuatro lavanderas de la puente
puede dar quince y falta en la colambre;
miren qué ha de llorar, sino agua-ardiente.
JUAN:
Yo soy de parecer que el gran Trampagos
ponga silencio a su contino llanto
y vuelva al sicut erat in principio,
digo a sus olvidadas alegrías,
y tome prenda que las suyas quite;
que es bien que el vivo vaya a la hogaza,
como el muerto se va a la sepultura.
REPULIDA:
Zonzorino Catón es Chiquiznaque.
PIZPITA:
Pequeña soy, Trampagos, pero grande
tengo la voluntad para servirte;
no tengo cuyo, y tengo ochenta cobas.
REPULIDA:
Yo ciento, y soy dispuesta y nada lerda.
MOSTRENCA:
Veinte y dos tengo yo, y aun venticuatro,
y no soy mema.
REPULIDA:
¡Oh mi Jezúz! ¿Qué es esto?
¿Contra mí la Pizpita y la Mostrenca?
¿En tela quieres competir conmigo,
culebrilla de alambre, y tú, pazguata?
PIZPITA:
Por vida de los huesos de mi abuela,
doña Mari-Bobales, monda-níspolas,
que no la estimo en un feluz morisco.
¿Han visto el ángel tonto almidonado,
cómo quiere empinarse sobre todas?
MOSTRENCA:
Sobre mí no, a lo menos; que no sufro
carga que no me ajuste y me convenga.
JUAN:
Adviertan que defiendo a la Pizpita.
CHIQUIZNAQUE:
Consideren que está la Repulida
debajo de las alas de mi amparo.
VADEMECUM:
Aquí fue Troya, aquí se hacen rajas;
los de las cachas amarillas salen;
aquí, otra vez, fue Troya.
REPULIDA:
Chiquiznaque,
no he menester que nadie me defienda;
aparta, tomaré yo la venganza,
rasgando con mis manos pecadoras
la cara de membrillo cuartanario.
JUAN:
¡Repulida, respeto al gran Juan Claros!
PIZPITA:
Déjala, venga; déjala que llegue
esa cara de masa mal sobada.
Entra UNO muy alborotado
UNO:
Juan Claros, ¡la justicia, la justicia!
El alguacil de la justicia viene
la calle abajo.
Entrase luego
JUAN:
¡Cuerpo de mi padre!
¡No paro más aquí!
TRAMPAGOS:
Ténganse todos;
ninguno se alborote; que es mi amigo
el alguacil; no hay que tenerle miedo
Torna a entrar
UNO:
No viene acá, la calle abajo cuela.
CHIQUIZNAQUE:
El alma me temblaba ya en las carnes,
porque estoy desterrado.
TRAMPAGOS:
Aunque viniera,
no nos hiciera mal, yo lo sé cierto;
que no puede chillar, porque es[t]á untado.
VADEMECUM:
Cese, pues, la pendencia, y mi sor sea
el que escoja la prenda que le cuadre
o le esquine mejor.
REPULIDA:
Yo soy contenta.
PIZPITA:
Y yo también.
MOSTRENCA:
Y yo.
VADEMECUM:
Gracias al cielo,
que he hallado a tan gran mal, tan gran remedio.
TRAMPAGOS:
Abúrrome, y escojo.
MOSTRENCA:
Dios te guíe.
REPULIDA:
Si te aburres, Trampagos, la escogida
también será aburrida.
TRAMPAGOS:
Errado anduve;
sin aburrirme escojo.
MOSTRENCA:
Dios te guíe.
[TRAMPAGOS:]
Digo que escojo aquí a la Repulida.
JUAN:
Con su pan se la coma, Chiquiznaque.
CHIQUIZNAQUE:
Y aun sin pan, que es sabrosa en cualquier modo.
REPULIDA:
Tuya soy; ponme un clavo y una "S"
en estas dos mejillas.
PIZPITA:
¡Oh hechicera!
MOSTRENCA:
No es sino venturosa; no la envidies,
porque no es muy católico Trampagos,
pues ayer enterró a la Pericona,
y hoy la tiene olvidada.
REPULIDA:
Muy bien dices.
TRAMPAGOS:
Este capuz arruga, Vademécum;
y dile al padre que sobre él te preste
una docena de reales.
VADEMECUM:
Creo
Que tengo yo catorce.
TRAMPAGOS:
Luego luego,
parte, y trae seis azumbres de lo caro;
alas pon en los pies.
VADEMECUM:
Y en las espaldas.
Entrase VADEMECUM con el capuz, y queda en cuerpo TRAMPAGOS
TRAMPAGOS:
¡Por Dios, que si durara la bayeta,
que me pudieran enterrar mañana!
REPULIDA:
¡Ay, lumbre destas lumbres, que son tuyas,
y cuán mejor estás en este traje,
que en el otro, sombrío y malencónico!
Entran dos músicos, sin guitarras
MUSICO 1:
Tras el olor del jarro nos venimos
yo y mi compadre.
TRAMPAGOS:
En hora buena sea.
¿Y las guitarras?
MUSICO 1:
En la tienda quedan;
vaya por ellas Vademécum.
MUSICO 2:
Vaya...
mas yo quiero ir por ellas.
MUSICO 1:
De camino,
Entrase el un músico
Diga a mi oíslo que, si viene alguno
al rapio rapis, que me aguarde un poco:
que no haré sino colar seis tragos,
y cantar dos tonadas y partirme;
que ya el señor Trampagos, según muestra,
está para tomar armas de gusto.
Vuelve VADEMECUM
VADEMECUM:
Ya está en el antesala el jarro.
TRAMPAGOS:
Traile.
VADEMECUM:
No tengo taza.
TRAMPAGOS:
Ni Dios te la depare.
El cuerno de orinar no está estrenado;
tráele, que te maldiga el cielo santo;
que eres bastante a deshonrar un duque.
VADEMECUM:
Sosiéguese; que no ha de faltar copa,
y aun copas, aunque sean de sombreros.
[Aparte] A buen seguro que éste es churrullero.
Entra UNO, como cautivo, con una cadena al hombro, y pónese a mirar a todos muy atento, y todos a él
REPULIDA:
¡Jesús! ¿Es visión ésta? ¿Qué es aquesto?
¿No es éste Escarramán? él es, sin duda.
¡Escarramán del alma, dame, amores,
esos brazos, coluna de la hampa!
TRAMPAGOS:
¡Oh Escarramán, Escarramán amigo!
¿Cómo es esto? ¿A dicha eres estatua?
Rompe el silencio y habla a tus amigos.
PIZPITA:
¿Qué traje es éste y qué cadena es ésta?
¿Eres fantasma, a dicha? Yo te toco,
y eres de carne y hueso.
MOSTRENCA:
El es, amiga;
no lo puede negar, aunque más calle.
ESCARRAMAN:
Yo soy Escarramán, y estén atentos
al cuento breve de mi larga historia.
Vuelve el barbero con dos guitarras, y da la una al compañero
Dio la galera al traste en Berbería,
donde la furia de un jüez me puso
por espalder de la siniestra banda;
mudé de cautiverio y de ventura;
quedé en poder de turcos por esclavo;
de allí a dos meses, como el cielo plugo,
me levanté con una galeota;
cobré mi libertad y ya soy mío.
Hice voto y promesa invïolable
de no mudar de ropa ni de carga
hasta colgarla de los muros santos
de una devota ermita, que en mi tierra
llaman de San Millán de la Cogolla."
Y éste es el cuento de mi extraña historia,
digna de atesorarla en mi memoria.
La Méndez no estará ya de provecho.
¿Vive?
JUAN:
Y está en Granada a sus anchuras.
CHIQUIZNAQUE:
¡Allí le duele al pobre todavía!
ESCARRAMAN:
¿Qué se ha dicho de mí en aqueste mundo,
en tanto que en el otro me han tenido
mis desgracias y gracia?
MOSTRENCA:
Cien mil cosas;
ya te han puesto en la horca los farsantes.
PIZPITA:
Los muchachos han hecho pepitoria
de todas tus médulas y tus huesos.
REPULIDA:
Hante vuelto divino: ¿qué más quieres?
CHIQUIZNAQUE:
Cántante por las plazas, por las calles;
báilante en los teatros y en las casas;
has dado que hacer a los poetas,
más que dio Troya al mantuano Títiro.
JUAN:
Oyente resonar en los establos.
REPULIDA:
Las fregonas te alaban en el río;
los mozos de caballos te almohazan.
CHIQUIZNAQUE:
Túndete el tundidor con sus tijeras;
muy más que el potro rucio eres famoso.
MOSTRENCA:
Han pasado a las Indias tus palmeos,
en Roma se han sentido tus desgracias,
y hante dado botines sine numero.
VADEMECUM:
Por Dios que te han molido como alheña,
y te han desmenuzado como flores,
y que eres más sonado y más mocoso
que un reloj y que un niño de dotrina.
De ti han dado querella todos cuantos
bailes pasaron en la edad del gusto,
con apretada y dura residencia;
pero llevóse el tuyo la excelencia.
ESCARRAMAN:
Tenga yo fama, y háganme pedazos;
de éfeso el templo abrasaré por ella.
Tocan de improviso los músicos, y comienzan a cantar este romance:
«Ya salió de las gurapas
el valiente Escarramán,
para asombro de la gura
y para bien de su mal».
ESCARRAMAN:
¿Es aquesto brindarme, por ventura?
¿Piensan se me ha olvidado el regodeo?
Pues más ligero vengo que solía;
si no, toquen, y vaya, y fuera ropa.
PIZPITA:
¡Oh flor y fruto de los bailarines,<br y qué bueno has quedado!
VADEMECUM:
Suelto y limpio.
JUAN:
El honrará las bodas de Trampagos.
ESCARRAMAN:
Toquen; verán que soy hecho de azogue.
MUSICO:
Váyanse todos por lo que cantare,
y no será posible que se yerren.
ESCARRAMAN:
Toquen; que me deshago y que me bullo.
REPULIDA:
Ya me muero por verle en la estacada.
MUSICO:
Estén alerta todos.
CHIQUIZNAQUE:
Ya lo estamos.
Cantan
«Ya salió de las gurapas
el valiente Escarramán,
para asombro de la gura,
y para bien de su mal.
Ya vuelve a mostrar al mundo
su felice habilidad,
su ligereza y su brío,
y su presencia real.
Pues falta la Coscolina,
supla agora en su lugar
la Repulida, olorosa
más que la flor de azahar.
Y, en tanto que se remonda
la Pizpita sin igual,
de la Gallarda el paseo
nos muestre aquí Escarramán.
Tocan la Gallarda; dánzala ESCARRAMAN, que le ha de hacer el bailarín; y, en habiendo hecho una mudanza, prosíguese el romance
La Repulida comience,
con su brío, a rastrear,
pues ella fue la primera
que nos le vino a mostrar.
Escarramán la acompañe;
la Pizpita, otro que tal,
Chiquiznaque y la Mostrenca,
con Juan Claros el galán.
¡Vive Dios que va de perlas!
No se puede desear
más ligereza o más garbo,
más certeza o más compás.
¡A ello, hijos, a ello!
No se pueden alabar
otras ninfas ni otros rufos
que nos pueden igualar.
¡Oh, qué desmayar de manos!
¡Oh, qué huir y qué juntar!
¡Oh, qué nuevos laberintos,
donde hay salir y hay entrar!
Muden el baile a su gusto,
que yo le sabré tocar:
el Canario, o las Gambetas,
o Al villano se lo dan,
Zarabanda, o Zambapalo,
el Pésame dello y más;
el Rey don Alonso el Bueno,
gloria de la antigüedad».
ESCARRAMAN:
El Canario, si le tocan,
a solas quiero bailar.
MUSICO:
Tocaréle yo de plata;
tú de oro le bailarás.
Toca el Canario, y baila solo ESCARRAMAN; y, en habiéndole bailado, diga
ESCARRAMAN:
Vaya el villano a lo burdo,
con la cebolla y el pan,
y acompáñenme los tres.
MUSICO:
Que te bendiga San Juan.
Bailan el Villano, como bien saben, y, acabado el Villano, pida ESCARRAMAN el baile que quisiere, y acabado, diga TRAMPAGOS
TRAMPAGOS:
Mis bodas se han celebrado
mejor que las de Roldán.
Todos digan, como digo:
¡Viva, viva Escarramán!
TODOS:
¡Viva, viva!
FIN
La elección de los alcaldes de Daganzo
Salen el BACHILLER PESUÑA; PEDRO ESTORNUDO, escribano; PANDURO, regidor, y ALONSO ALGARROBA, regidor.
PANDURO
Rellánense; que todo saldrá a cuajo,
si es que lo quiere el cielo benditísimo.
ALGARROBA
Mas echémoslo a doce, y no se venda.
[PANDURO]
Paz, que no será mucho que salgamos
bien del negocio, si lo quiere el cielo.
[ALGARROBA]
Que quiera, o que no quiera, es lo que importa...
PANDURO
¡Algarroba, la luenga se os deslicia!
Habrad acomedido y de buen rejo,
que no me suenan bien esas palabras:
"quiera o no quiera el cielo", por San Junco,
que, como presomís de resabido, os arrojáis
a trochemoche en todo.
ALGARROBA
Cristiano viejo soy a todo ru[e]do,
y creo en Dios a pies jontillas.
BACHILLER
Bueno;
no hay más que desear.
ALGARROBA
Y si, por suerte,
hablé mal, yo confieso que soy ganso,
y doy lo dicho por no dicho.
ESTORNUDO
Basta;
no quiere Dios, del pecador más malo,
sino que viva y se arrepienta.
ALGARROBA
Digo
que vivo y me arrepiento, y que conozco
que el cielo puede hacer lo que él quisiere,
sin que nadie le pueda ir a la mano,
especial cuando llueve.
PANDURO
De las nubes,
Algarroba, cae el agua, no del cielo.
ALGARROBA
¡Cuerpo del mundo! Si es que aquí venimos
a reprochar los unos a los otros,
díganmoslo; que a fe que no le falten
reproches a Algarroba a cada paso.
BACHILLER
Redeamus ad rem, señor Panduro
y señor Algarroba; no se pase
el tiempo en niñerías escusadas.
¿Juntámonos aquí; para disputas
impertinentes? Bravo caso es éste,
que siempre que Panduro y Algarroba
están juntos, al punto se levantan
entre ellos mil borrascas y tormentas
de mil contraditorias intenciones
ESTORNUDO
El señor bachiller Pesuña tiene
demasiada razón: véngase al punto,
y mírese qué alcaldes nombraremos
para el año que viene, que sean tales,
que no los pueda calumniar Toledo,
sino que los confirmey dé por buenos,
pues para esto ha sido nuestra junta.
PANDURO
De las varas hay cuatro pretensores:
Juan Berrocal, Francisco de Humillos,
Miguel Jarrete y Pedro de la Rana;
hombres todos de chapa y de caletre,
que pueden gobernar, no que a Daganzo,
sino a la misma Roma.
ALGARROBA
A Romanillos.
ESTORNUDO
¿Hay otro apuntamiento? ¡Por San Pito,
que me salga del corro!
ALGARROBA
Bien parece
que se llama Estornudo el escribano,
que así se le encarama y sube el humo.
Sosiéguese, que yo no diré nada.
PANDURO
¿Hallarse han, por ventura, en todo el sorbe...?
ALGARROBA
¿Qué es sorbe, sorbehuevos? Orbe diga
el discreto Panduro, y serle ha sano.
PANDURO
Digo que en todo el mundo no es posible
que se hallen cuatro ingenioscomo aquestos
de nuestros pretensores.
ALGARROBA
Por lo menos,
yo sé que Berrocal tiene el más lindo distinto.
ESTORNUDO
¿Para qué?
ALGARROBA
Para ser sacre
en esto de mojón y catavinos.
En mi casa probó los días pasados
una tinaja, y dijo que sabía
el claro vino a palo, a cuero y hierro;
acabó la tinaja su camino,
y hallóse en el asiento della un palo
pequeño, y dél prendía una correa
de cordobán y una pequeña llave.
ESTORNUDO
¡Oh rara habilidad! ¡Oh raro ingenio!
Bien puede gobernar, el que tal sabe,
a Alanís y a Cazalla, y aun a Esquivias.
ALGARROBA
Miguel Jarrete es águila.
BACHILLER
¿En qué modo?
ALGARROBA
En tirar con un arco de bodoques.
BACHILLER
¿Que tan certero es?
ALGARROBA
Es de manera que,
si no fuese porque los más tiros
se da en la mano izquierda, no habría pájaro
en todo este contorno.
BACHILLER
¡Para alcalde
es rara habilidad, y necesaria!
ALGARROBA
¿Qué diré de Francisco de Humillos?
Un zapato remienda como un sastre.
Pues, ¿Pedro de la Rana? No hay memoria
que a la suya se iguale; en ella tiene
del antiguo y famoso Perro de Alba
todas las coplas, sin que letra falte.
PANDURO
Este lleva mi voto.
ESTORNUDO
Y aun el mío.
ALGARROBA
A Berrocal me atengo.
BACHILLER
Yo a ninguno,
si es que no dan más pruebas de su ingenio
a la jurisprudencia encaminadas.
ALGARROBA
Yo daré un buen remedio, y es aquéste:
hagan entrar los cuatro pretendientes,
y el señor bachiller Pesuña puede
examinarlos, pues del arte sabe,
y, conforme a su ciencia,así veremos
quién podrá ser nombrado para el cargo.
ESTORNUDO
¡Vive Dios, que es rarísima advertencia!
PANDURO
Aviso es que podrá servir de arbitrio
para Su Jamestad; que, como en Corte
hay potra-médicos, haya potra-alcaldes.
ALGARROBA
Prota, señor Panduro; que no potra.
PANDURO
Como vos no hay friscal en todo el mundo.
ALGARROBA
¡Fiscal, pese a mis males!
[ESTORNUDO]
¡Por Dios santo,
que es Algarroba impertinente!
ALGARROBA
Digo
que, pues se hace examen de barberos,
de herradores, de sastres, y se hace
de cirujanos y otras zarandajas,
también se examinasen para alcaldes;
y, al que se hallase suficiente y hábil
para tal menester, que se le diese
carta de examen, con la cual podría
el tal examinado remediarse;
porque, de lata en una blanca caja
la carta acomodando merecida,
a tal pueblo podrá llegar el pobre,
que le pesen a oro; que hay hogaño
carestía de alcaldes de caletre
en lugares pequeños casi siempre.
BACHILLER
Ello está muy bien dicho y bien pensado:
llamen a Berrocal; entre, y veamos
dónde llega la raya de su ingenio.
ALGARROBA
Humillos, Rana, Berrocal, Jarrete,
los cuatro pretensores, se han entrado;...
ya los tienes presentes.
Entran estos cuatro labradores.
BACHILLER
Bien venidos
sean vuesas mercedes.
BERROCAL
Bien hallados
vuesas mercedes sean.
PANDURO
Acomódense,
que asientos sobran.
HUMILLOS
¡Siéntome, y me siento!
JARRETE
Todos nos sentaremos, Dios loado.
RANA
¿De qué os sentís, Humillos?
HUMILLOS
De que vaya
tan a la larga nuestro nombramiento.
¿Hémoslo de comprar a gallipavos,
a cántaros de arrope y a abiervadas,
y botas de lo añejo tan crecidas,
que se arremetan a ser cueros? Díganlo,
y pondráse remedio y diligencia.
BACHILLER
No hay sobornos aquí; todos estamos
de un común parecer, y es que el que fuere
más hábil para alcalde, ése se tenga
por escogido y por llamado.
RANA
Bueno;
yo me contento.
BERROCAL
Y yo.
BACHILLER
Mucho en buen hora.
HUMILLOS
También yo me contento.
JARRETE
Dello gusto.
BACHILLER
Vaya de examen, pues.
HUMILLOS
De examen venga.
BACHILLER
¿Sabéis leer, Humillos?
HUMILLOS
No, por cierto,
ni tal se probará que en mi linaje
haya persona tan de poco asiento,
que se ponga a aprender esas quimeras,
que llevan a los hombres al brasero,
y a las mujeres, a la casa llana.
Leer no sé, mas sé otras cosas tales
que llevan al leer ventajas muchas.
BACHILLER
Y ¿cuáles cosas son?
HUMILLOS
Sé de memoria
todas cuatro oraciones, y las rezo
cada semana cuatro y cinco veces.
RANA
Y ¿con eso pensáis de ser alcalde?
HUMILLOS
Con esto, y con ser yo cristiano viejo,
me atrevo a ser un senador romano.
BACHILLER
Está muy bien. Jarrete diga agora
qué es lo que sabe.
JARRETE
Yo, señor Pesuña,
sé leer, aunque poco; deletreo,
y ando en el be-a-ba bien ha tres meses,
y en cinco más daré con ello a un cabo;
y, además desta ciencia que ya aprendo,
sé calzar un arado bravamente,
y herrar, casi en tres horas, cuatro pares
de novillos briosos y cerreros;
soy sano de mis miembros, y no tengo
sordez ni cataratas, tos ni reumas;
y soy cristiano viejo como todos,
y tiro con un arco como un Tulio.
ALGARROBA
¡Raras habilidades para alcalde;
necesarias y mucha[s]!
BACHILLER
Adelante.
¿Qué sabe Berrocal?
BERROCAL
Tengo en la lengua
toda mi habilidad, y en la garganta;
no hay mojón en el mundo que me llegue;
sesenta y seis sabores estampados
tengo en el paladar, todos vináticos.
ALGARROBA
Y ¿quiere ser alcalde?
BERROCAL
Y lo requiero;
pues, cuando estoy armado a lo de Baco,
así se me aderezan los sentidos,
que me parece a mí que en aquel punto
podría prestar leyes a Licurgo
y limpiarme con Bártulo.
PANDURO
¡Pasito,
que estamos en concejo!
BERROCAL
No soy nada
melindroso ni puerco; sólo digo
que no se me malogre mi justicia,
que echaré el bodegón por la ventana.
BACHILLER
Amenazas aquí, por vida mía,
mi señor Berrocal, que valen poco.
¿Qué sabe Pedro Rana?
RANA
Como Rana,
habré de cantar mal; pero, con todo,
diré mi condición, y no mi ingenio.
Yo, señores, si acaso fuese alcalde,
mi vara no sería tan delgada
como las que se usan de ordinario:
de una encina o de un roble la haría,
y gruesa de dos dedos, temeroso
que no me la encorvase el dulce peso
de un bolsón de ducados, ni otrasdádivas,
o ruegos, o promesas, o favores,
que pesan como plomo, y no se sienten
hasta que os han brumado las costillas
del cuerpo y alma; y, junto con aquesto,
sería bien criado y comedido,
parte severo y nada riguroso;
nunca deshonraría al miserable
que ante mí le trujesen sus delitos;
que suele lastimar una palabra
de un juez arrojado, de afrentosa,
mucho más que lastima su sentencia,
aunque en ella se intime cruel castigo
. No es bien que el poder quite la crianza,
ni que la sumisión de un delincuente
haga al juez soberbio y arrogante.
ALGARROBA
¡Vive Dios, que ha cantado nuestra Rana
mucho mejor que un cisne cuando muere!
PANDURO
Mil sentencias ha dicho censorinas.
ALGARROBA
De Catón Censorino; bien ha dicho
el regidor Panduro.
PANDURO
¡Reprochadme!
ALGARROBA
Su tiempo se vendrá.
ESTORNUDO
Nunca acá venga.
¡Terrible inclinación es, Algarroba,
la vuestra en reprochar!
ALGARROBA
¡No más, so escriba!
ESTORNUDO
¿Qué escriba, fariseo?
BACHILLER
¡Por San Pedro,
que son muy demasiadas demasías éstas!
ALGARROBA
Yo me burlaba.
ESTORNUDO
Y yo me burlo.
BACHILLER
Pues no se burlen más, por vida mía.
ALGARROBA
Quien miente, miente.
ESTORNUDO
Y quien verdad pronuncia,
dice verdad.
ALGARROBA
Verdad.
ESTORNUDO
Pues punto en boca.
HUMILLOS
Esos ofrecimientos que ha hecho Rana,
son desde lejos. A fe que si él empuña
vara, que él se trueque y sea otro hombre
del que ahora parece.
BACHILLER
Está de molde
lo que Humillos ha dicho.
HUMILLOS
Y más añado:
que, si me dan la vara, verán como
no me mudo ni trueco, ni me cambio.
BACHILLER
Pues veis aquí la vara, y haced cuenta
que sois alcalde ya.
ALGARROBA
¡Cuerpo del mundo!
¿La vara le dan zurda?
HUMILLOS
¿Cómo zurda?
ALGARROBA
Pues, ¿no es zurda esta vara? Un sordo o mudo
lo podrá echar de ver desde una legua.
HUMILLOS
¿Cómo, pues, si me dan zurda la vara,
quieren que juzgue yo derecho?
ESTORNUDO
El diablo
tiene en el cuerpo este Algarroba; ¡miren
dónde jamás se han visto varas zurdas!
Entra UNO
UNO
Señores, aquí están unos gitanos
con unas gitanillas milagrosas;
y, aunque la ocupación se les ha dicho
en que están sus mercedes, todavía
porfían que han de entrar a dar solacio
a sus mercedes.
BACHILLER
Entren, y veremos
si nos podrán servir para la fiesta
del Corpus, de quien yo soy mayordomo.
PANDURO
Entren mucho en buen hora.
BERROCAL
Entren luego.
HUMILLOS
Por mí, ya los deseo.
JARRETE
Pues yo, ¡pajas!
RANA
¿Ellos no son gitanos? Pues adviertan
que no nos hurten las narices.
UNO
Ellos,
sin que los llamen, vienen; ya están dentro.
Entran los MUSICOS, de gitanos, y dos gitanas bien aderezadas, y, al son deste romance, que han de cantar los músicos, ellas dancen.
[MÚSICOS]
Reverencia os hace el cuerpo,
regidores de Daganzo,
hombres buenos de repente,
hombres buenos de pensado;
de caletre prevenidos
para proveer los cargos
que la ambición solicita
entre moros y cristianos.
Parece que os hizo el cielo,
el cielo, digo, estrellado,
Sansones para las letras,
y para las fuerzas Bártulos.
JARRETE
Todo lo que se canta toca historia.
HUMILLOS
Ellas y ellos son únicos y ralos.
ALGARROBA
Algo tienen de espesos.
BACHILLER
Ea, sufficit.
MÚSICOS
Como se mudan los vientos,
como se mudan los ramos,
que, desnudos en invierno,
se visten en el verano,
mudaremos nuestros bailes
por puntos, y a cada paso;
pues mudarse las mujeres
no es nuevo ni estraño caso.
¡Vivan de Daganzo los regidores,
que parecen palmas, puesto que son robles!
Bailan
JARRETE
¡Brava trova, por Dios!
HUMILLOS
Y muy sentida.
BERROCAL
Éstas se han de imprimir, para que quede
memoria de nosotros en los siglos
de los siglos. Amén.
BACHILLER
Callen, si pueden.
MÚSICOS
¡Vivan y revivan,
y en siglos veloces
del tiempo los días
pasen con las noches,
sin trocar la edad,
que treinta años forme,
ni tocar las hojas
de sus alcornoques.
Los vientos, que anegan,
si contrarios corren,
cual céfiros blandos
en sus mares soplen.
¡Vivan de Daganzo los regidores,
que palmas parecen, puesto que son robles!
BACHILLER
El estribillo en parte me desplace;
pero, con todo, es bueno.
BERROCAL
Ea, callemos.
MUSICOS
Pisaré yo el polvico,
atán menudico;
pisaré yo el polvó,
atán menudó.
PANDURO
Estos músicos hacen pepitoria
de su cantar.
HUMILLOS
Son diablos los gitanos.
MUSICOS
Pisaré yo la tierra,
por más que esté dura,
puesto que me abra en ella
amor sepultura,
pues ya mi buena ventura
amor la pisó.
Atán menudó.
Pisaré yo lozana
el más duro suelo,
si en él acaso pisas
el mal que recelo.
Mi bien se ha pasado en vuelo,
y el polvo dejó
Atán menudó.
Entra un sotasacristán, muy mal endeliñado.
SACRISTAN
Señores regidores, ¡voto a digo!,
que es de bellacos tanto pasatiempo
¿Así se rige el pueblo, noramala,
entre guitarras, bailes y bureos?
BACHILLER
¡Agarradle, Jarrete!
JARRETE
Ya le agarro.
BACHILLER
Traigan aquí una manta; que, por Cristo,
que se ha de mantear este bellaco,
necio, desvergonzado e insolente,
y atrevido además.
SACRISTÁN
¡Oigan, señores!
ALGARROBA
Volveré con la manta a las volandas.
Entrase ALGARROBA
SACRISTÁN
Miren que les intimo que soy presbiter.
BACHILLER
¿Tú presbítero, infame?
SACRISTÁN
Yo presbítero;
o de prima tonsura, que es lo mismo.
PANDURO
Agora lo veredes, dijo Agrajes.
SACRISTÁN
No hay Agrajes aquí.
BACHILLER
Pues habrá grajos
que te piquen la lengua y aun los ojos.
RANA
Dime, desventurado: ¿qué demonio
se revistió en tu lengua? ¿Quién te mete
a ti en reprehender a la justicia?
¿Has tú de gobernar a la república?
Métete en tus campanas y en tu oficio.
Deja a los que gobiernan; que ellos saben
lo que han de hacer mejor que no nosotros.
Si fueren malos, ruega por su enmienda;
si buenos, porqueDios no nos los quite.
BACHILLER
Nuestro Rana es un santo y un bendito.
Vuelve ALGARROBA; trae la manta
ALGARROBA
No ha de quedar por manta.
BACHILLER
Asgan, pues, todos,
sin que queden gitanos ni gitanas.
¡Arriba, amigos!
SACRISTÁN
¡Por Dios, que va de veras!
¡Vive Dios, si me enojo, que bonito
soy yo para estas burlas! ¡Por San Pedro,
que están descomulgadostodos cuantos
han tocado los pelos de la manta!
RANA
Basta, no más; aquí cese el castigo;
que el pobre debe estar arrepentido.
SACRISTÁN
Y molido, que es más. De aquí adelante
me coseré la boca con dos cabos
de zapatero.
RANA
Aqueso es lo que importa.
BACHILLER
Vénganse los gitanos a mi casa,
que tengo qué decilles.
GITANO
Tras ti vamos.
BACHILLER
Quedarse ha la elección para mañana,
y desde luego doy mi voto a Rana.
GITANO
¿Cantaremos, señor?
BACHILLER
Lo que quisiéredes.
PANDURO
No hay quien cante cual nuestra Rana canta.
JARRETE
No solamente canta, sino encanta.
Entranse cantando: «Pisaré yo el polvico...»
FIN
La guarda cuidadosa
Sale un soldado a lo pícaro, con una muy mala banda y un antojo, y detrás dél un mal sacristán.
SOLDADO: ¿Qué me quieres, sombra vana?
SACRISTÁN: No soy sombra vana, sino cuerpo macizo.
SOLDADO: Pues, con todo eso, por la fuerza de mi desgracia, te conjuro que me digas quién eres, y qué es lo que buscas por esta calle.
SACRISTÁN: A eso te respondo, por la fuerza de mi dicha, que soy Lorenzo Pasillas, sotasacristán desta parroquia, y busco en esta calle lo que hallo, y tú buscas y no hallas.
SOLDADO: ¿Buscas por ventura a Cristinica, la fregona desta casa?
SACRISTÁN: Tu dixisti.
SOLDADO: Pues ven acá, sotasacristán de Satanás.
SACRISTÁN: Pues voy allá, caballo de Ginebra.
SOLDADO: Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven acá, digo otra vez, ¿y tú no sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con un chuzo, que Cristinica es prenda mía?
SACRISTÁN: ¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada, que está por sus cabales y por mía?
SOLDADO: ¡Vive Dios, que te dé mil cuchilladas, y que te haga la cabeza pedazos!
SACRISTÁN: Con las que le cuelgan desas calzas, y con los dese vestido, se podrá entretener, sin que se meta con los de mi cabeza.
SOLDADO: ¿Has hablado alguna vez a Cristina?
SACRISTÁN: Cuando quiero.
SOLDADO: ¿Qué dádivas le has hecho?
SACRISTÁN: Muchas.
SOLDADO: ¿Cuántas y cuáles?
SACRISTÁN: Dile una destas cajas de carne de membrillo, muy grande, llena de cercenaduras de hostias blancas como la misma nieve, y de añadidura cuatro cabos de velas de cera, asimismo blancas como un armiño.
SOLDADO: ¿Qué más le has dado?
SACRISTÁN: En un billete envueltos, cien mil deseos de servirla.
SOLDADO: Y ella, ¿cómo te ha correspondido?
SACRISTÁN: Con darme esperanzas propincuas de que ha de ser mi esposa.
SOLDADO: ¿Luego, no eres de epístola?
SACRISTÁN: Ni aun de completas. Motilón soy, y puedo casarme cada y cuando me viniere en voluntad; y presto lo veredes.
SOLDADO: Ven acá, motilón arrastrado; respóndeme a esto que preguntarte quiero. Si esta mochacha ha correspondido tan altamente, lo cual yo no creo, a la miseria de tus dádivas, ¿cómo corresponderá a la grandeza de las mías? Que el otro día le envié un billete amoroso, escrito por lo menos en un revés de un memorial que di a Su Majestad, significándole mis servicios y mis necesidades presentes (que no cae en mengua el soldado que dice que es pobre), el cual memorial salió decretado y remitido al limosnero mayor; y, sin atender a que sin duda alguna me podía valer cuatro o seis reales, con liberalidad increíble y con desenfado notable, escribí en el revés dél, como he dicho, mi billete; y sé que de mis manos pecadoras llegó a las suyas casi santas.
SACRISTÁN: ¿Hasle enviado otra cosa?
SOLDADO: Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayos, con toda la caterva de las demonstraciones necesarias que para descubrir su pasión los buenos enamorados usan, y deben de usar en todo tiempo y sazón.
SACRISTÁN: ¿Hasle dado alguna música concertada?
SOLDADO. La de mis lamentos y congojas, las de mis ansias y pesadumbres.
SACRISTÁN: Pues a mí me ha acontecido dársela con mis campanas a cada paso; y tanto, que tengo enfadada a toda la vecindad con el continuo ruido que con ellas hago, sólo por darle contento y porque sepa que estoy en la torre, ofreciéndome a su servicio; y, aunque haya de tocar a muerto, repico a vísperas solenes.
SOLDADO: En eso me llevas ventaja, porque no tengo qué tocar, ni cosa que lo valga.
SACRISTÁN: ¿Y de qué manera ha correspondido Cristina a la infinidad de tantos servicios como le has hecho?
SOLDADO: Con no verme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona y el agua de fregar cuando friega; y esto es cada día, porque todos los días estoy en esta calle y a su puerta; porque soy su guarda cuidadosa; soy, en fin, el perro del hortelano, etc. Yo no la gozo, ni ha de gozarla ninguno mientras yo viviere; por eso, váyase de aquí el señor sotasacristán; que, por haber tenido y tener respeto a las órdenes que tiene, no le tengo ya rompidos los cascos.
SACRISTÁN: A rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos estuvieran.
SOLDADO: El hábito no hace al monje; y tanta honra tiene un soldado roto por causa de la guerra, como la tiene un colegial con el manto hecho añicos, porque en él se muestra la antigüedad de sus estudios; ¡y váyase, que haré lo que dicho tengo!
SACRISTÁN: ¿Es porque me ve sin armas? Pues espérese aquí, señor guarda cuidadosa, y verá quién es Callejas.
SOLDADO: ¿Qué puede ser un Pasillas?
SACRISTÁN: «¡Ahora lo veredes!», dijo Agrajes.
Éntrase el sacristán.
SOLDADO: ¡Oh, mujeres, mujeres, todas, o las más, mudables y antojadizas! ¿Dejas, Cristina, a esta flor, a este jardín de la soldadesca, y acomódaste con el muladar de un sotasacristán, pudiendo acomodarte con un sacristán entero, y aun con un canónigo? Pero yo procuraré que te entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto, con ojear desta calle y de tu puerta los que imaginare que por alguna vía pueden ser tus amantes; y así vendré a alcanzar nombre de la guarda cuidadosa.
Entra un MOZO con su caja y ropa verde, como estos que piden limosna para alguna imagen.
MOZO: Den, por Dios, para la lámpara del aceite de Señora Santa Lucía, que les guarde la vista de los ojos. ¡Ha de casa! ¿Dan limosna?
SOLDADO: Hola, amigo Santa Lucía, venid acá: ¿qué es lo que queréis en esa casa?
MOZO: ¿Ya vuesa merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de Señora Santa Lucía.
SOLDADO: ¿Pedís para la lámpara o para el aceite de la lámpara? Que, como decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es del aceite, y no el aceite de la lámpara.
MOZO: Ya todos entienden que pido para aceite de la lámpara, y no para la lámpara del aceite.
SOLDADO: ¿Y suelen os dar limosna en esta casa?
MOZO: Cada día dos maravedís.
SOLDADO: ¿Y quién sale a dároslos?
MOZO: Quien se halla más a mano; aunque las más veces sale una fregoncita que se llama Cristina, bonita como un oro.
SOLDADO: ¿Así que es la fregoncita bonita como un oro?
MOZO: ¡Y como unas perlas!
SOLDADO: ¿De modo que no os parece mal a vos la muchacha?
MOZO: Pues, aunque yo fuera hecho de leño, no pudiera parecerme mal.
SOLDADO: ¿Cómo os llamáis? Que no querría volveros a llamar Santa Lucía.
MOZO: Yo, señor, Andrés me llamo.
SOLDADO: Pues, señor Andrés, esté en lo que quiero decirle: tome este cuarto de a ocho, y haga cuenta que va pagado por cuatro días de la limosna que le dan en esta casa y suele recebir por mano de Cristina; y váyase con Dios, y séale aviso que por cuatro días no vuelva a llegar a esta puerta ni por lumbre, que le romperé las costillas a coces.
MOZO: Ni aun volveré en este mes, si es que me acuerdo. No tome vuesa merced pesadumbre, que ya me voy.
Vase.
SOLDADO: ¡No, sino dormíos, guarda cuidadosa!
Entra otro MOZO, vendiendo y pregonando tranzaderas, holanda de Cambray, randas de Flandes y hilo portugués.
UNO: ¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, holanda, cambray, hilo portugués?
CRISTINA, a la ventana.
CRISTINA: ¡Hola, Manuel! ¿Traéis vivos para unas camisas?
UNO: Sí traigo; y muy buenos.
CRISTINA. Pues entra, que mi señora los ha menester.
SOLDADO: ¡Oh estrella de mi perdición, antes que norte de mi esperanza! Tranzaderas, o como os llamáis, ¿conocéis aquella doncella que os llamó desde la ventana?
UNO: Sí conozco; pero, ¿por qué me lo pregunta vuesa merced?
SOLDADO: ¿No tiene muy buen rostro y muy buena gracia?
UNO: A mí así me lo parece.
SOLDADO: Pues también me parece a mí que no entre dentro desa casa; si no, ¡por Dios, que he de molelle los huesos, sin dejarle ninguno sano!
UNO: Pues, ¿no puedo yo entrar adonde me llaman para comprar mi mercadería?
SOLDADO: ¡Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y luego!
UNO: ¡Terrible caso! Pasito, señor soldado, que ya me voy.
(Vase Manuel.)
CRISTINA, a la ventana.
CRISTINA: ¿No entras, Manuel?
SOLDADO: Ya se fue Manuel, señora la de los vivos, y aun señora la de los muertos, porque a muertos y a vivos tienes debajo de tu mando y señorío.
CRISTINA: ¡Jesús, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta puerta?
Éntrase CRISTINA
SOLDADO. Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes.
Entra un ZAPATERO con unas chinelas pequeñas nuevas en la mano, y, yendo a entrar en casa de CRISTINA, detiénele el SOLDADO
SOLDADO: Señor bueno, ¿busca vuesa merced algo en esta casa?
ZAPATERO: Sí busco.
SOLDADO: ¿Y a quién, si fuere posible saberlo?
ZAPATERO: ¿Por qué no? Busco a una fregona que está en esta casa, para darle estas chinelas que me mandó hacer.
SOLDADO: ¿De manera que vuesa merced es su zapatero?
ZAPATERO: Muchas veces la he calzado.
SOLDADO: ¿Y hale de calzar ahora estas chinelas?
ZAPATERO: No será menester; si fueran zapatillos de hombre, como ella los suele traer, sí calzara.
SOLDADO: ¿Y éstas, están pagadas, o no?
ZAPATERO: No están pagadas; que ella me las ha de pagar agora.
SOLDADO: ¿No me haría vuesa merced una merced, que sería para mí muy grande, y es que me fiase estas chinelas, dándole yo prendas que lo valiesen, hasta desde aquí a dos días, que espero tener dineros en abundancia?
ZAPATERO: Sí haré, por cierto: venga la prenda, que, como soy pobre oficial, no puedo fiar a nadie.
SOLDADO: Yo le daré a vuesa merced un mondadientes, que le estimo en mucho, y no le dejaré por un escudo. ¿Dónde tiene vuesa merced la tienda, para que vaya a quitarle?
ZAPATERO: En la calle Mayor, en un poste de aquellos, y llámome Juan Juncos.
SOLDADO: Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes es éste, y estímele vuesa merced en mucho, porque es mío.
ZAPATERO: Pues, ¿una biznaga, que apenas vale dos maravedís, quiere vuesa merced que estime en mucho?
SOLDADO: ¡Oh, pecador de mí! No la doy yo sino para recuerdo de mí mismo; porque, cuando vaya a echar mano a la faldriquera y no halle la biznaga, me venga a la memoria que la tiene vuesa merced y vaya luego a quitalla; sí, a fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero, si no está contento con ella, añadiré esta banda y este antojo; que al buen pagador no le duelen prendas.
ZAPATERO: Aunque zapatero, no soy tan descortés que tengo de despojar a vuesa merced de sus joyas y preseas; vuesa merced se quede con ellas, que yo me quedaré con mis chinelas, que es lo que me está más a cuento.
SOLDADO: ¿Cuántos puntos tienen?
ZAPATERO: Cinco escasos.
SOLDADO: Más escaso soy yo, chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis reales para pagaros; ¡chinelas de mis entrañas! Escuche vuesa merced, señor zapatero, que quiero glosar aquí de repente este verso, que me ha salido medido:
Chinelas de mis entrañas.
ZAPATERO: ¿Es poeta vuesa merced?
SOLDADO: Famoso, y agora lo verá; estéme atento.
Chinelas de mis entrañas.
Glosa
Es Amor tan gran tirano,
que, olvidado de la fe
que le guardo siempre en vano,
hoy, con la funda de un pie,
da a mi esperanza de mano.
Éstas son vuestras hazañas,
fundas pequeñas y hurañas;
que ya mi alma imagina
que sois, por ser de Cristina,
Chinelas de mis entrañas.
ZAPATERO: A mí poco se me entiende de trovas; pero éstas me han sonado tan bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son o parecen buenas.
SOLDADO: Pues, señor, ya que no lleva remedio de fiarme estas chinelas, que no fuera mucho, y más sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas, llévelo, a lo menos, de que vuesa merced me las guarde hasta desde aquí a dos días, que yo vaya por ellas; y por ahora, digo, por esta vez, el señor zapatero no ha de ver ni hablar a Cristina.
ZAPATERO: Yo haré lo que me manda el señor soldado, porque se me trasluce de qué pies cojea, que son dos: el de la necesidad y el de los celos.
SOLDADO: Ése no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe.
ZAPATERO: ¡Oh, celos, celos, cuán mejor os llamaran duelos, duelos!
Éntrase el ZAPATERO
SOLDADO: No, sino no seáis guarda, y guarda cuidadosa, y veréis cómo se os entra[n] mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento. Pero, ¿qué voz es ésta? Sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada cantando, cuando barre o friega.
Suenan dentro platos, como que friegan, y cantan:
Sacristán de mi vida,
tenme por tuya,
y, fiado en mi fe,
canta alleluia.
SOLDADO: ¡Oídos que tal oyen! Sin duda el sacristán debe de ser el brinco de su alma. ¡Oh platera, la más limpia que tiene, tuvo o tendrá el calendario de las fregonas! ¿Por qué, así como limpias esa loza talaveril que traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sotasacristaniles?
Entra el AMO de Cristina.
AMO: Galán, ¿qué quiere o qué busca a esta puerta?
SOLDADO: Quiero más de lo que sería bueno, y busco lo que no hallo; pero, ¿quién es vuesa merced que me lo pregunta?
AMO: Soy el dueño desta casa.
SOLDADO: ¿El amo de Cristinica?
AMO: El mismo.
SOLDADO: Pues lléguese vuesa merced a esta parte, y tome este envoltorio de papeles; y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veinte y dos fees de veinte y dos generales, debajo de cuyos estandartes he servido, amén de otras treinta y cuatro de otros tantos maestres de campo, que se han dignado de honrarme con ellas.
AMO: Pues no ha habido, a lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de campo de infantería española de cien años a esta parte
SOLDADO: Vuesa merced es hombre pacífico, y no está obligado a entendérsele mucho de las cosas de la guerra; pase los ojos por esos papeles, y verá en ellos, unos sobre otros, todos los generales y maestres de campo que he dicho.
AMO: Yo los doy por pasados y vistos; pero, ¿de qué sirve darme cuenta desto?
SOLDADO: De que hallará vuesa merced por ellos ser posible ser verdad una que agora diré, y es que estoy consultado en uno de tres castillos y plazas, que están vacas en el reino de Nápoles; conviene a saber: Gaeta, Barleta y Rijobes.
AMO: Hasta agora, ninguna cosa me importa a mí estas relaciones que vuesa merced me da.
SOLDADO: Pues, yo sé que le han de importar, siendo Dios servido.
AMO: ¿En qué manera?
SOLDADO: En que, por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de salir proveído en una destas plazas, y quiero casarme agora con Cristinica; y, siendo yo su marido, puede vuesa merced hacer de mi persona y de mi mucha hacienda como de cosa propria; que no tengo de mostrarme desagradecido a la crianza que vuesa merced ha hecho a mi querida y amada consorte.
AMO: Vuesa merced lo ha de los cascos más que de otra parte.
SOLDADO: Pues, ¿sabe cuánto le va, señor dulce? Que me la ha de entregar luego luego, o no ha de atravesar los umbrales de su casa.
AMO: ¡Hay tal disparate! ¿Y quién ha de ser bastante para quitarme que no entre en mi casa?
Vuelve el sotasacristán Pasillas, armado con un tapador de tinaja y una espada muy mohosa; viene con él otro sacristán, con un morrión y una vara o palo, atado a él un rabo de zorra.
SACRISTÁN: ¡Ea, amigo Grajales, que éste es el turbador de mi sosiego!
GRAJALES: No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas; que ya le hubiera despachado al otro mundo a toda diligencia.
AMO: ¡Ténganse, gentiles hombres! ¿Qué desmán y qué acecinamiento es éste?
SOLDADO: ¡Ladrones! ¿A traición y en cuadrilla? Sacristanes falsos, voto a tal que os tengo de horadar, aunque tengáis más órdenes que un ceremonial. Cobarde, ¿a mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, o piensas que estás quitando el polvo a alguna imagen de bulto?
GRAJALES: No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.
A la ventana Cristina y su ama.
CRISTINA. ¡Señora, señora, que matan a mi señor! Más de dos mil espadas están sobre él, que relumbran que me quitan la vista.
ELLA: Dices verdad, hija mía; Dios sea con él santa Úrsula, con las once mil vírgenes, sea en su guarda. Ven, Cristina, y bajemos a socorrerle como mejor pudiéremos.
AMO. Por vida de vuesas mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es bien usar de superchería con nadie.
SOLDADO: ¡Tente, rabo, y tente, tapadorcillo; no acabéis de despertar mi cólera, que, si la acabo de despertar, os mataré, y os comeré, y os arrojaré por la puerta falsa dos leguas más allá del infierno!
AMO: ¡Ténganse, digo; si no, por Dios que me descomponga de modo que pese a alguno!
SOLDADO: Por mí, tenido soy; que te tengo respeto, por la imagen que tienes en tu casa.
SACRISTÁN: Pues, aunque esa imagen haga milagros, no os ha de valer esta vez.
SOLDADO: ¿Han visto la desvergüenza deste bellaco, que me viene a hacer cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?
Entran CRISTINA y su SEÑORA
ELLA: ¡Ay, marido mío! ¿Estáis, por desgracia, herido, bien de mi alma?
CRISTINA: ¡Ay desdichada de mí! Por el siglo de mi padre, que son los de la pendencia mi sacristán y mi soldado.
SOLDADO: Aun bien que voy a la parte con el sacristán; que también dijo: «mi soldado».
AMO: No estoy herido, señora, pero sabed que toda esta pendencia es por Cristinica.
ELLA: ¿Cómo por Cristinica?
AMO: A lo que yo entiendo, estos galanes andan celosos por ella.
ELLA: Y ¿es esto verdad, muchacha?
CRISTINA: Sí, señora.
ELLA. ¡Mirad con qué poca vergüenza lo dices! Y ¿hate deshonrado alguno dellos?
CRISTINA: Sí, señora.
ELLA: ¿cuál?
CRISTINA: El sacristán me deshonró el otro día, cuando fui al Rastro.
ELLA: ¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de casa; que ya era grande, y no convenía apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y de paja? Y ¿dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?
CRISTINA: A ninguna parte, sino allí, en mitad de la calle.
ELLA: ¿Cómo en mitad de la calle?
CRISTINA: Allí, en mitad de la calle de Toledo, a vista de Dios y de todo el mundo, me llamó de sucia y de deshonesta, de poca vergüenza y menos miramiento, y otros muchos baldones deste jaez; y todo por estar celoso de aquel soldado.
AMO: Luego, ¿no ha pasado otra cosa entre ti ni él, sino esa deshonra que en la calle te hizo?
CRISTINA: No, por cierto, porque luego se le pasa la cólera.
ELLA: El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenía ya casi desamparado.
CRISTINA: Y más, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula que me ha dado de ser mi esposo, que la tengo guardada como oro en paño.
AMO: Muestra, veamos.
ELLA: Leedla alto, marido.
AMO: Así dice: «Digo yo, Lorenzo Pasillas, sotasacristán desta parroquia, que quiero bien, y muy bien, a la señora Cristina de Parraces; y en fee desta verdad, le di ésta, firmada de mi nombre, fecha en Madrid, en el cimenterio de San Andrés, a seis de mayo deste presente año de mil y seiscientos y once. Testigos: mi corazón, mi entendimiento, mi voluntad y mi memoria.—Lorenzo Pasillas». ¡Gentil manera de cédula de matrimonio!
SACRISTÁN: Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella quisiere que yo haga por ella; porque, quien da la voluntad, lo da todo.
AMO: Luego, si ella quisiese, ¿bien os casaríades con ella?
SACRISTÁN: De bonísima gana, aunque perdiese la espectativa de tres mil maravedís de renta que ha de fundar agora sobre mi cabeza una agüela mía, según me han escrito de mi tierra.
SOLDADO: Si voluntades se toman en cuenta, treinta y nueve días hace hoy que, al entrar de la Puente Segoviana, di yo a Cristina la mía, con todos los anejos a mis tres potencias; y, si ella quisiere ser mi esposa, algo irá a decir de ser castellano de un famoso castillo, a un sacristán no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar algo.
AMO: ¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?
CRISTINA. Sí tengo.
AMO. Pues escoge, destos dos que se te ofrecen, el que más te agradare.
CRISTINA: Tengo vergüenza.
ELLA: No la tengas; porque el comer y el casar ha de ser a gusto proprio, y no a voluntad ajena.
CRISTINA: Vuesas mercedes, que me han criado, me darán marido como me convenga; aunque todavía quisiera escoger.
SOLDADO: Niña, échame el ojo; mira mi garbo; soldado soy, castellano pienso ser; brío tengo de corazón; soy el más galán hombre del mundo; y, por el hilo deste vestidillo, podrás sacar el ovillo de mi gentileza.
SACRISTÁN: Cristina, yo soy músico, aunque de campanas; para adornar una tumba y colgar una iglesia para fiestas solenes, ningún sacristán me puede llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejercitar casado, y ganar de comer como un príncipe.
AMO: Ahora bien, muchacha, escoge de los dos el que te agrada; que yo gusto dello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes competidores.
SOLDADO: Yo me allano.
SACRISTÁN: Y yo me rindo.
CRISTINA: Pues escojo al sacristán.
Han entrado los músicos.
AMO: Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus guitarras y voces nos entremos a celebrar el desposorio, cantando y bailando; y el señor soldado será mi convidado.
SOLDADO: Acepto:
Que, donde hay fuerza de hecho,
se pierde cualquier derecho.
MÚSICO: Pues hemos llegado a tiempo, éste será el estribillo de nuestra letra.
Cantan el estribillo
SOLDADO: Siempre escogen las mujeres
aquello que vale menos,
porque excede su mal gusto
a cualquier merecimiento.
Ya no se estima el valor,
porque se estima el dinero,
pues un sacristán prefieren
a un roto soldado lego.
Mas no es mucho, que ¿quién vio
que fue su voto tan necio,
que a sagrado se acogiese,
que es de delincuentes puerto?
Que a donde hay fuerza, etc.
SACRISTÁN: Como es proprio de un soldado,
que es sólo en los años viejo,
y se halla sin un cuarto
porque ha dejado su tercio,
imaginar que ser puede
pretendiente de Gaiferos,
conquistando por lo bravo
lo que yo por manso adquiero,
no me afrentan tus razones,
pues has perdido en el juego;
que siempre un picado tiene
licencia para hacer fieros.
Que adonde, etc.
Éntranse cantando y bailando.
FIN
El vizcaino fingido
Entran SOLORZANO Y QUIÑONES
SOLÓRZANO
Éstas son las bolsas, y, a lo que parecen, son bien parecidas; y las cadenas que van dentro, ni más ni menos. No hay sino que vos acudáis con mi intento; que, a pesar de la taimería desta sevillana, ha de quedar esta vez burlada.
QUIÑONES
¿Tanta honra se adquiere, o tanta habilidad se muestra en engañar a una mujer, que lo tomáis con tanto ahínco y ponéis tanta solicitud en ello?
SOLÓRZANO
Cuando las mujeres son como éstas, es gusto el burlallas; cuanto más, que esta burla no ha de pasar de los tejados arriba; quiero decir, que ni ha de ser con ofensa de Dios ni con daño de la burlada; que no son burlas las que redundan en desprecio ajeno.
QUIÑONES
Alto; pues vos lo queréis, sea así; digo que yo os ayudaré en todo cuanto me habéis dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo puedo más encarecer. ¿Adónde vais agora?
SOLÓRZANO
Derecho en casa de la ninfa; y vos no salgáis de casa, que yo os llamaré a su tiempo.
QUIÑONES
Allí estaré clavado, esperando.
Éntranse los dos.
Salen DOÑA CRISTINA y DOÑA BRÍGIDA; Cristina sin manto, y Brígida con él, toda asustada y turbada.
CRISTINA
¡Jesús! ¿Qué es lo que traes, amiga doña Brígida, que parece que quieres dar el alma a su Hacedor?
BRÍGIDA
Doña Cristina, amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este rostro, que me muero, que me fino, que se me arranca el alma. ¡Dios sea conmigo! ¡Confesión a toda priesa!
CRISTINA
¿Qué es esto? ¡Desdichada de mí! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha sucedido? ¿Has visto alguna mala visión? ¿Hante dado alguna mala nueva de que es muerta tu madre, o de que viene tu marido, o hante robado tus joyas?
BRÍGIDA
Ni he visto visión alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi marido, que aún le faltan tres meses para acabar el negocio donde fue, ni me han robado mis joyas; pero hame sucedido otra cosa peor.
CRISTINA
Acaba; dímela, doña Brígida mía; que me tienes turbada y suspensa hasta saberla.
BRÍGIDA
¡Ay, querida! Que también te toca a ti parte deste mal suceso. Límpiame este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor más frío que la nieve. ¡Desdichadas de aquéllas que andan en la vida libre, que, si quieren tener algún poquito de autoridad, granjeada de aquí o de allí, se la dejarretan y se la quitan al mejor tiempo!
CRISTINA
Acaba, por tu vida, amiga, y dime lo que te ha sucedido, y qué es la desgracia de quien yo también tengo de tener parte.
BRÍGIDA
¡Y cómo si tendrás parte! Y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has de saber, hermana, que, viniendo agora a verte, al pasar por la puerta de Guadalajara, oí que, en medio de infinita justicia y gente, estaba un pregonero pregonando que quitaban los coches, y que las mujeres descubriesen los rostros por las calles.
CRISTINA
Y ¿ésa es la mala nueva?
BRÍGIDA
Pues para nosotras, ¿puede ser peor en el mundo?
CRISTINA
Yo creo, hermana, que debe de ser alguna reformación de los coches: que no es posible que los quiten de todo punto; y será cosa muy acertada, porque, según he oído decir, andaba muy de caída la caballería en España, porque se empanaban diez o doce caballeros mozos en un coche, y azotaban las calles de noche y de día, sin acordárseles que había caballos y jineta en el mundo; y, como les falte la comodidad de las galeras de la tierra, que son los coches, volverán al ejercicio de la caballería, con quien sus antepasados se honraron.
BRÍGIDA
¡Ay, Cristina de mi alma! Que también oí decir que, aunque dejan algunos, es con condición que no se presten, ni que en ellos ande ninguna...; ya me entiendes.
CRISTINA
Ese mal nos hagan; porque has de saber, hermana, que está en opinión, entre los que siguen la guerra, cuál es mejor, la caballería o la infantería; y hase averiguado que la infantería española lleva la gala a todas las naciones; y agora podremos las alegres mostrar a pie nuestra gallardía, nuestro garbo y nuestra bizarría, y más, yendo descubiertos los rostros, quitando la ocasión de que ninguno se llame a engaño si nos sirviese, pues nos ha visto.
BRÍGIDA
¡Ay Cristina! No me digas eso, que linda cosa era ir sentada en la popa de un coche, llenándola de parte a parte, dando rostro a quien y como y cuando quería. Y, en Dios y en mi ánima, te digo que, cuando alguna vez me le prestaban, y me vía sentada en él con aquella autoridad, que me desvanecía tanto, que creía bien y verdaderamente que era mujer principal, y que más de cuatro señoras de título pudieran ser mis criadas.
CRISTINA
¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razón en decir que ha sido bien quitar los coches, siquiera por quitarnos a nosotras el pecado de la vanagloria? Y más, que no era bien que un coche igualase a las no tales con las tales; pues, viendo los ojos estranjeros a una persona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaría a perder la cortesía, haciéndosela a ella como si fuera a una principal señora. Así que, amiga, no debes congojarte, sino acomoda tu brío y tu limpieza, y tu manto de soplillo sevillano, y tus nuevos chapines, en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por esas calles; que yo te aseguro que no falten moscas a tan buena miel, si quisieres dejar que a ti se lleguen; que engaño en más va que en besarla durmiendo.
BRÍGIDA
Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos y consejos; y en verdad que los pienso poner en prática, y pulirme y repulirme, y dar rostro a pie, y pisar el polvico atán menudico, pues no tengo quien me corte la cabeza; que este que piensan que es mi marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo.
CRISTINA
¡Jesús! ¿Tan a la sorda y sin llamar se entra en mi casa, señor? ¿Qué es lo que vuesa merced manda?
Entra SOLÓRZANO.
SOLÓRZANO
Vuesa merced perdone el atrevimiento, que la ocasión hace al ladrón: hallé la puerta abierta y entréme, dándome ánimo al entrarme venir a servir a vuesa merced, y no con palabras, sino con obras; y, si es que puedo hablar delante desta señora, diré a lo que vengo, y la intención que traigo.
CRISTINA
De la buena presencia de vuesa merced no se puede esperar sino que han de ser buenas sus palabras y sus obras. Diga vuesa merced lo que quisiere, que la señora doña Brígida es tan mi amiga, que es otra yo misma.
SOLÓRZANO
Con ese seguro y con esa licencia, hablaré con verdad; y con verdad, señora, soy un cortesano a quien vuesa merced no conoce.
CRISTINA
Así es la verdad.
SOLÓRZANO
Y ha muchos días que deseo servir a vuesa merced, obligado a ello de su hermosura, buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no faltan, han sido freno a las obras hasta agora, que la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy galán, para que yo le lleve a Salamanca y le ponga de mi mano en compañía que le honre y le enseñe. Porque, para decir la verdad a vuesa merced, él es un poco burro, y tiene algo de mentecapto; y añádesele a esto una tacha, que es lástima decirla, cuanto más tenerla, y es que se toma algún tanto, un si es no es, del vino, pero no de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que se le turba; y, cuando está asomado, y aun casi todo el cuerpo fuera de la ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad: da todo cuanto tiene a quien se lo pide y a quien no se lo pide; y yo querría que, ya que el diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovecharme de alguna cosa, y no he hallado mejor medio que traerle a casa de vuesa merced, porque es muy amigo de damas, y aquí le desollaremos cerrado como a gato. Y, para principio, traigo aquí a vuesa merced esta cadena en este bolsillo, que pesa ciento y veinte escudos de oro, la cual tomará vuesa merced, y me dará diez escudos agora, que yo he menester para ciertas cosillas, y gastará otros veinte en una cena esta noche, que vendrá acá nuestro burro o nuestro búfalo, que le llevo yo por el naso, como dicen; y, a dos idas y venidas, se quedará vuesa merced con toda la cadena, que yo no quiero más de los diez escudos de ahora. La cadena es bonísima, y de muy buen oro, y vale algo de hechura. Hela aquí; vuesa merced la tome.
CRISTINA
Beso a vuesa merced las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en tan provechosa ocasión; pero, si he de decir lo que siento, tanta liberalidad me tiene algo confusa y algún tanto sospechosa.
SOLÓRZANO
Pues ¿de qué es la sospecha, señora mía?
CRISTINA
De que podrá ser esta cadena de alquimia; que se suele decir que no es oro todo lo que reluce.
SOLÓRZANO
Vuesa merced habla discretísimamente; y no en balde tiene vuesa merced fama de la más discreta dama de la corte; y hame dado mucho gusto el ver cuán sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazón; pero para todo hay remedio, si no es para la muerte. Vuesa merced se cubra su manto, o envíe si tiene de quién fiarse, y vaya a la platería, y en el contraste se pese y toque esa cadena; y cuando fuera fina y de la bondad que yo he dicho, entonces vuesa merced me dará los diez escudos, harále una regalaria al borrico, y se quedará con ella.
CRISTINA
Aquí, pared y medio, tengo yo un platero, mi conocido, que con facilidad me sacará de duda.
SOLÓRZANO
Eso es lo que yo quiero, y lo que amo y lo que estimo; que las cosas claras Dios las bendijo.
CRISTINA
Si es que vuesa merced se atreve a fiarme esta cadena, en tanto que me satisfago, de aquí a un poco podrá venir, que yo tendré los diez escudos en oro.
SOLÓRZANO
¡Bueno es eso! Fío mi honra de vuesa merced, ¿y no le había de fiar la cadena? Vuesa merced la haga tocar y retocar, que yo me voy, y volveré de aquí a media hora.
CRISTINA
Y aun antes, si es que mi vecino está en casa.
Éntrase SOLÓRZANO.
BRÍGIDA
Ésta, Cristina amiga, no sólo es ventura, sino venturón llovido. ¡Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca topo quien me dé un jarro de agua sin que me cueste mi trabajo primero! Sólo me encontré el otro día en la calle a un poeta, que de bonísima voluntad y con mucha cortesía me dio un soneto de la historia de Píramo y Tisbe, y me ofreció trecientos en mi alabanza.
CRISTINA
Mejor fuera que te hubieras encontrado con un ginovés que te diera trecientos reales.
BRÍGIDA
¡Sí, por cierto! ¡Ahí están los ginoveses de manifiesto y para venirse a la mano, como halcones al señuelo! Andan todos malencónicos y tristes con el decreto.
CRISTINA
Mira, Brígida, desto quiero que estés cierta: que más vale un ginovés quebrado que cuatro poetas enteros. Mas, ¡ay!, el viento corre en popa; mi platero es éste. Y ¿qué quiere mi buen vecino? Que a fe que me ha quitado el manto de los hombros, que ya me le quería cubrir para buscarle.
Entra el PLATERO.
PLATERO
Señora doña Cristina, vuesa merced me ha de hacer una merced: de hacer todas sus fuerzas por llevar mañana a mi mujer a la comedia, que me conviene y me importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien me siga y me persiga.
CRISTINA
Eso haré yo de muy buena gana; y aun, si el señor vecino quiere mi casa y cuanto hay en ella, aquí la hallará sola y desembarazada; que bien sé en qué caen estos negocios.
PLATERO
No, señora; entretener a mi mujer me basta. Pero ¿qué quería vuesa merced de mí, que quería ir a buscarme?
CRISTINA
No más, sino que me diga el señor vecino qué pesará esta cadena, y si es fina, y de qué quilates.
PLATERO
Esta cadena he tenido yo en mis manos muchas veces, y sé que pesa ciento y cincuenta escudos de oro de a veinte y dos quilates; y que si vuesa merced la compra y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella.
CRISTINA
Alguna hechura me ha de costar, pero no mucha.
PLATERO
Mire cómo la concierta la señora vecina, que yo le haré dar, cuando se quisiere deshacer della, diez ducados de hechura.
CRISTINA
Menos me ha de costar, si yo puedo; pero mire el vecino no se engañe en lo que dice de la fineza del oro y cantidad del peso.
PLATERO
¡Bueno sería que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos veces la he tocado eslabón por eslabón, y la he pesado, y la conozco como a mis manos.
BRÍGIDA
Con eso nos contentamos.
PLATERO
Y por más señas, sé que la ha llegado a pesar y a tocar un gentilhombre cortesano que se llama Tal de Solórzano.
CRISTINA
Basta, señor vecino; vaya con Dios, que yo haré lo que me deja mandado: yo la llevaré y entretendré dos horas más, si fuere menester; que bien sé que no podrá dañar una hora más de entretenimiento.
PLATERO
Con vuesa merced me entierren, que sabe de todo; y a Dios, señora mía.
Éntrase el PLATERO.
BRÍGIDA
¿No haríamos con este cortesano Solórzano, que así se debe llamar sin duda, que trujese con el vizcaíno para mí alguna ayuda de costa, aunque fuese de algún borgoñón más borracho que un zaque?
CRISTINA
Por decírselo no quedará; pero vesle, aquí vuelve; priesa trae, diligente anda; sus diez escudos le aguijan y espolean.
Entra SOLÓRZANO.
SOLÓRZANO
Pues, señora doña Cristina, ¿ha hecho vuesa merced sus diligencias? ¿Está acreditada la cadena?
CRISTINA
¿Cómo es el nombre de vuesa merced, por su vida?
SOLÓRZANO
Don Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa; pero ¿por qué me lo pregunta vuesa merced?
CRISTINA
Por acabar de echar el sello a su mucha verdad y cortesía. Entretenga vuesa merced un poco a la señora doña Brígida, en tanto que entro por los diez escudos.
Éntrase CRISTINA.
BRÍGIDA
Señor don Solórzano, ¿no tendrá vuesa merced por ahí algún mondadientes para mí? Que en verdad no soy para desechar, y que tengo yo tan buenas entradas y salidas en mi casa como la señora doña Cristina; que, a no temer que nos oyera alguna, le dijera yo al señor Solórzano más de cuatro tachas suyas: que sepa que tiene las tetas como dos alforjas vacías, y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho; y, con todo eso, la buscan, solicitan y quieren; que estoy por arañarme esta cara, más de rabia que de envidia, porque no hay quien me dé la mano, entre tantos que me dan del pie; en fin, la ventura de las feas...
SOLÓRZANO
No se desespere vuesa merced, que, si yo vivo, otro gallo cantará en su gallinero.
Vuelve a entrar CRISTINA.
CRISTINA
He aquí, señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará esta noche como para un príncipe.
SOLÓRZANO
Pues nuestro burro está a la puerta de la calle, quiero ir por él; vuesa merced me le acaricie, aunque sea como quien toma una píldora.
Vase SOLÓRZANO.
BRÍGIDA
Ya le dije, amiga, que trujese quien me regalase a mí, y dijo que sí haría, andando el tiempo.
CRISTINA
Andando el tiempo en nosotras, no hay quien nos regale; amiga, los pocos años traen la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida.
BRÍGIDA
También le dije cómo vas muy limpia, muy linda y muy agraciada; y que toda eras ámbar, almizcle y algalia entre algodones.
CRISTINA
Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias.
BRÍGIDA
[Aparte] Mirad quién tiene amartelados; que vale más la suela de mi botín que las arandelas de su cuello; otra vez vuelvo a decir: la ventura de las feas...
Entran QUIÑONES y SOLÓRZANO.
QUIÑONES
Vizcaíno, manos bésame vuesa merced, que mándeme.
SOLÓRZANO
Dice el señor vizcaíno que besa las manos de vuesa merced y que le mande.
BRÍGIDA
¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo a lo menos, pero paréceme muy linda.
CRISTINA
Yo beso las del mi señor vizcaíno, y más adelante.
VIZCAÍNO
Pareces buena, hermosa; también noche esta cenamos; cadena que das, duermas nunca, basta que doyla.
SOLÓRZANO
Dice mi compañero que vuesa merced le parece buena y hermosa; que se apareje la cena; que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta que una vez la haya dado.
BRÍGIDA
¿Hay tal Alejandro en el mundo? ¡Venturón, venturón, y cien mil veces venturón!
SOLÓRZANO
Si hay algún poco de conserva, y algún traguito del devoto para el señor vizcaíno, yo sé que nos valdrá por uno ciento.
CRISTINA
¡Y cómo si lo hay! Y yo entraré por ello, y se lo daré mejor que al Preste Juan de las Indias.
Éntrase CRISTINA.
VIZCAÍNO
Dama que quedaste, tan buena como entraste.
BRÍGIDA
¿Qué ha dicho, señor Solórzano?
SOLÓRZANO
Que la dama que se queda, que es vuesa merced, es tan buena como la que se ha entrado.
BRÍGIDA
¡Y cómo que está en lo cierto el señor vizcaíno! A fe que en este parecer que no es nada burro.
VIZCAÍNO
Burro el diablo; vizcaíno ingenio queréis cuando tenerlo.
BRÍGIDA
Ya le entiendo: que dice que el diablo es el burro, y que los vizcaínos, cuando quieren tener ingenio, le tienen.
SOLÓRZANO
Así es, sin faltar un punto.
Vuelve a salir CRISTINA con un criado o criada, que traen una caja de conserva, una garrafa con vino, su cuchillo y servilleta.
CRISTINA
Bien puede comer el señor vizcaíno, y sin asco; que todo cuanto hay en esta casa es la quintaesencia de la limpieza.
QUIÑONES
Dulce conmigo, vino y agua llamas bueno; santo le muestras, ésta le bebo y otra también.
BRÍGIDA
¡Ay, Dios, y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le entiendo!
SOLÓRZANO
Dice que, con lo dulce, también bebe vino como agua; y que este vino es de San Martín, y que beberá otra vez.
CRISTINA
Y aun otras ciento: su boca puede ser medida.
SOLÓRZANO
No le den más, que le hace mal, y ya se le va echando de ver; que le he yo dicho al señor Azcaray que no beba vino en ningún modo, y no aprovecha.
QUIÑONES
Vamos, que vino que subes y bajas, lengua es grillos y corma es pies; tarde vuelvo, señora, Dios que te guárdate.
SOLÓRZANO
¡Miren lo que dice, y verán si tengo yo razón!
CRISTINA
¿Qué es lo que ha dicho, señor Solórzano?
SOLÓRZANO
Que el vino es grillo de su lengua y corma de sus pies; que vendrá esta tarde, y que vuesas mercedes se queden con Dios.
BRÍGIDA
¡Ay, pecadora de mí, y cómo que se le turban los ojos y se trastraba la lengua! ¡Jesús, que ya va dando traspiés! ¡Pues monta que ha bebido mucho! La mayor lástima es ésta que he visto en mi vida; ¡miren qué mocedad y qué borrachera!
SOLÓRZANO
Ya venía él refrendado de casa. Vuesa merced, señora Cristina, haga aderezar la cena, que yo le quiero llevar a dormir el vino, y seremos temprano esta tarde.
Éntranse el vizcaíno y SOLÓRZANO.
CRISTINA
Todo estará como de molde; vayan vuesas mercedes en hora buena.
BRÍGIDA
Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos filos al deseo. ¡Ay, qué linda, qué nueva, qué reluciente y qué barata! Digo, Cristina, que, sin saber cómo ni cómo no, llueven los bienes sobre ti, y se te entra la ventura por las puertas, sin solicitalla. En efeto, eres venturosa sobre las venturosas; pero todo lo merece tu desenfado, tu limpieza y tu magnífico término: hechizos bastantes a rendir las más descuidadas y esentas voluntades; y no como yo, que no soy para dar migas a un gato. Toma tu cadena, hermana, que estoy para reventar en lágrimas, y no de envidia que a ti te tengo, sino de lástima que me tengo a mí.
Vuelve a entrar SOLÓRZANO.
SOLÓRZANO
¡La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo!
BRÍGIDA
¡Jesús! ¿Desgracia? ¿Y qué es, señor Solórzano?
SOLÓRZANO
A la vuelta desta calle, yendo a la casa, encontramos con un criado del padre de nuestro vizcaíno, el cual trae cartas y nuevas de que su padre queda a punto de espirar, y le manda que al momento se parta, si quiere hallarle vivo. Trae dinero para la partida, que sin duda ha de ser luego; yo le he tomado diez escudos para vuesa merced, y velos aquí, con los diez que vuesa merced me dio denantes, y vuélvaseme la cadena; que, si el padre vive, el hijo volverá a darla, o yo no seré don Esteban de Solórzano.
CRISTINA
En verdad, que a mí me pesa; y no por mi interés, sino por la desgracia del mancebo, que ya le había tomado afición.
BRÍGIDA
Buenos son diez escudos ganados tan holgando; tómalos, amiga, y vuelve la cadena al señor Solórzano.
CRISTINA
Vela aquí, y venga el dinero; que en verdad que pensaba gastar más de treinta en la cena.
SOLÓRZANO
Señora Cristina, al perro viejo nunca tus tus; estas tretas, con los de las galleruzas, y con este perro a otro hueso.
CRISTINA
¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano?
SOLÓRZANO
Para que entienda vuesa merced que la codicia rompe el saco. ¿Tan presto se desconfió de mi palabra, que quiso vuesa merced curarse en salud, y salir al lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? Señora Cristina, señora Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño. Venga mi cadena verdadera, y tómese vuesa merced su falsa, que no ha de haber conmigo transformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Oh hideputa, y qué bien que la amoldaron, y qué presto!
CRISTINA
¿Qué dice vuesa merced, señor mío, que no le entiendo?
SOLÓRZANO
Digo que no es ésta la cadena que yo dejé a vuesa merced, aunque le parece: que ésta es de alquimia, y la otra es de oro de a veinte y dos quilates.
BRÍGIDA
En mi ánima, que así lo dijo el vecino, que es platero.
CRISTINA
¿Aun el diablo sería eso?
SOLÓRZANO
El diablo o la diabla, mi cadena venga, y dejémonos de voces, y escúsense juramentos y maldiciones.
CRISTINA
El diablo me lleve, lo cual querría que no me llevase, si no es ésa la cadena que vuesa merced me dejó, y que no he tenido otra en mis manos: ¡justicia de Dios, si tal testimonio se me levantase!
SOLÓRZANO
Que no hay para qué dar gritos; y más, estando ahí el señor Corregidor, que guarda su derecho a cada uno.
CRISTINA
Si a las manos del Corregidor llega este negocio, yo me doy por condenada; que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mi verdad por mentira y mi virtud por vicio. Señor mío, si yo he tenido otra cadena en mis manos, sino aquesta, de cáncer las vea yo comidas.
Entra un ALGUACIL.
ALGUACIL
¿Qué voces son éstas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones?
SOLÓRZANO
Vuesa merced, señor alguacil, ha venido aquí como de molde. A esta señora del rumbo sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez ducados, para cierto efecto; vuelvo agora a desempeñarla, y, en lugar de una que le di, que pesaba ciento y cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve ésta de alquimia, que no vale dos ducados; y quiere poner mi justicia a la venta de la Zarza, a voces y a gritos, sabiendo que será testigo desta verdad esta misma señora, ante quien ha pasado todo.
BRÍGIDA
Y ¡cómo si ha pasado!, y aun repasado; y, en Dios y en mi ánima, que estoy por decir que este señor tiene razón; aunque no puedo imaginar dónde se pueda haber hecho el trueco, porque la cadena no ha salido de aquesta sala.
SOLÓRZANO
La merced que el señor alguacil me ha de hacer es llevar a la señora al Corregidor; que allá nos averiguaremos.
CRISTINA
Otra vez torno a decir que, si ante el Corregidor me lleva, me doy por condenada.
BRÍGIDA
Sí, porque no estoy bien con sus huesos.
CRISTINA
Desta vez me ahorco. Desta vez me desespero. Desta vez me chupan brujas.
SOLÓRZANO
Ahora bien; yo quiero hacer una cosa por vuesa merced, señora Cristina, siquiera porque no la chupen brujas, o, por lo menos, se ahorque: esta cadena se parece mucho a la fina del vizcaíno; él es mentecapto y algo borrachuelo; yo se la quiero llevar, y darle a entender que es la suya, y vuesa merced contente aquí al señor alguacil; y gaste la cena desta noche, y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha.
CRISTINA
Págueselo a vuesa merced todo el cielo; al señor alguacil daré media docena de escudos, y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpetua del señor Solórzano.
BRÍGIDA
Y yo me haré rajas bailando en la fiesta.
ALGUACIL
Vuesa merced ha hecho como liberal y buen caballero, cuyo oficio ha de ser servir a las mujeres.
SOLÓRZANO
Vengan los diez escudos que di demasiados.
CRISTINA
Helos aquí, y más los seis para el señor alguacil.
Entran dos MÚSICOS, y QUIÑONES, el vizcaíno.
MÚSICOS
Todo lo hemos oído, y acá estamos.
VIZCAÍNO
Ahora sí que puede decir a mi señora Cristina: mamóla una y cien mil veces.
BRÍGIDA
¿Han visto qué claro que habla el vizcaíno?
VIZCAÍNO
Nunca hablo yo turbio, si no es cuando quiero.
CRISTINA
¡Que me maten si no me la han dado a tragar estos bellacos!
QUIÑONES
Señores músicos, el romance que les di y que saben, ¿para qué se hizo?
MÚSICOS
La mujer más avisada,
o sabe poco, o no nada.
La mujer que más presume
de cortar como navaja
los vocablos repulgados,
entre las godeñas pláticas;
la que sabe de memoria,
a Lofraso y a Diana,
y al Caballero del Febo
con Olivante de Laura;
la que seis veces al mes
al gran Don Quijote pasa,
aunque más sepa de aquesto,
o sabe poco, o no nada.
La que se fía en su ingenio,
lleno de fingidas trazas,
fundadas en interés,
y en voluntades tiranas;
la que no sabe guardarse,
cual dicen, del agua mansa,
y se arroja a las corrientes
que ligeramente pasan;
la que piensa que ella sola
es el colmo de la nata
en esto del trato alegre,
o sabe poco, o no nada.
CRISTINA
Ahora bien, yo quedo burlada, y, con todo esto, convido a vuesas mercedes para esta noche.
QUIÑONES
Aceptamos el convite, y todo saldrá en la colada.
FIN
El retablo de las maravillas
Salen CHANFALLA y la CHIRINOS
CHANFALLA
No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo embuste, que ha de salir tan a luz como el pasado del llovista.
CHIRINOS
Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere tenlo como de molde; que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a satisfacerte, que excede a las demás potencias. Pero dime: ¿de qué sirve este Rabelín que hemos tomado? Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa?
CHANFALLA
Habíamosle menester como el pan de la boca, para tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo de las Maravillas.
CHIRINOS
Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabelín; porque tan desventurada criaturilla no la he visto en todos los días de mi vida.
Entra el RABELÍN
RABELÍN
¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor autor? Que ya me muero porque vuesa merced vea que no me tomó a carga cerrada.
CHIRINOS
Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una carga; si no sois más gran músico que grande, medrados estamos.
RABELÍN
Ello dirá; que en verdad que me han escrito para entrar en una compañía de partes, por chico que soy.
CHANFALLA
Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible. Chirinos, poco a poco, estamos ya en el pueblo, y éstos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.
Salen el GOBERNADOR y BENITO Repollo, alcalde, JUAN Castrado, regidor, y Pedro CAPACHO, escribano
CHANFALLA
Beso a vuesas mercedes las manos: ¿quién de vuesas mercedes es el Gobernador deste pueblo?
GOBERNADOR
Yo soy el Gobernador; ¿qué es lo que queréis, buen hombre?
CHANFALLA
A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo Gobernador deste honrado pueblo; que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, lo deseche vuesa merced.
CHIRINOS
En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor Gobernador los tiene.
CAPACHO
No es casado el señor Gobernador.
CHIRINOS
Para cuando lo sea; que no se perderá nada.
GOBERNADOR
Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honrado?
CHIRINOS
Honrados días viva vuesa merced, que así nos honra; en fin, la encina da bellotas; el pero, peras; la parra, uvas, y el honrado, honra, sin poder hacer otra cosa.
BENITO
Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto.
CAPACHO
Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.
BENITO
Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces no acierto; en fin, buen hombre, ¿qué queréis?
CHANFALLA
Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de las maravillas. Hanme enviado a llamar de la Corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mi ida se remediará todo.
GOBERNADOR
Y ¿qué quiere decir Retablo de las maravillas?
CHANFALLA
Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas nfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo.
BENITO
Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo cosas nuevas. Y ¡qué! ¿Se llamaba Tontonelo el sabio que el Retablo compuso?
CHIRINOS
Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela; hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.
BENITO
Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son sabiondos.
GOBERNADOR
Señor regidor Juan Castrado, yo determino, debajo de su buen parecer, que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de quien yo soy padrino, y, en regocijo de la fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su Retablo.
JUAN
Eso tengo yo por servir al señor Gobernador, con cuyo parecer me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.
CHIRINOS
La cosa que hay en contrario es que, si no se nos paga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de Úbeda. ¿Y vuesas mercedes, señores justicias, tienen conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en casa del señor Juan Castrado, o como es su gracia, y viese lo contenido en el tal Retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle al pueblo, no hubiese ánima que le viese! No, señores; no, señores: ante omnia nos han de pagar lo que fuere justo.
BENITO
Señora Autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona, ni ningún Antoño; el señor regidor Juan Castrado os pagará más que honradamente, y si no, el Concejo. ¡Bien conocéis el lugar, por cierto! Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por nosotros.
CAPACHO
¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco! No dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen adelantado y ante todas cosas, que eso quiere decir ante omnia.
BENITO
Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano; vos, que sois leído y escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo no.
JUAN
Ahora bien, ¿contentarse ha el señor autor con que yo le dé adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuidado que no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.
CHANFALLA
Soy contento; porque yo me fío de la diligencia de vuesa merced y de su buen término.
JUAN
Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero, y verá mi casa, y la comodidad que hay en ella para mostrar ese Retablo.
CHANFALLA
Vamos; y no se les pase de las mientes las calidades que han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso Retablo.
BENITO
A mi cargo queda eso, y séle decir que, por mi parte, puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal Retablo!
CAPACHO
Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.
JUAN
No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.
GOBERNADOR
Todo será menester, según voy viendo, señores Alcalde, Regidor y Escribano.
JUAN
Vamos, autor, y manos a la obra; que Juan Castrado me llamo, hijo de Antón Castrado y de Juana Macha; y no digo más en abono y seguro que podré ponerme cara a cara y a pie quedo delante del referido retablo.
CHIRINOS
¡Dios lo haga!
Éntranse JUAN CASTRADO y CHANFALLA
GOBERNADOR
Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la Corte de fama y rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Porque yo tengo mis puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula: veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se veen las unas a las otras, y estoy aguardando coyuntura para ir a la Corte y enriquecer con ellas media docena de autores.
CHIRINOS
A lo que vuesa merced, señor Gobernador, me pregunta de los poetas, no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan el sol, y todos piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y que siempre se usan, y así no hay para qué nombrallos. Pero dígame vuesa merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿cómo se llama?
GOBERNADOR
A mí, señora autora, me llaman el Licenciado Gomecillos.
CHIRINOS
¡Válame Dios! ¿Y que vuesa merced es el señor lLicenciado Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de Lucifer estaba malo y Tómale mal de fuera?
GOBERNADOR
Malas lenguas hubo que me quisieron ahijar esas coplas, y así fueron mías como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo quiero negar, fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla; que, puesto que los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.
Vuelve CHANFALLA
CHANFALLA
Señores, vuesas mercedes vengan, que todo está a punto, y no falta más que comenzar.
CHIRINOS
¿Está ya el dinero in corbona?
CHANFALLA
Y aun entre las telas del corazón.
CHIRINOS
Pues doite por aviso, Chanfalla, que el Gobernador es poeta.
CHANFALLA
¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por engañado, porque todos los de humor semejante son hechos a la mazacona; gente descuidada, crédula y no nada maliciosa.
BENITO
Vamos, autor; que me saltan los pies por ver esas maravillas.
Éntranse todos
Salen JUANA CASTRADA y TERESA REPOLLA, labradoras: la una como desposada, que es la CASTRADA
CASTRADA
Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el retablo enfrente; y, pues sabes las condiciones que han de tener los miradores del retablo, no te descuides, que sería una gran desgracia.
TERESA
Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo más. ¡Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que el retablo mostrare! ¡Por el siglo de mi madre, que me sacase los mismos ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese! ¡Bonita soy yo para eso!
CASTRADA
Sosiégate, prima; que toda la gente viene.
Entran el GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN CASTRADO, PEDRO CAPACHO, el autor y la autora, y el músico, y otra gente del pueblo, y un sobrino de BENITO, que ha de ser aquel gentilhombre que baila
CHANFALLA
Siéntense todos. El retablo ha de estar detrás deste repostero, y la autora también, y aquí el músico.
BENITO
¿Músico es éste? Métanle también detrás del repostero; que, a trueco de no velle, daré por bien empleado el no oílle.
CHANFALLA
No tiene vuesa merced razón, señor alcalde Repollo, de descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano y hidalgo de solar conocido.
GOBERNADOR
¡Calidades son bien necesarias para ser buen músico!
BENITO
De solar, bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio.
RABELÍN
¡Eso se merece el bellaco que se viene a sonar delante de...!
BENITO
¡Pues, por Dios, que hemos visto aquí sonar a otros músicos tan...!
GOBERNADOR
Quédese esta razón en el de del señor Rabel y en el tan del Alcalde, que será proceder en infinito; y el señor Montiel comience su obra.
BENITO
Poca balumba trae este autor para tan gran retablo.
JUAN
Todo debe de ser de maravillas.
CHANFALLA
¡Atención, señores, que comienzo!
¡Oh tú, quienquiera que fuiste, que fabricaste este retablo con tan maravilloso artificio, que alcanzó renombre de las Maravillas por la virtud que en él se encierra. Te conjuro, apremio y mando que luego incontinente muestres a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se regocijen y tomen placer sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que has otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo Sansón, abrazado con las colunas del templo, para derriballe por el suelo y tomar venganza de sus enemigos. ¡Tente, valeroso caballero; tente, por la gracia de Dios Padre! ¡No hagas tal desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan noble gente como aquí se ha juntado!
BENITO
¡Téngase, cuerpo de tal, conmigo! ¡Bueno sería que, en lugar de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta! ¡Téngase, señor Sansón, pesia a mis males, que se lo ruegan buenos!
CAPACHO
¿Veisle vos, Castrado?
JUAN
Pues, ¿no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?
GOBERNADOR
[Aparte] Milagroso caso es éste: así veo yo a Sansón ahora, como el Gran Turco; pues en verdad que me tengo por legítimo y cristiano viejo.
CHIRINOS
¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapán en Salamanca! ¡échate, hombre; échate, hombre; Dios te libre, Dios te libre!
CHANFALLA
¡Échense todos, échense todos! ¡Húcho ho!, ¡húcho ho!, ¡húcho ho!
Échanse todos y alborótanse
BENITO
El diablo lleva en el cuerpo el torillo; sus partes tiene de hosco y de bragado; si no me tiendo, me lleva de vuelo.
JUAN
Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten; y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.
CASTRADA
Y ¡cómo, padre! No pienso volver en mí en tres días; ya me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.
JUAN
No fueras tú mi hija, y no lo vieras.
GOBERNADOR
[Aparte] Basta: que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.
CHIRINOS
Esa manada de ratones que allá va deciende por línea recta de aquellos que se criaron en el Arca de Noé; dellos son blancos, dellos albarazados, dellos jaspeados y dellos azules; y, finalmente, todos son ratones.
CASTRADA
¡Jesús!, ¡Ay de mí! ¡Ténganme, que me arrojaré por aquella ventana! ¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas, y mira no te muerdan; ¡y monta que son pocos! ¡Por el siglo de mi abuela, que pasan de milenta!
TERESA
Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo ninguno; un ratón morenico me tiene asida de una rodilla. ¡Socorro venga del cielo, pues en la tierra me falta!
BENITO
Aun bien que tengo gregüescos: que no hay ratón que se me entre, por pequeño que sea.
CHANFALLA
Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán. Toda mujer a quien tocare en el rostro, se le volverá como de plata bruñida, y a los hombres se les volverán las barbas como de oro.
CASTRADA
¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre, no se moje.
JUAN
Todos nos cubrimos, hija.
BENITO
Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.
CAPACHO
Yo estoy más seco que un esparto.
GOBERNADOR
[Aparte] ¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me ha tocado una gota, donde todos se ahogan? Mas ¿si viniera yo a ser bastardo entre tantos legítimos?
BENITO
Quítenme de allí aquel músico; si no, voto a Dios que me vaya sin ver más figura. ¡Válgate el diablo por músico aduendado, y qué hace de menudear sin cítola y sin son!
RABELÍN
Señor alcalde, no tome conmigo la hincha; que yo toco como Dios ha sido servido de enseñarme.
BENITO
¿Dios te había de enseñar, sabandija? ¡Métete tras la manta; si no, por Dios que te arroje este banco!
RABELÍN
El diablo creo que me ha traído a este pueblo.
CAPACHO
Fresca es el agua del santo río Jordán; y, aunque me cubrí lo que pude, todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y apostaré que los tengo rubios como un oro.
BENITO
Y aun peor cincuenta veces.
CHIRINOS
Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos colmeneros; todo viviente se guarde; que, aunque fantásticos, no dejarán de dar alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hércules con espadas desenvainadas.
JUAN
Ea, señor Autor, ¡cuerpo de nosla! ¿Y agora nos quiere llenar la casa de osos y de leones?
BENITO
¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontonelo, sino leones y dragones! Señor autor, y salgan figuras más apacibles, o aquí nos contentamos con las vistas; y Dios le guíe, y no pare más en el pueblo un momento.
CASTRADA
Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones, siquiera por nosotras, y recebiremos mucho contento.
JUAN
Pues, hija, ¿de antes te espantabas de los ratones, y agora pides osos y leones?
CASTRADA
Todo lo nuevo aplace, señor padre.
CHIRINOS
Esa doncella, que agora se muestra tan galana y tan compuesta, es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza del Precursor de la vida. Si hay quien la ayude a bailar, verán maravillas.
BENITO
¡Ésta sí, cuerpo del mundo, que es figura hermosa, apacible y reluciente! ¡Hideputa, y cómo que se vuelve la mochacha! Sobrino Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de cuatro capas.
SOBRINO
Que me place, tío Benito Repollo.
Tocan la zarabanda
CAPACHO
¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la Zarabanda y de la Chacona!
BENITO
Ea, sobrino, ténselas tiesas a esa bellaca jodía; pero, si ésta es jodía, ¿cómo ve estas maravillas?
CHANFALLA
Todas las reglas tienen excepción, señor Alcalde.
Suena una trompeta, o corneta dentro del teatro, y entra UN FURRIER de compañías
FURRIER
¿Quién es aquí el señor Gobernador?
GOBERNADOR
Yo soy. ¿Qué manda vuesa merced?
FURRIER
Que luego al punto mande hacer alojamiento para treinta hombres de armas que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya suena la trompeta; y adiós.
BENITO
Yo apostaré que los envía el sabio Tontonelo.
CHANFALLA
No hay tal; que ésta es una compañía de caballos que estaba alojada dos leguas de aquí.
BENITO
Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé que vos y él sois unos grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mirad que os mando que mandéis a Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré dar docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros.
CHANFALLA
¡Digo, señor Alcalde, que no los envía Tontonelo!
BENITO
Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas que yo he visto.
CAPACHO
Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.
BENITO
No digo yo que no, señor Pedro Capacho. ¡No toques más, músico de entre sueños, que te romperé la cabeza!
Vuelve el FURRIER
FURRIER
Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? Que ya están los caballos en el pueblo.
BENITO
¿Que todavía ha salido con la suya Tontonelo? ¡Pues yo os voto a tal, autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pagar!
CHANFALLA
Séanme testigos que me amenaza el Alcalde.
CHIRINOS
Séanme testigos que dice el Alcalde que lo que manda Su Majestad lo manda el sabio Tontonelo.
BENITO
Atontoneleada te vean mis ojos, plega a Dios todopoderoso.
GOBERNADOR
Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben de ser de burlas.
FURRIER
¿De burlas habían de ser, señor Gobernador? ¿Está en su seso?
JUAN
Bien pudieran ser atontonelados: como esas cosas habemos visto aquí. Por vida del autor, que haga salir otra vez a la doncella Herodías, porque vea este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.
CHANFALLA
Eso en buen hora, y véisla aquí a do vuelve, y hace de señas a su bailador a que de nuevo la ayude.
SOBRINO
Por mí no quedará, por cierto.
BENITO
Eso sí, sobrino; cánsala, cánsala; vueltas y más vueltas; ¡vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A ello, a ello!
FURRIER
¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es ésta, y qué baile, y qué Tontonelo?
CAPACHO
Luego, ¿no vee la doncella herodiana el señor furrier?
FURRIER
¿Qué diablos de doncella tengo de ver?
CAPACHO
Basta: ¡de ex il[l]is es!
GOBERNADOR
¡De ex il[l]is es; de ex il[l]is es!
JUAN
¡Dellos es, dellos el señor furrier; dellos es!
FURRIER
¡Soy de la mala puta que los parió; y, por Dios vivo, que si echo mano a la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta!
CAPACHO
Basta: ¡de ex il[l]is es!
BENITO
Basta: ¡dellos es, pues no ve nada!
FURRIER
Canalla barretina: si otra vez me dicen que soy dellos, no les dejaré hueso sano.
BENITO
Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no podemos dejar de decir: ¡dellos es, dellos es!
FURRIER
¡Cuerpo de Dios con los villanos! ¡Esperad!
Mete mano a la espada y acuchíllase con todos; y el ALCALDE aporrea al RABELLEJO; y la CHIRINOS descuelga la manta y dice:
CHIRINOS
El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas; parece que los llamaron con campanilla.
CHANFALLA
El suceso ha sido extraordinario; la virtud del retablo se queda en su punto, y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros mismos podemos cantar el triunfo desta batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos y Chanfalla!
FIN
La cueva de Salamanca
Salen PANCRACIO, LEONARDA y CRISTINA.
PANCRACIO
Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa a vuestros suspiros, considerando que cuatro días de ausencia no son siglos. Yo volveré, a lo más largo, a los cinco, si Dios no me quita la vida; aunque será mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra, y dejar esta jornada; que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.
LEONARDA
No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mío vos parezcáis descortés; id en hora buena, y cumplid con vuestras obligaciones, pues las que os llevan son precisas; que yo me apretaré con mi llaga y pasaré mi soledad lo menos mal que pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y que no paséis del término que habéis puesto. ¡Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazón.!
Desmáyase LEONARDA
CRISTINA
¡Oh, que bien hayan las bodas y las fiestas! En verdad, señor, que, si yo fuera que vuesa merced, que nunca allá fuera.
PANCRACIO
Entra, hija, por un vidro de agua para echársela en el rostro. Mas espera; diréle unas palabras que sé al oído, que tienen virtud para hacer volver de los desmayos.
Dícele las palabras; vuelve LEONARDA diciendo:
LEONARDA
Basta, ello ha de ser forzoso; no hay sino tener paciencia, bien mío; cuanto más os de[t]uviéredes, más dilatáis mi contento. Vuestro compadre L[e]oniso os debe de aguardar ya en el coche. Andad don Dios. Que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.
PANCRACIO
Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más que una estatua.
LEONARDA
No, no, descanso mío; que mi gusto está en el vuestro; y, por agora, más que os vais que no os quedéis, pues es vuestra honra la mía.
CRISTINA
¡Oh, espejo del matrimonio! A fe que si todas las casadas quisiesen tanto a sus maridos como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro gallo les cantase.
LEONARDA
Entra, Cristinica, y saca mi manto, que quiero acompañar a tu señor hasta dejarle en el coche.
PANCRACIO
No, por mi amor; abrazadme y quedaos, por vida mía. Cristinica, ten cuenta de regalar a tu señora, que yo te mando un calzado cuando vuelva, como tú le quisieres.
CRISTINA
Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora, porque la pienso persuadir de manera a que nos holgu[e]mos, que no imagine en la falta que vuesa merced le ha de hacer.
LEONARDA
¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la cuenta, niña! Porque, ausente de mi gusto, no se hicieron los placeres ni las glorias para mí; penas y dolores, sí.
PANCRACIO
Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz, lumbre destos ojos, los cuales no verán cosa que les dé placer hasta volveros a ver.
Entrase PANCRACIO.
LEONARDA
¡Allá darás, rayo, en casa de Ana Díaz. Vayas, y no vuelvas; la ida del humo. Por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras valentías ni vuestro recatos!
CRISTINA
Mil veces temí que con tus estremos habías de estorbar su partida y nuestros contentos.
LEONARDA
¿Si vendrán esta noche los que esperamos?
CRISTINA
¿Pues no? Ya los tengo avisados, y ellos están tan en ello, que esta tarde enviaron con la lavandera, nuestra secretaria, como que eran paños, una canasta de colar, llena de mil regalos y de cosas de comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el Jueves Santo a sus pobres; sino que la canasta es de Pascua, porque hay en ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones que aún no están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora; y, sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de una oreja, que huele que traciende.
LEONARDA
Es muy cumplido, y lo fue siempre, mi Riponce, sacristán de las telas de mis entrañas.
CRISTINA
Pues, ¿qué le falta a mi maese Nicolás, barbero de mis hígados y navaja de mis pesadumbres, que así me las rapa y quita cuando le veo, como si nunca las hubiera tenido?
LEONARDA
¿Pusiste la canasta en cobro?
CRISTINA
En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.
Llama a la puerta el ESTUDIANTE CARRAOLANO, y, en llamando, sin esperar que le respondan, entra.
LEONARDA
Cristina, mira quién llama.
ESTUDIANTE
Señoras, yo soy, un pobre estudiante.
CRISTINA
Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento. Cosa estraña es ésta, que no hay pobre que espere a que le saquen la limosna a la puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincón, sin mirar si despiertan a quien duerme, o si no.
ESTUDIANTE
Otra más blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuesa merced; cuanto más, que yo no quería ni buscaba otra limosna, sino alguna caballeriza o pajar donde defenderme esta noche de las inclemencias del cielo, que, según se me trasluce, parece que con grandísimo rigor a la tierra amenazan.
LEONARDA
¿Y de dónde bueno sois, amigo?
ESTUDIANTE
Salmantino soy, señora mía; quiero decir que soy de Salamanca. Iba a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el corazón de Francia; vime solo; determiné volverme a mi tierra; robáronme los lacayos o compañeros de Roque Guinarde, en Cataluña, porque él estaba ausente; que, a estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio, porque es muy cortés y comedido, y además limosnero; hame tomado a estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y busco mi remedio.
LEONARDA
En verdad, Cristina, que me ha movido a lástima el estudiante.
CRISTINA
Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. Tengámosle en casa esta noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real; quiero decir que en las reliquias de la canasta habrá en quien adore su hambre; y más, que me ayudará a pelar la volatería que viene en la cesta.
LEONARDA
Pues, ¿cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de nuestras liviandades?
CRISTINA
Así tiene él talle de hablar por el colodrillo, como por la boca. Venga acá, amigo: ¿sabe pelar?
ESTUDIANTE
¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, si no es que quiere vuesa merced motejarme de pelón; que no hay para qué, pues yo me confieso por el mayor pelón del mundo.
CRISTINA
No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabía pelar dos o tres pares de capones.
ESTUDIANTE
Lo que sabré responder es que yo, señoras, por la gracia de Dios, soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...
LEONARDA
Desa manera, ¿quién duda sino que sabrá pelar no sólo capones, sino gansos y avutardas? Y, en esto del guardar secreto, ¿cómo le va? Y, a dicha, ¿[es] tentado de decir todo lo que vee, imagina o siente?
ESTUDIANTE
Así pueden matar delante de mí más hombres que carneros en el Rastro, que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.
CRISTINA
Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá misterios y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies que quisiere para su cama.
ESTUDIANTE
Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso ni regalado.
Entran el sacristán REPONCE y el BARBERO.
SACRISTAN
¡Oh, que en hora buena estén los automedones y guías de los carros de nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas voluntades que sirven de basas y colunas a la amorosa fábrica de nuestros deseos!
LEONARDA
¡Esto sólo me enfada dél! Reponce mío: habla, por tu vida, a lo moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te alcance.
BARBERO
Eso tengo yo bueno, que hablo más llano que una suela de zapato; pan por vino y vino por pan, o como suele decirse.
SACRISTAN
Sí, que diferencia ha de haber de un sacristán gramático a un barbero romancista.
CRISTINA
Para lo que yo he menester a mi barbero, tanto latín sabe, y aún más, que supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia ni de modos de hablar: que cada uno habla, si no como debe, a lo menos, como sabe; y entrémonos, y manos a labor, que hay mucho que hacer.
ESTUDIANTE
Y mucho que pelar.
SACRISTAN
¿Quién es este buen hombre?
LEONARDA
Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta noche.
SACRISTÁN
Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios.
ESTUDIANTE
Señor sacristán Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna; pero yo soy mudo, y pelón además, como lo ha menester esta señora doncella, que me tiene convidado; y voto a... de no irme esta noche desta casa, si todo el mundo me lo manda. Confíese vuesa merced mucho de enhoramala de un hombre de mis prendas, que se contenta de dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, péleselos el Turco y cómanselos ellos, y nunca del cuero les salgan.
BARBERO
Este más parece rufián que pobre. Talle tiene de alzarse con toda la casa.
CRISTINA
No medre yo, si no me contenta el brío. Entrémonos todos, y demos orden en lo que se ha de hacer; que el pobre pelará y callará como en misa.
ESTUDIANTE
Y aun como en vísperas.
SACRISTAN
Puesto me ha miedo el pobre estudiante; yo apostaré que sabe más latín que yo.
LEONARDA
De ahí le deben de nacer los bríos que tiene; pero no te pese, amigo, de hacer caridad, que vale para todas las cosas.
Entranse todos, y sale LEONISO, compadre de PANCRACIO, y PANCRACIO.
COMPADRE
Luego lo vi yo que nos había de faltar la rueda; no hay cochero que no sea temático; si él rodeara un poco y salvara aquel barranco, ya estuviéramos dos leguas de aquí.
PANCRACIO
A mí no se me da nada; que antes gusto de volverme y pasar esta noche con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde casi para espirar, del sentimiento de mi partida.
COMPADRE
¡Gran mujer! ¡De buena os ha dado el cielo, señor compadre! Dadle gracias por ello.
PANCRACIO
Yo se las doy como puedo, y no como debo; no hay Lucrecia que se [le] llegue, ni Porcia que se le iguale; la honestidad y el recogimiento han hecho en ella su morada.
COMPADRE
Si la mía no fuera celosa, no tenía yo más que desear. Por esta calle está más cerca mi casa; tomad, compadre, por éstas, y estaréis presto en la vuestra; y veámonos mañana, que [no] me faltará coche para la jornada. adiós.
PANCRACIO
Adiós.
Entranse los dos.
Vuelven a salir el SACRISTAN [y] el BARBERO, con sus guitarras; LEONARDA, CRISTINA y el ESTUDIANTE. Sale el SACRISTAN con la sotana alzada y ceñida al cuerpo, danzando al son de su misma guitarra; y, a cada cabriola, vaya diciendo estas palabras:
SACRISTAN
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
CRISTINA
Señor sacristán Reponce, no es éste tiempo de danzar; dése orden en cenar y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura.
SACRISTAN
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
LEONARDA
Déjale, Cristina; que en estremo gusto de ver su agilidad.
Llama PANCRACIO a la puerta, y dice:
PANCRACIO
Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano tenéis atrancada la puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.
LEONARDA
¡Ay, desdichada! A la voz y a los golpes, mi marido Pancracio es éste; algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores, a recogerse a la carbonera: digo al desván, donde está el carbón. Corre, Cristina, y llévalos; que yo entretendré a Pancracio de modo que tengas lugar para todo.
ESTUDIANTE
¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!
CRISTINA
¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan todos!
PANCRACIO
¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?
ESTUDIANTE
Es el toque, que yo no quiero correr la suerte destos señores. Escóndanse ellos donde quisieren, y llévenme a mí al pajar, que, si allí me hallan, antes pareceré pobre que adúltero.
CRISTINA
Caminen, que se hunde la casa a golpes.
SACRISTAN
El alma llevo en los dientes.
BARBERO
Y yo en los carcañares.
Entranse todos y asómase LEONARDA a la ventana.
LEONARDA
¿Quién está ahí? ¿Quién llama?
PANCRACIO
Tu marido soy, Leonarda mía; ábreme, que ha media hora que estoy rompiendo a golpes estas puertas.
LEONARDA
En la voz, bien me parece a mí que oigo a mi cepo Pancracio; pero la voz de un gallo se parece a la de otro gallo, y no me aseguro.
PANCRACIO
¡Oh recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mía, tu marido Pancracio: ábreme con toda seguridad.
LEONARDA
Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta tarde?
PANCRACIO
Suspiraste, lloraste y al cabo te desmayaste.
LEONARDA
Verdad; pero, con todo esto, dígame: ¿qué señales tengo yo en uno de mis hombros?
PANCRACIO
En el izquierdo tienes un lunar del grandor de medio real, con tres cabellos como tres mil hebras de oro.
LEONARDA
Verdad; pero, ¿cómo se llama la doncella de casa?
PANCRACIO
¡Ea, boba, no seas enfadosa, Cristinica se llama! ¿Qué más quieres?
[LEONARDA]
¡Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña!
CRISTINA
Ya voy, señora; que él sea muy bien venido. ¿Qué es esto, señor de mi alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta?
LEONARDA
¡Ay, bien mío! Decídnoslo presto, que el temor de algún mal suceso me tiene ya sin pulsos.
PANCRACIO
No ha sido otra cosa sino que en un barranco se quebró la rueda del coche, y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no pasar la noche en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. Pero ¿qué voces hay?
Dentro, y como de muy lejos, diga el estudiante:
ESTUDIANTE
¡Abranme aquí, señores; que me ahogo!
PANCRACIO
¿Es en casa o en la calle?
CRISTINA
Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar, para que durmiese esta noche.
PANCRACIO
¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! En verdad, señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me causara algún recelo este encerramiento; pero ve, Cristina, y ábrele, que se le debe de haber caído toda la paja a cuestas.
CRISTINA
Ya voy. [Vase]
LEONARDA
Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le acogiésemos esta noche, por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes mi condición, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y encerrámosle; pero veisle aquí, y mirad cuál sale.
Salen el ESTUDIANTE y CRISTINA; él lleno de paja las barbas, cabeza y vestido.
ESTUDIANTE
Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo hubiera escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido más blanda y menos peligrosa cama.
PANCRACIO
¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?
ESTUDIANTE
¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me tiene atadas las manos.
PANCRACIO
¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis de la justicia!
ESTUDIANTE
La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y recenara a costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan secretas como yo lo he sido.
PANCRACIO
No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna destas cosas que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.
ESTUDIANTE
¿No se contentará vuesa merced con que le saque aquí dos demonios en figuras humanas, que traigan a cuestas una canasta llena de cosas fiambres y comederas?
LEONARDA
¿Demonios en mi casa y en mi presencia? ¡Jesús! Librada sea yo de lo que librarme no sé.
CRISTINA
[Aparte] El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega a Dios que vaya a buen viento esta parva! Temblándome está el corazón en el pecho.
PANCRACIO
Ahora bien; si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de ver esos señores demonios y a la canasta de las fiambreras; y torno a advertir que las figuras no sean espantosas.
ESTUDIANTE
Digo que saldrán en figura del sacristán de la parroquia, y en la de un barbero su amigo.
CRISTINA
¿Mas que lo dice por el sacristán Riponce y por maese Roque, el barbero de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver convertidos en diablos! Y dígame, hermano, ¿y éstos han de ser diablos bautizados?
ESTUDIANTE
¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o para qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen, porque no hay regla sin excepción; y apártense, y verán maravillas.
LEONARDA
[Aparte] ¡Ay, sin ventura! Aquí se descose; aquí salen nuestras maldades a plaza; aquí soy muerta.
CRISTINA
[Aparte] ¡Ánimo, señora, que buen corazón quebranta mala ventura!
ESTUDIANTE
Vosotros, mezquinos, que en la carbonera
hallastes amparo a vuestra desgracia,
salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,
sacad la canasta de la fïambrera;
no me incitéis a que de otra manera
más dura os conjure. Salid: ¿qué esperáis?
Mirad que si a dicha el salir rehusáis,
tendrá mal suceso mi nueva quimera.
Hora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos; quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte, que los haga salir más que de paso; aunque la calidad destos demonios más está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.
Entrase el ESTUDIANTE
PANCRACIO
Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la cosa más nueva y más rara que se haya visto en el mundo.
LEONARDA
Sí saldrá, ¿quién lo duda? Pues, ¿habíanos de engañar?
CRISTINA
Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca; pero vee aquí do vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.
LEONARDA
¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán Reponce y al barbero de la plazuela!
CRISTINA
Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesús.
SACRISTAN
Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los perros del herrero, que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos espanta ni turba.
LEONARDA
Lléguense a que yo coma de lo que viene de la canasta; no tomen menos.
ESTUDIANTE
Yo haré la salva y comenzaré por el vino. (Bebe) Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?
SACRISTAN
De Esquivias es, juro a...
ESTUDIANTE
Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Amiguito soy yo de diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a hacer pecados mortales, sino a pasar una hora de pasatiempo, y cenar, y irnos con Cristo.
CRISTINA
¿Y éstos, han de cenar con nosotros?
PANCRACIO
Sí, que los diablos no comen.
BARBERO
Sí comen algunos, pero no todos; y nosotros somos de los que comen.
CRISTINA
¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la cena; que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.
LEONARDA
Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora.
PANCRACIO
Queden; que quiero ver lo que nunca he visto.
BARBERO
Nuestro Señor pague a vuesas mercedes la buena obra, señores míos.
CRISTINA
¡Ay, qué bien criados, qué corteses! Nunca medre yo, si todos los diablos son como éstos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante.
SACRISTAN
Oigan, pues, para que se enamoren de veras.
Toca el SACRISTAN, y canta; y ayúdale el BARBERO con el último verso no más.
SACRISTAN
Oigan los que poco saben
lo que con mi lengua franca
digo del bien que en sí tiene
BARBERO
La Cueva de Salamanca
SACRISTAN
Oigan lo que dejó escrito
della el bachiller Tudanca
en el cuero de una yegua
que dicen que fue potranca,
en la parte de la pie
que confina con el anca,
poniendo sobre las nubes
BARBERO
La Cueva de Salamanca
SACRISTAN
En ella estudian los ricos
y los que no tienen blanca,
y sale entera y rolliza
la memoria que está manca.
Siéntanse los que allí enseñan
de alquitrán en una banca,
porque estas bombas encierra
BARBERO
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN
En ella se hacen discretos
los moros de la Palanca;
y el estudiante más burdo
ciencias de su pecho arranca.
A los que estudian en ella,
ninguna cosa les manca;
viva, pues, siglos eternos
BARBERO
La Cueva de Salamanca
SACRISTAN
Y nuestro conjurador,
si es, a dicha, de Loranca,
tenga en ella cien mil vides
de uva tinta y de uva blanca;
y al diablo que le acusare,
que le den con una tranca,
y para el tal jamás sirva
BARBERO
La Cueva de Salamanca
CRISTINA
Basta: ¿que también los diablos son poetas?
BARBERO
Y aun todos los poetas son diablos.
PANCRACIO
Dígame, señor mío, pues los diablos lo saben todo, ¿dónde se inventaron todos estos bailes de las Zarabandas, Zambapalo y Dello me pesa, con el famoso del nuevo Escarramán?
BARBERO
¿Adónde? En el infierno; allí tuvieron su origen y principio.
PANCRACIO
Yo así lo creo.
LEONARDA
Pues, en verdad, que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco; sino que por mi honestidad, y por guardar el decoro a quien soy, no me atrevo a bailarle.
SACRISTAN
Con cuatro mudanzas que yo le enseñase a vuesa merced cada día, en una semana saldría única en el baile; que sé que le falta bien poco.
ESTUDIANTE
Todo se andará; por agora, entrémonos a cenar, que es lo que importa.
PANCRACIO
Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no, con otras cien mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en La Cueva de Salamanca.
FIN
El viejo celoso
Salen Doña LORENZA y CRISTINA, su criada, y HORTIGOSA, su vecina
LORENZA
Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, el no haber dado la vuelta a la llave mi duelo, mi yugo y mi desesperación. Éste es el primero día, después que me casé con él, que hablo con persona de fuera de casa; que fuera le vea yo desta vida a él y a quien con él me casó.
HORTIGOSA
Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto; que con una caldera vieja se compra otra nueva.
LORENZA
Y aún con esos y otros semejantes villancicos o refranes me engañaron a mí; que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces; malditas sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete. ¿De qué me sirve a mí todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy pobre, y en medio de la abundancia con hambre?
CRISTINA
En verdad, señora tía, que tienes razón; que más quisiera yo andar con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme casada y enlodada con ese viejo podrido que tomaste por esposo.
LORENZA
¿Yo le tomé, sobrina? A la fe, diómele quien pudo; y yo, como muchacha, fui más presta al obedecer que al contradecir; pero, si yo tuviera tanta experiencia destas cosas, antes me tarazara la lengua con los dientes que pronunciar aquel sí, que se pronuncia con dos letras y da que llorar dos mil años; pero yo imagino que no fue otra cosa sino que había de ser ésta, y que, las que han de suceder forzosamente, no hay prevención ni diligencia humana que las prevenga.
CRISTINA
¡Jesús y del mal viejo! Toda la noche: "Daca el orinal, toma el orinal; levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de la ijada; dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra." Con más ungüentos y medicinas en el aposento que si fuera una botica; y yo, que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera. ¡Pux, pux, pux!, ¡Viejo clueco, tan potroso como celoso, y el más celoso del mundo!
LORENZA
Dice la verdad mi sobrina.
CRISTINA
¡Pluguiera a Dios que nunca yo la dijera en esto!
HORTIGOSA
Ahora bien, señora doña Lorenza, vuesa merced haga lo que le tengo aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es como un ginjo verde; quiere bien, sabe callar y agradecer lo que por él sehace; y, pues los celos y el recato del viejo no nos dan lugar a demandas ni a respuestas, resolución y buen ánimo: que, por la orden que hemos dado,yo le pondré al galán en su aposento de vuesa merced y le sacaré, si bien tuviese el viejo más ojos que Argos y viese más que un zahorí, que dicen que vee siete estados debajo de la tierra.
LORENZA
Como soy primeriza, estoy temerosa, y no querría, a trueco del gusto, poner a riesgo la honra.
CRISTINA
Eso me parece, señora tía, a lo del cantar de Gómez Arias:
«Señor Gómez Arias,
doleos de mí;
soy niña y muchacha,
nunca en tal me vi».
LORENZA
Algún espíritu malo debe de hablar en ti, sobrina, según las cosas que dices.
CRISTINA
Yo no sé quién habla; pero yo sé que haría todo aquello que la señora Hortigosa ha dicho, sin faltar punto.
LORENZA
¿Y la honra, sobrina?
CRISTINA
¿Y el holgarnos, tía?
LORENZA
¿Y si se sabe?
CRISTINA
¿Y si no se sabe?
LORENZA
¿Y quién me asegurará a mí que no se sepa?
HORTIGOSA
¿Quién? La buena diligencia, la sagacidad, la industria; y, sobre todo, el buen ánimo y mis trazas.
CRISTINA
Mire, señora Hortigosa, tráyanosle galán, limpio, desenvuelto, un poco atrevido, y, sobre todo, mozo.
HORTIGOSA
Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos más: que es rico y liberal.
LORENZA
Que no quiero riquezas, señora Hortigosa; que me sobran las joyas, y me ponen en confusión las diferencias de colores de mis muchos vestidos; hasta eso no tengo que desear, que Dios le dé salud a Cañizares: más vestida me tiene que un palmito, y con más joyas que la vedriera de un platero rico. No me clavara él las ventanas, cerrara las puertas, visitara a todas horas la casa, desterrara della los gatos y los perros, solamente porque tienen nombre de varón; que, a trueco de que no hiciera esto, y otras cosas no vistas en materia de recato, yo le perdonara sus dádivas y mercedes.
HORTIGOSA
¿Que tan celoso es?
LORENZA
Digo que le vendían el otro día una tapicería a bonísimo precio, y por ser de figuras no la quiso, y compró otra de verduras por mayor precio, aunque no era tan buena. Siete puertas hay antes que se llegue a mi aposento, fuera de la puerta de la calle, y todas se cierran con llave; y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde las esconde de noche.
CRISTINA
Tía, la llave de loba creo que se la pone entre las faldas de la camisa.
LORENZA
No lo creas, sobrina; que yo duermo con él, y jamás le he visto ni sentido que tenga llave alguna.
CRISTINA
Y más, que toda la noche anda como trasgo por toda la casa; y si acaso dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se vayan: es un malo, es un brujo; es un viejo, que no tengo más que decir.
LORENZA
Señora Hortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo, que sería echarlo a perder todo; y lo que ha de hacer, hágalo luego; que estoy tan aburrida, que no me falta sino echarme una soga al cuello, por salir de tan mala vida.
HORTIGOSA
Quizá con esta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala gana y le vendrá otra más saludable y que más la contente.
CRISTINA
Así suceda, aunque me costase a mí un dedo de la mano: que quiero mucho a mi señora tía, y me muero de verla tan pensativa y angustiada en poder deste viejo y reviejo, y más que viejo; y no me puedo hartar de decille viejo.
LORENZA
Pues en verdad que te quiere bien, Cristina.
CRISTINA
¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto más, que yo he oído decir que siempre los viejos son amigos de niñas.
HORTIGOSA
Así es la verdad, Cristina, y adiós, que, en acabando de comer, doy la vuelta. Vuesa merced esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo salimos y entramos bien en ello.
CRISTINA
Señora Hortigosa, hágame merced de traerme a mí un frailecico pequeñito, con quien yo me huelgue.
HORTIGOSA
Yo se le traeré a la niña pintado.
CRISTINA
¡Que no le quiero pintado, sino vivo, vivo, chiquito como unas perlas!
LORENZA
¿Y si lo ve tío?
CRISTINA
Diréle yo que es un duende, y tendrá dél miedo, y holgaréme yo.
HORTIGOSA
Digo que yo le trairé, y adiós.
Vase HORTIGOSA
CRISTINA
Mire tía si Hortigosa trae al galán y a mi frailecico, y si señor los viere, no tenemos más que hacer sino cogerle entre todos y ahogarle, y echarle en el pozo o enterrarle en la caballeriza.
LORENZA
Tal eres tú, que creo lo harías mejor que lo dices.
CRISTINA
Pues no sea el viejo celoso, y déjenos vivir en paz, pues no le hacemos mal alguno, y vivimos como unas santas.
Entran CAÑIZARES, viejo, y un COMPADRE suyo
CAÑIZARES
Señor compadre, señor compadre: el setentón que se casa con quince, o carece de entendimiento, o tiene gana de visitar el otro mundo lo más presto que le sea posible. Apenas me casé con doña Lorencica, pensando tener en ella compañía y regalo, y persona que se hallase en mi cabecera, y me cerrase los ojos al tiempo de mi muerte, cuando me embistieron una turbamulta de trabajos y desasosiegos; tenía casa, y busqué casar; estaba posado, y desposéme.
COMPADRE
Compadre, error fue, pero no muy grande; porque, según el dicho del Apóstol, mejor es casarse que abrasarse.
CAÑIZARES
¡Que no había que abrasar en mí, señor compadre, que con la menor llamarada quedara hecho ceniza! Compañía quise,compañía busqué, compañía hallé, pero Dios lo remedie, por quién él es.
COMPADRE
¿Tiene celos, señor compadre?
CAÑIZARES
Del sol que mira a Lorencita, del aire que le toca, de las faldas que la vapulan.
COMPADRE
¿Dale ocasión?
CAÑIZARES
¡Ni por pienso!, ni tiene por qué, ni cómo, ni cuándo, ni adónde: las ventanas, amén de estar con llave, las guarnecen rejas y celosías; las puertas jamás se abren; vecina no atraviesa mis umbrales, ni los atravesará mientras Dios me diere vida. Mirad, compadre: no les vienen los malos aires a las mujeres de ir a los jubileos ni a las procesiones, ni a todos los actos de regocijos públicos; donde ellas se mancan, donde ellas se estropean y adonde ellas se dañan, es en casa de las vecinas y de las amigas; más maldades encubre una mala amiga, que la capa de la noche; más conciertos se hacen en su casa y más se concluyen, que en una asamblea.
COMPADRE
Yo así lo creo; pero si la señora doña LORENZA no sale de casa, ni nadie entra en la suya, ¿de qué vive descontento mi compadre?
CAÑIZARES
De que no pasará mucho tiempo en que no caya Lorencica en lo que le falta; que será un mal caso, y tan malo, que en sólo pensallo le temo, y de temerle me desespero, y de desesperarme vivo con disgusto.
COMPADRE
Y con razón se puede tener ese temer, porque las mujeres querrían gozar enteros los frutos del matrimonio.
CAÑIZARES
La mía los goza doblados.
COMPADRE
Ahí está el daño, señor compadre.
CAÑIZARES
No, no, ni por pienso; porque es más simple Lorencica que una paloma, y hasta agora no entiende nada desas filaterías; y adiós, señor compadre, que me quiero entrar en casa.
COMPADRE
Yo quiero entrar allá, y ver a mi señora doña Lorenza.
CAÑIZARES
Habéis de saber, compadre, que los antiguos latinos usaban de un refrán, que decía: Amicus usque ad aras, que quiere decir: «El amigo, hasta el altar»; infiriendo que el amigo ha de hacer por su amigo todo aquello que no fuere contra Dios; y yo digo que mi amigo, usque ad portam, hasta la puerta; que ninguno ha de pasar mis quicios; y adiós, señor compadre, y perdóneme.
Éntrase CAÑIZARES
COMPADRE
En mi vida he visto hombre más recatado, ni más celoso, ni más impertinente; pero éste es de aquellos que traen la soga arrastrando, y de los que siempre vienen a morir del mal que temen.
Éntrase el COMPADRE.
Salen Doña LORENZA y CRISTINA
CRISTINA
Tía, mucho tarda tío, y más tarda Hortigosa.
LORENZA
Mas, que nunca él acá viniese, ni ella tampoco; porque él me enfada y ella me tiene confusa.
CRISTINA
Todo es probar, señora tía; y, cuando no saliere bien, darle del codo.
LORENZA
¡Ay, sobrina! Que estas cosas, o yo sé poco o sé que todo el daño está en probarlas.
CRISTINA
A fe, señora tía, que tiene poco ánimo, y que, si yo fuera de su edad, que no me espantaran hombres armados.
LORENZA
Otra vez torno a decir, y diré cien mil veces, que Satanás habla en tu boca; mas ¡ay! ¿Cómo se ha entrado señor?
CRISTINA
Debe de haber abierto con la llave maestra.
LORENZA
Encomiendo yo al diablo sus maestrías y sus llaves.
Entra CAÑIZARES
CAÑIZARES
¿Con quién hablábades, doña Lorenza?
LORENZA
Con Cristinica hablaba.
CAÑIZARES
Miradlo bien, doña Lorenza.
LORENZA
Digo que hablaba con Cristinica: ¿con quién había de hablar? ¿Tengo yo, por ventura, con quién?
CAÑIZARES
No querría que tuviésedes algún soliloquio con vos misma, que redundase en mi perjuicio.
LORENZA
Ni entiendo esos circunloquios que decís, ni aun los quiero entender; y tengamos la fiesta en paz.
CAÑIZARES
Ni aun las vísperas no querría yo tener en guerra con vos; pero, ¿quién llama a aquella puerta con tanta priesa? Mira, Cristinica, quien es, y, si es pobre, dale limosna y despídele.
CRISTINA
¿Quién está ahí?
HORTIGOSA
La vecina Hortigosa es, señora Cristina.
CAÑIZARES
¿Hortigosa y vecina? Dios sea conmigo. Pregúntale, Cristina, lo que quiere, y dáselo, con condición que no atraviese esos umbrales.
CRISTINA
¿Y qué quiere, señora vecina?
CAÑIZARES
El nombre de vecina me turba y sobresalta; llámala por su proprio nombre, Cristina.
CRISTINA
Responda: y ¿qué quiere, señora Hortigosa?
HORTIGOSA
Al señor Cañizares quiero suplicar un poco, en que me va la honra, la vida y el alma.
CAÑIZARES
Decidle, sobrina, a esa señora, que a mí me va todo eso y más en que no entre acá dentro.
LORENZA
¡Jesús, y qué condición tan extravagante! ¿Aquí no estoy delante de vos? ¿Hanme de comer de ojo? ¿Hanme de llevar por los aires?
CAÑIZARES
¡Entre con cien mil Bercebuyes, pues vos lo queréis!
CRISTINA
Entre, señora vecina.
CAÑIZARES
¡Nombre fatal para mí es el de vecina!
Entra HORTIGOSA, y trae un guadamecí y en las pieles de las cuatro esquinas han de venir pintados Rodamonte, Mandricardo, Rugero y Gradaso; y Rodamonte venga pintado como arrebozado
HORTIGOSA
Señor mío de mi alma, movida y incitada de la buena fama de vuesa merced, de su gran caridad y de sus muchas limosnas, me he atrevido de venir a suplicar a vuesa merced me haga tanta merced, caridad y limosna y buena obra de comprarme este guadamecí, porque tengo un hijo preso por unas heridas que dio a un tundidor, y ha mandado la justicia que declare el cirujano, y no tengo con qué pagalle, y corre peligro no le echen otros embargos, que podrían ser muchos, a causa que es muy travieso mi hijo; y querría echarle hoy o mañana, si fuese posible, de la cárcel. La obra es buena, el guadamecí nuevo, y, con todo eso, le daré por lo que vuesa merced quisiere darme por él, que en más está la monta, y como esas cosas he perdido yo en esta vida. Tenga vuesa merced desa punta, señora mía, y descojámosle, porque no vea el señor Cañizares que hay engaño en mis palabras; alce más, señora mía, y mire cómo es bueno de caída, y las pinturas de los cuadros parece que están vivas.
Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás dél UN GALAN; y, como CAÑIZARES ve los retratos, dice
CAÑIZARES
¡Oh, qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere el señor rebozadito en mi casa? Aun si supiese que tan amigo soy yo destas cosas y destos rebocitos, espantarse ía.
CRISTINA
Señor tío, yo no sé nada de rebozados; y si él ha entrado en casa, la señora Hortigosa tiene la culpa; que a mí, el diablo me lleve si dije ni hice nada para que él entrase; no, en mi conciencia, aun el diablo sería si mi señor tío me echase a mí la culpa de su entrada.
CAÑIZARES
Ya yo lo veo, sobrina, que la señora Hortigosa tiene la culpa; pero no hay de qué maravillarme, porque ella no sabe mi condición, ni cuán enemigo soy de aquestas pinturas.
LORENZA
Por las pinturas lo dice, Cristinica, y no por otra cosa.
CRISTINA
Pues por esas digo yo. ¡Ay, Dios sea conmigo! Vuelto se me ha el ánima al cuerpo, que ya andaba por los aires.
LORENZA
¡Quemado vea yo ese pico de once varas! En fin, quien con muchachos se acuesta, etc.
CRISTINA
¡Ay, desgraciada, y en qué peligro pudiera haber puesto toda esta baraja!
CAÑIZARES
Señora Hortigosa, yo no soy amigo de figuras rebozadas ni por rebozar; tome este doblón, con el cual podrá remediar su necesidad, y váyase de mi casa lo más presto que pudiere, y ha de ser luego, y llévese su guadamecí.
HORTIGOSA
Viva vuesa merced más años que Matute el de Jerusalén, en vida de mi señora doña... no sé cómo se llama, a quien suplico me mande, que la serviré de noche y de día, con la vida y con el alma, que la debe de tener ella como la de una tortolica simple.
CAÑIZARES
Señora Hortigosa, abrevie y váyase, y no se esté agora juzgando almas ajenas.
HORTIGOSA
Si vuesa merced hubiere menester algún pegadillo para la madre, téngolos milagrosos; y, si para mal de muelas, sé unas palabras que quitan el dolor como con la mano.
CAÑIZARES
Abrevie, señora Hortigosa, que doña Lorenza, ni tiene madre, ni dolor de muelas; que todas las tiene sanas y enteras, que en su vida se ha sacado muela alguna.
HORTIGOSA
Ella se las sacará, placiendo al cielo, porque le dará muchos años de vida; y la vejez es la total destruición de la dentadura.
CAÑIZARES
¡Aquí de Dios! ¿Que no será posible que me deje esta vecina? ¡Hortigosa, o diablo, o vecina, o lo que eres, vete con Dios y déjame en mi casa!
HORTIGOSA
Justa es la demanda, y vuesa merced no se enoje, que ya me voy.
Vase HORTIGOSA
CAÑIZARES
¡Oh vecinas, vecinas! Escaldado quedo aun de las buenas palabras desta vecina, por haber salido por boca de vecina.
LORENZA
Digo que tenéis condición de bárbaro y de salvaje; y ¿qué ha dicho esta vecina para que quedéis con la ojeriza contra ella? Todas vuestras buenas obras las hacéis en pecado mortal: dístesle dos docenas de reales, acompañados con otras dos docenas de injurias, ¡boca de lobo, lengua de escorpión y silo de malicias!
CAÑIZARES
No, no, a mal viento va esta parva; no me parece bien que volváis tanto por vuestra vecina.
CRISTINA
Señora tía, éntrese allí dentro y desenójese, y deje a tío, que parece que está enojado.
LORENZA
Así lo haré, sobrina; y aun quizá no me verá la cara en estas dos horas; y a fe que yo se la dé a beber, por más que la rehúse.
Éntrase Doña LORENZA
CRISTINA
Tío, ¿no ve cómo ha cerrado de golpe? Y creo que va a buscar una tranca para asegurar la puerta.
Doña LORENZA, Por dentro
¿Cristinica? ¿Cristinica?
CRISTINA
¿Qué quiere, tía?
LORENZA
¡Si supieses qué galán me ha deparado la buena suerte! Mozo, bien dispuesto, pelinegro, y que le huele la boca a mil azahares.
CRISTINA
¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! ¿Está loca, tía?
LORENZA
No estoy sino en todo mi juicio; y en verdad que, si le vieses, que se te alegrase el alma.
CRISTINA
¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Ríñala, tío, porque no se atreva, ni aun burlando, a decir deshonestidades.
CAÑIZARES
¿Bobear, Lorenza? Pues a fe que no estoy yo de gracia para sufrir esas burlas.
LORENZA
Que no son sino veras, y tan veras, que en este género no pueden ser mayores.
CRISTINA
¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Y dígame, tía, ¿está ahí también mi frailecito?
LORENZA
No, sobrina; pero otra vez vendrá si quiere Hortigosa, la vecina.
CAÑIZARES
Lorenza, di lo que quisieres, pero no tomes en tu boca el nombre de vecina, que me tiemblan las carnes en oírle.
LORENZA
También me tiemblan a mí por amor de la vecina.
CRISTINA
¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías!
LORENZA
Ahora echo de ver quién eres, viejo maldito; que hasta aquí he vivido engañada contigo.
CRISTINA
Ríñala, tío, ríñala, tío; que se desvergüenza mucho.
LORENZA
Lavar quiero a un galán las pocas barbas que tiene con una bacía llena de agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel pintado.
CRISTINA
¡Jesús, y qué locuras y qué niñerías! Despedácela, tío.
CAÑIZARES
No la despedazaré yo a ella, sino a la puerta que la encubre.
LORENZA
No hay para qué: vela aquí abierta; entre, y verá como es verdad cuanto le he dicho.
CAÑIZARES
Aunque sé que te burlas, sí entraré para desenojarte.
Al entrar CAÑIZARES, danle con una bacía de agua en los ojos; él vase a limpiar; acuden sobre él CRISTINA y Doña LORENZA, y en este ínterin sale el galán y vase
CAÑIZARES
¡Por Dios, que por poco me cegaras, Lorenza! Al diablo se dan las burlas que se arremeten a los ojos.
LORENZA
¡Mirad con quién me casó mi suerte, sino con el hombre más malicioso del mundo! ¡Mirad cómo dio crédito a mis mentiras, por su..., fundadas en materia de celos, que menoscabada y asendereada sea mi ventura! Pagad vosotros, cabellos, las deudas deste viejo; llorad vosotros, ojos, las culpas deste maldito; mirad en lo que tiene mi honra y mi crédito, pues de las sospechas hace certezas, de las mentiras verdades, de las burlas veras y de los entretenimientos maldiciones. ¡Ay, que se me arranca el alma!
CRISTINA
Tía, no dé tantas voces, que se juntará la vecindad.
ALGUACIL
De dentro ¡Abran esas puertas! Abran luego; si no, echarélas en el suelo.
LORENZA
Abre, Cristinica, y sepa todo el mundo mi inocencia y la maldad deste viejo.
CAÑIZARES
¡Vive Dios, que creí que te burlabas! ¡Lorenza, calla!
Entran el ALGUACIL, y los MÚSICOS, y el BAILARÍN y HORTIGOSA
ALGUACIL
¿Qué es esto? ¿Qué pendencia es ésta? ¿Quién daba aquí voces?
CAÑIZARES
Señor, no es nada; pendencias son entre marido y mujer, que luego se pasan.
MÚSICO
¡Por Dios, que estábamos mis compañeros y yo, que somos músicos, aquí pared y medio, en un desposorio, y a las voces hemos acudido, con no pequeño sobresalto, pensando que era otra cosa.
HORTIGOSA
Y yo también, en mi ánima pecadora.
CAÑIZARES
Pues en verdad, señora Hortigosa, que si no fuera por ella, que no hubiera sucedido nada de lo sucedido.
HORTIGOSA
Mis pecados lo habrán hecho; que soy tan desdichada, que, sin saber por dónde ni por dónde no, se me echan a mí las culpas que otros cometen.
CAÑIZARES
Señores, vuesas mercedes todos se vuelvan norabuena, que yo les agradezco su buen deseo; que ya yo y mi esposa quedamos en paz.
LORENZA
Sí quedaré, como le pida primero perdón a la vecina, si alguna cosa mala pensó contra ella.
CAÑIZARES
Si a todas las vecinas de quien yo pienso mal hubiese de pedir perdón, sería nunca acabar; pero, con todo eso, yo se le pido a la señora Hortigosa.
HORTIGOSA
Y yo le otorgo para aquí y para delante de Pero García.
MÚSICO
Pues, en verdad, que no habemos de haber venido en balde: toquen mis compañeros, y baile el bailarín, y regocíjense las paces con esta canción.
CAÑIZARES:
Señores, no quiero música: yo la doy por recebida.
MÚSICO:
Pues aunque no la quiera.
Cantan
El agua de por San Juan
quita vino y no da pan.
Las riñas de por San Juan
todo el año paz nos dan.
Llover el trigo en las eras,
las viñas estando en cierne,
no hay labrador que gobierne
bien sus cubas y paneras;
Mas las riñas más de veras,
si suceden por San Juan
todo el año paz nos dan.
Baila
Por la canícula ardiente
está la cólera a punto;
pero, pasando aquel punto,
menos activa se siente.
Y así, el que dice no miente,
Que las riñas por San Juan
todo el año paz nos dan.
Baila
Las riñas de los casados
como aquesta siempre sean,
para que después se vean,
sin pensar regocijados.
Sol que sale tras nublados,
es contento tras afán:
Las riñas de por San Juan
todo el año paz nos dan.
CAÑIZARES:
Porque vean vuesas mercedes las revueltas y vueltas en que me ha puesto una vecina, y si tengo razón de estar mal con las vecinas.
LORENZA:
Aunque mi esposo está mal con las vecinas, yo beso a vuesas mercedes las manos, señoras vecinas.
CRISTINA:
Y yo también; mas si mi vecina me hubiera traído mi frailecico, yo la tuviera por mejor vecina; y adiós, señoras vecinas.
FIN